Diario de un hombre sin nada que contar. 60ª entrada.

La Navidad es pasado.

Enero es presente.

Todo pasa como un suspiro. Tanto anhelo por la navidad, meses hablando, algunos preparándola, otros denostándola, y en realidad soplas y ya pasó.

Como la lotería. Un desastre económico.

Año nuevo, bien gracias. Es un decir. En casa, solos. Didac pensaba ir con su familia, yo le acompañaba. El trabajo lo torció.

Había dado permiso a los chicos para que fueran de fiesta. Al saber que no nos íbamos dijeron de quedarse. Lo hicieron con cara de nos vamos a esforzar por vosotros. Didac calló, yo les dije que no importaba. Durante un segundo, pensé que no era buena idea dejarles. Algo me decía que pasaría algo. Mucho “algo”, pero nada concreto. Lo aparté de mi cabeza después del segundo beso de Didac.

El cambio de año lo hicimos sobre el piano. Sexo desenfrenado.

Las uvas las tomamos a las dos.

A las tres llamó Sergio. Vente, dijo, escueto y apremiante.

Fui. Fuimos.

Pol borracho, sentado en un jardín, llorando.

Oriol desesperado.

Sergio sin saber que hacer.

Los miré un rato, sin que lo notaran. No sabía que hacer. Por un lado sentía en mí el aroma de Didac. Sentía en los poros de mi piel las manos de él. Tenía la necesidad de sentir su boca en … no es necesario explicarlo. Por otro lado, veía a uno de mis chicos desesperado, llorando. Borracho con diecipocos. Borracho alguien que no gusta de beber. Borracho de desesperación, lo sabía. Si hubiera sido Oriol, no me hubiera extrañado. Pol…

Didac notó mi duda. Me empujó ligeramente. Me acerqué cabizbajo, olvidando mi necesidad de sentir la piel de Didac en esa primera noche del año nuevo. Miré a mi hijo. Se encogió de hombros, serio. Oriol me vio y se acercó a mí. No sé que le pasa, dijo con un tono apremiante. No me dice nada.

Me metí en el jardín y me senté al lado de Pol. El césped estaba frío, húmedo, pero me dio igual, aunque sabía que los pantalones que llevaba irían a la basura después de aquella noche. Me quedé cerca de él, rozando su brazo con el mío. Sin decir nada. Sin hacer nada. Miré a Didac y entendió; se llevó a los chicos de allí. Necesitaba intimidad. No se el tiempo que pasó. Bastante por el frío que iba penetrando en mi cuerpo. Al final, Pol me tendió su móvil. Durante unos minutos, no supe que hacer. Al final lo encendí y busqué.

Fotos. De López, su padre. Era evidente que estaba pasado de alcohol. Muchas fotos en distintos garitos. Pol lo había seguido. En cada bar había intentado ligar con algún hombre. Unos jóvenes, otros mayores. López era la viva imagen de un desesperado pasado de vueltas. Para Pol, ver a su padre así, no debía ser agradable.

Una foto llamó mi atención. López estaba con Justin, el amigo de Pol. Lo acorraló en una esquina. Otra foto, le manoseaba. Otra foto, buscaba su boca. Otra foto, Justin intentaba apartarlo. Otra foto, no tenía fuerzas. Otra foto, no controlaba las manos de López que parecían multiplicarse. Otra foto, consiguió besarlo.

La siguiente imagen no era tal, sino un vídeo. Se acercaba Pol a ellos. Debió dejar su teléfono a alguien para que grabara. Apartó a su padre de su amigo. Éste se sorprendió aunque reaccionó enseguida. Puso su mejor sonrisa de borracho lascivo. Se le oía decir “estás celoso”. “He llegado antes, me voy a follar a tu amigo”. Le dio la espalda a Pol y siguió buscando la boca de Justin, mientras intentaba meterle mano por la bragueta.

Ahí se acabó el vídeo.

Llegaron varios wasaps al móvil. Eran de López. Miré a Pol antes de leerlos. No dijo nada, así que entendí que deseaba que los abriera. Eran absolutamente indecentes. Un selfie de él besando a alguien. “Aprende a follar, sor Pol, ursulina”.

Llamé a Didac. Vete a buscar a López, al Miami, dije. Rápido. Y dale de hostias si es preciso. Pero que deje de hacer el imbécil. Pensé que podía ser Justin, pero me di cuenta enseguida que no. Llamé a Oriol. Busca a Justin, rápido.

Salieron todos de estampida.

Me guardé el móvil de Pol en el bolsillo de la camisa. Lo abracé. Me abrazó. Y lloró como un desesperado.

