Cuento de Navidad

Capítulo 1:

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Tatachan… tatachan…

Otra canción navideña.

Eusebio conducía su coche por la c/Vitoria. Era tremendo el tráfico que había. Era Nochebuena. Unos comprando, otros yendo a tomar la enésima copa de cava con sus amigos, o con sus vecinos. Con los del equipo de fútbol, o con los de la peña. O con los de la academia de inglés.

Sigue la canción en la radio… la locutora se despide deseando bla, bla, bla… Otro programa empieza. El locutor se presenta. Tiene una voz sugerente. Pero, definitivamente, al cabo de cuatro minutos Eusebio llega a la conclusión de que es bobo.

Suena el móvil. Manos libres. La voz de su secretaria.

– Sr. Martínez, nos vamos ya. No se olvide llamar a su hermana. Volvió a llamar.

– Tranquila, Sra. De Pedro. No me olvidaré.

– Que pase una feliz noche…

– Sí, sí, pásenlo Vds. también estupendamente. Hasta el martes.

– Gracias Sr. Mar…

Y Eusebio le dio al botón de colgar antes de que su secretaria acabara. Feliz navidad… bla, bla, bla. Su hermana… bla, bla, bla.

Otra vez esa canción…

Eusebio la sigue tarareando. No le gusta… pero no puede evitarlo.

Al final consigue llegar a su casa. Mete el coche en el ascensor del garaje. Lo aparca. Coge la caja de una pizza del asiento de atrás, y va al ascensor.

Esto es lo malo de la Nochebuena. No puede ir a cenar a ningún sitio. Nada está abierto. No le gusta cocinar, así que, será la noche que peor cene del año. Otros años suele ir a comprar a una delicatessen… pero este año, ha decidido no hacerlo. Porque luego tendrá los platos sucios hasta el lunes que vuelva la asistenta. Y no soporta tener la cocina medio… y no soporta limpiar los platos… un pensamiento fugaz le hace pensar que es un bicho raro, amargado… pero lo desecha rápidamente. Lo único que le pasa es que no le gusta ser igual de imbécil que el resto de sus congéneres.

Llega a su piso.

Sale y gira hacia el lado de su puerta…

Se queda parado.

Mira encima del ascensor. El 6º. Es su piso.

Esos tres chicos… ¿Qué hacen delante de su puerta, sentados?

Coge el móvil para llamar a la policía. No tiene ganas de… espera un momento… uno de los chicos es Miguel… su chapero preferido… pero no le ha llamado hoy… coño, a lo mejor la semana pasada le dijo algo de pasar la Nochebuena juntos, con tarifa especial… y sin vestirse en toda la noche. Incluso le habló de ponerse unas ligas, o ir haciendo el perro toda la noche… con un plug metido en el culo haciendo de rabo perruno… era un semental el tal Miguel… le ponía a mil… Pero no recordaba haber quedado al final en nada. Además no le apetecía esa noche…  pero esos dos chicos, no sabía que pintaban ahí… ¿Serían compañeros de Miguel? No… son muy jóvenes… si uno es apenas un niño… No… por eso no pasa… nada de niños… no quiere problemas… no, no…

-¿Que haces tú aquí? – un tono de ligero y educado cabreo dejó bien claro que no estaba de humor para idioteces.

– Esto Eusebio, es que como el otro día habíamos hablado…

– Pero no quedamos en nada Miguel.

– Sí… ya sé, pero me ha surgido un problema y como dijo que no iba a ir a ningún sitio, que odiaba la Navidad y …

– Vete al grano Miguel.

– Son mis hermanos. Nos han echado por unos días de la habitación que ocupábamos, y no…

– No Miguel, estás confundiendo los términos. No.

– Ya, si no molestarán. Nosotros podemos jugar a esos juegos que se ocurrieron ese día, y alguno más si le apetece… Mis hermanos se meten en una de las habitaciones del otro lado… y no se enterará de que están. Lo hago gratis.

– No. Miguel, no me gusta mezclar las cosas. No.

Miguel se arrodilló delante de Eusebio, con los dedos entrecruzados… como rezando a un Dios inmisericorde y vengativo. Sus hermanos le miraban descorazonados. Raúl de 15 años, tenía una expresión de rabia en la mirada. De desprecio hacia su hermano. David, de 7 años, estaba a punto de llorar. Su hermano mayor, su ídolo, estaba arrodillado delante de un señor. Y sabía que su hermano estaba descorazonado…

Sin pensarlo David corrió la poca distancia que le separaba de su hermano, y le rodeo su cuello con sus brazos. “Déjalo, Migue, vámonos”.

