Estás conmigo.

Ahora mismo, si a Chus le hablan de orgullo, dignidad y eso conceptos tan grandilocuentes, se echaría a reír con ganas. De hecho, está en plena carcajada, al lado de la cama de su amante, desnudo, tirado en el suelo y con las sábanas y mantas sobre él. No entiende como se ha podido caer de la cama tan tontamente. Pero ahí está. Todavía no lo sabe, pero el vaso de agua que se llevó a la mesilla sobre un platito, que su amante es muy remilgado, está a punto de caer sobre su cabeza. Le queda nada, un pequeño movimiento del suelo con las risas del propio Chus, que su amante salga del baño (aunque conociéndolo todavía tardará como media hora) y abra la puerta con decisión, o que se cuele por la ventana una pequeña brizna de aire.

El vaso pende de un hilo, que diría aquél.

Y el hilo se rompió, porque Chus acabó riéndose otra vez a carcajadas (miró al espejo del armario y vio la pinta que tenía además, con su cara llena de carmín, que le gustaba a su amante el tema del carmín, espatarrado, con las mantas aquí y allá, y con su tripita, que no se había dado cuenta de que era cierto lo que le había dicho Carlos de la Cuesta Contigo, su remilgado amante: has engordado, cariño, pero me pones más así), el vaso se volcó derramándose sobre Chus y cayendo luego sobre su pecho, ya vacío. Todo esto volvió a provocar otra carcajada. Que cuando uno se siente ridículo es mejor reírse, sobre todo si no le ve nadie. Chus era incapaz de levantarse del suelo, lo que le hacía reír de nuevo. Un círculo vicioso que estaba consiguiendo que su miembro viril quisiera ponerse contento para unirse a la fiesta. Ponerse cachondo en esa situación era para echarse a reír. Una vez más.

El remilgado amante de Chus, salió del cuarto de baño, espantado de la algarabía que escuchaba en la habitación, con su camisa impoluta, su peinado perfecto, afeitado y con la boca sabiendo a clorofila.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó caminando hacia Chus, con una ligera sonrisa en su boca, que no dejaba de ser el asunto gracioso y la risa de Chus era contagiosa.

– No me puedo levantar, como la canción.

– ¿La canción?

– De Mecano. – Chus empezó a cantarla.

– ¡Ah! Esa.

– Carlitos, pareces un viejo.

– Y tú un crío.

– Lo que somos.

– No somos críos, tenemos veintitantos.

– Da igual. Somos unos críos. Aunque parezcas un viejo.

– Tengo muchas responsabilidades.

– Tienes un palo metido por el culo.

– No es cierto.

– Lo es. Déjate de cháchara y ayúdame a levantarme.

Carlos de la Cuesta se acercó a Chus decidido a solventar el tema, con tan mala suerte que no vio el vaso en el suelo y lo pisó, resbalándose. Intentó mantener el equilibrio agitando los brazos como si fueran aspas de molinos de viento en medio de un huracán. Lo más que consiguió es caer hacia delante en lugar de hacia atrás. Chus vio la jugada y se movió para ponerse en la trayectoria de su caída y amortiguarla.

– ¡Carajo! -exclamó fastidiado Carlos de la Cuesta– tendré que volver a arreglarme. (su camisa de lino se había humedecido con el agua del vaso y Chus, para fastidiarlo, había pasado su cara rasposa de barba de dos días y carmín de la última noche, por la suya, poniendo colorete en su rostro, estaba seguro de ello).

– Vayamos al Orgullo, Carlitos.

– Deja. No me van esas movidas.

– Subámonos en una carroza.

– Quita, quita.

– Follemos. Ahora. Por primera vez hoy.

Iba a decir que no tenía ganas, pero notó la mano de Chus sobre su miembro y supo que no podía disimular. Y notó el pene de su amante, que acababa de ponerse a tono. Sintió su piel mojada, el carmín en su cara, el gesto de pillo que le ponía… y sin más disquisiciones, se lanzó a besarle como un desesperado.

La camisa acabó en la manilla de la ventana, la corbata directamente sobre el cuello, hacia atrás. Los pantalones hasta hacía unos minutos, pulcramente planchados, estaban arrugados debajo de la cama.

Se abrazaron, dieron varias vueltas sobre sí mismos, besándose apasionadamente. Chus fue a despeinar a su amante, pero éste le detuvo la mano.

-No, que me ha costado…

El comienzo de un beso nuevo, calló las quejas de Carlos. Y Chus consiguió su propósito y lo despeinó completamente. Y a Carlos no le importó, un día es un día. Y dos, son dos.

