¿Me esperarás? (2ª parte)

“Te esperaré”.

Un mes, nada.

Dos, nada.

Pregunté por el barrio, pero nadie parecía saber nada.

– Rodrigo, el del 6, – me dijo la del primero, que era la cotilla oficial del barrio.- Ni idea. Ya se quien dices, el hijo de Genoveva y de Pablo. Ese chico estaba un poco desmejorado últimamente. Ese yo creo que le da al orujo, fíjate lo que te digo. O a algo peor. Eso no había en mis tiempos.

El caso es que cada día que pasaba estaba más intrigado por Rodrigo y por ese mensaje críptico de: “¿Me esperarás?”.

Claro, no fue una espera de esas de novela, de esas de cada miembro de la pareja enclaustrado en sus habitaciones, solos, sin ver a nadie ni conocer a hombre o mujer.

Porque además. Esa espera ¿A qué se refería? ¿A echar otra siesta de una hora, él sobre mi regazo? ¿Que lo espere para llevar el coche a lavar? Bueno, en eso le he sido fiel. No he quitado ni una mota de polvo. Ni una miga de pan. Es más, he procurado que el polvo aumente y las migas de pan ocupan ya un lugar predominante en el asiento del copiloto.

Yo he tenido mis rollos. Pero rollos de nada, de una semana acaso. Que digo una semana, de un par de días, lo que pasa es que ese par de días fueron dos sábados seguidos.

Además. Pensaba yo. “Si ese chico es hetero, lo de la novia”. Y abundaba en el pensamiento: “Si hemos pasado juntos un par de horas y una de ellas ha sido dormidos, otra media hora haciendo la compra, y media más comiendo. A lo mejor fueron dos horas y media, y alargamos la media hora de la comida a un poco más. Si contamos el Mercadona y demás, otros veinte minutos.

Chico, pero el caso es que sí que se me apareció un ángel bajado del cielo en forma de hombre rubio, con una media melena de infarto, una sonrisa de las de “tierra trágame”, y un estilo de revista de moda. Tener una noche de sexo con él en su hotel fue algo inenarrable. Como folla el tío. Tuve la ocasión de… ocasión no, la sensación. Si fue una sensación de que aquello podía ir a más. Que solo con una palabra mía, aquello podía repetirse, consolidarse. Que a ese ángel bajado del cielo, que además se llamaba Ángel, estaba esperando una mueca por mi parte para besarme los pies el resto de nuestras vidas.

Pero chico, mi hombre de la siesta se apareció en mi imaginario, con sus pies desnudos, sentado en mi regazo, echando la siesta y preguntándome: ¿Me esperarás?

No hice esa mueca. Aunque hice trampas, porque le pedí su teléfono y le puse ojitos. Y entre las brumas del desayuno que nos llevaron a la habitación, los dos en bata, y esas cosas tan románticas, creo que le dije una frase del tipo: “ahora no es el momento, viejas historias no acabadas, pero quizás, dentro de un tiempo…”. Puse toda la carne en el asador, en mi tono insinuante, largamente ensayado en las noches de soledad e insomnio del invierno.

Seis meses y el Rodrigo ese, sin aparecer. Pensé en ir a comprarle las deportivas que le había prometido, por ver si así aparecía. A lo mejor, alguien en el lugar en donde se vigilan el cumplimiento de los destinos de la gente, le hicieran llegar el mensaje: “Jaime se está hartando”.

Miré mi cuenta corriente y vi que no tenía cash, así que pasé de las zapatillas. Y de renovar mi vestuario. Una lástima.

Tampoco me compré un par de libros que me apetecían. Las cosas no van bien en el trabajo. ¿Alguien sabe algo para mí? Algo relajado y que se cobre mucho. Ejem.

La señora del primero, aquella que os dije que estaba al corriente de todo lo que sucedía en la vecindad, me paró un día en la calle, dándole al tema mucho misterio. Miró alrededor, por si había alguien que pudiera escucharnos y me dijo bajo, muy bajo:

– Ese chico por el que preguntabas, lo vi ayer.

