El escritor y los cuentos de Navidad.

 

Capítulo 1.

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Ernesto volvió a sentarse frente al ordenador. Estiró los dedos, los movió como si estuviera calentando antes de jugar el partidillo de los domingos y los puso sobre el teclado como si utilizara todos los dedos para escribir, aunque en realidad solo utilizaba dos. Pero escribía deprisa. O al menos lo hacía cuando tenía algo de qué escribir.

Hoy no era el caso.

Ni ayer.

Ni los últimos 15 días.

Se aproximaba la fecha en la que debía entregar al periódico los cuentos de Navidad que se había comprometido. 5 cuentos. No debían ser muy largos, quizás de 1.000 palabras. 1.500. Hasta ahora no llevaba ninguna. Bueno, siempre se pude contar con…

“Erase una vez en un pueblo muyyyyyyyyyyyy lejano…”

8 palabras.

Pero esas no cuentan.

Siempre había sido muy navideño. O muy ñoño, como le decía su amiga Esther. Ahora que debía serlo, que le pagaban por ello, no lograba sacar nada. Ni una sola letra.

– Joder, y me hace falta el dinero.

Se restregó el cabello y se levantó otra vez de la silla. Anduvo por casa sin rumbo. Pensó en salir a comer un bocata, o a dar un paseo, pero… no… eso supondría gastar algo del poco dinero que le quedaba. Ya no confiaba en cumplir el encargo… y supondría posiblemente que no volvería en horas, que se metería en un bar a tomar un whisky y luego otro… y otro… quizás encontrara un hombre al que conquistar… y al final le dolería la cabeza. Y no escribiría tampoco al día siguiente.

Sonó su teléfono: Roberto, su hermano. Hablaron. Se felicitaron las fiestas y por cumplir, le invitó a cenar el día de Nochebuena. Él se deshizo en agradecimiento, pero se excusó:

– Debo escribir ¿sabes?

– Germán es un capullo.

Se quedaron en silencio. Roberto sabía que eso no le gustaría a su hermano. Pero debía decírselo. A Ernesto le dolía, aunque sabía que en realidad Germán era un tío estupendo, al que había engañado varias veces y que hacía dos semanas se cansó, y se fue. Pero era duro reconocer en voz alta que la culpa no era de Germán, sino de él. Que su pareja hasta hacía unas semanas, era un hombre que le había perdonado muchas cosas. Muchas tonterías, desprecios… y que esa noche se cansó. Ernesto lo sabía, aunque delante de todo el mundo lo había puesto a caldo. Y se había arrogado el papel de víctima. Sabía que Germán no había hablado. Sabía por los amigos comunes que no había dado ninguna explicación, solo que “Se había acabado la magia”. Ernesto contestaba indefectiblemente: “Será hijo de la gran puta, que me ha dejado tirado como una puta colilla sin explicaciones…”

Tenían planes para estas Navidades. Iban a ir a una casa rural y pasar toda la semana en ella, los dos solos, con su música, con sus letras, amándose… riendo… ya tenía elegida una en Quintanilla del Agua que estaba muy bien, y no era cara.

Pero ya no iban a ir a ningún sitio, claro. Y el trabajo que Ernesto pensaba haber acabado hacía ya días, estaba aún por empezar. Y el alquiler de enero… ¿cómo lo pagaría? Quizás si le dieran esas clases… pero la crisis…

Al final se puso el abrigo, y salió a la calle. Lo hizo enfadado consigo mismo, con el mundo que era injusto con él, con él mismo porque era injusto con el mundo, otra vez con el mundo, y la vida, y su mierda de vida, y sus ganas de conquistar cada noche a uno… y su mala cabeza, y su cobardía…

Caminó deprisa. Hacía frío. Llegó en un santiamén a la casa de Germán. Se puso frente al portero automático y puso el dedo en el botón en el 5º C. Fue a apretar… pero se quedó de repente sin fuerzas.

– ¿Y por qué estoy aquí? ¿Qué pretendes Ernestito, majo? ¿Hacer el ridículo? Mejor me emborracho y que le den a todo por saco.

– Hola tío.

Se giró sobresaltado. Bajó la mirada y vio a Arturo, uno de los sobrinos de Germán. “El sobrino”. Era su preferido… aunque no de Germán… 14 años, divertido, inteligente… y cariñoso. Charlatán hasta decir basta… soñador y alegre, lleno de vida… quizás demasiado perfecto para su tío… en realidad a su tío no le gustaban los niños y no sabía tratarlos, ni siquiera lo intentaba. Y él tampoco les caía bien a ellos.

– Hola, me has asustado… – Ernesto se había llevado las manos al pecho pero enseguida volvió a su pose normal… y puso su mejor sonrisa.

– ¿Vienes a pasar las Navidades con nosotros? – parecía que había un pequeño tono de ilusión en su voz.

– Eh… bueno… – Ernesto borró su sonrisa

– Ya sé que os habéis enfadado… mi tío te echa de menos… – era una pequeña mentira, gran mentira, pero Arturo en ningún momento tuvo remordimientos. “Todo sea por conseguir un objetivo bueno… eso siempre valía una buena mentira.”

– Bueno… yo… – Ernesto estaba perdido, no sabía como salir del entuerto…

– Me gustaría que las pasaras con nosotros… a Irene le gustará, y a Tomás. Te echan de menos.

– Habéis venido todos…

– Mamá está de viaje, por lo del trabajo y eso. Tres meses. O cuatro. ¿No te acuerdas?

Lo dijo bajando la cabeza. Quería evitar que se escapara una lágrima… debía hacerse el fuerte. Era el mayor, y sus hermanos debían tomar de él la fuerza que a ellos les faltaba por sus años… Su madre cada vez viajaba más… se solían quedar con ellos, pero ahora, claro, se habían quedado con su tío. Su tío el que no era especialmente niñero.

– No te acuerdas – Arturo no dejaba de mirarlo.

Ernesto se quedó callado, sin saber que decir. No esperaba todas esas noticias… ni el encuentro con Arturo, ni… luchaba dentro de él porque en los años que había estado con Germán, había cogido cariño a sus sobrinos… de hecho los consideraba de alguna forma como suyos también, y… no esperaba… él lo debía haber sabido, porque la hermana de Germán preparaba las cosas con tiempo… pero… es que estaba confundido, porque… todo lo colateral… todo lo que rodeaba su vida de pareja había desaparecido de su cabeza. Se había centrado únicamente en él, en su rabia por ser como era, y en su mayor rabia porque Germán se había cansado de hacerse el bobo con sus infidelidades y sus mentiras. Pero todo lo demás… sus sobrinos, su hermana, sus amigos… todo había desaparecido de su cabeza, de sus prioridades… y antes estaban.

¿Cuando pasó esto? ¿Cuándo se olvidó de los demás?

Quizás cuando ganó ese premio literario. Fueron 20.000 € y un reconocimiento nacional. Entrevistas, televisión, otro libro… más presentaciones, radio… páginas en las revistas y los periódicos… la gente lo saludaba por la calle y le pedía que le firmara su libro, o los calzoncillos…

Se volvió loco. Perdió el suelo… Germán lo intentó, los niños lo intentaron… sus propios sobrinos también… su hermano… ¿Lo intentó Germán? ¿Y su familia? “¡Qué dolor de cabeza!”

– ¿Subes?

– ¿Eh? – Ernesto volvió de repente a la realidad – No, bueno, es que… no creo que sea buen momento… no creo que tu tío…

– Sube, porfa, y así le das un beso a Irene y a Tomás, te quieren mucho y preguntan por ti…

– ¡Ah! – No sabía que decir. Y Arturo siempre le había cogido la medida. Y él lo sabía y se aprovechaba, lo que pasa es que en general no lo hacía en su favor, sino en el de los demás, en este caso sus hermanos…

– No, bueno, yo, es que creo que a tu tío no le va a gustar… está… bueno… no sé, se fue y… no, bueno, yo creo que debo irme, ¿sabes? Un día si quieres te llamo, y quedamos y vamos al cine todos y… como antes…

Arturo bajó los hombros. Ernesto lo notó… y… era un chico tan alegre antes…

– Vamos, subimos. Pero avisa a tu tío de que voy, no quiero que se enfade.

– Confía en mí, tío, no se enfadará – parecía haber recuperado algo de vida de repente.

– ¡Eh! Pero ya has perdido las buenas costumbres. ¿O eres muy mayor para darme un beso?

Arturo se acercó y le dio un beso en la mejilla. Pero por la forma de hacerlo, de mirar a los lados y de ponerse ligeramente rojo, Ernesto supo que sí, ya no era edad de besos a los tíos, ni a nadie.

Un vecino salía a la calle en esos momentos y aprovecharon para entrar en el portal. Subieron callados en el ascensor. Ernesto pensando en lo que le diría a Germán, y Arturo pensando en la reacción de su tío. No estaba seguro de que le gustara que subiera con su ex-pareja, pero… total si se enfadaba con él, otro enfado más no importaba. Parecía que su tío le echaba la culpa de todo lo que le pasaba a su madre, o de la crisis, o de… no odiar a Ernesto.

Llamó a la puerta como solía hacerlo siempre, para que así supieran que era él.

Abrió Tomás, el pequeño.

– Mira a ver que el Germán está en la cocina un … ¡Tío Ernesto!

Su cara se iluminó y sin mediar palabra pegó un salto, obligando a Ernesto a abrir los brazos y a cogerlo en el aire. Tomás le comió a besos sin dejarle apenas respirar.

– Eres un capullo, no has venido a ver mi representación de Navidad en el colegio. Hicimos Billy Elliot-t-t-t, el musical – remarcaba la “t” como si fuera una ametralladora – y canté dos canciones.

– Bueno, pero eso está estupendo. Seguro que lo habrán grabado en vídeo…

– Pero no viniste a verme. Aunque vamos a hacer otra representación el 2. ¿Irás?

– No molestes a Ernesto, tiene la agenda muy ocupada. Es un gran escritor ¿No sabes? Y tiene muchos amigos de esos que se meten en la cama sin darse cuenta ni él.

Germán había aparecido desde la cocina. Llevaba puesto un delantal y llevaba una espumadera en la mano. Por la puerta salía olor a quemado y la campana extractora no daba a basto a sacar el humo.

– Ernesto ya se va. ¿Verdad? Gracias por tu breve visita.

– Tío…

– ¡Cállate!

Germán miró muy serio a su sobrino. Él se asustó… nunca había visto esa cara en su tío.

– No la pagues con el chico, es conmigo con el que estás enfadado.

– Pero… ¿Qué te has creído tú? En estos meses han pasado muchas cosas… pero el gran literato solo tenía tiempo de preocuparse por él y su ombligo – su cara seguía mostrando odio y asco a la vez – ¿Crees que puedes venir a mi casa y decirme como debo tratar a mis sobrinos? ¡Qué sabrás tú…!

Ernesto estaba desconcertado. Porque nunca había visto a Germán así. Ni cuando se enfadaba con él, o cuando le pilló poniéndole los cuerno…

– Pero Tío…

– ¡Qué te calles, coño! Y tú vete a llorar a tu habitación, joder. Mocoso de mierda…

– No le digas…

– Que diré lo que me da la gana, esta es mi casa, a ver si no puedo decir lo que me de la gana en mi casa.

Había agarrado del brazo a su sobrino y le hablaba apenas a unos pocos centímetros. Arturo se zafó del agarrón de su tío y salió corriendo de casa. El pequeño se había ido corriendo a su habitación, llorando.

– ¡Arturo! ¡Vuelve o … no pises esta casa más en tu vida!

– Pero Germán…

– Has visto… estarás contento… lo que has hecho… vete y no vuelvas más… rompes todo lo que tocas.

– Tengo muchas cosas por las que pedirte perdón. Puedes echarme en cara muchas cosas… pero desde luego, hoy no he hecho nada para merecer ese odio. Y tu sobrino menos.

– Qué sabrás tú… ¡Vete!

Y el indicaba la puerta con el dedo. Lo hacía con tanta furia que se le notaba que temblaba su brazo.

Ernesto se dio la vuelta lentamente. Al fondo del pasillo vislumbró unos ojos que miraban llorosos. Unos ojos verdes y luminosos. Irene no se había atrevido a salir a saludarlo. Le sonrió a escondidas y le guiñó un ojo mientras se giraba para enfilar la puerta.

Ella sonrió también y se dio media vuelta.

– ¡Vete!

Y sin esperarlo para nada, Ernesto sintió como le empujaba hacia el descansillo. Se desequilibró y se cayó al suelo, golpeándose la cabeza contra uno de los barrotes de la barandilla de la escalera.

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Capítulo 2.

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– ¡Joder! – imprecaba furioso Ernesto.

Hasta se mareó un momento… y tuvo que agarrarse firmemente a la barandilla y eso que estaba espatarrado en el suelo. Pero aún así, parecía que el suelo se abría bajo su cuerpo y caía al vacío, un vacío muy profundo, inacabable.

– ¡Menudo castañazo! ¡Mi cabeza, joder!

Se giró para ponerse de rodillas y levantarse. Hizo fuerza en la barandilla y…

– ¡Joder que hostia me he dado en la puta cabeza!

– Te ayudo.

– Hombre, el que “yo te aseguro que a mi tío no le va a molestar que subas”. “nada, nada, nada, nada, no le va a molestar nada, nada, nada”. Menos mal…

Arturo se puso colorado y agachó la cabeza. Se paró un momento en su intención de servir de apoyo a Ernesto.

– Sabes, ahora yo debería estar sintiendo algo especial… como en los cuentos. Un golpe en la cabeza y todo cambia. La magia aparece y la Navidad se hace presente. Un ángel, o una pléyade de ellos… un guapo mozo a lomos de un corcel… pero solo tengo un dolor horroroso de cabeza… todo me da vueltas… ¿Bailamos sobrino? No oyes la música… los vals del concierto de año nuevo… tachin tachin…

– Tío, estás como una moto. Va a ser cierto lo que dice el tío Germán. O el golpe te ha dejado definitivamente perjudicado.

– Oye, vamos a hacer una cosa. Visto lo visto, lo de “tío”, lo dejas para tu “tío” porque visto lo visto, no quiero que se me compare con ese “tío” y que la gente se piense que este tío es igual, o sea yo, que ese tío, o sea tu tío. Y yo que venía pensando en decirle lo gilipollas que he sido y todo eso… y arrodillarme y pedirle “humildemente perdón” y resulta que es él un poco más gilipollas de lo que yo pensaba. Incluso es más gilipollas que yo, que ya es decir… tratar así a sus sobrinos… con lo majos que son y lo que les quiero… aunque a lo mejor algo de eso hay en el problema, que os quiero mucho… ¿He dicho que os quiero? A lo mejor el golpe… Si al final los demás van a tener la razón… ¿Es así de gilipollas tu tío y y no me había dado cuenta?

Se quedó mirando a Arturo. Arturo se lo quedó mirando totalmente inexpresivo, valorando el discurso y la situación y dediéndose por el silencio a modo de respuesta.

– ¿Qué? – Ernesto abrió los brazos como pidiendo explicaciones de ese silencio de Arturo o esperando una aquiescencia por su parte. Pero nada de eso llegó.

– Nada. Yo no opino.

No le iba a decir que nunca había entendido como estaban juntos, ni que no se había enterado de la misa a la media, y que nadie durante el tiempo que mantuvieron su relación… Ernesto había vivido como siempre una realidad que distaba mucho de ser la verdadera, la que los demás a su alrededor percibían…

– Pues te vuelves con tu tío.

– Eso es chantaje… además de imposible – Arturo abrió los brazos – Ya le has escuchado.

Ernesto se encogió de hombros.

– A ver y ¿cuando se fue tu madre?

– Si vino a despedirse de ti – Arturo se desesperaba – ¿no te acuerdas? Alucino, tío, alucino. Ella quería que nos quedáramos contigo, si hasta te dejó firmado el papel ese por si alguien decía algo, dándote todos los poderes y la custodia o como se diga, por si le pasaba algo. Se lo hizo su abogado. Pero… ¿de nada te …? – dejó la frase sin terminar pero sin dejar de mirarlo con cara de asustado.

Ernesto frunció en entrecejo. Algo recordaba ahora que lo decía el chico… pero… joder eso fue poco después de irse Arturo de casa…

– Estabas muy atacado por algo de una entrevista en televisión. No te acuerdas de nada… si mi madre te pidió que si podías ocuparte de nosotros, que no se fiaba de mi tío… lo del papel ya te digo.

– ¿Eeh?

– Pero ni le contestaste.

Ernesto puso morros.

– Ni caso. Ni le diste dos besos cuando se iba. Con lo besucones que sois los dos…

Arturo se le quedó mirando a su tío mientras éste se giraba para llamar al ascensor. Pero de repente la cabeza le dio un mazazo y casi pierde el equilibrio. Gracias a que Arturo estaba atento y le sirvió de apoyo y…

– Ves, ahora debería pasar algo, y así escribo… es un desastre… no tengo un duro, y no voy a cumplir un encargo…

– Ya se te ocurrirá algo. ¿me has escuchado?

– Qué sí coño, que te he escuchado. Dame ideas para un cuento de Navidad.

– Yo que sé, a mi me la suda la Navidad. Yo quiero estar con mi madre y eso, y el árbol… pero ninguno tenéis árbol nunca, ni nacimiento. Siempre tengo una mierda de Navidades, y éstas van a ser todavía más mierdosas, por si el año pasado creía que la cosa no podía empeorar.

– Pero si eres muy mayor ya para esas cosas, Arturo. Si me has puesto morros antes al darme un beso. Si no estás para besos, no estás para belenes ni pavadas de esas. Si lo sabr… ¡huy mi cabeza!

– Vale, pues tampoco estoy para cuentos de Navidad.

Arturo dio al botón del bajo mientras Ernesto entraba despacito en el ascensor.

– Ese golpe…

– Mira a lo mejor tienes suerte y el dolor te produce esos efectos de peli de Antena 3 los findes por la tarde.

– Sí, que se repita el mismo día hasta que yo tome la decisión correcta que dicta el ángel del cosmos.

– Esa ya la dieron el otro día.

– ¡¡Hostias!!

Germán extendido los brazos sujetándose a las paredes del ascensor. Éste se había parado de repente a la vez que se apagaba la luz.

– Tío, ¿qué pasa?

– Nada, será un corte de luz.

– Tío, que me pongo nervioso sí…

– Arturo, tranquilo… ¡¡hostia!! Cómo me duele la cabeza…

– Tío, agárrame, no puedo moverme.

– Calla, no grites… mi cabeza…

Ernesto intentaba respirar lentamente, mientras estiraba los brazos hacia donde estaba Arturo. Se había acurrucado en una esquina… y por momentos parecía que le faltaba la respiración.

– Dame la mano.

Pero Arturo estaba demasiado asustado… estaba completamente paralizado.

– Sobrino, coño, dame la mano… Así… voy a irme agachando para sentarme… si la puta cabeza me deja… pero tú tranquilo, que estás conmigo.

– Un desminuido intelectual que se acaba de dar un golpetazo en el coco y a saber… – lo dijo con apenas un hilo de voz…

– ¿A saber que coño? No me toques los cojones o te dejo aquí que te las apañes – se lo quedó mirando fijamente. – Y se dice disminuido. Y ahora que pienso, no estás tan mal para meterte conmigo…

– ¡Ja! Esa es buena… ya me gustaría verte salir, no te jode… y me la suda lo de la palabreja esa. Y estoy acojonado… joder… tengo como una cosa en el pecho… joder…

– Los escritores tenemos magia.

Ernesto revistió su voz de tranquilidad. Consiguió sentarse, olvidándose del dolor de cabeza que le seguía atacando, y acercarse a su sobrino que seguía paralizado en una esquina. Le pasó el brazo por el hombro y lo atrajo hacia sí.

– Pero si tú no escribes, si has dicho que no tienes un pavo y que no te van a pagar el encargo porque no has escrito una puta línea. ¡Qué escritor ni leches!

Silencio, opresivo y lleno de oscuridad.

– ¿Qué dices ahora?

– Oye sobrino, te iba a decir que te quedaras en casa, pero me parece que una mierda.

– ¿No has dicho que no soy tu sobrino?

– Y técnicamente no lo eres. Vamos aquí ahora a decir tonterías. No lo eres…

– Pero eso es algo que se siente, me ha dolido antes…

– Que te lo decía de coña, por lo de tu tío de verdad, el sieso ese que nos ha echado de casa…

– No sé si era una broma… – Arturo dudaba, aunque en realidad lo que necesitaba era el apoyo de Ernesto, que se lo repitiera… necesitaba sentirse algo importante para alguien…

– Vamos, no te pongas meloso…

– Tú eres meloso..

– Era meloso

– Has cambiado tito.

– Vale, ahhhhh pero, no me lo digas. Me lo dice todo el mundo últimamente.

Arturo no contestó… pero el silencio era lo suficientemente elocuente.

– ¿Estás mejor? – Ernesto le pasó el dedo gordo por el dorso de la mano.

– Sí. Estoy más tranquilo… ¿Y tu cabeza?

– ¿Es la oscuridad?

– No, bueno… o el estar encerrado… alguna vez mi madre ha pensado que era claustrofóbico, pero solo a veces, es algo raro…

– No pasa nada, estás conmigo… Además esto está cerrado… pero yo no lo veo tan cerrado.

– No jodas, Ernesto…

– Solo me llamas con mi nombre cuando estás enfadado conmigo.

– Pues te estaría llamando Ernesto desde hace meses, porque desde hace meses que estoy jodidamente enfadado contigo.

– ¡Ah!

A Ernesto no se le ocurrió nada más que decir… no estaba seguro de querer la respuesta… pero intuía que debía preguntar…

– Cuéntame por qué estás enfadado conmigo desde hace meses, y te has cuidado muy mucho de decírmelo.

– Pero si no nos hemos visto.

– Oye, oye, que sabes que puedes ir a mi casa siempre. Que te has quedado a dormir sin estar tu tío… o sea que no me digas ahora que yo solo tengo la culpa.

– Pero no me contestabas, me ignorabas, y luego lo de mi tío, que te pilló follando con otro.

– Oye, no hables así.

– No te jode y tus personajes ¿cómo hablan? Si me has copiado… ¿Tú como hablas?

– No, no, de eso nada… y eso es una cosa, y lo otro otra… tienes catorce años…

– Tito, me estoy poniendo… joder, tengo escalofríos…

– Acércate, bobo, no pasa nada… estás conmigo… – Ernesto lo atrajo más hacia sí, si eso era posible y lo rodeó con ambos brazos y lo besó en la cabeza.

– A saber… lo del golpe… – y le dio un codazo en el costado.

– Joder con el golpe, que no me han salido alas de ángel, ni nada, y no se nos ha aparecido un ángel… aunque bien mirado, podíamos hacerlo aparecer.

– Tío…

– Oye, tú eras de los míos… eras de los de magia e imaginación…

– Pero el primero que no eres así eres tú…

– Vale, lo reconozco… lo siento… pero es algo que si queremos podemos recuperar.

– ¡Bah! – Arturo puso cara de hastío, aunque sin darse cuenta había dejado de tener temblores… – ya no soy un niño.

– Cierra los ojos…

– Pero si está oscuro, que…

– Por eso, como no hay nada que ver aquí fuera, vamos a ver dentro.

– P…

– Hazme caso, sobrino. Arturo, por todo el cariño que me has tenido alguna vez, cierra los ojos, y vamos a …

– … imaginar mundos maravillosos.

– No te has olvidado – Ernesto le apretó la mano.

– Ya he cerrado los ojos.

– Del todo.

– Pero.. ¿Como sabes?

– Tenemos una conexión… ¿Lo has olvidado?

– Ya. Pero como cerraste el interruptor… – Arturo suspiro y sin querer, sonrió satisfecho – ya está.

– Vale. Vamos a poner… un cielo azul.

– No, típico. Noche. Oscura, sin estrellas.

– Bueno, venga. Noche sin estrellas. Pero eso es típico también… – Ernesto notó que su sobrino iniciaba un amago de protesta – Vale, si te gusta… Ponemos un ángel, mayor, cara bonachona.

– No, típico.

– Joder, tío, no haces que ponerme pegas. Vale, un tío bueno. De escándalo de guapo. Pero es sencillo, no de estos altaneros.

– Un chica joven y regordeta. No, mediana edad.

– ¿Eh?

– Sí, porque a ti lo de los chicos guapos, luego te los ligas, o los haces que liguen con el repartidor de Telepizza.

– Ya hay muchas historias de heteros, debe haber un montón de historias de gays sin que sean de los gays torturados por serlo.

– Es un cuento de navidad y no van a liase en medio de la calle y a meterse mano en la cama.

– Oye, oye, que eres muy joven para estas conversaciones.

– Ya no soy un niño.

– ¡Tienes catorce años!

– Muchos de mis amigos ya han follado.

– ¡Arturo!

– Pero si tu follaste a los 14, si te lo oí.

– ¿Yo? No… – intentaba hacer memoria a todo correr sobre cuando podría haber escuchado Arturo esa historia.

– Vale es una de tus historias para liarte con el primero que llega con piel de cordero degollado a tu vera. Historia de cazador, igual de mentira que las hazañas de cazadores.

– ¡Oye!

– Hazte el ofendido que tenemos una conexión. ¿recuerdas?

– ¡Ah!

– Estábamos con el cuento. Si no no lo acabamos en toda la noche.

– Son 5.

– ¿5? Tío, pero eso es una barbaridad… ¿y que hacemos con la Ángel?

– No, iba a ser un chico guapísimo.

– Chica regordeta. Mal genio. Practica kink boxing. Más bruta que un arado.

– Así no se pude, es que…

– Saca el ipad y escribe.

– ¡Ah! Coño, es cierto…

Ernesto abrió su bandolera y sacó el ipad.

… érase que se era…

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Capítulo 3.

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Érase que se era una Ángel especial del ejército de los ángeles del Cielo. Se llamaba Irene.

Irene era una mujer imponente. Era alta, ancha de espaldas, regordeta también, y con unos brazos de camionero. Y algunos decían que sus piernas eran las tenazas más contundentes que había en la tierra y en el cielo. Pelo corto y en esta temporada, teñido de color rojo. Antes lo había tenido de azul, y el dos años atrás, de naranja con mechas verdes. Le gustaba cambiar.

Irene era una ángel que iba a bajar a la Tierra, como todas las Navidades. Era la época del año en que todos los ángeles, hasta los que estaban en prácticas o medio castigados, porque a los ángeles también se ls castigaba si no cumplían a satisfacción, bajaban a la tierra con una misión. Unas veces era salvar a un hombre o mujer, o crear la magia para unos niños, o emprenderla a palos con unos malvados que intentaban hacer daño a alguien.

Irene era de los ángeles que daba palos. A ella siempre le encomendaban misiones de dificultad máxima… en cuanto a lo físico.

No era muy bien vista por los demás ángeles. Pensaban que no eran formas. A parte que la consideraban como la enchufada del encargado, Gabriel. Ella siempre contestaba que había veces que las sonrisas y las bellas palabras no eran la solución. Cuando escuchaba lo de enchufada, solo s reía, y een todo caso, dependiendo del humor, ponía cara de malas pulgas, lo que conseguía que todos los de alrededor, corrieran sin destino fijo.

– ¡Qué mal ha hecho “Qué bello es vivir”! Ahora todos se creen, que cuando vas y les dices que eres un ángel, que todos son James Stewart, y son estupendos, y han tenido una vida llena de momentos buenos, de buenas obras, de buenas intenciones… todo bueno, todo vestido de rosa y blanco, pureza y amor.

Y no era cierto.

– Y es mentira… – decía con contundencia cuando se reunían los ángeles con el supervisor – Y Gabriel, tú lo sabes.

Cada vez había más idiotas y más engreídos sobre la faz de la Tierra. Muchos que todo lo daban por tener muchos conocidos, mucha gente, mucho dinero, mucho todo sin dar nada, sin poner nada, sin hacer nada, sin nada que ofrecer, sin nada dentro de la sesera, y mucho menos… sin nada en el corazón.

Y ahora sin nada en la cartera.

– Y Gabriel, tú lo sabes – y Gabriel callaba.

Juan era su objetivo. Juan, eso sí, tenía la cartera llena.

Juan era un hombre de unos 50 años. No estaba claro, porque una vez falsificó su partida de nacimiento para poder entrar en unas oposiciones. Y en los archivos del cielo, no se sabía a ciencia cierta si eran 50 los años que tenía o eran 52.

Hombre hecho a sí mismo… hasta en lo de la partida de nacimiento. Narcisista hasta el extremo… y de esos que ligaban todas las noches con uno distinto.

– Pero tío, no le hagas marica, joder, que todos parecen maricas.

– Es lo que hay, es lo que la gente espera de mí, Arturo.

– No, no… este hombre debe ser hetero. Y tener mujer e hijos. Y divorciado. Y se divorció por una chica de veinte. Te dejo que tenga un hijo marica.

– Pero eso es muy típico. Y que no acepta al hijo… bla… bla…

– La Navidad es típica.

– Me echas en cara lo de típico, y ahora dices que la Navidad es típica. – Ernesto bufaba – Nada marica. Y antes con la ángel, me decías que no podía ser un chico guapo porque era típico… es que te estrangulo… y digo que ha sido por el bien de todos…

– No, lo típico era el hombre mayor y bonachón. Lo del chico guapo era para que no te lo ligaras en el segundo párrafo.

– Que no,

– Qué sí…

– Calla, que soy yo el que escribo…

– Vale. Luego no me pidas opinión…

Ernesto se apretó la mano en la sien. La cabeza le dio otro golpetazo… como si fuera el badajo de una campana.

– No estás bien, tío. Llamemos a urgencias.

– No hay cobertura, ya lo he mirado.

– Gritaremos. Alguien tiene que venir, o subir, o algo. Llevamos ya media hora.

– Larga, casi una hora.

– Pues eso.

– No, que si sale tu tío, nos… aggg, tu tío es …

– No hables mal de mi tío, que al fin y al cabo, me tengo que quedar con él los próximos 2 meses. No, 3… ó 4…

– ¡Oh!

– Porque tú no quisiste quedarte con nosotros.

– ¡Oh!

Ernesto se quedó un rato con cara de bobo.

– Pero yo… – dijo cuando reaccionó – tengo que escribir, que mira que hora es, y luego tengo que mandarlo al periódico, y… es que… mi carrera…

– Es lo único que te importa. Nada, nada, hazlo marica y que busque todas las noches un pavo para follar.

– Oye, no hables así, que tienes catorce años.

– Pero que te crees que hablan los de mi edad… pues de follar.

– ¿Tú hablas de follar?

– Claro.

– Oye, pues…

– ¿No tenías que escribir? Pues escribe y déjame dormir – le daba vergüenza hablar de ese tema con su tío y lo estaba viendo venir.

Arturo se abrigó con sus propios brazos, cruzándolos sobre su pecho. A Ernesto le recordó el gesto que hacía su madre… era igual… cogía cada lado de la chaqueta y la cruzaba sobre su pecho. Arturo se parecía sobremanera a su madre.

– No me mires así – se quejó Arturo.

– Duerme y calla, que tengo que escribir… no me quieres ayudar…

Arturo suspiró desesperado. Cerró los ojos e hizo esfuerzo por dormirse.

Juan solo se preocupaba de su empresa, de ganar mucho dinero, y de estar siempre por encima de los que tenía alrededor.

Ernesto se quedó pensativo. No sabía si seguir los consejos de su sobrino… al final borró y volvió a escribir:

Hombre hecho a sí mismo… hasta en lo de la partida de nacimiento. Narcisista hasta el extremo… y de esos que ligaban todas las noches con uno distinto.

Juan era un hombre hecho a sí mismo. Desde que falsificara su partida de nacimiento y su carnet para poder presentarse a aquellas oposiciones, fue escalando posiciones a fuerza de no importarle si por el camino iba dejando a personas malheridas o definitivamente arruinadas y desesperadas.

Se casó con Carlota. A los 23. Carlota era la hija de su jefe. No la quería… ni quiso nunca a sus cuatro hijos. Era uno de los peldaños que debía subir para alcanzar sus metas. Mujer e hijos. Mejor mujer con “dote” que fueran nietos del hombre de poder… los nietos mueven montañas… Con el que peor se llevaba era con Ramón, el mayor. Era… de esos, como decía su madre, de esos gays, pero ese no era el problema para Juan. Su problema con él era que nada le gustaba, ni su forma de ser, ni… siempre había ido por libre, nunca le había hecho el menor caso, nunca se había dejado dirigir por su padre… y sus hijos eran, para él, una extensión de sus intenciones, de su poder… algo que quería utilizar para aumentar su influencia.

Hasta le buscó al pobre un novio acorde, de buena familia, y que le proporcionaría abrir la puerta de acceso a su padre, cerrada siempre. Elías Gutierres, era un importante empresario… que nunca había querido tratos con él. Se enteró que su hijo era también gay, y se propuso juntarlo con el suyo… un matrimonio d conveniencia moderno.

Pero Ramón no quiso ni oír hablar del tema. Por quel entonces el joven vivía un tórrido romance con Jesús, un hombre mayor que él y que el volvía loco. Se juntaban, se separaban, se peleaban, s reconciliaban en la cama, se volvían a pelear en la disco, y luego… otra vez vuelta a empezar. “Pero es que le quiero” decía al que se atrevía a poner en duda su relación. Y como en realidad tenía el mismo carácter que su padre, pocos se atrevían a decirle nada.

El caso es que Ramón y su padre discutieron… hasta llegaron a las manos. No fue nada grave, pero… Ramón salió corriendo de casa con una mochila, muchas lágrimas en los ojos, mucha rabia dentro de si y con la promesa de no volver mientras su padre viviera en ella. No importaba mucho porque se iba a refugiar en casa de su “amor”.

Su madre se puso hecha un basilisco… discutieron también…

Sus otros hijos se pusieron de parte de ella… era pequeños, tampoco importaba mucho… le hubieran molestado.

Él abandonó la casa, sin mochila eso sí. Y la verdad es que apenas notó el cambio.

Divorcio.

El abuelo ya no importaba porque la empresa era suya hacía años.

Ni se hablaba con el resto de su familia. Los borró hasta de su memoria aunque eso no fue difícil porque no habían ocupado nunca mucho espacio en sus pensamientos, salvo por lo que le pudiera ser útil.

Ellos tampoco hicieron mucho por verlo. Ni por saber nada de él. Juan mandaba el cheque todos los meses, y punto.

Javirerín cumplió 18. Era el segundo. Quería ir a estudiar a USA. Necesitaba dinero e influencias para que le admitieran en Columbia.

Pero Juan no quiso saber nada. Hasta el mayor, Ramón, fue de la mano del hijo de Elías Gutierres, a interceder… pero ya eso no le valía a Juan. Resulta que Ramón conoció por casualidad al chico del empresario, y se enamoraron. Lo conoció en un momento de esos de pelea con Jesús. Fue un flechazo… “Es que lo amo, fue algo… tan… lo vi y caí rendido a sus pies”. Los que le escuchaban, callaban, aunque con un levantamiento de cejas que expresaba dudas y una cierta mofa.

Querían casarse y el Gutierres padre dijo de conocer a Juan. “Al fin y al cabo vamos a ser consuegros”. Juan fue el que levantó las cejas y se negó a eso: Ya no le interesaba. El tal Gutierres, había vendido sus empresas para irse a un pueblo a vivir y a cultivar viñas y hacer vino e ir a beberlo a la taberna del pueblo

– A chulo no me gana nadie – le oyó decir su secretaria cuando echó a su hijo y a su novio “el Gutierres ese” – Se ha ido a hacer vino no te jode… a un pueblo perdido… m va a hablar de heladas y de bobadas de esas… que lee den al Gutierres, al hijo, al mío y al mundo entero, no te jode.

Y en ese momento llegan las Navidades. Año 2012.

Año horrible, salvo para Juan y cuatro más, que han ganado más dinero que nunca con las desgracias de los demás.

Juan camina deprisa por el parque. Deprisa y enfadado. Era víspera de Nochevieja y no hace falta decir que a Juan le daban igual las Navidades y todo.

Una estela de pequeños destellos baja del cielo justo delante de él. Ni la ve.

Pero Lorenzo, un niño que pasaba por ahí, sí se fija en ellos. “¿Será una estrella fugaz, o una lluvia de estrellas de esas que a veces comentan en la tele?” Le gusta el universo… las estrellas, la luna… “Va, no creo, está nublado”. De repente, abre la boca asustado. Esos destellos que bajan del cielo y que él había tomado al final por los restos de un fuego artificial, eran producidos por una señora gorda con una cierta cara de mal humor que bajaba planeando, despacio, como mecida por el aire. Lorenzo buscó con la vista el paraguas, porque había visto Mary Poppins hacía unos días, y creía que ese tiempo de señoras necesitaban un paraguas para volar… pero esa señora no llevaba ninguno, ni nada que se le pareciera. Y no sonreía como Julie Andrews. Al revés… menudo ceño llevaba la señora… “Se parece a la tía Enriqueta, con su acidez de estómago… debería tomar Almax”.

– ¿Qué pasa chaval? – le suelta con malos modos la ángel, lo que le reafirmó en su idea de la necesidad de que tomara un anti-ácido.

El chico abrió mucho los ojos y huyó corriendo mientras la ángel hacía muecas de triunfo.

– ¿Pero lo vas a dejar así?

– ¿Eh? – Ernesto miró a su sobrino – ¿No dormías?

– Tenemos una conexión, ¿recuerdas? – se podía percibir un cierto tono irónico en la voz del joven.

– Debe ser una conexión de quita y pon, porque no acabo de entender… podías haberte comunicado conmigo, o la conexión esa, vamos, hacer uso de ella para decirme que tu madre se iba y que querías quedarte conmigo.

– Quedarme, no, quedarnos.

– Vale, es lo mismo, ya me entiendes, tus hermanos son… me caen bien, vamos…

– No seas distante, di que los quieres.

Ernesto se lo quedó mirando de nuevo. Arturo se incorporó un poco y estiraba los brazos desperezándose.

– ¿¿Soy distante?? – Ernesto empezaba a preocuparse… – os quiero, ya lo sabes, y os lo digo a menudo.

– Desde hace unos meses, sí, te has vuelto inexistente, o sea, muy distante. Y no, no nos dices que nos quieres hace mucho. Y antes vivías en un mundo que te creaste a tu medida. Hasta que mi tío te dio la patada.

– Tengo que escribir… debo… es que tengo…

– … que mandar al periódico, porque no tienes un pavo, y andas en las últimas y tu último libro no se vende una mierda, aunque fuiste de programa en programa de televisión haciendo el payaso… lo cual consiguió que la gente te conociera, pero que los que podían comprar tu libro, porque les hubiera gustado, salieran despavoridas pensando que era lo que reflejabas tú en tu paso por la televisión.

– Yo… – Ernesto estaba un poco desorientado con el discurso de su sobrino y lo mostraba con una abertura de boca de dimensiones considerables y un tartamudeo en el habla – no… no… – Ernesto cambió de posición sentado en el ascensor… buscaba en su forma de sentarse algo que solo encontraría dentro de sí mismo, en las cosas que se contaba a sí mismo, las que se ocultaba, las que callaba, las que no llegaría a conocer nunca – yo… yo no te he dicho eso nunca hizo una pausa – Creo.

Arturo miró con un poco de pena a su tío. Le gustaba, siempre había sido así, desde que lo conoció. Le caía bien… buscó la forma de cambiar de conversación.

– Ese chico que… sale ahora, debe tener su propia historia. Un robo en casa de un amigo, debe volver a poner otra vez en su sitio lo que se ha llevado, porque ese chico va a ser importante unos años después…

– Va a ser su novio, claro.

– No, dale, no tiene por qué ser marica.

– Y no tiene por qué no serlo.

– Vamos a hacer una cosa, tú escribes un camino, y yo – Arturo sacó su propia ipad de la mochila – yo escribo otro camino. Será mi regalo de este año.

– A no, si lo escribes y está bien, les digo que es tuyo y que te lo…

– No, tío, te lo regalo,

– No..

– Vale, lo que quieras, qué pesao, escrib…

Se quedaron los dos callados de repente. Escuchaban unos llantos que venía de un piso por encima de ellos.

– ¿Ese no es…?

Arturo asintió.

.

Capítulo 4.

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Ernesto bajó la cabeza y empezó a escribir de nuevo:

La Ángel …

– Oye, tío…

– Así no podemos avanzar, sobrino – contestó malhumorado y con retintín.

– Es que me ha asaltado una duda, ¡como te pones!

– Es que no lo entiendes, debo…

– 5 relatos, la ruina, un pavo, que no vendes, que estás desesperado, tu agente… no puedes pagar el alquiler, tienes la casa hecha una mierda porque has tenido que quitar a la señora que iba a ayudarte… con las labores.

– Te parecerá gracioso – lo miraba como por encima del hombro.

– Me parece cansino, es tu única salida de hoy.

– Pues… pues…

– Digo que será “La Ángela”.

– ¡Ah! – momento de reflexión – Pues no sé… pero es que Ángela es un nombre. Creo que el Diccionario solo permite el masculino para las criaturas celestiales – contesto pensativo Ernesto.

– Pues es injusto.

– Pero no se trata de justo o injusto…

– Reivindiquemos. Escribamos Ángela. “La Ángela”. Tú como marica debes de ser muy feminista.

– Oye, oye, oye… pero ¿qué tiene que ver ser gay con el feminismo? Ya volvemos…

– Sufrís la misma discriminación…

– ¡Ah!

– De las mujeres decían lo mismo cuando reivindicaban sus derechos al voto y al trabajo y a estudiar y todas esas cosas, que de vosotros ahora al casaros y demás.

Ernesto no supo que decir. Empezaba a mosquearse un poco porque esa noche en el ascensor, su sobrino le dejaba demasiadas veces sin respuestas.

– Lo he estudiado en Historia.

– ¡Ah!

– Tú te pensabas que te iba a decir algo sobre que gays y mujeres – hizo un gesto con los dedos para indicar que eran lo mismo – Ya cogí el tema hace años con vosotros, y no tengo esa confusión. Sé perfectamente que mujeres y gays son dos cosas completamente distintas.

– ¡Ah! – Ernesto miró la hora en la pantalla del ipad – No es por incordiar… los cinco cuentos…

– Plasta, joder. Si al final va a tener razón mi tío.

Ernesto levantó las cejas para contestarle, pero Arturo se puso a escribir y no le dio opción.

Suspiró y cogió su propio ipad e imitó a su sobino.

… mientras la ángela hacía muecas de satisfacción y gestos de triunfo, como si fuera Rafa Nadal ganando el torneo de París.

– Ahora que lo pienso – dijo en voz alta la ángela – Nadal se apellida Navidad… ¡Ja!

Feliz por su ocurrencia y chascarrillo echó un vistazo alrededor para situarse.

Por el camino del parque en el que estaba, se acercaba andando presuroso su objetivo, sin prever la que se le venía encima. Venía enfadado porque se le había estropeado el coche y había tenido que optar por ir andando. Iba a una reunión muy importante, en la que se jugaba mucho dinero. Llegar a pie no era la mejor forma… o quizás podría decir con falsa modestia que necesitaba estirar las piernas… sí eso haría… además llegar un poco tarde y andando le quitaría como importancia a la reunión, o sea que su posición se vería psicológicamente reforzada…

Irene fue a interceptarlo cuando Gabriel, su encargado, le envió nueva instrucciones y centró de nuevo sus poderes en el chico que se alejaba corriendo. “Me vuelves loca Gabriel, me aturullas con tanto cambio de planes…”

– … ¡¡Chaval!! –

Mierda. Mierda de las mierdas del mundo”, se repetía cada vez más cabreada Irene. “Ya no llego al segundo capítulo de “El cielo es lo mejor, tarira, tarira”, la serie del momento en el canal 1 del cielo .

– ¡¡ Chaval!! Joder, es a ti, sí. Y tú quieto también – esto iba para Juan.

Lo dijo en alto, muy alto. Juan se paró asustado… nunca había escuchado una voz con semejante potencia y semejante… le dio escalofríos. Miró y la vio. Vio a Irene “la ángela”, que a la vez le observaba a él con cara de pocos amigos. De repente sintió pánico, y pensó que le iba a robar… ¿qué otra cosa podía ser? Y miró rápidamente a todos los lados para ver por dónde podía escapar… a un lado había un lago, podía echarse al agua y nadar… y alejarse de ella, cuando tenía catorce años ganó un campeonato de natación en su pueblo… a lo mejor…

– Ni se te ocurra, mamón.

Juan asustado mirado a todos lados buscando a otra persona a la que se pudiera estar dirigiendo esa mujer de tan mal carácter.

– Tú, Juan de los cojones, tú. Que me has hecho trabajar estas Navidades, con lo guay que estaría yo viendo la tele del cielo, que hoy dan “Machaca, gorila”. Y luego el segundo capítulo de… ahora que lo pienso, a ti que coño te importa…

Ahora sí que estaba asustado… próximo incluso a cagarse encima… Juan era muy chulo pero un poco… cobarde. No es nada malo… solo digo que lo era.

– Tú, mamón… Juan de los cojones, no se te ocurra cagarte que te doy una patada que te arreglo la diarrea de por vida, no te jode, chulo de mierda.

– Yo , yo… yo… uyoo… no… .yo…

– ¡¡Cállate!! y aprieta el culo, que no te voy a hacer nada… bueno, depende de como te portes.

Irene no vio muy seguro el tema y optó por la acción: chascó los dedos y Juan se quedó paralizado, con una luz alumbrándolo.

– Que cara de gilipollas le ha quedado a este chulo. ¡Y si le saco una foto y se la mando a los que están esperándole acojonados, porque les va a dejar en la calle, y ellos lo saben?

Sonrió con la idea. Pero el trabajo…

– Puto niño.

Chascó otra vez los dedos, y dejó a Juan solo con su pose ridícula, y se trasladó al lado de Lorenzo, que seguía corriendo pero más despacio, eso sí, mirando de vez en cuando hacia atrás. 

– Lorenzo – dijo Irene.

El chico pegó un brinco hacia el lado contrario al que escuchó la voz.

– Joder, tía, que susto me has dado – intentaba parecer normal, natural, seguro…

– ¡Oh! Si has recuperado el habla.

– Sí, porque he pensado en este rato y he llegado a la conclusión…

– Que resabido eres, si hablas como un viejo.

– Yo no hablo…

– Sí lo haces.

– Yo…

– Estás solo ¿eh?

Lorenzo dudó unos instantes antes de recuperar su aplomo.

– No estoy solo. Tengo muchos amigos… – protestó rotundamente – Y mi familia…

– ¿Qué? ¿me quieres engañar?

– No… me voy. No hablo con desconocidas.

– Quieto jovencito. Ya que me has complicado el día, te vas a quedar ahí quietecito, mocoso de mierda.

– Yo – no – soy – un – …

Pero no pudo seguir porque Irene chascó de nuevo los dedos y Lorenzo se quedó paralizado. Solo movía los ojos… solo podía ver, pero no podía hablar, ni moverse… el flequillo se le mecía al ritmo del aire de la noche.

– Me asombra las posturas que se os quedan cuando os paralizo. Espera te voy a sacar unas fotos…

Irene sacó de algún sitio una cámara.

– Es un regalo de Melchor. Ya me costó que me cambiaran esa cámara antigua que llevaba antes… mira que mono… espera, gírate… huy, no, si no puedes moverte… – la ironía era incontenible en la ángela – ya te saco yo… mira si se te ha quedado la pierna estirada, parecía que ibas a dar una patada o algo… ¿me ibas a dar una patada?

Irene se puso enfrente de Lorenzo. Éste intentó cerrar los ojos, pero… eso no lo podía hacer. Podía mirar a derecha, a izquierda, abajo, de costado… pero cerrar los ojos, no. De repente en las manos de la ángela aparecieron unos guantes de boxeo e hizo unos movimientos alrededor del chaval, marcando golpes…

– Es que hago kick boxing, me mantiene en forma y me hace sacar la mala leche…- le explicó entre jadeos.

Y siguió marcando golpes alrededor del chico que la seguía con los ojos. Si hubiera podido hubiera puesto cara de pasmo, pero como estaba paralizado…

– Que mala leche… – Irene se cansó del ejercicio – pero si parecías un chico tranquilo… y majete… y resulta… huy, huy huy… así que mi jefe me ha encomendado un trabajito contigo… pero si eres un acosador… y encima un ladrón… – Irene se tocaba la sien para centrar todos los datos que lee enviaban y los que veía ella en la mente del chico.

Al cabo de un par d minutos que al chico se le hicieron como horas, chascó los dedos de nuevo.

– Si intentas huir ya sabes lo que te va a pasar – lo dijo en un tono de normalidad extrema, que lo hacía todavía más amenazador.

Irene sonrió.

– O si se te vuelve ocurrir darme una patada… intentarlo…

Lorenzo recuperó el control de su cuerpo y la miraba con un cierto gesto de temor, pero también de altanería, mientras iba moviendo poco a poco cada parte de su organismo para comprobar que había recuperado el total control sobre él.

– ¿Por qué le has quitado la cámara de fotos a tu amigo Jorge?

Irene cogió la mochila de Lorenzo y empezó a hurgar en ella. Fue sacando cosas que iba tirando por encima del hombro.

– Hey, oye, que son cosas de estudio, que luego…

– ¡Ah! Pero si te hace la tarea tu amigo…

No le hizo ni caso.

– Y eran de estudio las cosas que fuiste tirando así de tu amigo… ¿como se llama? Que se me ha olvidado de repente. – lo miró de medio lado sonriendo con un libro de matemáticas en la mano que siguió el mismo camino que los anteriores.

Lorenzo bajó la vista.

– Jorge – dijo en apenas un murmullo.

– ¿Por qué te metes con Jorge? Si te cae bien… es más te ha salvado el pellejo, porque antes se metían contigo en el cole… ahora has cambiado de lado. Meterte con Jorge te ha salvado a ti mismo…

Irene alargó la mano y rozó con su dedo índice el rostro de Lorenzo. Éste percibió un leve escalofrío al sentir la mano de la ángela.

– Te llamaban marica.

– Pero yo no soy… – intentó protestar el joven, pero Irene levantó la mano para acallarlo.

– Eso da igual. No se puede meter alguien con otro por ser homosexual. Ni por ser gordo.

– Pero…

– ¿Qué? – Interrumpió la ángela – ¿Qué? ¿Te gustaba que se metieran contigo? ¿Y tú por qué lo haces ahora? ¿Para defenderte? ¿Eres tan cobarde?

Se quedaron callados unos instantes.

– Mira.

La ángela hizo un gesto raro con las manos y apareció delante de ellos una pantalla de cine.

– Es más práctico la imagen salida de la nada, pero… lo de la pantalla es como más impactante. – miró al chico para ver su reacción, que fue ninguna – Parece que no te sorprende.

Irene se giró se hizo otros gestos raros con la mano. De repente, Lorenzo aprovechó para echar a correr en dirección a la calle. Corrió y corrió. Empezó a chillar y a pedir socorro…

– ¡Socorro, una mujer me quiere pegar, me acosa…! ¡¡Me quiere violar!!

Paró a un señor que lo apartó de no muy buenas formas. Y luego a un grupo de chicos de unos veinte años, que no le hicieron ni caso, era como si no vieran al chico. Una señora caminaba apresurada dentro de su abrigo de visón… y solo con la mirada que le lanzó, Lorenzo ni se atrevió a acercarse…

Lorenzo decidió que lo único que le quedaba era correr y correr… así que puso todo su empeño en ello. De repente sintió que sus piernas se trababan. Cayó al suelo, Lorenzo lloraba… gritaba… intentó volverse a levantar, pero se encontró con las piernas de Irene rodeando las suyas, como si fueran unas tenazas. Parecían las piernas de esos luchadores que salían en la tele… hasta por las mallas de color naranja que llevaban…

– Muy mal, chico, muy mal. Me estoy enfadando de verdad.

Irene se sentó encima de su culo.

– Al final me voy a ver obligada a darte unos azotes.

Lorenzo empezó a patalear hasta que la ángela le dio unos cachetes en los muslos.

– ¿Ya? ¿ya te vas a quedar quietecito?

Solo se escuchaba como Lorenzo intentaba aspirar sus mocos…

– Ten un pañuelo.

El chico lo cogió y se sonó las narices.

– ¿Por qué no te defendiste así de tus compañeros? A lo mejor es que te has pensado que por ser mujer ibas a poder conmigo… gallito… ya te veo… venga, no perdamos más tiempo, veamos esta película que te he preparado.

La pantalla se iluminó. Salía un grupo de chicos y chicas de entre 16 y 18 años. Estaban en una fiesta en el campo.

– Mira, éste eres tú.

Irene hizo que le rodeara una especie de luz especial en la pantalla.

– Es por si no te reconoces… que suele pasar. Mira, vas a ser más feo que ahora… las frustraciones que acumulas dentro, chaval, te van a hacer un amargado, y eso siempre afea.

– Una mierda, y yo no tengo, la cámara me la ha regalado Jorge, que es mi amigo…

– No – le pellizcó el culo – respuesta incorrecta.

– Joder, me haces daño.

– ¿12 años tienes? Se nota que tus padres pasan de ti, hermoso. Pero sabes, podías haber aprovechado para ser un chico estupendo e independiente, interesado por el mundo, por la gente, por tus amigos, por tus padres… por tu padre… y resulta que solo te has convertido en un amargado. Doce años, solo, y amargado.

– Eso es mentira.

– Clinc – otro pellizco – respuesta incorrecta – Irene desesperaba.

– Esa chica es tu novia. Se llama Clara. Ya te gusta ahora, así que… mira te puedo confirmar que se va a juntar a ti.

– Una… – Lorenzo iba a negarlo todo.

– Te gusta, cállate. Esto esta durando mucho.

Era una fiesta en el campo. Habían llevado unas barbacoas, música… era la fiesta de fin de curso organizada por el colegio. Lorenzo perseguía a Clara… quería que hubiera tema esa tarde-noche. Jorge miraba con cara de cordero degollado a un chico un poco mayor, que parecía el líder del grupo. Todos lo rodeaban, estaban pendientes de él, de sus risas, de lo que decía, de si quería beber… era un gran deportista y un gran estudiante. Jorge intentó ir a hablar con Lorenzo, pero vio sus juegos con Clara y se dio media vuelta apesadumbrado.