El tiempo pasó como una exhalación. No dejaban de besarse, de tocarse, cambiaban de posición, jadeaban, reían. Se saboreaban.

De repente, Carlos escuchó en el carrillón del salón que daban las 12,30 h.

– Cáspita, no voy a llegar.

– ¿No puedes decir joder como todo el mundo?

– ¿Qué más da?

– Sácate el palo, joder.

– No seas grosero. No tengo un palo en mi culo, tengo… – se detuvo porque le daba corte decir en voz alta lo que tenía en su culo en lugar del palo. – Acabemos que tengo que…

– Ya se me ha cortado el rollo – exclamó un fastidiado Chus notando como su miembro viril se ponía flácido y salía de Carlos de la Cuesta Contigo.

Chus se puso a horcajadas sobre Carlos. Le agarró las manos y se las sujetó por encima de su cabeza.

– Estás ridículo con todo ese carmín – le dijo de repente Carlos, intentado inútilmente que le soltara.

– Pues bien que te pone caliente. Y tú eres ridículo a tiempo completo. ¿Me quieres?

– Qué pregunta más tonta. Sabes que sí.

– Dímelo.

– Ya lo sabes.

– Dímelo.

– Te… te… te… quiero.

– Vas a llamar a esos con los que has quedado y les vas a decir que te ha surgido algo y no vas a poder ir.

– Pero…

– Nos vamos a ir a la manifestación. A la fiesta. Te vas a poner algo de ropa informal, de la mía, que la tuya es toda de viejos. Con el pelo así, y sin ducharte, oliendo a sexo y sudor. Oliendo a mí. Yo iré oliendo a ti.

– No, eso no.

– Y vamos a pasar la tarde juntos, de la mano, como hacen los novios.

– Pero…

– Tú me quieres, yo te quiero. Así que somos novios – dijo muy serio y convencido Chus.

– No me gusta los…

– ¿Compromisos? Pues bien te comprometes para otras cosas.

– No es lo mismo. E iba a decir las etiquetas. No me gustan las etiquetas.

– Yo te miro con orgullo. Quiero que hagas lo mismo. Y quiero ir por la calle contigo. Quiero subirme a una carroza, bailar contigo, quiero besarte… quiero ponerme un cartel en el pecho: soy el novio de Carlos de la Cuesta Contigo.

– ¿Y tu carrera? Tu representante decía que…

– Que le den a todos. ¿Estás conmigo?

– Bueno… pensaba que no querías…

– ¿Estás conmigo, Carlos? O ésta será la última vez que veas estas lorzas que tanto te ponen…

– Pero…

– ¿Estás conmigo?

Se hizo el silencio.

Los dos sin moverse, respirando agitados, mirándose. Cada uno en su lucha.

– Te quiero – dijo de repente Carlos. Lo dijo decidido y sin trastabillarse.

Se besaron.

– Hago todo eso, incluido lo de novios. Pero a cambio te pido una cosa. Dos.

– Dispara.

– Te vienes a vivir conmigo y… – carraspeó – te casas conmigo.

Chus abrió la boca de la sorpresa. Soltó las manos de Carlos. Y se inclinó sobre él para besarlo.

– Hecho. Te quiero, bobo. Que les den a todos. Vamos a ser la pareja del año. ¡¡Ja!!

Chus se levantó del suelo y fue a buscar su móvil.

– ¿Qué vas a hacer?

– Voy a mandar a todos un wasap, para anunciar nuestra decisión.

Carlos de la Cuesta Contigo se movió insinuante en el suelo, sobre su ropa y las sábanas de su cama. Puso morritos. Chus lo miraba de reojo. Y puso el culo en pompa. Chus miraba de reojo. Dejó de escribir. Empezó a salivar. Carlos se hizo un ovillo en el suelo, pegando sus piernas a su pecho, a la vez que le lanzaba un beso.

Chus dejó el teléfono en la sifonier.

Carlos se volvió a estirar, tumbándose boca arriba, con su miembro apuntando al techo.

– La madre que te parió – exclamó Chus yendo hacia Carlos.- Carlitos, Carlitos, he despertado a la bestia. Me pones a 100.

– Aplácala, pues.

Dio los dos pasos que lo separaban se tumbó al lado de su amante y… se puso al tema.

– No se si llegaremos a la fiesta del Orgullo.

– ¡Joder!

Y no llegaron.

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El himno del Orgullo: “A quién le importa”. Toma 2.

Este año han decidido convertir a “A quién le importa” como himno del Orgullo. En realidad bajo mi punto de vista, era ya un himno desde el mismo momento en que se compuso.

