Lo recuerdo sentado, en el parque.

Lo recuerdo sentado, en el parque, mirando a cualquier parte, sin esperanza, casi sin vida. Me sentaba en un banco enfrente del que solía utilizar él. Me llamó la atención porque me parecía incomprensible que un hombre tan joven como él pareciera tan… viejo. Sin esperanza. Sin vida en su mirada.

Me hubiera gustado acercarme a él y decirle: “Tío, eres bobo; vive, joder.” Tienes la vida por delante. Si te has tropezado, levántate. No hay nada en la vida que merezca la pena tanto como para hundirte de esa manera.

No me atreví. Recuerdo que un día hablamos brevemente. Fue por casualidad. Nos tropezamos y no nos quedó más remedio. Tenía una voz cálida, embriagadora, que me enamoró. No tengo noción de lo que comentamos. Nada. Ni un mísero recuerdo. Pero tengo grabado en mi memoria cada cadencia, la música de sus palabras. Podría reconocer su voz en cualquier sitio.

Los días siguientes a aquel del tropezón, fue como siempre. Quizás un movimiento por su parte, un ligero movimiento de cabeza. Un esbozo casi imperceptible de sonrisa. Un segundo, cuando uno o el otro llegaba el último a su posición.

Me recordó a una historia que leí una vez en un blog. Se trataba de que dos desconocidos celebraban el cumpleaños de uno de ellos en el parque. Se habían enamorado. Me enterneció esa historia. Era muy triste y tan esperanzadora a la vez…

Así que, cuando me enteré de su muerte, no me extrañó. Pensé inmediatamente que se había quitado la vida. Por su propia mano o por simple dejadez. Dejarte helar de frío, dejarte atropellar por un coche, dejarte caer por un desnivel.

Estoy muy confuso sobre lo que pasó a continuación. Las cuidadoras de los niños hablaban, los jubilados cuchicheaban, los pájaros observaban desde las ramas de los árboles. Los jardineros miraban desde una distancia prudencial, sin saber muy bien si seguir con sus labores de poda y segado del césped o por el contrario, desaparecer para no verse comprometidos por la investigación de la policía. Porque la policía estaba en el parque.

Quizás no se ha suicidado, pensé en algún momento. No por dejadez ni por su propia mano, empuñando un revolver del 9 milímetros. ¿O era una automática? ¿Cuál es mejor? Me fijaré más cuando vea series policíacas. Es una opción que fuera asesinado. Tanto revuelo si no… no tenía sentido.

Un joven apuesto, con pantalones vaqueros y una sudadera amarilla con la leyenda: “Texas Rancho”, en letras como muy americanas, se sentó a mi lado. Llevaba una medio melena de un castaño claro, sin llegar a ser rubio. Ojos incalificables, de un color indefinido, aunque pudiera ser que fuera producto de que me hechizaron en cuando nuestras miradas se cruzaron y no fui capaz de ver nada. Solo sentí su mirada y lo deseé de inmediato. Como un día deseé al chico del banco de enfrente. Posiblemente fuera porque era joven, guapo, y yo hacía tanto que no ligaba, que no me encontraba con alguien con quien partir piñas, o piñones, o lo que fuera, o simplemente irnos a la cama, o como dice mi amigo Reynaldo: te hace falta un polvo. Así, simplemente, un polvo. Un polvo.

Así que me imaginé de inmediato follando detrás de un seto cercano con ese chico que se había sentado a mi lado y que, ahora me fijaba, llevaba un bulto en la cadera. No era que me hubiera equivocado al situar el bulto, sino que era otro bulto, no el que hubiera sido de vital importancia en el caso que que hubiera sido cierta mi ensoñación y hubiéramos acabado detrás de los setos, bajo la atenta mirada de los jardineros que se habían refugiado en un recodo cercano, con sus azadas y segadoras a mano, por si le daba por aparecer al encargado. Eso era poco probable, porque el susodicho estaba retozando en una habitación cercana con la señora del panadero, de la que estaba enamorado desde el instituto, aunque ninguno de ellos se diera cuenta hasta que el uno se casó con la señora Martina y tuvieran trillizos y la mujer del panadero se casara con el panadero y tuviera dos niños y dos niñas, por parejas, para que la guerra de sexos en la familia estuviera equilibrada. Aunque al panadero, algunos le había tachado de un poco afeminado y alguno lo seguía diciendo, aunque estuviera casado con una señora imponente y tuviera cuatro churumbeles, que de alguna forma se habían concebido, digo yo.