– Voy a olvidarme que bajo directamente del Cielo, y eso del sexo… en fin, en fin.

Lorenzo se había quedado callado y quieto y miraba con atención las imágenes. Al final, conseguía que Clara accediera, y buscaron un lugar apartado. Empezaron a besarse. Primero despacio, luego más deprisa. Él, Lorenzo metió su mano debajo de la camiseta y recorría con urgencia la piel de la chica. Se miraron… Clara escuchó un ruido y se echó para atrás.

Bromearon… otra vez empezaron a jugar… Clara huía… Lorenzo la perseguía… corría, se encontraban, un beso, dos besos, manos juguetonas… No se dieron cuenta pero estaban al borde de un pozo. Estuvieron jugando alrededor sin percatarse del peligro… hasta que Lorenzo dio un paso atrás, perdió pie y cayó al abismo.

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Capítulo 5.

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– ¿Pero lo vas a matar? Joder, tío, es Navidad.

Ernesto miró a su sobrino con cara de mala leche.

– ¿No estabas escribiendo? – decidió defenderse con un buen ataque.

– La…

– La jodida conexión de los cojo… – Se calló de repente y se puso el índice en los labios para hacer callar a su sobrino.

Arturo se levantó desesperado… pero apenas estuvo de pie y mirando al techo, empezó a temblar. Sudaba, se pasaba las manos por el cuello… respiraba agitado… a veces parecía que le faltaba el aire… Ernesto apartó su ipad y se levantó para abrazarlo. Estuvieron así un rato… acompasando sus respiraciones. Ernesto le tarareaba al oído una canción que le gustaba cuando era más pequeño, a la vez que se balanceaba al ritmo de la música.

Le dio un beso y se separó de él. Le cogió de la barbilla y le obligó a levantar la vista.

– Vamos, – le limpió una lagrima que empezaba a resbalar por la mejilla – siéntate, anda. Ya lo arreglaremos…

– Pero es que no … sabe… Tomás necesita mucho cariño, e Irene igual… y es un palo de escoba, es… sus besos, los pocos que da son… de pichiglas… es como si te besara el palo de la fregona… mi madre no debía haberse ido…

– Está nervioso y enfadado… tranquilízate… quizás yo tenga la culpa y más porque me queréis… es… quizás… ¡eh!, renacuajo, estás conmigo. Arreglaremos lo vuestro, confía en mí. Y no le eches la culpa a tu madre… sabes que no tiene opciones…

A Arturo se le calmaron de repente los temblores y lo miró fijamente:

– El tío Germán es así, lo que pasa es que tú no te dabas cuenta. Cuando vivía contigo e íbamos a tu casa, eras tú el que te encargabas de nosotros… él apenas nos decía los buenos días…

– Pero…

– No me digas otra vez que por qué no… no nos quedamos contigo, porque pasaste de mi madre.

– Mañana hablamos con tu madre, y os venís…

– Pero como no tienes dinero y debes escribir…

– Bueno, joder, ya… pensaremos algo, vamos a escribir…

– No me gusta.

– ¿Eh? – no sabía a qué es refería el chico.

– El cuento.

– ¿No?

Movió la cabeza despacio de lado a lado, negando.

– Déjame ver el tuyo.

– No, cuando esté acabado.

– Que pasa esa conexión… ¿sólo funciona de un lado?

– Tú sabrás por qué en tu lado no funciona.

– Escribe, ya te sacaré yo las faltas al tuyo… hummmmm, que te vas a librar, dónde las dan las toman, no te jode…

– Desde luego… eres un vengativo. Y un mal-hablado.

– Escribe y calla…

Se miraron unos segundos antes de bajar la vista a la vez…

Pudo agarrarse de casualidad a un pequeño saliente… gritaba… lloraba… Clara se quedó paralizada durante unos instantes… Jorge apareció y corrió al ver los gestos de la chica.

– Lorenzo, tranquilo – le gritó – esto está chupado.

Se tumbó en el borde del pozo, se inclinó todo lo que pudo y alargó el brazo. Ni siquiera llegaba a rozar la mano de Lorenzo que no podía moverse mucho a riesgo de caerse. Quiso ir a por ayuda, pero su amigo le rogaba que le sacara, que no le dejara solo… estaba acojonado.

Jorge decidió bajar al pozo… Clara se había quedado sentada, como ida…

– Clara, joder, vete a por ayuda, una cuerda dile a la peña que venga… ¡¡¡Clara!!!

Pero la chica apenas reaccionó a las palabras d Jorge.

– ¡¡Ehhhh!! ¡Aquí! ¡¡Socorro!!

Estaban muy lejos del resto de la gente. Salvo que alguno hubiera decidido apartarse del grupo, era casi imposible que les oyeran.

Lorenzo cada vez estaba más débil… iba a perder su soporte en cualquier momento… los pequeños rebabas que había en las paredes aguantaban poco su continuo movimiento de piernas, buscando una seguridad que no iba a encontrar de ninguna forma.

Entró con cuidado, buscando un apoyo… había un pequeño reborde a un par de metros aproximadamente de dónde estaba su amigo. Encontró una piedra que sobresalía y alargó todo lo que pudo el brazo. Le intentaba dar alguna explicación de cómo podía ponerse, pero Lorenzo estaba tan nervioso que no atendía a razones, y las pocas que escuchaba, no era capaz de llevarlas a cabo.

– Debes cogerte e intentar buscar algún saliente para apoyarte, Yo no podré contigo… necesito que me ayudes, que me des un poco de impulso. No te muevas tanto, Lorenzo.

– No me dejes… me caeré…

– Calla, coño, y escúchame…

– No tengo fuerzas… – lloriqueaba al hablar.

Al final consiguió que se tranquilizara un poco, pero cada vez iba resbalándose más, tenías menos fuerza, sus manos estaban cada vez más magulladas, y ya le quedaba poco apoyo… Jorge buscó un saliente más abajo, para poder acercarse más y hacer más fuerza… y no tener que alzar a su amigo a huevo. Pudo encontrar una piedra que salía a cada lado del pozo que parecían que podían aguantar el peso de los dos. Puso una pierna en cada uno de ellos, abriéndolas casi al máximo, tanto que su pantalón se rajó y se agachó. Lorenzo debía hacer un esfuerzo y estirarse para coger la mano de su compañero y empujar con sus piernas apoyadas en la pared. Jorge intentó que apoyara los pies en una rebaba que tenía cerca de sus pies … pero al intentarlo perdió el apoyo… Jorge se estiró todo lo que pudo y lo agarró al vuelo. Estuvo balanceándose en el vacío unos instantes, que a ellos les parecieron horas.

Al final logró agarrarlo con el otro brazo también, lo subió un poco y consiguió que recuperara la calma… aunque seguía muy nervioso, con un ataque de pánico. Lo alzó unos centímetros más, y consiguió que pusiera los pies en la pared y que apoyando la espalda en la parte opuesta, como si estuviera andando sobre la pared, ir ganando centímetros poco a poco.

Al final Lorenzo alcanzó superficie… pero del esfuerzo de agarrar a su amigo al vuelo, el hombro de Jorge se había dislocado, y él mismo no podía subir.

Pero Lorenzo una vez que estuvo arriba se olvidó de todo y se tumbó en el suelo a recuperar el resuello.

Jorge sin poder hace fuerzas con su brazo derecho, tuvo que ingeniárselas solo para llegar a la superficie. Nunca consiguió acordarse de lo que había hecho para hacerlo… cayó desmayado nada más tumbarse en la hierba.

– Ha sido emocionante ¿verdad? – comentaba la ángela poniendo su brazo sobre el hombro del chico – Jorge estará dos meses sin poder hacer ejercicio. Y perderá la oportunidad de jugar el campeonato nacional de tenis.

– Juega muy bien al tenis. Además para lo gordo que está, se mueve muy bien, parece mentira.

– Y jugará mejor. Adelgazará y se lo tomará en serio… pero su carrera, o posible carrera la sacrificará por ti, por salvarte. Y sabes… nunca le importará ni te guardará rencor…

– Todo eso son patrañas.

– Puede ser. Que vocabulario usas para tus doce años…. – Irene se calló un instante antes de volver al tema – Él ahora… está llamándote por teléfono para preguntarte por la cámara de fotos. Es el único regalo que tiene de su padre.

– Pero si lo odia.

– No, lo quiere con locura, aunque su padre no se ha ganado ni un gramo de su cariño. Es de estos amores incomprensibles…

– Él me la ha dado – insistió.

– Vale, lo llamamos y se lo preguntamos. O ahora cuando consiga marcar tu número, cuando no se arrepienta, se lo comentamos. Yo no soy la policía que te va a llevar a la cárcel. Yo solo soy una ángela que va intentar salvarte. Él no estará contigo ese día, porque mañana se va a enfrentar a ti. Y te va a dar una paliza.

– ¡Ja! Le…

– No, no le partes la cabeza… porque él hace artes marciales, y es muy bueno… no lo ha empleado contigo, ni siquiera te lo ha contado… aunque sabes que no puede quedar contigo los lunes, martes y jueves al salir de clase… porque otra vez incomprensiblemente, te aprecia, y sabe que meterte con él, es tu forma de evitar que se metan contigo. Pero si quisiera, te partía esa nariz grande que tienes en un santiamén.

– Estará enamorado de mí, ese es marica como su hermano – lo expresó con un toque de soberbia “Aquí estoy yo rompiendo corazones”.

– Sí, lo es. No, no te quiere… de esa forma. – la ángela lo miró un instante enfadada – Hay muchas formas d querer… ¿Pero es que no te has dado cuenta de que en realidad, él te está protegiendo? ¿No te das cuenta de que le das la impresión de ser un pobre chico desvalido?

– Eso…

– Mira, chaval, estoy cansada… sabes, si no quieres hacer lo que te digo, es tu problema. Sabes, te quedan cuatro años de vida, aprovéchalos.

– Pero como lo séee… pues no me caeré… y no necesitaré a Jorge.

– No, hijo, cuando me vaya, no recordarás nada.

– Como los Hombres de negro. ¡Vaya chorrada!

– Pero sin la mierda esa que les enchufan… o el flash ese, vamos.

– Tú solo chascarás los dedos – Lorenzo se burlaba de la ángela.

– Chico listo… – Irene sonrió – Yo ya he cumplido – acabó de hablar sacudiéndose las manos.

Se levantó y dejó que el chico hiciera lo mismo.

– Y… ¿qué voy a ser, como va a ser mi vida?

– No, no va a ser de ninguna forma. 16 años, pozo, y te caerás. Morirás. Clara sufrirá un ataque de pánico y no podrá ir en busca de ayuda; cuando alguien te pueda ayudar, será tarde… Apenas tardarás cinco minutos en caer al vacío. Ya lo has visto.

– Pero podré evitarlo…- insistió.

– Otra vez… no vas a recordar… así que no lo evitarás.

– Pero ¿por qué?

– Porque las cosas no funcionan así…

– Esto parece una de esas historias de Navidad…

– Es una historia de Navidad…

– Jorge odia a su padre…

– Que no… mira te llama. ¿Qué le vas a decir? ¿No le vas a coger el teléfono? Está haciendo un gran esfuerzo para llamarte, fíjate si será importante esa cámara para él… y es buen fotógrafo. Será la profesión que al final desarrolle, una vez que el tenis le falle por la lesión que se producirá al salvarte. Y va a ser muy bueno.

– ¿Y se juntará con Fernando? Yo creo que se molan.

– Con Fernando ya está. Lo que pasa es que son muy discretos.

– No jodas… si no me ha dicho nada…

– Fernando lo cuidará de esa lesión, y a partir de ese día perderá el miedo a reconocerse… es lo que tiene casi perder a tu pareja. Y que sea un héroe. Hay muchas cosas que no te cuenta, porque intuye que no las entenderías. Como tú no le cuentas otras muchas…

– ¿Y Clara?

– No, Clara … la dejarás. No estáis hechos el uno para el otro.

– Y… ¿puedes hacerme un favor? – Lorenzo se arriesgó a lanzar su petición.

Irene lo miró de medio lado. Lorenzo bajó avergonzado la mirada… antes de atreverse a preguntar.

– ¿Mi padre va a morir? – lo dijo todo seguido, de un tirón. Era la pregunta que le atormentaba por las noches, por las mañanas, por las tardes…

Irene lo miró con ternura. Sabía que al final ese tema saldría… “Este chico yendo de duro… y es un bizcocho buceando en una taza de café con leche”.

– Tu padre… necesita tu apoyo. Y el de tus hermanas.

– Pero mi madre…

– Tu madre quiere protegeros, pero… la vida… es así, no puede protegeros de eso, luego, mañana, no habréis aprendido esa parte de la vida, y os costará más. Es duro ver a un padre enfermo como está el tuyo… pero… debes hablar con tu madre… te escuchará.

– Mi padre se muere… lo veo en tus ojos. Y mi madre nos miente…

– Huy, el mocoso éste, que mira en los ojos… – Irene apartó la mirada del chico.

– Sálvalo, por favor.

– Pero… si…

– Por favor, por favor, por favor…

– Yo no puedo cambiar eso. De hecho no puedo cambiar nada, solo pudo hacer que la gente tome otras decisiones…

– Mi padre se va a morir.- la cogió de la chaqueta y tiraba de ella – debes hacer algo.

– Tu padre está muy enfermo. Yo no hago milagros…

– Lleva muy enfermo mucho tiempo… es fuerte, puede resistir… pude curarse… ¿Para qué coño sirve una ángela entonces? Los ángeles hacen milagros, por eso son ángeles…

– Eso es en el cine y en los cuentos…

– No se va a morir – Lorenzo daba patadas al suelo de rabia… – que le den por culo a todo… me da igual morirme… – y cogió la cámara de la mochila y la estrelló contra el suelo saliendo corriendo hacia la arboleda.

Irene abrió la boca asombrada por el arranque del joven. Se la tapó con su mano derecha mientras pensaba a toda prisa y miraba impotente en dirección hacía dónde se había ido Lorenzo.

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Capítulo 6.

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Ernesto dejó el ipad en el suelo. La cabeza le volvía a molestar. Cerró los ojos unos segundos intentando relajarse. Respiró despacio y profundo… concentrando su mente en el lugar en el que el badajo lee golpeaba una y otra vez haciendo que toda su cabeza retumbara y hasta sintiera náuseas.

Tragó la poca saliva que tenía en la boca… necesitaba un trago de agua. Pensó en levantarse del suelo e ir a la cocina, coger su sempiterna botella de agua Font Vella, y beber un gran trago a morro, como le gustaba.

Sonrió al pensar las regañinas que le echaba la madre de los niños… “si es que todo lo que te ven, lo copian… y luego vete a decirle a Tomás que no puede beber a morro en casa de su amiga Inés, con lo estirados que son”. Arturo también bebía a morro… Irene no… Irene era toda una señorita.

Se masajeó durante un rato las sienes… quizás para volver a la realidad y no soñar más con la botella de agua Font Vella de su cocina… en el ascensor que él supiera no había esas cosas…

– Pues voy a patentar la idea… que en esos edificios tan altos, vendría bien un algo que beber para los viajes en ascensor… bueno, y en los no tan altos, por si pasan estas cosas… ¡¡Mi Reino por una botella de agua!! aunque sea de marca blanca…

Arturo se removió ligeramente a su lado. Debía haberlo escuchado hablar solo. Se había quedado dormido sobre su costado derecho. Se apartó despacio y lo apoyó con cuidado en el suelo. Acercó su bandolera y se la puso a modo de almohada, mientras se quitaba su abrigo y se lo echaba por encima para taparlo. Sonrió al mirarlo. Verlo a la luz mortecina del ipad… daba a todo como un aire irreal, mágico. Ahora Arturo se le semejaba a un Príncipe de cuento…

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El príncipe Arturo bajó de su caballo. Su escolta le imitó y se le adelantaron para entrar en la posada. Debían cerciorarse de que ningún peligro le acechaba.

– El príncipe Arturo requiere de sus servicios posadero. Necesita al menos 15 habitaciones para él y su séquito.

El interpelado levantó cansinamente la cabeza de sus quehaceres. Miró con desidia al Príncipe que entraba en ese momento y al hombre que le había hablado.

– No hay habitaciones para el Príncipe Arturo – contestó secamente y sin apenas mirarlos.

 

Marcial, el jefe de la escolta hizo amago de desvainar la espada para castigar, no que no hubiera habitaciones, sino el desprecio con el que el posadero le había contestado.

– Todas las habitaciones están libres de equipajes, con ropas limpias en los lechos. Ningún morador en ellas.

Nuño y Rodrigo, los dos hombres de confianza de Marcial, bajaban la escalera con las espadas fuera de sus fundas brillando a la luz de los candiles.

– Guardad eso, por favor – les ordenó el Príncipe – el posadero no ha dicho que no haya habitaciones, si no que no hay habitaciones para mí. No ha mentido. Quizás le haya agraviado, porque uno es joven pero la experiencia me dice que he hecho muchos enemigos sin habernos visto nunca las caras, y he agraviado sin apenas haber tomado decisiones… y he deshonrado cientos de doncellas, sin haber despuntado apenas a la sexualidad. ¿Cuál es su caso, posadero? ¿He mancillado el honor de alguna de sus hijas quizás? ¿Acaso me batí en duelo con alguno de sus hijos por el amor de una bella doncella de la localidad, o de alguna cercana? ¿Acaso le robé a Vd. con los impuestos que decreté, o quizás le expropié alguna tierra, sin haber gobernado?

El posadero lo miró de arriba a abajo. El Príncipe Arturo era un chico alto, 1,80 calculó, “es tan alto como mi Diego”. Su pelo corto y negro y su rostro rasurado, atractivo, su gesto decidido y cansado.

– Quizás quiera hacerme pagar los pecados o faltas de otros. Está claro que mi tío, el Rey, dejó su marca en la vida del posadero.

– Tu tío le hubiera cortado la cabeza sin dudar para hacerle pagar su osadía – apuntó con dureza Marcial.

El Príncipe levantó al mano para hacer callar a su hombre. A la vez sacó una bolsa con monedas y la puso encima del mostrador.

– Espero que esto cubra el precio de sus habitaciones y de una buena cena para todos. Quizás pensó que no íbamos a pagar.

El posadero se removió inquieto y dudó por primera vez. Su orgullo era grande y efectivamente tenía muchas afrentas del pasado con la familia del Príncipe. Pero el dinero le venía bien…

– Su cara, me recuerda a alguien… – dijo de repente el Príncipe como quien no quería la cosa.

– Nunca nos hemos visto – le contestó presuroso el posadero, girándose – No tengo posición para codearme con gente de ilustre cuna como vuestra excelencia.

El príncipe sonrió.

– Sea – accedió el posadero sin darse la vuelta – Mi hijo les acomodará en sus aposentos.

– Le rogaría que si conoce a algún juglar o a alguna orquesta, me gustaría que mis acompañantes pudieran pasar un rato agradable, el camino ha sido largo y duro y…

El Príncipe calló. Sus ojos se clavaron en un joven que acababa de entrar en la estancia. Media melena castaña, unos ojos verde intensos, un amago de sonrisa en unos labios carnosos… carnes generosas, y casi de su misma altura. Mofletes… y una forma de mirar de las que taladran hasta las piedras. Aunque al Príncipe apenas lo miró… y el chico apenas fijó su atención en él.

– Algo se podrá hacer – contestó el posadero ajeno a todo lo que pasaba por la mente del Príncipe – Unos convecinos gustan de tocar en las fiestas, si su excelencia lo desea, les puedo hacer llamar para ver su disposición a improvisar un baile esta noche y divertir a sus hombres.

– Sea – contestó el Príncipe Arturo, volviendo en espíritu momentáneamente a la estancia en donde sí estaba de cuerpo, aprovechando que el joven había ido a acompañar a cuatro de sus hombres a sus habitaciones.

– Está igual, Marcial – susurró Arturo.

– Es evidente que no está igual, mi Príncipe. Pero es igual de evidente que sus sentimientos son los mismos que los de hace 6 años.

– ¿Con diez años se puede uno enamorar?

Marcial lo miró asombrado por la pregunta.

– Pues claro Arturo. Yo me enamoré de mi primera novia a los nueve. Lo difícil que es que ese primer amor llegue a la edad adulta…

– Ni me ha visto… – dijo apesadumbrado – ni me ha sentido…

– Yo mismo lo acompañaré, su excelencia – interrumpió el posadero.

Y el Príncipe y el jefe su escolta, siguieron al posadero hasta los cuartos que les había asignado.

– Los mejores de la posada, claro está – les dijo haciendo una reverencia al abrirles la puerta.

Las horas de asueto pasaron sin apenas hacer ruido. El Príncipe permaneció en sus aposentos absorto en sus recuerdos. Recuerdos de niño que apenas tenía 6 ó 7 años. Recuerdos de él y otro chico, ese chico que se llamaba Diego. Corriendo por los jardines del palacio de su tío. Riendo a todas horas, en las lecciones de los maestros que iban a Palacio a darles clase, o jugando al tú la llevas, o al tú la tienes, robando un beso cuando no había nadie en los alredores, o sí lo había, lo que le confería además la etiqueta de aventura. Esas miradas infantiles cargada de inocencia, de amor… de fidelidad eterna.

El Príncipe paseaba inquieto por sus aposentos. Eran dos habitaciones unidas por una puerta doble que ahora estaba abierta. Caminaba despacio, no perdiéndose detalles del terrazo del suelo. Estudiando sus pies desnudos y sus movimientos. Debía tomar un baño pero su melancolía le impedía siquiera en pensar en hacer ninguna actividad.

Un par de golpes apresurados en la puerta, y la manilla de la misma que se movía, le hicieron ponerse en guardia y correr a su espada. Desenvainarla y correr a la puerta y poner su punta afilada en el cuello del que había entrado fue cosa de un par de segundos.

– Mi padre le envía estas viandas por si tuviera apetito, Príncipe. Todavía queda un rato para la hora de la cena.

– Diego, si amas tu vida…

– Perdone su excelencia pero…¿Cómo sabe mi nombre? – dijo fingiendo la mayor de las inocencias.

– Diego, ¿no me recuerdas?- el príncipe estaba cada vez más apesadumbrado.

– Perdóneme su excelencia, pero no he tenido el gusto de conocerlo antes de hoy. De oídas únicamente, ya sabe como es la gente.

– ¿Cómo es la gente? – preguntó en murmullos el Príncipe sin apartar la vista del joven.

Diego se dirigió a una mesa que había en una esquina para dejar allí la bandeja con unos quesos, una jarra de vino dulce y un bizcocho que había hecho esa misma mañana la cocinera, Juliana.

– El bizcocho de limón de Juliana – murmuró el Príncipe. Se giró para encararse con Diego, pero este había abandonado la estancia sin hacer ruido, dejándolo en el mundo de sus remembranzas.

Otro recuerdo que se hacía presente, real, no solo era ya algo que pasaba en su cabeza… Se abalanzó a la mesa sin titubeo ninguno y partió con la mano la punta del triángulo del bizcocho… se lo llevó a la boca despacio, como si reverenciara ese pedazo de comida… como si tuviera miedo de que en el camino, un maleficio de algún hada maligna lo hiciera desaparecer… lo metió en su boca y poco a poco lo fue masticando, quizás más que masticarlo, lo fue apretando contra su paladar… estrujándolo, sacando su esencia… saboreando, dejando que los mil retazos de su pasado que brotaban con cada uno de los sabores que iban apareciendo en su boca se repartieran por todo su cuerpo hasta llenarlo de dicha… “Siempre los pasados fueron los mejores tiempos”, pensaba. “Aunque en general no es verdad”.

Recodaba su niñez. Jugando con su amigo Diego y su hermana Estela. Corriendo por los jardines de Palacio. Juliana los llamaba a merendar e iban corriendo… “yo primer” “has hecho trampa”… “Niños, que hay para todos”… hoy tocaba un pastel de manzana, otro día uno de chocolate, quizás pasado mañana tocara el bizcocho de frutas… un tazón de leche y…

– ¡¡A mí la guardia!!

– El Príncipe cogió otro trozo de bizcocho, ajeno al mundo… “A mí me gusta el de chocolate” “Pus a mí… éste es el mejor tita Juliana”.

La puerta se abrió de improviso. Dos miembros de su guardia la tapaban con su cuerpo, luchando contra alguien al que el Príncipe no podía ver. Volvió al presente y desenfundó su espada mientras sus dos hombres caían heridos y unos hombres encapuchados entraban apartando violentamente los cuerpos de los heridos. Uno de ellos sacó una pistola que llevaba escondida entre sus ropajes, y apuntó. Una luz en la parte d arriba indicaba que había disparado. Arturo apenas pudo reaccionar; se quedó bloqueado mirando al encapuchado que lo disparaba. El resto de sus hombres llegaban en tropel y iniciaron la lucha con los asaltantes. Pero la bala iba camino del pecho de Arturo. Desde la otra habitación llegó el alarido del Marcial al que el ataque lo había pillado organizando la guardia y revisando la posada y los alrededores junto al hijo del posadero. Éste no se lo pensó más, y pegó un salto hacia delante, logrando empujar al Príncipe y echarlo al suelo.

Mientras sus hombres seguían luchando para reducir a los hombres encapuchados.

Los quiero vivos – gritó fuera de sí Marcial mientras se agachaba para comprobar que Arturo estaba bien y ayudarle a levantarse y llevárselo con él a la otra alcoba.

Arturo, en un primer momento, se dejó hacer, aturdido todavía por todo lo que estaba pasando. Pero al retirarse a la otra pieza, vio que Diego permanecía en el suelo, inmóvil y observó asimismo, una pequeña mancha de sangre en el suelo, a la altura de su pecho. Cogió impulso y saltó hacia delante, espada en mano. Marcial, sorprendido en un primer momento por ese movimiento de Arturo, reaccionó con presteza protegiéndolo mientras él se agachaba a comprobar el estado del joven.

– ¡Lo han matado! – gritó – ¡¡Lo han matado!! – más que un grito fue un alarido al que acompañaba muchas de las razones que había encontrado para seguir viviendo

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Capítulo 7.

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– ¡Como te has vengado! Me has convertido en homosexual. Y al final has matado a alguien… como eres… – Arturo estaba empeñado en ponerle las cosas difíciles a su tío. Se removió en el suelo, aunque apenas abrió los ojos. Su voz era apagada, queda, y un poco pastosa… agarró el abrigo de su tío y se tapó un poco más.

– Estás descalzo, no me había dado cuenta. ¿Cuando te has quitado las deportivas?

– Salí ya descalzo de casa… cuando nos echó tu… – se arrepintió de lo que iba a decir –  mi tío. ¿Ves? No te enteras de nada… me las quité en cuanto entramos. Siempre lo hago.

– Y tu madre siempre te echa la bronca.

– Tú haces lo mismo. En casa siempre vas descalzo.

– Pero no es lo mismo. Así que me echa la culpa de tus malas costumbres…

– Y dale. A lo mejor es que la tienes… y no veo yo por qué va a ser distinto.

Ernesto apartó el ipad y se movió hasta los pies del chico. Rodeó con su mano uno de ellos…

– Están helados… te vas a poner enfermo… – levantó la cabeza para mirarlo… estaba preocupado.

Empezó a frotarlos para calentarlos… mientras seguía mirándolo, quizás intentando ver algo más dentro… siempre lo había podido hacer… la conexión… pero últimamente no lo lograba… “A éste chico le pasa algo más”.

– Tranki, tío… no pasa nada… ya te queda menos…

– ¡Ah! Es cierto… – fingió que había surtido efecto el cambio de tema que había impulsado su sobrino

– Solo tienes que acabar todos los cuentos que has empezado… y la luz vendrá en cualquier momento, ya deben de estar arreglando la avería.

– No sé, estoy un poco cansado… y a veces me duele la cabeza… es como si no hubiera dormido en varios días…

– O será el golpe… o tu desilusión porque el ángel buenorro no se ha aparecido ante ti después del golpe. Nada, debes acabar… has dicho que nos vas a llevar contigo. Y necesitas pasta. Quizás es que no has dormido en días…

– Ahora eres tú el que insiste… tú lo único que quieres es llevarme la contraria… – se paró un segundo y se quedó pensativo – es cierto, debo llevaros conmigo… debo solucionar el problema de la pasta – Ernesto olvidó a propósito contestarle sobre el tema de su sueño.

– Sí, es el motor de mi existencia de niño de catorce años… bueno, casi de quince, llevarte la contraria. Aparta que voy a acabar mi cuento. Tú acabas éste y yo acabo el que estaba escribiendo.

– Espera, ponte esto.

Ernesto abrió su bandolera y sacó unas manoplas que llevaba siempre por si el frío apretaba. Se las hizo una vecina que siempre estaba sentaba en su galería, mirando a la calle y con su lana y sus agujas.

– Voy a parecer…

– Vas a tener los pies calientes. Aquí lo que parezcas… da igual. Solo te veo yo, y te he visto con aspecto mucho peor.

– Anda que yo a ti…

– Calla, no peques hablando de más, que las paredes oyen.

Se miraron. Sonrieron. Arturo cogió las manoplas y se las puso en los píes.

– Son calentitas – sonrió a su tío – Pero ni palabra a nadie que mi prestigio de líder en el colegio, peligra.

– No te he descrito bien en el cuento – bajó la mirada y la centró en sus manos.

– Nada, quieto, no vaya a ser que me reconozcan y Jenifer se piense que soy homosexual y no quiera saber nada de mí.

– ¿Esa es con la que follas? – le picó su tío.

– ¡Qué vocabulario! Luego dices de mí… hacer el amor, tener sexo, jugar a los médicos, rozarse, un poco de peeting o como se diga… no tienes que decir… “follar” – suspiró resignado mirando al techo. – Es muy tarde, no vas a acabar tus cuentos – Arturo estaba decidido a no dejarse engañar y caer en la trampa de hablar de la chica que le gustaba o de sus actividades sexuales.

– Me importan un comino… quiero saber de tu…

– Y yo quiero saber qué viste en mi tío… y no, no te importa un comino lo de la pasta porque si no tienes dinero, no podrás quedarte con nosotros, lo he pensado mientras dormía y tú mismo lo has dicho antes, así que, tío Ernesto, debes ponerte las pilas.

– ¡Ah!

– Es tu frase favorita esta noche … ¡Ah!

– ¡Ah!

Se dio cuenta de la pifia al ver a su sobrino reírse a carcajadas.

– Me alegra que te lo pases tan bien a mi costa. Vamos a escribir.. y ya te puede quedar bien tu cuento, que lo voy a necesitar… es tardísimo… 5 cuentos…

– Y bla, bla bla, que moñas plasta eres, jope – se quedó mirando expectante a su tío… odiaba la expresión “jope”, aunque Ernesto ni se percató de la jugada.

– ¿Qué? – Ernesto se estaba poniendo nervioso… no le pillaba el juego a su sobrino.

– Nada, nada, no cuentos, no pasta, no que mierda, que si quieres que nos quedemos y tal y la madre… que escribas, tío.

– Agrrrrrrrrrrrrrr… – Ernesto poniéndose a escribir de nuevo y reprimiendo sus ganas de estrangular a Arturo.

Tenía los ojos inyectados en sangre y odio. Saltó sobre el hombre que estaba más cerca, y en dos movimientos rápidos y maestros, le clavó su espada en el estómago. La sacó e iba a clavársela de nuevo, cuando Marcial lo detuvo.

– Vivo. Arturo, vivo… lo…

No le escuchó, aunque le hizo caso. Saltó sobre el hombre que más cerca tenía del grupo de tres que quedaban en pie y le desequilibró con una patada en la espalda, cayendo al suelo. Antes de que pudiera levantarse, se puso a horcajadas sobre él, golpeándole con saña con la empuñadura de su espada. La cara del asaltante fue cubriéndose paulatinamente de sangre. El otro encapuchado, viendo al Príncipe obcecado golpeando a su compañero, se lanzó contra él con la espada extendida para cumplir la misión que tenían encomendada. Pero el Príncipe estaba ya centrado en la lucha, y lo vio venir, se giró y con un movimiento hacia arriba de su espada, paró el golpe. Con su mano izquierda cogió la daga que llevaba en su ceñidor y la clavó en el estómago de su atacante.

El que quedaba fue reducido rápidamente por sus hombres.

Arturo jadeaba. Miraba a su alrededor y solo veía sangre.

– Sacadles de aquí e interrogarles – ordenó Marcial.

– Eran al menos diez – oyó decir a Gonzalo – eran mesnaderos experimentados, por éstas – e hizo con los dedos índice y pulgar de su mano el signo de la cruz y los besó.

Arturo se giró hacia el hijo del posadero. No se atrevía acercarse.

– ¡Un médico! – gritó.

– Está muerto, mi Príncipe – le dijo Marcial, poniendo la mano en su hombro.

Arturo le apartó de un manotazo y lo miró con rabia.

– No está muerto. Vete – a – buscar – a – un – médico. ¡¡Voto a bríos!! ¡¡¡Un médico!!!

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Ernesto apartó un momento la mirada de lo que escribía. Miró a su sobrino y lo vio cansado… como si no tuviera fuerzas… volvía a respirar agitado, aunque esta vez solo duró unos instantes, él mismo controló su ansiedad… o lo que fuera. Intentó darle al interruptor… y ver dentro de él, pero… definitivamente estaba averiado. Solo veía lo que le quería enseñar. Y eso era nada.

– Te estoy viendo, escribe. Me vas a desgastar de tanto mirarme.

– Si bwana, como eres…

– Ernesto sonrió, bajó la cabeza y pensó unos segundos. Pocos. Agitó los dedos y se puso a escribir:

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Marcial estaba desconcertado. Nunca lo había visto así. Salió de la pieza pensando como iba a encontrar a un galeno en ese pueblo. Se cruzó con el posadero que iba acongojado con un barreño de agua hirviendo camino del lugar dónde había trascurrido la última parte del asalto.

– ¿Y eso?

– Una señora con muy mal carácter me ha mandado calentar agua hace una hora y subirla.

– Paso, por favor. Soy médico.

– Venga, doctor, hay un herido grave tendido…

– No se preocupe que ya estoy informado.

Marcial se paró en seco. Volvió sobre sus pasos e interceptó al médico. Lo acorraló contra la pared en el pasillo y puso su daga sobre su cuello.

– Dígame como casualmente estaba Vd. aquí. No me fío.

– Una señora me avisó ayer – el médico tartamudeaba asustado por la fiereza de la mirada de Marcial – de que hoy serían necesarios mis servicios aquí. Y me ha acompañado a galope tendido desde la capital de la comarca, donde resido. Hemos batido todos los récords… en algunos momentos parecía que volábamos…

Marcial empujaba al hombre contra la pared sin apenas dejarlo respirar. Tenía las manos levantadas y abiertas. Eran unas manos extremadamente limpias para los usos de la época y delicadas.

– Marcial, déjale. Se muere…Diego… – Arturo suplicaba – Si él se muere, yo no tardaré en seguirlo… otra pérdida no, soy… demasiado joven… la pena me consumirá.

El príncipe había asomado por la puerta completamente hundido y desolado. Apenas habló y comprobó que Marcial cumplía sus deseos y dejaba pasar al galeno, volvió al lado de Diego que respiraba trabajosamente en el suelo. A su vera, el posadero lloraba incontenible e inconsolable. 

– Sabía que solo nos traería desgracias… como hace seis años…

– Lo sabíais… y no dijisteis nada… fingisteis ser otras personas… ¿Qué os hice yo, Juan? Era un niño… apenas lo sigo siendo… y yo os quería… erais mi única familia… no tuve culpa de lo de Estela, era como mi hermana y mi cómplice… lloré su muerte desconsolado… y solo… porque me dejasteis solo hasta que mi tío me desterró donde unos desconocidos, lejos…

– Era mi hija y él la dejó morir… solo nos habéis traído desgracia… no debía haberos alojado…

– No, Juan… yo no he traído ninguna desgracia… era un niño, 9 años… y os quería… y quería a Diego… y a Estela… me pasé tres meses llorando… solo, Juan… quiero a Diego con toda mi alma… es mi vida… hoy lo sé…

– Y él a ti… he intentado que… – al posadero se le quebraba la voz – he intentado, Dios lo sabe bien, que te olvidara… que te olvidara… ¡Dios! El Rey intentará matarte de nuevo, y lo hará con todos los que estén a tu lado, Arturo… lo sabes… te odia… no quiero perder lo único que me queda en esta vida, Arturo… pero él te ha salvado la vida… no he conseguido nada en todos estos años, no he conseguido que te olvide… apenas ha durado una hora… en una hora ha saltado al vacío para protegerte… – lloraba perplejo – no quiero perderlo, Arturo… no me lo quites… – Juan zarandeaba al Príncipe – es lo único que me queda… te lo pido, me humillo si es preciso… – e intentó arrodillarse, pero Arturo se lo impidió, abrazándolo.

– Paso. Dejen paso, por Dios.

Dos hombres subían las escaleras cargados de candiles y velas. Las colocaron alrededor del cuerpo del joven y las prendieron. La estancia fue adquiriendo una claridad extraordinaria, muy superior a la que se conseguía en el momento más luminoso del día. Marcial preguntó con la mirada al médico que se encogió de hombros.

– Será la señora.

– ¿Y como se llama?

– Irene, me dijo. Una mujer de carácter. Y un poco estrafalaria.

– ¿La conocen? – Dijo uno de los hombres de la luz – Pobre de su marido… esa le zurra la badana sin remisión posible – su cara denotaba relajo al no ser el esposo de la tal Irene.

– Galeno, haga lo imposible… me salvó la vida.

– Luego le miro esa herida, Príncipe Arturo. La del brazo.

– No es nada. Lo importante…

Pero el doctor no le escuchaba. Se afanaba en romper con cuidado el jubón que se había pegado a la carne debido a la sangre seca y limpiar la piel y así poder estudiar la herida o heridas…

– No veo… bien… – el doctor se afanaba en apartar con cuidado la piel con sus pinzas… pero aunque la luz era muy superior a la que era habitual, no era suficiente… – alguien que me acerque – uno de los soldados cogió un par de candiles y los puso lo más cerca posible, pero no era suficiente…

– Paso, caballeros.

Una señora alta y fuerte, con el pelo alborotado y las mejillas sonrosadas, se abría paso entre todos los espectadores. Iba cargada con un espejo de más de dos metros de alto, siendo al menos de un metro su anchura.

– Señores, seguro que tiene que organizar la protección del Príncipe. El ataque se puede volver a producir. No hay que ser negligentes. Revisen de paso el pajar, a lo mejor encuentran algo… Y así dejan algo de aire para que respire el enfermo. El practicante está en el salón para que les cure esas heridas. Y retiren por favor a los muertos… que descansen en paz.

Los hombres de la guardia del Príncipe respondieron al instante como si la orden se la hubiera dado el mismísimo Príncipe, y bajaron las escaleras prestos y diligentes.

– Ustedes no, señores, los necesito. – les indicó a los que habían traído los candiles – agarren por favor uno de cada extremo.

Les hizo sujetar el espejo y les puso sobre los candiles y el cuerpo del joven. En cuanto estuvieron dispuestos, la luz se multiplicó al reflejar la que se perdía hacia el techo. El médico la dedicó apenas una rápida mirada de agradecimiento y asombro para seguidamente ponerse a estudiar la situación.

– ¿Cómo sabía…? – inició la pregunta, aunque se arrepintió. – la bala está muy cerca del corazón. Si le hubiéramos movido, quizás hubiera muerto. Voy a sacar la bala…

– Ahí tiene para lavarse las manos, doctor. Y el instrumental está limpio siguiendo las instrucciones de la dama – dijo el posadero, diligente y nervioso, sin atreverse a mirar a su hijo, tumbado en el suelo.

– ¿Yo dama? Alucinas…- Irene inició una carcajada, pero se contuvo al recordar en qué circunstancias estaba.

– ¿Alucinas? – preguntó asombrado uno de los hombres que mantenían el espejo.

– Nada, cosas de … – iba a decir de ángeles, pero consideró que no era el momento. Dejó la cosa sin acabar… aunque nadie le preguntó ni le hizo caso siquiera; todos estaban pendientes de la operación del doctor…

Él médico estuvo dos horas afanándose por salvar la vida de Diego. Los hombres que sujetaban el espejo debieron ser sustituidos varias veces. La guardia del Príncipe se turnaban con los hombres de las velas. El practicante y una matrona que acababa de asistir a un parto, subieron para ayudar el galeno. Debieron convencer al Príncipe para que saliera del cuarto, ya que según pasaban los minutos se iba poniendo más y más nervioso. El posadero también fue invitado a abandonar la estancia. Ambos paseaban cada uno por su lado, sin hablar… cada uno centrado en sus razones, en sus sentimientos… el Príncipe además vigilado por seis de sus hombres, incluido Marcial que estaba pendiente de todo lo que sucedía a su alrededor. No se perdonaba no haber estado al lado de su protegido en el momento del ataque.

Nuño y Rodrigo revisaron el pajar, como les indicó la señora de “humor difícil”, como la llamaban suavemente. Allí encontraron, tal y como les señaló la mujer, objetos que habían guardado los asaltantes, así como sus monturas.

– Deberíamos informar al Príncipe… – comentaba Rodrigo a Marcial cuando le llamaron para informarle.

– Excelencia, la luz ha bajado de intensidad en la habitación – gritó uno de los guardias.

Arturo corrió hacia la posada. Subió los escalones de dos en dos y entró de un salto en lo que iban a ser sus aposentos hasta que el ataque frustró sus planes. El médico salía con aspecto desaliñado y agotado. Su cara no traslucía nada. Dentro, la luz iba bajando de intensidad en la medida que iban apagando las velas y los candiles.

– He hecho todo lo humanamente posible, incluso algo más – sin saber por qué miró a Irene que se había apartado a un rincón.

El Príncipe fue cayendo poco a poco sobre sus rodillas. Se llevó las manos a la cara para restregársela y comprobar que no era un sueño… y para llorar… su amor se había ido, y lo había hecho para salvarlo… ¿cómo iba a seguir viviendo con ese peso?

– Ha perdido mucha sangre – continuó el galeno sin prestar atención al Príncipe – tenía dos balas en lugar de una, el atacante debió cargar la pistola con dos proyectiles. Por la sangre y la suciedad no se vieron en un principio… hubo suerte de no moverlo, gracias a la Señora. Si lo hubiéramos hecho, quizás… una bala estaba rozando el corazón, y el pulmón, y… no quiero ni pensarlo… el caso es que ya está todo concluido y descansa plácidamente.

El príncipe lloraba arrodillado cuando escuchó la última palabra. Pero no fue inmediatamente cuando la asimiló de verdad. Todavía estuvieron así unos minutos… el doctor mirándolo agotado y Arturo en el suelo, tapándose la cara con sus manos llenas de sangre de su amor, de suciedad de lágrimas propias y de desesperación.

De repente volvió a repasar en su mente lo que el médico le había dicho… y descansa…

– ¿Descansa?

– Mañana estudiaremos su evolución, pero es un chico fuerte y quiere vivir… se le nota… es una cosa que siempre noto a los enfermos, si tienen algo por lo que luchan, y este chico… – el médico buscaba recordar su nombre…

– Diego – apuntó su padre que subía en ese momento..

– Eso, perdonen… Diego, quiere vivir, tiene algo en su corazón que… yo diría que la causa de que la bala se desviara apenas una micras fue debido a lo que alberga dentro, los sentimientos tan profundos e intensos y sus ganas de vivirlos durante muchos años… Tiene suerte Príncipe Arturo. No hay muchas personas que pueden presumir de que los sentimientos que provocan cambien la dirección de las balas y casi resuciten a los muertos…

– Y traigan un médico que salió un día antes de que todo ocurriera – apuntó por lo bajo el Príncipe.

Arturo recuperó las fuerzas y se levantó. Dio un par de pasos hacia el lecho de su amor, pero de repente sintió miedo…

¿y si el médico se equivoca?”…

Pero lo desechó y dio otros dos pasos… aunque de nuevo las dudas… levantó un poco el sobaco y olió…

huelo mal y estoy sucio”…

Aunque se contestó inmediatamente…

está inconsciente”…

A lo mejor el olor hace que se despierte y reviva” – le dijo una voz desconocida en su cabeza con un poco de ironía en el tono.

Arturo miró a su alrededor buscando la voz, pero no encontró a nadie. Era la primera vez en su vida que una voz que no era la suya resonaba en su cabeza. Fue a dar otros dos pasos acercándose a Diego, pero al final solo dio uno antes de que las dudas y el miedo le asaltaran de nuevo:

¿Y si no me quiere como dice el galeno? ¿Y si todo fue por defender al Príncipe al que el soberano odia con todas sus ganas, que de hecho manda a todo un pelotón a asesinarlo?”

Era ilusionante que alguien le defendiera con su vida como lo habían hecho sus dos hombres caídos, y los otros 6 heridos… pero eso hoy, para él no tenía importancia. Los reinos, los mundos, los pueblos… él solo quería a Diego y el pueblo en donde decidieran vivir. Estaba resuelto a renunciar a todo por su amor, al trono, a las riquezas, al gobierno, a la guardia, a la pompa y al boato… solo para que Diego y su padre no sintieran miedo…

Ninguno estaba demasiado proclive ni al Príncipe ni al tío de éste, así que eso no sería…”

Dio otros dos pasos, ya casi estaba a su vera…

¡Oh! ¡Por Dios!… está tan pálido… si pudiera darle mi sangre se la daría…

¿Quieres acercarte ya de una puñetera vez que tengo otras cosas que hacer?”

Otra vez esa voz dentro de su cabeza… porque él volvió a mirar y remirar a su alrededor, y no vio a nadie de nuevo…

Vamos, joder, dale un beso, y duerme y mañana hazme el favor de bañarte que hueles que apestas… y de paso que todos tus hombres lo hagan… no sé como podéis aguantar ese olor…”

Arturo levantó el sobaco… así con disimulo…

Huelo mal, pero no es para tanto” “¿Cómo voy a oler después de una jornada de camino y de una lucha a muerte?

¡Que te bañes coño!” Y dale un beso y vete a dormir que me tengo que ir, y quiero sacar una foto para enseñársela a Gabriel.

– ¿Una foto? – dijo en voz alta sorprendido.

Una especie de dibujo, de retrato” – le explicó la voz.

– ¡Ah!

De repente sintió una patada en el culo aunque siguió sin ver a nadie a su alrededor. Mirando a todas partes acabó de llegar junto a Diego. Lo vio… lo miró… rozó con sus dedos sus mejillas… sonrió… porque su corazón pegó como un salto y se encabritó, se aceleró de alegría de placer… bombeó más sangre y más deprisa por todo su cuerpo…

– Debo tener una cara de bobo, Diego, menos mal que no la puedes ver…

Y de repente, Diego entreabrió los ojos…

– Te estaba esperando… y tienes la cara más linda del mundo.

Si antes se le encabritó su corazón, lo de ahora era indescriptible. Un algo se le puso en el pecho, como que le emocionaba, y se le puso más cara de tonto enamorado y sin poder contenerse, por esa cosa que tenía en el pecho, sus narices echaron alguna mucosidad obligada por el llanto que empezó a fluir… lágrimas y lágrimas, y risas tontas… y felicidad a raudales… la vida… la vida volvía a ser de colores desde aquel día que pasó a se en blanco y negro, predominado el negro. Aquel día cuando él tenía 9 ó 10 años, y Juan cogió a su hijo, el que le quedaba vivo, y a Juliana, la cocinera y se iban por la noche, a hurtadillas… sin despedirse, y su vida, la vida de Arturo, dejó de tener sentido. Más cuando pocas semanas después, su tío el Rey lo desterró a un lugar apartado… a casa de unos nobles venidos a menos y a los que pagaba dos reales por su cuidado. Menos mal que Marcial con un grupo de fieles, se instaló cerca de él, para velar por su seguridad y para darle un poco de ese calor del que, su tío el Rey, quería privarlo.

– Te quiero. Joder… estás bien… eres… no me vuelvas a dejar en la vida, y … no sé si perdonarte que no me dijeras nada cuando llegué, como si no me conocieras… “Excelencia, yo no me trato con gente como Vd.” eres un malnacido con pintas… y te quiero, y no puedo vivir… ¿sabes que me tiré tres meses sin apenas comer y llorando a cada momento? ¿Sabes…?

– Calla, me aturullas…

– ¡Oh!

Diego sonreía picarón, señalando que le tomaba el pelo… pero Arturo no estaba para muchas sutilezas… y se preocupó un poco pensando que le estaba a lo mejor haciendo mal, y que debía retirase y dejarle descansar…

– Hay sitio aquí, acuéstate a mi lado.

Arturo se subió a la cama con cuidado, procurando que Diego no sufriera mucho por el movimiento, y se acurrucó a su lado. Diego buscó con su mano la de su amigo, y la agarró suavemente. Arturo se la apretó suavemente… estiró el cuello… y le dio un beso en la mejilla.

– Te quiero Mi Príncipe.

– Amor.

– Pero mañana báñate que hueles a choto.

– Claro, como a ti te han lavado… estoy en desventaja.

Le dio otro beso en la mejilla a la vez que se le ocurría…

– A lo mejor para no molestarte con mi olor, debería irme a los establos a descansar y dejarte solo pero bien oloroso.

– Ni se te ocurra.

Sonrieron como solo sonríen los enamorados. Y cerraron los ojos.

Nada perturbó el descanso de los enamorados durante la noche. Si acaso hubo un instante en que Arturo sintió como un fogonazo delante de ellos, pero cuando abrió los ojos no vio nada ni a nadie. Escuchó unos segundos en la oscuridad y comprobó que sus hombres hacían guardia en el pasillo y en el exterior del edificio.

Cerró los ojos de nuevo, y siguió con el sueño a medias que estaba compartiendo con Diego.

No te asustes, era Irene”

¿Irene?”

Una ángela del cielo que ha venido a cuidarnos. Nos ha sacado una foto para enseñársela a uno de los jefes de Ángeles, a Gabriel.”

¡Ah! Tú estás un poco pa’llá”

Y tú estás muy guapo con ese porte principesco.”

Y tú me pusiste…”

Calla que es un cuento de Navidad”

¡Ah!, vale!” “¿entonces no podemos…?”

Diego negó con la cabeza mientras miraba obnubilado a su Príncipe, sonriendo.

Y se besaron castamente en la mejilla.

¿Y no podemos…?

¡Qué no, pesado! Luego, cuando se retire el escritor”.

Dame otro beso al menos”

Y le dio otro suave beso en la mejilla.

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Capítulo 8.

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– Ya está.

– ¡Bah! No está mal. No quisiera pensar que me ves a mí así de bobalicón…

– Oye, oye – le dijo apartando el ipad – no se como demonios has podido leerlo… yayayaya, ya entiendo tu juego… me estás tomando el pelo como a un gilipollas… y de bobalicón, nada, l príncipe Arturo no es bobalicón… ¿por querer … o amar y decirlo? No pensaba que ras tan… que ibas de duro del pueblo.

– Lo que eres… y no voy de duro, pero…

– Es Navidad, es un cuento de Navidad… no se pude matar gente, y todo el mund es bueno, me lo dijiste…

– Ya no es Navidad…

– Siempre es Navidad, cuando quieras que sea Navidad, será Navidad. Pero es que no estamos dispuestos a ser buenos con los demás, ni nada de eso. Nos refugiamos… si es que … Navidad es hoy porque me sale de los eggs. ¡He dicho!

– Qué mal hablado, y luego… me echas a mi los marrones y me dices, que fuerte refuerte.

– Ya me has despistado, estábamos… recuerdo que te tenía que rebatir algo, o…

– Comentábamos de lo gilipollas que eres.

– ¿Soy gilipollas? A sí, lo…. lo que soy – Ernesto iba a perderse de nuevo… – y claro – volvió – ni has leído una mierda porque lo acabo de escribir, así que no has podido… y no estabas a mi lado, sino que estabas…

– La conexión. Y que no te enteras de la misa a la media cuando escribes, es como si el mundo exterior… se volatilizara. Podría haber estado leyendo a tu lado, con media cabeza tapándote la pantalla, y ni te hubieras enterado.

– Pero… ¿Y tu cuento? – contra-atacando, empezaba a pensar que su sobrino no había escrito nada. A Arturo le gustaba escribir, y siempre que acababa algo, se lo enviaba corriendo. Le mosque aba que no se lo hubiera enseñado todavía.

Arturo le miraba con los ojos fijos y muy abiertos, interrogantes.

– ¿Mi cuento?

– Claro.

– Pero si lo he acabado hace ya casi… te iba a decir que casi una hora, tronco – Arturo apartó la mirada.

– Odio que me llames tronco.

– Pero antes no me has dicho nada por el “jope” – volvió a girarse esta vez para mirarle y echarle en cara.

– Sabes que odio esa palabra. Me parece ridícula.

– Pus antes la he dicho 45 veces seguida y no te has dado por aludido.

– ¡Ah!

– ¿Ves? No te enteras de nada, nada. Podría haber leído tu cuento subido a tu chepa.

Ernesto suspiró desesperado.

– Sabes – dijo al cabo de unos instantes – voy a escribir los otros cuentos, y luego espero que me enseñes tu cuento. Tu cuento – repitió mientras abría y cerraba documentos – tu cuento – esta vez fue casi solo un susurro – ¿O no me lo quieres enseñar?

– Si no lo has visto por ti mismo a través de la conexión, no eres digno de leerlo.

– Te mato, y digo…

– Que es por el bien de la humanidad, te repites tiiiito – voz de niño repelente, de pique total.

– Dame un beso – contraataque.

– Que moñas, no… que ya no soy un niño.

– Siempre serás un niño.

– Una mierda.

– Serás mi niño.

– Ni el de mi madre, y voy a ser el tuyo, alucinas, tío.

– Pero sí el de tu tiiiiito.

