Navidad 2016: Un final sin sorpresas.

Si vamos a contar una historia de amor por Navidad, ya sabemos como va a acabar. Los dos hombres protagonistas acabarán juntos, mirándose a los ojos y declarándose amor eterno.

No vamos a darle misterio entonces.

Darío y Jesús se piden matrimonio. Ya era hora, dijeron todos los que los querían. Incluso algunos de los que los odiaban.

Pero para que una historia de amor, mejor dicho, para que una historia, a secas, tenga emoción, hay que hacérselo pasar mal antes. Deben encontrarse, dudar y luego buscarse. Pero al buscarse no se encuentran o se encuentran cuando uno de ellos, o los dos, están en otras cosas.

Y entonces el encuentro es especialmente difícil. Y parece que no va a ser posible. Jesús llora en su casa y Darío en la de sus padres.

Pero al final, todo se arregla. Y se ven, y lloran juntos, se besan y fijan la fecha de la boda.

Pero Jesús no ha llorado nunca. No ha estado con otro hombre. No ha estado con otra mujer. Una vez creyó que una amiga, Adelina, le gustaba. Pero no era amor, era amistad. Se dio cuenta pronto y se lo hizo saber a la interesada, que empezaba a soñar con presentarle a sus padres en formato: “Papá, mamá, este es mi novio Jesús y nos casamos mañana en la catedral”.

Adelina borró rápido ese sueño y ahogó sus penas en el regazo de Luis. Se casaron hace unos años. Y no invitaron a la boda a Jesús, porque le cogió manía.

– ¿Nosotros amigos? – le espetó con la mirada inyectada en odio y sangre – De qué vas. Eres un soso y un aburrido, solo me interesa tu polla, que me han dicho que es enorme.

Era cierto. Es cierto. El miembro viril de Jesús es enorme. No lo pudo disimular nunca en los vestuarios, al cambiarse para la clase de gimnasia. En la piscina, se metía siempre en un reservado y procuraba llevar bañadores holgados. A parte, era imposible meter su pene en un speedo. Su fama le precedía. Todo el mundo parecía saberlo. ¿Ese es el de la polla enorme? Decían a su paso. Jesús tenía un poco de complejo al respecto. Alguna vez incluso dejó de hablarse con algunos conocidos que sacaban el tema con demasiada frecuencia para el gusto del aludido. Posiblemente querían verla directamente, incluso tocarla. A Jesús todo eso le aburría.

Darío es su amigo de siempre. El que siempre conoció su anatomía pero no hacía de eso el centro del universo.

Desde pequeños siempre estuvieron juntos. Inseparables. Parecían hermanos siameses. Trabajos juntos, en el patio juntos, estudiaban juntos alternando sus casas. Cuando los dos dijeron a sus padres que eran pareja, ninguno de ellos se extrañó. Los cuatro lo sabían desde que tenían 7 años. A los padres de Darío les pasó igual. Se conocieron de pequeños y siempre estuvieron juntos. Luego, un día se miraron a la cara y dijeron: deberíamos casarnos. Así que en el caso de Darío al menos, la cosa venía de familia.

No pensemos que eran unos mojigatos y que no hicieron sus cosas antes de esa decisión. No. Pero todo lo hicieron como si fuera algo natural, como si lo supieran de siempre, desde que se miraron en parvulario y se cogieron de la mano por primera vez para ir detrás de la profe a ver el museo de la pintura.

Con el primer beso pasó lo mismo y con los siguientes. Se acercaron y se besaron. Nada premeditado. Les tocaba ese día. Y la primera vez que se tocaron. Todo con naturalidad el día que tocaba.

Jesús, al ser famosos por sus atributos sexuales, pudo haber elegido hombre o mujer a discreción. Darío no entendía eso del todo, porque a veces, el tamaño descomunal de la polla de Jesús, era más un problema que una bendición. Bien lo sabía él. A veces le decía en broma a su amigo que debía darles placer a todos esos que le miraban el paquete babeando y le declaraban amor eterno sin haberle siquiera escuchado decir hola.

