Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

1ª parte:

La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

Capítulo 1.

Ramiro es un hombre apuesto. Tiene sus años en cada pata, tampoco tantos, diría él, y sus millones, o muchos más, diría él, también en cada pata. La vida le sonríe desde el día que nació. Papá era millonetis y mamá era… mamá.

Pero no se conformó con los millonetis de papá. En cuanto tuvo las empresas de papá en sus manos, se dedicó a multiplicar hasta el infinito su cuenta corriente. Se le ha dado bien, tonto no es. De tantos ceros que ha amasado, el banco había tenido que hacer una edición especial de su libreta de ahorros, porque no cabían en las normales. La directora del banco le pone una alfombra cuando anuncia su visita y llama al subdirector que se recuesta debajo de la mesa de la jefa para masajear los pies a cliente tan ilustre mientras está en su despacho. Entre tú y yo, a la directora le encanta verle en esa tesitura al subdirector, un hombre zafio y creído, de mirada sucia y sonrisa aún más sucia, al que soporta por orden de la superioridad (“Debe comer muy bien, conchas y troncos”). La comercial le trae café (con leche con un sobre de sacarina, ni caliente ni frío, con espuma en la leche) a Ramiro (con familiaridad pero sin pasarse) y siempre había un botones joven y apuesto que vestía un pantalón 5 tallas más pequeño de lo que le tocaba para que se le marcaran bien los bultos y una camiseta de lycra que era como su primera piel.

Los hombres entraban y salían de su morada con la misma celeridad y abundancia que los millones entraban en su cuenta corriente. O incluso más. Nadie le tomaba el corazón. Su miembro lo acariciaban todos; todos no, muchos; muchos, tampoco, los elegidos. Algunos chillaban de los espasmos del placer del sexo, otros eran menos expresivos pero ahí estaban, otros los fingían, que lo de los millones en cada pata tenía su erótica, no vamos a negarlo, y todos dispuestos y felices de intentar la conquista de la plaza inexpugnable que era el corazón de Ramiro.

Otros, muchos, la mayoría, les hacían chiribitas los ojos pensando en los millones de Ramiro. En los millones de euros. Y se dejaban caer por sus alrededores, pero Ramiro no los señalaba con su dedo divino. Se acercaban, rondaban, pero él los ignoraba.

Algunos hombres, pocos, fueron señalados por ese dedo divino y se resistieron a los encantos de Ramiro y a los de su cuenta corriente. Él, si se fijaba en alguno, lo perseguía con denuedo y perseverancia. Lo conocía, lo invitaba a un café y lo llevaba al teatro. Al cine. De baile. De vacaciones. Pero todas las veces, las excursiones acababan en desengaño al 100.

– No es él – decía en su bañera hidromasaje, antes se salir con la espuma cayendo por su piel camino de la alcoba en donde dormitaba el aspirante, recuperándose de los estertores del placer nocturno.

– No eres tú.

Lo decía secamente y mirando a los ojos.

– Lo siento. – sentenciaba con voz rotunda, volviendo al baño para aclararse.

Ramiro era muy educado.

Entraba entonces Óscar, su secretario, y acompañaba a la salida al candidato fallido. Si era necesario, le ayudaba a buscar los calzoncillos. Incluso le ponía los calcetines. A Ramiro, no le gustaban las despedidas y al salir del baño perfectamente compuesto y peinado, el fallido candidato no debía estar en el cuarto.

Pero en el club de tenis, un día como otro cualquiera, después de jugar un partido con Selena, la mujer que mejor jugaba a tenis en toda la comarca y parte del extranjero, llegó al salón social después de una ducha reparadora. Se celebraba una gran fiesta con comida así de guay y toda la gente también guay de la ciudad y algunos pueblos de alrededor. De repente, y sin que hubiera aviso divino por medio, saliendo de la cocina, vio a un ángel que portaba con mucho empeño y diligencia, una bandeja llena de copas de champán. El ángel, a sus ojos, iba rodeado de una estela de luz de mil colores y una flecha colgada encima de él. La flecha llevaba un gran corazón sustituyendo a las plumas que normalmente guiaban la flecha. “¿Será la flecha del amor?”, se preguntó en silencio, sonriendo ligeramente, de medio lado, con ilusión en el ceño y sin apartar la mirada del camarero en cuestión, por si se desvanecía en lo que tardaba en pestañear.

Empezó entonces una persecución al ritmo de las músicas que tocaban con delicadeza un cuarteto de cuerda que había en una esquina. Si el camarero iba a la derecha, 10 º, él iba a la derecha, 10 º. Si el camarero tomaba la dirección de las 9, él iba a las 9. siempre dispuesto a coger de su bandeja una copa de champán o un canapé de ciervo escabechado, con virutas de trufa de Soria y gotitas de confitura de frutos rojos.

En su cuarto encuentro, Ramiro con los ojos brillantes y cara de pilluelo, se atrevió a preguntar suavemente su nombre.

– Jorge – contestó un dispuesto camarero ajeno hasta entonces al interés que suscitaba en Ramiro, el millonetis.

Y Ramiro, sin poder evitarlo dijo con voz tenue y melodiosa:

– Eres tú.

El anfitrión de la fiesta que lo había oído, pensó que Ramiro quería escuchar la canción de Mocedades y rápido fue al cuarteto de cuerda y les pidió que tocaran “Eres tú”. El chico que parecía dirigir el grupo puso caras pero el anfitrión fue contundente.

– Doblo el estipendio estipulado si lo cantas con voz melodiosa. ¡Canta! – dijo con tono imperioso y decidido.

No se pudo negar. El mes pasado las habían pasado canutas para llegar a final de mes, que lo de la música era como bonito y tal, pero que no solía dar para caprichos ni nada, ni siquiera a veces para comer, como el mes pasado. Pasta con pasta de lunes a viernes y el sábado y domingo, arroz blanco con salchichas marca Hacendado. Así que se aclaró la garganta, miró con ojos decididos a sus compañeros y empezaron a cantar y tocar:

– Eres tú, como el agua de mi fuente… – y el “Eres tú” sabía a lomo de cerdo y patatas con chorizo, del picante.

El anfitrión volvió a la vera de Ramiro, al que quería engañar para que fuera su socio en una aventura empresarial de dudoso resultado y le hizo ver, con mucha sutileza, que había escuchado su petición y la había cumplido.

– Has pedido la canción y yo te he conseguido la canción “Eres tú”. (“Eres tú al que le voy a dar el sablazo para el negociete”, pensó para sus adentros, ilusionado, muy emocionado)

Ramiro abrió muchos lo ojos de la sorpresa, lo que le permitió observar al camarero Jorge con mayor atención e intensidad si cabe y reiterar en su apreciación de que le gustaban sus curvas, su prestancia, sus labios, sus ojos, su culo, le gustaba su mirada limpia, su aura y que le gustaba todo de él.

Jorge, estaba que no sabía si tirar la bandeja al suelo y tener así excusa para salir por patas por la puerta de la cocina y no parar de correr hasta el mes de agosto, o meterse debajo del sofá más cercano con la esperanza de que no lo encontrara nadie. Ya era consciente del interés que suscitaba a ese hombre al que todos parecían conocer y respetar, y del que él lo ignoraba todo. Pero Ramiro que lo había cogido del brazo suavemente, pero con insistencia, no lo soltaba ni a tiros. Y la cara del anfitrión le dieron arcadas, y todo fue un poco confuso para él, y el “Eres tú” sonando y la voz del músico que no lo hacía mal, y Ramiro que lo miraba con insistencia…

– Tengo novio.

Lo dijo así sin pensar, pero se le ocurrió de repente, que a lo mejor, así lo dejaban en paz, que todo parecía muy raro en ese servicio de la empresa de su padre. El anfitrión lo agarraba de un brazo, el Ramiro ese del otro brazo, y la bandeja se mantenía en un endeble equilibrio. Menos mal que pasaron por allí una pareja con mucho ritmo en el cuerpo, Jonatan y Bernardo, y le cogieron las dos últimas copas y los dos últimos canapés de coliflor al queso de Parma con virutas de Jamón de la huerta de Huelva.

Hubo un apagón y todo se desmandó. Jorge el camarero aprovechó para echar patas. Ramiro se confundió y acabó cogiendo del brazo al anfitrión y éste acabó cogiendo el brazo de Hermenegilda, la abuela de Ubaldo de la Guerra que Pena, el Presidente de la Diputación.

Al volver la luz, que la cosa no duró ni un par de minutos, las caras de susto y disculpas, risas tontas de “que papelón estoy haciendo”, Jonatan dando un beso a Yepes, el tío del cuarteto que tocaba el chelo, y Bernardo agarrando el trasero de Guillemino, el testaferro de Hugo Jiménez de la Gula, el capo del lugar.

Todos soltaron lo que estaban agarrando que no les correspondía y elevaron las manos al cielo, cual coro de gospel en la misa dominical. El cuarteto carraspeó y empezó a tocar un movimiento del Romeo y Julieta de Procofiev o como se diga, a modo de “vamos, que la fiesta sigue”.

Ramiro buscó con denuedo a Jorge, el camarero. Pero no lo encontró ya en la fiesta. Lo que si encontró era la tarjeta de la empresa en la mano del anfitrión.

– No, Enrique, no voy a ser tu socio en esa tontuna que se te ha metido entre ceja y ceja. Y sé que lo haces por tirarte a Jimena, pero no lo harás con mi dinero. Esa mujer te va a desplumar.

El anfitrión se picó y le espetó con toda la rabia que pudo.

– Como a ti el bailabotes del camarero ese. Seguro que le huelen los sobacos y los pies. ¡Y la tiene pequeña!

Y ahí lo dejó, retirándose todo digno a agasajar a los demás invitados en busca de su socio de honor, al que estaba dispuesto a incentivarlo con una sesión de vídeo de su conquista de Jimena. Que alguno sabía que esas cosas le daban morbo.

Capítulo 2.

A Ramiro no le gusta dejar nada al albur de los acontecimientos y delegar las cosas importantes. Podía haber llamado a Óscar, su secretario, y que se encargara del tema del catering. Podía haber llamado a Fito, su jefe de agasajos y otras festividades, o incluso podía haber llamado a Manu, la voz melodiosa y suave que se ocupa de las relaciones con los medios. Buenos dineros les paga por nada y no dudaba en otras ocasiones de encargarles algún que otro marrón, como el de aquel hombre, Higinio, al que conoció en un resort y al que consideró candidato a aposentarse en su corazón, pero del que renegó en el tercer baño matutino: “No eres tú”, le espetó la tercera mañana con su cuerpo rebosando de espuma de jabón con olor a lavanda.

Pero el tal Higinio no se rindió y esa misma tarde, le siguió por todo el resort. Y por la noche, le interrumpió una cena importante con el marqués de la Huiplaza y el director de la multinacional Jitula International Group. No contento con esto, los días siguientes lo persiguió y persiguió. Y empezó a acosarle cibernéticamente e incluso, mandó fotos comprometidas de Ramiro a algunos de sus contactos. El trío de marras, Óscar, Manu y Fito, fueron los encargados de encauzar el tema. Óscar lo atrajo a una estupenda noche de sexo y pasión, Manu lo enamoró, y al final, Fito le puso dinero y unas fotos e informaciones comprometidas, unas reales, otras inventadas y las más tergiversadas, que lo hubieran metido en la cárcel de haber llegado a las manos adecuadas.

No se supo nada más del tal Higinio. Echó a correr y que se sepa, aún no ha parado. Los tres mosqueteros celebraron el éxito del mandado de su jefe con una orgía monumental en casa de Manu. Diez días estuvieron en ello. Sin descanso. Unos sementales el tal Manu, el tal Fito y el tal Óscar, y otros muchos de los que no trascendieron las filiaciones.