– Que… pero Ernesto, si no me has hecho ni puto caso, ni quedarme contigo me has dejado, ni un beso le diste a mi madre, la pobre que se fue triste y preocupada al aeropuerto – Arturo fue imprimiendo cada vez más toque dramático a sus palabras.

– ¿Eeh?

– Escribe, anda, que ya estás con la cabeza puesta con Irene, la ángela.

Lo miró… y lo que vio…

– A lo mejor cambias de cuento… alucinas – y Arturo alucinaba y sonreía. Se agarró al brazo de su tío, e iba leyendo mientras escribía.

Ernesto se sumergió en el ipad.

Y suspiró.

Los fuegos artificiales estallaban encima de ellos.

– Mira, ese, mirad… – decía alborozada la ángela – Esto es la hostia. Si ya la gente hasta hace ensayos de fuegos artificiales para el día de año nuevo… la hostia puta…

– Perdóneme, pero es vd. una mal-hablada. Yo creo que …no entiendo por qué nos retiene aquí.

– Yooooo – voz de sorprendida, exageradamente sorprendida – si no les retengo… mira, mira – y rodeó con su brazo el hombro de Lorenzo – mira esa flor… mira que colores… pero si parecen profesionales…

– Parece que no haya visto nunca unos fuegos… yo estoy cansado de verlos – el chico estaba ya un poco harto del tema.

Irene se quedó mirándoles.

– No… no habéis aprendido nada. Seguís sin tener nada en la mollera, nada en el corazón, seguís sin saber apreciar las cosas…

– ¿Con la peli que nos has puesto? Pues que no te has comprado otros leotardos desde el siglo XVII. Eso hemos aprendido.

– Has estado bien, chico – Juan se rió brevemente.

– Huy, que graciosos… pues bien bonitos que son estos leotardos…- Irene levantó ligeramente el mentón, orgullosa.

– Bueno, esto ha estado bien, ya he perdido la reunión y tendré que convocarlos mañana por la tarde, a mi vuelta del viaje a Bruselas – Juan estaba fastidiado por como se estaba desarrollando la tarde, que ya daba por perdida.

– ¿Has visto a esa gente el daño que les vas a hacer?- Irene se puso seria de repente.

– Es necesario… – le pillo por sorpresa el ataque – la empresa debe sobrevivir, es un mundo de chacales…

– Tú eres el chacal, los demás los corderos. ¿No te has dado cuenta…? ¿Y para qué?

– Oye, oye, que nos has puesto una peli del príncipe ese marica que se enamora y que…

– Tienes dos hijos homosexuales y hablas así… – le recriminó Irene – con ese desprecio…

– Para mí es como si no tuviera hijos. Les pago las facturas y punto. Y menudas facturas. Me da igual con quién se acuesten o lo que hagan. No desprecio a los homosexuales, desprecio a mis hijos.

– Yo no sé que pinto aquí, casi que me voy… – y Lorenzo se levantó y empezó a recoger sus cosas del suelo, las que había tirado Irene hacía ya unas horas, para meterlas en la mochila e irse a su casa.

– Te olvidas de los restos de la cámara de fotos.

– Esa cámara es como la de mi hijo Jorge – miró al chico y al ángela alternativamente – es un modelo poco corriente en España…

– Yo no he sido… – dijo Irene, levantando las manos y moviéndolas exageradamente.

El hombre y el chico se miraban… el hombre seguía sentado en el césped, el chico levantado, preparándose para irse.

– ¿Quién te la ha dado?

El chico bajó la cabeza.

– Pero la rompió ella…

– No seas mentiroso y acusica, que la tiraste tú con furia al suelo… tiraste la cámara del hijo de este señor, al suelo, con mala leche, después de habérsela robado de su casa, a ese que llamas amigo, pero que lo maltratas… y al que no dudarías en vender si con ello sacaras ventajas… como por otra parte intentó este señor con su hijo mayor…

– Yo no… me la dio… ¿Y es cierto que vendió a Ramón?

– Lo intentó, lo intentó, pero Ramón es clavadito a él en el carácter… ¿A que sí? Y eso le jode, porque además ha dado argumentos a Ramón para ser como él, un amargado que hace pagar su vergüenza, su rabia a los demás.

Juan miró para otro lado. No tenía ninguna intención de dar explicaciones a nadie y menos a esa señora que iba con unos leotardos naranjas del siglo XVII, y que lleva el pelo rojo. Aunque hubiera jurado que hacía un rato era verde.

– Suena el teléfono. Es el tuyo, Lorenzo. Es Jorge – Irene sonreía con sorna – A ver que le dices.

– Es mi amigo, no … no…

– Contesta y dile – le animó la ángela – “No me he llevado tu cámara, tú me la has dado, solo que no te has dado cuanta, te ha dado un siroco y se te ha olvidad en 3 minutos.”

– No…

– Mientes – lo dijo muy suavemente – y te pesa hacerlo. ¿Por qu´lo haces?

– Le dije que esa cámara era especial… que no debía… ¿ves? Me ha fallado. Es un pusilánime. ¿Ves como tengo unos hijos… que no aprecian lo que les doy?

– Tú eras un pusilánime – acusó Irene – Y lo sigues siendo, pero lo disimulas haciendo daño a los demás. Como Lorenzo. Te dejaste amilanar a los 17 y haces pagar al resto del mundo desde entonces. Disimulas tus carencias destruyendo todo lo que tocas.

– Como todo el mundo.

– No, no todo el mundo. ¿Todo el mundo pisa a los demás para que no se note que uno no tiene arranque?

– A mi padre lo… lo mataron aquellos… lo hicieron sentir mal…

– Y tu te avergonzaste, y no le diste tu cariño. Le rechazaste. Eso sí, te vengaste al poco, ni 6 años pasaron, y tú no habías cumplido los 17, aunque falsificaras el carnet. Y sigues vengándote en cada persona que te cruzas en el camino… solo porque no soportas el daño que le hiciste con tu vergüenza, negando ser su hijo… hasta te cambiaste el apellido… y él lo dio todo por ti.

– Es la ley de la selva, de los negocios…no sé de que me hablas de mi padre. No sabes… – a Juan no le había gustado la referencia a su padre.

– ¿Solo se pueden hacer negocios destrozando a los demás? ¿Tus hijos son negocios? ¿Lorenzo, tu padre… es negocio? ¿Tu amigo? Lorenzo, tienes suerte… eres la viva imagen de Juan con 40 años menos… él ya no tiene amigos.

Calló un segundo para observar sus reacciones. Pero no hubo siquiera un pequeño gesto en ninguno.

– El Príncipe de la historia estaba dispuesto a dejar de serlo por su amor, y porque el padre de su amado lo aceptara. Al final gobernó su reino con Diego a su lado. Y adoptaron varios chicos y uno de ellos fue Rey también. Y Diego se tiró delante de las balas que iban destinadas a Arturo por amor, sin pensar en nada más, en su propio bienestar, en su propia vida…

– Eso es un cuento. La vida no es un cuento. No es de nubes de algodón, ni de manzanas cubiertas de caramelo.

– Que no sepas que haya pasado, no significa que no pasara, Juan. La vida no es un cuento… pero tampoco hace falta que la convirtamos en algo agresivo y deleznable continuamente.

– Yo casi que me voy… – dijo Lorenzo con un tono de superioridad y hastío.

– Tú vete. Sabes que tienes los días contados… en realidad los dos tenéis los días contados – hizo un gesto quitándole importancia a la vez que se sentaba en el banco que acababan de dejar libre Juan y Lorenzo.

– Esta tía va de farol… es que… nos muestra por arte de birlibirloque una peli de dos pavos que se besan en la edad media, y lo… luego pretende que nos creamos que vamos a palmarla en 10 minutos – miraba a Juan mientras hablaba mostrándole su cara de indignación.

– Vale. Iros.

El hombre y el chico se miraban.

– Iros. – y les hizo un gesto con las manos para animarles a irse.

– Vete tú no te jode – le dijo el chaval sentándose en el banco de nuevo, orgulloso y altivo.

– Para lo chulo que eres Juan, no hablas mucho, te dejas comer por el chico – le picó la ángela.

– Soy hombre de pocas palabras – contestó digno Juan, sin siquiera mirar a la mujer.

– Una pena, podía ser tu portavoz… si quiere el chico es capaz de hablar como los viejos.

– Y dale, yo no hablo…

– Me cansáis, la verdad. Me vuelvo al cielo, y le diré a Gabriel, mi encargado, que he fracasado. Ni a hostias… es ni … sabéis, no merecéis ni ser salvados. Sois escoria, aunque vosotros os creáis guays. Dale recuerdos a tu padre – miró a Lorenzo – seguro que tu forma de ser le hará muy feliz. Menos mal que no se entera de nada

Irene se giró hacia Juan:

– Y tú a tus hijos

Lo miró fijamente haciéndole una mueca de burla.

– Adiós.

Irene hizo un no sé que como las manos y se fue elevando lentamente, perdiéndose en la oscura noche. Solo unas pequeñas chispas indicaban el camino que seguía. Y algún resplandor de los fuegos que estaban tirando jóvenes y mayores como antesala del día de Nochevieja, dejaban vislumbrar a Irene, con sus medias naranjas y su pelo negro azabache, que se lo acababa de cambiar, subir y subir a tiempo de ver la serie de moda en el cielo…

– Al final no has cambiado de relato– dijo Arturo.

Ernesto lo miró un instante y sonrió pícaro:

– Por llevarte la contraria.

– Bobo

– Pero un bobo encantador – y le dio un golpe con el codo “te jodes te jodes, dónde las da, las toman, sobrino”.

.

Capítulo 9.

.

– Creía que ibas a cambiar…

– Ahora – contestó ausente Ernesto mientras repasaba alguna falta en el cuento de la ángela.

De repente se metió en la cabeza de Ernesto un llanto. Se tapó con fuerza los oídos con las manos… pero seguía escuchándolo… estaba dentro de él, dentro de su cabeza… lo sentí ahí, incrustado, dentro…. le hacía hasta estremecerse…

Arturo levantó la mirada del ipad y se lo quedó mirando.

– Te acostumbras – le dijo resignado.

– Pero… ¿Os pega?

– No, no… no te equivoques… pero… te… ignora… lo de hace un rato, ese enfado, ha sido… excepcional, ¿sabes? Si… pero no le gustamos… no le gustan los niños ni nada… o nosotros a lo mejor, o quedarse con nosotros, o … iba a decir que a lo mejor el enfado es contigo, pero siempre ha sido así… Y falta mamá, y estamos todos un poco tristes, y Tomás llora a cada momento… es muy sensible, tú lo conoces, y sufre… Germán no nos entiende… quiere irse con su nuevo… – Arturo se dio cuenta de que iba a meter la pata y empezó a tararear una canción…

 .

 .

– No, pero…

– No, Ernesto, no, no te enterabas, si es que flipas all the time, tío. Y nosotros estábamos guay porque tú nos cuidabas, estudiabas con nosotros, nos besabas… nos ibas a buscar, y hacías que Tomás no tuviera miedo a la oscuridad… solo tú lo consigues; nos contabas historias, hacíamos representaciones… yo era el Príncipe y Tomás era un juglar que cantaba, e Irene era una Princesita que jugaba con muñecas y las vestía y desvestía…

– No has querido darme antes un beso – puso mohín de chico malo.

Arturo se incorporó un poco y le dio un beso en la mejilla.

– Pesao. A ver si te callas. Y cómo pasas de lo que te digo.

– ¿Solo uno? – otro mohín con caída de ojos.

– Eres… y sigues pasando…

– Un salao, y soy tu tío preferido.

– Antes has dicho que no eras mi tío, que no te lo llamara – Arturo se resignó a que Ernesto no contestara nada sobre lo que le había dicho. Le salió un tono más duro de lo que era su intención.

– Pero… Joder, ya te he dicho… no me ataques con eso que sabes que… – Ernesto se había enfadado de verdad…

Arturo volvió a estirarse y le cogió la cabeza con sus manos y le dio una ráfaga de besos en su papo.

– Ernesto entre tú y yo, que sería el hazmerreír de la peña. No pienses que en la puerta del Insti o cuando esté con los colegas te voy a dar besos.

– Seguro que a tu madre…

– Alucinas en colores, que le de un beso a mi madre. Ni sé… la de tiempo, así que eres un privilegiado, no te creas.

– Pues me sabe a poco, dame unos poquitos más…

– Pesao, que tienes que acabar…

– Casi voy a dejar el cuento… no sé… es tan… lo dejo, lo dejo, sisisisisi, y que le den a todo. No, no me sale. No me salen los cuentos… nada… voy a tener que…

– Tienes que escribir, la pasta, te recuerdo.

– Ahora eres tú..

– No repitamos, tío. Tu dices que yo digo, y yo digo que tú dices, y que cambiamos, y que antes tú, y yo antes, y después… bla, bla, bla. ¿Te he dicho ya lo ridículo que estabas en ese programa con todos insultándose? ¿Y tu libro por ahí en manos del presentador que hacía que lo enseñaba a la cámara y luego en realidad se ponía a insultar a uno de los colaboradores? Y tú ahí que te preguntaban, y con cara de idiota… de estar en tus mundos de yupi…

– ¿Sabes en lo que pensaba? Pensaba… en un mundo…

Arturo sonrió y se preparó a decir junto a Ernesto…

– … maravilloso.

– Buenos días señor Jacinto.

– Buenos días señora Matilde.

– ¿Como están ustedes, señora Pilar? Usted y su marido, quiero decir.

– Yo bien gracias, ¿Señor Rufián? Y mi marido igual de bien, lozano y joven. Parece que solo tiene once años – y le guiñó un ojo.

– ¡Oh mira! Un niño… nuevo – dijo alguien.

Porque en realidad todos era niños, aunque lo del tratamiento de señor pudiera llevar a equívoco.

– Hola niño nuevo – le saludó el señor Jacinto – Déjame pensar… te llamas Tomás y eres el sobrino postizo de Ernesto, el escritor, y el hermano de Arturo, el Príncipe de las luces.

Tomás miraba a todos lados con los ojos muy abiertos. Se había cansado de llorar en su cuarto, solo, a oscuras… a Tomás no le gustaba la oscuridad… la tenía miedo… solo su tío Ernesto conseguía que se le quitara el miedo. Pero ya no veía a su tío Ernesto. Y no veía a su madre… trabajaba en una ONG y estaba haciendo su trabajo de ayudar a la gente allá por América del Sur, en Bolivia o Perú, no recordaba muy bien, en unas montañas muy altas en las que la gente no tenía nada que comer ni siquiera a veces que beber. Y eso que llovía mucho y tal…

Había discutido con su tío Germán. Era… era el que le cuidaba cuando no estaba su madre. Se había enfadado con su tío Ernesto, y se habían separado, y no querían verse más ni nada. Era una pena que el hermano de su madre fuera Germán y no Ernesto. Su tío Germán no quería que fuera a cantar otra vez en la representación que hacían en el colegio. Él cantaba dos canciones… hacía de Billy Eliottt. En realidad eran tres los que hacía de Billy Elliottt, para no tener que cantar tantas canciones… se las repartieron… pero estaba guay y tal. Ya habían cantado una vez, y el público aplaudía cuando cantaba y no eran porque fueran familia, que no fue nadie a verlo. Solo una vecina, Doña Manuela, que era muy maja y les quería mucho a todos.

 

Pero su tío Germán había discutido con su hermano mayor y ya no le dejaba ir a la representación, porque él no iba a poder llevarlo. Iba a ser su hermano el que le acompañara. Y ya tampoco.

Y pensaba que Arturo le ayudaría, le avisaría de alguna forma… pero no le había llamado ni escrito un wasap, ni nada de eso, ni un mail, ni nada… se había olvidado también de él…ni había utilizado esa conexión que decía que tenían…

Y lloraba, lloraba… y su tío le chillaba porque lloraba… “Me pones nervioso con tu lloriqueo”. “Tienes que dejar de ser un niño, Tomás, ya eres mayor”.

Al final se quedó sin lágrimas y cerró los ojos… y recordó eso que le decía su tío…

– Cierra los ojos… no, así no, ciérralos bien, que te veo… recuerda que tenemos una conexión…. – y Tomás se acordaba que sonreía cuando se lo decía, porque él no notaba esa conexión, pero le hacía sentirse bien, le hacía sentirse importante para alguien… especial…

Ernesto le pasaba la mano por delante de sus ojos y le hacía burla para comprobar si los tenía cerrados. Se lo contó un día su hermano mayor, que estaba enfadado con Ernesto porque no le había hecho ni caso con algo que le había pedido y se vengó contándole a Tomás ese secreto. “Porque no se fía y no tiene conexión contigo, solo la tiene conmigo”. “Mentira, solo quieres… “ y Tomás se atascaba como siempre que se enfadaba o le hacían rabiar, se quedaba en blanco, no le salían las palabras, hasta se olvidaba de ellas…

– A lo mejor se te ha comido la lengua el gato…- le dijo el Sr. Rufián.

Pero Tomás sacó la lengua para demostrar a sus interlocutores que tenía lengua.

– ¿Como te llamas? – le preguntó con voz dulce una niña que se hacía llamar Doña Jimena, aunque la pregunta sobraba porque en realidad todos sabían su nombre.

– Tomás – fue apenas un susurro dirigido al suelo.

– Don Tomás. Chicos, chicas, nuestro nuevo amigo se llama Don Tomás.

– Hola Don Tomás – dijeron Jacinto, Matilde, Julián, Pilar, Rufián, Fernando y Teodoro, Y Kevin, que acababa de unirse al grupo. Y Jimena con su voz dulce poniéndole una flor en uno de los ojales de la chaqueta de su pijama..

– ¿Y dónde estoy? – pregunto con un hilillo de voz Don Tomás.

– Estás en el “mundo maravilloso de los ojos cerrados”.

– ¡Ah! – dijo estupefacto Tomás.

– Se te ha pegado lo de tu tío ¿Eh? – le vaciló Fernando.

– ¿Conocéis a mi tío? – Aunque se dio cuenta que podían referirse a Germán, aunque no se lo imaginaba en ese “mundo maravilloso” – ¿Cuál de los dos? – le costó mucho preguntarlo.

– ¡Quién va a ser! – contestaba Pilar – Si te lo ha dicho antes Don Jacinto… ¡Ernesto! El otro… – e hizo un gesto con las manos como diciendo: “quita quita”.

– Viene mucho por aquí, y nos escribe historias…

– A mi no me ha escrito ninguna historia… – Tomás se sintió desdichado al saber que escribía historias a todos menos a él…

– No, claro que te las escribe – le aclaró Matilde – Te está escribiendo esta historia. Y te ha escrito otras muchas…te las pensaba dar en tu cumpleaños, un libro solo para ti.

– Pues yo… no las he leído, no… – se dio cuenta de que faltaba mucho para su cumpleaños…- ¿Y qué quiere decir con que está escribiendo esta historia?

– Pero las has sentido. Cierra los ojos…

… para crear mundos maravillosos… – acabó Tomás la frase con voz un poco más alegre.

– Para crear mundos maravillosos – dijeron a coro todos.

Tomás respiró profundo. Abrió los ojos. Estaba de nuevo en su habitación.

Escuchó atentamente… no se oía nada. Dudó de si había sido todo un sueño… Se levantó de la cama y, descalzo, abrió la puerta de su habitación…. despacito sin hacer ruido. Vio luz en la cocina, y fue hacia allí casi de puntillas. Tenía un poco de hambre, apenas había cenado del enfado porque su tío no quería hablar de su hermano ni de su madre, y porque no le iba a llevar a la representación del musical. Le gustaba cantar y bailar, y hacer de actor… eso le hacía participar en esos mundos maravillosos de los que le hablaba su tío… pero sin necesidad de cerrar los ojos. Ahí, arriba, en el escenario, se sentía también especial… Y su hermano le decía que lo hacía muy bien, “Eres un jodido artista” y él sonreía y se sentía “guay” y no se quedaba sin palabras, y sonreía… y esa noche no pasaba miedo en su habitación, por la noche.

Y pensaba que esa conexión con su hermano y con su tío… es que él no tenía la sensación de que eso fuera así… “Quizás tengas el interruptor cerrado” le decía pensativo su hermano. “Yo si la tengo”. Y a veces tomá notaba como al decir eso, Aturo sacaba un poco de pecho, o levantaba la cabeza con un poco de orgullo… A veces pensaba que Arturo se alegraba de que esa conexión solo funcionara entre él y su tío, de que Tomás no supiera hacerla funcionar.

Asomó la cabeza para comprobar que no había nadie. Se acercó al frigorífico y sacó un brick de leche. Fue a beber a morro, pero recordó que su madre siempre le decía que no debía hacerlo. Se subió a una silla y sacó un vaso del armario.

Se echó la leche y cogió unas magdalenas que su tío traía de la panadería. Buscó el chocolate y empezó a morder por turnos: un poco de chocolate, un poco de magdalena… un buen trago de leche… le gustaba la leche fría… como a su madre. En uno de los mordiscos, vio la flor que Jimena le había dejado prendida en un ojal de su pijama.

La cogió y aspiró fuerte… olía muy bien.

Se acordó de ese mundo maravilloso que había descubierto cerrando los ojos. Probó de nuevo… los cerró… pero no lo hizo del todo. “Sobrino, estás haciendo trampa, la conexión… ciérralos bien para que puedas…” – apretó los ojos fuerte fuerte…

“… crear un mundo maravilloso”.

Los abrió y otra vez estaba con sus nuevos amigos, con un trozo de magdalena en las manos que metió en su boca con gesto mecánico.

– ¡Qué aproveche! Vamos a hacer un musical – le anunció Teodoro.

– Haremos muchos, cada uno el que le guste más, y cantaremos y…

– Calla Pilar, que cuando empiezas… huy, se ha ido, le debe llamar su padre para cenar, son muy de cenar a las 8,30 h.

– Pero luego volverá – dijo suspirando Fernando.

– Huy, huy, huy… – dejó Kevin en el aire la insinuación.

– Pues lo mismo podíamos decir de ti y de Joaquín – le picó Carlos.

– O de ti y Matildita – le devolvió la pelota Kevin.

– ¿Ya no somos señores? – preguntó Tomás.

– No, es que estábamos jugando cuando llegaste. Le gusta a Rufus, Rufián, quiero decir, pero se ha tenido que ir, por lo de ensayar con los petardos…

– Y con lo formal que parece su padre, médico de los de bata verde y mirada chula, y mírales ahí en la calle, encendiendo petardo tras petardo – Roberto, un chico nuevo, sacó una bola de la bolsa de tela que llevaba a modo de bandolera, y ahí se podía ver a Rufus y su padre tirando petardos en la calle, y riendo los dos…

– ¿Cual es la clave?

– Esmiralión.

– ¿Qué significa eso? ¿Y eso de la clave? – preguntó Tomás.

– Me llamo Roberto, que no te he dicho – se palmearon las manos a modo de saludo – y soy el guardián del “mundo maravilloso”. Tú tío Germán, por cierto, va camino de la cocina…

– ¿Y como lo… ?

No le dio tiempo a preguntar. Escuchaba los pasos de su tío llegando a la cocina y no pudo despedirse, tuvo que abrir los ojos…

– ¿Tienes hambre? – su tío estaba conciliador.

Tomás se encogió de hombros antes de contestar sin mirarlo directamente, mintras cogía otra magdalena:

– Un poco.

– No… – iba a decir algo, pero se arrepintió – te decía que si quieres te preparo algo, una tortilla… o rebanadas de pan y mantequilla… ¿tuesto pan?

– No, tío, gracias, las magdalenas están guays.

– Digo que… lo de no llevarte a la representación… no es por… es que tengo que trabajar y no puedo contar con nadie…estas semanas han sido muy… ya… ya sabes…con lo de tu madre y… – a Germán se le quebró la voz.

– No pasa nada – cogió fuerzas para seguir – le llamaré a Manu, su padre puede llevarme.

– ¿Quién es… ? – se dio cuenta que no sabía nada de los amigos de sus sobrinos, “me imagino que será un compañero del musical” – Vale, vale. Me parece bien.

Antes se había negado a esa posibilidad. Había pensado que la gente pensaría que no podía atender debidamente a su sobrino, o que no tenía sensibilidad y lo dejaba con cualquiera para que lo llevara y eso. Y se enfadó con él. Porque se puso a llorar… y no hablaba… y lloraba… Luego se dio cuenta de que era una tontería… aunque seguía pensando que la gente a lo mejor pensaba que…

Déjalo ya Germán, eres obsesivo”, se dijo.

Se lo quedó mirando. Quiso pedirle perdón, pero… no pudo al final. ¿Como le iba a decir que eran una carga para él, que no le gustaban y que… le ponían nervioso? Que sus mundos creados por ellos, su imaginación le desbordaba… “Ernesto era… es de su mundo”. Eso le hacía sentirse todavía más furioso con él y con los chicos. Era un mundo que él no entendía y que no lo podía compartir aunque se lo propusiera.

– Me voy a ver la televisión – dijo al final.

– Vale.

Germán se fue camino del salón cabizbajo. Sabía que su comportamiento en los últimos días no era el que se esperaba de él, pero… no conseguir dominar su genio… todas estas paparruchas de los sueños de la imaginación, de las ilusiones… todo su mundo se le había ido al garete… y Arturo… y Ernesto…

– Tomás se asomó a la puerta de la cocina y cerró con cuidado… “¿Y si mientras estoy en el “mundo maravilloso”, resulta que se oye aquí?” Debía preguntar… dio otro mordisco a la magdalena y al chocolate y cerró los ojos de nuevo.

– Te quejarás, si al final vas a cantar el 2.

Todos lo esperaban alrededor de la bola de Roberto. O sea que habían estado viendo lo que ocurría.

– Pero ¿podéis ver lo que ocurre con todo el mundo?

– No, solo con los que pueden venir aquí.

– ¿Y podéis ver a mi tío y a mi hermano?

Se miraron unos a otros… como pidiéndose permiso, o consejo… Al final Kevin se suspiró y puso la bola en lo alto, para que la vieran todos.

– Tu hermano no sale, sale en negro. Quizás tenga el interruptor apagado. Kevin miró inquieto al resto de los chicos.

– Prueba con Ernesto – propuso Oriol, un chico menudo, con el pelo muy corto, y unos ojos azules que parecía que iban a absorber cualquier cosa que miraran, por grande que fuera.

Tomás miraba a los chicos… no lo entendía muy bien, porque antes había unos y ahora la mayoría habían cambiado…

– No te extrañes – le dijo Biel – según las circunstancias, nos vamos o volvemos. Pero siempre sabemos lo que pasa… es una de las cosas que tiene el mundo maravilloso.

– Pues a mi no me pasa… yo no sé lo que ocurre cuando no estoy…

– Es que eres nuevo… – aclaró Jacinto que había vuelto a aparecer – dentro de unos días, lee cogerás el truco a la conexión con el mundo maravilloso.

– Es muy bonito el mundo éste. Todo lleno de flores, y de casas de esas antiguas, como si fueran un decorado…

– Es lo que tiene, que tú ves eso, y yo veo el cielo verde, y mi casa es de hierro forjado, y la de María es de nubes de algodón, y la de Kevin es de piedra… y tiene muchos animales, y con árboles que crecen según los necesites… ves… da el sol y ahora – Matilde extendió la mano y de la tierra roja para ella, salió un pequeño pino – crece un árbol en apenas un segundo – y al acabar de hablar, el pino ya tenía casi 8 metros de altura.

– Yo en cambio lo veo todo en blanco y negro – apuntó Joaquín un poco triste.

– Pero tú eres especial, como María.

– ¿Quién me llama? – una niña alta y pelirroja salió de una cueva que había al pie de la montaña.

– Decía que tú y Joaquín sois especiales – apuntó Raúl, un chico que hasta entonces no había visto Tomás.

María los miró con cara reprobadora…

– A lo mejor Arturo…

– ¡Cállate! – le ordenó Joaquín – Eso no lo sabemos y no… debemos hablar de ello.

– Íbamos a mirar si veíamos a Ernesto. Debo guardar ya la esfera.

Todos le dieron la razón y se pusieron alrededor, fijando su vista en la esfera. Vieron a Ernesto escribiendo, a toda velocidad… incluso creyeron ver algunos que durante un segundo los miró a todos y les guiñó un ojo.

– Está escribiendo, como siempre – Tomás estaba un poco decepcionado. Había pensado por un momento que a lo mejor al verlo en el “mundo maravilloso”, vendría a estar con él.

– Pero está escribiendo para ti, para…

– Calla, pesado, eres un bocas – le atajó María, cuyo pelo había cambiado de color misteriosamente, aunque el resto del cuerpo lo tenía en blanco y negro.

Tomás bajó la cabeza… se había puesto triste… Ernesto no le había visto siquiera… “Esa conexión es una caca. Va a ser cierto que solo la tiene Arturo”.

– ¿No íbamos a cantar y bailar?

Tomás se olvidó de su tristeza rápidamente y dio una palmada de alegría.

– Puedo cantar Billy Eliottt.

– ¿Por qué no hacemos algo distinto? Eso ya lo vas a poder hacer el día 2… hagamos otro musical…

– O varios.

Se pusieron a discutir sobre qué musicales iban a hacer. Luego tocó discutir sobre quién iba a hacer cada papel.

– Rufus debe hacer de algún viejo, con lo que le gusta lo de Don y Señora…

Todos rieron…

– Debes irte, Tomás – le dijo Roberto, el vigilante.

– Luego vuelvo, que…

Pero no le dio tiempo a decir nada más. Abrió los ojos justo cuando Germán llegó a la cocina.

– Vete a dormir, es tarde – “¿Por qué soy tan seco?” Germán por más que lo intentaba, no lograba ponerle remedio.

– Sí, tío.

Puso el vaso en la pila y guardó la leche en la nevera y las magdalenas en el armario.

– No andes descalzo – le reconvino – Vas a coger frío.

– Sí tío – le contesto con la secreta intención de no hacerle caso; él iba a andar descalzo por casa como Ernesto.

Germán hizo amago de darle una palmada en la espalda al pasar, pero… al final, una vez más, no le salió.

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Capítulo 10.

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– Aggggg – gritó de repente Ernesto – la cabeza…

– Tío… estás muy pálido… – Arturo estaba tumbado y su voz apenas se podía oír de lo bajo que hablaba…

– Ernesto lo miró con preocupación.

– Estás muy débil… ¿qué te pasa?

Respiró hondo e intentó controlar una vez más su dolor de cabeza… la zona de las cervicales la tenía duras, los hombros, el cuello… Hizo un esfuerzo, moviéndose muy lentamente y se levantó para tocarle la frente.

– No parece que tienes fiebre… pero estás helado… y…

Le ayudó a incorporarse y le dio un beso en la frente.

– Mi niño…

Se volvió a sentar en el suelo del ascensor y acomodó a su sobrino sobre él. Se taparon con el abrigo y lo arropó además con sus brazos.

– ¿Sigues ansioso?

Pero Arturo no contesto. Apenas movió un hombro hacia arriba.

– No pasa nada… estás conmigo…

– Pero no del todo… me siento solo aquí en la oscuridad… es como si… como si no existiera… como si estuviera en otro sitio, frío y solo. Un sitio todavía mucho más oscuro que aquí… me da miedo, tío… tengo miedo…

Callaron los dos unos segundos. Ernesto abrazó más fuerte a su sobrino. De repente el silencio de la noche se rompió con una melodía. Venía de un piso de arriba. Parecía antigua, como si fuera de un LP, con ese sonido característico.

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Quise bajar, salir a la calle, nadar en la muchedumbre que se pelea por felicitar la Navidad más alto que el de al lado. De beber y brindar con cava por lo buena que es la gente, por la Navidad, porque el niño Dios nació en Belén hace una porrada de años; brindar porque el año pasado fue un año desastroso, horrendo, con mucha gente pasándolo mal, y con mucha muerte alrededor, y este nuevo año que llegará en unos días, a poco, debe ser un año cojonudo en comparación.

Lo quise hacer con un gorro de Papá Noël, o de Santa Claus, aunque creo que me quedaría mejor el turbante del Rey Mago.

Quise besar y felicitar a todos los desconocidos que me encontrara en la calle, y a todos los conocidos, quise… quise bajar a la calle y nadar en la muchedumbre, dejarme llevar, sonreír… pelearme por felicitar la Navidad más alto que el de al lado… y con más efusividad y con más originalidad.. dar más besos que nadie, más apretones de mano, más abrazos de los de palmadas en la espalda… decir más “a ver si nos vemos más a menudo” a los conocidos que solo encuentras el día de Nochebuena por la tarde… en la ronda de los locales que invitan a cava esa tarde…

Pero él no me dejó.

Él me miró desde el sofá. Estaba tumbado tapado solo con una pequeña manta de viaje que apenas le cubría las piernas y un poco más arriba. Pero poco. Me miró con esa cara del niño que cuentan, él mismo cuenta, que se perdió hace ya muchos años, pero… yo le sigo viendo en su mirada, en su mueca de pillastre, en su sonrisa iluminada por la ilusión, y las ganas de luchar… pero sobre todo por esas ganas de amar que tiene.

Miré esos ojos marrones, miré su barba de unos días… y me quité la ropa de nuevo y me acurruqué junto a él, en el sofá.

Apenas cabíamos los dos… nos apretujamos el uno junto al otro… nos tapamos con la mantita… justo las piernas y un poco más… un pequeño beso…

Mi corazón latía contento, y notaba como él palpitaba de felicidad. Notaba su respiración en mi pecho. Cerré los ojos y sentí la felicidad.

Casi anochecía cuando él se levantó. Lo seguí con la mirada mientras iba a la cocina y traía unos platos de canapés, y un par de copas de las altas. Le vi caminar desnudo con la botella de cava que acababa de sacar de la nevera. Me miró de esa forma en que me mira, con ese niño asomando… ese niño qué él dice que hace tiempo que dejó en la carretera… aunque yo lo sigo viendo en sus hoyuelos, cuando sonríe. Es que me sonrió… y yo sonreí… ¡Qué felicidad! La sentí dentro de mí… y casi no la pude soportar…

Me acurruqué contra el respaldo del sofá para que él pudiera sentarse a mi lado. Me acercó la copa, me incorporé un poco… abrió la botella… ¡bum! El corcho salió disparado hacia el techo… casi se escapa el cava, pero acercó la botella a su boca y bebió las burbujas que salían… le hizo eruptar, y se reía… y algo le mojó el estómago y las piernas… muy poco que yo me apresuré a recoger con mis dedos y repartirlo entre sus labios y los míos… como repartí una mirada boba que me salió… él llenó las dos copas, de las altas… nos gustan más… levantó su copa mirándome… mirándome a los ojos, mirándome dentro… yo levanté la mía… mirando a sus ojos, mirando dentro… viendo al chico de apenas 18 años que escondía…

– Por ti – dijo.

– Por ti – dije.

– Te quiero – dijo.

– Te amo – dije.

Sonreímos y chocamos las copas.

Bebió un sorbo de cava. Y yo bebí el mío.

Me incorporé un poco más para acercarme a sus labios y los besé. Él se levantó y encendió el tocadiscos, eligió un vinilo y lo puso:

 .

 .

No eché de menos las felicitaciones en la calle, ni los gorros de Papá Noël de los demás… que yo seguía con el mío… ni eché de menos a los desconocidos, ni a los conocidos, ni el mercadillo, ni la pista de patinaje a la que íbamos a ir… un día hicimos planes… se me olvidó mis ganas de bajar a la calle, y de nadar entre la muchedumbre, de beber cava en los sitios de costumbre… ni eché de menos tampoco la pelea por felicitar más guay que el de al lado… ¡Feliz Navidad! Ni gritar a pleno pulmón, “el mundo es guay y todos nos queremos la hostia” ya con tres copas de cava de más, emulando la escena de Titanic en la que Leonardo DiCaprio grita lo de “Soy el rey del mundo”.

– Te amo – me dijo.

– Te quiero – le dije.

Y bebimos otro sorbo de cava.

Nos sentamos en el sofá, arrebujados, y con la mantita. No cubríamos apenas las piernas, un poco más quizás. Bebíamos sorbos de cava, comíamos algunos canapés y emparedados. Y nos mirábamos.

– Feliz Nochebuena, amor – dijo.

– Feliz Navidad, cariño – dije.

Chocamos nuestras copas, nos miramos, sonreímos… y apuramos el cava. Daba igual que fuera 19 de enero.

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Capítulo 11.

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– Me ha gustado mucho.

– ¿Cuál? – Ernesto jugaba a hacerse el despistado.

– Pus cual va a ser, ese cuento de amor.

– ¿Sí? – A Ernesto se le iluminó la cara – ¿Cómo estás? – volvió a ponerse serio.

Habían estado abrazados un buen rato, hasta que a Ernesto le pareció que Arturo entraba en reacción y recuperaba un poco el color. Lo acomodó de nuevo sobre su hombro y lo tapó con su abrigo. Lo estuvo mirando un rato más, acariciándole suavemente su mejilla. Luego se puso a escribir…

– Bien, bien. Es el agobio del encierro, ya sabes… y que sepas que me he enterado de que has estado mirándome un huevo de tiempo.

– Pero… si estás en la mejor compañía, no te quejes… – Ernesto repetía su argumento haciendo tiempo para que se le ocurriera algo divertido – Soy tu ángel de la guarda, que vela despierto por ti, que cuida de tus sueños… Antes decías… fíjate que pienso que todo esto lo has organizado tú y que es para estar conmigo. Como me echabas en cara antes que no habías estado conmigo y que no me había…

– Sí, los cojones, no te jode… si supieras… ahora resulta que te crees el ombligo del mundo, no te jode… si supieras lo jod…

– No hables así que eres un señorito.

– Jajajajaja – fue una risa espontánea – la frase de mi abuelo… “Que eres una señorita”, que le decía a mi madre cuando se enfadaba con él y echaba espumarajos por la boca.

– ¿Sí? Pues no lo recuerdo… a tu madre echando espumarajos, sí, como para olvidarla – movió la mano de arriba a abajo para expresar lo mucho que le asustaba en esa situación – quiero decir la frase de tu abuelo.

– Tú, tío, tú… es que no te fijas en nada, o sí, te fijas, lo absorbes pero luego todo se esfuma en tu cabeza… así que luego todo parece cosa tuya y en realidad lo has aprendido de la peña que te rodea…

– ¡Bah! como … yo soy muy ocurrente, solo eso – Ernesto fingió estar ofendido por lo que decía su sobrino – De todas formas a tu abuelo casi no lo conocí… ¿Estás mejor? – Ernesto seguía preocupado… y de vez en cuando le notaba algunos gestos de malestar – además yo le caía como el culo… mal pero fatal.

– Claro, tío, si estoy en la mejor compañía… contigo… – le dio un pequeño golpe en el costado… para matizar el tono irónico que había utilizado – y sí, le caías lo peor… pero era porque le quitabas protagonismo, porque era igualito que tú.

– No te burles.

– Es la verdad – Arturo abrió los brazos para reafirmar sus palabras aunque en el tono de su voz había una buena dosis de mofa.

– No, lo dices porque te lo he dicho muchas veces… lo de la mejor compañía, no lo de tu abuelo.

– Oye, pesao, que al final no has acabado el primer cuento… – Arturo estaba empezando a aturullarse con la mezcla de temas que ponía sobre la mesa Ernesto.

– Pero dime, ¿te ha gustado esa historia última? – Se puso un poco de medio lado y se frotaba el culo – este suelo es incomodísimo.

– Sí, guay… – lo dijo rotundo, porque sabía que si no imprimía a su voz un tono enérgico, Ernesto dudaría de su veracidad y le volvería loco preguntando.

– Como me decías antes que lo de que todos iban a ser…

– Es una historia de amor, así en plan meloso… Navidad, Navidad… dulce Navidad…

– No cantes, no cantes, que tu hermano cantará bien… pero lo que es tú…

– Irene es la que canta muy bien… Tomás también lo hace genial, le he visto en los ensayos hace un mes o así… y yo – le dio un codazo a su tío – le pongo emoción… cojones…

– La leche de emoción, pero está considerada como arma de destrucción masiva por la ONU.

Arturo le dio un puñetazo en el brazo.

– Vas aumentando en grado de agresión, primero unos codazos suaves, ahora un puñetazo… – le sacó la lengua – ¿No fuiste a la representación?

– Va, que va, no pude… ya sabes…

– ¿No fue nadie?

– Na, nadie, un puto desastre… el pobre solo allí…

– Joder, tengo que ir a verlo… ¿el día 2 era?

– Guay que vayas,

– sssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssssss

– ¿Qué?

– Mira que hora es… la hostia puta.

– Tío – Arturo se levantó de un salto y se llevó la mano a la boca – me ofendes con ese vocabulario – Arturo puso pose de señorita de los 1900 ’20 o así, doblando las rodillas y sacando el culo para atrás – mis castos oídos no soportan esos exabruptos.

El tío se quedó mirándolo fijamente. Se incorporó un poco y antes de que el chico se diera cuenta le había dado un par de azotes en el culo.

– Agresión, a mí la guardia – gritaba por lo bajo Arturo – un hombre me quiere violar después de decir delante mío… palabras malsonantes, ¡Por Júpiter!

Pero no pudo acabar, porque le entró un ataque de risa. Ernesto se acabó de levantar de un salto y decidió usar su arma letal con su sobrino, que eran las cosquillas…

– Me torturan – consiguió decir entre carcajada y carcajada. – Me rindo, me rindo… esto debería estar prohibido por la convención de Ginebra.

– Y lo está. Las cosquillas es un método de tortura muy útil y sutil, y no deja marca. Lo utilizaban los samurais en la 2ª guerra Mundial. ¿O eran los chinos? La noche y el ascensor me confunden…

Ernesto apartó la mirada para no reírse. Pero su sobrino le vio contener la risa.

– Joder, tío, como te quedas conmigo…

– Es cierto… – protestó débilmente Ernesto, aunque nada creíble.

– Vete a untar mantequilla.

– ¿En donde?… huy, perdón. Se me ha escapado.

– Claro, será eso que haces con esos con los que pusiste los cuernos a mi tío.

– Oye, oye, no… venga, se me ha ido el tema, no es algo…

Ernesto  empezó a dar pequeños pasos por el ascensor, para desentumecer las piernas. Arturo también se puso de pie y le imitó.

– Tío, cuéntame – Arturo puso cara interesante.

– No te jode, no me cuentas nada de esa Yesica.

– Jenifer.

– Da igual, como no me cuentas nada, no existirá para mí. No la podrás invitar a casa. Y mis labios estarán sellados. Mis relaciones no son para que te las cuente… eres peque. ¿Me cuentas entonces…?

– ¿No tenías que escribir? – le espetó con los brazos en jarras y moviendo el pie rítmicamente – y sobre lo de que soy peque…

Ernesto al verlo mover el pie con la manopla puesta, no pudo contener de nuevo la risa.

– Igualito que tu madre

Arturo levantó las cejas.

– Ja – siguió Ernesto con su defensa – hablar de esos temas es la mejor forma de acabar una conversación contigo. Me lo apunto – dijo todavía riéndose mientras lamía uno de sus dedos como si fuera un boli de los antiguos – Recordar a Arturo su parecido con su madre en momentos estrafalarios – hacía que escribía sobre su otra mano con el dedo mágico y lamido.

– Como eres, la verdad. Me haces cosquillas, hablas mal y luego me dices a mí… – Arturo se sentó de nuevo y cruzó las piernas – Voy a repasar el cuento que te he escrito.

– Guay. Así tengo…

– Va, es una caca, no me ha salido como quería…

– Luego… joder, deberíamos ir a…

– …¿“Un mundo maravilloso”? – Arturo hizo una mueca – tengo mucho sueño, no si podré… además te olvidas de la conexión, ya te lo he leído…

– Tomás ya ha conseguido ir… – escuchó con retardo lo que le había dicho su sobrino – vale, vale que ya lo has leído…

– Guay – Arturo sonrió – solo falta Irene…

– Irene es menos… de mundos maravillosos – le indicó dubitativo su tío – No creo que Irene pueda ir… ya sabes… es tarde para ella.

– Yo creo que ahora tampoco puedo ir…

– Yo creo que si quieres, puedes… igual que puedes hablar conmigo; relájate y descansa… estás conmigo, recuerda… es como si te cogiera de la mano…

– Ojala, me gustaría verlo cantar en esas representaciones del mundo maravilloso… La ángela Irene… guay – Arturo sonreía…

– Así tenéis todos un cuento…

– Pero el mejor el mío… – sonrió pícaro.

– El Príncipe… – Ernesto removió su pelo – ¿Te lo vas a dejar crecer?

– No sé, a mi madre no le gusta tan largo… esperaré a que esté ella para cortármelo, como no está, que se joda.

– Oye, no hables así…

– Es cierto, se larga, pues no tiene derecho a decir como le gusta mi pelo. Total no me va… a ver.

– Por telepatía – Ernesto muy serio.

– Eso no cuenta. – de repente Arturo se dio cuenta de lo que había dicho su tío – ¿Telepatía? Te quedas conmigo… ¡Oh Dios! Cada vez me parezco más a ti… Cándido, medio lelo y en los mundos de Yupi.

– Oye, que..

– Los cinco cuentos, la pasta, que si no nos quedamos con el tío Germán, la vida es dura, la televisión, “no vendo una mierda”… aunque he oído que han mejorado las ventas de tu segundo libro… parece que alguien en un blog escribió algo, que le había gustado o así – Arturo sonrió de antemano por la coña que le iba a soltar – seguro que sería alguno con el que follaste… y le dejaste satisfecho, claro.

– Oye, que… – se estaba enfadando hasta que vio su gesto – bobo… como te burlas de mí…

– Lo de las ventas lo leí el otro día – Arturo volvió a sentarse – iba en serio.

– No me has dicho nunca si te gustó…

– Me lo dedicaste, ¿como no me va a gustar?

– A ti y a Tomás e Irene.

– Pero yo soy el Príncipe – Arturo sonrió de medio lado. Me hiciste una mención especial.

– Joder el niño… me pongo a escribir – Ernesto también se sentó y cogió el ipad – mira… es que el periódico… – seguía con la coña.

Arturo suspiró moviendo la cabeza de lado a lado y se puso a leer lo que había escrito. Mientras su tío, empezó a escribir de nuevo.

Por todas partes sonaban petardos. De vez en cuando incluso se oía ese silbido que anunciaba una explosión de sonido y color en el cielo.

– Esta noche va a ser la hostia – Lorenzo movía la cabeza negando.

Sonó su móvil. No necesitó mirar la pantalla para saber que era Jorge el que llamaba. No había dejado de hacerlo desde la noche anterior… pero no había encontrado la forma de decirle que no solo sí, le había mangado la cámara de fotos, sino que la había estampado en el suelo del parque, porque una ángela vestida con mallas naranjas le había tocado los cojones y le había pateado el culo, literalmente.

– La jodida, que fuerza tenía en las piernas…

Llegó a su banco. Siempre había tenido un banco predilecto en el parque. Un banco al que recurría siempre que las cosas no le iban bien, cuando estaba jodido, o especialmente solo, o cuando se encontraba deprimido, o cuando se agobiaba por no encontrar su sitio en el mundo… se sentía raro, distinto de todos… y no sabía por qué.

Su abuela le decía que ya llegaría todo, que un día las cosas serían de otra forma, se levantaría y al abrir los ojos, vería todo desde otra perspectiva. No se sentiría tan raro, porque sabría quien era, y eso le ayudaría a buscar en los demás lo mismo, y vería que, fueran cuales fueran sus gustos, sus aficiones, su forma de pensar, habría alguien más en el mundo con el que sentirse acompañado, identificado.

Todos pensaron en un principio, que todo era porque a lo mejor era homosexual y no se aceptaba. Pero no… no era el caso. No tendría problema con ser homosexual… “ojala fuera eso”, así podría quitarse ese peso de encima, el peso de la auto-incomprensión. Tendría a Jorge, que sí lo era… no había contado eso a la ángela… lo habían hablado algunas veces, Jorge se lo dijo hacía un tiempo, como lo de que le gustaba Fernando… aunque no sabia que estuvieran juntos… ¿por que no se lo habría contado? Jorge lo tenía claro, y sabía quién le gustaba. Bueno, Lorenzo sabía que Clara le gustaba. Como también en un momento dado, le había gustado Fernando. Por eso estaba tranquilo.. porque sabía que para él era más fácil… solo tendría que buscar una persona que le gustara, que le enamorara, sin tener que ser de un sexo determinado… aunque también sabía, porque lo sentía, que le gustaban más las chicas, aunque no tendría problema en enamorarse de un chico.

Pero todo era más complicado. Además de la sexualidad era… sus gustos, sus aficiones, sus miedos… su necesidad de sus padres, de los que casi no podía disfrutar… uno por su enfermedad, y a la otra por su dedicación casi enfermiza a cuidar de su marido, al que se aferraba como si fuera lo único que podía mover su vida, dejando de lado a él y sus hermanas mayores.

Un petardazo sonó muy cerca de dónde se había sentado y le sobresaltó. Miró a su alrededor para intentar ver quién había sido… pero los arbustos servían de parapeto a los petarderos.

– Hijos de puta.

Lo dijo con saña, masticando cada letra, saboreándolas… no le oyó nadie pero lo dijo de esa forma en que tiene más valor, porque sale de las entrañas. No era solo destinado al que encendió la mecha de esa bomba… era destinado a la vida, a sus hermanas que también pasaban de él… eran mayores, la anterior a él casi le sacaba 8 años… la otra doce… se lo dedicaba a su padre, que se moría, a su madre, que estaba ya muerta en vida, a él mismo, que no acababa de aclararse lo que hacía que su vida fuera un infierno, de noche y de día, dormido y despierto.

Sonó otra vez el móvil. Por la música que sonaba sabía que era su madre. No hizo amago ni siquiera de sacar el móvil del bolsillo. Seguramente, pensó, le llamaba para echarle la bronca… por haber ido a ver a su padre.

Ya hacía un par de horas que había salido del hospital. Y todavía no había podido recapacitar sobre lo que había vivido allí. Su padre le tocaba un día bueno, le dijo la enfermera cuando preguntó el número de habitación. “Se alegrará de verte”, dijo con una sonrisa afectuosa. Él preguntó sobre lo que tenía, lo que le pasaba, como estaba normalmente… la evolución y el pasado y el futuro. Todo lo escuchó atentamente, repreguntando a cada respuesta de la enfermera. Estaba completamente concentrado en lo que le contaba. En algunos momentos tuvo ganas de llorar, y notó un picorcillo en sus ojos, pero se contuvo…

– ¿Cuántos años tienes? – preguntó en un momento dado la enfermera, sorprendida por las preguntas y por la forma de asimilar la información del chico.

– Cumpliré trece dentro de doce días.

– ¡Hombre! Como mi hijo, el mismo día. Él es un poco mayor que tú: dieciséis tiene. Aunque tú eres muy maduro para tus años.

Le hubiera dicho que no le había quedado más remedio, por las circunstancias. Primero por la época en que los compañeros del colegio le agobiaban. Él prefería decir eso a que le acosaran. Su padre enfermó y dejó de tener progenitores. Tuvo que arrear él con su vida, porque nadie parecía acordarse de que era un niño que necesitaba cosas… El único que le comprendía era Jorge, y … la ángela tenía razón, lo utilizaba de parapeto, hacía delante de todos que lo despreciaba y lo acosaba, con lo cual conseguía que lo dejaran en paz a él, por eso de “Es de los nuestros” y de paso nadie molestaba tampoco a Jorge, porque “Es asunto de Lore”.

Y había tirado todo por la borda con lo de la cámara de foto. A veces se hacen tonterías… Él quería sacar fotos de su padre, aunque fuera enfermo, para recordarlo luego… cuando se muriera. Era su objetivo, pero su madre no quería comprarle una cámara. Tampoco económicamente iban bien las cosas en casa… A su madre habían acabado despidiéndola del trabajo… la tienda donde trabajaba iba mal y ella apenas iba a trabajar…

Le hubiera contado todo eso a la enfermera, pero no había tiempo. Debía ver a su padre antes de que su madre volviera. Hacía casi mes y medio que no lo veía… “Está muy cansado cariño, es mejor que no vayas”, le decía siempre su madre. “Cuando mejore”, era otra de sus excusas favoritas.

Tocó en la puerta. “Adelante” contestó su padre. Él entró despacio… sin hacer ruido. La televisión estaba puesta muy bajita, en el canal de Radio Clásica. Su padre lo miró… y sonrió. Él titubeó… solo un instante porque aunque se había preparado para encontrarlo delgado y ojeroso… no es lo mismo imaginarlo… y eso que la enfermera le había avisado… pero fue solo un instante, sonrió con los ojos y se acercó con dos zancadas a su padre. Lo besó, lo abrazó, puso su cabeza en el pecho… y ahí sí que lloró… no porque estuviera demacrado, sino porque por primera vez en dos meses casi, podía abrazarlo, y… necesitaba tanto ese abrazo de su padre, aunque estuviera enfermo…

Esa era otra de las cosas que le diferenciaban de sus compañeros. Estaban todos en la época que un beso de su padre o de su madre era un agravio difícilmente comparable a otra cosa. Él suspiraba todas las noches por esos abrazos… porque su madre entrara a hurtadillas en su habitación y pensando que estuviera dormido, le diera un beso en la frente, o en la mejilla, dependiendo de la posición en que durmiera… o fingiera dormir.

Esa tarde, la del 31 de diciembre, su padre le había recargado las pilas…

– ¡Hola!

Lorenzo se giró en dirección a la voz y no supo que decir. Los petardos que tiraron al otro lado del seto, ya no le sobresaltaron, ni siquiera le molestaron. Posiblemente, ni los oyó.

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Capítulo 12.

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– ¿Cuenta cuenta, quién llega?

Ernesto suspiró dubitativo.

– Pues… estaría bien que fuera la madre. Pero quizás… estaría bien, pero… – Ernesto miraba al infinito con pena – a lo mejor… es que hay que ir acabando, ¿sabes? El tiempo se acaba – dijo señalando su reloj – Y eso a lo mejor…

– Sí, es meterte con otro personaje… y si a los demás les has dejado su tiempo, deberías dejárselo a ella.

