Diario de un hombre sin nada que contar. 71ª entrada.

Una vez conocí a un futbolista profesional. No diré su nombre.

Era famoso.

Fue algo del banco. Un acto promocional.

Charlamos. Fue curioso.

Hablamos sin decir nada. Diciendo todo. Yo estaba con Teresa. El estaba con una modelo, súper modelo. Le hablé con medias palabras de mí situación. Él me habló de la suya. Sin decir nada. Por si nos escuchaba alguien. Había mucha gente. Del banco, sus representantes, gente de su equipo. Me recordó a un preso acompañado por su escolta.

Nos despedimos. Me dio su teléfono a escondidas.

Le llamé. No me contestó. Al cabo de unas horas me llamó desde otro número. Uno secreto. Como si fuéramos espías.

Nos vimos.

Follamos.

Hablamos.

Nos vimos un par de veces más. Follamos. Hablamos.

Me caía bien.

Yo a él también.

No era mi tipo.

Yo tampoco el suyo. Pero no teníamos tantas oportunidades como para rechazarlas por minucias como que no éramos de nuestro tipo.

Al final dejamos de follar. Él se fue lejos. De vez en cuando hablamos por teléfono.

No acabó de triunfar. Creo que su vida secreta no le dejó explotar. La cabeza es una parte importante del deportista. Su cabeza estaba dividida: su vida ante las cámaras, su vida real. Muchos otros futbolistas parecía que se iban a salir, pero la cabeza les pudo. A otros el agotamiento nervioso, la tensión de ser todos los días un crack.

Seguimos hablando de vez en cuando.

La semana pasada me llamó. Quedamos a comer. Hablamos. Ahora juega muy lejos, muy lejos. Gana dinero. No es feliz. Se ha separado, me contó. Era todo mentira, reconoció, aunque eso ya lo sabía.

Follamos.

Luego, los dos desnudos, juntos, en la cama, seguimos hablando. Le conté de mi vida. Se alegró por mí, aunque se puso triste. Yo no he podido escapar, dijo. No sé hacerlo, reconoció. Estoy aterrado de que se sepa, confesó.

No supe decirle. Me dio pena. Me puse triste. Le abracé.

Se lo conté a Didac.

No puedes hacer nada, me dijo.

Ya lo sé. Es una lucha suya.

Y del dinero. Y del miedo. Y de la gente. Todo parece muy fácil, pero para algunos no lo es. Ha tenido que follar con alguien, yo, que no le gusta.

Didac me abrazó. Y me susurró: seguro que le pones un montón, aunque no te lo diga.

¿A ti te pongo? Rogué.

Mucho, confesó. Casi nadie me pone a parte de ti, dijo.

No le creí, pero le agradecí la mentira.

Lo que sí sé, es que a nadie quiere como a mí. Y eso es lo importante.

.

Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 70ª entrada.

Jaime ha vuelto.

Yo vuelvo. Ya puedo volver a escribir.

Hace tiempo que no escribía. Mucho tiempo. 7 meses.

Han pasado unas Navidades.

Un cambio de año.

Todo tranquilo.

Los chicos bien.

Mis hijos, ahí están, con sus vidas.

Oriol y Pol ya son mis hijos también. Nadie ha puesto pegas. Ellos contentos. Yo contento. Didac, contento.

Me da por pensar. Una familia, la de ellos, que no lucha por su custodia. Sería para sentirse olvidados. Repudiados. Me había preparado para luchar. Tienen algunos tíos. Tienen padres. Si eso es lo que quieren, por mí, vale. Esa fue su respuesta. Ya son mayores, apostillaron.

Somos raros. Todos. Los humanos. Tenemos una forma de querer rara. Algunos quieren tanto, o eso creen, que pegan a sus parejas. Son suyas, dicen. Otros, quieren de una forma tan desapegada, que les da igual. Dicen que son libres. Que hagan lo que quieran. ¿No los echan de menos?

Unos achuchan en demasía. Otros, no saben decir te quiero.

Me dijo Pol un día que no recordaba que le hubieran dicho nunca que le querían. Acababa de leer un post de Adri, en este blog. Suele leer los post antiguos de Jaime. Como ha escrito tanto, le lleva su tiempo. Lloraba con el post de Adri.

Me puse a pensar. Y sí, le había dicho algunas veces que le quería. Y Didac también. Y su hermano. Pensé un rato. No estaba seguro.

A mis hijos no les dije te quiero. Me justifico con lo de mis padres. Sé que no lo hice bien. Teresa, mi mujer, cubrió mis deficiencias. Teresa es una gran mujer. Grande. No sé que hubiera sido de mi vida sin ella. A veces pienso que si no se hubiera enamorado de aquel hombre, seguiríamos juntos. Y no hubiera pasado nada.