Me puedo imaginar lo que sentía. Él necesitaba a su padre. Hasta esa noche creía que podría hacerle cambiar. Conozco bien ese sentimiento. Lo tuve muchos años respecto a mis padres. Pensé que cambiarían. Los necesitaba y me aferraba a esa idea. Los míos lo hicieron a peor. López, también.

Para Pol, la mitad de su vida se había hecho añicos. Su castillo, se había derruido.

Tenía que pensar como empezar su reconstrucción. Con López en su vida, o no.

En otro momento de mi existencia, López hubiera sido mi prioridad. Sabía lo mal que lo había pasado. Ahora, después de ese vídeo, me daba igual. Al menos hasta no recuperar a Pol. Y ver como estaba Justin.

Vámonos a casa, le dije suavemente. Asintió con la cabeza.

Se levantó primero. Fui a hacerlo yo, pero se me habían entumecido los músculos y apenas me soportaban. Pol me ayudó. Le rodeé la cintura con mi brazo y le atraje hacia mí. El hizo lo mismo. Dame calor, le pedí. Y me rodeó con los dos brazos. Así caminamos hacia casa. La casa de Didac. Mi casa. La casa de Pol.

Miré la hora en el móvil. Eran las 5 de la mañana.

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Néstor G.

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Diario de un hombre sin nada que contar. 59ª entrada.

Didac se fue de viaje. Otra vez.

No volvía por Navidad. Iba dónde su familia. Con hermanos, padres, tíos y su abuela Obdulia.

Nos dimos un beso y nos despedimos. Fingí que no me importaba. Se fue apresurado, apenado. Te echaré de menos, dijo. Te quiero, dije. Un beso. Otro beso.

Fingí y sonreí. Dije adiós con la mano, como en las películas. Ridículo, lo sé. Decir adiós con la mano, en el salón, él en la puerta.

Los chicos dijeron que se ocupaban de la cena y eso. Me fastidió, porque me hubiera gustado ocuparme a mí. Por lo de cabeza de familia, el orgullo y la mente ocupada. Unos días antes, me dijeron que su padre se había empeñado en que fueran con él. Me fastidió más.

Teresa insinuó que venía. Lo hizo un mes antes. No dijo nada más.

Ya no recuerdo casi nada de las Navidades del año pasado. Estaba ese compañero del curro, creo. ¿Cómo se llamaba? Fue cuando los chicos vinieron a casa, porque su padre había dimitido de sus funciones. Estaban tristes, pero lo pasamos bien. Y aquel chico que me conquistó, pero se asustó.

Dídac no estuvo. Se fue con su novio de entonces. Conmigo de novio se va a ver a su familia. Curioso.

De repente, mis Navidades familiares se han convertido en Navidades solitarias, como antes.

Bajé al bar de siempre a tomar una cerveza. Feliz Navidad por aquí, feliz Navidad por allá. El chiste de ¿vas a pasar la Navidad bien o en familia? Yo bien gracias, más solo que la una. O que las dos y las tres, y las cuatro, y ya está. Solo. Hasta las mil.

Que suerte, me dicen todos.

Que suerte pensaba yo entonces.

Pero ahora necesito a los chicos. Y a mis hijos. Y a Dídac. Y a Teresa. Necesito convertir la casa en un hervidero de gente. Los amigos de Oriol y Pol. Vane y Justin. Kike y Ramiro. Isabella y Fresa. Y Libertad. Y Ricardo y Borja.

Joder.

Subí a casa y me encontré a los chicos. Malas caras. Sentados en el suelo del salón, a oscuras. Opté por hacerme el tonto y agradecerles que hubieran venido a pasar la nochebuena conmigo. Les abracé y les di un beso en la mejilla. Olían a hundimiento de barco.

Llamaron a la puerta.

Era Teresa.

Toma ya. Sorpresa. Me sonrió y me tendió los brazos. Le cogí las manos y las guié para que me abrazaran. Me dio un beso en los labios y recostó su cabeza en mi hombro. ¿Tu equipaje? Pregunté. Estoy en un hotel, no te preocupes. ¿Cómo vas a ir a un hotel? Déjalo, Néstor, por favor. Es mejor. Lo prefiero.

No hay nada de cena, dijeron los chicos.

Vamos a preparar algo.

Abrí la nevera. Estaba repleta. Creía que los chicos gastarían parte del presupuesto que les di para la cena y comidas de Navidad y que otra parte se la guardarían. Por como estaba la nevera, no debía haber sobrado muchos.

