Diario de un hombre sin nada que contar. 52ª entrada.

Orgullo.

Me gusta y me aterra.

Macizos, plumas, cuero, normalidad.

Algarabía. Fiesta.

Tantos años escondido. Tantos años apesadumbrado. Acojonado. El rechazo de mi familia.

Influido por las atrocidades que se decían de los homosexuales. Aunque sabía que eran patrañas. No lo podía evitar. Me afectaba. Me condicionaba. Pensaba en lo que pensaría la gente. A todos me los imaginaba como mis padres.

Escondiéndome para tener breves encuentros sexuales que ahora me avergüenzan. Por escondidos, por breves, por el engaño.

Desatendiendo a mis hijos.

Ahora es distinto.

Tanta gente que vive su vida con normalidad. A la vez, tantos otros que no la viven. Por miedo, por el entorno, porque como yo un día, se dejan influir por las cosas que dicen los intolerantes. Tienen miedo de sí mismos. No se gustan. No confían en ellos. No se quieren como son.

Me gusta por los que salen con desenfado y viven. Me aterra por los que lo miran a escondidas, pobres. Su vida frustrada. El tiempo pasa y no se puede recuperar el amor de los 16, de los 20, a los 40. ni el de los 40, a los 60.

Me ilusiona porque alguno puede decidirse al ver personas como ellas. No están solos. Hay muchos como ellos, como nosotros. Y lo mejor de todo es que cada uno puede vivir como quiera su homosexualidad. Puede ser de esta o de aquella forma. Puede casarse o no. Puede vivir la noche, o el día. De flor en flor, o una para siempre prendida en el ojal.

Deberíamos hacer algo especial por el Orgullo. Orgullo de ser. Le diré a Didac. Les diré a los chicos.

Todos.

Le diré a López, que me dirá que no, seguro.

Frente a la vergüenza, orgullo.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 51ª entrada.

Didac ha tenido mala semana.

Mucho trabajo.

El miércoles me fui de viaje. Trabajo. Reuniones de zona. Objetivos.

El viernes por la tarde, al volver, me encontré mi casa vacía. Oriol llegó corriendo. Me sonrió. Cara de pillo.

Vamos, nos esperan.

Cogí el porta-trajes y lo seguí. No abrí la boca. Me temía lo peor.

La casa de Didac.

Mucho trabajo y una mudanza, pensé. O ese era el mucho trabajo. Luego lo pagará, pensé. Tendrá que recuperar y estará histérico.

Una mudanza.

Estaban Pol y Didac, esperando. Unos amigos. Sergio, mi hijo pequeño, que anunció su llegada y justo, había llegado en ese momento. Nadie me había avisado. Ni su madre. Estaría en el ajo de todo. Teresa no se pierde un guiso.

Mi hijo me dio la mano y un abrazo de hombre.

Pol me dio un beso.

Llamó mi ex-mujer. En el ajo de todo, ya lo decía antes. Parloteó. No me preguntó por mi ánimo. Ni siquiera preguntó si había llegado Sergio. Didac le habrá informado. O los chicos. Los de López, no los nuestros. Y los nuestros. Todos la informan.

Me gustó hablar con ella. Siempre me gusta hablar con ella. La quiero. Mejor dicho, me gustó escucharla.

Muchos días me pregunto si no hubiera podido hacer algo para que ella, una vez liberada de los chicos, se quedara conmigo. Nos comprendíamos. Nos queríamos. Nos queremos. A nuestra forma. A mi forma. No, hubiera sido injusto. Ella merecía vivir una relación completa, con su sexo en casa, no buscado fuera. Ahora pienso que hubiera podido prescindir del sexo con hombres y centrarme en vivir con ella al lado.

La echo de menos.

Ella vive en pareja ahora, lejos. Yo he vivido el sexo, con muchos. Ella tuvo muchas aventuras hasta que apareció Alberto. Siempre volvíamos los dos a casa, y nos sentíamos bien. Juntos. No preguntábamos, pero intuíamos.

Al colgar, tuve un pálpito. La volví a llamar. Sabiendo que estaba mal, no me había llamado. No me había dado cuenta de ello hasta ese momento. No era propio de ella. Ella sabía como llevarme.

¿Qué ha pasado Teresa?, le dije a bocajarro.

Se echó a llorar. Alberto y ella lo han dejado.

Hablamos. Ella habló, mejor dicho. Yo preguntaba de vez en cuando. Sigue, le decía. Te escucho, le decía.

En un momento dado, calló.

Habla con Sergio. Te necesita. Adiós, Néstor.

