Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (30).

Para ponerse al día con el relato.

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Tenía intención de leerlo nada más llegar a casa, pero al sentarse en el suelo del dormitorio de Tomás para hablar con él un rato mientras se dormía, fue él el que acabó dormido sin darse ni cuenta. Tomás se volvió a levantar de la cama y cogió la manta de la cama de Arturo, y se la echó por encima. Le puso una almohada en el cuello “Si no mañana te van a doler las cervicales” haciendo a la vez un gesto de complicidad con la cabeza.

Tomás volvió a acostarse y tardó exactamente cero coma dos en quedarse dormido. Y esa noche, no vio fantasmas, ni soñó con dragones, ni siquiera necesitó ir a Mundo Maravilloso. Había visto a su hermano, aunque estuviera fatal, y estaba en casa de Ernesto, que del mundo de los adultos, era el único que le había entendido. A parte de su madre.

Pero su madre ya no estaba. Ni Irene. Y los echaba de menos. Era el primer día desde aquello en que no se sentía solo y desvalido.

Durante un segundo estuvo a punto de entrar en la mente de Ernesto, como hacía su hermano. Pero el cansancio de los dos, les impidió siquiera darse cuenta.

Al cabo de un par de horas, Ernesto notó la postura y se despertó. Pero fue solo un instante. Anduvo medio sonámbulo para meterse en la primera cama que encontró, la de Arturo.

No recordaba ya la última vez que se metió en la cama. Seguramente fue el día anterior al accidente. O un par de días antes, cuando estaba intentando empezar los cuentos que le había encargado el periódico. Unos días después de que Germán decidiera irse de casa, tras la pantomima que preparó Ernesto. Los cuentos no salían, nada de lo que escribía le gustaba. Aunque todo esto eran mentiras que se contaba a sí mismo y a quien quisiera oírle. No podía no gustarle algo que no estaba escribiendo.

Y esa noche se metió en la cama, cama que no hacía desde que Germán se fue, ni siquiera había cambiado las sábanas. Y esa noche sonó el móvil.

Se sobresaltó tanto que se cayó al suelo. Se dio tal golpe en la cabeza con la pata de la mesilla que hasta le hizo una pequeña herida que sangró un poco. La voz de alguien del hospital que le informaba del accidente, y que uno de los heridos le había dado ese teléfono.

Tardó en procesar la información. Al cabo de media hora todavía no había sido capaz de dejar siquiera el teléfono en la mesilla e irse a duchar y salir hacia el hospital. Volvió a sonar el teléfono, pero aunque lo contestó inmediatamente la llamada se colgó.

Salió pitando, sin apenas haberse secado. Y cuando llegó al hospital, la realidad le dio de bofetones. Y Germán le dio otro par de bofetones. Le prohibió estar con Tomás, ni siquiera le permitió ir al velatorio de su hermana y de Irene.

Es mejor que rompamos toda nuestra relación. Tú no eres nada de los niños, así que mejor que no molestes. Eres una mala influencia”.

Quizás el fracaso de su último libro y su caída en desgracia en los programas de televisión, decidieron esa partida. Cuando su amiga Vicky le contó un tiempo después, tomando un café al que ya no podía negarse Ernesto, que Germán era lo único que le gustaba de él… no lo pudo creer. En realidad no es que no pudiera, sino que no quería creerlo.

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– Cómo va a haber estado conmigo este tiempo solo porque era escritor… si ni siquiera le gustaba lo que escribía, si no lo entendía, le parecían paparruchas.

– Te lo intenté decir, tío.

Ernesto miró a Arturo desolado.

– Solo hace falta que me digas por qué estabas tú con mi tío.

Ernesto se encogió de hombros. Hubiera dicho “¡Ah!”, pero ni eso le salió.

– Solo necesitabas a alguien. Y te engañaste e intentaste hacer lo mismo con todos: “Lo quiero con toda mi alma”. “Es mi complemento perfecto”. “Besa… ¡como besa!”.

Sonrió triste al escuchar a su sobrino. Quizás era eso. Quizás necesitaba a alguien que compensara el tiempo que él estaba perdido en sus mundos o concentrado escribiendo. O necesitaba ser importante para alguien, tener es ración de cariño que él predicaba en sus historias como algo elemental para todo ser humano. O tener un contrapunto con los pies de cemento en el suelo.

– Ni siquiera os vi nunca miraros con un mínimo de deseo.

– Pero no puede ser que lo único que quisiera era estar al lado de alguien que escribe, o famosillo, o reconocido o lo que sea.

– Se lió contigo cuando ganaste el premio. Antes os conocíais y no te hizo ni caso. Rosa, tu representante os presentó, era amiga suya de la infancia.

– Todavía lo recuerdo: “Va a ser un pelotazo, te lo digo” – Ernesto sonrió otra vez con melancolía – pero lo mejor de todo es que Germán solo puso cara de escepticismo.

Arturo abrió las manos.

– Oye, tú para tus “casi quince”, eres muy espabilao. Y todavía estoy obnubilado y en éxtasis del vocabulario que has empleado antes, en el hospital. Me has dejado con la boca abierta.

– Son ya casi dieciséis, no lo olvides. Y algo se tiene que pegar de compañías tan ilustres como la tuya, que enamoras solo por…

– Pero si acabas de cumplir los quince. Y no me tomes el pelo con lo de escritor y el deseo de tu tío de estar conmigo por eso. Es alucinante. Y yo soy más sencillo hablando.

– No sé si cuenta, porque no me hiciste fiesta de cumpleaños. Y respecto a lo de hablar, a veces eres un poco… – buscaba el concepto – pedante.

– ¿Yo pedante? – Ernesto enarcó las cejas aunque decidió no entrar más en el tema, por si acaso. – Pero sí te hice fiesta de Navidad, con guirnaldas y todo, y árbol. Y villancicos. Y amigos, y familia, y la leche en verso.

Se callaron los dos, esperando quién lanzaba el siguiente dardo. Al final fue Ernesto, mirando al techo del ascensor:

– Y Jénifer. Te cuidó por la noche. Pero con ella no hablas.

– Ya salió, lo estaba esperando. ¿y quién te ha dicho que no hablo?

– ¿Hablas? Voy a quedar con ella para que me informe.

– No te atreverás.

– ¡Hombre que si me atrevo!

– ¡Ni se te ocurra!

– ¿Hablas?

– Mis labios están sellados.

– No hablas con ella.

– Eso no lo sabes.

– No, no hablas – Ernesto estaba molesto solo con la posibilidad de que así fuera.

– Sí que vas a ser un poco plasta con mis novias, lo veo.

– Un poco, no: del todo.

– Así luego escribiré yo una novela contigo de protagonista, algo que se titule: “Como mi padre destruyo mis 37 noviazgos”.

– Has dicho mi padre – Ernesto abrió mucho los ojos se acercó más a Arturo y lo cogió de los brazos.

– Huy, que se me emociona – Arturo escondió su mirada en el suelo y sonreía.

– No seas sarcástico, me ha gustado, no rebajes.

– Pues no te metas con Jénifer.

– Si no te conviene, en serio.

– Eso no lo sabes.

– Ya lo verás. Tiene la mirada turbia. Es la misma mirada que Germán.

– Venga, estás como una chota.

– Ya me lo dirás. Le pareces guay por tu estado y tal.

– Estás grillao, tío.

– Has vuelto al tío, estás mosqueado porque sabes que tengo razón.

– ¡Una mierda!

– Voy a hablar con ella y desenmascararla en cuanto…

Arturo se levantó enfadado y se encaró con su tío.

– Una mierda. No te agtreverás o… o… o… – no encontraba la amenaza contundente que buscaba.

– ¡Agtreverás! Te pareces a Tomás.

Arturo se giró enfadado, dándole la espalda a Ernesto y cruzó los brazos.

– Solo podrás detenerme si te despiertas de una puta vez, sobrino.

– Luego dices que yo hablo mal. Y eso no depende de mí.

– Y la fiesta de cumpleaños, la tendrás cuando despiertes también. Así que ya puedes hacer un por poder.

Arturo se sentó en la esquina contraria a la que estaba Ernesto.

– No puedo, Ernesto. No tengo fuerzas. No… – no se atrevió a decir que en realidad se estaba apagando poco a poco.

– Sobrino, vas a ser mi hijo.

– Germán te lo va a poner difícil. Ha ido a otros abogados.

– Puede ponerlo lo difícil que quiera. Rosa y los abogados de tu madre se ocuparán de que no consiga nada.

– Estás…

– No digas que estoy mejor sin ti, porque me voy a enfadar. Tienes que cuidar de Tomás.

– Pero no… me faltan…

Arturo se echó a llorar. Ernesto se levantó trabajosamente del suelo, y se acercó a su sobrino. Se puso en cuclillas delante de él y le levantó el mentón. Le dio un beso en la frente, y lo abrazó. Arturo hundió su cara en el pecho de su tío y lloró.

No hubo palabras durante un buen rato. Uno lloraba, y al final Ernesto también lloraba. Pero se dijeron muchas cosas en silencio. Uno le contó sus miedos, y el otro, los suyos. Uno le pidió, y el otro le pidió. Parecían jugadores del “y tú más”. Al final Ernesto le separó de su pecho, y le volvió a coger del mentón, mirándolo fijamente.

– Tu madre e Irene, no están de acuerdo. Y lo sabes. No sé por qué tienes miedo a defraudarme, si soy yo el que te ha defraudado a ti una y otra vez. Y tú siempre me has perdonado.

– Has ido a hablar con ese profe.

– Sí, después de que enviaras por mi ese correo a Rosa. Y después, parece, de que enviaras ese último cuento al periódico.

– Y también fuiste a hablar con el director.

– Sí.

– Solo tengo quince años – dijo implorante.

Ernesto bajó la cabeza.

– Y esos años quiero que tengas. No… no sé si podré ser un padre como dicen que debe ser los padres. O tutor, el papel de padre…

– Me gustaría que lo fueras.

Ernesto sonrió.