En la sede central de la empresa, corrió como la pólvora el caso del “Actor porno Adri Kilmer”, al que Ramiro vio en una peli del gremio. Óscar cogió esa misma noche un avión a Vladivostok, lugar en el que estaba el citado actor porno haciendo una chapa VIP, según las informaciones que había recabado con urgencia el compañero Fito. Óscar viajó de vuelta con el citado actor porno a la mañana siguiente. Ramiro lo vio, lo cató y cayó rendido a sus pies. Unos pies preciosos, por cierto. Pero cuando rodilla en tierra se declaró, Adri Kilmer, de nacimiento García, le dijo muy convencido que estaba enamorado, y que ese amor, estaba incrustado en su corazón para siempre. “Es pobre, pero lo amo”, le dijo rotundo. Ramiro lo creyó y sintió una punzada de pena por no haber encontrado a semejante persona antes que ese que le había robado su corazón. Y le creyó tanto y vio en sus ojos que no podía hacer nada, que le pagó un sustancioso premio por el viaje y las molestias y lo despidió con un suave beso en los labios.

– Si te desenamoras, me llamas.

Y le dio su tarjeta privada, que Adri Kilmer, guardó en su cartera de tarjetas VIP privadas con una nota en su reverso: “Majo”. Eso porque no se enteró de que a Ramiro, sus tres mosqueteros, con tal de ver acabada la caza del amor imposible de su jefe y no soportar más los marrones que la búsqueda les acarreaba, le habían aconsejado desembarazarse (al estilo novela de Víctor del Árbol) del amor del actor porno. Pero Ramiro, con buen criterio, desestimó la propuesta al instante.

Ramiro el millonetis, decidió que esta vez, en el caso de Jorge el camarero del cátering, sería él el que llevaría el peso del asedio de la plaza y su posterior conquista. Porque Ramiro estaba seguro de que lo conquistaría. “No se podrá resistir a mis encantos” se repetía seguro de si mismo, mientras iba en su coche oficial con chofeur hacia la sede de la empresa de cátering.

– Ceferino Herdaqués, para servirle – le dijo el dueño y sin embargo, jefe de la citada empresa, al recibirlo en su despacho. – ¿Un aperitivo? – le ofreció zalamero. No lo solía hacer con las visitas, pero lo había reconocido y como se había enterado de los sucedidos del servicio en el Club de Tenis, había decidido en un momento vender a su hijo. (vender no, que suena muy mal, pensó de repente el tal Ceferino; subastar, eso. Le parecía mejor concepto, como de más clase)

– No, gracias. Ya he almorzado. Venía a contratar un cátering para una fiesta en mi casa. Algo a lo grande, con mucho personal y mucha atención, con comida de postín y marcas selectas de bebidas espiritusas, espumosas y de larga crianza en barrica.

– ¡Ah!

Al tal Ceferino, gerente y sin embargo, dueño de la empresa, se le hizo la boca agua y los ojos empezaron a hacer caja a modo de Tío Gilito. Y la alegría para el cuerpo Macarena, que suponía librarse de su hijo menos querido, le producía hemorragias internas de un placer imposible de narrar en estas líneas por no haber palabras en el diccionario capaces de expresar todos los matices.

– Y quiero que un camarero al que vi en el club de tenis, Jorge, esté en el envite. Quiero que me sirva a mí solo.

– ¡Ah! – Ceferino se frotaba las manos, metafóricamente, claro. Y otra oleada de orgasmos etéreos inundaron su espíritu.

Pero no todo iba a ser alegría y fiesta ante las perspectivas que se abrían en su futuro. La boca de D. Ceferino se le secó un poco. De repente se dio cuenta que el tal Jorge, su vástago, el tercero en su línea sucesoria, un chico que iba a su bola, un poco rebelde y al que era difícil persuadir de algo, iba a ser imposible de convencer de entrar en la subasta que se había imaginado unos instantes antes. Al menos él, su padre, rara vez lo había conseguido después de que cumpliera los tres años.

– Es que es un camarero muy caro – empezó la subasta.

– ¿Cuanto?

– 10.000.

– Lo pago.

– Es que no es buen camarero.

– Me da igual. Que no sirva. Solo que esté. Y no es verdad que sea malo.

– Es que se ha ido de viaje al Ampurdán.

– ¡Que vuelva!

– ¡Es que es mi hijo!

– ¿Y a mí que? 50.000 euros por el servicio del tal Jorge, su hijo de usted y deje de marearme.

El señor Herdaqués, tragó con dificultad. Ese dinero así a mayores, con nada de dispendio asociado, porque su vástago no iba a ver ni un céntimo de ello, le podría venir de perlas para saldar algunas deudas acuciantes con bancos y otros intermediarios financieros.

– Veré lo que puedo hacer.

El festín iba a salir por una pasta. Pero a Ramiro le daba igual.

Ramiro el millonetis, abandonó como una exhalación las instalaciones del cátering de D. Ceferino. Al tal Ceferino, se le empezó a encoger los huevos pensando en lo que le diría a su vástago. En esos pensamientos estaba cuando entró él de improviso.

– Jorge, tenemos un fiestón el día 10 en casa de D. Ramiro de la Berza, por una pasta. – tragó saliva – pero quiere follarte. Paga 50.000, con lo que pagaremos a esos cabrones del Banco Kindalés.

– Tengo novio, ya se lo dije. – Jorge se puso digno.

– Eso o el subdirector del banco. El destino de la familia está en tus artes amatorias.

– ¿Y por qué no se encarga Elvirita o Jacinto, tus hijos preferidos?

– Te han pedido a ti.

– No.

D. Ceferino cerró los ojos con fuerza para provocar unas lágrimas. Buscó dentro de él todo el arte dramático que había estudiado en el internado de los Hermanos Luminosos, y empezó a declamar con voz engolada:

– Jorge, piensa en tu pobre madre, mírala en la calle, pidiendo limosna. Sin poder hacer esos pasteles que tanto le gustan y esa merluza a la cazuela por la que te pirras todos los domingos. Mírala, llorando, con el vestido raído, y la cara sucia, con lo coqueta que es… mírala con lo que la quieres…

– Vale, vale, déjalo, papá que me pones la cabeza a 100 cuando te pones así de dramático. La mitad de los 50,000 para mí.

– Pero mírala – insistió D. Ceferino, para asegurarse la victoria. – Y nada de 25,000. Confórmate con que te pague el sueldo de los 4 meses que te debo.

– Daré el cátering. Pero no follaré con el individuo ese.

– Gracias, gracias – y D. Ceferino cogió la mano de su hijo y se la besó repetidamente, hasta que éste la retiró con un gesto brusco. – Y claro que follarás con él. Y bailarás el lago de los cisnes si te lo pide. Tu pobre madre, piensa en ella, en la calle, pidiendo limosna…

– Bailaré el Lago de los Cisnes, pero nada más. No pienses que me lo voy a follar. Tengo novio.

– ¡¡Que vocabulario!! Estamos hablando de amor… nada de sexo por el sexo. Que lo he notado yo.

– ¡Que se va a enamorar ese de un simplón como yo! Lo que quiere es pillar. Tú mismo lo has dicho.

– Me expresé mal. Que mal pensado eres, hijo. D. Ramiro es un hombre cabal. Para follar – pensó en santiguarse después de soltar esa palabra, pero se contuvo – tendrá a todos los que quiera, sin necesidad de venir él en persona y gastarse una millonada.

– No me convences. Pero conmigo, va a morder hueso.

– Piensa en tu pobre madre, su traje sucio… y en tu pobre hermanito, sin poder comprarse colonia, esa que tanto le gusta.

Jorge se tapó los oídos y salió del despacho de su padre sin mirar atrás. No lo soportaba. Pero quizás tenía razón… el destino de su familia dependía de él. Siempre había querido hacer algo grande y ahora, estaba en disposición de hacerlo. Por su madre. Por su hermano Carlitos. Los demás le daban igual. Pero ellos… se merecían tener ropas limpias y dinero para comprar desodorante.

Capítulo 3.

Ramiro vestía sus mejores galas. Era su fiesta de carnaval. Los invitados disfrazados, pero él, de anfitrión.

Jorge su uniforme nuevo, 5 tallas más pequeño de lo que le corresponde. A su padre le habían llegado informes del banco de D. Ramiro, que era el mismo que el suyo. El subdirector le dio todo lujo de detalles morbosos, para desquitarse de las humillaciones que Ramiro le proporcionaba los días que pasaba por la oficina. No hay nada para olvidar una humillación sufrida, como otra infligida. Esa era la filosofía del subdirector. Un hombre ruin y despreciable donde los haya.

– Le hará ir a cuatro patas y ladrar. Al botones se lo hizo. Y luego pedirá que se lo folle su hermano Carlitos. Es así de retorcido.

– ¿No me diga? – exclamó algo preocupado Ceferino, al que muy a su pesar la imagen de sus hijos no queridos a cuatro patas, no le producían espasmos de dolor, aunque fingir, fingía preocupación y repulsión.

– Y no te va a pagar, que es lo peor, por lo que te embargaremos. Y en la puta calle te vas a quedar, Salustiano, querido. Y tu mujer pidiendo a la salida de misa de 12 en la iglesia del Carmen. Y tus hijos Jorge y Carlitos prostituyendo sus cuerpos en los bosques del castillo, con el frío que hace. – iba a añadir que era para lo único que valían sus vástagos citados, pero pensó que a lo mejor era pasarse.

Lo estaba disfrutando el subdirector. Vaya que sí. Ceferino pasó por alto que el subdirector, ese gilipollas, no se acordara de su nombre.

– Creo que voy a mandar ya tu expediente al servicio jurídico. Por ir adelantando. Porque si se hubiera fijado en… – iba a decir el nombre de la hija de Salustiano, Elvirita (ese nombre no se le despistaba), una bella damisela un poco altiva de 23 años bien puestos. Unos pechos bien puestos también. Y un carácter bien puesto. Todo esto junto, le ponía farruco al subdirector. Pero se contuvo. – O en tu hijo mayor… – que no sabía el nombre pero que también le ponía a cien.

– Esos no tienen ángel, subdirector. – reconoció Ceferino muy a su pesar, porque eran sus ojitos. – Jorge y Carlitos son otra cosa.

Salió de la oficina del banco con los pantalones de repuesto del uniforme del botones y con un nudo en el cuello, a la altura de la nuez, por los vaticinios negros sobre el cobro de la factura. Las actividades sexuales a las que se verían abocados sus retoños no deseados, le daban igual. Aunque un poco preocupado, eso sí, de enfrentarse a su hijo Jorge, todo un carácter si se ponía en ello. Otras veces había atacado al subdirector, pero en esa ocasión, la cosa se le había atravesado. Él había visto una luz y el subdirector, “el malnacido” como le solía llamar en la intimidad de sus pensamientos, no solo se la había apagado, sino que le había quitado el casquillo de la bombilla.

Pero al llegar a la oficina-casa, su hija le anunció que había llamado el secretario del tal Ramiro para pedir un número de cuenta que no fuera del banco Kindalés, para hacerle un adelanto.

– 120.000 Eurazos, papá. – le dijo Jacobín, su primogénito. – Ya están en la cuenta. Ya están en el bote, papá. Podemos escatimar en el servicio y así nos quedará más y podremos… total ya ha pagado casi todo. Que le zurzan al Ramiro ese, que tiene para eso y para más.

Su padre lo miró moviendo la cabeza, negando. ¿Dónde se había equivocado con sus hijos mayores y queridos?

– Eres idiota, Jacobín. Mejor será que me ocupe yo. Así que no vuelven los clientes.

– No papá, no, esta es mi labor y…

– Estás despedido. Ya no tienes labor. Descansa, que te veo agotado.

El padre se dio la vuelta y el hijo abrió la boca. Una mosca que pasaba por allí decidió entrar en ella a buscar cobijo; y lo encontró.

Subió lentamente las escaleras de la casa en busca de la habitación de sus hijos Jorge y Carlos. El último no estaba, seguramente estaría en las clases de ballet clásico. Jorge estaba tumbado en la cama leyendo “El chico de las estrellas” de Chris Pueyo.

– ¡Qué guay este libro, mola! – dijo al ver a su padre y mientras se limpiaba algunas lágrimas que habían brotado de sus ojos al final del capítulo que estaba leyendo.

– Éste será el uniforme que lleves en el festejo del millonetis.

– Una mierda – contestó raudo en cuanto tuvo los pantalones en la mano. – Aquí no me caben las piernas, mucho menos el paquete. Me van a doler los huevos para los restos.