Para lo que le duró el amor. Ese hombre es idiota. Perder a una mujer como Teresa. Me pregunto, si no estuviera con Didac y hubiera formado esta familia nueva, si no hubiéramos vuelto.

Ahora a mis hijos, al menos a uno de ellos, lo tengo más cerca: Sergio sigue pasando temporada en casa. Antonio y su mujer Adela, llaman de vez en cuando. Enrique me sigue ignorando. Yo tampoco hago nada por acercarme a él.

Didac está bien. Estamos bien. Nos queremos y nos lo decimos. Nos lo demostramos. Es raro. Ninguno éramos de eso. Formamos una buena familia.

Oriol nos dijo el otro día que quería tomarse un año sabático. Quiere trabajar en un bar y vivir la vida. Si trabaja en un bar, poca vida va a vivir. Ya se dará cuenta, si es que al final lo hace. No lo tenemos claro Didac y yo.

El Madrid un desastre. Y Morata al Atlético.

El Atlético, otro desastre.

Morata, lo que podría haber sido, y se va a quedar en nada. Con lo mono que es. Me ha defraudado.

.

Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 69ª entrada.

Nos vimos por primera vez en el banco. Salí de mi despacho un momento y lo vi en la cola de la caja. Nos miramos durante un instante. Fui a acercarme por si podía ayudarle, pero una señora me detuvo preguntándome algo sobre una televisión que vendemos. Me fui con ella al despacho.

Dos días después me lo encontré en un bar al que suelo ir a tomar café. Nos miramos, nos sonreímos. Se acercó y con mucha guasa me preguntó si me quedaban televisores. Seguí con la guasa y le dije que no, todos vendidos. “Pero me queda un colchón, si quieres”.

Charlamos un rato. Se llama Pablo. Yo me llamo Néstor. Bla, bla, bla.

Adiós, adiós.

Noté que le gustaba. A mí no me disgustaba. Pensé en aquella época en la que le hubiera quedado con él a la salida del trabajo. Comida de trabajo, las llamaba. Comer, comía, pero no comida. Trabajar, trabajaba duro. Duro. Hasta que aflojaba.

No lo hice. Pensé en Didac. Me hace feliz. Pensé en los chicos. Me hacen feliz. No podía romper todo eso.

Es raro. Somos abiertos. Pareja abierta. Comprensivos. Yo lo soy con Didac. No me importa su sexo con otros. Yo no puedo. Me caliento con hombres guapos. Me caliento con hombres no tan guapos. A veces sueño con orgías. Es eso: sueños.

Perdí una familia. Ahora tengo otra. Los chicos y Didac. No quiero perderlo. Me parece increíble hablar así. Quien me lo hubiera dicho al empezar este diario, cuando solo tenía que contar mis aventuras amorosas y mis cañas con los conocidos.

Volví a ver a Pablo. Varias veces. Se hacía el encontradizo. Tomábamos una caña, fuimos de tapas. Estaba interesado, cada vez más. Un día intentó besarme. Fue como una broma, inocente. Yo seguí el juego de broma y lo mantuve en la inocencia. Le dije que quería presentarle a mi pareja, Didac. Vuelve mañana, le dije con intención.

Sonrió. Sonrisa triste. Lo había entendido.

Acabamos el whisky y nos fuimos a casa.

Esa noche soñé con él. Follábamos. Fue un buen polvo. Hasta me corrí en sueños. Un sueño, solo eso. Así debe ser.

Didac volvió al día siguiente. Volvieron todos, de hecho. Los chicos se perdieron con no sé excusa de sus amigos. Didac me acarició suavemente la cara y me besó ardientemente, como pocas veces. Fue una buena tarde-noche de amor.

Tuve la sensación de que sabía lo de Pablo. Y tuve otra: en esta ausencia, no había tenido aventuras. Pol no me mentía cuando me decía que estaba al 100 por mí. Empecé a pensar en que de verdad, Didac me quería.

.

Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 68ª entrada.

Aquí estoy de nuevo.

No sé por qué no estaba. No sé por qué he vuelto. Me lo pregunto. No tengo respuesta.

Mucho tiempo.

Tatojimmy tampoco está. Será por eso. Echarle la culpa es fácil. No dice nada. Le echo la culpa.

Escribo en la piscina. Estamos de vacaciones. Mar y playa. Y piscina.

La casa de un amigo. Mojácar.

Para nosotros.

Didac, los chicos y yo.

Ellos hacen cosas. Yo paseo por la playa, leo en la piscina.