Me fije (Un poco más, que ya me había fijado en muchas cosas de él) en que el chico sentado en mi banco, al lado del bulto de la cadera, que era un pistolón del 22 por lo menos, llevaba una esposas. Quise imaginarme que eran para tener a mano un utensilio para practicar un juego erótico, pero abrió la boca y supe que solo era un policía que estaba interrogando a todo el mundo, hasta a una colonia de grillos que habitaban al lado de la fuente del ángel enfadado, porque al autor de la misma le había salido su cara con unos morros, que ni la señora de la tienda de ultramarinos del barrio cuando su marido llegaba a las tantas oliendo a vino barato. “Si al menos fuera buen vino”, se decía ella.

– ¿Conocía al hombre que se sentaba ahí? – me preguntó con voz dulce, con una cadencia lenta, casi embriagadora.

Me quedé mirándolo unos instantes, en silencio. Valoraba la respuesta. Conocer, conocer, no. de vista, sí. Conocer de intimar, no. De hablar, no. De mirarlo, sí. De intentar penetrar su mente, también. De seguirlo a hurtadillas algún día, con la esperanza de que lo que decía mi amigo Reynaldo sobre lo de que “necesitaba un polvo”, se solucionara, pues sí. Incluso en alguna ensoñación sí había ocurrido. Pero eso no se lo iba a contar al policía del pistolón en la cadera, cuyos ojos seguro conseguían lo que quisieran de quien deseara, madre mía, que mirada.

– De vista – contesté rotundo, seco, sin esperanza. Me había dado cuenta de que el policía era inalcanzable para mí. Como el chico del banco de enfrente, ahora asesinado vilmente. – ¿Por qué lo pregunta?

– No sabemos que ha sido de él – dijo mirando para otro lado, como si dejara caer un pañuelo cual damisela del siglo XVIII.

Estuve tentado de recogerlo del suelo y tendérselo. Pero no me atreví. Por contra, contesté de forma lo más impersonal posible:

– Lamento no poder ayudarle, agente.

El policía se levantó sin decir nada más. Ni siquiera se giró para despedirse. Ni un gesto con la cabeza, o con la mano. Nada. Fue hacia el banco dónde se colocaba el chico del banco, redundemos, vaya que si. Creí que se pararía a recoger pruebas o algo. Pero no. siguió adelante, caminando despacio. Me quedé observándolo, hipnotizado por el movimiento de su culo. Ya lo sé, es poco poético, es poco… no sé definirlo. Es poco todo, ya lo sé. Pero es la verdad.

Cuando le perdí de vista, me quedé triste y cabizbajo, mirando al suelo. Entonces lo vi, un papel de color amarillo chillón. ¡No era un pañuelo! Un post-it. Me agaché intrigado, estaba seguro que no estaba allí antes. A mí me había parecido un pañuelo. Habrá sido magia y se ha convertido en un post-it. Lo desdoblé y allí, apareció un teléfono: 555-5564930

Me pareció intrigante. Un teléfono en un post-it a mis pies, en el parque, en mi banco, en dónde se había sentado hasta hacía bien poco el policía cuyo caminar había seguido, mientras me imaginaba una serie de actos impuros a desarrollarse entre sus piernas y brazos, con su lengua muy protagonista, y con la mía con igual papel principal. Y nuestros miembros alegres y cantarines, dispuestos a darlo todo por la paz de espíritu.