– Está en marcha ya te he dicho. Pero no quiero que mi misión como padre primerizo, sea enterrarte, o visitar el hospital todos lo días. Quiero acompañarte al colegio, ir contigo a ver cantar a Tomás, darte una charla sobre sexo y vigilar a Jénifer para que no te quite de mi lado.

– Estás celoso.

– Pues claro. Esa pelandusca que viene a quitarme a uno de mis personas favoritas en el mundo.

– No te me va a quitar.

– Claro que sí. Ya lo veo. Será mi enemiga – se calló un instante y empezó a sonreír – y tiene la mirada turbia.

– Qué bobo eres – Arturo meneaba la cabeza de lado a lado mientras sonreía y apartaba la mirada de la cara de Ernesto.

– Eso de acompañarme al colegio…

– ¿Ya te estás avergonzando?

– Tengo quince años.

– Y sales de una recuperación traumática, o como se diga. Tengo excusas.

– Y si no te las inventas, ya lo siento. – miró al suelo – Voy a perder curso.

– Ya veremos.

– ¿Me vas a explicar matemáticas?

– ¿Te acuerdas de ese secretario que te dije?

– Huy, el que te follaste.

– Ya empezamos.

– Vale, no he dicho nada. Tira.

– Pues ese chico te va a dar clases particulares de lo que haga falta.

– ¡Y me va a contar lo que hicisteis?

– No – Ernesto se puso serio – nada de eso.

– Jo, tío.

– No, además como te voy a adoptar, dijiste que no querías saber nada de como lo hacían tus padres o tu tío. Yo voy a ser…

– Pero vas a seguir siendo Arturo, el escritor de “Mundo maravilloso”.

– No, no, no cuela. Le he prohibido que te cuente nada.

– ¡Bah! Ya le camelaré. Sabes que si quiero saco a cualquiera lo que quiera.

– No. Está decidido.

– Te gusta ¿eh?

– ¿A mí? Para nada – pero la rapidez con la que contestó a la provocación, convenció a Arturo de que sería el padrino de su boda.

– Ya veremos si te doy la aprobación.

– ¿Pe… pe… pero de que hablas? Qué aprobación ni que leches…

– O sea que ya no voy a ser yo quien te corrija…

– Claro que sí, tonto. Aunque… – iba a dar explicaciones y casi mete la pata – si no hay nada, no…

– O sea que tú celoso por Jénifer, y yo no puedo ponerme celoso por el Álvaro ese.

– Es que no hay nada – Ernesto muy dramático, abriendo los brazos, negando.

Arturo sonrió, solo sonrió.

– Esa jodida sonrisa, tronco, te la metes…

– ¡¡Tchssss! Has dicho tronco y no te gusta tronco.

Arturo se incorporó y le dio una colleja.

– Joder, con las collejas. Y el pobre Sergio, menudo susto le diste.

– Dudó de ti.-

– Tú hubieras dudado de mí.

– No has faltado un solo día. Todas las noches has estado conmigo. No puedo dudar.

– No me hagas llorar otra vez jodido. Por cierto, antes de que Tomás se despierte… al final no me has enseñado el relato, y lo enviaste a escondidas. Ya me dirás, por cierto, como.

– Es un secreto.

– Y que sepas que estoy muy enfadado, no me has dejado leerlo. Lo tendré que leer en el periódico, cuando me despierte. Alucina de lo enfadado con el tema que estoy, echo humo por las orejas y por las narices, cual dragón de Mundo maravilloso.

– No has incluido a los dragones en ninguna historia.

– Ni a los niños perdidos. Ni a las águilas parlanchinas. Ni siquiera he contado el musical que hicieron en honor de Tomás. Pero habrá que dejar algo para otro año.

– No era un reproche…

– Por si acaso que… no, no, no me desvíes, casi lo consigues, mariconazo. Muy enfadado estoy porque no me dejaste leer…

– Si lo tienes en el ipad.

– ¡Ah!

Sonrió pícaro a su tío.

– Trae.

Se lo cogió y se lo buscó.

– ¡Ah!

– Es tu frase favorita. Digna de un escritor.

– ¿Eh? ¡Ah! – Arturo no dejaba de mirar el relato que había parecido en su aparato.

– Como no te decides, lo voy a leer. Pero es una mierda. Lo habrán publicado porque piensan que es tuyo, si no…

– Firmaste como Ernesto Ducas.

– Era mi regalo. Los que firmas como Ernesto Tomás de Arturo, los has registrado a nombre de los tres. Éste quería que fuera solo tuyo.

– ¡Qué bobo eres! – A Ernesto se le habían humedecido los ojos. – Ven aquí, bobo.

Lo atrajo hacia sí y lo estrujó entre sus brazos. Incluso Arturo tuvo que quejarse para que aflojara. No sabía por qué le había hecho tanta ilusión ese detalle de su sobrino.

– Venga, dejemos alguna lágrima para luego, te leo si quieres el relato que he escrito.

– Le pasó el ipad otra vez a su sobrino, y se sentó enfrente suyo.

– Te escucho.

– Es una mierda, te ad…

– Que cansino eres, sobrino. ¿Quieres empezar de una puta vez…?

– ¡Qué vocabulario! Si con este ejemplo… ¡¡Agresión!!

Ernesto se había quitado una zapatilla y se la había tirado.

– ¿Quieres leer?

– Vale, vale, no es para ponerse así… pero…

El otro zapato partió de inmediato camino de Arturo, que tuvo que tirarse al suelo para esquivarlo.

– Ya leo. Paz.

Se miraron. Uno a la expectativa, el otro intentando como picarle de nuevo. Uno dispuesto a lanzarse a la yugular, y el otro, pensando en vías de escape. Pero era difícil escapar de la conexión que tenían y más difícil era escapar de un ascensor averiado entre pisos.

– Leo.

Ernesto no acababa de creérselo. Tenia metida su mano en la bandolera y acariciaba suavemente una pelota de tenis que no sabía por qué llevaba desde hacía tiempo.

– Que sí, que leo – se lamentó quejumbroso su sobrino – puedes soltar …

Ernesto sacó la pelota y empezó a juguetear con ella.

– Leo.

Esta vez fue definitivo.

Aunque se lo pensó mejor y avisó de nuevo a su tío.

– No te va a gustar.

– Sobrino…

– Leo, leo.

Empezó a leer.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (29).

Para ponerse al día con el relato.

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– Me duelen las cervicales. – hizo una pausa – otra vez – su voz denotaba cansancio y hartazgo.

– Tío, ha estado guay la fiesta – Arturo se levantó del suelo del ascensor y como ya había hecho muchas veces, se puso detrás de Ernesto y le empezó a masajear los hombros. – No duermes nada, ni descansas.

– Pensaba que ibas a venir a casa – otra vez el cansancio y la decepción.

– No siempre se puede hacer lo que uno quiere.

– Tomás te necesita.

– Ahora te tiene a ti.

– Esto es un cuento de Navidad.

– También hay cuentos de Navidad tristes y negros. Y con finales no tan felices como cabría esperar.

– Yo me merezco un final feliz. ¿No me lo vas a dar?

– Ya tienes un final feliz. A Tomás, tienes a tus reaparecidos amigos de Mundo Maravilloso reencarnados para la vida normal. Y a Sergio, ese admirador… no sé como le pueden gustar tanto tus libros. – hizo una mueca para acentuar que se trataba de un pique.

– ¡Oye! No le quites mérito.

– Se está vendiendo la última novela como rosquillas.

– Sí, eso me dice Rosa.

– ¿Vas a dormir?

– Y dale, ya dormiré, necesito escribir más novelas, y escribir más cuentos, ahora tengo una familia. Y tendré que pagar a los abogados que me defiendan del acoso de tu tío. Por joder, va a intentar quedarse con vosotros. Lo huelo.

– Que le den.

– Sí, que le den, pero mira… sigue, sigue ahí, ahí donde estás ahora con el masaje… ¡ufffffffff! ¡Qué alivio!

– Deberías decirle a Doris, es más…

– Quita, quita ¿Sabes lo que duele? Esta mañana me ha hecho ver las estrellas.

– Pero te lo quita de golpe.

– Deja, deja.

– Debes descansar.

– Cuando estés en casa.

Arturo se levantó y anduvo por el ascensor. Ernesto entendió y eso le puso más triste.

– ¡Tío!

– Te llama Tomás.

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Ernesto levantó la cabeza y vio como se difuminaba el ascensor y como Arturo le sonreía mientras la terraza del hospital tomaba su lugar.

Se cerró el abrigo. Aunque era 15 de abril, la noche había refrescado y se había quedado frío. Y el cuello le seguía doliendo. Ahora todavía más.

– Tío, que todos se van y… tío, – Tomás lo miraba fijamente – estás mal.

– No, peque, no…

– Te duelen las cervicales. ¿Te doy un masaje como hacía Arturo?

Ernesto se quedó mirando a Tomás, dudando. Pero vio tantas ganas e ilusión, que al final aceptó.

– ¡Ah! ¡Vale! – dijo cantarín.

Ernesto se obligó a sonreír, a pesar de que en ese momento le estaban dando náuseas a causa del dolor. Se sentó en pequeño murete poniéndose de espaldas a Tomás, para que el chico pudiera hacer. Sus dedos empezaron a masajear los hombros. Primero dubitativos, pero poco a poco, iban cogiendo confianza. No tenía mucha fuerza en los dedos, pero el suave masaje le estaba produciendo mucho alivio a Ernesto.

– ¿Dónde me voy a quedar?

Le llevaba preocupando el tema toda la tarde. Ahora que era el momento de irse, ese desasosiego había vencido a la alegría de ver por fin a Arturo, aunque estuviera “dormido” en la cama de un hospital. Y de la fiesta, y de la gente, y de la comida buena, que echaba ya de menos, “es que el tío Germán es un desastre en la cocina. Hasta un filete le sale mal”. Los nuevos amigos, y encontrarse de nuevo con Darío, pero esta vez en el mundo real, o con Kevin, con los que había hecho buenas migas, aunque eran muy mayores.

– Te vas a quedar conmigo. Si quieres, claro.