– Ese vocabulario, Jorge. Acabo de despedir a tu hermano mayor – lo dijo así, todo seguido.

– Si despides también a Elvirita, me los pongo.

– Hecho. Serás el responsable de que todo salga bien. Estaría bien ganar a ese tal Ramiro como cliente fijo. – carraspeo y preparó su mejor tono dramático – Por tu madre, Jorge, por tu madre, para que no tenga que ir a pedir a la puerta del Carmen.

No dejó reaccionar a su hijo. Ceferino se dio la vuelta y salió de la escena. No le había costado ceder a las pretensiones de su hijo, porque de hecho, lo tenía pensado hacer a continuación.

– Elvirita, estás despedida. – dijo abriendo, sin llamar, la habitación de la susodicha.

Su hija estaba haciéndose las uñas de los pies y ni siquiera levantó la mirada.

Por todo lo aquí contado, al final Jorge no tuvo más opción que ponerse los pantalones de repuesto del botones del banco Kindalés, Locati de nombre, Loca para los amigos, entre los que casualmente se encontraba él.

Ramiro el millonetis, al ver al camarero Jorge, se le iluminaron los ojos. Todo parecía ir como correspondía, salvo los pantalones del ínclito camarero Jorge, que no le gustaban nada.

– Devuelve esos pantalones al botones del banco, camarero Jorge.

– No he traído otros. Encima de que me los he puesto porque nos han dicho que le gustan a Vd.

– Sirve en calzoncillos. Es una fiesta de disfraces. Colará.

– ¿Y si no llevo?

– Sin ellos. Mucho mejor.

– Que corte.

– Que maravilla.

– Discrepamos en el punto de vista.

– Llevas calzoncillos, se te marcan.

– Están viejos y deshilachados.

– Mejor si tiene agujeros.

– Me da vergüenza.

– A tu madre también la dará vergüenza.

– ¿Ves? No debo hacerlo. Por mi madre.

– Te regalo unos calzoncillos nuevos.

– Luego.

– Ahora.

– No.

– Devuelve los pantalones.

– No tengo otros.

– Te regalo unos.

– ¿Son de mi talla?

– Tomamos medidas.

– ¿Con metro?

– Con las manos.

– Eso es muy atrevido para la primera cita.

– ¿Esto es una cita?

– ¿No lo es?

– Estás trabajando.

– Pero el trabajo acabará en unas horas. Luego estoy libre.

– ¿No tenías novio?

– Me han dicho que tengo que acostarme con usted.

– ¿Ahora de usted?

– Así es, en los negocios.

– ¿Negocios?

– Si no nos paga, nos vamos a la quiebra.

– Ya os he pagado.

– ¡Ah! entonces me puedo ir.

– Haz lo que quieras.

– ¿Me voy?

– Tú mismo.

– Me voy.

– ¡¡No!!

– Ya me parecía.

– Eres duro.

– No, no lo soy. Pero no me gusta que me traten como mercancía.

– ¿Te he tratado así?

– Has contratado a mi padre porque quieres follarme.

– No quiero follarte.

– Claro que si. Se le escapó.

– Me gustas. No es lo mismo.

– ¿Lo ves?

– ¿Lo ves tú?

– Lo que yo digo.

– Me gustas, no es “quiero follar contigo”.

– Lo que tú digas. Soy un chico de la calle y no me la das. Eso dicen todos. Amisgtad, bla, bla y lo que surja.

– Claro que sí, chico de la calle. Lo que tú digas.

– Cuéntame otra de que estás enamorado porque el otro día me viste en el club de tenis y viste un arquero divino que apuntaba la flecha del amor hacia nosotros.

– ¿Cómo lo sabes?

– ¿Eh?

– ¿Cómo sabes lo de la flecha?

– ¿Eh? ¡Era coña!

– ¿Lo era? A lo mejor es lo que viste. Había una flecha. No vi al arquero, eso sí. Confiesa que te gusté.

– ¿Yo? Yo no veo esas cosas. Ni flechas ni arqueros. Para nada.

– Eres de follar.

– ¿Preguntas o afirmas?

– Afirmo.

– ¡¡No!! ¿Lo eres tú?

– ¡¡No!!

– ¿Entonces?

– Me gustaste y creí que era interesante conocerte. Eso no significa que me vaya a casar contigo mañana. Tienes algo, un aura o llámalo como quieras.

– Vaya, que desilusión, yo que iba a utilizar esos pantalones como traje de novia.

– ¿Novia? – tono molesto en Ramiro.

– ¿No?

– Novio. No me gusta eso de “novia”.

– Perdona, a mí tampoco.

– ¿Entonces?

– Era por…

– ¿Por picarme?

– Sí.

– Pues me has picado.

– ¿Te has enfadado?

– Sí.

– La primera riña de enamorados.

– ¿Somos una pareja de enamorados?

– No entiendo – dijo un poco desesperado Jorge.

– Creo que puedo enamorarme de ti. Es una posibilidad.

– ¿Crees?

– Ya te lo he explicado dos veces, Jorge.

– Es que solo soy un camarero.

– ¿Solo un camarero? Te va el rollo víctima. Interesante.

– Contrátame entonces. Como jefe. Así dejo a mi padre.

– Ya tienes trabajo.

– Mi padre no me aprecia.

– Yo creo que sí, te lleva a sus eventos importantes y sales a dar la cara.

– Eso no es importante.

– Claro que sí.

– No lo veo así. Hoy estoy aquí porque quieres follarme.

– Dime que tu padre no te quiere. – obvió lo de follar.

– Mi padre no me quiere. Por eso me ha vendido a ti.

– No te ha vendido.

– Llámalo X.

– X.

– Me ha vendido – insistió Jorge.

– No, porque yo no te he comprado.

– Perdonad que interrumpa esta animada charla, pero los invitados esperan en la calle a que les recibas – Óscar, el secretario, vestido de orangután, avisando a su jefe de las obligaciones sociales que como anfitrión, debía cumplir ipso facto. Y así de paso dejaban esa conversación de besugos que le estaba poniendo de los nervios.

– Voy – contestó seco Ramiro. No le había gustado que le cortaran el rollo.

– Fuera hace frío, y alguno ha venido disfrazado de geisa – se disculpó Óscar, justo antes de salir por patas ante la mirada rubicunda de su jefe.

– Cámbiate los pantalones. No me gustan.

– En eso estoy de acuerdo. Y yo lo haría pero…

– Por favor. Búscate la vida. Pide unos prestados. Lo que se te ocurra. Eres un hombre de la calle, con recursos.

Jorge fue a responder, pero no supo el qué. Ramiro aprovechó y se fue a la puerta a recibir a los ateridos invitados que esperaban en la calle.

– Perdonad, queridos, pero Óscar no me ha avisado. Este Óscar es un desconsiderado. Teneros aquí esperando.

– ¡Despídelo! – dijo Kiara, la dama de 80 años que encabezaba la cola. Era una de las que se había disfrazado de geisa.

– Jorge, por favor, traed ponche caliente para que entren en calor.

– En 5 minutos está aquí.

– Bien cargado, chico – apuntó la dama geisa.

Jorge corrió a la cocina como alma que persigue el diablo. Lo del ponche no estaba en el menú previsto. Dos cosas a improvisar en cinco minutos: sus pantalones y el ponche.

– Ponche, ponche, ponche, hay que hacer ponche caliente. Kike, tus pantalones.

Kike, otro camarero, se quitó los pantalones. Kike cogió la primera cazuela que encontró y la puso al fuego. Pilar echó unos litros de vino, mientras Tomás hacía zumo de naranja y limón.

– Azúcar – gritó alguien.

Jorge salió con la primera bandeja de ponche humeante en apenas un suspiro.

– Id saliendo según esté y empezamos con los calientes – ordenó en la cocina antes de salir al salón.

– Has dicho 5 minutos, han sido 7. – le echó en cara Ramiro en cuanto llegó a su lado.

– 5 minutos por el ponche. 2 minutos por los pantalones. Y para no estar previsto, no ha estado mal.

– Touché.

– Acepto sus disculpas, señor.

– ¿Te quedarás luego?

– ¿Para follar?

– No.

– ¿No quieres follar conmigo?

– Quiero cenar contigo.

– ¿Una cita?

– Para conocernos.

– ¿Sin follar?

– Dale con el follar. ¿Quieres follar?

– No especialmente.

– Me vuelves loco.

– No te entiendo.

– El que no te entiende soy yo a ti.

– No, soy yo el que no te entiendo. ¿Ves? Esto no funciona.

– ¿Quieres follar?

– Yo siempre quiero follar.

– ¿Entonces follamos?

– Pero si decías que no querías follar.

– Es que parece que tú lo único que quieres es follar, solo piensas que quiero follar contigo, y pienso que a lo mejor, en realidad quieres follar y punto.

– No, es que no quiero follar.

– Acabas de decir que te gusta follar.

– Pero no contigo.

– No puedes saber si te gusta follar conmigo, no lo has hecho nunca.

– Ni haré. No me apetece.

– En eso estoy de acuerdo.

– Mira, ya era hora.

– Se va a enfriar el ponche.

– Mis compañeros están sirviendo.

– Pero este ponche se va a enfriar.

– Lo calentamos.

– ¿Me calientas?

– ¿Te caliento?

– ¿De qué hablamos?

– ¿De follar?

– ¿De hacer el amor?

– De ponche

– ¿Ponche?

– ¿De follar?

– De hacer el amor.

– ¡Qué cursilería!

– ¿A qué sí? Pero te mola. Se te ha puesto dura.

– ¿Me estás mirando el paquete?

– No, te estoy mirando a los ojos.

– ¿Y como sabes…?

– Porque me lo estás diciendo tú ahora.

– Que te den.

– ¿Amor?

– Por saco.

– ¿Tú?

– Me largo.

– Has perdido, reconócelo.

– Me rindo, he perdido, sí. Pero me abro.

– Como quieras. Si no sabes perder, a lo mejor no eres mi hombre.

– Llevo toda la vida perdiendo.

– Pues no has aprendido.

– Que te den.

– Respuesta repetida, no vale.

– Eres odioso.

– No es verdad, ya estás casi conquistado. Te gusto.

– Tu lo flipas.

– Te has cambiado de pantalones.

– Me apretaban los cojones.

– ¿Y es verdad que llevas calzoncillos viejos y raídos?

– Eso es cierto, no tengo pasta para compararme 7 CK todas las semanas.

– Se pueden lavar.

– Por eso están deshilachados y con algún agujero.

– Me pone eso.

– ¿Te pone la pobreza?

– Eso es un golpe bajo.

– ¿Qué es entonces?

– ¿Un pequeño resquicio por dónde se puede vislumbrar lo escondido de ti?

– Qué romántico.

– Veo que en cuando no tienes respuesta recurres al sarcasmo.

– Me gusta la ironía.

– Lo tuyo es sarcasmo, más bien.

– Es cuestión de detalle.

– Perdonad de nuevo, Ramiro el anfitrión, Jorge el camarero, que los invitados… deberías darte una vuelta.

– ¡¡Cállate!! – le dijeron los dos a la vez.

– Os sugiero que, como ya sois capaces de coordinar una respuesta para mandar a tomar por culo a un servidor, cual pareja ya consolidada, deis un par de vueltas a la fiesta, que es lo que se espera del anfitrión de una fiesta, y más si eres tú, Ramiro.. Así saludáis y podéis seguir con vuestros diálogos de besugos, entre invitado e invitado.

– ¡¡Vete a la mierda!! – volvieron a decir los dos.

Óscar se sonrió. Esa compenetración de los dos le hacía presagiar que no tendría que volver a estar pendiente de Ramiro mientras se bañaba por las mañanas por si salía lleno de espuma para dar la patada al ligue de esa temporada. Estaría bien dormir en su casa para variar. Cruzó los dedos y miró al cielo esperando que lo de Ramiro el millonetis y lo de Jorge el camarero, saliera bien.

Capítulo 4.

Llegó un momento en que Ramiro cogió la mano de Jorge el camarero y le dijo.

– Vamos al piso de arriba. Tengo todo preparado en el mirador para que cenemos.

