El caso del enamoramiento súbito de Alejo.

Alejo no creía en los amores a primera vista. Ni en esos ni en casi ninguno.

Buena prueba de ello la tenía en su madre, que tras pasar casi veinte años de su vida junto a su padre, cantando las delicias del amor verdadero y diciendo a todo el que la quería escuchar que su historia con su padre era para toda la vida, “casi como el primer día que nos conocimos”, un buen día, con sol y temperatura primaveral, se dio cuenta que todo era una mentira. Miedo. ¿a estar sola? Porque él definitivamente no estaba solo. Al menos aquella noche que le vio besándose con aquella fulana en la calle 13.

– Era una fulana – repetía una y otra vez a Alejo, cuando se lo contaba medio llorosa y escondiendo su cara en el pecho de su hijo.

Fue duro para Alejo a sus quince años tener que hacer de consejero y limpiamocos de su madre. Y más cuando le dijo eso de:

– No sabes lo que te van a hacer sufrir los hombres, mi niño. Son todos unos cabrones.

¿Cómo sabía ella que le gustaba los hombres? Se preguntó una y otra vez, en silencio, porque su madre no parecía preparada para darle la respuesta. Ni esa ni ninguna. Tampoco quería que le contestara a sus preguntas no fuera a ser que por un casual le dijera que lo había pillado en alguno de sus escarceos amorosos con el vecino de enfrente.

Al final se armó de valor y preguntó. Y ella, poniéndose seria durante un par de minutos, y tomando la pregunta por dónde le interesaba, le miró fijamente y le dijo.

– Es una pregunta retórica, hijo, no hace falta contestar. Los hombres son todos unos cabrones.

Seguido volvió a hundir la cabeza en el pecho de su hijo y siguió llorando el resto de la noche. Alejo callado. Pensando. “Nunca me enamoraré de nadie, mamá”. Pero sin abrir la boca.

El caso es que su padre no volvió a aparecer por casa. Se iría a vivir con la fulana esa de la calle 13. Alejo no supo más de él. Tampoco es que se perdiera mucho.

Su madre no volvió a mencionar nada de todo lo que pasó ese día. Un par de veces intentó Alejo sacar el tema, pero acabaron hablando del pájaro carpintero y su musical repiqueteo en la madera del árbol de turno. Incluso un día hablaron de política. Pero poco. Casi nada. De hecho solo lo suficiente para cambiar de tema y dejarle mamá claro al chico que no debía preguntar nada sobre aquella noche ni las circunstancias de su padre. Día en realidad, que a la fulana y a su chulo los vio a plena luz del día, le dijo. Aunque Alejo estaba seguro haberla oído hablar de “noche”.

La madre de Alejo tuvo muchos pretendientes. Era agraciada y era una mujer con estilo. Y tenía un buen trabajo y dinero. Muchas moscas merodeaban la miel.

Alejo tuvo muchos amantes también. De casta le viene al galgo, le decía su mamá por las mañanas cuando se cruzaban con sus amantes en gayumbos en el pasillo de casa camino del baño. Son muy modernos, ya.

Sea por la experiencia de su madre o por aquel aviso tan dramático del día de autos, el caso es que Alejo, era un descreído en esto del amor y el compromiso. Solo le gustaba ligotear, conquistar rendir la fortaleza y seguir camino en busca del siguiente. Su amiga Juliana le decía siempre que debía buscar el amor. Ella no era un buen ejemplo tampoco. Ella buscarlo, lo buscaba. Pero solo encontraba cabrones.

– Para encontrar lo que encuentras chica, mejor haz como yo. Si sale, pues sale. Pero para esos tipejos de los que te cuelgas, querida… no es plan.

Juliana también lloraba en el hombro de Alejo. Su hombro debía ser muy apetitoso para ello, estaba visto. Y una vez también lloró en él su profesor de Psicología del comportamiento. Pero aquello fue después de un polvo por despecho. Despecho el del profesor, que le acababa de dejar “ese”, que le he visto besándose con ese fulano, en la puerta del 34 de la calle 15. porque es un fulano.

Así que Alonso no gustaba de amores. Menos a primera vista. Eso de los flechazos no sabía que era. Reía a carcajadas cuando alguien sacaba el tema. Le trataba de loco y demás… y le auguraba una temporada de sufrimiento y caída al abismo.