El rostro de Tomás se iluminó.

– ¿Para siempre?

– ¡Para siempre!

El chico respiró tranquilo.

– Si tú quieres.

– Claro que quiero – Tomás bajó la mirada, tímido.

– ¡Vas a ser el benjamín de la cuadrilla! Te van a consentir, ya verás. Qué suerte tienes pelotudo – imitó el acento argentino.

– Debemos bajar a despedir a la gente ¿No? – apuntó suavemente Tomás.

Ernesto se levantó de repente y se dio la vuelta para mirarlo.

– Tienes razón. Muchas gracias por el masaje. Lo has hecho genial.

– ¿Mejor que Arturo?

– Todavía no – Ernesto sonrió mientras se agachaba y le daba un beso en la mejilla – Pero lo harás mejor, ya verás.

Tomás se sintió bien. Alargó los brazos y se colgó del cuello de su tío. Su tío lo rodeó con sus brazos y lo aupó.

– Eres ya muy grande para que te aupe.

– Diez años.

– ¿Hasta cuando piensas que te aupe? – Ernesto empezó a andar camino de la habitación de Arturo, y de la fiesta de Navidad.

– Hasta que quieras besos.

– Oye, eso es trampa. Besos siempre puedes darme. Y siempre los voy a querer.

– Mis amigos ya no dan besos.

– Porque son unos sosos.

– Es lo que hay, la edad – puso cara de pillo.

– Pero tú no eras un niño callado y tímido, que…

El chico se encogió de hombros mientras puso cara de bueno, y acomodó su cabeza en el hombro de Ernesto.

– Joder, la que me ha caído. Uno de diez que se sube en brazos, y uno de casi dieciséis que no le da la gana de levantarse de la cama. Menuda familia me ha tocado.

– Molona.

– ¿Molona?

– Vamos, que te enrollas, tío.

– Encima soy un rollo.

– Me ha gustado la novela.

Ya habían llegado al piso y salían del ascensor. Tomás se bajó de los brazos de Ernesto, lo que hizo sonreír a éste.

– ¡La has leído?- lo dijo entre preguntando y exclamando sorprendido y alegre.

– Rosa me ha regalado un ejemplar. Y mola lo del nombre.

– Lo que vas a presumir. ¿Pero la has leído entera? Si te ha tenido que dar hoy el libro…

Se volvió a encoger de hombros.

– No toda, pero la mitad o así.

Ya estaban llegando cuando se encontraron con María que iba hacia su despacho a coger sus cosas.

– Ya estamos…

– Ya era hora, nos íbamos.

– Na, que le he tenido que cuidar – dijo Tomás señalando a su tío.

– Te voy a dar el teléfono de un masajista profesional – dijo María – no puedes estar así siempre.

– Si durmiera algo… – apuntó su marido.

– Que bien te han calado, escritor – sonrió Rosa.

– Nosotros nos vamos – Darío interrumpió la conversación con los médicos – se hace tarde y vivimos lejos. Llevo a Kevin a casa.

– Yo como vivo aquí…

María miró a su paciente.

– Si estuvieras así de animado siempre, seguro que podrías estar en casa. Si es que hasta te ha cambiado el color… te voy a pedir una analítica.

– No, doctora… – Sergio suplicaba.

– Por si sale mal ¿no?

– Na, colega, saldrá de cine. Venimos mañana a apoyarte. – se ofreció Kevin.

– ¿De verdad?

A Sergio se le iluminaron los ojos, pero enseguida volvió a apagarlos. “Seguro que mañana no se acuerdan y no vienen, como los demás”.

– Si estos amigos te dicen que vienen, vendrán – Ernesto lo había leído todo en su mirada – no son como el resto. Y así vienen a ver a Arturo.

– Descarao, eso estaba en el planning.

– ¿Te vas a quedar con Arturo hoy?

Tomás lo preguntó muy bajito. Por un lado quería que se quedara, sabía que era lo que su tío había hecho desde el accidente.

– No me deja – la cara de Ernesto, que miraba fijamente a Tomás, era una mezcla de resignación y broma – dice que ya está hasta las narices de mí, que te toca a ti aguantarme.

Tomás primero se puso alegre, pero después se fue oscureciendo. Le gustaba estar con Ernesto, pero… su hermano lo necesitaba más. Y además, él era el único que tenía esa conexión tan especial con su hermano.

– Él te necesita.

– Y Ernesto necesita dormir. Y no lo va a hacer aquí. Hoy, las enfermeras cuidarán de él.

– Yo… yo me quedaré.

Todos se dieron la vuelta. En la puerta, los miraba una chica de unos casi quince, o casi dieciséis. Llevaba su pelo castaño colgando pizpireto por detrás, atado en una coleta con una goma. Facciones delicadas, pero decididas.

– Tú eres… no sé si nos conocemos.

– Jénifer – y se acercó a Ernesto para darle dos besos.

– ¡Jénifer! ¡Esa Jénifer!

¿Qué Jénifer va a ser? Ésa no, ésta, y no sé a que viene todo esto”. Lo dijo todo con su mirada y con su cuerpo, sin emitir ninguna palabra.

– Tú y yo, señorita tenemos que hablar un día muy seriamente – Ernesto iba a seguir, pero sintió una colleja en el cuello, y prefirió callarse. Arturo estaba vigilante.

– No le hagas ni caso, me llamo Darío.

Todos fueron saludando a la chica y presentándose. Ella a algunos ya los conocía de nombre, al médico, a las enfermeras… ella también pasaba algún tiempo en el hospital.

– Mis padres están fuera, y piensan que estoy en casa de unas amigas. Se imaginarán que me voy de farra y a beber hasta las tantas. No hay problema.

Fue la respuesta a una pregunta que iba a hacer Ernesto.

– Cuídamelo.

Ella asintió muy seria.

Ernesto se giró muy serio hacia Arturo.

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– La odio, te va a apartar de mí, antes de que pueda tenerte para mí.

– Eres un caso, pesao, que no me aparta de ti. Si paso más tiempo…

– Ya, ya, ya veremos cuando despiertes.

– Eres… que te den, tío.

– Ya no me quieres, ya lo estoy viendo. Solo a la Jénifer ésta. La odio, que lo sepas.

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Ernesto se volvió un momento a mirar a Jénifer y la sonrió con todo el encanto de que era capaz. Seguido se volvió otra vez.

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– La echo cianuro en el café. Si, sí.

– ¿Estás celoso? Celos de padre.

– Pues sí.

– ¿Nos vas a adoptar?

Ernesto lo miró muy serio.

– Pues claro. Tu madre me cedió la custodia si pasaba algo. Y quiero que sea así. ¿Alguna pega?

Arturo se levantó de la cama y le dio un abrazo y una sarta de besos.

– Lárgate, que se están empezando a mosquear con las caras que pones y con que te quedes como un pasmao mirando la cama.

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Ernesto carraspeó y se volvió hacia los demás.

– Creo que me vendrá bien dormir una noche.

– O dos. – dijo quejumbrosa Doris – Usted no ha pegado ojo desde hace semanas, si lo conoceré yo.

Todos enfilaron el camino de la salida. Ernesto se giró por comprobar que todo estaba en su sitio, y la habitación recogida. Cogió una bandeja con pasteles, para dejarla en recepción y que las de la limpieza y las enfermeras del turno de mañana pudieran participar también de la Navidad de Arturo.

– Ernesto – Jénifer le llamó cuando ya estaba cerrando la puerta.

– Dime – se obligó a decir Ernesto, aunque por dentro se repetía… “la odio, la odio, la odio, no sé que verá en esta chica”.

– Quería felicitarte por el cuento de hoy, es muy bonito. He llorado mucho. Me recuerda tanto a Arturo…

– ¿Que cuento?

– El del diario. Seguro que con tanto ajetreo con la fiesta ni te acuerdas. Ha salido en el de diario de hoy.

La chica le tendió el periódico por una página abierta.

Un cuento triste”, por Ernesto Ducas.

– Está genial lo leí esta mañana – apuntó Sergio que se había quedado junto al escritor.

– ¡Ah! Pues gracias. Se me había olvidado.

– Está genial – repitió Sergio – lo leí esta mañana.

– Ni me acuerdo cual es. Si no te importa, me lo llevo y… lo leo.

Jénifer no podía ocultar la sorpresa por la reacción de Ernesto.

– Ya sabes, estos genios, tienen la cabeza – Sergio acudió en ayuda de su ídolo, aunque él estaba tan alucinado como la chica.

Jénifer se volvió para la habitación sin decir nada más. Ernesto miró a Sergio.

– No le ha gustado tu explicación.

– Es que, tronco…

– Nooooooo, no digas tronco en mi presencia. ¡Lo odio!

– Vale, vale, colega, sin mosqueos. Decía que es que ya te vale que no tengas ni zorra de que relato es ni de que va.

– ¡Ah! ¡Ya! – Ernesto no sabía por dónde salir – Estoy… despistado. He escrito tantos últimamente… y a veces cambian el día de la publicación… o el título… ¡yo que sé!

Aunque una luz empezó a encenderse en su cabeza.

– Mañana nos vemos – le dijo a Sergio sin darle importancia.

Éste no pudo ocultar su alegría por ese anuncio. Aunque como antes había hecho, enseguida pensó que mañana todo se iba a diluir, y nadie se acordaría de él. Aunque la colleja que sintió en su cuello, le hizo recapacitar, sobre todo al girarse y no ver a nadie que se la pudiera haber dado.

– Algo no le ha gustado a Arturo – le dijo Ernesto con gesto serio – No le gusta que duden de mí. Seguro que has pensado que es mentira, que no voy a venir a verte mañana.

Ahora sí, Sergio pensó que a su escritor favorito, le faltaba un tornillo.

Será por lo de que es un genio.” Se repetía en silencio una y otra vez camino de su habitación, mientras se frotaba el cuello.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (28).

Para ponerse al día con el relato.

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– Eres muy guapo – dijo Kevin nada más entrar en la 245. Le había costado un triunfo arriesgarse a esa aventura de conquistar al enfermo de la abuela, porque para él era una aventura, pero ya puestos, dijo lo primero que se le vino a la cabeza. Darío tenía mucha culpa, porque le daba seguridad.

