Dijo que sí.

Recuerda aquella tarde como si fuera la de ayer.

Era domingo. Guille había salido pronto de casa a dar un paseo, tomar un café y leer un libro. Aunque era su plan preferido para los domingos por la mañana, en raras ocasiones lo podía llevar a cabo. Después de una hora caminando sin rumbo a buen paso, entró en un bar y se pidió un café con leche y un zumo de naranja. Estaba feliz, tranquilo.

Ni siquiera le había dado tiempo a echarse el azúcar al café y pegarle un sorbo al zumo, cuando apareció Lucas. Llegó apresurado y fue directo a dónde estaba Guille. Y sin mediar palabra, se agachó y le dio un beso en la boca.

Guille lo miró extrañado. Hacía casi dos meses que no se veían. Lucas decidió un día poner distancia entre ellos. Hasta ese momento habían sido medio novios o algo así.

– Te echo de menos – le espetó mientras se sentaba a su lado, poniéndole la mano en el muslo, cerca de su miembro. Empezó a masajearle suavemente mientras lo miraba directamente a los ojos. Guille no le devolvía la mirada y quería apartarle la mano, pero no se atrevió.

– Quiero follar contigo. Hoy. Ahora mismo.

A Guillermo se le ocurrieron muchas cosas, lo había pasado mal con Lucas. Sus amigos decían que no lo respetaba y él sentía que era cierto. Pero lo suyo con él era algo… irracional. Lo necesitaba. Era como una droga. Le tenía cogido por los huevos. Y él pensaba que esos dos meses de ausencia habían servido para algo: olvidarle, volver a relacionarse con sus otros amigos. Incluso volver a tener buen sexo con otros. En realidad con otro, Kike, y solo una vez. Pero fue un comienzo. No muy bueno, pero era un paso.

– ¡¡Vamos!! – urgió Lucas.

Estaba tan pillado por Lucas, ahí lo tuvo claro, que no fue capaz de decirle que no, como siempre.

Llegaron a casa de él, que vivía más cerca y sin más, estaban desnudos sobre el suelo de la cocina. No fue nada romántico. Fue salvaje, totalmente físico. Los besos, las caricias, todo fue salvaje.

En un momento dado, mientras Guillermo le lamía su miembro, Lucas propuso con toda normalidad:

– Sacamos unas fotos mientras follamos, me pones a cien. Nadie me pone así.

Guille dijo que sí de inmediato. Con la cara iluminada y todo. Será un bonito recuerdo, pensó. Ha dicho que nadie le pone a cien, como le pongo yo.

Guay. Bonito recuerdo sí.

Un bonito recuerdo de él, sumiso ante Lucas, cuyo rostro no sale en ninguna foto. Como una buena perra, como le llamaba en pleno fragor del sexo. Ojos de deseo y desesperados por tener otra vez el miembro de Lucas en su boca. O mientras le penetraba a caballito y le cogía del pelo, como si fuera un caballo y le daba cachetadas en el culo con la otra mano. Y sus tatuajes de la espalda bien visibles. Para que no hubiera dudas de quién era.

Unos días después, bastantes días de hecho, cuando empezó a recibir decenas de mensajes en todas sus redes sociales mientras estaba trabajando, no se podía imaginar el desastre que le aguardaba al final de su jornada. Encontrarse  aquellas fotos del polvo de aquella tarde, publicadas en una página porno y corriendo por wasap entre todos sus amigos fue de lo más humillante. Hasta su madre las vio. Y su hermano Ignacio. Decenas y decenas de fotos con él de protagonista. Su cara, su lengua, su deseo. Todo en primer plano.

Pero la foto  que más lo destrozó, no fue un primer plano de su culo lleno con la polla de Lucas, ni siquiera una foto en la que él le apretaba el cuello mientras le enculaba violentamente. Ni la de los azotes en el culo. La que más le humilló fue en la que le miraba con arrobamiento a los ojos, mientras le comía la polla. Esa mirada de amor profundo, de sumisión total, lo decía todo. Decía lo desesperado que estaba para amar a un ser tan despreciable como Lucas.

Qué pasó con lo nuestro.

Miro atrás en el tiempo y pienso. Lo mío con Kike ¿cuando pasó a ser una buena amistad a ser una relación de profundo amor? ¿Y cuando cambiamos el amor por el odio?