Ahí Jorge definitivamente se puso nervioso. Apartó la mano como si le hubiera dado un calambrazo del 15. Las piernas empezaron a temblarle y los labios, y los brazos. La boca se le quedó seca, seca, pero seca. Se devanó los sesos para buscar una excusa, pero la cabeza también le temblaba. No encontró ninguna que lo convenciera. Más que nada porque en el fondo, quería subir. No, no quería subir. Sí, quería subir. No. Sí pero no. O al revés. Miró al salón en busca de una margarita para deshojarla y decidir si “subo, no subo, subo, no subo. “Si es un viejo”, pero “Está guay”, pero “Me lo he pasado bien esta noche” pero “Es un ricachón de esos”, pero “Es interesante”, pero “No tengo nada en común”, pero “No me mola”, aunque a lo mejor… “Si me molaría”. “Me río. Lo paso bien”. Pero “¡Qué dices, alucinas!”.

Pero…

“Me ha perseguido”

“Me ha comprado”

“Le gusto, joder que le gusto”

“No tengo nada en común”.

“¿Qué dirán mis amigos”

“Si no tengo amigos, bueno alguno.

“¿Y qué dirá mi madre?”

“A mi madre no le va a gustar”.

“En realidad a mi madre le da igual”

“¿Y qué dirán sus amigos?”

“¡Y qué dirán sus padres!”

“¿Tiene padres?” “¡Qué fuerte! no me atrevo a preguntar”

“Joder que corte”.

“Joder que a lo mejor es cierto y solo quiere follar”.

“Joder, que casi prefiero la opción de Solo follar

“Voto por solo follar”

“¿Y si follamos? Me voy y ya está”.

“Seguro que luego me da boleta”.

“Seguro que dentro de tres días se ha cansado de mí”.

“Tiene algo con el secretario ese, fijo”.

“El Óscar ese me suena de algo”.

Loca dice que es majo, que no le ha metido mano. “Es un tío guay, Jorge. Te lo digo yo. En el banco me trata guay.” “Nunca me ha tocado un pelo, pero siempre hace un aparte conmigo, para que no me despidan. Y hace que me besa pero en realidad me cuenta un chiste al oído. Y luego me da una propina del copón y todo esto lo hace cada vez que va. Y cada semana llama al banco para pedir que me acerque a su empresa para un servicio especial. Y ya paso la mañana allí, con la gente, aprendiendo la leche de cosas.” “Y tiene un secretario que me pone y es muy simpático conmigo; me trae un sándwich a media mañana y una pepsi-cola”. “Es la leche de majo”.

“¿Leche? ¿Será una indirecta que quiere decir, pero no dice? ¿Me estará mintiendo el Loc?”

– Es un hombre guay – repite Loca.

“Joder”.

“Ramiro el guay”, pensó Jorge jocoso. “¿Y si le ha pagado para que diga lo de guay?” “Las propinas esas, fijo”

Jorge no quiso creerle. “No, no, no, no”. Estaba por pensar mal de Ramiro. Y pensaba mal de Ramiro todo lo que podía y algo más.

– Y tengo tu disfraz.

– ¿Y tú el tuyo?

– Yo no me disfrazo.

– Eso no es así.

– Corrijo: ya estoy disfrazado.

– Eso es un esmoquin.

– Ya.

– Eso no es un disfraz.

– Es un punto de vista. Para mí es un disfraz.

– Pues ya estoy disfrazado.

– Es cierto: de camarero.

– Pues eso, no hace falta que me disfrace.

– Vale. Te pido que te cambies de disfraz.

– ¿De orangután como tu secretario?

– No hombre.

– Te hace ojitos el Óscar ese.

– ¿Estás celoso?

– ¿Yo?

– Lo pareces.

– ¿Tendría motivos para estarlo, si es que estuviera celoso? Que no es el caso, no te creas, que te pones así estupendo y no. No estoy celoso. Para nada.

– ¿Lo estás?

– No contestas a mi pregunta.

– No sé lo que estás preguntando.

– Si te lo montas con el Óscar.

– No me lo monto con Óscar.

– ¿Nunca lo has hecho con él?

– ¿El qué?

– No te hagas el tonto.

– No he follado con él. Por eso es mi secretario.

– ¿Y hecho el amor?

– No por Dios, nunca ha sido candidato a tal cosa.

– ¿Quién ha sido candidato?

– Mucha gente.

– ¡Y no te ha gustado nadie! – exclamó un Jorge alucinado.

– Nadie pasó la prueba. Miento, alguno sí, pero estaba comprometido – se acordó de Adri el actor porno. Alguno más hubo, pero ya no los recordaba.

– ¿Haces un examen?

– El examen es pasar rato juntos, hacer cosas.

– ¿De ricos o de pobres?

– No sé, hacer cosas. ¿qué más da?

– ¿Tenemos que hacer cosas?

– Eso hacen las personas que se quieren conocer.

– Sí. pero yo no puedo hacer cosas de ricos.

– ¿De ricos? ¿Qué es hacer cosas de ricos?

– Pues ir al club de moda a jugar un paddel, o al gimnasio de a 500 euros la semana a hacer carrera en la cinta, o a la Ópera, o a cenar en un restaurante de a 400 euros el cubierto. O ir a pasar la noche a París en tu avión privado.

– Si pago yo, lo puedes hacer.

– Pero ese no es mi mundo, no estaría cómodo.

– Te harías enseguida.

– Eso sería comprarme.

– Ya estamos otra vez.

– Y luego no soy el elegido, y no sabría vivir sin esos lujos. A eso se acostumbra uno enseguida.

– ¿Y si lo eres?

– Eso está por ver.

– Tienes papeletas.

– ¿Cuantos tuvieron papeletas antes que yo? ¿50?

Ramiro hizo un gesto con la frente.

– ¿100?

– ¿200?

– ¿Más?

– No los he contado.

– 321 – contestó a sus espaldas Óscar.

– ¿Y tú porque no te callas? – le espetó enfadado a su secretario.

– Ramiro, te pido permiso para irme.

– Vete antes de que te dé una patada en los cojones, idiota.

– Siempre dices que hay que ir con la verdad en el amor.

Óscar iba a seguir con la explicación, pero una copa de champán que salió volando de la mano de Ramiro le hizo echarse a correr camino de la puerta de salida.

– ¿Seguro que no habéis follado?

– Que manía con el follar.

– Mucha confianza.

– Todos los que trabajan conmigo tiene mucha confianza.

– No me lo creo. Eres un millonetis del copón. Mira este casoplón. No puedes ser un hombre guay con tus trabajadores, además. Eso sería injusto con el reparto de cualidades del destino.

– Siempre pones en duda lo que digo. Esto empieza a ser un suplicio.

– ¿Ves? No tengo tantas papeletas. Te saco de quicio. Me abro.

– Una patada, sí te estás ganando.

– Nadie me aguanta.

– Otra vez el papel de víctima. Es el papel que has elegido.

– A lo mejor es que lo soy. Una víctima inaguantable.

– ¿Quién te ha tratado mal?

– Todos. En el colegio se reían de mí, mi padre me desprecia, mis hermanos igual, tengo pocos amigos de verdad. Y pocos colegas, que es lo peor. No le gusto a nadie.

– No me lo creo.

– Es verdad.

– Te haces la víctima. Conozco a muchos que se lo hacen. Presumen de ser incomprendidos y esa misma incomprensión les da derecho a fastidiar a los demás. Y tú has decidido fastidiarme a mí esta noche.

– Yo conozco a algunos así también, pero no es mi caso.

– ¿No?

– Me la suda ser querido o no.

– Eso no es cierto. Hablas y se te nota dolido.

– Conmigo mismo.

– Nos estamos poniendo serios.

– Es lo que hay, debes probar la mercancía antes de comprarla.

– Y dale.

– Es una forma de hablar, no te enfades.

– No me enfado.

– Vale.

– ¿Subimos?

– ¿Has visto a esos? Ese se está despelotando. Alucina vecina.

– Es una riña de parejas. Uno se ha dado cuenta de que el otro está fingiendo.

– ¿Y por eso se desnuda?

– Para mostrarse tal y como es.

– ¿Se quieren?

– No lo sé.

– ¿Y por qué finge?

– Porque le da miedo mostrarse como es por si no le gusta.

– Tiene miedo a quedarse solo.

– O le quiere tanto que no quiere perderlo.

– Tiene miedo a quedarse solo. No lo quiere de verdad. Lo noto en su mirada.

– Pero no se lo digas.

– No les conozco.

– Les conocerás, son mis amigos.

– ¿Los dos?

– Uno más que el otro.

– Eres amigo del estafado.

– Sí. Aunque el estafado tampoco quiere al otro.

– ¿Subimos?

– Pareces enfadado.

– Esta conversación me ha recordado algunas cosas que no me gustan.

– ¿Sobre la soledad?

– Digamos que sobre mi vida.

– ¿En soledad?

– En soledad.

– Vamos.

– Sí, vamos será mejor. Aunque deberías despedirte de los invitados.

– Que se encarguen tus camareros.

– Les digo y nos vamos.

– Has cambiado de actitud.

– He cambiado mi yo combativo por mi yo triste. No valgo la pena, Ramiro. Tú mereces alguien mejor.

– Si me gustas, no habrá alguien mejor.

– Yo no soy especial.

– Deja que yo lo decida. Eso es algo subjetivo.

– Yo soy objetivo conmigo.

– Y además, luego debes tú enamorarte de mí. Esto no es solo en un sentido.

– ¿Y si me engaño para no quedarme solo, como esos amigos tuyos?

– Eres joven para tener miedo a quedarte solo.

– Me siento viejo.

– No lo eres.

Jorge se quedó mirando a Bernardo y Jonatan. Bernardo estaba sentado y Jonatan ya estaba desnudo delante suyo, con los brazos abiertos. En sus labios pudo ver dibujadas las palabras “te quiero”. No lo podía escuchar desde donde estaba, pero sabía que no estaba acostumbrado a decirlo y lo había dicho mal. No, no lo quería. Estaba seguro. Tenía miedo. Por eso estaba con él.

Ramiro lo cogió de la mano y tiró de él. Jorge al principio se resistió, pero enseguida se dejó hacer. Siguió a Ramiro sin ver ni oír.

Estaba triste. Quizás la continua batalla dialéctica con Ramiro le había cansado.

Cuando subían por la escalera, vio a D. Enrique, el que pagó el convite del Club de Tenis. Y leyó en su mirada el desprecio que le causaba Ramiro y el todavía mayor desprecio que le causaba él. Y a quien le quería oír le decía:

– Seguro que al camarero ese le huelen los pies y los sobacos.

Jorge disimuladamente se olió el sobaco. “¿Y si fuera verdad que le olían?” Pero quedó tranquilo: al menos una parte de la afirmación, era mentira. La otra, la comprobaría en casa.

Capítulo 5.

– Ya han pasado tres días y no te he dado la patada, como decías.

Jorge levantó la mirada del libro que leía en su cuarto.

– ¿Quién te ha dejado entrar?

– Tu padre.

– Que servicial. Está frotándose las manos por ver si te me llevas y de paso, te llevas a mi hermano Carlitos, al que también odia. El del banco le dijo que te molaba ver a dos hermanos follarse a cuatro patas ladrando como perros.

– Hostias, no se me había ocurrido. ¡¡Carlitos!!

– ¿Qué haces? – Jorge se incorporó de un salto.

– Llamar a tu hermano para proponerlo. El del banco tiene razón debe ser un espectáculo. Ladra un poco, guau, guau.

– ¿Estás loco?

– ¿Sí?

– Carlitos, soy Ramiro – le tendió la mano.

– ¿El del riñón forrao que quiere ligarse a mi hermano? Mi padre está expectante, nervioso en el hall rezando a la virgen del Carmen por ver si es hoy cuando te lo llevas vestido de princesa, con sus labios pitados de rojo pasión y los ojos pintados de morado.

– ¡Ah!

– Lo de los ojos me lo he inventado.

– ¡Ah!

– Vete, anda, que no pasa nada – dijo Jorge.

– Sí, quería proponerte. – contradijo Ramiro.

– ¡Ramiro! Por favor. No querías proponer nada.