Sergio apenas levantó la mirada.

– Perdona, que a lo mejor te ha molestado. Nada, no te preocupes. Como si no hubiera dicho nada. – Kevin se encogió de hombros y se puso rojo, rojo.

Darío y Kevin se miraron. No sabían muy bien por donde tirar.

– Estos chicos vienen a invitarte…

– Abuela, no me apetece. Ya te lo he dicho veinte veces.

La respuesta del chico fue lacónica. Tajante, cortante. La abuela lo miró resignada y suspiró.

– ¡Ah! Vale – contestó Darío sin dar importancia – le diremos al escritor que su fan no quiere verlo. Le había hecho ilu encontrar a alguien que le siguiera.

Los chicos se despidieron de la abuela que se quedaba compungida. Ella había puesto muchas esperanzas en que su nieto al menos saliera durante un rato de la melancolía y que hablar con su escritor favorito le haría al menos sonreír por un instante y dejar de regodearse en su desgracia.

Kevin se dio la vuelta cuando había llegado a la puerta.

– Si quiere déjeme el libro, le diré al escritor que se lo firme. Luego si quiere puede pasar alguien a buscarlo.

La abuela saco de su bolso el libro. “El escritor en Mundo maravilloso”, por Ernesto Tomás y Arturo, el nuevo pseudónimo de Ernesto Ducas.

– ¡Oh! Es el nuevo. No se lo diga a nadie, pero en este libro salimos nosotros.

– ¡Son nuestras aventuras! – corroboró Darío. – Parte de ellas, al menos – aclaró.

– Oiga, señora, si le parece… ¿Por qué no se viene usted? A Sergio no le va a importar que falte un rato. Ernesto es divertido y seguro que la fiesta que organiza para su sobrino, es espeluznante.

– ¡Hala! Espeluznante. En todo caso, desternillante.

– Bueno, es cuestión de apellidos. Fiesta de su sobrino. Navidad. Sergio, ¿Te gustó la última Navidad?

– No me gusta ninguna.

– Vale. Pues es hora de que te guste. Una Navidad un 15 de abril. Creo que no la olvidarás.

Sergio apartó la mirada de los chicos. Se perdió en la ventana, pensando en la poca suerte que tenía, y en que nadie llegaba a entender lo mal que se sentía, lo desdichado que era.

– Sergio, podríamos ir – propuso suavemente su abuela.

– ¡Que te he dicho que no!

La abuela no perdió la compostura. Estaba acostumbrada. Su nieto llevaba ya mucho tiempo enfermo, luchando, y su gente, sus amigos, se habían ido aburriendo de su enfermedad y de su mal humor. Se lo pensó apenas unos segundos. Y cuando los chicos ya estaban otra vez en la puerta, sin atreverse a añadir nada más, ella llamó su atención.

– Que me voy con vosotros – les dijo y se giró para hablar con su nieto – Tus padres vendrán en un rato. Les dices que me he ido a una fiesta en el piso de arriba. Habitación… – miró a los chicos para que le ayudara con el número de la habitación.

– 371.

Y en esa habitación estaban las enfermeras del turno de noche que habían venido todas. Carla, Fernanda, Charo, Yolanda, Rosalía, Esperanza. Federico y su mujer, María, pasaban un segundo para dejar alguna cosa de comer que habían traído. Estaban los celadores, las de la limpieza, incluso alguno de los vigilantes del hospital.

– Luego volvemos, no os comáis todo – amenazó Federico con su estetoscopio.

– Cualquiera dice nada – contestó Kevin en nombre de todos.

Ernesto miró a Kevin desde el suelo, en donde estaba sentado intentado enchufar un pequeño equipo de música.

– Estás desatado. Me gusta.

– Joder, escritor, desatado, no, atacado. Estoy como un flan… y cada vez que abro la boca tengo miedo de meter la pata. Si yo creo que hasta me tiembla la voz.

Kevin se arrodilló al lado del escritor.

– ¡Qué va a temblarte! Pues no lo estás haciendo nada mal. Y Darío parece que le caes bien. Es muy serio.

– Ni lo jures, escritor. Pero sabes, si… no sé explicarlo… me da como seguridad… y es raro porque lo acabo de conocer.

– Ya lo conocías. – Ernesto sonrió – Me gusta verte así, Kevin. – y le pasó la mano por la mejilla mientras éste se encogía de hombros y bajaba la vista.

– Señorito Ernesto.

– Doris – Ernesto se levantó del suelo – ¿Y Tomás?

La mujer se encogió de hombros impotente, señalando la puerta. Ernesto entendió. Le hizo una seña para que estuviera tranquila, que él se encargaba. Se sacudió los pantalones mientras salía al pasillo. Miró a Doris que le señaló la dirección que debía tomar.

Anduvo despacio. Tomás llevaba semanas sin ver a Arturo. Casi desde que a él mismo le dieran el alta después del accidente. Germán no le había dejado volver a ver a su hermano. “No es conveniente, además ni se entera y eres pequeño para ver a un enfermo así”. Lo encontró mirando por un gran ventanal que había delante de los ascensores. Daba pequeñas patadas al cristal. Uno de los ascensores se abrió en ese momento y salió un chico en bata. Tenía la cabeza casi rapada al cero y el gesto adusto y triste, muy triste. Al ver a Ernesto se sobresaltó y quiso volver a meterse en el ascensor. El escritor lo observó actuar, hasta que se le encendió una lucecita en su cabeza.

– Sergio, no te vayas, te estaba esperando. A lo mejor me puedes ayudar.

El chico apretó el botón de abrir las puertas y salió despacio, pensando si era lo que debía hacer, lo que le apetecía de verdad. Quizás lo que le apetecía, era quedarse en su costra melancólica, depresiva, hacer por tener razón cuando se quejaba de que todos le ignoraban, de que nadie le entendía. Pero por otro lado, las historias de Ernesto le habían llegado. Habían conseguido que se sintiera mejor al leerlas, y luego, al rememorarlas durante horas interminables. Había conseguido sentir todos los personajes de sus libros. Y tenía curiosidad por conocer a la persona que escribía esas historias. Él pensaba que debía ser un tío estupendo, que sería muy ingenioso, y que contaría miles de historias por segundo a todo el que se acercara a él. Lo había imaginado con gafas, y alto, y cara bonachona. Y hermoso, porque siempre imaginamos a al gente que nos impresiona de esa forma. Ernesto no era muy alto, llevaba gafas ocasionalmente, más que nada como atrezzo, y no tenía un aire de intelectual. Y todos decían que era más bien soso, y que tener una conversación con él era de lo más aburrido. Salvo los niños, que con ellos sacaba su alma de Pirata de los mares del Sur y se ponía a su nivel. Con los adultos no le salía.

– Mejor me voy – dijo Sergio, arrepintiéndose de haber salido otra vez del ascensor.

– Mira, Tomás, otro al que he decepcionado – Ernesto se dirigía al niño, pero en realidad miraba intensamente a Sergio.

– A mí no me has…

– No digas mentiras, Tomás, estabas enfadado conmigo porque te había abandonado – hizo una pausa para valorar el efecto de sus palabras – y pensabas que había abandonado a tu hermano. Este chico me ha visto y ha sabido que no era la persona que se había imaginado cuando lee mis libros.

– Me ha dicho Doris que has venido todas las noches a estar con Arturo. Y que has escrito por el día. Que no has dormido.

– Muchas cosas sabe esta Doris. A ver quién le ha chivado.

Sergio miraba alternativamente a Tomás y Ernesto. El ascensor había vuelto a irse sin él. No sabía que hacer.

– Me llamo Ernesto, aunque creo que eso ya lo sabes – tendió su mano a Sergio, que en un principio no supo reaccionar. Luego estiró su mano con prisas, torpemente, como para hacerse perdonar la duda – Y éste joven es una de las dos personas que más quiero en mi vida, Tomás.

– Hola.

Los chicos no se dieron la mano, casi ni se miraron.

– ¿Es el del nombre? – preguntó en un hilillo de voz.

– Sí. O sea que es el ultimo libro el que quería tu abuela que le firmara. ¿Ya lo has leído? Pero si no hace dos días…

– Es que me gustan mucho sus libros – bajó la cabeza avergonzado – Le pedí que me lo comprara nada más escuché en la radio que ya estaba en las librerías.

– Tu abuela te quiere mucho, tienes suerte. Yo no tengo abuelas ni abuelos, ni padres – hablaba Tomás – aunque tengo a Ernesto.

Se quedaron los tres en silencio durante un rato. Se abrieron las puertas del ascensor otra vez, y salieron dos señores mayores muy despistados. Preguntaron a Ernesto por la habitación que buscaban. Éste les indicó el camino.

– Usted es el de la tele, el escritor.

– Espero que ya hayan comprado mi último libro – dijo imprimiendo un tono de ilusión a sus palabras.

– Huy, quita, si fue a esos programas, será una mierda de escritor.

– ¡Ah!

A Ernesto se le heló la sonrisa en la boca. Hizo una mueca para recuperar la compostura y se encogió de hombros.

– Pues sus libros son maravillosos – aseveró con decisión Sergio – A mí son los únicos que me hacen levantar el ánimo. Tengo cáncer ¿Saben? Desde hace dos años. Ustedes se lo pierden.

Los señores siguieron su camino sin decir nada más. No habían llegado al final del pasillo cuando empezaron a mirar alrededor, buscando las cámaras indiscretas. “¿Y si era uno de esos programas, Carmina? Estos de la tele hacen lo que sea por un poco de audiencia.”.

Otra vez reinó el silencio en esa reunión improvisada en el hall de la tercera planta del hospital.

– Muchas gracias Sergio – dijo al cabo de un rato Ernesto.

Sergio se encogió de hombros.

– Estoy pensando que me podías ayudar. Ya me has ayudado con esos señores, pero… necesito tu ayuda. Más, quiero decir, más ayuda. – Dudaba de la forma de hablarle, percibía que no acababa de conectar del todo con el joven.