Me gustaría recuperar al menos el aprecio profundo que nos teníamos. La fraternidad, el colegueo. La cercanía. Pero cada vez que lo intento, el odio entre nosotros crece unos centímetros más.

¿Qué tiene distinta esta historia de otras cientos? Que es la mía, claro.

Nos conocimos en la cola del cine. Uno de esos días del cine, que las entradas están tiradas de precio. Yo me había apuntado y pensaba ir a ver unas cuantas en los tres días que duraban. Él al parecer solo le interesaban dos películas. Pero para una de ellas no había entradas y de repente, se dio la vuelta y hete que me encontró a mí.

– No me des las gracias pero te voy a recomendar una película que no debe perderte – me dijo de repente.

Yo levanté las cejas y lo miré a la cara. De esto que oye, me gustó. Y él siguió a lo suyo con lo de la película. Yo estaba pensando en revolcarme con él en el hall del cine pero a él estaba claro que le apetecía más en ese momento que le recomendara una película. Y la taquillera también estaba por ese tema mas que por lo de que nos revolcáramos por el suelo.

– Yo voy a ver la de los X-men. ¿Vienes solo?

– Sí.

– La vemos juntos.

De repente me veo con un tío que no conozco de nada para ver una película, la de X-men, que a mí me gustan bastante y que me suelo ver solo por lo de pensar a gusto sin tener que decir al de al lado cosas ni contestar a lo que me dicen. Lo malo es que teniéndole al lado, aunque fuera mudo, es de carne y hueso y ya he dicho que me sobraron 9,30 minutos de los 10 desde que lo conocía para querer follar con él.

Guau.

– Me llamo Kike – me dice cuando salimos de la cola. Y me planta dos besos.

– Oye ¿vas dando besos a todos los chicos que conoces?

– Cuando me gustan sí.

Y se me quedó mirando con cara de … no sé de qué, pero … joder, que sí parecía que le había gustado. Esa sensación me dio y fue cierta.

Él me gustó y yo le gusté a él. ¡¡flechazo!! Quién me lo iba a decir, salvo Guille, mi ex. Y Omar, el anterior. Y Tomás, otro del que me prendé así, en un chasqueo de dedos. Esos affaires no duraron mucho, aunque es cierto que duraron algo más que lo que tardé en prendarme de ellos.

– No me has dicho como te llamas.

– ¿Eh? ¡Ah! Peter.

– ¿Pedro?

– No, Peter. – se quedó parado extrañado – Mi padre es canadiense. Me llamo Peter.

– ¡Que bien! Así me enseñarás inglés.

No le enseñé inglés. Pero le enseñé a follar, que no andaba muy ducho. No fue esa tarde, ni las de los siguientes días que quedamos. Incluso meses.

Salíamos por ahí, íbamos al cine y hablábamos. Mucho. Él hablaba por los codos y yo cuando me incitan, tampoco soy de callarme. Se me fue pasando la calentura sexual y la cambié por algo… no se como expresarlo. Estábamos a gusto juntos, hablábamos, y leíamos juntos. Íbamos a bailar, íbamos de camping, yo iba a buscarle al trabajo y caminábamos despacio camino de una de nuestras casas en dónde veíamos la tele, o hacíamos limpieza o poníamos la lavadora. Cada día en casa de uno.

Sí, tardamos en tocar nuestros cuerpos desnudos y sentir palpitar nuestros miembros sin ropa de por medio. Muchos meses. Y cuando dimos el paso fue como algo normal, sin grandes algarabías.

Lo dicho, le enseñé un par de cosas. Del sexo. Y aprendió, sí. Vaya que sí. Luego nos dedicamos a investigar. Pero eso es otro tema.

Nos fuimos a vivir juntos. Era el paso siguiente. Parecía que todo iba estupendo. Nos caíamos bien, congeniamos y lo pasábamos bien teniendo sexo. Y empezamos, o por lo menos a mí me pasó, a enamorarme de él. Pero de verdad.

Eso de enamorarme no me había pasado casi nunca. Salvo con Ramiro, con el que nunca llegué a nada, porque él no quiso. No logré conquistarlo. Le asedié, le comí la oreja, me hice el encontradizo, le invité al cine… él como si nada. Luego me enteré que tenía un rollo con un señor de Murcia, una cosa muy seria aunque intermitente por la distancia. Una cosa secreta, que él era de buena familia y casado con toda la pompa y circunstancia de la Iglesia. O sea con mujer y varios hijos estupendos. Por cierto, eso me recuerda que tengo que llamar a Ramiro. Debe estar echo polvo. El señor de Murcia falleció hace un par de semanas, aunque él se enteró antesdeayer. Es lo que tiene el ser “el otro” en una relación secreta y a distancia.