No me lo pensé. O sí, pero poco. Saqué mi teléfono y marqué. Las cuidadoras de los infantes me miraban de reojo. Cuchicheaban. Siempre lo hacían cuando sacaba mi teléfono. Parecía que estaban muy interesadas en mis conversaciones. Sobre todo desde aquel día que me llamó un bromista fingiendo ser mi novio caliente y tuvimos un encuentro sexual telefónico. No, no me toqué, era consiente que estaba en público. Lo que pasaba es que, con la emoción que le pusimos al tema, subí el volumen de mi voz, sin percatarme del tema. Con lo que las cuidadoras habituales de los niños habituales del parque, sintieron algunos gemidos de placer y alguna que otra expresión procaz.

No tardó en contestar.

– Sígueme – dijo antes de colgar con la misma rapidez que había contestado.

Salí disparado. Como un resorte. Las cuidadores meneaban la cabeza de lado a lado, como si supieran. “¿Supieran el qué?” Pensé de repente. Pero lo medité escasamente un par de segundos. Mi preocupación era alcanzar el punto en donde había perdido de vista al chico del bulto, por ver si desde ese punto veía por dónde había seguido. Llegué y paré. Miré en todas direcciones. Recibí un mensaje: “a la derecha”.

Fui a la derecha.

Otra encrucijada de caminos. “de frente”.

Seguí de frente.

Al pasar por unos setos altos, agitado, mirando a todos sitios, buscando la cadencia de los lóbulos del culo de policía de mirada hipnótica, una mano tiró de mí. Fui a gritar, de la sorpresa, pero su mano tapó mi boca. Su pistola me apuntaba a la sien.

– Cuidadito y en silencio – me susurró con los ojos muy abiertos.

Me empujó al suelo y me arrastró hasta un árbol. Me hizo abrazarlo y me esposó mirando al cielo. Sin mediar palabra me arrancó el calzado, los calcetines y mis pantalones. Arrancó mis calzoncillos. Tuve un pensamiento absurdo en ese momento: menos mal que no eran de los nuevos, que me había comprado la semana anterior. Buscó mi boca con la suya y me dio un soberano beso.

No recuerdo todo lo que me hizo. Sé que me puso de medio lado, que me subió la camisa y el jersey. Que me lamió todo el cuerpo, con prisa, sin pausa. Que me puse a cien, joder. Que luego sentí su miembro dentro de mí y que se corrió casi enseguida. Que luego cogió mi pene y se lo metió en su boca y que yo no pude aguantar mucho más que él. Recuerdo que me besó de nuevo, aunque prefiero no entrar en detalles, ya me entiendes.

Quedé exhausto y feliz. Estuve un rato con los ojos cerrados. Sentí como me liberaba de las esposas y se iba, sin decir nada. Abrí los ojos y vi a los jardineros mirándome. Juraría que uno de ellos se pasaba la lengua por sus labios, con ganas de acercarse y seguir la fiesta. Pero su compañero tiró de él y se fueron. Al menos no veía a ninguna de las niñeras habituales del parque.

Me vestí despacio. La camisa estaba pegajosa, seguramente de la resina del árbol. Mis pantalones, manchados de verdín. No encontré mis calzoncillos ni mis calcetines.

Salí al camino. Una señora me miró con gesto serio. Un ligero movimiento de cejas dirigido a mi cabeza, me hizo pasarme la mano por el pelo y quitarme las briznas de hierba que había en él. Miré mi reloj y me apresuré: había quedado a comer.

Corrí para llegar a tiempo.

Allí estaba, en nuestra cafetería de siempre. Me senté apresurado, sin apenas saludar. Me disculpé torpemente.

– No me das un beso – preguntó.

– Sí, dije sonriendo, tímido.

Nos trajeron los platos del día. Pedimos. Hablamos del trabajo, de la mañana, de la noche anterior. De repente, Timi me tendió la mano cerrada.

– Amor, me traje esto por error.

Recogí lo que me tendía. Eran mis calzoncillos viejos. Y mis calcetines. Solo sentirlos en mi mano, me hizo ponerme caliente de nuevo.

– ¿Y si la próxima lo hacemos en los servicios de aquí? – me propuso juguetón.

– Vale. Si te traes la pistola, que me ha puesto a cien.

– La traeré. Y probarás una cosa que se me ha ocurrido mientras venía hacia aquí.