– Haz caso a tu hermano y lárgate.

Eusebio había escuchado lo que David le decía a su hermano, aunque este lo había dicho muy bajito.

– Estoy a punto de llamar a la policía.

Miguel se levantó despacio del suelo. Su hermano no se soltaba del cuello. Así que lo rodeó con sus brazos a la altura de su cintura. David le rodeó con sus piernas también. Y hundió su cabeza en su cuello. Raúl miraba a Eusebio con cara de desprecio… por haber obligado de alguna forma a su hermano a perder la dignidad.

– A lo mejor Miguel es que ya no quiere que se la comas. A lo mejor prefiere que se la coma yo. Si quiere se lo hago. Por dos noches de alojamiento.

– Raúl cállate.

– No, deja. No vas a ser tú siempre el que se sacrifica. Yo se la como. Lo hago muy bien.

– Raúl, no digas bobadas. No has comido una polla en tu vida. No eres gay.

– Más morbo para el gilipollas este.

– Te doy una hostia encima.

Eusebio levantó su mano, haciendo el movimiento…

– Si la tiene dura… Miguel, tu cliente la tiene dura… le pone la idea de que se la chupe… tengo 15 añitos… mira, mira… y movió su lengua descaradamente…

– Iros.

– A lo mejor quiere que se la chupe David.

– Raúl, vámonos.

Raúl se quedó unos segundos mirando fijamente a  Eusebio. Éste le mantenía la mirada sin dejar de mostrar esa pose altanera de la que hacía gala siempre que no estaba seguro de controlar la situación. Miguel que había caminado con David en brazos hasta el ascensor, volvió sobre sus pasos. Con uno de sus brazos rodeó la espalda de Raúl y lo atrajo a su pecho. Le dio un beso en la frente… y se lo llevó hacia la salida.

– ¿Y este es el hombre que te gustaba? Valiente gilipollas. A éste si no pagara, seguro que no le saludaba ni el cura. Tienes el gusto en le culo.

– Anda que tú… la Verónica esa… mira que es fea y tonta.

– ¿Fea y tonta? Que sabrás tú si eres marica…

Llegó el ascensor…

– Tengo pis, tato…

– Espera que llegamos a la calle.

– Tengo caca…

– David, aguanta…

– A lo mejor el señor ese me dejaría…

– Huy, por favor, que dices… el estirado ese… valiente soplagaitas… me da pena el tío… debe sentirse más solo… me da pena el tío…

– ¿Qué te doy pena? Imbécil. Tú si que me das pena. Ofreciéndote a chupar pollas por un cuarto unos días, sin ni siquiera gustarte las pollas. Tú si que eres patético. Sin un techo dónde dormir, ni nada que llevarte a la boca esta noche.

– Pues anda que esa pizza asquerosa que lleva ahí… eso si que es una cena de nochebuena. El exquisito este…

– Es cierto, tómala si quieres. – y Eusebio tiró la caja de la pizza al suelo – Cógela así te vas acostumbrando a poner el culo en pompa, para cuando ofrezcas…

– Ya vale, Eusebio. Está claro que me he equivocado con Vd. yo creía que era buena gente. Mi hermano tiene razón, soy un poco gilipollas. Pillarme de Vd. pensar que era buena gente, sola, e incomprendida. Pero veo que los incomprendidos seguramente sean los demás. Raúl coge la pizza. Será una estupenda cena de Nochebuena. No estamos para orgullos.

– Además es barbacoa, la que le gusta a David.

– Guay… – dijo David levantando de un golpe la cabeza.

– Quédese con su dinero y con todo lo demás. Y con las 7 habitaciones de invitados que tiene. Nosotros nos vamos, posiblemente a algún local vacío. Y yo chupo pollas por dinero. Y pongo el culo por dinero. Y paso un rato con tipos con Vd. por dinero. Yo tengo dos motivos para hacerlo. Mi hermano Raúl, y mi hermano David. ¿Vd. sabe lo que es sentirse querido por ellos? Eso me empuja a hacer cualquier cosa por ellos. Hasta arrastrarme hasta aquí para que alguien como Vd. me humille. Pero a mi hermano, no. Yo pongo el culo en pompa si hace falta. O me pongo medias de mujer, o ligas, o me meto el dildo que quiera por el culo… Pero mi hermano no.

– No gastes saliva, tato. Vámonos…

Se metieron en el ascensor… las puertas se cerraron.

Eusebio se quedó como hipnotizado mirando las puertas cerradas… escuchó un lejanísimo parloteo en el portal de los tres hermanos dirigiéndose a la puerta.

