Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

1ª parte:

La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

Capítulo 1.

Ramiro es un hombre apuesto. Tiene sus años en cada pata, tampoco tantos, diría él, y sus millones, o muchos más, diría él, también en cada pata. La vida le sonríe desde el día que nació. Papá era millonetis y mamá era… mamá.

Pero no se conformó con los millonetis de papá. En cuanto tuvo las empresas de papá en sus manos, se dedicó a multiplicar hasta el infinito su cuenta corriente. Se le ha dado bien, tonto no es. De tantos ceros que ha amasado, el banco había tenido que hacer una edición especial de su libreta de ahorros, porque no cabían en las normales. La directora del banco le pone una alfombra cuando anuncia su visita y llama al subdirector que se recuesta debajo de la mesa de la jefa para masajear los pies a cliente tan ilustre mientras está en su despacho. Entre tú y yo, a la directora le encanta verle en esa tesitura al subdirector, un hombre zafio y creído, de mirada sucia y sonrisa aún más sucia, al que soporta por orden de la superioridad (“Debe comer muy bien, conchas y troncos”). La comercial le trae café (con leche con un sobre de sacarina, ni caliente ni frío, con espuma en la leche) a Ramiro (con familiaridad pero sin pasarse) y siempre había un botones joven y apuesto que vestía un pantalón 5 tallas más pequeño de lo que le tocaba para que se le marcaran bien los bultos y una camiseta de lycra que era como su primera piel.

Los hombres entraban y salían de su morada con la misma celeridad y abundancia que los millones entraban en su cuenta corriente. O incluso más. Nadie le tomaba el corazón. Su miembro lo acariciaban todos; todos no, muchos; muchos, tampoco, los elegidos. Algunos chillaban de los espasmos del placer del sexo, otros eran menos expresivos pero ahí estaban, otros los fingían, que lo de los millones en cada pata tenía su erótica, no vamos a negarlo, y todos dispuestos y felices de intentar la conquista de la plaza inexpugnable que era el corazón de Ramiro.

Otros, muchos, la mayoría, les hacían chiribitas los ojos pensando en los millones de Ramiro. En los millones de euros. Y se dejaban caer por sus alrededores, pero Ramiro no los señalaba con su dedo divino. Se acercaban, rondaban, pero él los ignoraba.

Algunos hombres, pocos, fueron señalados por ese dedo divino y se resistieron a los encantos de Ramiro y a los de su cuenta corriente. Él, si se fijaba en alguno, lo perseguía con denuedo y perseverancia. Lo conocía, lo invitaba a un café y lo llevaba al teatro. Al cine. De baile. De vacaciones. Pero todas las veces, las excursiones acababan en desengaño al 100.

– No es él – decía en su bañera hidromasaje, antes se salir con la espuma cayendo por su piel camino de la alcoba en donde dormitaba el aspirante, recuperándose de los estertores del placer nocturno.

– No eres tú.

Lo decía secamente y mirando a los ojos.

– Lo siento. – sentenciaba con voz rotunda, volviendo al baño para aclararse.

Ramiro era muy educado.

Entraba entonces Óscar, su secretario, y acompañaba a la salida al candidato fallido. Si era necesario, le ayudaba a buscar los calzoncillos. Incluso le ponía los calcetines. A Ramiro, no le gustaban las despedidas y al salir del baño perfectamente compuesto y peinado, el fallido candidato no debía estar en el cuarto.

Pero en el club de tenis, un día como otro cualquiera, después de jugar un partido con Selena, la mujer que mejor jugaba a tenis en toda la comarca y parte del extranjero, llegó al salón social después de una ducha reparadora. Se celebraba una gran fiesta con comida así de guay y toda la gente también guay de la ciudad y algunos pueblos de alrededor. De repente, y sin que hubiera aviso divino por medio, saliendo de la cocina, vio a un ángel que portaba con mucho empeño y diligencia, una bandeja llena de copas de champán. El ángel, a sus ojos, iba rodeado de una estela de luz de mil colores y una flecha colgada encima de él. La flecha llevaba un gran corazón sustituyendo a las plumas que normalmente guiaban la flecha. “¿Será la flecha del amor?”, se preguntó en silencio, sonriendo ligeramente, de medio lado, con ilusión en el ceño y sin apartar la mirada del camarero en cuestión, por si se desvanecía en lo que tardaba en pestañear.

Empezó entonces una persecución al ritmo de las músicas que tocaban con delicadeza un cuarteto de cuerda que había en una esquina. Si el camarero iba a la derecha, 10 º, él iba a la derecha, 10 º. Si el camarero tomaba la dirección de las 9, él iba a las 9. siempre dispuesto a coger de su bandeja una copa de champán o un canapé de ciervo escabechado, con virutas de trufa de Soria y gotitas de confitura de frutos rojos.

En su cuarto encuentro, Ramiro con los ojos brillantes y cara de pilluelo, se atrevió a preguntar suavemente su nombre.

– Jorge – contestó un dispuesto camarero ajeno hasta entonces al interés que suscitaba en Ramiro, el millonetis.

Y Ramiro, sin poder evitarlo dijo con voz tenue y melodiosa:

– Eres tú.

El anfitrión de la fiesta que lo había oído, pensó que Ramiro quería escuchar la canción de Mocedades y rápido fue al cuarteto de cuerda y les pidió que tocaran “Eres tú”. El chico que parecía dirigir el grupo puso caras pero el anfitrión fue contundente.

– Doblo el estipendio estipulado si lo cantas con voz melodiosa. ¡Canta! – dijo con tono imperioso y decidido.

No se pudo negar. El mes pasado las habían pasado canutas para llegar a final de mes, que lo de la música era como bonito y tal, pero que no solía dar para caprichos ni nada, ni siquiera a veces para comer, como el mes pasado. Pasta con pasta de lunes a viernes y el sábado y domingo, arroz blanco con salchichas marca Hacendado. Así que se aclaró la garganta, miró con ojos decididos a sus compañeros y empezaron a cantar y tocar:

– Eres tú, como el agua de mi fuente… – y el “Eres tú” sabía a lomo de cerdo y patatas con chorizo, del picante.

El anfitrión volvió a la vera de Ramiro, al que quería engañar para que fuera su socio en una aventura empresarial de dudoso resultado y le hizo ver, con mucha sutileza, que había escuchado su petición y la había cumplido.

– Has pedido la canción y yo te he conseguido la canción “Eres tú”. (“Eres tú al que le voy a dar el sablazo para el negociete”, pensó para sus adentros, ilusionado, muy emocionado)

Ramiro abrió muchos lo ojos de la sorpresa, lo que le permitió observar al camarero Jorge con mayor atención e intensidad si cabe y reiterar en su apreciación de que le gustaban sus curvas, su prestancia, sus labios, sus ojos, su culo, le gustaba su mirada limpia, su aura y que le gustaba todo de él.

Jorge, estaba que no sabía si tirar la bandeja al suelo y tener así excusa para salir por patas por la puerta de la cocina y no parar de correr hasta el mes de agosto, o meterse debajo del sofá más cercano con la esperanza de que no lo encontrara nadie. Ya era consciente del interés que suscitaba a ese hombre al que todos parecían conocer y respetar, y del que él lo ignoraba todo. Pero Ramiro que lo había cogido del brazo suavemente, pero con insistencia, no lo soltaba ni a tiros. Y la cara del anfitrión le dieron arcadas, y todo fue un poco confuso para él, y el “Eres tú” sonando y la voz del músico que no lo hacía mal, y Ramiro que lo miraba con insistencia…

– Tengo novio.

Lo dijo así sin pensar, pero se le ocurrió de repente, que a lo mejor, así lo dejaban en paz, que todo parecía muy raro en ese servicio de la empresa de su padre. El anfitrión lo agarraba de un brazo, el Ramiro ese del otro brazo, y la bandeja se mantenía en un endeble equilibrio. Menos mal que pasaron por allí una pareja con mucho ritmo en el cuerpo, Jonatan y Bernardo, y le cogieron las dos últimas copas y los dos últimos canapés de coliflor al queso de Parma con virutas de Jamón de la huerta de Huelva.

Hubo un apagón y todo se desmandó. Jorge el camarero aprovechó para echar patas. Ramiro se confundió y acabó cogiendo del brazo al anfitrión y éste acabó cogiendo el brazo de Hermenegilda, la abuela de Ubaldo de la Guerra que Pena, el Presidente de la Diputación.

Al volver la luz, que la cosa no duró ni un par de minutos, las caras de susto y disculpas, risas tontas de “que papelón estoy haciendo”, Jonatan dando un beso a Yepes, el tío del cuarteto que tocaba el chelo, y Bernardo agarrando el trasero de Guillemino, el testaferro de Hugo Jiménez de la Gula, el capo del lugar.

Todos soltaron lo que estaban agarrando que no les correspondía y elevaron las manos al cielo, cual coro de gospel en la misa dominical. El cuarteto carraspeó y empezó a tocar un movimiento del Romeo y Julieta de Procofiev o como se diga, a modo de “vamos, que la fiesta sigue”.

Ramiro buscó con denuedo a Jorge, el camarero. Pero no lo encontró ya en la fiesta. Lo que si encontró era la tarjeta de la empresa en la mano del anfitrión.

– No, Enrique, no voy a ser tu socio en esa tontuna que se te ha metido entre ceja y ceja. Y sé que lo haces por tirarte a Jimena, pero no lo harás con mi dinero. Esa mujer te va a desplumar.

El anfitrión se picó y le espetó con toda la rabia que pudo.

– Como a ti el bailabotes del camarero ese. Seguro que le huelen los sobacos y los pies. ¡Y la tiene pequeña!

Y ahí lo dejó, retirándose todo digno a agasajar a los demás invitados en busca de su socio de honor, al que estaba dispuesto a incentivarlo con una sesión de vídeo de su conquista de Jimena. Que alguno sabía que esas cosas le daban morbo.

Capítulo 2.

A Ramiro no le gusta dejar nada al albur de los acontecimientos y delegar las cosas importantes. Podía haber llamado a Óscar, su secretario, y que se encargara del tema del catering. Podía haber llamado a Fito, su jefe de agasajos y otras festividades, o incluso podía haber llamado a Manu, la voz melodiosa y suave que se ocupa de las relaciones con los medios. Buenos dineros les paga por nada y no dudaba en otras ocasiones de encargarles algún que otro marrón, como el de aquel hombre, Higinio, al que conoció en un resort y al que consideró candidato a aposentarse en su corazón, pero del que renegó en el tercer baño matutino: “No eres tú”, le espetó la tercera mañana con su cuerpo rebosando de espuma de jabón con olor a lavanda.

Pero el tal Higinio no se rindió y esa misma tarde, le siguió por todo el resort. Y por la noche, le interrumpió una cena importante con el marqués de la Huiplaza y el director de la multinacional Jitula International Group. No contento con esto, los días siguientes lo persiguió y persiguió. Y empezó a acosarle cibernéticamente e incluso, mandó fotos comprometidas de Ramiro a algunos de sus contactos. El trío de marras, Óscar, Manu y Fito, fueron los encargados de encauzar el tema. Óscar lo atrajo a una estupenda noche de sexo y pasión, Manu lo enamoró, y al final, Fito le puso dinero y unas fotos e informaciones comprometidas, unas reales, otras inventadas y las más tergiversadas, que lo hubieran metido en la cárcel de haber llegado a las manos adecuadas.

No se supo nada más del tal Higinio. Echó a correr y que se sepa, aún no ha parado. Los tres mosqueteros celebraron el éxito del mandado de su jefe con una orgía monumental en casa de Manu. Diez días estuvieron en ello. Sin descanso. Unos sementales el tal Manu, el tal Fito y el tal Óscar, y otros muchos de los que no trascendieron las filiaciones.

En la sede central de la empresa, corrió como la pólvora el caso del “Actor porno Adri Kilmer”, al que Ramiro vio en una peli del gremio. Óscar cogió esa misma noche un avión a Vladivostok, lugar en el que estaba el citado actor porno haciendo una chapa VIP, según las informaciones que había recabado con urgencia el compañero Fito. Óscar viajó de vuelta con el citado actor porno a la mañana siguiente. Ramiro lo vio, lo cató y cayó rendido a sus pies. Unos pies preciosos, por cierto. Pero cuando rodilla en tierra se declaró, Adri Kilmer, de nacimiento García, le dijo muy convencido que estaba enamorado, y que ese amor, estaba incrustado en su corazón para siempre. “Es pobre, pero lo amo”, le dijo rotundo. Ramiro lo creyó y sintió una punzada de pena por no haber encontrado a semejante persona antes que ese que le había robado su corazón. Y le creyó tanto y vio en sus ojos que no podía hacer nada, que le pagó un sustancioso premio por el viaje y las molestias y lo despidió con un suave beso en los labios.

– Si te desenamoras, me llamas.

Y le dio su tarjeta privada, que Adri Kilmer, guardó en su cartera de tarjetas VIP privadas con una nota en su reverso: “Majo”. Eso porque no se enteró de que a Ramiro, sus tres mosqueteros, con tal de ver acabada la caza del amor imposible de su jefe y no soportar más los marrones que la búsqueda les acarreaba, le habían aconsejado desembarazarse (al estilo novela de Víctor del Árbol) del amor del actor porno. Pero Ramiro, con buen criterio, desestimó la propuesta al instante.

Ramiro el millonetis, decidió que esta vez, en el caso de Jorge el camarero del cátering, sería él el que llevaría el peso del asedio de la plaza y su posterior conquista. Porque Ramiro estaba seguro de que lo conquistaría. “No se podrá resistir a mis encantos” se repetía seguro de si mismo, mientras iba en su coche oficial con chofeur hacia la sede de la empresa de cátering.

– Ceferino Herdaqués, para servirle – le dijo el dueño y sin embargo, jefe de la citada empresa, al recibirlo en su despacho. – ¿Un aperitivo? – le ofreció zalamero. No lo solía hacer con las visitas, pero lo había reconocido y como se había enterado de los sucedidos del servicio en el Club de Tenis, había decidido en un momento vender a su hijo. (vender no, que suena muy mal, pensó de repente el tal Ceferino; subastar, eso. Le parecía mejor concepto, como de más clase)

– No, gracias. Ya he almorzado. Venía a contratar un cátering para una fiesta en mi casa. Algo a lo grande, con mucho personal y mucha atención, con comida de postín y marcas selectas de bebidas espiritusas, espumosas y de larga crianza en barrica.

– ¡Ah!

Al tal Ceferino, gerente y sin embargo, dueño de la empresa, se le hizo la boca agua y los ojos empezaron a hacer caja a modo de Tío Gilito. Y la alegría para el cuerpo Macarena, que suponía librarse de su hijo menos querido, le producía hemorragias internas de un placer imposible de narrar en estas líneas por no haber palabras en el diccionario capaces de expresar todos los matices.

– Y quiero que un camarero al que vi en el club de tenis, Jorge, esté en el envite. Quiero que me sirva a mí solo.

– ¡Ah! – Ceferino se frotaba las manos, metafóricamente, claro. Y otra oleada de orgasmos etéreos inundaron su espíritu.

Pero no todo iba a ser alegría y fiesta ante las perspectivas que se abrían en su futuro. La boca de D. Ceferino se le secó un poco. De repente se dio cuenta que el tal Jorge, su vástago, el tercero en su línea sucesoria, un chico que iba a su bola, un poco rebelde y al que era difícil persuadir de algo, iba a ser imposible de convencer de entrar en la subasta que se había imaginado unos instantes antes. Al menos él, su padre, rara vez lo había conseguido después de que cumpliera los tres años.

– Es que es un camarero muy caro – empezó la subasta.

– ¿Cuanto?

– 10.000.

– Lo pago.

– Es que no es buen camarero.

– Me da igual. Que no sirva. Solo que esté. Y no es verdad que sea malo.

– Es que se ha ido de viaje al Ampurdán.

– ¡Que vuelva!

– ¡Es que es mi hijo!

– ¿Y a mí que? 50.000 euros por el servicio del tal Jorge, su hijo de usted y deje de marearme.

El señor Herdaqués, tragó con dificultad. Ese dinero así a mayores, con nada de dispendio asociado, porque su vástago no iba a ver ni un céntimo de ello, le podría venir de perlas para saldar algunas deudas acuciantes con bancos y otros intermediarios financieros.

– Veré lo que puedo hacer.

El festín iba a salir por una pasta. Pero a Ramiro le daba igual.

Ramiro el millonetis, abandonó como una exhalación las instalaciones del cátering de D. Ceferino. Al tal Ceferino, se le empezó a encoger los huevos pensando en lo que le diría a su vástago. En esos pensamientos estaba cuando entró él de improviso.

– Jorge, tenemos un fiestón el día 10 en casa de D. Ramiro de la Berza, por una pasta. – tragó saliva – pero quiere follarte. Paga 50.000, con lo que pagaremos a esos cabrones del Banco Kindalés.

– Tengo novio, ya se lo dije. – Jorge se puso digno.

– Eso o el subdirector del banco. El destino de la familia está en tus artes amatorias.

– ¿Y por qué no se encarga Elvirita o Jacinto, tus hijos preferidos?

– Te han pedido a ti.

– No.

D. Ceferino cerró los ojos con fuerza para provocar unas lágrimas. Buscó dentro de él todo el arte dramático que había estudiado en el internado de los Hermanos Luminosos, y empezó a declamar con voz engolada:

– Jorge, piensa en tu pobre madre, mírala en la calle, pidiendo limosna. Sin poder hacer esos pasteles que tanto le gustan y esa merluza a la cazuela por la que te pirras todos los domingos. Mírala, llorando, con el vestido raído, y la cara sucia, con lo coqueta que es… mírala con lo que la quieres…

– Vale, vale, déjalo, papá que me pones la cabeza a 100 cuando te pones así de dramático. La mitad de los 50,000 para mí.

– Pero mírala – insistió D. Ceferino, para asegurarse la victoria. – Y nada de 25,000. Confórmate con que te pague el sueldo de los 4 meses que te debo.

– Daré el cátering. Pero no follaré con el individuo ese.

– Gracias, gracias – y D. Ceferino cogió la mano de su hijo y se la besó repetidamente, hasta que éste la retiró con un gesto brusco. – Y claro que follarás con él. Y bailarás el lago de los cisnes si te lo pide. Tu pobre madre, piensa en ella, en la calle, pidiendo limosna…

– Bailaré el Lago de los Cisnes, pero nada más. No pienses que me lo voy a follar. Tengo novio.

– ¡¡Que vocabulario!! Estamos hablando de amor… nada de sexo por el sexo. Que lo he notado yo.

– ¡Que se va a enamorar ese de un simplón como yo! Lo que quiere es pillar. Tú mismo lo has dicho.

– Me expresé mal. Que mal pensado eres, hijo. D. Ramiro es un hombre cabal. Para follar – pensó en santiguarse después de soltar esa palabra, pero se contuvo – tendrá a todos los que quiera, sin necesidad de venir él en persona y gastarse una millonada.

– No me convences. Pero conmigo, va a morder hueso.

– Piensa en tu pobre madre, su traje sucio… y en tu pobre hermanito, sin poder comprarse colonia, esa que tanto le gusta.

Jorge se tapó los oídos y salió del despacho de su padre sin mirar atrás. No lo soportaba. Pero quizás tenía razón… el destino de su familia dependía de él. Siempre había querido hacer algo grande y ahora, estaba en disposición de hacerlo. Por su madre. Por su hermano Carlitos. Los demás le daban igual. Pero ellos… se merecían tener ropas limpias y dinero para comprar desodorante.

Capítulo 3.

Ramiro vestía sus mejores galas. Era su fiesta de carnaval. Los invitados disfrazados, pero él, de anfitrión.

Jorge su uniforme nuevo, 5 tallas más pequeño de lo que le corresponde. A su padre le habían llegado informes del banco de D. Ramiro, que era el mismo que el suyo. El subdirector le dio todo lujo de detalles morbosos, para desquitarse de las humillaciones que Ramiro le proporcionaba los días que pasaba por la oficina. No hay nada para olvidar una humillación sufrida, como otra infligida. Esa era la filosofía del subdirector. Un hombre ruin y despreciable donde los haya.

– Le hará ir a cuatro patas y ladrar. Al botones se lo hizo. Y luego pedirá que se lo folle su hermano Carlitos. Es así de retorcido.

– ¿No me diga? – exclamó algo preocupado Ceferino, al que muy a su pesar la imagen de sus hijos no queridos a cuatro patas, no le producían espasmos de dolor, aunque fingir, fingía preocupación y repulsión.

– Y no te va a pagar, que es lo peor, por lo que te embargaremos. Y en la puta calle te vas a quedar, Salustiano, querido. Y tu mujer pidiendo a la salida de misa de 12 en la iglesia del Carmen. Y tus hijos Jorge y Carlitos prostituyendo sus cuerpos en los bosques del castillo, con el frío que hace. – iba a añadir que era para lo único que valían sus vástagos citados, pero pensó que a lo mejor era pasarse.

Lo estaba disfrutando el subdirector. Vaya que sí. Ceferino pasó por alto que el subdirector, ese gilipollas, no se acordara de su nombre.

– Creo que voy a mandar ya tu expediente al servicio jurídico. Por ir adelantando. Porque si se hubiera fijado en… – iba a decir el nombre de la hija de Salustiano, Elvirita (ese nombre no se le despistaba), una bella damisela un poco altiva de 23 años bien puestos. Unos pechos bien puestos también. Y un carácter bien puesto. Todo esto junto, le ponía farruco al subdirector. Pero se contuvo. – O en tu hijo mayor… – que no sabía el nombre pero que también le ponía a cien.

– Esos no tienen ángel, subdirector. – reconoció Ceferino muy a su pesar, porque eran sus ojitos. – Jorge y Carlitos son otra cosa.

Salió de la oficina del banco con los pantalones de repuesto del uniforme del botones y con un nudo en el cuello, a la altura de la nuez, por los vaticinios negros sobre el cobro de la factura. Las actividades sexuales a las que se verían abocados sus retoños no deseados, le daban igual. Aunque un poco preocupado, eso sí, de enfrentarse a su hijo Jorge, todo un carácter si se ponía en ello. Otras veces había atacado al subdirector, pero en esa ocasión, la cosa se le había atravesado. Él había visto una luz y el subdirector, “el malnacido” como le solía llamar en la intimidad de sus pensamientos, no solo se la había apagado, sino que le había quitado el casquillo de la bombilla.

Pero al llegar a la oficina-casa, su hija le anunció que había llamado el secretario del tal Ramiro para pedir un número de cuenta que no fuera del banco Kindalés, para hacerle un adelanto.

– 120.000 Eurazos, papá. – le dijo Jacobín, su primogénito. – Ya están en la cuenta. Ya están en el bote, papá. Podemos escatimar en el servicio y así nos quedará más y podremos… total ya ha pagado casi todo. Que le zurzan al Ramiro ese, que tiene para eso y para más.

Su padre lo miró moviendo la cabeza, negando. ¿Dónde se había equivocado con sus hijos mayores y queridos?

– Eres idiota, Jacobín. Mejor será que me ocupe yo. Así que no vuelven los clientes.

– No papá, no, esta es mi labor y…

– Estás despedido. Ya no tienes labor. Descansa, que te veo agotado.

El padre se dio la vuelta y el hijo abrió la boca. Una mosca que pasaba por allí decidió entrar en ella a buscar cobijo; y lo encontró.

Subió lentamente las escaleras de la casa en busca de la habitación de sus hijos Jorge y Carlos. El último no estaba, seguramente estaría en las clases de ballet clásico. Jorge estaba tumbado en la cama leyendo “El chico de las estrellas” de Chris Pueyo.

– ¡Qué guay este libro, mola! – dijo al ver a su padre y mientras se limpiaba algunas lágrimas que habían brotado de sus ojos al final del capítulo que estaba leyendo.

– Éste será el uniforme que lleves en el festejo del millonetis.

– Una mierda – contestó raudo en cuanto tuvo los pantalones en la mano. – Aquí no me caben las piernas, mucho menos el paquete. Me van a doler los huevos para los restos.

– Ese vocabulario, Jorge. Acabo de despedir a tu hermano mayor – lo dijo así, todo seguido.

– Si despides también a Elvirita, me los pongo.

– Hecho. Serás el responsable de que todo salga bien. Estaría bien ganar a ese tal Ramiro como cliente fijo. – carraspeo y preparó su mejor tono dramático – Por tu madre, Jorge, por tu madre, para que no tenga que ir a pedir a la puerta del Carmen.

No dejó reaccionar a su hijo. Ceferino se dio la vuelta y salió de la escena. No le había costado ceder a las pretensiones de su hijo, porque de hecho, lo tenía pensado hacer a continuación.

– Elvirita, estás despedida. – dijo abriendo, sin llamar, la habitación de la susodicha.

Su hija estaba haciéndose las uñas de los pies y ni siquiera levantó la mirada.

Por todo lo aquí contado, al final Jorge no tuvo más opción que ponerse los pantalones de repuesto del botones del banco Kindalés, Locati de nombre, Loca para los amigos, entre los que casualmente se encontraba él.

Ramiro el millonetis, al ver al camarero Jorge, se le iluminaron los ojos. Todo parecía ir como correspondía, salvo los pantalones del ínclito camarero Jorge, que no le gustaban nada.

– Devuelve esos pantalones al botones del banco, camarero Jorge.

– No he traído otros. Encima de que me los he puesto porque nos han dicho que le gustan a Vd.

– Sirve en calzoncillos. Es una fiesta de disfraces. Colará.

– ¿Y si no llevo?

– Sin ellos. Mucho mejor.

– Que corte.

– Que maravilla.

– Discrepamos en el punto de vista.

– Llevas calzoncillos, se te marcan.

– Están viejos y deshilachados.

– Mejor si tiene agujeros.

– Me da vergüenza.

– A tu madre también la dará vergüenza.

– ¿Ves? No debo hacerlo. Por mi madre.

– Te regalo unos calzoncillos nuevos.

– Luego.

– Ahora.

– No.

– Devuelve los pantalones.

– No tengo otros.

– Te regalo unos.

– ¿Son de mi talla?

– Tomamos medidas.

– ¿Con metro?

– Con las manos.

– Eso es muy atrevido para la primera cita.

– ¿Esto es una cita?

– ¿No lo es?

– Estás trabajando.

– Pero el trabajo acabará en unas horas. Luego estoy libre.

– ¿No tenías novio?

– Me han dicho que tengo que acostarme con usted.

– ¿Ahora de usted?

– Así es, en los negocios.

– ¿Negocios?

– Si no nos paga, nos vamos a la quiebra.

– Ya os he pagado.

– ¡Ah! entonces me puedo ir.

– Haz lo que quieras.

– ¿Me voy?

– Tú mismo.

– Me voy.

– ¡¡No!!

– Ya me parecía.

– Eres duro.

– No, no lo soy. Pero no me gusta que me traten como mercancía.

– ¿Te he tratado así?

– Has contratado a mi padre porque quieres follarme.

– No quiero follarte.

– Claro que si. Se le escapó.

– Me gustas. No es lo mismo.

– ¿Lo ves?

– ¿Lo ves tú?

– Lo que yo digo.

– Me gustas, no es “quiero follar contigo”.

– Lo que tú digas. Soy un chico de la calle y no me la das. Eso dicen todos. Amisgtad, bla, bla y lo que surja.

– Claro que sí, chico de la calle. Lo que tú digas.

– Cuéntame otra de que estás enamorado porque el otro día me viste en el club de tenis y viste un arquero divino que apuntaba la flecha del amor hacia nosotros.

– ¿Cómo lo sabes?

– ¿Eh?

– ¿Cómo sabes lo de la flecha?

– ¿Eh? ¡Era coña!

– ¿Lo era? A lo mejor es lo que viste. Había una flecha. No vi al arquero, eso sí. Confiesa que te gusté.

– ¿Yo? Yo no veo esas cosas. Ni flechas ni arqueros. Para nada.

– Eres de follar.

– ¿Preguntas o afirmas?

– Afirmo.

– ¡¡No!! ¿Lo eres tú?

– ¡¡No!!

– ¿Entonces?

– Me gustaste y creí que era interesante conocerte. Eso no significa que me vaya a casar contigo mañana. Tienes algo, un aura o llámalo como quieras.

– Vaya, que desilusión, yo que iba a utilizar esos pantalones como traje de novia.

– ¿Novia? – tono molesto en Ramiro.

– ¿No?

– Novio. No me gusta eso de “novia”.

– Perdona, a mí tampoco.

– ¿Entonces?

– Era por…

– ¿Por picarme?

– Sí.

– Pues me has picado.

– ¿Te has enfadado?

– Sí.

– La primera riña de enamorados.

– ¿Somos una pareja de enamorados?

– No entiendo – dijo un poco desesperado Jorge.

– Creo que puedo enamorarme de ti. Es una posibilidad.

– ¿Crees?

– Ya te lo he explicado dos veces, Jorge.

– Es que solo soy un camarero.

– ¿Solo un camarero? Te va el rollo víctima. Interesante.

– Contrátame entonces. Como jefe. Así dejo a mi padre.

– Ya tienes trabajo.

– Mi padre no me aprecia.

– Yo creo que sí, te lleva a sus eventos importantes y sales a dar la cara.

– Eso no es importante.

– Claro que sí.

– No lo veo así. Hoy estoy aquí porque quieres follarme.

– Dime que tu padre no te quiere. – obvió lo de follar.

– Mi padre no me quiere. Por eso me ha vendido a ti.

– No te ha vendido.

– Llámalo X.

– X.

– Me ha vendido – insistió Jorge.

– No, porque yo no te he comprado.

– Perdonad que interrumpa esta animada charla, pero los invitados esperan en la calle a que les recibas – Óscar, el secretario, vestido de orangután, avisando a su jefe de las obligaciones sociales que como anfitrión, debía cumplir ipso facto. Y así de paso dejaban esa conversación de besugos que le estaba poniendo de los nervios.

– Voy – contestó seco Ramiro. No le había gustado que le cortaran el rollo.

– Fuera hace frío, y alguno ha venido disfrazado de geisa – se disculpó Óscar, justo antes de salir por patas ante la mirada rubicunda de su jefe.

– Cámbiate los pantalones. No me gustan.

– En eso estoy de acuerdo. Y yo lo haría pero…

– Por favor. Búscate la vida. Pide unos prestados. Lo que se te ocurra. Eres un hombre de la calle, con recursos.

Jorge fue a responder, pero no supo el qué. Ramiro aprovechó y se fue a la puerta a recibir a los ateridos invitados que esperaban en la calle.

– Perdonad, queridos, pero Óscar no me ha avisado. Este Óscar es un desconsiderado. Teneros aquí esperando.

– ¡Despídelo! – dijo Kiara, la dama de 80 años que encabezaba la cola. Era una de las que se había disfrazado de geisa.

– Jorge, por favor, traed ponche caliente para que entren en calor.

– En 5 minutos está aquí.

– Bien cargado, chico – apuntó la dama geisa.

Jorge corrió a la cocina como alma que persigue el diablo. Lo del ponche no estaba en el menú previsto. Dos cosas a improvisar en cinco minutos: sus pantalones y el ponche.

– Ponche, ponche, ponche, hay que hacer ponche caliente. Kike, tus pantalones.

Kike, otro camarero, se quitó los pantalones. Kike cogió la primera cazuela que encontró y la puso al fuego. Pilar echó unos litros de vino, mientras Tomás hacía zumo de naranja y limón.

– Azúcar – gritó alguien.

Jorge salió con la primera bandeja de ponche humeante en apenas un suspiro.

– Id saliendo según esté y empezamos con los calientes – ordenó en la cocina antes de salir al salón.

– Has dicho 5 minutos, han sido 7. – le echó en cara Ramiro en cuanto llegó a su lado.

– 5 minutos por el ponche. 2 minutos por los pantalones. Y para no estar previsto, no ha estado mal.

– Touché.

– Acepto sus disculpas, señor.

– ¿Te quedarás luego?

– ¿Para follar?

– No.

– ¿No quieres follar conmigo?

– Quiero cenar contigo.

– ¿Una cita?

– Para conocernos.

– ¿Sin follar?

– Dale con el follar. ¿Quieres follar?

– No especialmente.

– Me vuelves loco.

– No te entiendo.

– El que no te entiende soy yo a ti.

– No, soy yo el que no te entiendo. ¿Ves? Esto no funciona.

– ¿Quieres follar?

– Yo siempre quiero follar.

– ¿Entonces follamos?

– Pero si decías que no querías follar.

– Es que parece que tú lo único que quieres es follar, solo piensas que quiero follar contigo, y pienso que a lo mejor, en realidad quieres follar y punto.

– No, es que no quiero follar.

– Acabas de decir que te gusta follar.

– Pero no contigo.

– No puedes saber si te gusta follar conmigo, no lo has hecho nunca.

– Ni haré. No me apetece.

– En eso estoy de acuerdo.

– Mira, ya era hora.

– Se va a enfriar el ponche.

– Mis compañeros están sirviendo.

– Pero este ponche se va a enfriar.

– Lo calentamos.

– ¿Me calientas?

– ¿Te caliento?

– ¿De qué hablamos?

– ¿De follar?

– ¿De hacer el amor?

– De ponche

– ¿Ponche?

– ¿De follar?

– De hacer el amor.

– ¡Qué cursilería!

– ¿A qué sí? Pero te mola. Se te ha puesto dura.

– ¿Me estás mirando el paquete?

– No, te estoy mirando a los ojos.

– ¿Y como sabes…?

– Porque me lo estás diciendo tú ahora.

– Que te den.

– ¿Amor?

– Por saco.

– ¿Tú?

– Me largo.

– Has perdido, reconócelo.

– Me rindo, he perdido, sí. Pero me abro.

– Como quieras. Si no sabes perder, a lo mejor no eres mi hombre.

– Llevo toda la vida perdiendo.

– Pues no has aprendido.

– Que te den.

– Respuesta repetida, no vale.

– Eres odioso.

– No es verdad, ya estás casi conquistado. Te gusto.

– Tu lo flipas.

– Te has cambiado de pantalones.

– Me apretaban los cojones.

– ¿Y es verdad que llevas calzoncillos viejos y raídos?

– Eso es cierto, no tengo pasta para compararme 7 CK todas las semanas.

– Se pueden lavar.

– Por eso están deshilachados y con algún agujero.

– Me pone eso.

– ¿Te pone la pobreza?

– Eso es un golpe bajo.

– ¿Qué es entonces?

– ¿Un pequeño resquicio por dónde se puede vislumbrar lo escondido de ti?

– Qué romántico.

– Veo que en cuando no tienes respuesta recurres al sarcasmo.

– Me gusta la ironía.

– Lo tuyo es sarcasmo, más bien.

– Es cuestión de detalle.

– Perdonad de nuevo, Ramiro el anfitrión, Jorge el camarero, que los invitados… deberías darte una vuelta.

– ¡¡Cállate!! – le dijeron los dos a la vez.

– Os sugiero que, como ya sois capaces de coordinar una respuesta para mandar a tomar por culo a un servidor, cual pareja ya consolidada, deis un par de vueltas a la fiesta, que es lo que se espera del anfitrión de una fiesta, y más si eres tú, Ramiro.. Así saludáis y podéis seguir con vuestros diálogos de besugos, entre invitado e invitado.

– ¡¡Vete a la mierda!! – volvieron a decir los dos.

Óscar se sonrió. Esa compenetración de los dos le hacía presagiar que no tendría que volver a estar pendiente de Ramiro mientras se bañaba por las mañanas por si salía lleno de espuma para dar la patada al ligue de esa temporada. Estaría bien dormir en su casa para variar. Cruzó los dedos y miró al cielo esperando que lo de Ramiro el millonetis y lo de Jorge el camarero, saliera bien.

Capítulo 4.

Llegó un momento en que Ramiro cogió la mano de Jorge el camarero y le dijo.

– Vamos al piso de arriba. Tengo todo preparado en el mirador para que cenemos.

Ahí Jorge definitivamente se puso nervioso. Apartó la mano como si le hubiera dado un calambrazo del 15. Las piernas empezaron a temblarle y los labios, y los brazos. La boca se le quedó seca, seca, pero seca. Se devanó los sesos para buscar una excusa, pero la cabeza también le temblaba. No encontró ninguna que lo convenciera. Más que nada porque en el fondo, quería subir. No, no quería subir. Sí, quería subir. No. Sí pero no. O al revés. Miró al salón en busca de una margarita para deshojarla y decidir si “subo, no subo, subo, no subo. “Si es un viejo”, pero “Está guay”, pero “Me lo he pasado bien esta noche” pero “Es un ricachón de esos”, pero “Es interesante”, pero “No tengo nada en común”, pero “No me mola”, aunque a lo mejor… “Si me molaría”. “Me río. Lo paso bien”. Pero “¡Qué dices, alucinas!”.

Pero…

“Me ha perseguido”

“Me ha comprado”

“Le gusto, joder que le gusto”

“No tengo nada en común”.

“¿Qué dirán mis amigos”

“Si no tengo amigos, bueno alguno.

“¿Y qué dirá mi madre?”

“A mi madre no le va a gustar”.

“En realidad a mi madre le da igual”

“¿Y qué dirán sus amigos?”

“¡Y qué dirán sus padres!”

“¿Tiene padres?” “¡Qué fuerte! no me atrevo a preguntar”

“Joder que corte”.

“Joder que a lo mejor es cierto y solo quiere follar”.

“Joder, que casi prefiero la opción de Solo follar

“Voto por solo follar”

“¿Y si follamos? Me voy y ya está”.

“Seguro que luego me da boleta”.

“Seguro que dentro de tres días se ha cansado de mí”.

“Tiene algo con el secretario ese, fijo”.

“El Óscar ese me suena de algo”.

Loca dice que es majo, que no le ha metido mano. “Es un tío guay, Jorge. Te lo digo yo. En el banco me trata guay.” “Nunca me ha tocado un pelo, pero siempre hace un aparte conmigo, para que no me despidan. Y hace que me besa pero en realidad me cuenta un chiste al oído. Y luego me da una propina del copón y todo esto lo hace cada vez que va. Y cada semana llama al banco para pedir que me acerque a su empresa para un servicio especial. Y ya paso la mañana allí, con la gente, aprendiendo la leche de cosas.” “Y tiene un secretario que me pone y es muy simpático conmigo; me trae un sándwich a media mañana y una pepsi-cola”. “Es la leche de majo”.

“¿Leche? ¿Será una indirecta que quiere decir, pero no dice? ¿Me estará mintiendo el Loc?”

– Es un hombre guay – repite Loca.

“Joder”.

“Ramiro el guay”, pensó Jorge jocoso. “¿Y si le ha pagado para que diga lo de guay?” “Las propinas esas, fijo”

Jorge no quiso creerle. “No, no, no, no”. Estaba por pensar mal de Ramiro. Y pensaba mal de Ramiro todo lo que podía y algo más.

– Y tengo tu disfraz.

– ¿Y tú el tuyo?

– Yo no me disfrazo.

– Eso no es así.

– Corrijo: ya estoy disfrazado.

– Eso es un esmoquin.

– Ya.

– Eso no es un disfraz.

– Es un punto de vista. Para mí es un disfraz.

– Pues ya estoy disfrazado.

– Es cierto: de camarero.

– Pues eso, no hace falta que me disfrace.

– Vale. Te pido que te cambies de disfraz.

– ¿De orangután como tu secretario?

– No hombre.

– Te hace ojitos el Óscar ese.

– ¿Estás celoso?

– ¿Yo?

– Lo pareces.

– ¿Tendría motivos para estarlo, si es que estuviera celoso? Que no es el caso, no te creas, que te pones así estupendo y no. No estoy celoso. Para nada.

– ¿Lo estás?

– No contestas a mi pregunta.

– No sé lo que estás preguntando.

– Si te lo montas con el Óscar.

– No me lo monto con Óscar.

– ¿Nunca lo has hecho con él?

– ¿El qué?

– No te hagas el tonto.

– No he follado con él. Por eso es mi secretario.

– ¿Y hecho el amor?

– No por Dios, nunca ha sido candidato a tal cosa.

– ¿Quién ha sido candidato?

– Mucha gente.

– ¡Y no te ha gustado nadie! – exclamó un Jorge alucinado.

– Nadie pasó la prueba. Miento, alguno sí, pero estaba comprometido – se acordó de Adri el actor porno. Alguno más hubo, pero ya no los recordaba.

– ¿Haces un examen?

– El examen es pasar rato juntos, hacer cosas.

– ¿De ricos o de pobres?

– No sé, hacer cosas. ¿qué más da?

– ¿Tenemos que hacer cosas?

– Eso hacen las personas que se quieren conocer.

– Sí. pero yo no puedo hacer cosas de ricos.

– ¿De ricos? ¿Qué es hacer cosas de ricos?

– Pues ir al club de moda a jugar un paddel, o al gimnasio de a 500 euros la semana a hacer carrera en la cinta, o a la Ópera, o a cenar en un restaurante de a 400 euros el cubierto. O ir a pasar la noche a París en tu avión privado.

– Si pago yo, lo puedes hacer.

– Pero ese no es mi mundo, no estaría cómodo.

– Te harías enseguida.

– Eso sería comprarme.

– Ya estamos otra vez.

– Y luego no soy el elegido, y no sabría vivir sin esos lujos. A eso se acostumbra uno enseguida.

– ¿Y si lo eres?

– Eso está por ver.

– Tienes papeletas.

– ¿Cuantos tuvieron papeletas antes que yo? ¿50?

Ramiro hizo un gesto con la frente.

– ¿100?

– ¿200?

– ¿Más?

– No los he contado.

– 321 – contestó a sus espaldas Óscar.

– ¿Y tú porque no te callas? – le espetó enfadado a su secretario.

– Ramiro, te pido permiso para irme.

– Vete antes de que te dé una patada en los cojones, idiota.

– Siempre dices que hay que ir con la verdad en el amor.

Óscar iba a seguir con la explicación, pero una copa de champán que salió volando de la mano de Ramiro le hizo echarse a correr camino de la puerta de salida.

– ¿Seguro que no habéis follado?

– Que manía con el follar.

– Mucha confianza.

– Todos los que trabajan conmigo tiene mucha confianza.

– No me lo creo. Eres un millonetis del copón. Mira este casoplón. No puedes ser un hombre guay con tus trabajadores, además. Eso sería injusto con el reparto de cualidades del destino.

– Siempre pones en duda lo que digo. Esto empieza a ser un suplicio.

– ¿Ves? No tengo tantas papeletas. Te saco de quicio. Me abro.

– Una patada, sí te estás ganando.

– Nadie me aguanta.

– Otra vez el papel de víctima. Es el papel que has elegido.

– A lo mejor es que lo soy. Una víctima inaguantable.

– ¿Quién te ha tratado mal?

– Todos. En el colegio se reían de mí, mi padre me desprecia, mis hermanos igual, tengo pocos amigos de verdad. Y pocos colegas, que es lo peor. No le gusto a nadie.

– No me lo creo.

– Es verdad.

– Te haces la víctima. Conozco a muchos que se lo hacen. Presumen de ser incomprendidos y esa misma incomprensión les da derecho a fastidiar a los demás. Y tú has decidido fastidiarme a mí esta noche.

– Yo conozco a algunos así también, pero no es mi caso.

– ¿No?

– Me la suda ser querido o no.

– Eso no es cierto. Hablas y se te nota dolido.

– Conmigo mismo.

– Nos estamos poniendo serios.

– Es lo que hay, debes probar la mercancía antes de comprarla.

– Y dale.

– Es una forma de hablar, no te enfades.

– No me enfado.

– Vale.

– ¿Subimos?

– ¿Has visto a esos? Ese se está despelotando. Alucina vecina.

– Es una riña de parejas. Uno se ha dado cuenta de que el otro está fingiendo.

– ¿Y por eso se desnuda?

– Para mostrarse tal y como es.

– ¿Se quieren?

– No lo sé.

– ¿Y por qué finge?

– Porque le da miedo mostrarse como es por si no le gusta.

– Tiene miedo a quedarse solo.

– O le quiere tanto que no quiere perderlo.

– Tiene miedo a quedarse solo. No lo quiere de verdad. Lo noto en su mirada.

– Pero no se lo digas.

– No les conozco.

– Les conocerás, son mis amigos.

– ¿Los dos?

– Uno más que el otro.

– Eres amigo del estafado.

– Sí. Aunque el estafado tampoco quiere al otro.

– ¿Subimos?

– Pareces enfadado.

– Esta conversación me ha recordado algunas cosas que no me gustan.

– ¿Sobre la soledad?

– Digamos que sobre mi vida.

– ¿En soledad?

– En soledad.

– Vamos.

– Sí, vamos será mejor. Aunque deberías despedirte de los invitados.

– Que se encarguen tus camareros.

– Les digo y nos vamos.

– Has cambiado de actitud.

– He cambiado mi yo combativo por mi yo triste. No valgo la pena, Ramiro. Tú mereces alguien mejor.

– Si me gustas, no habrá alguien mejor.

– Yo no soy especial.

– Deja que yo lo decida. Eso es algo subjetivo.

– Yo soy objetivo conmigo.

– Y además, luego debes tú enamorarte de mí. Esto no es solo en un sentido.

– ¿Y si me engaño para no quedarme solo, como esos amigos tuyos?

– Eres joven para tener miedo a quedarte solo.

– Me siento viejo.

– No lo eres.