Estaba contando como poco a poco, el flechazo súbito de Kike, transformado en una relación de colegueo y que en un momento determinado adquirió derecho a roce se fue convirtiendo en amor de verdad. Y justo fue entonces cuando las cosas se torcieron.

Ahora que medito en ello para escribir esta “mi historia”, todo cambió el día que, estando sentados en una terraza tomando un “Valenciano”, le insinué algo de casarnos. Se lo tomó a chunga, a risas, reímos con algunas ideas locas para la boda, pero… sí, le pillé mirándome de una forma rara. Y ya sé lo que es. Me acabo de dar cuenta. Era miedo.

No lo entiendo. Es decir: ahora lo entiendo todo. Pero no entiendo que diferencia había, hay, entre vivir juntos como un matrimonio y ser un matrimonio. Es solo una visita al juzgado, decir un “sí, quiero” y volver a comer a casa. Pero bueno, que tampoco había necesidad de casarse. Él me dijo que no, y ya está. Es cierto que me obsesioné con el tema y lo volví a intentar un par de semanas después, pero sin darle importancia. Y es cierto que en esa época fue cuando empezaron los desencuentros, las discusiones. Por tonterías. Lo juro. Por tonterías. Por “has dejado el cepillo de dientes sobre el lavabo”. “¿Por qué me has cogido mis calzoncillos preferidos?”, cuando además nos intercambiábamos la ropa. “¿Gayumbos preferidos? ¿En serio?”. “¿follamos?” “Me duele la cabeza”.

Pues tómate una aspirina, no te jode.

Es curioso. En realidad lo de casarnos me daba igual. Me da igual de hecho. Nunca he deseado hacerlo. Fue una posibilidad que planteé. Nunca lo habíamos hablado y no sabía si a él le gustaría. Pensé que a lo mejor no se atrevía a decirlo. Alguna vez le hablé de unos amigos que acabaron como el rosario de la aurora. O de mi tía Nuria, que tuvo muchos problemas con el divorcio de su marido, y los niños y tal. Recuerdo que también saqué el tema de los niños. Pero para hablarlo. Para saber que pensaba del tema. Yo no tengo pensado tener niños. Pero a lo mejor él sí. A lo mejor planteé todos estos temas con demasiada vehemencia. Pero si yo solo quería hacerle feliz. Ser feliz. Saber lo que pensaba de la vida. Saber si queríamos avanzar más o no. Tampoco creo que eso sea avanzar. O sea, que si te quedas siendo una pareja que se ama y convive y demás, necesites dar el paso de casarte y luego buscar los hijos. Puedes sentirte muy realizado así, amando a tu amado sin más.

El caso es que todo esto ha ido a más. Me enroqué en la defensa de mi cepillo de dientes sobre el lavabo y él lo hizo en la necesidad de tener la tapa del váter levantada. Le devolví sus calzoncillos preferidos y yo le pedí que me devolviera la cazadora de los Queen, que le molaba mucho y usaba mucho, pero que era mía. Ya sabes, cuando empiezas a discutir, todo es campo minado.

Al final nos hemos dado un respiro. Firmamos una tregua aprovechando que me iba a ir unos días a Coruña.

A la vuelta, yo guardo el cepillo de dientes en el armario y él baja la tapa del váter. Aunque la cosa sigue tensa y seguimos sin follar.

He estado dándole muchas vueltas. Podríamos reconducir el tema. No hemos llegado a ser como en la peli “La guerra de los Rose”. El caso es que siento que el enamoramiento profundo que nacía en mí, ha quedado abortado. Pero hasta ese momento, vivíamos felices. Hacemos una buena pareja. No sé. No sé que hacer. Reconducir el tema o dejarlo aquí.

Ya no habla. Kike. Es un parlanchín incansable. Ahora todo es silencio. Ayer intenté hablar con él, pero no se dejó. ¿Lo intento de nuevo? No sé lo que siento. Ya no hablamos en inglés, para que Kike practique. Si le hablo en inglés, se hace el sordo, como si estuviera escuchando la tele. Pero tampoco está bien romper nuestra relación por algo que ninguno de los dos quiere, aunque yo lo planteara como una posibilidad. Desde luego no estuve acertado en la forma, está claro. Él pensó que le asediaba. Pero eso se soluciona diciendo: “no quiero”, no saliendo por peteneras.

