Una pequeña luz, cuando la vida pesa un quintal.

 

La vida pesa un quintal. Incluso algunos días, pesa dos.

Hoy es uno de esos días.

Venía a casa conduciendo, cuando he tenido que parar durante unos minutos. Ha sido en la carretera, viniendo de trabajar. He apartado el coche en el arcén. Los hombros se me hundían y los ojos se me cerraban, no de cansancio, sino de abatimiento. Una congoja insuperable inundaba mi pecho. Oscuros pensamientos han llenado mi cerebro sobre la conveniencia de seguir con esta pantomima o dejarlo estar.

He puesto los intermitentes y me he tapado la cara con mis manos. He intentado llorar, por si me despejaba la congoja, pero ni para eso tenía fuerzas.

– ¿Para qué? ¿Qué hay mañana que me incite a seguir?

Siento que viene un coche. Sería fácil abrir la puerta y salir a la carretera. Ésta es muy estrecha, con toda probabilidad me llevaría por delante. Y todo, todo acabaría en un segundo. Posiblemente ni siquiera me diera cuenta de nada, no sufriría dolor. El dolor me da miedo. El ridículo me da miedo.

Y es que me duele el alma desde hace tanto tiempo que … un día más de sufrimiento, me parece un suplicio inabarcable.

Ese coche pasa sin que haga nada. Pero viene otro detrás. Quizás éste sea el momento. Éste segundo coche pasa a más velocidad… parece que tiene prisa por llegar. Él tendrá a dónde llegar. No un sitio físico, sino algo más profundo. Llegar a alguien, a algo, llegar aunque fuera a un sueño. Ya no tengo sueños. Ni eso. Ni esa esperanza me queda.

– ¡Un kilo de sueños!

Lo pedí en el ultramarinos del barrio. Pero… el dueño me miró de medio lado. Pensó que estaba loco, lo vi en sus ojos. Y no le faltaba razón.

– La hierba me ha trastornado – y guiñé un ojo. No era cuestión de que me tomara por un demente.

“¿Y qué más da?” Pensé luego. Si total… lo soy.

“No, no soy un demente. Solo estoy triste”, me dije en un momento en que mi ánimo remontó una miaja. Pero qué más da como lo llame. Tristeza, desesperanza, depresión, bajo de ánimo, un sin alma o un sin espíritu, o un… ¿Un qué?

Un tercer coche. Viene todavía más deprisa. No controla mucho… le veo dar bandazos. Quizás no necesite abrir la puerta, él mismo se estrelle contra mí. Si me quito el cinturón, saldré despedido por el cristal y mi coche me atropellaría impelido por el golpe. Pero quizás el otro conductor o sus acompañantes, sufrieran también. Eso no estaría bien… Está loco ese…

– ¿Pero qué le pasa?

Fijo mi atención en el retrovisor. Alterno el de fuera y el de dentro. Me va a embestir… piso el freno, una, dos tres… doy al claxon, golpes secos cortos, para llamar la atención… lo dejo pulsado… freno…

Cuando parece que el golpe es inevitable, el conductor del otro coche da un volantazo y me esquiva. Va dejando detrás la estela de su propio claxon. Me he fijado que llevaba una silla de niño y que iba alguien más dentro del coche. Una cabeza se ha levantado al sentir el volantazo. He observado también como me hacía un gesto inequívoco de que se acordaba de mi madre.

Ahora sí, he salido del coche. No venía nadie. Las piernas me temblaban. Pienso que quizás no deseé tanto acabar con todo y la posibilidad de que mis deseos se hicieran realidad, me ha acojonado. Pero… no… una manita en esa silla de niño y esa cabeza que se levantaba en el asiento, y ese conductor descerebrado, loco… porque él tiene algo por lo que luchar, ese niño y esa cabeza, fuera quién fuera. Pensar que podría haber sido responsable de ese desastre aunque solo fuera de forma indirecta, me aterraba más que seguir al día siguiente con mi tristeza cuestas.

Me he apoyado en el capó mirando hacia delante. Busco la estela del coche, pero hace ya tiempo que se ha perdido. El hombre ha desacelerado un poco después del susto y ha tomado la primera rotonda de la ciudad sin problemas. De repente, al bajar la cabeza para darme un pequeño masaje en el cuello, me he fijado que en el arcén, delante de mi coche, había un montón de botellas rotas.

Me he sonreído. El destino es a veces un juguetón empedernido. Si ese coche hubiera seguido en la misma trayectoria que llevaba, hubiera acabado con toda seguridad en la cuneta, o en el lecho del río que había antes de la rotonda. Una, dos, tres, cuatro vueltas de campana… No, no quiero pensar en ello. En ese niño, en esa cabeza que se levantaba…

Me adelanto y voy apartando como puedo con el pie esas botellas rotas. Tiene narices que ahora que lo tendría fácil, con ir hacia atrás unos kilómetros, volver de nuevo, coger velocidad y conducir por el arcén hasta ese punto, podría dar yo esas vueltas de campana y acabar en el lecho del río. Una explosión pondría el punto de color a la noche, una llamarada, una columna de humo, los bomberos, las ambulancias… “No se ha podido hacer nada”. Ya no tengo ganas ni de eso.

Conduje como un autómata hasta casa. Bebí un vaso de leche, encendí el ordenador como todas las noches … me arrepentí casi al instante, no me apetecía hacer el camino de siempre, el correo, el facebook, mis escritos. Se me abrió el skype sin darme cuenta. Tampoco me apetecía en ese momento encontrarme con alguien.

– Hola Escritor.