Me puse en guardia. Más en concreto, todos los pelos de mi cuerpo. Y otras cosas. El corazón me empezó a latir más deprisa, la emoción me embargó así de lleno, de repente.

– Bajó de uno de los coches que lleva. Ese chico cambia mucho de coche, no sé si te habías fijado.

Algo me había fijado, sí, pero no lo reconocí ante mi vecina del 1º. No quería parecer maleducado, pero al final la apremié para que siguiera.

– Se volvió a ir. Rápido. Tenía mala cara. Ha adelgazado mucho.

Ahora fue el estómago el que se dio la vuelta. ¿Mala cara? ¿Adelgazado mucho? Pero si ese chico no tenía de dónde adelgazarse… salvo que se hubiera comido los huesos…

Durante los siguientes días volví a indagar sin levantar la liebre. Me hice el encontradizo con los vecinos, me paraba a charlar con las mujeres al venir de la compra, a los hombres los asaltaba al salir a trabajar o al volver, corrillos en la calle, a pie de portal y a la salida del Mercadona, que estaba a unos minutos, pero que era un centro de reunión del barrio, que al fin y al cabo era el único supermercado cercano. Pero nadie sabía nada. El portero estaba de vacaciones, así que… volví a la rutina. Aunque la semilla de la intranquilidad había germinado en mi estómago.

Pero era todo un poco irracional. Porque no sabía nada de ese hombre. Solo su aspecto joven, que era hermoso a mis ojos, que me gustaba más allá de su físico sin poder definir las razones de todo eso. Esas escasas horas que pasamos juntos estuve a gusto con él… pero a parte de eso, no sabía nada. Si que al final me enteré de sus apellidos y de alguna aventurilla amorosa que había tenido, porque a alguna de sus novias se las había presentado a la vecina del primero, la cotilla.

Un día me dio por pensar que lo de “Esperarle”, era para lavar el coche.

Barajé la idea de llamar al rubio rutilante, al Ángel bajado del cielo. No me decidía. Pero mira, un día lo hice, con tan mala suerte de que estaba en Japón, abriendo una sucursal de su empresa. Quedamos que en cuando volviera en un par de meses, quedaríamos.

Otra vez esperar. Tócate los cataplines. En Japón además. Podía haber estado a orillas del río Misouri, que estaba más cerca. Australia está más lejos. No mucho, eso también es cierto.

Al menos me quedó la sensación de que al amigo Ángel deviajeporJapónlamadrequeloparió, le había agradado mi llamada.

Yo a mi curro sin glamour, a mi vida sin alma, a mi vida de espera. Toda la vida esperando, maldita sea.

Y aquí es cuando… apareció Pablito.

Joder con el Pablito. Lo del diminutivo es de coña marinera. El Pablito me saca dos cabezas de altura y medio metro de espalda. Lo de la espalda es un poco exagerado, pero es de espaldas anchas. Un tiarrón. Bonachón. Un amante pésimo, todo hay que decirlo, pero te juro que en la vida me he reído follando como con él.

Es adorable.

Y he de reconocer que las esperas que tenía pendientes de Rodrigo el misterioso y de Ángel deviajeporJapónlamadrequeloparió, dejaron de ser prioritarias para mí. Desde lo de Rodrigo, no hacían más que aparecerme hombres interesantes.

Y el tío bobo me dice que no soy su hombre. Que soy guay y demás, pero que él busca algo más… eterno. Sí, dijo eterno.

– ¿Matusalén? – pregunté con retintín y un poco de enfado.

Y él se rió. Me dijo que era muy gracioso y tal. Ja, ja, ja. Pero que no. Ja, ja, ja. Que además llevaba tiempo tonteando con otro hombre que le hacía más gracia.

Ja, ja, ja,

Bueno. ¿Que le hacia más gracia? No podía ser. NO debió puntuar el chiste de Matusalén.

Dos “espérames” y un “vete a tomar gárgaras al Himayala”.