Acabo de darme cuenta que faltan muchas de sus cosas. Sus cajones están casi vacíos y sus armarios, igual. Las ha recogido mientras estaba en Coruña.

Bueno, está claro que él ha tomado una decisión. Como el día que nos conocimos, en el cine. Ha elegido la película y con quien verla. Está claro que no es conmigo. Al menos la siguiente.

Algún día quizás podamos hablarlo con calma. Cuando pase el tiempo. Si es que se da las circunstancias.

Llamaré a Ramiro, a ver como está con lo suyo. No lo he hecho antes por no incomodar más a Kike. Ramiro no le cae bien, aunque solo sea porque sabe que fue mi amor platónico. Y hablaré con Kike. Si se ha llevado sus cosas… es tontería. Cortamos y punto. Hay que ver las minucias que llevan a veces a romper una relación. Me siento tan vacío…

Lo celebraron juntos.

Ganaron.

Miles de fotos. Alegres con los compañeros. Champán. En los vestuarios medio desnudos, saltos, abrazos, promesas cumplidas si ganaban. Fotos en el twitter, en Instagram, en Facebook. Fotos por wasap. Visitas magnas, presidentes, alcaldes. Visitas cercanas, familiares, padres, madres, mujeres, hijos y novias.

Alegres. Felices. En el Olimpo de los Dioses. Campeones.

Álvaro y Marco se miran. A distancia. Los dos saben lo que piensa el otro. Tantas fotos y no tendremos aquí y ahora la foto que nos gustaría. Los dos abrazados, besándonos, posando felices para la posteridad. Uno a cada lado de la copa. Los únicos que, en tanta maraña de fotografías, unas profesionales y otras no tanto, no tendrían un recuerdo de la hazaña junto a su pareja.

Aunque luego, por la madrugada, o quizás ya de mañana, se hagan su foto. Pero sin la copa. Con un balón. Desnudos quizás. Con una bandera o una bufanda rodeando sus cuerpos unidos.

Pero no es lo mismo.

Cuando empezaron a salir, al principio de temporada, lo sabían. Lo hablaron. Creyeron que eso no les costaría trabajo. Que no les afectaría. Pero al final, sí les está pasando factura. No es grande, porque su amor si es grande. Pero esas pequeñas cosas también tienen su importancia. Ver a todos sus compañeros celebrándolo junto a sus parejas, y ellos procurando estar separados por si se escapa una mirada, les empieza a doler. Y más si deben ir a agasajar a sus parejas femeninas postizas, las que les ha puesto su equipo de imagen. Para evitar habladurías.

Solo se abrazaron en la celebración del gol. Álvaro no se contuvo y le besó en la mejilla. Pero eso no cuenta, eso lo hacen todos. Hubiera sido bonito bersarle en los labios, agarrándole fuerte la cara, comiéndole su sonrisa.

Al llegar a Madrid tienen unas horas de asueto. Pocas. Se escapan a su refugio secreto, un piso al que pueden acceder directamente desde el garaje sin que nadie les vea. Casa uno llega por separado, directos al garaje. Álvaro llega primero. Pone la tele. Siguen con las imágenes del partido, de las celebraciones. Ve unas en las que besa a Marta, su pareja. Su representante estará contento: los cámaras pillaron el momento. Ve a todos los demás con su gente, sus niños, sus mujeres. Y él corriendo de un lado para otro. Cortando redes, saltando, sus padres, alejándose de los periodistas por si acaso.

– Creía que habrías abierto ya el cava.

Giró la cabeza justo cuando Marco le rodeó la cintura con su brazo y le besó en los labios.

– Vamos a sacarnos nuestras fotos.

Álvaro fue a la nevera para sacar las copas y la botella de cava. La abrió mientras volvía al salón. Marco tenía la cámara de fotos en la mano. Una cámara segura, sin conexión a redes, para evitar errores y visionados indeseados. Le saca unas fotos mientras sirve las copas. Álvaro sonríe, mientras le dice que no le saque fotos.

– Estoy sudado – se excusa.

– Me gustas sudado – le pica.

– Hace calor – dicen los dos a la vez.