Sus vecinos de la letra E, salieron al rellano. Le miraban con cara de pena. Nunca le habían tragado… pero lo que habían visto y oído al intentar salir unos minutos antes… les había convencido de que ese hombre no era buena gente.

– Querido – dijo la señora a su marido – tenías razón, esta casa está llena de pobres… Vamos a ver si encontramos a esos chicos, y se nos pega algo.

– Vamos, Teresa.

Eusebio les miró de medio lado. Seguía con esa pose altanera. Despreciativa con todo y con todos.

Sonó su móvil.

Miró la pantalla. Su hermana.

– ¿Qué quieres?

– Hombre, al fin… Feli…

– ¿Quién te ha dado este número?

– A ti te lo voy a decir. Eusebio, escúchame. No sé ya como pedirte perdón.

– Ya estás perdonada. Feliz navidad. Adiós.

– Eusebio, no me cuelgues. Ven a cenar con nosotros.

– No.

– Eusebio, somos tu familia.

– Yo no tengo familia.

– Eusebio, no seas bobo. Ven, apenas conoces a tus sobrinos.

– No tengo sobrinos. Estoy muy bien como estoy.

– Eusebio, por favor…

– Que te vayas a tomar por el culo, imbécil. Que no quiero saber nada de ti ni de tu estúpido marido, ni de tus asquerosos hijos. Que me dejes en paz. Que…

Eusebio no pudo seguir hablando… tenía de repente mucho calor… su corazón parecía desbocado…

– Eusebio. Eusebio. ¡Contesta!

El móvil se le resbaló de la mano. Caminó hacia atrás poco a poco hasta llegar a la pared. Apoyando su espalda en ella, se dejó resbalar poco a poco hacia el suelo, mientras intentaba aflojarse la corbata., y desabrocharse el botón de arriba de la camisa.

– Eusebio…

¡¡Calla maldita puta!! Intentaba chillar Eusebio… pero no podía articular palabra… no podía respirar… o eso le parecía.

– Eusebio… me estás asustando…

– ¡¡Puta!! – no dejaba de repetir…

———

Capítulo 2:

La campanilla del ascensor sonó. Se abrieron las puertas.

– Se habrá caído por aquí, cuando te he cambiado de brazo.

– ¡Mira!

No, no, no era posible. No quería que le vieran en esa situación… relájate, pensaba… “Eusebio, contesta” “¡Puta!”, relájate Eusebio…

– Le habrá dado un ataque… llama a una ambulancia, Migue.

– Joder, no tengo saldo…

Raúl corrió hasta Eusebio. Se quitó su abrigo, lo dobló y lo puso debajo de su cabeza.

– Tranquilo… respira hondo… despacio… ¡¡Un médico!! Gritó…

– Eusebio, no me seas capullo. Soy tu hermana.

David cogió el móvil y lo apagó. Eusebio sonrió.

– Concéntrate en respirar… tranquilo, que no va  a pasar nada…

Un hombre subió las escaleras de dos en dos…

– Soy médico, aparta.

Le tomó el pulso…

– Respira despacio, no pasa nada – Raúl repetía una y otra vez…

El médico le tomó el pulso… le escuchó el corazón…

– ¿Le duele algo?

– No… solo de repente he sentido como una opresión en el pecho… me empecé a agobiar… o fue al revés, no recuerdo…

– Tranquilo… como dice mi ayudante, respira tranquilo y hondo… no pasa nada.

El médico miró a Raúl y le sonrió, mientras le pasaba la mano por su pelo, y le despeinaba.

Miguel se agachó y le cogió de la mano. Eusebio le miró, y por primera vez parecía agradecido. David estaba en segundo plano, pero sin dejar de tocar a su hermano…

– Será mejor que entre en su casa y se siente un rato tranquilo. Le convenía tener algo de compañía agradable. Que le distraiga, y le haga pensar en otras cosas. Yo creo que simplemente es un ataque de ansiedad, pero si se repite, convenía que fuera a su médico o que fuera a urgencias para que le miren a fondo.

– ¿Ya está Vd. mejor? – dijo Miguel.

– Sí gracias. Ya estoy mejor.

– Vámonos, Migue – dijo Raúl levantándose del suelo, y dirigiéndose de nuevo al ascensor.

– Sí, vámonos.

– No hemos encontrado tu móvil.

Eusebio se estaba levantando…

– Me parece que es éste.

Debajo de su cuerpo aparecían los restos de un móvil aplastado completamente.

– Vaya. Nos hemos quedado incomunicados… yo no tengo saldo…

– Llama desde el mío – le dijo Eusebio.

– No, bueno, ya nos arreglaremos. Debemos irnos, chicos.