Se está poniendo el sol. Un gin-tonic. El ordenador. Un libro al lado.

Está siendo un verano bonito. Didac se llevó a los chicos en julio de paseo por París. Luego Londres. Casi dos semanas enteras. Él fue por trabajo y aprovechó. Tiene amigos por allí, así que los chicos alucinaron con las visitas guiadas a monumentos, sitios de interés, restaurantes de postín. Conocieron a algunos actores famosos. Guapos y estupendos. Eran de los que no se les había subido el ego al moño. No me digáis de nombres, no lo recuerdo. No quiero preguntar por si levanto la liebre de que he vuelto a escribir. Ellos insisten en que lo haga. Yo me resisto. Y quiero resistirme. Es una forma de hacerme el interesante.

¿Necesito hacerme el interesante?

Quiero hacerme el interesante.

Yo me quedé trabajando.

A gusto.

Ellos lo pasaban bien, hablaba con ellos a todas horas. Con uno, con el otro. Con Didac. Videollamadas. Didac está cambiando. Me dice a cada momento que me quiere.

Teníamos otros planes para este verano. No recuerdo cuales. Los aparcamos. Luego, cogí vacaciones y nos hemos ido todos a la playa. No hacer nada. Poco. Salvo Didac, que está trabajando como si estuviera en la ruina y necesitara mantenernos a todos. Con todo lo que le ha costado la excursión con los chicos a París y Londres, a lo mejor es verdad. Me dijo Oriol que Didac ya ni mira a otros hombres. Te lo juro, papá. Saben de su gusto por probar otros cuerpos. Te adora al 100, me dijo Pol. Levanté las cejas. Me preocupé por esa campaña para poner en valor el amor de Didac. Nada me ha dado motivos para que creciera esa preocupación. Aunque cuando estás con un hombre como Didac, atractivo, inteligente, con dinero, un buen trabajo, muchas relaciones sociales, en algún momento del día debes preocuparte. Cada día se quitará hombres y mujeres de encima, si se los quita. Las mujeres, seguro. Los hombres…

Me da igual. No me preocupa que folle con otros.

Tuve un casi affaire con otro. Durante lo de Londres. Otro día os cuento.

Viene Didac. Viene desnudo. Anda decidido hacia mí. Juraría que trae su miembro… lo trae. Se acaba de poner a mi lado y no he hecho nada por ocultar lo que escribo. Él tampoco ha hecho nada por ocultar su excitación que está sobre mi hombro izquierdo.

Otro día sigo. Ahora tengo que trabajar esta dureza.

.

Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 67ª entrada.

López es como su madre. Me repele. Oriol y Pol son de otra pasta. No sé a quién se parecerán. A su padre no, gracias.

López en el salón de su casa. No nos quería abrir. Didac se puso enérgico. Si Didac se pone serio, mejor no contrariarlo. López lo sabe. Al final, abrió.

Mejor no describir la casa. Desordenada, sucia. Hacía semanas que no ventilaba. Olía a sudor y a sexo. Con lo limpia que había estado siempre. Lo ordenada.

No puede ser. No entiendo esta caída al precipicio. Otra vez.

No lo entiendo.

No sé que me extraño. Pasó cuando se fue Elvira. Tocó fondo. Eso no quiera decir que despuntara y se recuperara. Soy un iluso, a veces. Me lo dice siempre mi mujer.

Desvarió un rato. Le dejamos hablar. Nosotros callamos.

Dijo algo de Justin. Sobre el sifonier del salón, vimos un calzoncillo azul, como el que dijo Justin a Didac que le había hecho ponerse. Disimuladamente me levanté y me lo guardé en el bolsillo de la americana.

Es un buen cachorro, dijo. Lástima que no sea mi tipo.

Pensamos que se refería a Justin.

Pues déjalo, dijo rotundo Didac, después de dejar durante unos instantes que el silencio se apropiara de la escena.

Es él. Lo juro. Me persigue.

Ni nos miró al decirlo. Pegó un trago de whisky.

Me quedé mirándolo. Ahora me daba asco. Desaliñado, en camiseta de tirantes de las cutres. Mal afeitado. Como algún día hace no tanto tiempo, me pude liar con ese espécimen. Que desesperado debía estar. Yo. O no. Él había cambiado mucho. O no. Desesperación. La huida de su mujer lo desarmó. No estaba preparado para volar solo y menos cuidar a sus hijos. No lo sé. Me siento tan lejos de él ahora. Nada de hacer el pino en el sexo. Ni de sexo telefónico. Como al principio de este diario. No hace dos años. Mi primer amor. Era mi confidente. Mi apoyo. Era mi refugio de sexo y compañía cuando acuciaba la añoranza por los sueños perdidos en aquel granero de nuestro pueblo. Por mis padres intransigentes. Lo que tardé en aceptarme. El miedo. Todo lo perdido en una vida falsa.