Didac había encargado un ágape. Llegaban los del catering.

Pensé que me agobiaría. No pasó. Me sentí a gusto.

Didac se acercó a mí en un momento dado, y me agarró de la mano, entrelazando sus dedos con los míos. Le miré sorprendido. Me dio un beso en la mejilla. Sentí como raspaba sus labios contra mi barba si afeitar. Ahora solo me la recorto de vez en cuando. Se que le gusta. Le miré extrañado. No es de gestos de cariño, menos en público.

Sergio nos miraba. Pensé que no le gustaba. Se lo dije a Didac en un aparte, soltándome. Me reconvino y me volvió a agarrar.

Hazme caso, me susurró. Y me besó en los labios.

Pol y Oriol se acercaron. Sin venir a cuento, me dieron un abrazo y besos de abuela. Mi hijo había desaparecido. Estaría en el baño.

Me sentí bien.

López vino tarde. Venía desarreglado, un poco beodo.

Pol se escondió en la cocina. Oriol se fue a hablar con Sergio. Siempre se han llevado bien. Su padre se dio cuenta y se hizo el ofendido, pero poco.

Didac fue a hablar con López. Yo con los amigos.

Vino Eduardo. No me lo podía creer. Cercano, amigable, con buena onda.

Que le den.

Fue una bonita fiesta de inauguración de mi nueva casa. Mi nueva casa, la casa de siempre de Didac.

Habitación para nosotros. Otra doble para los chicos. Otra que ocupará ahora Sergio.

No, Sergio y Oriol ocupan la doble. Pol la otra. Eso los días que se queden a dormir aquí. Sobre el papel, siguen en casa de su padre. Si echara cuentas, están más tiempo conmigo.

Pensé que tenía que hablar con Didac. No sé si esto es lo que quiere de verdad.

Se acercó un momento cuando se fue López a dormirla. Me besó de nuevo.

Tenías razón, Néstor. Debíamos habernos juntado antes. Estoy feliz.

Es un cabrón. Me conoce. Sabe que le esperaba una charla. Así, la ha liquidado de un plumazo. Me ha dejado claro que está a gusto.

¿Me quieres?, le pregunto. Se me escapó.

Arrugó la nariz. Sonrió.

Siempre te he querido. Tenía miedo de destruirte. Todos los que están conmigo acaban asolados. Estos días estabas tan mal que me dije: no puede ir a peor. Me lancé y te dejé hacer.

Me guiñó un ojo.

Me eché a reír.

Sergio y Oriol parecen muy amigos. Mucho más amigos que lo que yo recordaba. Si es que recordaba algo de mis hijos.

Algo se me ha escapado de Oriol. Algo que parecen saber los demás.

El Madrid campeón, ra, ra, ra.

No lo puedo evitar, lo siento.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 50ª entrada.

El Madrid ha ganado la Liga y la Champions.

Es motivo de orgullo y satisfacción.

Es broma.

Estoy contento.

A pesar de Zidane. A pesar de Cristiano.

A éste no le trago.

Marcó goles, sí. Pero el resto del tiempo, no le vi en el partido. Me parece un chulo.

Benzema está flojo.

A Morata lo han hecho desaparecer.

Me gusta Morata. Y Lucas Vázquez. Y Asensio. Y Nacho. Isco. Casemiro. Varane. James, a pesar de su mala cabeza.

Morata quédate.

Vi el partido con Didac. No le gusta el fútbol pero me aguantó. Los chicos lo disfrutaron. López iba a venir, pero no lo hizo.

Palomitas, papas fritas y pizzas.

Cerveza y coca-cola.

Tarde de sábado.

Luego, cenamos en el bar de abajo. Los cuatro. Contentos todos, porque todos somos del Madrid. Menos Didac que no es de nada.

Pensé un momento que apenas un par de semanas me costaba levantarme de la cama. No quería vivir. Ahora estoy feliz. Casi un mes sin ver un partido de mi Madrid. Ahora los disfruto de nuevo, salto con lo goles, lloro cuando ganan. Lloré con la champions. 12. 2 seguidas. Haciendo historia.

¿Por qué el cambio?

¿Didac? ¿La vuelta casi completa de los chicos?

No me gustaría que fuera por ellos. Si se vuelven a ir, caería de nuevo. Debo buscar mi fuerza. Mis ganas de vivir por mí, no por la compañía que me quieran hacer los demás. No puedo obligar a los chicos a estar conmigo para que yo esté bien. O a Didac. No quiero que haga una obra de caridad.

Tengo que hablarlo con ellos.