Nos trajeron la comida. Comimos y hablamos. Aunque sé que él de vez en cuando pensaba en nuestra próxima aventura, como yo. Llevábamos 8 años juntos, y todavía no nos habíamos aburrido nunca.

Anuncios

Hagamos algo por las artes.

El 15 de abril fue, entre otras muchas celebraciones, el día de las artes. Las artes así, en general. Todas ellas. Hace tiempo que no hacemos nada así, una semana o unos días específicamente dedicada a alguna especialidad artística, la música, la fotografía, la literatura… el 23 de abril ha sido hace na. Libros.

Hagamos algo al respecto.

Hablemos de artes. O disfrutemos de ellas. Mandadme cosas y hagamos una bonita semana de las artes.

.

.

He querido empezar con un poco de música. Dídac me la envió ese 15 de abril, día de las artes.

Gracias Dídac.

La historia del fauno en el bosque.

.

 

Me han contado que este atractivo fauno se pasea por el bosque que hay a las afueras de la ciudad. Se desplaza sigilosamente acechando a los hombres que se aventuran en las profundidades de la espesura a la búsqueda de flores, de mariposas o de leña. Incluso a los que con fines aviesos quieren cazarlo para exhibirlo en un circo o como simple trofeo de caza. O a los que lo consideran una alimaña peligrosa que hay que exterminar.

Sus padres le avisaron que su vida sería muy difícil. Intentaron convencerle de que su existencia estaba destinada a juntarse con uno de los suyos. No podía aspirar a seguir su corazón y encontrar un alma gemela que le quisiera como era, en un mundo que no estaba preparado para los seres como él, etéreos, mágicos, llenos de inocencia y amor. Diferentes.

Nuestro fauno tiene magia sí. Y es inocente, sí. Y quiere conseguir al hombre de su vida. Sí. Y es distinto, también.

Busca a un hombre que le ame sin prejuicios. Que no vea sus cuernos sino sus ojos. Que acepte su forma de vida, aunque estaría dispuesto a renunciar a ella por él.

Sus padres lo dejaron volar. Con dolor porque pensaron que su vida estaría llena de decepciones. Incluso temieron por su vida. Lloraron y le rogaron. Él los quiere con toda su alma, porque le educaron bien, le criaron con mucho amor. Pero sintió que debía seguir su camino. Sintió que era posible encontrar al hombre que le amara sintiendo los dictados de su ser. No podía evitar que el gustaran los humanos y machos.

Hace tiempo que no ve a los suyos. Sus padres se alejaron de él, pensando que volvería y contraería nupcias con la descendencia de los faunos que vivían en el cottage de al lado, y formaría una familia como era debido.

Muchos le tienen miedo o eso dicen; lo ven distinto, con sus cuernos, sin salir del abrigo del bosque, danzando continuamente. En realidad no saben como tratarlo. En todo caso, les asusta porque han escuchado las historias de lo que hace a las gentes que le quieren mal, que le quieren cazar. Es dulce y amoroso, pero eso no es incompatible con ser un fauno listo, valiente, decidido y resolutivo.

Me contaron la historia de un cazador que entró en el bosque decidido a llevar a su mansión la cabeza del fauno bailarín y colgarla en el salón, para presumir delante de las visitas. Quiso que le acompañaran algunos vecinos al grito de que era un animal peligroso que se llevaría a sus hijos y se los comería. O cuando menos, los convertiría en un engendro como él o les ensartaría con sus cuernos por el ano y los colgaría de cualquier árbol del bosque. Pero unos por miedo y otros porque sabían que el fauno era de buen talante, se negaron. Eso no amilanó al cazador, que cogió unos días de dispensa en su trabajo y se aventuró solo en el bosque, bien pertrechado de alimentos y municiones para su rifle. Cuando llevaba dos jornadas completas buscando por los parajes que contaban los lugareños que se le había visto, al final lo encontró. Le disparó con premura, pero sin éxito: nunca lograba apuntar antes de que desapareciera de su punto de mira, aunque volvía a mostrarse en otro lado: a la derecha, arriba, detrás. Era como una visión. Veía sus cuernos, veía su cuerpo desnudo y perfecto, una vez vio incluso sus ojos que lo miraban inexpresivo. Él apuntaba su rifle. Cuando iba a disparar, ¡zas! Ya no estaba. Se giraba raudo y lo veía a su espalda, levantaba el rifle y ¡zas!, volvía a desaparecer.