He tenido suerte, lo he pasado. No del todo. Tengo mis momentos. López ha tenido peor suerte. Se autodestruye. Quiere proteger a sus hijos de él. Por eso los echa. No sabe hacer bien ni eso.

Vamos a adoptar a Pol y Oriol. Didac se lo suelta sin anestesia. Es lo que querías desde un principio. Yo callé.

López discutió. Dijo que no, de eso nada. Sus hijos eran sus hijos. Presumió de amor de padre. De que los chicos me necesitan. Repitió y repitió la monserga.

Yo callé. Callamos los dos.

Se levantó de su butaca y paseó nervioso por la habitación. Encendió un cigarrillo. Movía mucho las manos. Llegó un momento en que me hartó tanta falsedad. Lo conocía. Quería salvar la cara. Protestar y poder decir que había sido en contra de su voluntad. Sus ojos decían otra cosa. Estaba feliz. Me levanté y me enfrenté a él.

Diremos que te has opuesto. Haremos el paripé. Pero calla. Te conozco. No me insultes. Y mañana le dirás a Justin que se acabó.

Fue a protestar. Le encaré con el dedo amenazante, a dos palmos de su jeta. Nos quedamos mirándonos un rato. Mi mano temblaba de rabia. De buena gana le hubiera dado de cachetadas. Por imbécil. Se iba a perder lo mejor que tenía en su vida. Había echado a sus dos mejores bazas en su vida. Ahora se quedaría solo de verdad. Con sus hijos despreciándole. Oriol y Pol tenían suerte. Otros casos acaban mal, porque no hay nadie para recoger los pedazos de los chicos. Durante un momento pensé que mis propios hijos podrían haber pasado por algo igual si no hubiera sido por su madre. Tuvieron suerte de que fuera Teresa y no Elvira. Me agobié pensando en la posibilidad de que las cosas hubieran sido distintas y haber sido yo el que cayera en el abismo.

Didac se acercó a mi por detrás. Me tocó suavemente el hombro. Tardé en darme cuenta. Me relajé. López hizo lo propio. De repente parecía mucho más pequeño. Pero liberado. Volvió a su butaca, volvió a su copa.

Nos dimos media vuelta y nos fuimos. Me costó ponerme el abrigo. Temblaba de rabia, de impotencia, de miedo. Estaba asustado. Por el pasado. Por lo que podía haber sido de mí y de mi familia. Si Teresa hubiera muerto en aquel accidente que tuvo, por ejemplo. Aquellas semanas de convalecencia casi acaban conmigo.

Ya en la calle me senté en un banco. Estaba nevado, pero no me importó. Didac se sentó a mi lado y rodeó mi hombro con su brazo. Fue pegándose a mí poco a poco. Hasta que hundió mi cabeza en su pecho. Cuanto ha cambiado Didac en poco tiempo. Antes tan parco en gestos así. Tan aparentemente desapegado de la gente. Carantoñas son pamplinas, parecía decir. Sexo y ya. Amigos y ya. Dejar correr el aire durante el día, salvo si se trata de un buen polvo. Ahora me acuna. Me abraza. Desde que empezamos a intimar, hace ya unos años, me demostró siempre su apoyo, su presencia, pero con una distancia. Cuando empezamos nuestra relación, fue poco romántico, dejando correr el aire salvo en el sexo, que ahí sí, estábamos bien pegados. Creo que me quiere de verdad. Me ama de verdad. Me ama. Que suerte tengo. Me ama tanto que ha ido cambiando sus costumbres por mí. Casi imperceptiblemente. Hasta ese momento no fui consciente de todo ello. De la suerte que tenía, que tengo, de que esté junto a mí en la vida.

Deberé darles las gracias a todas esas parejas frustradas que me dejaron. Si no hubieran huido de mi lado, ahora no estaría con él. A pesar de que es del Barça. Aunque quizás con el tiempo le cambie de acera en ese punto.

Me solté del abrazo de Didac. Le sujeté la cara con mis manos heladas y le di un beso en los labios. Le acaricié las mejillas. Le sonreí. Le dije “Gracias”. Le dije: “Te amo”. Y él me dijo: “Te amo, Néstor”. No dijo “Yo también”. Dijo: Te amo, Néstor.

Volvimos a casa caminando despacio. Nevaba y el suelo estaba resbaladizo. Pero Didac me sostenía.

.

Néstor G.