– Si lo ha dicho el del banco, habrá que hacerlo. Quería proponerte, Carlitos…

– Ramiro, joder, como te pasas.

– Tú me dices que el del banco, como si fuera no sé…

– El del banco nos quiere embargar.

– Di, guau, guau – a Carlitos.

– ¿Guau?

– No, guau.

– ¡¡Guau!!

– No, guau.

– Guau.

– Jorge, dí guau.

– Vete a tomar… – se contuvo.

– ¿Amor del tuyo?

– Vete a la mierda.

– Ahora enseguida. Di guau, Jorge.

– Dilo, coño, que me estoy meando – apremió Carlos.

– Guau – y no pudo evitar ponerse rojo.

– Y ahora montároslo.

– Me voy al servicio.

En la puerta se dio la vuelta y les dijo:

– Hacéis buena pareja, tú estás igual de ido que mi hermano. Me pido bailar en el convite vestido de Dalia blanca.

Y cerró la puerta.

– Cierro por si queréis montároslo. – gritó alejándose. – Guau, guau.

– ¡Qué lástima! Lo que hubiera dado por veros retozando al ritmo de guau, guau, para dar la razón al subdirector, ese gilipollas.

– Vámonos. Estás medio loco.

– Y tú.

– Una mierda. Yo no pido que se lo monten dos hermanos, a uno de los cuales quieres conquistar.

Me has dicho que si te casas conmigo, deberé aceptar a tu hermano.

– Yo no he dicho eso.

– Me has dicho…

– He dicho que mi padre lo querría.

– Así que cuando le pida tu mano…

– Que bobadas, pedir mi mano. – atajó Jorge.

– Es tradición.

– Una mierda. Yo me caso con quien quiera.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– ¡¡No!!

– Todavía.

– No, para siempre.

– Mientes.

– No.

– Sí.

– Eres insufrible.

– Lo dicen tus ojos, estás enamorado de mí.

– Otra bobada.

– Da igual, acabarás reconociéndolo.

– Una mierda.

– Que nos vamos, has dicho. Nos vamos, digo yo también, que he venido a buscarte. Me lías y se me olvidan las cosas.

– Yo no he dicho nada de irnos. ¿O sí? Me vuelves loco. Además, estoy sin vestir.

– Me da igual – mintió – ¡Vamos! Esta casa no me gusta.

– A mi tampoco.

– Vamos, está el chofeur esperando.

– ¿Con la limusina?

– Algo así.

– Tengo que cambiarme.

Pero Ramiro lo cogió de la mano y tiró de él.

– Que voy descalzo.

No le hizo ni caso.

– Que estoy en calzoncillos.

Ni caso.

– Hasta luego – se despidió Ramiro de Carlitos que volvía del baño.

– Guau – respondió socarronamente Carlos.

El chofeur estaba esperando con la puerta de la limusina abierta.

– ¡Que voy en calzoncillos!

– ¿Están rotos?

– Joder, no se te puede decir nada. Solo desgastados.

– ¡Calla! Ahí tienes para cambiarte.

– Joder, no quiero… – se quedó mirando un momento el perchero con un montón de ropa – joder, mola esta ropa. ¿Cómo has sabido lo que me gusta?

– Carlos.

– ¿Carlos? ¿Ese Carlos? – señalaba hacia su casa.

– Sí.

– Pero… ¡Qué cabrones, os habéis hecho los desconocidos y habéis maquinado a mis espaldas. Se va a enterar Carlitos, ahora mismo le mando un wasap.

– Quedamos ayer y me dijo. Y luego nos fuimos de compras.

– ¿Qué más te dijo? – preguntó expectante dejando a medio escribir el wasap prometido.

– Que me querías, que lo notaba.

– Ese es bobo. Le voy a poner a caldo.

– Y que eres buena gente.

– Que mono.

– Y que te quiere mucho.

– Yo también a él.

– Y que estás muy triste, por esto y aquello.

– Que gilipollas, que le va a él el ir contando mierda sobre mí.

– No es mierda.

– Yo no estoy triste.

– Depre.

– Una mierda.

– Cámbiate, que llegamos tarde. Y deja el móvil.

– Ahora, espera que le digo… ¡No me quites el móvil, capullo!

– Vístete, que llegamos tarde.

– ¿A donde? Y devuélveme el móvil.

– A una comida de trabajo. Y cuando te vistas, te doy el móvil.

– Pero si no tengo ni puta idea.

– Da igual. Tu fíjate en la gente y sonríe a todo el mundo. Eso hace un camarero.

– Ufff. Que corte. ¿Y cómo me vas a presentar? ¡No conozco a nadie!

– Como mi novio.

– Una mierda.

– ¿Mi marido?

– Joder. No lo soy.

– ¿Novio sí eres?

– Ya me entiendes.

– Mi prometido, entonces.

– ¡¡No lo soy!!

– Es cuestión de semanas.

– Ya estamos. Me vas a echar a los tres días.

– Ya han pasado.

– Otros tres.

– Como quieras. Cámbiate o te sacaré en calzoncillos.

– Pero si ni me has dejado ducharme.

– Así cuando te pongas al lado de Enrique, el del club de tenis, levantas el sobaco y se quedará contento.

Jorge se olió el sobaco asustado.

– ¡No me huele!

– Una lastima. Otra decepción para Enrique después de que no le saliera el negociete ese ni pudiera tirarse a Jimena, la deseada.

– Joder, como te pasas.

– Vamos.

– Pero no sé que ponerme.

– Lo que más te guste.

– Esta camiseta, esta chaqueta, estos pantalones.

– Y esos calzoncillos.

– Joder, que me vas a ver desnudo.

– Ya va siendo hora.

– ¿No ves? Solo sexo. Todo se reduce a eso.

– Pero no te he tocado un pelo en tres días.

– Fíjate tres días, como los noviazgos de antes – le salió su mejor tono sarcástico.

– Ahora no se lleva.

– Es cierto, no se lleva ni un noviazgo de un día. Ayer me llamó Camilo, un amiguete y me contó que se ha echado novia, una tal Olimpia, a la que ha conocido el martes. Follaron y el miércoles eran novios.

– ¿Lo ves? Ya somos más tradicionales que Olimpia y Camilo.

– Me da palo que me veas desnudo.

– Joder, ya miro para otro lado.

– Pasa adelante, mientras me cambio. No me fío.

– ¿Alucinas?

– Joder. ¡¡Hazlo o no me cambio!!

– ¡Mojigato!

– Yo también te quiero.

– ¿Lo ves? Ya lo reconoces.

– Es una forma de hablar.

– Claro, lo que yo decía.

– Es para decirte que te largues, joder.

– Vale, vale. Esto no lo he hecho por nadie.

– Así intimas con el chofeur.

– Ya he intimado muchas veces con él.

– ¿Te lo has montado con él? ¡¡Qué fuerte!!

– Apresúrate.

Ramiro se pasó al asiento del copiloto. Bajó la ventanilla de separación.

– Me parece que éste sí, Ramiro.

– Querido Juanma, ¿Porque me dijiste que no hace tantos años? Hubiéramos sido felices tú y yo. Fuiste mi primer elegido.

– ¿Porque estaba comprometido con mi Rosa?

– Me rompiste el corazón.

– Pero ya se te ha restaurado.

– ¿Te gusta?

– Sí, es peleón. Te va a costar conquistarlo.

– ¿Merece la pena, crees?

– Me cae bien.

– Ains. Entre tú y yo, ya lo tengo en el bote, y él lo sabe.

– Pero es peleón.

– Ya hemos llegado. Mira cuanta gente. Van a alucinar, saliendo yo del asiento de delante. Le abriré la puerta, para dar que hablar. No hace falta que salgas.

– Ya tenemos titulares de la prensa mañana.

– ¿Estás preparado? -gritó Ramiro por el intercomunicador.

– Joder, que susto. Casí.

– Que sea ya, que hemos llegado y es tarde – le apremió. – Nos esperan.

– Joder, que tensión.

– Súbete la bragueta.

– ¿Me estás mirando? ¿Hay cámaras?

– No, pero es que se te suele olvidar.

– Joder. ¡Qué corte!

– Le va a dar un ataque. – murmuró el chofeur señalando hacia atrás.

– Va a ser divertido.

La limousina se paró delante de la puerta del restaurante. Una nube de fotógrafos, periodistas y algunos curiosos, les rodearon inmediatamente. Ramiro salió sonriendo del asiento de delante, dejando boquiabiertos a todos.

– Unas declaraciones.

– No hay comentarios.

– Pero…

– No hay comentarios.

Abrió la puerta y le tendió la mano.

– ¡Vamos!

– Como si fuera un príncipe. – bromeó Jorge – ¡¡Hostias!! – en ese momento acababa de darse cuenta de la maraña de fotógrafos que había a su alrededor.

– La mano de Jorge se cerró sobre la de Ramiro. Éste sonrió y le devolvió el apretón.

– Sonríe.

– Esta no te la perdono – murmuró sin dejar de sonreír.

– Sonríe.

– Ya lo hago.

Y Jorge sonrió. Y caminó agarrado de la mano de Ramiro, el millonetis. Como si fueran novios. Pero como estaba tan nervioso por la de fotografías que le estaban sacando, ni se dio cuenta.

Luego le dolería la cabeza, cuando su hermano Carlos le mandó todos los enlaces de las fotografías que la prensa había colgado en sus medios.

¡¡Ramiro el millonetis y su nueva pareja!!

¡¡¿Quién es el que ha robado el corazón al soltero de oro?!! Seguiremos informando.

¡¡¡Exclusiva!!

Capítulo 6.

– Ya han pasado dos meses – dijo Ramiro a modo de saludo entrando en la habitación de Jorge – Y no te he dado la patada.

– No queda nada, lo noto. Tienes ganas de estrangularme – contestó Jorge levantándose de la cama, en donde estaba tirado pensando en esto y aquello.

– Eso es cierto.

– ¿Ves?

– Pero es que eres un pesado.

– No me queda nada. Y luego caeré en la depresión porque me he acostumbrado a la casa, a mi habitación nueva, al chofeur.

– Juanma está casado.

– Lo digo por follar. No me quiero casar con él.

– ¿Quieres follar? ¿Con Juanma?

– Joder, que martirio. No.

– Dos meses y sin follar. Eso es una novedad en ambos.

– Eso es que no te gusto.

– Eso es que decías que no querías y te he respetado sin intentar convencerte.

– A lo mejor mentía y quería que me convencieras.

– Reconoces que mientes.

– A veces.

– Me quieres. Está claro.

– No.

– Ahora también mientes.

– No.

– Nos casamos el mes que viene.

– Una mierda.

– Mis tres mosqueteros lo están preparando.

– Esos se lo montan juntos.

– Todos según tú, se lo montan. Pero te va a dar igual, nos casamos.

– Es que todos se lo suelen montar.

– Tú y yo no nos lo montamos.

– Es que no te gusto.

– Me gustas.

– No.

– Desnúdate.

– ¡¡Qué dices!!

– Pues follaremos como en la edad media, sin desnudarnos.

– ¡¡Qué dices!! ¡¡Alucinas!!

– Es que no veo otra solución.

– Me largo, me estás volviendo loco.

– Desnúdate y follamos.

– Desnúdate tú, no te jode.

Ramiro empezó a sacarse el jersey.

– ¡¡Para!! ¡¡Stop!! ¡¡Detente!!

– Has dicho que me desnude.

– Es que no estoy preparado.

– Tienes 25 años. Y has follado con intensidad desde los 16. Por decirlo suavemente.

– ¿Quién te ha contado eso?

– Carlitos.

– Qué traidor el capullo.

– No te gusto. Es eso.

– ¿Ves? No me gustas, es la respuesta.

– Pero si estás caliente

Jorge se levantó de la butaca en donde se había sentado un segundo antes, de un salto y se dio la vuelta para ocultarse.

– No me mires el paquete.

– No te lo he mirado.

– Y entonces… joder, que bobo. Otra vez he caído.

– Te lo haces, que te conozco. Me voy a quitar los pantalones. Como no miras, te informo.

– ¡¡No!!

– Ven y desnúdame tú.

– ¡¡No!! Alucinas.