Que triste es mi vida. Antes de Rodrigo y el Mercadona y el año nuevo, no tenía a nadie y estaba más tranquilo emocionalmente. Pero siempre pensando en positivo, creí que eso era que iba a encontrar al hombre de mi vida a la voz de ya.

Así que a esperar.

Sin lavar el coche, por si las moscas.

Las deportivas nada, que ni siquiera sabía su talla. Y yo seguía arruinado, con mas mismas malas perspectivas en el trabajo. Si alguien sabe de algo para mí… (creo que eso ya lo he dicho antes).

Aprendiendo por si acaso de la cultura japonesa. No fuera a ser que el Ángel de los cojones dijera: ven. Y yo lo dejaría todo y me iría al Japón para ser un mantenido.

¿Lo dejaría todo?

Ahora es cuando me detuve a reflexionar con meticulosidad. ¿De verdad lo hubiera dejado todo? Seamos un poco serios al respecto. Al Ángel de Japón, solo lo conocía de un fin de semana de sexo intenso y de otras cosas, es cierto. Pero dos días.

A Rodrigo “espérame que soy misterioso”, solo lo conocía de una siesta y de cruzarnos durante años en el barrio. Es verdad que conecté con ambos como no lo he hecho con nadie. Pero… eso no es suficiente como para dejarlo todo e irte tras sus pasos.

Otros dos meses de tristeza. Ya no esperaba. Al menos no esperaba a esos tipos. En realidad me sumí en un proceso autodestructivo. No me afeitaba, no salía de copas ni salía con los amigos. El trabajo me hastiaba, estuve a punto de dejarlo. Lo único que me retuvo es un hilo de cordura que me decía que no tenía dónde caerme muerto.

Sí, es verdad. Estaréis pensando que esto tiene un final feliz. Mi vecina la enterada, me dio la noticia:

– Ese chico ha vuelto de verdad.

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¿Me esperarás? (1ª parte)

Hacía siglos que no lo veía.

Me lo encontré en el Mercadona, cogiendo unas salchichas. Que poco glamuroso, lo sé. Y no le vi, me vio él.

Hola, hola.

Nos miramos un instante. Sonreí y me sonrió. Se giró y fue cuando cogió las salchichas.

Lo observé mientras miraba los quesos untables. Más bien le radiografié. Es que es un hombre francamente atractivo. Siempre me ha gustado, vaya. Aunque ese día en concreto no me agradaban sus deportivas rojas. Y no llevaba calcetines, con el frío que hacía. Por sacarle alguna pega. Me dio en la nariz que había salido de casa a comprar cuatro cosas y se puso lo que más cerca tenía. Ahora que lo pienso, tampoco me gustaba el pantalón que llevaba.

– Feliz año, por cierto. – No se me ocurrió otra cosa, aunque ya había pasado un tiempo desde Nochevieja. Un tiempo largo, más bien. Pero se me escapaba sin haber sabido cruzar con él apenas un escueto: “Hola”.

Se giró de nuevo. Sonrió. Le tendí la mano y me la estrechó. La retuve entre la mía unos instantes. Si me hubiera atrevido le hubiera rozado con el pulgar suavemente… no me atreví.

Nos miramos mientras duró el apretón. Una mirada normal, no nos imaginemos cosas de esas de películas. Qué más hubiera querido yo.

– Estás haciendo compras de hombre solo que no tienen nada para comer en casa. Si quieres ven a la mía y apañamos algo para los dos y nos hacemos compañía.

Se me ocurrió así, de repente. Lo que había dicho era una tontería, pero… es cierto, me pareció una compra de “vamos a improvisar algo de comer, que no tengo nada en la nevera”. Eran las tres de la tarde. Y todo era una tontería, porque… si es que apenas nos habíamos cruzado cuatro palabras. Vernos, mucho, en el portal, en el garaje. Y yo tampoco tenía nada del otro mundo para comer. Y todavía tenía menos ganas de preparar nada.

– No estaría mal.

Iba a decir que era una tontería porque nunca pensé que me fuera a decir que sí. No dijo que sí, dijo que no estaría mal.