Jorge se quedó mirando a Bernardo y Jonatan. Bernardo estaba sentado y Jonatan ya estaba desnudo delante suyo, con los brazos abiertos. En sus labios pudo ver dibujadas las palabras “te quiero”. No lo podía escuchar desde donde estaba, pero sabía que no estaba acostumbrado a decirlo y lo había dicho mal. No, no lo quería. Estaba seguro. Tenía miedo. Por eso estaba con él.

Ramiro lo cogió de la mano y tiró de él. Jorge al principio se resistió, pero enseguida se dejó hacer. Siguió a Ramiro sin ver ni oír.

Estaba triste. Quizás la continua batalla dialéctica con Ramiro le había cansado.

Cuando subían por la escalera, vio a D. Enrique, el que pagó el convite del Club de Tenis. Y leyó en su mirada el desprecio que le causaba Ramiro y el todavía mayor desprecio que le causaba él. Y a quien le quería oír le decía:

– Seguro que al camarero ese le huelen los pies y los sobacos.

Jorge disimuladamente se olió el sobaco. “¿Y si fuera verdad que le olían?” Pero quedó tranquilo: al menos una parte de la afirmación, era mentira. La otra, la comprobaría en casa.

Capítulo 5.

– Ya han pasado tres días y no te he dado la patada, como decías.

Jorge levantó la mirada del libro que leía en su cuarto.

– ¿Quién te ha dejado entrar?

– Tu padre.

– Que servicial. Está frotándose las manos por ver si te me llevas y de paso, te llevas a mi hermano Carlitos, al que también odia. El del banco le dijo que te molaba ver a dos hermanos follarse a cuatro patas ladrando como perros.

– Hostias, no se me había ocurrido. ¡¡Carlitos!!

– ¿Qué haces? – Jorge se incorporó de un salto.

– Llamar a tu hermano para proponerlo. El del banco tiene razón debe ser un espectáculo. Ladra un poco, guau, guau.

– ¿Estás loco?

– ¿Sí?

– Carlitos, soy Ramiro – le tendió la mano.

– ¿El del riñón forrao que quiere ligarse a mi hermano? Mi padre está expectante, nervioso en el hall rezando a la virgen del Carmen por ver si es hoy cuando te lo llevas vestido de princesa, con sus labios pitados de rojo pasión y los ojos pintados de morado.

– ¡Ah!

– Lo de los ojos me lo he inventado.

– ¡Ah!

– Vete, anda, que no pasa nada – dijo Jorge.

– Sí, quería proponerte. – contradijo Ramiro.

– ¡Ramiro! Por favor. No querías proponer nada.

– Si lo ha dicho el del banco, habrá que hacerlo. Quería proponerte, Carlitos…

– Ramiro, joder, como te pasas.

– Tú me dices que el del banco, como si fuera no sé…

– El del banco nos quiere embargar.

– Di, guau, guau – a Carlitos.

– ¿Guau?

– No, guau.

– ¡¡Guau!!

– No, guau.

– Guau.

– Jorge, dí guau.

– Vete a tomar… – se contuvo.

– ¿Amor del tuyo?

– Vete a la mierda.

– Ahora enseguida. Di guau, Jorge.

– Dilo, coño, que me estoy meando – apremió Carlos.

– Guau – y no pudo evitar ponerse rojo.

– Y ahora montároslo.

– Me voy al servicio.

En la puerta se dio la vuelta y les dijo:

– Hacéis buena pareja, tú estás igual de ido que mi hermano. Me pido bailar en el convite vestido de Dalia blanca.

Y cerró la puerta.

– Cierro por si queréis montároslo. – gritó alejándose. – Guau, guau.

– ¡Qué lástima! Lo que hubiera dado por veros retozando al ritmo de guau, guau, para dar la razón al subdirector, ese gilipollas.

– Vámonos. Estás medio loco.

– Y tú.

– Una mierda. Yo no pido que se lo monten dos hermanos, a uno de los cuales quieres conquistar.

Me has dicho que si te casas conmigo, deberé aceptar a tu hermano.

– Yo no he dicho eso.

– Me has dicho…

– He dicho que mi padre lo querría.

– Así que cuando le pida tu mano…

– Que bobadas, pedir mi mano. – atajó Jorge.

– Es tradición.

– Una mierda. Yo me caso con quien quiera.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– ¡¡No!!

– Todavía.

– No, para siempre.

– Mientes.

– No.

– Sí.

– Eres insufrible.

– Lo dicen tus ojos, estás enamorado de mí.

– Otra bobada.

– Da igual, acabarás reconociéndolo.

– Una mierda.

– Que nos vamos, has dicho. Nos vamos, digo yo también, que he venido a buscarte. Me lías y se me olvidan las cosas.

– Yo no he dicho nada de irnos. ¿O sí? Me vuelves loco. Además, estoy sin vestir.

– Me da igual – mintió – ¡Vamos! Esta casa no me gusta.

– A mi tampoco.

– Vamos, está el chofeur esperando.

– ¿Con la limusina?

– Algo así.

– Tengo que cambiarme.

Pero Ramiro lo cogió de la mano y tiró de él.

– Que voy descalzo.

No le hizo ni caso.

– Que estoy en calzoncillos.

Ni caso.

– Hasta luego – se despidió Ramiro de Carlitos que volvía del baño.

– Guau – respondió socarronamente Carlos.

El chofeur estaba esperando con la puerta de la limusina abierta.

– ¡Que voy en calzoncillos!

– ¿Están rotos?

– Joder, no se te puede decir nada. Solo desgastados.

– ¡Calla! Ahí tienes para cambiarte.

– Joder, no quiero… – se quedó mirando un momento el perchero con un montón de ropa – joder, mola esta ropa. ¿Cómo has sabido lo que me gusta?

– Carlos.

– ¿Carlos? ¿Ese Carlos? – señalaba hacia su casa.

– Sí.

– Pero… ¡Qué cabrones, os habéis hecho los desconocidos y habéis maquinado a mis espaldas. Se va a enterar Carlitos, ahora mismo le mando un wasap.

– Quedamos ayer y me dijo. Y luego nos fuimos de compras.

– ¿Qué más te dijo? – preguntó expectante dejando a medio escribir el wasap prometido.

– Que me querías, que lo notaba.

– Ese es bobo. Le voy a poner a caldo.

– Y que eres buena gente.

– Que mono.

– Y que te quiere mucho.

– Yo también a él.

– Y que estás muy triste, por esto y aquello.

– Que gilipollas, que le va a él el ir contando mierda sobre mí.

– No es mierda.

– Yo no estoy triste.

– Depre.

– Una mierda.

– Cámbiate, que llegamos tarde. Y deja el móvil.

– Ahora, espera que le digo… ¡No me quites el móvil, capullo!

– Vístete, que llegamos tarde.

– ¿A donde? Y devuélveme el móvil.

– A una comida de trabajo. Y cuando te vistas, te doy el móvil.

– Pero si no tengo ni puta idea.

– Da igual. Tu fíjate en la gente y sonríe a todo el mundo. Eso hace un camarero.

– Ufff. Que corte. ¿Y cómo me vas a presentar? ¡No conozco a nadie!

– Como mi novio.

– Una mierda.

– ¿Mi marido?

– Joder. No lo soy.

– ¿Novio sí eres?

– Ya me entiendes.

– Mi prometido, entonces.

– ¡¡No lo soy!!

– Es cuestión de semanas.

– Ya estamos. Me vas a echar a los tres días.

– Ya han pasado.

– Otros tres.

– Como quieras. Cámbiate o te sacaré en calzoncillos.

– Pero si ni me has dejado ducharme.

– Así cuando te pongas al lado de Enrique, el del club de tenis, levantas el sobaco y se quedará contento.

Jorge se olió el sobaco asustado.

– ¡No me huele!

– Una lastima. Otra decepción para Enrique después de que no le saliera el negociete ese ni pudiera tirarse a Jimena, la deseada.

– Joder, como te pasas.

– Vamos.

– Pero no sé que ponerme.

– Lo que más te guste.

– Esta camiseta, esta chaqueta, estos pantalones.

– Y esos calzoncillos.

– Joder, que me vas a ver desnudo.

– Ya va siendo hora.

– ¿No ves? Solo sexo. Todo se reduce a eso.

– Pero no te he tocado un pelo en tres días.

– Fíjate tres días, como los noviazgos de antes – le salió su mejor tono sarcástico.

– Ahora no se lleva.

– Es cierto, no se lleva ni un noviazgo de un día. Ayer me llamó Camilo, un amiguete y me contó que se ha echado novia, una tal Olimpia, a la que ha conocido el martes. Follaron y el miércoles eran novios.

– ¿Lo ves? Ya somos más tradicionales que Olimpia y Camilo.

– Me da palo que me veas desnudo.

– Joder, ya miro para otro lado.

– Pasa adelante, mientras me cambio. No me fío.

– ¿Alucinas?

– Joder. ¡¡Hazlo o no me cambio!!

– ¡Mojigato!

– Yo también te quiero.

– ¿Lo ves? Ya lo reconoces.

– Es una forma de hablar.

– Claro, lo que yo decía.

– Es para decirte que te largues, joder.

– Vale, vale. Esto no lo he hecho por nadie.

– Así intimas con el chofeur.

– Ya he intimado muchas veces con él.

– ¿Te lo has montado con él? ¡¡Qué fuerte!!

– Apresúrate.

Ramiro se pasó al asiento del copiloto. Bajó la ventanilla de separación.

– Me parece que éste sí, Ramiro.

– Querido Juanma, ¿Porque me dijiste que no hace tantos años? Hubiéramos sido felices tú y yo. Fuiste mi primer elegido.

– ¿Porque estaba comprometido con mi Rosa?

– Me rompiste el corazón.

– Pero ya se te ha restaurado.

– ¿Te gusta?

– Sí, es peleón. Te va a costar conquistarlo.

– ¿Merece la pena, crees?

– Me cae bien.

– Ains. Entre tú y yo, ya lo tengo en el bote, y él lo sabe.

– Pero es peleón.

– Ya hemos llegado. Mira cuanta gente. Van a alucinar, saliendo yo del asiento de delante. Le abriré la puerta, para dar que hablar. No hace falta que salgas.

– Ya tenemos titulares de la prensa mañana.

– ¿Estás preparado? -gritó Ramiro por el intercomunicador.

– Joder, que susto. Casí.

– Que sea ya, que hemos llegado y es tarde – le apremió. – Nos esperan.

– Joder, que tensión.

– Súbete la bragueta.

– ¿Me estás mirando? ¿Hay cámaras?

– No, pero es que se te suele olvidar.

– Joder. ¡Qué corte!

– Le va a dar un ataque. – murmuró el chofeur señalando hacia atrás.

– Va a ser divertido.

La limousina se paró delante de la puerta del restaurante. Una nube de fotógrafos, periodistas y algunos curiosos, les rodearon inmediatamente. Ramiro salió sonriendo del asiento de delante, dejando boquiabiertos a todos.

– Unas declaraciones.

– No hay comentarios.

– Pero…

– No hay comentarios.

Abrió la puerta y le tendió la mano.

– ¡Vamos!

– Como si fuera un príncipe. – bromeó Jorge – ¡¡Hostias!! – en ese momento acababa de darse cuenta de la maraña de fotógrafos que había a su alrededor.

– La mano de Jorge se cerró sobre la de Ramiro. Éste sonrió y le devolvió el apretón.

– Sonríe.

– Esta no te la perdono – murmuró sin dejar de sonreír.

– Sonríe.

– Ya lo hago.

Y Jorge sonrió. Y caminó agarrado de la mano de Ramiro, el millonetis. Como si fueran novios. Pero como estaba tan nervioso por la de fotografías que le estaban sacando, ni se dio cuenta.

Luego le dolería la cabeza, cuando su hermano Carlos le mandó todos los enlaces de las fotografías que la prensa había colgado en sus medios.

¡¡Ramiro el millonetis y su nueva pareja!!

¡¡¿Quién es el que ha robado el corazón al soltero de oro?!! Seguiremos informando.

¡¡¡Exclusiva!!

Capítulo 6.

– Ya han pasado dos meses – dijo Ramiro a modo de saludo entrando en la habitación de Jorge – Y no te he dado la patada.

– No queda nada, lo noto. Tienes ganas de estrangularme – contestó Jorge levantándose de la cama, en donde estaba tirado pensando en esto y aquello.

– Eso es cierto.

– ¿Ves?

– Pero es que eres un pesado.

– No me queda nada. Y luego caeré en la depresión porque me he acostumbrado a la casa, a mi habitación nueva, al chofeur.

– Juanma está casado.

– Lo digo por follar. No me quiero casar con él.

– ¿Quieres follar? ¿Con Juanma?

– Joder, que martirio. No.

– Dos meses y sin follar. Eso es una novedad en ambos.

– Eso es que no te gusto.

– Eso es que decías que no querías y te he respetado sin intentar convencerte.

– A lo mejor mentía y quería que me convencieras.

– Reconoces que mientes.

– A veces.

– Me quieres. Está claro.

– No.

– Ahora también mientes.

– No.

– Nos casamos el mes que viene.

– Una mierda.

– Mis tres mosqueteros lo están preparando.

– Esos se lo montan juntos.

– Todos según tú, se lo montan. Pero te va a dar igual, nos casamos.

– Es que todos se lo suelen montar.

– Tú y yo no nos lo montamos.

– Es que no te gusto.

– Me gustas.

– No.

– Desnúdate.

– ¡¡Qué dices!!

– Pues follaremos como en la edad media, sin desnudarnos.

– ¡¡Qué dices!! ¡¡Alucinas!!

– Es que no veo otra solución.

– Me largo, me estás volviendo loco.

– Desnúdate y follamos.

– Desnúdate tú, no te jode.

Ramiro empezó a sacarse el jersey.

– ¡¡Para!! ¡¡Stop!! ¡¡Detente!!

– Has dicho que me desnude.

– Es que no estoy preparado.

– Tienes 25 años. Y has follado con intensidad desde los 16. Por decirlo suavemente.

– ¿Quién te ha contado eso?

– Carlitos.

– Qué traidor el capullo.

– No te gusto. Es eso.

– ¿Ves? No me gustas, es la respuesta.

– Pero si estás caliente

Jorge se levantó de la butaca en donde se había sentado un segundo antes, de un salto y se dio la vuelta para ocultarse.

– No me mires el paquete.

– No te lo he mirado.

– Y entonces… joder, que bobo. Otra vez he caído.

– Te lo haces, que te conozco. Me voy a quitar los pantalones. Como no miras, te informo.

– ¡¡No!!

– Ven y desnúdame tú.

– ¡¡No!! Alucinas.

Ramiro se acercó por la espalda y le puso la mano en el hombro.

– Joder, que susto.

– Ya estoy en pelotas.

– No, no, no, déjame – y empezó a correr hacia el pasillo con los ojos cerrados – No quiero verte.

Y vio tan poco que se estampó contra el quicio de la puerta, cayendo de culo cual largo es.

– ¡¡Joder!!

– ¿Te has echo daño?

– ¡Déjame! Todo es por tu culpa.

– Se te va a poner el ojo morado.

– Que se ponga. Así seré la bestia.

– Y yo el bello.

– Eso. Eso. Necesitas otro bello.

– Tú.

– No. Soy el monstruo.

– De las galletas.

– ¿Estoy gordo? – Jorge se palpó sus carnes.

– No lo sé. Me da igual.

– Mientes. Lo sabes. Estoy gordo.

Ramiro suspiró desesperado.

– No lo estás. Si no tienes carne. No se te puede ni pellizcar.

– ¿Ves? No te gusto.

Ramiro tiró de él, lo levantó del suelo, y pegó sus labios a los de Jorge. Éste luchó 0,0 para separarse. Ojos cerrados, boca abierta, su lengua sin control dentro de la boca de Ramiro, la de éste, dentro de la boca de Jorge.

– ¡Ay madre! – exclamó Jorge en un descanso.

– ¡Ay madre! – suspiró Ramiro en el mismo descanso.

Volvieron al tema. Las manos de Jorge recorrían el cuerpo de Ramiro que efectivamente estaba casi desnudo. Solo los calzoncillos estaban y por poco tiempo, porque las manos incontrolables de Jorge se los quitaron en un decir ¡¡Ayyyyyyyyyyyyy!!

– ¡Ay madre! – exclamó con más intensidad Jorge al notar el miembro de Ramiro pegado a su paquete, todavía dentro de los pantalones y de los calzoncillos “¿Por qué me habré puesto calzoncillos hoy?”, se preguntaba desesperado Jorge.

– Joder, me voy a tener que desnudar yo, Ramiro. Es que no pones de tu parte.

– Ahora las prisas.

– Joder. Mírame.

– No te veo, tienes mucha ropa. Pero te siento.

– ¡¡Quítamela!! Les he visto más diligentes.

– ¿Cuantos?

– Da igual.

– ¿100?

– O así.

– ¿200?

– No los he contado.

– ¿300?

– Algo así.

– ¿350?

– 439, así ya estás contento.

– ¡Joder!

– Tú me ganas.

– Eso no lo sabes.

– Pero Óscar sí.

– Luego lo despido, por irse de la lengua.

– Trabaja bien la lengua.

– ¿Lo has hecho con él?

Ramiro se separó bruscamente de Jorge.

– ¡¡No!! – Jorge abrió los brazos.

– ¿Entonces?

– Loca, el del banco.

– ¡¡Ah!! – Ramiro se quedó aturdido. – ¿Se lo han montado?

Jorge asintió despacio.

– ¿Y por qué le has preguntado a Óscar?

– ¿Y por qué le has preguntado a mi hermano?

– Por si eras virgen. Como no querías hacerlo…

– ¿Quién ha dicho que no quería hacerlo?

– Joder, otra vez no.

– Si te pone caliente.

– Me pones caliente tú.

– Y estas discusiones.

– No me desesperes.

– Si te pone caliente.

– O te desnudas ahora mismo, o llamo a Óscar para que lo haga.

– ¿Óscar?

– Es cinturón negro de judo. Te hace una llave y te desnuda en un plis plas.

– ¿Esas son sus funciones de secretario?

– Y otras muchas.

– ¡Qué fuerte!

Jorge fue a decir algo más, pero Ramiro se había cansado y se había pegado de nuevo a él. Su lengua volvia a invadir la boca de Jorge y su miembro volvía a palpitar junto al de Jorge, todavía aprisionado entre sus pantalones.

– Desnúdate de una puta vez.

– Desnúdame tú.

Ramiro empujó a Jorge sobre la cama. Le quitó las zapatillas, los calcetines…

– ¡¡No!! Me da vergüenza. No mires.

– ¿Cómo?

– Que…

Ramiro no le dejó acabar. Cogió el mando y apagó las luces. Apretó otro botón y se bajaron las persianas.

– ¿Contento?

– Joder, que prisas. Si con cerrar un poco los ojos… ¡¡¡aggggggggggg!!

– Por si te arrepientes.

– ¡¡Cuidado!! que tiras lo que hay en los bolsillos.

– Me la pela.

– Joder, que me rompes los calzoncillos.

– Me la pela.

– Joder, que vocabulario. Que eres un millonario de esos, un empresario de postín, con una imagen y demás. Los niños…

– Me la pela. Y como no te calles te juro que te amordazo.

– Agggggggg, joder. Que estoy muy…

– ¿Duro? Agggggggg…

– Aggggggg, sigue.

– Aggggggggg, por Dios.

– Agggggg, hostia puta.

– Agggggggggg, sigue.

– Agggggggg, la madre que te parió.

– Agggggggg, agggggggggg, agggggggggggggg, aggggggggg

– ¡Aggggg! Calla.

– Agggggggggg, no me da la gana.

– Agggggg

– Lamento molestaros, pero está en el hall…

– ¡¡Fuera!! – gritaron al unísono Jorge y Ramiro.

– Pero es que… – insistía Óscar.

Dos objetos volaron hacia la sombra de Óscar recortada sobre la puerta. Los dos le dieron de lleno.

– Si queríais que os dejara, haberlo dicho, no hace falta ponerse violento… vale, vale, me voy por donde he venido.

Y cerró la puerta justo antes de que impactara en ella una figura de cristal de Murano que alguno de los dos había lanzado contra él.

– Matías – le dijo a su ayudante que lo esperaba parapetado detrás de una esquina del pasillo, por si acaso – dile al Presidente de la Comunidad Autónoma que Ramiro está indispuesto. Que le llamará. Que lamenta no poder bajar a saludarlo.

– Ok. ¡qué marrones me da, jodido! Desde que no follamos…

– Calla, calla, no me hagas hablar. Eso te pasa por ponerme los cuernos cuando éramos la mejor pareja al Oeste del Missisippi.

– Aggggggggg, sigue.

– Agggggg, dale.

– Agggggggg, joder.

– Agggggggg, la madre que te parió.

– Agggggggggggggggggggg – gritaron a la vez Ramiro y Jorge.

– Eso es coordinación – murmuró Óscar sacando el móvil del bolsillo. – ¿Pero todavía estás aquí, Matías? Dale, vete a lo que te he dicho – marcó un número en el móvil – Fito, llama a Manu, tenemos que empezar a preparar la boda. – escuchó lo que le decía su amigo – No creo que tarden más de un par de meses.

– ¡¡¡Agggggggggggggggggggggggggggg!! ¡Aggg! ¡¡Ayyyyyyyyyyyyy!!

– Corrijo, échale por si acaso un mes. ¡¡Ufffff!! Sí, eran ellos.

Capítulo 7.

Las campanas suenan en mi habitación, que difícil es pedir perdón, ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme.

– Calla, que cantas de pena.

– Eso es mentira. Uno me dijo una vez que podría dedicarme a cantar. Y largo, que no puedes ver al novio.

– Querría follar.

– Una mierda. Era un entendido en la materia.

– En la materia de follar.

– ¡Largo! Has herido mis sentimientos – puso cada de herido doliente, con las manos sujetando su corazón. – Y además no puedes ver al novio.

– Largo tú, que no puedes ver al novio.

– Es mi habitación.

– Es la mía.

– Te dije que esto no era buena idea.

– Pues a mí me ha parecido maravillosa.

– ¿Vivir juntos?

– Mil campanas…

– ¿Has visto? Todas las campanas de la ciudad dándole y dándole.

– ¡Que fuerte!

– Y dijiste que querías casarte en el altar mayor de la catedral; y ahí nos casamos. ¡¡Chúpate esa!!

– Joder, pero eso lo dije porque pensaba que era imposible y que así te lo pensarías. Lo de Chúpate esa, no te pega nada.

– Y nos lo hemos pensado 6 meses.

– Solo hace 4 meses que nos conocemos, así que imposible lo de los 6. Y la espera era por si te arrepentías. Te noto que en tres días me darás la patada.

– Tú serás el que me vas a dar la patada en tres días.

– No tú.

– No tú.

– No tú.

– Me levantas dolor de cabeza.

– ¡¡¡Basta!!! A nosotros sí que nos levantáis dolor de cabeza – gritó en la puerta Óscar.

– Y de huevos – añadió Manu.

Los tres mosqueteros estaban en la puerta. Dispuestos a la batalla.

– ¡¡Vamos!! – indicó resuelto Fito, ante las dudas de sus compañeros.

Una legión de gente portando distintas ropas y útiles diversos invadieron la habitación.

– Como es evidente que no podéis hacerlo solos, y nos tenéis hasta el moño y no queremos acabar la ceremonia a las 3 de la tarde de mañana o que todo acabe en un soberano desastre, esta gente os va a arreglar para la boda.

– Pero te dije – Ramiro señaló con dedo amenazante a Óscar – os dije… – amplió la amenaza del dedo a los otros – …

– Ramiro – le interrumpió Manu – cállate de una puta vez. Nos tienes hasta el moño. Te vas a poner ahí de pie y estos señores y estas señoras te van a dejar como nuevo.

– Y tú – añadió Fito señalando a Jorge – a la habitación de al lado.

– Es la de mi hermano…

– Así matamos dos pájaros de un tiro, que seguro que ese está en bolas como si lo viera. ¡¡Vamos!!

– Pero habíamos previsto…

– Echar un polvo, que os conocemos. Pues será después, en el baño del restaurante. Ya está todo previsto.

– ¿Previsto? ¿En el baño del restaurante?

– Vuestra incontinencia sexual es tan conocida, que digo conocida, ¡famosa!, tanto como vuestra incontinencia verbal. Vamos – señaló al personal que acababa de invadir la habitación de los novios – A la carrera, solo tenemos hora y media.

Dos fornidos asistentes agarraron a Jorge por los brazos y lo elevaron llevándolo raudos y veloces a la habitación de al lado. De nada sirvieron los pataleos ni los improperios que salieron por su boca. Su hermano Carlos, que en contra de lo que todos pensaban ya estaba perfectamente vestido, se sentó en una esquina en el suelo, a disfrutar del espectáculo.

– Esto es injusto. ¿Pero qué dices? Yo no me pongo eso. ¡¡Ramiro!! Diles algo, despídeles o algo, no te quedes callado. ¡¡Me violan!!

– Aguanta, cariño, aguanta. Voy a llamar al FBI. Y yo tampoco me pongo eso. ¡¡Óscar!! Te juegas el trabajo. Mañana en la puta calle.

– ¡¡A callar los dos!! – Gritaron al unísono los tres mosqueteros.

– ¡¡Mi pelo está bien!! ¡¡Quita esas tijeras!! – Ramiro intentó rebelarse.

– Tío, que me quieren maquillar. ¡¡Os odio a todos!!

– ¡¡Joder, como os estáis pasando!! Os despido a la voz de ya.

– ¡¡Ramiro!! Que me han tirado los calzoncillos rotos que tanto te gustan.

– Oye, oye, que eso me da morbo. No dejes que los tiren. ¡Devolverle inmediatamente los calzoncillos rotos!

– ¡¡Mis calzoncillos rotos!! Trae pacá, jodido. Que te los querías quedar, que te he visto.

– ¿Los has cogido?

– Joder, que me estos dos armarios no me sueltan. ¡¡Suéltame!!

– Jorge, mi amor, no te rindas… los calzoncillos.

– Ya están guardados – dijo uno de los miembros del personal de servicio permanente en casa de Ramiro, Filomeno de nombre y camarero de planta, como en las pelis de ricos y nobles ingleses del siglo XX. “Serán guarros y pordioseros, montar este pitote por unos gayumbos a que caen a tiras”, pensó para sus adentros el tal Filomeno.

Pum.

Pum

Pum.

Tres portazos. Cada uno de los mosqueteros, cerró una de las puertas de las habitaciones. Adelina, la manicura, sacó su Iphone y puso música a todo volumen. Así que por mucho que gritaban y gritaban y pataleaban, los dos contrayentes no encontraron audiencia. Los peluqueros, maquilladores, los manicuras y los sastres, realizaban su trabajo con alegría y diligencia. Dos armarios vigilaban de cerca a cada uno de los novios. Los mosqueteros pasaban de una habitación a otra vigilando que todo fuera sobre ruedas.

Jorge los miraba con odio.

Ramiro los miraba con ansias de venganza. “Estáis despedidos”, decían los rayos gamma que salían de sus ojos, cual lenguas de fuego salidas de cualquier dragón de Harry Potter.

Los tres mosqueteros, imperturbables.

– A veces, hay que tomar decisiones drásticas – le comunicó muy serio Óscar a Ramiro, mientras sus dos armarios lo aplastaban a la silla para que no se escapara de la manicura.

– ¡¡Joder!! que me quieren poner pestañas postizas – gritó desesperado Jorge – pero el dedo amenazante de su armario nº 2, dirigido directamente a su entrecejo, le quitaron las ganas de echarse a correr y huir, aunque llevara puestos unos gayumbos de Armani que le sentaban de vicio.

Tuvo la tentación de echarse a llorar un rato, porque estaba nervioso, porque no le gustaba lo que veía, y porque se iba a casar, joder, se iba a casar y no lo tenía claro.

– ¡¡Que no me caso!! – gritó de repente.

– Yo tampoco – se solidarizó Ramiro en el cuarto de al lado, que aunque no podía oir, había sentido el grito en las vibraciones de la casa.

– Vaya que si os casáis. Como que nos llamamos Óscar, Fito y Manu.

El novio Ramiro estaba listo. Lo sacaron en volandas los dos armarios y no lo soltaron hasta llegar a la limusina nº 1.

– Estás muy guapo, Ramiro – le dijo Juanma el chofeur, guiñándole un ojo.

– No me tientes, que te despido a ti también. Esos tres ya están sentenciados.

– El obispo les espera con los brazos abiertos. 290 fotógrafos, 89 cámaras de televisión, 856 plumillas. Deben estar impolutos. Acabo de pasar delante de la catedral y es una locura lo que hay allí.

– ¡¡Ah!! – Ramiro abrió la boca de asombro. Estaba acostumbrado a concitar el interés de los medios, pero tanto…

Los armarios lo metieron dentro del coche. Fito y Manu también entraron para ir explicando el protocolo.

– ¿Y cuando podré follar?

– A la llegada del restaurante. 30 minutos en el servicio. Ya está acordonado.

– ¿Estáis de coña?

– No. Segunda vez que lo preguntas.

– Antes, en la iglesia, te recibirá el obispo. Andarás por el pasillo central hasta el altar. Allí esperarás que llegue Jorge. A Jorge lo llevará al altar su hermano Carlos, que es su padrino.

– Joder.

– Mientras paseas por el pasillo, vete mirando a los invitados y los saludas. Está el presidente del gobierno, el de la comunidad, el de la diputación, el alcalde de la capital, el del pueblo, el del pueblo de tu madre y el de París, que estaba por aquí y lo hemos invitado. El presidente de la patronal, los secretarios generales de los sindicatos, el presidente de la comunidad de vecinos, el del gremio del ramo, el del otro ramo, el de los floristas. La presidenta de las abuelas del rellano, el de los majos desnudos, el presidente de la agrupación de actores porno, Ernesto el escritor y sus hijos, Tomás y Arturo y sus parejas, Tatojimmy y Adri Kilmer.

– ¡Ah!

– ¿Y todo esto? ¿Cuando se ha organizado?

– Mientras vosotros pasabais el día discutiendo y follando. Que tiernos.

– Antes de todo, es importante, atiende: posado ante la prensa. Alguna declaración del tipo: “Estoy muy ilusionado de haber encontrado al amor de mi vida”. “Es el día más alegre de mi vida” “Jorge es la pareja perfecta”. “Soy un hombre feliz”.

– Si te hacen preguntas sobre la diferencia de edad o de posición económica: “El amor llega cuando llega, sin entender de esas cosas, no pongamos puertas ni apellidos”.

– Sonríe, aunque te cagues en la madre que lo parió.

– Debes dar la palabra a una periodista que lleva una pamela verde, Aitana, del periódico de la montaña. Estará en la esquina de la derecha. Te preguntará algo sobre si este acontecimiento te cambiará la vida.

– Y tú sonreirás con un poco de suficiencia y dirás: “querida Aitana, ya me la ha cambiado. Llevo seis meses en una nube. ¿No me ves más joven y alegre?”.

– ¡¡Basta!! Pero qué sarta de… ¿Seis meses? Son cuatro.

– Al alcalde de París lo saludarás con efusividad. Recuerda que tenemos esos negocios en su ciudad y lo necesitamos.

– ¿Y estaba por casualidad…?

– En realidad lo has invitado. Pero hemos hecho que parezca casual. Por si se entera el alcalde de Londres y el de Nueva York, para que no se sientan discriminados. Ya sabes como son estos políticos, que enseguida tienen pelusilla.

– ¡¡Ah!! ¿Y Jorge?

Fito miró su Ipad:

– Ya está en la limusina. Tienes para todo esto 10 minutos, hasta que llegue Jorge. De todas formas, pararán unos metros antes, por si no estás en posición todavía.

– Y el pobre se va a tener que enfrentar a todo esto. Justo todo lo que odia. “Las cosas de ricos”.

– No te preocupes, está Óscar con él.

– ¿Y eso debe tranquilizarme?

– ¡¡Claro!!

– Ya llegamos – dijo Juanma por el intercomunicador.

Fito se acercó a Ramiro y le colocó bien la pajarita. No se pudo contener y le dio un suave beso en la frente.

– Estás perfecto, Ramiro. El novio más guapo del mundo.

– El segundo, Jorge es el primero.

– Para mí no.

– Ains. Que te me vas a echar a llorar…

– Luego lo haré, en los postres – dijo seguro de sí mismo.

– No sé yo – murmuró Manu.

– Joder, que gentío.

– ¡¡A por ellos!!

– Si yo solo quería casarme.

– Y es lo que vas a hacer.

– ¿A que me fugo?

Pero los dos armarios lo miraron a través de sus gafas de sol para quitarle la idea de la cabeza.

Capítulo 8.

– ¿A que te ato?

– No te atreverás.

– Claro que sí.

– ¿Te atreverías?

– Ponme a prueba.

– No quiero casarme.

– Sí quieres.

– Joder, toda la peña.

– Es lo que hay.

– Fotógrafos.

– Y cámaras de televisión.

– La hostia puta.

– Sonríe.

– Una mierda.

– Tú mismo. Pero luego le pondrán a caldo a Ramiro.

– ¿Sí?

– Claro.

– Ah, eso no.

– Así que ponte bien la pajarita y vamos.

– Joder. Estoy que me cago.

– Pues aprieta el culo.

– Pero no conozco a nadie.

– Pues mejor. No te pierdes gran cosa.

– No ha venido mi familia.

– Ni falta que hace. Carlitos te espera en la puerta para acompañarte.

– Carlitos – y casi se le escapa una lágrima.

– No llores que se te corre el maquillaje.

– Que fuerte lo del maquillaje.

– Por la televisión.

– Si lo llego a saber, me fugo.

– No. Estás pillado.

– ¿Se me nota?

– Desde el primer día.

– El primero no.

– El segundo.

– El segundo no.

– El segundo.

– ¿El segundo?

– Sí.

– Yo creo que no.

– Yo sí.

– A lo mejor el tercero.

– El segundo, te conozco.

– ¿De qué?

– Follamos hace años.

– ¿A sí?

– No te acordarás. Follabas mucho.

– Si follamos, tú también.

– Es cierto.

– ¿Y lo pasamos bien?

– Creo que sí, si no, no me acordaría de ti.

– ¿Te enamoraste? De mí digo.

– Una mierda.

– ¿Me enamoré?

– No. No eras de esos.

– ¿Y ahora sí?

– Llegó tu hora.

– ¿Y la tuya?

– Tu amigo el Loca, me pone.

– Te pone por el traje.

– Me pone porque me pone.

– ¿Sí?

– Sí. Ramiro le suele llamar para que pase por la oficina. Se lo pido yo.

– Ya lo sé, me lo dijo él.

– Pues eso.

– Pero no le has dicho nada. De que lo quieres.

– Me da miedo.

– Loca es buen tipo.

– ¿Sí?

– Está un poco loca, pero es genial.

– ¿Crees que le gustaría?

– Díselo.

– Me da corte.

– ¿Se lo digo?

– No.

– Hago de celestina.

– ¡¡No!!

– Voy a llamarlo.

– No.

– Cierto, me has confiscado el móvil.

– Sip. Debes salir ya del coche.

– Si no hemos llegado.

– Es para darle tiempo a Ramiro. Se ha entretenido. El alcalde de París es muy plasta.

– ¿Está el alcalde de París?

– Negocios.

– ¿Negocios en mi boda?

– Con Ramiro todo son negocios.

– A que me fugo.

– No lo vas a hacer.

– Por los armarios. Menudos tíos, me han aplastado antes.

– Ya será menos

– Lo que yo te diga.

– Eres un exagerado.

– ¿Y lo pasamos bien? Cuando follamos, digo.

– Sí.

– Te pillaste, te lo noto.

– No.

– ¡¡Sí!! Te enamoraste de mí y no me di cuenta.

– No – Óscar duda.

– Eres guapo.

– Tú también.

– Perdona por no hacerte caso.

– Fue hace tiempo.

– ¿Y si nos fugamos?

– No. Ya no te quiero. Y tú quieres a Ramiro.

– ¿Sí?

– Otra vez no. Esta conversación la hemos tenido unas líneas antes.

– ¿Sí? No me he enterado.

– Estás cagado y…

– Me has recordado que necesito…

– No. Aprieta el culo.

– Repites respuesta.

– Repites pregunta.

– La hostia puta.

– No seas mal hablado.

– Estoy…

– Como un flan.

– ¿Flan?

– Nervioso.

– Yo diría…

– No lo digas o le digo al armario 1 que te aplaste los huevos. ¿Has visto que manaza tiene?

– ¡¡No!!

– Un buen apretón de huevos y no necesitas cagar en un mes.

– Joder que empacho.

– Adelante. Ramiro te espera ya en el altar.

– Que bonito.

– Y Carlitos te espera para abrirte la puerta.

– Que fuerte.

– Él tiene el anillo. Te lo dará cuando el obispo lo diga.

– Que fuerte lo del obispo.

– Son viejos amigos.

– Joder.

– Ahora posa sonriente. No digas nada. Si acaso que eres muy feliz.

– Soy muy feliz.

– Es un gran día.

– Es un gran día.

– Sonríe.

– ¿Así?

– Eso es una mierda de sonrisa.

– Es que…

– Sonríe.

– ¿Así?

– Tú mismo, vas a hacer el ridículo.

– ¿Así?

– Mejor.

– Dame un beso.

– Te vas a casar con otro.

– Dame un beso.

Óscar se acercó y le plantó un pico en los labios.

– Lo pasamos bien, ahora estoy seguro.

– No fue para tanto.

– O sea que te acuerdas. Te pillaste.

– Sí.

– Yo no me acuerdo, perdona.

– Estabas fumao. Y follabas mucho y con muchos.

– Estaba pasado de vueltas.

– Un poco.

– No es fácil ser el despreciado de tu familia.

– No pienses en eso. Ahora hay gente que te quiere.

– No tanta.

– Ramiro.

– ¿Me quiere?

– ¿Lo dudas?

– No. Me quiere. Pero nadie más.

– Carlitos.

– Es cierto, mi hermano me quiere.

– Y nosotros también.

– ¿Me queréis?

– Sí.

– Dame otro beso. Me tranquiliza.

– Óscar le dio otro breve pico.

– Podríamos haber sido felices, lo presiento.

– No. Ahora vas a ser feliz.

– Y tú con el Loca.

– Eso ya veremos.

– Hemos llegado – dijo el conductor por el comunicador.

– Salid vosotros antes, por si la gente.

– Los armarios salieron.

– Va a salir todo bien.

– Estoy atacado.

– Sonríe. Espera que te pongo la pajarita.

– Me voy a cagar.

– Aprieta el culo.

– Si me duele de lo apretado que lo tengo.

– Ahora se te pasa, en cuanto salgas y te saquen dos fotos.

– Me van a sacar más fotos en cinco minutos que en mi vida.

– Estás guapísimo.

– ¿Sí?

– Sí.

– ¿De verdad que me quieres?

– Pesao.

– Nadie me ha querido con amor.

– Vamos.

– Hubiéramos sido felices.

– Somos felices ya.

– Juntos, me refiero.

– Es tu momento. Y el de Ramiro.

– Se va a hacer tarde – dijo Carlitos asomándose al coche.

Óscar salió por la otra puerta. Los flashes se dispararon cuando Jorge salió de la limusina. Se colocó el traje bien y sonrió. Miró a las cámaras como si fuera un profesional. Recorrió con la mirada a todos los fotógrafos. Posó aunque fuera un segundo para cada uno de ellos.

– Es el día más feliz de mi vida – dijo a los micrófonos.

– Gracias a todos. – se despidió como un profesional.

Agarró del brazo a su hermano, fuerte, muy fuerte, “Me haces daño, joder”, y entraron en la catedral. Todas las luces encendidas, el órgano tocando la marcha nupcial, la gente vuelta hacia él, esperando. Caminaron despacio hacia el altar. Y allí lo esperaba Ramiro, sonriente. Se miraron en la distancia. Se sonrieron en la distancia. Y todo atisbo de nervios o miedo, desaparecieron. Estaba rodeados de más de mil personas, pero ellos estaban solos. Sus miradas y su conversación silenciosa. Sus miradas y sus sonrisas. Sus miradas y sus “te quiero”.

– Y yo os declaro unidos en matrimonio – declaró el obispo casi una hora después.

Las campanas sonaron de nuevo.

El coro cantaba “Aleluya”.

– Y los novios se dieron un beso tórrido y profundo y duradero.

– ¡¡Vivan los novios!! – gritó Óscar para evitar que se ahogaran.

– Vivan los novios – gritó la concurrencia.

Y los novios se vieron obligados a separar sus bocas para saludar a sus invitados.

– ¡¡Joder, cuanta gente!! – exclamó Ramiro como si los viera por primera vez.

– Ya te digo – contestó Jorge, que ya no necesitaba ir a cagar.

– ¡¡Que se besen, que se besen!! – empezó a gritar alguien entre los invitados.

Y los novios no se hicieron de rogar y acercaron sus bocas.

– Pero poco, por favor, que ya vamos con retraso – susurró Óscar.

– Que te den – dijeron a la vez los dos.

Y se besaron, vaya que si se besaron.

Capítulo 9.

4 armarios delante de la puerta del servicio principal del restaurante.

4 armarios cantando “Mi jaca me la robaron”, para mitigar los gritos. Aún así, en los silencios, se podía escuchar nítidamente algunos Agggggggg, agggggggg, aggggggggg.

– ¡¡Joder!!

Hawai, Bombay, son dos paraísos – cantaban ahora los armarios, por dar variedad al repertorio.

Óscar se mordía las uñas fuera. Manu y Fito abrían los brazos en el otro lado del comedor. “La hora, la hora”, decían por señas.

– Una hora de retraso – murmuraba desesperado Óscar.

Decidido, se quedan sin viaje, escribió un wasap a Fito.

– Aggggggggg, aggggggggg, aggggggggg.

– Ya está. Eso no puede ser.

Apartó a los armarios que ahora cantaban un villancico, porque ya no se sabían otra, y entró decidido en los servicios.

– Siento interrumpir… joder, si estáis desnudos.

– Ya se ha acabado todo. No tenemos hambre – dijo Ramiro cual majo desnudo – despide a los invitados.

– Una mierda voy a despedir al Presidente del Gobierno, a la ministra de Saciedad, al Presindente de la Comunidad de vecinos, al alcalde del pueblo de tu madre.

Óscar apretó el botón de alarma secreto de su teléfono. En menos de dos minutos, el mismo regimiento de peluqueros y sastres y maquilladores y manicuras que los habían preparado en la casa, entraron en los servicios del restaurante para recomponerlos.

– Óscar no te pases – amenazó Ramiro – y no mires a mi marido desnudo.

– Ya lo he visto desnudo y a ti también. Dentro de 10 minutos, el obispo tendrá un aparte con vosotros. Tomaréis una cipita de Jerez que él se tiene que ir a escribir una pastoral o algo de eso.

– ¿Cipita de Jerez?

– ¿He dicho cipita? ¡¡Copita!!

– Estaría pensando en un cipote.

Óscar miró con rostro digno a Ramiro y optó por pasar del tema del cipote.

– Luego, saludareis al Presidente del gobierno y al de la oposición, que al final se ha apuntado. Un par de chascarrillos, y ya.

– Oye, que es nuestra boda – se quejó Ramiro.

Óscar se quedó mirándolo muy serio.

– ¡Te han abducido los extraterrestres! ¡Es eso! Por eso te has olvidado de lo que eres y lo que representas y lo que te juegas

– No sé de que me hablas, pero…

– ¡¡Cállate, Ramiro!! No me toques los cojones. Si quieres hacer el tonto, buscaremos el momento en que lo puedas hacer. De momento, sin replicar, y a cumplir. De hecho, te hemos buscado la forma de que echéis un polvo después de casaros.

– Estás despedido – le gritó Ramiro.

– Bien, pero antes, harás lo que toca. Y tú cállate – le amenazó a Jorge, que había hecho un ligero intento de aportar algo a la discusión.

Jorge se quedó con la boca abierta, mientras la maquilladora le repasaba los labios. “Gracias” le murmuró la pobre, pensando que lo había hecho para facilitarle la labor.

Salieron de baño todo aliñados de nuevo. El salón prorrumpió en aplausos. “Vivan los novios” “Vivan los novios” “Que se beses, que se beses”. Óscar les permitió un suave pico para contentar a la concurrencia, un par de sonrisas, y sin saber como, estaban sentados flanqueando al obispo, en una sala preparada a tal efecto.

– Ha sido una ceremonia preciosa – dijo el obispo.

– Sí, cuanto te agradezco que … bla, bla, bla.

– Bla, bla, bla.

– Bla – terció Jorge.

Óscar cronómetro en mano.

– ¡Tiempo!

El nuevo matrimonio se vio empujado hacia otra sala.

– Sr. presidente, Sr. Jefe de la oposición, ha sido un honor, bla, bla, bla.

– Bla, bla, bla.

– Blablablabla – el de la oposición hablaba muy deprisa, quizás por el ponche, que estaba muy cargado.

– Bla – contestó Jorge sonriendo.

– ¡Tiempo! – gritó Óscar.

El nuevo matrimonio, sin apenas pisar el suelo, acabó en otra sala con el presidente de la comunidad autónoma, el del diputación y sus madres.

– Bla, bla, blabla.

– Bla bla.

– Jajajajajaja.

– Bla.

– Bla.

– Bla – terció Jorge.

– ¡¡Tiempo!!

El nuevo matrimonio, sin apenas pisar el suelo, acabó en otra sala con el alcalde de París y su esposo.

– Estaremos encantados de recibirles en nuestra casa de París – explicó el traductor. – ha sido un honor ser invitados a su boda.