Ramiro se acercó por la espalda y le puso la mano en el hombro.

– Joder, que susto.

– Ya estoy en pelotas.

– No, no, no, déjame – y empezó a correr hacia el pasillo con los ojos cerrados – No quiero verte.

Y vio tan poco que se estampó contra el quicio de la puerta, cayendo de culo cual largo es.

– ¡¡Joder!!

– ¿Te has echo daño?

– ¡Déjame! Todo es por tu culpa.

– Se te va a poner el ojo morado.

– Que se ponga. Así seré la bestia.

– Y yo el bello.

– Eso. Eso. Necesitas otro bello.

– Tú.

– No. Soy el monstruo.

– De las galletas.

– ¿Estoy gordo? – Jorge se palpó sus carnes.

– No lo sé. Me da igual.

– Mientes. Lo sabes. Estoy gordo.

Ramiro suspiró desesperado.

– No lo estás. Si no tienes carne. No se te puede ni pellizcar.

– ¿Ves? No te gusto.

Ramiro tiró de él, lo levantó del suelo, y pegó sus labios a los de Jorge. Éste luchó 0,0 para separarse. Ojos cerrados, boca abierta, su lengua sin control dentro de la boca de Ramiro, la de éste, dentro de la boca de Jorge.

– ¡Ay madre! – exclamó Jorge en un descanso.

– ¡Ay madre! – suspiró Ramiro en el mismo descanso.

Volvieron al tema. Las manos de Jorge recorrían el cuerpo de Ramiro que efectivamente estaba casi desnudo. Solo los calzoncillos estaban y por poco tiempo, porque las manos incontrolables de Jorge se los quitaron en un decir ¡¡Ayyyyyyyyyyyyy!!

– ¡Ay madre! – exclamó con más intensidad Jorge al notar el miembro de Ramiro pegado a su paquete, todavía dentro de los pantalones y de los calzoncillos “¿Por qué me habré puesto calzoncillos hoy?”, se preguntaba desesperado Jorge.

– Joder, me voy a tener que desnudar yo, Ramiro. Es que no pones de tu parte.

– Ahora las prisas.

– Joder. Mírame.

– No te veo, tienes mucha ropa. Pero te siento.

– ¡¡Quítamela!! Les he visto más diligentes.

– ¿Cuantos?

– Da igual.

– ¿100?

– O así.

– ¿200?

– No los he contado.

– ¿300?

– Algo así.

– ¿350?

– 439, así ya estás contento.

– ¡Joder!

– Tú me ganas.

– Eso no lo sabes.

– Pero Óscar sí.

– Luego lo despido, por irse de la lengua.

– Trabaja bien la lengua.

– ¿Lo has hecho con él?

Ramiro se separó bruscamente de Jorge.

– ¡¡No!! – Jorge abrió los brazos.

– ¿Entonces?

– Loca, el del banco.

– ¡¡Ah!! – Ramiro se quedó aturdido. – ¿Se lo han montado?

Jorge asintió despacio.

– ¿Y por qué le has preguntado a Óscar?

– ¿Y por qué le has preguntado a mi hermano?

– Por si eras virgen. Como no querías hacerlo…

– ¿Quién ha dicho que no quería hacerlo?

– Joder, otra vez no.

– Si te pone caliente.

– Me pones caliente tú.

– Y estas discusiones.

– No me desesperes.

– Si te pone caliente.

– O te desnudas ahora mismo, o llamo a Óscar para que lo haga.

– ¿Óscar?

– Es cinturón negro de judo. Te hace una llave y te desnuda en un plis plas.

– ¿Esas son sus funciones de secretario?

– Y otras muchas.

– ¡Qué fuerte!

Jorge fue a decir algo más, pero Ramiro se había cansado y se había pegado de nuevo a él. Su lengua volvia a invadir la boca de Jorge y su miembro volvía a palpitar junto al de Jorge, todavía aprisionado entre sus pantalones.

– Desnúdate de una puta vez.

– Desnúdame tú.

Ramiro empujó a Jorge sobre la cama. Le quitó las zapatillas, los calcetines…

– ¡¡No!! Me da vergüenza. No mires.

– ¿Cómo?

– Que…

Ramiro no le dejó acabar. Cogió el mando y apagó las luces. Apretó otro botón y se bajaron las persianas.

– ¿Contento?

– Joder, que prisas. Si con cerrar un poco los ojos… ¡¡¡aggggggggggg!!

– Por si te arrepientes.

– ¡¡Cuidado!! que tiras lo que hay en los bolsillos.

– Me la pela.

– Joder, que me rompes los calzoncillos.

– Me la pela.

– Joder, que vocabulario. Que eres un millonario de esos, un empresario de postín, con una imagen y demás. Los niños…

– Me la pela. Y como no te calles te juro que te amordazo.

– Agggggggg, joder. Que estoy muy…

– ¿Duro? Agggggggg…

– Aggggggg, sigue.

– Aggggggggg, por Dios.

– Agggggg, hostia puta.

– Agggggggggg, sigue.

– Agggggggg, la madre que te parió.

– Agggggggg, agggggggggg, agggggggggggggg, aggggggggg

– ¡Aggggg! Calla.

– Agggggggggg, no me da la gana.

– Agggggg

– Lamento molestaros, pero está en el hall…

– ¡¡Fuera!! – gritaron al unísono Jorge y Ramiro.

– Pero es que… – insistía Óscar.

Dos objetos volaron hacia la sombra de Óscar recortada sobre la puerta. Los dos le dieron de lleno.

– Si queríais que os dejara, haberlo dicho, no hace falta ponerse violento… vale, vale, me voy por donde he venido.

Y cerró la puerta justo antes de que impactara en ella una figura de cristal de Murano que alguno de los dos había lanzado contra él.

– Matías – le dijo a su ayudante que lo esperaba parapetado detrás de una esquina del pasillo, por si acaso – dile al Presidente de la Comunidad Autónoma que Ramiro está indispuesto. Que le llamará. Que lamenta no poder bajar a saludarlo.

– Ok. ¡qué marrones me da, jodido! Desde que no follamos…

– Calla, calla, no me hagas hablar. Eso te pasa por ponerme los cuernos cuando éramos la mejor pareja al Oeste del Missisippi.

– Aggggggggg, sigue.

– Agggggg, dale.

– Agggggggg, joder.

– Agggggggg, la madre que te parió.

– Agggggggggggggggggggg – gritaron a la vez Ramiro y Jorge.

– Eso es coordinación – murmuró Óscar sacando el móvil del bolsillo. – ¿Pero todavía estás aquí, Matías? Dale, vete a lo que te he dicho – marcó un número en el móvil – Fito, llama a Manu, tenemos que empezar a preparar la boda. – escuchó lo que le decía su amigo – No creo que tarden más de un par de meses.

– ¡¡¡Agggggggggggggggggggggggggggg!! ¡Aggg! ¡¡Ayyyyyyyyyyyyy!!

– Corrijo, échale por si acaso un mes. ¡¡Ufffff!! Sí, eran ellos.

Capítulo 7.

Las campanas suenan en mi habitación, que difícil es pedir perdón, ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme.

– Calla, que cantas de pena.

– Eso es mentira. Uno me dijo una vez que podría dedicarme a cantar. Y largo, que no puedes ver al novio.

– Querría follar.

– Una mierda. Era un entendido en la materia.

– En la materia de follar.

– ¡Largo! Has herido mis sentimientos – puso cada de herido doliente, con las manos sujetando su corazón. – Y además no puedes ver al novio.

– Largo tú, que no puedes ver al novio.

– Es mi habitación.

– Es la mía.

– Te dije que esto no era buena idea.

– Pues a mí me ha parecido maravillosa.

– ¿Vivir juntos?

– Mil campanas…

– ¿Has visto? Todas las campanas de la ciudad dándole y dándole.

– ¡Que fuerte!

– Y dijiste que querías casarte en el altar mayor de la catedral; y ahí nos casamos. ¡¡Chúpate esa!!

– Joder, pero eso lo dije porque pensaba que era imposible y que así te lo pensarías. Lo de Chúpate esa, no te pega nada.

– Y nos lo hemos pensado 6 meses.

– Solo hace 4 meses que nos conocemos, así que imposible lo de los 6. Y la espera era por si te arrepentías. Te noto que en tres días me darás la patada.

– Tú serás el que me vas a dar la patada en tres días.

– No tú.

– No tú.

– No tú.

– Me levantas dolor de cabeza.

– ¡¡¡Basta!!! A nosotros sí que nos levantáis dolor de cabeza – gritó en la puerta Óscar.

– Y de huevos – añadió Manu.

Los tres mosqueteros estaban en la puerta. Dispuestos a la batalla.

– ¡¡Vamos!! – indicó resuelto Fito, ante las dudas de sus compañeros.

Una legión de gente portando distintas ropas y útiles diversos invadieron la habitación.

– Como es evidente que no podéis hacerlo solos, y nos tenéis hasta el moño y no queremos acabar la ceremonia a las 3 de la tarde de mañana o que todo acabe en un soberano desastre, esta gente os va a arreglar para la boda.

– Pero te dije – Ramiro señaló con dedo amenazante a Óscar – os dije… – amplió la amenaza del dedo a los otros – …

– Ramiro – le interrumpió Manu – cállate de una puta vez. Nos tienes hasta el moño. Te vas a poner ahí de pie y estos señores y estas señoras te van a dejar como nuevo.

– Y tú – añadió Fito señalando a Jorge – a la habitación de al lado.

– Es la de mi hermano…

– Así matamos dos pájaros de un tiro, que seguro que ese está en bolas como si lo viera. ¡¡Vamos!!

– Pero habíamos previsto…

– Echar un polvo, que os conocemos. Pues será después, en el baño del restaurante. Ya está todo previsto.

– ¿Previsto? ¿En el baño del restaurante?

– Vuestra incontinencia sexual es tan conocida, que digo conocida, ¡famosa!, tanto como vuestra incontinencia verbal. Vamos – señaló al personal que acababa de invadir la habitación de los novios – A la carrera, solo tenemos hora y media.

Dos fornidos asistentes agarraron a Jorge por los brazos y lo elevaron llevándolo raudos y veloces a la habitación de al lado. De nada sirvieron los pataleos ni los improperios que salieron por su boca. Su hermano Carlos, que en contra de lo que todos pensaban ya estaba perfectamente vestido, se sentó en una esquina en el suelo, a disfrutar del espectáculo.

– Esto es injusto. ¿Pero qué dices? Yo no me pongo eso. ¡¡Ramiro!! Diles algo, despídeles o algo, no te quedes callado. ¡¡Me violan!!

– Aguanta, cariño, aguanta. Voy a llamar al FBI. Y yo tampoco me pongo eso. ¡¡Óscar!! Te juegas el trabajo. Mañana en la puta calle.

– ¡¡A callar los dos!! – Gritaron al unísono los tres mosqueteros.

– ¡¡Mi pelo está bien!! ¡¡Quita esas tijeras!! – Ramiro intentó rebelarse.

– Tío, que me quieren maquillar. ¡¡Os odio a todos!!

– ¡¡Joder, como os estáis pasando!! Os despido a la voz de ya.

– ¡¡Ramiro!! Que me han tirado los calzoncillos rotos que tanto te gustan.

– Oye, oye, que eso me da morbo. No dejes que los tiren. ¡Devolverle inmediatamente los calzoncillos rotos!

– ¡¡Mis calzoncillos rotos!! Trae pacá, jodido. Que te los querías quedar, que te he visto.

– ¿Los has cogido?

– Joder, que me estos dos armarios no me sueltan. ¡¡Suéltame!!

– Jorge, mi amor, no te rindas… los calzoncillos.

– Ya están guardados – dijo uno de los miembros del personal de servicio permanente en casa de Ramiro, Filomeno de nombre y camarero de planta, como en las pelis de ricos y nobles ingleses del siglo XX. “Serán guarros y pordioseros, montar este pitote por unos gayumbos a que caen a tiras”, pensó para sus adentros el tal Filomeno.

Pum.

Pum

Pum.