El chico miró con cara inexpresiva a Ernesto. No acababa de entender en que podía él ayudar al escritor.

– Éste es Tomás, mi persona importante. Y en aquella habitación de la que sale y entra mucha gente, es la habitación de su hermano, Arturo, mi otra persona importante. Arturo está en… digamos que está dormido desde hace semanas, desde que tuvo un accidente de tráfico en el que murió su hermana Irene y su madre.

– ¿Ese accidente… ?

– Ese accidente tan tremendo de hace unos meses que salió en todos los lados.

– El día de Nochebuena.

– Exacto. El caso es que Tomás por h o por b, no ha ido a ver a su hermano desde hace mucho tiempo. Y ahora, tiene miedo.

– No tengo miedo. Es… – Tomás una vez más se había quedado sin palabras.

– Tomás – Ernesto solo dijo su nombre y se lo quedó mirando.

Tomás se relajó de inmediato.

– Tenía que haber hecho como tú, venir a escondidas. Seguro que está enfadado conmigo. Y… y … si no me conoce… o se pone enfadado y le da esos colapsos que le daban a veces con el tío Germán… se lo oía contar luego a Román.

– Al tío Román. – Ernesto picó a su sobrino.

– ¡No es mi tío! – Tomás mostraba ese genio que su tío Germán había tenido oportunidad de conocer en los últimos tiempos.

Ernesto levantó las manos a modo de disculpa.

– Bobo – se defendió Tomás que se había dado cuenta de que su tío le tomaba el pelo.

El escritor miró a Sergio, como esperando su intervención.

– Pues colega, si yo tuviera un hermano tan guay como el tuyo, iría de cabeza. Y le daría un beso, si eres de besos. No te creas, yo no soy de besos, pero hay gente que es de besos. Mi abuela me besa un huevo, pero ella es distinto. Mis padres no me besan. Iban a venir esta tarde a verme, pero me han llamado que no puede. No me han llamado, ha sido un mensaje. Da igual. Pero sabes, es guay, y te hacen sentir la leche de bien. Los besos, los de mi abuela. Aunque sea vergonzoso. Pero no se lo digas a ella, que yo siempre arrugo la cara cuando me besa. Y macho, yo… daría algo importante por tener un hermano y que … sería la forma de no estar solo en la puta vida, y… me siento mazo solo, no tengo a nadie que me plene, o como se diga, que me llene, joder, que me… y estoy amargado, sabes, colega – bajó la mirada – y es que no me… me das puta envidia, aunque tu hermano este jodido a tope, pero, se despertará, yo estuve jodido a tope, y desperté, y ahora después de esta quimio, estoy todavía jodido, pero, sabes, que vete a ver a tu jodido hermano, que si el escritor dice que te quiere, porque lo dicen sus ojos, antes lo he visto y así será una fiesta total.

Se quedó callado. Posiblemente porque era lo más largo que había dicho en meses. Su abuela hubiera negado cien veces si le dicen que su nieto había soltado todo eso sin parar.

Ernesto levantó las cejas y miró a su sobrino.

Tomás no dijo nada. Solo empezó a andar camino de la habitación. De repente se paró y buscó en su mochila. Sacó su gorra de la suerte y se la puso. Ahora sí, caminó decidido hacia la habitación. Ernesto lo miró andar y sonrió. Se volvió a mirar a Sergio que de nuevo tenía la mirada triste. El escritor tuvo un impulso, se acercó a él, y le agarró la cara con las dos manos y le besó en la mejilla. El chico se sintió tan sorprendido que no supo hacer ni decir nada. Quiso luego apartar a Ernesto, y quejarse de los besos, pero… recordó lo que había dicho antes, y recordó esa escena en que al mago Teodoro, le recuperaban los besos de sus amigos para retomar la batalla contra el Fantasma Negro y sus acólitos. Y no pudo por menos que reconocer que se sentía un poco mejor, aunque tampoco era cuestión de irlo pregonando. Y total ya no podía apartar al escritor, porque ya se había apartado él.

– Sabes, Sergio, has pasado por cosas que los demás muy posiblemente no hubiéramos resistido. Tú, sabes, estás solo, te sientes solo, pero… lo has conseguido. Yo que tú – intentaba imprimir a sus palabras un aire despreocupado, lejano a la clase magistral, o el consejo del plasta – pasaba de lo que pudiera pensar la gente y si disfrutas con los besos de tu abuela, cómetela a besos. Y si te han hecho bien los besos de este bobo escritor que te ha decepcionado, no pienses, corrijo, no te sientas en la necesidad de que debes hacer la pantomima de que “¡aggggg, besos! Aparta de mí ese cáliz tan amargo”.

Sergio se quedó pensativo.

– Y si quieres, si así te parece, aquí tienes a un amigo – y le tendió la mano de nuevo para estrechársela – Y en la habitación, te presento a otros muchos amigos. A dos ya los has conocido, son buena gente, aunque no te hayan caído muy bien, por lo que me han dicho.

Sergio hizo una mueca al escuchar lo de los amigos de Ernesto. No se decidía a dejar ese lado depresivo que le hacía sentir tan protegido. Pero al final, la persistencia de Ernesto con la mano extendida, doblegó su ánimo y correspondió al gesto. Ernesto hizo el saludo sierra exagerado, mano con mano, adelante y atrás. Y acabaron riendo los dos y siendo el objeto de la mirada de dos señores que salían del ascensor. En realidad eran muy jóvenes para llamarlos señores, pero iban con bata blanca y muy serios, como si estuvieran tocados por la divina providencia, con lo cual se habían echado encima cuarenta años cada uno, y se les había quitado todo el atractivo que pudieran tener.

– Dejen paso a la Santísima Trinidad personificada en esos dos jovenzuelos médicos. – susurró Ernesto al oído de Sergio mientras miraba la espalda de los chicos y Sergio se echaba a reír con ganas.

– Les hay peores. Hay una chica que suele ir con la doctora María, que tiene treinta o así y que el primer día hasta mi abuela se pensó que era de su quinta – esta vez fue Ernesto el que rió con ganas agarrándose del brazo de Sergio.

Ernesto invitó a Sergio a caminar delante de él camino de la habitación de la fiesta de Navidad.

– A ver si nos han dejado algún jamoncito de pollo asado. Me chiflan – dijo Ernesto rodeando el hombro de Sergio. – Así churruscaditos, están de vicio.

Delante de ellos, se escuchó la algarabía que había producido la entrada de Tomás en la habitación.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (27).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Ernesto iba por el pasillo como un torbellino cargado de bolsas. Saludaba a unos y a otros, sin apenas pararse.

Un chico estaba sentado en la sala de descanso. Al verlo pasar por delante se levantó para hablar con él, pero se paró en la puerta. Lo vio alejarse y volvió a sentarse cabizbajo. Cogió la lata de Pepsi-Cola que estaba bebiendo, pego un trago y jugueteó con ella. Una sensación de angustia le empezó a subir por el estómago hasta instalarse en el pecho y casi hacerle llorar de impotencia.

– ¿Vienes?

Levantó asustado la cabeza y vio a Ernesto apoyado en el quicio.

– Yo… Quería hablar contigo… es… – las palabras no le venían a la cabeza.

Ernesto se acercó despacio y le puso la mano en el hombro.

– Darío, no tienes la culpa. No sé por qué te martirizas. Lo sabes.

Levantó la mirada y abrió mucho los ojos. No sabía como sentirse al saber su secreto descubierto, lo que tantos meses llevaba dentro, luchando por sacarlo, y sin encontrar ni un momento ni con quien hacerlo. Ernesto acercó una silla y se sentó delante de él.

– No estás solo, lo sabes. Nos tienes a todos. “Mundo Maravilloso”. En la cabeza, en la imaginación y en la Tierra. Y que discutieras con tu padre y no quisieras acompañarlo, y que Irene se sentara en dónde tú te sentabas en el coche, no… no pienses que… sabes que es una bobada.

– No es una bobada, Ernesto, es… no hubiera pasado a lo mejor… mi padre hubiera conducido de otra forma…

– En ese accidente murieron muchas personas, Darío. Fue una tragedia. Que tú estés vivo, no te hace culpable.

– Pero a lo mejor…

– ¿Qué? ¿Si llegas a ir hubiera cambiado algo? A lo mejor yo soy más culpable, por no hacer caso de Isabel cuando me vino a decir que se iba.

Se miraron en silencio.

– Vamos.

– Pero yo no quería que mi padre se casara con Isabel. Y eso enfadaba a mi padre, y…

– Darío, no te martirices, no seas bobo. Te culpas porque estás vivo, nada más. Vamos, acompáñame, y hagamos algo por los vivos, por nosotros, y hagamos felices a tu padre, a Isabel y a mi princesita Irene allí dónde estén.

– Tengo veintiún putos años, y estoy solo, joder. Y no sé que hacer con mi vida, no sé si quiero a alguien, o no, o odio al mundo… me odio a mí mismo…

– Eso no lo sabe casi nadie, aunque algunos finjan estar muy seguros de todo. Ya lo irás descubriendo. Lo único que te debe quedar claro es que no estás solo. Tomás… Kevin, Roberto.. Arturo… tienes una familia. Somos tu familia. O tus amigos, como prefieras considerarnos.

– Tomás ha dejado de creer en Mundo maravilloso. Ni se acordará de mí.

– En cuanto vea lo bueno que eres con el arco – Darío abrió mucho los ojos, sorprendido porque Ernesto supiera su afición – Veo todo lo que pasa en Mundo maravilloso, aunque vosotros no me veáis a mí.

Ernesto se levantó, y tendió su mano a Darío, para ayudarlo a decidirse a seguirlo. Darío cedió y le cogió la mano tendida y se levantó.

– Puedes hablar conmigo cuando quieras.

– Si siempre…

– ¡Tch! Calla, ya se lo que vas a decir. Que nunca estoy en este mundo. Pero eso no es cierto. – No estaba muy convencido de lo que decía, pero al menos estaba convencido de que debía ser así a partir de ese momento.