Y sí, después de la locura y las risas llegó el castigo.

Esa noche de ese día en el que salió de marcha con Juliana para matar las penas por su enésimo desengaño, en llegando a casa y cerrando la puerta, se fraguó la tragedia. Resulta que el vecino de abajo, el de muy abajo, más bien, se le vino el sueño con el cigarrillo encendido. Tan mala suerte que prendió la mantita con la que se tapaba las canillas viendo los asaltos de “La Voz”. Todo empezó a arder. Una cosa de película. El humo subió rápidamente por todos los huecos imaginables y algunos otros inimaginables. Alonso no se dio cuenta y se quedó medio grogui después de una buena esnifada de humo. Cuando todo parecía perdido, un hacha rompió la puerta de la casa y ahí estaba él, con su máscara, con su traje de bombero, con sus músculos, que no se le veían, que el traje de faena era muy abultado y pesado, y la bombona de aire no ayudaba, y el casco y la máscara y los guantes, y las botas… pero esos ojos a través de la máscara… se cruzaron las miradas. El tipo le sonrió, que sí, que le sonrió, aun que no fue posible que Alejo viera la sonrisa, que no. Pero da igual, él la vio. Y el bombero algo vio, que sí, porque después de sacarle en brazos con todo cuidado, como si lo acunara. De compartir con él el oxígeno de su bombona. De bajar pisos y pisos con él a cuestas. Después de todo eso, lo dejó suavemente sobre la camilla de la ambulancia y prometió solemnemente volverlo a ver cuando acabara el servicio.

Cumplió la promesa. Y allí estaba camino del hospital sentado a su vera. Alejo estaba inconsciente pero sentía su mano que le agarraba con fuerza la suya y le daba ánimos.

– Me salvó la vida – le contó a Juliana con mucho dramatismo en cuanto ella le fue a ver al hospital.

No puede ser esto cierto. Debo estar muerto y en el paraíso, pensaba en su inconsciencia el amigo Alejo. A todo esto, no sabía siquiera que jeta tenía el bombero en cuestión ni siquiera lo de la sonrisa, que no, que era imposible que la viera. Los ojos, vale, pero con el humo y demás y teniendo en cuenta que en la realidad no se les ve la cara como en las pelis que le ponen un led arriba para que se le vea la jeta en la cámara.

Que bonita escena en el hospital cuando Alejo abrió los ojos y le vio al susodicho bombero salvador. Los violines sonaron de fondo. Pétalos de flores diversas caían cual copos de nieve sobre ellos. Unos corazones rosas, de diversos tamaños revoloteaban por allí, dando ambiente. Se miraban con embelesamiento. Alejo cayó prendado de la belleza del bombero, una vez quitado sus aperos de trabajo. Juro que no era para tanto, que guapo, así como guapo, no era… es. No. pero el amor es así: Los feos se convierten en guapos y los guapos en adonis. Los adonis en dioses y éstos en… nada más que no hay nada más que un Dios, por favor.

Como Alejo no era muy de violines y el bombero por lo que sabemos ahora, que antes no sabíamos nada, claro, no lo conocíamos, que íbamos a saber, pues decía que como ninguno de los dos eran muy de corazones y románticos y tal, cambiaron la música de violín por la de peli porno. Y los corazones por los preservativos. El caso es que allí mismo, en la habitación del hospital, tuvieron su primera noche de pasión desenfrenada. Alejo entonó bien los jadeos propios de la acción mientras el bombero… bombeaba. Esa primera vez fue un poco urgente. Pero nada que no se pudiera mejorar el día siguiente, y al siguiente… incluso esta mañana, unos meses después de estos sucesos.

Alejo el descreído ahora va pregonando la existencia de los flechazos y del amor verdadero. Un amor que le ha llevado junto a un bombero que le saca un metro de altura y no menos de 20 años. Y treinta centímetros de brazo y cuarenta de muslo. No es muy agraciado de jeta, aunque músculos… los tiene todos bien puestos y muy desarrollados. Casi todos. En algún caso gana Alejo. No en los citados anteriormente. En otros. En otro en concreto.

Pero eso no es importante. Lo importante es que hay dos convencidos más del amor. Hasta la madre de Alejo está medio convencida. Aunque se lamente que ella no hubiera visto antes al bombero, porque en su delirio piensa que ella le hubiera seducido de tal forma que le hubiera conquistado y quitado esas veleidades con su mismo sexo.