– Pues acabemos de comprar juntos. Te veo mucho pero no sé como te llamas.

– Rodrigo.

Y empezamos a hablar.

Me contó que efectivamente estaba solo en casa, que se pasaba así muchas temporadas. Sus padres trabajaban lejos, no tenía hermanos ni parejas ni nada. Acabó mal con su novia hacía unos meses. Todo esto me lo contó en el Mercadona. En dónde el pescado, en frente de los yogures, con los plátanos y las lechugas.

Lo de la novia me fastidió un poco, aunque me lo imaginaba.

Se empeñó en pagar la compra.

– Ya que me invitas a comer…

No discutí. Me conformé con mirarlo y sonreír como un tonto.

Me resultó agradable su charla. Es un forofo de los coches. Se ofreció a llevar el mío a lavar el día que me viniera bien.

– Lo tienes un poco guarro.

Arrugué la nariz. A ver lo que decía de la casa, toda desordenada, como la de alguien que vive solo y que hace siglos que no tiene visitas. Pero no dijo nada. Me disculpé por anticipado.

– La mía está peor.

Ya tenía preparado el primero, así que me puse a freír unos filetes que había cogido en el Mercadona. Él se puso el delantal y empezó a pelar unas patatas.

– Me encantan las patatas fritas.

Pues mira, patatas fritas. Me gustan pero no me las hago nunca por el tiempo y por vagancia.

Va, fue bonito. Hacía tanto tiempo que no estaba en la cocina con nadie… me apoyé varias veces en él, cruzándome, o envolviendo su cuerpo por detrás para coger la harina, que no necesitaba para nada, pero que me apetecía.

Releo esto y reconozco que se me ha ido la olla. Lo de la harina y los frotamientos o roces. Alguno habría, pero no fueron nada sexual. Ni sensual. Nada de nada. Puedo decir que no le molestaba que estuviera a su lado, que lo rozara incluso. Pero nada más.

La charla decayó, más que nada porque a él se le acabó la cuerda y yo estaba un poco fuera de juego. Debería haberme preparado para esa experiencia que estaba viviendo.

Luego vino un momento tenso. Bueno tenso, es una bobada. Pero yo suelo echar la siesta. En la butaca del salón, con los pies sobre otra butaca. Si no lo hago, me falta algo durante toda la tarde. Pero me daba corte. Y estuve ahí… indeciso. Pero él que parecía más lanzado, me dijo sin rodeos.

– ¿Te importa que eche la siesta?

– Ah, claro. Sin problemas. También suelo echarme una cabezada.

Se quitó las zapatillas, se tumbó en el sofá. Yo en mi posición en la butaca. Pero cosa curiosa, no me conseguí dormir. Seguramente por miedo a roncar y molestar a mi nuevo amigo.

– Él tampoco dormía.

De repente se levantó de un salto. Y se puso frente a mí. Yo me incorporé un poco, preocupado porque se iba a ir sin más, lo veía venir, pensando en algo para que se quedara.

– Tengo que probar algo, si no te importa.

Me encogí de hombros, pensando en unos segundos en docenas de posibilidades.

– Claro. Adelante.

Se acercó a mí, se puso de medio lado, y se sentó en mi regazo. Acomodó sus posaderas entre mi pierna y la butaca, de manera que no estuviera su peso sobre mí. Me rodeó el cuello con su brazo derecho, me dio un beso en la mejilla y cerró los ojos. Todo esto lo hizo de corrido, decidido. Como si lo hubiera ensayado o si lo hiciera todos los días.

Yo en cambio, estaba ojiplático. Con mis manos en alto, que no sabía donde apoyarlas. Al final rodee su cuerpo con una de ellas y dejé mi mano sobre su brazo, y la otra la apoyé en sus piernas. Aproveché para colocarlas bien, que parecía que se le iban a escurrir en cualquier momento.