– Quita, quita – le contestaba asustado Jesús.

– Así se enteran de lo que vale un peine.

Se reían.

Un día, el jefe de Darío, al enterarse de que éste salía con Jesús, salir de salir, se enfadó mucho con él por no contarle que era gay.

– Creía que confiabas en mí.

– Y confío.

– Pero no me has dicho que eras gay.

– Conoces a Jesús desde los primeros días de trabajar aquí. No te lo he ocultado.

– Pero pensaba que erais amigos.

– ¿Amigos que se besan en la boca cuando se encuentran? ¿Te besas con tus amigos en la boca?

– Bueno…

– Es que eso de ser gay o no, no sé si lo soy. Ni me importa. Jesús forma parte de mí. Punto. Eso es lo que me importa. Los dos somos uno.

– Pero follas con Jesús – le dijo todo ofendido.

– Pero Jesús es Jesús, no es un hombre. Es una persona determinada. La persona que amo. Desde hace veinte años.

Siguieron hablando sobre el tema muchos días. Al final el jefe de Darío se dio por vencido. Él tenía una obsesión por etiquetar. Cada cosa en su caja, decía siempre a sus empleados. Quería meter a Darío en la caja de los gays. Pero éste se resistía.

El caso es que sin prisas, porque no se dieron prisa, con los treinta muy superados, han decidido casarse. Y que mejor que hacerlo el 24 de diciembre.

– Ya que tenemos a las familias reunidas, aprovechamos.

Ninguno supo decir luego, al contarlo, a quien se le ocurrió la idea. Pero eso pasaba mucho con ellos. Hablaban tanto y se contaban todo, pero todo, que al final lo del uno y lo del otro se juntaba en un terreno indefinible como personal. Este es un caso claro de dos que eran uno. Pero no uno se comía la personalidad del otro. Sino que los dos, formaban una personalidad independiente de cada uno, con cosas de los dos, que había fagocitado por completo las de cada uno por separado.

Hemos hablado de los múltiples pretendientes de todos las sexualidades posibles que ha tenido Jesús. Pero Darío no se queda corto. Porque Darío no tiene un miembro viril descomunal, no. Pero tiene una belleza apolínea, casi rayana con la perfección.

Estaban Esther y Paula, que se liaron a golpes por él, en el instituto. Pero literalmente. Ginés en aquella época, soñaba con él hasta que un día se atrevió a declararse. Al día siguiente se lió con el profesor de gimnasia, un hombre recién salido de la Uni y que era más receptivo que Darío. No salió bien aquello. Ahora Ginés sale con Jaime, pero la cosa no va nada bien. Cortarán cualquier día.

Matías, Jesús, Ana, Leyra y Pili, lo intentaron.

Manuel, Pepe, Lolo y Jon.

Kevin y Beatriz.

Laura.

Rosa.

Benigna.

Jesús, un profesor de la Universidad cayó casi en la locura porque no podía soportar verlo todos los días y no poder poseer esa belleza.

Los dos pudieron casarse por dinero y haber solucionado su vida económicamente.

Pero el destino les marcó desde muy jóvenes. Y no desearon en ningún momento a ninguna otra persona. No entraba en su cabeza. Menos en su corazón.

Ahora están haciendo los preparativos de la boda. Va a ser en un restaurante del centro. La ceremonia en el juzgado. Oficiará Obdulio Heraclio de los Mozos Salvatierra. Un amigo de las familias. Algunos comentan que también intentó seducir en su día a Jesús. En este caso no subyugado por su miembro, sino por su donosura y buen humor. Dicen las malas lenguas, aunque cualquiera de los protagonistas al preguntarles lo niegan rotundamente, que incluso llegó a firmar delante de él la petición de divorcio de su mujer, para convencerlo.

– Nos iremos lejos, muy lejos. Le dejo todo a mi mujer y los niños y nos perdemos en el monte, los dos solos.