¿Habéis invitado a alguien? pregunté por si acaso. Luego se pasará algún amigo, dijeron.

El timbre de la puerta.

Más visitas inesperadas. Ojalá fuera Didac, pensé. Pero era Sergio, mi hijo pequeño. Sorpresa. Oriol saltó de la silla, como si hubiera tenido un resorte. Pol miró a otro lado cuando se fijó en que lo buscaba con la mirada. Si están juntos, que lo digan, le susurré a Teresa. Es complicado, me contestó. ¿Me lo explicas? Otro día. Preparemos la cena.

Nos pusimos a ello. Miraba a Pol y lo veía triste. Será por López. Tiene la esperanza de recuperar a su padre. Lo sé. No dice nada, pero se le nota. Medité el hablar con él, pero no me atreví. No quise romper el ambiente.

Didac llamó.

¿Vienes a buscarme? El coche me ha dejado tirado.

Anda.

Quería darte una sorpresa, confesó. Me la has dado, respondí. Voy yo, se ofreció Sergio cogiéndome las llaves del coche. Cuando han llegado, todo preparado. La mesa puesta. Justin, el amigo de Pol, se apuntó a última hora. Su madre trabajaba, se iba a quedar solo.

Lo abracé y lo besé. A Didac, no a Justin. Con rabia, con ganas, con el alma. Me faltaba el aire. No me he dado cuenta de lo que lo necesitaba hasta que lo he visto entrar en casa.

¿Y tu familia? Atiné a preguntar. Se habrán decepcionado. Nunca he pensado en ir. Esta Navidad la quería pasar contigo.

Cenamos a gusto. Lo pasamos bien. Una cena como muchas. Una reunión como muchas. Con mi familia. Mis chicos, mi novio, mi mujer, mi hijo. Nos reímos. Luego se pusieron a jugar al Monopoly. Yo me senté en mi butaca y los veía a distancia. De vez en cuando se levantaba alguno y se acercaba a contarme las incidencias del juego. Ganó Teresa, para enfado de Didac. No le gusta perder.

Se sentó sobre mis piernas y se acurrucó. No fue fácil, Didac es alto. Y así nos quedamos un buen rato, escuchando música. Mientras los chicos hacían un chocolate y Teresa regresaba a su hotel.

Creo que esta nochebuena he sido feliz. Al menos lo he rozado. La primera nochebuena realmente feliz. No está mal. Ya llevo muchas sobre mis hombros. Y no ha sido nada especial. Una nochebuena de alguien que no tiene nada que contar.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 58ª entrada.

Didac se fue de viaje.

Algo pasó. Lo supe cuando me llamó.

No me dijo nada. Lo noté por su respiración. En el tono. En la forma.

Lo llamé de nuevo al poco. Hablamos. Intentó escabullirse. Me callé y entendió que no me convencía.

¡La puta madre que los parió a todos!

Voy, contesté escueto.

Me fui.

Estaba mal. Algo le había salido torcido. Echaba espumarajos por su boca. Le dejé desahogarse. Cuando calló, me acerqué a él. Me daba la espalda. Le di la vuelta, me puse de puntillas y le di un beso. Pensé que me iba a rechazar, siempre lo hace cuando está enfurruñado. No lo hizo. Lo abracé. Estaba rígido. Pero al poco, se fue relajando.

Cuéntame.

Me contó. Uno de sus negocios. Sus socios. Los números.

Dame, le dije.

Trabajamos juntos.

Me detalló. No suele contarme nada de sus cosas. Eso me asustó. Estaba mal. Muy mal.

Trabajamos.

Hablamos. Vimos otras posibilidades.

Llamó a uno de sus socios.

Vino. Hablamos.

Nos estás engañando, le dije al cabo de un rato.

Le dio la patada. Ten, y le firmó un cheque.

El otro fue a protestar, pero se calló a tiempo.

Al día siguiente, nos fuimos al local. Reunimos al personal. De ellos, me gustaron dos. Sara y Paulo.

¿Os interesa ser socios?

Se quedaron asustados. Paulo miraba a Didac de soslayo. Supe que se habían acostado. Me daba igual. Yo también me lo hubiera tirado.

Le dije a Didac que se fuera a dar una vuelta.

Me los cogí por separado. A ella la convencí rápido. ´
El me costó más.

Al final le solté: me da igual que folles con Didac. Y a él también. Los negocios son los negocios. Eres bueno y tienes arranque. Didac te necesita aquí al mando. Que seas sus ojos y sus manos.