Yo pensé que no iba a echar la siesta en esas circunstancias. Pero él, enseguida su respiración se relajó. Me gustó la sensación. Nunca me había visto en otra como esa. Mis parejas no se habían sentado sobre mí de esa forma, ni yo sobre ellas.

Y me dormí.

– Roncas – me dijo al despertar. Me miraba a los ojos y me sonreía. Había apoyado su cabeza en mi hombro.

– Siento…

– No, no, me gusta. He pensado siempre que si quieres a alguien, escucharlo roncar por la noche, te debe dar tranquilidad. De pequeño tenía miedos nocturnos. Solo podía dormir si escuchaba roncar a mi padre. Mi madre alucinaba, ella siempre ponía a parir a mi padre por eso. Pero a mí me daba tranquilidad.

– ¿Necesitas que alguien te de tranquilidad?

Me sonrió de manera embaucadora, pero no me respondió.

– Tengo que irme.

Se incorporó despacio. Se puso las zapatillas sin desanudarlas.

– Te voy a regalar unas, esas no me gustan – le dije.

No dijo nada.

Fue al baño y se echó un poco de pasta de dientes en el dedo y se lavó los dientes. Yo lo observaba en silencio, desde el pasillo.

– ¿Me esperarás?

Estaba frente a mí, yo apoyado en la pared, en el pasillo.

– ¿Esperarte?

– ¿Lo harás? – me apremió.

– Sí. – le contesté mecánicamente.

– ¿Sí, sí? O ¿Sí, me quito el muerto de encima?

– Sí, coño, te esperaré. Pero dime…

Pero dime nada, porque ya se había ido.

Estás conmigo.

Ahora mismo, si a Chus le hablan de orgullo, dignidad y eso conceptos tan grandilocuentes, se echaría a reír con ganas. De hecho, está en plena carcajada, al lado de la cama de su amante, desnudo, tirado en el suelo y con las sábanas y mantas sobre él. No entiende como se ha podido caer de la cama tan tontamente. Pero ahí está. Todavía no lo sabe, pero el vaso de agua que se llevó a la mesilla sobre un platito, que su amante es muy remilgado, está a punto de caer sobre su cabeza. Le queda nada, un pequeño movimiento del suelo con las risas del propio Chus, que su amante salga del baño (aunque conociéndolo todavía tardará como media hora) y abra la puerta con decisión, o que se cuele por la ventana una pequeña brizna de aire.

El vaso pende de un hilo, que diría aquél.

Y el hilo se rompió, porque Chus acabó riéndose otra vez a carcajadas (miró al espejo del armario y vio la pinta que tenía además, con su cara llena de carmín, que le gustaba a su amante el tema del carmín, espatarrado, con las mantas aquí y allá, y con su tripita, que no se había dado cuenta de que era cierto lo que le había dicho Carlos de la Cuesta Contigo, su remilgado amante: has engordado, cariño, pero me pones más así), el vaso se volcó derramándose sobre Chus y cayendo luego sobre su pecho, ya vacío. Todo esto volvió a provocar otra carcajada. Que cuando uno se siente ridículo es mejor reírse, sobre todo si no le ve nadie. Chus era incapaz de levantarse del suelo, lo que le hacía reír de nuevo. Un círculo vicioso que estaba consiguiendo que su miembro viril quisiera ponerse contento para unirse a la fiesta. Ponerse cachondo en esa situación era para echarse a reír. Una vez más.

El remilgado amante de Chus, salió del cuarto de baño, espantado de la algarabía que escuchaba en la habitación, con su camisa impoluta, su peinado perfecto, afeitado y con la boca sabiendo a clorofila.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó caminando hacia Chus, con una ligera sonrisa en su boca, que no dejaba de ser el asunto gracioso y la risa de Chus era contagiosa.

– No me puedo levantar, como la canción.

– ¿La canción?

– De Mecano. – Chus empezó a cantarla.

– ¡Ah! Esa.

– Carlitos, pareces un viejo.

– Y tú un crío.

– Lo que somos.

– No somos críos, tenemos veintitantos.

– Da igual. Somos unos críos. Aunque parezcas un viejo.