Salieron de la sala de descanso, camino de la habitación 371. De repente Ernesto se paró y cerró los ojos. Se giró a Darío.

– ¿Por qué no vas a buscar a Kevin? Parece que tiene algún problema para entrar.

– ¿Kevin? ¡Existe!

– Todos existís – Ernesto lo miraba sorprendido – No habéis entendido nada. ¿Por qué todos pensáis que los únicos que sois reales sois vosotros mismos? – Darío bajó la mirada un poco avergonzado. – Kevin es un chico guapo, y gentil de diecinueve años que intenta superar que su novio Joaquín muriera en ese mismo accidente por el que todos hemos llorado; iba en el tercer coche. Con su amiga María.

– ¿Diecinueve? Pero si aparenta… ¿María también?

– Aparenta quince. Pero es casi tan viejo como tú. – se mofó Ernesto – Anda, baja y ayúdale. Y sí, María murió también en ese accidente.

– Joder, qué fuerte… Pero… ¿Dónde…? – No sabía dónde buscar a Kevin.

– Siente “Mundo Maravilloso” dentro de ti, y lo encontrarás. Déjate llevar.

Ernesto se giró cogiendo las bolas que había dejado en la puerta y siguiendo su camino, sin darle opción a más preguntas. Saludó a Ivana, una enfermera, y a María, una médica que era admiradora suya.

– ¡Ya he comprado tu última novela!

– ¡Ah! Pero si casi no ha salido a la venta. Te voy a tener que dedicar la próxima. Tráela y te la firmo.

Se giró para seguir su camino, y se encontrón con Germán de frente.

– No sé a donde vas, será a hacerte el interesante cuando has estado todos estos meses sin preocuparte de nada y menos de Arturo.

– Te estás convirtiendo en un amargado, Germán.

– Y tú en un irresponsable fracasado. No sé como te he aguantado tanto tiempo.

– Yo tampoco lo sé, cuando lo más fácil era irte con Román. ¿Cuántos años llevas con él? – se quedó mirándolo – En una cosa tienes razón – continuó – cuando te veo o pienso en ti, me siento un fracasado por haber creído en ti en algún momento.

Ernesto lo miró directamente a los ojos. Era algo que en los años que habían estado juntos, apenas había hecho, y se notaba, porque Germán no estaba acostumbrado, y apartó los suyos asustado por todo lo que había en la mirada de su ex-pareja y que nunca antes había percibido.

– Te invitaría a la fiesta de Navidad que vamos a hacer para Arturo, pero no lo entenderías y serías un aguafiestas como siempre lo has sido – Ernesto le sobrepasó y siguió su camino.

– Te prohíbo…

Ernesto se volvió furioso.

– ¿Qué? – Se encaró con Germán a la vez que soltó las bolsas que llevaba. – No me prohíbes nada, porque no eres quién para prohibir nada.

– Señores. Esto es un hospital – Federico, el médico que llevaba a Arturo, salió de una habitación al oír la algarabía y les reconvino.

– Este mamón, que se cree que viene un día, sin haber preocupado antes de nada, y que tiene derechos, porque tiene una conexión con el chico. Está de manicomio.

– Ya es más de lo que tú tienes. No eres más gilipollas porque es imposible superar tu grado.

La rabia crecía en el ánimo de Germán, no estaba familiarizado con esa forma de ser de Ernesto.

– Ernesto, estamos en un hospital, no son formas. Hay otros enfermos, te repito – Federico había puesto la mano en su pecho para intentar pararlo; parecía que se quería lanzar al cuello de Germán. – Y creo que Vd. se equivoca de medio a medio. Ernesto ha pasado todas y cada una de las noches con el chico. Las ha pasado despierto, velando su sueño, hablando con él, dándole masajes, lavándolo o cambiándole de ropa. Sirviéndole de almohada, cogiéndole la mano. Desde las 10 a las 8 de la mañana.

– Yo soy el tutor del niño, y prohíbo…

– Habla con tus abogados, que eran los de tu hermana. Y habla con Rosa, esa que era amiga tuya pero a la que desprecias porque es mi representante. No te enteras de nada. Ellos te aclararán quién es el tutor de los niños. A quién dejó tu hermana la custodia.

– Te incapacitaré.

– No discutes los hechos, así que lo sabías, solo querías intimidarme – Ernesto movía la cabeza de lado a lado, negando – Suerte con la incapacitación. Pero yo que tú no lo haría. Total, si no aguantas a los niños. Estaría gracioso, sería el colmo de la gilipollez, que por hacerme daño, por haberte empujado a que me dejaras y quitarte el tema ese de ser la pareja de un famosillo, que te cargaras con unos niños que no aguantas. Tengo un niño en el salón de mi casa, llorando y asustado, y repitiendo una y otra vez que su tío Germán le odia. Si quieres fastidiarme, al menos, no uses a tus sobrinos, a los que nunca has soportado. Ahora que lo pienso me deberías dar las gracias por quitarte ese peso de tu vida.

Por el final del pasillo aparecieron Darío y Kevin. Kevin venía un poco acobardado. Darío era al primer chico de “Mundo maravilloso” que conocía en persona. Y ahora iba camino de conocer a “el escritor” y a “el Príncipe”. Kevin era un chico muy retraído desde pequeño, que se hizo todavía un poco más cuando Joaquín murió. Y de repente, iba a conocer a muchos de sus amigos en Mundo Maravilloso, el único sitio en dónde se encontraba a sus anchas. Estaba muy asustado. Cuando le encontró Darío se había dado la vuelta para marcharse. Cuando éste le abrazó con fuerza y como si fueran amigos de toda la vida, ya no se atrevió a irse. Durante unos instantes, buscó una buena escusa, pero no la encontró.

Y ahí estaba ahora, junto a Darío, camino de “el escritor”. Y de un señor con cara de ogro que por las señas que recordaba, debía ser el tío del Príncipe y de Tomás.

– ¡Ah! Te presento a Darío, ese chico que como verás existe, y al que has intentado matar en el imaginario de Tomás. Y Kevin, otro chico que también existe. Tócalos si quieres, no son una infografía. Son de cuerpo mortal. No son algo que haya metido yo en la mente de tu sobrino con artes malvadas o algo así, no sé que te crees. Y Darío, para más señas, es el hijo de Roberto, el novio de tu hermana.

Darío sonrió y tendió la mano a Germán. Lo mismo iba a hacer Kevin, pero Germán no estaba en disposición de atenderlos y ni siquiera los miró. Kevin y Darío se estrecharon las manos para disimular el desprecio del tío de Tomás.

– Haces daño, no eres… deberían prohibirte meter esas cosas en la mente de los niños.

– ¿Qué meto yo en la mente de nadie? No entiendes nada. No has entendido nada todos estos años. Los niños sueñan y los adultos también. ¿Quieres prohibir los sueños solo porque tú no seas capaz de hacerlo? Lees muchos libros, pero eres incapaz de sentir ninguna de las historias, ninguno de los personajes. Lo único por lo que estabas conmigo, era por decir a la gente que eras mi pareja, la de un escritor. ¡Qué pena! ¿no? Lees, porque en tu mente cuadriculada no se puede hacer otra cosa, tus padres te dijeron que era bueno leer, que aumentaba el vocabulario y demás. Pero no lees porque te emocione nada. Y me parece estupendo, cada uno lee por lo que quiere y lo que necesite. No te emociona el amor, ni la vida… quizás el amor de Román si te emocione, pero no te emociona que no sea famoso, o lo que sea, y no salga en la tele, ni la gente le pida autógrafos.

– Perdone, ya sé que no es momento – una señora mayor se metió entre él y Germán – es que mi nieto, tiene 18 años, y siempre le han gustado sus libros, y está malo en la planta… bueno, no lo quiero aburrir con los detalles, pero si me pudiera firmar el libro… es un momento no quiero dejarlo solo mucho tiempo, temo que haga alguna tontería…

– Señora, no ve que estamos… – Germán interrumpió a la señora, pero Ernesto le interrumpió a él.

– ¿Ya no te hace? Antes me decías que debía atender a todo el mundo aunque estuviera sentado en la taza del váter. – Ernesto se giró para atender a la señora – está Vd. perdonada. Iré luego a ver a su nieto – Se le ocurrió una cosa – ¿Se puede levantar?

– Está un poco triste, no tiene ganas de nada, es… – le señaló el libro – es para ver si se anima, no… casi ni habla.

– Ya me encargo. No diga nada, señora, de que me ha visto – Se giró hacia Darío y Kevin. El primero le miró sin entender, pero el segundo sonrió al comprender.

Nos encargamos, tranquilo escritor. – el Kevin de Mundo Maravilloso había tomado las riendas.

La señora se los quedó mirando.

– Su nieto seguro que si hace caso a alguien es a su abuela, así que… le damos media hora para que se ponga un poco arreglado – sonrió como un pilluelo. – Y usted señora, vendrá también a la fiesta. Es la Navidad para mi sobrino. – Se quedó pensando de nuevo – Mejor llévese el libro, por si no quiere venir, para que tenga que salir a buscarme para recogerlo firmado. Se lo pedís – ahora hablaba con los chicos – y así le pinchamos un poco.

– ¿La Navidad? – la señora se había quedado en lo de la fiesta de Navidad.

– Sí, hemos decidido que hoy va a ser navidad en la 371. Espero que se anime a venir. Estos dos amigos se van a encargar de que su nieto venga. Son persuasivos.

– No creo… – miró con pena a Ernesto, pero lo vio tan convencido que ella misma pensó que podría ser posible que ese hombre consiguiera sacar a su nieto de su mutismo – si convence a mi nieto, iré a la Navidad de ese sobrino suyo.

– Qué jeta, si ni siquiera es su sobrino.

Ernesto miró duramente a Germán.

– No, no lo es. Es mucho más. Como Tomás. No tengo un nombre para lo que son, pero sé que van a ser mis hijos. – Volvió de nuevo su atención a la señora – Perdóneme que no la atienda ahora como se merece. Luego nos vemos.