El cazador en uno de estos movimientos bruscos dispuesto a cobrarse su trofeo, se enredó en unas raíces y cayó al suelo con tan mala suerte que se rompió la rodilla. Fue a levantarse para coger el rifle, ajeno al dolor punzante en su pierna, obsesionado por matar al fauno. No pudo. Escuchó un ruido a sus espaldas y se giró. Allí estaba el fauno. Desnudo. Con mil collares de perlas y esmeraldas rodeando su cuello. Intentó arrastrarse para huir de él. Recordó algunas historias de que el fauno ensartaba con sus cuernos a sus víctimas, enganchándolos por alguno de sus orificios. O los violaba con su miembro enorme y duro. Y luego les sacaba las entrañas del cuerpo y el alma. Otras historias contaban que rodeaba el cuello de sus víctimas con sus collares y los estrangulaba lentamente, sin dejar de mirarlos a los ojos. Por un instante pensó que eso no era posible, porque si eso hacía a los paisanos que se cruzaban con él, todos estarían muertos y no hubieran podido contarlo. Luego lamentó no haber sido más diestro en la caza y pasar de cazador a cazado. Mentalmente se despidió de su mujer y de sus hijos. De sus amigos. Intuyó que los comentarios de éstos no serían muy compasivos. Él que siempre presumió de su virilidad empalado por un fauno. Que muerte tan denigrante. Cazado por su presa.

Rezó unas oraciones y se preparó para la muerte. “Yo siempre he sido bueno”, dijo al Todopoderoso.

El fauno se inclinó sobre él. Rostro serio. Lo miro con curiosidad. El cazador tuvo la certeza de que el estaba leyendo la mente, conociendo hasta el más mínimo recuerdo ya olvidado de su infancia. Él mismo empezó a recordar episodios que tenía enterrados en su memoria. Quiso cerrar los ojos para no ver al fauno, pero sobre todo, para no ver su vida pasada. Creyó escuchar en la lejanía a un grupo de personas que lo llamaban a gritos. El fauno le puso la mano sobre los ojos y se los cerró. Luego sintió su mano en su rodilla maltrecha. Aulló de dolor. Pensó que el fauno lo iba a torturar antes de destruir para siempre su virilidad primero y luego, su vida.

Se desmayó.

Al despertar estaba en su mansión. En la cama. Estaba desnudo. Miró a su alrededor creyendo que estaba muerto y eso era el cielo. Vio a su alrededor a su mujer. A sus hijos. A varios vecinos y a algunos amigos. Todos pendientes de él. Su mujer se acercó a verle abrir los ojos. Sus hijos respiraron aliviados, hasta Andrés, el pequeño, que no se llevaba muy bien con su padre. Díscolo y rebelde, lo calificaba el padre. Cabrón era el calificativo más suave que Andrés dedicaba a su progenitor.

Su mujer le dijo que temieron por su vida. Tantos días fuera, sin noticias, le dijo ella. “Si solo fueron dos”, pensó el cazador.

– Mi rodilla – se quejó el cazador.

– Tu rodilla está perfecta – le contestó extrañada ella. – ¿Te duele? – preguntó solícita.

– No estoy muerto – dijo en un susurro, palpando su cuerpo. Y estoy entero, pensó para él. No sentía nada extraño en ninguno de sus orificios, salvo quizás un poco de sequedad en la boca. Respiró aliviado.

Nunca más pensó en volver a cazar al fauno. Paseó por el bosque, con otras intenciones. Quería saber, conocer, hablar. Pero el fauno, aunque algunas veces sintió su presencia, nunca se dejó ver.