– Tengo muchas responsabilidades.

– Tienes un palo metido por el culo.

– No es cierto.

– Lo es. Déjate de cháchara y ayúdame a levantarme.

Carlos de la Cuesta se acercó a Chus decidido a solventar el tema, con tan mala suerte que no vio el vaso en el suelo y lo pisó, resbalándose. Intentó mantener el equilibrio agitando los brazos como si fueran aspas de molinos de viento en medio de un huracán. Lo más que consiguió es caer hacia delante en lugar de hacia atrás. Chus vio la jugada y se movió para ponerse en la trayectoria de su caída y amortiguarla.

– ¡Carajo! -exclamó fastidiado Carlos de la Cuesta– tendré que volver a arreglarme. (su camisa de lino se había humedecido con el agua del vaso y Chus, para fastidiarlo, había pasado su cara rasposa de barba de dos días y carmín de la última noche, por la suya, poniendo colorete en su rostro, estaba seguro de ello).

– Vayamos al Orgullo, Carlitos.

– Deja. No me van esas movidas.

– Subámonos en una carroza.

– Quita, quita.

– Follemos. Ahora. Por primera vez hoy.

Iba a decir que no tenía ganas, pero notó la mano de Chus sobre su miembro y supo que no podía disimular. Y notó el pene de su amante, que acababa de ponerse a tono. Sintió su piel mojada, el carmín en su cara, el gesto de pillo que le ponía… y sin más disquisiciones, se lanzó a besarle como un desesperado.

La camisa acabó en la manilla de la ventana, la corbata directamente sobre el cuello, hacia atrás. Los pantalones hasta hacía unos minutos, pulcramente planchados, estaban arrugados debajo de la cama.

Se abrazaron, dieron varias vueltas sobre sí mismos, besándose apasionadamente. Chus fue a despeinar a su amante, pero éste le detuvo la mano.

-No, que me ha costado…

El comienzo de un beso nuevo, calló las quejas de Carlos. Y Chus consiguió su propósito y lo despeinó completamente. Y a Carlos no le importó, un día es un día. Y dos, son dos.

El tiempo pasó como una exhalación. No dejaban de besarse, de tocarse, cambiaban de posición, jadeaban, reían. Se saboreaban.

De repente, Carlos escuchó en el carrillón del salón que daban las 12,30 h.

– Cáspita, no voy a llegar.

– ¿No puedes decir joder como todo el mundo?

– ¿Qué más da?

– Sácate el palo, joder.

– No seas grosero. No tengo un palo en mi culo, tengo… – se detuvo porque le daba corte decir en voz alta lo que tenía en su culo en lugar del palo. – Acabemos que tengo que…

– Ya se me ha cortado el rollo – exclamó un fastidiado Chus notando como su miembro viril se ponía flácido y salía de Carlos de la Cuesta Contigo.

Chus se puso a horcajadas sobre Carlos. Le agarró las manos y se las sujetó por encima de su cabeza.

– Estás ridículo con todo ese carmín – le dijo de repente Carlos, intentado inútilmente que le soltara.

– Pues bien que te pone caliente. Y tú eres ridículo a tiempo completo. ¿Me quieres?

– Qué pregunta más tonta. Sabes que sí.

– Dímelo.

– Ya lo sabes.

– Dímelo.

– Te… te… te… quiero.

– Vas a llamar a esos con los que has quedado y les vas a decir que te ha surgido algo y no vas a poder ir.

– Pero…

– Nos vamos a ir a la manifestación. A la fiesta. Te vas a poner algo de ropa informal, de la mía, que la tuya es toda de viejos. Con el pelo así, y sin ducharte, oliendo a sexo y sudor. Oliendo a mí. Yo iré oliendo a ti.

– No, eso no.

– Y vamos a pasar la tarde juntos, de la mano, como hacen los novios.

– Pero…

– Tú me quieres, yo te quiero. Así que somos novios – dijo muy serio y convencido Chus.

– No me gusta los…

– ¿Compromisos? Pues bien te comprometes para otras cosas.