– Pero la madre tiene una historia…

– Sí… jo, tío, se me ocurre una forma en que podría acabar… – Arturo se calló – pero es Navidad – sonrió con tristeza.

Ernesto rió con ganas. Supo inmediatamente como decía de acabar la historia… en ese momento había funcionado la conexión.

– Aunque todo esto ya se publicará después de Reyes…

– Un poco raro ¿no?

– En realidad es una sección que se va a llamar: “Relatos de navidad, fuera de la Navidad”. O “¿Por qué no hacemos que sea Navidad todo el año?”; pero sin turrones, anuncios y regalos. Es por lo de necesitar ánimos e ilusiones… la crisis ya sabes. Que eso del espíritu navideño no sean solo 20 días. Sea prácticamente todo el año. ¿Estaría bien no? Todo el año…

– Bueno, es… guay… – Arturo no estaba muy convencido de que el espíritu navideño se pudiera mantener.

De repente Arturo se calló.

– Tengo mucho sueño… – lo dijo muy bajito, como si se le escapara la vida.

Ernesto lo miró con atención… su sobrino empezaba a preocuparle… de verdad.

– Duerme, si quieres te dejo la bandolera… pero quédate descansando… no… no haces más que dormirte, despertarte… te dan esos ataques de ansiedad…

– No, prefiero… es que quiero estar contigo… hostia, y ya deberían habernos sacado de aquí… me siento solo si no estoy contigo…

– Tranquilo… túmbate… no te voy a dejar…

– Claro, porque no puedes escaparte…

– Serás… tete… te… voy a dar una paliza… en cuanto te pongas un poco mejor… – Ernesto sonreía mirándolo con ternura.

– ¿De verdad… que no me vas…? – Dejó sin acabar la frase.

Ernesto solo sonrió de nuevo y lo miró con un toque de melancolía y preocupación. Arturo entrelazó sus brazos con el brazo derecho de su tío y apoyó su cabeza en el hombro.

– A lo mejor te molesto al escribir…

– No…

Le iba a contestar que no se preocupara, pero se dio cuanta de que su respiración era profunda y acompasada. Ernesto acarició su mejilla y le dio un beso en el pelo. La verdad es que le molestaba mucho la escritura… pero eso le daba igual.

Arturo ronroneó en sueños.

Se quedaron mirando. Lorenzo sentado en el respaldo del banco, con los pies en el asiento. La mochila a un lado. Jorge de pie enfrente de él, con las manos metidas en los bolsillos del anorak, y la mochila colgada solo de un asa, en su hombro izquierdo. Ninguno de los dos parecía muy animado… con los hombros caídos, tristes, perdidos…

Durante un rato ninguno se decidió a decir nada. Lorenzo sin argumentos para defenderse y con un poco de fastidio, porque ahora que se había decidido a recordar la visita a su padre de unas horas antes, Jorge había venido interrumpirle. Debería buscar otro momento para disfrutar de todo lo que habían hablado, revivirlo. Había sido una charla pausada, para que su padre no se cansara. De ese rato entre tomas de medicamentos en que nadie entraba en la habitación, y que él se había tumbado a su lado…

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– Otra vez haces que se tumbe en su cama, como el Príncipe.

– Pero… ¿No te habías dormido… me vigilas ¿eh? – Ernesto sonrió – Es cierto… pero es otra historia, es otra forma de tumbarse…

– Pero se van a publicar seguidas… cambia.

– ¿Lo cambio entonces? – Ernesto miraba a su sobrino.

Arturo movió la cabeza afirmando. Volvió a agarrar el brazo de su tío, y se quedó dormido de inmediato.

Ernesto borró…

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De ese rato entre las tomas de medicamentos en que nadie entraba en la habitación, y que él se había tumbado a su lado…

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… y continuó con la historia.

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De ese rato entre las tomas de medicamentos en que nadie entraba en la habitación. Lorenzo acercó la butaca y la puso al lado de la cama. Su padre le tendió la mano… que su hijo cogió al principio con miedo, y luego empezó a acariciar suavemente aunque con un poco de torpeza. Recordaba tiempo atrás, cuando era Lorenzo quien estaba en la cama enfermo, en el hospital, por aquello que tuvo y que al final se curó y nadie supo explicar muy bien… cuando tenía 7 años, pero que casi le cuesta la vida… su padre se sentaba así, como él ahora, le cogía la mano, como él ahora, y se la acariciaba con el pulgar, como él ahora. También le pasaba la otra mano de vez en cuando por la cabeza, pero eso Lorenzo no sabía como hacerlo… Los padres cuidan de los hijos, es su destino, su fin, pero un hijo a veces no está preparado para hacer lo mismo con su padre, menos cuando apenas se tienen “casi trece años” y tu padre es joven y vital…

Comentaron cosas de la enfermedad, del colegio… Lorenzo sintió la necesidad de no preocupar a su padre, pero éste insistió, al verle titubear, en que quería saber lo que pasaba de verdad… “Te echo de menos, papá”, “Quiero que te pongas bueno, y vayamos a Santander, a pasear por la playa”, “Tengo un amigo que se llama Jorge y al que he hecho una putada, papá”; “No, no tengo más amigos, soy raro, papá”; “No, no es eso papá, me gusta Clara”; “me gusta leer, papá, y la música, como a ti, y no me gusta tirarme pedos en medio de la clase y reír la gracia”; “No, papá, Jorge es gay y es mi amigo, no pasa nada”; “Papá ¿Por qué mamá no me quiere?”; “Mis hermanas mi ignoran papá”.

– ¿Y esa Clara no es tu amiga? – le dijo su padre en un momento dado.

Lorenzo no supo que responder… porque en realizad Clara no era su amiga… pero dolía verlo así de repente… en realidad Clara no era nadie…

– Estoy solo papá, me siento muy solo, te necesito.

– Son las siete, va a venir tu madre.

– No le digas, por fa.

– Tranquilo, hijo, no le diré. ¿Vendrás otro día? Ven con Jorge… me gustaría conocerlo… – vio como su hijo se le nublaba la vista – si es que no te avergüenzas de tu padre.

– No, no es eso – su mirada imploraba – yo… eres el mejor padre de mundo, joder, es… es que le…

– Lo podrás arreglar… pide perdón, a veces funciona – le pasó su mano por la mejilla… él si sabía como hacerlo; Lorenzo aprovechó e inclinó la cabeza para apretar la mano de su padre contra su hombro y sentirla más cerca.

– Hola José Luis, la hora de las pastis. ¡Qué hijo más guapo tienes! ¡Y qué bien te ha sentado su visita! Yo creía que ibas a estar cansado… tienes suerte con tu hijo! – la enfermera sonrió y rozó con su mano el hombro de Lorenzo.

Recogió sus cosas rápido, para que no le viera su madre.

– Sal por la derecha, tu madre siempre viene por el pasillo de la izquierda – le dijo su padre.

Se abrazaron con prisas y Lorenzo salía corriendo. Pero al llegar a la puerta, no pudo por menos que girarse y echar una última mirada. Levantó la mano para despedirse, sonrió, su padre hizo lo mismo. Ninguno vio la lágrima que asomaba en el ojo del otro…

Salió al pasillo e iba a tomar la izquierda, pero se acordó de lo que le dijo su padre. Y se fue a la derecha. Justo cuando tomó el recodo del pasillo, por el otro extremo apareció su madre. Pero no llegó a verlo.

Bajó por las escaleras corriendo, y salió por la parte de atrás del hospital. Echó a correr y corrió hasta que se quedó sin fuerzas…

– ¿Estás bien?

Jorge se decidió a hablar, al ver las caras que iba poniendo Lorenzo al recordar su tarde en el hospital. Fue el momento en que Lorenzo se decidió a echase a llorar sin poder evitarlo. Jorge no sabía que hacer, hasta que se decidió a sentarse a su lado, sobre el respaldo del banco, y obligar a su amigo a poner la cabeza en su hombro. Y así estuvieron un buen rato. De vez en cuando Jorge le pasaba la mano por el pelo… Lorenzo se dejaba hacer… era la primera vez en mucho tiempo, a parte de su padre esa misma tarde, que alguien lo abrazaba, que le dejaban llorar sin pedirle explicaciones, o sin decirle que debía ser fuerte… “ya eres un hombre”.

Unos chicos del colegio aparecieron por el camino, lejos. Jorge los vio y obligó a su amigo a que quitara la cabeza de su hombro. Lorenzo le miró interrogante con la mirada.

– No quiero que te … que la peña te tome por gay.

Lorenzo lo miró a los ojos. Y tuvo un impulso. Puso sus manos rodeando la cara de Jorge y acercó su boca. Posó un suave y torpe beso en sus labios. Un beso dulce, sin deseo, pero con mucho amor, ese mismo amor que su amigo le estaba dando, después de que él le hubiera robado su cámara.

– No me importa que piensen lo que quieran. Ojala me enamorara de ti. Eres de un tío de puta madre

Se quedó mirándolo unos instantes, pensativo

– Es que te quiero – bajó la cabeza avergonzado.

– Te gusta Clara – le empezó a latir el corazón más deprisa…pero no quería…

– Pero tú eres… guay… mi amigo, me aguantas… y me quieres… no me importaría… – lo dijo sin pensar, le salió así, un pensamiento en voz alta.

– Eso está guay, siendo tú poco marica y dejándolo claro cada vez que puedes…

– No, no es eso… es… ¡joder! no… yo no tengo… si una vez me gustó un chico… pero… no es que me… cuando… hace un par de años, me…

Lorenzo suspiró impotente. No sabía como explicarle… no sabía como decirle que… que tenía miedo de que le rechazaran más y que no había sabido hacerlo de otra forma…

– Te he roto la cámara.

– Era lo único que conservaba de mi padre – bajó la mirada – ya lo sabía, me lo…

– ¡Hey, colegas!

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Capítulo 13.

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– Lo vas a convertir en gay…

– No, Arturo, siempre lo ha sido. Siempre ha sido lo que es… sea lo que sea. No me gustan las etiquetas…

– No…

– Porque hay personas que aunque dicen que respetan y que no les importaría, en realidad lo que hacen de una forma más sibilina, es negarse a sí mismo.

– Una vez me dijo algo así un profe.

– ¿Tú te niegas?

Arturo se encogió de hombros.

– Oye a ver si me vas ahora a resultar un…

– No tranquilo.

– Vale, vale, no, si yo tranquilo de todas formas, seas lo que fueres. Aunque sería un total flash total si, tal y como me fijo que miras a las pibas, luego un día me dices : “Ernesto que soy marica”, te iba a recomendar que en lugar de medicina estudiaras arte dramático.

– Pero que bobo eres, tío, no sé como te aguanto… retiro lo dicho antes, cuanto más lejos mejor… Además puedo ser de mente abierta o bi-sexual, o de enamorarme de la persona no del sexo, ni de su condición ni nada, joder.

– Si es que no aguantas una broma – Ernesto estaba contento por haber conseguido picarle.

– Si eres tú, si te tomo el pelo. Todo el rato – Arturo se puso digno.

– Yo te tomo el pelo a ti.

– Que va, si no me entiendes las coñas, tío. Es que flipo en colores… y pareces muy enrollao y demás, pero eres un…

– Huy, huy – Ernesto bajó la cabeza para que no se le viera la risa – eres… estás picao… veo que tus palabras de antes de que “tío, te quiero”, “tío quiero estar contigo”…

– Oye, oye, que no he dicho nada de que te quería…

– Huy, huy huy, creo que estás peor de lo que creía, ya no te acuerdas de lo que dices…

– ¿Hola? ¿Hola? ¿Tío? Estás … ¿Alucinas con la vecina? ¿Acabas de llegar de Mundo maravilloso? ¿Te has fumao un canuto y te ha sentado fatal?

– Sí, nada, ponte digno… me has dicho algo así como – puso voz engolada, con efecto eco y todo – “Tío, eres la persona que más quiero en el mundo”.

Arturo se levantó de un salto con la boca abierta y mirando fijamente a su tío que dejaba al lado el ipad, para poder dar más dramatismo a la escena moviendo los brazos.

– “Tío, no puedo esperar a vivir contigo, y que podamos ser felices”.

– ¡Ja! ¿Hola? ¡¡Alucina!! Esto debe ser esa obra de teatro que decías que ibas a escribir… como tantas otras cosas que dices y no cumples.

– Es… es pulla en el corvejón. Juego sucio, sobrino.

– ¿Juego sucio? Pones en mi boca cosas que no he dicho… eso sí que es sucio.

– Pero si eres bobo… no las has dicho, pero sí las piensas… si es que cada poro de tu cuerpo lo dice… tu mirada, la forma de…

– Pero cojones, déjame que diga lo que quiera, tengo derecho a guardar esas expresiones dentro de mi yo interno. Y sentir lo que se me ponga, y decir lo que se me ponga.

– Huy si te pones melodramático “mi yo interno” Alucina ¿Hola? – Ernesto imitó el tono de Arturo.

– Joder, eres… – empezaba a estar un poco desesperado.

– Adorable – Ernesto bajó la entonación de la voz.

Arturo se había ido a una esquina del ascensor. Era apenas un poco más de un metro de distancia, pero parecía que era un abismo el que los separaba.

– Este ascensor es mágico – murmuró Arturo.

– ¿Mágico? – “Esto si que ha sido un giro en la conversación”, pensó Ernesto.

– Sí, es… hasta hoy siempre me había parecido pequeño, pero… hoy parece que es enorme. Alargo la mano – lo hizo – y te rozo. Pero parece que me he alejado a kilómetros de distancia.

– ¿Kilómetros?

– Me entiendes, no te pongas picajoso.

– Es que lo de …

– Una hipérbola de esas, coño.

– Vale…

Ernesto meditó durante un rato la afirmación del joven.

– Algo de mágico si tiene ese ascensor… porque fijate, esos kilómetros de distancia, doy apenas un paso – lo dio – y estoy a tu lado. Y estás enfadado pero – Ernesto abrazó a su sobrino por la cintura – de repente ya no lo estás y te dejas abrazar, y me sonríes… y me dices que me quieres… ¡¡Te quiero!! ¿Ves? Yo te lo digo… y no se ha caído el mundo…

– Eso no lo sabemos. A lo mejor es lo único que queda del mundo, este ascensor y nosotros los únicos supervivientes. ¿Te imaginas?

– Eso ha estado bien… podíamos escribir un cuento sobre eso… – Ernesto siempre proponiendo historias nuevas.

– Bueno, no sé… – miró de reojo a su tío, que lo seguía abrazando – que te quiero, lo sabes ¿no?

– Si hombre sí, pero no pasa nada porque me digas desde ese yo interno tan interno tuyo, que me quieres…

– ¿Crees que yo… que me niego o algo así? Como me dijo el profe ese…

– ¿Quién fue? No… recuerdo…

– Es que no te quedas con nada, tío, si me… te lo conté, fue al único que se lo conté, pero… no me debiste hacer ni caso – el chico se separó del abrazo de su tío. – Un puto desastre eres, tío.

– No digas eso, tengo mala memoria, y muchas cosas… joder… nunca he podido controlar las historias que nacen en mi cabeza, si de peque era feliz jugando solo e inventándome historias, guerras, conversaciones con actores famosos… o mejor, con sus personajes. La escritura solo es la forma de sacar ese mundo… es que me hacéis al final coger complejo… “Estás en tus mundos de Yupi”. “No te coscas de la misa la media”. “No vales para la vida”.

– Tío, no te pongas estupendo, ni te chines, pero estás perdido en tus mundos, si no te enteras ni de que Germán… – se mordió la lengua – Y eso en todo caso, lo dirá Germán, eso de que no vales, pero… yo no pienso lo mismo, porque me has ayudado cuando lo he necesitado. Y eres un tío enrollao y guay.

– Menos con el profe ese que te dijo esa sandez, digo. – hizo una pausa – Soy soñador, pero no bobo. Soy imbécil, pero no ciego. Deberías decirlo ya de una vez, eso que vas a soltar y que luego te arrepientes, ya son dos o tres veces esta noche que casi se te escapa.

– No… – Arturo se sentó de nuevo sobre sus pies – no es nada, son bobadas… – sacó la lengua por un lado de la boca – que me guardaré en ese mí yo interno muy interno.

Ernesto apartó la mirada de su sobrino, un poco enfadado y haciendo aspavientos. Se sentó también y retomó el ipad. No había dado resultado el intento de Arturo de revestirlo de coña.

– ¿Me vas a recordar al menos lo de tu profe?

– No me apetece mucho ahora…

– Hacemos una cosa, escribimos el cuento que decías antes… y luego me cuentas.

– No mola, tío, no… está guay enterrado en el cofre de los olvidados.

– Bueno, no quieres recordar… okey, lo haré yo… luego… sabes que si me lo has contado, si me lo propongo, lo recordaré.

– Na, no … tío, déjalo así, porfa…

– ¿Escribimos?

Arturo puso cara de pocas ganas.

– Además lo vas a escribir tú, pero éste me lo enseñas.

– Sí, pero me dictas.

– Guay – Ernesto sonrió. – Trabajo en equipo.

Arturo, resignado, cogió el ipad y se aprestó a escribir.

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El cansancio hizo mella en ellos y acabaron quedándose dormidos. La radio del 12º B había dejado de sonar hacía un buen rato. La oscuridad había ganado la batalla, y ahora casi ni se podían ver el uno al otro, aunque estaban casi pegados.

El silencio era total. Llevaban encerrados desde las 4 de la tarde en el ascensor de su casa. Oier y Lleó. Tío y sobrino.

De repente, se despertaron los dos sobresaltados. El ascensor se había puesto en marcha. Bajaba lentamente… sin ruido, sin luz.

¡¡AAAAAAAAaaaaaaaagggggggggggggggggggggg!!

El camino de bajada lento se convirtió en caída libre. Se abrazaron los dos y gritaron. A Oier le daba igual que no diera la impresión de ser un adulto seguro de si mismo. A parte, tampoco era tan adulto, solo tenía 28 años. “Un niño” diría en las reuniones familiares cuando su tía Nerea le tomaba el pelo.

Lleó tenía 16 años. Se las daba de valiente aunque ya hacía un par de horas que esta, la valentía, le había dejado tirado como su novia hacía un par de semanas; y un ligero tembleque le atacaba a todo el cuerpo. Pero al fin y al cabo estaba con su tío preferido. Le daba igual chillar, y abrazarse a él. Ayudaba que no les viera nadie, claro.

Los dos a su manera estaban preparándose para el final. Esa caída libre, a plomo, no era presagio de nada bueno. “La torta va a ser de aupa”, pensaba el tío. “La hostia de las de diez”, pensaba el sobrino.

¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhhhhhhhhggggggggggggg!!

Se paró. Igual de rápido que se empezó a caer, se paró. Siguieron abrazados un rato. Un rato largo. Abrazados y apretados. No se atrevían casi ni a respirar. Intentaban escuchar… pero… nada. Aunque algo parecía…

– Casi palmamos, tío.

– La hostia puta. Casi me cago en los calzoncillos – sudaba a mares.

– Mira, escucha.

Oier escuchó como le indicaba Lleó.

– Música. antigua. ¿Un villancico? Se escucha muy bajo… parece que se acerca y luego se aleja…

– Y un lloro, un niño o algo.

Oier prestó más atención y sí… escuchaba un lloro. Parecía un niño pequeño…

– Debemos… a lo mejor está solo…

El joven se acercó a la puerta y tiró de las hojas hacia los lados.

– Se abre – dijo haciendo fuerza.

Su tío se puso detrás de él, y empezó a tirar. El ascensor estaba en la planta baja, eso sí, un poco por debajo de su nivel normal.

– Habrá funcionado el freno de seguridad – Oier necesitaba decir algo… aunque en realidad no tenía ni idea de por qué había caído el ascensor ni de por qué había parado cuando la vida parecía acabarse en el foso del elevador.

– Suena de arriba.

– Espera, busquemos algo de luz…

Pero Lleó no esperó. Por las ventanas traslúcidas de la escalera, se colaba una luz mortecina que provenía de la luna y que le daba la suficiente claridad para ver los escalones. No había más luz en la calle… salvo en un lugar lejano, a la derecha, parecían luces de colores que los cristales esmerilados de la escalera distorsionaban haciendo formas curiosas.

– Espera – le gritaba Oier que corría escaleras arriba siguiendo al chico.

– Es aquí. – Empezó a golpear al puerta de la casa – ¿Me oyes? ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? ¿Puedes abrir la puerta? Aparta y tiramos la puerta…

– Papá – se oyó gritar dentro.

– Abre la puerta niña – gritó Lleó.

– Tengo miedo – se sorbía los mocos que el llanto le habían producido.

– ¿Estás sola?

– Soy un niño.

– ¿Cómo te llamas peque? Yo soy Oier y mi sobrino se llama Lleó.

– Me llamo Beñat.

– ¡Qué bonito nombre! Abre la puerta Beñat – insistió Oier.

Escucharon como se descorrían los cerrojos. Aunque la puerta no se abrió a pesar de que Oier intentó empujarla.

– Mi papá me dice que no abra a desconocidos. – dijo el chico entrecortado todavía por los sollozos que no lograba controlar del todo.

– Confía en nosotros, somos los vecinos del piso 14.

– ¿Eres el chico que va siempre vestido raro? Mi papá dice que eres marica.

Oier no pudo por menos que echarse a reír. Lleó frunció el ceño un poco mosqueado.

– Me gusta vestir distinto, nada más. Y eso no tiene que ver con que me gusten las pibas o los tíos.

– Abre la puerta, que no te preocupes que Lleó no es peligroso. A pesar de sus pantalones granate y su sudadera verde fosforito. Y el pelo de colores, no nos olvidemos del pelo de mil colores.

– Eres un capullo, tío – le dijo girándose mientras el interpelado no dejaba de reírse.

El niño dio la última vuelta a la llave y la puerta se abrió al final. El niño corrió hacia Oier y se abrazó a sus piernas. Oier se agachó y cogió al niño en brazos le pasó un pañuelo de papel para limpiarle los ojos y se lo colgó del cuello. De la entrada del piso, salía una luz que provenía de una lámpara de esas que se llevan a las acampadas. No era muy intensa, pero lo suficiente para que el niño mirara fijamente a Lleó y su look.

– No tengas miedo de Lleó, es mi sobrino, y es buen chico. A pesar de su gusto en el vestir.

– ¿Sabes que ha pasado? – preguntó Lleó al niño, pasando de la opinión de su tío sobre su vestimenta. – Nos quedamos en el ascensor y… parece que …

– Fue una luz muy intensa. Como si el sol se hubiera caído y estuviera en la calle. Como un ruido de esos que salía de la tierra, un terremoto como en la película del otro día de la tele. Fue muy rápido… estaba mi padre y mi tía, y una amiga de mi tía, discutían en el salón. Yo me fui a mi cuarto y me puse la música… gritaban y no quería oírles. Cuando pasó lo del ruido ese, el suelo temblaba, y me entró miedo y corrí al salón para buscar a mi padre y mi tía… y así después de esa luz muy fuerte, pegaron como un flus, como si hubiera un mago, y… mi tía, mi padre, la amiga… se… convirtieron en un gran cartel de papel, como esos de las paradas del bus.

Lleó y Oier se miraron.

– ¿No habrás soñado? – dijo Oier.

– Este niño lo flipa – Lleó estaba más contundente quizás porque todavía estaba picado con los comentarios del niño y de su padre.

El niño se agitó en los brazos de Oier para que le soltara. Corrió por la casa después de coger la lámpara del aparador en donde estaba.

– Venid – dijo Beñat haciendo también gestos con la mano para que se acercaran.

Lleó abrió todo lo que pudo su boca de asombro. En una butaca a la derecha, había un cartel tamaño 1,78 m. en el que se podía distinguir claramente al padre del niño. Debajo ponía, con letras enormes: “Maltratador”. Al lado, en el sofá, estaban dos carteles y en cada no de ellos, había una foto de una señora. En uno podía “Manipuladora”. En el otro “Ladrona”.

Lleó dio un paso atrás, asustado.

– Me da yuyu. Pellízcame por si esto es una pesadilla.

– Escuchad – apuntó Oier.

De la calle llegaba otra vez el ruido de un villancico.

– ¿Será esa música que escuchábamos antes?

– Suena de vez en cuando. Primero se acerca y luego… se aleja – dijo el niño.

– Vamos, bajemos a la calle.

– ¿Y si nos pasa algo? Esto es acojonante.

– Cojamos los carteles de… no sé como llamarlos…

– No se puede, pesan mucho – dijo Beñat.

– ¿Cómo van a pesar? Si son de papel… – Oier fue decidido a coger el cartel de una de las mujeres, pero no pudo moverlo. Al final abrazó el papel como si fuera de verdad la señora, y haciendo un esfuerzo supremo, logró levantarlo unos centímetros.

– Pesan como…

– Como si estuvieran vivos.

Se giraron y se encontraron con una chica bajita, de pelo negro, muy delgada. No aparentaba más de 20 años.

– La maldición de la Navidad – apuntó la joven con un toque de sarcasmo.

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Capítulo 14.

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Joder, tío, me mola la historia. Pero… es que… mola para hacer una novela con ella.

– Bueno, bueno, ya veremos – Ernesto guiñó un ojo a su sobrino – Te quejarás del nombre guay que te he buscado: Lleó.

– Mola sí. Como el de Pulseras rojas.

– Es que te pareces un poco a él.

– ¿A Álex Monner? – levantó un poco el mentón – Yo molo más, no vamos a comparar.

Ernesto se rió con ganas. Su sobrino se estaba convirtiendo en un perfecto presumido.

– Pero… he oído que el Álex Monner ese se lleva a todas las chicas de calle.

– Va, pero eso es por la tele. Eso les vuelve locos a todos. Si yo saliera en la tonta, el Álex ese no tendría nada que hacer a mi lado.

– No sabía. Pues cuando yo he salido por la tele… no me he comido una rosca.

– No me provoques, tío, que me lanzo. Que me… es que me las pones a huevo. Que ya te lo he dicho que hiciste el canelo… me callo, me callo. ¿te he contado que una vez te negué como San Pedro negó a Jesús?

– ¿Sí? – Ernesto puso su mejor cara de chico bueno – No me esperaba esto de ti, querido sobrino. Que… que desilusión… – puso su mejor voz dramática – No me esperaba esto de ti, esta traición. No sé si nuestra relación será la misma a partir de ahora, no se si podré…

– Stop. Para, para, no te lances que… ¡Que pereza! Momento dramático…

– ¿No te ha gustado? A lo mejor le he puesto poco…

– Que no, que vale. Que pares. Que me levantas dolor de cabeza. ¡Qué jaqueca! Que eso no va a arreglar que… hicieras…

– Me estás dejando… ¿Tan malo fue?

– Oye, tío, – Arturo no quería seguir con el tema que a lo mejor se pasaba y no quería enfadarlo – que digo que si a lo mejor es mejor que antes de que, joder qu eme apetece que acabes la historia de Lorenzo. Quiero saber ya el final.

– ¿Dices?

– Sí, y creo que ya tienes material de sobra. Yo dejaría la historia de los carteles… es que… tiene tanto potencial…

– ¿Dices?

Arturo asintió con la cabeza.

– ¿Me enseñas tu… historia? – intentó pillarlo con la guardia baja.

– Plasta, que eres un pesao. Qué no. Mañana me matricularé en alemán, para aprender a decirlo en alemán y en Japonés también. No. Nasti de plasti.

– Podemos invocar a los espíritus para que te susurren al oído como se dice, si te hace ilu, claro.

– Pero tío, eres un pesao. No me dejas respirar. Me tienes aquí escribiendo, que luego me imagino que me pagarás las horas, como tu secretario.

– No te jode, una mierda. Si te estás que no meas de gusto… yo un secretario lo imagino… – puso cara libidinosa. – definitivamente no puedes ser el secretario de mis sueños – negó con la cabeza para enfatizar su negativa, mientras lo miraba de reojo.

– Calla, calla, que soy peque.

– Casi quince.

– Peque.

– Si hablas de sexo con los colegas. Y lo haces con Vera.

– Pero no del tuyo. Y se llama Jenifer y de mi boca no saldrá nada que…

– Pero si antes querías saber, del que no querías saber era de tu tío verdadero y casposo. Y vamos, me has dejado claro que tú y Rosa… – e hizo el gesto de estar liados.

– Pero me vas a contar de él, fijo. Y se llama Jenifer. Y no he dicho ni mu. Tú que tienes la mente calenturienta por los relatos pornos que escribes y sacas conclusiones. Eso del secretario debe ser uno de esos relatos… Mi tío dice… que te hacía de secretario los fines de semana. Y que nunca le diste las gracias siquiera.

– No te jode el majadero ese… – se estaba indignando por momentos – nunca lo ha sido, si aborrecía mis historias, y más las que publico con seudónimo. Una tarde me… bueno, es un poco largo de contar. Aunque si quieres te lo escribo, el relato del secretario de esa tarde, no de tu tío, que nunca lo ha sido, repito. – hizo una pausa – Y además, tú mismo puedes decir si los muchos findes que has pasado en casa, me ha escrito una línea, no te jode.

– ¿No? No, eso es cierto. – Arturo arrugó la nariz – No me escribas… – aunque se debatía en decirle que sí, le estaba entrando el picazón de la curiosidad.

– No ha sido nunca mi secretario. Tripito.

– Pues él dice que te pasaba…

– Pues no. ¿Ahora quién no se entera, sobrino? Cuatro veces.

– Pues él…

– Nunca he tenido secretario. Bueno, miento, repito, una tarde. Sí. Pero esa es otra historia. Oye, pero esto ya lo he dicho tres veces…

– ¿Ah?

– Y… no, no, no se puede contar, eres peque.

– Tengo casi 15.

– No llegamos a un acuerdo. Cuando tú vas, yo vengo, y vivecersa.

– Pero si no es con mi tío, me puedes contar. Me… con mi tío me daría yuyu.

– Nada, anda, eres peque. Me podrían acusar de… pervertirte o algo peor.

– ¿Tan así es? Huy, qué harías con ese secretario de una tarde. ¿Lo de la mantequilla de antes?¿Quieres que te cuente lo que hicieron mi amigo Joaquín y su novia? – la cara de Arturo no presagiaba nada bueno.- Lo largó el otro día en el bar del insti.

– Dime, ¡por fin! – levantó la mirada al cielo para loar al Señor por la dicha concedida – Ardo en deseos de tomar nota de las conversaciones tuyas y de tus amigotes sobre sexo y sus ligues.

– Por fin… no te lo voy a decir, te jodes, como Herodes.

– Pero si te meas de gusto por…

– Por cierto ahora que lo dices, tengo un poco de ganas de… mear.

– Pues elige una esquina. O hazte un nudo en…

– Qué flash, tío. Eres un parto de caja, ¿lo sabías? Me aguantaré. Un nudo dice…

– Eso, te aguantas un rato. No creo que tarden en sacarnos… dale otra vez a la alarma a ver si ahora suena o algo.

Arturo levantó la mano y apretó repetidamente el botón de la campanilla, como lo llamaba de pequeño. Pero no hubo ninguna reacción.

Ernesto sintió de repente otra vez que se le atrofiaban los hombros, se le ponía rígidos y le dolían.

– Tranqui, – Arturo se dio cuenta de lo que le pasaba a Ernesto – que te doy un masaje, tío. Tú escribes y yo te doy el masaje. ¿Hace cuanto no duermes?

Se puso de nuevo detrás de él de rodillas y le empezó a recorrer los hombros con sus dedos, haciendo presión con el pulgar y el índice…

Ernesto se puso a escribir sin contestar a la pregunta de su sobrino.

 .

Llegaron sus compañeros de colegio. Eran tres y respondían a nombres como Chuti, Miko y Lupo. Iban con un par de cervezas de más y prometieron agarrar la primera cogorza del año en cuanto sus padres se fueran al cotillón. Se daban golpes en la espalda y bebían de vez en cuando de una litrona que llevaban tapada en una bolsa de papel. “Como los yankies”. “Así no perdemos el tono, que hay que aguantar a los viejos y al resto de la family” “¡Qué coñazo!”.

 .

– Me ibas a contar lo del profe – Se había acordado de repente.

– Joder, plasta, que… déjalo porfa, no me mola recordarlo.

– Fue solo hace unas semanas.

– Joder, fue en noviembre. ¿Contento? Y escribe, y deja, que…

Ernesto se giró y miró a su sobrino. Al final se resignó y volvió a la historia. Pero empezaba a hacer memoria.

 .

Lorenzo y Jorge hablaron poco. Solo asentían y contestaban alguna pregunta, a parte de rechazar la invitación que les hicieron de beber un buen lingotazo de beer “Qué estáis muy mustios” “¡Ehhhhhh! ¿No os estaréis metiendo mano?” “Yo juraría que de lejos os estabais morreando”. Miko golpeó la espalda de Jorge para marcar la coña.

– Colegas, vayámonos que los viejos esperan, y no hay que mosquearles para que se abran lo antes posible y hacer nuestra fiesta. ¿Os apuntáis? – era Chuti quién les invitaba.

– Na, tío, no os preocupéis.

– A lo mejor… – Lupo hizo con las manos el signo inequívoco de follar, mientras les daba codazos a los colegas.

– Quizás, hombre, quizás follemos esta noche – le espetó ya un poco mosqueado Lorenzo – Si te mola te mandamos un wasap para informarte, no te jode.

– ¡Ehhh! Sin mosqueos, que es nochevieja, tronco. Vámonos que estos están a otro rollo.

– Que el trinki-trinki os vaya genial – se despidió Chuti, arrastrando las palabras y palmeando sus manos con las de Lorenzo y Jorge.

– ¿Seguro que no queráis o queréis y quieren o como se diga… un trago? – Lupo se dio la vuelta mientras se alejaban y les mostró la bolsa con la botella. Los dos amigos levantaron la mano en señal de despedida.

– El primer día de clase, todos sabrán que hemos follado esta noche.

– Que les den. Si alguien dice algo, nos, morreamos.

Jorge levantó las cejas sorprendido.

– Sabes, quisiera… joder… daría lo que fuera por ser marica y que fuéramos novios. Al menos tendría algo. Y algo bueno.

Jorge no sabía que responder.

– A lo mejor te jodo lo de Fer. – dijo apesadumbrado – no pensé…

– No hay nada con Fer. Hablé ayer por la tarde, cuando te fuiste con la cámara – no quiso decirlo así, pero se le había escapado, y se arrepentía – y me dijo algo así como: “Ni de coña, yo no soy de esos”.

Lorenzo se quedó pensativo. “La ángela metió la pata”. “¿O no? Y todo fue una estratagema”. Miró de reojo a su amigo que se había sentado en el banco. Quizás lo vio por primera vez de otra forma.

– Menuda rasca que hace – dijo abrochándose el anorak.

– He hablado hoy con mi padre – dijeron Jorge y Lorenzo a la vez.

Lorenzo se dejó caer en el asiento del banco y se puso al lado de su amigo.

– ¿Y?

Había sido todo muy raro. Se presentó en casa de improviso. Habló con su madre… o discutieron. Pero fue distinto. Su padre no levantó la voz, ni entró al juego. Calló, escuchó a su madre, y solo dijo que quería verlo y hablar con él. “Pero si has pasado de tus hijos desde que nacieron”. Él escuchaba en el pasillo lleno de miedo… no por su padre, sino porque… había deseado tanto ese momento que no sabía ni qué hace. Casi dos años sin verlo, deseando que estuviera, que volviera, que… fuera su padre, cosa que nunca había sido. Y él siempre había necesitado.

Al final su madre dejó de ponerle pegas y su padre salio en dirección a su habitación. Él, justo cuando ya no se oían voces, subió corriendo y se metió en la ducha. No se le ocurrió otra cosa para disimular. Dio al agua caliente, se puso debajo del chorro para mojarse y que todo se llenara un poco de vapor. Salió y se empezó a secar y se puso el albornoz. Ahí fue cuando su padre llamó a la puerta.

– ¿Quién? Me estoy vistiendo.

– ¡Ah! Perdona, nada, si …

– ¡Papá! – fingió sorpresa de verlo.

Y abrió la puerta.

– Fue raro ¿sabes? No hablamos de casi nada, yo ahí en albornoz y tal, pero me daba excusas para temblar… “¿Tienes frío? Te dejo que te vistas”, y tal y… me preguntó por la cámara… me dijo que te había conocido y que… la habías roto… una historia muy rara de una mujer que se llamaba Irene, y que… no le entendí muy bien y no me atreví a preguntar. Pero tío, me invitó a pasar la Nochevieja con él. ¡Alucina!

Suspiró. Lorenzo lo veía sonreír…

– Es mejor plan que hablar conmigo por wasap.

– Le dije que si podías venir. No te iba a dejar en la estacada, eres mi amigo

– No tronco, es tu padre y …

– Y tú eres mi amigo y no tengo muchos. Casi tengo tantos amigos como padres.

Sonrieron.

– Y me has morreado.

Mirada pícara.

– ¿Me perdonas?

– ¿Lo del morreo? – Guiñó un ojo a su amigo – Si estaba estropeada la cámara. La guardaba porque me la regaló mi padre. Era un modelo tan raro que era muy caro arreglarlo, y mi madre me dijo que nastis de plastis. Como me la había regalado mi padre…

A Lorenzo se le hundieron los hombros. “Otra metedura de pata de la ángela esa de las narices”. “Me la ha metido doblada”.

– Pero si te parece, te dejo mi cámara buena. Con la que hago las fotos…

A Lorenzo se le ocurrió una cosa mejor.

– ¿Y si me sacas tú la fotos con mi padre? Me han dicho que eres un fotógrafo de puta madre.

– Pero… me da palo ir contigo a donde tu padre.

– Yo voy a ir dónde el tuyo.

– ¡Hola chicos!

– ¡Papá!

Jorge se levantó. Quiso saludar a su padre pero no sabía como. Él lo notó y le abrió los brazos para indicarle que podía darle un beso.

– Nos volvemos a ver – le saludó con un apretón de manos a Lorenzo.

– Le he invitado a ir con nosotros esta noche. ¿Te importa?

– No, será estupendo, Javier va a venir también. Hablé con él esta mañana. No tenía planes, al irse tu madre de cena con los amigos… pero no sé si os gustará lo que tengo en casa… tengo que aprender muchas cosas.

Lorenzo se acordó de repente de algo que dijo la noche anterior.

– Y… ¿No tenía una reunión, la que no pudo ir ayer?

– No, la… la suspendí. Decidí aceptar la propuesta que me hicieron en lugar de los cierres y despidos. Ya no era necesario, y como no tenían muchas ganas de verme la jeta… sabes… Irene tenía razón.

– En algunas cosas… – Lorenzo pensó en lo de Jorge con Fernando, y en lo de la cámara, pero se calló a tiempo, no sabia si su padre… aunque luego recordó que con Irene hablaron de eso también – … no te creas que acertó…

– Me da que es un poco manipuladora, aunque sabes, me salvó de una paliza.

Los dos chicos abrieron los ojos sorprendidos.

– Me ha llamado la policía esta mañana. Detuvieron anoche a unos individuos en el otro lado del parque, por dónde iba a pasar yo camino d ella reunión. Y llevaban mis datos y fotos mías. Les habían encargado darme un aviso.

– ¿Los de la reunión de ayer?

– Eso… no se sabe. Hay tantos que querrían darme una paliza… Pero… bueno, el caso es que me salvó la vida… o al menos… nunca se sabe. Por cierto ¿La has visto?

Lorenzo negó con la cabeza, aunque miró a su alrededor buscando esas chispitas que la delataban, o un reflejo naranja… sus leotardos. Pero no vio nada.

– Bueno, ¿vamos?

– ¿Y será verdad entonces que…?

– Quizás ya has hecho hoy algo que impida que llegue ese momento que te contó.

– No me contestó a lo de mi padre.

Juan lo miró con una ternura que hasta el día anterior nadie hubiera dicho que tenía.

– Lo importante es que pase lo que pase, lo quieras, e intentes disfrutar de él todo lo posible. No cometas los errores que yo cometí…

– Voy mañana a sacarles fotos – apuntó Jorge.

– ¡Bien! – exclamó Lorenzo acercándose y dándole un beso.

Jorge se puso colorado… quizás porque era la primera vez que le besaba alguien los labios delante de su padre. O porque de todas formas, era la segunda vez que lo besaban.

– ¿Y esa Clara de la que hablabas?

Lorenzo se encogió de hombros.

– Quiero a Jorge. No necesito a Clara – lo dijo sin darle importancia, como si fuera algo tan claro que no necesitara más explicaciones.

Caminaron los tres hacia el lugar dónde Juan había aparcado el coche. Iban hablando tranquilos de si necesitaban algo más para la cena. Javi llamó para decirles que ya estaba en casa esperando.

Detrás de ellos, por un camino lateral, apareció una mujer alta y fuerte, con el pelo verde. Se quedó mirándolos y sonrió.

– No sé si está bien que le mintieras al chico ayer de esa forma – un hombre alto y guapo se apareció a su lado. Rubio y con lo ojos azules. Facciones suaves. Y sonrisa angelical.

– Tenía mucha rabia… no hubiera atendido a ninguna razón… Podían haber perdido su vida buscando a alguien, cuando su destino lo conocía de siempre. Saber que Jorge lo quería, que estaba con otro chico, levantó ese punto de celos que necesitaba para pensar y para reconocer su soledad y sus sentimientos, y para descubrir quién era la persona con la que todo eso no tenía importancia.

– Van a ser muy felices – apuntó Gabriel mirando como se alejaban justo en el momento en que sus manos se rozaron descuidadamente – pero… ¿No serán muy jóvenes?

– Nunca se es joven para amar, Gabriel, ni demasiado mayor tampoco. Fíjate tú y yo. Tú 2078 años, y yo, 1989. Y te amo como el primer día.

– Calla, coño, que hay habladurías en el cielo… debemos ser discretos.

– Sí mi amor.

– Y procura en tu informe no decir nada de eso de que perseguiste al chico y le hiciste un placaje…

– Vale, pero no le hice daño, y… tuve éxito en la misión.

– Sí, casi te has salido tan bien como la del Príncipe Arturo.

– ¡Qué bonita historia aquella! Y como vivieron felices y nadie se atrevió nunca a decir nada…

– Te empiezan a llamar la ángela de los homosexuales. A algunos no les parece bien que desde el cielo ayudemos a estos chicos a amarse el resto de su vida.

– En el cielo hablamos de amor, Gabriel. Sin apellidos. Lo importante es que las personas se amen. Nosotros nos amamos… y somos ángeles.

– Por eso… Fíjate el escándalo que se montaría si se descubre… y encima tu jefe, cuando eres muy criticada por casi todo el mundo… dirían: “claro, por eso la protege tanto”.

– Por ese Miguel, no te fastidia, que es un envidioso… que diga lo que le de la gana – Irene miró su reloj – digo que tenemos tiempo de … jugar a los médicos, antes de la película de la noche.

– Tienes que hacer el seguimiento de tus… y tienes que borrarles la memoria.

Irene sonrió mientras hacía un gesto extraño con las manos. Desapareció… pero solo fue cosa de un par de instantes.

– ¡Ya está!

– Seguimiento… – la reconvino Gabriel.

Pero ella se tocó la cabeza.

– Los tengo aquí… ahora están llegando a casa y Javi está allí. Y también el mayor, Ramón y su novio Joaquín, que han vuelto antes de lo previsto…

– ¿Y el padre de Lorenzo?

– Va a pasar hoy la mejor noche de los últimos meses. Su hijo le ha puesto las pilas… y mañana irán los dos chicos… y sacarán las fotos… y al menos de ésta, saldrá el buen hombre.

– Vamos, Gaby, no perdamos el tiempo… mi chuchurri…

– Vamos, mi piopio…

Y Gabriel le dio un azote a Irene en el culo, haciendo que esta saltara hacia delante y pusiera los ojos en blanco.

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Capítulo 15.

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– ¡Que guay!

Arturo le dio unos golpes en la espalda.

– Mola tío. Lo de la Irene me ha molado un huevo. Y me has copiado lo de nasti de plasti, que guay. No te cobraré derechos – levantó un poco el mentón como para darse importancia.

Ernesto sonrió. Aunque no fue una sonrisa satisfecha y alegre, más bien era algo triste.

– ¿Qué te pasa Ernesto? No te noto guay… deberías estar contento, satisfecho… a mí me ha molado un huevo, y no te como la oreja fácil, ya sabes.

– No sé… debería… quizás debería haber sacado ese otro final que habíamos pensado ¿Te acuerdas? Éste ha sido muy chupi guay. Demasiado. Cuando no me salía una línea, te acuerdas, lloraba por un poco de mi ñoñería natural, y ahora… a lo mejor me pasé con las súplicas.

– Sí, pero éste está guay, y lo de la Irene y el Gabriel… es un golpe diver y no te lo esperas ni de coña. Te quedas con la peña. Y te empezó a salir todo cuando nos encontramos. Es que me necesitas, está claro.

– “La Irene”, pero que de pueblo, parece mentira que pretendas ser mi secretario… y no te des tanto aire, que te va a entrar tortícolis.

Arturo sonrió…

– Te noto más tranquilo ahora. Parece que se te ha pasado la ansiedad. – Ernesto lo observaba con atención estudiando cada gesto. Era realmente lo que le preocupaba mientras hablaban. Estudiaba a Arturo en cada frase o silencio para intentar descubrir si iba mejor o no.

– Será la medicación.

Ernesto abrió los ojos sorprendido por la respuesta, pero no quiso indagar… ahora volvía a ser él el que estaba cansado. La duda, la salud del chico… la manera de hacer, de enfocar, de tratarlo, de… la manera de buscar una fórmula para que se encontrara mejor… y la necesidad de escribir, porque todo pasaba, las soluciones que podía dar a los chicos, pasaban por poder mantenerlos… pero eso sería más delante, ahora debía preocuparse de la salud de Arturo. ¿Por qué esos ataques de ansiedad?

– No sé… – Ernesto suspiró intentando apartar de su cabeza su desasosiego – no sé… si eliminar el relato como decías antes. Total… Lleó y Oier… quizás puedan tener otro momento, una historia para ellos solos, de más enjundia y con mayor protagonismo.

– Ya es tarde, tío. Debes… venga, sigo escribiendo yo, así no te cansas… tanto. ¿Hace cuanto no duermes? – Arturo volvía a insistir.

– Pero bueno, pareces mi madre.

– Soy lo más cercano que tienes. Todavía no me has dado las gracias por la de veces que te he tapado con la manta de viaje cuando te quedabas dormido en el sofá. O que te he llevado un café, o una Coca-Cola mientras escribías.

– Vale. Gracias.

– O que he preparado la cena para que siguieras escribiendo y te la he llevado al cuarto.

– Gracias.

– O que te he dado masajes.

– Gracias.

– O que…

– ¡¡Vale!! Descansa un poco… que algo habré hecho yo por ti, digo yo.

– No recuerdo… dame las gracias anda, que estoy malito – volvió a levantar un poco el mentón con chulería fingida, aunque con mirada de pena.

– ¿Malito? Para meterte conmigo no parece que lo estés.

– Todo por… – empezó a protestar Arturo, pero su tío le cortó en seco.

– Vale. Gracias. Gracias y gracias.- hizo una pausa – Mamá.

– De nada. ¿Hace cuanto no duermes?

– Deberíamos… no se escucha nada. Está todo en silencio – cambió de tema.

– Son las mil.

– Ya es casi de día. Falta poco para amanecer.

– Pues saldrá alguien a comprar el periódico.

– ¿Y si todos han muerto? ¿O si es verdad el relato y todos se han convertido en pósters?

– ¿Serán todos malos en el edificio?

– Menos Tomás. Los demás… – hizo el gesto con el dedo gordo hacia abajo.

– Germán no es malo.

Arturo se quedó pensativo.

– Pero hace daño. Qué más da si es bueno… el resultado es lo que cuenta. Y es retorcido.

– ¡Ah! No sé… no hables así de tu tío, es… bueno, es tu tío. Y los vecinos no son malos. De todas formas, los malos tiene atractivo.

– ¿Por eso seguiste con él?

– ¡Arturo! No seas tan… es complicado… – Ernesto pensaba que ni él mismo sabía las razones de haber estado tantos años con Germán.

– Vale, me callo. Venga – dijo cogiendo el ipad – díctame. Ya hablaremos del sueldo.

– Tendrás morro…

Y Arturo, sacó todo el morro del que era capaz, hasta que su tío le dio una colleja que no vio llegar por entrecerrar los ojos a causa de la mueca.

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– Pues ésta estaba… o está gorda de cojones – Lleó se arrepintió de inmediato el comentario, al ver la cara que había puesto Beñat.

– Ni caso, no le hagas ni caso – decía Oier al niño mientras lanzaba una mirada de reproche a Lleó. Cogió el póster para colocarlo otra vez en el lugar que lo encontró. Cuando lo consiguió, movió los brazos para recuperarlos del esfuerzo.

– Olga, esto es una locura – saludó Lleó llevándose las manos a la cabeza. – ¿Conoces a mi tío?

– Sí de pasada, alguna vez en el ascensor.

Olga saludó a Oier con la cabeza.

– Hola Beñat – la chica sonrió por primera vez al saludar al niño. – Debemos irnos – miró a todos por turnos, muy seria – seguir a la música. Lo siento aquí – y se señaló el pecho a la altura del corazón – y está en el ambiente ¿No lo notáis?

– ¿En el ambiente? – Lleó no entendió lo que quería decir, pero como conocía su afición por lo estrambótico y paranormal, y lo fácil que se enrollaba con el tema, no quiso preguntar – Pero… ¿Sabes que ha pasado? ¿Y la música?

– Una maldición. Seguro.

– Venga ya, no te quedes conmigo – se burló Lleó – siempre viendo conspiraciones y maldiciones del más allá.

La chica se encogió de hombros.

– No me creas si no quieres. Ríete si lo prefieres búrlate como hacen todos. Deberías a lo mejor haberte convertido en cartel como todos estos por maltratarme – Lleó hizo un gesto de contrición – Te creerás un listillo, pero lo ha dicho hace un momento la radio. Un pavo que ha hablado. Parecía joven, un becario, seguro, no era el que habla todos los días. Vamos y luego me diréis. A lo mejor quieres jugarte algo.

– O sea que no lo has sentido en el corazón o donde sea, sino que lo ha dicho el becario de la radio – Lleó se burlaba de ella.

– Las dos cosas No te lo creas si no quieres. Allá tú.

Oier fue a cerrar la puerta de la casa y echó una última ojeada. Algo le llamó la atención en la disposición de los póster.

– ¿Os habéis fijado? – Oier señalaba al padre de Beñat y a su tía

Lleó y Olga se dieron la vuelta. Beñat estaba en el descansillo y no hizo ningún movimiento para acercarse otra vez y mirar.

– Parece… – Lleó dejó la frase inacabada, no sabía como decirlo…

– Se estaban pegando de leches. Literalmente. – Olga fue contundente en su respuesta – ¿Nos vamos? – todavía estaba un poco mosqueada por las burlas de Lleó.

– No te mosquees, tonta, si ya sabes que soy medio bobo. – Lleó la empujó suavemente como gesto de conciliación.

Bajaron las escaleras con la ayuda de la luz de la linterna de Beñat. En el portal se encontraron con cinco carteles. Pepe, el del 5ºD, que debajo ponía: Homófobo – violento. María, la del 2ºA: Maltratadora de animales. Carlitos, el chico del 2ºD: Maltratador.

– Carlitos, fíjate, solo tenía catorce años.

– Era un cabrón – dijo sin pestañear Lleó. – Pegaba a su madre. Pero desde bien pequeño.

– No me jodas… pero si casi es un niño.

La chica movió la cabeza afirmando.

– La pobre murió de tristeza y de impotencia. Y de alguna torta que le dio su hijo, seamos sinceros.

– ¡Joder! ¿Pero nadie hizo algo? – Oier no daba crédito a la historia que le contaban; que pudiera ocurrirle algo así a personas conocidas con las que se cruzaba muchos días en el ascensor o en la calle. De repente, en apenas unos minutos, se estaba enterando de los secretos inconfesables del vecindario de su sobrino que en los dieciséis años que tenía el chico.

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– ¿Cómo que “casi un niño”? – explotó Arturo apartando el iPad y dejando de escribir, aprovechando para desentumecer y estirar el cuerpo.

– Es casi un niño.

Ernesto se tapó la boca con la mano al darse cuenta que Arturo tenía catorce años.

– Pero tú eres distinto – se disculpó atropelladamente.

– ¿Distinto? ¿Cómo de distinto? – Se puso de rodillas para acercarse más a su tío.

– Tú… – buscaba las palabras – eres más… ¡¡Maduro!! ¡Eso! ¡Maduro!

– Los cojones más maduro. Soy un pibe para ti, lo veo claro. Un casi niño, no te jode que cuida de sus hermanos y de su tío postizo, que es ¡Un hombre!

– Que no, tío, si… es que Lleó es…

– Por eso le has puesto Lleó, para darme en los morros. Por mi parecido con el Monner. Pero además, no me confundas que no hablamos de Lleó, sino del maltratador… me la intentas colar, que capullo. Que palo, tronco – lo dijo para joderlo.

– Pues no lo voy a cambiar. Porque es muy joven para ser un maltratador. Y el que te lías eres tú, se te hace la boca gaseosa con eso del parecido con el actor ese. Como si esto te fuera a servir de algo.

– Va, tío, si yo te contara… la peña está loca. Un colega me contaba que un tío suyo, adoptó a un crío peque, de un año, y el caso es que a los seis años, les pegaba. A los ocho o así, tuvieron que ir a un psicólogo de esos especializados en conducta o algo así; no podían… no podían con él enano, pásmate. Pero es que les caneaba, aunque ellos no eran como la madre de ese que cuentas, que se quedaba los golpes. Pero no era plan de tener una batalla campal en la cocina todos los días con un enano de ocho.

– Sí, ocurre con frecuencia… si vas a esas casas tuteladas, o a servicios sociales, se te caen los h… perdón, el alma al suelo: Maltratos de padres a hijos, de maridos, de hijos… es una puta locura, estamos como motos todos.

