Navidad 2016. “Una moneda en un sombrero.”

Es una buena metáfora.

Una niña pone una moneda en el sombrero de un músico que toca en la calle. Es una pequeña acción. Pero mirad lo que desencadena.

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Es una gran metáfora de la vida. Tú haces una pequeña buena acción, y eso puede desencadenar miles de buenas cosas. Tú sonríes, y eso puede originar miles, millones de sonrisas. Tú escribes una historia, aunque solo la lea una persona, si a esa persona le llega, puede producir reacciones inconmensurables.

O si haces una foto bonita.

O si pones una canción dulce. Aunque parezca que nadie la escucha, que nadie la ve.

 

Retazos de vida imperfectos 06. “Lo sabía”.

 Mauro se había quedado desencajado. Felipe, sentado enfrente de él en el “Tómate otra” no se atrevía a mirarlo.

– ¿Y cómo ha sido?

– Se puso en medio de la autovía. Iba borracho – contestó lacónico Felipe, sin levantar la vista.

Se quedaron en silencio. Mauro cogió con las dos manos su taza de café y pegó un trago. Intentó posarla en el platillo con una sola mano, pero el temblor irrefrenable de su brazo derecho, le aconsejaron volver a coger la taza con las dos.

– ¿Cuándo ha sido? – inquirió a Felipe sin atreverse a mirarlo.

– Hace algo más de un mes.

– ¿Más de un mes? Pero si… – iba a decir que lo había visto hacía un par se semanas, pero se dio cuenta que no era cierto. Que eso solo era una disculpa que se quería poner, una más. Hacía mucho tiempo que no lo veía, ni hablaba, ni sabía nada de Elías. – ¿Por qué no me lo has dicho antes? – ahora sí enfrentó la mirada de su amigo.

– Qué más da. Ya no podías hacer nada. – aunque la verdadera razón es que ninguno del grupo de amigos se atrevía a hacerlo.

Mauro quiso enfadarse con Felipe. Quiso sacar su ira, su desesperación y hacerlas descansar sobre los hombros de su amigo. Estuvo a punto de hacerlo, pero pensó que sería injusto con él.

– No podrías haber hecho nada, Mauro – le dijo suavemente Felipe, apretándole el brazo suavemente.

“¿No podía o no me vino bien?” “No tuve cojones”.

Mauro conocía bien a Elías y sabía que algo pasaba. Habían sido pareja no hacía tanto y una buena pareja, forjada casi desde la infancia. Pero esas cosas que no puedes controlar, el amor, la lujuria, la pasión, la atracción de lo nuevo o la monotonía de lo ya conocido, vete tú a saber qué, lanzaron a Elías en brazos de aquel tal Ovidio. Y desde ese momento, Elías cambió. Se apartó de todos, empezó a adelgazar, perdió la luz en sus ojos, la sonrisa en sus labios. Él decía “Estoy guay, Ovidio es un hacha, me quiere mucho”, pero… Mauro que siguió teniendo contacto con él varios meses, sabía que mentía. Pero todavía estaba dolido con él por dejarlo. Porque Mauro lo amaba con todo su alma. Y porque pensó que si decía algo, la gente creería que era por despecho. Pero lo sabía.

– Tenía marcas por todo el cuerpo. Parece que Ovidio le…

– ¿Para que me lo dices, Felipe? – estalló Mauro – ¿Para qué me dices eso? ¿Ahora? Recuerda que lo hablamos todos un día. Os lo avisé. Y os reísteis de mí. ¿Ahora me lo dices? ¿Ahora me dices que ese cabrón le pegaba día sí y día no? ¿Qué lo tenía cogido por los huevos? ¿Qué lo humillaba como el miserable que es?

– Cálmate Mauro. Estabas dolido entonces, lo amabas y pensamos…

– Vale. Pues pensasteis. Y ahora pensáis que es guay para mí que me coma los mocos cada noche pensando que no debía haberme callado, que debería haber hecho algo. Joder, tío, está muerto. ¡Iba borracho! Dices. ¡Iba borracho! Lo dices tan normal ¿Tan poco lo conocíais que no sabéis que no bebía nada, nada, nada? Nunca le ha gustado, ni cuando a causa de eso era el raro de toda la ciudad. “El único adolescente de 16 que bebe coca-cola estando de botellón”. Ese era Elías. Iba borracho, dices…

– Él parecía feliz – se disculpó Felipe.

– ¿Parecía? Pero de qué me hablas, Felipe. ¿Estabais ciegos? ¿No lo conocíais? No, no lo conocíais.

– Tú lo conocías mejor que nadie.

Mauro recapacitó durante unos segundos la última afirmación de Felipe.

– En eso tienes razón. – admitió pesaroso.

Mauro asentía con la cabeza, pausado, creciendo en intensidad. La culpa empezó a aprisionar sus pulmones haciéndole difícil respirar. Su corazón empezó a latir desbocado. Felipe lo miraba y empezaba a asustarse. Se levantó y se acercó a él agarrándole del hombro, intentando que se relajara. Pero Mauro se zafó del intento de consuelo y se levantó de un salto enfilando la puerta de la calle sin siquiera coger sus cosas.