Tres portazos. Cada uno de los mosqueteros, cerró una de las puertas de las habitaciones. Adelina, la manicura, sacó su Iphone y puso música a todo volumen. Así que por mucho que gritaban y gritaban y pataleaban, los dos contrayentes no encontraron audiencia. Los peluqueros, maquilladores, los manicuras y los sastres, realizaban su trabajo con alegría y diligencia. Dos armarios vigilaban de cerca a cada uno de los novios. Los mosqueteros pasaban de una habitación a otra vigilando que todo fuera sobre ruedas.

Jorge los miraba con odio.

Ramiro los miraba con ansias de venganza. “Estáis despedidos”, decían los rayos gamma que salían de sus ojos, cual lenguas de fuego salidas de cualquier dragón de Harry Potter.

Los tres mosqueteros, imperturbables.

– A veces, hay que tomar decisiones drásticas – le comunicó muy serio Óscar a Ramiro, mientras sus dos armarios lo aplastaban a la silla para que no se escapara de la manicura.

– ¡¡Joder!! que me quieren poner pestañas postizas – gritó desesperado Jorge – pero el dedo amenazante de su armario nº 2, dirigido directamente a su entrecejo, le quitaron las ganas de echarse a correr y huir, aunque llevara puestos unos gayumbos de Armani que le sentaban de vicio.

Tuvo la tentación de echarse a llorar un rato, porque estaba nervioso, porque no le gustaba lo que veía, y porque se iba a casar, joder, se iba a casar y no lo tenía claro.

– ¡¡Que no me caso!! – gritó de repente.

– Yo tampoco – se solidarizó Ramiro en el cuarto de al lado, que aunque no podía oir, había sentido el grito en las vibraciones de la casa.

– Vaya que si os casáis. Como que nos llamamos Óscar, Fito y Manu.

El novio Ramiro estaba listo. Lo sacaron en volandas los dos armarios y no lo soltaron hasta llegar a la limusina nº 1.

– Estás muy guapo, Ramiro – le dijo Juanma el chofeur, guiñándole un ojo.

– No me tientes, que te despido a ti también. Esos tres ya están sentenciados.

– El obispo les espera con los brazos abiertos. 290 fotógrafos, 89 cámaras de televisión, 856 plumillas. Deben estar impolutos. Acabo de pasar delante de la catedral y es una locura lo que hay allí.

– ¡¡Ah!! – Ramiro abrió la boca de asombro. Estaba acostumbrado a concitar el interés de los medios, pero tanto…

Los armarios lo metieron dentro del coche. Fito y Manu también entraron para ir explicando el protocolo.

– ¿Y cuando podré follar?

– A la llegada del restaurante. 30 minutos en el servicio. Ya está acordonado.

– ¿Estáis de coña?

– No. Segunda vez que lo preguntas.

– Antes, en la iglesia, te recibirá el obispo. Andarás por el pasillo central hasta el altar. Allí esperarás que llegue Jorge. A Jorge lo llevará al altar su hermano Carlos, que es su padrino.

– Joder.

– Mientras paseas por el pasillo, vete mirando a los invitados y los saludas. Está el presidente del gobierno, el de la comunidad, el de la diputación, el alcalde de la capital, el del pueblo, el del pueblo de tu madre y el de París, que estaba por aquí y lo hemos invitado. El presidente de la patronal, los secretarios generales de los sindicatos, el presidente de la comunidad de vecinos, el del gremio del ramo, el del otro ramo, el de los floristas. La presidenta de las abuelas del rellano, el de los majos desnudos, el presidente de la agrupación de actores porno, Ernesto el escritor y sus hijos, Tomás y Arturo y sus parejas, Tatojimmy y Adri Kilmer.

– ¡Ah!

– ¿Y todo esto? ¿Cuando se ha organizado?

– Mientras vosotros pasabais el día discutiendo y follando. Que tiernos.

– Antes de todo, es importante, atiende: posado ante la prensa. Alguna declaración del tipo: “Estoy muy ilusionado de haber encontrado al amor de mi vida”. “Es el día más alegre de mi vida” “Jorge es la pareja perfecta”. “Soy un hombre feliz”.

– Si te hacen preguntas sobre la diferencia de edad o de posición económica: “El amor llega cuando llega, sin entender de esas cosas, no pongamos puertas ni apellidos”.

– Sonríe, aunque te cagues en la madre que lo parió.

– Debes dar la palabra a una periodista que lleva una pamela verde, Aitana, del periódico de la montaña. Estará en la esquina de la derecha. Te preguntará algo sobre si este acontecimiento te cambiará la vida.

– Y tú sonreirás con un poco de suficiencia y dirás: “querida Aitana, ya me la ha cambiado. Llevo seis meses en una nube. ¿No me ves más joven y alegre?”.

– ¡¡Basta!! Pero qué sarta de… ¿Seis meses? Son cuatro.

– Al alcalde de París lo saludarás con efusividad. Recuerda que tenemos esos negocios en su ciudad y lo necesitamos.

– ¿Y estaba por casualidad…?

– En realidad lo has invitado. Pero hemos hecho que parezca casual. Por si se entera el alcalde de Londres y el de Nueva York, para que no se sientan discriminados. Ya sabes como son estos políticos, que enseguida tienen pelusilla.

– ¡¡Ah!! ¿Y Jorge?

Fito miró su Ipad:

– Ya está en la limusina. Tienes para todo esto 10 minutos, hasta que llegue Jorge. De todas formas, pararán unos metros antes, por si no estás en posición todavía.

– Y el pobre se va a tener que enfrentar a todo esto. Justo todo lo que odia. “Las cosas de ricos”.

– No te preocupes, está Óscar con él.

– ¿Y eso debe tranquilizarme?

– ¡¡Claro!!

– Ya llegamos – dijo Juanma por el intercomunicador.

Fito se acercó a Ramiro y le colocó bien la pajarita. No se pudo contener y le dio un suave beso en la frente.

– Estás perfecto, Ramiro. El novio más guapo del mundo.

– El segundo, Jorge es el primero.

– Para mí no.

– Ains. Que te me vas a echar a llorar…

– Luego lo haré, en los postres – dijo seguro de sí mismo.

– No sé yo – murmuró Manu.

– Joder, que gentío.

– ¡¡A por ellos!!

– Si yo solo quería casarme.

– Y es lo que vas a hacer.

– ¿A que me fugo?

Pero los dos armarios lo miraron a través de sus gafas de sol para quitarle la idea de la cabeza.

Capítulo 8.

– ¿A que te ato?

– No te atreverás.

– Claro que sí.

– ¿Te atreverías?

– Ponme a prueba.

– No quiero casarme.

– Sí quieres.

– Joder, toda la peña.

– Es lo que hay.

– Fotógrafos.

– Y cámaras de televisión.

– La hostia puta.

– Sonríe.

– Una mierda.

– Tú mismo. Pero luego le pondrán a caldo a Ramiro.

– ¿Sí?

– Claro.

– Ah, eso no.

– Así que ponte bien la pajarita y vamos.

– Joder. Estoy que me cago.

– Pues aprieta el culo.

– Pero no conozco a nadie.

– Pues mejor. No te pierdes gran cosa.

– No ha venido mi familia.

– Ni falta que hace. Carlitos te espera en la puerta para acompañarte.

– Carlitos – y casi se le escapa una lágrima.

– No llores que se te corre el maquillaje.

– Que fuerte lo del maquillaje.

– Por la televisión.

– Si lo llego a saber, me fugo.

– No. Estás pillado.

– ¿Se me nota?

– Desde el primer día.

– El primero no.

– El segundo.

– El segundo no.

– El segundo.

– ¿El segundo?

– Sí.

– Yo creo que no.

– Yo sí.

– A lo mejor el tercero.

– El segundo, te conozco.

– ¿De qué?

– Follamos hace años.

– ¿A sí?

– No te acordarás. Follabas mucho.

– Si follamos, tú también.

– Es cierto.

– ¿Y lo pasamos bien?

– Creo que sí, si no, no me acordaría de ti.

– ¿Te enamoraste? De mí digo.

– Una mierda.

– ¿Me enamoré?

– No. No eras de esos.

– ¿Y ahora sí?

– Llegó tu hora.

– ¿Y la tuya?

– Tu amigo el Loca, me pone.

– Te pone por el traje.

– Me pone porque me pone.

– ¿Sí?

– Sí. Ramiro le suele llamar para que pase por la oficina. Se lo pido yo.

– Ya lo sé, me lo dijo él.

– Pues eso.

– Pero no le has dicho nada. De que lo quieres.

– Me da miedo.

– Loca es buen tipo.

– ¿Sí?

– Está un poco loca, pero es genial.

– ¿Crees que le gustaría?

– Díselo.

– Me da corte.

– ¿Se lo digo?

– No.

– Hago de celestina.

– ¡¡No!!

– Voy a llamarlo.

– No.

– Cierto, me has confiscado el móvil.

– Sip. Debes salir ya del coche.

– Si no hemos llegado.

– Es para darle tiempo a Ramiro. Se ha entretenido. El alcalde de París es muy plasta.

– ¿Está el alcalde de París?

– Negocios.

– ¿Negocios en mi boda?

– Con Ramiro todo son negocios.

– A que me fugo.

– No lo vas a hacer.

– Por los armarios. Menudos tíos, me han aplastado antes.

– Ya será menos

– Lo que yo te diga.

– Eres un exagerado.

– ¿Y lo pasamos bien? Cuando follamos, digo.

– Sí.

– Te pillaste, te lo noto.

– No.

– ¡¡Sí!! Te enamoraste de mí y no me di cuenta.

– No – Óscar duda.

– Eres guapo.

– Tú también.

– Perdona por no hacerte caso.

– Fue hace tiempo.

– ¿Y si nos fugamos?

– No. Ya no te quiero. Y tú quieres a Ramiro.

– ¿Sí?

– Otra vez no. Esta conversación la hemos tenido unas líneas antes.

– ¿Sí? No me he enterado.

– Estás cagado y…

– Me has recordado que necesito…

– No. Aprieta el culo.

– Repites respuesta.

– Repites pregunta.

– La hostia puta.

– No seas mal hablado.

– Estoy…

– Como un flan.

– ¿Flan?

– Nervioso.

– Yo diría…

– No lo digas o le digo al armario 1 que te aplaste los huevos. ¿Has visto que manaza tiene?

– ¡¡No!!

– Un buen apretón de huevos y no necesitas cagar en un mes.

– Joder que empacho.

– Adelante. Ramiro te espera ya en el altar.

– Que bonito.

– Y Carlitos te espera para abrirte la puerta.

– Que fuerte.

– Él tiene el anillo. Te lo dará cuando el obispo lo diga.

– Que fuerte lo del obispo.

– Son viejos amigos.

– Joder.

– Ahora posa sonriente. No digas nada. Si acaso que eres muy feliz.

– Soy muy feliz.

– Es un gran día.

– Es un gran día.

– Sonríe.

– ¿Así?

– Eso es una mierda de sonrisa.

– Es que…

– Sonríe.

– ¿Así?

– Tú mismo, vas a hacer el ridículo.

– ¿Así?

– Mejor.

– Dame un beso.

– Te vas a casar con otro.

– Dame un beso.

Óscar se acercó y le plantó un pico en los labios.

– Lo pasamos bien, ahora estoy seguro.

– No fue para tanto.

– O sea que te acuerdas. Te pillaste.

– Sí.

– Yo no me acuerdo, perdona.

– Estabas fumao. Y follabas mucho y con muchos.

– Estaba pasado de vueltas.

– Un poco.

– No es fácil ser el despreciado de tu familia.

– No pienses en eso. Ahora hay gente que te quiere.

– No tanta.

– Ramiro.

– ¿Me quiere?

– ¿Lo dudas?

– No. Me quiere. Pero nadie más.

– Carlitos.

– Es cierto, mi hermano me quiere.

– Y nosotros también.

– ¿Me queréis?

– Sí.

– Dame otro beso. Me tranquiliza.

– Óscar le dio otro breve pico.

– Podríamos haber sido felices, lo presiento.

– No. Ahora vas a ser feliz.

– Y tú con el Loca.

– Eso ya veremos.

– Hemos llegado – dijo el conductor por el comunicador.

– Salid vosotros antes, por si la gente.

– Los armarios salieron.