Pero es una historia ésta que apunto, que no se puede corroborar en fuentes solventes. Todo son habladurías de personas cuyo interés pudiera ser la venganza o la envídia. El juez por su trabajo, y Jesús y Darío por su relación y por sus cualidades, levantan muchas pasiones a su alrededor. Y mucha gente no soporta que le digan que no, aunque lo hagan con delicadeza y hasta con cariño.

Solo irán la familia más allegada y los amigos de la pareja más cercanos. Un par de amigos de los padres de cada uno, y ya. Pero aún así, se juntarán casi 70 personas en el convite. Luego bailarán y luego, empalmarán con la celebración de Nochebuena.

Y esa ha sido la historia de hoy. Una historia de Navidad sin emoción, porque ya sabíamos que esta historia iba a acabar bien.

Lo sabíamos desde que los protagonistas tenían 6 años. Y nada ha alterado la historia que estaba escrita desde que se cogieron de la mano, aquel día, detrás de la profe, camino del museo de la pintura.

Navidad 2016: “Adoración de los Reyes Magos de Durero”, por Dídac.

Y es una idea de Dídac que este año no hemos tenido tiempo de desarrollar convenientemente, pero que en futuras ocasiones, si es que llegan, seguramente merecerá atención y dedicación. Pinturas Navideñas. Cuadros. Como esta “Adoración de los Reyes Magos” de Durero.

 

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Dice Dídac al respecto:

 Un cuadro pintado en 1504 y que mide 100X114.5 según reza la ficha de la Galería Ufizzi, que en internet se comen ese medio centímetro, es un óleo sobre tabla que formaba parte de una gran retablo cuyos restos están repartidos por le mundo. Es de gran colorido me encanta su composición triangular, los colores recuerdan un poco a un Allegro de estos donde la flauta es un tanto protagonista, con juego de violines si le tuviera que poner música sería el concierto para flauta de William Babell Opus 3, número 1, porque pese a la pedrería ostentosa del Gaspar del primer plano, el Baltasar es de un elegante que me encanta, como el cielo y los ocres.

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Gracias una vez más Dídac.

Navidad 2016: “La Lotería”.

Él no hubiera hecho eso. No. Él hubiera sido más comedido en la celebración. ¿O no?

A Juanma no le gustaban las celebraciones grandiosas ni hacer ostentación de la riqueza. Olivia le decía que eso era porque no tenía ninguna riqueza.

– No tienes dónde caerte muerto, Juanma.

– Escribe por favor JuanMa, con la “M” Mayúscula.

– Bueno.

Olivia se levantó ofendida de la mesa ante la que estaban sentados y se fue.

– Ni que fuera “El millonetis” – se fue pensando Olivia sobre su amigo JuanMa.

Éste seguía mirando la televisión. Ni se inmutó ante la huida de su amiga. Todos los 22 de diciembre a partir de que saliera el Gordo de la lotería, o el Segundo premio o el Tercero y los demás importantes, decenas de personas se acercan a la administración vendedora, o al bar o la tienda, para tener su minuto de gloria en la televisón o en la radio. En el periódico. Y JuanMa, ahí, en la tele, pendiente.

– Seguro que la mitad no les ha tocado.

Acababa de llegar Timi. Se sentó en dónde hasta hacía unos minutos estaba sentada Olivia.

– Joder, Timi, deja de quitar la gracia a las cosas. Déjate llevar por el espíritu de la Lotería.

– Lo único que quieren esos es ir a Sálvame”. Como no pueden, hacen el payaso cuando aparece una cámara.

– Bobadas – desacreditó JuanMa.

– A mí desde que echaron al calvo… no es lo mismo – siguió Timi, no haciendo caso a lo que decía el otro.

A JuanMa, le fastidiaba, pero en este caso le tenía que dar la razón a su amigo: no era lo mismo sin el calvo. Era como más mágico.

– Si hacen anuncios muy bonitos – apuntó una señora sentada en la mesa de al lado, a la que no conocían pero que estimó oportuno participar en el debate.