Se quedaron en silencio pensando, como dando trascendencia a las reflexiones sobre el maltrato.

– ¿Ves? No puedes decir huevos porque soy un niño. Es que me tienes por un niño. Fijo. – contraatacó Arturo.

– Un viejo no eres, así que tranquilo. Si con un poco de suerte, lo de niño se te quita en un pis pas, y lo de adolescente, y luego lo de joven, y luego lo de hombre, pasas a ser maduro, y luego entrado en años, y directamente a viejo, anciano, tercera edad, o “abuelito dime tú”.

– ¿En esa etapa estás tú? – Arturo sacó la lengua de medio lado para remarcar la pulla.

– ¿Podemos seguir? – dijo de repente Ernesto haciendo caso omiso de la provocación. – Ya sabes que…

– Vale, que coñazo, tronco… – insistió con el tronco para devolverle lo de “crío de catorce”.

– Me estás picando, pero no voy a entrar en tu juego. Me vengaré. En cuanto te despistes, ahí estaré para machacarte. Porque soy un chaval, tienes suerte de tener un tío joven, lozano y con una imaginación alucinante.

– ¿Es una amenaza?

– No, es una afirmación, pura y dura.

– Tira, tira, seguimos, que me estoy calentando.

– ¿Estás pensando en Jenifer?

Arturo tardó un rato en entender el giro que había dado su tío.

– ¡Joder tío! ¡Qué fuerte con el juego de palabras! Mis labios están sellados, soy un…

– Caballero sin caballo – acabó Ernesto – Un Príncipe.

– El Príncipe Arturo – levantó el mentón en plan Príncipe.

– Anda, tira, que me da la flojera. Y debo acabar, sabes, la pasta…

– Joder, cincuenta y seis veces…

Movía la cabeza como signo de desesperación, a la vez que se aprestaba a seguir escribiendo lo que su tío le dictara.

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Capítulo 16.

– Mirad, mirad – Beñat cogió la mano de Lleó que lo miró sorprendido al no esperarse ese gesto del niño – ¡El flautista!

– ¡Anda! Como en el cuento. ¡Qué gracioso! Y nosotros somos las ratas… ¡Ja!

– O los niños del final del cuento, que anda tú… – le dijo Olga haciéndose la ofendida – compararnos con las ratas.

– Pero toca un villancico. Y sobre las ratas… dime ¿qué somos ahora? Ni sabemos, estamos a merced de vete tú a saber, con nuestra familia, amigos convertidos en pósters… no sabemos que somos ahora mismo… ¿Nos vamos a convertir también en papel? ¿Somos carne mortal por ser buenos, o porque estábamos por ejemplo en un ascensor? ¿O porque nos van a matar con un gas letal? O con una ametralladora… ratatatatata – Lleó imitó con las manos la ametralladora girando sobre sí y disparando hacia todos los lados.

– ¡Joder! Tío, como te pasas.

– Vamos, venid. Hay una reunión en la plaza. No somos muchos los que no nos hemos convertido en pósters. Dicen que es como Sodoma y Gomorra pero en moderno. Somos los elegidos para salvarnos.

Un hombre mayor los miraba desde la puerta del portal con un cierto gesto de preocupación y urgencia. Parecía que le faltaba el aire.

– He perdido a mi hijo Roberto.

Nadie le había pedido explicaciones. De repente Oier y Lleó se miraron al darse cuenta de que no sabían nada de su familia.

– Papá estaba en casa. No tengo perdón por no haberme preocupado por ellos…

– Lleó, déjalo… si es mejor, si…

Oier intentó detener a su sobrino, pero se le escurrió y ni siquiera escuchó lo que le intentaba decir. Cuando quiso reaccionar y salir corriendo detrás de él, el chico subía las escaleras de dos en dos.

– A lo mejor están en la plaza – opinó Olga, sin mucha esperanza.

– ¿En la plaza? – Oier hablaba con tono de duda – Mi hermano no era bueno – sentenció Oier – Y mi cuñada menos. Y él – señaló las escaleras por dónde había desaparecido su sobrino – es el que mejor debería saberlo. Si hubieran estado en carne mortal, ya los hubiéramos visto. Pienso, no sé. “Carne mortal” pero… qué expresiones… es que no sabes como definir todo esto. Es un flash – Se quedó callado, como pensando. – No, no eran buenos… ni mi hermano ni su mujer. Y… – iba a profundizar en su opinión sobre ellos pero se dio cuenta de que no era el auditorio adecuado – da igual.

– Pero Lleó los quiere. Se nota.

– Sí, los quiere. ¡Ufff! Y no sabes cuanto. No tiene nada que ver ser bueno o malo con que te quieran. Sí yo creo que hasta cuanto más malo eres, más atraes. E incluso casi… es que los buenos son parias, eso como a veces dice la gente: “Si es un pánfilo”.

– Yo, por ejemplo quiero a mi hijo, pero… no era bueno – dijo el viejo – Me llamo José Luis.

Se presentaron todos y le fueron saludando con un apretón de manos.

– Son carteles – Lleó estaba en el último tramo de escalera, con los hombros caídos y la respiración trabajosa por la carrera. – Mis padres son carteles. Manipuladora y Egoísta – altanero, y alguna cosa más que no he querido leer. ¡Mierda puta! – Lleó estaba furioso. – No es justo.

– Vamos – acució José Luis – a lo mejor encontramos alguna explicación tras el flautista. En la plaza… ¡vamos!

Salieron del edificio. Oier miraba a su sobrino e intentó rodear su hombro con el brazo. Pero éste lo rechazó con un gesto de su cuerpo. Iba enfurruñado. Dejó atrás a su tío y a Beñat, que seguía agarrado de su mano, siguió a Olga y José Luis que se unieron a todos los que seguían la música.

Miraron con timidez a su alrededor. Muchos niños y jóvenes, solos o acompañados, algunas personas mayores, también algunos adultos. Muchos con la mirada perdida hacia delante, desorientados.

– Parece una escena de esas películas de desastres, en las que los supervivientes caminan por las calles con caras de tontos – dijo Olga.

Gestos de sorpresa, de estar despistados; buscando a sus allegados, esperando que no fueran papel; muchos no habían encontrado entre sus cercanos a nadie que no se hubiera convertido en póster. De repente se habían encontrado solos. Y eso les había asustado.

– ¿Tan mala es la gente? Si somos cuatro gatos.

Oier miraba a su alrededor estudiando a sus compañeros de comitiva. Beñat le cogía de la mano muy fuerte. De vez en cuando parecía que se iba a echar a llorar. Oier se agachó y lo cogió en brazos.

– Vamos Lleó – Oier alcanzó a su sobrino – esto… pasará y todo volverá a la normalidad. No te aflijas, no están muertos…

– No lo sabemos, tío. ¿Quién te dice que van a volver a ser normales? ¿Y cuándo va a pasar eso? No sabemos nada… ¿Eh? No sabemos nada. Estamos en la inopia como todos los que nos rodean… míralos… parecen zombies…

Calló. Sin querer, había levantado demasiado la voz y alguno a su alrededor le había escuchado. Ahora lo miraban con gesto molesto. Se encogió de hombros. De repente se dio cuenta de que pasaba por delante de la casa de su antigua novia. La seguía queriendo, la echaba de menos. Le dolía el alma al pensar en ella. Pensaba mucho en ella; todavía era su obsesión. Oier había ido a buscarlo a casa precisamente para obligarlo a salir, llevarlo al cine y luego a cenar, con la intención de animarlo. Había puesto mucha intensidad, muchas ganas en su relación con esa chica; había sido su primera relación seria. Pero ella nunca le hizo demasiado caso. Había sido para ella una especie de pasatiempo. Durante un tiempo, le dio bola, porque era mejor que nada. Y porque Lleó era después de todo un chico muy atractivo e inteligente, y eso le daba caché a la chica. Era como un triunfo, un trofeo, tener a alguien que hasta entonces se había mostrado como una fortaleza inexpugnable. Aunque no sintiera nada por él, ni le gustara lo más mínimo y lo considerara como un bobo, como le decía a sus amigas. “Y fíjate si es mamarracho vistiendo… una lástima que tenga el gusto en el culo”. “Si es un mamarracho, ya te digo. Y besa con el culo”. “Y simple… el pobre, es que le metes una bola y se las traga sin pestañear, el otro día, casi me pilla morreándome con Néstor, y se tragó lo del trabajo de salvamento, las prácticas del boca a boca, y ni se inmutó… nada, le doy puerta, que ya tengo al Néstor, que es un cañón de tío, y es como menos pavo y gilipollas, y folla como pocos”; “Y viste como un chico normal, no como un fashion de esos”. “Y no se cree un cultureta, ni ve pelis raras de esas en blanco y negro o lee libros… ¡con las hojas amarillas!”. “Y es un soso, no se ríe con lo que la peña se ríe”; “Y es un cursi”. “Y no te digo nada de como… en la cama ya sabes”. “Con Néstor no hay color”.

Oier pasó el niño a Olga, “ahora vuelvo” le dijo, y salió tras su sobrino. Subió al tercero y allí encontró la letra D con la puerta abierta y las luces encendidas. “Mira, parece que vuelve la luz”. Entró y encontró a su sobrino mirando pasmado la escena. Un cartelón con la imagen de Jessy, su ex novia, y a su lado, un póster de Néstor, su mejor amigo. Estaban en una posición que parecía indicar que se estaban besando. En realidad parecía otra cosa… pero era mejor no entrar en detalles. Estaban los dos desnudos, o casi. Néstor llevaba todavía los bóxer, aunque por poco tiempo, por la posición de las manos sobre la goma. No se podía ver bien como estaban exactamente cuando ocurrió, porque las sombras del cartel tapaban los detalles.

– Néstor… joder… ahora lo entiendo… – Lleó cogió un jarrón que había en un pequeño aparador del pasillo, y lo tiró al suelo con saña.

Oier llegó a su altura y puso la mano sobre el hombro de su sobrino. Esta vez no lo rechazó.

– El capullo jugaba conmigo. La… puta de ella… putos los dos.

– No hables así, Lleó.

– Joder, tío… me ha… joder todos a mi alrededor… joder no tengo a nadie auténtico, joder. – a su tío le apareció una pequeña nube en su ánimo porque su sobrino parecía que no contaba con él como “alguien a su alrededor” – Todos… son papel ahora; ¿te has dado cuenta? Soy un cándido, un puto inocente que no se entera de nada, joder, tío… me la han dado… joder… soy un puto al que le dan por delante y por detrás y no me entero de nada, tío… 16 putos años y Beñat tiene más sentido que yo. Debo llevar un muñecote de papel en la espalda, fijo. ¡Qué mierda! Mira a ver si lo llevo – se giró delante de su tío para que le mirara la espalda – Mira, joder y quítame el puto muñeco de papel “puto inocente”. Tiene que poner “puto inocente gilipollas a la enésima potencia”.

– A veces… no te enfades, Lleó, no está contigo ya… Jessy… no está contigo, pasa. No me pongas esa cara… esa chica si en realidad – no sabía como enfocar el tema para que no se enfadara más de lo que ya estaba – en realidad, chico si es que pasaba de ti, y tú lo veías y lo sentías, lo que pasa es que te molaba tener una relación con ella. Y no querías ver los desprecios que te hacía… tú sabrás por qué; y tampoco querías ver como se comía con la mirada a todo pavo que pasara a tiro de sus pestañas… mira que era hortera con sus pestañas… era hortera en general, y luego decía de los demás, la madre que la p…

Se calló un rato para ver la reacción de su sobrino, que fue ninguna.

– No es cuestión de ser malos o buenos, a veces… es cuestión de saber hacerlo… no es nada… más. Y nada menos porque eso es la leche de difícil. Es que a veces los de al lado nos empujan… a veces parece que es más guay ser malo, gusta más a la peña. No… esto tiene que tener una explicación… nadie… es bueno o malo… aquí parece que los malos tienen una especie de maldición, pero… Néstor a lo mejor… la carne, estáis en la edad de encapricharos… no seas duro juzgando a Néstor. Las relaciones a vuestra edad a veces hay que tomarlas con un poco de distancia, sin darles mucha importancia. No creo que se haya convertido en papel solo por traicionarte en el amor… el amor a los dieciséis es relativo… estáis practicando, probando sensaciones… no me mires así, ya sé que para ti era algo importante… lo más importante y que le echaste huevos…

– ¡Cómo se nota que no te jodieron como a mí la zorra de esta puta! ¡Como no has tenido tú amores por eso no sabes ni riau! – Oier se sintió dolido por la pulla aunque sabía que no debía tenérsela en cuenta – No tío, ahora lo veo. Ahora entiendo… no sé como he podido ser tan pánfilo. Me la ha metido hasta dentro, joder. Me he quedado solo, tío… todos a mi alrededor son unos… todos son papeles ahora, joder. ¡Unos putos póster! ¡Ojala fuera yo también un póster y alguien me prendiera fuego! O me llevara el aire al medio del océano, ahí y me fuera hundiendo y deshaciendo con el agua.

– Yo no, yo no me he convertido en póster. ¿No cuento? – le dolía que una y otra vez le ignorara – Yo valgo por muchos – intentó bromear para des-dramatizar la situación, a parte de liberar su amor propio.

Lleó se dio la vuelta y se abrazó a su tío. Lo abrazó con fuerza, pegándolo a su cuerpo. Lloraba. Lloraba por su falta de perspicacia. Por sentirse timado, aunque quizás lo que más le dolía era sentir que era un simple que se había dejado embaucar por todos. Su novia, sus padres… ¿Era importante para alguien? ¿Alguien legal a su alrededor? ¿Alguien fetén a su alrededor en el que pudiera confiar? Salvo su tío Oier, nadie se había quedado sin planchar.

– Lleó, no te… fustigues, tío. La peña está un poco… la vida es jodida. Y cada vez lo es más… y es difícil mantener… el… el… – no encontraba la palabra – el centro. O lo que sea.

– Y si esto mañana vuelve a la normalidad… y si vuelve a … los papeles esos vuelven a cobrar vida y ser los de antes… ¿Cómo les vas a mirar a la cara? ¿Cómo vas a tratarles… sabiendo sus traiciones?

– Como eres ahora. Dime una cosa, Lleó. Si hubieras sabido que Néstor y Jessy estaban liados ¿Le hubieras dicho algo? ¿Le hubieras… te hubieras enfadado con él? ¿Hubieras dejado de ser su amigo?

Lleó se quedó un rato pensativo.

– Sí, me… bueno, no… no sé.

– Mañana. Tú piensa que mañana esto vuelve a la normalidad y te llama como todos los viernes…

– Le doy de hostias… hasta en el carnet de identidad, por…

– Sabes que no. Seguirás igual con él. Te tragarás tu furia, como haces siempre. O mejor, se diluirá como un azucarillo en un café con leche caliente. Lo más, un par de días que le darás esquinazo… Porque eres así, eres buena gente, no eres capaz de guardar rencor… Me estaba acordando… aquella vez que le dijo a tus padres que te habías fumao un canuto, ¿doce años tenías? Y que te habías puesto fatal, y que ¡que gracia! y que tal… te montaron tus padres un pollo de cuidado, y al día siguiente estabas jugando a Wii con él. Y lo peor de todo es que era mentira. Se lo inventó todo para gastarte una broma y reíros y tal. Maldita la gracia de la bromita, casi acabas en servicios sociales. Por el abuelo, que si no…

– Ya… no sé – Lleó seguía desbordado, casi no escuchaba a su tío – Pero Oier, joder, que hasta mis viejos…

– Son así, Oier. Lo han sido siempre. Terriblemente egoístas.

– Nunca me han querido, he sido un estorbo. Siempre lo he sentido, aunque me lo negaba a mí mismo, quizás necesitaba negármelo. Es que parece lo natural, querer a tus padres, aunque notes que… pasan… que cuando naciste les jodiste la vida. ¡Bah! Pero aunque no sea así, engañarte y creerte que te quieren y tú les quieres, pues parece que te da ánimo o seguridad, ese pedazo de cariño que necesitas. Nunca se lo he contado a nadie, pero una vez se lo oí a mamá. Hablaba con Alba, esa amiga “del alma”, la del curro. La de privaciones que han pasado por mí, la de planes que… y lo más curioso es que no recuerdo que dejaran de hacer algo, que se quitaran de un viaje o de una comida o cena o lo que tocara; los abuelos siempre estaban ahí – se calló un segundo para mirar a su tío – Y tú, sobre todo tú, siempre estabas ahí.

– Bueno, no diría tanto, yo no he hecho nada… los abuelos… – Oier quería quitarle hierro a la cosa, aunque en realidad, las cosas eran todavía más rotundas. Lleó nació como un tremendo error de sus progenitores; nunca lo quisieron e hicieron siempre todo lo posible para que otros se ocuparan del … “problema”. La abuela se enfadó mucho un día con ellos… “Hacedme el favor, si no queréis llamarlo por su nombre, decid el niño. El único “problema” que veo sois vosotros.”

– Por eso te… me has cuidado siempre tú… o los abuelos… no recuerdo siquiera haberme ido de vacaciones con ellos… siempre con los abuelos. Pero ahora los abuelos no viven, por eso están siempre enfadados… porque deben ocuparse ellos… y porque te dejaron la casa a ti”.

– ¿Eh? – A Oier le pilló de sorpresa la afirmación de su sobrino, aunque prefirió no entrar en el tema – Déjalo estar. No son tan malos, son tus padres, Lleó – Oier reculó un poco, no quería predisponer a Lleó contra sus progenitores, aunque esa última revelación que le había hecho su sobrino le estaba revolviendo su propia furia-. Y los quieres, a pesar de todo. Solo que no saben o no estaban preparados para ser padres… o no lo llevan dentro… Y saliste ganando un tío cojonudo – Oier sonreía como si estuviera haciendo un anuncio de dentífrico y se señalaba a él – Y los abuelos te han cuidado y querido como nadie.

Oier volvió a envolver con sus brazos a Lleó. Así estuvieron un rato mirando todavía le escena de Jessy y Néstor.

– Vamos anda, vamos a ver si nos enteramos de qué va esto – dijo Oier.

Bajaron a la calle. Allí estaban Olga y Beñat sentados en el bordillo de un jardín. Estaban jugando a los chinos. Por las risas de Beñat, iba ganando él. José Luis no les había esperado. La impaciencia por tener noticias de lo que pasaba le había empujado a seguir al flautista sin esperarles.

– Somos los últimos – les regañó el chico poniéndose serio.

– ¿Nos perdonas? – Lleó se arrodilló para estar a su altura.

El niño le pasó la mano por la mejilla para limpiarle un resto de una lágrima.

– ¿Has llorado? Ha sido por mi culpa… mi padre dice…

– Qué va, bobo. No hagas caso a tu viejo. Eres guay. De verdad. Si tú eres… me gustaría que fueras mi hermano – y le sonrió mientras le pasaba la mano por el brazo, como para darle ánimos.

– ¡Guay! Pero… ¿Quién será nuestro padre?

– No necesitamos padre – Lleó sonrió – solo nosotros.

– Oier podría serlo – propuso tímidamente.

– Mira, es buena idea…

– Vamos anda – dijo el aludido – que al final va a ser cierto que somos los últimos… bueno, salvo esa señora que parece verdaderamente perdida y asustada.

– ¿Sabéis…? – La señora les preguntó… tenía los ojos enrojecidos y el miedo metido en la mirada. La mejilla derecha estaba hinchada…

– Vamos para allá, la acompañamos si quiere… tranquila – Olga la cogía suavemente del brazo.

– Es que mi marido… mis hijos… no lo entiendo… me querían tanto…

– ¡Por eso tiene la mejilla…? – Lleó le dio un codazo a Olga que hizo una mueca de fastidio pero no siguió hablando.

– Me quiere – lo dijo con la mirada perdida, como una autómata – me lo dice siempre.

Las farolas iban volviendo poco a poco a iluminar la ciudad. Aunque su aspecto era casi fantasmal… casi no había gente por la calles. Una vez que habían pasado el flautista y su séquito, solo los gatos estaban disponibles para ocuparlas.

Empezaron a andar despacio. La señora había cogido del brazo a Olga. Parecía que los chicos la asustaban; intentaba mantenerse alejada de ellos. Miraba a su alrededor con cara de sorpresa, como si fuera la primera vez que veía la calle, o las farolas, o la luz… o la noche…Como si fuera una forastera que no conocía nada de la ciudad. Como si hubiera estado encerrada en una mazmorra y el mundo hubiera cambiado del todo desde la última vez que lo disfrutó.

Llegaron a la plaza. Había mucha gente rodeando un enorme árbol lleno de miles de bombillas de colores. Un chico de unos veinte años, de piel negra, ojos grandes, con labios carnosos que rodeaba una sonrisa amplia y contagiosa, vestido solo con una especie de camisón que le llegaba hasta casi los pies, recibía a cada uno de los que iban llegando. No les daba la mano, ni les llamaba por su nombre en voz alta. Ni siquiera se acercaba a ellos. Los miraba de una forma especial en la distancia, y todos, todos y cada uno, sentían que eran bien recibidos y que todo estaba bien. Y lo que era más importante, se sintieron únicos y acompañados. Sus angustias desaparecieron. Y sus heridas físicas empezaban a curar. Eso percibieron también Oier y Lleó. Beñat, Olga y la señora. La tensión de sus cuerpos desapareció como por ensalmo. Incluso pudieron apreciar que el hinchazón de la mejilla de la señora iba siendo cada vez menor, y daba paso a un bello rostro de una mujer de unos cuarenta y tantos años, sin arrugas ni magulladuras.

– No me pica la espalda – dijo Beñat mirando hacia Oier con los ojos muy abiertos. Oier no entendió a lo que se refería el niño, aunque no se atrevió a preguntar.

Ese chico tenía luz en la mirada y en la sonrisa. A su lado, el chico de la flauta, con rasgos asiáticos y vestido de juglar, con el pelo largo y suelto mecido por una suave brisa, mirada vivaracha que salía de unos ojos pequeños pero expresivos que escoltaban a una nariz pequeña, chata. Parecía casi un niño aunque algo en su porte indicaba que tenía ya unos años, al menos dieciocho ó diecinueve. Seguía tocando para guiar a los que faltaban de llegar. Ya no sonaba ese villancico inidentificable que había interpretado en su paseo por las calles de la ciudad. Ahora tocaba…

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(Concierto para flauta – Vivaldi)

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– ¿Estará la policía y los periodistas mirando a ver cuanta gente hay aquí? Como en las manifestaciones… no me miréis así, joder – Era Olga quien hablaba – “El sindicato de los malos ha dicho que solo había 45 personas.” “El Espíritu de la Navidad, ha hecho unas estimaciones muy conservadores y apunta a que estuvieron en la plaza 475.832 buenas personas”. “Todo el mundo es bueno”, concluye su comunicado. Siento que eso es así. Y mañana en los periódicos los titulares a grandes letras, dependiendo de si el director se ha quedado hecho póster o está aquí beatífico y estupendo, porque es un tío súper legal.

– Deberías añadir que el “Sindicato Unificado de los Malos”, pide la derogación de la conversión en póster de sus asociados, debido a la amplia mayoría que denotan las encuestas. Y que sean los buenos y pánfilos los que queden confinados en sus cuartos para que mediten sobre su forma de ser y se conviertan a la mayoría.

– Pues mi padre se podía quedar hecho papel.

Beñat no miró a nadie al decir eso. Los tres fueron los que lo miraron a él. Lleó se recriminó su enfado… “total que son unos cuernos o una traición de mi mejor amigo, si en resumen siempre me la han dado con queso”; “¿Qué importancia tiene eso respecto a otras cosas?”. Oier también se recriminaba no haber caído en que el padre de Beñat, su cartel ponía: Maltratador. No se le había ocurrido pensar que el niño fuera su objetivo. Olga sí lo sabía como sabía muchas cosas, aunque nunca lo reconocía. Su aspecto menudo, vestida casi siempre de negro, su mirada huidiza, la hacían pasar inadvertida. Y como nunca daba la impresión de enterarse de nada, nadie pensaba que lo hacía. Algunos creían que tenía algún grado de autismo, o al menos de Asperger. Otros simplemente la tenían por rara.

– Beñat no lo pasa bien con su padre – apostilló sin mirar a nadie, con un tono dulce en su voz que pocos la habían escuchado hasta ese momento –. Enséñales a Oier y a Lleó la espalda, anda, cielo.

– Me da vergüenza – el niño bajó la cabeza – mi padre dice que soy malo, que lo hace… – el niño parecía que se ponía nervioso por momentos – Además se ha debido curar, ya no me pica. Como la señora el moratón de la cara.

– No te preocupes… no… no lo eres. Eres solo un niño. – Oier le pasó la mano por la cara.

– ¡Eh! – Lleó se arrodilló delante de él y le colocó bien el abrigo – no te pongas triste que si tú te pones triste yo también – le sonrió – Y sabes, si tú eres malo, yo soy… cómo decía tu padre… ¿marica? Ya sé… diría con tono despectivo: “Ese del piso catorce que viste estrafalario, ese tiene que ser marica. ¡Aléjate hijo! No te vaya a contagiar… ¡¡ahhhhhhhhhhhhhhhhh!!” – y le hizo cosquillas en los costados.

Beñat reía encantado.

– Es Navidad y estamos felices y contentos… nada de tristezas – dio una palmada en lo alto para apoyar su afirmación. – Todos somos buenos, si no seríamos pósters.

– Parece que van a haber un discurso o lo que sea – anunció Olga que miraba como embobada al pequeño escenario que había al lado del árbol – Va a haber – se corrigió.

Oier se agachó también para hablar al oído con el chico.

– Y no eres malo, y no te tienes que avergonzar. En todo caso son otros los que deben hacerlo – le dio un beso en la mejilla. – Así que no.

– ¿La señora? – preguntó Lleó mirando alrededor.

La buscaron todos con la mirada, pero ninguno vio rastro de ella.

– Habrá visto a alguien. O el señor ese de arriba le habrá indicado que vaya a algún sitio. Bueno, señor, chico, que es joven.

– ¿Tú también lo has sentido? – comentó un chico pelirrojo al lado de Lleó.

.

– Tío, estoy…

Ernesto volvió de ensoñación. Estaba en la plaza junto a sus personajes. Los estaba escuchando, observando, mientras le iba diciendo a su sobrino lo que debía escribir.

– ¡Ah!

Tardaba en centrarse.

– Perdona, no… estaba…

– En tus mundos, como siempre.

– No seas… sí, estaba escribiendo, estaba en mis mundos como los llamas. No sé escribir sin meterme en las historias, dentro de los personajes…

– Ya te he visto en la Plaza. Si hasta se reflejaban las luces del árbol en tus pupilas.

– ¡Ah!

– Estás…

– Vale, no insistas. Estoy perdido, ya lo sé. Pero… perdona, no me he dado cuenta, debía… estás… cansado… mi pobre.

– Tu pobre… parece que…

– Anda, no te… deja que ya sigo yo. Te dejo mi costado… si quieres.

Arturo bostezó ostentosamente mientras enrollaba sus brazos en el de su tío.

– El ángel buenorro… al final… lo has hecho.

– ¿Yo? No sé… – Ernesto se hizo el despistado – … de que me hablas.

– Pues no se va a liar contigo. Así que no sueñes.

Volvió a bostezar.

– Calla, que… ni siquiera es un ángel. Es el espíritu de…

– Llámalo como quieras – otro bostezo.

– Duerme, coño, si sigues así bostezando de esa manera, me voy a contagiar y debo acabar, no sé si lo sabes.

– Si estás acabando desde hace un par de siglos.

– Que bobo eres, desde luego… no sé como te aguanto.

Subió las cejas y puso cara de indignado.

– Sabes, creo que…

Pero se calló, porque escuchó la respiración pesada de su sobrino.

– Siempre me dejas con la palabra en la boca – le chinchó aprovechando que no le podía dar la réplica – Pero al menos has dejado de bostezar.

—-

Capítulo 17.

Los dos se miraron durante unos segundos. Asintieron casi a la vez. Lleó y el pelirrojo.

(Concierto para arpa y flauta – Mozart – opus 299)

Una música empezó a envolverlos a todos. Ya no era el flautista el que tocaba. Ahora miraba al gentío, como hacía el otro chico. La música salía de todos los sitios y de ninguno en especial. Parecía que estaba en los bancos, en los arbustos de los jardines, en las farolas, en los bordillos. Incluso parecía que salía del mismísimo césped. Los llenaba de paz, de ilusión. Una paz alegre, serena. Empezaron a mirarse todos los que estaban allí reunidos. La mayoría no se conocían de nada, pero de repente, parecían tener muchas cosas en común. Se sonreían, algunos empezaban a saludar a los de al lado… a comentar alguna cosa intrascendente. “Parece mentira, hace buena noche”. “¿Has visto el árbol de Navidad? Tiene más luces que esos que salen en la tele de Nueva York”. Algunos otros, como José Luis había hecho antes, en el portal de la casa de Lleó y Beñat, abrían la conversación directamente con “Yo tengo a un hijo hecho papel”. “Yo a mis amigos”. “Mis padres” decía uno con tristeza. “Mis compañeros de trabajo” comentaba Rodolfo casi con alegría… “Qué se fastidien, son insufribles, me hacían la vida imposible”. “Pagan su resentimiento con el que encuentran al lado, y lo machacan”.

Poco a poco los póster pasaron a segundo plano. Y la gente se centraba en disfrutar del momento. “Para una vez que no tenemos a nadie negativo alrededor, no vamos a estar pendientes de ellos”.

Lleó sorprendido, miró primero a su tío. No sabía definir lo que sentía. Solo sabía que su furia de hacía apenas un cuarto de hora, había desaparecido. Ya no tenía dudas sobre si era mejor ser un cabrón como su amigo Néstor. No se sentía mal por tener “buen cuajo” como le decía su abuelo. Oier le devolvió la mirada y sonrió. Era la primera vez en toda su vida que ese pesar y esa frustración, que lograba ocultar al mundo que le rodeaba pero que llevaba dentro desde que era muy pequeño, desaparecía de su ánimo.

– Gracias tío. Nunca te lo he dicho. Molas. Eres la persona más importante de mi vida, y te quiero con todo – Lleó se tocaba el corazón – Eres… – no encontraba las palabras – eres… la hostia, tío.

Oier sonreía emocionado aunque no sabía que contestar. Todo lo que se le ocurría le parecía vacuo, sin fondo, sin sentido. Solo se llevaba doce años con sus sobrino. Desde que dejó la leche de su madre, pasó más tiempo en su casa… sus abuelos se ocuparon de él más que sus padres. Oier lo había visto crecer, había jugado, tirado en el suelo, a las construcciones, con el tren eléctrico, había hecho maquetas y jugado a la Play. Había ido con él al cine, lo había llevado al colegio, había estudiado con él. Había llenado un vacío en su vida que sin él, no hubiera sabido como hacerlo. Lleó había tenido en su tío, a su padre, su madre, su amigo, un confidente. Siempre fiel, siempre cariñoso, dejándole su espacio. A veces no había sabido agradecérselo. A veces como respuesta a sus desvelos, lo había dejado tirado por un plan mejor que había llegado en el último momento. Su tío nunca se lo echó en cara. Siempre había estado ahí, dispuesto y pendiente.

Se miraron. No dijeron nada más. Los dos sabían. Poco a poco fueron girando sus cabezas y mirando a su alrededor. Viendo como la gente iba cambiando su semblante. De preocupados y desorientados, o de enfadados incluso, pasaban a tener un gesto en el rostro que denotaba serenidad. Olga estaba charlando con un chico de unos veintitantos. No se conocían de nada, aunque por la forma de comportarse parecía que eran amigos de toda la vida. Reían… se contaban anécdotas tristes pero en ese momento lo hacían con un toque que las hacía parecer divertidas. Se reían de ellos mismos, de la vida, de las penurias, de… de sus sinsabores. Olga se giró y presentó a Marcial a Oier y a Lleó. Y a Beñat, que a los pocos minutos pasó a estar en brazos de Lleó, que le dio un beso en la mejilla. “Somo hermanos ¿eh?”. Una mujer se acercó a ellos y le pasó al niño la mano por la mejilla. “Qué chico más guapo”. “¿Cómo te llamas?” “Mira tengo unas bizcochadas que he hecho. ¿Quieres una?”. “Yo tengo un poco de chocolate”. “¿Es tu hermano?” preguntó Iñaki a Lleó, un chico de su colegio que iba un curso por delante y al que sus compañeros hacían la vida imposible. Nunca había hablado, salvo una vez que Lleó le sacó de un apuro. “Yo siempre quise tener un hermano” “Y yo; solo es un vecino, aunque nos hemos hecho amigos. ¿Verdad?” Y Beñat asintió con la cabeza muy serio mientras comía el bizcocho que le había dado la señora. Luego le susurró a Lleó:

– ¿No íbamos a ser hermanos?

Y le tocó el turno a Lleó de asentir con la cabeza.

Ten un poco de chocolate” le ofreció Olga “Me lo ha dado Jaime para ti; es ese chico que se va, quiere buscar a su novia que dice que le ha llamado y está al otro lado de la plaza; Sabes, lo iban a dejar anoche, pero ahora parece que van a reconciliarse”. “Os presento a David” dijo Lleó presentando al chico pelirrojo a los demás. Iñaki y él se quedaron mirando. Al final sonrieron. “Me llamo Iñaki” dijo al final aquél. Y sonrieron. Y sonrieron. Y sonrieron.

Oier hablaba con María, la mujer que le había atendido la mañana anterior en la ferretería. Bromeaban alegres. Lleó miraba a su tío feliz, porque era la primera vez que lo veía hablar de esa forma con una chica.

– O mira, aquí hay una mesa con un montón de cosas que comer – señaló Olga a los que estaban a su alrededor – ¡Es que es Navidad! ¡Es nuestra cena de Navidad, sin malos rollos!

– Prueba estos rollitos de jamón y queso, están de muerte. Me llamo Silvia – Olga y Silvia se dieron dos besos. Empezaron a hablar de esto y lo otro, de las cosas que veían de las que callaban, del mundo…

– Mira el pastel de merluza y gambas, con su salsa…

– ¡Yo quiero de esas gambas rebozadas!

– Y Oier le acercó el plato para que el niño cogiera algunas.

El tiempo iba pasando. Cada vez eran más los que hablaban con unos y con otros. No había una cara mala, ni una preocupación “Este muslo de pavo asado está… en la vida he comido algo más sabroso”. “Miguel no comas tanto…” le fue a decir su mujer, pero al final se arrepintió y en su lugar acabó la frase con un beso. “Prueba esa tapa de merluza, está muy buena”. “Oye, podíamos ir al cine mañana, te parece”. “Hola me llamo Ernesto. Soy escritor”. “Yo me llamo Arturo, soy su sobrino y su secretario, aunque él no me reconozca mi trabajo; Beñat, ¿Me pasas una galleta de esas de chocolate y rellenas de mermelada de fresa?”. “Tío Ernesto, que guays estos personajes que has creado, y la historia… el ángel ese negro es espectacular… has metido al final al tío buenorro.”. ”¡Calla coño, salgamos de la historia, que estropeamos el ambiente”. “¡No, joder, yo quiero quedarme y ver lo que ocurre, prometo no decir nada!”. “¡Vale, pues chitón!”

La música seguía envolviéndolo todo y a todos. Seguía conquistando esos territorios que todos tenemos llenos de amargura, de tristeza. Conseguía que los que estaban en la plaza, alrededor de ese árbol gigantesco, cada vez más iluminado, cada vez con más bombillas de los más diversos colores, se sintieran como nunca antes. “Esto debe ser la felicidad” dijo una abuelita que estaba apoyada en un bastón. “¿Y si hubiéramos muerto y estuviéramos en el cielo?” José Luis había vuelto a encontrarse con Oier y los demás. Ahora estaba feliz y despreocupado. No se acordaba de su hijo que tantos sinsabores le había dado, ni se sentía mal por no ser un póster en su casa y estar de carne y hueso, con volumen y a todo color en la plaza, con los demás. “Esta felicidad no es normal”, le apuntó Pilar, una amiga de toda la vida a la que dejó de ver porque su mujer pensaba que tenía un lío con ella. “Y siempre fuimos solo amigos, y lo volveremos a ser ¿Verdad Jose?”.

– Mira, hay copas de cava – gritó alborozado Beñat.

– ¿Has visto quién las ha traído? – le preguntó Ramiro, un compañero de trabajo de Oier que había aparecido de repente y hablaba con su amigo.

– ¿Y si brindamos? – propuso Lleó a los que estaban a su alrededor.

La voz se fue corriendo, y todos en la plaza cogieron una copa. Sin que nadie dijera nada, la levantaron y se iban girando para mirar a su alrededor. De esa forma todos parecían que estaban brindando con todos, aunque estuvieran al otro lado de la plaza.

– Toma, esta es tu copa de cava especial – María le tendió una copa de mosto con burbujas a Beñat y a Oriol, un chico con unos ojos enormes que se había hecho amigo suyo apenas hacía unos minutos.

Bebieron todos un sorbo. Sonrieron y siguieron hablando. Bebieron otro sorbo… “qué bonita música”. El cielo fue cambiando de color, del negro, al azul, y luego al amarillo, pasando por el verde. Las luces del árbol pasaron a parpadear al ritmo de la música. Un momento parecía que el cielo los envolvía y al rato volvía a parecer inalcanzable. Pero siempre hermoso, siempre lleno de vida y de dicha. El tiempo dejó de ser una referencia, la noche y el día se perseguían con una cadencia indeterminada; las horas eran minutos y los segundos eran horas.

– ¿Todo bien?

El chico de la túnica que al principio los recibió a todos en silencio, se paseaba entre la gente saludando.

– Tú eres la Navidad – le soltó muy decidido Beñat, cuando pasó por su lado.

El chico le sonrió como con su rostro angelical, le acarició con su mirada, pero no dijo nada. Aunque todos entendieron perfectamente la contestación. Sí o no, cada uno tendría su mejor respuesta. “La Navidad está en ti y será Navidad lo que tú quieras que sea, y cuando tú quieras”.

La música cada vez fue perdiendo volumen. Aunque en realidad nunca había sonado muy fuerte, pero todos la podían escuchar perfectamente, porque no era exactamente algo que se escuchara por los oídos externos. Era más una sensación que lo llenaba todo y que nacía dentro de cada uno.

Al día siguiente, ninguno fue capaz de recordar con exactitud la melodía. A unos les parecía la música de una película, a otros una composición de Mozart, por ejemplo el concierto de flauta y arpa; a otros algo de Rodrigo, incluso alguno dijo que era Paul MacCarney tocando al piano “Let it be”. Saúl comentó a su hijo que había sonado toda la noche “You’re My Heart, You’re My Soul” de Modern Talking.

– “Aire” de Mecano – decía Joaquín a Kevin, su novio. – Nos queda poco tiempo – continuó mientras besaba a Kevin en los labios.

Tampoco la gente estaba segura que era el día siguiente. Porque al día siguiente, los recuerdos que tenían eran de algo que les había pasado, que lo habían disfrutado, pero que no sabían a ciencia cierta cuando había sido. Solo que había sido. Y que la vida había cambiado a partir de ese momento.

Oier y Lleó bajaban en el ascensor. Iban cargados con mil maletas y bultos. Lleó se mudaba a casa de su tío. Sus padres no pusieron ningún problema incluso suspiraron aliviados. Lleó era feliz. No había dejado de sonreír cuando esa noche, en algún momento cuando todo se iba diluyendo, Oier se lo dijo:

– Creo que deberías venir a vivir conmigo. La casa es grande, y es tu casa, la de los abuelos. Me gustaría.

A Lleó le dio un salto el corazón. Sonrió con la mirada a modo de respuesta. Brillaban sus ojos como nunca.

Olga esperaba abajo para ayudarlos en la mudanza. Y María e Iñaki también. José Luis estaba aparcando su furgoneta. Un niño se bajó corriendo de un coche y se subió a una de las maletas y levantó el brazo como si empuñara una espada gritando a todo pulmón “Al abordaje”. Detrás venía un señor muy circunspecto y trajeado, aunque traía puesta una cara amable y serena.
– Me tiene que firmar estos papeles del acogimiento.

Oier cogió la carpeta que le tendía el asistente social y firmó donde le indicaba.

– Qué formal eres Carlos – bromeó Oier con el asistente.

– ¿Y estuviste en el árbol de las luces? – preguntó con aire distraído José Luis.

– Estuve en el monte. Fue un momento extraordinario. Nevaba y sonaba una música…

– Dvorak, la sinfonía del nuevo mundo – apuntó María.

– “O gitana” de Luar na lubre. Fue un momento extraordinario – repitió Carlos.

Por la cara que puso al decirlo, todos supieron que efectivamente lo había sido. Y supieron que a parte del árbol de mil colores, había habido otros sitios en dónde el espíritu de la Navidad había llegado y había encontrado a sus cómplices y les había hecho participes del gozo de experimentar la felicidad y la paz de espíritu, apartando a todo y a todos los que pudieran estropear ese momento. “Todos necesitamos esos ratos en los que nada ni nadie son malos.”

– Dicen que algunos carteles.. ya sabes… se los llevaba el aire – dijo el niño sin bajar de la maleta, pero con la espada guardada ya en su vaina, que colgaba del cinturón de su pantalón.

– No sé Beñat, yo no lo vi. Aunque lo he escuchado también.

– Otros dicen que algunos se prendieron fuego – comentó distraídamente Iñaki.

– ¿Te vienes? Hemos hecho bocatas para la fiesta de bienvenida. Van a venir también David y Angelines, la señora del pómulo hinchado, y Marcial, y…

Carlos aceptó encantado aunque insistió en que pasaría por su casa para aportar una tarta de fresas y nata que había hecho esta misma mañana.

– Me relaja hacer pasteles y tartas.

– ¿Tienes que coger algo? – preguntó Lleó a Beñat que seguía sobre la maleta – Estamos a tiempo de subir a tu antigua casa – Beñat se había puesto de puntillas y se comparaba en altura con Lleó – Así no vale que casi eres más alto que yo – protestó Lleó poniéndose en jarras y haciéndose el enfadado.

– Bueno – Olga puso cara de pilla – eso tampoco es tan difícil.

Rieron todos con ganas, menos Lleó que reía con un poco menos de intensidad. Aunque ya se había hecho a la idea de que no iba a ser pivot en ningún equipo de la NBA. “Siempre podré serlo en mis sueños”, se consolaba. “Y boto la pelota como nadie”.

– Bota la pelota – le tomó el pelo el niño haciendo que jugaba al baloncesto.

– Vamos chicos, que hay mucho que hacer – les apremió José Luis.

Fueron metiendo todos los bultos en la furgoneta. Seguían gastando bromas, ahora le tocaba a Olga ser la diana, luego siguieron con Oier, y a María también le tocó algo, Beñat reía a gusto, Iñaki no recordaba haber vivido momentos tan felices en su vida, salvo quizás, el día del árbol. Ese día que encontró a un montón de amigos, y que pasó de ser un apestado a ser el rey del mundo. Como lo era Beñat, y José Luis, y Oier, y María, y Marcial, que apareció al final… acababa de salir de trabajar.

Partieron. Lleó y Beñat miraban por la ventanilla.

– ¡Eh, esperad!

David venía corriendo con una bolsa y la mochila cargada en la espalda. Ahora sí, Iñaki era el hombre más feliz sobre la tierra.

– Mi madre me ha dado una empanada de pulpo que le sale genial y un montón de tapas y canapés, para la fiesta. Y yo traigo unas botellas de vino que me regaló mi tío por mi cumpleaños. Me dijo que las abriera en un momento especial, y éste me parece especial – y miró de soslayo a Iñaki.

– Menudo fiestuco – gritó alegre Lleó.

Lleó no sentía nostalgia. Solo pensaba que ponía las cosas en su sitio. La casa de sus abuelos, ahora de su tío, siempre había sido su verdadero hogar. Todo lo que merecía la pena recordarse, había ocurrido en esa casa, y con su tío.

Beñat sentía que había vuelto a nacer. No sabía expresarlo porque con seis años se sienten muchas cosas pero no se sabe decirlo en voz alta. Pero estaba seguro que su nueva familia, Oier, Lleó, Olga, María, Carlos, Marcial, Iñaki, sus nuevos amigos Pedro, Oriol, Guillermo y Tamara, le iban a enseñar a expresar eso y todas las cosas buenas que, a partir de esa Navidad, le iban a ocurrir.

José Luis tocó el claxon con fuerza. Abrió la ventanilla y gritó:

– ¡¡¡Feliz Navidad!!!

– ¡¡Feliz Navidad!! – gritaron alborozados todos.

– ¡Estáis payá! – les gritó un taxista con cara avinagrada – Si es 28 de enero.

– Ése tiene cara de póster – dijo Iñaki.

Y rieron batiendo mandíbulas y palmas.

 —–

Capítulo 18.

Cerró los ojos y se masajeó de nuevo las sienes. La última media hora de escribir le había dolido sobremanera la cabeza. Y empezaba a tener de nuevo muy tensos el cuello y los hombros. Más si cabe que en las últimas horas. Miró de reojo a su sobrino que seguía dormitando, ahora apoyado en su pecho.

– ¿Te ha gustado?

Lo susurró para evitar que se despertara si estaba dormido. Pero no era así.

– Sí, tío, mola. Muy tierno – se incorporó a medias para poder mirar a su tío al hablar – Me gustaría un final así para nosotros. Es bonito eso de que todos sean guays y buenos y que se apoyen, que adopten niños, que se enamoren… marcas varios posibles ligues, independientemente de que sean hombres o mujeres… es bonito que uno se enamore de alguien indistintamente de su sexo. Yo me enamoro de mi amigo Íñigo, por ejemplo, y decido seguir ese amor, aunque a mi me ponen las tías.

– Oye, oye, ¿no estarás…? – Ernesto se asustó. – ¿Eres gay y no me he enterado?

– Es coña, es un recurso literario. También te quiero a ti. Con toda mi alma. – se llevó las manos al pecho con mucho dramatismo y sus pupilas se perdieron en dirección al cielo. – Pero no de esa forma, tranqui, no te alteres, que podrás seguir saliendo de caza por las noches, o por el día, sin darme explicaciones.

– Oye, oye, que… no tienes derecho a… dale con la caza y mis ligues – Ernesto estaba empezando a cansarse de esa fama a la que había contribuido él con sus historias; empezaba a arrepentirse de todo. – Y una cosa es que tú te cuelgues de Íñigo o de mí, y otra que te correspondamos. Joder, con el niño este de “casi quince”, el devora hombres y mujeres. Con permiso de Jénifer.

– Te recuerdo que la víctima de tus cuernos era mi tío, el de verdad, como tú mismo dices. Tú eres el devora-hombres total y verdadero.

– Pero yo no soy así, tan… una equivocación la tiene cualquiera… y… – Ernesto movió la cabeza de lado a lado, no sabía como rebatir su fama de ligón empedernido sin derrumbar todo su entramado de mentiras – habría mucho que decir. A veces lo que parece no es, aunque alguno le venga bien que fuera. Incluso aunque a alguno le venga bien ponerle un poco de teatro al asunto – respiró aliviado, aunque tenía la impresión de que le había queddo un poco confuso.

– Muchas equivocaciones de ese tipo… y es que lo cojonudo es que no entiendo como siendo como eres, no de pellejo asalta-camas, sino de imaginativo, de soñador, de impredecible, cariñoso… te fijaras en mi tío, que es un sieso y que no sabe dar ni un beso en la mejilla.

– Pues de los otros, no besaba mal… y no te creas todo lo que se dice de uno. Ni siquiera lo que yo mismo he hecho creer. A veces…

– Calla, calla, que hay cosas que no necesito enterarme, y una de ellas es como hace esas cosas mi tío… o mi madre. Creo que ya es la tercera vez que hablamos del tema.

– Tu madre no sé, pero… – a Ernesto se le iluminó la cara picarona.

– ¡Que te calles! – Arturo se había despejado del todo y se separó para que su tío viera en su cara que iba en serio, que el tema le incomodaba…

– Pero yo si quiero… oye, oye, pero solo dices que no quieres… saber de tu tío. Pero parece que si quieres saber de mí.

– Es distinto, porque tú eres más colega mío, y…

– Vale, vale, yo soy menos tío que Germán.

– Pero tronco, que…

– No me gusta lo de tronco, no sé si no te lo…

– Que sí, ¡qué tío!, que no,… que me lías que tu tío… digo mi tío, ¡Joder! Que tú antes has dicho que mi Tío es Germán, que tú eras el tío político, y ahora ni eso, porque Germán, mi tío te ha dado la patada, así que…

– Entonces no quieres quedarte conmigo.

– Joder, tío, lo que te de la puta gana. Si quieres te quedas con nosotros, y si no pues a la puta mierda, ya aguantamos… nos vamos a la puta calle… Ernesto… Ernesto… ¿que te pasa?

Ernesto se había puesto blanco y cerraba los ojos con fuerza. Intentaba contener el dolor de cabeza que súbitamente le había aumentado.

– Tío, respira conmigo. Apufffff, apufffffffffff, apuffffffffffff.

Ernesto tuvo un par de arcadas producidas por el dolor. Arturo se puso detrás de él y empezó a masajearle el cuello y los hombros. Con calma, despacio, con movimientos muy cortos, circulares, sin apretar mucho los dedos…

– Tranquilo, tío, tranquilo… relájate, leches, tienes esto que parece un madero… estoy aquí… soy el pesado de tu sobrino… el que te cayó del cielo un buen día… cualquiera diría que fue la ángela Irene la que te juntó con Germán para que luego acabaras ocupándote de Tomás y de mí, y abriéndonos el “Mundo maravilloso”.

– Hubiera sido un buen cuento ese… se te podía haber ocurrido antes y contaba vuestra historia conmigo. Y como en realidad mi historia con tu tío fue solo para que nos juntáramos los tres. Ahora la ángela Irene está sacando todos nuestros trapos sucios… para vengarse, como hemos descubierto su aventura con su jefe Gabriel…

– Hubiera estado guay… aunque a lo mejor a mi tío Germán, se le hubieran levantado sarpullidos si se entera de algunos de los juegos que hacíamos…

– ¿Cuando le imitabas? – Ernesto quiso reírse pero aunque el masaje de Arturo empezaba a rebajar la tensión de sus cervicales, todavía era pronto para cantar victoria. – Es que se me ha revuelto el estómago del todo, por el dolor, joder.

– No te muevas, jope, tío… relájate que pareces un tronco. De árbol – aclaró a toda prisa para que no pensara que le estaba picando.

– Te metes el jope por…

– ¡¡Hala!! un pobre niño de casi quince, atacado verbalmente por su tío consorte. Se me ha escapao, que conste.

– ¡¡Tío consorte!! La mad… hosti…

– Vale cierto, ex-tío consorte…

Ernesto echó la mano hacia atrás y le tiró de los pelillos que tenía por encima de los tobillos. Fue como un picotazo, como una serpiente mordiendo a su víctima… no dio tiempo a Arturo a defenderse… y como estaba apoyado en esa pierna, no pudo darle una patada como hubiera hecho en otras circunstancias.

– ¡Cabrón! Odio que me tires…

– Yo odio el jope, y…

– Pero eso no es agresión… lo otro se me escapó.

– Hombre que no, agresión verbal, con premeditación… sigue ahí ahí… sigue con el masaje ahí… ahhhhh… “Se me escapó dice el condenado, cuando lleva picándome todo el día con ello.” Ahhhhhh… sigue… ¡Ufff! Qué dedos maravillosos…

– Calla, coño, que parece que estás teniendo un orgasmo…

– Que dirás, yo soy muy silenci…

– Que te calles coño, que no quiero saber…

– Si no te iba a contar nada de tu tío… es que he pensado que lo justo, si yo quiero que me cuentes cosas de esas que hablas de folleteo y demás con los amigos, y de esa Carolina con…

– Jénifer, tío, Jénifer, te quedas conmigo de una forma…

– Da igual, el caso es que he pensado…

– Y una mierda, tío, mis labios están sellados, soy un caballero.

– Ya, menudo… ¡¡Por Dios!! Ahí, sigue… ahí, ahí, dónde estás ahora… que me estás haciendo con esos dedos… algo estupendo…

– Por cierto, pensarás acabar los cuentos; digo, no sé, que estás remolón…

– Estaba pensando que podíamos hacer ruidos orgásmicos, así a lo mejor salen los vecinos…

– ¡Pero si ya los estás haciendo, capullo! Y ponte en situación: sale mi tío, con la mala milk que tenía hace un rato, y encima nos oye de esa guisa. ¿Resultado?

– Vale, me has convencido… dime, cuéntame lo que habláis de tías con tus colegas y de sus aventu…

– Que no tío, que me da palo, que es … que no …

– Tú piensa que si te quedas conmigo, tendré que hacerte charlas sobre sexualidad, es la labor de un tutor, en este caso. Además, hace un momento me decías que era más colega tuyo y esas cosas. Y me viene bien para las historias… es como la forma de hablar y tal, sabes que me gusta para luego darles a mis personajes ese misma forma de expresarse… ¡mola!

– Yo ya se lo que hay que saber. Y que seas más colega mío que Germán, no quiere decir que seas tan colega como para que te cuente. Me da palo, joder, no te entra en la mollera. Y lo del “mola” no te pega.

– Bueno, eso está por ver, sobrino, que sepas lo que hay que saber… no lo sé ni yo… y no … eso no puedo dejarlo en el aire, debo saber por si hay que darte un par de charlas sobre preservativos… y llamar a la Jénifer esa para charlar con ella y comprobar si es la mujer que te conviene… y si tiene buenas intenciones, y es una chica limpia… y…

– Que cansino, tío… ya te veo estupendamente así que dejo de darte el masaje y escribe. Yo voy a …

– Tú me tomas el pelo, y no me dejes así, que todavía no está bien el cuello, sigue dándome el masaje… y ya de paso, por pedir, déjame ver ese relato tuyo porque no haces más que escribir, y dices que lo tiene acabado hace tiempo…

– Cuando toque, ahora no toca. Escribe tío. Alucina como tersigerbas o como se diga, que no hago más que escribir, pero si estoy escribiendo tus historias, no te jode.