Mi hijo pequeño viene. Tengo un poco de miedo. Lo ignoré cuando debí cuidarlo. ¿Ahora qué? Me ignorará a mí. ¿Por qué viene?

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 49ª entrada.

Didac insiste en que vivamos en su casa.

El sábado por la tarde las cosas parecían un poco mejores. Me levanté de la cama. Pol estaba en su cuarto, a la espera. El trabajo.

Me puse a ello. Era mejor eso que mirar al techo y angustiarme por las sombras reflejadas en él.

Didac preparó algo de comer.

Esperaba que me miraran con pena o algo así. Pero no fue el caso. Eso me hubiera hundido.

Pol me dio un beso en la mejilla.

Didac me dio un beso en los labios.

Deberías ducharte, me insinuó.

Lo hice.

Salimos los tres a dar una vuelta, por la noche. Me engañaron para ir al cine. Una de esas de coches y velocidad, buenos y malos. Sin complicaciones. Estuvo bien.

Luego Pol, nos invitó a una hamburguesa. Era su cumpleaños, se me había olvidado.

Lo estrujé entre mis brazos y lloré. Me abrazó. Así estuvimos un buen rato. Le pedí perdón. No dijo nada, solo me volvió a abrazar.

El domingo nos quedamos solos Didac y yo. Me levanté y me quedé mirándolo con una taza de café en la mano. Dejó de trabajar y se acercó a mí. Me quitó la taza, me quitó el pijama, se desnudó él también, despacio, mirándome; volvimos a la cama.

Me hizo el amor. Despacio. Muy despacio.

Rozó con sus labios todo mi cuerpo. Al principio no me apetecía. Le dejé hacer, sin más. Pensé que se aburriría y lo dejaría. Pero perseveró. Despertó mi sensibilidad, despertó mi cuerpo, mi espíritu también. Casi no tocó mi miembro. Nunca había hecho el amor así.

Sentí sus labios en el cuello. En la nuca. En la espalda. En algunos puntos de la columna consiguió que una corriente eléctrica recorriera mi cuerpo. Besó mis tobillos, mis pies. Lamió los muslos de mis piernas, por fuera, por dentro. Me puse rígido, otra descarga eléctrica. Se puso encima mío. Sus piernas entre mis piernas. Incorporado ligeramente sobre sus brazos, mirándome a los ojos. Me sonrió. Se acercó a mí, poco a poco, sin dejar de mirarme. Se puso sobre sus codos, su cara casi rozaba la mía. Su mirada casi hacía daño, de tan cerca que estaba. Casi sentía sus labios sobre los míos, aunque no se rozaban. Casi sentía su sonrisa dentro de mí. Casi sentía su querencia en mi corazón. Sentí como sus dedos acariciaban suavemente mi rostro. Sentí la barba de varios días, la mía. Me di cuenta que a él le gustaba eso, la barba de varios días. Me alegré de no haberme afeitado. No fui consciente de que se acercaba más y más, hasta que sentí sus labios posarse en los míos. Sentí su pecho rozando el mío. Sentí su miembro acomodándose al lado del mío. Los sentí duros. Palpitaban. Sus labios me besaron. Su cuerpo entero besó el mío. Ahí fue cuando mis brazos despertaron y rodearon su cuerpo. Acariciaron su espalda, su culo, sus piernas. Acariciaron su pelo, mientras nos besábamos.

Rodeé con mis piernas las suyas.

Rozábamos nuestros cuerpos, lentamente. Nuestras bocas no dejaban de buscarse. Nuestras manos persistían en acariciar el cuerpo del otro. Hubo un momento en que sentí que su miembro se ponía más duro. Sentí sus palpitaciones. Y en respuesta, el mío hizo lo mismo. Sentí el calor de su semen un momento antes que el mío saliera. Nunca he tenido un orgasmo tan delicado y a la vez tan placentero. Seguimos besándonos. Seguimos juntos, pegados. Solo hubo un momento en que paró para incorporarse unos centímetros y mirarme a los ojos. Le devolví la mirada. Vi mucho amor. Vi mucho cariño. Vi decisión.

Seguimos en la cama, juntos, abrazados, acariciándonos. No hubo palabras. No hacía falta.

El lunes pude ir a trabajar.

Un día de estos, hablaremos.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 48ª entrada.

Sábado.

No tengo ganas de nada.

Apenas me he levantado de la cama para ir al servicio.

Estaba encendido el ordenador y me he puesto a escribir. Pensé que me ayudaría.

Apenas tres líneas y estoy agotado.

Me vuelvo a la cama.

Didac no está.

Los chicos tampoco.

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Néstor G.