– Yo voto por el calvo – terció el señor de la pajarita azul, sentado en la otra mesa, que estaba enamorado en secreto de la señora y que buscó ese momento para hacerse el interesante.

– Yo por la señora esa que se le va la cabeza.

– Yo por el del bar que le deja el décimo.

De repente, la mitad de los clientes del bar se creían con autoridad para participar en ese debate. JuanMa los miró a todos desesperado. Le hubiera gustado gritar que le daba igual la opinión que tuvieran todos ellos. Y le hubiera gustado decirles que se callaran un rato, que le gustaba disfrutar de ese momento, le gustaba ver a los que salían en la tele e imaginarse que era uno de ellos. Y luego, pensar lo que haría con el dinero.

“Lo primero es cobrarlo”, se decía. “Al banco. Estoy seguro que ese día todos los bancos de los alrededores, abren las sucursales a todo correr para recibir los décimos premiados.”

¿Y después?

– JuanMa, mira a ver si te ha tocado de una puta vez y así dejas la tele libre el día 22 de diciembre.

Pepa acababa de hacer su aparición estelar. Como siempre exhuberante en lo físico y en lo humano. Grandilocuente en gestos y en volumen de voz.

– Ya se acaba de joder todo – murmuró para sí JuanMa, con ganas de mandar a todos a hacer gárgaras. Le habían jodido su tradición. Su momento “sueño que soy millonario y me hago una paja mental de alegría y felicidad por el premio, y bla, bla, bla.”

– Te estás cagando en todos nosotros – le espetó la Pepa, dándole una palmada en la espalda que casi lo manda a la esquina contraria del establecimiento.

No podía negarlo, y no lo haría: se estaba cagando en todos sus muertos. Y no lo diría, pero tampoco lo ocultaría: odiaba a la humanidad en ese momento.

– Mide tus fuerzas Pepa, que casi le das media vuelta.

Volvió a la televisión. Dejó de prestar atención a lo que pasaba con sus amigos y con la gente de alrededor que se animaba a participar de las risas que sus amigos se estaban echando a cuenta de la Lotería y de la afición de JuanMa por el tema.

– Me voy a dormir – dijo de repente levantándose, cogiendo el abrigo en el mismo movimiento y dirigiéndose a la salida, dejando a sus amigos estupefactos.

Corrió a casa. Fue al armarito en donde guardaba los papeles. En una pequeña funda marrón, estaba los décimos que jugaba. La cogió y se fue al salón, a la tele.

– Joder.

De repente se le había secado la boca.

Sacó los décimos.

– ¡Joder!

Su corazón aceleraba.

Era el décimo que le había dado Patrick. Patrick era su amigo de Madrid.

– ¡Joder!

El pecho le iba a estallar. Su corazón latía a cien. Sudaba. El teléfono de repente, empezó a llenarse de decenas de pitidos anunciando wasaps.

Pero JuanMa no podía atender a nadie. Le costaba respirar. Se soltó el botón del cuello de la camisa y se dio de si el cuello de la camiseta. No le llegaba el aire.

– Tranquilo. Tranquilo.

Se lo repetía una y otra vez.

– A ver si me va a dar un siroco y la palmo rico.

Estaría gordo que el bueno de JuanMa, toda la vida obsesionado con la lotería de Navidad, y cuando le toca, la palma sin poder haber comparado la realidad con los cientos de sueños que había tenido al respecto año tras año.

Poco a poco se fue relajando. La boca seca, eso sí. El cuello de la camiseta dado completamente de sí. La camisa desabrochada hasta el ombligo.

Comparó el décimo que tenía con el que veía sobreimpresionado en la tele.

– ¡Joder!

Era el mismo número.

Corrió a por el teléfono que tenía en el bolsillo del abrigo.

Miró los wasaps.

Su amigo Patrick de Madrid:

Tío que nos ha tocado.

¿No me has visto en la tele?

Alucinante.

Que pena que no estés.

Con lo que te molan estas bobadas.

JuanMa se entristeció. Para una vez que le toca, no puede ir a tomar champán y celebrarlo ahí, frente a la cámara.