En fin.

De ilusiones también se vive.

Nuño y los vestuarios

Somos del mismo equipo, y hay confianza. O más bien no hay más remedio. Salimos al campo como si fuéramos uno. Un engranaje perfecto. Viajamos juntos, tomamos pizza juntos después de los partidos. Compartimos muchas horas. Todos vamos a la ducha juntos. Nos desnudamos juntos. Nos vestimos juntos. Hacemos bromas de machos orgullosos. Nos miramos, porque somos jóvenes y nos embarga la curiosidad y nos gusta la belleza, y somos bellos por jóvenes y por deportistas, pero hacemos como que no vemos. Jugamos con las toallas, lanzándonos latigazos de los que pican a las piernas, al culo, al torso. Nuestros genitales saltan y bailan. Hay confianza. Somos jóvenes. Miramos pero hacemos como si no viéramos. Aunque todos vemos, unos más y otros menos. Todos nos fijamos, unos más y otros menos, pero lo hacemos por distintos motivos, puede ser, pero lo hacemos.

Nuño se ha escapado. Siempre se escapa. Pone excusas o simplemente desaparece. No le gusta ducharse con los demás. Se siente diferente. Es diferente. Yo lo sé. Todos lo sabemos. Para el resto es un mero trámite. Para él, no. Él se supone que nos miraría con deseo. Con curiosidad. Pero se moriría si lo descubriéramos. O si un día no lo puede reprimir y su pene se pusiera tieso delante de la peña. Un día le ocurrió en otra vida y le montaron un follón.

Me gustaría acercarme un día después de un partido y decirle que se quedara. Que nos mirara lo que quisiera. Incluso le diría que me tocara. El piensa que le vamos a ridiculizar. No lo haríamos. En este equipo no. Y menos con él. ¿Por qué? Porque es buena gente. Porque lo queremos. Porque lo necesitamos, también. Es el mejor del equipo. Nuestro juego pasa por sus manos, por sus piernas por su inteligencia a la hora de ver el partido.

Y es divertido. Es ocurrente. Salvo cuando se trata de desnudarse todos juntos. En ese momento, echa patas.

No nos atrevemos a decirle que lo sabemos. Que no nos importa. Hace unos meses me encontré con Kike Palma. Kike sigue siendo del equipo en el que jugaba antes Nuño. Allí lo pasó mal. Entonces se duchaba con todos pero un día se le escapó una mirada a los genitales de Luis Ramírez, otro de los jugadores. Luis es un bruto, un macho de esos que presumen de macho. Dicen que tiene un miembro generoso que no duda en exhibir desde el minuto cero en el vestuario o donde sea. Y se lo masajea con estridencia, para llamar la atención del resto. Marcar territorio se dice también. Un macho alfa. Lo suele hacer contando sus aventuras con todas las chicas con las que se cruza. Con todas se acuesta y a las que no consigue las llama frígidas. Todos sus ligues tienen unas tetas de alucine. Ese día, Luis se dio cuenta de la mirada de Nuño. Posiblemente la noche anterior el polvo no fue bueno, o las tetas eran más pequeñas que las que le gustan. O no mojó, que sería lo más probable, porque Luis de boquilla lo que quieras. Es un gran jugador de parchís: me como una y cuento veinte. El caso es que pilló su mirada y lo machacó. Se rió de él. Lo llamó marica y se acercó a él, le agarró, le puso de espaldas e hizo como si lo diera por culo. Kike Palma sugiere que Luis Ramírez se empalmó con el juego, lo que le sacaría más de quicio.

Algunos compañeros le rieron la gracia, otros no, pero tampoco hicieron nada para parar la broma. ¿Broma? Así lo llamó Luis cuando el entrenador entró y lo pilló en plena acción. Como suele pasar en estas ocasiones, el entrenador aconsejó a Nuño que si no lo podía afrontar, mejor que cambiara de equipo. Mejor, le dijo, deja el deporte, no es lo tuyo. Entonces no era el jugador que es ahora, claro. Al entrenador ese también le incomodan los homosexuales, lo sabemos todos. Algún caso más hay en su currículum. Me lo ha dicho mucha gente. Pero por su posición, debe mantener las formas. Todo lo hace de manera muy profesional, por el bien del equipo y de los maricas a los que echa con buenas palabras, siempre por su bien.