Como pasa en estas ocasiones, un montón de gente canta. Es bonito.

.

.

 

La ventana abierta.

Aquel día creí haber cerrado la ventana. Estaba nublado y amenazaba tormenta. No me gustan las borrascas sobre todo si me encuentro en medio de ellas. La lluvia te empapa hasta el tuétano y los rayos te atraviesan arrasando tus entrañas. Los truenos te dejan sordo hasta para hablar contigo mismo con un mínimo de cordura.

Me quedé traspuesto leyendo alguna de las novelas de vida que tengo pendientes de acabar. Roto por dentro y por fuera, viviendo las vicisitudes de sus protagonistas. En ese mundo entre la ficción y la ensoñación me creí la estrella de la misma. Era tan real el sueño que estaba angustiado por las agonías del héroe, un hombre enamorado que no podía asumir el amor que le había tocado el corazón.

Una luz cegadora, sin duda por la caída de un rayo no lejos de mi hogar, seguido de un estruendo ensordecedor, me despertó. Entonces lo vi, sentado en el dintel de mi ventana, sonriéndome como nadie lo había hecho hasta entonces. Creí percibir sus labios pintados, carnosos, su melena rubia cayendo por sus hombros. Pensé que era la criatura más embriagadora que había conocido jamás. Alargué el brazo para rozar su piel, pero no la alcanzaba. Parecía que la distancia que nos separaba era algo insondable. Por mucho que me acercaba, esa criatura parecía guardar las distancias. Siempre con la ventana en medio. ¡Puta ventana!

Una diosa, pensé. Una diosa rodeada de una nebulosa iridiscente, inalcanzable para los simples mortales como yo.

Cerré los ojos pensando que al abrirlos, ese ser sin duda proveniente del Olimpo, desaparecería dejándome un vacío indecible.

Los abrí de nuevo y, como esperaba, dicho ser se había desvanecido.

Volví a cerrarlos y a abrirlos. Para mi sorpresa ahí estaba de nuevo.

Y esta vez me habló.

Cerré y abrí los ojos tantas veces como fue posible a lo largo de un tiempo que a mi me pareció una eternidad. Cada una de las veces hablábamos. Me tenía hechizado con la cadencia de su voz, con la fluidez de sus palabras, con su buen humor.

Caí rendido, enamorado. Prendado de una diosa.

Estaba tan seducido que el entendimiento se me nubló. Vivía para ella, por ella. No la veía con los ojos, solo la disfrutaba con el alma. Era lo que flechaba mi corazón.

Un día ocurrió lo inopinado: la tuve frente a mí, sin ventanas de por medio, sin neblinas ni nebulosas, sin halos que pudieran distorsionar su imagen. En carne mortal.

Quedé desconcertado, hundido más bien. Sus labios no estaban pintados, su melena era más corta de la que me había figurado por su reflejo. Su sonrisa seguía siendo maravillosa. Pero no era una Diosa, era un Dios. ¡Un Dios!

Mis entrañas se abrieron en canal. Cerré los ojos y mis manos querían arrancar la piel de mi rostro. La congoja invadió mi espíritu.

No podía ser. ¡Un hombre!

La tormenta estaba al acecho. Los rayos caían a mi alrededor afinando la puntaría para atravesarme y destruirme por dentro y por fuera.

Él me hablaba, Dios me hablaba. Sí, Dios, mi Dios, porque sin duda, aunque yo luchaba contra mis sentimientos, por inadecuados y perturbadores, sentía en algún lugar dentro de mí que era mi Dios, igual que durante un tiempo, a través de la ventana, pensé que era mi Diosa. Luché incansable durante otra eternidad contra él,contra mí, contra la tormenta y sus elementos.

Pero perdí.

Y mi derrota a la vez, fue mi triunfo.

Sin poder evitarlo, el rechazo, los cantos escuchados durante tanto tiempo advirtiéndome del pecado y de la perversión de la situación, fueron derrumbados por las trovas del amor, la comprensión y la tolerancia. El amor prevaleció sobre el odio.

La lucha fue encarnizada. No fue sencillo.

El día que conseguí romper las ligaduras de la aversión a la vida y al amor, adheridas a mi conciencia y abracé a mi Dios, alcancé el éxtasis, solo con el roce de su piel. Me maldije por haber perdido todos los días precedentes de mi vida. Maldije mis luchas internas contra mí mismo. Por un instante me imaginé que las voces que preconizaban el odio hubieran prevalecido en mí intelecto. Casi perezco de la ansiedad y la tristeza. Perderme la belleza del amor, derrotarme a mí mismo, hubiera sido como enterrarme en vida.