– Sí, vámonos.

Los tres se volvieron hacia el ascensor.

– Yo también me bajo a mi casa. Si necesita algo, llámeme.

– Sí gracias.

– ¿No os quedáis a tomar algo? – dijo al final Eusebio, mientras abría la puerta.

Miguel se volvió.

– No, D. Eusebio. No queremos molestar. Ni que se sienta obligado…

– No digas sandeces. No me siento obligado por nada. Ya deberías conocerme.

– Si se altera así, le va a dar otro panpuflio…

– ¿pan… qué?

– Bueno, que se va a sentir mal – era David quien se explicaba.

– Vale, pero deberías quedarte para vigilarme. Y que no me altere.

David miró a Miguel. Miguel miró a Raúl. Después miró a Eusebio mientras abría la puerta.

– Deja al menos que David vaya al servicio – apuntó resignado Raúl.

David no esperó que contestara su hermano. De repente se acordó que tenía pis, y tenia caca.

– No, no, por ahí no, a la izquierda, esa puerta sí… – indicó Miguel.

Raúl siguió a su hermano.

Miguel se quedó mirando a Eusebio.

– Debería pedirte perdón.

– No, no Eusebio. Soy yo. Me equivoqué con Vd.

– No me trates de Vd. Antes no lo hacías.

– Hoy has marcado territorios distintos a los de otros días. Será que si estoy en pelotas…

– Déjalo, Miguel. No te ensañes. Me he equivocado. No debería haberte dicho esas cosas. Estos días me ponen nervioso… y no he tenido oportunidad de tener “experiencias Navideñas”…

– No, déjalo tú. No me des explicaciones. No debería haber venido, ni siquiera debería haber pensado en que podría convencerte de que nos dejaras vivir en una habitación a los tres unos días.

– Podéis quedaros…

– No…

– Antes dijiste que no estabas en posición de ser orgulloso…

– Pero algo de eso también tengo… algo de orgullo. Y no quiero que vuelvas a decir esas cosas que le dijiste a mi hermano. Ya me desprecia bastante por lo que hago.

– Yo creo que te quiere…

– Sí Raúl me quiere, pero me desprecia.

– Le sacas adelante.

– Chupando pollas.

– Hay que ser valiente para hacer eso. No lo haría cualquiera.

– Pero es denigrante… Una vez me vio, arrodillado chupándosela a un cliente. No me di cuenta, hasta que se corrió por toda mi cara, y al girar la cabeza para que restregara su polla por la mejilla, le vi. Tenía la boca abierta. Vi el asco en su cara. Su hermano de rodillas, chupándosela a un viejo baboso.

– Yo también soy viejo…

– Es distinto. Eran distintas las circunstancias. Era una puta chapa sin glamour, de a 20 Euros, en una esquina. Chupa, chupa y ya. Una polla sucia, asquerosa, que no se la había lavado en semanas…

– Yo he visto en su mirada adoración.

– No… habrás interpretado mal…

– Pasa y quedaros hasta que podáis volver a vuestra casa… ¿qué pasó, por cierto?

– Es largo de contar…

David salió al final del servicio. Seguido entró Raúl. David le contaba con asombro a Miguel como era el servicio de Eusebio. Nunca había visto uno igual… ¡¡en toda su vida!! Hasta calentaba el sitio dónde se sentaba para hacer caca…

Raúl salió después. Se reía junto a su hermano de las cosas que tenía el servicio. Entraron de nuevo los dos para jugar con el chorro de la taza, o con el bidé. O para la ducha hidromasaje. Eusebio les dijo que se ducharan. En un segundo estaban los dos desnudos metidos en la ducha. Miguel les sacó unas toallas, y recogió del suelo la ropa de sus hermanos.

Luego, Miguel fue a la cocina. Abrió el frigorífico, y comprobó, que como siempre en esa casa, apenas había unas cervezas y unos bricks de leche.

– Habrá que ir de compras, no hay nada que cenar.

– Ya sabes que no cocino.

– No te preocupes, Raúl y yo nos encargamos de eso. ¡Chicos! A vestirse que tenemos que ir de compras.

Salieron los cuatro. Pasaron por una tienda de ropa. Eusebio les empujó adentro y les compró ropa nueva a los tres. Miguel no dejaba de protestar. Pero Raúl y David, parecían tan felices… probándose ropa y ropa, pantalones, camisetas, ropa interior, deportivas… la dependienta estaba en la gloria. Parecía que estaba echando cuentas de las comisiones que iba a cobrar por esta super compra. Eusebio pagó, y mandó que enviaran las cosas a su casa. Cuando la encargada puso pegas, por el día… cerró su mano sobre la de ella, dejando un billete en ella. Al verlo, la encargada puso los ojos en blanco y cesó en sus protestas. Ella misma se encargaría.