Se sorprendió. Quiso preguntarme como sabía lo de que se acostaban. Y como era que no me importaba. No se atrevió, pero le contesté:

Crees que lo amas. Se te nota. Lo entiendo, cualquiera con algo de sensibilidad se prendaría de él. Él no te ama a ti. Lo conozco. Es solo sexo.

Se quedó pensativo. Al final aceptó.

Nos fuimos a comer por ahí.

Él sabía que yo sabía. Yo sabía que él sabía que yo sabía. No dijimos nada. Me tendió la mano y se la agarré. Nos miramos y sonreímos.

Era la primera vez desde que estábamos juntos que yo había sido el fuerte. Hasta ese momento, él era quien me había sacado siempre de mis sombras. Me sentía a gusto conmigo. Y noté que él también. Didac es muy orgulloso, muy suyo, muy de llevar la voz cantante. Eso era una novedad que creo que le relajó. Le hizo sentirse bien.

Sabes como soy, me dijo en el postre.

Se que se refería a su necesidad de conquista, de sexo con el que se cruzara en su camino y le gustara.

Lo sé, contesté. También sé que me quieres. Mucho. Desde hace mucho. Desde que nos conocimos, casi. Había hecho tantas cosas por mí que eran contrarias a su forma de ser, que podía considerar eso un hecho cierto. No hacía falta que me lo dijera con palabras a todas horas. Aunque a veces, escucharlo, sentaba bien.

Se calló.

No añadí más.

Salimos a la calle.

Me rodeó con su brazo por la cintura. Otra cosa más que no iba con él. Pero conmigo lo hacía.

¿Y si nos casamos?, soltó a los pocos metros del restaurante.

Eso sí que no iba con él.

Sonreí picarón.

Deberás trabajarte una pedida de mano en condiciones.

Se quedó parado, sorprendido. No dijo nada, pero noté como su mente bullía.

Por si acaso, tendré que pensarme mi respuesta si me prepara esa declaración. Eso sí sería una sorpresa para mí.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 57ª entrada.

Echo de menos a Morata. He estado a punto de hacerme del Chelsea.

Didac tiene celos de Morata. No hablo de otra cosa cuando nos vamos al bar de abajo a ver los partidos. Podríamos verlos en casa, pero nos gusta verlos abajo. Ves a la gente como se enfada, como discuten por los penaltis o por los árbitros. Zidane arriba, Zidane abajo. Cristiano sí, Cristiano no. ¿Qué le pasa a Lucas Vázquez? O al mallorquín.

Es una mierda. Lo de Morata.

Y ahora el Madrid no acaba de carburar. Lo del Girona, deprimente.

Falta Morata, diréis.

Es lo que digo yo.

Es que está bueno el jodido. Me gusta esa cara de chico de no haber roto un plato. Esa sonrisa. Tiene dinero, o sea que es un buen partido. Da bien en los anuncios: yo uso la crema Nivea porque la anunció él. Por cierto, casi todos los que pasan por ese anuncio, salen del Madrid.

¿No os gusta el fútbol?

A Mi sí.

¿Gay y fútbol? Pegan estupendamente. Chicos corriendo en gayumbos. Chicos que se abrazan y se tocan el culo cuando marcan un gol. Y se colocan sus partes.

Ayer vi un anuncio de un canal de televisión femenino. Hablaban de la belleza de los hombres protagonistas de sus series. Ya me he apuntado a él.

Ha venido mi hijo a pasar un par de días. No se separa de Oriol. Le pregunté a Pol. Me hizo una larga cambiada que me quebró la cintura al intentar seguirle.

Lo intenté de nuevo en el desayuno, al día siguiente. Salió de casa con la tostada en la mano. Seguro ha sido el día que más pronto ha llegado al Instituto.

Oriol me miró y me dijo:

Déjalo estar. Cuando esté preparado y sepa algo, te diré.

Debía habernos oído.

Me fui al trabajo y Sergio seguía durmiendo. Entré a verlo. No pude evitarlo y me acerqué y le di un beso en la frente. Así le debo un beso menos, de los que no le di cuando era pequeño. Se los voy a ir dando ahora, a los veintitantos.

Hoy veré el fútbol. Solo. Didac se fue.

Son las dos de la mañana, y no puedo dormir. Tengo que trabajar mañana. Estoy por hacerle caso a Didac y dejarlo. Él me mantendrá.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 56ª entrada.

Está siendo duro el trabajo.

La gente, asustada.

La bolsa loca. Sube y baja desbocada.

Me paso el día dando explicaciones. Lo de Cataluña y los bancos.