En cambio ahora, camino por la vereda de la vida de la mano de mi Dios, con orgullo, con pasión, lleno de vida. Ahora todo lo que veo, es de color. Lo que escucho, me suena a música celestial. Mi tacto se ha acostumbrado al terciopelo y a la seda. Y el gusto se ha enganchado al sabor de su boca, de sus ojos, de su piel.

Erradiqué las tormentas de mi vida. Los miedos. La tristeza, la soledad profunda. La vergüenza y el temor. Los abrazos, los besos, las caricias, las sonrisas tomaron su lugar. Y lo más importante: me encontré a mí mismo, que sin ser consciente de ello, había estado perdido en un bosque oscuro, lleno de alimañas y brujas malignas.

Con dos Orgullos.

Estaba ahí en la jamba de la puerta del salón. Con los ojos cerrados.

La mochila a su lado. La de las acampadas. Repleta.

Su padre frente a él. Lo miraba con los puños cerrados. Tenso. Gesto crispado. Iracundo. Levantó la mano para darle un guantazo. Empezó a bajar el brazo con fuerza, pero se detuvo. Sentía como su hijo esperaba el golpe. Cuando era pequeño y le regañaba, hacía lo mismo: cerraba los ojos y esperaba la torta. La mayor parte de las veces, José se arrepentía y solo le abroncaba.

José tenía el carácter fuerte. Sus convicciones eran profundas. Creía que debía inculcar a sus hijos sus valores firmemente asentados. Inflexible. “Esto es bueno, aquello malo”. “Debes ser así, porque sé lo que es mejor para ti”. “Soy tu padre”. “No sabes nada”. “Las cosas son así. Punto”. Una torta a tiempo, ayudaba. O dos.

Ahora la furia le embargaba. Volvió a levantar la mano. Ahora le dolería; más adelante, se lo agradecía. ¿Gay? En la puta vida. Un hijo homosexual no era una opción.

Nunca.

Sintió el sabor de su propia sangre. De la cólera que sentía se había mordido el labio. Sangraba. Su pequeño seguía ahí, en la puerta. Con los ojos cerrados. Ahora se encogía un poco de hombros, como si supiera que era inminente el golpetazo de su padre.

José cerró los ojos. Como su hijo: el pequeño. Su mujer se lo advirtió: “ten paciencia con él, José, es distinto”. Distinto. Su mujer no se atrevió a decírselo. Ella lo sabía, como sabía todo. “Son tus hijos, cuídalos a todos”. Él pensaba que ella estaría siempre a su lado para guiarle, pero… se fue. Demasiado pronto. Y le dejó solo con ellos. Tres hijos. Tres misterios insondables, cada uno a su manera. Mario, el mayor, cuadriculado. Estudioso pero no brillante. Duro. Hugo, el mediano, deportista. Futbolista. Acaba de firmar por un equipo de 2ª B. Independiente. Se ha ido y él sabe que nunca volverá. Con él, a principio ejerció de padre de futbolista. Creía que era lo que se esperaba. Ahora está seguro que eso no era lo que su hijo quería. Es tarde para rectificar. Lo perdió.

Saúl. El pequeño. Estudioso y brillante. Distinto. Deportista. Amante de la naturaleza. Gay.

Volvió a levantar el puño.

Fue distinto desde que salió del vientre de su madre. El único parto al que asistió. Lloró lo indecible. Era pequeño, apenas tres kilos. Arrugado. Recuerda como la enfermera se lo puso en los brazos. Él empezó a susurrarle al oído, incómodo. Tonterías sin sentido. Le acarició el mentón y al poco, dejó de berrear. Y se durmió. La enfermera le sonrió. “Tienes mano con los niños”, le dijo dándole una palmada. Él miró a su mujer y esta sonrió también, aunque un poco socarronamente. Parecía decir “si ella supiera la mano que tienes con los niños…”

“Esos maricas de mierda”, su frase favorita cuando veía en la televisión las charangas del Orgullo, como él las llamaba. “¡Qué asco!”. Todos callaban frente al televisor. “Si alguno de vosotros es marica, lo mato”, les decía con la cerveza en la mano.

Dejó la cerveza cuando su mujer se fue.

Saúl seguía frente a él, encogido, expectante.

En el funeral, Saúl fue el único que no lloró. Frente al nicho, como ahora, cerró los ojos. Durante un momento, parecía que estaba hablando con su madre. Sus hermanos, le abrazaron y lloraron cada uno en un hombro. Los fuertes, los hombres, lloraban en el hombro del delicado. Del marica. Los mayores se apoyaban en el pequeño.