Fueron al supermercado. En un santiamén llenaron 1 carro. David volvió corriendo a la entrada a por otro carro. Debía preparar una cena aparente de Nochebuena. Y una comida para Navidad. Y de paso pensó Miguel, le llenarían la despensa y el frigo a Eusebio. Aunque se dejaría perder la comida, por no hacerla. Mientras llenaba una y otra bolsa de esas especiales que conservan los congelados, pensaba Miguel en cómo podría haber llegado Eusebio a esa antisocialidad. ¡Qué palabro, pensó! Y el caso es que había momentos en que era muy cariñoso… pero enseguida lo disimulaba, volviendo al sexo duro, bizarro.

– No cojas eso, David, por hoy ya vale.

– Anda, tato, déjame coger estas palomitas… por si ponemos una peli.

– David, no va a haber cine. Recuerda lo que…

– Déjale, hombre. ¿Qué peli quieres ver? – Era Eusebio que traía unas botellas de vino al carro.

– “Solo en casa”.

– ¿Otra vez? No, Miguel, yo no soporto ver esa peli otra vez. Enséñale a tu hermano que se han hecho más pelis… otra vez no… me niego.

– Calla bobo, no va a haber ninguna peli.

– ¿Es buena esa peli? – preguntó Eusebio.

– Es super guay – contestó sonriendo David.

– Super guay… pues sí que debe estar bien.

– No… me niego…

– ¿Tú que quieres ver Raúl?

– El Señor de los Anillos…

– Eso es un peñazo… jo… Migue, dile a Raúl que…

– Callaos los dos, vamos a acabar las compras. No hay cine, así que a callar. No podemos ver ni la una ni la otra. Y las palomitas, a la estantería.

Mientras Miguel colocaba otra vez las palomitas en la estantería, los tres se le quedaban mirando.

– Vamos, que estáis ahí los tres como pasmarotes.

Miguel se puso a empujar uno de los carros, dirigiéndose a la frutería. Raúl mientras en un movimiento rápido, volvió a coger las palomitas, y las colocó otra vez en el carro. Mientras lo hacía, se ponía el dedo en los labios, para pedir silencio, mirando a Eusebio y a David. Los dos le imitaron… pero cuando vieron que Miguel se volvía a mirarlos, se pusieron formales, y los tres echaron sus manos a la espalada.

– Al paso que vamos, cenaremos el año que viene. Raúl, mira que vas a necesitar para la guarnición de la ternera.

– Voy.

Acabaron las compras.

Mientras iban hacia la caja, empezó a sonar la canción… Eusebio se paró, y cogió del brazo a Miguel…

– Escucha Migue, esta canción me persigue todo el día…

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– Luego te pongo otra canción. Cuando lleguemos a casa.

– Que bonito ha quedado cuando has dicho “lleguemos a casa”.

– No Eusebio, es una forma de hablar, nada más. Nos quedaremos unos días y luego…

– Podéis quedaros hasta que…

– No. Eusebio. Hace un par de horas nos tiraste una pizza al suelo…

– Ya te he dicho…

– Ya, ya sé lo que me dijiste. Pero… no quiero que vuelvas a cambiar de opinión. Mis hermanos no son bolsas de viaje que se cogen y se trasladan…

– Miguel…

– Ya hablaremos, tranqui…

– Quedaros…

Miguel se dio la vuelta retomando el camino hacia la caja.

Llegaron otra vez a la casa.

Se encontraron otra vez con sus vecinos. La pareja se quedó asombrada del cambio que había dado la situación desde que habían salido. Eusebio al final hasta les invitó a cenar con ellos. El señor se quedó con la boca abierta, y la señora sin saber que responder. Al final quedaron en que pasarían luego un rato antes de cenar. El hombre miró a su mujer y dijo eso de “Es Navidad”. Su mujer se encogió de hombros, y e entraron en su casa.

Mientras Eusebio y David colocaban la compra en su sitio, Miguel y Raúl se pusieron a la tarea de hacer la cena.

Miguel encontró las palomitas para hacer en el micro, y se quedó mirando a su hermano, mientras golpeaba el suelo con uno de sus pies rítmicamente.  Raúl se dio la vuelta mientras silbaba una melodía sin nombre.

– Le has prometido a Eusebio que le ibas a poner no sé que canción…

Miguel fue un momento al salón, para poner la canción en el equipo.