Indagó en esa historias que contaban del fauno, y no encontró a nadie al que directamente le hubiera desaparecido un padre, un hijo, ni siquiera un primo segundo. Todas eran historias que la gente contaba que le habían contado.

El fauno sigue en la floresta, según me cuentan. Sigue buscando y esperando al hombre que lo ame y lo acepte como es. Lleva muchos años en el empeño. Y aunque hay días que se le hace cuesta arriba no pierde las esperanzas. Dicen que a veces se escuchan llantos de desesperación en el bosque. A pesar de su belleza, de su bonhomía, de su magia, no es capaz de encontrar su amor. Ni siquiera unos amigos que le hagan la vida más agradable. Es distinto para los suyos y para los demás, también. Está solo y así se siente.

 

El Adri y la magia de la Navidad.

La ostia puta.

Que joder, que el puto tema de la Navidad. Que na que aquí vuelvo como si na. De year en year. Que me mola el tema, que tal y cual. Que me la suda lo del consumismo o como se diga. Me molan los regalos y esas chorradas. Y las happy ccrismas y las postales de felicitaciones.

Al Jaime le mandao 4, os jodeis.

Que tíos que he estao full time ocupao. Que si las pelis pornos que si las chapas VIPs. La puta osta. Que soy casi VIP, que la peña me grita lo de los niños míos, que si toda la peña quiere follar con el Adri. Ya tengo una polla de esas de plastico, por si alguien quiere darse un gustazo del 10. la hosta, con el yeso ese que me pusieron pa hacer el molde o como se diga. Tios, que lo pasé mla, que sí. Que no se me ponía dura y tal. Yo alucinaba, si estoy hot a full time, lo juro. Pero ahí, que na, que no había forma. Pero tíos, pensé en el Jaime, joder, hasta le llamé y tal. Y me dijo un par de guarradas y tal, y me dio un beso en la punta, así en la distancia, que estaba yo en las americas, y ahí ya, na, todo very good. Hot y duro, para deleite del del puto yeso.

Y luego le mandé al Jaime una de regalo, que le hizo la hosta de ilu. Me dijo el richar que le daban vueltas los ojos, así como chiviritas o como se digan. No sé lo que es, pero el richar me dijo, yo repito.

Pues que la Navidad es así como magia. ¿No? La hostia, que way. Que la peña me felicita y tal y que me manda regalos y tal. La hostia. Y este year tambien e sentio la magia de la navidad, lo juro. El otro dia, que me fui de farra, a una disco para subirme a la barra en pelotas y tal, pos que estaba yo en el tema con un negrazo con un pollazo del 10, que me dio un mareo y tal. Joder, se me pusieron de corbata. Lo juro, ni gota de wiski ni de drogas, y cosas de esas, que yo no le doy a na. Pues que casi me desgracio y tal. Pero yo como si na y tal y seguimos con el de la polla del 10. es un pasivazo del 100. ni lo jures, porque esa tranca no me la mete ni el Adri. Que me lio. Que resulta que luego el richar me manda un wasap, que el Jaime se había caído, joder, que se dio un ostiazo en la cabeza y se estuvo un rato que ni pacá noi pallá. Joder, fue conexión y tal. Y llamé al punto para decirle besitos y guarradas, para animarle. Y que le vi un poco ido. Me asusté la hostia. Que si, que se me pusieron de corbata. Joder, me dio llorera y tal. Pero na, luego se puso bien en un decir na.

Pero tíol que fue conexión. Que si lo juro.

Le echo de menos, joder. Es la putá de estar lejos y tal, y no poder estar con la peña de toda la vida. No se dice na de eso, ni se escribe y tal, pero es una putada. Así que me e escapao y me e presentao en Burgos. Una paliza de las de aupa, que estaba en Miami y total pa 4 días y ya pasadas las navidades, pero tios, que me mola los abrazos de la peña y los morroes del Jaime, y dormir abrazaos y su puto aliento en mi cogote, y su polla en mi culo.

La hostia puta.