– Bla, bla, bla – contestó Ramiro, en francés.

– Bla, bla, bla, no sabía que hablaba nuestra lengua.

– El francés me mola.

– Bla, bla, bla,

– Bla.

– Bla – terció Jorge en francés – Y Ramiro practica el francés a todas horas. Lo habla de cine.

¡¡Tiempo!! ¡¡Tiempo!! ¡¡Tiempo!! – Óscar empezó a sudar profusamente por lo de la práctica del francés. Lanzó una mirada asesina a Jorge que le contestó con una sonrisa inocente.

– Pilluelo – le susurró el marido del alcalde de París, cuando salían de la entrevista.

El nuevo matrimonio, sin apenas pisar el suelo, acabó en la mesa presidencial.

– ¡¡Vivan los novios!!

– ¡¡Vivan!!

Notaron que les sirvieron algo que parecía una bola de queso envuelta en algo que parecía carne, como una albóndiga pero en fino. Pasó Enrique a saludarlos, que esnifó por si le olían los sobacos al novio Jorge. Salió decepcionado. Pasó Filomena a saludar a su primo tercero, Ramiro. Y Ramón, y Timoteo, y Garcilaso, y Ruiz de la Peña.

Cuando quisieron comer la albóndiga que en realirad era queso, ya tenían lo que parecía una ensalada con cuatro hojas de lechuga y unos picatostes. Vinieron Jimena y Andrés, Carlos y Fernando, Ubaldo y Biel, Jon y John, Jonás y Federico y otro Carlos y José Luis.

Fueron a comer la hoja de lechuga pero ya no estaba. En su lugar había lo que parecía una croqueta con una especie de huevos de trucha. Vino entonces Guillermina y Humus, y Ramona y Tomás, y los niños de estos, María, Kike y Pablo, el pequeño. Y luego pasó el alcalde de la ciudad y el del pueblo y el del pueblo de la madre y la abuela de éste que cuidó a Ramiro cuando era un bebé.

– ¡No hacías más que llorar! – le recriminó.

– En eso no ha cambiado – apuntó Óscar por detrás, que no perdía ripio de todo lo que pasaba con los novios.

Fueron a comer la croqueta, pero se encontraron con un mini lomo de lenguado, según escucharon, con un trocito, pero trocito pequeñito de queso gorgonzola y un puntito de perejil. Entonces llegó la tuna y sacaron a los novios a bailar.

– ¿La tuna? No pega en esta boda – preguntó un Carlitos asombrado a Óscar, de los nervios por el horario.

– Ramiro fue tuno en la infancia.

– ¡Ah!

– ¡¡Tiempo!!

La tuna se fue y el nuevo matrimonio se sentó de nuevo dispuestos a comer el lenguado. Pero se encotraron una especie de nachos muy finos con lo que parecía cordero desmigado. Y entonces pasaron Luisa, la recepcionista de la empresa, y Julián, el jefe de compras, y Hermógenes, el que fuera director general con el padre de Ramiro.

Fueron a probar el cordero con nachos, pero se apagaron las luces y entró una enorme tarta por una escquina del salón.

Y sonó la marcha nupcial tocada por un cuarteto, el mismo del club de tenis.

Y un sable para cortar la tarta.

Y los novios cortaron la tarta.

– Que se bese, que se besen.

Y se besaron.

– Vivan los novios.

– ¡¡Vivan!!

– Que se besen.

– Que se besen.

– Que se besen

Y se besaron.

Y el baile.

Y el vals

Ramiro y Jorge bailaron el vals.

El Presidente que se va.

El matrimonio va a despedirlo.

Que se va el alcalde de París y su marido.

El matrimonio va a despedirlos.

Que se va el portero.

El matrimonio va a despedirlo.

Y muchas horas después, sin darse cuenta de como, estaban en su habitación de casa, con los ojos muy abiertos y los labios secos y arrugados de tantos besos de ¡Vivan los novios!

Fueron a decir algo, pero no les dio tiempo, porque se quedaron dormidos.

En el pasillo, Óscar se sentó en una silla para quitarse los zapatos, pero perdió el equilibrio y acabó en el suelo. Y sin opción a levantarse, porque las fuerzas le habían abandonado del todo, se quedó profundamente dormido abrazado a sus zapatos.

Y no, esa noche no hubo Aggg, aggggggg, aggggggggg, al menos en la habitación de los recién casados.

Óscar tampoco estaba para fiestas.

Carlitos, el hermano de Jorge el camarero y a la sazón, padrino de los novios, lo intentó con unos cuantos de los invitados, pero todos le dieron calabazas.

Así que en esa noche de bodas, reinó el silencio más absoluto en la casa de Ramiro el millonetis y su marido, Jorge el camarero.

Y esta ha sido la historia de como se conocieron y posteriormente, se casaron, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis.

——

2ª parte:

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

Capítulo 1.

– El Señor D. Jorge, el Señor de Ramiro el millonetis – anunció Loca, el botones del banco, con todo el boato y pompa del que era capaz. Hizo el aviso al subdirector en funciones de director, que la directora estaba ausente por enfermedad súbita. Raro, raro. La directora nunca había faltado a su puesto de trabajo. Ni siquiera cuando se puso de parto, que tuvo a su primer hijo en el despacho. Raro, raro. Todo olía a que la Sra. Directora había echado patas.

– Que se espere, no te jode. Se creerá que vamos ahora a correr a besarle el culo o algo porque se ha casado con el millonetis. Sigue siendo igual de pobre o más, no te jode. Y tú si quieres seguir con tu trabajo y que no te de una patada en el trasero y te mande al puto paro a la velocidad de Barry Allen “The flash”, que no me molestes con gente sin glamour. Que le atienda el de ventanilla, o mejor, que se vaya al cajero. Huy, que no podrá, que los cajeros no dan monedas todavía. Habrá que proponerlo en la siguiente reunión de zona.

El subdirector dijo todo esto sin darse siquiera la vuelta. Miraba por el ventanal tapado por una enorme pegatina en la que dos chicos jóvenes y dispuestos proclamaban las ventajas de la hipoteca azul, azul como el cielo azul, azul como el mar azul. Azul. Hipoteca azul. Euribor + 14,57.Y además de mirar por la ventana y se imaginaba retozando con uno de los chicos de la pegatina de la publicidad, con dos dedos sujetaba la taza de porcelana que contenía su cafecito de las 10, un cortado con coñac, para entonarse, que la vida es muy dura. El dedo meñique estirado, porque lo había visto en una película de esas de época y le había hecho tilín la pose. “Es tan señorial, como yo mismo”, se decía para sí, que no tenía a nadie a quién decírselo.

– Por cierto, botones, luego vienes a limpiarme los zapatos. Y no te sueltes la bragueta, que te conozco. Que te aprieten bien los huevos, que para eso te pago.

– Te los limpias tú, no te jode. Yo tengo mis funciones y punto. Y lo de la bragueta, ven si tienes eggs a subírmela tú, no te jode. Y por cierto, no me pagas tú, que si fuera así, aviado iba yo, pobre de mí. Me paga el banco. En realidad me paga Ramiro el millonetis, que bien que le sangráis, que me lo dijo el Tadeo.

El subdirector no se inmutó. Levantó su taza con parsimonia, al ritmo de Downton Abbey, y bebió un sorbo de su cortado de coñac. Pero un sorbo, sorbo, para que le durara más. “Te vas a enterar, locaza de los cojones. Mañana estás de patitas en la calle y por mucho que quiera la directora, eres hombre despedido, hombre pateado por este subdirector que suscribe, Locatis, loca de los cojones”, se dijo para sí mismo, para sus adentros, muy adentros. Pero lo disfrutaba un poco para afuera que se relamía los labios por anticipado con el éxtasis que le supondría despedir a la loca esa que tenían por botones, un capricho de la directora dada a la fuga y del Ramiro el millonetis ese de los cojones. Se imaginó echando la zancadilla a Locatis, el ex-botones, y pisoteándolo una vez por cada ocasión en que le había dicho que no. Y otra vez por cada vez que se había soltado la bragueta, haciendo que los pantalones le apretaran menos, y mitigando la tortura a la que quería someterlo; con lo que le gustaba disfrutar del bulto de Locatis. Se imaginó contratando en su lugar a su sobrino Margarito, un chaval estupendo y con buen porte, quizás un poco relleno, pero que tenía muchas posibilidades. Sería un buen botones, claro que sí. Y su hermano le volvería a hablar, por el favor, que el tal Margarito no tenía ni oficio ni beneficio. “Así a lo mejor se lo beneficia alguien”, se dijo para sí mismo, riéndose de la gracia para sus adentros, muy adentros, aunque algo debió notarse en su rostro avinagrado, que le salió una pequeña sonrisa que con el vinagre habitual en su cara, la convirtió en una especie de mueca emulando a los zombis de las películas de ídem. “Fíjate si el Ramiro ese, el millonetis, lo ve y se encandila y deja a ese idiota y se casa con él”. “Aunque algo de tajada se llevará el capullo. Si lo ha hecho por dinero, solo por eso”.

– Sigue esperando – dijo con voz clara e impaciente el botones Loca. – D. Jorge, el marido de Ramiro el millonetis.

– ¡¡Qué espere, no te jode!! Se creerá que tengo que estar disponible para cuando él quiera. Estos nuevos ricos…

– ¿Que espere quien y a qué? ¿Quién es un nuevo rico?

La tacita de porcelana, con su café, cortado con coñac, cayó al suelo haciéndose mil pedazos. Los dedos que la sujetaban decidieron abrirse de manera incontrolable, una rebelión en toda regla, solidarizándose con los impulsos de los esfínteres del subdirector, que amenazaban con abrirse de par en par y hacer que se cagara por la pata abajo. El subdirector por fin decidió darse la vuelta, eso sí, apretando bien el culo, que notaba que su incontinencia de esfínter anal amagaba con ganar la partida y llenarlo todo de mierda, e iba a ser mucha mierda que llevaba tres días estreñido. Y haciendo un esfuerzo, encaró la puerta del despacho de la directora, ausente por enfermedad súbita, y que él se apresuró a ocupar, súbitamente también.

– D. Ramiro, que enorme placer – su boca babeaba, sus ojos mostraban sumisión y su ánimo unas ganas tremendas de agradar a D. Ramiro el millonetis, que acompañaba a su marido, Jorge el camarero. – Perdóneme pero el botones no anunció su llegada.

– Es que yo no he llegado. Lo ha hecho mi marido. Yo lo acompaño. ¿Sabe que nos hemos casado, querido subdirector? – su mirada fulminaba al subdirector.

– Es que a lo mejor esperaba que me pusiera a cuatro patas y ladrara, como me propuso aquel día – añadió como quien no quiere la cosa Jorge el camarero. “Pero qué ganas te tengo, capullo, y te has metido tú solo en el cenagal”, se dijo para sí, para sus adentros, muy adentros, Jorge el camarero, repasando mentalmente los labios con su lengua, saboreando como le iba a pisar los huevos Ramiro el millonetis al subdirector.

El subdirector trago saliva. Jorge sonrió mientras se pasaba la lengua por sus labios, esta vez físicamente, con su saliva y tal, humedeciéndolos y dándoles color. Ramiro se relajó al ver lo bromista que estaba su marido, aunque si hubiera sabido que no se refería a la amenaza que le hizo a su suegro, sino a una vez que fue a discutir con él de unas comisiones que le habían pasado indebidamente y el subdirector le propuso:

– Cómemela a cuatro patas mientras ladras con voz de perra, y te doy una galleta.

Jorge no le había contado a Ramiro ese sucedido. De momento. “Mejor no se lo cuento nunca que no sé de qué sería capaz, que la peña me dice que Ramiro el millonetis tiene un carácter de agárrate los machos, jamochos.

– Mi marido quería cambiar su cuenta corriente y ponerla a nombre mío – explicó suavemente Ramiro, pero en un tono que no admitía réplica. – De los dos, quiero decir.

– ¿Mande? Pero si tiene un saldo de 23,67 euros.

– ¿Y? – el tono seguía sin admitir réplica pero ahora su mirada tampoco lo hacía.

– Pues nada, nada, que cambiamos la cuenta y le ponemos a Vd. D. Ramiro – voz servicial y gesto contrito. “Para que pueda sacar cinco euritos para gominolas para su maridito”, para sus adentros, muy adentros.

– Es justo que mi marido comparta mi cuenta corriente ¿No subdirector? – dijo Jorge el camarero sentándose en la butaca que había en el despacho destinada a Ramiro el millonetis.

– Sí, sí claro – dijo – “Es ridículo esto. La de papeles que hay que hacer para que el millonetis tenga firma en una cuenta que el día que más dinero ha tenido han sido 239,51 Euros. Que es un 0,0000000000001 % del menor saldo de la cuenta del millonetis éste de los cojones”. “Será sinsorgo el tío. Pero que le habrá visto al imbécil éste”, pensó para sus adentros, muy adentros. “A ver si consigo que mi sobrino Margarito le ponga los cuernos y se vaya a criar gamusinos a los Picos de Europa”.

– ¿Algún cambio más? – preguntó solícito el subdirector.

– No, los demás cambios ya los he tratado con el Director General.

– Ah. – dijo el subdirector, por decir algo que eso de que Ramiro el millonetis hubiera ido al Director General directamente le había producido un súbito ardor de estómago – “¿El Director General?”, pensó asustado el subdirector. Lo pensó para sus adentros, muy adentros. Y tragó saliva, para sus adentros, muy adentros.

– Quisiera decirle querido subdirector, que ha sido un enorme engorro tener que tratar con Vd. Mi marido me ha convencido de que es un atraso tratar con imbéciles subordinados pudiendo tratar con imbéciles que mandan. Así que me he ido a ver al Director General que ha contratado a un botones muy agradable, pero con un uniforme que no le aprieta los cojones. Se llama Margarito, no sé si lo conoce Vd, señor subdirector. ¿Sabe que el amigo Loca debe follar como mínimo 5 veces al día para que no se le atrofien los huevos ni la polla debido a esos pantalones demenciales que Vd. le ha obligado a llevar puestos todos los días?

– Pues no se ha quejado ni Usted ni él, hasta hoy; y bien que lo mira cuando entra. Si le gusta a Vd. más un bulto sospechoso que a un perro oler culos.

El subdirector pensó que algo había mal en el ambiente. El pensaba que pensaba lo que decía pero que no lo decía. Pero por la cara de Jorge el camarero y su marido Ramiro el millonetis, y el botones Loca, todo parecía indicar que no lo había pensado para sus adentros, muy adentros, sino que lo había dicho para sus afueras, muy afueras, con la consiguiente incomodidad en el ambiente. Incomodidad la suya, porque el botones se estaba partiendo la caja y Jorge lo acompañaba, mientras en el rostro de Ramiro el millonetis había aparecido con un gesto de satisfacción y un cierto colorcillo rojo en la mejillas. Si lo hubiera conocido mejor, hubiera sabido que eso era la antesala de una tormenta de las de aupa.

– Le gustan a Vd. mucho los perros, Sr. subdirector.

– Pues no – dijo altanero, que total, pensó, si ya estaba todo sentenciado pues se daría el gustazo de mandar a tomar por culo al Ramiro ese. “Y lo voy a hacer con todas las letras. ¡Que tranquilo me voy a quedar!”

– Huy, se pone rebelde, Jorge. El Sr. Subdirector quiere guerra. Ladre Sr. Subdirector. ¿Como fue lo que le dijo al padre de mi marido? Como fue Jorge… que el Sr. Subdirector se acaba de quedar mudo.

– Que a ti, Ramiro el millonetis, te gustaba que nos lo montáramos mi hermano y yo como si fuéramos perros, ladrando y tal. ¡¡Guau!! Fue bestial Sr. Subdiretor. Lo que pasa es que lo hicimos con su hijo de Vd. está bueno de cojones, y su sobrino Margarito, que han iniciado una relación muy perruna ellos dos. Y mi hermano y yo descojonándonos cuando ladraban con sus voces de perras, y la satisfacción con que lo hacían, su hijo de usted y su sobrino de usted. Que buena pareja hacen, por cierto. Y ladran como los mejores. Se nota que tienen los genes de Vd., Sr. Subdirector. Su hijo en especial, ladra que es un primor.

– ¿Mi hijo? Yo no tengo hijo. – dijo convencido, aunque a los dos minutos se dio cuenta de su error – ¡¡Mi hijo!! Pobre. – esto sonó como poco creíble, aunque le fastidiaba que se le hubieran adelantado con su idea de que Margarito, su sobrino, entrara de botones en la oficina para calentar al Ramiro el gilipolletis, como lo llamaba para sus adentros, muy adentros. Su hijo no contaba, que había salido a su madre y era bobo.

Jorge el camarero y su marido, Ramiro el millonetis y Loca, el botones, lo miraban fijamente. En el rostro de los tres, imperturbable, asomó un ligero gesto de pena. Él levantó ligeramente el mentón en un intento de luchar contra su caída a los infiernos que ya empezaba a intuir. La huida misteriosa de la directora, el cambio todos los días del empleado de caja, la no menos súbita decisión de Ramiro el millonetis de irse a ver al mismísimo Director General ante el que todo el personal se ponía firmes, pero firmes y que no recibía más que a contados clientes directamente, exactamente a uno, Ramiro el millonetis. El subdirector no era muy listo, pero tampoco muy tonto y algo de intuición tenía y se veía decapitado en la plaza del pueblo, con la marabunta de gentuza venida de todos los confines de la Tierra media, gritando alborozada cuando la guillotina cayera sobre su cuello desnudo. Su cabeza rodando por la arena de la plaza, golpeada por los pies desnudos de los jovenzuelos de la ciudad y disparando a puerta como si fueran un Luis Suárez cualquiera: “no sé como la he dado, pero ha entrado”. “Bien”, gritaba el público aplaudiendo a rabiar y gritando: “decapitación, decapitación.” Y esa mueca en la cabeza, con la lengua fuera, como un último intento de reírse del mundo, aunque el mundo le acababa de cortar su testa sin coronar.

– Guau – dijo en un susurro.

– No le he oído – susurró Jorge el camarero – ¿Tú le has oído? – preguntó con un tono de sumo interés en el tema a Locatis el botones.

– ¡Guau! – casi gritó el subdirector en un último intento de salvar su cabeza.

– Casi.

– ¿Me prepara los papeles para que mi marido pueda firmar en mi cuenta y disponer de su saldo o hacer cualesquiera otra operación? – solicitó suavemente Jorge; suavemente pero en tono de Ramiro el millonetis, o sea, que no admitía réplica.

– Ahora mismo D. Jorge – e hizo una pequeña inclinación de cabeza. Casi le da un tirón en el cuello.

Este “D. Jorge” y la consiguiente breve pero intensa inclinación de cabeza, le había costado un reflujo ácido subiendo por su esófago. Llamar de Don a Jorge el camarero, el más infame de los hombres que poblaban la tierra. Y no tenía nada que ver que unos años antes, en una noche loca en la que el subdirector se había desmelenado con los amigos, casi al final de la fiesta, de madrugada, hubiera visto a Jorge el camarero y hubiera querido ligar con él, que le apetecía echar un polvo, y el malnacido de Jorge el camarero, le hubiera dicho que no.

– No.

– ¿NO?

– ¡¡NO!!

– Pero si no tienes polvo ya. Te vas quedar solo – le espetó con todo el odio y el asco que llevaba dentro, que era y sigue siendo mucho.

Y Jorge el camarero, soberbio y borracho, imperturbable ante la zafiedad del subdirector que había osado atacarlo en su reino, la noche y la caza del polvo, había contestado, con templanza pero con un poco de asco también:

– Mejor solo que mal revuelto con escoria.

Y había hecho mutis, saliendo tambaleándose de la escena, con la cabeza alta, pero no demasiado por no desnucarse, más que nada. Soberbio y borracho que revolvió las tripas al subdirector que se la tuvo que cascar para que se le pasara el apretón fiestero.

Y lo que más le jodía al subdirector, es que el jodido Jorge el camarero, estaba guapo a rabiar. Que es que le molaba el Jorge el camarero ese. ¡¡Joder!! Aunque eso jamás lo reconocería ni siquiera para sus adentros, muy adentros.

– D. Jorge, ya puede firmar. D. Ramiro, usted debe firmar aquí.

Y firmaron.

Y dieron por terminada la visita al banco, para descanso del subdirector, que ya no podía contener más sus esfínteres y salió echando patas camino del servicio, mientras Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, precedidos por el botones Loca, que les iba abriendo las puertas, salían de la oficina.

Capítulo 2.

Jorge y Ramiro llegaron a las oficinas de éste. Loca les acompañó al final, que no le apetecía volver, que sabía que tendría que limpiar el baño después de haber visto por el rabillo del ojo, como el subdirector corría hacia él agarrándose el culo.

Óscar el secretario, que estaba en recepción, no pudo contenerse y corrió hacia Loca, que para aliviar sus huevos, se había quitado los pantalones en el coche. Y como a cámara lenta, los dos galoparon con poca gallardía, todo sea dicho, hasta encontrarse y fundirse en un abrazo apretado, pero muy apretado, y sus bocas emprendían una lucha por la supremacía.

– Que bonita historia de amor, ¿Verdad Jorgito?

– Sí Ramirito, pero eso va a ser otra historia, que ésta es la nuestra.

– ¡Ah!

– Nosotros a lo nuestro.

– ¡Ah! ¿Y qué es lo nuestro, maridito? – preguntó picarón Ramirito a su amado Jorgito. En su mente siempre dispuesta aparecieron posibilidades de encerrarse en alguno de los baños de las oficinas y dar rienda suelta a sus ganas de piel, de besos y algarabía ¡Viva el sexo! ¡Yepa! Aunque tuvo un momento fugaz en que pensó en encerrarse en uno de los ascensores y subiendo y bajando, subiendo y bajando en bucle, hasta que los gritos de pasión inundaran cada rincón de la empresa.

Jorgito lo miró muy serio. Movió la cabeza como el joven responsable en que se había convertido después de la boda y, contundente, respondió:

– ¡A trabajar!

– Pero…

– Nada – interrumpió, que ya sabía por dónde iba.

– Pero…

– Nada. ¡¡Óscar!! Deja a tu novio y trabaja. ¡La agenda de mi marido!

“Mi marido”, la leche, que bien le sonaba a Jorge el camarero. “Mi marido”, Mi marido, mi marido. Se repetía una y otra vez, como si fuera el eco. Mi marido, mi marido, mi marido…

– Pero – intentaron responder a tres voces el Loca, el Óscar y el Ramiro, el millonetis.

– ¡A trabajar! ¡La agenda del jefe!

– Pero mira al pobre Óscar y al pobre Loca, libre de sus pantalones. Mira que bultos en sus entrepiernas. A Loca se le escapa la pichula, liberada de las apreturas del pantalón del uniforme. ¡No les puedes dejar así! Déjales que den rienda suelta a su pasión.

– Claro que puedo. Ramiro – sin mirar los bultos citados por Ramiro el millonetis, sobre todo el de Óscar el secretario, que no sabía muy bien, le atraía, quizás por un ramalazo de celos, que enterarse que tuvieron un affaire inconcluso en el pasado, le producía sensaciones encontradas, aunque las guardaba muy dentro, pero muy dentro de su persona -. Debes llevar el sustento a casa y mantener las casas de todos tus empleados.

– Ya lo llevas tú.

– Óscar debe cumplir con sus tareas – abundó muy seguro de sí mismo y apartando ostentoriamente la vista de Loca Locatis y de Óscar el secretario y sus bultos respectivos.

– Ya cuesdffaplo. – dijo este último intentando sacar la lengua de Loca de su boca.

– Locatis, ponte unos pantalones, que se te escapa el miembro.

– Es querydf – no había sacado la lengua de la boca de Óscar. – Pues mira como se le marca a tu marido.

– No le mires el paquete a mi marido, capullo.

– Eso, el capullo le ha mirado – terció Manu que pasaba por allí y no perdió oportunidad de chinchar un rato. Tanto amor y pasión a su alrededor, le mareaba. Y él solo, sin hombro en el que llorar, sin miembro fijo que llevarse a la boca, sin boca que llenar con otra boca o con… puntos suspensivos.

– El Presidente de Estados Unidos – dijo contrito el ayudante del secretario del ayudante del secretario de Óscar.

– Que llame luego.

¡ RAMIRO !

Jorge había dado unos pasos alejándose de Ramiro y lo miraba como una Sargento de guardia cualquiera.

– Vale. Pero luego…

– Luego sigues trabajando y si has cumplido, y voy a investigar si has cumplido con tu agenda, esta noche habrá… – ahora era Jorge el camarero el que ponía ojos brillantes y voz insinuante – fuegos artificiales.

– ¿Con los calzoncillos rotos?

– Con los calzoncillos rotos. Miralos, aquí esperándote.

Y bajó un poco la cintura del pantalón y se los enseñó a distancia.

– Los llevo puestos para ti, para que sueñes conmigo y se te ponga dura.

– ¡Ya la tengo!

– Más dura.

– ¡Ya la tengo!

– Pues así hasta la noche.

– Está libre el ascensor. Podemos ir…

– El Presidente de USA espera – susurró el ayudante del secretario, del ayudante del secretario de Óscar.

– ¡Joder!

– Mr Presindent. How are you? And Miss President? Kiss her with passion and… Agggg!

Jorge se sonrió después de dar la patada a su marido y aprovechó para irse al ascensor. Dentro de él, aprovechó para colocarse el paquete, que lo tenía duro, duro, pero que no, “que no, que no podemos estar todo el día follando por las esquinas”. Hombre responsable Jorge el camarero.

Salió de las oficinas y se encaminó hacia el restaurante en el que había encontrado trabajo hacía un par de semanas. Su padre lo había despedido justo después de la boda, con la pretensión de que trabajara de gratis ahora que había dado el pelotazo. Pero Jorge miró a su padre con esa cara de hombre responsable que se le había quedado después de la entrevista con el Sr. Obispo el día de su boda y le espetó un poco enfadado.

– Me despides, no me pagas, el menda se va a buscar otro trabajo.

– No serás capaz. Además, si estás forrao…

El padre de Jorge el camarero se arrepintió de su afirmación nada más acabarla. Conocía a su hijo lo suficiente como para saber lo que significaba esa cara. Acababa de perder un camarero, el mejor de sus profesionales. El más simpático con la clientela, el único que en su familia sabía interpretar los deseos de sus clientes y cumplirlos.

– Pues debes dejar el uniforme…

Y ni corto ni perezoso, Jorge el camarero se desnudó allí mismo. Eso sí. No se quitó los calzoncillos rotos que tocaban ese día.

Así, en calzoncillos rotos, abandonó la empresa y a la vez casa de su padre, no sin antes gritarle a su progenitor.
– Mañana vendré a buscar la liquidación y mis cosas. Procura que no desaparezca nada, que te conozco.

“¡Que se joda!”, pensó para sus adentros.

Y así, vistiendo solo unos calzoncillos rotos, se encaminó por la calle en busca de trabajo.

No tardó en encontrarlo. El jefe del tercer establecimiento en que lo intentó, estuvo encantado al verlo entrar.

– ¿Y vas a trabajar así siempre? – lo miraba de arriba a abajo.

La boca se le hacía agua al jefe del local. Pero una sola mirada aclaratoria del aspirante Jorge el camarero, le quitó de la cabeza sus sueños húmedos.

– Vale, vale. No estás en el mercado, ya veo. Pásate por aquí al lado y te dan el uniforme. Si quieres empezar mañana…

– Ahora mismo.

– ¡Ah!

Y empezó “ahora mismo”. Eso sí, después de pasar por la tienda a por el uniforme. Que en el local había corrientes y no era conveniente trabajar en calzoncillos. Y rotos, además, que por los agujeros se corría el aire que era un primor.

Jorge el camarero se incorporaba a su puesto de trabajo. Subió al vestuario de trabajadores y se cambió. Allí, como todos los días, coincidió con el jefe que había ido a cambiarse de ropa. Misteriosamente siempre estaba allí cuando Jorge el camarero se cambiaba. Y curiosamente, el jefe de Jorge el camarero, siempre estaba medio desnudo o desnudo completo. Jorge el camarero lo saludaba con una sonrisa inocente y con un “Hola, jefe, tenga cuidado con las corrientes no me coja catarro”. Y el Jefe de Jorge el camarero sonreía cada vez con más confianza. Incluso algunos días saltaba y cantaba a pleno pulmón para atraer la atención hacia sí de Jorge el camarero. Pero éste, desde que conoció a Ramiro el millonetis, no se había fijado en otro hombre, era un hecho del que no era consciente, pero era. Salvo la excepción de Óscar el secretario pero por razones que tenían que ver con un pasado inconcluso, y tampoco era muy consciente de ese hecho. Y si hubiera sido consciente desde el momento uno de que no miraba a hombre alguno con deseos de follar hasta el amanecer, se habría evitado esos meses de tira y afloja con su corazón y con el de Ramiro el millonetis, a la sazón ahora su marido.

Se cambió rápidamente, como todos los días. Y cuando iba a salir, el jefe de Jorge el millonetis, se acordó de algo importante.

– Monta el comedor para el menú concertado nº 12378. Está todo el comedor reservado.

– ¡Huy que bien! ¿Y el menú del día?

– Lo dará Juanma en las mesitas de fuera.

Jorge el camarero salió raudo y veloz, feliz cual perdiz por el sesgo que iba tomando el trabajo en su nuevo empleo. Le gustaba que fueran bien las cosas. Y eso era buena señal. El comedor lleno con una comida concertada.

Preparó con mimo el comedor con todos sus platos y las copas correspondientes. No se olvidó del cubierto de pescado y puso el plato del pan con mimo. Revisó que las copas estuvieran bien alineadas y se puso la pajarita recta. Todo a punto para la comida concertada.

Era la hora de la comida concertada.

Jorge el camarero esperaba en la puerta del comedor, con cara circunspecta, con su pajarita recta y su chaleco reluciente. Miraba el reloj… que no llegaban los concertados. 20 minutos de retraso.

– ¡Ya llegan! – anunció el jefe entrando corriendo desde la calle.

Jorge suspiró aliviado.

Y Ramiro el millonetis hizo su entrada estelar seguido de Óscar el secretario, y de Locatis, el botones del banco, todavía en calzoncillos.

– No me entretengas – le dijo Jorge el camarero a su marido. – que tengo el comedor lleno con un menú concertado. Están en la puerta.

– Estoy caliente.

– Y yo, pero tengo trabajo.

– Estoy caliente – repitió inasequible al desaliento. – Vamos, uno corto en el baño, como el día de la boda.

– Tengo trabajo, Ramiro el millonetis.

– Yo soy el trabajo.

– Tú no eres ningún trabajo, maridito mío. – dijo conciliador Jorge el camarero posando un suave beso en los labios de su marido. – pero vete que llega la reserva.

– Ya reserva soy yo.

– ¿Eh?

Y Ramiro asintió repetidamente con la cabeza poniendo su mejor cara de pícaro.

Jorge pensó durante unos instantes si matarlo o matarlo.

Capítulo 3.

– Eso no se hace, Ramiro el millonetis.

– Te deseo.

– No me cambies de tema.

– He reservado y pagaré. Te deseo.

– No me cambies de tema. Eso no es el tema.

– Quieres tener el trabajo, pues no le viene mal una comida concertada. Para que la empresa vaya bien.

– Pero no va a comer nadie.

– ¿Cómo que no? ¡Nosotros!

– Nosotros no. Tú, que yo estoy en mi turno.

– Da igual. Cuando te acerques te daré un poco de mi plato, así de tapadillo para que no nos vea el resto de comensales.

– ¿El resto? Si sois tres.

– Pues tres. Óscar y el Loca se ponen en una esquina de espaldas.

– Eso no es así.

Jorge estaba muy enfadado. Por un lado. Que por otro, tampoco era cuestión de negarlo que le ponía que su marido lo quisiera tanto como para hacer esas cosas que hacía por estar con él. “Pero no”, se dijo. “No es el tema, que el tema es mi trabajo, que quiero trabajar y bla, bla, bla, no quiero ser un mantenido y bla, bla, bla.” “Estoy enfadado, qué cojones” se repetía para mantener el enfado, que notaba que a ratos se le pasaba, los mismos ratos que su fierro ardía de deseos y se le escapaba por alguno de los rotos de su calzoncillo.

– Amor, te quiero.

– Y yo te quiero, pero quedamos en que no ibas a hacer cosas de ricos.

– He reservado un menú de 40 Euros. Eso no es de ricos.

– 40 comensales.

– ¿Y? Es como si fuera mi primera comunión. Yo soy el niño de la comunión y me arrodillo para que me des tu cuerpo y tu sangre. Es que eres mi dios, Jorge el camarero, y no puedo pasar sin la carne de mi dios.

– ¡Blasfemo!

– Pero si estás caliente.

– ¿Ya estás mirándome el paquete?

– No.

– ¿Y entonces como sabes… ? ¡Diosssss!! Otra vez he caído.

– Yo te bajo la dureza. ¿Llevas los calzoncillos rotos?

– Sí, joder, ya te lo dije.

– Estoy a cien.

– ¡¡Mierda!! – ya empezaba a claudicar. En realidad casi había claudicado. No, no, esa no era la realidad. La verdad de verdad es que… se había rendido. Bandera blanca, como sus calzoncillos rotos, especiales para su marido.

– ¡¡¡Mierda!!!! – se repitió a sí mismo, sintiendo su miembro babear, ya duro, duro, pero duro.

Jorge el camarero agarró a Ramiro el millonetis por la corbata y corrío hacia los servicios. Óscar el secretario y su nuevo novio, Loca el botones del banco, montaron la guardia pertinente en la puerta, no se le ocurriera a nadie ir a evacuar aguas mayores o menores e interrumpiera la acción.

Agggggggggg

agggg

aggggggggggg

aggggggg

agggggggggggggggggg

agggggggggg

agggggggggg

– Están en forma.

– No te creas, el día de la boda… – pero calló ante un repentino.

AgggggggggggggggggggggggggggggggggggGGGGGGGGGGGGGg

– ¡Hostia! No he dicho nada.

– Estoy caliente Óscar el secretario.

– Ya te veo ya.- contestó el aludido, mirando de soslayo el paquete de su amado y rozando con sus dedos la camiseta que llevaba, esa que era una segunda piel y que el subdirector del banco le obligaba a llevar para poner contento a Ramiro el millonetis, auque a éste, ni fú ni fa, ni caso que le había hecho nunca, ni una mirada de soslayo que pudiera considerarse libidinosa.

Aggggggggggaggggggg

agggggggg

aggggg

agggggggggggggg

AGGGGGGGGGGGGGGGGg

AGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGGgg

AFFFFF

aggggggggggggggggggggggg

AGGGGGGGGGGgggggggggGGGGGGGGg

agggggggg

– ¡¡La madre que te parió!!

– Hostia tu jefe – exclamó Loca tapándose la mano con la boca.

– Está en la gloria – se podía percibir un tono de orgullo en su voz.

– Y tú también.

– No sabes el dolor de cabeza que me ha quitado que se casara. No sabes lo duro que ha sido la búsqueda y las cosas que he tenido que hacer. – explicó Óscar el secretario, haciéndose un poco el interesante.

– Mi pobre. Un día me lo cuentas.

– En unos cuantos, que en un día…

– ¿Y cuando nos toca nuestro turno?

– ¿Cuando acabe?

– Jo, que me quedo sin comer.

– En los postres entonces.

– ¿Nos lo llevamos al baño?

– Hecho.

– ¿Y quién montará guardia? – inquirió con inocencia supina un cándido Loca, el botones.

– No sé. Es que me pone que nos pillen. ¿Te imaginas que entra el señor ese de la barra, el que tenía ese aspecto de triste por no haberse comido una buena verga en la vida? Y nos pilla ahí con los gayumbos en las rodillas, con el culo al aire, y dale que te pego.

– Joder, que morbo. Me he puesto a mil, Óscar el secretario.

– ¡¡Eh!! – Jorge se había asomado a la puerta del baño. – No os enrolléis que ésta es nuestra historia. Estas conversaciones y vuestros polvos, a vuestra historia.

– ¡¡Vale, vale!!

Jorge cerró de nuevo la puerta.

Aggggggg

agggggggggggggggggg

agggggggggg

agggggggggggggggggggggggggg

– ¡¡aggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg!! – gritaron los dos a la vez.

– ¡Ay! – suspiraron los dos al unísono, una vez más coordinados a la perfección. Todo hace pensar que mientras exhalaban ese “¡Ay!” tan sentido, se estaban mirando a los ojos, con su cara perlada de gotas de sudor, y con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Chis pum.

Jorge el camarero salió primero colocándose la pajarita y pasando su lengua por los labios, para que tomaran un poco de humedad. Ramiro se los había dejado secos. Tanto beso ardiente le estaba pasando factura.

Ramiro salió después, con un gesto beatífico en su cara y guardándose los calzoncillos rotos de su amado en el bolsillo de la chaqueta. Pero antes de guardárselos, los olió una vez más, aspirando con fruición y deleite su aroma.

Jorge se dio la vuelta y se encaró a su marido.

– Ahora a ver como llenamos el comedor. Has prometido 40 comensales.

– Eso está hecho – sonrisa maléfica en la cara de Ramiro el millonetis.

Chascó los dedos y Óscar el secretario salió corriendo a la calle, no sin antes colocarse el paquete que seguía a cien a la espera de su turno.

Sin más dilación, empezaron a entrar en el restaurante los invitados al convite. Los tres mosqueteros y sus secretarios respectivos, y los secretarios de los secretarios. El turno de mañana de las y los recepcionistas. El jefe de ventas y su novio, así como sus hijos de 22 y 23 años, respectivamente, dos bombones en busca de pareja. El jefe de personal y su staff. Juanma, el chofeur preferido de Ramiro el millonetis.

– ¿Ya estamos todos? Pues a comer, Jorge el camarero.

Y Jorge el camarero, que con la boca abierta miraba como entraba toda esa gente, “Será cabrón el Ramiro este, el millonetis, mi marido”, empezó a correr de un lado para otro, sirviendo el suculento menú que había elegido su marido.

“¿Has visto como se le mueve el miembro al andar? Me pone a cien este chico”. Murmuró para sí Ramiro sin perder ojo de las evoluciones de su cónyuge. “Aunque en realidad lo que más me pone es él, su forma de ser, su personalidad. Joder, es que estoy enamorado, quien me lo iba a decir a mi edad, que no es tanta, no te creas”.

– ¡¡Ayyyyyyyyyy!! – suspiró en voz queda Ramiro el millonetis una de las veces que pasó por su lado Jorge el camarero.

– ¡Y no me mires con esa cara! Hasta la noche, a pan y queso – aunque su cara no cuadraba mucho con la afirmación que acababa de hacer.

– Será a pan y agua.

– No me contradigas, joder. Será mejor un poco de buen queso que un vaso de agua, digo. Además, el queso y el pan hacen un maridaje cojonudo.

– Como nosotros – dijo Ramiro, a la vez que se le escapaba un suspiro aterciopelado, lleno de azúcar y amor, no apto para diabéticos ni para extreñidos del amor.

– Ramiro contente – Jorge le amenazó seriamente con un dedo, aunque…. otra vez esa mirada que no acababa de cuadrar con lo que parecía quería decir con palabras.

– Vale, vale. ¡Que humor! – se sonrió, que ya conocía muy bien a su marido.

– Y de ésta te vas a acordar. A las 9,30 me pasas a buscar, que la cena corre de mi cuenta.

– ¡¡Huy, que bien!! Ya sabes lo que quiero cenar – afirmó con tono sugerente, morboso, casi pornográfico.

– Pues eso, Ramiro el millonetis.

– Pues eso, Jorge el camarero. Así te devuelvo los calzoncillos.

– Esos te los regalo.

– Hummmm.

Jorge se sonrió pensando en la venganza de esa noche.

– Te vas a cagar, Ramiro el millonetis.

– Y vosotros, ni abráis la boca, Óscar y Locatis. Lo guardáis para vuestra historia.

Los aludidos levantaron las manos mientras intentaban que no se les cayera un langostino que no les había dado tiempo a empujar dentro de su boca, cada uno de la suya. Quiero decir, un langostino en cada boca, cada uno el suyo.

Uffff, que lío.

Capítulo 4.

Las 9,54 h.

La puerta de la casa de Ramiro el millonetis.

Jorge anda arriba y abajo esperando la limusina con su marido.

– Te vas a cagar, Ramiro el millonetis. Como te retrases más… pido el divorcio y me quedo tan ancho.

Por fin, el coche hace la entrada en la propiedad. No hay nada como una buena amenaza. La casa de Ramiro el millonetis es todo un casoplón de 4857 m2 y con 432 habitaciones y 43 cuartos de baño. Sus jardines se extiende a lo largo y ancho de 4958673 m2. Tres pisos de planta, más dos sótanos. 16 escaleras los comunican y 4 ascensores.

– Ya era hora, Ramiro el millonetis. Media hora de retraso.

– Mira a quien he traído – y detrás de Ramiro salió el Presidente del Gobierno. (Por favor, que suene el himno nacional).

– ¡Ah! Oye, pero íbamos a cenar en la intimidad.

– Cenamos los tres en la intimidad.

– Ramiro el millonetis, que no llevo calzoncillos – advirtió un poco escandalizado Jorge el camarero, que aunque parecía muy lanzado en esas cosas del sexo, al fin y al cabo le había dedicado durante los 25 años de su existencia un esfuerzo y una dedicación considerables, le daba un poco de corte que el Presidente fisgara sus movimientos de cadera sexual.

– Al Presi no le importará que nos despistemos un ratito al servicio. Allí tendremos intimidad.

– No, no os preocupéis, así despacho por videoconferencia con el ministro de asuntos de la propiedad intelectual.

– ¿Intimidad? – y Jorge el millonetis miró a su alrededor y señaló los 345 coches que seguían a la limusina de Ramiro. – Seguro que nos miran mientras follamos en el servicio. Entre tanto secretario y guardaespaldas, tiene que haber mucho hambriento. Y seguro que ahora mismo hay alguien en algún sótano secreto desviando algún satélite para que nos enfoquen sus cámaras de gran resolución y me pillen con el miembro al aire y babeando por tus huesitos. Y no, no me diga que no es verdad – atajó el intento del Presidente de decir algo – que lo he visto en la tele, en las series americanas. Imagínese de que color va a salir en la pantalla de infrarrojos nuestras zonas pudendas.

– Pero son muy discretos, no se lo cuentan a nadie.

– ¡Ah! O sea que nos van a mirar.

El Presidente carraspeó un poco molesto.

– Es por seguridad nacional.

– ¡La hostia! – exclamó Ramiro – qué morbo. ¿Has oído? Un polvo nuestro cuestión de seguridad nacional. Y la peña en esos centros de mando mirando el satélite con los puntitos nuestros de color y la puntita como de otro color, por lo del calor mayor, ya sabes a que me refiero.

– Cojonudo – exclamó sin mucha convicción un alicaído Jorge. Aunque en algún sitio de su cerebro, en dónde se controlan los deseos sexuales, algo se produjo porque sintió como unos calores repentinos y como unas durezas repentinas en cierta parte de su cuerpo. Asín que algo de morbo le daba la situación, aunque antes muerto que reconocerlo en voz alta. No daría su brazo a torcer por nada del mundo y haría sufrir un poco a su maridito y al Presindente.

Jorge el camarero se metió en la limusina resignado a no echar un polvo en los servicios del local al que iban. (Era un poco fingido, que sabía que al final caería el susodicho polvo). No le molaba nada la situación. “No, no, no y no”, se repetía una y otra vez. (50 % finjimiento, camino del 40%, que se calentaba el tema según pasaban los minutos).

– ¿Has reservado mesa? – preguntó atento Ramiro el millonetis, para ganar puntos, que él no disimulaba su excitación.

– No hace falta.

– ¡Ah! Claro. Es miércoles. Los miércoles…

– Eso es – concedió Jorge el camarero, riéndose por dentro y con anticipación de la cara que iba a poner Ramiro el millonetis cuando descubriera a dónde le llevaba a cenar.

El viaje duró apenas 10 minutos. Juanma el chofeur, abrió la puerta conteniendo la risa. Cuando salió Jorge el camarero, chocaron los puños.

– ¡La reina de la hamburguesa! Mi restaurante favorito – exclamó alborozado el Presidente del Gobierno, dando un aplauso admirativo, acompañado de los ojos muy abiertos y la boca abierta.

– ¿Hamburguesa? ¿Es esto uno de esos sitios de comida rápida?

– ¿No has estado nunca? Pues hoy vamos a estrenarlo entonces.

– Vas a alucinar Ramiro el millonetis. Tienen una salsa barbacoa que es cojonuda. Y cuando te cae así por la comisura de los labios… las patatas fritas con mucha grasa y que coges con las manos y luego las manos llenas de sal y grasilla…

– ¿Qué? Yo la comeré con cuchillo y tenedor.

– Una mierda, cariño. A mordiscos, si no quieres que no te deje quitarme los calzoncillos de la misma forma. ¡Huy! Se me había olvidado que hoy no llevo calzoncillos, que te los he regalado este mediodía.

– Eso es …

– Vamos, que se me ha abierto el apetito – no queda claro a qué apetito se refiere aquí Jorge el camarero.

Entraron. Los escoltas del Presidente ya habían tomado posiciones. Solo había 4 mesas ocupadas cuyos ocupantes miraban con los ojos muy abiertos a todo el despliegue de personas que habían invadido el restaurante.