Así recaló en nuestro equipo. Todos contentos. Pero Nuño, al llegar aquí, fue precavido. No se desnudó ni compartió vestuarios con nosotros. Cuando viajamos, ni siquiera se desnuda delante de sus compañeros de habitación. Lo hace a escondidas en el baño, con el pestillo cerrado. Cuando se duchan los otros, sale y se va a las zonas comunes del hotel en el que estemos. Si entrenamos en nuestro campo, o jugamos, se va directamente a su casa. No se quita ni las botas.

No es vida para él. Y nosotros nos sentimos incómodos por justo lo contrario a las razones de la gente del otro equipo. Hoy hemos jugado. Hemos ganado. Lo vamos a celebrar todos, menos Hugo. Ha fingido un no sé qué y se ha ido al hotel, que estaba cerca del campo. El entrenador ha preguntado por él y cuando le hemos dicho, ha suspirado. Mateo y Ibai se han mirado y han buscado mi mirada.

– Debes arreglarlo de una puta vez – me ha dicho Mateo.

– Debemos arreglarlo entre todos, es mejor – he replicado. – No sé por qué tengo que ser yo.

Se ha hecho el silencio en el vestuario. Peter ha tomado las riendas:

– Pues vamos, tienes razón. Vamos todos.

Se ha puesto en camino, decidido. Se había quitado la camiseta pero se la ha vuelto a poner. Mateo e Ibai se han mirado y se han encogido de hombros antes de salir también camino de la calle. El resto les ha seguido. Todos a una.

No hemos tardado nada en llegar al hotel y subir a su habitación, nuestra habitación. He abierto la puerta con mi tarjeta y allí lo hemos encontrado, mirando por la ventana. Se ha dado la vuelta, sorprendido. Ha puesto cara de susto y no me extraña. Hemos llegado todos en tromba, con prisas y con cara de importancia.

Ahora, Peter que lideraba, no sabe que hacer. Mateo e Ibai tampoco. Esta vez he tomado la iniciativa y me he desnudado. Carlos me ha seguido, con lo que le gusta exhibir su perfecto cuerpo. Es una broma, es cierto que es un poco exhibicionista, pero no en el mal sentido. Está bueno, la verdad. Muy bueno. Mejor cambio de tema.

El caso es que al cabo de un par de minutos ahí estábamos todos desnudos, delante de él.

– Míranos – le he dicho suavemente. – Con nosotros no tienes nada que temer. Te queremos.

– Tú sobre todo – ha bromeado Mateo, al que he atravesado con la mirada y ha murmurado un “perdón” bajando la vista.

– Es cierto, te queremos – le ha dicho Carlos que a parte de todo eso, se lleva muy bien con Nuño. – y lo sabes.

– Me da miedo – ha susurrado – Ya me ha pasado. Todos eran muy majos pero un día… ya he pasado por ello y no… no gustan los maricas en el fútbol. Hasta he pensado en dejarlo.

– Eso es una bobada – le ha espetado Ibai. – Aquí eso no pasa. Aquí si llega un Luis, le ponemos de patitas en la calle a él.

– ¿Lo sabéis? – parecía un cordero degollado. Hubiera jurado que casi se echa a llorar de la vergüenza. Pero Carlos estuvo de nuevo al quite.

– Claro que lo sabemos. Desde el primer día.

– Míranos, somos nosotros. No esa gentuza de tu anterior equipo. Y te necesitamos a tiempo completo. En las duchas, en las celebraciones. Comiendo pizza. Tenemos dos botellas de cava malo para ducharnos con ellas en cuanto te decidas y te vengas con nosotros.

– Vamos – ha indicado Carlos – retomando la iniciativa. Hemos rodeado a Nuño y le hemos abrazado. Y hemos empezado a saltar todos juntos. Con nuestro grito en la victoria. Cada vez más apretados. Al principio se resistía, pero al poco, ya estaba integrado en el grupo.

Te juro que cuando lo he mirado mientras saltábamos, parecía 3 ó 4 años más joven. Es como si se le hubiera quitado un peso de encima. Le brillaba la mirada, hasta sonreía. Y también juraría que me ha dedicado una mirada especial. Si Carlos o Mateo la hubieran visto, seguro que me decían que tenía esperanzas, que me lanzara a declararme. Pero no me atrevo.