Eso es la magia. Ver la cara de los colegas de sorpresa. Y todos con el puto movil para sacarse un selfie con un VIP del porno. Una cena así de sorpresa sorpresa, cada uno una cosa y todos con risas y tal. Y luego, el Jaime y yo tiraos en el sofá, él recostao en mi pecho con las manos agarrás.

Me estoy pensando el darme un break de esos. De darle al stop y volver un tiempo. Un par de meses y tal. La productora me dijo algo al respectin, por no saturar y tal. Y me lo pienso, en serio. Volver a home y salir a pasear con el jaime, escribir para darle gusto y tal.

Me lo dijo un VIP. Un tío muy raro y tal. Pagó la hostia de pasta por una chapa. Eran un tal Marcel y tal. El tio me besó como un poseso. Pero na, que le busqué el paquete y na, ni flores, no lo encontré. Me apartó la mano así como suave y tal y me besó de nuevo. Pues que el tio entre beso y beso, que me decía que volver a casa y tal, para no perder a la peña. Que lo del curro y los VIPs y los fans y tal es guay, pero que la peña de siempre es mejor. Y tu novio, me dijo así mirandme a los ojos, que le brillaban, lo juro. Y al poco recibo un mensaje en el movil con un billete de avión y tal. Y al dia siguiente el jefe de la productora me dijo lo del brek. Juro que yo no compré el puto billete. Pero no lo pensé y me largué sin nada de ropa ni na. Total, pensé en despelotarme al llegar a ccasa y estar así los 4 dias. Pero en casa había riopa asi que me e podido vestir. Ja, ja, ja.

Y no recuerdo na más del Marcel ese de los cojones.

Solo que me pagó la hostia de pasta, que lo vi en la cuenta.

Pues eso.

Que me vuelvo, pero que vuelvo en ná. Una escenita prevista y ya. Con dos VIP del porno, ademas. Y luego, dos meses con el jaime, de relaxing.

Guay.

Que la hostia, que me dice el Jaime qua ya pare. Que la hostia, lo mal que escribo y tal. He perdido practica pero n le dejo corregir, que me la suda.

Pos hala, que os deseo y tal un año cojonudo. Y que el jaime lo mismo.

Kisses y tal.

No encuentro las palabras.

No encuentro las palabras.

Es un hecho que asumí hace unas semanas. Mi madre me puso en la encrucijada: o iba al pueblo por Navidad, o iba al pueblo por Navidad. Fue a verme a la Universidad solo para decírmelo a la cara. Seria como nunca la había visto antes. Acaso cuando se divorció de mi padre.

Desde ese momento, no dejo de darle vueltas. Hace ya mucho, fui consciente del mal que había causado a mi hermano. Durante algunos años de mi infancia, creí que Nacho tenía como única finalidad en la vida el fastidiarme. Una Navidad hace tiempo, nos acercamos de una forma increíble. Pero la cagué. Él se enamoriscó de un chico y yo me sentí incómodo. No sé por qué, y prefiero no ahondar en las razones: tengo miedo de descubrirlo.

El caso es que lo humillé. Lideré un grupo de acoso y derribo en el colegio. Le acosaron y le derribaron. Nacho es fuerte. Antes de esas Navidades en las que nos hicimos amigos, me hubiera machacado la cabeza sin dudarlo. Pero ahora sé que no me la machacó porque le parecía increíble que yo hiciera una cosa así. No a él, sino a cualquiera. Pasó de lobo a corderito. Recuerdo en una de las peleas que le provocamos, como me miraba a los ojos. Intentaba penetrar dentro de mi cabeza. Lo hacía tan bien, que aparté la vista y salí corriendo. No quería que notara que estaba acojonado.

Nacho no se rindió. El abuelo estuvo atento y se lo llevó al pueblo antes de que ocurriera algo irreparable. Lo engañó para darle una excusa y que no se sintiera perdedor: “Te necesitamos, la abuela y yo”. Cuando lanzas a una horda de gente contra algo o alguien, sabes cuando empieza. Luego pararlo, es casi imposible, si además, como en el caso de mi hermano, el objetivo no se rinde; muy al contrario, vende caro cada golpe que consiguen darle.