– ¿Y que van a tomar los señores? – preguntó el dependiente que debía tener algo metido en el ojo porque no hacía más que guiñarlo a Jorge el camarero.

– ¿Nos conocemos? – preguntó al final el dependiente, ya que Jorge el camarero se hacía el longuis. Pregunta retórica porque él estaba seguro de haber follado con Jorge el camarero hacía ya un par de años o así. Y no es que se acordara de todos los polvos que había echado, es que desde entonces no se había comido una rosca. Alguna sí, pero pocas. Ese polvo había supuesto un antes y un después en su vida.

– Seguro que sí os conocéis. Habréis follado en el pasado. Pero ahora solo lo hace conmigo. ¿Está claro?

“Ramiro el millonetis marcando territorio”. – murmuró Jorge el camarero, mirando al techo e intentando recordar el polvo con el del restaurante. “Mi marido está celoso ¡¡Ja!!”. “No me acuerdo del polvo con el de la hamburguesería, y lo debimos de echar, tiene cara de estar recordando un polvo”.

– Nos sentamos en esa mesa, por favor, que vaya el camarero – Ramiro decidió tomar la iniciativa, para que se notara que él había ido a sitios parecidos toda la vida.

– Perdone, aquí no hay camarero de mesas. ¿Qué van a tomar?

– ¡Ah! ¿Y entonces?

– Pues muy sencillo. Pides aquí, esperas y te dan una bandejita y te lo llevas – la explicación a cargo del Presidente de Gobierno.

– ¡Ah! – “Que cutre”, pensó para sí Ramiro el millonetis.

– Pero no me digas que no has venido nunca a un burguer.

– He comido hamburguesas, claro.

– No. Comer hamburguesas no es lo mismo que ir a un burguer.

– ¿Qué desean los señores? Que hay gente esperando.

– Pues que esperen. Hemos llegado antes – dijo un indignado Ramiro.

– Yo quiero una beicon cheese burguer, con doble de beicon y con pepinillo. Y unos nuggets de pollo y una ensalada de col y una pepsi-cola gigante. Y doble de patatas.

– ¿Asadas o fritas?

– De las dos. Estoy hambriento. El sexo me abre el apetito.

El chico que les atendía miró a Jorge con un poco de odio y rencor. “No se acuerda de mí, será gilipollas; y encima me pica hablando de sexo y mirando lujurioso a ese hombre que dice que ya solo folla con él. ¿Y qué le habrá visto? Yo estoy más bueno, dónde va a parar. Y seguro la tengo más grande”.

– ¿La hamburguesa, grande o pequeña?

– La carne siempre grande – Y guiñó el ojo a Ramiro. Y el dependiente de la hamburguesería meditó si saltar la barra y meterle un puñetazo a Jorge el camarero. Lo descartó por todos esos armarios de guardaespaldas que habían poblado el local.

– Y dura – apuntilló éste.

– Perdone, señor, aquí la carne siempre es tierna.

“Así que mi marido no se acuerda del polvo contigo” – “toma dignidad”, pensó Ramiro para sí.

– ¡¡Ramiro!! – recriminó Jorge lo de la dureza de la carne, que del pensamiento no se había enterado.

– Es cierto.

– Que habla de hamburguesas, no de perritos calientes.

Ramiro puso cara de póker.

– ¡¡Salchichas!!

– ¡Ah! ¿Eso es un perrito caliente? Mira, siempre me lo había preguntado. Yo es que lo de caliente lo había tomado por…

– Querido Ramiro, sobran las explicaciones. Que va a pensar la gente – dijo un divertido Presidente del gobierno.

– Tengo un largo camino de enseñanza contigo – se quejó amargamente Jorge. Y lo hizo con mucho dramatismo, pero con mirada de cordero degollado por el amor supino y empalagoso. Un poco de insulina, por favor.

– Te vas a cagar mañana. Mañana elijo yo el plan.

– Pero no vamos a hacer cosas de ricos.

– Hoy hacemos cosas de pobres.

– De gente normal.

– Pues lo mío va a ser de gente normal también.

– Es mi turno – dijo el presidente del Gobierno – yo quiero una doble grande, sin lechuga con doble de tomate, y una loncha de beicon. Kas de naranja grande y unas patatas de esas asadas – se calló un segundo. – Y una ensalada, que si no mi mujer me echa la bronca.

– Señor, solo queda usted – el cajero se quedó mirando a Ramiro el millonetis con expectación y un poco de admiración, que al final, tras muhco darle vueltas, lo había reconocido de la tele. “A ver si me deja buena propina, que éste está forrao, que lo dicen en la tele y lo que dicen en la tele es verdad verdadera”.

Ramiro miraba y miraba los carteles, pero no se enteraba de nada. Que si menú con bebida, que si las patatas fritas, las asadas, las gajo, las marinadas, las ali-oli, las bravas, las sin nada, las sin sal pero con un toque de picante, las sin picante, pero con una gotina de sal. Las ensaladas y sus salsas, los no sé que de pollo y sus salsas, el ketchup y la mostaza, que no era de Dijon, joder, y los refrescos. La hamburguesa, la doble, la simple con beicon, la con queso. La de las dos cosas, la doble con cebolla, sin lechuga, con pepinillo en vinagre, pero sin vinagre, la doble de queso pero simple de beicon, la doble de todo, la triple “quién coño tiene la boca tan grande”.

– Yo quería un Ribera del Duero Reserva del 34.

– ¿Le va bien una birra?

– ¿Birra? – Ramiro miró al dependiente como si fuera un extraterrestre “Me da que no va bien lo de la super-propina”, pensó el susodicho.

– Sí, le gusta la cerveza. Ponle una birra.

– ¿Cerveza? Yo quiero vino – se quejó a su marido.

– Cerveza. Hazme caso.

– ¿Cerveza? – se giró al Presidente del Gobierno que esperaba ansioso su pedido.

– Cerveza. – aseveró con rotundidad.

– Pues cerveza.

– ¿Y de comer?

– Pues…

– Una doble, con queso, pepinillo y cebolla. Le pones también muchas patatas fritas, como 3 raciones, que le gustan. Y ponme unos postres variados. Así picamos el Presidente y yo, que no hemos pedido nada de postre.

– Son 21 con 65.

– No, cóbreme todo.

– Eso es todo.

– ¿Todo?

– Ya pago yo – dijo el Presidente que se lo estaba pasando de cine – las cuentas pequeñas no se me resisten.

– Perdone usted. – preguntó un hombre que estaba sentado en una mesa del fondo y que se había acercado a por una cola, que tenía mucha sed. – Pero su cara me suena. – se dirigía al Presidente del Gobierno – ¿De la sauna de la esquina?

– Va a ser que no, querido. ¿Me cobra? – se le había helado la sonrisa al Presidente.

– ¿Tú y yo no hemos follado hace como tres años…?

– Me confunde con otro – el Presidente sonreía un poco incómodo – Mire, su mujer le llama.

– A mí las caras no se me despistan.

– Hermógenes, querido – apuntó Jorge el camarero – no has follado desde que lo hiciste conmigo en la era cuaternaria y has echado dos polvos más en tu vida. No te las des de ligón. Lo conoces de la tele.

– ¡Ahhhhhh! Será eso. ¿De Vis a Vis?

– De The Flash. Es el padre de Flash. Pero no lo comentes por ahí que está todo el reparto en mi casa de incógnito.

– ¡Ah! How – do – you? Do?

– ¿Pero que dice este señor? – preguntó el Presidente con evidente tono de sorpresa. Evidente y comprensible.

Jorge le cogió al presidente el billete de 50 que le tendía al camarero sin mucho éxito hasta entonces. Y sin mediar palabra lo metió en la caja y le dio el cambio al Presidente. Para acabar de despertar al camarero, que se había quedado con la cara transpuesta, no se sabe muy bien si por tener delante al supuesto padre de Barry Allen o por el esfuerzo de haber intentado contestar a un intento de ese señor de decir una frase en inglés con acento de Misouri. El caso es que el dependiente siguió con esa cara de bobo, porque se había esfumado definitivamente su sueño de tener ese día una super-propina del super millonetis (según decían en la tele) Ramiro el millonetis, que iba a un burguer como una persona normal a comer una burguer en compañía de un señor que iba a las saunas a ligar pero que salía en la tele en una serie de tormentas. Flash = Rayo = Tormenta. Es que iba por las tardes a clases de inglés.

– ¡Hala! A la mesa. ¿Ya tenemos todo?

El presidente y Jorge empezaron a prepararse la hamburguesa. Que si un poco de ketchup, que si mostaza no, pero luego quizás una gotina, que si aceite para la ensalada que si poca sal. ¿Un sobrecito de pimienta, por favor? Muchas gracias. ¿Un poquito más de salsa barbacoa? Estos nuggets están cojonudos. ¡Que buena pinta tiene la hamburguesa! Es que aquí las hacen al momento, están de muerte. Pues vendré con los niños un día. Les va a encantar.

– Ramiro ¿No comes?

Ramiro se había bloqueado. Miraba a sus compañeros de mesa como se preparaban la hamburguesa. Como comían patatas, como echaban sobres y sobres de ketchup a las patatas y como las comían con los dedos. Luego de echar salsas y demás encima de la carne, apretaban el pan sobre ella y abrían mucho la boca y para adentro. Y todo se esparramaba por todos lados, y la salsa y las patatas y que la hamburguesa se escapa del pan… lo recolocaban con la mano y luego se chupaban los dedos. Y vuelta a empezar, y habla que te habla con la boca llena, y risas y dale que te dale.

Ramiro el millonetis, que se fijaba en todo, mucho, mucho, cogió un sobre de ketchup. Lo intentó abrir como les había visto hacer a Jorge y al Presi con tanta maestría. Pero no acertó por un costado. Lo intentó por el otro, pero tampoco lo consiguió. Dejó el sobre en la mesa y lo miró para ver si se inspiraba. “No tiene que ser tan difícil abrir un sobre de ketchup. Hasta un niño de 6 años lo hace”. No le echaba más de 6 años al niño que había en una mesa cerca de ellos y que lo miraba con los ojos muy abiertos y con una sonrisa de “por fin he encontrado a un adulto más patoso que yo”.

– ¿No quieres ketchup? – preguntó solícito Jorge a su marido. Eso sí, con un cierto tonito de guasa, que se estaba quedando con las dificultades de Ramiro.

– Sí, sí, ahora me echo.

Y se miraron con cara sonriente. La de Jorge un poco divertida, muy divertida, la de Ramiro, un poco mosca. “Este me está devolviendo la de aquella encerrona del primer día, de la comida con toda la prensa y demás”. Eso le hizo coger fuerzas y volver a intentar abrir el sobre del ketchup. Fue a uno de los lados libre de intentos y con alegría, notó que parecía que la presión del contenido bajaba, así que parte había salido ya. Lo que no esperaba es que esa parte del contenido estuviera sobre su camisa de Armani y sobre su corbata de Paco Rabanne.

Jorge, atento, le pasó una servilleta de papel rápidamente, extendiendo la mancha roja por toda la camisa y la corbata.

– ¡Vaya! Te has manchado todo. Huy, lo que me pone verte así – e hizo una caidita de ojos digna del imperio romano, o de los griegos. O de un francés con ganas de practicar.

– ¿Sí? – contestó inseguro Ramiro. “¿Me está tomando el pelo?”

– ¿Me estás tomando el pelo? – añadió en voz alta tras pensárselo durante unos segundos.

– ¿Yo? – Jorge imprimió todo el tono de inocencia del que fue capaz a su pregunta.

– ¿Te estás vengando?

– ¿Yo? ¿Tengo algo de que vengarme? – pregunta retórica en tono de guasa retórica.

– No, no, por si acaso. “Me la estás dando con queso, cabrón”.

– Se me ha quitado el apetito.

– No puede ser. No seas tonto, hombre. Ya te preparo yo la hamburguesa. Un poco de ketchup, un poco de mostaza, y cerramos. La salsa barbacoa mejor para los nuggets. Y para las patatas un poco de ketchup. Espera que te meto unas pocas patatas en la hamburguesa, está cojonudo así. Ahora apretamos bien y… ya puedes comerlo.

– ¿Me podías pedir un cuchillo y tenedor?

– Pero Ramiro, no seas así. Con la mano, que si yo puedo, tú también – el Presidente acabó su perorata animadora dando una suave palmada en el hombro de Ramiro el millonetis, con su mano manchada de salsas varias y un poquito de grasa. Ramiro el millonetis miró resignado, primero la mancha de ketchup en la pechera de la camisa, luego la grasa y sustancias varias en la hombrera de la misma y después al presidente del Gobierno que en ese momento abría la boca para darle un muerdo de impresión a su hamburguesa.

Y por el rabillo del ojo vio a su marido que se relamía mirándolo fijamente y con cara de deseo carnal. Ramiro suspiró deseando que llegara el momento del post-postre en los baños. “Fijo que nos lo montamos; pero antes habrá que acabar de cenar”.

A Ramiro no le quedó otra. Había que cenar si quería lelgar a lo otro. Primero calibró el grosor del bocadillo en cuestión. Lo apretó bien porque no le acababa de cuadrar con la abertura máxima de su boca, salvo que se tratara de… vale, mejor eso lo dejamos para otro momento, no vaya a ser que escuche algo el niño de la mesa de al lado, o los niños del señor de la sauna, que están mirando la escena muy atentos. Y giró la hamburguesa en sus manos, buscando el mejor sitio para hincarle el diente por primera vez. Por fin encontró un sitio que le pareció adecuado y abrió bien la boca y cerró los ojos. Se acercó la hamburguesa y pegó un mordisco. Sería injusto decir que no pilló cacho. Cacho, pillo. Poco, pero pilló. Lo que pasa es que casi solo de pan, porque al apretar demasiado y de mala forma, la inexperiencia tiene estas cosas, el contenido se movió y por eso de la gravedad y de la acción de las diversas salsas, cayó al envoltorio de cartón sobre la mesa.

– Esto no es lo suyo, querido Ramiro – Jorge podía haber sido más jocoso, pero en realidad le estaba empezando a dar pena y sobre todo… le estaba poniendo a cien. “Siempre me ha molado los indefenso”, pensó para sí Jorge.

– Cada uno tenemos unas habilidades. A mí no se me resisten las ostras. Las aspiro como un campeón. No hay nadie que me gane a comer ostras.

– ¡Ostrás! – el Presidente se rió de su propia gracia. Ramiro no le pilló la gracia y Jorge solventó el problema diplomático con una sonrisa diplomática y un par de palmas diplomáticas.

Jorge aprovechó para volver a montar la hamburguesa con las manos, claro. Y para limpiarse utilizó la camisa de Ramiro. “ya está manchada amor”, le dijo con voz sugerente. “Me pones mucho, sucio. Cómete la hamburguesa que luego yo te como lo que quieras amor”. “Te voy a limpiar la camisa a lenguetazos”. Todo eso en modo pensamiento pero que su marido había leído a la perfección. Ramiro empezaba a estar muy caliente. En realidad, caliente estaba hacía ya un rato largo. Empezaba a estar necesitado. Ramiro se puso a ello, que ahora ya tenía un aliciente para comer la hamburguesa pringosa y ya medio fría. Pero al morderla de nuevo, esta vez pilló carne, sí, pero se escapó por un lateral un disparo de ketchup y mostaza que volvieron a caer sobre su camisa. Pero esta vez no le prestó la menor atención. Siguió al tema mirando de reojo a Jorge, y relamiéndose, sin saber determinar este narrador con certeza si lo hacía porque al final le gustaba la hamburguesa, o estaba más pendiente del postre en forma de marido. Aunque recapacintando al respecto, creo que algo de gusto le cogió a comer hamburguesas.

– No hay nada como el estímulo de una buena sesión de sexo en los servicios – dijo el Presidente, que parecía tonto, pero que había pillado todas las indirectas, miradas, y coñas marinera de la pareja y que estaba perfectamente informado por los servicios secretos, de las actividades de sus dos amigos. La verdad es que el servicio secreto tampoco descubrió nada del otro mundo, que eso estaba en todos los corrillos del país.

– Límpiale luego a lametones, lo has prometido, y a fe que tienes mucho que limpiar – añadió el Presidente dirigiéndose solo a Jorge. Ramiro estaba tan ocupado en comerse la hamburguesa, las patatas, los nuggets y la ensalada de col que le había robado a su marido, que no se enteró de las complicidades del presidente y de Jorge, el camarero, su marido a la sazón.

– Estás caliente Ramiro.

– Jorge, por favor, que está el Presidente. No me mires el paquete.

– No te lo estoy mirando.

– Y ¿cómo sabes…?

– ¡¡Bien!!

– Dios, he caído en mi propia trampa.

– Donde las dan las toman.

– Pues dámelas todas y te las tomo todas. O como sea.

Y Ramiro cogió de la camisa a su pareja y tiró de ella camino de los servicios. Esta vez fueron los escoltas del presidente los que hicieron de barrera protectora. En concreto dos de ellos, Matías y Mario, las dos M como los conocían en el ambiente.

Aggggggggg

agggggggggggg

aggggggggggggg

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aggggggggggggggggg

– Hacen mucho ruido, Presidente, sería conveniente que diera una rueda de prensa para disimular los ruidos de sus amigos – le dijo al oído un estirado secretario con un tonito un poco sarcástico. El Presidente tomó nota para cortarle los cojones cuando llegaran a Palacio.

– Eso está hecho.

Se levantó satisfecho cogiendo una patata frita de las de Jorge, que con las prisas de ir al servicio se las había olvidado y caminó resuelto hacia la prensa.

– Queridos amigos periodistas, he de comunicar a la Nación que la hamburguesa que me acabo de comer…

agggggggggg

agggggggggggggg

agggggggggggg

aggggggggggggggggggggggggg

– … estaba cojonuda.

– ¿Y esos ruidos?

– Yo no oigo nada.

Agggggggggggg

agggggggggggggggg

– ¿Ustedes oyen algo acaso? Como les estaba diciendo, hay que salir de casa y comer cosas buenas de la tierra, hamburguesas y pollo, buen pollo.

– ¿Ha dicho polla, Presidente?

– Pollo. He dicho pollo. Que polla y pollo no es lo mismo.

– ¿Y qué es más sabroso, Sr. Presidente?

– Eso va en gustos, querido Eustaquio. A mí personalmente me gusta más el pollo. Pero a Vd. me comentan que gusta más de las pollas.

– Eso no es de su incumbencia.

– No, claro. Pero es que el camarero de servicio en la hamburguesería me ha dicho a ver si podía interceder por él, que está un poco necesitado y se ha fijado en Vd. querido Eustaquio. Pero si no le apetece, le digo que no hay nada que hacer…

Aggggggggggggg

Aggggggggggggg

Aggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg.

– ¿Lo han oído ahora?

– Yo querida, no he escuchado nada. Eustaquio, querido ¿Qué le digo al camarero? Por la cara que pone, le voy a avisar para que salga y se lo monten en la furgo esa de las antenas.

– Prefiero en los servicios.

– ¡Huy! Una lástima. Me han dicho que hay una avería en los servicios.

Aggggggggggggggggggggggggggggggggg.

Huy.

Chis pum.

Capítulo 5.

La fiesta no acabó para nada en la hamburguesería. Luego llegaron a casa y siguieron con el tema. Jorge quitó a dentelladas la camisa sucia a Ramiro. “Como me pone verte guarro”. Y luego hizo lo mismo con la corbata. “Cómo me pone verte guarro”. Y le quitó los pantalones en la escalera y los calcetines en el pasillo, casi delante de la puerta de su habitación.

– Huy, perdón. Creía que había entrado un pelotón de la policía o algo así. Me había hecho la ilusión de encontrarme con un grupo de de aguerridos policías, macizos, dispuestos a conquistarme. Pero no hay pelotón ninguno. Ni policía ninguno. Solo vosotros jugando a las prendas. Prendas guarras, además. Que decepción.

Era Carlos que se había asomado a la puerta de su cuarto para ver que era ese ruido tan estruendoso. Aunque en realidad se lo imaginaba con un margen de error del 0,000001 %. Pero como estaba un poco amargado y solo, le entraron ganas de tocar un poco los huevillos.

– ¡Qué decepción! – repitió un poco decepcionado doblemente: por la nula reacción de sus interlocutores a su amargura y porque no fueran 100 policías altos y dispuestos a jugar con él a los médicos.

Los amantes siguieron sin hacerle ni caso.

– Moriré soltero y virgen.

– No me toques los cojones, que no eres virgen – le espetó su hermano con un calcetín de Ramiro en la boca y mirándolo de refilón, que no le apetecía perder por completo de vista su objeto del deseo.

– Ya me pongo los cascos a todo volumen. O mejor, me voy a dar un paseo por Sebastopol. Será la única forma de no oíros. Hasta me ha parecido oíros en la tele, cuando hablaba el Presidente del Gobierno… soy un incomprendido. Ni mi hermano me entiende. Ni mi cuñado me entiende. Las dos únicas personas de mi vida a las que quiero.

Puso su mejor cara de víctima.

– agggggggggggg

– aggggggggggggggg

– agggggggggg

– agggggggggggggggggggggggggggggg

– agggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg

– Ves, ni caso. Siguen a los suyo y les da igual que yo les vea.

– Agggggggggg

– agggggggggggggggggggg

– aggggggggggggggggggggggggggggggg

– aggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg

– agggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggGGGGGGG

– La hostia, que potencia. Mi hermanito es mi héroe – afirmó a quien quiso escucharle, que era nadie, porque todo el personal de la mansión habían salido corriendo para escapar de los alaridos de la actividad amatoria de Ramiro el millonetis y de su marido, Jorge el camarero. No era que molestara exactamente, más bien les daba envidia. Aunque alguno aprovechaba y se llevaba al pariente o la parienta, y se inspiraban con ellos para una bonita noche de sexo, pasión y amor. Y sexo. Y sexo. Y pasión. Y amor. Y sexo.

– Porque los señoritos se quieren mucho – repetía Rebeca, la ama de llaves, sentada en la mesa de la cocina.

– Y yo no me como una rosca. – repetía dolido Carlos, el hermano, a pie de la acción, que aunque quería irse de allí, algo le retenía a pie de acción.

– Pero eso, Carlos, querido, es otra historia. La tuya, que no la de tu hermano – afirmó el narrador, ya que no había ningún personaje a mano para que lo dijera. Ningún personaje que estuviera libre, que Ramiro el millonetis y Jorge el camarero seguían a lo suyo, pero para el caso, pues no había nadie a mano.

– Pues es injusto – dijo de repente Carlos al narrador, girándose del todo y mirando fijamente a la pantalla del ordenador. – Es injusto porque con un par de líneas que les robemos a esos pesados, no pasa nada. Además, la gente odia leer de personajes que se aman por las esquinas que son la leche de guays, guapos, ricos…

– Oye, oye, que tu hermano no es rico. Y eso a la peña les gusta. Fíjate sino las series esas de Melrose Place y la de Sunset Boulebard, y la de Los ricos también lloran.

– Y Pasión de Gavilanes, pero es… es que los Gavilanes estaban muy buenos y salían siempre sin camiseta y eso es un aliciente.

– Le decimos a Jorge que se quite la camiseta. Mira, ahora mismo, se la acaba de quitar. Parece que nos escucha. Y está bueno.

– Pero mi hermano no me pone. ¡Es mi hermano, joder!

– Pero está bueno. Los lectores lo agradecerán.

– No va al gimnasio.

– Más natural. A mí no me gustan los cuerpos así muy de gimnasio.

– Por eso no lo has mandado a hacer pesas.

– NO. No va a hacer pesas porque no le gusta. Y lo sabes, que lo conoces mejor que yo.

– No tiene casi pelo en el pecho.

– A muchos les gusta así. ¿A ti te gusta el pelo?

– Bueno, un poco, pero sin pasarse.

– ¿Ves? Tu hermano está bueno. Gusta a los lectores. A muchos al menos.

– Ramiro tiene mucho pelo.

– ¿Te gusta?

– ¡¡No!! Por favor. No es mi estilo.

– Mira, ya está desnudo también.

– Joder, que no quiero mirar como trajina mi hermano.

– Es cierto, no debe ser agradable. Es como ver a tus padres.

– ¿Mis padres? ¿Mis padres en faena?

– Claro.

Carlitos se echó una gran carcajada.

– ¿De qué te ríes?

– Mis padres no hacen esas cosas.

– Hombre, al menos cuando os concibieron.

– Mira, no te metas en jardines… eso además no es de esta historia, como me dices a mí con mis tribulaciones.

El narrador se quedó con la cara torcida. Su mente estaba a cien, pensando y pensando. “Aquí hay tomate” “Aquí hay una historia”.

– Vale, dejamos el tema de tus padres – pero mentalmente se lo apuntó para investigarlo y empezar otra historia. “Los padres de Jorge el camarero”.

– Mejor – Carlitos seco. Se olía que el narrador retomaría el tema cuando Jorge y Ramiro no dieran más de sí.

– Volvamos a la camiseta de Pasión de Gavilanes y a tu hermano y tu cuñado.

– Que no es lo mismo.

– Pero ves, se quitan, más que en Pasión de Gavilanes. ¡Míralos! Están desnudos por completo y… ¡¡Oh!!

– ¡Bah! No es lo mismo – dijo Carlos mirando ostensiblemente hacia otro lado.

– Y mira que piernas más bonitas tiene Jorge.

– Las tiene bonitas sí – reconoció a regañadientes Carlitos. – Tiene unos muslos el jodido… y eso que no hace baile.

– Quítate tú la camiseta. Estás mazado. Y tienes unas cacho piernas…

– Es por el ballet.

– Venga, desnúdate. Para los lectores.

– No, que hacer frío.

– ¿Ves? Así no llamamos a los lectores. Deberías enseñar los pectorales, tus piernas de bailarín, que tienes unas señoras piernas, repito. Esos labios carnosos estupendos y ese metro casi 85 que tienes de planta. Y tu sonrisa.

– Oye, oye ¿Me has visto desnudo?

– Pues claro.

– ¿Y te gusto?

– Estás muy bueno. Y me caes bien.

– Pero no tengo pasta.

– Tu hermano tampoco. No seas llorón.

– Eso es cierto, que me sigue pasando una paga de chichimoni. Menos mal que le pongo ojitos a Ramiro y le digo un par de Guay, guau al oído, y me suelta algo más. Aunque para lo que gasto… pero tengo que ahorrar por si un día aparece un adonis que me quiera.

– Pero si tú solo quieres follar. Además, que pasa ¿Quieres conquistar a la peña con el dinero? Pues si que tienes confianza en ti.

– Pero como no gusto a la peña, para un “aquí te he visto y no me acuerdo”, pues buscaré un novio, así follo. A parte, a veces tengo miedo de quedarme solo.

– Pero si eres muy guapo.

– Pero debo ser soso.

– Que va, si me pones mucho.

– Pues pasa la pantalla y montémonoslo aquí mismo, en el jardín de Ramiro.

– Eso no se puede hacer.

– Woody Allen lo hizo.

– Pero porque era Woody Allen.

– Y tu eres… perdona, que me he olvidado de tu nombre.

– Mi nombre no importa. El tuyo es importante, que eres un personaje de la historia.

– Pero si no me has puesto más que nombre de pila.

– Me gustan los nombres de pila. Además, una vez puse el apellido de tu padre, lo que pasa es que no me acuerdo.

– ¿Ves? No tienes respeto por mi. Si no te acuerdas tú, se va a acordar el personal.

– Pues te bautizamos rápidamente.

– A ver que chorrada se te ocurre.

– Carlos de la Torre Estrusado.

– No me cambies el apellido. El primero era Herdaqués.

– Vaya. Me has puesto a prueba, tú sí que te acordabas. Bueno, pues “de la Torre” pasa a ser el segundo. ¿Te parece?

– Para lo que sirve… no me dejas protagonismo.

– Claro que sí. Estoy preparando una gran historia para ti. Y no te quejes que llevas casi dos folios por el morro. Tú y yo.

– Pero es porque te apetecía salir.

– Eres tú el que me has hablado. ¡Ah! Claro. Ya lo entiendo. Era para que te sacara más. Ha sido una estratagema.

– Aggggggggggggggg – Jorge.

– agggggggggg – Ramiro.

– agggggggggggggggggggggggggg – a dúo.

– ¿Y voy a gritar así de placer cuando hagas mi historia? Si es que me ponen los dientes largos estos capullos.

– Más. Vas a gritar más. Te lo digo yo.

– Pues entonces me borro de la historia.

– Si es que esta no es tu historia. Pero como te has empeñado…

– No, no. Me borro de esta historia y de todas las demás.

– No puedes, porque tengo cosas bonitas sobre ti. Vas a ser un gran bailarín y vas a triunfar.

– Pero yo quiero follar.

– Ya follarás.

– Quiero follar ahora.

– No hay nadie cerca.

– Pues haz que vengan.

– No se puede hacer así, hacer aparecer a personajes como por arte de magia.

– Me engañas. Quieres hacer de mi un triunfador en lo profesional y un apestado en lo personal. Solo, sin nadie. Eso te parecerá muy literario y dramático y cosas de esas, pero para mí es una jodienda una jodida jodienda. Ni se te ocurra. Acabaré llamando en mi camerino a Adri Kilmer para que me haga una paja rápida contra 200 euros. O al Richard ese, el que se ha quedado con el negocio tras la espantada del Adri.

– Adri Kilmer está fuera, no puede venir a hacete una paja. Y el Richard está muy ocupado ahora. No da a basto con toda la clientela que dejó Adri y con la suya propia.

– ¿Dónde está? Adri, quiero decir.

– En USA, grabando una serie porno.

– ¿Ves? No hay nada que hacer. No puedo tener sexo ni con un chapero.

– Pero puedes llamar a un amigo de Adri, Justin. Es muy bueno. O eso dicen. Va tras los pasos de Adri y Richard. – el narrador miró desde su atalaya al otro lado de la pantalla como preparaba Carlitos su cara más dramática – No te me pongas dramático e intenso, que no cuela.

– ¿Os lo habéis montado? – hizo caso omiso a la reprimenda del narrador. Le interesaba más su momento portera.

– No, para nada – pero Carlos no creyó ni una palabra al narrador. Y este narrador tampoco lo se creyó o se lo creyó o como se diga, que se había puesto nervioso de repente y le bailaban el orden de las palabras. Se estaba mintiendo a sí mismo, pero era por si Adri Kilmer lo leía y volvía hecho un mar de celos y le montaba el número. “Encima del Richard ahora te lo montas con ese novato, el Justin ese, con nombre de inglis”

– No me creo nada. Suenas a mentiroso.

– Yo no miento. – el narrador ha cruzado los dedos.

– Ya. Pues llamaré al Richar ese. Yo quiero alguien con experiencia.

– Vale.

– Dame su número de teléfono.

– 65034????

– ¡Si te lo sabes de memoria!

– Que va, lo tengo apuntado aquí. – mintió nuevamente el narrador.

– Vale, vale.

– Aggggggggggggggg – gritó Ramiro.

– agggggggggggggggggggggggg- contestó Jorge.

– agggggggggggggg – ridiculizó Carlos.

– Que potencia tiene tu hermano. Mira…

– Años de práctica. ¡Y no miro! No insistas. Se ha tirado a todo lo que tenía polla y que fuera mayor de 18 años. Y como Ramiro ha hecho lo mismo, tienen entrenamiento. No como yo.

– Pues con lo guapo que eres, será porque no quieres.

– Chico, eso me digo yo. Porque soy guapo a rabiar. Mucho más guapo que mi hermano. No va a parar. Y mucho más guapo que el Óscar ese y que Locatis. Y mira, ahí les tienes, después de tirarse a todo lo que tiene polla mayor de 18 años, ahí les tienes, esperando que saques tiempo para escibir su empalagosa historia de amor.

– Si no quieres no la cuento.

– Cuenta, cuenta. Así me dejas en paz.

– Si yo te dejaba en paz, pero eres tú el que se ha empeñado en hablar conmigo. Te recuerdo que te ibas a dar un garbeo por ahí. Está escrito.

– Pero se me han pasado las ganas. Estoy depre.

– Yo también un poco.

– ¿Ves? Deberíamos montárnoslo. Así nos consolamos.

– A lo mejor tienes razón. Emulemos a Woody Allen.

– ¿En tu lado de la pantalla o en el mío?

– En el tuyo, descarado, que al menos tenemos una habitación guay para montárnoslo. No veas como tengo la casa de sucia y desordenada. Y la nevera está vacía. Desde que se fue Adri no levanto cabeza.

– Pues pasa para acá – dijo un ilusionado Carlos.

– Pero a lo mejor no te gusto – al narrador le entraron dudas.

– Que sí que me gustas. Estoy un poco enamorado de ti – reconoció haciendo una caidita de ojos irresistible. – Vente. No seas bobo. Tengo chocolate en la habitación.

– ¿Y te puedo embadurnar el cuerpo con él y luego lamerte?

– Pues claro. Es uno de mis sueños eróticos.

– ¿Y… y…?

– Vente coño, que estás caliente.

– ¿Cómo lo sabes?

– Se te nota a través de la pantalla.

– ¿Sí?

– Sí.

– Voy.

– Ven.

– Que voy.

– Que vengas.

– ¿Sí?

– ¡Sí!

– ¡Qué nervios!

– Joder, que pesado.

– Voy.

Y por fin, fui.

Egggggggggggg

eggggggggggggggggggggg

ugggggggggggggggggggg

ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

– ¿Ves? Nosotros somos más variados en nuestros gritos – dijo un sudoroso Carlitos incorporándose del suelo.

Después de decir eso, se quedó apoyado sobre el pecho desnudo del narrador. Y se quedó profundamente dormido.

En un momento de la noche, Carlos abrió un ojo y se dispuso a hacer una pregunta.

– Oye, narrador. ¿Por qué hablas refiriéndote a ti en tercera persona?

– ¡Ah! – contestó el narrador un poco despistado.

– ¿Ah que?

– Bésame.

– Y Carlos le besó.

Capítulo 6.

En la oficina de Ramiro empezaron a correr las porras. Que si se lo montarían en el ascensor, que si en los servicios de la 1ª planta. Que si en los del restaurante. ¿En el de señoras o en el de caballeros? Cuando Ramiro organizaba una comida improvisada en el restaurante donde trabajaba Jorge, las apuestas iban sobre si aguantaría hasta los postres o si deberían esperar a que acabaran su encuentro para empezar a comer. Si los alaridos de guerra empezaban antes de entrar al comedor, la peña se distribuía por los locales de alrededor para tomar unas cañas y unos pinchos, que si no la espera se hacía muy larga. Porque prisa, lo que se dice prisa, no se daban. Al final, el jefe de Jorge preparaba unos suculentos pinchos para atrapar a los comensales de después y que no se fueran a la competencia. Pero los gritos eran tan desmesurados que algunos, mordiéndose las uñas de la envidia, se iban igualmente. Pero el dueño encontró la solución: montó una terraza fuera y ponía una barra supletoria allí. Ponía la música a tope, para molestia de los vecinos, y al loro.

Un vecino en especial estaba muy enfadado por la situación. Y amenazó con denunciar las molestias ocasionadas por los aullidos de placer de la pareja, así los llamó, y del bullicio de la clientela esperando a que el tema amatorio del día acabara. Y el público que se iba aficionando a ir a comer, aunque no fuera invitado de Jorge. Las mesas de la barra siempre estaban ocupadas, con muchos esperando a que quedara un sitio libre. Incluso había parroquianos que se juntaban unos con otros, como si se conocieran, pero no lo habían hecho con anterioridad, aunque en algunos casos nació una fuerte amistad con el lazo de unión de las artes amatorias de la pareja más famosa de la ciudad. Sin prensa, eso sí, pero los mentideros estaban llenos de dimes y diretes sobre el tema.

– Es que acabo de salir de trabajar, joder, que trabajo de noche – dijo a los municipales el quejoso vecino.

“Y me jode tanto folleteo sin comerme yo una rosca”, pensço,. Que no lo dijo en voz alta, aunque la municipal que le tomaba nota de la denuncia se lo olía.

Era la queja continua, la primera, y el pensamiento, el segundo, del vecino del primero. Y algo de razón tenía el hombre. Que ahí la terraza llena de personal, ansioso por comer (en todos los amplios sentidos de la palabra) y con una cerveza tras otra para hacer tiempo… algo de jarana era inevitable que se produjera. Y los gritos de los camareros anunciando el pincho que salía en ese momentos. “Pinchos de boniato con judías picantes”. “Pinchictos de beluga con sifón de altamira”. ¡¡Nos los quitan de las manos!!

– Este es el tercero – gritaba uno de repente. Se referían a “polvo”, que no a los pinchos.

– Yo he contado cuatro – decía otro.

– Así no comemos ni a las seis.

– Pero que potencia amatoria. Que cuerdas vocales, si se podían haber dedicado al belle canto – dijo una que se las daba de entendida, aunque no había pasado de “Carmen”.

Al final, el dueño del restaurante, por mediación de Carlitos, el hermano de Jorge el camarero, contrató al Richard, un chapero de renombre en el vecindario para que estuviera de guardia. Si el vecino protestaba, él subía con cara de chico bueno y morboso. Bueno estaba, morboso también era y era buena gente y se le notaba, y morboso (ya lo he dicho, pero es que es muy morboso, lo digo por experiencia), para que negalo, también era. Así que solo cogía el ascensor y se comportaba como él era.

¿Ascensor para el primero, diréis? Es que el Richard era un poco vago, alguna pega debía tener el hombre.

Y el vecino, nada más verlo, ponía ojos de pantera a punto de saltar sobre su presa. Y saltaba sobre Richard, que lo recibía con los brazos abiertos y se revolcaban en la escalera mismo, para que iban a entrar a la casa. Y los vecinos salían todos al rellano para ver las incidencias de la acción y algunos hasta aplaudían al final o en medio de una acción memorable. Una de ellas era Dña. Filomena, la del cuarto, que bajaba por las escaleras en bata y con sus zapatillas de gato (por el diseño, no por el material) que disfrutaba de la acción como una niña chica. Le recordaba su juventud, con su marido ya fallecido. “Mi Paco”, murmuraba con una sonrisa mientras veía al vecino del primero montárselo con el chico ese, el Richard, que parecía muy complaciente. Un día intentó incluso que subiera a su casa y le hiciera lo mismo, pero el Richard le dijo que solo se ponía así con otra polla de por medio. Ella le dijo que si era necesario, se compraba un dildo de esos. Pero el Richard, fiel a sus principios, le dijo que no, que la polla debía ser natural.

– Soy muy de pollas – le dijo con una sonrisa. – Pero le acepto la invitación a un chocolate con bizcochos, que su vecino no tiene ningún detalle, y eso que no paga mis emolumentos.

– ¿Y cuanto cobras?

– 150 la hora o fracción.

– Una pasta. Es casi mi pensión.

– Es que soy muy bueno.

– ¿Y no tendrás un amigo más baratito y que no sea tan de miembros viriles?

– Es que solo me muevo entre miembros viriles. Es mi pasión, ya se lo he dicho.

Richard bajó la cabeza para que no se le notara que había mentido. Pero es que el Sebas, que le iban las mujeres y se dedicaba en exclusiva a ese ámbito profesional, no creía que estuviera a la altura de Dña. Filomena. La señora le caía bien, que al fin y al cabo le aplaudía sus acciones y le invitaba a un chocolate con bizcochos todos los días que había faena con el vecino del primero.

Le dolía que Doña Filomena se quedara tan triste. Un día al irse, que tenía otra chapa en el otra punta de la ciudad, le dio un beso en los labios.

– ¡No se quede tan triste, Doña Filomena! Que se me parte el corazón.

– Es que me traes tantos recuerdos… mi Paco era muy parecido a ti, pero claro, no le iban los miembros viriles – necesitó aclararlo, no se fuera a creer el Richard que su marido era tan igual al Richard que también le iba lo otro.

– Y quisiera senrtirme mujer una vez más antes de morirme.

– Si usted es muy joven todavía. Y está como una rosa a punto de florecer.

– Si eres poeta y todo.

– Na, es que me gusta leer poesía. Tengo un amigo, que le gusta mucho leer, y suelo ir a su casa y nos tumbamos en el suelo y leemos juntos. Es un buen tío que su novio se ha largado por negocios y está muy triste.

– ¿Y os lo montáis?

– No – aseguró rotundo, mirando alrededor, por ver si le escuchaba alguien. No debía haber contado nada, que luego, a lo mejor Adri Kilmer lo leía y mandaba un matón para darle una paliza o algo, que era muy celoso del amor del Jaime ese.

– Y ese novio del tal Jaime. ¿Cómo se va por ahí, dejándolo?

– Es que es un actor famoso.

– ¿Lo conozco? – preguntó esperanzada la señora del cuarto.

– Eh… no, no creo. Es que es actor porno.

– Ah. Y me imagino que de pollas, o sea que es como tú, amante de los miembros. Una pena, porque a los que les va las hembras, si los tengo fichados. – Richard puso cara de susto al escuchar a Doña Filomena “esta mujer no me da más que sorpresas”- Es que en algo hay que pasar la tarde, mi querido Richard.

– Agggggggggggggggggggggggggg ggggggggggg gggggggggggggg aggrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr.

Chis pum.

– Ya han acabado, debo irme. Ha acabado mi guardia y tengo faena dentro de un rato.

Y Richard bajó las escaleras de la casa a punto de escuchar los aplausos de la concurrencia. Los unos esperando a que acabaran para entrar al comedor, que ya había hambre, y el resto de los parroquianos, por ser parte del espectáculo. El comedor se llenaba todos los días esperando que la acción tuviera lugar y disfrutar de los ruidos.

Un día en que no estaba prevista la visita de Ramiro, un comensal estaba tan empeñado en escuchar los jadeos y los gritos de placer, que el jefe de Jorge le pidió por favor que entrara en el servicio y se pusiera al tema.

– Pero eso no es justo ni legal.

– ¿Legal?

– Es un engaño.

– A medias, que tú estás aquí.

– Pero Ramiro no, y los gritos son por los dos juntos, no sé si me entiende.

– Pues le llamas y pones del altavoz.

– Es que…

– Es que va a dejar un pastón de propina. Y ha comido solomillo, o sea que es una buena mesa, ya lo sabes.

– Pero si ya llenamos todos los días. No es tan…

– Es que vamos a perder a un cliente, y se empieza por uno, y vete tú a saber…

– Pero la peña debe venir por la comida.

– La peña que venga, que pague, sea por lo que sea. ¿O me vas a perdonar el sueldo?

– No se ponga así, jefe.

– Pues al baño. Y a gritar.

Y Jorge se fue al baño. Y estuvo como ensayando un rato, pero no le salía. Se la estuvo cascando, pero no era lo mismo. Es que ni se ponía a tono.

Pero en esto llamó Ramiro su maridito. Y lo primero que le dijo es:

– Vete al baño que quiero follarte en la distancia. – Más que nada porque estaba en Nueva York viendo al Presidente de los Estados Unidos en la sede de la ONU, para disculparse por no haberlo invitado a la boda.

– Las premuras de tiempo, ya sabe. No quería ponerle en un compromiso – se disculpó en una conversación telefónica unos días después del evento.

– Pues iré en dos semanas a conocer al novio. Te aviso con tiempo – le dijo un poco antes de la llamda desesperada de Ramiro a Jorge en los baños del restaurante.

– ¡Ah!

– Quiero conocer al novio ese que le ha cazado. Con los que lo han intentado. Tengo un amigo que me había pedido recomendación al respecto. Y me ha dolido mucho decirle que era una pieza que ya estaba cazada.

– ¡Ah!

Y se pusieron las cámaras de los móviles. Y empezaron el tema, sexo en Nueva York, lo titularon, pero en lugar de señoras buenonas, y a veces con un poco de mala baba, ellos dos, buenonos y dispuestos y enamorados. Y con un buen feeling que para qué.

– Agggggggggg

– aggggggggg

– agggggggggggggggggggggg

– aggggggggggg

– Sigue, sigue mi amor, ahí, que me gusta tocarte.

– Agggggggggg

– agggggg

– aggggggggggggggggggggg

– Quiero verte más de cerca Ramirito.

Y Ramirito acercaba el teléfono.

– Agggggggg

– agggggggggggg

– aggggggggggggggggggggggg

– aggggggggggggggggggggggggggggggggg

– aggggggg agggggggggg

– aggggggg

– ehhhhhhhhhhhhhhhhhhhh

– ¡Joder!

– ¡Qué polvo más bueno!

– Agggggggggggggggggggggggggggggggggg

Chis pum.

La comuncación se cortó de repente. Por un movimiento extraño, Jorge intuyó que el móvil de Ramiro había caído a la taza del water.

– Una pena. Es el quinto en un mes.

Y suspiró. No por el móvil perdido, sino por el agotamiento que le había producido la acción. Se había superado: 1 hora. Y el cubículo del baño no era de lo más cómodo.

– Tengo que pedir que lo reformen para nosotros, ahora que somos atracción turística.- aunque ya se imaginaba al dueño diciendo algo así como: “No hay presupuesto”.

Jorge acabó de vestirse. Una pena que ese día no le pudiera dar sus calzoncillos rotos y ahora sucios a Ramiro. Se los subió y sonrio pensando en lo mucho que los iba a disfrutar cuando volviera de USA.

– Va a alucinar.

