Miro dentro de sus ojos…

En ese momento me acerco más a Diego. Quiero besarle. No puedo retrasar más el momento. Me voy acercando más y más. Estiro los labios, no cierro los ojos, quiero ver los suyos. Me encuentro con los suyos. Están resecos. No te preocupes – pienso – ahora te los humedezco. Y lo hago. Lentamente, saco la lengua. Abrazo su labio superior con los míos. Paso la lengua por él. Saca su lengua a encontrarse con la mía. Las juntamos. Moja su lengua en la mía. Parece que tiene sed. La doy de beber. Creo que lo agradece. Sonríe. Sonrío. Me incorporo un poco. Tengo mejor perspectiva así de sus ojos. Miro dentro. Me gusta lo que veo. Me quiere. Me quiere. Vuelvo a bajar. Me toca dar de beber al labio de abajo. Lo abarco con los míos. Paso muy lentamente la lengua por él. Otra vez sale envidiosa su lengua al encuentro. Quiere más agua. Quiere mi saliva. Se la doy. Le quiero. No lo puedo evitar. Me incorporo. Vuelvo a mirar dentro de sus ojos. Sonrío. Me sonríe. Mira también a través de mis ojos. Creo que lo que ve, le gusta tanto como lo que veo yo en los suyos.

Navidad 2016. “Una moneda en un sombrero.”

Es una buena metáfora.

Una niña pone una moneda en el sombrero de un músico que toca en la calle. Es una pequeña acción. Pero mirad lo que desencadena.

.

.

Es una gran metáfora de la vida. Tú haces una pequeña buena acción, y eso puede desencadenar miles de buenas cosas. Tú sonríes, y eso puede originar miles, millones de sonrisas. Tú escribes una historia, aunque solo la lea una persona, si a esa persona le llega, puede producir reacciones inconmensurables.

O si haces una foto bonita.

O si pones una canción dulce. Aunque parezca que nadie la escucha, que nadie la ve.

 

Retazos de vida imperfectos 08: “Vergüenza”.

Alejandro lo notó enseguida. En cuanto Nano se encontró con sus amigas Esther y Rebeca, su actitud cambió. No lo presentó y además, se interpuso entre ellas y él. Lo apartó disimuladamente. Intentaba por todos los medios que sus amigas no pensaran que iban juntos. Aunque tontas eran si no se daban cuenta.

Nano se avergonzaba de Alejandro.

Éste sonreía en segundo plano. No entendía la actitud de su amigo. Pero no sabía muy bien que hacer. Al principio miraba al grupo de viejos amigos. Sonrisa de compromiso, a la expectativa de que Nano lo presentara. Pero al cabo de un rato, se dio cuenta de que no existía para ellos. Parecían haber llegado a un acuerdo silencioso en hacerlo desaparecer. Y no veía atisbo de que la situación evolucionara.

Alejandro, sin dejar de sonreír, se fue alejando. Al principio mirando al grupo, esperando quizás que Nano lo llamara para presentarlo a sus amigas o que dijera algo de ir juntos a tomar algo, poniendo una disculpa tonta para su olvido. Al cabo de unos metros les dio la espalda: era evidente que Nano no iba a hacer nada de eso.

Entró en un bar cercano y se sentó en la barra, sin perder de vista al grupo. Aparentemente no hicieron ningún gesto que delatara que se habían dado por enterados de su ausencia. Era lo normal, nunca había existido para ellos.

Se pidió un Bifrutas tropical y se miró en el espejo que ocupaba todo el frontal de la barra. No se vio tan feo ni tan viejo; ni tan bajo ni tan joven; ni tan zoquete ni tan pedante; ni tan grande ni tan soso ni tan… lo que sea.

Suspiró y se puso a hablar con el camarero.

– Como está el Madrid ¿Eh? – dijo el camarero.

– Ni que lo digas – contestó Alejandro, – como siga así arrasamos. ¡Ese Zidane!

Alberto y Matteo. ¿Se quieren?

No es un vídeo en que canten bien.

Bailar, bailan lo justo.

Hablan en italiano y no está subtitulado.

Pero te vas a emocionar como pocas veces.

¿Te imaginas ser tú el protagonista?

No te lo pierdas.

.

.

 

Retazos de vida imperfectos 03. Chúpate esa.

Estaba sentado en la taza del váter. Era el baño del trabajo, un cubículo limpio pero apretado.

Ni se había bajado los pantalones. Solo quería escaquearse unos minutos y perder de vista a Julián y a Helga. No los soportaba.

El silencio lo embargaba todo. Cerraba los ojos y podía creer que estaba en cualquier sitio. En el pueblo, en la casa de sus abuelos. En la playa, paseando con las olas mojando sus pies. Solo, siempre solo, sin esa gente que le producía tanta zozobra.

De repente, en el reservado de al lado, escuchó un estruendo grandioso. Pegó un salto y apenas pudo contener una exclamación de sorpresa. En la vida había oído un cuesco semejante. Ni los de Guillermo, su amigo de la infancia, podían competir con eso.

Escuchó el ruido de la bomba, la tapa bajando, el roce de la ropa, el pestillo de la puerta, ésta que se abre.

El ruido del agua al abrirse el grifo y se imagina al dueño del cuesco lavándose las manos.

En esto que vuelve a escuchar otro estruendo de origen flatulento. Y un suspiro de satisfacción. Hasta creyó escuchar un “chúpate esa”.

No pudo contenerse y sin hacer ruido, entreabre la puerta de su cubículo y miró. Casi se le cae la mandíbula de la sorpresa: era D. Enrique, el jefe de su departamento. Un hombre elegante y estirado. Un hombre serio, que no daba pie a la mínima intimidad personal.

Cierra la puerta corriendo. Se sienta de nuevo y se tapa la boca con la mano, la cual no podía cerrar de otra forma, ante el peligro de que salieran ruidos indeterminados por ella, como carcajadas o suspiros admirativos.

Nunca volvería a ver a D. Enrique de la misma forma. La próxima vez que se pusiera chulo, recordaría ese momento flatulento. Quizás si se ponía demasiado chulo podría decirle entre dientes: “Chúpate esa”, y hacer un gesto como de explosión nuclear. Seguro que lo entendería.