Corrió un rato sin saber a donde. ¿Dónde podría esconderse de su culpa? “Lo sabía, lo sabía, lo sabía.” “Lo sentía y miré para otro lado”.

Llegó exhausto a la casa de los padres de Elías. No lo había previsto, pero acabó allí. Y mecánicamente se sentó en el banco en donde, desde niños, pasaban horas y horas hablando o jugando a la consola. O descansaban después de jugar un partido de fútbol con los del barrio o comentaban la película que acababan de ver en el cine. Allí fue su primer beso, sus confidencias, su amor, sus dudas, allí se dijeron todas esas cosas. Incluso allí se metieron mano, una noche con luna llena, a las tantas, después de la fiesta de cumpleaños de su amiga Desiré.

Se acurrucó en su esquina del banco y se hizo un ovillo, y lloró mientras sus entrañas se desgarraban en un dolor insoportable.

Alberto y Matteo. ¿Se quieren?

No es un vídeo en que canten bien.

Bailar, bailan lo justo.

Hablan en italiano y no está subtitulado.

Pero te vas a emocionar como pocas veces.

¿Te imaginas ser tú el protagonista?

No te lo pierdas.

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Retazos de vida imperfectos 04.

Son casi las tres de la mañana y he sentido la necesidad imperiosa de levantarme de la cama y ponerme a escribir. Era algo como un ataque de ansiedad de escribir. Nada concreto. Ninguna historia, o a lo mejor se me ha perdido en el camino.

Son las tres y cinco de la mañana y estoy mirando la pantalla. El camión de la basura se acaba de ir y ha dejado en silencio la noche.

Es de noche.

Es hora de dormir.

¿Qué hago levantado?

Ya he escrito, aunque no haya escrito nada. Pero escrito está.

Me voy a dormir.

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Mi amigo imaginario, Pancho, se viene conmigo. Otro día os cuento cosas de él. Pancho tiene una historia. Se ha empeñado en que la cuente esta misma noche, pero no va a ser posible. La niebla me empaña el entendimiento y la vista. O no es la niebla sino el cansancio. Es que llevo cuatro días durmiendo apenas un par de horas.

Pancho es un tío elegante, con su pajarita de rombos y su camisa verde camel. Corre por los tejados recabando información para los servicios secretos. Es como el pequeño Nicolás, pero en serio. Aunque no te creas, que tiene gracia contando chistes y anécdotas graciosas. Y sí, existe, no como ese Nicolás, que es un producto de lo servicios de espionaje rusos para despistarnos y evitar que cojamos a los verdaderos espías del ejército rojo de Stalin.

Stalin ya murió ¿no?

Una pena. Lo del Nicolás, no lo de Stalin.

El otro día me dijo un amigo que había soñado que se lo montaba con el Nicolás ese. Le di la tarjeta de mi psicólogo.

Me voy a la cama. Ahora sí.

Son las 3 y veinte. Y no pasa un alma por la calle. Todo en silencio.

4 grados de temperatura y sin viento.

Retazos de vida imperfectos 03. Chúpate esa.

Estaba sentado en la taza del váter. Era el baño del trabajo, un cubículo limpio pero apretado.

Ni se había bajado los pantalones. Solo quería escaquearse unos minutos y perder de vista a Julián y a Helga. No los soportaba.

El silencio lo embargaba todo. Cerraba los ojos y podía creer que estaba en cualquier sitio. En el pueblo, en la casa de sus abuelos. En la playa, paseando con las olas mojando sus pies. Solo, siempre solo, sin esa gente que le producía tanta zozobra.

De repente, en el reservado de al lado, escuchó un estruendo grandioso. Pegó un salto y apenas pudo contener una exclamación de sorpresa. En la vida había oído un cuesco semejante. Ni los de Guillermo, su amigo de la infancia, podían competir con eso.

Escuchó el ruido de la bomba, la tapa bajando, el roce de la ropa, el pestillo de la puerta, ésta que se abre.

El ruido del agua al abrirse el grifo y se imagina al dueño del cuesco lavándose las manos.

En esto que vuelve a escuchar otro estruendo de origen flatulento. Y un suspiro de satisfacción. Hasta creyó escuchar un “chúpate esa”.

No pudo contenerse y sin hacer ruido, entreabre la puerta de su cubículo y miró. Casi se le cae la mandíbula de la sorpresa: era D. Enrique, el jefe de su departamento. Un hombre elegante y estirado. Un hombre serio, que no daba pie a la mínima intimidad personal.

Cierra la puerta corriendo. Se sienta de nuevo y se tapa la boca con la mano, la cual no podía cerrar de otra forma, ante el peligro de que salieran ruidos indeterminados por ella, como carcajadas o suspiros admirativos.

Nunca volvería a ver a D. Enrique de la misma forma. La próxima vez que se pusiera chulo, recordaría ese momento flatulento. Quizás si se ponía demasiado chulo podría decirle entre dientes: “Chúpate esa”, y hacer un gesto como de explosión nuclear. Seguro que lo entendería.