Salió del baño, cabizbajo. Se había dado cuenta de que lo echaba de menos, y no por el polvo, que también. No por la piel con piel, por sus manos buscando en su cuerpo. No por las suyas recorriendo el suyo. No por nada de esto y otras cosas en las que no vamos a entrar ahora. Lo echaba de menos por las peleas, por picarle, por los abrazos, por cuando le sonreía, por cuando se peleaban de aquella forma. Por cuando se comportaba como un niño chico y ponía cara de pilluelo, por cuando se negaba a levantarse para ir a trabajar, porque estaban tan agustito en la cama abrazados. Por como se revelaba cuando Óscar el secretario entraba como una manada de búfalos en celo para sacarlo de la cama y meterlo en la ducha.

Por las peleas.

Y luego las reconciliaciones.

Por la cara que ponía cada vez que le decía de ir al burguer.

Por como se manchaba la camisa una y otra vez. Por como no acertaba a abrir los sobres de ketchup y se los tenía que abrir él.

Por cuando iban al servicio y salían de improviso y se encontraban a los padres llevándose a sus hijos corriendo, tapándoles los oídos.

– Que poca imaginación. Con decirles que es el ruido de un elefante encerrado.

– Dos elefantes..

– Pues dos elefantes.

– O dos cerdos.

– Pues dos cerdos.

Y se reían. Y decían a la concurrencia: “Hoy no hay función, se siente”.

Y el resto de la concurrenccia prorrumpía en quejas.

– Es horario protegido – se excusaban señalando a los niños muy enfadados con sus padres por sacarlos en el mejor momento del restaurante “Serán bobos los viejos, si ya sé lo que eran esos gritos”, decían para sí, aunque callaban, que sabian que a lo mejor, sus progenitores no estaban preparados para saber que sus retoños sabían más de sexo que ellos mismos.

– Por favor, por favor. Es que sois nuestra esperanza. Es la prueba de que es posible el amor y la pasión. Si ya lleváis 8 meses y estáis como si os hubierais conocido ayer.

– Diez – respondía orgulloso Jorge. – que el noviazgo fue largo.

– Y conocer, conocer, todavía no nos conocemos. Nos queda mucho. Y tenemos ganas de hacerlo, eso es lo importante.

– Y encima con noviazgo largo – le daba un codazo Esther a su novio Alberto.- ¡¡Dos meses!!

– Si mi amor, pero es que no quiero que te escapes.

– Bobo. – contestaba una enfadada Esther. – Y encima dicen que no se conocen todavía, pero que quieren hacerlo. ¿Quieres conocerme, pichurri?

– Pero si ya te conozco.

– ¿Qué me gusta más, la merluza o la Lubina?

– Pues… – Alberto dudaba y presentía que si no acertaba, algo se rompería en el restaurante – La Lubina.

– ¿Ves? No me conoces. No como pescado. Te abandono. Anulamos la boda.

Así éramos nosotros – animaba Ramiro a la pareja. – Y acabamos casados por el obispo.

– ¿Éramos? Somos. – apuntillaba Jorge.

Y el público aplaudía sin reparo. Que buena pareja hacían. Los dos guapos. Uno rico y uno pobre. Uno de veintitantos y otro de unos cuantos muchos más. Los dos con buena figura. Uno con algunas canas perlando su cabellera, el otro con mechas de colores variados, dependiendo del tiempo y de las ganas de ir al peluquero. Los dos con unos labios dispuestos a besar, con una mirada limpia, con una sonrisa para cualquiera que se cruzara en su camino, salvo para el subdirector del banco, que a ese ni agua.

– Así hacen juego con tus canas – le decía para picarle por lo de las mechas, cuando se las ponía blancas.

Y se picaban.

Y se peleaban.

Y se reconciliaban.

Todo eso recordaba ahora saliendo del baño el pobre Jorge, cansado, no por la acción en el baño, que también, sino porque no tenía a Ramiro al lado para darle el aliento de vida que necesitaba. No se había dado cuenta hasta ahora, en la lejanía, de lo que lo necesitaba, de lo que lo amaba.

– Quien me iba a decir a mí, con lo que he sido.

– Y con lo que él ha sido – apostillaba Óscar. – y sé de lo que hablo, huy si lo sé.

Ni los aplausos de la clientela del restaurante donde trabajaba le animó. Ni la sincera felicitación de ese cliente que se había empeñado. Ni siquiera la propina generosa (4.500,00 Euzaros) le hizo levantar el ánimo. Bueno, la propina al menos le hizo sonreír y le dio un calambrazo en la columna.

– A medias – le dijo el jefe.

– Una mierda.

– Que te denuncio a hacienda.

– Que me largo.

– Vale, vale – reculó el jefe – no te pongas así, que era broma.

Chis pum.

Capítulo 7.

– Deja el restaurante. Trabaja para mí

– No.

– Te necesito.

– No es verdad

– Tengo un puesto para ti.

– No es cierto.

– Sí.

– No tienes puesto de camareros.

– Compro un restaurante.

– No quiero que hagas cosas de ricos. Quiero labrarme mi futuro.

– Te puedes dejar ayudar.

– No. Quiero hacerlo por mí mismo.

– Pues no vuelvo al restaurante ese.

– Es lo mejor.

– No, quiero volver.

– No vuelvas.

– Peeeeeeero…

– Corrompes mi trabajo. Ya solo me quieren por el espectáculo.

– ¿Y si compro el restaurante?

Jorge se paró en medio de la calle.

– ¿Has intentado comprarlo? Que te conozco.

Ramiro bajó la mirada.

– Lo has intentado. Y el idiota de mi jefe te ha dicho que con lo que gana ahora, ni de coña.

Ramiro movió la cabeza de lado a lado, remoloneando, diciendo que sí, pero sin que se notara mucho.

– Como has podido hacerlo sin decirme nada. No me gusta eso.

– Pero es que te noto que no eres feliz.

– Pues sí, lo soy, solo que… pues eso, que ya no estoy en el restaurante por mi hacer como camarero sino por mi hacer contigo en el baño. Si sabía que iba a ocurrir…

– ¿Sabías que nos íbamos a convertir en un espectaculo circense?

– No, sabía que no era buena idea de que fueras. Ese primer día te tenía que haber puesto en tu sitio y no dejar que me liaras.

– Lo pasaste bien.

– No se trata de eso, joder.

– Ya.

– ¿Y que hacemos?

– Pues voy a dejar el trabajo y buscaré otro.

– Y te pasará lo mismo.

– No, porque no vas a aparecer.

– Si eres famoso, que me dijo el otro día mi tía Kaleshi, esa que tiene 98 años pero que está como un sol de verano, que menuda pareja hacíamos. Que le habían dicho que ibamos a salir en el libro Guiness.

– Yo quiero ser camarero, joder. No actor porno. Para eso ya tenemos a Adri. Además, no creo que para tus negocios sea buena cosa.

– Huy, que va. Salvo tu amigo Enrique… por cierto, el otro día te cruzaste con él y no le diste a oler tus sobacos.

– Ramiro, por favor. Paso de Enrique, que es tu amigo, no el mío.

– Se la tengo jurada.

– Pues perdónale, así no tengo que hacer la pantomima esa de quitarme las deportivas cada vez que le veo y estás tú delante.

– O sea que si no estás…

– Pues no, si no estás no le doy a oler mis pies ni mis sobacos. Ni le digo hola.

– Pues muy mal.

– Voy a dejarme de duchar una semana y que huela. Así lo zanjamos.

– Es buena idea. Me pone caliente el olor a…

– ¿El olor a qué? No me estarás poniendo los cuernos, que yo no huelo nunca a sudor…

– Algunos días…

– ¡¡QuÉ!!!!

Jorge levantó el sobaco y respiró con ansias.

– No huelen.

– Hoy no, pero el otro día…

– ¿Qué otro día?

– No me acuerdo exactamente.

– Te lo estás inventando.

– Lo juro por Snoopy.

– ¿Snoopy? Pero ¿Quién jura por Snoopy hoy en día?

– Yo.

– Podías jurar por Pocoyó.

– ¿Y quién es ese?

– Déjalo, me agotas.

– ¿Y dónde me llevas?

– A pasear. No andamos nada.

– Estoy cansado, voy a subir a la limusina.

Jorge se dio la vuelta.

– Juanma, vete a casa, que volvemos andando.

– Ni se te ocurra.

– Claro que sí. ¿A que le notas fuera de forma?

– Mejor me callo, por si me toca alguna piñata – contestó prudente Juanma.

En ese momento, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis empezaron una lucha silenciosa pero sin cuartel a base de quién duraba más mirando al otro con cara resolutiva.

– ¿Entonces me voy? – inquirió al cabo de 20 minutos Juanma el chofeur.

– No.

– Sí.

– NO.

– S´SSSSSSSSSí.

– Que te despido.

– No lo va a hacer. Volvemos andando cogidos de la mano.

– Coño, eso me gusta.

– ¿Lo ves? Adiós Juanma. ¿Era así cuando lo conociste? Me tienes que contar como os enrollasteis.

– Ni se te ocurra – amenazó Ramiro a Juanma muy seriamente apuntándole con el dedo.

– Cuando se vaya de viaje, te cuento.

– No, porque me vas a acompañar.

– No está dentro de mis funciones.

– A partir de mañana sí. O sea que haz el equipaje que nos vamos mañana.

– ¿Mañana? – Jorge se paró y retuvo a Ramiro girándolo para enfrentar su mirada.

– ¿No te lo había dicho?

– Claro que no.

– Yo creo que sí, pero se te habrá olvidado. Con tantas comandas que debes recordar todos los días…

– No me toques las pelotas, Ramiro.

– Huy, pues ahora que me lo dices, me apetece.

– ¡¡NO!! Hoy no hay tema.

– No podemos dejar a la ciudad sin nuestro polvo habitual de las 23,30. Así que no te hagas el estrecho.

– Hoy no hay polvo de las 23,30 h. no me has dicho que mañana te vas. ¿Y cuanto vas a estar fuera?

– Tres días.

– ¡¡Tres días!! alucinante. ¿Y qué hago yo?

– Te vienes conmigo.

– Tengo mi trabajo.

– Te coges tres días.

– Eso hay que avisar.

– Dices que te has puesto malo.

– Y a las 12,05 h. con las noticias en la radio, sabe toda la ciudad que Ramiro el millonetis y su maridito, Jorge el soplapollas, están de viaje de negocios a París.

– Nos vamos a Moscú.

– ¿Moscú? Pero eso está lejos, y hace frío, y allí no les gusta los maricas como nosotros.

– Los maricas ricos les gustan un poco más.

– No me jodas.

– Ven.

– ¡¡No!!

– Nos lo pasaremos bien.

– Pero allí tendremos que follar en silencio, no mola.

– Eso sí, que no creo que si damos el espectáculo en plena Plaza Roja, el amigo presidente de todas las Rusias esté muy complacido y se haga el sordo.

– Cojonudo. Encima debo estar pendiente estos tres días que no te detengan por marica.

– No me van a detener.

– Eso dicen todos el día antes de que los detengan.

– No seas aguafiestas.

– O a lo mejor, un grupo de esos que patrocina el gobierno, te da una paliza y no te puedes defender.

– Va Juanma conmigo. Y llevo escolta. Los tres mosqueteros y el resto del equipo.

– ¿Los tres mosqueteros? Menuda escolta, si no tienen media hostia.

– Que te crees tú eso. No sabes de ellos nada. Te sorprenderías.

– Bobadas.

– Y loca.

– ¿Locatis? Ese si que es una gran escolta – se burló Jorge el camarero.

– Es que me da pena separarlos. Quiero que Óscar esté contento.

– O sea que ellos van y yo no.

– Oye, oye, que no vas porque no quieres.

– ¿Quién ha dicho que no quiero?

– Pues nada, vienes.

– No voy.

– Mira, me sacas de quicio.

– No puedo ir. Trabajo.

– Pero si me has dicho…

– Que quiero ir, no que pueda.

– Deja el trabajo, trabaja para mí.

– Joder, que no.

– Esto, perdonad, queridos jefes. – Óscar había aparecido de repente – esta discusión no lleva a ninguna parte y todos esperamos el polvo de las 23,30 h.

– No hay polvo.

– Claro que lo va a haber – dijo Óscar el secretario. – porque nosotros, Loca y yo aprovechamos para hacer nuestro propio polvo. Es que nos servís de inspiración y de tapadera. Con vuestro concierto, lo nuestro son susurros imperceptibles. Y la radio del obispado va a retransmitir hoy el polvo para animar a las gentes a que hagan más el amor y tengan hijos.

– Follar no quiere decir…

– Oye, oye, Ramiro el millonetis, que ya me sé la teoría. No me sermonees. No pagues la discusión perdida con Jorge conmigo.

– ¡¡No he perdido!!

– Sí lo has hecho – apoyó Juanma a Óscar.

– ¿Y tú no te habías ido?

– Con lo interesante que estaba. Y como no sé si al final mañana me voy a Moscú o no, pues estaba a la expectativa.

– Te vienes.

– No se va.

– ¿Qué más te da, si vas a trabajar en bicicleta?

– No voy a ir a trabajar a un restaurante de camarero, en una limusina.

– Deberías no ir a trabajar y venirte conmigo.

– Tengo una responsabilidad, Ramiro. Como tú tienes la tuya. Tu diriges muchas empresas y yo sirvo comidas en un restaurante. Tú a tu nivel, yo al mío. Te casaste conmigo y sabías lo que era y en lo que iba a trabajar. Así que ahora no te hagas el sueco.

– Y si me permitís, es lo que da vida a vuestra relación.

– ¡Cállate! – dijeron al unísono.

– ¡¡Bien!! – se dijo triunfante Óscar. Ya sabía que después de ponerse de acuerdo para mandarle a tomar el aire del norte, lo siguiente sería que se agarraran de la mano y corrieran hacia la casa para ponerse al tema. – Solo llevamos 10 minutos de retraso. Eso lo recuperan en un pis pas – le dijo a Manu, el segundo mosquetero, que esperaba ansioso con los técnicos de radio obispado.

– ¡Diez minutos y empezamos! – gritó a su vez al personal. – Todos a sus puestos.

Y todos se pusieron en sus puesto. Micrófonos a punto, los auriculares en las orejas, el personal de servicio del casoplón en las esquinas dispuestos a solventar cualquier petición tanto de los actuantes amatorios, como del personal de la radio del Obispo que estaban dispuestos y preparados para tomar el sonido con todo detalle del polvo de las 23,30 h. de Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, famosos ya en el mundo entero e inspiración de numerosas parejas que habían perdido el ritmo de su actividad sexual.

– ¡Vamos! – Dijo Jorge tirando de Ramiro.

– ¡Vamos! – Dijo Ramiro tirando de Jorge.

Lo único que uno tiraba por la calle arriba y el otro tiraba hacia la limusina.

Juanma lo solucionó en un pispas, haciendo un movimiento envolvente con el coche, ayudado de Óscar que sin comerlo ni beberlo los empujó al coche y cerró la puerta. Dio dos golpes en el capó y Juanma el chofeur arrancó sin contemplaciones.

– ¡Ya van! En la limusina. Ha costado, sí. Pero hazme caso, va a ser memorable. Dile a mi Loca que voy, que se prepare. Que se ponga ese liguero que le gusta tanto y me pone tanto. Lo vamos a flipar nosotros también.

Chis pum.

Capítulo 8.

Y se fue. Ramiro. Y se fue por la mañana pronto. Pronto, pronto, que ni habían aparecido las primeras luces en el cielo, ni se las esperaba en varias horas.

Y Juanma el chofeur subió al avión. Resignado, que le había dado penita dejar a su mujer y sobre todo a su pequeño, Bruno, de 15, que estaba un poco perjudicado después de un accidente en el campo de fútbol. “Tengo que enterarme bien de lo sucedido” Juanma no se acababa de tragar las explicaciones que le habían dado sobre el tema. “A la vuelta le pido a Manu el teléfono de Javi el policía y que investigue”.

Y Óscar el secretario también subió al avión.

Y Locatis, el novio del secretario.

Y Manu y Fito, el resto de Los tres mosqueteros. Así se conocía en el ambiente al equipo de asesores y asistentes más cercanos a Ramiro el millonetis.

Y otros 35 personas de séquito. Todos de absoluta confianza de Los tres mosqueteros.

Jorge no. Jorge se quedó tirado en la cama con la almohada entra las piernas, un pañuelo en la mano, y lágrimas en los ojos.

– Te echo de menos – lloró y relloró y requetelloró a la media hora de irse Ramiro el millonetis.

– No puedo vivir sin ti – lloró y relloró y requetelloró una hora después.

– Ayyyyyyyyyy – gritó un tiempo indeterminado después, pero fue poco, desde luego.

Y las lágrimas en sus ojos, y la almohada entre sus piernas.

– ¿Por que te has puesto la almohada ahí? – preguntó su hermano entrando en la habitación como un torbellino dispuesto a que su hermano dejara de llorar y le dejara dormir.

– Déjame en paz – clamaba Jorge.

– No te dejo en paz, no me dejas dormir.

– Pero si roncas cuando follamos y hacemos más ruido.

– Pero es que a eso ya me he acostumbrado. Y así sueño que yo follo y me corro por la noche. Me da gusto levantarme empapado en leche por la mañana.

– Guarro. ¿Esas cosas te he enseñado?

– ¿De verdad quieres que te conteste a eso?

– Guarro.

– ¿Yo? No. ¡Vosotros! Yo un pobre chico de 19 años, inocente. Casto y puro. Inocente.

– Si follaste a los catorce por primera vez. De inocente nada. Y de casto, vamos, lo que yo de monja.

– Inocente.

– Una mierda.

– Lo que tu digas.

– Buaaaaaaaaaaaaaa.

– Y dale. Pero si no se ha ido más que hace una hora y un poco. No me jodas.

– Es que le echo de menos. ¡¡Tres días!! ¡¡¡TRES DÍAS EN SILENCIO, SIN SUS AULLIDOS DE PLACER!!! Sin su piel para acariciar, sin su miembro para…

– ¡¡Calla!! Recuerda que soy inocente. Y sobre todo recuerda que eres mi hermano y hay cosas de tu vida de las que no debo enterarme.

– ¡¡ES QUE LO ECHO DE MENOS!!

¡¡¡¡¡¡¡¡BUAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!

– Pero si estuvo hace unas semanas en USA. Y tardó 5 días en volver. ¡¡Seis Días!!

– Es que es a más. Esos cinco días los aguanté. Pero estos tres más… buaaaaaaaaaa.

Cogió aire, mucho aire.

¡¡¡Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!

– Hala. Hoy no pegamos ojo, lo veo. Cambianos el “aagggggggg” por el “buaaaaaaaaaaa”.

– No tienes nada que hacer mañana. Te da igual dormir ahora o más tarde.

– Oye, que voy a ensayar. Que bailo a tiempo completo. ¡No te acuerdas? Claro que solo importa lo tuyo, lo de los demás no es sustancial.

– Me da igual.

– Ya lo sé, ya. Eres tú y tu maridito. Solo eso. A los demás que nos den. Los demás te importan un pimiento pasado.

– Eres injusto. Te he traído conmigo.

– Más bien Ramiro, que a ti te la traía floja. Todavía me acuerdo cuando le decías: “A mi padre le gustaría que en el paquete de salida viniera mi hermano Carlitos” y añadías poco después.

Pero nada, es una idea de mi viejo”. Y tú ahí, follando con Ramiro. A tu pobre hermano, al cual nadie le quería en esa casa, nadie le comprendía, y todo por hacer piña contigo, que si me hubiera adscrito a la cohorte de tus hermanos mayores, otro gallo me hubiera cantado. Kikiriki, kikiriki.

– Eso no es cierto. Viniste mucho antes de que follara con Ramiro. Y yo te he querido siempre, y te quiero, y sabes que si te pasara algo me moriría. Y perdona, pero no podrías haberte adscrito al bando de tus hermanos mayores, porque ellos no saben ni que existes. Pasan de ti como de la mierda. Y yo, desde pequeño, te acogí en mi seno, te cuidé, te acuné por las noches, jugaba contigo a todas horas.

– Pero porque me invitó Ramiro. Tú solo dijiste: “Es una idea de mi viejo, que si no te mola, pues na, que se joda”. – Carlitos no estaba por la labor de dar su brazo a torcer. Necesitaba un poco de cuerda, pero hoy Jorge no estaba de humor para darle cuenta.

– ¡¡Porque lo se lo pedí, no te jode!! Digo que se lo pedí, me lías y ya no sé ni lo que digo. Si no ¡¡De qué!! y la prueba es que nadie de tu familia vino a la boda.

– Estaban celebrando el habernos perdido de vista. ¿No te enteraste que se fueron de cena papá y los tus hermanos?

– No lo sabía ¡¡Qué capullos!!

– Creo que el subdirector del banco hizo más por mi venida a esta casa que tú.

– ¿Ese imbécil? Lo que me faltaba por oír. No te pases ni un pelo.

– Yo creo que Ramiro no puso pegas por si se daba que nos lo montábamos tú y yo ladrando como perros.

– Pero… pero qué cosas dices. ¡¡Carlos!!

Jorge se levantó de un salto de la cama y se encaró con su hermano “Carlos, mírame a los ojos”, que estaba sentado en una esquina de ella. “Carlos, no te escabullas, que te vas a enterar, no te jode”. “Carlos que me has cabreado”.

– Siempre te he querido y mucho, y lo sabes. Y si no hubieras podido venir a esta casa, no me hubiera casado. Y lo sabes. Por mucho que quisiera a Ramiro, tú venías conmigo.

– Va, va, ya será menos.

– Oye, que me estoy cabreando. Con este tema no me gusta que me piques.

– Te cabrean las verdades – Carlitos le guiñó un ojo a la nada, aunque estaba mirando a la pantalla del ordenador.

– ¿A quién le guiñas el ojo? Me estás sacando de quicio.

– Al narrador.

– ¿Qué? ¿Qué narrador?

– Cosas mías. Como ya has dejado de llorar, nos vamos a duchar y a ir de desayuno especial.

– ¿Qué?

– Sí, que como ya has dejado de mirarte el ombligo “que se me ha ido mi marido, que me ha dejado solo, bua, bua, bua, que la almohada entre mis piernas que si tal y que si cual. Pues ya está. Un cabreo es la mejor solución.

– ¿Y quién te dice que voy a querer salir contigo por ahí? Después de todo lo que has dicho.

– En lo que he dicho, algo de razón hay. Y tú lo sabes, porque se te está pasando el cabreo demasiado deprisa. Así que ponte las pilas y a la ducha. ¿O quieres que te frote la espalda?

– Una mierda.

– Ya, es que estoy tan bueno, que a lo mejor luego no puedes ponerte duro con nadie más.

– Pero qué te crees… que bobo eres. Presumido. Chulo de mierda. No me extraña que luego no folles con nadie.

– ¿Y como lo sabes?

– Me lo dijo el narrador.

– ¡Ah! ¿Y qué más te dijo?

– Nada.

– Me mientes.

– Como tú. Que “he hablado con el narrador”, como si eso se pudiera hacer.

Carlos fue al encuentro de su hermano para echarle la bronca con la cara pegada a la suya, pero una bronca, bronca, por dudar de su palabra. Dudar de que hubiera hablado con el narrador, que lo hiciera casi todos los días. Es más, que el narrador saltaba los límites de la pantalla cada noche para acostarse con él. Y entonces se dio cuenta de que no podía hacer eso: si insistía en lo del narrador, le tomaría por loco, y le volvería a llevar al psiquiatra. Y no quería pasar por eso de nuevo. Como el impulso ya lo había tomado, no le quedó más remedio que besar a su hermano en la frente y decirle, con un tono de coña, no se fuera a pensar.

– Te quiero hermanito.

– ¡Ah!

– Que expresivo. Podías haber dicho “yo también te quiero”. Pero no. “¡Ah!”

– Ya lo sabes – contestó un poco azorado Jorge.

– Si, lo sé, porque si espero que me lo digas alguna vez…

– Si te lo digo…

Carlos se quedó serio mirando a su hermano. Éste no pudo resistir la mirada, porque nuevamente sabia que él tenía razón.

– Vete anda, que me voy a desnudar para ducharme.

– ¿Te da corte? ¿Que te vea en pelotas? Estás fatal. Te digo:

Primero: ya estás desnudo y te veo la pilila. No te tapes ahora, bobo.

Segundo: te he visto desnudo un ciento de veces.

Tercero: nos hemos bañado juntos desnudos otro ciento de veces.

Cuarto: aunque te parezca mentira, no me pones lo más mínimo, aunque hiciera abstracción de que eres mi hermano.

Quinto: sí, me voy a mi cuarto de baño. Pero no me voy porque estés desnudo y me de corte verte, o peor, te lo dé a ti mostrarte. Me voy porque me estoy cagando, y eso sí que sí, lo hago solo en la intimidad.”

Y sin volver la cabeza atrás, se largó, apretando un poco el culo, todo sea dicho, que se le escapaba.

Interludio.

– No te quejarás, Carlos. Sin ser el protagonista, una escena para ti.

– He pillado cacho, es cierto. Pero no me has hecho un favor, que la historia requería mi aparición estelar.

– Pero si yo hubiera querido…

– Ya, ya, no me sacas y haces que una paja sanadora le resucite el ánimo. Con esta conversación se han introducido multitud de temas y posibles desarrollos futuros. Reconoce que mi presencia da mucho juego a la historia.

– No es eso… sí, han salido muchos temas, pero no te las des de indispensable, que te borro en un pis pas. Me cuesta menos borrar que escribir.

– Pues ya está: si lo has escrito y has gastado tu escasa energía (sobre todo desde que la gastas follando conmigo todas las noches), no puedes tirarlo a la basura borrando lo ya escrito y trabajado. Es de cajón el razonamiento.

– Na, no tiene importancia. Si el personaje se pone tonto, es mejor eliminarlo de raíz. ¡Ay! si pudiéramos hacer eso en la vida real. Borrar a las malas personas. O a los tocapelotas.

– Eso sería muy aburrido. En la literatura los que triunfan son los malos. Sin malos, no hay historias. No podrían brillar los buenos sin sus contrapuntos. Y por cierto, me he quedado con eso de que me comparas con las malas personas de la vida real.

– Tonterías – dijo muy expeditivo el narrador.

– Yaya, pues se acabó: no follamos más.

– ¿A qué viene eso? – el narrador daba vueltas a la cabeza en busca de las intenciones verdaderas de Carlitos.

– Vale – cedió tras sopesar diversas alternativas. A ver como reaccionaba.

– No, no no te vayas.

– Has dicho que…

– Bueno, pero no hace falta que te vayas.

– Está claro que solo follas conmigo por el interés. Me ha dolido. – la estrategia del victimismo se imponía.

– Al narrador no le duele nada. – sentenció Carlitos con aire despreciativo.

– ¿Cómo que al narr… ? – estaba incrédulo respecto a la afirmación que había hecho Carlitos. Ojos muy abiertos, boca igualmente abierta, gesto hosco, que le había fastidiado en grado sumo. “pero qué se creerá el personajillo éste”. – Es mentira. El narrador llora y siente. ¡¡Es un hombre como cualquier otro!! ¡Incluso más sensible que la mayoría! Por eso precisamente escribe, para sacar todo ese sentimiento que lleva dentro y que en la vida normal no puede exhibir. Y ama, como los personajes. Y ama a los personajes, aunque sean ruines, malo y aprovechados. Y no miro a nadie.

– Una mierda.

– Y a veces, llora por cada uno, siente a cada uno dentro de él. ¿Cómo si no podría contar al mundo como se sienten ellos?

– Es una mierda. Bobadas.

– No me entiendes.

– Eso le digo yo a mi hermano, y ni caso. No sé por qué voy a tener que ser distinto contigo.

– Porque ¿eres sensible?

– Bah.

– ¿Por que me quieres?

– Ni de coña.

– Eres igual que tu hermano.

– Una mierda.

– Me voy, no me quieres, no quieres follar conmigo. Me desprecias. Solo me quieres por el interés. Para que te de protagonismo.

– Haz lo que quieras.

Y el narrador hizo mutis por el forro.

– ¡¡Narrador!! Joder, que se ha largado. ¡¡Narrador!!

– JODER, QUE SÍ TE QUIERO.

Pero el narrador se había pirado en busca de un personaje más complaciente.

– Bocazas, Carlitos, eres un bocazas.

Capítulo 9.

Salieron a desayunar. Carlitos y Jorge el camarero.

Fueron como hacían de niños, al bar de las tortitas. Así lo llamaban. Ni siquiera sabían como se llamaba. Los dos solos. Jorge con sus 18 recién estrenados y Carlos, siendo un retaco de 12 años. Ahí se escapaban para huir de la indiferencia las más de las veces, o el desprecio de su familia.

Y cada domingo, muchos sábados, se escapaban e iban. Y las tortitas con mucha nata y mucho chocolate. Aunque a veces lo cambiaban por un chocolate con churros. O con pan tostado y mantequilla. O con nata. Nata de hervir la leche. La matrona del bar se lo ponía solo a ellos, recordando lo que hacía su abuela en el pueblo.

– Ya la nata no es la misma. Mi abuela lo hacía con la nata de la leche directa de la vaca. Era alucinante.

Y ellos felices. Lejos de su padre que los ignoraba, de su madre, a la que adoraban pero a la que apenas veían.

– ¿Por qué queremos tanto a mamá? – preguntó extrañado Carlos. – Nunca nos ha querido. Ha pasado de todos. No nos ha hecho ni caso.

– Quizás porque ha pasado de todos y no solo de nosotros, como papá y tus hermanos. Quizás porque no se cree más que nosotros, como el resto.

– Ni siquiera fue a tu boda.

– No la eché de menos. Te advierto que me hubiera jodido que hubieran ido. No me molan. Era un día para la gente guay.

– Yo sí. Yo la eché de menos. Pero es triste, porque si lo miras, joder es que toda la peña iba por Ramiro el millonetis. Tú y yo estábamos solos.

– Pero si no ha hecho nada por ti, salvo parirte. Y mira, que me la trae floja lo de la gente. No tengo amigos, es así. Lo sabía antes.

– Es verdad. Pero sabes, hermano, necesito querer a alguien. Es algo visceral. Al menos ella no me ha demostrado que le doy asco. Solo pasa de mí.

– Yo te quiero. – casi se le quiebra la voz de la emoción. Desde que era un bebé, Carlitos le había conquistado. O quizás se refugió en él de la indiferencia del resto. No le decía demasiadas veces eso de que lo quería. “Joder, qué bobo soy”.

– ¿Por qué crees que estoy vivo?

– Carlos, no digas eso. Vives por ti y punto.

– Es la verdad.

– Carlos…

– Si no fuera por ti…

– ¡¡Basta!! Que esto es un relato de risas. Dejemos nuestras miserias para otro día. Joder que me echo a llorar y la jodemos.

– Y estas tortitas están de muerte – Carlitos cambió también de tercio que veía que su hermano estaba acongojado y le daba palo verlo así y tal. Sobre todo después de haberle dicho que le quería, joder, que eso le daba subidón.

– Deberíamos venir más a menudo.

– Pero es que Ramiro, con eso de la cocinera, pues quiere darle un poco de jabón y que nos prepare los domingos un desayuno de esos de película americana o de hotel de cinco estrellas.

– Tú y yo solos. Sí, Jorge. Tú y yo solos. Aquí. Los viernes si no. O el día que libres en el curro. Joder.

– Es una idea eso de buscar otro día. O cuando se vaya de viaje, como hoy. Nos venimos y nos ponemos a tope con las tortitas o con el chocolate.

– Cuando vuelva Ramiro, lo voy a coger de los huevos y lo voy a traer aquí. A desayunar. Que le den a la cocinera. Es un vampiro, que lo sé yo. Da yuyu.

– Oye, oye, los huevos de mi marido ni tocar. Y la pobre es que es malencarada, pero es buena gente.

– Es una forma de hablar.

– Ya, ya, lolito. Que nos conocemos.

– Ya estamos. Soy inocente, casto y virgen.

– ¡Ja, ja, ja! Sobre todo virgen. Y ya con lo de inocente y casto, me parto la caja. Mira como me parto la caja.

Carlos puso su mejor cara de inocente indignado y se la dedicó a su hermano que estaba haciendo una correcta exhibición de caja partida por la cintura.

– ¡¡Hola Jorge!!

– Huy madre – murmuró Carlos llevándose la mano a la frente. Le acababan de entrar sudores fríos y en sus entrañas, notaba como se avecinaba tormenta.

¡¡Quietos parados!! Un adonis de casi metro noventa, rubio, con las facciones afiladas, sonrisa rutilante y pelo rubio platino, con un cuerpo que marcaba la ropa que llevaba, con brazos torneados, tronco fibroso adivinándose una tableta de chocolate cuasi perfecta y que adivinaba una V perfecta, una V que alojaba unos genitales apetitosos y dispuestos y un miembro recto y bonito, se había plantado delante de Jorge el camarero, dejándolo con la boca abierta, abierta, de la cual manaba una cantidad ingente de baba. “Te como ahora mismo y no dejo nada, nada”.

– Pau – balbuceó como pudo.

Después, Jorge emitió una especie de suspiro de amor, deseo o algo parecido.

– Estás estupendo – dijo el tal Pau, mirándolo con una sonrisa perfeta, enseñando una dentadura perfecta, blanca, brillante, en un rostro perfecto dentro de un todo perfecto. Es que el tal Pau es perfecto. Unas piernas perfectas, que partían de esa V perfecta, debajo de un tronco perfecto, y un cuello perfecto… y un miembro prefecto, que se le marcaba, como si la ropa fuera simplemente una segunda piel. “Hasta le noto la venas, por Dios”. Es un todo perfecto. Y encima lo miraba con cara de deseo y le había dicho que lo veía estupendo. “Por todos los diosoes del Olimpo, me está mirando con cara de querer” “¡¡¡¡La hostia!!!!”

– Tú, tú… tú también – consiguió decir Jorge, al que se le había hecho una bola en la boca con el último trozo de tortita.

Y es que la boca se le había abierto de repente. Jorge era muy de abrir la boca, ya estáis dandoos cuenta. Y Pau siempre había tenido esa habilidad. La de hacer abrirle la boca. Pero es que encima ahora, estaba mejor que nunca, la leche.

– Me he enterado de tu boda. ¡¡Felicidades!! Te mereces ser feliz. Y se te nota tan feliz… – lo miraba con esos ojos azules, mirada intensa, mordiéndose el labio inferior mientras sonreía.

Aunque Jorge el camarero no estaba para sutilezas y no se enteró de nada, todo en Pau sonaba falso, falso.

Para Carlitos, la cosa era distinta. La bombilla de los problemas se habñia encendido en su cabeza.

– ¡Ah!

– Te veo muy feliz. ¡Qué envídia me das! ¡Me da tanta pena no haber aprovechado cuando pude conquistarte! Eres tan atractivo, tan buena gente.

– ¡Ah!

Carlos le dio una patada a su hermano, con todas sus fuerzas, pero apenas consiguió ninguna reacción. “Éste es bobo, se ha quedado pasmado y no se entera de nada. Joder, que éste nos la arma”.

– Llevaba tiempo queriéndote ver. Incluso el otro día le dije a Carlos, que me lo encontré por casualidad en la Compañía de danza, por casualidad, no te creas. Hola Carlos. – lo saludó, pero ni siquiera lo miró. El tal Pau solo tenía ojos para Jorge el camarero.

– Hombre, hola. No está mal. Diez minutos en saludarme. – contestó malhumorado Carlitos, molesto por la aparición de Pau, por la respuesta de su hermano al encuentro y porque el tal Pau hubiera citado su encuentro días atrás, que él había decidido omitir a Jorge.

Paro Pau no hizo caso de Carlos y siguió atento a las reacciones de Jorge. No quería perder su contacto visual. Quería que Jorge solo tuviera ojos para él.

– Toma un poco de mermelada – le ofreció inesperadamente a Jorge el camarero. – Está tan buena ¿La has probado?

Éste miraba como embobado a Pau mientras cogía a cucharadas la mermelada que le ofrecía Pau.

Pau. Pau. Resonaba ese nombre en su cabeza. Pau. Pau. Lo que había estado enamorado de Pau. Y el poco caso que le había hecho. Esa perfección hecha cuerpo, esa sonrisa, ese culo… recordaba el culo, su culo en los vestuarios, ese… bla, bla, bla…. bla, bla, bla… todo, vamos. Perfecto.

– Pau – dijo en voz alta.

– Dime.

Pero Jorge no era capaz de articular palabra. Si hubiera tenido que levantarse, no hubiera podido, porque las piernucas se le movían sin parar; parecían de goma, “piernas de goma” le llamaban en el equipo de voley del instituto. Se había apuntado solo porque en él jugaba Pau. Y Pau pasaba de él. Creyó que apuntándose le haría caso, pero muy al contrario, solo sirvió para que lo despreciara. Es que era tan malo… y Pau era tan bueno… y estaba tan bueno… con su melena rubia hasta los hombros, melena que se ataba en una coleta que le hacía ser todavía más arrebatador. Aunque posiblemente a Jorge le hubiera dado igual que se hubiera rapado al 0. Con esos labios finos, siempre dispuestos a sonreír, aunque a la mayor parte de la gente le parecía una sonrisa de superioridad, de suficiencia. A Jorge siempre le había parecido una sonrisa de ángel. “Mi ángel” repetía una y otra vez al meterse en el baño y agarrar su cipote con saña y masturbarse para mitigar su calentura, su dolor de corazón. Bueno, en ese caso más bien su dolor de huevos. Y lo hacía en la cama, en su casa, en la ducha, en su casa o en el instituto. En su casa también. En los matorrales del parque. Todo era masturbarse a la salud del Dios Pau.

¡Dios Pau! Bendita la leche que sale de tu miembro”.

Leche que Jorge no pudo catar nunca.

Leche que el Dios Pau no creyó conveniente compartir con Jorge, al cual despreciaba, ya lo he dicho antes. “Si es un mindungui, ¿No lo veis?” decía a sus colegas. Colegas que luego se reían de Jorge en los pasillos del Instituto. Colegas que luego tiraban los apuntes al suelo de Jorge, le quitaba las gafas, que entonces llevaba gafas. Del gordo, que entonces Jorge era rellenito. No era gordo, pero tampoco era un super cachas como Pau. Los otros no eran nada del otro mundo, no vayáis a pensar. Pero ellos eran los líderes del Insti. Ellos marcaban las norma, el territorio. Y como ellos eran los líderes, daba igual que fueran feos, gordos o unos perfectos ignorantes. Marcaban a los amigos y a los apestados. Y Jorge era el apestado. “El camarero” que lo vieron alguna vez trabajar para su padre en algún evento al que ellos iban de invitados con sus padres. Y se lo lanzaban como un desprecio, “el camarero”.

Y Jorge el camarero trastabillaba con piernas que de repente se ponían en medio de su camino.

– ¡Torpe! – se burlaban riéndose a carcajadas, un poco excesivas y forzadas, que tampoco daba para tanto el tema.

– Mira si llegas a llevar la bandeja, Jorge el camarero.

Luego Jorge convirtió lo de “Jorge el camarero” en un nombre de orgullo. “Qué les peten”, se dijo un día al cabo de los años. Pero antes de esa decisión, la cosa era de ignominia y vergüenza.

Y le desaparecía la ropa del vestuario mientras se duchaba y tenía que salir a la calle en bolas a mirar en las ramas de los árboles a ver dónde la había lanzado. Y subirse a buscar sus pantalones, que en cosasiones estaban mojados. Pero él no se arrendraba y se los ponía sin decir nada, sin mostrar asco, que también tenía su orgullo. Y cuando salía desnudo, no se tapaba los genitales como hacía otros que habían pasado por los mismos episodios. El mostraba su anatomía al completo, cosa que le granjeó la admiración del resto del colegio y le facilitó algún que otro ligue posteriormente.

– ¡Miralo, si no sabe ni dónde deja los pantalones! Ja, ja, ja. – gritaban intentado que se sintiera mal. Pero no colaba. Aún rellenito, él se sabía atractivo a su manera. Y sabía que no tenía nada de que avergonzarse. Y tenía un punto exhibicionista, para que negarlo.

Y Pau. Miraba la escena sonriendo, de esa forma, con esos labios finos que nunca cató Jorge, aunque soñara con ellos todos los días. Y aplaudía a sus colegas por la imaginación. Lo cual indicaba los pocos recursos que en el fondo tenía el tal Pau en aquella época. Y por qué no, miraba con ganas de catar ese cuerpo que exhibía Jorgito el camarero”, pero que no estaba a su altura y que no se dignaría catar, porque sería rebajarse. “Un Dios solo está al alcance de otro Dios”. La de buenos polvos que perdió por ser tan divino.

Pero siempre llegaba un día en que Pau le daba una palmadita en la espalda, para animarlo. Y eso le daba fuerzas al pobre Jorge y le hacía concebir esperanzas: “Me va a querer, claro que sí”; “Y vamos a ser novios, vaya que sí”; “Y follaremos toda la noche, 3456 veces seguidas, porque somos la leche y tenemos mucha leche”.

Pero después de la palmada y de que Jorge tuviera ese empujón en sus esperanzas, ahí estaban sus amigotes para lanzarle un cubo de agua al salir a la calle ese día que hacía tanto frío. O en hacer que toda la clase se riera de él sacándole fotos desnudo en la ducha, incluso mientras se masturbaba seguramente pensando en Pau el Dios, aunque eso no salía en la foto.

– Llevo unos días recordando esas fotos tuyas en la ducha, haciéndote una manuela.

Jorge abrió mucho los ojos. “Esto es nuevo”. Nunca se había dado cuenta de que le habían grabado en el baño. Y mucho menos supo nunca que Pau lo había visto. Ahora entendía por qué la gente se reía delante de él cuando miraban sus portátiles.

– ¿Me grabaste?

– Sí. Me ponías mucho. Veía las imágenes tuyas en los vestuarios mientra te frotabas el cipote y me imaginaba que era mi mano la que te producía tanto placer. Pero salía con el entrenador de voleibol. Era muy celoso. Y debía mantener el secreto.

¿Te ponía?” “Si ni siquiera me mirabas cuando nos chocábamos” “¿El de voleibol? Si ese hombre era un adefesio, y olía a sudor.”

– Pero no le hagas ni caso – le dijo Carlos. – No jodas lo que me costó a mis 11 años quitarte a este pavo de la cabeza. Y ahora otra vez está aquí, con su divinidad de adonis, hijo de Poseidón.

Ni Pau ni Jorge escuchaban a Carlos.

Jorge cada vez tenía el rostro más perdido en los mundos de yupi. “Pero si parece que está puesto” se dijo en un momento Carlitos. “Si no supiera que no ha tomado nada, pensaría que se ha puesto ciego a algo”.

– Si quieres venir a casa, podemos recuperar el tiempo perdido. Te deseo tanto – dijo esto último en un tono que pretendía ser sensual a tope, pero que no quedó muy convincente, por lo menos a oídos de Carlos.

– ¡Ni se te ocurra! ¡¡Jorge!! – Carlos le agarraba el brazo y le zarandeaba, pero Jorge estaba como hipnotizado.

Pau se puso en medio de Carlos y su hermano. Con un movimiento de su brazo, empujó a Carlos hacia atrás, con tan mala suerte que chocó con la señora el bar que les traía un chocolate espesito y calentito. Y el chocolate espesito y calentitio cayó en su cabeza distribuyéndose por la cara y cayendo después por sus hombros.

Quemaba y Carlos corría a la cocina para meter la cabeza debajo del grifo. Maldecía y maldecía. Y aunque se dio mucha prisa, cuando salió, su hermano y el tal Pau ya habían salido cogidos del brazo. Más bien Pau cogía del brazo a Jorge y lo empujaba.

– Han salido guapísimos mientra se besaban – dijo la matrona mientra miraba a su marido de reojo, como recordando tiempos mejores y por ver si el otro se daba por enterado y le daba una alegría pastelosa. Pero el marido se hizo el loco y entró en el almacén para buscar una caja de Kas Naranja.

En esto, un joven se había acercado a Carlos y le enseñó la foto de su hermano siendo besado por Pau.

– Mira como se entrega tu hermano. Ramiro el millonetis se va a poner contento. Me va apagar la foto a precio de oro. Con esto me retiro.

– Ramiro el millonetis sabe como besa mi hermano. Y ese beso, no lo da, se lo dan. Así que olvídate de la pasta y del escándalo.

El chico hizo un gesto de “A mí que me importa lo que digas”.

– Se lo voy a enviar ahora mismo.

– ¿Y a ti que te va y que te viene?

– Me gusta joder a las parejas felices. Si yo sufro por amor, que lo hagan los demás. ¡¡Fuera el amor y la felicidad!! ¡¡Mueran las parejas felices!! Y si me gano una pasta, pues mejor que mejor. Primero le mando la foto y si me da pasta, le mando el vídeo.

Carlos pensó por el maleficio que había hecho que ese día en que iba a disfrutar de su hermano como hacía tiempo, se había convertido en una sucesión de encuentros con personas de mirada turbia y mentes con los tornillos desajustados. Confió en que Óscar retuviera la información. El móvil de Ramiro no lo sabía nadie. El móvil que todos tenía era el de Óscar, que hacía de pantalla.

El hombre se fue triunfante.

– ¡He jodio otra pareja!! ¡¡¡Bien!!! A por la siguiente.

Incluso dio un pequeño salto de alegría, pensando en qué iba a gastar la pasta que le iba a dar Ramiro el Millonetis.

Carlos se quedó cabizbajo, mientras observaba al joven alejarse del bar.

Y la matrona de la cafetería, de repente se quedó como embobada.

– Señora matrona. ¿Qué la pasa?

Pero solo alcanzó a sonreír como una boba.