¿Y si volvemos al vestuario y nos ponemos a saltar allí, como se espera de nosotros y ponemos todo perdido de barro y cava malo? Y además tenemos que mantear al entrenador…

Nos volvimos a vestir a toda prisa y salimos del hotel. El conserje nos miró con cara de pocos amigos. Seguro que estaba contando las horas que nos quedaba de estancia. Pues se iba a joder, porque hasta la mañana siguiente, no volvíamos. No me extraña que nos mirara porque íbamos con unas pintas… al volvernos a vestir cogimos la ropa que primero pillamos, y alguno le sobraba pantalón, a otros le faltaba camiseta, y otros íbamos descalzos, porque no éramos capaces de meternos las botas que habíamos pillado.

Esa noche íbamos a cenar todos juntos, con la directiva y tal se habían estirado y nos convidaban a un restaurante bien. No sería tan bien, pero al menos cambiábamos la pizza por un día. Y muchos de nuestros padres estaban por ahí. Los de Nuño también, y era raro, tampoco solían prodigarse por los entrenamientos ni por los partidos. Menos todavía los viajes.

Llegamos a los vestuarios. Allí estaban esperando las botellas de cava malo para ducharnos con ellas. Eramos primeros en la liga, y eso bien merecía una ducha pegajosa y luego, una ducha liberadora con agua y jabón. Todos juntos.

Míralo. Mira a Nuño. No le he visto tan contento desde que lo conozco. Desde el otro lado del vestuario, se me ha quedado mirando un instante. Ha sido solo un momento, pero he creído ver que me decía muchas cosas… gracias sobre todo. Y que lo nuestro, de momento no va a poder ser. Eso también me lo ha dicho.

Debe pensar que una cosa es que no importe que sea gay, y otra mantener un romance con otro miembro del equipo. No le atraigo lo suficiente como para correr ese riesgo. Eso lo digo yo. Y me duele, pero me parece bien. Al menos tengo la compensación de verlo contento, relajado. Y seguro que en el próximo partido, lo va a hacer todavía mejor.

Quizás en un futuro la cosa cambie y lo nuestro pueda ser. Esto lo digo yo, para animarme. Aunque tendré que buscarme otro amor, me temo.

Pero yo contento. Por Nuño.

No me dejó salir de casa.

Quise bajar, salir a la calle, nadar en la muchedumbre que se pelea por felicitar la Navidad más alto que el de al lado. De beber y brindar con cava, cerveza o con lo que se terciara, por lo buena que es la gente, por la Navidad, porque el niño Dios nació en Belén hace un par de miles de años; brindar porque el año pasado fue un año desastroso, horrendo, con mucha gente pasándolo mal, y con mucha muerte alrededor, y este nuevo año que llegará en unos días, a poco debe ser un año cojonudo en comparación.

Lo quise hacer con un gorro de Papá Noel, o de Santa Claus, aunque creo que me quedaría mejor el turbante del Rey Mago. En realidad no me queda bien ninguno de ellos, pero es Navidad.

Quise besar y felicitar a todos los desconocidos que me encontrara en la calle, y a todos los conocidos también, sin rencor ¿eh? Es Navidad. Quise… quise bajar a la calle y nadar en la muchedumbre, dejarme llevar, sonreír… pelearme por felicitar la Navidad más alto que el de al lado… y con más efusividad y con más originalidad.. dar más besos que nadie, más apretones de mano, más abrazos de los de palmadas en la espalda… decir más “a ver si nos vemos más a menudo” a los conocidos que solo encuentras el día de Nochebuena por la tarde… “nos llamamos ¿Eh?” y hacemos el gesto con la mano que imita a un teléfono después de despedirnos efusivamente, como si de verdad tuviéramos intención de llamarnos, u un mínimo interés en contarnos algo.

Quise hacerlo, quise socializar con el mundo, o al menos con la ciudad en la que vivo, con sus gentes, mis vecinos y/o amigos.

Pero él no me dejó.

No, no me dejó.