El abuelo supo enseguida lo que pasaba y vino a hablar conmigo.

Mi abuelo ha sido alguien muy importante en mi vida. Cuando yo era cordero era mi apoyo. Cuando era un marginado, él me hacía ver lo bueno que había en mí y conseguía la más de las veces hacerme sentir bien conmigo. Ahora que era yo el lobo, vino a hablar conmigo y le mordí. Todavía me acuerdo la cara de sorpresa, primero, de lástima, después, y la de desilusión suprema, para acabar.

Me sentí triunfante. Aunque al día siguiente me empecé a sentir mal. Cada día que pasaba me sentía un poco peor. Aunque muchos días conseguía apartar esos pensamientos de mi cabeza. Era un lobo y la gente me respetaba. Mi manada me aclamaba como líder indiscutible.

Mi madre me observaba como si fuera un desconocido. Un día tomó una decisión: estudiaría el curso siguiente en Dublín o en Boston. Elegí Boston. Estaba más lejos. Me fui muy dignamente. Aclamado por mis secuaces, ignorado por el resto de mi familia. Mi madre me despidió en el aeropuerto como lo podía haber hecho con un compañero de trabajo.

No volví en varios años. Siempre me las arreglaba para tener un curso especial, o alguna actividad extra-curricular. Me ennovié, lo cual me daba más excusas para no regresar ni por Navidad. Pero un día, las excusas se acabaron y hube de regresar.

Mi madre en el aeropuerto. Estaba más guapa que nunca. Tuve el impulso de abrazarla, aunque lo superé rápidamente. Pero ese impulso activó mi cabeza y ya no he podido pensar en otra cosa que en mis razones, en asumir mis actos y en sentir vergüenza de mí mismo. Pero soy muy orgulloso. Y me he tragado mis sentimientos de culpa hasta ahora.

Debo enfrentarme a mi abuelo. A mi abuela. A mi hermano. Podría hacer como que no ha pasado nada. Pero no es lo que me pide el cuerpo. Estas semanas he sido consciente todo lo que les he echado de menos, de cuánto los necesito para ser quien quiero ser. No quiero ser lo que soy ahora. Pero no sé como pedir perdón. No sé que decir.

El autobús enfila la calle Mayor del pueblo. Veo a mi abuelo y a mi hermano esperándome bajo los soportales. Llueve ligeramente. El abuelo lleva una cachaba. Mi hermano lo sujeta del brazo. Nacho no está cómodo, lo sé, lo conozco. El autobús se acerca a la acera. Estoy agobiado. Mi corazón late a mil. Cierro los ojos e intento acompasar mi respiración. En mi cabeza, sin invitarlos, aparecen los personajes con los que soñaba de pequeño: La Bailarina de la caja de Música, el cuarto Rey Mago, el Paje perdido, el Príncipe enamorado. El Príncipe valiente enamorado de un bello cortesano que tanto ayudó a Nacho. Todos ellos me saludan inclinando ligeramente la cabeza. Me rodean y me hablan al oído. Lo que pasa es que no logro entender lo que me dicen. Pero sin darme cuenta, me siento más tranquilo.

El autobús se detiene. El conductor grita el nombre del pueblo. Me levanto con la cabeza centrada en recoger mi equipaje. No sé que decirles. Sigo sin encontrar las palabras. Ensayo mentalmente aunque solo logro balbucear. Bajo las escaleras y los veo enfrente mío. Los ojos se empañan y empiezo a llorar. Me acerco a ellos y… Nacho suelta al abuelo, da ese paso que nos separa y que a mí me hubiera costado la vida darlo. Me abraza. Siento el impulso de besarlo y lo hago. En la mejilla, en la frente, en los ojos, decenas de besos seguidos, besos de abuela. El abuelo se acerca y nos abraza a los dos. No puedo parar de llorar. Lloramos todos.

Lo sé, ahora lo sé, son las personas más importantes de mi vida. Las he hecho daño, es cierto. Pero intentaré, a partir de ahora, compensarlas. Amarlas y asegurarme de que se den cuenta de ello. Va a ser la finalidad de mi vida.