– No es lo mismo – se repetía – Joder, podía haber tocado en la administración de la esquina.

De repente tuvo una idea. Fue a un baúl en el que echaba recuerdos y cosas que no sabía dónde meter. Rebuscó y encontró un gorro de esos de cartón y algunos collares de papel de colores. Y un matasuegras. Y unas gafas de pega. Y un bigote.

Se lo puso todo. Se miró al espejo y su reflejo le dijo:

– Payaso.

Colocó el móvil en un soporte y puso a grabar vídeo.

– No, no, espera.

Canceló la grabación.

Fue corriendo al armarito de la cocina y sacó una botella de cava que tenía desde hacía 5 ó 6 años. Estaba caliente, pero eso molaba. Buscó unos vasos de plástico. “Tienen que ser de plástico”.

Volvió al salón y puso el vídeo de nuevo.

Costaba abrir la botella. El corcho estaba pegado. Al final lo consiguió. Pegó un petardazo de impresión. Salió una chorrotada de líquido amarillento y espumoso que acabó, parte sobre la mesa y otra parte sobre la butaca de echar la siesta. No prestó atención y se dedicó a saltar mirando a la cámara, con la botella en una mano, el vaso en la otra, bebiendo sorbos de un líquido asqueroso, calentorro. Y saltando. Siempre mirando a la cámara. El gorro en la cabeza, las gafas de pega puestas, los collares en el cuello.

– Oé, oé, oé.

– Oé, oé, oé.

Estuvo casi 10 minutos con el vídeo. Distintos saltos, mirando a cámara, acercándose y pegando un grito. Riendo y contestando a una entrevista imaginaria de un periodista imaginario de una tele imaginaria.

De repente, se quedó parado, cansado.

Se dio cuenta que no había tenido el décimo premiado en la mano, mientras hacía su representación. Pensó en repetirlo, pero no tenía ganas. No le había gustado tanto coomo él esperaba.

Estaba cansado. No, en realidad estaba decepcionado.

Tuvo un momento en que su conciencia le dijo que todo lo que estaba haciendo iba contra sus principios de no celebrarlo con ostentación y algarabía. Ser modesto. Pero apartó el pensamiento con un manotazo.

Vio el salón desordenado. El suelo pegajoso. Su butaca de la siesta con manchas de un color oscuro que adivinaban dónde estaba la mitad de la botella.

– ¡El décimo!

Miró desesperado a todas partes. No lo veía. Miró la funda marrón en dónde estaban el resto de los décimos. No lo encontró.

Otra vez la ansiedad. Otra vez le faltaba el aire.

Fue recorriendo el salón. Levantando las revistas viejas y los tiraba. Los almohadones del sofá, los de las butacas…

No estaba.

Se estaba volviendo loco. Se apretaba la cabeza con las manos, parcía que le iba a estallar.

Joder.

Se acordó que había estado en la cocina. Fue corriendo.

Miró en el armarito.

Miró en el otro armarito, el de los vasos de plástico.

Miró en el del cristal.

En el de los platos.

La desesperación estaba al límite.

Abrió el frigorífico.

Ahí estaba.

– Si no he abierto el frigo – murmuró.

Recordó que pensó en sacar algo de picar con el cava. Pero luego rectificó: “eso no hacen el la tele”, pensó.

Agarró el décimo y lo metió en la cartera.

Y con ella en la mano, se fue a su habitación. Pensó en cambiarse de ropa y salir a buscar una sucursal bancaria abierta. Pero recordó que el premio no había tocado en su ciudad, sino que lo había hecho en Madrid.

– Como no vayas a Madrid…

– ¿Y por qué no? – se contestó.

Cogió las llaves del coche y salió de casa sin mirar atrás.

Total, así de paso, a lo mejor llegaba a alguna celebración. Y con más gente, seguro molaría más.

Patrick, voy para allá, escribió en un wasap.

Y para allá que fue. A cobrarlo, pero sobre todo, a celebrarlo.