– No es lo mismo. E iba a decir las etiquetas. No me gustan las etiquetas.

– Yo te miro con orgullo. Quiero que hagas lo mismo. Y quiero ir por la calle contigo. Quiero subirme a una carroza, bailar contigo, quiero besarte… quiero ponerme un cartel en el pecho: soy el novio de Carlos de la Cuesta Contigo.

– ¿Y tu carrera? Tu representante decía que…

– Que le den a todos. ¿Estás conmigo?

– Bueno… pensaba que no querías…

– ¿Estás conmigo, Carlos? O ésta será la última vez que veas estas lorzas que tanto te ponen…

– Pero…

– ¿Estás conmigo?

Se hizo el silencio.

Los dos sin moverse, respirando agitados, mirándose. Cada uno en su lucha.

– Te quiero – dijo de repente Carlos. Lo dijo decidido y sin trastabillarse.

Se besaron.

– Hago todo eso, incluido lo de novios. Pero a cambio te pido una cosa. Dos.

– Dispara.

– Te vienes a vivir conmigo y… – carraspeó – te casas conmigo.

Chus abrió la boca de la sorpresa. Soltó las manos de Carlos. Y se inclinó sobre él para besarlo.

– Hecho. Te quiero, bobo. Que les den a todos. Vamos a ser la pareja del año. ¡¡Ja!!

Chus se levantó del suelo y fue a buscar su móvil.

– ¿Qué vas a hacer?

– Voy a mandar a todos un wasap, para anunciar nuestra decisión.

Carlos de la Cuesta Contigo se movió insinuante en el suelo, sobre su ropa y las sábanas de su cama. Puso morritos. Chus lo miraba de reojo. Y puso el culo en pompa. Chus miraba de reojo. Dejó de escribir. Empezó a salivar. Carlos se hizo un ovillo en el suelo, pegando sus piernas a su pecho, a la vez que le lanzaba un beso.

Chus dejó el teléfono en la sifonier.

Carlos se volvió a estirar, tumbándose boca arriba, con su miembro apuntando al techo.

– La madre que te parió – exclamó Chus yendo hacia Carlos.- Carlitos, Carlitos, he despertado a la bestia. Me pones a 100.

– Aplácala, pues.

Dio los dos pasos que lo separaban se tumbó al lado de su amante y… se puso al tema.

– No se si llegaremos a la fiesta del Orgullo.

– ¡Joder!

Y no llegaron.

El himno del Orgullo: “A quién le importa”. Toma 2.

Este año han decidido convertir a “A quién le importa” como himno del Orgullo. En realidad bajo mi punto de vista, era ya un himno desde el mismo momento en que se compuso.

Como pasa en estas ocasiones, un montón de gente canta. Es bonito.

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La ventana abierta.

Aquel día creí haber cerrado la ventana. Estaba nublado y amenazaba tormenta. No me gustan las borrascas sobre todo si me encuentro en medio de ellas. La lluvia te empapa hasta el tuétano y los rayos te atraviesan arrasando tus entrañas. Los truenos te dejan sordo hasta para hablar contigo mismo con un mínimo de cordura.

Me quedé traspuesto leyendo alguna de las novelas de vida que tengo pendientes de acabar. Roto por dentro y por fuera, viviendo las vicisitudes de sus protagonistas. En ese mundo entre la ficción y la ensoñación me creí la estrella de la misma. Era tan real el sueño que estaba angustiado por las agonías del héroe, un hombre enamorado que no podía asumir el amor que le había tocado el corazón.

Una luz cegadora, sin duda por la caída de un rayo no lejos de mi hogar, seguido de un estruendo ensordecedor, me despertó. Entonces lo vi, sentado en el dintel de mi ventana, sonriéndome como nadie lo había hecho hasta entonces. Creí percibir sus labios pintados, carnosos, su melena rubia cayendo por sus hombros. Pensé que era la criatura más embriagadora que había conocido jamás. Alargué el brazo para rozar su piel, pero no la alcanzaba. Parecía que la distancia que nos separaba era algo insondable. Por mucho que me acercaba, esa criatura parecía guardar las distancias. Siempre con la ventana en medio. ¡Puta ventana!