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Prepararon unos canapés. Unos bocadillitos de ibéricos. Prepararon una gran ensalada. Pusieron los patés… tostaron pan… mientras la aleta rellena se iba haciendo en el horno. Con unas verduras de guarnición. Tomates, cebollas. Espárragos verdes. Hicieron puré de patata.

De postre, hicieron una tarta de queso. Desde que murieron sus padres, no la habían comido.

Llamaron a la puerta.

Fue Raúl a abrir.

–         ¿Y tú quien coño eres?

Raúl apenas tuvo tiempo de apartarse.

–         Eusebio. Esto no puede seguir así… ¿eh?

Matilde, la hermana de Eusebio se quedó con la boca abierta. En el sofá vio a su hermano jugando con una consola con un niño de no más de 8 años. Y reía.

–         Hola Mati. ¿Juegas?

Matilde abrió más la boca. Raúl atento a la jugada, fue a la cocina a por un vaso de agua.

–         Eres un cabr…

–         Beba un poco de agua, señora.

Matilde agarró el vaso de agua con las dos manos, y lo acabó de un trago.

–         Raúl, hombre, haber sacado a mi hermana un poco de cava.

–         No fastidies, si se lo hubiera bebido de un trago, como el agua, a lo mejor acabamos llamando otra vez al médico de abajo.

–         ¿Médico?

–         Sí, va, es que a Eusebio le dio un ataque de ansiedad. Alguien que le chillaba por teléfono le puso nervioso y…

–         Niño, era yo la que…

–         ¡Ah! Voy a preparar la cena… ejem.

Y Raúl se fue en un suspiro a la cocina.

–         David, vete un rato a la cocina a ayudar a tus hermanos a hacer la cena. Debo hablar con mi hermana.

–         Pero… ¡Ah, vale! Sobro.

Y David se fue refunfuñando pensando en que nunca iba a estar tan cerca de batir el record del juego…

–         Matilde, siéntate.

David, llegó a la cocina. Miguel cerró la puerta. Empezaban a escucharse unos gritos histéricos de la hermana de Eusebio. Y no quería escucharlos.

Se pararon un momento y vieron que habían hecho comida para un regimiento. Ojala al final pasaran los vecinos.

–         Se podría quedar la hermana de Eusebio, así…

–         Quita, quita. Se odian. Nos aguaría la cena…

–         ¿Os acordáis de papá y mamá? Ahora estaríamos cantando villancicos…

Raúl se dio cuenta que había metido la pata. Miguel se dio la vuelta… seguro que estaría llorando… Hacía ya casi dos años que murieron en aquel accidente. Raúl sabía que Miguel había tenido que hacerse el duro desde entonces. Pero en momentos como este, y ya habiendo bebido un poco de cava… se le caía la escafandra. Se acercó a él y le rodeó al cintura por detrás y puso su cara sobre su espalda.

–         Perdona Migue. Sabes… no te lo he dicho nunca, creo, pero… estoy orgulloso de ti. Te quiero como a nadie en este mundo.

–         Calla, bobo… vas a conseguir que no pare de llorar en toda la noche…

–         Yo también quiero abrazos – se quejó amargamente David.

–         Ven bobo, un abracito familiar.

–         ¡¡Agg!! Abracito. Odio esa forma de…

–         ¡Perdón!

Eusebio había entrado de improviso en la cocina. Delante venía su hermana.

–         Quiero presentaros a mi hermana Matilde. Éste es Miguel, mi prometido

Miguel levantó las cejas sorprendido. Iba a protestar, pero el gesto que puso Eusebio, le hizo desistir. Se secó la mano en el delantal, y se estiró hacia delante para estrechar la mano de Matilde.

–         ¿Estás chaveta? ¿Tú prometido?

–         Y estos son Raúl y David. Mis futuros cuñados.

–         ¿Y como se supone que conociste a tu prometido? ¿Has vuelto a la Universidad?

–         No, Miguel era mi chapero.

–         ¿Tú qué?

–         Mi puto.

–         Me estás tomando el pelo… eres un…

–         Se te hace tarde Matilde. Os esperamos a cenar entonces. ¿No querías cena familiar? Aquí estaremos.

–         ¿Un chapero?

–         ¡Qué bromista es este Eusebio! – al final Miguel tuvo que decir algo. No soportaba más la mirada inquisidora de la mujer.

–         No, Miguel, no la engañes. Me ha dicho que quería sinceridad.

–         ¡ Ah! – Miguel tenía la boca abierta, las cejas levantadas. Miraba a Eusebio para buscar ayuda… pero Eusebio estaba inexpresivo total.

–         Mi hermano es el mejor chapero del mundo.