– Huy madre, la misma sonrisa que la de Jorge.

– ¿Que has comido, Mamá? – preguntó su hijo, un mozalbete con 18 recien cumplidos en el que Carlos nunca había reparado pero que en ese momento atrajo toda su atención. Un brillo especial lo envolvía e hizo que Carlos casi se olvidara hasta de como se llamaba. Objetivamente no era para tanto, pero como hacía tanto tiempo que no ligaba… que se mantenía a base de refrotarse consigo mismo… a parte de lo del narrador, que eso parece no contar, claro. El hambre, ya se sabe. Y es evidente que Carlos estaba hambriento.

– Manuela (Pobre mujer, hablando de manuelas y da la casualidad que la matrona se llama Manuela) ¡Que te pasa! – su marido salió de la cocina alertado por el tono de preocupación de su hijo.

– Ha comido de esto, de la mermelada que le gusta a tu hermano.

– ¡¡Hostias!! Está envenenada. Guardemos un poco en esta bolsa, como si fuera CSI.

– Pareces policía – dijo el hijo de los hosteleros con ojos de admiración intelectual y una cierta admiración física, que le hizo una radiografía a Carlitos en un par de segundos, viendo su cuerpo de bailarín, con esas piernas y esos brazos potentes, potentes. Y otras cosas, que no citaré, potentes también.

El chico de Manuela sonrió. Y Carlos, sonrió también. Y sus sonrisas se encontraron en el espacio que los separaba, construyendo de la nada, un todo de deseo y pasión. En esas sonrisas estaban sus cuerpos pegados, sus miembros palpitantes, sus labios besándose, sus manos recorriendo sus cuerpos, las de uno el del otro y viceversa.

En un plis, juntaron sus manos y salieron corriendo. Sin despedirse ni nada, olvidándose de la pobre matrona, ahí, como una estatua de sal a punto de desintegrarse en partículas infitesimales. Y Carlos tiró del chico, del que no sabía siquiera el nombre y lo llevó a un pisito de 34 m2 que tenía en el vecindario; era su refugio secreto. Y lo pagaba con los dineros que le daba Ramiro, su cuñado.

– ¿Seguiría siendo su cuñado después de eso?

Fue una pregunta rayo. Aparece y desaparece. El hijo de la matrona y el hambre tenía prioridad absoluta. Luego se ocuparía de su cuñado y compañía. De momento, para una vez que podía ligarse a un tío bueno así, sin más, no lo iba a desaprovechar. Total, Jorge estaría en lo mismo con su amado Pau. (Ya se le había olvidado lo de ser drogado, la mermelada y la matrona, la pobre, y su marido, el pobre, que se quedó con todo el embolado él solo, él que no era nada resolutivo, que para eso estaba su Manuela o en su defecto, su chico; pero Manuela estaba OFF y el chico estaba en modo “polvo a tope”).

Luego arreglaría el embolado, pensó Carlitos en un breve momento de lucidez, mientras volaba tirando del hijo de la matrona. Pero ya que se había peleado con el narrador, se iría a matar penas y gritar de pasión con el hijo de la matrona, que estaba de vicio. ¡Viva el hijo de la matrona!

– ¡Qué te den, narrador! – Gritó silenciosamente mirando a la pantalla – mira como me lo voy a montar con el pavo éste.

Capítulo 10.

– Ramiro, estás enfadado y no tienes razón.

– No estoy enfadado.

– Sí lo estás – afirmó decidido Óscar.

– ¡¡No lo estoy!! – gritó Ramiro.

-¡¡¡¡¡SÍ LO ESTÁS, COJONES!!!!! – gritó más fuerte Óscar, el secretario.

El resto del séquito hizo mutis. Miradas al suelo, o de reojo para ver el panorama sin que se notara. Visto que la cosa amenazaba tormeta con rayos, truenos y centellas, desaparecieron a una velocidad equiparable a la de la luz. Todos eran empleados antiguos de la empresa y conocían los prontos de su jefe, prontos que desde la aparición de Jorge en su vida, habían desaparecido. Pero nadie quería recordar viejos tiempos y sus consecuencias. “Despedido, despedido, despedido”. Que luego nada de nada, pero que el susto te lo llevabas igual

Es que lo dice de una forma que parece de verdad, jopetas”.

Y todos cuentan historias que alguno de esos “despedido, despedido”, al final pues resultó que fue despedido. Aunque eso no se sabe muy bien si es una de las muchas leyendas urbanas que pueblan nuestras vidas y que las hacen más interesantes.

Óscar imperturbable, mantenía fija la mirada de su jefe.

– ¡¡Qué!! – le espetó éste de malas formas.

– A mí no me asustas, Ramiro el millonetis.

– Pues deberías.

– Tengo callo de tu mala baba.

– ¿A que te despido?

– Hazlo – retó Óscar.

Ramiro bajó la cabeza y se dio la vuelta para que su secretario no pudiera mirarlo fijamente. Óscar tenía una mirada profunda que siempre le había desarmado. Le conocía muy bien, le tenía cogido el tranquillo.

– Tenía que haber venido. Lo quería a mi lado. Lo organicé todo – se quejó amargamente en voz baja.

– ¿Lo organizaste? – las alarmas sonaron en la cabeza de Óscar “La madre que le parió, la que se va a armar como se entere el otro”. De repente veía peligrar el estilo de vida sin altercados de gravedad que había adquirido desde que la relación de Jorge el camarero y Ramiro el millonetis se asentara. Se vio de nuevo mandando a templar gaitas a los hombres deshechados. A los malos humores. Veía su relación con Loca rota en mil pedazos. “Loca, mi amor” gritaba en su alterada imaginación en su despedida.

Ramiro empezó a andar hacia los ascensores del hotel. Jorge detrás, inasequible al desaliento. O a la fuerza ahorcan, intentando salvar la nave del naufragio.

– ¡¡Ramiro!! ¿Qué has hecho que no nos has contado? No me jodas – Óscar echó a correr para alcanzar a su jefe con una cierta cara de susto que consiguió controlar al enfretar la mirada de su jefe de nuevo. “La madre que le parió, le mato”. “Disimula, disimula”. “Le estrangulo”.

– Compré el restaurante y el jefe ese como se llame, tenía órdenes de dejarle libre estos días.

– ¿Qué has comprado el restaurante?

– ¡¡Claro!!

– Y Jorge no lo sabe. Es más, le dijiste y él te dijo ¡No!

– NO.

– ¡Te dijo NO!

– Pero quería decir sí.

– Una mierda. Quería decir NO. NO quiere ser tu sombra. No quiere ser tu protegido. Quiere ganarse su sustento. Quiere ser él. No quiere ser tu mantenido. ¡Por eso te gusta, joder! No como la caterva de aprovechados que te han rodeado toda la vida.

– Paparruchas.

Lo mato, lo mato, lo mato” “Adiós Loca. Mi mundo tan bonito se derrumba”. “Nuestro amor será imposible.” Tendré que recorrer el mundo buscando a sus amores, convenciendo a los deshechados que era mejor que lo olvidaran, consolándoles si fuera menester”. Intrigas palaciegas para conquistar el corazón y de paso la fortuna de Ramiro el millonetis.

Entraron en el ascensor. Había otros clientes del hotel pensando en subir también, pero la situación era tan tensa que a todos les entró unas repentinas ganas de mirar las plantas del hall.

– ¡¡Quiero que esté conmigo!! ¿Es tan raro?

– Pero no haciendo cosas de Ramiro el millonetis. Él no es tu sombra. Es él. Y quiere seguir siéndolo. Y te gusta por eso, ¡¡¡JODER!!!

– ¡¡Soy Ramiro el millonetis!! ¡¡Y soy tu jefe!! No te olvides. Parece que estás de su parte. Y él no te va a pagar tu sueldo con su sueldo de camarero. ¡¡No lo olvides!! – Ramiro amenazó con el dedo a su secretario.

– Durante unos meses has sido un hombre enamorado de Jorge el camarero. Te has olvidado de eso.

– ¡No me olvido! Por eso estoy así, cojones. No puedo estar sin él. – gritó. – ¿Te enteras de una puta vez?

– No estoy sordo, Ramiro el millonetis.

– Te la estás jugando.

– Fíjate que miedo. Los demás estarán cagando, a mí me la trae floja, ya lo sabes. Me conoces lo suficiente, Ramiro el millonetis.

– Joder, no sé por qué te contraté. Siempre me has caído como el culo.

– Me has contratado porque precisamente me la trae floja y no me dejo intimidar por tus exabruptos. Recuerda que tus anteriores secretarios apenas te duraban 2 ó 3 días.

– Que te den.

– Ahora que lo vas a dejar con Jorge, lo conquistaré – le salió así, sin pensar. El subconsciente. Cuando Jorge le preguntó si se había enamorado de él cuando follaron una noche de frío invierno del mes de junio, al filo del amanecer en el cuarto que tenía alquilado en una pensión de mala muerte del barrio de las locas. Fue memorable. Los dos bebidos, los dos puestos de algo más que alcohol, pero aún así, lo que nunca le había pasado, ese chico, Jorge, siempre triste, siempre apagado, como olvidado de los hados del Cielo, le hizo sentirse bien consigo mismo. Y eso nadie lo había hecho hasta entonces. Pocos después de aquello. Loca quizás, pero era distinto.

– ¿Y Loca? Vamos, dile que le dejas por Jorge. Ten cojones. Voy a llamarlo para decirle que estás con él porque no tienes nada mejor.

– No seas capullo. Eso no es cierto.

– Una mierda. Eres un puto arribista. – Ramiro pasó al ataque.- Me quieres quitar al marido.

– Haremos un matrimonio a tres – intentó imprimir un tono de coña, pero no le pareció convincete. Se había metido en un jardín lleno de hierbajos y malas hierbas. “Loca, por favor, perdóname, te quiero, vaya que sí”.

– Estás chalado. Y no voy a dejar a nadie. Así que olvidate de Jorge. Te estaré vigilando por si lo incitas a ponerme los cuernos.

– Él te va a dejar a ti. La estás cagando, Ramiro el millonetis. En cuanto se entere de lo del restaurante. Ya puedes deshacer la operación.

– No se le ocurrirá dejarme. Lo destruiré. Y a su hermano. Y a ti. Y al mundo entero si se tercia. Y ni sueñes que vaya a echarme atrás en la operación.

– Claro que sí. Porque te has olvidado de por qué te enamoraste de él y quieres convertirlo en otra persona.

– Buenas noches.

Ramiro y Óscar se giraron hacia la puerta. Estaban tan acalorados discutiendo que no se habían dado cuenta de que el asccensor se habían parado. Un rubio estupendo (otro rubio, por Dios) con una sonrisa de medio lado y unos ojos azules brillantes, les miraba dubitativo. Miento. Solo tenía ojos para Ramiro el millonetis. Y lo de dubitativo, era a todas luces una pose seductora. Una nube de tormenta envolvió la cabeza de Óscar. “Este viene a por cacho, la de veces que he visto esa mirada en las noches de caza”.

– ¿Subes o bajas? Por entrar o no. Aunque viendo lo presente me da igual y creo que voy a entrar de todas formas e iré donde tú vayas. – y miró de arriba a abajo a Ramiro el millonetis.

– ¿No nos conocemos de algo? – inquirió suavemente después de un rato de silencio.

– Esa es la excusa más antigua para iniciar una conversación – escupió Óscar – De primero de ligoteo en las saunas. – “Joder, joder, que viene tormenta”.

– Más bien para iniciar una conquista – contestó el aparecido del ascensor, sin tan siquiera mirar a Óscar el secretario. – No me puedo resistir a un pedazo de hombre como éste – y recorríó con la vista el cuerpo de Ramiro de arriba a abajo.

Óscar el secretario estaba a punto de saltarle a la yugular. Para él era tan evidente las intenciones de ese hombre… “Y el gilipollas de Ramiro parece embobado de repente”.

– ¿Y dónde estabas tú que no te había visto antes? – el tono de Ramiro era el de un corderito camino del matadero.

Joder, joder. Tengo que hacer algo, pero ¿Qué?” Pensamiento desesperado de Óscar.

– ¿Y tú? – el aparecido le hacía ojitos. Vaya ojitos, por favor. No es de extrañar que Ramiro el millonetis estuviera obnubilado.

– Ramiro, debes subir a cambiarte para la recepción con el Presidente.

– ¡Ah! Eres tú Ramiro el millonetis. Son Sven, del gabinete de protocolo. Venía a concretar los detalles del encuentro. Contigo, sin intermediarios. Sentados uno junto al otro, nuestras piernas rozándose. ¿Me dejarás besarte ese cuello fuertote que gastas?

– Manu se encargar… – intentó decir Óscar, pero Ramiro le puso la mano delante de la cara en señal de “Para, majadero, no me jodas el ligue”.

– Ya me encargo yo personalmente.

– Ramiro, no me jodas.

– A eso voy, Óscar, a joder. No contigo, no te asustes. Y por cierto, estás despedido.

– Una mierda.

– Dos.

– Ramiro.

– Me voy con Sven. – voz de cordero degollado.

– ¡¡Ramiro!! – voz histérica.

Óscar intentó ponerse en medio pero tropezó con algo y aunque intentó evitarlo moviendo los brazos muy deprisa, como si intentara convertirse en un pájaro y volar, al final acabó cayendo al suelo. Ramiro pasó por encima de él y cogió la mano del tal Sven.

– Así no te escapas.

Lo último que vio Óscar es que giraban por el pasillo del fondo y que empezaban a acercar sus bocas.

– Mierda, mierda, mierda. Ha dicho “Así no te escapas”. Esto no es normal. Ni en sus mejores momentos de pasión ha dicho semejante cutrez.

Hablaba solo. Una camarera de planta que acarreaba su carrito lleno de ropa de camas varias y la fregona a modo de lanza en ristre, lo miraba con desdén con un pitillo colgando de los labios.

Cogió el teléfono y llamó a Manu, que estaba en plena sesión de friegas y refriegas, con un masajista rubio, rubio, (¡Otro rubio, por favor!), con unas manos de esas que te hacen soñar y un par más de cosas que también hacen soñar. Y el hombre las empleaba todas con suma destreza. Como ya no podía contar con sus compañeros para encuentro sexuales, que de repente todos habían encotrado el amor, “qué cursilería, lo del jefe es contagioso”, él buscaba consuelo dónde podía. Y el rubio, rubio masajista era una muy buena opción para este viaje a las Rusias. Cogió el teléfono con desgana. Pero ante las noticias de Óscar, Manu no lo dudó: salió escopetado de la sala de masajes. Salió tan escopetado que se olvido de vestirse y de darle el número de teléfono al masajista. Se olvidó hasta de su idea de llevárselo de extranjis a España en el viaje de vuelta. “Lo facturo y punto”.

Manu a su vez, mientras corría desnudo por los pasillos del hotel, llamó a Fito. Éste estaba en medio de una bacanal que había organizado con una semana de antelación. 17 chicos estupendos y él en medio. Todos con todos, pero lo más importante, todos con Fito. Era su sueño desde que tenía 15 años y su madre había decidido regalárselo por su cumpleaños. Y que mejor que hacerlo en Rusia.

– ¡17 chicos estupendos! – gritó desesperado Fito mirándolos con pena mientras corría pasillo arriba, hacia el ascensor. – Y al Ramiro se le ocurre irse de bolos. Cuando se entere mi madre de que he tenido que dejarlo a medias, me deshereda.

Fito entró en la habitación de Óscar poniéndose un jersey. Y Manu entró sin nada y sin nada que ponerse, y sin intención de hacerlo.

– Joder, encima esto – y les mostró la foto que acababa de recibir de Jorge besando al tal Pau. – el que la envía piensa que la recibe Ramiro. Y pide una pasta por un vídeo.

– Esto es un montaje. Jorge está drogado. Y tú deberías saberlo que le has conocido antes. Tiene la mirada perdida, perdida. ¡Miradlo!

Óscar miró la pantalla con más atención.

– ¡Joder! Esto es una crisis. Es peor de lo que pensaba. No puede ser casualidad que ese rubio despampanante – fue un “ese” absolutamente despectivo – se acerque a Jorge el mismo día que el rubio ese – este segundo “ese” fue más despectivo si cabe – ataque las defensas bajas de Ramiro.

– Pero… – Manu no acababa de ver la confabulación. – a ver que se han peleado y ahora pues tienen un rollo. Mañana agua bendita y a mirar palante. Una canilla al aire y punto.

Fito meneaba la cabeza de lado a lado. Dudaba sobre si hablar o callar. Al final habló.

– A mí el otro día, salí por ahí de caza, ya sabes.

– ¡¡Fito!! – dijeron al unísono Óscar y Manu. Fito era peligroso por las noches, buscando ligue por los garitos. Se había metido en cada una… y sus amigos siempre debían ir a sacarlo del atolladero.

Fito levantó las manos para implorar silencio a sus amigos y de paso un poco de clemencia. Y continuó. “Al fin y al cabo no he tenido que llamaros hace al menos un par de siglos”.

– Y pues escuchaba comentarios de tal y cual, del amor de Ramiro y Jorge, que parece que ha calado en la gente y tal, todo el mundo habla de ellos y de sus polvos, sobre todo desde que la radio del obispo empezó a anunciar la retransmitión de la sesión nocturna de ayer, por cierto que fue memorable. Que sincronía, que ritmo, que…

– ¡Al grano, joribia!

– Huy joribia, que cursi.

– ¡Fito!

– Se te ha contagiado el humor de tu jefe.

– ¡Fito! – acució Manu.

– Que es también el tuyo. – apuntilló Óscar.

Los tres se quedaron mirándose. En concreto Óscar y Manu miraban a Fito y éste alternaba entre los otros dos.

– Pues que alguien me dijo así con mucho misterio que no les quedaban más de tres telediarios. Que había mucha gente interesada en que el matrimonio fracasara. Había muchos candidatos despechados al trono de ser el marido de Ramiro el millonetis y tener acceso a su fortuna. Y algún que otro allegado que…

– ¡¡Sigue joder!!

– … pues que – Fito se hacía el interesante – algún allegado a lo mejor intentaba que fracasara para quedase con la herencia. Y algún resentido buscaba desquitarse, vengarse, mandando a restragarse por el fango de la traición y el desamor a Ramiro el millonetis y ese arribista, Jorge el camarero, un sinsorgo sin oficio ni beneficio.

– Pero eso es una tontería. Todo es una tontería. Antes que cualquier allegado a Ramiro, que todos sabemos que los tiene muy lejanos, pero muy lejanos, nos lo dejaba todo a nosotros, fíjate lo que te digo. A parte que todo eso suena a que lo van a matar o algo así… – se calló de repente.

– Sí, lo sería si no estuviéramos aquí, tú en pelota picada y yo con los calzoncillos del revés; y Óscar con la ceja sangrando y con un cabreo del quince.

Fito aprovechó para colocarse al menos las gomas del calzoncillo bien para que no le pillara un huevo que empezaba a protestar con bastante insistencia.

Manu se puso en jarras: le daba igual estar desnudo. Total, sus amigos y él habían compartido muchos momentos de pasión desenfrenada. Solos o en compañía de otros.

– Óscar se palpó la ceja. Solo sangraba un poco. Ni se había percatado de la circunstancia.

– Llama a ése que te dijo.

– Si no sé el número.

– Llama a ese policía que fue novio tuyo. Seguro que lo encuentra. Y luego que busque a Jorge. Y a Carlitos, por si las moscas.

– No le voy a molestar a Javi para eso. Si es una bobada…

Manu y Óscar se quedaron mirando a Fito fijamente.

– Para no creer en la conspiración… vale, vale, ya le llamo. Joder el carácter del jefe se os ha contagiado.

Fito estuvo rápido para eludir los cachivaches que sus amigos empezaron a lanzarle a la cabeza.

– Si me dais la razón.

Pero no dijo nada más, porque le cayó encima el contenido de una cubitera que había usado para enfriar una botella de champán. Sin botella ya, que alguien se la había bebido a la salud del zar. O de la vida.

Capítulo 11.

– ¡¡Policía!!

No hubo “abran la puerta”. Los GEO directamente la derribaron. Entraron. Con sus cascos, sus chalecos antibalas, las armas apuntando a lo que pudieran encontrarse. Andaban con las piernas flexionadas, dispuestos a saltar cual tigres de Bengala a la yugular de la presa.

– ¡¡Quietos parados!! ¡¡Ni moverse!! ¡¡Ni pestañear, que te veo, julandrón!!

Otro grupo asaltó la casa por la ventana. Cristales rotos, los helicópteros a toda máquina, una maravillosa secuencia de acción de película con presupuesto.

– ¡¡Cuidadín!!

25 hombretones de 2 metros de altura y 1.25 metros de anchura, apuntaron con sus armas a todo lo que se movía y lo que no, en ese apartamento de 37,50 m2.

– ¡¡No he hecho naa, no he hecho naaaaa!! ¡¡¡¡¡¡Soy inocente!!!!!!! – gritó el amigo Pau con los calzoncillos en la mano y el teléfono con el que le sacaba fotos a Jorge en la otra, y una necesidad imperante de apretar el culo para que no se le escapara nada. El estómago le empezó a hacer unos ruidos preocupantes, la cabeza le empezó a dar vueltas de tanto girarla y mirar a todos esos macizorros que le apuntaban como si fuera un delincuente peligroso. Y se echó a llorar como un niño peque, mientras la orina se escapaba, que no era capaz de mantener todas sus necesidades fisiológicas sobrevenidas bajo control.

Jorge tirado en un colchón, con la mirada en “Mundo Maravilloso” y el cuerpo para el arrastre. Las pupilas le daban vueltas y vueltas como en un dibu animado.

Javi el policía, que entró el último con 7 miembros de su equipo, miró de arriba a abajo a Jorge. Hizo una señal a los médicos que les seguían. Luego centró su atención en Pau. Lo miró también de arriba a abajo, quedándose al final con sus ojos. “La verdad es que tiene un polvo el rubito éste; uno o dos, incluso”.

– Pues es cierto que tienes un polvo. Aunque con tu carácter… psss, todo se queda en un intento fallido. Porque lo de tu pilila así tan pequeñita, y el charco a tus pies… – lo señaló con pena – será por el cague. Yo estaría cagado en tu lugar, amigo Pau. A mí no se me levantaría de nuevo en la vida. Con los comentarios tan elogiosos que escuché en su momento respecto a la belleza y prestancias de tu miembro.

– ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! ¡Soy inocente! – repetía una y otra vez.

– ¡Soy inocente! – volvió a decir para romper el silencio de dos segundos que se había hecho en la estancia.

– ¿Y de qué piensas que te creemos culpable? – preguntó con cara de inocente Javi mientras se quitaba el chaleco antibalas y el casco. Agarró una silla y se sentó a horcajadas apoyándose en el respaldo frente a un Pau todavía de pie, pero que temblaba como si tuviera 45 de fiebre. La vista de Javi el policía estaba a la altura del miembro ahora poco viril del rubio de revista, que se movía para todos lados debido a la poca estabilidad de su dueño.

– No, de nada. ¡Soy inocente! – volvió a gritar. – Y no me mires la pilila, que se me asusta.

– Siéntate, que te están hablando – el jefe de los GEO lo obligó a sentarse en otra silla enfrente de Javi el policía. – Y miraremos lo que nos de la gana ¿Te enteras, güevón?

– No parece que tu amigo esté en buen estado – habló Koldo, uno de los hombres de Javi el policía.

– Está borracho. Siempre lo ha sido. En el instituto estaba todo el día por los suelos. No hacía más que tropezarse con la gente, con sus piernas, era un patán. Y lo sigue siendo. ¡Es un borracho, joder! Borracho, borracho, borracho. ¡¡Qué sí!! – gritó un desesperado Pau viendo que sus acusaciones no tenía mucha credibilidad por parte de Javi el policía ni de su gente que lo miraban con gesto de estar viendo una película de “El Gordo y el Flaco”.

– Me dicen que te lo has ligado en el bar “La Piltrafa”.

– ¿Yo ligármelo? Tengo mejor gusto. Todo es mentira.

– ¿Sabes quién es? ¿Lo conoces?

– Para nada. Se me pegó en la calle. Me seguía como si me quisiera robar o algo. Parece un pordiosero. Mira que calzoncillos lleva. Todo rotos, por favor. Sin nada de glamour.

– Sí, sí, rotos. Pero Armani – se mofó Koldo.

– Debo de estar mal porque me había parecido oírte que en el Instituto era no sé que, o no se cuanto. Bla, bla, bla. O sea que lo conocías. Que mala memoria, en dos minutos se te ha olvidado lo que dices. Anda. – Javi sacó su móvil – ¡Mira! Me acaba de llegar esta foto.

– ¿Puedo vestirme? – Pau intentó levantarse de la silla. – La silla está fría y se me está quedando el culo helado y me están esperando en casa para cenar. Los abuelos, ya sabes.

– Contesta a la pregunta, imbécil – el jefe de los GEO lo volvió a empotrar en la silla.

– No sé nada. ¡Soy inocente, inocente, inocente!

– Vaya. Ya que has tocado la pantalla del móvil, espera, voy a aprovechar a mandar tus huellas. Es un sistema muy novedoso. Para comprobar, ya sabes.

– No sé de que me habla.

– Si es que no te he dicho que venimos del “La piltrafa”. Y hemos encontrado allí a la matrona del lugar y su marido. Nos ha contado cosas. Y pues mira, hemos cogido una muestra de la mermelada de frutos del bosque que hacen allí. Y chico, tenía una droga, la KIOY 4756. Alguien ha echado unos polvitos en ella… ¡¡Anda, mira lo que me trae mi compañero Koldo!! Mira que sobrecito con estos polvitos… ahórrame el análisis.

– Es de Jorge. Me lo metió en el bolsillo. Se da a la droga dura.

– Pero si no lo conoces. – Javi el policía movió la cabeza de lado a lado, con pena – O sea que la bolsa tendrá sus huellas y no las tuyas.

– Lo habré encontrado en el bolsillo. Y lo habré sobado bien. Tengo esa manía.

– Vaya hombre. Está en tus pantalones.

– Esos pantalones no son míos.

– Yo no veo otros pantalones por aquí.

– Pues no son míos. Son de Jorge el camarero.

– Has venido desnudo.

– Se habrán perdido.

– ¡Anda! Mira, si me fijo en la foto ésta en la que estás intentado dar un beso a Jorge en el sitio ese… ¿Cómo se llamaba?

– La piltrafa – le ayudó Pau.

– Que buenas son las tortitas allí.

– Prefiero el chocolate con tostadas y mantequilla.

– ¡Vaya! Pues parece que si lo conoces.

– Lo habré oído en los anuncios de la radio.

– ¡Hostia, Koldo! – le dijo con todo su sarcasmo – que el hombre éste escucha la radio y se aprende los anuncios de sitios dónde nunca ha estado.

– Ni va a estar – siguió Koldo con la farsa.

– Ni va a estar.

– No sé de que me hablan.

– Espera que ahora se va a hacer el tonto por ver si cuela luego lo de que es tonto y no entiende lo que es la responsabilidad de los actos.

– Esto es un secuestro ¿No, Javi? – preguntó con voz inocente el jefe de los GEO.

– Tiene toda la pinta. Y posiblemente con chantaje añadido, con petición de rescate, envenenamiento y alevosía.

– ¿Nocturnidad? – propuso Koldo.

– Pues sí.

– Era de día. No me joda.

– ¡Ah! ¿Cuándo era de día?

– Ahora.

– No, nosotros nos referíamos a antes. Además ¿No has dicho algo de que ibas a cenar con tus abuelos? Cena es por la noche. Noche, es nocturnidad.

– La nocturnidad son 10 años más ¿verdad?

– 10 años y un día. Es importante el día.

– Así ya hacen – Koldo sacó una calculadora del bolsillo – 37 años y un día.

– Así que suma, 25 años que tiene el amigo Pau y 37 años que va a cumplir, dan un total de… ¡¡Hostia, que viejo!! Ya no va a poder ligar con nadie por las noches cuando salga. Con lo que le gusta zascandilear de cama en cama.

– Pues tú no me vas a la zaga. Que te conozco de vista.

– ¿Me conoces? Ahora dime que hasta hemos pasado una noche de pasión y lujuria. Tú y yo juntos.

Pau bajó la cabeza.

– Me rechazaste.

– Vaya por Dios. No te acuerdas de los polvos pero te acuerdas de éste menda que te rechazó. No sé como pasó eso, con lo que me pones. Si no tuviera que meterte en la cárcel, le diría a mis compis que nos dejaran ahora mismo y nos lo montábamos juntos. Así además animaba a tu cosita, que sige sin coger color la pobre.

– Pues nos lo montamos. Que me pones mucho. ¿Hace? – Pau miraba implorante a Javi mientras el jefe de los GEO tenía su manaza apoyada en su hombro. “¡¡Hostia que manaza!!”, pensaba Pau.

– ¡El chico está bien! Solo necesitará descansar un montón de horas. E hidratarlo – informó el médico de la ambulancia.

– Pues ya sabes, lo montas en la ambulancia y al hospital. Tino, vete con Juani y cuidad de que no le pase nada. Poned celo en el tema, que me huele a chamusquina.

Koldo se acercó a Javi y le dijo al oído.

– ¿No es demasiado para tan poca chicha?

– ¿Sabes quién es?

– Pues uno que te dio calabazas a ti hace años. Cada vez que nos lo encontramos, me lo cuentas.

– Vaya, hombre, yo contando mis tristezas. Pues es Jorge el camarero, el marido de …

– ¡¡Hostias!! Si le pasa algo nos cortan la picha.

– Si quieres que te la corten, yo digo que ha sido idea tuya y…

– No, no. Casi mandaría a los GEO para que cubran el hospital entero.

– Es buena idea. No sabemos lo que puede abarcar la conspiración. ¡¡Conspiración para delinquir!! otro delito. Eso son 3 años y dos meses y 12 días. Koldo, suma, por favor.

Así son 40 años, 2 meses, 13 días. Bueno, 14, que el 13 da mal fario.

– Jubilata ya. Ya no hay ligues en los bares. Se te va a pasar el arroz. Cuando salgas no te van a poder embarazar, querido Pau.

– No he hecho nada – voz suplicante, llorosa, implorante.

Javi suspiró.

– Jefe – Paca se acercó con el móvil de Pau – este móvil es una mina. Mira lo que hay aquí. Y acaba de llamar Henar, que ya tiene los correos electrónicos.

– Borro todo. No vais a encontrar nada. Os jodéis. – le salió así de repente un pronto chulito. Pero la pilila seguía sin coger cuerpo.

– Ya hijo, pero todo está en los servidores. Una pena. Ahora veremos quien te ha dado estas instrucciones y que os proponíais. Y como no has colaborado ¡¡Koldo!! que no hemos sumado lo de obstrucción a la justicia. ¡¡Toma ya!! Otros 2 años y pico.

– Me da pena el chico.

– Ya. Es cierto. Pero sabes, es que Jorge el camarero me cae bien. Aunque me diera calabazas. Y míralo ahí tirado. Y es buen tío, que conste, y lo ha pasado mal, que sé que estuvo a punto… bueno, eso es otra historia.

– No tienes suerte en el amor – se burló Koldo.

– Ni en el amor ni en el folleteo. Le dije a Hernán el otro día y me dijo que no era su tipo.

– A Hernán no le gustan los hombres.

– Es un pequeño detalle sin importancia. El caso es que me dijo que no.

– Vaya – dijo Koldo moviendo la cabeza de lado a lado.

– Ya hemos localizado las escuchas que había instaladas y hemos detenido a dos maromos de esos de cara marcada y mala hostia.

– ¿Marcada por la mala hostia, dices?

– Eso también. No se han tomado muy bien lo de la detención. Han intentado agredir a dos de mis compañeros – explicó el jefe de los GEO.

– Vaya por Dios. Complicidad en atentado a funcionario público.

– Oye, oye que no he hecho nada de eso.

– Por eso es complicidad, porque no has cantado a la primera y no nos has dicho de que va esto.

– Yo soy inocente.

– Y dale.

– Henar me está mandando los correos. Es de alucinar lo que habían montado en este tema. Y todo para joder a Ramiro el millonetis y al pobre Jorge éste, tu amigo. – lo de “tu amigo”, lo dijo con un poco de rintintín.

– No te equivoques. No somos amigos. Me gustaba.

– ¿Ya no?

– Está casado. Y con Ramiro el millonetis. ¿Sabes tú la mala baba que se gasta ese hombre?

– Si ahora lo único que hace es recorrer todo el país follando a grito pelado.

– Pues ya verás cuando se entere de que estos – señaló despectivamente a Pau – han secuestrado a su amado Jorge y lo han drogado. Y querían fotografiarlo desnudo manteniendo relaciones sexuales con su antiguo compañero de clase Pau Molar de las Ruidades.

– Esto está quedando largo Javi. Deberíamos trasladar al detenido a comisaría y interrogarlo con todas las de la ley. Y cerrar el capítulo. El narrador está cansado.

– Vale. ¿Están preparados los electrodos en la sala especial?

– Por supuesto.

– Si eso le vais afeitando los huevos para que luego se pueda poner mejor y tal para las descargas.

– ¿Qué me van a hacer? ¡Ah! No, eso es de coña. Que estamos en un país civilizado.

– ¿Ves? La propaganda del Estado funciona. La gente se ha creído eso de que no usamos la tortura genital en los interrogatorios.

– Joder, Javi. Me acaba de llegar esta foto de uno al que violaron el otro día en la cárcel de Jienpocuelos. ¡¡Mira como lo han dejado!!

Javi abrió mucho los ojos al ver lo que le enseñaba Koldo.

– Tenías un buen culo, Pau. Es cierto, es uno de los culos más bonitos que he visto en mi vida. Por el voley, seguro. ¡Te lo juro, de verdad! Tu culo me pone a cien. Que digo a cien ¡¡A mil!! Pero… siento decirte que… lo siento, será inevitable que, míralo tú mismo.

– Es que después de esto, por mucho que quiera, cuando salga dentro de 41 años 5 meses y 34 días, ufff, es que no habrá forma de que pueda… ya me entiendes.

– ¡¡No!! confesaré todo. – Pau sudaba asustado sin dejar de mirar la pantalla con la boca muy abierta, un estertor incontrolable en su ano y los ojos moviéndose desbocados, como si fuera la niña del exorcista. – Lo confieso. He drogando la mermelada. Y he traído aquí a Jorge el camarero. Quería follar con él, pero no ha querido quitarse los calzoncillos esos rotos que lleva. ¡¡Son una cutrez!! Pues no ha habido forma. No he podido hacer nada.

– ¿Y quién es tu jefe?

– Lo organizó todo Enrique, en del Club de Tenis. El de la fiesta. Odiaba a Jorge el camarero. Dijo que le jodió un ligue, una tal Jimena a la que quería beneficiársela. Y un negociete. Ramiro el millonetis no quiso ayudarlo por culpa de Jorge el camarero. Y además, no hace más que repetir que le huelen los sobaco y los pies, pero te juro que en la vida le han olido. En el instituto se duchaba dos veces al día. Y te juro que he metido la nariz por comprobarlo, y no le huelen. Jorge siempre ha sido muy limpio. Yo se lo decía al tal Enrique, pero no me hacía ni caso. Y quería que un tal Hernando se quedara con el puesto de Jorge. Una prima en quinto grado del tal Ramiro el Millonetis, también está implicada. Y la hermana de Jorge el millonetis, que no le puede ni ver. Todos a una, como en Fuenteovejuna, gritaban en las reuniones. Yo no quería. Les decía que Jorge era majo. Me caía bien, siempre. Eramos íntimos en el instituto. Les decía que lo dejaran en paz, que con lo que le iban a hacer a Ramiro el millonetis en Moscú, bastaba para joderles el matrimonio, la vida y todo y que sacaran tajada del tema.

– ¿Que ha pasado? – Carlos entró como un vendaval en la casa – ¿Donde está mi hermano? Estoy muy preocupado.

– Si, si, Carlitos. Preocupadísimo. Por eso te has echado el tercer polvo de la mañana con el hijo de la matrona del bar. ¿Cómo se llamaba, que se me ha olvidado?

– La piltrafa.

– Gracias, Pau. ¿Ves como si te sabías el nombre? Si es que no hay como ponerse a declarar y colaborar con los amigos. Una pena que no podamos tener un affaire tú y yo.

– Me gustas Javi el policía. ¿Me irás a ver a la cárcel? Me han dicho que lo haces con algunos presos que has detenido.

– No te engañaré. No iré a verte. Solo he ido a ver a mi amigo Ghillermo. ¿No te he dicho? Nos hicimos novios hace un par de días. Hemos estado conociéndonos 3 años. Pero ya nos hemos decidido.

– Y otros 6 de noviazgo, 15 de preparativos, 25 de preparación al matrimonio. Así os casáis a los 56 – bromeó el jefe de los GEO.

– Que majo eres Edelmiro. La boda será pronto, pero no te voy a invitar.

– Menos mal que Ghillermo es buena persona y sé que me va a invitar.

– Pues no decías lo mismo cuando meneabas la cabeza al enterarte que iba a verlo a la cárcel.

– No me lo perdonarás en la vida.

– Nop.

– Precintad el escenario, recoger todas las pruebas y nos vamos. Llevad a este joven tan apuesto a comisaría.

– ¿Me puedo vestir?

– Es que me gusta verte desnudo. Me pones tanto… – dijo Javi levantándose y enfilando la puerta para irse.

Una vez en la calle, Javi cogió el móvil y marcó.

– ¡Fito! Misión cumplida. Jorge está a salvo.

– No, no, no ha pasado nada. Lo han drogado.

– Sí, sí, está en el hospital durmiendo.

– No. Aún drogado, no ha dejado que le quiten esos andrajosos calzoncillos que lleva puestos. ¿Por qué suspiras?

– ¡Ah, es una prueba de amor! Vaya. Se lo diré a Ghillermo.

– Por cierto, ojito, que hay algo con Ramiro el millonetis. ¿Qué está con un rubio despampanante? Es la conspiraciónm de los rubios. Ufffffff, pues yo entraría pero ya. Creo que debéis poneros el traje de super héroe recordando viejos tiempos.

– Ya me contarás. Solo te recuerdo que estáis en Rusia.

– Un beso Fito. A ver que regalo de boda me haces.

– Te aviso con tiempo.

– Chao.

Capítulo 12.

Fito colgó el teléfono. Miró a sus compañeros, serio, muy serio.

– Ya habéis oído ¿no?

Los aludidos asintieron despacio, poniéndose cara seria de repente.

– ¿Habéis traído el equipo?

Volvieron a asentir, con cara concentrada y los labios apretados.

– Vamos a ello. Llamemos al resto. Alarma general.

Los tres se encaminaron a sus habitaciones para coger su equipamiento. Luego fueron todos a la habitación de Manu a prepararse.

Óscar fue el encargado de dar la alarma a su equipo.

– ¡A las trincheras!

Fue el wasap que mandó a todos.

Se desnudaron por completo. Abrieron sus maletines especiales. Hacía tiempo que no lo necesitaban. Pero esto era una urgencia con posibles consecuencias fatales para ellos y para la economía mundial, por menos se habían organizado guerras mundiales.

Los pantalones ceñidos térmicos. La camiseta ceñida: térmica y anti-balas, delgada y eficaz. Lo mejor. Nadie la tenía más que los cuerpos de seguridad más especiales del mundo. Era material Top-secret. Ellos formaban parte de esa élite.

Música de James Bond, por favor.

La máscara.

Las gafas de visión de rayos Z, que atraviesan cualquier objeto. Algunas veces las llevaba por broma, para ver a la gente desnuda. “menudas decepciones te llevas” decía con sorna en esas ocasiones Fito, amante de los miembros grandes, largos, gordos, lo más, vamos. Los relojes ultra precisos, las pistolas enanas y precisas, silenciosas, indetectables. Las cerbatanas durmientes, como las llamaban, que lazaban unos dardos degradables que dejaban KO a los enemigos sin dejar rastro, porque a los 2 segundos, se volatilizaban. Las bombas del olvido, que cuando detonaban provocaban que los que estuvieran en su radio de acción no recordaran nada de nada de lo sucedido en la hora anterior y les creaba bonitas historias de sexo y lujuria para llenar esos huecos. A cada uno le creaba una historia adecuada a sus fantasías ocultas, para que las callaran y les sirviera a algunos de motivo de rezos y flajelaciones varias pensando en lo pecadores que habían sido en esa hora de desenfreno. Cuenta Manu una historia al respecto muy curiosa. Una vez en una misión, se encontraron con dos hombres de unos 60 años que tenían en su haber una ristra de conquistas femeninas de todas las edades. Las malas lenguas decían que llevaban más de 983 chicas conquistadas cada uno. Eran mala gente, que andaban montando líos para que los países en guerra siguieran en ello, porque les iba la venta de armas. Ramiro el millonetis tenía intereses opuestos. Intentaron matarlo una vez. Los tres mosqueteros y su equipo lo evitaron en el último momento. Los dos hombres estaban a pie del cañón, vigilando la operación. Óscar les lanzó la bomba del olvido. Los dos se quedaron así de éxtasis durante unos minutos, para que se les crearan los recuerdos mentirosos. Y resulta que su fantasía secreta era el montárselo el uno con el otro. Estaban enamorados y demás pero los dos callaban por el qué dirán. A raíz de esa operación, acabaron huyendo al poco a una isla perdida en el océano Pacífico, donde aún viven su amor recién destapado.

– El amor verdadero triunfó.

Con esta frase suele acabar Manu el relato de lo acontecido. A los más íntimos cuenta que a los diez minutos de la broma, después de mirarse y comprobar que los dos tenían el mismo recuerdo, uno con una mamada más así, y el otro con un gritito más allá, pero cuestión de minucias, pues se lo montaron en el ascensor del hotel de uno de ellos. Y cuando salieron una semana más tarde, en la que no abandonaron para nada de la habitación por eso de recuperar el tiempo perdido de dos vidas, una por cada uno, que ya tenían 60 tacos, pues los dos llevaban debajo de los pantalones unas medias de seda, negras, con una línea que las recorría de arriba a abajo, y un liguero estupendo de color rosa. Llevaban un juego de pendientes entre los dos, o sea: uno llevaba un pendiente en la oreja izquierda y el otro, el mismo pendiente en la oreja derecha.

Dejaron el tráfico de armas y se liaron a vender al por mayor medias de encaje para hombres. “Los hombres también usamos esos complementos”, decían muy serios y convencidos a quien los quería escuchar.

Acabaron de preparar todos los aditamentos. Las armas secretas y las súper secretas. Y las ultra secretas.

Abrieron las puertas de sus habitaciones justo en el mismo momento en que todo su equipo llegaba igual de pertrechado. Loca, que subía de tener una sesión de masaje y pedicura en el SPA del hotel se quedó con la boca abierta. Fito miró a Óscar y éste suspiró.

– Perdóname Loca.

El aludido fue a contestar pero mientras abría la boca, Óscar a la sazón su amor, le metió una pastilla en el gaznate que le hizo quedarse dormido al instante. Cuando despertara, a las cuatro horas, no se acordaría de nada. Eso sí, tendría una bonita historia de sexo y amor que recordar. Óscar solo esperaba que esa acción sexual fuera con él.

– La leche, esto es peligroso ahora que lo pienso.

Los ayudantes de los tres mosqueteros, llevaron al bello durmiente a la cama de Óscar. “Joder como sueñe con otro, la que se arma”, pensamiento recurrente en Óscar, pensamiento que, aunque menos insistente, tenían sus amigos también. Los pobres miraban a Óscar con cara de pena, así de soslayo, para que no se diera cuenta.

– Adelante.

Y como era tradición, los tres se morrearon por turnos, con mucha lengua y no menos intensidad.

Cada uno ocupó un lugar estratégico en las inmediaciones de la suite zariana que ocupaba Ramiro el Millonetis.

– Pepi y Jimena, al tejado.

– Ubaldo y Telma, a la terraza.

– Fede y Hermenegildo, a la piscina.

– Rebe y Kike, a la recepción.

– Gonzo, a la cocina. Ylenia, lo apoyas en la puerta trasera.

– Los demás, con nosotros.

– Todos a sus puestos.

Como por ensalmo, todos los citados desaparecieron sin hacer el menor ruido. En 34 segundos, estaban todos en sus puestos.

– Empieza la fiesta.

Óscar metió por debajo de la puerta un folio en blanco. Pues vaya tontería diréis. Pues no, queridos lectores, la hoja en blanco es uno de los útiles más novedosos de los servicios más secretos del mundo. Es una hora que incluye en su pautado, cientos de sensores, cámaras de vídeo y de fotografía de alta definición, unos potentes micrófonos capaces de escuchar hasta el roce de la pelambrera de los testículos de los hombres con sus calzoncillos, aunque éstos fuera de seda, seda, suaves y delicados.

– Es como la hoja en blanco de un escritor – explicaba ufano Fito en las clases que daba a su equipo – en ella se escribe, una vez puesta en circulación, la historia completa de los personajes protagonistas.

Los tres mosqueteros conectaron sus pantallas en las lentillas que llevaban puestas. En ellos empezaron a ver la habitación de Ramiro. Al fondo, estaba Ramiro sentado en el suelo, con la mirada perdida en la lámpara tipo araña que colgaba del techo. El rubio potente intentaba quitarle la ropa y demás. Lo amenazaba y luego le daba un caramelo.

– Venga, querido Ramiro, que vamos a follar, que me pones mucho.

– ¡¡Venga, joder, marica de mierda!! ¡¡Te voy a romper el culo!!