Una diosa, pensé. Una diosa rodeada de una nebulosa iridiscente, inalcanzable para los simples mortales como yo.

Cerré los ojos pensando que al abrirlos, ese ser sin duda proveniente del Olimpo, desaparecería dejándome un vacío indecible.

Los abrí de nuevo y, como esperaba, dicho ser se había desvanecido.

Volví a cerrarlos y a abrirlos. Para mi sorpresa ahí estaba de nuevo.

Y esta vez me habló.

Cerré y abrí los ojos tantas veces como fue posible a lo largo de un tiempo que a mi me pareció una eternidad. Cada una de las veces hablábamos. Me tenía hechizado con la cadencia de su voz, con la fluidez de sus palabras, con su buen humor.

Caí rendido, enamorado. Prendado de una diosa.

Estaba tan seducido que el entendimiento se me nubló. Vivía para ella, por ella. No la veía con los ojos, solo la disfrutaba con el alma. Era lo que flechaba mi corazón.

Un día ocurrió lo inopinado: la tuve frente a mí, sin ventanas de por medio, sin neblinas ni nebulosas, sin halos que pudieran distorsionar su imagen. En carne mortal.

Quedé desconcertado, hundido más bien. Sus labios no estaban pintados, su melena era más corta de la que me había figurado por su reflejo. Su sonrisa seguía siendo maravillosa. Pero no era una Diosa, era un Dios. ¡Un Dios!

Mis entrañas se abrieron en canal. Cerré los ojos y mis manos querían arrancar la piel de mi rostro. La congoja invadió mi espíritu.

No podía ser. ¡Un hombre!

La tormenta estaba al acecho. Los rayos caían a mi alrededor afinando la puntaría para atravesarme y destruirme por dentro y por fuera.

Él me hablaba, Dios me hablaba. Sí, Dios, mi Dios, porque sin duda, aunque yo luchaba contra mis sentimientos, por inadecuados y perturbadores, sentía en algún lugar dentro de mí que era mi Dios, igual que durante un tiempo, a través de la ventana, pensé que era mi Diosa. Luché incansable durante otra eternidad contra él,contra mí, contra la tormenta y sus elementos.

Pero perdí.

Y mi derrota a la vez, fue mi triunfo.

Sin poder evitarlo, el rechazo, los cantos escuchados durante tanto tiempo advirtiéndome del pecado y de la perversión de la situación, fueron derrumbados por las trovas del amor, la comprensión y la tolerancia. El amor prevaleció sobre el odio.

La lucha fue encarnizada. No fue sencillo.

El día que conseguí romper las ligaduras de la aversión a la vida y al amor, adheridas a mi conciencia y abracé a mi Dios, alcancé el éxtasis, solo con el roce de su piel. Me maldije por haber perdido todos los días precedentes de mi vida. Maldije mis luchas internas contra mí mismo. Por un instante me imaginé que las voces que preconizaban el odio hubieran prevalecido en mí intelecto. Casi perezco de la ansiedad y la tristeza. Perderme la belleza del amor, derrotarme a mí mismo, hubiera sido como enterrarme en vida.

En cambio ahora, camino por la vereda de la vida de la mano de mi Dios, con orgullo, con pasión, lleno de vida. Ahora todo lo que veo, es de color. Lo que escucho, me suena a música celestial. Mi tacto se ha acostumbrado al terciopelo y a la seda. Y el gusto se ha enganchado al sabor de su boca, de sus ojos, de su piel.

Erradiqué las tormentas de mi vida. Los miedos. La tristeza, la soledad profunda. La vergüenza y el temor. Los abrazos, los besos, las caricias, las sonrisas tomaron su lugar. Y lo más importante: me encontré a mí mismo, que sin ser consciente de ello, había estado perdido en un bosque oscuro, lleno de alimañas y brujas malignas.