Algunos se han llevado el dinero a casa. Muchos, han vendido acciones.

Yo diciendo a todos que tranquilos. Vamos a tomar un café. Tranquilos. Vamos a tomar una caña. Tranquilos.

Confían en mí. Algunos. Otros, se llevan las perras.

Tú no decides, Néstor, me dijo uno. Eres un donnadie, con todos mis respetos, me soltó otro. No controlas la situación. Si por ti fuera, me arriesgo. El mundo se está volviendo loco. Me llevo el dinero.

Vamos a tomar una caña, que hoy dan paella.

Se llevó el dinero. Sería porque la paella no estaba todavía.

Llego a casa cansado. Con la boca seca. Sin apenas comer. No suele haber nadie. Me siento en mi butaca de leer y cabeceo.

Llega Didac. Se preocupa. Me chilla.

Ya estoy yo, Néstor. Deja el trabajo y que les den.

Lo miro agradecido.

Le cojo la mano. Noto que tiene trabajo y no lo retengo. Se encierra en su estudio. Yo sigo en la butaca. ¿Qué haría sin trabajo?

Me agobio.

No pasaría hambre, es cierto.

Me agobio.

Mañana otra vez. Ver las acciones. Ver las noticias. Volver a la oficina. Sonreír con confianza. No tengo confianza. El mundo se ha vuelto loco. Radicales. Por un lado, por otro. Tensando la cuerda. ¿Y si se rompe?

Llegan los chicos. Me miran de esa forma. Didac les ha alertado, lo sé. Vienen y me dan un beso. El pequeño se sienta a mi lado y parlotea de sus cosas del instituto. El profe de mate, un bobo. El de historia, es aburrido. La de Química, está buena. El de inglés: hubiera sido un buen partido para ti, me dice. Es buen profe, abunda en el tema. Está muy bueno, sentencia.

Te está tomando el pelo, dice el mayor.

Me río. Son bobos los dos. Pero me hacen reír.

¿Merendamos? Preguntan.

No me queda más remedio que levantarme y preparar algo. Unos sándwiches, que no hemos comprado el pan. Se me ha olvidado.

Sale Didac de su estudio. Me mira y me sonríe. Me acerco y le beso.

Merendamos.

Didac me coge de la mano y los chicos parlotean.

Llama López, para hacer de padre telefónico durante dos minutos.

Todos contentos. La labor hecha.

Y Didac tira de mi para ir a tomar algo por ahí. Nos encontramos con algún cliente del banco. Se ponen intensos pero Didac les corta. A alguno, con brusquedad. No entienden.

Es nuestro aniversario, le suelta al más pesado.

¡Ah!

Ha puesto mala cara. No sé si por no atenderle o porque celebremos un supuesto aniversario. No le pegará un director de banco con otro hombre. Seguro que mañana viene a verme. Vamos a tomar una caña, diré. Y me escrutará por ver si tengo pluma o se me nota. Y yo romperé la muñeca un par de veces, para convencerlo. Y luego le diré que se lleve su dinero, sí, que va a ser mejor.

Bobos.

Didac se da cuenta de que nos observan desde el otro lado del local. Me acerca a él y me pega un beso de impresión. Por el espejo, veo como le hace una peineta al bobo ese. Luego cierra el puño, para dejarle claro que si sigue con tonterías, es mejor que vaya pidiendo hora al cirujano plástico. Su nariz peligra.

Me echo a reír.

Didac me mira, haciéndose de nuevas. Cierro el puño y se lo enseño. Nos reímos. Se encoje de hombros.

Nos invitan.

Les saludamos antes de irnos.

Me parece que mañana, esos no irán a verme. Me ahorraré una caña. Caña que gastaré ahora con Dídac.

Y unos pinchos.

Y unos besos.

Les mando un wasap a los chicos para que no nos esperen.

De repente, Didac tira de mí. Me lleva a un hotel cercano. El conserje parece conocerlo. Le da una llave. Yo no digo nada. Le dejo hacer asombrado. Luego se me ocurre preguntarme a cuantos habrá llevado a ese hotel. Pero me da igual. Sé que ahora, es mío. Aunque de vez en cuando, folle con otros.

Y a eso nos dedicamos en la habitación.

A las 10, nos traen la cena. No he visto pedirla.

No pienso.

Cenamos. Desnudos.

Y después. Seguimos con la actividad anterior.

Fuimos un poco escandalosos. Por lo de no estar los chicos.

Didac se irá mañana de viaje. Varios días. Tengo que coger fuerzas para aguantar su ausencia.

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Néstor G.