Navidad 2016. “Una moneda en un sombrero.”

Es una buena metáfora.

Una niña pone una moneda en el sombrero de un músico que toca en la calle. Es una pequeña acción. Pero mirad lo que desencadena.

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Es una gran metáfora de la vida. Tú haces una pequeña buena acción, y eso puede desencadenar miles de buenas cosas. Tú sonríes, y eso puede originar miles, millones de sonrisas. Tú escribes una historia, aunque solo la lea una persona, si a esa persona le llega, puede producir reacciones inconmensurables.

O si haces una foto bonita.

O si pones una canción dulce. Aunque parezca que nadie la escucha, que nadie la ve.

 

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Retazos de vida imperfectos 08: “Vergüenza”.

Alejandro lo notó enseguida. En cuanto Nano se encontró con sus amigas Esther y Rebeca, su actitud cambió. No lo presentó y además, se interpuso entre ellas y él. Lo apartó disimuladamente. Intentaba por todos los medios que sus amigas no pensaran que iban juntos. Aunque tontas eran si no se daban cuenta.

Nano se avergonzaba de Alejandro.

Éste sonreía en segundo plano. No entendía la actitud de su amigo. Pero no sabía muy bien que hacer. Al principio miraba al grupo de viejos amigos. Sonrisa de compromiso, a la expectativa de que Nano lo presentara. Pero al cabo de un rato, se dio cuenta de que no existía para ellos. Parecían haber llegado a un acuerdo silencioso en hacerlo desaparecer. Y no veía atisbo de que la situación evolucionara.

Alejandro, sin dejar de sonreír, se fue alejando. Al principio mirando al grupo, esperando quizás que Nano lo llamara para presentarlo a sus amigas o que dijera algo de ir juntos a tomar algo, poniendo una disculpa tonta para su olvido. Al cabo de unos metros les dio la espalda: era evidente que Nano no iba a hacer nada de eso.

Entró en un bar cercano y se sentó en la barra, sin perder de vista al grupo. Aparentemente no hicieron ningún gesto que delatara que se habían dado por enterados de su ausencia. Era lo normal, nunca había existido para ellos.

Se pidió un Bifrutas tropical y se miró en el espejo que ocupaba todo el frontal de la barra. No se vio tan feo ni tan viejo; ni tan bajo ni tan joven; ni tan zoquete ni tan pedante; ni tan grande ni tan soso ni tan… lo que sea.

Suspiró y se puso a hablar con el camarero.

– Como está el Madrid ¿Eh? – dijo el camarero.

– Ni que lo digas – contestó Alejandro, – como siga así arrasamos. ¡Ese Zidane!

Alberto y Matteo. ¿Se quieren?

No es un vídeo en que canten bien.

Bailar, bailan lo justo.

Hablan en italiano y no está subtitulado.

Pero te vas a emocionar como pocas veces.

¿Te imaginas ser tú el protagonista?

No te lo pierdas.

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Retazos de vida imperfectos 03. Chúpate esa.

Estaba sentado en la taza del váter. Era el baño del trabajo, un cubículo limpio pero apretado.

Ni se había bajado los pantalones. Solo quería escaquearse unos minutos y perder de vista a Julián y a Helga. No los soportaba.

El silencio lo embargaba todo. Cerraba los ojos y podía creer que estaba en cualquier sitio. En el pueblo, en la casa de sus abuelos. En la playa, paseando con las olas mojando sus pies. Solo, siempre solo, sin esa gente que le producía tanta zozobra.

De repente, en el reservado de al lado, escuchó un estruendo grandioso. Pegó un salto y apenas pudo contener una exclamación de sorpresa. En la vida había oído un cuesco semejante. Ni los de Guillermo, su amigo de la infancia, podían competir con eso.

Escuchó el ruido de la bomba, la tapa bajando, el roce de la ropa, el pestillo de la puerta, ésta que se abre.

El ruido del agua al abrirse el grifo y se imagina al dueño del cuesco lavándose las manos.

En esto que vuelve a escuchar otro estruendo de origen flatulento. Y un suspiro de satisfacción. Hasta creyó escuchar un “chúpate esa”.

No pudo contenerse y sin hacer ruido, entreabre la puerta de su cubículo y miró. Casi se le cae la mandíbula de la sorpresa: era D. Enrique, el jefe de su departamento. Un hombre elegante y estirado. Un hombre serio, que no daba pie a la mínima intimidad personal.

Cierra la puerta corriendo. Se sienta de nuevo y se tapa la boca con la mano, la cual no podía cerrar de otra forma, ante el peligro de que salieran ruidos indeterminados por ella, como carcajadas o suspiros admirativos.

Nunca volvería a ver a D. Enrique de la misma forma. La próxima vez que se pusiera chulo, recordaría ese momento flatulento. Quizás si se ponía demasiado chulo podría decirle entre dientes: “Chúpate esa”, y hacer un gesto como de explosión nuclear. Seguro que lo entendería.

Retazos de vida imperfectos. 02. Una flor y el amor. San Valentín.

Retazos de vida imperfectos. 02. Una flor y el amor. San Valentín.

jimmy290512-una mirada entre la gente 06

Todavía hace frío por las mañanas. Es el mes de febrero.
Salí ayer por la mañana a paso rápido. Salí de casa camino al trabajo. Salí deprisa por lo del frío y por lo del ejercicio. Pero cuando caminaba por los jardines de mi barrio, me fijé de repente en esa flor. La única flor. Era roja, será una rosa, será un clavel, no lo sé. Será la flor de la esperanza, no lo sé. Será la flor de tus ojos… tampoco lo sé.
Me dieron ganas de cortar la flor y llevármela conmigo, olerla y sentirla cerca de mis sentidos.
Pero sin pretenderlo, me he imaginado rápidamente una historia de amor. Un chico que iba a la mañana siguiente, al alba, y cortaba la flor para llevársela corriendo a su amor, al vecino del 8º en el portal de al lado del suyo, antes de que saliera a trabajar. Y le pedía una cita para el día siguiente, San Valentín, el día de los enamorados y de la amistad, por si lo del amor no llega, siempre queda la amistad, pensó en un ramalazo de locura.
Me imaginé que el que cortaba la flor de llamaba Waldo y el del 8º del piso de al lado, Alberto.
Alberto es un chico que tiene mucho miedo a ser. A lo mejor con esa flor se atreve un poco. Y con la mano de Waldo.
Me costó salir del ensimismamiento en que me había quedado frente a la flor, en los jardines de mi barrio. Hacía frío. Desestimé la opción de cortar la flor. No quería que Waldo no encontrara algo que entregarle a Alberto y estropear así una bonita historia de amor por San Valentín, y mucho menos, quería ser culpable de que Alberto no encontrara la forma de vivir con él y para él, y con Waldo, pobrecito.
Para ti pues, esta flor, Waldo. Para ti, Alberto. Y para ti, te llames como te llames.
He de decir que me quedé un poco frío delante de la flor. Y que ya no recuperé el ritmo de la marcha. Entré en el primer bar y me pedí un cafecito, con leche, muy caliente, por favor, que estoy helado. Todo por no haber cortado la flor para mí.