José se relajó. Abrió las manos y bajó los brazos. Se le hundieron los hombros. Miró a su hijo. Era guapo, había salido a su madre en casi todo. Los ojos eran de él. Y el mentón. Había cogido lo mejor de cada uno.

No pudo evitarlo: ahora era él el que lloraba. En silencio.

Dio un paso para acercarse más a su hijo. Saúl hizo una mueca al sentir el movimiento de su padre. Éste alargó la mano para acariciarle la cara, pero no se decidió. No era de dar esas muestras de cariño a los chicos. Saúl ya tenía 18 años. El día anterior había sido su cumpleaños. No lo habían celebrado. Le parecía bobadas. Antes se encargaba su mujer. Cosas de mujeres.

Aún conociendo a su padre, se lo había dicho. Aún sabiendo lo que pasaría. Eso le rompía el alma. Cuantas cosas se había perdido de sus hijos por ese temor que tendrían a contárselo. Pero ahí tenía al pequeño, al marica, afrontando el tema. Con dos orgullos.

Dio otro paso hacia él. Estaban casi pegados. Abrió los brazos y lo rodeó. Él estaba tenso, no sabía como abrazar. Su hijo estaba tenso, no sabía como abrazar a su padre. Le hubiera gustado besarle en la cabeza, como hacía de pequeño, pero era más alto que él. Así que le dio un torpe ósculo en la mejilla. Y sin poder evitarlo, volvió a llorar.

– ¿Te vas de acampada? – le preguntó señalando la mochila.

El chico se encogió de hombros.

– ¿Nos vamos a cenar fuera por tu cumpleaños?

Saúl miró a su padre con los ojos muy abiertos. Asintió con la cabeza.

José cogió la chaqueta y las llaves de casa. Saúl estaba parado, sin saber que hacer. De todo lo que había imaginado para ese momento, era la única situación que no había considerado. Su padre volvió a abrazarlo.

– Eres un orgullo para mí, Saúl. A pesar de lo bocazas que soy, de lo burro, me has contado lo peor que hubiera querido escuchar de uno de mis hijos. Perdóname. Espero corregirme. Ten paciencia. Aprenderé.

Se miraron, incómodos. José carraspeó. Debía decir algo que le rondaba la cabeza, aunque le pasaba igual que con los abrazos: no sabía como hacerlo.

– Te… joder, te quiero, hijo. Y quería que lo supieras. Y lo haré siempre. Te… quiero.

Me levanté del barro.

Me levanté del barro. Manchado y machacado.

Subí la montaña y oteé el horizonte de la vida. Rezumaba temor y precaución.

En el barro, opresión, aprehensión, tristeza y muerte en vida.

En la cumbre, amor, alegría, ser. Vivir. Vi-vir. Gotitas de incertidumbre.

Orgullo de ser. De vivir. Vi-vir.

En el barro me desgarraba todos los días las entrañas. Quería, no podía. Sentía aunque no sentía. Sentía desamor, no sentía amor. Amor por mí.

Subiendo la montaña, tropecé. Algunas veces. Muchas. Unas veces me levantaba deprisa, dispuesto a seguir el camino. Otras veces, requería un descanso. Echado en el verde, mirando el cielo, respirando despacio. Cogiendo fuerza.

Algunos días veía la cumbre cerca. Al día siguiente, la notaba más alejada. Al poco, volvía a acercarme. Otro paso atrás. Dos adelante. El barro, abajo, esperando mi caída. Esperando para abrazarme y ensuciarme de nuevo en la tristeza y el desamor hacia mí.

Porque todo se resume en quererte o no quererte. En construir el orgullo propio, o destruirlo.

Alguna vez estuve a punto de rodar ladera abajo. Logré parar la caída, unas veces, otras me ayudaron.

Hay gente buena también.

Y luego, en la cumbre, respiré aliviado. “Aquí estoy, dije”. El cielo parece más azul, las hojas de los árboles parecen mecerse al ritmo de la música de mi vida. La luz es especial. Vendrán sucesos tristes, tropiezos, coyunturas desfavorables. Lo sé. Pero me tengo a mí. Así lo superaré. Conmigo de la mano. Con mi gente, sí, algunos de antes y los nuevos. Pero si estoy de mi lado… venceré.

Respiro profundo. Sonrío. Me miro en el reflejo del aire y me veo bien.

Incluso creo que un día, me enamoraré de alguien. Alguien con orgullo. Y seremos dos orgullosos de querernos, de sentirnos, de amarnos.