– Dime algo de eso de Jénifer, es por ya sabes luego…

– Ernesto, ¿se dice Tersi…? no me haces ni puto caso.

– Tersiverges. No, coño, tergiverses, ya me lías. Y perdona, ¿eh? Que no me he dado cuenta.

– ¿Y con quién te pilló follando mi tío?

Ernesto lo miró muy serio.

– Eso es un golpe bajo. Y no me pilló.

– Me agobias tío…

– Vale, a lo mejor… es mejor que sigas con Germán. Al fin y al cabo, él es un buen hombre que ha sido engañado por su ex-pareja y muchas veces. Y él ha sido siempre fiel… abnegado, y dispuesto a atender a su novio, a hacerlo feliz… yo… yo, un polla inquieta un asalta-camas, como decías antes, que no tiene remedio y poco criterio y poca seriedad, que escribo por las noches y que quiero hablar de sexo contigo, un chico de casi quince ¿o eran casi dieciséis? – Ernesto no llegaba a entender por qué le había sentado tan mal el comentario de Arturo. Sabía que le estaba picando, como él lo hacía también… pero eso le sentó mal… fue como un flash, como un golpe en el estómago…

– Estarás de coña, imagino. – Arturo se dio cuenta, pero no sabía como retroceder… empezaba a sentirse ansioso, y a la vez, tener una especie de cansancio grande en el cuerpo que le impediría hacer cualquier cosa en unos minutos, salvo agarrarse al brazo de su tío…

– No, es lo…

– ¿De verdad piensas que mi tío…? Estás verdaderamente en los mundos de flipy… alucinas, vecina, con tu cuerpo tío… es acojonante como no te has enterado de nada… pero es que …

– Oye, casi, voy a hacer un esfuerzo por escribir, aunque la verdad ya me importa una mierda todo. Y luego seguimos… por acabar y tal… o si no da igual, lo mando todo a tomar por el culo, maldita sea – se frotaba la comisura del ojo. – Esto no nos va a llevar a nada, y me estoy calentando de verdad, y no te lo mereces, ni yo me lo merezco. Voy a escribir.

Arturo miró a Ernesto que escondía rápidamente su atención en el ipad. Le dio pena, una pena inmensa… “Quizás es mejor que nunca sepa… sus mundos de yupi se derrumbarían, y total, ya no importa, se han separado…”. Lo veía subir y bajar la pantalla… como si revisara… pero él lo conocía lo suficiente para saber que solo era una pose, que en realidad estaba luchando con lo que sabía, con lo que quería saber, y con lo que temía que él le iba a contar.

Le dio pena, una pena inmensa.

– ¿Dónde dejó tu madre ese papel? El de la autorización para quedaros conmigo y la cesión de la tutela, custodia o como coño se llame.

Arturo miró a su tío queriendo saber el camino que iba a tomar.

– Para romperlo – lo dijo en tono seco, rotundo.

Ernesto no supo por qué lo hizo. Quizás por un arranque de enfado por los últimos piques de su sobrino. O quizás porque tenía en su subconsciente cosas pendientes con el mundo, y quería hacérselas pagar a Arturo, esa persona que siempre le había demostrado fidelidad. Que le había guardado secretos… aunque por lo que veía, también le había protegido de otros secretos…

No, estaba siendo injusto con él. No… Arturo nunca le ocultaría nada… era él el que se había engañado toda su vida. No quiso ver nunca las cosas que le hacían daño, o que no… prefería vivir en su mundo imaginario, viviendo historias apasionantes, como la mayor parte de esos líos de pantalones que la gente le achacaba, que eran casi todos relatos eróticos escritos en su cabeza, sin pasar todavía a papel. No supo como decir que era una broma; se quedó mirando la pantalla del ipad, mientras notaba como Arturo se separaba de él y se sentaba en la otra punta del ascensor. Se levantó los cuellos de la chaqueta que llevaba y silenciosamente, empezó a llorar… a perder fuerzas… en realidad Ernesto era lo único que parecía que le quedaba… y su inutilidad había conseguido que se fuera. Eso al menos pensaba el joven.

– No quería enfadarte – dijo al final, tragando saliva, con la voz entrecortada y sin apenas fuerza – sabes… ¡déjalo! – no sabía qué decir, ni cómo… era mejor callar, quizás mañana pudiera arreglarlo… estaba tan cansado…

– Dejado – Ernesto continuaba con el tono seco y duro, cortante.

Arturo ni siquiera levantó la cabeza… una lágrima pugnaba por correr mejilla abajo, pero la contuvo “por mis cojones”.

Ernesto no sabía por qué estaba así, por qué de repente se había puesto no ya enfadado, sino iracundo. Como no recordaba… solo una vez se enfadó así. Fue con dieciocho años. No, tenía diecisiete. Se enfadó así con su madre. Lo recordaba perfectamente, porque la hizo la mujer más desgraciada del mundo. Fue una tontería, también una broma, o algo así, un pique… siempre se estaban picando, su madre era igual que Ernesto. Eran iguales, y eran de estas veces que la igualdad no choca… teniendo los dos su carácter… pero esa vez, algo… algo le hizo estallar, enfadarse de verdad. Al poco tiempo solo se acordaba del enfado, no de lo que lo causó. Y seguía sin acordarse.

Fíjate si sería importante”, pensaba ahora haciendo que miraba la pantalla del ipad.

Algo quedó entre él y su madre ese día. Algo quedó que no solucionó ni cuando ella enfermó y murió al poco.

Debería arreglarlo con él”. Pero algo se lo impedía… por lo menos en ese momento…

Cerró los ojos… suavemente… tenía que entrar en “el mundo Maravilloso”. Allí todo sería distinto, todo parecería distinto…

Esmirialión”.

—-

Capítulo 19.

Abrió los ojos mirando al cielo. Un cielo que iba del amarillo oro en el horizonte al verde con jirones naranjas en todo lo alto. Con pájaros cantarines de mil colores cambiantes, surcándolo permanentemente en todas direcciones, como siempre. Era su cielo preferido.

– Mira, Kevin, el escritor llegó – gritó alegre Oriol abriendo mucho sus ojazos azules.

Alborozados se acercaron todos los chicos y chicas que esa noche habían podido ir a Mundo Maravilloso. Esmeralda, Joaquín, el Sr. Rufus, Mireilla…

– Hola cuentista – le saludó Roberto, el vigilante, chocando las palmas de la mano – A mí no me has sacado en tu último cuento. Me discriminas. Me voy a terminar enfadando.

– Hola jefe del mundo imaginario. – Ernesto sonreía – Ya te sacaré en otros, no te preocupes. Y no seas así, que fuiste protagonista de mi tercera novela.

– Y como no se vendieron cuatro ejemplares, por eso ya no me sacas. – le picó Roberto.

Ernesto le hizo una mueca: “Graciosillo que eres, capullo”.

– A mí sí me ha sacado – exclamó triunfante Oriol.

– Y a nosotros… a Teodoro y a mí – añadió Kevin.

– ¿Os ha gustado? – Preguntó a los que habían hablado – Y tú, Roberto, ¿Me lo vigilas bien?

– No problem, tío. Oye que llegas a tiempo… y la historia ha estado guay.

– Vino tu sobrino – interrumpió Teodoro, que miraba de reojo a Kevin, azorado todavía por haber comentado lo de que salían los dos en el relato.

– El peque, no el otro – aclaró Pilar. – Y tú, Kevin, no te pongas colorado porque se te escapara lo tuyo y de Teo, si lo sabemos todos.

– Ya era hora, un chico muy majete y algo asustado que…

– Va a bailar y cantar – interrumpió Mireilla – en los números musicales que estamos preparando para el gran festival del Mundo Maravilloso.

– ¿No me digas?

– Mira… – Kevin le tendió la bola de crital – tu sobrino… está triste…

– Kevin mirá más la bola que Roberto últimamente – picó Fermín.

– Es que…

– Quiere comparar su vida con la de los demás. Por ver si…

– Tu sobrino está triste… – interrumpió Roberto para evitar que empezaran a discutir y sobre todo que Kevin se le cayera el ánimo – no puede dormir… y no encuentra la llave para venir.

Ernesto se acercó a Kevin y miró con él la bola. Tomás se movía inquieto en un duerme-vela. Sudaba… y lloraba en sueños… la puerta de su habitación se abrió y Germán asomó la cabeza. Tenía la mirada triste… se acercó despacio a su sobrino, y se sentó en el borde de la cama. Le acarició suavemente la cara, pero Tomás, fingiendo dormir, le apartó la mano con brusquedad.

Ernesto miró concentrado la bola, cerró los ojos, aunque seguía viendo a su sobrino… y justo cuando Germán salió de la habitación, susurró:

– “Esmirialión”.

Pero no ocurrió nada.

Siguió concentrado y se le unieron los otros chicos…

– “Esmirialión”

Abrieron los ojos y ahí estaba Tomás, en pijama, un poco atontado y despistado. Miró a su alrededor para ver quién estaba…

– Tío…

No vio nada más… ni a nadie más… Ernesto abrió los brazos como había hecho apenas unas horas antes en la casa de Germán, y el chico saltó a su cuello. Le besó un rato por la derecha y otro rato por la izquierda y se abrazó a él como si fuera una lapa.

– Te fuiste y mi hermano dijo que no querías quedarte con nosotros, que no le dijiste nada a mamá. Y no fuiste a …

. ¡Tch! ¡Calla! ¡Cotorra! Que eres una cotorra. ¿Preparado?

Ernesto lo miraba sonriendo. Tomás lo miraba perplejo: “¿Qué había querido decir su tío con eso de preparado?”

– Escucha… – miró serio a Tomás.

Se podía sentir como retumbaba el suelo. Parecía que todavía estaba lejos… pero se iba acercando muy rápidamente. Mientras prestaban atención, ya no solo se sentía el suelo, sino que se podía escuchar…

– ¿Qué será tío? – había abierto muchos los ojos.

– ¿Qué te gusta y que no te ha dejado hacer…?

– ¿Caballos?

– Mira – señaló Ernesto – ¿Estás preparado para tener las aventuras de tus sueños?

Tomás se lo quedó mirando sin casi pestañear, los ojos muy abiertos… un poco nervioso…

– Mira – insistió su tío.

Por el camino que bordeaba una especie de pueblo de cuento, lleno de casas con chimenea, jardines llenos de flores y con piscinas de gominolas, y setos, y césped, y sombrillas de chocolate… cada una a gusto de su dueño… llegaban un grupo de jinetes a galope. De vez en cuando se escuchaban algunos disparos…

– ¡A cubierto! – gritó Kevin agachándose con gesto decidido y mirando fíjamente al camino – nos atacan los forajidos.

Rápidamente todos los chicos buscaron un sitio dónde refugiarse. Tomás los miraba indeciso, sin saber qué hacer… sobre todo cuando vio que algunos sacaban de las cartucheras que llevaban colgando en la cintura sus revólveres; otros entraban en las casas y volvían en un decir “¡Ah!” con los rifles Winchester y se apostaban en el primer parapeto que encontraban para repeler el ataque de los jinetes que seguían aproximándose.

– Son los hombres de Ned el Cara Carajo – le dijo Ernesto – Cubrámonos no vaya a ser que nos disparen… vienen a robar los sueños de “Mundo Maravilloso”.

– Ten, Tomás, nos vendrá bien un hombre más para la defensa.

Teodoro le lanzó un rifle desde “La casa del árbol jardín”.

– Sube a las ramas, desde ahí harás mejor blanco…

– Pero yo… – Tomás miraba a sus amigos aún perplejo y asustado “No sé que tengo que hacer; ¿Y si lo hago mal?”

– Vamos, sube, y dispara cuando lleguen los bandidos. Nos la jugamos, Tomás, matarán a todo “Mundo Maravilloso” si no se lo impedimos. Se quedarán con todos nuestros sueños y los pisarán hasta hacerlos polvo. Odian las fantasías y las ilusiones y odian que las personas podamos recurrir a un mundo así para poder sobrevivir en la vida ahí fuera. Y poder ser niños, olvidar las preocupaciones y divertirnos sin ningún miedo.

– Pero ¿y tú, Ernesto?

– No te preocupes… yo me esconderé en la casa del césped rojo, Pilar y Joaquín me darán cobijo. Te necesitan, Tomás, sube al árbol…

– Pero si no sé dis…

– Claro que sabes, lo has hecho cientos de veces, ¿no recuerdas cuando jugábamos?

– Pero… era un juego. ¿Y tú? ¿No disparas?

– Esto es lo mismo Tomás. Vamos… recuerda que tienes muy buena puntería… yo debo volver en cualquier momento al lado de tu hermano, en cuanto se despierte. Además ya sabes que soy un inútil disparando.

– Los jinetes ya están ahí, todos atentos – Raúl chillaba en lo alto del tejado de la escuela, al lado de la estatua de “Robin Hood”.

De repente se oyó un disparo mucho más cerca que los demás. Tomás se decidió y corrió al árbol que le habían indicado. Con el rifle en una mano, empezó a escalar de rama en rama. Cuando llegó a una rama que consideró lo suficientemente alta y que podía servirle para disparar con comodidad, miró a su alrededor para estudiar la situación. Justo en ese momento, los jinetes que avanzaban por el camino, tomaron un recodo del mismo, y estaban a la vista de la ciudad.

Eran unos hombres fieros, todos con caras picadas de viruela y barba de varios días. Tomás hubiera jurado que olían mal… y escupían continuamente. No lo podía ver, ni lo podía oler, pero… lo notaba. Empezaron a disparar hacia donde creían que había personas. Los habitantes de “Mundo Maravilloso” repelieron con decisión el ataque, disparando a su vez sus rifles y revólveres. Tomás miraba todo, asustado y a la vez emocionado.

– No os escondáis que os va a dar igual, os mataremos a todos. Y ese escritor de mierda va a ser el primero – gritó el Cara Carajo mientras sus hombres no dejaban de disparar desde sus caballos.- Ernesto, sal si tienes huevos, que te haremos fosfatina.

– Tomás, dispara, nos ganan en potencia de fuego – le gritó Teodoro desde su refugio, justo un segundo antes de tener que esconderse a toda prisa porque una bala le rozó la frente, haciéndole sangre, yendo a estrellarse después contra la ventana de la casa de al lado, desde la que salió un grito y al poco, el llanto de un bebé.

– Vamos, Tomás, dispara. – le animó su tío corriendo hacia la casa del balcón de hierro para cambiar de escondrijo – Cara Carajo me odia, no parará hasta matarme y colgarme de los pulgares de los pies en el árbol más alto del Universo.

Tomás le quería haber dicho a su tío, que podía él mismo disparar, que no era tan malo con los rifles, que se había dado cuenta hacía tiempo de que fingía que disparaba mal para dejarles ganar a él y a Arturo. Que seguro lo hacía muy bien, y que él era solo un niño que estaba muy asustado… pero algo vio en la mirada de su tío, que le hizo girarse para encarar a los asaltantes. “Os vais a cagar, forajidos de mierda, haberos metido con mi tío”. Respiró despacio, como en sus sueños hacia cuando emprendía sus batallas. Se giró la gorra para ponerse la visera hacia atrás. No recordaba haber llevado la gorra a “Mundo Maravilloso”, pero allí estaba, en su cabeza. Su gorra de la suerte, la azul que le regaló su madre cuando cumplió 8 años. La azul que ya no era el mismo azul que entonces, estaba desgastada, medio rota y descolorida, pero… era su gorra de la suerte, la que llevaba siempre y a todas partes.

– ¡Agggg!, me han dado – gritó Esmeralda, cayendo sobre una valla de regaliz que separaba el jardín de su casa y el camino.

– Ayuda, estoy herido – gritó Carmelo, un chico al que no había visto hasta ese momento, pero al que no sabía muy bien como, conocía y del que sabía su nombre.

Tomás respiró hondo y se concentró en sus atacantes. Uno de esos hombres cayó al suelo abatido por los disparos de alguno de sus nuevos amigos.

Tomás se lamió los dedos de la mano derecha y los ajustó en el arma. El dedo índice acarició el gatillo… apuntó al hombre del caballo negro que reía a carcajadas cada vez que disparaba y que gritaba eufórico cuando daba a alguien. No dejaba de moverse pero Tomás lo seguía con tranquilidad. En un momento el hombre pareció verlo. Lo miró fijamente y levantó su revolver. Tomás acarició el gatillo muy suavemente… y susurró con garra, masticando cada sílaba:

– Vete al infierno.

Y disparó.

El hombre que un instante antes sonreía seguro de cazar su nueva presa, seguro de que solo con su mirada iba acojonar a su víctima, cambió la sonrisa por una mueca de dolor, sorpresa y desesperación.

– ¡Me han dado! – gritó a la vez que, desequilibrado por el impacto, levantaba el arma y disparaba al cielo hasta dejar su pistola sin munición.

El caballo empezó a girar sobre sí mismo durante unos segundos, hasta que el hombre cayó al suelo, levantando una nube de polvo.

– ¡Me han dado!

Volvió a gritar, pero esta vez mucho más bajo.

– Muero – dijo justo antes de que su cuerpo perdiera toda la fuerza y se quedara como un fardo de paja en medio del camino.

No tardó mucho en caer otro de los forajidos. Esto encorajinó a los que quedaban, que arreciaron en el ataque.

– ¡¡Aggggggggggg!!

Tomás miró asustado, reconoció la voz de su tío Ernesto. Efectivamente, Ernesto había vuelto a cambiar de escondrijo y se había refugiado detrás de las mesas de la terraza de la taberna del pueblo, y una bala le había alcanzado.

– Tío, Ernesto, voy a ayudarte – le gritó asustado Tomás – ¿Por qué te has movido de la casa del balcón de hierro? Allí estabas más a cubierto.

– No te muevas, estoy bien, es solo un rasguño en el hombro; – contestó Ernesto – ocúpate de los malos. Eres nuestra salvación, Tomás. Pocos hombres en el mundo con tu puntería y tu sangre fría. Confío en ti.

Y Tomás volvió a encarar a los forajidos. Se volvió un momento para comprobar que su tío estaba a salvo. Lamió la yema de su dedo índice… apoyó la cantonera de su arma en el hombro… puso su mejilla en la carrillera, respiró hondo… cerró el ojo izquierdo… fijó el derecho en la mirilla… el hombre del pañuelo rojo… y su dedo se encogió en el gatillo.

Un gran estruendo rasgó la mañana.

– ¡Le has dado! – gritó Rufus, que se había olvidado de su gusto por el usted. Aunque con la euforia, olvidó cubrirse y fue blanco fácil para Cara Carajo. Se llevó la mano al estómago y se dobló sobre sí mismo, cayendo sobre las flores del jardín de la casa de Víctor.

Darío, un chico de unos 18 años, que había llegado en ese momento, cogió su arco y sus flechas y se apostó detrás de su moto.

– El del sombrero roto es mío.

Y diciéndolo, se levantó y siguió con la flecha dispuesta y la cuerda a medio tensar. Cuando estuvo seguro del disparo, tensó la cuerda completamente y disparó. El hombre del sombrero roto recibió la flecha en su hombro. Se giró hacia donde había venido la flecha, pero una segunda le dio esta vez en el corazón. Cayó al suelo redondo, sin posibilidad de decir nada, ni de poner cara más que de tonto sucio y maloliente, que era la que llevaba siempre.

El caballo de “sombrero roto” salió huyendo en dirección al árbol dónde se encontraba Tomás.

– Huyen. Hay que perseguirlos – gritó Roberto, el vigilante.

– Salta al caballo – le gritó Darío., mientras él se cruzaba el arco en el pecho y perseguía a un caballo pardo cuyo jinete había caído a manos de un disparo de Esther.

– Pero si no sé…

– Salta – reiteró Darío. – Sabes.

El chico miró a su alrededor buscando a su tío, pero no lo vio. Al final se decidió y saltó con las piernas abiertas, cayendo sobre el caballo. Agarró las riendas y el caballo salió al galope en persecución de Cara Carajo y sus hombres.

Darío corría detrás del chico. Cara Carajo se dio cuenta de que los perseguían y se paró. Ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo y echaron pie a tierra. Apuntaron sus armas sin soltar a sus caballos y esperaron a que se acercaran.

– Nos esperan para matarnos a sangre fría – gritó Tomás.

– Serán ellos quienes mueran, Tomás… no saben con quien se enfrentan.

Tomás cogió su arma y sin bajar su ritmo de galope, la apoyo en su hombro, y apuntó a Cara Carajo. Darío hizo lo mismo con su arco, apuntando a su lugarteniente, Risa Tonta. Cabalgaron unos metros más y ya estaban tanto a tiro del rifle como del arco largo que llevaba Darío.

– Ahora – gritó Cara Carajo a sus hombres.

Pero antes de que pudieran disparar, tanto él como su lugarteniente recibieron uno un disparo y el otro una flecha que les atravesó a ambos el ombligo.

– Retirada – gritaron el resto de sus hombres.

– Tonto el último – gritó “Bufón Chungo”.

Montaron en sus caballos agarraron a sus jefes por los sobacos y salieron huyendo a galope tendido.

– ¡¡Soooo!! – gritó Darío a su caballo

– Ha sido la hostia – aulló de felicidad y excitación Tomás reteniendo a su caballo que no dejaba de dar vueltas sobre si mismo.

Darío se acercó a Tomás y chocaron sus manos en alto.

– Yo te conozco… – de repente Tomás se había dado cuenta de que no era de “Mundo Maravilloso” sino que conocía a Darío del mundo normal.

– Mi cara es muy común – dijo apartando su mirada de Tomás – me confundirás con otro o con otros – afirmó en un tono que no daba mucho pie a seguir con el tema.

– No… – Tomás no se rendía, quería saber… pero Darío le cortó.

– Volvamos antes de que anochezca – dijo Darío en tono un poco tajante

– No te enfades… – le dijo Tomás dolido, que no entendía lo que le podía haber molestado a su nuevo amigo.

Pero Darío no le escuchaba. Había enfilado el camino de regreso y ya estaba a una distancia grande. Así que Tomás dirigió a su caballo de nuevo hacia el pueblo, aunque a un paso más lento, buscando respuestas.

Tomás…

Tomás…

– ¿Eh? Se me ha volado el sombrero… ¿Eh?

Entreabrió los ojos y vio a su tío Germán.

– Debes preparate para ir a la clase de música. ¿Decías de un sombrero?

Se incorporó con un movimiento rápido y miró a su alrededor. Vio sus muñecos de siempre, su ordenador con la luz de encendido parpadeando, el cartel de “La diligencia” ocupando una de las paredes… pero no vio a Ernesto, ni a Cara Carajo, ni a Darío… ni al sombrero volando.

– Hueles como a caballo – le dijo su tío poniendo cara de asco – ¿Has dormido bien? Vete a ducharte… que apestas – “¿Por qué me sale este tono tan cortante?”; Germán no lo podía evitar.

Tomás se levantó por el otro lado de la cama al que estaba sentado su tío, cogió su ropa que estaba preparada en una silla y corrió al cuarto de baño.

– ¿Por qué hay que despertarse? – se dio la vuelta en la puerta para gritarle a su tío – No quiero despertar…

Y cerró la puerta del baño con un portazo.

—-

Capítulo 20.

– Escucha.

Arturo prestó atención haciendo caso a su tío.

– ¿Llueve?

– Podíamos cantar esa canción de “Cantando bajo la lluvia”

– Después de cómo me has puesto como cantante, ni de coña – Arturo se puso digno volviendo su atención a su ipad.

– ¿Me perdonas? – dijo de repente Ernesto. Llevaba todo el capítulo anterior pensando en como hacerlo. Al final salió de repente, sin que valiera ninguna de las formas que había imaginado.

Arturo no levantó siquiera la mirada.

– ¿Me perdonas? – repitió. Lo necesitaba.

– Sabes que sí – lo dijo sin mirarlo. Un poso de dolor todavía flotaba en el tono de su voz.

– Déjame leer tu cuento – Ernesto alargó el brazo para que su sobrino se lo pasara. – Seguro que es mejor que todo lo que he escrito yo. Me parece una birria.

– No, todavía… y no es una birria. No seas… eres insufrible cuando te pones en ese estado de “que mierda he escrito, que no mola nada”.

– No has escrito nada.

Arturo levantó la cabeza con gesto rápido y adusto.

– Que te crees… eres un cabrón, tío. Claro que he escrito, pero…

– Pues déjamelo… me gusta leer lo que escribes, lo haces guay.

– Tú no…

– No, yo te dejo leer todo mientras lo escribo, y tú lo sabes, y eres al único que se lo dejo hacer.

– Pero eso es por la conexión…

– Y porque también te dejo que lo leas, sin conexión ni leches. Con papel imprimido y diciendo: “toma, lee”. Eso no es conexión. Es confianza, cariño, respeto… Así que no te me pongas bobo y déjamelo leer, si sabes que me gusta como escribes. Y no te voy a repetir lo de que “me gusta como escribes”.

– No.

Ernesto se incorporó e intentó quitarle la tableta, pero Arturo se giró rápido e interpuso su cuerpo entre su tío y el aparato.

– No lo entiendo – Se estaba enfadando… aunque en realidad, era más preocupación… no entendía el por qué de esa negativa, ni por qué, si lo había escrito, no quería que lo leyera… y si no lo había hecho, por qué persistía en insistir que sí lo había hecho.

– No hay nada que entender. No está acabado y no te dejo…

– Pero… si yo…

– Tú eres tú, y yo soy yo… y no me gusta… ¡¡Aaahhhh!!

De repente parecía que Arturo se quedaba sin respiración. Se llevaba las manos al pecho…

– Me va a estallar.

– Tranquilo – Ernesto se puso detrás de él y lo abrazó – Respira conmigo… inspira… Arturo, hazme caso – le giró y le dio una torta en la cara – mírame… – le dio otra torta… – Tranquilo… respira despacio… conmigo… no pasa nada… tranquilo… inspira… expira… inspira… despacio… hay aire… no pasa nada… mira me acabo de acordar …

Sin soltar a su sobrino, hurgó en su bandolera y sacó una linterna – así habrá más luz… no me acordaba que la tenía… tranquilo…

– Parece una bombillita, menuda mierda.

Ernesto sonrió a pesar de la pulla, eso era buena señal.

– Es una bombillita, y tu un enano quejica.

– Soy más alto que tú.

– Casi. Te falta un trecho. Y eso no es decir mucho que yo soy un canijo también.

– Dentro de un par de meses, el casi será historia. Que ya me he dado cuenta de que a Lleó le hiciste en el cuento bajito.

– Ya veremos – no quería dar su brazo a torcer – échate un rato, y descansa. Creo que deberíamos ir al médico… no estás bien…

– Ya estoy de médicos hasta las narices, saben nunca nada, digo, nunca saben nada – marcó cada palabra para no equivocarse otra vez. – “Un virus”, “ a ver como evoluciona”, “le haremos más pruebas” y todo arreglado, una mierda voy a ir…

– Un enano quejica, vaya que sí.

– Déjame…

– Ni una mierda. No te dejo, te achucho, te mimo, te beso.

– Joder con los besos, deja algo para tus ligues.

– Todos para ti.

– No me jodas que no vas a ligar ya.

– Nada, me dedicaré a mis sobrinos. Además si no me como un colín.

– Eso se lo dirás a todos – Arturo iba hablando cada vez más despacio, más bajo.

– Descansa, luego seguimos…

– Qué hora es… ya debe estar amaneciendo…

– Sí… ya queda poco, son casi las 8 de la mañana.

– Alguien debe venir…

– Pero al final lo hemos pasado bien.

– Sí – Arturo bostezó aparatosamente – cojonudo. Déjame…

Pero no acabó la frase. Se quedó dormido sobre el pecho de Ernesto. Su ipad estaba ahí, sobre su mano, pero a su alcance. Estuvo luchando contra la tentación de cogerlo. Varias veces alargó la mano pero al final retrocedía.

– No, no debo…

Pero de nuevo la tentación…

Me mosquea, si siempre me enseñaba… éste no ha escrito nada”.

Cayó. Y alargó la mano y cogió el ipad.

.

Cuento de navidad.

Irene, la ángela, bajó del cielo.

Un niño la vio.

Corrió pero ella fue más rápida y se puso delante de él, para que no corriera. Ella creía haber ganado, pero el niño le dio una patada en la espinilla que le hizo ver las estrellas.

– ¡Ja! – Exclamó el chaval, mientras volvía a correr con todas sus fuerzas.

.

Movió la pantalla de arriba a abajo varias veces, pero el cuento no seguía. Dejó la tableta sobre el suelo del ascensor y acarició la cabeza de Arturo.

Cuántas cosas habían pasado desde aquel día, hacía ya unos años, cuatro al menos… o cinco, aquel fin de semana que se quedaron por primera vez los niños en su casa.

– Vendrán mis sobrinos a pasar el fin de semana – Germán lo soltó haciendo una breve parada en el pasillo y asomándose a la habitación en la que Arturo escribía.

– ¿Eh? – Ernesto levantó la cabeza del ordenador asustado – Es viernes.

– Ya.

Hasta ese día, Ernesto no había tenido noticias de los sobrinos de su novio.

– No me habías dicho… que tenías sobrinos, y menos que… pero habrá que comprar algo de comer, o… habrá que organizar algo… ¿Qué años tienen? ¿Qué les gusta? Habrá que preparar las camas… vendrán hoy entonces.

– Es que no te enteras de nada – suspiró Germán con suficiencia y se dio media vuelta para irse a trabajar.

– ¡Ah! – Ernesto alucinaba – Con lo de que no me entero de nada, así lo arreglamos todo…

Llegó la tarde, y llegaron los chicos. Frialdad entre los niños y Germán. Indiferencia con Ernesto, que estaba a la expectativa. Enfurruñados con su madre que apenas los dejó, salió corriendo.

– Encantado de conocerte, Germán me ha hablado mucho de ti – le dijo cuando coincidieron en la puerta.

– Pues ¡qué bien!, a mí no me ha hablado nada de ti… – la contestó… una lástima que ya no le escuchara porque ya estaba dos pisos más abajo.

La tarde del viernes fue tediosa e insufrible.

El desayuno, casi un velatorio…

Pero a las once, todo cambió:

– El Rey Ernesto decreta que … – voz engolada, con dramatismo cañero – ¡Música maestro! – y señaló a Arturo, que con once años, casi doce, estaba sentado con su Nintendo en el suelo y no prestaba atención a nada más.

Arturo lo miró un momento como si no fuera con él, o mejor dicho, como si estuviera valorando si en realidad lo miraba a él o es que era trasparente y se refería al vecino del otro lado de la calle.

– ¿No ves que estoy jugando? – cortante y molesto, bajando la mirada a su consola.

– Yo también, y quiero jugar contigo – continuó inasequible al desaliento.

– ¿No eres un poco mayorcito para jugar a reyes y princesas?

El chico imprimió todo el asco que pudo en sus palabras. Todo el asco y el desprecio.

– Y yo no quiero jugar contigo – y dio por zanjado el tema.

– Ya pongo yo la música – susurró Tomás.

– Y yo – dijo orgullosa y decidida Irene, dispuesta a mejorar su fin de semana, que ya lo estaba viendo como el más horroroso de su vida.

– Pareces un chico listo – le dijo Ernesto al mayor. El aludido no hizo el menor gesto – y sabrás valorar lo que… – se puso en cuclillas delante de él – ¿Serás de los que se atontan con los juegos que crean otros, o le darás al coco, a tu imaginación, y crearás los tuyos propios… dejarás que el mundo condicione tus risas, o serás capaz de crear las tuyas propias… serás un hombre gris, o pintado de colores, de millones de colores que cambian a cada segundo?

Arturo lo miró un rato más, y bajó la vista hacia la Nintendo.

– Por tu culpa no voy a batir el récord – voz cortante, seca, rotunda. Enfadada. Decía un “vete a tomar por culo y déjame en paz, imbécil”, aunque no lo verbalizó.

Pero Tomás se levantó y fue corriendo a la cocina y cogió un brick de leche vacío y una cuchara. Y de vuelta al salón, iba todo serio tarareando una melodía y llevando el ritmo con la cuchara golpeando sobre el brick de leche…

– Guay, esa la escucha mamá todos los años…

Irene se puso detrás de él a tararearla.

Ernesto fue corriendo al equipo de música y buscó un CD en la estantería que tenía al lado. Lo metió en el reproductor y…

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(Marcha Radetzky – Barenboim concierto año nuevo 2009)

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– Tatachan. Tarariro tarará…Tatachan – ahora más fuerte… y eran los tres marchando por el salón.

Los tres iban aumentando el sonido de sus voces, y el golpeteo en el brick. Ernesto se desmarcó un momento de la cadeneta para coger una caja que había en una esquina e iba golpeando con la mano…

De repente, Ernesto se paró. Los pequeños se pararon en seco detrás de él, y…

– ¡¡Nos atacan los extraterrestres!! Allá a la derecha, a cubrirse.

Tomás e Irene miraron hacia donde indicaba Ernesto, que no era otro sitio que dónde estaba sentado Arturo.

– Ratatatatata – disparaba Ernesto la ametralladora.

Tomás se tiró al suelo hacia la derecha, e Irene a la izquierda.

– Teniente Tomás, tú por la derecha. Teniente Irene, tú por la izquierda. Agachaos, que nos disparan sus láser silenciosos… salen por los ojos… mira que mala leche tiene disparando el extraterrestre éste.

Ernesto serpenteó por el suelo hacia una mesa en donde solían dejar las revistas que ya había leído. Cogió una de ellas, y empezó a arrancar las hojas, haciéndolas bolas. Tomás estaba resguardado detrás de una butaca, e Irene, en el lado contrario, escondida detrás de un puff. Ernesto les fue pasando las bolas de papel haciendo ruido de vez en cuando… “al ataque” “Disparen soldados”. Cuando los tres estuvieron armados con una buena provisión de bolas de papel arrugado, contó…

– Uno… dos…

A la de tres se levantaron al unísono, disparando las bolas de papel a Arturo, que aunque había estado atento a las evoluciones del juego, se vio sorprendido por la virulencia del ataque de sus hermanos y de ese hombre con el que vivía su tío desde hacía un par de meses. Tomás se acercaba y le tiraba un par de bolas y volvía a protegerse detrás de la butaca. Ernesto se levantaba de vez en cuando y tiraba unas cuantas bolas haciendo ruido al tirarlas y supuestamente cuando las granadas estallaban al hacer contacto con el suelo, al lado de Arturo.

– Son duros de pelar, los extraterrestres no mueren tan fácil, debemos coordinar el ataque…

Pero Arturo dejó la Nintendo, e hizo acopio de las bolas que le había tirado hasta ese momento. Se refugió detrás del sofá y se movió hacia su flanco derecho, que era el izquierdo del ejercito de salvación, como le dio por llamarlo a Ernesto. Cuando su hermana se despistó un momento, inició su ataque tirándola cuatro bolas a bocajarro.

– Nos atacan por la derecha – Gritó Ernesto, yendo a socorrer a esa parte del ejército.

Pero Arturo se había retirado de nuevo a su fortín detrás del sofá. Así continuaron las luchas a bolas de papel, llegando en algunos momentos al cuerpo a cuerpo, en donde las cosquillas y los mordiscos eran las armas secretas, y las que producían rendiciones incondicionales, que eran papel mojado en cuanto se recuperaban y cada uno volvía a sus posiciones.

– Tiempo muerto – gritó un Ernesto jadeante.

Pero Arturo no se avino a razones, y le disparó una salva entera de bolas de papel.

¡¡Crash!!

Ernesto miró a su izquierda solo girando el cuello.

Arturo puso su mano derecha para tapar su boca.

Irene puso cara de “la que se va a armar”.

Tomás bajó la cabeza.

– Quietos parados – Ernesto levantó las manos – todos a ponerse las zapatillas que mi prima Ernestina, la prima de cristal, la sirena, acaba de fallecer. Ha sido un daño colateral de la batalla interestelar en la que el ejército de salvación ha ganado la batalla al ejército extraterrestre…

– Una mierda, de eso nada, no habíais ganado – Arturo no estaba dispuesto a renunciar a sus batallas ganadas esa mañana.

– Pero no habéis ganado la Tierra, como queríais – le discutió su hermana.

– Tomás, di algo – Arturo atacó al punto más débil.

Tomás bajó la cabeza y calló.

– Nada, nada. No has conseguido conquistar la Tierra, así que eso se debe considerar una derrota.

– Una mierda como una olla – a Arturo no le gustaba perder, y no estaba dispuesto a hacerlo, cuando además no lo había hecho.

– Y además has matado a un ciudadano neutral, eso merece un castigo.

Lo dijo Tomás, con voz muy baja, y mirando a su hermano de refilón.

Arturo miró a Ernesto.

– Tu hermano tiene razón, y lo sabes, así que olvida ese orgullo que tienes… que conmigo no te va a valer nunca, ni con tus hermanos tampoco.

Se hizo el silencio.

– Y el castigo va a ser… “cosquillas”.

– Eso no es justo, yo no quería…

– Nada, disculpas. Antes de ponerte las zapatillas tumbate ahí en el sofá que tu hermano te va a hacer cosquillas en los pies, hasta que te desternilles de la risa y te duela el estómago de tanto doblarte.

– Jo, en los pies no…

– Ahí tiene muchas – apuntó Irene.

– Eres una… traidora. Me las vas a…

– Es una miembro destacada del ejército enemigo.

– Además, erais tres contra mí.

– Pero tu vales por tres… aunque sea por los aires que te das… y de todas formas, la culpa la tienes tú, por no haber querido empezar a jugar… “Estoy con la consola no me molestes; no voy a batir el récord” – Ernesto puso voz de falsete para decir esto último, burlándose de Arturo.

Arturo le miró de mala leche, pero Ernesto le sacó la lengua. Eso acabó por romper las defensas del chico que no pudo más que echarse a reír. Resignado se tumbó en el sofá y puso los pies encima del reposa-brazos. Tomás se acercó temeroso para hacerle cosquillas… le pasaba los dedos por la planta del pie, pero lo hacía con demasiada fuerza… Ernesto se le acercó y le cogió la mano… y le enseñó a hacerle cosquillas…

– Eso es trampa, me las debía hacer Tomás – Arturo había retirado los píes, porque no se podía aguantar más…

– Es él quien te las hace.

– Pero tú le guías…

– Pero él te las hace. Yo no te toco.

– Es trampa.

– No lo es. Y lo sabes. Así que apechuga como un hombre derrotado que sabe sufrir los castigos de los que ha sido merecedor. Mi prima Ernestina la sirena de cristal, ha fallecido, y tú has sido el causante.

– Eso es…

– Eso es la verdad, y que me parta un rayo aquí mismo si miento – Ernesto se puso dramático abriendo los brazos mirando al techo, como si de verdad estuviera esperando que un rayo llegara y le atravesara.

– Nada, no te disculpes – siguió hablando una vez comprobado que no llegaría el rayo – No hay nada que hacer. Tomás, ahora tú solo. Irene, sujeta a tu hermano que parece que no está muy dispuesto.

– Si no se las hago yo – Irene miraba sonriendo socarronamente a su hermano mayor.

– No, tú no, que…

– Es que yo las hago muy bien – dijo la niña orgullosa – No me aguanta ni cinco segundos.

– Vale, para la próxima. Venga, mira que hora es… te vas a librar del castigo, que hay que preparar la comida.

– Pero el tío Germán no sabe… es un desastre – Tomás miraba implorante a Ernesto, suplicándole que no les obligara a comer lo que preparara su tío.

– El tío Germán, el tío Germán… ¿Me ves cara del tío Germán? Yo sí se cocinar, y vosotros me vais a ayudar… os vais a chupar los dedos y me deberéis un beso cada uno.

– Bueno, ayudamos a mamá alguna veces… – Irene no estaba muy entusiasmada con la idea. No confiaba en él y pensaba en un desastre como los que organizaba Germán en la cocina.

– Bien, bien, pues los cuatro nos vamos a la cocina. Irene, ponte las zapatillas, que no vaya a ser que te cortes con algún resto de mi prima Ernestina. Luego la enterramos con toda la pompa que se merece la pobre.

Fueron a la cocina, y todos se pusieron a ayudar a Ernesto…

Luego llegó Germán y comieron todos. Germán se preparó un café y se sentó a leer un libro; los niños y Ernesto organizaron el entierro de la prima, la sirena de cristal. Con música y todo… con cortejo… todo hasta llegar al cubo de la basura en la cocina. Germán, viendo el jaleo, se bajó al “Sol de invierno”, la cafetería que hay al lado de la casa de Ernesto, a seguir leyendo tranquilo, con una taza de café delante y una copa de coñac.

Y luego se vistieron a todo correr y se fueron los cuatro al cine. Al pasar por delante de la cafetería, le dijeron adiós con la mano al tío Germán, que aliviado les saludó también y, apurando la copa, sacó el móvil e hizo una llamada, saliendo a continuación de la cafetería.

Y compraron palomitas, y Kases de naranja, todo tamaño gigante, y… vieron una peli de dibus que a Arturo no le gustó mucho, “Es de niños”, pero que a Ernesto, a Tomás e Irene, les encantó. Y volvieron andando, jugando por el camino, corriendo, persiguiéndose… y llegaron y los niños se metieron en al cama, porque no podían ni con los botones de sus chaquetas, después de un vaso de leche… “yo con Nesquik” pidió Irene. “Yo fría” dijo ya con confianza Tomás, que se había rendido a Ernesto. ”Ya lo preparo, yo, Ernesto, lo hago siempre en casa”. Arturo se encargó de los vasos de leche a gusto de cada uno.

Ernesto les fue a contar un cuento y en no más de cinco minutos, los niños en la cama, y Ernesto en el suelo, se quedaron dormidos.

Ernesto le pasaba la mano por la cara. Ya era casi un hombre. Un chico de casi quince, como decía él, un chico lleno de vida, de buenas intenciones, de amor… generoso… que hacía a veces de padre, de madre y de confidente de sus hermanos; y lo hacía bien. Después de aquellos principios difíciles, los dos habían conectado de una forma especial. Ernesto lo había hecho con los tres, pero de distintas formas. Con Tomás… Tomás confiaba en su tiito a pies juntillas. Ernesto le daba seguridad. Le entendía de una forma que el resto de las personas no hacía. Con él ya no se quedaba mudo nunca, encontraba palabras, y sabía razonar con tranquilidad, no se aturullaba. Ernesto lo miraba directo y Tomás… eso era la gloria para él. Tener por completo la atención de alguien… un mayor, sin percibir que tenía prisa, que le estaba juzgando, y que además le escuchaba con atención y valoraba sus opiniones.

Irene era una mujercita, que jugaba a lo que fuera, daba igual que fuera a muñecas, que a batallas. Muy cariñosa, muy sensible, pero a la vez dura. No se arrendaba ante nada. Su madre cada vez pasaba más tiempo fuera, y ella había tomado el papel de mujer de la casa. Le gustaba sentarse a leer o a estudiar al lado de Ernesto. Era como si a su lado nada pudiera pasarla.

A Ernesto le saltó una lágrima…

– Irene…

Se pasó la mano por los ojos para secarlos.

– Quizás sea el momento de dejar los mundos de yupi solo para mis libros… y construir una familia.

– Mi pobre… – volvió a acariciar al “casi quince”.

Arturo ronroneó en sueños.

—-

Capítulo 21.

Por un segundo parecía que la luz volvía. Durante ese segundo, parecía que se escuchaba ruido de gente saliendo de casa, y entrando, bajando a por el pan para desayunar un domingo “pan con mantequilla y un chocolate hecho, calentito, pero como a nosotros nos gusta, ni líquido, ni muy espeso.” “Vigila a Doris, que no se le pase”. “Desde luego, señorito, como si no me saliera bien el chocolate, en su punto”. “Tú vigila”, insistía Ernesto a Tomás.

Fue solo un segundo.

Quizás ha sido mi imaginación”.

Fue solo un murmullo. Pero fue lo bastante para que Arturo se despertara de nuevo. Se incorporó a medias para que Ernesto lo abrazara contra sí, apoyando esta vez la cabeza en su pecho.

– Acaba el cuento de Tomás, y te enseño el mío.

Ernesto pensó en no decirle que lo había visto, pero… no quiso mentir:

– Ya lo he visto.

Su voz denotaba desilusión. Arturo cogió el ipad, y cerró la pantalla que tenía abierta. Debajo había otro documento. Ernesto lo miraba con la boca abierta…

– ¡Ah!

Se miraron antes de echarse a reír.

– Llámame bobo.

– ¡Bobo!

– ¡Oye!

– Yo cumplo órdenes.

Se mantuvieron en silencio mientras Ernesto acariciaba su pelo.

– No te va a gustar.

– Seguro que sí.

– No es muy navideño.

– Da igual.

– No lo mandarás…

– Sí lo haré. ¿Qué te juegas?

– Un fin de semana en Port Aventura.

– Si pierdes pagas.

– No, si pierdo, voy, y así vamos todos.

– ¡Ah! No me acordaba… “no voy, que ya no soy un niño”.

– Tengo casi quince.

– Y yo casi… ¡Uffffffff! – de repente Ernesto se sintió muy viejo – ¡Qué depresión! Mejor me callo.

– Eres muy joven todavía.

– Eso es peloteo. Y del barato. Y tú con muchos menos eres muy mayor para el parque de atracciones.

– Vale. No me creas. Yo te veo… así. Me lo paso guay contigo, como si fueras un colega.

– Ya me has rebajado al nivel de colega. Pero tampoco soy muy colega porque no me cuentas las conversaciones sobre tías ni lo que hacéis.

– No te chines, tío, que no mola. Y sabes… y eso no te lo voy a contar, no seas cansino. Me da palo hacerlo.

– Que sí, no te chines tú, que te vacilaba.

Se callaron. Se miraron.

– Mira, parece que llueve… “I sing… no sé que rain…” – Arturo se desgañitaba.

Ernesto le tiró un mechero que llevaba en el bolsillo.

– Deberías acabar el relato de Tomás… está guay, por cierto.

– ¿Le gustará? Siempre me dice que no le escribo nada…

– Lo dice por el libro que me dedicaste.

– Ya le dedicaré a él otro… lo voy a escribir… además os lo dediqué a todos, que no se queje.

– ¿Es cierto? – le interrumpió Arturo – ¿Le estás escribiendo un libro? Lo que decías en el cuento…

– Sí, es cierto. Para su cumple. 11 añazos.

– Debes cuidarlo…

Arturo enarcó las cejas.

– Lo cuidaremos entre los dos.

Arturo suspiró.

– Escribe, anda…

– En cuanto salgamos, vamos al médico… ¿tienes frio?

– Un poco… y eso que los pies los tengo calentitos con las manoplas…

– Te tengo que sacar una foto…

– ¿Hola? ¡Estás de manicomio! Por encima de mi cadáver.

– Yo creo…

– Ni muerto.

Ernesto se puso triste.

– Escribe tío. Era coña. Si te pones así te dejo que me saques una foto, pero… como se te ocurra enseñársela a la peña, te degollo.

– Pues si no se lo puedo enseñar a tus amigos, a la Jénifer esa, a tus profesores, colegas, novietas, contactos del Face, del tuenti, del…

– ¡Stop! – Arturo miró a su tío y se puso serio – no hay foto.

– Ya te dormirás.

– No serás capaz de … – buscaba la palabra – traicionarme.

– ¿Qué no? No me pongas a prueba…

Arturo dobló las piernas para quitarse las manoplas de los pies.

– Vale, vale. No te traicionaré. Lo que hago por ti… y nunca me reconocerás.

– ¿Y lo que hago yo por ti? Como darte una patada en los eggss si de una puta vez no acabas los cuentos, que ya te vale. ¡Escribe!

– ¡Qué vocabulario de arrabalera!

Ahora fue Arturo el que le tiró el mechero a la cara.

.

Llovía fuera. Tomás estaba sentado en la cabecera de la mesa. Miraba la ventana y veía deslizarse las gotas de agua a lo largo de ella. Chocaban con virulencia contra el cristal… hacía mucho aire y estaban en el piso 89.

27 personas estaban sentadas alrededor de la mesa. Era el consejo de administración de “Jodido Mundo”, la empresa más grande de la tierra, dedicada a la compra-venta de sueños.

– Presentamos una moción de censura.

El señor Carajo, don Cara, se había levantado y miraba con desdén hacia la presidencia, hacia Tomás.

– Preséntela si tiene los apoyos suficientes. – Tomás ni se inmutó o al menos su voz no lo traslucía.

– Debemos restringir la venta de sueños, para que el precio suba.. Podemos ganar un 489 % más en apenas un año. Y el segundo, podemos llegar a ganar un 89837 % más. El mundo estará en nuestras manos – cerró el puño y fue paseando su mirada por los miembros del consejo – y nada se nos podrá negar. Somos los dueños de los sueños del 97 % de los habitantes del universo.

– Eso provocará la debacle. Provocará la desesperación de la gente – Darío se levantó enfadado y se enfrentó al Sr. Carajo. – Muchos es lo único que tienen, por lo único que siguen adelante. Nuestro compromiso es guardar los sueños que nos han sido confiados y darles un valor añadido, a un precio justo, asequible a cada bolsillo. Y fabricar y vender sueños con las misma premisas a quienes no puedan crearlos por ellos mismos.

– Tú cállate, que eres un Don Nadie – intervino el señor Tonta para acallar a Darío.

– Y eso provocará el final de nuestro negocio.

– El mundo estará a nuestros píes ¿No lo entiendes? Los gobiernos serán nuestros esclavos, porque la gente se revolverá contra los gobiernos y a ellos nos les quedará más remedio que llegar a un acuerdo con nosotros… para suministrar los sueños a la gente y que puedan trabajar y comprar y no se revelen contra el orden establecido.

– Si quitamos a la gente la esperanza que dan los sueños, una gran mayoría no tendrán un motivo para seguir viviendo, y…

– Los débiles desaparecerán – el señor Cortada se movió por la habitación, hasta ponerse al lado de Tomás, en la cabecera, como si él fuera ya el presidente. – ¿Y qué? ¿Qué problema hay en ello? El mundo, la vida está hecha para los fuertes… los débiles son un estorbo.

– Los débiles tienen derechos, Sr. Cortada. Y recuerde lo que le digo: los débiles… a los débiles los necesitamos tanto como a los fuertes. Los ricos necesitan a los menos ricos, los poderosos a los que no tienen poder.

– ¡Patrañas! – el Sr. Chungo, se levantó y gritaba airado – yo apoyo la moción del Sr. Cortada. Debe cambiar la Dirección de esta empresa y llevarnos a todos a…

– ¿A donde mi querido Sr. Chungo? ¿A ganar más dinero? Si ya tenemos todos los aquí presentes más dinero del que podemos gastar en cuatro o cinco vidas. ¿Para qué más dinero?

– El dinero es el poder, mi querido D. Teodoro.

Sonó el intercomunicador. D. Tomás apretó un botón.

– Dime Carmen.

– Debe ver las noticias D. Tomás.

Encendió el televisor que había detrás de él. Una imagen de la Bolsa de Madrid, llenaba la pantalla.

– Las acciones de “Jodido Mundo” se están desplomando. El consejero de la sociedad, D. Cara Carajo, acompañado por los también consejeros D. Risa Tonta y Don Bufón Chungo, han declarado que están ante un momento crucial: “Debe renovarse la dirección de la sociedad. La actual dirección nos aboca a la debacle financiera”. Ante la pregunta de esta periodista sobre que la empresa parecía una apuesta sólida, declaró que “tiene los pies de barro, pero yo me comprometo a sanearla, y a hacer de ella la empresa más grande que nunca se haya visto”. Las acciones han bajado ya un 290% y eso que ha estado suspendida de cotización a lo largo de varios momentos de la mañana.

Darío se levantó de la mesa y fue directo a por el Sr. Carajo. Lo cogió de la pechera, pero intervinieron rápidamente el Sr. Bufón y el Sr. Tonta, reduciendo con contundencia a Darío. Doña Manuela Indomable, se interpuso en el camino de Tomás que iba a ayudar a su amigo.

– Yo que tú, querido, no me movería – Doña Manuela se pasó la lengua por sus labios pintados de rojo pasión mientras lo miraba con cara de “te parto los huevos, querido”.

Tomás hizo un gesto a Darío para que se sentara. Se recompuso el traje después del choque de trenes que había tenido con Doña Manuela y miró con tranquilidad a Don Cara.

– Creo que será mejor que procedamos a votar su propuesta, Sr. Carajo.

– Primero deberíamos recomponer la situación, porque ahora mismo – sacó su iphone – cuento con un 44,6798 % de las acciones.

– Yo con un 1,2837 % – anunció Doña Manuela.

– Yo… – empezó a decir el Sr. Bufón, pero el Sr. Carajo lo interrumpió.

– En total representamos al 53,47 % del capital. Y subiendo.

Tomás suspiró.

– Creo que debemos votar. Yo voto por la nueva gestión. Don Cara Carajo será en nuevo presidente y Consejero Delegado – anunció la Sra. Tonta.

– Yo me uno.

– Y yo.

– Yo también.

– El Sr. Del Frasco, también levantó la mano.

Tomás no prestaba atención a la votación. Miraba hacia el cielo encapotado que en ese momento lanzaba toda su furia en forma de lluvia torrencial. A lo lejos, entre las nubes, pudo ver a una mujer montada en una escoba voladora que se acercaba perseguida por unos amenazadores fantasmas negros. La chica hizo un looping y los encaró acelerando la escoba. De su barita mágica salían rayos y centellas. Pero Don Cara Cortada tomó la palabra y Tomás hubo de dejar de atender la lucha que se producía fuera. “Teresa podrá con ellos”. Y volvió a la sala de Juntas.

– Si mis cuentas no son erróneas, tenemos el 61 % del capital – se le notó un indudable tono de chulería.

– Sus cuentas son erróneas. Ese es el capital que ordenó comprar a sus brokers. No el que efectivamente ha comprado.

Todos se giraron hacia Darío que era el que había hablado con su ipad en la mano.