La señora sonrió y se alejó camino de la habitación de su nieto. Parecía que sus hombros estaba un poco más erguidos que cuando había venido.

– Eso, deberías darte pena. Engañar así…

– Me la doy, por haber sido tan… bobo. Debería haberte dejado en cuanto te vi besarte con Román, la segunda vez que vinieron los niños a casa. Tú encantado con los niños, claro, te dabas el piro en cuanto los dejaba tu hermana, y te ibas a darte el lote con Román. Pero yo también necesitaba engañarme, que podía tener a alguien como tú, una pareja que me diera un poco de seguridad, lo necesitaba… al final lo único que me diste es complejos, y malos consejos, como lo de ir a la televisión.

– Te escribían mucha gente, no sé de que te quejas. Y te paraba mucha gente por la calle.

– Y no vendía un libro.

– Será que tus libros no interesaban a nadie. Hubieras ganado más dinero en la televisión.

– Pero yo no quiero ser eso, quiero escribir. Me convertí en algo que no soy y no quiero ser.

– Sí, llenar la mente de pájaros a la gente.

– De sueños, de ilusiones, crear mundos en los que los demás puedan disfrutar de vidas distintas a las que no les queda más remedio que vivir. Ser un día mago, y otro día cowboy, o presidente de una empresa, o ladrón de ricos, o gilipollas integrales vestidos de traje y corbata.

– Mentirse.

– No, disfrutar, olvidarse de sus preocupaciones, estimular la imaginación. Y luego, levantarse a la mañana siguiente sin que te afecte la cara de avinagrado de tu pareja.

– Creo que esto…

– Perdona Federico. – dejó con la palabra en la boca a Germán – ¿Te pasas luego? A Arturo le gustará. No vaya a ser que te largues y se me olvide.

– Si odia a todos los médicos, me lo dijiste – se excusó el doctor.

– Pero me gustas a mi – puso voz sensual.

– Como te oiga mi mujer… – Federico, sorprendido por la salida de Ernesto, reía con ganas.

– Esto es… inaudito – Germán estaba fuera de si – tendrás noticias mías.

Se alejó a grandes zancadas. Ernesto lo miró irse. Debería sentirse bien, pero… no lo lograba. No le gustaba comportarse así, no le gustaba discutir, enfadarse o que las personas que lo rodeaban se enfadaran. Darío y Kevin miraban al suelo, descolocados por la escena que acababan de presenciar y sin saber muy bien que hacer.

– Vamos chicos, coged las bolsas e id a la habitación. No os olvidéis saludar a Arturo en voz alta, y con la mente. Decidle que ahora voy. Y luego vais a buscar al chico de la señora… se me olvidó preguntar como se llamaba ni…

– Está en oncología, habitación 245. Se llama Sergio – Ernesto lo miraba con sorpresa – es paciente de María… – el doctor se disculpó abriendo las manos y levantando los hombros.

– Vale, ya me habías asustado, creía que te conocías a todos los pacientes del hospital con familiares y todo.

Se repartieron las bolsas entre los dos y miraron al médico.

– Id, no me miréis con esa cara. No muerdo. Y Arturo tampoco lo hace.

– Vamos, tengo diez minutos, tomemos un café – propuso Federico a Ernesto, cuando los jóvenes se perdieron por el pasillo de la derecha. – Mi mujer ya se ha comprado tu última novela.

– Ya le he dicho que la voy a tener que dedicar la siguiente – el médico lo miraba sorprendido. – Me la he encontrado al llegar – aclaró Ernesto.

– Vamos, estás alterado. Arturo no debe verte así.

Podría haberle explicado que Arturo no necesitaba verlo para saber. No necesitaba escuchar. Le podría haber explicado que ellos tenían una conexión especial, capaz de crear mundos exclusivos para ellos, de hacerles estar juntos aunque estuvieran separados, de hablar, sin abrir los labios, se tocarse, habiendo kilómetros de distancia y cientos de muros entre medias. Pero aunque Federico era un hombre abierto y le entendía muchas veces y le apoyaba, un hombre de ciencia no creía que pudiera llegar a ese nivel de entendimiento. Y no le apetecía que fuera otro de los que le empezara a mirar como si fuera un perturbado mental.

Tampoco iba a decirle que en realidad Arturo no estaba enfadado, sino que al revés, por primera vez en meses, estaba orgulloso de él. Y eso era lo único que le reconfortaba, porque seguía teniendo el ritmo cardíaco alterado por la disputa con Germán. Y empezaba a tener remordimientos por haber discutido.

.

– ¡Qué le den! – le dijo Arturo.

– Bobo – le contestó Ernesto.

.

– ¿Decías? – preguntó el médico.

– Nada, perdona, estaba pensando en una escena para mi nueva novela, por lo de la discusión y tal.

Federico sonrió comprensivo. Aunque no se creyó nada de lo que le decía.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (26).

Para ponerse al día con el relato.

—-

Ernesto se revolvió en el suelo. Poco a poco iba recuperando la consciencia. Intentó moverse y aunque lo hizo muy despacio, tuvo que parar para contener las náuseas que le producían el dolor en las cervicales. Y la cabeza le daba vueltas y vueltas.

Empezó a controlar la respiración. Hizo pequeños movimientos de sus hombros, para intentar relajarlos o al menos encontrar un punto en el que el malestar se mitigara. Movió muy despacio las piernas, doblándolas, para intentar ponerse en una posición que le permitiera, primero ponerse de rodillas y luego, incorporarse.

Al moverse, aunque lo hizo muy despacio, notó que tenía algo encima del cuerpo. No acertaba a determinar que era y eso le estaba poniendo muy nervioso. No lograba centrar la mente ni ubicarse para determinar su situación. Siguió respirando despacio e intentando a la vez relajarse, haciendo esfuerzos por rememorar lo que le había llevado a esa tesitura.

Recordó algo de una lucha en un castillo. Recordó un ascensor que caía. Recordaba a sus sobrinos, a Tomás subido en una escoba y a Arturo a su lado, en el ascensor. Arturo escribía y hablaban los dos. Todo era muy confuso. El castillo caía sobre sus cabezas, una cama se precipitaba al vacío, a la vez que el ascensor. En la cama también iba Arturo, y en el ascensor… Unos gritos, un chico que se llamaba Kevin, y la noche… noche cerrada, opresiva, llena de terrores, de malos de película, Cenicienta y su zapatito de cristal perdido al subir a la calabaza tirada por unos ratones.

Escuchó unas voces. Quería gritar, pero recordaba lo que le decía su sobrino: “Qué luego viene el tío Germán y se enfada”; “Nos odia, no le gustamos, tío.”

Ernesto intentaba ayudar a su sobrino, intentaba llegar hasta dónde él estaba y decirle que no era… que la noche… que todo se arreglaría, que su tío Germán… que no los odiaba, que él estaba allí y que se ocuparía de todo. Pero no lo vio, no vio a su sobrino.

– ¡Arturo!

Lo dijo en voz queda, para no llamar demasiado la atención. Pero nadie respondió.

– ¡Arturo!

Gritó un poco más, aunque tenía la boca seca y le costaba hablar. Se puso nervioso e intentó moverse otra vez, pero de nuevo las cervicales le lanzaron un aviso de que se estuviera quieto, si no quería volver a aterrizar en el suelo con dolor.

– Respira, inspira, expira, respira, o como coño se diga, joder, no puede ser…

– Señorito Ernesto.

Alguien lo llamaba. La voz le parecía conocida. Una mujer que ya no era joven, con su carácter. Decidida y resolutiva.

– ¡Señorito Ernesto!

La señora subió el volumen de su llamada. Quiso gritar para llamar su atención, pero algo le retenía… empezó a palpar con sus manos eso que tenía encima y que empezaba a agobiarle.

– ¡Señorito Ernesto!

La luz se encendió y ahí estaba ella. La vislumbró un momento antes de tener que cerrar los ojos de nuevo ya que el brillo de la luz le hizo daño en la vista.

– Doris – llamó casi llorando Ernesto.

– Qué desastre, esto es una leonera, señorito Ernesto. Pero ¿Qué hace en el suelo? Huy, si tiene sangre – Doris se arrodillo con dificultad, los años y su peso no la ayudaban – Déjeme ver, señorito Ernesto, y … espere que le quite la silla de encima…

Intentó moverlo pero un grito de dolor de Ernesto la detuvo.

– ¿Las cervicales otra vez?

Doris metió sus dedos en el cuello, primero palpando, y luego, cuando encontró lo que buscaba, se preparó.

– Ya sabe que le va a hacer un poco de daño.

– No, no, no, Doris, no, de esa forma no…

Pero no pudo seguir, porque Doris hizo lo que tenía que hacer y que tan bien le salía, aunque dolía.

– ¿Mejor no? Es usted como un niño, así de quejica – le lanzó una mirada de madre gruñona pero adorable, sin poder esconder un inmenso cariño.

Doris se levantó otra vez con dificultad, mirando a su alrededor.

– No se mueva, espere un par de minutos, y luego vaya al baño, que hasta huele mal. Pero ¿Como se ha podido caer de la silla de esa forma? Y todos estos papeles que están desperdigados por la habitación… madre de Dios, que desbarajuste.

Se puso al otro lado de Ernesto, que seguía tirado en el suelo, ahora hecho un ovillo. Otra vez se agachó, sin pensar en el esfuerzo que implicaba. Le cogió la barbilla y le miró los ojos.

– Señorito Ernesto, lleva mucho tiempo sin dormir en condiciones. Le ayudo a irse a la cama… si lo sabré yo que lo conozco como si lo hubiera parido.

– No, no… debo saber… estoy… confuso. Arturo…

Se incorporó de un salto sin acordarse de sus cervicales. Cuando estuvo sentado en el suelo, recordó y se quedó quieto esperando un latigazo en el cuello que se repartiera por todo el cuerpo, y que al llegar al estómago hiciera que se mareara y le entraran náuseas. Pero nada de eso ocurrió. Sonrió y miró a Doris.

– Eres chupi piruli, Doris.

Se estiró hasta poderla coger la cabeza entre sus manos y darla un beso en los labios.