Pero Ramiro permanecía sentado con actitud beatífica, cara de niño bueno, apretando su camiseta cochambrosa, llena de lamparones de ketschup y mostaza y una mancha con tonos marrones, que sin duda eran restos de salsa barbacoa.

– Mi Jorge. Es la camiseta de mi Jorge.

– No te preocupes – le decía el rubio potente – la mando a lavar y mañana la tienes como nueva. Quien me iba a decir un tío tan millonetis como tú, que use camisas sucias en sus viajes de negocios al extranjero. Roñoso a tope ¿eh Ramiro el millonetis?

E intentaba quitarle la camiseta de nuevo, pero Ramiro se resistía con una fuerza extraordinaria.

– Joder, si me dijeron que la droga le dejaría KO.

Pero el rubio potente no había caído en cuenta de la fuerza del amor. Y esa camiseta representaba el amor de su Jorge el camarero.

– ¡¡Quita!! – volvió a gritar el rubio potente.

– ¡¡No!! – gritó sin cambiar un ápice su gesto beatífico Ramiro el millonetis. Con su Jorge el camarero en la mente, olvidando que no estaba con él en Moscú.

– ¡¡Quita esa mierda o te parto la cara!!

Y levantó la mano para asestarle un collejón.

En ese momento, empezaron a suceder una infinidad de cosas. Por la puerta de atrás, llegó una decena de furgonetas negras de la que bajaron al menos 30 hombres y mujeres en proporciones sin determinar. Sus comunicaciones cantaban a los cuatro vientos con una falta de discreción absoluta, todo seguramente debido a que se creían los amos del territorio y sin oposición a sus acciones, que su destino era la suite zariana de Ramiro el millonetis.

– Deben sacar al millonetis ese esposado por la puerta de delante, para que lo vea la prensa. En pelota picada y con el cebo también en pelotas. Servirá como escarnio público y como advertencia a los demás. Como castigo le embargaremos sus bienes en el país con lo cual el estado ingresará una ingente cantidad de dinero que nos vendrá muy bien. Recordad que el Presidente nos ha prometido 15 días de vacaciones en las playas del Mar Muerto.

– ¡¡Bien!! – gritaron contentos y felices los hombres y mujeres que formaban el pelotón encargado de la historia.

– Con los gastos pagados.

– Bien.

– ¿Y las furcias también pagadas?

– Igor, no seas impertinente – contestó el jefe de la unidad al soldado que había hablado.

En el mismo momento, la puerta principal era tomada a la vez por un considerable número de policías uniformados que hacían que contenían una ingente cantidad de medios de comicación mundiales. Ahí estaba la CNN, la CBS, la KJU, la TYP, la TRW, la FOX, la BBC, la BBV, la BMW, la RPL, la ÑÑÑ, la TRE, la TVR, la TV1, la UIYLÑKJUI8, la URE, la frt, entre otras.

El personal de recepción del hotel sacó sus armas. Los botones, chicos jóvenes y estupendos, cambiaron su uniforme de botones, con muchos botones y un gorro típico, por un traje de hombre rana, muy ajustado, marcando los abdominales y bultos más abajo sin determinar. Salvo el de Vladimir, que era muy evidente, que se le marcaba hasta la cicuncisión del miembro en cuestión, que no era ni grande ni pequeño, pero sí que era muy resultón.

– Si es que das la nota – le decía siempre su supervisor de acciones especiales, antes y después de beneficiárselo en los servicios del cuartel de entrenamiento y del mismo hotel, cuando estaban los dos en comisión de servicio.

– Eres mi perdición – le decía al oído mientras jadeaba en su mete y saca incensante.

Y lo era porque sabía que de descubrirse, irían a galeras los dos. Pero el uno no podía vivir sin meter su miembro dentro de los orificios del otro, y el otro no podía vivir sin el miembro del uno dentro de él.

– Estoy vacío sin ti – se decían al unísono, como si lo hubieran ensayado, pero no era el caso, aunque al final, parecía que lo era porque de tanto decirlo, ya sonaba a ensayado.

Los ascensores se pararon.

Los huéspedes del hotel que no eran personal encubierto de los servicios secretos, fue dirigido con mucha sutileza, hacia la salida para que se dieran una vuelta por la Plaza Roja.

– Los autobuses están a la derecha. Por favor, diríjanse hacia allí.

Timoteo que no le apetecía, pasó olímpicamente hasta que se encontró con el cañón de un kalasnikov apuntándole a los pelillos de la nariz.

– Me has convencido – le dijo al chico que le apuntaba, un rudo ruso del campo, con sus pecas y todo, gesto adusto que le puso un ciento. Aunque algo en la mirada y en el arma, le aconsejó no intentar ligárselo.

– ¡¡Vamos!!

El pequeño ejército que entraba por detrás se desplegó silencioso y rápido.

Los tres mosqueteros veían todo en sus pantallas incrustadas en las lentillas y transmitido a tiempo real por sus hombres desplegados en los puntos neurálgicos del hotel.

– Se impone acción inmediata de huida y distracción.

Se miraron los tres y asintieron. Volvieron a hacer el grito de guerra particular: se morrearon por turnos, para acabar en un morreo a tres, bien apretados.

– ¡¡Venceremos!!

– ¡¡A por ellos, que son pocos y cobardes!!

Y dieron al botón en sus móviles que desencadenaba la respuesta a la agresión que se avecinaba.

Interludio.

– Pero ¿Qué haces aquí?

El narrador miró incrédulo a Carlitos, que se había aparecido de repente, y sin camiseta. “¡Qué bueno está el jodido; y eso que no se le ven las piernas de bailarín”.

– ¿Cómo has pasado? – decidió ponerse digno, después de los desencuentros que tuvieron días atrás.

– Te he visto hacerlo cientos de veces.

– No lo he hecho cientos de veces.

– Las que sean. Y me he decidido a venir.

– ¿Me echabas de menos? – preguntó un ilusionado narrador, que no había podido mantener su pose de hombre duro y enfadado.

– NO – Carlitos levantó el mentón como si fuera altanero y chulo y él no necesitara a nadie en el mundo, ni fuera capaz de querer a nadie que no fuera él mismo.

Pero el narrador se quedó expectante.

– Sí – reconoció Carlitos, aflojando de repente su cuerpo, incapaz de mantener la mirada del narrador por más tiempo.

Dicho esto, sonrió como un pillastre cualquiera y se lanzó a los brazos del narrador que, en un principio quería haberse mantenido ofendido y duro, pero que al final no lo consiguió y abrió los brazos para recibir el cuerpo de Carlitos que saltaba para rodearlo con sus piernas, y abría también la boca para recibir la boca de Carlitos, ansioso por besar a su narrador preferido.

– Me he puesto muy celoso cuando te has ido con el hijo de la matrona del bar.

– Pero era solo sexo.

– No es verdad, que te ha gustado.

– Es que está en mi mundo y no tengo que saltar la pantalla, que es jodido y cansa.

– Si es la primera vez que lo haces.

– No. El otro día probé.

– No.

– Sí.

– Me hubiera dado cuenta.

– Estabas dormido.

– ¿Viniste mientras dormía?

– Sí. Me gusta verte dormir.

– Joder.

– Y me metí en la cama contigo y te abracé.

– Me tomas el pelo.

– No.

– Pruébalo.

– ¿Cómo?

– No sé.

Pero a Carlitos se le iluminaron los ojos.

– Mira, puedo probarlo.

Y sin bajarse de los brazos del narrador, que aprovechaba para sobarle el culo, como le ponía el culo de Carlitos, éste sacó del bolsillo de sus vaqueros un Pen y se lo tendió al narrador.

El narrador levantó las cejas sorprendido. Esta vez sí que dejó el sobeteo del culo de Carlitos e hizo que bajara al suelo.

– Creía que lo había perdido.

Carlitos levantó los hombros en un gesto rápido para hacerse perdonar.

– Son mis borradores.

– ¿A sí? – tono inocente, aunque un poco falsete.

– Que bobadas digo, lo has cogido a posta. Lo has leído. Quería saber como va la historia y si había escrito algo de ti.

– La historia ya sé como va. No sé si lo sabes pero yo estoy en la parte del mundo en que sucede. Tú estás en este lado, y solo puedes contarlo.

– No sabes lo que pasa en todos lados.

– Claro que sí. Tengo visión nocturna.

– ¿Visión nocturna?

– Ya me entiendes. Nos lo contamos todo.

– Na, tú lo que quieres es saber lo que tengo previsto escribir sobre ti.

– Es que quiero tener mi propia historia.

– ¿De bailarín?

– Y de amante. Y de chico guay que sufre por amor y el desprecio de mi familia. Y que fuerte que vas a escribir sobre Óscar y el Loca. Tienes previsto escribir antes sobre Loca que sobre mí.

– Es que es muy tierno.

– Pero si es un …

– Loca. Si es que le va el nombre. Pero es muy buena gente.

– Eso es cierto. Y que fuerte lo que está pasando ahora. ¡¡Qué emocionante!!

– ¿Te gusta?

– Mucho. Escribes muy bien.

– Zalamero – contestó el narrador poniéndose rojo de felicidad. Aunque no lo reconocería ante nada ni nadie, le gustaban los halagos de Carlitos. Los de Carlitos y los del vecino del décimo, y los de la tienda de chuches, y los del camarero del “Tómate otra”, y los de la abuela Felisa…

– Cuchi, cuchi.

El narrador, llevado por su felicidad, olvidó de repente todo lo que había estado pensando esos días atrás sobre la inconveniencia de liarse con uno de sus personajes.

Eso luego te llevará a favoritismos, narrador”.

Es cierto, se contestaba”.

Pues ya sabes, a cortar por lo sano”.

Pero es mono”.

Lo has creado tú”.

No es cierto. Los personajes están ahí, a la espera de que alguien cuente su historia.”

Eso son chorradas.”

Lo que tú digas”.

Pero es que es mono y muy majo”.

Pues escribe sobre él”.

Pero no da para una historia”.

Ya veremos”.

No sé”.

Es mejor que lo dejes”.

Me ha dejado él”.

Pues mejor”.

Vale, lo dejaré estar. No iré a buscarlo”.

Y no fue a buscarlo, sino que Carlitos dio el paso. Y ya que lo había hecho… tonto sería si no aprovechaba y paseaba sus manos por ese torso desnudo tan… tan… ¡¡ayyyyyyyyyy!! ¡¡Qué torso!! ¡¡Que piel!! Sus músculos, sus formas…

– Narrador, te quiero, te he echado de menos.

– Mentiroso. Si te acabas de liar con el hijo de la matrona.

– Pero no es lo mismo. Eso solo era sexo. A ti te quiero. ¡Te lo juro!

Y el narrador, que con cuatro palabras bonitas acababa rendido a los pies de quien sabía decirlas con tono preciso y ritmo adecuado, sacó la bandera blanca y se lanzó a por él. Otra vez. Se abrazaron y cayeron al suelo, donde rodaron a derecha e izquierda, adelante y atrás, besándose y girando sobre sí mismo, como si estuvieran continuamente enrollando las alfombras de la mansión de Ramiro el millonetis. Y mira que tiene alfombras el citado palacete.

– ¿Y de verdad que me quieres?

– Claro.

– Entonces si te digo que no pienso escribir sobre ti…

Carlitos se soltó del abrazo del narrador y se levantó de un salto.

– ¿Estás de coña? – el tono de Carlitos ya no tenía nada de zalamero ni de encantador de serpientes. Había pasado a ser seco y duro.

El narrador penso en mentir vilmente. Pensó en escribir algo para contentarlo. Pero decidió en esos dos instantes en que duró el silencio tras la pregunta de Carlitos, que no empezaría una relación con un personaje, basado en una mentira.

– No. No lo estoy. Es lo que hay.

Carlitos dio un portazo y cruzó de un salto al lado de las historias. El narrador se quedó sentado en el suelo, mirando hacia donde había desparecido su personaje, sintiendo como poco a poco su calentura bajaba y su boca protestaba por el alimento perdido.

– La vida está jodida. Ya no puedes amar ni a uno de tus personajes.

Y se echó a llorar. Porque el narrador era muy triste. Estaba muy triste. Era muy triste. Todo, era y estaba muy triste.

Y solo.

– La soledad del escritor – murmuró entre estertor y estertor de sollozo.

Capítulo 13.

Pepi y Jimena corrieron por el tejado hacia la parte de atrás. Desde allí, apuntaron sus armas de precisión a los miembros del equipo de asalto que permanecían junto a sus vehículos. Se miraron y se hicieron un gesto de asentimiento.

– Empieza la fiesta – dijeron al unísono en tono festivo e ilusionado. Echaban de menos la acción, vaya que sí.

Empezaron a disparar los dardos durmientes y las bombas del olvido. En cuestión de segundos, todos los soldado estaban en el suelo sumidos en sueños sexuales muy gozosos, a tenor de los movimientos de pelvis que hacían todos y todas. Hubiera sido interesante saber con quién lo estaba haciendo cada uno. Quizás hubiera sido interesante hacer luego una encuesta al respecto, pero estaba claro que el régimen de Moscú, no permitiría esa investigación. Aunque a lo mejor…

Justo en ese momento, Gonzo, destinado en la cocina, vestido con su delantal y su gorrito de medio metro de cocinero, empezó a dar mamporros a todo cuanto se movía a su alrededor. Empezó a gritar “fuego, fuego”, a las cámaras del servicio de vigilancia, empujando al personal de cocina hacia el frigorífico tamaño apartamento de soltero, a juntarse con los cuartos de ternera y las cajas de vodka puestas a enfriar. Cuando estaban todos metidos allí, cerró la puerta, no sin antes lanzar un montón de bombas del olvido, sumiendo al personal de cocina y limpieza en una orgía inmediata. En sueños, pero orgía. Alguna vez se había dado el caso en que la orgía había pasado a la realidad, pero no tenemos datos al respecto de si ésta fue una de esas ocasiones. Otra vez chocamos con el ostracismo del régimen ruso.

Puesto fuera de uso el personal de cocina, en el que por cierto había distinguido no menos de 35 miembros del servicio secreto, entró un grupo de 56 soldados del grupo de asalto, a los que fue disparando un dardo paralizante según cruzaban la puerta, organizando una muralla que ni la china. Alguno pudo disparar antes, pero sin mucho éxito, porque Gonzo, previsor, se había puesto su capa invisible.

Ylenia se encargó de los tres que se dieron cuenta y estaban intentando dar la voz de alarma. Un golpe certero de karate en la base del cuello, los dejó groguis.

En la calle, mientras tanto, Fede y Hermenegildo se encargaron de lanzar el gran globo de distracción. Toda la prensa apuntó sus cámaras al citado globo, para desesperción de la policía que empezó a pasearse por entre los periodistas para recomendarles a punta de kalasnikov, que lo importante iba a suceder en la puerta del hotel. Pero era tan atrayente el globo, que nadie se arrendró, y todos seguían sin perder ningún detalle del citado globo. Además, en un momento dado, empezó a emitir Heidi en dibujos animados, y a todos les salió la lágrima al instane. Pañuelos a gogo, hombre sobre hombre, mejor dicho, hombro sobre hombro, de hombre, pero hombro, todos abrazados llorando a moco tendido. Hasta los policías al final, si tenían la mala idea de mirar al globo en cuestión, entraban en trance, para desesperación de la superioridad.

Estaban todos ocupados en estos menesteres cuando un grupo de asalto de los servicios secretos rusos llegaron en 3 helicópteros para conquistar la suite zariana que ocupana Ramiro el millonetis. Los tres mosqueteros, raudos y veloces, hicieron estallar la puerta de entrada desde el pasillo e irrumpieron con el resto del equipo. Mercedes, Koldo y Jon, fueron a la ventana para repeler a los helicópteros, ayudados desde la terraza por Ubaldo y Telma.

Ra, ra, ra tatatata, ra, ra, ra tatatata, ra, ra, ra tatatatata pim pam pum.

Óscar se encargó del rubito poderoso. Le hizo una llave de judo por la que el rubio poderoso dio un par de vuelta en el aire, a derecha y luego a izquierda. Y vuelta a empezar, hasta que la cabeza le empezó a dar vueltas y vueltas y devolvió la primera ración de vodka que su padre le había dado a los 9 años.

– Esto por mamón – le gritaba, mientras no le dejaba de dar vueltas en el aire y esquivaba sus vomitonas.

– Esto por buenorro – le volvió a gritar, dándole un par de vueltas más.

– Esto por tener ese culo tan sensacional – y le dió un par de galletadas en el trasero. – Pero qué culo tienes, gilipollas – y se lo apretó a dos manos, que es que no se podía resistir.

Luego pensó un minuto en Locatis, su novio, a la sazón dormido beatíficamente en su habitación, teniendo seguramente una bonita sesión de sexo imaginario con él. “Más vale que sea conmigo, o te mato”, pensó para sí Óscar, no muy seguro de la fidelidad imaginaria de su novio.

– Tenemos que irnos. El radar anuncia que han despegado otros 30 helicópteros y vienen para acá. Parece que han dado la voz de alarma porque no consiguen que nadie conteste.

En la recepción, Rube y Kike habían desarmado al personal del hotel que habían resultado ser miembros del servico secreto. Salvo al amigo Vladimir y a su jefe de pelotón, que los pillaron mete y saca en el baño y que ante la cara de miedo que pusieron pensando que sus jefes los iban a pillar, los envolvieron en un saco y se los cargaron al hombro para salvarlos de la ira del Presidente. Porque el Presidente de todas las Rusias entraría en enfado kilométrico al saber del resultado de su operación de saqueo y encarcelamiento por marica de Ramiro el millonetis.

– Nos vamos – ordenó Óscar cuando hubo saciado sus impulsos de manosear el culo del rubio poderoso.

Fito y Manu cogieron en volandas a Ramiro el millonetis, que seguía en los mundos de yupi. Al ver en la televisión del hotel que también daban Heidi, luchó con su personal a brazo partido para quedarse a ver la serie.

– Es que me gusta mucho; quiero verla con Jorge, mi camarerito del alma.

Manu, sin contemplaciones, le dio un golpe en la nuca. Flojo, pero le dio. Para dejarle grogui y que se dejara llevar.

– Que nadie mire la tele, por favor – gritó Fito a sus acólitos, temeroso que sus hombres y mujeres también cayeran en el influjo de la niña y de su abuelo y del amigo ¡¡Pedro!!

Corrieron todos hacia la vía de escape, a la sazón la cocina. Iban disparando a todo lo que se movía en el hotel y que no miraba la televisión. Los que miraban, estaban controlados. El poder de Heidi siempre ha sido minusvalorado, salvo por el ejército al servicio de Ramiro el millonetis.

– Nos vamos.

– ¡Eh! Que nos olvidamos de Loca.

– Nos encargamos nosotros – gritaron Fede y Hermenegildo desde la piscina – aquí nos aburrimos.

Y corrieron hacia la habitación a buscar a Loca, que en ese momento se restregaba por la cama, con sus manos recorriendo su cuerpo compulsivamente, al grito de: Ernesto, te amo, eres mi hombre.

– Joder, como se entere Óscar – comentó Herme, mientras se cargaba al hombro el ligero cuerpo de Locatis.

Como si lo hubiera oído, el aludido preguntó si había algún problema.

– Nada, nada. Todo correcto.

– ¿Dice algo en sueños? – preguntó tragando saliva.

– Grita tu nombre a voz en grito. Redundante pero cierto.

Óscar sonrió de oreja a oreja, tranquilo.

– Venid rápido – ordenó a sus hombres.

Hermenegildo empezó a moverse sigiloso con Loca y sobre su hombro, mientras Fede iba abriendo camino. Pero el sueño de Loca era muy intenso, y al verse encima del culo de Hermenegildo, no pudo por menos que intentar manosearlo.

– Que culo tienes Hermenegildo. Estos pantalones te sientan de vicio.

– ¿Y como sabes que es mi culo? Esta droga falla un poco – Hermenegildo iba con la cara tapada y no se había relacionado prácticamente con Loca.

– Pasamos una noche loca hace tiempo, querido. Y tu culo me …

– ¡¡Cállate!! gritó Fede, dándole un golpecito para que se quedara grogui.

– Haberle dejado, joder, que me molaba lo que decía – se quejó Herme.

– Una mierda, si no quieres dormir en el sofá esta noche.

– Joder, como te pones, amor.

– Tu culo es mi culo, y de nadie más, no lo olvides.

– Como te amo.

– Una mierda. Me acabas de poner los cuernos mentales.

– Calla, calla, mejor olvidar todo esto.

– Sí, que si se nos escapa con Óscar, la armamos.

Corrieron como alma que lleva el diablo camino de las cocinas.

– Nos quedan 4 minutos para la llegada del grueso del ejército. Han disparado un misil tierra-aire para destruir el globo de Heidi.

Montaron en las furgonetas.

– ¿Esos bultos? – preguntó Manu a Rebe y Kike.

– Solidaridad mariconil

– Abrieron los bultos y ahí estaban Vladimir y su jefe, sin dejar de trabajarse mutuamente.

– Pedimos asilo político – gritó Vladimir enre jadeo y jadeo de placer, haciendo un alto en su trabajo bucal al jefe.

– Sabe español.

– Veraneo desde los 14 en Torremolinos. He ligado mucho allí.

– Dejad eso para luego.

El grupo de furgonetas del servicio de asalto ahora requisadas por el equipo de Ramiro el millonetis emprendió la marcha chirriando ruedas, con Juanma el chofeur al volante de la furgoneta principal, la que llevaba a Ramiro el millonetis.

– Menos mal que no pagamos las neumáticos de repuesto – dijo alborozado Fito.

– Los aviones aterrizarán en 3 minutos en la Plaza Roja.

– Acelerad. ¡Tenemos el tiempo justo y eso si no pillamos atasco!

Juanma y el resto de los conductores no se hicieron de rogar, y aceleraron al máximo, tirando a los ocupantes que no estaban agarrados al suelo.

– Allí están, los veo.

– Las tres primeras furgonetas, al primer avión.

– El resto, entre el segundo y el tercero.

– Silencio en las comunicaciones físicas. No revelar en cual va el jefe.

– A partir de ahora, solo comunicación mental.

Todos habían sido entrenados en la telepatía. Así que a partir de ese momento, empezaron a comunicarse de esa forma. Lo único que, Óscar intentó comunicarse con Locatis , que en ese momento ponía toda su atención en el sueño en tirarse a “The Flash”, el de la tele, persiguiéndolo a la velocidad mach 4.

– Barry, no corras. Barry, que te quiero. Barry eres mi hombre, déjame que meta mano por entre ese traje y tu piel, que se te nota el bulto, por favor.

– La jodimos – se dijo Fede, que se había dado cuenta de la maniobra de Óscar el secretario. – Menos mal que al menos no le ha pillado mirándote el culo, Herme.

– Ni lo pienses, no te descubra Óscar.

Y haciéndole caso, empezó a pensar en las margaritas que sazonaban los pastos de su abuelo en el pueblo, en los que dejaba pastar a su albedrío a la cabaña de vacas que gestionaba.

– Ya estamos.

– Los aviones estaban frenando y las furgonetas se pusieron a su lado. No tardaron más de 12 segundos en abandonar las segundas y subirse a los primeros.

– ¡¡Depegamos!! – ordenó Manu.

– Maniobra de distracción.- esta vez la orden había partido de Fito.

34857 drones aparecieron en el espacio aéreo ruso, mientras los aviones supersónicos despegaban a toda leche y enfilaban el camino de España.

A Ramiro los sentaron en su silla preferida. Ya parecía más calmado. Estaba grogui absuluto. El médico de abordo le hacía unas pruebas con su scaner de mano y unos análisis de sangre.

– No hay problema. Que duerma. Mañana estará como una rosa.

– ¡¡Jorge!!

– Agggg, Agggggggggg, AGGGGGGGGggggg

Todos respiraron tranquilos. Parece que su jefe soñaba con quien debía. Todo parecía acabar bien.

Capítulo 14.

Ramiro se despertó de repente. Miró a sus hombres que lo rodeaban expectantes.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó con la voz pastosa y todavía medio atontado.

Óscar el secretario le explicó sucintamente lo acaecido en las últimas horas.

– Ponme con Jorge, rápido – ordenó con voz pastosa.

Su corazón latía a mil por hora. “A su Jorge lo habían atacado”. Cuando pillara al Enrique el oledor de sobacos, se iba a enterar. Y al zar de todas las Rusias le iba a meter un petardo en su culo de marica frustrado que se iba a enterar el bobo de él. ¡Ah! Y su familia. Como se enterara del gili que se había puesto de perfil para ganarse la herencia que nunca en ningún caso le correspondería… “le voy a colgar de los dedos meñiques de sus asquerosos y malolientes pinreles. Y Enrique, a olerlos.”

– ¡Cariño!

Óscar le había pasado el teléfono.

– ¡Diga! – una voz bronca y hosca había contestado – ¿Cuando nos hemos morreado para que tenga esas confianzas conmigo? ¿Eh?

Ramiro buscó la mirada de Óscar el secretario, pero éste se había desplomado en una butaca para meditar cinco minutos lo que su Locatis estaba diciendo en sueños. “Dame fuerte, Carlos. Así, así. Mire subdirector, mire, no se pierda detalle. Ahora le damos fuerte a Vd.” “¡Ay! Manuel. Adoro esa polla de 456 cm. Me la trago entera”. Óscar levantaba las cejas y tenía ganas de echarse a llorar, pero pensó que, todavía vestido de hombre de acción, no era conveniente.

– ¿Quién cojones es usted? – bramó Ramiro frustrado, que había recuperado la consciencia plena y de paso la mala leche.

– ¿Y tú quien cojones eres que llamas así?

– Quiero hablar con mi marido, Jorge el camarero.

– ¡Ah! Eres el follador de la noche. Aquí el agente Perales, de los GEO de la Policía. En misión de protección total de Jorge el camarero, decretada por Javi, el comisario de policía más perspicaz del Universo.

– ¿Y qué cojones hace cogiendo el teléfono de mi marido? Le voy a meterrrrrrrr…

– ¡¡Ramiro!! – Jorge le había arrebatado el móvil al policía. – estaba duchándome, perdona. Javi el policía me ha puesto guardaespaldas. ¡Qué fuerte! Han detenido a un mafioso que iba a matarme en el hospital.

– ¿Estás bien? ¿A un mafioso? ¿Qué ha pasado? Mando al ejército si es necesario. Llamo alm presidente USA en un momento y los SEALs están ahí en 5 minutos.

– Na. Estos armarios son la leche. Le han hecho picadillo. En realidad eran varios esbirros a sueldo. Todo está en orden.

– Ni te muevas de allí. Voy de camino. Óscar se encargará de protegerte.

– Oye, oye, tranquilo. Preocúpate de ti que me han dicho que estás maltrecho. Que se ocupe mejor de ti.

– Eso no importa.

– Sí importa.

– Ni te muevas.

– Me voy a currar. No aguanto aquí.

– ¡¡Ni se te ocurra!!

– Claro que se me ocurre. El médico me ha dicho que me active.

– ¿Y si te pasa algo?

– Voy con 34 policías cubriéndome las espaldas. Y que hombres. ¿Te lo había comentado? Unos armarios de hombres, todo músculos y más atractivos… como me ponen estos GEO’s.

– Ni se te ocurra mirarlos.

– ¿Por qué no los voy a mirar?

– Solo me miras a mí.

– Solo te deseo a ti, pero mirar… este garrulo que te ha contestado, tiene metro y medio de espalda. Alucina. Y tiene unos bíceps que…

– ¡¡Que te calles!! Que no lo mires.

– Pero es feo – bromeó Jorge. – aunque está cañón – picó un poco más a su marido. Se lo estaba pasando bien.

– Jorge el camarero, que me enfado.

– Ramiro el millonetis, pues te desenfadas. Ya veo que estás bien y de buen humor.

– No estoy para chistes.

– Pues yo, que decirte, después de que me han secuestrado, me han desnudado, me han casi violado, me han sacado fotos con tus calzoncillos rotos, me han drogado, que tengo la cabeza que parece una pista de bolos, me han humillado, un cerdo del que estuve pillado en el Insti me ha engañado vilmente y delante de mi hermano, que ha pasado de mí y se ha ido a follar con el hijo de la matrona, que está muy bueno, pero vamos, que…

– ¡¡Ya te he pedido perdón, joder! – se oyó decir a Carlitos de fondo. – no pensaba que esto era una novela de intriga y misterio, solo creía que era de amor empalagoso. Yo pensaba que te ibas de motu propio o como se diga y yo me quité de en medio con el hijo de la del bar. Quería tener mi ración de azúcar, tengo derecho. No pensaba que esto iba a convertrse en una novela de John Le Carré.

– ¿Por qué grita Carlitos?

– Está enfadado porque el hijo de la matrona se ha ido hoy a Londres a estudiar y no volverá hasta dentro de 5 años. Para una vez que pilla, el pobre.

– Estoy preocupado por vosotros, imbéciles – se desgañitó Carlitos.

– Lo que yo te digo.

– Eres… – no le salió un insulto convincente, así que… se las piró.

Se pudo escuchar en todas partes, nítidamente y con potencia, el portazo que dio Carlitos al salir de la habitación de su hermano.

– Perdona al pobre – dijo magnánimo Ramiro el millonetis.

– Ya hablaremos de esa paga que le das a mis espaldas. Que me he enterado. Ese cuartito que le pagas. Ya, ya hablaremos.

– No se de que me hablas – intentó disimular Ramiro.

– Ya, ya. Bueno, te dejo, que si no, no llego a mi turno.

– Pero estás enfermo, no tienes que ir – Ramiro empezaba a tragar saliva con dificultad. Notaba la tormenta. Notaba como llegaba irremisiblemente. Miraba a Óscar suplicando, pero éste pasaba del tema. Estaba concentrado en Locatis y su ración de sexo inducido.

– Voy a ir porque si no dejo colgado a mi jefe. Y tú, como jefe que eres de una gran empresa, deberías estar conmigo y solidarizarte con los problemas que le causo a mi jefe si no voy a trabajar.

– Seguro que se arregla – a Ramiro le empezaba a apretar el cuello de la camisa. – Además, estás enfermo y así no se puede trabajar. El médico te dará la baja, seguro. Esas cosas pasan en las empresas.

Jorge no contestó. Ramiro podía escuchar como Jorge se estaba vistiendo. El ruido del roce de los pantalones al subirlos por las piernas, el sonido de la hebilla del cinturón. Debía haber dejado el teléfono en la mesilla para tener las manos libres.

– ¡¡No vayas a trabajar, joder!! – gritó por el teléfono atrayendo la atención de Óscar, el secretario, que mudó de un blanco nuclear pensando en los dichos de su novio en sueños pornográficos, a un blanco súper nuclear al añadir a esa cuestión el tema de que el matrimonio de Ramiro el millonetis, su jefe, ahora felizmente casado, y Jorge el camarero, el hombre que les había quitado al equipo de Ramiro un gran problema de encima, y que amenazaba de repente con volver. Con lo bien que vivían ahora, joder.

– Jorge el camarero. O el matrimonio. “¡Al carajo! Todo se va al carajo.” – murmuró entre dientes Óscar el secretario todavía vestido de super-héroe.

Óscar cogió el teléfono y llamó a Carlitos. No tenía a nadie más allí en quien confiar.

– Carlitos, debes impedir que Jorge vaya a trabajar.

– Ni de coña.

– Joder, es una emergencia nacional.

– Que le peten a mi bro. No me da la gana.

– Olvida esas cosillas que te han podido pasar.

– No olvido. Estoy enfadado.

– Hazlo por mí.

– ¿Por ti?

– Por Ramiro.

– Que me dejéis en paz. Estoy solo, solo. Nadie me quiere. Y para uno que parece que me mola y follamos, se las pira. Y mi tonto hermano no me perdona un error de apreciación de situación. Que le den. Le deseo todos los males.

– ¡¡Carlitos!!

Carlitos había colgado sin mediar palabra. Y por si las moscas, apagó el móvil.

– Estoy solo, bua. Estoy solo, bua. Estoy más solo que la una, bua – cantaba yendo por la calle camino de la casa de Ramiro, que a su cuartucho en el centro, no quería volver que sabía que vería los calzoncillos del hijo de la matrona que se había guardado. Y eso le produciría irremediablemente otro ataque de llantina sin solución.

– Y así la cocinera me pone algo de comer, que estoy hambriento.

Jorge el camarero estaba listo. Y salía del hospital.

– Javi el policía, necesito tu ayuda. Necesito que impidas que Jorge el camarero vaya a currar.

– El médico ha dicho que está bien.

– Es por razones de seguridad.

– Está todo controlado. 67 GEO’s rodean ya su lugar de trabajo.

– Es que si va a trabajar se va a armar la marimorena. Con Ramiro.

– Lo siento, Óscar, no puedo hacer nada. Eso son temas conyugales y no tengo jurisdicción.

Jorge se despidió de las enfermeras y los médicos que tan amablemente le habían tratado. “Qué lástima que esté casado, el Dr. Huertas tiene un polvo de 11”.

– Por favor – insistió Óscar perentoriamente.

– No puedo. Está todo el dispositivo listo. El ministro del interior lo vigila personalmente. El presidente lo ha declarado prioridad nacional. Y va a venir a comer con Jorge en el restaurante. Esto no lo digas, que es información reservada.

– Pues eso, que coma. Pero que no trabaje.

– Es que quiere dar sensación de normalidad y que le sirva como un día normal. Va a invitar a todos los ministros, va a ser un consejo de idem de tapadillo. ¿No es guay? Y luego a los postres, pues en lugar de perderse en el baño con Ramiro el millonetis, pues se pierde en su mesa para tomar un cafecito y un chupito de hierbas.

Mientras tanto, Jorge el camarero andaba por la calle. Sonreía. Miraba a los árboles aún sin hojas, en busca de incipientes capullos que anunciaran el despertar definitivo de la primavera. Miraba a los niños corretear por la calle delante de sus padres “No te manches, Guillermito, que ya tienes una edad”, gritaba una madre desesperada al ver a su hijo de 15 rebozándose en el barro. Saludó al kioskero, Luisito, un hombre cabal que de pequeño le guardaba los cromos de Superman y todo superhéroe que tuviera mallas ceñidas al cuerpo. “Así te das una alegría, que ya bastante tienes con tus padres y tus hermanos mayores”, le decía guiñándole un ojo. Y Jorge sonreía y le daba un beso en la mejilla, que Luisito estaba muy solo el pobre, desde que su mujer le abandonó por una actriz muy famosa de los años 70. Luisito estaba cerca de la jubilación, no pensemos.

Según se acercaba al restaurante, se fue encontrando con algunos clientes habituales que lo saludaban sorprendidos.

– ¿Qué pasa? – preguntó a uno.

– Pensaba que estabas de viaje en Rusia.

– A no, yo no viajo con mi marido. Tengo que trabajar – y sonrió seguro de sí mismo y orgulloso de su sentido de la responsabilidad.

Al cliente se le heló la sonrisa, porque no le cuadraba nada lo que decía Jorge el camarero con lo que decía el jefe de Jorge el camarero. Pero se calló, no era su problema. Pero por si las moscas, enfiló la calle alejándose lo más posible del establecimiento.

– Parece que va a llover – le dijo a un viandante al que no conocía de nada, pero tenía que desahogarse de alguna forma. El cliente que había hecho mutis, no era de los que se callaran por gusto, era de lengua suelta, y la boca cerrada le producía una urticaria del 15.

– Hola a todos – dijo Jorge el camarero al entrar en el local.

Óscar jugaba con el teléfono de Ramiro, contando los minutos que faltaban para que Jorge llamara hecho un basilisco. Había intentado hablar con el jefe de Jorge, pero no había cogido el teléfono.

Los parroquianos que estaban en la barra se giraron para saludar a Jorge el camarero. El compañero que estaba trabajando, lo miró con gesto de sorpresa y un pequeño matiz de asco.

– Vienes a ver como va el negocio, no te fías – le espetó de malas formas.

– Virgilio, tómate una tila – le contestó gozoso Jorge. Respiró profundo, contento por estar de nuevo ahí, al pie del cañón.

– ¿Y toda esa pasma de fuera y de dentro?

– Tchhhhh – le dijo un armario de 2,10 que leía el periódico por disimular.

– Hola jefe, ya estoy aquí. Que ayer no vine, que es que…

– Si ya sabía que no venías. Tranquilo, me avisó el dueño.

– Viene tormenta – susurró en su intercomunicador el armario que jugaba a las tragaperras al lado de Jorge el camarero y su jefe.

El aire del interior del local empezó a cargarse de electricidad. Ylenia y Yasmina, clientas habituales, salieron por patas. A Juan Antonio le costó más, que ya no andaba como antes. Los años no pasan en balde. Pensó en tomarse el café de un golpe, pero tuvo que dejarlo casi sin probar “Está ardiendo, un euro veinte a la basura”.

– ¿El dueño? – preguntó suavemente Jorge el camarero, mirando con ojos penetrantes a su jefe, al que hasta hacía 34 segundos creía el dueño del tinglado.

– Claro.

– El dueño eres tú, a no ser que tengas un gemelo.

– Claro que no, no te hagas el tonto conmigo – y le guiñó el ojo – A los diez días de trabajar aquí, me lo compró tu marido. Me pagó la hostia, que yo no quería, pero es que me dio 10 veces más de lo que vale, y me dijo que conservaba el puesto de jefe, que debía hacer que no pasaba nada.

– Y entonces mentecato, ¿Qué dices ahora? – le espetó el policía del periódico, que no se pudo aguantar y que el tal jefe de Jorge le había caído como una patada en los cojones, nada más verlo y sobre todo, cuando haciéndose el tonto le tocó el paquete disimuladamente.

– Me está diciendo que… – Jorge hizo una pausa valorativa, más que nada porque no sabía que decir a continuación. Estaba un poco confuso.

– Sí, y Ramiro el millonetis llamó hace dos días y dijo que no contáramos contigo, que te ibas con él de viaje.

– Llamaría Óscar el secretario.

– No sé quien es ese, salvo que sea el tío ese que sale con ese chico tan expresivo, tan loco. Pero ese no me dice más que hola y adiós y cuanto es.

– Ramiro, mi marido, es el dueño de este local – dejó caer suavemente la noticia, para masticarla, para poder tragarla.

– Si. Así que puedes irte a casa, a tocarte los cojones, que es lo que hacen los maridos de los ricachones.

– Que puedo irme a casa a tocarme los cojones. A hacer de marido de un ricachón.

– Eso es lo que hacen los mantenidos. – contestó ufano el jefe, que de repente había decidido vengarse de Jorge el camarero y su indiferencia cuando coincidían en los vestuarios.

Los policías se miraron negando con la cabeza. En el centro de control preparaban ya las alternativas que se podrían producir cuando la furia de Jorge el camarero estallara. “¿A dónde irá?” Se preguntaban nerviosos por los problemas de seguridad que eso acarrearía.

– Vigilando la casa de sus padres, el cuartucho de su hermano en el centro, la mansión de Ramiro el millonetis.

– Y la sauna – propuso Javi el policía, que alguna vez en tiempos pasados, se lo había encontrado allí. Y recordaba que había gente que cuando entraba en ira supina, necesitaban un desahogo rápido y discreto.

Óscar seguía jugueteando con el móvil. Su ansiedad crecía. Su mundo se iba a la mierda. Otra vez a recorrer el mundo buscando un sustituto a Jorge el camarero. Otra vez la furia diaria, a todas horas de Ramiro el millonetis. Otra vez llamadas a las 4 de la mañana por asuntos urgentes, tales como la compra de lapiceros para la oficina, o el cambio de los archivadores, que ya estaban viejos.

– Ramiro mi marido el dueño de esto – Jorge paseó la mirada por las paredes y el techo – y no me entero hasta ahora. Y todo el mundo lo sabe, porque a todos se lo has contado.

– Para una vez que me sale un negocio redondo, no voy a presumir. Ya he cobrado, que lo demás me da igual.

En el local solo estaba el camarero de la barra. Todos los parroquianos había huido. El personal de cocina había salido por la puerta de atrás, junto con los camareros del comedor. Y el de la barra estaba, porque no podía escaparse, que dónde hablaban Jorge el camarero y el jefe era por el hueco para salir. Estaban también los policías de la escolta de Jorge el camarero. Fuera, el cordón visible de policías, estaba tenso, esperando. El cordón invisible, vigilaba las rutas de escape posibles con las mirillas de sus rifles de precisión. Jorge sacó su móvil despacio, como a cámara lenta. Miró a su jefe, miró al policía del periódico que le hacía gestos para que pasara del tema “Tranqui”, le pareció entender en sus labios “en todo caso lo ha hecho por amor”. Pero Jorge no veía nada. Lo veía, pero le daba igual. Ramiro el millonetis le había traicionado. Le había quitado lo único que no le habían arrebatado antes: la dignidad de sentir que hace su trabajo por sí mismo, que no necesita a nadie. Y ya no tenía eso. Ahora era un mantenido de un millonetis, que había pagado a todo el mundo para que le rieran las gracias.

Buscó el teléfono de Ramiro. Marcó.

Óscar lo sintió incluso antes de que empezara a vibrar. Cerró los ojos desesperado. Empezó a sonar, primero muy bajo.

– Es Jorge, pásamelo – dijo Ramiro despertando de su sueño inquieto al reconocer el tono especial que le había adjudicado.

– Amor – dijo contestando apresurado, rezando porque pudiera torear el problema que ahora veía cuan grave era.

¡¡¡¡Como has podido hacerme esto, Ramiro!!!! – bramó Jorge sin ningún preámbulo, sin vaselina.

No se que te habrán contado… ni quien…

¡¡¡¡Como me has podido joder de esa forma, Ramiro!!!! – volvió a bramar Jorge el camarero.

– No es para tanto, si me escuchas…

¡¡¡¡Como me has podido mentir de esta forma!!!!!!!! – esta vez había bajado un poco el tono, más que nada porque le picaba la garganta un poco, hubiera necesitado beber un trago de agua, pero no era cuestión de cortar el ritmo.

– No te pongas así, te echo de menos, cariño.

¡¡¡Ni cariño ni pollas!!!!

Se hizo el silencio. Ramiro pensó que se había cortado, pero no, comprobó en la pantalla que todo seguía igual. Jorge miró con los ojos inyectados en sangre a su alrededor. Miró con un odio supino a su ex-jefe.

– Jorge, cariño – murmuró con toda la dulzura que pudo Ramiro el millonetis.

– Jorge, dime algo. Mira, en cuanto vuelta, creo que llegaré en un par de horas, lo hablamos. No es para tanto. No te enfades. Es que no quiero que, es que te quiero tanto que necesito…

– Ramiro, te dejo.

– Pero mira, Jorge, cariño, amor, es que me pones a cien…

– Ramiro, cariño, te quiero más que a mi vida. Te amo. Te deseo como no he deseado a nadie. Pero te dejo. Lo nuestro se ha terminado – hizo una pausa valorativa – y lo has terminado tú, lo has jodido todo.

Jorge, no te pongas así – ahora era el tono de Ramiro el que iba subiendo de volumen. Se estaba poniendo nervioso porque conocía a Jorge lo suficiente para saber que estaba hablando muy en serio.

– Has pisoteado mi vida, mi autoestima. Te lo dije. El primer día: “no voy a hacer cosas de millonetis”. “Yo con mi curro, pobre pero digno”. Me dijiste: “compro el local”. Te dije: “No”.

– Pero yo tengo también derecho a tener mi opinión.

– En mi vida y en mi autoestima, no.

– Jorge.

– Ramiro.

– Jorge, perdóname – Óscar levantó las cejas al escucharlo, la primera vez que se lo escuchaba a su jefe.

– Adiós.

– ¡¡¡¡Jorge!!!!

Pero Jorge había colgado. Apagó el teléfono y se lo dejó al camarero de la barra.

– Cuando llegue el dueño, se lo das. Te vas a cagar idiota, por mirarme con ojos turbios cuando he entrado. Vas a saber lo que es tu jefe – se volvió al que hasta hacía unos minutos creía su jefe – y tú, te vas a quedar sin calzoncillos. Te vas a quedar en pelotas, como cuando ibas al vestuario a verme cambiarme. Así vas a quedarte cuando venga Ramiro, por traicionarlo.

Sin decir nada, salió del local.

Salió a la calle, respiró el ambiente de ese barrio por última vez. Se metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar sin levantar la mirada del suelo.

– El paquete se mueve al este, por c/Almanzor – se escuchó en el servicio de vigilancia.

– Recibido.

Capítulo 15.

A pie del avión esperaban no menos de 40 vehículos monovolumen con los cristales tintados. El personal de Ramiro el millonetis se bajó a la carrera y ocupó sus puestos. Ramiro el millonetis, bajó con cara de ningún amigo en el mundo y se subió a uno de ellos. Los tres mosqueteros lo siguieron en otro coche, que no querían enfrentarse a él en ese momento. Iban cabizbajos, mesándose los cabellos hacia atrás, con su traje de superhéroe apretándoles los huevos, que se había hecho pequeñitos, pequeñitos.

Óscar era el más afectado. Al problema de Ramiro se le unía el problema con Locatis. En su sueño inducido se había tirado a no menos de 25 hombres de distintas edades, condición económica y con detalles minuciosos sobre sus miembros y sus otras características corporales. A algunos de ellos los conocía y las dudas sobre la vida en general, se habían apoderado de su ánimo. Por su mente pasó la de irse a buscar Jorge y cogerse de la mano con él y salir pitando hacia el desierto del Gobi y perderse allí, entre las dunas, solos, sin nadie más, alejados del mundanal ruido, sin sexo. Bueno, o con sexo entre ellos, que tampoco iban a convertirse en monjes de clausura.