– Va a salir todo bien.

– Estoy atacado.

– Sonríe. Espera que te pongo la pajarita.

– Me voy a cagar.

– Aprieta el culo.

– Si me duele de lo apretado que lo tengo.

– Ahora se te pasa, en cuanto salgas y te saquen dos fotos.

– Me van a sacar más fotos en cinco minutos que en mi vida.

– Estás guapísimo.

– ¿Sí?

– Sí.

– ¿De verdad que me quieres?

– Pesao.

– Nadie me ha querido con amor.

– Vamos.

– Hubiéramos sido felices.

– Somos felices ya.

– Juntos, me refiero.

– Es tu momento. Y el de Ramiro.

– Se va a hacer tarde – dijo Carlitos asomándose al coche.

Óscar salió por la otra puerta. Los flashes se dispararon cuando Jorge salió de la limusina. Se colocó el traje bien y sonrió. Miró a las cámaras como si fuera un profesional. Recorrió con la mirada a todos los fotógrafos. Posó aunque fuera un segundo para cada uno de ellos.

– Es el día más feliz de mi vida – dijo a los micrófonos.

– Gracias a todos. – se despidió como un profesional.

Agarró del brazo a su hermano, fuerte, muy fuerte, “Me haces daño, joder”, y entraron en la catedral. Todas las luces encendidas, el órgano tocando la marcha nupcial, la gente vuelta hacia él, esperando. Caminaron despacio hacia el altar. Y allí lo esperaba Ramiro, sonriente. Se miraron en la distancia. Se sonrieron en la distancia. Y todo atisbo de nervios o miedo, desaparecieron. Estaba rodeados de más de mil personas, pero ellos estaban solos. Sus miradas y su conversación silenciosa. Sus miradas y sus sonrisas. Sus miradas y sus “te quiero”.

– Y yo os declaro unidos en matrimonio – declaró el obispo casi una hora después.

Las campanas sonaron de nuevo.

El coro cantaba “Aleluya”.

– Y los novios se dieron un beso tórrido y profundo y duradero.

– ¡¡Vivan los novios!! – gritó Óscar para evitar que se ahogaran.

– Vivan los novios – gritó la concurrencia.

Y los novios se vieron obligados a separar sus bocas para saludar a sus invitados.

– ¡¡Joder, cuanta gente!! – exclamó Ramiro como si los viera por primera vez.

– Ya te digo – contestó Jorge, que ya no necesitaba ir a cagar.

– ¡¡Que se besen, que se besen!! – empezó a gritar alguien entre los invitados.

Y los novios no se hicieron de rogar y acercaron sus bocas.

– Pero poco, por favor, que ya vamos con retraso – susurró Óscar.

– Que te den – dijeron a la vez los dos.

Y se besaron, vaya que si se besaron.

Capítulo 9.

4 armarios delante de la puerta del servicio principal del restaurante.

4 armarios cantando “Mi jaca me la robaron”, para mitigar los gritos. Aún así, en los silencios, se podía escuchar nítidamente algunos Agggggggg, agggggggg, aggggggggg.

– ¡¡Joder!!

Hawai, Bombay, son dos paraísos – cantaban ahora los armarios, por dar variedad al repertorio.

Óscar se mordía las uñas fuera. Manu y Fito abrían los brazos en el otro lado del comedor. “La hora, la hora”, decían por señas.

– Una hora de retraso – murmuraba desesperado Óscar.

Decidido, se quedan sin viaje, escribió un wasap a Fito.

– Aggggggggg, aggggggggg, aggggggggg.

– Ya está. Eso no puede ser.

Apartó a los armarios que ahora cantaban un villancico, porque ya no se sabían otra, y entró decidido en los servicios.

– Siento interrumpir… joder, si estáis desnudos.

– Ya se ha acabado todo. No tenemos hambre – dijo Ramiro cual majo desnudo – despide a los invitados.

– Una mierda voy a despedir al Presidente del Gobierno, a la ministra de Saciedad, al Presindente de la Comunidad de vecinos, al alcalde del pueblo de tu madre.

Óscar apretó el botón de alarma secreto de su teléfono. En menos de dos minutos, el mismo regimiento de peluqueros y sastres y maquilladores y manicuras que los habían preparado en la casa, entraron en los servicios del restaurante para recomponerlos.

– Óscar no te pases – amenazó Ramiro – y no mires a mi marido desnudo.

– Ya lo he visto desnudo y a ti también. Dentro de 10 minutos, el obispo tendrá un aparte con vosotros. Tomaréis una cipita de Jerez que él se tiene que ir a escribir una pastoral o algo de eso.

– ¿Cipita de Jerez?

– ¿He dicho cipita? ¡¡Copita!!

– Estaría pensando en un cipote.

Óscar miró con rostro digno a Ramiro y optó por pasar del tema del cipote.

– Luego, saludareis al Presidente del gobierno y al de la oposición, que al final se ha apuntado. Un par de chascarrillos, y ya.

– Oye, que es nuestra boda – se quejó Ramiro.

Óscar se quedó mirándolo muy serio.

– ¡Te han abducido los extraterrestres! ¡Es eso! Por eso te has olvidado de lo que eres y lo que representas y lo que te juegas

– No sé de que me hablas, pero…

– ¡¡Cállate, Ramiro!! No me toques los cojones. Si quieres hacer el tonto, buscaremos el momento en que lo puedas hacer. De momento, sin replicar, y a cumplir. De hecho, te hemos buscado la forma de que echéis un polvo después de casaros.

– Estás despedido – le gritó Ramiro.

– Bien, pero antes, harás lo que toca. Y tú cállate – le amenazó a Jorge, que había hecho un ligero intento de aportar algo a la discusión.

Jorge se quedó con la boca abierta, mientras la maquilladora le repasaba los labios. “Gracias” le murmuró la pobre, pensando que lo había hecho para facilitarle la labor.

Salieron de baño todo aliñados de nuevo. El salón prorrumpió en aplausos. “Vivan los novios” “Vivan los novios” “Que se beses, que se beses”. Óscar les permitió un suave pico para contentar a la concurrencia, un par de sonrisas, y sin saber como, estaban sentados flanqueando al obispo, en una sala preparada a tal efecto.

– Ha sido una ceremonia preciosa – dijo el obispo.

– Sí, cuanto te agradezco que … bla, bla, bla.

– Bla, bla, bla.

– Bla – terció Jorge.

Óscar cronómetro en mano.

– ¡Tiempo!

El nuevo matrimonio se vio empujado hacia otra sala.

– Sr. presidente, Sr. Jefe de la oposición, ha sido un honor, bla, bla, bla.

– Bla, bla, bla.

– Blablablabla – el de la oposición hablaba muy deprisa, quizás por el ponche, que estaba muy cargado.

– Bla – contestó Jorge sonriendo.

– ¡Tiempo! – gritó Óscar.

El nuevo matrimonio, sin apenas pisar el suelo, acabó en otra sala con el presidente de la comunidad autónoma, el del diputación y sus madres.

– Bla, bla, blabla.

– Bla bla.

– Jajajajajaja.

– Bla.

– Bla.

– Bla – terció Jorge.

– ¡¡Tiempo!!

El nuevo matrimonio, sin apenas pisar el suelo, acabó en otra sala con el alcalde de París y su esposo.

– Estaremos encantados de recibirles en nuestra casa de París – explicó el traductor. – ha sido un honor ser invitados a su boda.

– Bla, bla, bla – contestó Ramiro, en francés.

– Bla, bla, bla, no sabía que hablaba nuestra lengua.

– El francés me mola.

– Bla, bla, bla,

– Bla.

– Bla – terció Jorge en francés – Y Ramiro practica el francés a todas horas. Lo habla de cine.

¡¡Tiempo!! ¡¡Tiempo!! ¡¡Tiempo!! – Óscar empezó a sudar profusamente por lo de la práctica del francés. Lanzó una mirada asesina a Jorge que le contestó con una sonrisa inocente.

– Pilluelo – le susurró el marido del alcalde de París, cuando salían de la entrevista.

El nuevo matrimonio, sin apenas pisar el suelo, acabó en la mesa presidencial.

– ¡¡Vivan los novios!!

– ¡¡Vivan!!

Notaron que les sirvieron algo que parecía una bola de queso envuelta en algo que parecía carne, como una albóndiga pero en fino. Pasó Enrique a saludarlos, que esnifó por si le olían los sobacos al novio Jorge. Salió decepcionado. Pasó Filomena a saludar a su primo tercero, Ramiro. Y Ramón, y Timoteo, y Garcilaso, y Ruiz de la Peña.

Cuando quisieron comer la albóndiga que en realirad era queso, ya tenían lo que parecía una ensalada con cuatro hojas de lechuga y unos picatostes. Vinieron Jimena y Andrés, Carlos y Fernando, Ubaldo y Biel, Jon y John, Jonás y Federico y otro Carlos y José Luis.

Fueron a comer la hoja de lechuga pero ya no estaba. En su lugar había lo que parecía una croqueta con una especie de huevos de trucha. Vino entonces Guillermina y Humus, y Ramona y Tomás, y los niños de estos, María, Kike y Pablo, el pequeño. Y luego pasó el alcalde de la ciudad y el del pueblo y el del pueblo de la madre y la abuela de éste que cuidó a Ramiro cuando era un bebé.

– ¡No hacías más que llorar! – le recriminó.

– En eso no ha cambiado – apuntó Óscar por detrás, que no perdía ripio de todo lo que pasaba con los novios.

Fueron a comer la croqueta, pero se encontraron con un mini lomo de lenguado, según escucharon, con un trocito, pero trocito pequeñito de queso gorgonzola y un puntito de perejil. Entonces llegó la tuna y sacaron a los novios a bailar.

– ¿La tuna? No pega en esta boda – preguntó un Carlitos asombrado a Óscar, de los nervios por el horario.

– Ramiro fue tuno en la infancia.

– ¡Ah!

– ¡¡Tiempo!!

La tuna se fue y el nuevo matrimonio se sentó de nuevo dispuestos a comer el lenguado. Pero se encotraron una especie de nachos muy finos con lo que parecía cordero desmigado. Y entonces pasaron Luisa, la recepcionista de la empresa, y Julián, el jefe de compras, y Hermógenes, el que fuera director general con el padre de Ramiro.

Fueron a probar el cordero con nachos, pero se apagaron las luces y entró una enorme tarta por una escquina del salón.

Y sonó la marcha nupcial tocada por un cuarteto, el mismo del club de tenis.

Y un sable para cortar la tarta.

Y los novios cortaron la tarta.

– Que se bese, que se besen.

Y se besaron.

– Vivan los novios.

– ¡¡Vivan!!

– Que se besen.

– Que se besen.

– Que se besen

Y se besaron.

Y el baile.

Y el vals

Ramiro y Jorge bailaron el vals.

El Presidente que se va.

El matrimonio va a despedirlo.

Que se va el alcalde de París y su marido.

El matrimonio va a despedirlos.

Que se va el portero.

El matrimonio va a despedirlo.

Y muchas horas después, sin darse cuenta de como, estaban en su habitación de casa, con los ojos muy abiertos y los labios secos y arrugados de tantos besos de ¡Vivan los novios!

Fueron a decir algo, pero no les dio tiempo, porque se quedaron dormidos.

En el pasillo, Óscar se sentó en una silla para quitarse los zapatos, pero perdió el equilibrio y acabó en el suelo. Y sin opción a levantarse, porque las fuerzas le habían abandonado del todo, se quedó profundamente dormido abrazado a sus zapatos.

Y no, esa noche no hubo Aggg, aggggggg, aggggggggg, al menos en la habitación de los recién casados.

Óscar tampoco estaba para fiestas.

Carlitos, el hermano de Jorge el camarero y a la sazón, padrino de los novios, lo intentó con unos cuantos de los invitados, pero todos le dieron calabazas.

Así que en esa noche de bodas, reinó el silencio más absoluto en la casa de Ramiro el millonetis y su marido, Jorge el camarero.

Y esta ha sido la historia de como se conocieron y posteriormente, se casaron, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis.

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Próximamente:

La historia e intrahistoria de cómo vivieron la primera crisis de su matrimonio, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.