– Señorito Ernesto, que me pone colorada. Qué atrevimiento. Si mi marido nos viera.

– Va, ya sabes, le dices que soy de la otra acera y que no hay nada que hacer conmigo. Qué tú quisieras pero que yo… soy uno de esos del aceite.

– ¡Ah! – Doris no hizo ni caso de las chanzas de Ernesto – Casi se me olvidaba, me he encontrado a alguien en la puerta, sentado y desesperado porque no le abría nadie. Está en el salón.

– ¿Quién…?

Ernesto dio los dos pasos que le separaban de la puerta, y de un salto, recorrió el pequeño trecho de pasillo que lo separaba del salón. Allí lo vio… sentado en el suelo.

– Tomás.

Abrió los brazos para que el chico saltara sobre él, como siempre hacía. Pero el niño apenas lo miró y se quedó en donde estaba. Ernesto cerró los brazos sobre su cuerpo, como si tuviera que disimular ante un auditorio el chasco que le había producido que su sobrino no saltara sobre él y le comiera a besos, primero de un lado y después del otro. Se fue acercando poco a poco a él, estudiando hasta que punto estaba enfadado o el rechazo que le podría provocar.

– El tío Germán dice que no nos quieres, que por eso no has ido a ver a Arturo, y que nunca nos has querido, que todo era porque querías retenerlo y que en realidad nos odias, y que no te gustamos, y que no te vas a quedar con nosotros como quería mamá… que estás en tus mundos y que este mundo te la trae floja. Que no vales para nada. Que eres un fracasado. Un perdedor.

Ernesto se sentó primero en el tresillo, al lado de Tomás, aunque éste estaba sentado en el suelo. Jugueteó con el pelo de su sobrino durante un rato. Al principio, Tomás parecía que quería apartarlo, pero poco a poco dejó de hacer gestos para quitarle la mano a su tío. Fue el momento en que Ernesto se decidió a sentarse en el suelo al lado del joven.

– Señorito Ern…

Doris había entrado como un torbellino en el salón. Pero al ver la situación se paró en seco.

– Bajo a comprar algunas cosas – dijo a toda prisa como excusa para dejarlos solos.

Ernesto asintió sin hacerla mucho caso, hasta que se acordó de algo fundamental.

– Doris, Doris – se levantó de un salto – espera, que no tengo un pavo, no…

– Tranquilo, eso está arreglado.

Ernesto asintió despacio sin saber que decir. Debería preguntar, pero no sabía por dónde empezar, porque ya era inexplicable que esa mujer hubiera aparecido de improviso y con las llaves de casa. Eso en realidad no era inexplicable, porque nunca le había pedido que le devolviera las llaves, cuando tuvo que decirla que no la podía pagar. Doris se giró para salir de casa, y al cerrar la puerta le guiñó un ojo.

– Hace un día espléndido. La primavera está en su apogeo. Debería salir a la calle a ver si recupera un poco el color.

Casi cierra la puerta cuando la vuelve a abrir solo un momento:

– Salir de día, claro. Qué de noche ya sabemos que sale.

Ernesto se volvió hacia su sobrino, que seguía sentado en el mismo sitio, mirando hacia delante.

– Dice que no eres capaz de cuidar a nadie, ni a ti mismo.

– Y él ¿Es capaz de cuidar a alguien? ¿Es capaz de entender a alguien que no sea a él mismo?

– A su novio.

Ernesto sonrió al ver al pequeño morderse el labio y como giraba su cabeza de medio lado para ver su reacción.

– Igual que Arturo, tiráis la piedra…

– ¿Igual que Arturo?

– No me mires con esa cara, que no estoy loco. Sé lo que me digo. Y si no olvidaras lo que hablamos, tú lo sabrías. Germán te ha comido el coco.

– Lo odio, lo odio con todas mis fuerzas. No… es un odioso, y un… – se estaba poniendo nervioso porque no encontraba las palabras. Ernesto se sentó enfrente suyo, al estilo indio, y le cogió sus manos entre las suyas.

– Estás conmigo, y no te debes poner nervioso. Antes ya no te ponías nervioso.

– Pero ya no estás…

– ¡Eh! – Ernesto levantó el mentón a la vez que se levantaba del suelo girándose hacia un lado y apoyándose en esa mano. Se subió de un salto a la mesa de madera que había en el centro del salón y abrió los brazos hacia arriba, estirándolos todo lo que pudo – Aquí estoy de nuevo. ¿Me ves? ¿O me tengo que subir más alto? La televisión, me subo a la…

– Tío, que ya te veo, no hagas el tonto, si además no tienes televisión.

– Ya soy yo bastante televisivo.

– Jo, no fastidies, que palo.

– Otro que no apoya mis incursiones televisivas.

Tomás lo miró interrogando.

– Nada, me vas a decir que estoy loco, así que me callo. Me apena que olvidaras tan pronto todo lo que aprendimos juntos. ¿Mundo Maravilloso?

– Eso es una chorrada, es un sueño.

– ¿Ah? ¿Y la gente que conociste ahí? ¿Y tus aventuras? Si es un sueño ¿Cómo sé todo lo que ha ocurrido allí? Tu aventura en el Consejo de Administración, o cuando volabas sobre la escoba e ibais a luchar…

– Son un sueño, – interrumpió Tomás con vehemencia – me lo dijo… – se detuvo, porque sabía que no le iba a gustar a Ernesto.

– ¿Le contaste a Germán?

– Es que me… obligó. Y me dijo que era todo cuentos, que si me quería convertir en un inútil como tú. Alguien ridículo. Y que ademas no vende un libro.

– Eso no es cierto.

La puerta se había abierto de nuevo sin que se dieran cuenta ninguno de los dos. Delante de Doris y sus bolsas repletas, entraba una mujer decidida y vestida con ropas de ejecutiva. Llevaba un maletín en la mano y una sonrisa en la cara, aunque la sonrisa era tan circunspecta como el traje y el maletín.

– Tu tío en las últimas semanas ha vendido una enormidad.

– Dale un beso a Rosa, anda.

Tomás se levantó y besó a la mujer, mientras Ernesto se bajó de la mesa y la besó también.

– ¿Qué haces aquí?

– Recibí tu correo. Y vengo a recoger los papeles que me dijiste. Y a poner orden en toda tu vida legal, como me pediste en el mail.

– ¿Mail? – No recordaba haber enviado ningún correo.

– Da igual, no esperaba que recordaras nada, con lo poco que duermes, ya me han contado – dijo enigmática, como si Ernesto supiera de que iba.

– Debo hacer…

– Debes irte sí, ya es la hora. Aunque mejor te afeitas y te pegas una ducha… – se acercó a él husmeando – ¿Hueles? Nunca habías llegado a este extremo.

– No, Señora Rosa, es la casa. Ahora lo soluciono, tranquila – Doris se acercó a la ventana y la abrió de par en par.

– ¡Qué hace frío!

– Al baño. Y el niño a la cocina, a desayunar. Y luego Vd. también. – dijo mirando a Ernesto. Lo hizo de una manera, que a ninguno se le pasó por la cabeza en ningún momento desobedecer las órdenes de Doris.

– No te olvides de lo que tienes que hacer.

– ¿Eh?

Rosa lo penetró con su mirada.

– La fiesta.

– ¡Ah!

– Debajo de la ducha te acordarás. Yo me llevo esos papeles y me pongo con el tema – Se giró en dirección al aparador del hall. – Y no pierdas la serenidad, no discutas, no te pelees con él, que diga lo que le de la gana, recuerda que…

– Vale, vale, ya recordaré lo que deba – Ernesto estaba empezando a sentirse molesto por tanta recriminación, aunque no recordaba nada de lo que Rosa le decía.

– Ten, y relee tus propias instrucciones – Rosa volvió sobre sus pasos, abrió el maletín y sacó dos folios – Es tu correo. Quédatelo, tengo otra copia. Chao.

Y saludó con la mano sin girarse. Cuando ya estaba saliendo, se acordó y volvió a entrar de nuevo y esta vez sí, cogió unos papeles en el aparador.

Doris salió del salón camino del cuarto de Ernesto. Éste se sentó en el sofá y apoyó los folios en la mesa, recostándose en el respaldo. Tomás se acercó a él y se puso a leer los folios. De repente miró a su tío con luz nueva en los ojos, aunque no dijo nada. Salió hacia la cocina, de repente se había dado cuanta de que tenía hambre.

Ernesto suspiraba. Se quedó pensativo un buen rato. El tiempo pasaba sin darse cuenta. Su ánimo subía y bajaba cada dos minutos. La mañana había empezado un poco loca y estaba perdido. Menos mal que las cervicales ya no le dolían, aunque notaba un poco magullado el hombro. “La bruta de Doris”, se dijo meneando la cabeza.

Sonó la musiquita de su móvil, indicando un mensaje.

Todo está en marcha, he llamado a todos los que decías. Solo queda que hagas tu parte. Arreglado lo de los niños. Rosa”.

Ernesto dejó despacio el móvil en la mesa. Tenía levantada las cejas. Estaba empezando a preocuparse, porque no recordaba nada. Cogió despacio el correo que le había dado Rosa y que Tomás había dejado en el sofá.

– Voy a hacer al niño un zumo – Doris pasaba camino de la cocina; miró a Ernesto con el correo y con cara de susto. Movió la cabeza de lado a lado, negando, pero sonriendo – Voy Tomás, ahora te hago el chocolate.

Ernesto comenzó de nuevo a leer el correo que supuestamente había enviado el día anterior a Rosa.

Querida Rosa:

Ha llegado el momento de tomar las riendas. Además de mi representante y de mi abogada, eres mi amiga, te pido que me ayudes. Quiero quedarme con los niños, y zanjar de una vez el tema de Germán.

Te cuento lo que he pensado que hagamos.

…”

Cuando acabó, se levantó de un salto y se fue desnudando camino del cuarto de baño. Dio al agua, y se metió debajo de la cebolla. Ni siquiera se percató de que el agua todavía salía fría. Ni que a los pocos segundos, salía ardiendo.