–         ¡Calla David! – Y Raúl le dio un codazo.

–         Esto es… es… hermano esta vez te has pasado… Esto no va a quedar así.

–         Te espero a cenar. Si quieres que tu hijo mayor vaya a la Universidad de Navarra, con mi dinero, vendrás a cenar con mi futuro marido, y con mis cuñados.

–         Y con los vecinos. – apuntilló Raúl

–         Y con los vecinos.

–         ¿Y si llamamos al vecino de abajo, al doctor?

–         Me parece bien. ¿Bajas tú Miguel?

–         Voy.

–         Así acompañas al ascensor a mi hermana. Tendrá que empolvarse la nariz.

–         ¿Eh? Sí, bien… vamos señora.

–         Llámala Mati, va a ser tu cuñada.

–         Sí, bueno, otro día. Vamos, señora.

Matilde salió de la casa. No dijo ni adiós cuando llegó el ascensor. Miguel bajó al 5º. El doctor aceptó encantado la invitación. Antes de cerrar la puerta, preguntó si le habían dado a Eusebio alguna pócima… Miguel se dio la vuelta, ya iba de vuelta al piso de arriba,  y dijo eso de… ¡¡Es navidad!!

——–

Capítulo 3.

Se fueron a cambiar de ropa. Estrenaron algunas de las compras de la tarde. No dejaban de mirarse todos en cuantos espejos encontraban en su camino. Hacía tiempo que no habían podido estrenar ropa nueva.

Eusebio le agarró a Miguel por detrás, y le besó en el cuello. A Miguel le dio un calambre de placer que le recorrió todo el cuerpo.

–         Estás guapísimo, Migue.

–         Tú no estás mal tampoco…

–         Dejad de haceros arrumacos, que llaman a la puerta.

Llegaron los vecinos. La señora traía unas cosillas para añadir a la cena. Unas perdices escabechadas por ella, un Besugo recién sacado del horno, y unas trufas caseras. La pareja no dejaba de mirar con admiración el cambio que había dado en apenas unas horas su vecino. De estar lanzando espumarajos por la boca, a esas miradas de complicidad que echaba a Miguel a cada momento. Parecía que se había quitado 15 años de encima.

Llegó el doctor. Éste llevó un par de botellas de champán.

–         Fue un regalo de un paciente. Qué mejor momento que hoy para abrirlas.

Las abrieron inmediatamente. Y una botella de Casera de manzana para David. Raúl, haciendo un esfuerzo supino, acompañó a su hermano con La Casera manzana. Ya le hubiera gustado echarle un tiento al champán ese… ¡Qué guapo estaba su hermano mayor! Era la primera vez que le veía así de feliz, desde que murieron sus padres. De hecho, posiblemente mucho antes de eso.

Por fin llegaron el resto de los invitados. La hermana, su marido y sus hijos. Matildita, Julián y Ana.

Enseguida Raúl y David, se hicieron amigos de las pequeñas. Julián se le notaba que estaba a disgusto. Debía ser consciente que estaban allí para conseguir que su tío rico pagara la carrera que quería estudiar.

–         Hermanita, coge una copa.

–         Creo que no la conviene beber en su estado – dijo el doctor.

–         ¿Cómo…?

–         Hermanita ¿estás embarazada?

Su marido se quedó mirándola. No sabía nada. Los niños gritaron alborozados… ¡¡Un hermanito nuevo!! Matilde no sabía dónde meterse.

–         ¡¡Enhorabuena!!

Eusebio besó a su hermana. Abrazó a Juan, su cuñado.

–         ¡¡Qué callado lo tenías perillán!! – le dijo tirándole suavemente del papo.

–         Ya ves… en realidad me acabo de enterar…

–         Va, venga, no disimules.

–         Brindemos por el nuevo miembro de la familia.

–         ¡¡Por Oriol!! – Gritó David.

–         ¿Oriol?

–         Me gusta…

–         A mí también. Oriol, si es chico. – Juan aprovechó para marcar un tanto a su mujer. Con los otros, no pudo ni opinar sobre el nombre.

Se sentaron en la mesa baja a tomar unos aperitivos. Raúl y Miguel dieron los últimos toques. Julián se animó, y les ayudó. Los peques acabaron de poner la mesa.

–         ¡¡A cenar!!

–         ¡¡Biennnnnnnn!!!!