Tuve la tentación de no contestar e irme al salón a llorar un poco mis penas, o a rememorar el momento del volantazo y llorar por la suerte de ese niño que iba en el asiento de atrás y que era evidente que estaba en manos de unos inconscientes.

– ¿Cómo estás?

Y a eso ¿Cómo contesto? “Una mierda” “Casi acabo con todo” “He salvado la vida a un niñito” “Me pesa la vida un quintal o dos” “No tengo ganas de vivir”.

– Escucha esto:

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– ¿Bailamos? – me propone.

– Pero si bailas fatal – le pico. – Siempre me dices eso cuando te lo propongo yo.

– He estado ensayando con una amiga. Ya bailo mejor. Prometo no pisarte.

– Venga, va, bailemos – cedo.

– ¿Cómo estás? – insiste.

Sigo sin saber como contestar.

– Da igual – se rinde – bailemos en silencio.

Sonreí. Meneé la cabeza de lado a lado y me vi en sus brazos, bailando. Hasta hicimos alguna cabriola. Total, estamos a miles de kilómetros y soñar es libre.

– Y tú ¿Qué tal? – pregunté a la de un rato.

– Genial – me dijo.

Pensé que ese “genial” con el que Andrés me contestaba, era igual de mentiroso que mi silencio.

– Entonces todos estamos felices y el mundo es maravilloso, y la vida, y el amor…

– Mundo maravilloso.

😉

😉

Siguieron unas filas de risas enlatadas, un par por cada lado.

– Eres estupendo ¿Lo sabías?

– Tú tampoco estás mal. 😛

– Qué poco se necesita a veces…

– No te entiendo.

– Da igual, no te pares, baila.

– ¡Si estoy bailando! – se quejó.

Y me reí. Los hombros se me relajaron y quizás, por unos momentos, la vida había dejado de pesar un quintal. Hasta vi reflejada en la pantalla del portátil, una ligera sonrisa. Era triste, pero era sonrisa.

Y fíjate por qué bobada.

Me iré a dormir y soñaré…

No sé si hay luna llena o es luna nueva. No sé si el sol saldrá mañana o si las nubes empañarán el día. Pero lo que sé, es que me iré a la cama en un santiamén, y dormiré, y dormiré, y dormiré.

Porque me apetece soñar con un mundo bonito y alegre, lleno de buena gente, de sonrisas y de amor. Lleno de Príncipes guapos, con o sin corcel, que mi miren a los ojos y me conquisten. Lleno de gente verdadera, sin dobleces, que no intenten joder al prójimo para soltar sus propias miserias e incompetencias. Que se quiten la máscara de una puñetera vez y dejen ver lo que hay de verdad en ellos, que es mucha verdad. Verdad subjetiva, claro, como casi todas las verdades. Pero verdad.

Un mundo lleno de dinero, joder, también de eso, que no nos engañemos, sin eso no vamos a ningún sitio.

Saludos al que ha llamado por teléfono a casa a la 1,35 de la mañana. Me hubiera gustado al menos escuchar su voz y contarle después el salto que me ha dado el corazón.

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Sueño de Amor, de Liszt.

Quisiera que el agua me diluyera.

Quisiera que el agua me diluyera. Y colarme por las alcantarillas. Llegar al mar y mecerme al ritmo de las olas y reflejar los rayos del sol.

No puedo llorar más. No me quedan fuerzas. Lloro, y lloro. Pero no puedo olvidarlo. No puedo conseguir que mi pecho deje de oprimirme. No puedo domeñar mi cabeza y que deje de rememorar el momento en que le vi por primera vez: tan apuesto, con su traje, con sus canas tan sexis.

No puedo dejar de evocar el día siguiente, cuando le saludé por primera vez: se cruzaron nuestras miradas y de repente apareció una pequeña nube que nos envolvió solo a nosotros. Me provocó un escalofrío de gozo como hasta ese momento no había conocido, ni creía que fuera posible hacerlo. Me creí único en el mundo. Y vi claramente que a él le pasó lo mismo.

Y al siguiente me invito al café. Y casi todos los días nos juntábamos en la cafetería. Hablábamos y… nos mirábamos.

Y el primer día en su casa. El primer beso, la primera caricia. La primera vez que hicimos el amor, bajo la ducha.

El primer viaje.

La primera discusión, un enfado, y una reconciliación.

Hoy, en una ducha muy parecida a aquella primera, la ducha que compartimos durante años, quisiera conseguir limpiarme completamente de él. Pero no puedo. Lo único que consigo es llorar y llorar. Y no consigo olvidarlo.

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Fíjate amor, fíjate como estarías.

y eso que todavía hoy no te he besado

ni he rozado tu piel con mis dedos

ni he escrito una canción sobre tu espalda

ni he besado tus pies

ni acariciado tus muslos por dentro

no he nadado todavía en tus ojos

ni he buscado tu lengua

fíjate amor, como estarías si hubiera hecho algo de eso

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jimmy020413-cantata

Momento de relax.

Podíamos relajarnos un poco. Dadle al play.

Pensar en cosas bonitas. En la lluvia cayendo sobre el cristal. Podemos dejar que la memoria vuele hacia los sitios que nos traen buenos recuerdos, que nos traiga a las personas queridas aunque estén lejos.

Podemos soñar con cosas maravillosas, o tener un buen libro entre las manos con la música de fondo.

Podemos intentar ser felices, aunque sea solo por esta tarde y dejar de lado lo malo, lo absurdo del mundo que nos rodea.

Esta música bien vale un momento de no hacer nada más que escuchar.

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