Se desnudan y se recuestan en el sofá. Álvaro rodea con sus brazos el torso de Marco. Le besa en el cuello. Beben un par de sorbos de cava y se sacan unas fotos.

– Ninguno de estos va a tener unas fotos de celebración como estás – apunta alegre Marco, señalando sus cuerpos desnudos.

– Pero no se las podemos enseñar a nadie.

– Ni se te ocurra. Estamos sudados. No nos darán anuncios con estas pintas.

Se ríen.

Se giran para seguir besándose.

– Tengo algo – dice de repente Álvaro, levantándose de un salto. Va a su habitación y vuelve con una foto enorme de la copa que acaban de ganar. Marco aplaude la idea. Coloca la máquina sobre una mesa, encuadra, y la pone en disparo automático. Corre a colocarse al lado de la imagen.

– Sonríe – pide Álvaro.

La cámara empieza a disparar. La primera les pilla mirándose a los ojos. La segunda, con los pulgares arriba. La tercera con la V de victoria. La cuarta se miran sin sonreír. La quinta se besan. La sexta se besan. Y la séptima, y la octava. La novena Álvaro vuelve a poner la V con sus dedos, la décima se miran, la undécima se miran más de cerca. La duodécima, se vuelven a besar.

Marco coge el mando del equipo de música y pulsa el play.

– Dice mi padre que bailaba esto en las discotecas cuando se ligó a mi madre.

(Backstreet Boys – I’ll Never Break Your Heart)

Rodea la cintura de Álvaro y le acerca su copa de cava. Pega su cuerpo al suyo y empiezan a moverse al ritmo de la música. Lentos. Sin apenas moverse. Con las copas entre ellos. Bebiendo pequeños sorbos de vez en cuando.

Saben que volverán a hablar del tema dentro de poco. Decirlo o no decirlo. Vivir a escondidas o no. Son jóvenes, con una carrera por delante. Son buenos. Cobran mucho dinero. Saben que en su mundo, empezando por sus entornos, les dirán que no lo hagan. Que perderán mucho dinero. La carrera. “Seréis los gays del fútbol. Se os recordará por eso. Nada más”.

“Sería una pena. Sois muy buenos en esto”.

“Total, son unos años. Luego hacéis lo que queráis”.

Total, unos años, se repiten para ellos. Pero les duele tanto vivir así esos años… si no se hubieran enamorado, quizás fuera más llevadero. Pero se quieren. Les duele cada vez que están separados. Y además, está la boda. Álvaro se casará en unas semanas con su novia oficial. Irán todos los compañeros. Y dolerá. Besar a la novia en el altar y pensar que lo que de verdad quisiera es que en lugar de Marta, estuviera Marco.

– Alva, no te amargues. – sabe lo que está pensando su amor – Disfrutemos del momento. Vuelve conmigo. Baila. Ya nos preocuparemos del resto mañana.

Sonríe.

Y bailan. Y se abrazan más fuerte.

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Nota:

Las fotos pertenecen a la película “Barcelona noche de verano”. Alex Monner y Luis Fernández.

¿Hay algo más bonito que el amor? Corto con Miles Heizer y Brandon Flynn

Miles Heizer y Brandon Flynn son dos de los protagonistas de la serie de moda del momento, “Por 13 razones”. Kevin Ríos dirige.

Serie que trasciende la pantalla provocando debate por su temática, por su tratamiento, por sus actores, por todo.

Este pequeño corto, algo más de un minuto, va de escenas cotidianas de parejas. Divertidas, románticas. Miradas, juegos. Hay varias parejas. Una de ellas es la protagonizada por estos actores.

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Da la casualidad que hace unas semanas se comentó si estos actores formaban pareja. Sus fotos en sus redes sociales, con mucha complicidad y muestras de cariño, levantaron sospechas. El agente de uno de ellos salió rápidamente a desmentir el hecho: “Son amigos”. Casualmente, a partir de ese momento, ninguno de ellos volvió a subir fotos de los dos juntos. Pero ahora con este corto, publicado en el twitter del autor, ha vuelto a reavivar los comentarios.

La verdad es que hacen buena pareja.

Mirad, mirad.

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Pero quedémonos con el corto. Pequeños trozos de vida de parejas, con mucha complicidad, con risas, con amor. Bueno, y con las imágenes, que bien podrían ser las de una pareja de hecho.