Se fueron sentando. Poco a poco todos se relajaron. Reían… hablaban… Eusebio se levantó y puso un poco de música navideña, muy bajita…

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Miguel se cruzó con él. Se quedaron mirándose unos segundos, y se dieron un beso en los labios. Sonrieron, y cada uno se fue a su sitio. Matilde se había relajado… Juan había dejado de lado la certeza de que el hijo de su mujer no era suyo… El doctor no echaba de menos a su mujer, de la que se había divorciado hacía unos meses. Teresa y Manolo, los vecinos, olvidaron que sus hijos estaban uno en  Cádiz y otro en NY, y no había podido venir a pasar estos días con ellos. David reía de esa forma que solo saben reír los niños,. Raúl no dejaba de mirar a su hermano mayor… estaba orgulloso de él… Y Eusebio… no recordaba ya como era apenas hacía unas horas…

El centro de la mesa se fue renovando…

Los platos se fueron vaciando…

Las copas se llenaban, se vaciaban, se volvían a llenar…

Los niños se fueron a otra habitación a jugar…

De vez en cuando se escuchaban carcajadas…

La cena había estado estupenda. Matilde no dejaba de elogiar a los cocineros…

–         ¿Ves Filomeno? Era posible este cambio…

–         Señor, es que era muy difícil…

–         Parece mentira que una eternidad haciendo de ángel de la guarda, en misiones navideñas, y no sepas de lo que es capaz la Navidad.

–         Señor, Esta misión ha sido la más difícil. El Eusebio éste parecía un caso perdido. Y la Matilde esa… y los pobres hermanos, tenían las cosas muy crudas. Miguel estaba pensando en…

–         En nada, Filomeno. En nada. Miguel hubiera sacado adelante a sus hermanos estupendamente. La vida, Filomeno, la vida. A veces las circunstancias nos cambian. Eusebio era un chico alegre y feliz. Los hermanos perdieron a sus padres en accidente, y su familia no quiso hacerse cargo.

–         Pero – interrumpió el ángel –  ¿Se casarán Miguel y Eusebio, Señor?

–         El tiempo lo dirá. Pero yo creo que sí.

–         ¿Y eso no irá en contra de Vd. y de su doctrina?

–         No has aprendido nada Filomeno. No va en contra de mí. Yo soy amor. Por encima de todo.

–         Pero la Iglesia…

–         La Iglesia no soy yo. Ni mucho menos yo soy la Iglesia o sus dirigentes.

–         ¡¡Ahhh!!

Filomeno parecía que lo había entendido, pero en realidad no se había enterado ni papa. Pero no quería que el Señor se volviera a enfadar con él.

–         ¿Y el hijo de Matilde?

–         Serán trillizos. Oriol, Diego y Sergio.

–         ¿Y el marido?

–         El marido ya ha decidido no callar. Y cuidarles como si fueran sus hijos. Los hijos no son un espermatozoide. Son algo mucho más. Y él ya les quiere como nadie les podrá querer.

–         ¡¡Ahh!!

–         Filomeno, no entiendes nada. Pero para eso está la fe.

–         ¡¡Ahhhhh!!

–         Solo recuerda que yo, soy Amor. Amor verdadero. Sobre todas las cosas.

–         ¿Y me quieres a mí también?

–         Sí Filomeno, y eso que a veces me lo pones difícil.

–         ¡¡Ahhhhhhh!!!

Filomeno y el Señor, miraron otra vez hacia la Tierra. Y vieron como Miguel se había quedado dormido sobre el hombro de Eusebio. Y David y Raúl pasaron de puntillas hacia su habitación… para no despertarle.

Eusebio casi ni respiraba. Solo miraba hacia el cielo. Y daba gracias a ese hombre que había visto en un momento, en la escalera, cuando hablaba con su hermana por teléfono, y que, no sabía muy bien por qué, intuía que  le había provocado ese ataque de ansiedad… Y Miguel soñaba en ese hombre de traje blanco que le había susurrado al oído que debía subir otra vez a buscar su teléfono… teléfono que no tenía conciencia de haber perdido en ningún momento…

Y Matilde, de vuelta en su casa, miraba por la ventana, con una copa de cava en la mano, aunque no le convenía, y pensaba en ese hombre de traje blanco que le había seducido hacía unas semanas… Que un observador imparcial hubiera dicho que era el mismo que le había soplado en la oreja a su marido en la casa de Eusebio… y que había conseguido que la furia que sentía en su interior en los últimos tiempos, desapareciera como por ensalmo. Y en ese momento decidió disfrutar de sus hijos por nacer,  como no lo había hecho de los anteriores.

Y Filomeno, se sentó en una nube a descansar, hasta que el Señor le encomendara otra misión en la tierra… pero aunque no entendía nada, estaba feliz… sip.

Porque es Navidad.

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2 pensamientos en “Cuento de Navidad

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