Él me observaba desde el sofá mientras yo me preparaba. Él estaba tumbado tapado solo con una pequeña manta de viaje que apenas le cubría las piernas. Me miró con esa cara del niño que cuentan, él mismo cuenta, que se perdió hace ya muchos años, pero que yo sigo viendo en sus ojos, en su mueca de pillastre, en su sonrisa iluminada por la ilusión y en las ganas de luchar, pero sobre todo por esas ganas de amar que tiene.

Miré esos ojos marrones, miré su barba de unos días… y me quité la ropa de nuevo y me acurruqué junto a él, en el sofá.

Apenas cabíamos los dos… nos apretujamos el uno junto al otro… nos tapamos con la mantita… un poco pequeña, sí. Un suave beso en los labios. Dos. Tres.

Mi corazón latía contento, y notaba como él palpitaba de felicidad. Notaba su respiración en mi pecho. Cerré los ojos y sentí la felicidad.

Casi anochecía cuando él se levantó. Lo seguí con la mirada mientras iba a la cocina y traía unos platos de canapés, un poco de queso y un par de copas de las altas. Le vi caminar desnudo con la botella de cava que acababa de sacar de la nevera. Me miró de esa forma en que me mira, con ese niño asomando… ese niño qué él dice que hace tiempo que dejó en la carretera… aunque yo lo sigo viendo en sus hoyuelos, cuando sonríe. Me sonrió… y yo sonreí… esos hoyuelos. ¡Qué felicidad! La sentí dentro de mí… y casi no la pude soportar.

Me acurruqué contra el respaldo del sofá para que él pudiera sentarse a mi lado. Me acercó la copa, me incorporé un poco… abrió la botella… ¡bum! El corcho salió disparado hacia el techo. Casi se escapa el cava, pero acercó la botella a su boca y bebió las burbujas que salían… aunque algo le mojó el estómago y las piernas… muy poco que yo me apresuré a recoger con mis dedos y repartirlo entre sus labios y los míos… como repartí una mirada boba que me salió… él llenó las dos copas, de las altas… nos gustan más… levantó su copa mirándome… mirándome a los ojos, mirándome dentro… yo levanté la mía… mirando a sus ojos, mirando dentro… viendo al chico de apenas 18 años que escondía ese cuerpo de casi 60 y con el que llevo casi 30 años. 30 años.

– Por ti – dijo.

– Por ti – dije.

– Te quiero – dijo.

– Te amo – dije.

Sonreímos y chocamos las copas.

Bebió un sorbo de cava. Y yo bebí el mío.

Me incorporé un poco más para acercarme a sus labios y los besé. Él se levantó de nuevo y encendió el tocadiscos, eligió un vinilo y lo puso: Edith Piaf – L’Hymne a l’amour

No eché de menos las felicitaciones en la calle, ni los gorros de Papá Noel de los demás… que yo seguía con el mío… ni eché de menos a los desconocidos, ni a los conocidos, ni el mercadillo, ni la pista de patinaje a la que íbamos a ir… un día hicimos planes… se me olvidó mi decisión de bajar a la calle, y de nadar entre la muchedumbre, de beber cava en los sitios de costumbre.

– Te amo – me dijo.

– Te quiero – dije.

Y bebimos otro sorbo de cava.

Nos sentamos en el sofá, arrebujados, y con la mantita. Bebíamos sorbos de cava, comíamos algunos canapés y emparedados.

– Feliz Nochebuena, amor – dijo.

– Feliz Navidad, cariño – dije.

Chocamos nuestras copas, nos miramos, sonreímos… y apuramos el cava.

Como un niño.

Emilio es un hombre serio, responsable. Por eso me gustó nada más lo conocí. Por eso lo perseguí hasta que me hizo caso. Todos me decían que me equivocaba, que no teníamos nada en común, que era mayor para mí. Pero yo insistí. Ese porte serio, su mirada inteligente. Su forma de preocuparse por mí sin parecer que lo hace, sin resultar pesado ni echártelo en cara a la menor ocasión.

Nos casamos cuando pudimos. Antes ya vivíamos juntos. Al principio tuve un poco de miedo por lo de la convivencia. Creía que a lo mejor, mis amigos tendrían algo de razón y que luego, a la hora de compartir vida, la cosa no serían tan sencilla. Sin problemas. Nos organizamos bien enseguida. La única sorpresa fue al acercarse la Navidad.