– Don Tomás dispone del 34 % de las acciones. Vds. han vendido desde esa mañana para hacer bajar la cotización, con la esperanza de recomprar unas horas más tarde, y comprar también las de los accionistas que presos del pánico, se lanzaran a sus brokers con ordenes de venta.

Hizo una pausa que aprovechó para beber un sorbo de agua.

– Pero no han comprado Vds. esas acciones, sino que las ha comprado D. Tomás, yo mismo, Dña. Pilar, Don Ernesto que tiene delegado el voto en D. Tomás, Don Teodoro, aquí sentado a mi derecha, Don Rufián, Don Kevin… y la verdad es que a un muy buen precio – no pudo evitarlo y esta última afirmación la expresó con un decidido tono sarcástico. – y todo gracias a ustedes.

Don Cara se levantó y fue directo hacia Don Darío apretando los puños. Pero en esta ocasión, Don Kevin, Doña Carmen y Don Teodoro, estuvieron atentos y se interpusieron en su camino. A Doña Manuela la agarró el mismo Don Tomás y la hizo sentarse.

– Querida, deberías repasarte los labios y los ojos, se te ha corrido todo, todo. Estás hecha un adefesio. Y ya de paso le ayudas a colocarse a tu querido jefe el postizo del pelo, que se le ha movido con el sofocón. – Tomás levantó la mirada y habló dirigiéndose a todos los presentes en la reunión – Será mejor que nos tomemos un respiro para que Don Cara y sus amigos, comprueben que ahora mismo, no tienen más de un 3% de las acciones entre él y todos sus acólitos. Son los problemas de jugar y perder.

Mientras Don Cara Carajo y sus amigos salían de la sala, los demás miembros del Consejo empezaron a aplaudir y a vitorear a don Tomás. Aunque éste estaba más atento al ventanal… en donde la chica montada en una escoba voladora llamaba insistentemente.

Darío se giró y al ver la situación, sacó su barita mágica del bolsillo interior de la chaqueta, y susurró unas palabras. La ventana se abrió hacia arriba, y la maga entró en la sala.

– Tomás, Darío, Kevin, Carmen, Teo, Rufus, os necesitamos.

– Sí, pero deberemos esperar un momento – interrumpió Roberto, el vigilante del “Mundo Maravilloso” – Tomás debe entrar al médico.

.

– Adelante, Tomás – la enfermera le sonrió.

Germán y Tomás se levantaron y pasaron a la consulta del doctor. Éste apartó la mirada del ordenador para saludarles.

– Tomás, que me han dicho que estás fastidiado…

– No duerme – contestó su tío por él.

– Tranquilo Germán, deja que hable él.

El médico se levantó y dio la vuelta a la mesa. Acercó un taburete con ruedas que estaba al lado de la camilla y se sentó al lado del chico.

– ¿Qué te pasa?

Pero Tomás no decía nada. Solo una lágrima salía por sus ojos.

– ¿Por qué no le dejas ver a Ernesto? – preguntó el médico a Germán.

– Ernesto es una mala influencia – contestó rotundo. – No quiero tener nada que ver con él. Ni yo ni los niños.

– Eso no te lo crees ni tú. – el médico lo miró con dureza. Se giró y cambió la expresión para hablar con el niño – Tomás cariño, ¿Por qué no me cuentas…? Dime que te pasa y podremos ayudarte. Desahógate…

– Es inútil, Carlos, es inútil. Este chico es…

– Te odio, tío Germán. Ojala hubieras muerto tú.

Tomás corrió hacia la puerta y salió dando un portazo.

—-

Capítulo 22.

La maga Teresa los miraba con impaciencia.

– El Príncipe encantado necesita de nuestra ayuda. Los Fantasmas de negro rodean su castillo y quieren eliminarlo.

– Debemos acudir entonces. Pero antes debemos dejar esto zanjado, el tema de…

– No te preocupes, Cara Carajo y su Manuela Interminable, acaban de salir corriendo delante de un gentío al que han convocado desde “Mundo Maravilloso”. Por cierto, la próxima vez organizamos esto en un piso un poco más bajo, que tengo vértigo.

– Pues apañado vas si quieres venir volando en la escoba. Joder con el Teo.

– Son cosas distintas – se disculpó.

– Pues no le veo yo la distinción, eres más raro… además estamos en “Mundo Maravilloso”, aquí desaparecen esos problemas.

– Salvo si quieres hacerte el interesante y que te cuide alguien.

– Huy, huy, huy… – exclamó Kevin con retintín.

– ¿Dónde has dejado a Joaquín? – se defendió Teodoro.

– Eso es un golpe bajo – Kevin se dio la vuelta y se sentó enfurruñado y con los hombros unidos al otro lado de la sala.

– Y la fulana se apellida Indomable… – corrigió Tomás a Teodoro que se había quedado mustio por no medir sus palabras y dejar triste a Kevin.

– Qué más da, es una… p…

– No seas mal hablado – dijo una voz que salía de todos los sitios.

– Fulana, ea.

– Ernesto, joder, si tú eres el primero…

– Y dale, todos con la misma canción. No hagas lo que yo haga sino lo que te diga. Es distinto. Tú eres un niño, cojones. Y no te pega. Y no debes acostumbrarte… para ser mejor que yo, que soy un perdido.

– Pues predica con el ejemplo, tío – dijo Tomás mirando al cielo con los ojos llorosos – y no te pongas en plan víctima que ya cansa.

– Y tú deja de llorar, coño. Tu tío a pesar de todo te quiere… solo que está un poco…

– Es gilipollas – apuntó rotundo.

Tomás se pasó las manos por sus ojos para quitarse las lagrimas. La Maga Teresa le pasó un pañuelo de papel.

– ¿Y dónde estás, tío?

– Os estoy mirando por la bola de Roberto…

– Parece Dios… – apuntó Kevin que se estaba olvidando de su enfado ante la perspectiva de una nueva aventura.

– Vamos, dejaros de si que hay que hablar como los señoritos, o decir tacos, o de hablar de dioses y bolas, que el Príncipe nos necesita.

– Vamos, sin demora. Salgamos en nuestras escobas.

Darío, Teodoro, Kevin, Pilar y Tomás se juntaron para salir por la ventana y acompañar a la maga Teresa.

– Pero no pensaréis ir así, con traje y corbata, que llueve la leche, y es incómodo para volar.

Tomás sacó la varita y la movió ligeramente haciendo círculos. Encima de él, apareció su armario con toda su ropa. Fue recorriéndolo y moviendo la ropa con su mente hasta que vio un pantalón impermeable de color verde botella y una capa a juego. Volvió a mover la barita y estuvo vestido en apenas un decir: ¡Cáspitas! El resto había hecho lo mismo con sus propios armarios.

– Vamos.

Y salieron todos disparados en sus escobas, que habían aparecido después de otro movimiento de barita.

Mientras se dirigían al castillo del Príncipe encantado, la lluvia arreciaba. Un viento casi huracanado les hacía volar a paso tortuga.

– Así no llegaremos nunca – se quejó Kevin.

– Pongámonos juntos, y convoquemos la magia con nuestras baritas. Así a lo mejor…

– Ya estoy aquí – dijo Pitu uniéndose al grupo – no me pierdo esta aventura ni por nada del mundo.

– Hola, Pilar. ¿Y Fernando? – preguntó Pitu.

– Y yo que sé, no soy su guardiana – contestó a la defensiva.

– No te enfades, era solo que…

– Qué nada. Yo he estado en clase de flauta. Acabo de llegar a Mundo Maravilloso.

– Vale, vale.

El temporal empeoró si eso era posible, y ya casi no les era factible avanzar camino del castillo del Príncipe encantado.

– Esto es un hechizo del malvado innombrable, del Señor de la Muerte.

– Pero es muy poderoso… no podremos…

– Todos juntos… mirad allí, a la derecha.

Todos giraron sus cuellos, y allí, dónde señalaba Darío, vieron una sombra negruzca. Podrían haberla confundido con una nube, porque tenía ese aspecto: roto en jirones a ratos blancos y a ratos grises de varios tonos. Pero unos cuencos vacíos, negros como tizones, a modo de ojos, lo diferenciaban de las demás nubes.

– Ja, ja, ja. ¿A dónde vais ilusos? Mejor idos a jugar con las Play Station y dejad de soñar con imposibles. Esto no es un juego de niños. Es el juego de la vida, en donde las decisiones que toméis van a ser cruciales en vuestro futuro.

– Haremos lo que nos de la gana – le gritó un Tomás enfurecido – Venceremos, esbirro del Señor de la Muerte.

– A mí me podéis vencer, pero a mi Señor, no.

– Eso ya lo veremos – escupió Teresa – no tenéis noción del poder que acumulamos todos nosotros. Lo sueños y la esperanza mueven montañas.

– Y la gente buena.

– Y el amor.

– Y la decisión.

– ¡Venceremos! – gritó Tomás por último.

El fantasma levantó un brazo de entre los jirones de su vestido, y les apuntó con su barita. Un rayo de color negro, salió de su punta camino de los magos. La maga Teresa tuvo tiempo de conjurar un muro protector que les libró de un impacto directo. Pero llevaba tal fuerza el rayo negro del fantasma, que al chocar contra la pantalla protectora, produjo unas ondas que desestabilizaron el vuelo de los magos. A Darío le pilló desprevenido y cayó de la escoba.

Sin remisión, parecía perderse entre las nubes, camino del suelo.

El fantasma lanzó un segundo rayo todavía más poderoso que el anterior. Teodoro y Kevin ayudaron con sus varitas a la de Teresa para levantar otra pantalla protectora. Pero no llegaron a tiempo, y el rayo fue a chocar de lleno contra Tomás.

Teresa se llevó la mano a la boca para evitar un grito de desesperanza y terror.

– Hijo de puta – gritó encolerizada y empezó a lanzar rayos y centellas, hechizos y contra-hechizos al fantasma.

Teodoro intentó salir detrás de Tomás y Darío, pero un conjuro que lanzó otro fantasma que apareció al lado del primero, se lo impidió, dejándolo atontado. Apenas se mantenía sobre su escoba voladora. Kevin reaccionó y lanzó la suya contra ese fantasma nuevo. De la punta de la misma, salió un chorro de fuego con millones de flores en su interior, que abrazó al fantasma y lo volatilizó en cuestión de segundos.

– ¡Bien! – animó Teodoro controlando poco a poco su estabilidad en los cielos del Mundo maravilloso.

Mientras, Tomás y Darío caían al vacío. Darío había cerrado los ojos y se dejaba caer sin siquiera tener intención de hacer algo por parar la caída. Una voz dentro de él, le decía sin parar que era lo mejor… “Sabías que este final estaba cerca”. “Es lo mejor”.

Tomás caía y lloraba de desesperación. Buscaba dentro de él, pero no encontraba ninguna solución… sus fuerzas estaban agotadas “Tío, ves, no valgo nada, te lo decía por las noches cuando venías a matar mi miedo con tu espada de madera.”

– Eso no es cierto, Tomás, eso no es cierto. Cojones, si has podido hablar con la gente, y antes no lo hacías, y has podido decirle a tu tío que es un gilipollas… puedes hacer lo que te propongas. Así que mira dentro de ti, mira eso que construimos tú y yo, joder, y ándale, saca tu magia blanca del corazón.

– No puedo… Ernesto, no puedo… ayúdame…

– No, puedes, puedes, y lo sabes. Dale… levanta la varita y lanza a través de ella todo lo que tienes dentro. Pon la fuerza que llevas en el corazón, tu amor…

– Darío… – llamó Tomás.

– Puedes hacerlo. Propóntelo. – le animó su tío.

Se pasó la mano por la cara para quitarse las lágrimas. Inmediatamente la lluvia volvió a empaparla, pero eso ya daba igual, porque no eran lágrimas, solo agua de lluvia. Llamó a su escoba que se puso entre sus piernas, y la aceleró camino de Darío, que caía unos metros por delante. En cuestión de segundos, llegó casi a su altura, y alargó la mano para cogerlo de la capucha de su capa. Paró en seco su escoba y con su fuerza, logró detener la caída de su amigo.

– No tienes la culpa de nada. Ya sé de que te conozco.

Darío no respondió.

– Eres un tío legal; no tienes la culpa de nada.

– Yo debería haber ido con él… me enfadé y discutí…

– Eso da igual… vives… ¿Qué ganas con… y si hubieras muerto? Podemos ser amigos…

– Yo no tengo amigos…

– Ahora sí tienes amigos, has sido capaz de llegar al Mundo Maravilloso… eso es una señal.

– Cerrando los ojos se llega.

– No, eso no es cierto, yo hasta hace unos días no conseguí llegar, y tú tampoco, lo sé.

– Pero eso es un sueño… no es real…

– Es un juego. Todos jugamos, necesitamos jugar… para luego hacer cosas en la vida… Es todo lo real que tu quieras que sea.

– Ya soy muy mayor.

– Nunca se es mayor para soñar, Darío. Mira Ernesto…

– Pero nadie le considera apto para… – se pensó un momento lo que decir – nada.

– Pero él lo es, y lo hará bien… y lo hará… ¿Verdad tío?

Nadie respondió.

– ¿Tío?

Nadie.

– ¡¡¡¡¡Tíoooooooooooooooo!!!!

– ¿Ves?

– Lo hará bien – insistió Tomás enérgicamente y convencido – Y tú lo verás. Apuéstate algo.

– Es una trampa para que…

– Si no es así, volveremos a “Mundo Maravilloso” y te dejaré caer. Es más, te empujaré – le retó Tomás.

– Oye, peque, para ser un callado como te define tu tío el otro, y un simple, hablas mucho y tienes mucho arranque.

– No, dí lo que dice de verdad; dice que soy un mierda.

– Bueno… – Darío estaba desconcertado.

– Soy callado, pero no sordo. Soy niño, pero sé escuchar. Inocente, pero no bobo.

– Vale. Si no sale como dices… volvemos y …

– Yo mismo te tiro. Lo juro – y levantó la mano como había visto que hacían en las películas de juicios en la tele.

Teresa bajaba lanzada, recuperada de la batalla con el fantasma.

– Ya os daba por perdidos…

Tomás le preguntó con la mirada…

– Chupao. – Teresa se sacudió las manos aparatosamente – El lugarteniente del “Señor de la Muerte” y el esbirro, han caído… no te jode, conmigo van a… van a acordarse de Teresa el resto de sus días. Bueno, he de decir que del peque se ha encargado Kevin… casi perdemos a Teo – dijo preocupada.

– Aquí estoy.

Joaquín apareció en su escoba aunque era difícil de ver porque se confundía con el paisaje. Era solo una sombra…

– ¡A buenas horas!

– Kevin me ha llamado… no debía venir, he dejado sola a María con el Príncipe encantado.

– Huy, huy, huy…

– Dejad las pullas, tenemos que llegar al Príncipe – cortó Tomás.

– Pareces casi transparente – le espetó a Joaquín una Teresa preocupada – ¿Dices que dejaste sola a María con el Príncipe?

El aludido se encogió de hombros.

– Ernesto y Roberto vigilan – se disculpó – y está el resto de su corte. Si no llegáis… todo se habrá perdido. Era importante que vencierais… por eso vine.

– Joaquín – Kevin apareció llevando en su escoba a Teodoro, que estaba muy desmejorado.

– Deberías llevártelo para que descanse…

– No, eso no… yo puedo continuar… solo necesito un poco de…

– Mimos.

– ¿Mimos? – dijeron todos mirando a Teresa y con los ojos muy abiertos y voz incrédula.

– Es lo que todos necesitamos en realidad – explicó como la cosa más normal del mundo.

Darío se encogió de hombros y se acercó a Teodoro y le plantó un sonoro beso en la mejilla. Todos miraban y pudieron notar como el besado recuperaba un poco el color de su cara. Teresa fue la siguiente en acercarse, y plantarle un beso en la otra mejilla. Tuvo el mismo efecto… y el beso de Joaquín en la frente, le hizo entrar en calor, y el de Kevin hizo que sus ojos recuperaran la vida…

– ¿Veis? – Teresa los miraba con cara de satisfacción – fijaos – y se acercó otra vez a Teodoro, y le dio un beso en los labios.

De repente, Teodoro empezó a hacer círculos con la escoba de arriba a abajo, y unas campanas empezaron a sonar… salían de la misma escoba…

Darío empezó a reírse… y contagió a los demás.

– Vamos – apremió Teresa, aunque miraba todavía sonriente a Teodoro que se había recuperado totalmente – El…

-… Príncipe nos espera – todos se unieron para acabar la frase.

Parecía que el temporal había amainado después de la lucha con el fantasma jefe de la muerte y su esbirro, pero según se iban acercando en sus escobas al castillo del Príncipe, el temporal volvía a arreciar.

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Capítulo 23.

Ya empezaba a recordar. La pelea. La pelea de Arturo y la charla con aquel profesor. Y esa mirada perdida que se le quedó a Arturo y que no supo afrontar.

Las cosas ya no iban bien con Germán. En realidad llevaban mucho tiempo mal. No entendía como no se iba… Ernesto hubiera querido acabar con aquella farsa muchos meses antes, decir: “¡Hasta aquí, Germán! Dejemos esta pantomima” Pero… no sabía acabar esas cosas. Quizás los chicos pesaban. Ya no se imaginaba la vida sin ellos. En realidad todo era una excusa para disimular que era un fracasado y un cobarde que no se atrevía a vivir sin nadie a su lado, aunque no hubiera nada entre ellos, ni casi coincidencia espacio-temporal.

Los chicos.

Aunque coincidiera una de esas épocas en que su madre pasaba fuera trabajando, todas las semanas pasaban al menos un par de veces a verlo. O él iba a buscarlos al colegio. Era casi la única actividad que sacaba a Ernesto de sus mundos. Eso y su intento fallido, según le había dejado ahora claro Arturo, de promocionar sus libros por las televisiones de España, haciendo el payaso. Jugando a ser malo y a participar en programas de los que se apuñalaban todos por la espalda. Todos muy dignos, haciendo su papel, disfrazándolo todo de realidad y verdad.

Arturo entró en su casa ese día. Hacía ya un tiempo que Ernesto le había dado ya las llaves. Germán no estaba. Ahora estaba dándose cuenta de que en realidad Germán pasaba mucho tiempo fuera… había vuelto a vivir en su casa, y Ernesto casi no se enteró.

Diez amantes resistió. En realidad doce, pero Ernesto no consiguió que se enterara por medios naturales de dos de ellos. Todos salvo uno, fueron ficticios. Dos en realidad. El último sí fue real también. Real de aquella forma. Real de una forma platónica, casi imaginaria. Era un prostituto con el que había contactado para un libro. Todos le decían que eso era un engañabobos para follárselo sin pagar. En eso se equivocaron, porque le pagó hasta por hablar con él. Según se mire, al polvo le invitó el chapero. (Sergio) Álvaro se llamaba. Se llama, porque lo vio después un par de veces… sin pagar, que ya por aquella época Ernesto no tenía un duro, y a (Sergio) Álvaro parecía gustarle eso de buen samaritano.

Recordaba esa tarde en la cafetería de debajo de casa. “Sol de invierno”. La misma a la que, aquella primera vez que fueron los niños a casa, huyó Germán para leer tranquilo.

Organizó con esmero la treta. Germán siempre iba al salir de trabajar. Su trabajo no distaba más de 100 metros de la casa de Ernesto. Después de la cafetería, unas veces subía al piso, y otras se iba. Pero la cafetería era parada fija.

Se sentó en su sitio preferido. En la mesa de al lado ya estaba el chapero, acompañado de Pilar, una amiga discreta y fiel. Fingieron ser buenos amigos, lo que al final se convirtió en verdad.

(Sergio) Álvaro le contaba a Pilar, con detalles todo un affaire que duraba semanas y en la que todas las tardes follaban en casa de Ernesto, en la cama de la pareja. Los detalles, escabrosos. Pilar fingiendo escandalizarse a un volumen alto, para que Germán no tuviera más remedio que enterarse. Además la voz de Pilar era muy característica. Y además, Pilar le caía como una patada en los susodichos.

Pilar se va al servicio y a la vuelta, pone cara de asombro: “Huy, Germán, no te había visto”. Dos besos y Pilar que finge un sofocón, “¡Qué calor hace! Tiene en la calefacción a tope y no hace tanto frío en la calle todavía”. Un minuto de silencio incómodo, en el que Germán la taladra con la mirada. “¿Y cuanto tiempo llevas aquí?” Pregunta con tono inocente pero calculado.

Germán subió a casa esa tarde. Y sacó las pocas cosas que le quedaban mientras Ernesto fingía estar inmerso en una de sus historias. Y escribía.

El chico subió a casa. Y el otro chico estaba con su ordenador, haciendo que escribía. ¡Qué pocas cosas tiene el chico en casa! Lo ha metido todo en una mochila. Se acerca por detrás y El chico escritor deja de mirar al espejo por el cual veía las evoluciones del que hasta hace un par de minutos, era su pareja. Y el chico que subió a casa con la intención de llevarse sus dos calzoncillos y su cepillo de dientes, se acerca, le toca el hombro, y le dice:

– Te dejo, Ernesto. Ya es el colmo que tu amiga la tonta, sepa que follas con un amante hijo de puta, y que lo hacéis en nuestra cama todas las tardes. Adiós.

Y se fue.

Desde la puerta hizo una parada dramática, también muy calculada, ese chico siempre había sido muy calculador: “Eres un perdedor, y yo con perdedores, no quiero saber nada”. “Estás acabado como escritor y como ser humano”.

El chico escritor… me quedé con la boca abierta. Soy yo el chico escritor y escribo esto para disimular mi tontería y mi cara de pasmo, y mi miedo a su reacción, para estar haciendo algo cuando subiera y no perder el hilo a la vez de lo que pasa, pero no pasa nada, simplemente se va… solo que me he dado cuenta de que no tenía más que tres camisas y dos calzoncillos…

Se ha ido.

Y no se ha parado el mundo, la Tierra sigue girando… y yo sigo respirando.

Nada. Ni escena ni “¿Por qué lo has hecho?”. Nada. Seco y contundente. ¿Cuándo fue la última vez que me dio un beso?”.

¿Por qué ha estado conmigo todo este tiempo?”. Preguntas sin respuesta.

Ernesto se acordaba casi palabra por palabra de lo que escribió cuando Germán le dejó. Esa tarde fue consciente de la burda mentira que había vivido los años que había pasado con Germán. Pero… los niños… eso si que fue algo auténtico. Quizás todo fue una filigrana del destino, una estrategia de Irene, la ángela, o de Gabriel, su jefe, para acercarle a los niños.

Porque sus personajes existían en la realidad. Él solo contaba lo que pasaba de verdad. No inventaba nada. Todo era real. Hasta “Mundo Maravilloso”. Hasta la muerte. Esa también era real. Y la vida, y la enfermedad.

Y el dolor.

Pero todo aquello que él escribió, toda esa consistencia adquirida esa tarde, la perdió en lo que tardó en levantarse e ir al servicio a vaciar su vejiga. ¡Qué poco glamuroso para un olvido interesado! Pero todo sirve cuando alguien necesita olvidar su realidad de carne y hueso y sumergirse en la realidad de la vida de lirismos y mil colores, llena de música que sale de los árboles o de las nubes de algodón y los castillos de papel. Árboles de decenas de metros llenos de luces de colores que saltan y dan volteretas al ritmo de esa música que llena el aire que penetra en los pulmones y nos da la vida. Aire que juguetea entra las ramas de los árboles.

– Tío, tengo un problema.

Ernesto acababa de colgar a (Sergio) Álvaro para ultimar los detalles de la estratagema. Sería dos días después. Era la única tarde esa semana en que (Sergio) Álvaro no tenía ningún compromiso con clientes.

Ernesto se giró alegre. Dijo cualquier tontería que siempre se le ocurría y sin apenas mirarlo le abrazó y le achuchó. Pero ahí se dio cuenta de que algo pasaba, porque Arturo no forcejeó para separarse como siempre hacía en broma cuando Ernesto lo achuchaba.

Se separó y lo miró por primera vez. Lo miró y lo vio. Tenía la cara llena de magulladuras, la ceja derecha le sangraba un poco, y el algodón que tenía tapando uno de los orificios de su nariz, estaba rojo oscuro. “Al menos eso quiere decir que ya no sangra”.

– Vamos al baño que te curo. Y te quitas esos andrajos en que se han convertido tus ropas y te duchas. A menos que quieras convertirte en mi sobrino negro.

Fue un intento de broma que apenas consiguió esbozar un amago de sonrisa en Arturo. Aunque quizás, lo mejor de todo fue el suspiro de alivio que Ernesto sintió en el joven.

Mientras se duchaba y se cambiaba de ropa, Ernesto preparó una merienda al gusto de su “casi quince” sobrino. Un buen chocolate a la taza, espeso, sabroso, con pan y mantequilla. A discreción. Incluso bajó corriendo a la panadería a por pan, que se le había acabado.

– Me he pegado en el patio.

Fue con el primer trozo de pan y mantequilla que se metió en la boca bien untado de chocolate. Con la mirada gacha, como se dicen las cosas cuando se tiene miedo de la reacción del que recibe la noticia.

Fue una pelea dura. A muerte. Un profesor vino a separarlos. Sin preguntar, arrastró a Arturo a su despacho, mientras al otro chico le llevaban a la enfermería.

– Me hizo sentar en una silla, en medio de su despacho. Y me dijo… que era un homófobo y un acosador.

El profesor habló mucho. No dejó que Arturo se expresara, ni siquiera pudo contar lo que había pasado, por qué por primera vez en su vida se había pegado con alguien. Parecía que se había pasado sus casi quince años pegándose con todo el mundo.

– Esto es una reacción contra tu tío y el escritor ese con el que está. Ese desecho que va por las televisiones mendigando que le compren un ejemplar de uno de sus asquerosos libros. No lo aceptas y lo pagas con ese pobre chico. Odias al escritor ese que va de programa en programa vertiendo insultos. Te aleja del amor de tu tío y de tu madre. Y echas en falta a tu padre. Un caso típico.

Se calló un instante, pero cuando Arturo fue a hablar, el profesor sentenció:

– Eres un marica reprimido, como ese escritor lame culos plagiador.

Arturo intentó explicar que eso no era cierto. Y que a ese escritor lo quería con toda su alma, que era la persona que mejor le entendía… Entonces el profesor insinuó que a lo mejor es que ese hombre con el que vivía su tío, “Ese traidor” abusaba de él y …

Arturo se levantó furioso. Se encaró con el profesor. Le explicó a voces, que el hombre con el que estaba su tío, su pareja, era la mejor persona del mundo, y que nunca se le ocurriría poner la mano encima de un niño. Ni de un niño ni de nadie. El profesor le mandó callar también a gritos. Tanto alboroto llamó la atención del director que entró en el despacho del profesor.

– Éste imbécil que me está diciendo que mi tío abusa de mí. Y ni siquiera me ha pedido una sola explicación de la pelea – Arturo lloraba al gritarle al director – Ernesto abusar de mí, será… mentiroso y … rastrero. – Arturo se puso la mano en la nariz para contener la sangre que volvía a manar a discreción.

– Te niegas, eres gay y te niegas. Porque odias los abusos… de ese…

Arturo no aguantaba más y se dirigió hacia la puerta. El profesor le gritaba para que no se le ocurriera salir de su despacho. Pero el director le contuvo.

– ¿Pero has visto al hombre patético ese paseándose por los platós de …?

No escuchó más. Corría por los pasillos. Salió a la calle y siguió corriendo. Llegó a la casa de Ernesto y se sentó un rato en un banco que había cerca del portal. Recuperó el resuello y subió a ver a Ernesto.

No le contó todo, aunque Ernesto supuso algunas cosas. Pero… Ernesto estaba en otros temas. Estaba comprobando todas las facetas de la estratagema que había inventado para que Germán le dejara. Incluso a veces se le aparecía la voz del chapero preguntando con cara inocente: “¿Por qué no lo dejas sencillamente?” Como si todo fuera tan fácil para Ernesto. Y todo el asunto de Arturo se diluyó en su cabeza. No supo estar con su sobrino en esos momentos. Ni supo actuar como tío o como amigo, o como lo que fuera.

Arturo se quedó triste. Pensó que su huida le traería consecuencias. Hubiera querido que alguien le acompañara, pero… Ernesto no estaba en esos días en el mundo de carne y hueso, salvo para largar a Germán con una treta del mundo de la lírica y del esperpento. Y a los demás tenía la impresión de que les importaba una mierda. Si su madre… muy ocupada preparando su nuevo viaje y quizás su nueva boda.

– No te has recuperado desde aquel día – pensó Ernesto en voz queda.

– Al final te has acordado – Arturo suspiro mientras se incorporaba lentamente.

Ernesto asintió con la cabeza.

– Tengo frío, tío – se rodeó el cuerpo con sus brazos.

Ernesto maniobró para que Arturo se sentara entre sus piernas y rodearlo asimismo con su cuerpo y brazos.

– Échate ese abrigo por encima, así estaremos calentitos.

– Estás tenso, tío. Lo noto. ¿Te duelen…?

– No te preocupes por mí, sobrino. Ahora voy a ser yo quién se preocupe por ti. Te fallé.

– Na, pero no pasó nada. Ese profesor no me volvió a decir nada. Y el director al día siguiente se hizo el encontradizo para charlar un rato y preguntarme por como estaba.

– ¿Y no te dijo nada de lo del día anterior? De lo del profesor, vamos. O de por qué… ¿Por que te dijo que eras homófobo? Y por qué dijo que si yo…

– Porque el chico con el que me pegué es homosexual.

– ¡Ah!

– Pero no me pegué por eso… no te pienses.

– Bueno, ya, me sorprendería mucho…

– Me robó. Varias veces. Y a Jenifer. Y otras cosas… que ahora no vienen a cuento.

– Esas otras cosas… me imagino que en alguna saldré de nuevo. Por eso lo del profesor con ese ataque furibundo contra “Ese desecho de la sociedad que es tu tío el escritor”. Le faltó añadir ese marica degenerado.

Arturo no contestó. Ernesto se sonrió con tristeza.

– Mas que insinuar que abuso de ti… – se paró un segundo y de repente gritó – ¡Ehhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh! – el eco retumbó por la escalera.

– ¡Qué grito has pegado, tío! – Arturo se levantó de un salto y se encaró con él – que va a bajar Germán y no quiero… no me mola tío, joder, es que… ya lo arreglarán no quiero…

– Es tu tío, aunque se enfade…

– No te enteras. No nos quiere, no le gustamos, odia a los niños…

– Y a las parejas.

– A algunas. Otras le duran muchos años, aunque sean clandestinas.

Otra vez esa sonrisa triste en el rostro de Ernesto.

– Lanzas la piedra y reculas, sobrino.

Arturo apartó la mirada de su tío.

– ¿Hay alguien ahí? – volvió a gritar Ernesto.

Pero otra vez, nadie contestó.

—-

Capítulo 24.

Joaquín entró en la habitación del Príncipe caminando con paso firme justo en el momento en que un desgarrador trueno rompió el silencio que imperaba en todo el castillo. María se levantó de un salto del diván en dónde se había echado a descansar apenas unos minutos antes.

– ¿Y los demás? – preguntó angustiada.

– Vienen en las escobas. Han tenido un encuentro con los esbirros del Fantasma negro.

Se acercó a la cama en la que yacía el Príncipe.

– ¿Cómo está?

– Igual – contestó María.

Se quedaron mirando los dos. Iban a decir que estaban más apagados, que eran menos corpóreos, pero los dos decidieron callar. Sabían que les quedaba poco tiempo. Que posiblemente lo único que les retenía ya en Mundo Maravilloso era el Príncipe. Cuando saliera de su estado de aletargamiento, fuera en un sentido o en otro, ellos se diluirían en la eternidad de la noche.

– No puede seguir así mucho tiempo. Debe…

– Puede estar así… meses, años. El hechizo del Fantasma de la Noche es muy poderoso – explicaba María – nada…

– Quizás Teresa tenga razón y con los mimos se contrarresten los efectos de ese hechizo. Teodoro se ha recuperado milagrosamente con unos cuantos besos dados con cariño.

María negó con la cabeza.

– Eso a lo mejor ayuda, pero… necesitamos todos nuestros poderes, y los de Ernesto sobre todo.

– Tomás es un mago poderoso y con mucha influencia en el Príncipe. Aunque él no lo sepa todavía.

– ¿¡No le habéis dicho quien es el Príncipe!?

Joaquín negó con la cabeza.

Un ruido desgarrador volvió a romper el silencio opresivo que entraba por el mirador.

– Las huestes de Germán, el Fantasma Negro se aproximan. Vienen con ganas de ganar esta partida. Se han cansado de esperar.

– María, somos poderosos. Venceremos. Vienen todos, Darío, Tomás, Teresa, Teodoro, Carmen, Kevin…

– Debes dejar partir a Kevin – María cambió de tema de repente. Pero quedaba poco tiempo, y debía decírselo. Quizás una hora después, fuera demasiado tarde.

– Lo amo, María – la voz de Joaquín se desgarraba al hablar de Kevin – Lo amo y él me ama.

– Debes dejarlo partir, Joaquín. Nuestros días están contados. Puede ser cuestión de horas. Porque lo amas, debes arreglar…

– Alguien debe cuidar de él – Joaquín se movía nervioso por la estancia.

– Ernesto, Tomás, Darío, y con un poco de suerte el Príncipe, se encargarán de él. Debe volver a vivir. Debe encontrar a otra persona, o si no, debe aprender a vivir él solo.

– ¡Rendíos o moriréis!

La voz salió de cada uno de los rincones del castillo. Los dos se quedaron quietos, sintiendo la presencia del Fantasma Negro. El Príncipe empezó a agitarse en su lecho.

– Dejad que el Príncipe parta hacia el abismo. Es lo mejor para él.

– Eso nunca. Es lo mejor para ti en todo caso, Germán, puto Fantasma Negro. Lo defenderemos con nuestras vidas – gritó desafiante Joaquín.

– Vuestras vidas no valen nada. Ja, ja, ja. Si sois en el mejor de los casos simples espectros.

– Eso ya lo veremos, Fantasma negro. Cuando lleguen nuestros amigos…

– Vuestros amigos no llegarán nunca.

Las ventanas se abrieron de golpe, empujadas por un viento casi huracanado. Joaquín y María apuntaron sus baritas hacia ellas, una por una y consiguieron cerrarlas. Miraron alrededor y comprobaron que toda la habitación estaba patas arriba. El Príncipe convulsionaba descontrolado en la cama. Sudaba.

– Príncipe – gritó María acercándose a la cama y acariciando suavemente su rostro.

– Teresa y los demás luchan fuera contra las los acólitos del Fantasma Negro. Debo ir a ayudarlos.

– ¡No! No te vayas… te necesito, ayúdame a … abracemos al Príncipe.

– No sé si será buena idea… si lo abrazamos a lo mejor nos lo llevamos con nosotros sin querer.

Se quedaron quietos mirándose. María se incorporó de la cama asustada mirando sus manos casi transparentes.

– Nos queda poco tiempo.

– Suena descorazonador, pero es la verdad – María agachó la cabeza para ocultar una lágrima trasparente que resbalaba por su mejilla – Casi somos …

– … trasparentes – acabó Joaquín la frase que María no pudo.

– Tuvimos una prórroga, no podemos quejarnos.

– Pero duele igual, ahora.

– Debes… sal y… ayuda a Kevin. Ya me encargo yo del Príncipe.

– Pero…

– Debes hacerlo, Joaquín. Él debe vivir. Debe amar de nuevo. No puede estar atado a ti toda su vida. Háblale y que lo entienda. Házselo comprender. Y si no, dile que vaya a ver al escritor.

– El escritor tiene bastante con lo suyo.

– El escritor le ayudará, lo sabes. Y Tomás, y… – se paró un momento para recomponer lo que quería decir – además el escritor necesitará su ayuda y la de todos. Y eso le hará bien, sentirse útil.

El aire pugnaba por volver a abrir las ventanas. Joaquín se puso una capa más abrigada y se colocó enfrente de uno de los miradores. Agitó la barita y murmuró unas palabras. La ventana se abrió suavemente pero el aire no podía entrar en la habitación.

– Y no minusvalores al escritor. Es capaz de llevar muchas historias en la cabeza, de preocuparse de mucha gente.Y de pisar a la vez suelo firme.

– Y de ninguno – exclamó Joaquín en tono escéptico.

– Y de mucha – insistió María dejando después que el silencio les acompañaran mientras conversaban a través de sus miradas.

– ¿Nos volveremos a ver? – preguntó triste.

María solo lo miró. No dijo nada. Él corrió un segundo hacia ella y poso sus labios sobre los de ella. La miró un instante y corrió de nuevo hacia la ventana.

– Has sido una buena amiga.

No esperó respuesta. Se giró, se montó sobre su escoba y salió volando. La ventana se cerró detrás de él, con la misma suavidad con la que se había abierto.

Se alejó unos metros del castillo y se paró a estudiar la situación. Vio la sombra oscura del Fantasma Negro arriba, en lo alto. De allí salían de vez en cuando rayos negros acompañados de truenos atronadores. Debajo de su sombra, pequeños rayos surcaban el cielo en todas direcciones. Entre las nubes, de vez en cuando veía pasar a alguno de sus amigos, que luchaban contra los secuaces del Fantasma.

– No Kevin, no.

Teresa miraba hacia abajo. Kevin se perdía camino del suelo. Un fantasma le había alcanzado en un costado, perdiendo su estabilidad y sus fuerzas. Caía sin remisión hacia abajo. Teresa lo miraba desesperada porque no podía hacer nada. Estaba siendo atacada por al menos 5 fantasmas.

– Yo le ayudo – gritó Joaquín.

Y dirigió su escoba en picado, siguiendo la estela de Kevin. El aire soplaba fuerte cambiando de dirección cada poco. Apuntó su barita hacia su amigo en un vano intento por detener la caída. Pero al menos, consiguió disminuir la velocidad a la que se precipitaba al vacío. Él en cambio, aceleró lo más que pudo su escoba. Pocos metros lo separaban ya de él. Alargó la mano y consiguió agarrar su capa. Agarró con fuerza su escoba con las piernas para poder soltar las dos manos, y con la otra apuntó la barita para conseguir crear una burbuja a su alrededor que los protegiera al menos un tiempo, de los posibles ataques de sus enemigos y de los elementos meteorológicos que habían desatado.

Al cabo de un rato de esfuerzos, pudo incorporarlo y sentarlo en su escoba.

– Kevin, Kevin, reacciona.

Pero Kevin seguía con la mirada ida, llena de dolor y de desesperanza.

Volvió a agitar la barita y pronunció una frase ininteligible. En la burbuja empezaron a crecer todo tipo de árboles llenos de verdor. Un riachuelo empezó a correr de lado a lado y el suave run-run del agua llenó el silencio de ese mundo recién creado. El suelo se tamizó con un césped que invitaba a sentarse y disfrutar de la cesta de camping que había aparecido, junto con una manta de colores, una cubitera con una botella de cava metida en ella y dos copas largas que la flanqueaban.

Las escobas cayeron al suelo y con un pequeño salto, los chicos estaban apoyados sobre ese nuevo mundo sobrevenido. Joaquín cogió del brazo a Kevin y lo condujo suavemente hacia la manta y la cesta de picnic.

– Te he preparado tus emparedados favoritos, esos que siempre le pedías a tu madre que comprara por Navidad en El Corte Inglés.

– Estás muy pálido – lo dijo mirándolo de reojo.

Kevin lo miraba y se sentía desfallecer. Lo miraba y casi ya no podía verlo de lo transparente e incorpóreo que se había convertido. “Se está yendo, lo voy a perder”.

– Vamos, sentémonos y comamos. ¿Descorchas la botella? Sabes que a mí se me da muy mal. La última vez casi saco un ojo a mi padre.

Joaquín mientras, agitó de nuevo la varita y curó las heridas del costado de Kevin. Eran de todas formas heridas superficiales… Seguro que lo que le había hecho caer a Kevin era el “conjuro de la verdad dolorosa”.

– Mira este emparedado de cangrejo. Es estupendo. Es tu preferido.

Sonreía mientras le ofrecía el sandwich. Kevin no se resistió más y se agachó y le pegó un mordisco sin cogerlo él.

– Coge, anda, que no te va a pasar nada. No me voy a desintegrar si me tocas.

– ¿Te vas…?

No pudo acabar la frase. Quería confirmar, necesitaba que le dijera que se iba, que esta iba a ser la última vez que iban a estar juntos.

– Otros no han tenido esta oportunidad que nosotros sí – volvió a sonreír mientras lo miraba fijamente. – Pero no puedo quedarme más, además… no sería bueno para ti.

– Yo no puedo vivir sin ti, no puedo…

Kevin no acabó su frase y se echó a llorar, tapándose los ojos con su brazo.

– Come el emparedado, que está de muerte.

Kevin, sin quitarse el brazo de la cara, dio otro mordisco al bocadillo. Joaquín le tendió una de las copas de cava .

– Brindemos por nosotros. Ha sido bonito.

– Pero corto.

– ¿Podemos hacer algo al respecto? – Kevin iba a decir algo, pero Joaquín le interrumpió – No, lo sabes, no podemos hacer nada. Así que hay que tirar adelante. Necesito que vuelvas a vivir tu vida; tu vida, no la nuestra.

Kevin miraba a la manta de colores sobre la que estaba recostados. Jugueteaba con la copa de cava y repasaba los dibujos con la otra mano.

– Debes ir a ayudar al Príncipe. Y al escritor.

– ¿Y tú?

Sonrió con tristeza. Kevin comprendió que ya no tenía fuerzas. Joaquín apenas era un dibujo sobre el mar de colores que hacía de decorado de su picnic improvisado.

– El Príncipe… –

– Depende de vosotros. De Tomás, del escritor. De ti. De Jenifer. Y de los demás de “Mundo Maravilloso”.

– Por nosotros.

Kevin levantó su copa hacia la de Joaquín y la chocó con la suya. Lloraba, pero esta vez sin perder las fuerzas ni la decisión. Joaquín sonrió y bebió un sorbo de cava sin dejar de observar a su novio. Tenía la intuición de que conseguiría volver a vivir. Dejó de hacerlo el día del accidente. Trágico día 24 de diciembre. Muchas vidas se vieron truncadas esa mañana. La de Joaquín fue una de ellas. Kevin cayó en la desesperación. Apenas pudo comer ni levantarse de la cama durante muchos días. Intentó acompañar a su novio, pero su hermana estuvo atenta y se lo impidió.

– ¿Quién fue el que me dijo… lo de “Mundo Maravilloso”? – de repente aquel señor hermoso de la planta de psiquiatría a dónde le llevaron después del segundo intento, le pareció algo… irreal.

– Se llama Gabriel. Es amigo de una amiga mía, Irene. Me hizo el favor. A mí no me escuchabas. Ni al Príncipe. Ni escuchabas a Roberto; ni al escritor, que intentó llevarte varias veces.

Sonrió enigmático. Supo inmediatamente que algo no cuadraba, que le estaba mintiendo en algo, o al menos no le decía toda la verdad. Pero le dio igual. Soltó la copa y se lanzó a buscar los labios de su novio. Joaquín lo recibió con los brazos abiertos. Por alguna causa, aunque se habían visto en Mundo Maravilloso, nunca se habían besado, apenas se habían tocado. Pero era su última oportunidad. Casi no tenía consistencia, apenas pudo reconocer su sabor, ni su textura, pero era uno de sus besos, esos que tanto añoraba, como su mano entrelazada con la suya.

Un trueno rompió la tranquilidad. El sol se cubrió de nubes negras, llenas de rayos, de lluvia, de dolor y tristeza. Joaquín miró la burbuja y apenas tuvo tiempo de separarse de Kevin, cuando todo se vino abajo.

– El Príncipe – apremió Joaquín.

Y se diluyó con la lluvia que empezaba a caer con fuerza.

Kevin sacó su barita. La movió de abajo a arriba pronunciando unas palabras. Y todo lo que había a su alrededor desapareció.

Kevin permanecía ingrávido sobre la nada. Levantó el mentón dándose fuerzas, se permitió una última lágrima. Miró a su alrededor, buscando algo que él no sabía determinar. Quizás buscaba un camino, quizás se buscaba a sí mismo. Volvió a mover la barita, y dónde hacía un instante estaba él, buscando, solo había vacío. Pero justo en el momento en que desapareció, y antes de que un estruendoso y espeluznante trueno sonara, se oyó una voz que dijo:

– Te quiero, Kevin. Por toda la eternidad.

—-

Capítulo 25.

Ernesto apartó el iPad. Echó la cabeza hacia atrás pegándola a la pared del ascensor y dando suaves golpes en ella. Le dolía el costado y le molestaba el resto del cuerpo a causa de las posturas extrañas que había tenido que adoptar para seguir escribiendo con su sobrino recostado sobre su pecho. Arturo respiraba tranquilo. Parecía que seguía durmiendo, aunque Ernesto no se fiaba. Las piernas le empezaban a dar calambres. Poco a poco fue apartando a su sobrino y lo recostó sobre su bandolera. Lo tapó de nuevo con el abrigo y le dio un beso en la mejilla.

Se puso de pie con esfuerzo y empezó a desentumecer las piernas. Luego comenzó a caminar los dos pequeños pasos que le permitía el tamaño del ascensor. Su cabeza era un hervidero. Sentía que su próximo destino era enfrentarse a la gente, eso que tanto odiaba y lo que había evitado hacer durante toda su vida. A la gente y a la vida en general. No podía seguir viviendo solo en y para su “Mundo Maravilloso”.

El peso de la vida, de repente, le hundió los hombros. Le hundió el ánimo. Tenía ganas de golpear con sus puños las paredes de su cárcel. Paredes levantadas con cuidado por él mismo en lo que él creía que iba a ser su salvación y se había convertido en su condena. Y todo por los niños, por el guión que alguien había escrito para él y el reto de los personajes que lo circundaban.

– Estás a tiempo de que la cadena perpetua sea condonada.

Lo murmuró en tono dramático.

– Es que esto es dramático – volvió a murmurar. – Puro dramatismo.

Sus hombros se hundieron un poco más.

Pensó en salir corriendo. Su espalda recupero la verticalidad y la prestancia. “Eso es, que le den a todo”. Pensó en dejarlo todo, dejarlos a todos sin mirar atrás. Incluso pensó en renunciar a su profesión, a su pasión, que era escribir, que era crear esos mundos ficticios en los que los demás pudieran perderse y olvidarse de sus problemas, de sus miserias, de su dolor; como él mismo hacía. “Trabajaré de obrero en una fábrica, sin levantar la cabeza, sin soñar”. Lo pensó un instante, pero vio removerse inquieto a Arturo en el suelo, y sus hombros volvieron a hundirse otra vez por la vida y su peso.

Gritó para sí, desesperado. Maldijo el día en que esos niños aparecieron en su vida y se convirtieron en algo imprescindible. Entraron en su corazón, cosa que nadie había hecho nunca. Ni siquiera Germán al que había dedicado algún que otro soneto en sus primeros meses, loando su amor por él, sus virtudes innegables y mil sandeces más, y las mariposas que con solo pensar en él, volaban sin descanso por las arterias de su cuerpo. Una ilusión que logró levantar a base de tesón y de mantener los ojos y los oídos cerrados. Pero llegado ese momento, ahí en el ascensor, determinando el camino a seguir, debía reconocer que, lo mismo que Germán nunca había estado enamorado de él, él mismo, nunca había sentido nada… nada por su novio. Solo fue la niebla que le protegió de los fantasmas que rondaban el ánimo desde que tuvo uso de razón.

– Otra mentira más en mi vida. Una mentira al menos al día. Voy a patentar la frase. Me haré de oro. “Pon una mentira al día en tu vida. O dos”. “Al día, una mentira en tu vida”. “Tu vida en una mentira”.

No le convencía ninguna de las versiones. “Ya pensaré en ello.”

Arturo volvía a estar inquieto. Ernesto se arrodilló y rozó su mejilla con el dorso de su mano.

– Estoy aquí, no me he ido, estoy contigo, pibe.

Sonrió, porque sabía que a su sobrino le fastidiaba que le llamara “pibe”. Como a él le fastidiaba lo de “tronco”. Se lo imaginó levantándose como un basilisco y echando espumarajos por la boca. Tardes de lluvia sentados sobre la alfombra de casa, leyendo todos, o jugando al Cluedo, o al parchís, picándose a base de “troncos” y “pibes”. Tomás e Irene les miraba resignados a esas batallas eternas, solo rotas por planes irresistibles propuestos con vehemencia por alguno de ellos, y que conseguían que todos corrieran al cine, o a la pizzería, o al parque a jugar a las canicas entre las montañas de nieve.

Pero esta vez el “pibe” consiguió que de nuevo, Arturo se relajara y dejara de moverse inquieto. Eso sí, no se levantó a echárselo en cara.

Ernesto se levantó de nuevo para desentumecer completamente sus piernas, para relajarlas del todo y poder sentarse de nuevo a acabar la historia.

– Esta es la vencida, todo debe acabar. Ahora. Hoy. Bien o mal, pero debe acabar.

– Joder, ya era hora, tío, que pesaooooooooo.

Arturo ni siquiera abrió los ojos. Mientras Ernesto se sentaba a su lado, él se incorporó un poco, lo justo para acomodar la cabeza en la pierna de su tío, y apartar la bandolera.

– Jodido pibe.

El chico le enseñó el dedo corazón con decisión, a la vez que con el brazo libre abrazaba la pierna de su tío. Tragó saliva, y volvió a quedarse dormido.

.

– Te odio, tío.

Germán cogía a Tomás de un brazo y lo agitaba de delante a atrás.

– Te aguantas, jodido. Tu madre no está, así que no te queda otra. Y olvídate del idiota de Ernesto, olvídate porque no lo vas a ver en la vida. ¿Me oyes? En la vida. Se acabaron las tonterías contigo. Vas a hacer lo que a mí me de la gana, que soy tu tío. Estás solo conmigo.

– Te odio y me odias. Como odias a Arturo y a todos a los que no entiendes.

– Estúpido crío, di lo que te de la gana…

Tomás dio un manotazo y se soltó de su tío.

– Tomás, ni se te ocurra, no vas a volver… ¡¡Tomás!!

Pero Tomás no se paró ante las llamadas de su tío. Corrió escaleras abajo y salió a la calle. Casi ya anochecía. Corrió sin pensar a dónde le llevaban su huida. Su intención era poner la mayor distancia posible entre su tío y él. “Lo odio, lo odio, lo odio”, se repetía mientras las lágrimas corrían por sus mejillas para perderse en el suelo que lo veía pasar a velocidad de vértigo.

Llegó un momento en que se sintió desfallecer. El aire no le llegaba a los pulmones, por más que intentaba respirar más deprisa. Se paró y se dobló por la cintura, apoyándose en sus rodillas, que apenas lograban sostenerlo. Una luz se aproximaba con rapidez, y el sonido de un claxon lo acabó de desorientar. Levantó la cabeza y vio dos faros aproximándose, y el ruido de la bocina cada vez más cerca. Quiso empezar a correr de nuevo, pero sus piernas no le respondían, y sus pulmones apenas recibían el oxígeno necesario. El sonido del claxon fue sustituido poco a poco por el de los frenos que intentaban detener la furgoneta a tiempo de no llevárselo por delante. Pero el vehículo seguía acercándose irremisiblemente. No había espacio.

– ¡¡Esmiralión!!

Un torbellino lo envolvió y una mano lo agarró de su abrigo. Tomás giraba al ritmo del aire mientras gritaba asustado.

– Vamos, el Príncipe te necesita – Roberto lo miraba apremiante – no puedes quedarte ahí como un pasmarote. Y de nada, es mi misión, vigilar a los del “Mundo Maravilloso”, para que no hagan tonterías. El escritor me nombró.

– ¿Dónde está? Lo necesito.

– Ahora es más importante el Prínc… ¡Cuidado!

Roberto lo empujó para tirarlo sobre el suelo de nubes blancas sobre el que estaban apoyados, mientras él mismo se tiraba al suelo pero hacia el otro lado. Un rayo negro pasó entre ellos, estrellándose en el suelo y abriendo un enorme boquete que los separaba.

– Es el mismo Fantasma Negro el que nos ataca. Vete al castillo a defenderlo; mientras yo despistaré al malvado.

Tomás le hizo caso sin pensar en que hacía un rato le faltaba la respiración ni que había estado a punto de ser atropellado por un coche. Sí que quizás durante unos segundos se le pasó por la cabeza que a lo mejor, todo había acabado en esa calle, cerca de ningún sitio, atropellado por una furgoneta de un pintor de brocha gorda que volvía de ayudar a la mudanza de su cuñado.

– ¡¡Vamos!! – insistió Roberto. – ¡Apresúrate! No tenemos todo el día.

Tomás montó en su escoba, hurgó en el bolsillo de su chaqueta, sacó su gorra azul descolorida, se la puso en la cabeza con la visera hacia atrás y salió disparado hacia el castillo del Príncipe. Los acólitos del Fantasma Negro, continuamente le disparaban rayos negros que apenas acertaba a esquivar. Zigzagueaba continuamente, aunque no podía evitar que alguno de los rayos impactara cerca de él y desestabilizara su carrera.

– Aquí estoy – Teresa apareció a su lado, y sentada al revés en al escoba, mirando hacia atrás, iba lanzando ella misma rayos rojos, que atravesaban el cielo en busca de sus enemigos.

– El castillo – gritó Tomás.

– Di a María que abra el mirador.

– Deberemos crear una burbuja protectora, para que…

– No te preocupes, me ocupo de ello.

– No lo conseguiréis, el Príncipe morirá de todas formas.

El cielo se oscureció completamente como consecuencia de la llegada del Fantasma Negro. Solo él era capaz de anular la luz de esa forma.

– Yo me ocupo de él, entrad vosotros.

– ¡Kevin! Qué alegría – saludó Teresa – Creía que habías caído en la lucha.

– Ya ves – dijo lacónico – he estado en otras cosas. ¡Vamos! Entrad.