Ahí, la forma de ser de Emilio cambia radical. No es la misma persona. Y su Navidad empieza pronto, en octubre, el 1 en concreto: comienza el montaje de su Nacimiento. Un Nacimiento que ocupa la galería y parte del salón.

El primer año, me quedé ojiplático. Volví del trabajo y me lo encontré rodeado de cajas. Me sorprendió porque él suele llegar más tarde que yo, pero ese día no. Y los que siguieron tampoco. Pregunté sorprendido y él me contó pormenorizadamente lo que iba a hacer mientras me enseñaba figuras, casas, molinos, montañas… todo estaba en esas cajas, cuidadosamente guardado. No le había visto esa luz especial en sus ojos hasta aquel momento. Parecía otro hombre. Puso tanta emoción que me contagió y me ofrecí a ayudarlo. Entonces volvió a ponerse serio, y me dijo:

– Es algo que debo hacer solo.

Al principio me molestó. Compartíamos muchas actividades, aunque tenemos una parcela en la que cada uno sigue su vida aparte. Pero eso me pareció en aquel momento una buena cosa para acercarnos todavía más. Me dolió, pero al final me conformé. Era emocionante verlo construir poco a poco, con todo el cuidado del mundo el nacimiento. Yo lo miraba mientras hacía que leía. y lo sigo haciendo casa año. Es ya parte de nuestras tradiciones.

El día que lo acabó, me esperaba con una botella de cava y me invitó a brindar con él. Me enseñó todo con detalle. Era conmovedor sentir la pasión que ponía al hacerlo. Al final lo abracé y le di un suave beso en los labios. Al principio se quedó un poco parado, como sorprendido. Pero le gustó y me devolvió el beso, suave, en los labios y me abrazó él. A partir de ese año, eso forma parte de la parafernalia. El brindis, el abrazo, el beso. Y te juro que espero ese momento con ansia. Cada año. Y yo creo que él también.

Creí que una vez acabado el Belén, volvería todo a la normalidad. Pero no era así. Cada día dedicaba no menos de una hora a cambiar las figuras de sitio, las luces, los reyes magos avanzaban camino del portal. Ese rato, Emilio no existe. Me recuerda a mi sobrina de 5 años y el belén en casa su abuelo: es su juguete preferido, para desesperación de mi madre, que debe recoger el musgo por toda la casa.

Esos tres meses de Navidad, Emilio parlotea sin descanso, habla como si tuviera 10 años. Habla de regalos, de la magia, del amor. Me escribe una carta a los reyes magos, porque dice que yo soy su rey. La primera vez me derretí de placer. El caso es que todos los años, cuando me despierto y tengo en la mesilla su carta, me siento como el hombre más feliz de la tierra. Pensé en escribir yo otra carta, pero intuí que no era apropiado. Que eso rompería de alguna forma “su magia”.

La noche de Reyes, coloca las figuras de los reyes al lado del nacimiento. En un rincón, deja unas galletas para los reyes magos, una botella de cava en una cubitera; y tres copas. Me mira con los ojos muy abiertos y me dice que se va a la cama.

Espero a notar sus ronquidos y preparo todos los regalos al pie del belén. Todos bien envueltos con papel de colores. Abro la botella de cava y lleno las tres copas. Me como tres galletas y bebo de esas tres copas. Pongo unas luces de colores rodeando los regalos y las dejo encendidas. Y me voy a la cama, junto a él. Lo abrazo por detrás y dormimos hasta la mañana siguiente.

El día de reyes se despierta pronto. Me zarandea para espabilarme y tira de mí hacia el salón. Como un niño. Verle abrir cada regalo y ver su cara de asombro me emociona. Ahora mismo tengo la lágrima a punto. Lo que me sorprende cada año y no sé como lo hace, es que al lado de sus regalos, están los míos. Perfectamente envueltos. Cada noche de reyes duermo abrazado a él. Y cada mañana de reyes, me encuentro mis regalos junto a los suyos. Y faltan tres galletas más y la botella de cava está vacía. Seguro que mi mirada de asombro y gozo no tiene nada que envidiar a la suya. Ni mi felicidad. Algún año me he planteado quedarme a dormir en el salón, para pillarlo. Pero me arrepiento enseguida. Es mejor seguir con el misterio. A lo mejor, mi marido es uno de los Reyes Magos. Al menos el mío sí lo es.