Kevin se paró dando la espalda al castillo, y agitó la barita con decisión, incluso con furia, apuntando al cielo. Una gran burbuja protectora fue naciendo de ella y cubriendo esa parte de la fortaleza.

– Rápido, no lograré contenerlos mucho tiempo.

Teresa y Tomás se apresuraron y entraron por el mirador. María cerró rápidamente las puertas del balcón y bajó las persianas.

– Está muy débil.

Teresa se precipitó al lecho en donde reposaba el Príncipe. Tomás en cambio se quedó como paralizado al pie de las ventanas. Cientos de rayos empezaron a impactar directamente sobre el edificio. Pequeños trozos de escayola se iban desprendiendo de las paredes y de los techos. Tomás hizo un hechizo para reforzar las defensas del castillo, pero apenas conseguía nada. Era tanto el poder de las fuerzas del mal, que miró impotente a María y Teresa. Ahí se dio cuenta de que María apenas era una sombra transparente, incorpórea. La miró interrogándola, aunque sin atreverse a preguntar directamente.

– Mi tiempo acaba, como el de Joaquín.

– ¿Me llamabas?

Joaquín estaba todavía más débil. Rodeó con su brazo la cintura de María, y aunque era patente que las fuerzas le abandonaban, en su mirada había una luz que indicaba triunfo. María lo entendió y lo besó en la mejilla.

– Estará bien, ya lo verás.

– Lo quiero tanto…

– Tu fuerza lo acompañará, verás.

– Tomás, acércate. Formemos con nuestras varitas unos arcos de protección.

Corrió hacia la cama y se puso al lado contrario al que estaba Teresa. Miró al Príncipe, y no pudo evitar un grito de sorpresa y angustia.

– ¡Es Arturo! ¡Mi hermano!

Pero no dio tiempo a nada más, porque hubo una enorme explosión debajo de ellos que hizo temblar las paredes y el suelo. Todo vibraba y les hizo perder el equilibrio, cayendo al suelo. Apenas tuvieron tiempo de protegerse de los cascotes y escombros que les llovían por doquier.

El suelo empezó a resquebrajarse. La cama del Príncipe se inclinó, primero a la derecha, para después nivelarse de nuevo, pero unos centímetros por debajo del suelo. Hasta que un enorme boquete se abrió debajo de ella, precipitándose al abismo.

– ¡¡Arturo!!

Tomás apuntó la barita por el agujero, pero no tenía poder suficiente para detener su caída a los infiernos.

– Ahí no le puedes ayudar, si es necesario, nosotros le ayudaremos si necesita encontrar el camino.

Diciendo esto, María y Joaquín se precipitaron por el agujero tras el Príncipe.

Tomás grito una y otra vez el nombre de su hermano.

– No, tú no, eres lo único que me queda…

Solo se escuchaba ahora en el castillo el llanto desgarrado de Tomás. Los fantasmas negros se habían retirado triunfantes. El sol brillaba en lo alto. Incluso se podía escuchar a algún pájaro cantando.

Kevin, Teodoro, Teresa, Roberto, Darío… todos rodeaban a Tomás, impotentes ante el desgarro del alma de su amigo. Darío se decidió, con lágrimas en los ojos, a acercarse a él y apoyar la mano en su hombro.

– Confía en el escritor – susurró.

Tomás levantó su mirada llorosa. Mirada llena de odio hacia el mundo, y de incredulidad ante la afirmación de su amigo.

– ¿Dónde está? Llevo días llamándolo y no responde – escupió, más que dijo Tomás – Es un mentiroso.

Y Tomás volvió a esconder por enésima vez su cara entre sus brazos, para poder llorar a gusto.

Darío intentó…

.

– ¡Joder!

Arturo se levantó de un salto, pegándose a la pared. Lo mismo hizo Ernesto, soltando su ipad.

– ¿Qué ha sido eso? Parece que se ha movido.

– Serán los técnicos que vienen a arreglarlo.

Otra vez se movió, cayendo unos centímetros.

– Joder, tío, estoy acojonado.

– Ven, ven, acércate – Ernesto estaba paralizado.

Pero volvió a caer, esta vez más. El ascensor se balanceaba en el vacío.

– ¡¡Eh!! ¡¡Estamos aquí!! – gritó Ernesto.

Se calló un segundo intentando escuchar una respuesta.

– ¡¡Eh!!

– ¡¡Ahggggggggggggggggggggggggg!!

El grito cambió. Pasó de ser una llamada de atención, a convertirse en un grito lleno de miedo y ansiedad. Ernesto y Arturo se buscaron con la mirada. Se dijeron muchas cosas en esos escasos segundos en que el ascensor tardó en estrellarse contra el fondo, llenando de oscuridad y silencio sus espíritus.

—-

Capítulo 26.

Ernesto se revolvió en el suelo. Poco a poco iba recuperando la consciencia. Intentó moverse y aunque lo hizo muy despacio, tuvo que parar para contener las náuseas que le producían el dolor en las cervicales. Y la cabeza le daba vueltas y vueltas.

Empezó a controlar la respiración. Hizo pequeños movimientos de sus hombros, para intentar relajarlos o al menos encontrar un punto en el que el malestar se mitigara. Movió muy despacio las piernas, doblándolas, para intentar ponerse en una posición que le permitiera, primero ponerse de rodillas y luego, incorporarse.

Al moverse, aunque lo hizo muy despacio, notó que tenía algo encima del cuerpo. No acertaba a determinar que era y eso le estaba poniendo muy nervioso. No lograba centrar la mente ni ubicarse para determinar su situación. Siguió respirando despacio e intentando a la vez relajarse, haciendo esfuerzos por rememorar lo que le había llevado a esa tesitura.

Recordó algo de una lucha en un castillo. Recordó un ascensor que caía. Recordaba a sus sobrinos, a Tomás subido en una escoba y a Arturo a su lado, en el ascensor. Arturo escribía y hablaban los dos. Todo era muy confuso. El castillo caía sobre sus cabezas, una cama se precipitaba al vacío, a la vez que el ascensor. En la cama también iba Arturo, y en el ascensor… Unos gritos, un chico que se llamaba Kevin, y la noche… noche cerrada, opresiva, llena de terrores, de malos de película, Cenicienta y su zapatito de cristal perdido al subir a la calabaza tirada por unos ratones.

Escuchó unas voces. Quería gritar, pero recordaba lo que le decía su sobrino: “Qué luego viene el tío Germán y se enfada”; “Nos odia, no le gustamos, tío.”

Ernesto intentaba ayudar a su sobrino, intentaba llegar hasta dónde él estaba y decirle que no era… que la noche… que todo se arreglaría, que su tío Germán… que no los odiaba, que él estaba allí y que se ocuparía de todo. Pero no lo vio, no vio a su sobrino.

– ¡Arturo!

Lo dijo en voz queda, para no llamar demasiado la atención. Pero nadie respondió.

– ¡Arturo!

Gritó un poco más, aunque tenía la boca seca y le costaba hablar. Se puso nervioso e intentó moverse otra vez, pero de nuevo las cervicales le lanzaron un aviso de que se estuviera quieto, si no quería volver a aterrizar en el suelo con dolor.

– Respira, inspira, expira, respira, o como coño se diga, joder, no puede ser…

– Señorito Ernesto.

Alguien lo llamaba. La voz le parecía conocida. Una mujer que ya no era joven, con su carácter. Decidida y resolutiva.

– ¡Señorito Ernesto!

La señora subió el volumen de su llamada. Quiso gritar para llamar su atención, pero algo le retenía… empezó a palpar con sus manos eso que tenía encima y que empezaba a agobiarle.

– ¡Señorito Ernesto!

La luz se encendió y ahí estaba ella. La vislumbró un momento antes de tener que cerrar los ojos de nuevo ya que el brillo de la luz le hizo daño en la vista.

– Doris – llamó casi llorando Ernesto.

– Qué desastre, esto es una leonera, señorito Ernesto. Pero ¿Qué hace en el suelo? Huy, si tiene sangre – Doris se arrodillo con dificultad, los años y su peso no la ayudaban – Déjeme ver, señorito Ernesto, y … espere que le quite la silla de encima…

Intentó moverlo pero un grito de dolor de Ernesto la detuvo.

– ¿Las cervicales otra vez?

Doris metió sus dedos en el cuello, primero palpando, y luego, cuando encontró lo que buscaba, se preparó.

– Ya sabe que le va a hacer un poco de daño.

– No, no, no, Doris, no, de esa forma no…

Pero no pudo seguir, porque Doris hizo lo que tenía que hacer y que tan bien le salía, aunque dolía.

– ¿Mejor no? Es usted como un niño, así de quejica – le lanzó una mirada de madre gruñona pero adorable, sin poder esconder un inmenso cariño.

Doris se levantó otra vez con dificultad, mirando a su alrededor.

– No se mueva, espere un par de minutos, y luego vaya al baño, que hasta huele mal. Pero ¿Como se ha podido caer de la silla de esa forma? Y todos estos papeles que están desperdigados por la habitación… madre de Dios, que desbarajuste.

Se puso al otro lado de Ernesto, que seguía tirado en el suelo, ahora hecho un ovillo. Otra vez se agachó, sin pensar en el esfuerzo que implicaba. Le cogió la barbilla y le miró los ojos.

– Señorito Ernesto, lleva mucho tiempo sin dormir en condiciones. Le ayudo a irse a la cama… si lo sabré yo que lo conozco como si lo hubiera parido.

– No, no… debo saber… estoy… confuso. Arturo…

Se incorporó de un salto sin acordarse de sus cervicales. Cuando estuvo sentado en el suelo, recordó y se quedó quieto esperando un latigazo en el cuello que se repartiera por todo el cuerpo, y que al llegar al estómago hiciera que se mareara y le entraran náuseas. Pero nada de eso ocurrió. Sonrió y miró a Doris.

– Eres chupi piruli, Doris.

Se estiró hasta poderla coger la cabeza entre sus manos y darla un beso en los labios.

– Señorito Ernesto, que me pone colorada. Qué atrevimiento. Si mi marido nos viera.

– Va, ya sabes, le dices que soy de la otra acera y que no hay nada que hacer conmigo. Qué tú quisieras pero que yo… soy uno de esos del aceite.

– ¡Ah! – Doris no hizo ni caso de las chanzas de Ernesto – Casi se me olvidaba, me he encontrado a alguien en la puerta, sentado y desesperado porque no le abría nadie. Está en el salón.

– ¿Quién…?

Ernesto dio los dos pasos que le separaban de la puerta, y de un salto, recorrió el pequeño trecho de pasillo que lo separaba del salón. Allí lo vio… sentado en el suelo.

– Tomás.

Abrió los brazos para que el chico saltara sobre él, como siempre hacía. Pero el niño apenas lo miró y se quedó en donde estaba. Ernesto cerró los brazos sobre su cuerpo, como si tuviera que disimular ante un auditorio el chasco que le había producido que su sobrino no saltara sobre él y le comiera a besos, primero de un lado y después del otro. Se fue acercando poco a poco a él, estudiando hasta que punto estaba enfadado o el rechazo que le podría provocar.

– El tío Germán dice que no nos quieres, que por eso no has ido a ver a Arturo, y que nunca nos has querido, que todo era porque querías retenerlo y que en realidad nos odias, y que no te gustamos, y que no te vas a quedar con nosotros como quería mamá… que estás en tus mundos y que este mundo te la trae floja. Que no vales para nada. Que eres un fracasado. Un perdedor.

Ernesto se sentó primero en el tresillo, al lado de Tomás, aunque éste estaba sentado en el suelo. Jugueteó con el pelo de su sobrino durante un rato. Al principio, Tomás parecía que quería apartarlo, pero poco a poco dejó de hacer gestos para quitarle la mano a su tío. Fue el momento en que Ernesto se decidió a sentarse en el suelo al lado del joven.

– Señorito Ern…

Doris había entrado como un torbellino en el salón. Pero al ver la situación se paró en seco.

– Bajo a comprar algunas cosas – dijo a toda prisa como excusa para dejarlos solos.

Ernesto asintió sin hacerla mucho caso, hasta que se acordó de algo fundamental.

– Doris, Doris – se levantó de un salto – espera, que no tengo un pavo, no…

– Tranquilo, eso está arreglado.

Ernesto asintió despacio sin saber que decir. Debería preguntar, pero no sabía por dónde empezar, porque ya era inexplicable que esa mujer hubiera aparecido de improviso y con las llaves de casa. Eso en realidad no era inexplicable, porque nunca le había pedido que le devolviera las llaves, cuando tuvo que decirla que no la podía pagar. Doris se giró para salir de casa, y al cerrar la puerta le guiñó un ojo.

– Hace un día espléndido. La primavera está en su apogeo. Debería salir a la calle a ver si recupera un poco el color.

Casi cierra la puerta cuando la vuelve a abrir solo un momento:

– Salir de día, claro. Qué de noche ya sabemos que sale.

Ernesto se volvió hacia su sobrino, que seguía sentado en el mismo sitio, mirando hacia delante.

– Dice que no eres capaz de cuidar a nadie, ni a ti mismo.

– Y él ¿Es capaz de cuidar a alguien? ¿Es capaz de entender a alguien que no sea a él mismo?

– A su novio.

Ernesto sonrió al ver al pequeño morderse el labio y como giraba su cabeza de medio lado para ver su reacción.

– Igual que Arturo, tiráis la piedra…

– ¿Igual que Arturo?

– No me mires con esa cara, que no estoy loco. Sé lo que me digo. Y si no olvidaras lo que hablamos, tú lo sabrías. Germán te ha comido el coco.

– Lo odio, lo odio con todas mis fuerzas. No… es un odioso, y un… – se estaba poniendo nervioso porque no encontraba las palabras. Ernesto se sentó enfrente suyo, al estilo indio, y le cogió sus manos entre las suyas.

– Estás conmigo, y no te debes poner nervioso. Antes ya no te ponías nervioso.

– Pero ya no estás…

– ¡Eh! – Ernesto levantó el mentón a la vez que se levantaba del suelo girándose hacia un lado y apoyándose en esa mano. Se subió de un salto a la mesa de madera que había en el centro del salón y abrió los brazos hacia arriba, estirándolos todo lo que pudo – Aquí estoy de nuevo. ¿Me ves? ¿O me tengo que subir más alto? La televisión, me subo a la…

– Tío, que ya te veo, no hagas el tonto, si además no tienes televisión.

– Ya soy yo bastante televisivo.

– Jo, no fastidies, que palo.

– Otro que no apoya mis incursiones televisivas.

Tomás lo miró interrogando.

– Nada, me vas a decir que estoy loco, así que me callo. Me apena que olvidaras tan pronto todo lo que aprendimos juntos. ¿Mundo Maravilloso?

– Eso es una chorrada, es un sueño.

– ¿Ah? ¿Y la gente que conociste ahí? ¿Y tus aventuras? Si es un sueño ¿Cómo sé todo lo que ha ocurrido allí? Tu aventura en el Consejo de Administración, o cuando volabas sobre la escoba e ibais a luchar…

– Son un sueño, – interrumpió Tomás con vehemencia – me lo dijo… – se detuvo, porque sabía que no le iba a gustar a Ernesto.

– ¿Le contaste a Germán?

– Es que me… obligó. Y me dijo que era todo cuentos, que si me quería convertir en un inútil como tú. Alguien ridículo. Y que ademas no vende un libro.

– Eso no es cierto.

La puerta se había abierto de nuevo sin que se dieran cuenta ninguno de los dos. Delante de Doris y sus bolsas repletas, entraba una mujer decidida y vestida con ropas de ejecutiva. Llevaba un maletín en la mano y una sonrisa en la cara, aunque la sonrisa era tan circunspecta como el traje y el maletín.

– Tu tío en las últimas semanas ha vendido una enormidad.

– Dale un beso a Rosa, anda.

Tomás se levantó y besó a la mujer, mientras Ernesto se bajó de la mesa y la besó también.

– ¿Qué haces aquí?

– Recibí tu correo. Y vengo a recoger los papeles que me dijiste. Y a poner orden en toda tu vida legal, como me pediste en el mail.

– ¿Mail? – No recordaba haber enviado ningún correo.

– Da igual, no esperaba que recordaras nada, con lo poco que duermes, ya me han contado – dijo enigmática, como si Ernesto supiera de que iba.

– Debo hacer…

– Debes irte sí, ya es la hora. Aunque mejor te afeitas y te pegas una ducha… – se acercó a él husmeando – ¿Hueles? Nunca habías llegado a este extremo.

– No, Señora Rosa, es la casa. Ahora lo soluciono, tranquila – Doris se acercó a la ventana y la abrió de par en par.

– ¡Qué hace frío!

– Al baño. Y el niño a la cocina, a desayunar. Y luego Vd. también. – dijo mirando a Ernesto. Lo hizo de una manera, que a ninguno se le pasó por la cabeza en ningún momento desobedecer las órdenes de Doris.

– No te olvides de lo que tienes que hacer.

– ¿Eh?

Rosa lo penetró con su mirada.

– La fiesta.

– ¡Ah!

– Debajo de la ducha te acordarás. Yo me llevo esos papeles y me pongo con el tema – Se giró en dirección al aparador del hall. – Y no pierdas la serenidad, no discutas, no te pelees con él, que diga lo que le de la gana, recuerda que…

– Vale, vale, ya recordaré lo que deba – Ernesto estaba empezando a sentirse molesto por tanta recriminación, aunque no recordaba nada de lo que Rosa le decía.

– Ten, y relee tus propias instrucciones – Rosa volvió sobre sus pasos, abrió el maletín y sacó dos folios – Es tu correo. Quédatelo, tengo otra copia. Chao.

Y saludó con la mano sin girarse. Cuando ya estaba saliendo, se acordó y volvió a entrar de nuevo y esta vez sí, cogió unos papeles en el aparador.

Doris salió del salón camino del cuarto de Ernesto. Éste se sentó en el sofá y apoyó los folios en la mesa, recostándose en el respaldo. Tomás se acercó a él y se puso a leer los folios. De repente miró a su tío con luz nueva en los ojos, aunque no dijo nada. Salió hacia la cocina, de repente se había dado cuanta de que tenía hambre.

Ernesto suspiraba. Se quedó pensativo un buen rato. El tiempo pasaba sin darse cuenta. Su ánimo subía y bajaba cada dos minutos. La mañana había empezado un poco loca y estaba perdido. Menos mal que las cervicales ya no le dolían, aunque notaba un poco magullado el hombro. “La bruta de Doris”, se dijo meneando la cabeza.

Sonó la musiquita de su móvil, indicando un mensaje.

Todo está en marcha, he llamado a todos los que decías. Solo queda que hagas tu parte. Arreglado lo de los niños. Rosa”.

Ernesto dejó despacio el móvil en la mesa. Tenía levantada las cejas. Estaba empezando a preocuparse, porque no recordaba nada. Cogió despacio el correo que le había dado Rosa y que Tomás había dejado en el sofá.

– Voy a hacer al niño un zumo – Doris pasaba camino de la cocina; miró a Ernesto con el correo y con cara de susto. Movió la cabeza de lado a lado, negando, pero sonriendo – Voy Tomás, ahora te hago el chocolate.

Ernesto comenzó de nuevo a leer el correo que supuestamente había enviado el día anterior a Rosa.

Querida Rosa:

Ha llegado el momento de tomar las riendas. Además de mi representante y de mi abogada, eres mi amiga, te pido que me ayudes. Quiero quedarme con los niños, y zanjar de una vez el tema de Germán.

Te cuento lo que he pensado que hagamos.

…”

Cuando acabó, se levantó de un salto y se fue desnudando camino del cuarto de baño. Dio al agua, y se metió debajo de la cebolla. Ni siquiera se percató de que el agua todavía salía fría. Ni que a los pocos segundos, salía ardiendo.

—-

Capítulo 27.

Ernesto iba por el pasillo como un torbellino cargado de bolsas. Saludaba a unos y a otros, sin apenas pararse.

Un chico estaba sentado en la sala de descanso. Al verlo pasar por delante se levantó para hablar con él, pero se paró en la puerta. Lo vio alejarse y volvió a sentarse cabizbajo. Cogió la lata de Pepsi-Cola que estaba bebiendo, pego un trago y jugueteó con ella. Una sensación de angustia le empezó a subir por el estómago hasta instalarse en el pecho y casi hacerle llorar de impotencia.

– ¿Vienes?

Levantó asustado la cabeza y vio a Ernesto apoyado en el quicio.

– Yo… Quería hablar contigo… es… – las palabras no le venían a la cabeza.

Ernesto se acercó despacio y le puso la mano en el hombro.

– Darío, no tienes la culpa. No sé por qué te martirizas. Lo sabes.

Levantó la mirada y abrió mucho los ojos. No sabía como sentirse al saber su secreto descubierto, lo que tantos meses llevaba dentro, luchando por sacarlo, y sin encontrar ni un momento ni con quien hacerlo. Ernesto acercó una silla y se sentó delante de él.

– No estás solo, lo sabes. Nos tienes a todos. “Mundo Maravilloso”. En la cabeza, en la imaginación y en la Tierra. Y que discutieras con tu padre y no quisieras acompañarlo, y que Irene se sentara en dónde tú te sentabas en el coche, no… no pienses que… sabes que es una bobada.

– No es una bobada, Ernesto, es… no hubiera pasado a lo mejor… mi padre hubiera conducido de otra forma…

– En ese accidente murieron muchas personas, Darío. Fue una tragedia. Que tú estés vivo, no te hace culpable.

– Pero a lo mejor…

– ¿Qué? ¿Si llegas a ir hubiera cambiado algo? A lo mejor yo soy más culpable, por no hacer caso de Isabel cuando me vino a decir que se iba.

Se miraron en silencio.

– Vamos.

– Pero yo no quería que mi padre se casara con Isabel. Y eso enfadaba a mi padre, y…

– Darío, no te martirices, no seas bobo. Te culpas porque estás vivo, nada más. Vamos, acompáñame, y hagamos algo por los vivos, por nosotros, y hagamos felices a tu padre, a Isabel y a mi princesita Irene allí dónde estén.

– Tengo veintiún putos años, y estoy solo, joder. Y no sé que hacer con mi vida, no sé si quiero a alguien, o no, o odio al mundo… me odio a mí mismo…

– Eso no lo sabe casi nadie, aunque algunos finjan estar muy seguros de todo. Ya lo irás descubriendo. Lo único que te debe quedar claro es que no estás solo. Tomás… Kevin, Roberto.. Arturo… tienes una familia. Somos tu familia. O tus amigos, como prefieras considerarnos.

– Tomás ha dejado de creer en Mundo Maravilloso. Ni se acordará de mí.

– En cuanto vea lo bueno que eres con el arco – Darío abrió mucho los ojos, sorprendido porque Ernesto supiera su afición – Veo todo lo que pasa en Mundo Maravilloso, aunque vosotros no me veáis a mí.

Ernesto se levantó, y tendió su mano a Darío, para ayudarlo a decidirse a seguirlo. Darío cedió y le cogió la mano tendida y se levantó.

– Puedes hablar conmigo cuando quieras.

– Si siempre…

– ¡Tch! Calla, ya se lo que vas a decir. Que nunca estoy en este mundo. Pero eso no es cierto. – No estaba muy convencido de lo que decía, pero al menos estaba convencido de que debía ser así a partir de ese momento.

Salieron de la sala de descanso, camino de la habitación 371. De repente Ernesto se paró y cerró los ojos. Se giró a Darío.

– ¿Por qué no vas a buscar a Kevin? Parece que tiene algún problema para entrar.

– ¿Kevin? ¡Existe!

– Todos existís – Ernesto lo miraba sorprendido – No habéis entendido nada. ¿Por qué todos pensáis que los únicos que sois reales sois vosotros mismos? – Darío bajó la mirada un poco avergonzado. – Kevin es un chico guapo, y gentil de diecinueve años que intenta superar que su novio Joaquín muriera en ese mismo accidente por el que todos hemos llorado; iba en el tercer coche. Con su amiga María.

– ¿Diecinueve? Pero si aparenta… ¿María también?

– Aparenta quince. Pero es casi tan viejo como tú. – se mofó Ernesto – Anda, baja y ayúdale. Y sí, María murió también en ese accidente.

– Joder, qué fuerte… Pero… ¿Dónde…? – No sabía dónde buscar a Kevin.

– Siente “Mundo Maravilloso” dentro de ti, y lo encontrarás. Déjate llevar.

Ernesto se giró cogiendo las bolas que había dejado en la puerta y siguiendo su camino, sin darle opción a más preguntas. Saludó a Ivana, una enfermera, y a María, una médica que era admiradora suya.

– ¡Ya he comprado tu última novela!

– ¡Ah! Pero si casi no ha salido a la venta. Te voy a tener que dedicar la próxima. Tráela y te la firmo.

Se giró para seguir su camino, y se encontrón con Germán de frente.

– No sé a donde vas, será a hacerte el interesante cuando has estado todos estos meses sin preocuparte de nada y menos de Arturo.

– Te estás convirtiendo en un amargado, Germán.

– Y tú en un irresponsable fracasado. No sé como te he aguantado tanto tiempo.

– Yo tampoco lo sé, cuando lo más fácil era irte con Román. ¿Cuántos años llevas con él? – se quedó mirándolo – En una cosa tienes razón – continuó – cuando te veo o pienso en ti, me siento un fracasado por haber creído en ti en algún momento.

Ernesto lo miró directamente a los ojos. Era algo que en los años que habían estado juntos, apenas había hecho, y se notaba, porque Germán no estaba acostumbrado, y apartó los suyos asustado por todo lo que había en la mirada de su ex-pareja y que nunca antes había percibido.

– Te invitaría a la fiesta de Navidad que vamos a hacer para Arturo, pero no lo entenderías y serías un aguafiestas como siempre lo has sido – Ernesto le sobrepasó y siguió su camino.

– Te prohíbo…

Ernesto se volvió furioso.

– ¿Qué? – Se encaró con Germán a la vez que soltó las bolsas que llevaba. – No me prohíbes nada, porque no eres quién para prohibir nada.

– Señores. Esto es un hospital – Federico, el médico que llevaba a Arturo, salió de una habitación al oír la algarabía y les reconvino.

– Este mamón, que se cree que viene un día, sin haber preocupado antes de nada, y que tiene derechos, porque tiene una conexión con el chico. Está de manicomio.

– Ya es más de lo que tú tienes. No eres más gilipollas porque es imposible superar tu grado.

La rabia crecía en el ánimo de Germán, no estaba familiarizado con esa forma de ser de Ernesto.

– Ernesto, estamos en un hospital, no son formas. Hay otros enfermos, te repito – Federico había puesto la mano en su pecho para intentar pararlo; parecía que se quería lanzar al cuello de Germán. – Y creo que Vd. se equivoca de medio a medio. Ernesto ha pasado todas y cada una de las noches con el chico. Las ha pasado despierto, velando su sueño, hablando con él, dándole masajes, lavándolo o cambiándole de ropa. Sirviéndole de almohada, cogiéndole la mano. Desde las 10 a las 8 de la mañana.

– Yo soy el tutor del niño, y prohíbo…

– Habla con tus abogados, que eran los de tu hermana. Y habla con Rosa, esa que era amiga tuya pero a la que desprecias porque es mi representante. No te enteras de nada. Ellos te aclararán quién es el tutor de los niños. A quién dejó tu hermana la custodia.

– Te incapacitaré.

– No discutes los hechos, así que lo sabías, solo querías intimidarme – Ernesto movía la cabeza de lado a lado, negando – Suerte con la incapacitación. Pero yo que tú no lo haría. Total, si no aguantas a los niños. Estaría gracioso, sería el colmo de la gilipollez, que por hacerme daño, por haberte empujado a que me dejaras y quitarte el tema ese de ser la pareja de un famosillo, que te cargaras con unos niños que no aguantas. Tengo un niño en el salón de mi casa, llorando y asustado, y repitiendo una y otra vez que su tío Germán le odia. Si quieres fastidiarme, al menos, no uses a tus sobrinos, a los que nunca has soportado. Ahora que lo pienso me deberías dar las gracias por quitarte ese peso de tu vida.

Por el final del pasillo aparecieron Darío y Kevin. Kevin venía un poco acobardado. Darío era al primer chico de “Mundo Maravilloso” que conocía en persona. Y ahora iba camino de conocer a “el escritor” y a “el Príncipe”. Kevin era un chico muy retraído desde pequeño, que se hizo todavía un poco más cuando Joaquín murió. Y de repente, iba a conocer a muchos de sus amigos en Mundo Maravilloso, el único sitio en dónde se encontraba a sus anchas. Estaba muy asustado. Cuando le encontró Darío se había dado la vuelta para marcharse. Cuando éste le abrazó con fuerza y como si fueran amigos de toda la vida, ya no se atrevió a irse. Durante unos instantes, buscó una buena escusa, pero no la encontró.

Y ahí estaba ahora, junto a Darío, camino de “el escritor”. Y de un señor con cara de ogro que por las señas que recordaba, debía ser el tío del Príncipe y de Tomás. “El Fantasma Negro”.

– ¡Ah! Te presento a Darío, ese chico que como verás existe, y al que has intentado matar en el imaginario de Tomás. Y Kevin, otro chico que también existe. Tócalos si quieres, no son una infografía. Son de cuerpo mortal. No son algo que haya metido yo en la mente de tu sobrino con artes malvadas o algo así, no sé que te crees. Y Darío, para más señas, es el hijo de Roberto, el novio de tu hermana.

Darío sonrió y tendió la mano a Germán. Lo mismo iba a hacer Kevin, pero Germán no estaba en disposición de atenderlos y ni siquiera los miró. Kevin y Darío se estrecharon las manos para disimular el desprecio del tío de Tomás.

– Haces daño, no eres… deberían prohibirte meter esas cosas en la mente de los niños.

– ¿Qué meto yo en la mente de nadie? No entiendes nada. No has entendido nada todos estos años. Los niños sueñan y los adultos también. ¿Quieres prohibir los sueños solo porque tú no seas capaz de hacerlo? Lees muchos libros, pero eres incapaz de sentir ninguna de las historias, ninguno de los personajes. Lo único por lo que estabas conmigo, era por decir a la gente que eras mi pareja, la de un escritor. ¡Qué pena! ¿No? Lees, porque en tu mente cuadriculada no se puede hacer otra cosa, tus padres te dijeron que era bueno leer, que aumentaba el vocabulario y demás. Pero no lees porque te emocione nada. Y me parece estupendo, cada uno lee por lo que quiere y lo que necesite. No te emociona el amor, ni la vida… quizás el amor de Román si te emocione, pero no te emociona que no sea famoso, o lo que sea, y no salga en la tele, ni la gente le pida autógrafos.

– Perdone, ya sé que no es momento – una señora mayor se metió entre él y Germán – es que mi nieto, tiene 18 años, y siempre le han gustado sus libros, y está malo en la planta… bueno, no lo quiero aburrir con los detalles, pero si me pudiera firmar el libro… es un momento no quiero dejarlo solo mucho tiempo, temo que haga alguna tontería…

– Señora, no ve que estamos… – Germán interrumpió a la señora, pero Ernesto le interrumpió a él.

– ¿Ya no te hace? Antes me decías que debía atender a todo el mundo aunque estuviera sentado en la taza del váter. – Ernesto se giró para atender a la señora – está Vd. perdonada. Iré luego a ver a su nieto – Se le ocurrió una cosa – ¿Se puede levantar?

– Está un poco triste, no tiene ganas de nada, es… – le señaló el libro – es para ver si se anima, no… casi ni habla.

– Ya me encargo. No diga nada, señora, de que me ha visto – Se giró hacia Darío y Kevin. El primero le miró sin entender, pero el segundo sonrió al comprender.

Nos encargamos, tranquilo escritor. – el Kevin de Mundo Maravilloso había tomado las riendas.

La señora se los quedó mirando.

– Su nieto seguro que si hace caso a alguien es a su abuela, así que… le damos media hora para que se ponga un poco arreglado – sonrió como un pilluelo. – Y usted señora, vendrá también a la fiesta. Es la Navidad para mi sobrino. – Se quedó pensando de nuevo – Mejor llévese el libro, por si no quiere venir, para que tenga que salir a buscarme para recogerlo firmado. Se lo pedís – ahora hablaba con los chicos – y así le pinchamos un poco.

– ¿La Navidad? – la señora se había quedado en lo de la fiesta de Navidad.

– Sí, hemos decidido que hoy va a ser navidad en la 371. Espero que se anime a venir. Estos dos amigos se van a encargar de que su nieto venga. Son persuasivos.

– No creo… – miró con pena a Ernesto, pero lo vio tan convencido que ella misma pensó que podría ser posible que ese hombre consiguiera sacar a su nieto de su mutismo – si convence a mi nieto, iré a la Navidad de ese sobrino suyo.

– Qué jeta, si ni siquiera es su sobrino.

Ernesto miró duramente a Germán.

– No, no lo es. Es mucho más. Como Tomás. No tengo un nombre para lo que son, pero sé que van a ser mis hijos. – Volvió de nuevo su atención a la señora – Perdóneme que no la atienda ahora como se merece. Luego nos vemos.

La señora sonrió y se alejó camino de la habitación de su nieto. Parecía que sus hombros estaba un poco más erguidos que cuando había venido.

– Eso, deberías darte pena. Engañar así…

– Me la doy, por haber sido tan… bobo. Debería haberte dejado en cuanto te vi besarte con Román, la segunda vez que vinieron los niños a casa. Tú encantado con los niños, claro, te dabas el piro en cuanto los dejaba tu hermana, y te ibas a darte el lote con Román. Pero yo también necesitaba engañarme, que podía tener a alguien como tú, una pareja que me diera un poco de seguridad, lo necesitaba… al final lo único que me diste es complejos, y malos consejos, como lo de ir a la televisión.

– Te escribían mucha gente, no sé de que te quejas. Y te paraba mucha gente por la calle.

– Y no vendía un libro.

– Será que tus libros no interesaban a nadie. Hubieras ganado más dinero en la televisión.

– Pero yo no quiero ser eso, quiero escribir. Me convertí en algo que no soy y no quiero ser.

– Sí, llenar la mente de pájaros a la gente.

– De sueños, de ilusiones, crear mundos en los que los demás puedan disfrutar de vidas distintas a las que no les queda más remedio que vivir. Ser un día mago, y otro día cowboy, o presidente de una empresa, o ladrón de ricos, o gilipollas integrales vestidos de traje y corbata.

– Mentirse.

– No, disfrutar, olvidarse de sus preocupaciones, estimular la imaginación. Y luego, levantarse a la mañana siguiente sin que te afecte la cara de avinagrado de tu pareja.

– Creo que esto…

– Perdona Federico. – dejó con la palabra en la boca a Germán – ¿Te pasas luego? A Arturo le gustará. No vaya a ser que te largues y se me olvide.

– Si odia a todos los médicos, me lo dijiste – se excusó el doctor.

– Pero me gustas a mi – puso voz sensual.

– Como te oiga mi mujer… – Federico, sorprendido por la salida de Ernesto, reía con ganas.

– Esto es… inaudito – Germán estaba fuera de si – tendrás noticias mías.

Se alejó a grandes zancadas. Ernesto lo miró irse. Debería sentirse bien, pero… no lo lograba. No le gustaba comportarse así, no le gustaba discutir, enfadarse o que las personas que lo rodeaban se enfadaran. Darío y Kevin miraban al suelo, descolocados por la escena que acababan de presenciar y sin saber muy bien que hacer.

– Vamos chicos, coged las bolsas e id a la habitación. No os olvidéis saludar a Arturo en voz alta, y con la mente. Decidle que ahora voy. Y luego vais a buscar al chico de la señora… se me olvidó preguntar como se llamaba ni…

– Está en oncología, habitación 245. Se llama Sergio – Ernesto lo miraba con sorpresa – es paciente de María… – el doctor se disculpó abriendo las manos y levantando los hombros.

– Vale, ya me habías asustado, creía que te conocías a todos los pacientes del hospital con familiares y todo.

Se repartieron las bolsas entre los dos y miraron al médico.

– Id, no me miréis con esa cara. No muerdo. Y Arturo tampoco lo hace.

– Vamos, tengo diez minutos, tomemos un café – propuso Federico a Ernesto, cuando los jóvenes se perdieron por el pasillo de la derecha. – Mi mujer ya se ha comprado tu última novela.

– Ya le he dicho que la voy a tener que dedicar la siguiente – el médico lo miraba sorprendido. – Me la he encontrado al llegar – aclaró Ernesto.

– Vamos, estás alterado. Arturo no debe verte así.

Podría haberle explicado que Arturo no necesitaba verlo para saber. No necesitaba escuchar. Le podría haber explicado que ellos tenían una conexión especial, capaz de crear mundos exclusivos para ellos, de hacerles estar juntos aunque estuvieran separados, de hablar, sin abrir los labios, se tocarse, habiendo kilómetros de distancia y cientos de muros entre medias. Pero aunque Federico era un hombre abierto y le entendía muchas veces y le apoyaba, un hombre de ciencia no creía que pudiera llegar a ese nivel de comprensión. Y no le apetecía que fuera otro de los que le empezara a mirar como si fuera un perturbado mental.

Tampoco iba a decirle que en realidad Arturo no estaba enfadado, sino que al revés, por primera vez en meses, estaba orgulloso de él. Y eso era lo único que le reconfortaba, porque seguía teniendo el ritmo cardíaco alterado por la disputa con Germán. Y empezaba a tener remordimientos por haber discutido.

.

– ¡Qué le den! – le dijo Arturo.

– Bobo – le contestó Ernesto.

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– ¿Decías? – preguntó el médico.

– Nada, perdona, estaba pensando en una escena para mi nueva novela, por lo de la discusión y tal.

Federico sonrió comprensivo. Aunque no se creyó nada de lo que le decía.

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Capítulo 28.

– Eres muy guapo – dijo Kevin nada más entrar en la 245. Le había costado un triunfo arriesgarse a esa aventura de conquistar al enfermo de la abuela, porque para él era una aventura, pero ya puestos, dijo lo primero que se le vino a la cabeza. Darío tenía mucha culpa, porque le daba seguridad.

Sergio apenas levantó la mirada.

– Perdona, que a lo mejor te ha molestado. Nada, no te preocupes. Como si no hubiera dicho nada. – Kevin se encogió de hombros y se puso rojo, rojo.

Darío y Kevin se miraron. No sabían muy bien por donde tirar.

– Estos chicos vienen a invitarte…

– Abuela, no me apetece. Ya te lo he dicho veinte veces.

La respuesta del chico fue lacónica. Tajante, cortante. La abuela lo miró resignada y suspiró.

– ¡Ah! Vale – contestó Darío sin dar importancia – le diremos al escritor que su fan no quiere verlo. Le había hecho ilu encontrar a alguien que le siguiera.

Los chicos se despidieron de la abuela que se quedaba compungida. Ella había puesto muchas esperanzas en que su nieto al menos saliera durante un rato de la melancolía y que hablar con su escritor favorito le haría al menos sonreír por un instante y dejar de regodearse en su desgracia.

Kevin se dio la vuelta cuando había llegado a la puerta.

– Si quiere déjeme el libro, le diré al escritor que se lo firme. Luego si quiere puede pasar alguien a buscarlo.

La abuela saco de su bolso el libro. “El escritor en Mundo Maravilloso”, por Ernesto Tomás y Arturo, el nuevo pseudónimo de Ernesto Ducas.

– ¡Oh! Es el nuevo. No se lo diga a nadie, pero en este libro salimos nosotros.

– ¡Son nuestras aventuras! – corroboró Darío. – Parte de ellas, al menos – aclaró.

– Oiga, señora, si le parece… ¿Por qué no se viene usted? A Sergio no le va a importar que falte un rato. Ernesto es divertido y seguro que la fiesta que organiza para su sobrino, es espeluznante.

– ¡Hala! Espeluznante. En todo caso, desternillante.

– Bueno, es cuestión de apellidos. Fiesta de su sobrino. Navidad. Sergio, ¿Te gustó la última Navidad?

– No me gusta ninguna.

– Vale. Pues es hora de que te guste. Una Navidad un 15 de abril. Creo que no la olvidarás.

Sergio apartó la mirada de los chicos. Se perdió en la ventana, pensando en la poca suerte que tenía, y en que nadie llegaba a entender lo mal que se sentía, lo desdichado que era.

– Sergio, podríamos ir – propuso suavemente su abuela.

– ¡Que te he dicho que no!

La abuela no perdió la compostura. Estaba acostumbrada. Su nieto llevaba ya mucho tiempo enfermo, luchando, y su gente, sus amigos, se habían ido aburriendo de su enfermedad y de su mal humor. Se lo pensó apenas unos segundos. Y cuando los chicos ya estaban otra vez en la puerta, sin atreverse a añadir nada más, ella llamó su atención.

– Que me voy con vosotros – les dijo y se giró para hablar con su nieto – Tus padres vendrán en un rato. Les dices que me he ido a una fiesta en el piso de arriba. Habitación… – miró a los chicos para que le ayudara con el número de la habitación.

– 371.

Y en esa habitación estaban las enfermeras del turno de noche que habían venido todas. Carla, Fernanda, Charo, Yolanda, Rosalía, Esperanza. Federico y su mujer, María, pasaban un segundo para dejar alguna cosa de comer que habían traído. Estaban los celadores, las de la limpieza, incluso alguno de los vigilantes del hospital.

– Luego volvemos, no os comáis todo – amenazó Federico con su estetoscopio.

– Cualquiera dice nada – contestó Kevin en nombre de todos.

Ernesto miró a Kevin desde el suelo, en donde estaba sentado intentado enchufar un pequeño equipo de música.

– Estás desatado. Me gusta.

– Joder, escritor, desatado, no, atacado. Estoy como un flan… y cada vez que abro la boca tengo miedo de meter la pata. Si yo creo que hasta me tiembla la voz.

Kevin se arrodilló al lado del escritor.

– ¡Qué va a temblarte! Pues no lo estás haciendo nada mal. Y a Darío parece que le caes bien. Es muy serio.

– Ni lo jures, escritor. Pero sabes, si… no sé explicarlo… me da como seguridad… y es raro porque lo acabo de conocer.

– Ya lo conocías. – Ernesto sonrió – Me gusta verte así, Kevin. – y le pasó la mano por la mejilla mientras éste se encogía de hombros y bajaba la vista.

– Señorito Ernesto.

– Doris – Ernesto se levantó del suelo – ¿Y Tomás?

La mujer se encogió de hombros impotente, señalando la puerta. Ernesto entendió. Le hizo una seña para que estuviera tranquila, que él se encargaba. Se sacudió los pantalones mientras salía al pasillo. Miró a Doris que le señaló la dirección que debía tomar.

Anduvo despacio. Tomás llevaba semanas sin ver a Arturo. Casi desde que a él mismo le dieran el alta después del accidente. Germán no le había dejado volver a ver a su hermano. “No es conveniente, además ni se entera y eres pequeño para ver a un enfermo así”. Lo encontró mirando por un gran ventanal que había delante de los ascensores. Daba pequeñas patadas al cristal. Uno de los ascensores se abrió en ese momento y salió un chico en bata. Tenía la cabeza casi rapada al cero y el gesto adusto y triste, muy triste. Al ver a Ernesto se sobresaltó y quiso volver a meterse en el ascensor. El escritor lo observó actuar, hasta que se le encendió una lucecita en su cabeza.

– Sergio, no te vayas, te estaba esperando. A lo mejor me puedes ayudar.

El chico apretó el botón de abrir las puertas y salió despacio, pensando si era lo que debía hacer, lo que le apetecía de verdad. Quizás lo que le apetecía, era quedarse en su costra melancólica, depresiva, hacer por tener razón cuando se quejaba de que todos le ignoraban, de que nadie le entendía. Pero por otro lado, las historias de Ernesto le habían llegado. Habían conseguido que se sintiera mejor al leerlas, y luego, al rememorarlas durante horas interminables. Había conseguido sentir todos los personajes de sus libros. Y tenía curiosidad por conocer a la persona que escribía esas historias. Él pensaba que debía ser un tío estupendo, que sería muy ingenioso, y que contaría miles de historias por segundo a todo el que se acercara a él. Lo había imaginado con gafas, y alto, y cara bonachona. Y hermoso, porque siempre imaginamos a al gente que nos impresiona de esa forma. Ernesto no era muy alto, llevaba gafas ocasionalmente, más que nada como atrezzo, y no tenía un aire de intelectual. Y todos decían que era más bien soso, y que tener una conversación con él era de lo más aburrido. Salvo los niños, que con ellos sacaba su alma de Pirata de los mares del Sur y se ponía a su nivel. Con los adultos no le salía.

– Mejor me voy – dijo Sergio, arrepintiéndose de haber salido otra vez del ascensor.

– Mira, Tomás, otro al que he decepcionado – Ernesto se dirigía al niño, pero en realidad miraba intensamente a Sergio.

– A mí no me has…

– No digas mentiras, Tomás, estabas enfadado conmigo porque te había abandonado – hizo una pausa para valorar el efecto de sus palabras – y pensabas que había abandonado a tu hermano. Este chico me ha visto y ha sabido que no era la persona que se había imaginado cuando lee mis libros.

– Me ha dicho Doris que has venido todas las noches a estar con Arturo. Y que has escrito por el día. Que no has dormido.

– Muchas cosas sabe esta Doris. A ver quién le ha chivado.

Sergio miraba alternativamente a Tomás y Ernesto. El ascensor había vuelto a irse sin él. No sabía que hacer.

– Me llamo Ernesto, aunque creo que eso ya lo sabes – tendió su mano a Sergio, que en un principio no supo reaccionar. Luego estiró su mano con prisas, torpemente, como para hacerse perdonar la duda – Y éste joven es una de las dos personas que más quiero en mi vida, Tomás.

– Hola.

Los chicos no se dieron la mano, casi ni se miraron.

– ¿Es el del nombre? – preguntó en un hilillo de voz.

– Sí. O sea que es el ultimo libro el que quería tu abuela que le firmara. ¿Ya lo has leído? Pero si no hace dos días…

– Es que me gustan mucho sus libros – bajó la cabeza avergonzado – Le pedí que me lo comprara nada más escuché en la radio que ya estaba en las librerías.

– Tu abuela te quiere mucho, tienes suerte. Yo no tengo abuelas ni abuelos, ni padres – hablaba Tomás – aunque tengo a Ernesto.

Se quedaron los tres en silencio durante un rato. Se abrieron las puertas del ascensor otra vez, y salieron dos señores mayores muy despistados. Preguntaron a Ernesto por la habitación que buscaban. Éste les indicó el camino.

– Usted es el de la tele, el escritor.

– Espero que ya hayan comprado mi último libro – dijo imprimiendo un tono de ilusión a sus palabras.

– Huy, quita, si fue a esos programas, será una mierda de escritor.

– ¡Ah!

A Ernesto se le heló la sonrisa en la boca. Hizo una mueca para recuperar la compostura y se encogió de hombros.

– Pues sus libros son maravillosos – aseveró con decisión Sergio – A mí son los únicos que me hacen levantar el ánimo. Tengo cáncer ¿Saben? Desde hace dos años. Ustedes se lo pierden.

Los señores siguieron su camino sin decir nada más. No habían llegado al final del pasillo cuando empezaron a mirar alrededor, buscando las cámaras indiscretas. “¿Y si era uno de esos programas, Carmina? Estos de la tele hacen lo que sea por un poco de audiencia.”.

Otra vez reinó el silencio en esa reunión improvisada en el hall de la tercera planta del hospital.

– Muchas gracias Sergio – dijo al cabo de un rato Ernesto.

Sergio se encogió de hombros.

– Estoy pensando que me podías ayudar. Ya me has ayudado con esos señores, pero… necesito tu ayuda. Más, quiero decir, más ayuda. – Dudaba de la forma de hablarle, percibía que no acababa de conectar del todo con el joven.

El chico miró con cara inexpresiva a Ernesto. No acababa de entender en que podía él ayudar al escritor.

– Éste es Tomás, mi persona importante. Y en aquella habitación de la que sale y entra mucha gente, es la habitación de su hermano, Arturo, mi otra persona importante. Arturo está en… digamos que está dormido desde hace semanas, desde que tuvo un accidente de tráfico en el que murió su hermana Irene y su madre.

– ¿Ese accidente… ?

– Ese accidente tan tremendo de hace unos meses que salió en todos los lados.

– El día de Nochebuena.

– Exacto. El caso es que Tomás por h o por b, no ha ido a ver a su hermano desde hace mucho tiempo. Y ahora, tiene miedo.

– No tengo miedo. Es… – Tomás una vez más se había quedado sin palabras.

– Tomás – Ernesto solo dijo su nombre y se lo quedó mirando.

Tomás se relajó de inmediato.

– Tenía que haber hecho como tú, venir a escondidas. Seguro que está enfadado conmigo. Y… y … si no me conoce… o se pone enfadado y le da esos colapsos que le daban a veces con el tío Germán… se lo oía contar luego a Román.

– Al tío Román. – Ernesto picó a su sobrino.

– ¡No es mi tío! – Tomás mostraba ese genio que su tío Germán había tenido oportunidad de conocer en los últimos tiempos.

Ernesto levantó las manos a modo de disculpa.

– Bobo – se defendió Tomás que se había dado cuenta de que su tío le tomaba el pelo.

El escritor miró a Sergio, como esperando su intervención.

– Pues colega, si yo tuviera un hermano tan guay como el tuyo, iría de cabeza. Y le daría un beso, si eres de besos. No te creas, yo no soy de besos, pero hay gente que es de besos. Mi abuela me besa un huevo, pero ella es distinto. Mis padres no me besan. Iban a venir esta tarde a verme, pero me han llamado que no puede. No me han llamado, ha sido un mensaje. Da igual. Pero sabes, es guay, y te hacen sentir la leche de bien. Los besos, los de mi abuela. Aunque sea vergonzoso. Pero no se lo digas a ella, que yo siempre arrugo la cara cuando me besa. Y macho, yo… daría algo importante por tener un hermano y que … sería la forma de no estar solo en la puta vida, y… me siento mazo solo, no tengo a nadie que me plene, o como se diga, que me llene, joder, que me… y estoy amargado, sabes, colega – bajó la mirada – y es que no me… me das puta envidia, aunque tu hermano este jodido a tope, pero, se despertará, yo estuve jodido a tope, y desperté, y ahora después de esta quimio, estoy todavía jodido, pero, sabes, que vete a ver a tu jodido hermano, que si el escritor dice que te quiere, porque lo dicen sus ojos, antes lo he visto y así será una fiesta total.

Se quedó callado. Posiblemente porque era lo más largo que había dicho en meses. Su abuela hubiera negado cien veces si le dicen que su nieto había soltado todo eso sin parar.

Ernesto levantó las cejas y miró a su sobrino.

Tomás no dijo nada. Solo empezó a andar camino de la habitación. De repente se paró y buscó en su mochila. Sacó su gorra de la suerte y se la puso. Ahora sí, caminó decidido hacia la habitación. Ernesto lo miró andar y sonrió. Se volvió a mirar a Sergio que de nuevo tenía la mirada triste. El escritor tuvo un impulso, se acercó a él, y le agarró la cara con las dos manos y le besó en la mejilla. El chico se sintió tan sorprendido que no supo hacer ni decir nada. Quiso luego apartar a Ernesto, y quejarse de los besos, pero… recordó lo que había dicho antes, y recordó esa escena en que al mago Teodoro, le recuperaban los besos de sus amigos para retomar la batalla contra el Fantasma Negro y sus acólitos. Y no pudo por menos que reconocer que se sentía un poco mejor, aunque tampoco era cuestión de irlo pregonando. Y total ya no podía apartar al escritor, porque ya se había apartado él.

– Sabes, Sergio, has pasado por cosas que los demás muy posiblemente no hubiéramos resistido. Tú, sabes, estás solo, te sientes solo, pero… lo has conseguido. Yo que tú – intentaba imprimir a sus palabras un aire despreocupado, lejano a la clase magistral, o el consejo del plasta – pasaba de lo que pudiera pensar la gente y si disfrutas con los besos de tu abuela, cómetela a besos. Y si te han hecho bien los besos de este bobo escritor que te ha decepcionado, no pienses, corrijo, no te sientas en la necesidad de que debes hacer la pantomima de que “¡aggggg, besos! Aparta de mí ese cáliz tan amargo”.

Sergio se quedó pensativo.

– Y si quieres, si así te parece, aquí tienes a un amigo – y le tendió la mano de nuevo para estrechársela – Y en la habitación, te presento a otros muchos amigos. A dos ya los has conocido, son buena gente, aunque no te hayan caído muy bien, por lo que me han dicho.

Sergio hizo una mueca al escuchar lo de los amigos de Ernesto. No se decidía a dejar ese lado depresivo que le hacía sentir tan protegido. Pero al final, la persistencia de Ernesto con la mano extendida, doblegó su ánimo y correspondió al gesto. Ernesto hizo el saludo sierra exagerado, mano con mano, adelante y atrás. Y acabaron riendo los dos y siendo el objeto de la mirada de dos señores que salían del ascensor. En realidad eran muy jóvenes para llamarlos señores, pero iban con bata blanca y muy serios, como si estuvieran tocados por la divina providencia, con lo cual se habían echado encima cuarenta años cada uno, y se les había quitado todo el atractivo que pudieran tener.

– Dejen paso a la Santísima Trinidad personificada en esos dos jovenzuelos médicos. – susurró Ernesto al oído de Sergio mientras miraba la espalda de los chicos y Sergio se echaba a reír con ganas.

– Les hay peores. Hay una chica que suele ir con la doctora María, que tiene treinta o así y que el primer día hasta mi abuela se pensó que era de su quinta – esta vez fue Ernesto el que rió con ganas agarrándose del brazo de Sergio.

Ernesto invitó a Sergio a caminar delante de él camino de la habitación de la fiesta de Navidad.

– A ver si nos han dejado algún jamoncito de pollo asado. Me chiflan – dijo Ernesto rodeando el hombro de Sergio. – Así churruscaditos, están de vicio.

Delante de ellos, se escuchó la algarabía que había producido la entrada de Tomás en la habitación.

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