La caravana inmediatamente fue rodeada por otros tantos coches de la policía que los serviría de escolta. Era un problema de seguridad nacional y las precauciones eran las máximas. No estaba claro que los intentos de matar a la pareja se pudieran repetir. El servicio secreto había interceptado unas comunicaciones que resultaban cuando menos, inquietantes. El ministro del interior tenía los cojones de corbata, pensando que pudiera pasar algo a alguno de ellos dos. Y daba igual que Jorge el camarero hubiera dejado a su marido. Los malos podían pensar que lo mismo que se separan, se pueden juntar. Así que la única forma de solventar el peligro es cargándose a uno, al otro o a los dos. Muchos intereses económicos y políticos estaban en juego.

La primera parada de la caravana era el restaurante. Ramiro bajó como una exhalación. El camarero de la barra, nada más entrar, le lanzó el móvil que Jorge le había entregado e intentó huir. Pero el dedo acusador de Ramiro el millonetis, apuntándole al entrecejo, le dejó temblando, inmovilizado por unas cuerdas invisibles, en medio de la barra.

– Explícame por que has mirado con ojos turbios a mi marido.

– No me cae bien – susurró mientras notaba como se le escapaba un hilillo de orina y bajaba por sus piernas hasta encharcar sus zapatos. – me ha quitado el puesto de camarero principal porque es tu marido – explicó en un arranque de valentía.

– Te ha quitado el puesto porque es mejor que tú, imbécil.

– Sí señor.

– Hueles a mierda, quédate ahí a saborearlo.

– Si señor.

– Y se te puede ocurrir mirar con mala cara de nuevo a Jorge el camarero, que te mato. Escúchame bien: te mato.

– Se giró lentamente hacia el jefe, ex-dueño.

– ¿No te dije que guardaras el secreto?

– Yo no estoy para guardar secretitos.

– ¡¡ Óscar !! – bramó Ramiro, mientras tendía la mano hacia atrás.

Óscar apareció corriendo con unos papeles en la mano. Sabía de que iba su jefe y lo que necesitaba en cada momento. Muchos años de servicio íntimo lo avalaban.

– ¿Ves este contrato?

Se lo mostró al ex-dueño.

– Pues sí, la venta del local. Ya está.

– Léete esas cláusulas que tienes marcadas.

– Me da igual lo que diga.

– Te lo digo yo. Dice que si rompes la confidencialidad de la operación siquiera con tu mujer o marido, o con tus hijos legítimos o ilegítimos, pagarás una penalización del 250 % sobre el precio pactado.

– Vale. Vete a buscar el dinero. Ahí lo tengo, esperándote.

Ramiro sonrió de forma maléfica.

– Mejor vete a buscarlo tú. Después de recoger tus cosas y largarte.

– Ya las he recogido – el ex-dueño lo miraba ufano, muy seguro de sus argucias – tengo avión reservado a las Islas H5 y H8 en el Pacífico. Las he comprado para mí. Adiós Ramiro el millonetis. Yo se vivir, no como tú.

Ramiro sonrió otra vez.

– Quítate de mi vista.

El ex-dueño interpretó su invitación como una derrota de Ramiro el millonetis. Óscar, que sabía mejor que nadie como se las gastaba su jefe, miró al ex-jefe de Jorge el camarero con una cara de pena inmensa. “Ni los calzoncillos te van a quedar, pobre hombre”.

– Fito, cierra este sitio. No tiene objeto que esté abierto.

– Jefe, mejor es que…

– ¡¡¡Que lo cierres, maldita sea!!!

Fito dejó de respirar y se puso a ello.

Sin mediar más palabrería, Ramiro salió del restaurante y montó en su coche.

– Juanma, llévame a casa.

El chofeur cogió la directa y sobre dos ruedas, tardó menos de tres minutos en dejarlo a la puerta de su casoplón.

– ¡¡Jorge!! – gritó en el hall.

Jorge bajaba por la escalera cargado con una maleta, una mochila y una bandolera con su portátil. Se paró a mirar a Ramiro el millonetis, que de repente, se le había apagado el volumen de su atronadora voz y su ira se había esfumado ante la visión de su Jorge. Lo vio desmejorado. Muy pálido. Notó que había estado llorando. Notó que no estaba bien “voy a llamar al médico ese que ha dicho que está bien y se va a cagar”.

Jorge también miraba a su Ramiro. No le gustó lo que vio, porque lo vio triste, con unas ojeras como nunca le había notado. Y muy pálido, con los hombros hundidos.

– Me has traicionado, Ramiro.

Éste se arrodilló, abrió los brazos y lo miró fijamente.

– Perdóname.

Lo dijo con tanta dulzura, que a Jorge le empezaron a temblar las piernas. Dudó en su decisión. Pero era cabezota, bien lo sabía su padre. Y era orgulloso, eso no lo sabía casi nadie, porque a casi nadie había tenido oportunidad de mostrárselo. Y si pasaba por alto ese desprecio que le había hecho Ramiro, no se podría mirar en el espejo nunca más. Las mañanas serían oscuras, porque se había traicionado a si mismo, como los demás lo habían hecho antes con él.

– Solo tenía una cosa, Ramiro. Y me la has quitado. Debo salir a buscarlo.

– Por favor – suplicó.

Jorge levantó a duras penas la maleta y empezó a bajar nuevamente las escaleras. Quiso poner un gesto rudo y hierático. Pero cuanto más se acercaba a Ramiro, que seguía de rodillas, con los brazos abiertos, más pena el embargaba el alma. Y al pasar junto a él, no pudo por menos que agacharse y posar un suave beso en sus labios, justo un par de segundos antes de echarse a llorar.

Continuó su camino hacia la puerta, lento, arrastrando como podía la maleta, cuyas ruedas se negaban a rodar. Arrastrando su pena, su desamor, el orgullo herido, cosas todas ellas que pesaban un quintal, demasiado para sus escasas fuerzas.

No miró atrás. No vio como Ramiro se hacía un ovillo en el suelo y se echaba a llorar, con sus dedos tocando sus labios, ahí donde Jorge había posado su último beso.

Eduardo, un miembro del personal, se reía para sus adentros. Y sin ser consciente, dijo en voz media:

– El pavo ese ha hecho la comedia del siglo. Se va todo digno por unos meses de folleteo y sacará unos cuartos al jefe. A vivir tocándose los cojones.

Ramiro se levantó como un rayo y lo enfrentó.

– ¿Sabes lo primero que hizo ese del que has hablado con tanta ligereza? ¿Sabes la condición que me puso para formalizar nuestra relación?

Eduardo tragó saliva y negó lentamente con su cabeza.

– Me hizo firmar un papel ante notario que si la cosa salía mal, no le daría ni un euro. Así que no hables mal de ese que se va, porque nunca le llegaremos ninguno a la suela del zapato.

Ramiro enfiló la escalera camino de su habitación, mientras Jorge seguía su andar, siguiendo el camino de salida de la mansión.

Cuando solo le faltaban unos metros para salir de la propiedad de Ramiro el millonetis, las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, sin sentido. Juanma y Óscar estaban en la puerta y lo vieron. Montaron los dos en el coche y fueron a recogerlo. Lo subieron y lo llevaron a toda leche al hospital.

– No respira. Joder, no respira – gritaba Óscar rompiéndole la camiseta e iniciando un masaje cardíaco.

– Atención, hombre joven en parada cardíaca – anunció a la red de emergencias Juanma con falsa calma a través de la radio que llevaba en el coche – Es Jorge el camarero que ha abandonado el hospital esta mañana. Dr. Huertas.

– Preparados para recibirlo – contestaron desde el hospital.

Óscar seguía afanándose sobre el pecho de Jorge. Y lo alternaba con el boca a boca, pero no percibía resultados positivos.

Nunca podría olvidar esa sensación de posar sus labios en la acción de reanimación de Jorge el camarero. Esos labios que había besado hacía unos años y que le habían parecido los más intensos y vivos que había probado nunca, ahora, estaban sin vida, secos.

– ¡¡Joder, Jorge!! – gritó desesperado. Y sin poder evitarlo, sin buscarlo, le plantó un morreo como no había hecho nunca antes. Un beso desesperado, lleno de vida, lleno de desesperación. Lleno de las lágrimas que le caían irremediablemente de sus ojos.

Capítulo 16.

La cosa no fue tan grave.

Un susto grande, pero un susto. Un susto, pero grande. Vaya, como una catedral de grande. Vamos, que casi la palma. Pero luego no era para tanto. Un susto que si no llega a ser por Juanma y Óscar, le hubiera podido costar la vida a Jorge el camarero.

– El beso de la vida – le dijo Juamna el chofeur para rebajar tensión, dándole un codazo en el costado. Óscar sonreía con pena, porque los tenía todavía de corbata.

– Le dimos el alta muy pronto. La droga que le administraron tiene efectos secundarios que no teníamos suficientemente documentados. Cometí una imprudencia – el médico daba explicaciones a quien las quería escuchar, Jorge el camarero, su hermano Carlitos y Óscar el secretario. Estaban en la habitación de Jorge.

– Mira que bien – sonrió triste Jorge el camarero tumbado en la cama del hospital – he servido de documentación. Lo podré poner en el currículum. ¿Eso me servirá para encontrar un trabajo?

– Lo siento Jorge el camarero. Me equivoqué al darte de alta. Debería haberte retenido aquí.

– Mira, y todo este mogollón se hubiera evitado – Jorge miraba a su hermano sin saber a qué se refería – no te hubieras enterado de lo del restaurante – explicó – seguirías con tu historia de amor empalagosa con Ramiro y yo no estaría en esta situación tan rara, viviendo en casa de mi ex-cuñado y visitando a su ex-marido en el hospital.

– Todo lo dices por ti ¿no? – le echó en cara su hermano, pero sin mala baba, solo con la intención de picarle y que se rascara.

– Ya estamos – Carlitos no estaba para sutilezas ni piques; su hermano le había dado un susto de muerte y no se perdonaba no haber estado más pendiente de él, aunque todo eso era para dentro, muy adentro, que para fuera, ni con tortura de grado 15, se lo sacaría nadie en voz alta. – Yo me preocupo por ti, y lo sabes. Te quiero, joder, y eres lo único que tengo en la vida. Y no te lo digo más, que luego te creces.

Jorge sonrió pero no dijo nada. Le dolía un poco la cabeza y quería dormir, pero no conseguía hacerlo. Si cerraba los ojos, sueños extraños, llenos de negrura y dolor visceral, le llenaban la mente haciéndole que cada intento de dormir se convirtiera en una pesadilla que dolía físicamente.

– Bebe un poco de agua, Jorge. – Carlos se levantó para acercarle a su hermano un vaso de agua y ayudarle a incorporarse para tomarlo.

– No tengo sed – se quejó amargamente.

– El Dr. Huertas ha dicho que tienes que beber mucho agua. Mucha.

– Me duele la cabeza.

– Eso no es excusa para no beber agua. Dice que la droga esa deshidrata.

– No tiene ni puta idea de lo que hace. Lo de las pesadillas, por ejemplo.

– Él sabrá más que tú, a pesar de todo.

– No tengo sed.

Carlitos pasó de las protestas de su hermano y se acercó con el vaso de agua y una pajita. Jorge el camarero intentó apartarlo, incluso intentó tirar el vaso al suelo. Pero Carlos se mantuvo firme como nunca lo había hecho con su hermano. Lo que vio Jorge en él, le quitaron las ganas de discutir. “Joder con el enano”. No se resistió y se dejó ayudar por Carlos y bebió un gran trago de agua.

– La mitad del vaso, bro.

Puso caras, pero volvió a encontrarse con la mirada de Carlos y bebió.

Quería preguntar, pero no se atrevía. Quería interesarse por Ramiro, pero no, no y no. Según él creía, le habían dado la misma droga en Rusia. ¿Se habría puesto fatal también? Algo recordaba Jorge que le había comentado el médico que la droga que le dieron a él tenía algo más. Ese algo más era lo que estaba despistando al Dr. Huertas, que según le habían dicho era uno de los mejores especialistas del mundo en el tratamiento de intoxicaciones de todo tipo.

– ¿Sabes como está Ramiro? – lo dijo muy bajo, como con miedo, sin mirar a su interlocutor. “al final ha sido sí, si, joder, sí, pero bajito”.

Carlitos no contestó. No porque no quisiera entrar en el tema, que lo tenía ganas, a pesar de que Óscar le había dicho por activa y por pasiva que ni se le ocurriera citar de momento a Ramiro el millonetis. Si no le hubiera contado que a Ramiro le ingresaron en una habitación de ese mismo hospital poco después de su indisposición. Óscar estaba tan asustado con lo que le había pasado a Jorge que inmediatamente llamó a Ramiro para que se preparara para ingresar en el hospital para que le hicieran una revisión.

– Esa droga que te dieron no saben lo que produce. Jorge casi la palma hace unos minutos.

– ¿Cómo está Jorge? No te muevas de su lado. Lo que necesite. ¿Me oyes? Te hago responsable de lo que le pase, Óscar el secretario. Como le pase algo te despido. ¿Me oyes?

Y fue milagroso, porque le dio un desmayo al poco de llegar al hospital. El Dr. Huertas estaba muy contrariado por todas las consecuencias desconocidas que estaba teniendo esa droga.

– Óscar, mira a ver como está Jorge.

– Bien.

– Mira.

– Ya he mirado.

– Me duele la cabeza y no tengo ganas de discutir.

– No discutas.

– Vete a ver.

– Me ha dicho el doctor que…

– Vete a ver.

– Llamo a Carlitos.

– No, vete. No me fío. Y quédate con él.

– Está bien, tranquilo. Y me quedo contigo. Carlitos se ocupa de Jorge.

– Vete. Y mira.

Óscar se rindió y fue.

– Pero no me quedo – le dijo muy serio y sin dar opción a debate.

Entró en la habitación. Carlitos se había quedado medio dormido. No era de extrañar, no había pegado ojo en casi tres días, los que llevaba Jorge ingresado. Miró a Jorge, que intentaba dormir. Lo vio ojeroso y con la tez blanquecina. Y muy triste. Tenía los ojos entornados, como si durmiera. Pero si lo hacía, era evidente que no era un sueño tranquilo. De repente, su cara se contraía en muecas que parecían grotescas si no fuera porque tenía todo el cuerpo en tensión. Era como si estuviera viviendo una película de terror desde dentro, siendo la próxima víctima del malvado de turno.

Se acercó a la cama y se sentó al lado de Jorge. Empezó a acariciarle la cara, suavemente. Parecía que se relajaba. Pero esa piel que hacía tanto tiempo había acariciado en otras circunstancias muy distintas, le removía por dentro sentimientos que le embargaron durante semanas, meses, incluso años: el lapso que tardó en apartarlo de su cabeza. “¿De verdad lo he apartado? Jodido el Ramiro que se fue a fijar en él, joder, joder, joder”. En aquel entonces, Jorge el camarero era un joven muy apuesto, con un aura de conquistador y buen amante. Pero un joven a la vez, dominado por inseguridades y por una soledad íntima y profunda. El alcohol y drogas varias viajaban por su sangre cada noche. Quizás era eso lo que le daba ese aura especial. Y llegó una noche y se miraron y juntaron sus bocas, primero, y luego sus cuerpos. Una noche larga llena de sexo, y que, por la parte de Óscar, llegó a convertirse en amor. La parte de Jorge se declaró en una muesca más en la culata de su rifle. Jorge a la mañana siguiente ni se acordaba de él. Óscar sabía que lo había disfrutado. Sabía que con pocos había pasado toda la noche. Y con pocos, porque luego, todas esas aventuras pasaban de unos a otros en los sitios de “caza”, había tenido ese toque de sensualidad, hasta podríamos decir de cariño. Esos besos suaves a veces, otras apasionados. Esa lentitud en recorrer su cuerpo con sus dedos, o con su lengua. El sexo de Jorge normalmente era duro, sin concesiones a la delicadeza. Sus besos profundos, llenos de lujuria y sin nada de ternura. Incluso gustaba de los azotes, de darlos y que se los dieran. Alguna vez tuvo algún problema con ello, por no medir la fuerza o el gusto de su pareja de turno por el tema.

Los dos fueron abandonando poco a poco las rutinas de la caza nocturna. Quizás porque ninguno encontró lo que buscaba. O en el caso de Óscar, porque lo había encontrado, que era tener experiencias, vivir, como decía entonces. Luego llegó su trabajo, llegaron los tres mosqueteros, y llegaron otras experiencias distintas.

Jorge entreabrió los ojos. Hizo un amago de sonrisa.

– Te colaste por mí, Óscar el secretario.

El aludido levantó ligeramente las cejas e hizo un gesto que podría interpretarse de asentimiento, pero que en caso de necesidad, podía haber significado cualquier cosa. Resignación. “No es el momento”.

– Y yo no me enteré de nada.

– Ya hemos hablado de esto. Déjalo, da igual. ¿Cómo estás?

– No puedo dormir. Entro en una caverna cada vez que cierro los ojos. Veo monstruos y sangre, mucha sangre. Se me encoge el cuerpo. ¿Cómo está Ramiro?

– Bien. Está bien. No le ha afectado tanto.

– Me alegro. No le digas nada de mí, por favor. No quiero que se preocupe. ¿Me acercas un poco de agua?

Óscar se levantó y llenó un vaso de plástico con la botella que había en una de las mesas. Volvió al lado de Jorge y le ayudó a incorporarse para que bebiera.

– Está preocupado por ti, Jorge. Me ha enviado él.

– No voy a basar una relación en la pena, Óscar. Tomé la decisión adecuada.

– No es pena. No te digo nada sobre tu decisión.

– Me ha traicionado. Era lo único que tenía, Óscar. Mi orgullo. Y me lo ha quitado.

– Te quiere, Jorge. Y se arrepiente.

– Tú también me quieres. Y también te arrepientes de no habérmelo dicho antes. Podríamos haber sido felices, lo sé.

– Pero es distinto. Nuestro tiempo pasó. Ramiro y tú sois la pareja perfecta. Y lo sabes. Le quieres como nunca me hubieras querido a mí.

– Déjalo. Nuestro tiempo sí que ya ha pasado. Fue bonito, pero… se acabó.

– No seas así.

– ¿Has venido a convencerme?

– He venido porque está preocupado por ti. Porque estamos todos preocupados por ti. Todos te queremos ¿sabes?

– Dile que estoy cojonudo. Me alegra que él esté bien. Y gracias. Yo también os quiero a todos.

– Se lo diré.

– No, por favor. No le digas nada. Dile que estoy bien, nada más. No le digas que hemos hablado. Prefiero así.

– Jorge…

– Por favor.

Óscar asintió despacio.

Le hubiera gustado hablar más con Jorge, contarle que Locatis y él lo habían dejado. Locatis, después de esos sueños tan variados que tuvo, decidió que no era digno de Óscar.

– Te he puesto los cuernos. Y no con uno, sino con 456 en una noche. Lo siento.

Óscar le fue a decir que todo era fruto de la droga, pero… su sentido de la responsabilidad y todo lo que estaba en juego en el ámbito de los negocios y de la política internacional, le hicieron callar. Locatis no era precisamente una persona discreta a la que se pudiera confiar secretos de estado. Y el nuevo estado de Jorge… por qué no decirlo, le hizo albergar alguna esperanza, si es que no se arreglaba con Ramiro.

– Debes perdonarle, Jorge. Ramiro te ama y tú lo amas con toda tu esencia. Lo sé, te conozco.

– Lo nuestro ha acabado – sentenció con seguridad. – dile que estoy bien. Solo eso.

Jorge volvió a cerrar los ojos.

Carlitos se había despertado. Se levantó asustado, al ver que alguien estaba junto a su hermano. Instintivamente cogió una barra que se había agenciado, por si venía alguien a atacar a su bro.

– Me has asustado – susurró al oído de Óscar.

– Acaríciale, le tranquiliza. Y no temas, el hospital está tomado por la policía. Javi está pendiente de todo.

Se levantó y salió de la habitación. Anduvo despacio, camino de la habitación de Ramiro. Tenía que arreglar esto. Pero no sabía como.

Él también estaba cansado de todo.

– Menos mal que esta no es mi historia. – se dijo antes de entrar en la habitación de Ramiro.

– Está mucho mejor.

– ¿Ha preguntado por mí?

Dudó en qué contestar, pero por una vez, fue fiel a otra persona que no fuera su jefe.

– No. – bajó la mirada – Estaba adormilado por los somníferos – matizó para que no fuera tan brusco como había parecido – no se dio cuenta de que estuve a su lado.

Ramiro se giró en la cama, para ocultar su decepción.

Capítulo 17.

– Joder, está todo por hacer. No tenemos nada, ni a los anfitriones. No se puede preparar una recepción de esa envergadura en 3 días, Óscar.

– Nosotros podemos.

– Sí, una mierda. Cuatro Reyes. Dieciseis Presidentes de gobierno, treinta Primeros Ministros y treinta y cuatro ministros. Cuarenta y ocho secretarios de estado, alcaldes, presidentes de comunidad, ricachones y proletarios. Todos juntos y todos dispuestos a hablar con todos. Escritores y pintores varios, actores y directores. Hasta viene Ernesto el escritor y sus hijos y Adri Kilmer, el famoso porno star y su pareja, que para mí son más VIP que todos los anteriores, todo sea dicho.

– Y encima, la excusa es una pareja de casi recién casados que llevan 15 días separados. Y uno de los cónyuges, por cierto, no sabe que dentro de dos días, saludará al Presidente de Estados Unidos como el maridito de Ramiro el millonetis. Es más, a ver quién es el listo que va a convencerlo con la mínima posibilidad de que no le salte los ojos con un sacaojos.

– ¿Sacaojos?

– No se me ocurría otra cosa – dijo Fito mesándose la cabeza, que el cabello no, que se había rapado al cero después de la operación Rusia.

– ¿Quién va a ir a convencer a Jorge?

– Yo no, desde luego. Amo a mis ojos – explicó Fito.

– Pues habrá que hacerlo cuanto antes. Con lo de la droga, ha adelgazado un huevo y el smoking no le sentará bien.

– Ni los calzoncillos rotos.

– Por favor, dejemos las frivolidades. El juego de los calzoncillos rotos es historia. Fue divertido mientras duró.

Llegó el jefe de protocolo del Gobierno de la nación. Y el de la comunidad autónoma. Y llegó el de la embajada de USA. Y el de la embajada de Inglaterra, que su Primer Ministro se había apuntado, para saludar a la pareja de moda, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. También hicieron acto de presencia el de la Unión Europea y el de la República Francesa. Y el de la italiana. Y el de Mónaco, que el Príncipe también asistía, eso sí, sin novio ni esposa.

En realidad todo era una excusa para tratar el tema del ataque a Ramiro el millonetis en suelo ruso y las implicaciones políticas que eso conllevaba. Alta política de la buena. Los de protocolo sentaban las bases de convivencia. O sea, se pegaban ellos primero; que si mi Presidente a la derecha, que si el mío en la cabecera, que si nos sentamos, que si de pie, que no, que el mío es bajito, pues el mío es alto, que si el mío es gordo, que si tal, que si cual… el mí saluda antes a Ramiro, no el mío, pues el mío lo hace con Jorge el camarero, pues el mío va antes al servicio, pues… que si tal, y cual y vuelta al tal.

Su separación había sido silenciada absolutamente. Algún periodista se había olido algo raro, pero le habían dado una exclusiva sobre la búsqueda de Enrique, el oledor de sobacos y nombrado intrigante mayor del Reino.

– Viene el Rey – anunció de repente Manu, colgando el teléfono.

– Uno más. La reunión de los de protocolo puede pasar a los anales del boxeo.

Ramiro el millonetis estaba en su habitación. Solo miraba por la ventana.

– Ramiro, debes ir a la oficina. Hay multitud de cosas que debes decidir.

– Suspende todo. Di la verdad: he engañado a mi marido y éste me ha dejado.

– No digas sandeces.

– No va a ir.

– Déjalo de mi cuenta. Vamos, vístete.

– No Óscar. Esta vez no me vas a convencer. Estoy desolado, hundido – e hizo un gesto dramático de lo más teatral llevándose la mano a la frente y mirando al cielo.

– Debes decidir… todo va a ir adelante.

– Hazlo tú. No tengo cuerpo.

– Pero yo no sé…

– Lo harás bien. Los tres mosqueteros sois invencibles.

– Ramiro.

Pero éste cerró los ojos y se puso el auricular para escuchar por enésima vez el Requiem de Mozart.

Óscar montó en el coche y se fue a ver a Jorge el camarero, que había alquilado un apartamento en el centro para él solo. Apartamento que apenas abandonaba. Carlitos le llevaba comida una vez al día, que apenas probaba.

– Jorge, abre la puerta.

– Jorge. – insistió al cabo de cinco minutos sin respuesta.

– Joder, deja de aporrear la puerta. ¿No entiendes que no quiere verte? – gritó un vecino que quería dormir un poco.

Óscar respiró hondo y se fue.

Jorge estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Miraba al frente, pero sin ver nada. Tampoco había nada que ver, que enfrente solo había una pared desnuda, matizada de vez en cuando por desconchones debidos sin duda a los niños de el anterior inquilino.

– Eran unas bestias – le dijo el dueño del piso.

– Puedes pintar la casa, si quieres, te dejo – le comentó magnánimo.

Jorge asintió despacio, empujando al dueño fuera de su casa. Solo quería quedarse solo y en silencio. “Las paredes las va a pintar Santa Rita, no te jode”.

Lo del silencio, a los cinco minutos, se dio cuenta de que era una quimera. Se escuchaba todo lo que pasaba en los pisos de arriba y abajo. No eran precisamente silenciosos los habitantes de esa casa. Pero en realidad, como le importaba una mierda lo que los demás hicieran, pues no le molestaba en exceso, salvo cuando el niño de tres pisos más arriba, se ponía frenético a chillar a las 4 de la mañana y nadie en esa familia parecía saber que hacer con la criatura para que se callara. Luego empezaban a despertarse el resto de los vecinos y unos a despotricar contra los padres, otros llamaban a Herodes, y otros requerían la presencia de un médico para que le aplicara la eutanasia a ese niño. Al final, llevaban los defensores del aborto a ultranza y se preguntaban por qué no abortaron los padres de los padres de la criatura, que al fin y al cabo, eran los culpables de todo.

– Los padres al paredón.

– Repitamos los fusilamientos del dos de mayo, aunque sea 3 de marzo.

Los días pasaban sin nada reseñable. Carlos llegaba sobre las dos con unos taper de comida. Intentaba charlar con su hermano, pero como éste le daba tan poca coba, se iba echando leches. Le desesperaba la actitud de Jorge. Y no soportaba verlo así. No sabía que hacer y eso le desesperaba más si cabe. Y encima, había vuelto a la sequía sexual. El chico de la matrona había desaparecido y nadie había llegado para sustituirlo. Y el narrador estaba ofendido con él, justamente ofendido, reconocía para sí Carlitos, y ya no le daba coba. Y encima le hacía parecer como un pasota en el relato, así que procuraba no enfadarlo más, no fuera a ser que lo convirtiera en un asesino a sueldo, en cómplice de Enrique el oledor de sobacos o algo peor. “En amante de Putin, no será capaz”.

Tenemos a Ramiro en su habitación, escuchando al Requiem de Mozart a todas horas y mirando por la ventana.

Tenemos por otro lado a Jorge, tirado en el suelo, mirando la pared de enfrente, sin música ni nada que hacer. Nos informan los servicios secretos que lo más apasionante que pasa son los pedos que se tira el vecino del 5º, que se oyen en todo el edificio.

– ¿Y huelen?

– No me han informado al respecto.

Tenemos a los tres mosqueteros organizando una recepción con los mandamases mundiales, que querían venir a postrarse ante los novios del siglo. Novios que ya no lo eran. Aunque eso era el secreto mejor guardado del reino. Qué digo del reino, de universo. Las escuchas de los servicios secretos estaban atentos a cualquier dicho al respecto, para atajarlo en cuanto se produjera. Eran tantos los intereses económicos y políticos de esa reunión, que la excusa para celebrarse no podía evaporarse. Los rusos estaban maquinando para que alguno de los representantes político se borraran del evento. Pero todos querían presenciar el amor incondicional que había traspasado fronteras entre Jorge el camarero y Ramiro el millonetis.

– El presidente de USA se queda a dormir el en casoplón de Ramiro.

– No, eso no puede ser.

– Ramiro les invitó en su entrevista en la Casa Blanca.

– Joder, que marrón . Eso sí que no podemos disimularlo. Jorge no va a volver a la casa, ni de coña. Y sin sus famosas sesiones de sexo…

– ¿Y si les pedimos a los de la radio del obispo la grabación aquella que hicieron para animar a la cópula y la procreación?

Óscar suspiró.

– ¿Y si los drogamos con la droga de la sonrisa tonta?

– Sí, no te jode. Mira como están con su última dosis de droga.

– Ufffffff. Mejor ni tocar.

Todo iba adelante. Todo estaba casi perfilado y preparado. Javi el policía se encargaba de organizar la seguridad. El mismísimo ministro del interior había delegado en él.

– Confío en tí, Javi el policía. Eres joven pero con una intuición de campeonato. Llevas sangre de policía y cabeza de policía.

– Y Javi el policía se rascó suavemente encima de la oreja, rezando mentalmente porque ese marrón no se convirtiera en un barullo capaz de sepultarlo de por vida.

Y por fin llegó el día de la recepción.

Quedaban tres horas.

Por la puerta de la casa de Jorge habían pasado todos los que podrían haber convencido de algo a Jorge. Hasta encomendaron al subdirector del banco a que fuera, por ver si el asco que le producía, lo hacía reaccionar. Pero nada. Locatis organizó un numerito en la escalera, sin ningún resultado. Óscar se pasó cada dos horas, por ver si lo pillaba en un momento bajo de defensas. Carlitos hizo guardia en el rellano, pero sin atreverse a entrar más que la visita de la comida, pero nada. Y Jorge seguía sin casi probar bocado.

Al final Óscar tuvo una idea. Desesperada, pero idea.

– Vamos a ello.

– Los GEO tomaron el edificio. Dos corpulentos hombretones echaron la puerta abajo.

Jorge el camarero, los miró con indiferencia.

– Hola Jimmy y Juan. ¿Cómo estáis?

– Jorge el camarero, no nos gusta verte así. Nos jode que te salváramos la vida para esto.

– La vida es así de cruel.

En un plis plas revisaron la casa. Javi el policía entró entonces para dar el visto bueno. Y detrás, llegó el presidente del Gobierno.

– Jorge el camarero.

– Presi, que honor. No soy un buen anfitrión, ya me perdonarás.

El presidente del gobierno entró despacio y se sentó en el suelo al lado de Jorge el camarero. Su asistente vino a la carrera detrás, con unas bolsas de comida.

– Quería comer una hamburguesa a gusto, y me he dicho: voy a ver a Jorge el camarero. Me he comido las mejores hamburguesas en tu compañía.

– ¿Quiere ligar conmigo?

– Ya me gustaría, pero ya sabes que lo mío es la discreción y las saunas.

– Así que eras tú.

– Pero no lo digas a nadie.

– Ten te he traído tu burguer con queso y beicon.

– De verdad…

– No seas así, que no me gusta comer solo. Y el ministro de sanidad no me deja comer estas cosas. Así que ya que me escaqueado, acompáñame.

– Está bien. Pero no le voy a votar, que conste.

– Ni falta que hace. Comamos una burguer y dejemos los votos para otro momento.

Y empezaron a comer. Se pasaron los sobres de ketchup y hablaron de esto y aquello. Se pasaron los sobres de mostaza y rieron sobre aquella vez que el Presidente se pegó un traspiés que dio con sus morros en el suelo.

– Te juro que me sentí ridículo, todo el mundo mirando, las cámaras grabando. Al día siguiente en el Congreso pedían mi dimisión por patoso.

– Me acuerdo que saliste en todas las noticias.

– Mi mujer me hizo la prueba de alcoholemia al llegar a Palacio. ¿Tu te crees?

– ¿Y habías bebido?

– Qué va. Si no bebo nada.

Y bla, bla, bla.

Óscar en el rellano, señalando el reloj disimuladamente.

El Presidente asiente.

– Debo pedirte algo, querido amigo.

– ¿El voto?

– Eso ya te he dicho que te lo perdono. De momento.

– A ver. – dijo resignado.

– Necesito que vengas a una recepción y que hagas de marido feliz de Ramiro. El mundo te necesita.

– Eso no es posible. Ramiro…

– Ya sé la historia, Jorge el camarero. Y lo siento. Porque me caes bien y quieres con locura a Ramiro, lo sé.

– Pero no puedo renunciar a mi orgullo, a…

– Yo renuncio todos los días a un montón de cosas, incluido mi orgullo. Anda que no tengo que dar mi brazo a torcer, y eso que dicen que mando en la nación. Y se ríen de mí y me engañan, y yo engaño. Es la vida.

– Tú eres político.

– De momento. Mañana vete tú a saber. Pero te necesito. Es la puta verdad. Ramiro y tú sois la razón por la que tanta gente ha dicho que venía a la reunión. Porque además sois los damnificados por aquella operación de la mafia y de los servicios secretos rusos. Todos vienen para saludaros y daros un abrazo y las gracias.

– Ramiro no va a querer.

– De Ramiro ya me ocupo yo. Te necesito de mi lado.

– ¡¡Qué alguien cierre la puerta joder!! – gritó el vecino del cuarto – A ver quien paga luego la factura del gas.

– ¡¡Cállate majadero!!

– ¿Como puedes aguantar…?

– Huy, tranquilo presi – el Presidente miraba asustado hacia la escalera – es mucho peor otros días. Hoy porque hay mucha policía y muchos estarán escondidos debajo de la cama, rezando porque no haya un registro y le pillen el costo.

– ¿Vamos Jorge el camarero? Estoy en tus manos. Van a ir amigos tuyos, Ernesto el escritor, con Arturo y Tomás. Adri Kilmer. Tu hermano Carlitos. Alex Monner. Pablo Rivero.

– Vale acepto. Pero mañana me dejas invitarte a otra hamburguesa en nuestro burguer preferido.

– Hecho. Tú y yo solos.

El Presidente se levantó e hizo una señal a Óscar el secretario.

Y en un plis plas, entraron maquilladores, manicuras, sastres, con una remesa de calzoncillos rotos y unos cuantos smoking para vestir a “novio Jorge”.

– Joder, Óscar. No, esto no.

El Presidente sonrió.

– El protocolo, ya sabes. Las cámaras de televisión, y un chico guapo como tú que tiene que lucir sus atractivos.

El Presiente levantó las manos y todo el mundo se paró. Se acercó a Jorge el camarero y le dio un beso en la mejilla.

– Gracias.

Jorge el camarero sonrió.

Y todo el mundo volvió a ponerse en marcha.

– ¡¡¡Óscar!!! Hay un tío que se ha metido en la ducha conmigo. Me dice que me frota la espalda.

Óscar se sonrió.

– ¿Quieres que vaya yo?

– Joder, no, que tú seguro que me violas por los viejos tiempos.

– Pues no te quejes.

– ¡¡¡Óscar!!! ¡¡Qué estoy en los huesos!! ¡¡¡Joder!!! No puedo ir así a la recepción. ¿Quién se ha quedado mis carnes? Llama a la policía para que las busque.

– ¿Llamo a los armarios, esos amigos? Recuerdo que te serenan el ánimo.

– Ya están ahí Jimmy y Juan, los GEO del ariete. Esos son peores.

– Aquí estamos, para lo que gustéis – contestaron sonriendo.

– Ni se te ocurra. ¡¡Joder!! Que me está frotando el culo.

Elevó la mirada al cielo, agradeciéndole la vuelta de las quejas continuas de Jorge el camarero.

– ¡Hay esperanza! Ahora solo ayúdame a organizar un plan para que esos dos bobos se junten de nuevo y nos den una serenata esta noche. Si me das ese deseo, te prometo que … no sé que prometerte… ya se me ocurrirá algo.

Capítulo 18.

– Tú bajas por este lado de la escalera, cuando suene la marcha. Y por el otro lado, bajará Ramiro. Os juntáis abajo y os dais un pico. Os miráis sonriendo y tal. Cara de merluzos enamorados. Luego miráis a la concurrencia, sonriendo, felices.

– Pura comedia – se quejó Jorge.

– Pues haz una buena interpretación. Abajo han 2384 invitados deseosos de que sea la mejor comedia del mundo. Y no te digo los periodístas que habrá, para que no te cagues por la pata abajo.

– No he visto a Carlos – Jorge a lo suyo, no hacía mucho caso a las instrucciones de los tres mosqueteros.

Óscar carraspeó y se hizo el loco.

– Óscar.

Sin respuesta.

– Óscar.

Fue a salir de la habitación.

– ¡¡Óscar!! o respondes o no bajo.

– Carlitos está enfadado. Piensa que no le quieres porque no le has hecho caso. Está muy triste. Dice que haces más caso al Presidente del Gobierno que a él.

– Porque no folla. Por eso está enfadado.

– Va, eso no es cierto del todo. Ayer se encontró de nuevo con el narrador.

– ¿Ya le ha engañado de nuevo? Pobre narrador.

– Dice que solo hablaron.

– ¿Mi hermano hablar? ¿Solo?

– Jorge, eres injusto – le espetó de repente el narrador desde el otro lado de la pantalla.

Jorge miró hacia la pantalla intentando ver al narrador. Al principio estaba un poco enfadado por la réplica del narrador. Pero poco a poco recapacitó y cambió su estado de ánimo.

– ¿No follásteis? – preguntó cauteloso.

– Eso es irrelevante. Eres injusto en lo de que no te quiere.

– Es cierto, me quiere.

– Estos días no ha hecho nada. No ha ido ni a baile. ¿Sabes que ha perdido un papel principal en el próximo estreno de la compañía? Y sabes que el baile es su vida. Lo ha dejado por ti, Jorge el camarero.

– Eso ha sido un golpe bajo, narrador.

– Díselo Óscar, yo me callo.

– El narrador tiene razón. No ha ido a ensayar, así que el director le ha quitado el puesto. Pòr eso y por no querer acostarse con él. Y eso que está de vicio.

– ¿No se habrá pillado de verdad del narrador?

Se quedaron todos callando a la espera de una respuesta del narrador. Pero van listos.

– Narrador, cobarde – picó Jorge. – Contesta.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Narrador, que ésta no es la historia de Carlos, sino la mía.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Pues hala, vamos a seguir con lo nuestro – dijo Manu para romper el silencio propiciado por la callada del narrador.

– Recuerda: “Somos muy felices”

– Joder, que no lo digo.

– Jorge, por favor.

– Somos muy felices – dijo a regañadientes.

– Así no cuela.

– ¡Somos muy felices! – ahora levantó la voz.

– No cuela chillar, sino sonreír.

Jorge puso su mejor sonrisa falsa.

– Esa no – le recriminó dulcemente Óscar, quizás demasiado dulcemente.

Jorge se conmovió con Óscar y puso su sonrisa de conquista. Manu y Fito se miraron preocupados compartiendo en silencio un ruido peligroso de tripas. “Este Óscar nos la lía, que sigue pillado por Jorge. Y como el Loca le ha dado plantón…”

– Esta está mejor. Ahora repite.

– Repito.

– No seas bobo. Repite “Somos muy felices”.

– Repito, somos muy felices.

– ¡¡Jorge, por favor!! – se quejó Fito desesperado de los nervios.

– Iros con Ramiro, ya me ocupo yo de Jorge.

Manu y Fito miraron con recelo a Óscar. “Qué nos la lía, que nos la lía, que se lían y lo que faltaba para que Ramiro nos cuelgue por los cataplines”. Sabían de su antigua aventura y no las tenían todas consigo de que de repente, Jorge se quitara el smoking y acabara en la cómoda rodeando con sus piernas el tronco de Óscar “¡Y qué tronco!” pensó Manu que estaba enamorado en secreto de Óscar y que había disfrutado a tope de sus sesiones de sexo desenfrenado y sin compromiso, solos o en compañía de otros. Los tres mosqueteros, sexo sin compromiso, alegría y diversión. Pero ¿qué pasaba si uno de los tres mosqueteros “sexo sin compromiso”, se pillaba de otro? Pues a callar y a joderse, Manu querido.

– Vamos. – apremió Óscar al ver que no se movían.

– Óscar, que me fugo. Que no puedo. – explotó Jorge cuando se quedaron solos.

– Jorge, que sí que puedes.

– Esto es …

– No es nada, Jorge.

– Me largo.

– Están Jimmy y Juan fuera.

– ¿Con el ariete? – preguntó con precaución.

– ¿Les has visto los brazos?

– Sí. Lo difícil es no verlos.

– Para apretarte los huevos no necesitan el ariete.

– No voy a poder fingir.

– No finges.

– Sí lo hago.

– No.

– No puedo decir eso.

– Claro que puedes, porque es la verdad. “Quiero a Ramiro, mi marido con todas mis fuerzas”

– No lo es – ya no mostraba tanta seguridad al hablar.

– Si, lo es. Lo quieres. Otra cosa es que estés enfadado con él.

– Pero eso va lo uno con lo otro.

– No, y lo sabes.

– Te quiero a ti.

– Mentira.

– Tú me quieres.

– Sí, pero no.

– Fuguémonos.

– No.

– Por fa.

– No.

– Podríamos haber sido felices.

– Ya.

– Vayámonos.

– No.

– Vas a bajar con tu mejor sonrisa. Estás muy guapo. Muy delgado. Pero sigues estando guapo. Te ha quedado el culo un poco fino.

– Y la cara. Tengo muchos ángulos.

– Eso en un par de semanas, lo recuperas.

– Va, da igual.

– Vamos. Repite: “Quiero mucho a mi marido”.

– Quiero mucho a mi marido.

– No ha sonado convincente.

– Joder.

– Repite: “Quiero… “

– Quiero mucho a mi marido.

– Lo que nos ha pasado nos ha unido más. Nadie nos podrá separar nunca.

– Pero tío, eso sí que es un poco mentira.

– Solo un poco. Y si os volvéis a juntar, no lo será.

De repente entró el secretario del secretario de Óscar el secretario.

– 127 cámaras de televisión, 287 micrófonos y 874 plumillas. De todo el mundo – el secretario del secretario de Óscar el secretario estaba excitado.

– ¿Cómo te llamas?

– Ignasi.

– Ignasi – le dijo muy serio Jorge el camarero – eso son minucias. Ya te irás acostumbrando, si no te da un ataque de tanta emoción.

– ¡Ah!

– ¿Qué tal hablas francés?

– ¿Eh?

– Que si practicas mucho el francés.

El secretario Ignasi miraba alternativamente a su jefe y a Jorge, el marido de su super-jefe.

– No se me da mal, gracias.

Cualquier observador hubiera podido jurar que al secretario del secretario de Óscar el secretario, a la sazón conocido por sus padres como Ignasi, le había crecido un ligero bulto en la entrepierna.

– Ignasi, ¿Has visto lo atractivo que es Óscar?

– ¡¡Jorge!! No es momento para juegos.

– Me pone mucho – dijo en un ataque de sinceridad, del que se arrepintió enseguida al ver la cara de asesino en serie que se le acababa de poner Óscar el secretario. Su color de cara subió 5 grados de rojo, hasta alcanzar un tono próximo a la fresa en plenitud.

– ¿Y si te lo montas con él ahí, en el armario? Un sitio íntimo, con morbo, y con Óscar el secretario entre tus brazos. – Jorge empleaba un tono de lo más sugerente.

– Eres un capullo. A ver como le saco yo ahora ahí fuera con ese bulto.

– Pues bájaselo.

– ¡¡Síiiiiiii!! – gritó esperanzado Ignasi, aunque se arrepintió, que la cara de Óscar no había mejorado y seguía pareciendo la de un asesino en serie.

– Óscar, Ignasi está muy guapo – insistió sugerente Jorge.

– Jorge, no tenemos tiempo.

– Tú ya has hecho tu trabajo.

– Jorge.

– Óscar.

– Jorge.

– ¿Ignasi?

– Sí, Jorge el camarero.

– ¿Quién soy?

– Jorge el camarero.

– ¿Y quién es mi marido?

– Ramiro el millonetis.

– Pues como un mandato especial de Ramiro el millonetis, te digo que te lances sobre el cuello de Óscar el secretario que lo hagas tuyo. Muéstrale de lo que eres capaz.

Miró de reojo a Óscar que miraba con los ojos desorbitados a Jorge el camarero.

– ¿De qué vas?

– ¡¡Vamos!! Que no tenemos todo el día – apremió Jorge.

Y Ignasi hizo un salto prodigioso, solo reservado a los grandes felinos de la estepa africana, con tanta precisión que su boca se juntó con la de Óscar a la primera. Y envolviendo con sus piernas la cintura de Óscar el secretario, lo fue dirigiendo hacia el enorme armario de la habitación en dónde estaban.

Óscar se resistió, pero solo los 0,005 segundos primeros. Después se dejó llevar porque a fin de cuentas le apetecía un polvo que, con la espantada de Locatis, se había quedado a dos velas. Y para que negarlo, el tal Ignasi era un ejemplar de hombre muy atractivo. Y era rubio, con lo que le ponían los rubios, aunque ya no se acordaba del último que tuvo como partenaire. Y en ese momento tampoco se acordaba de la plaga de rubios malos, malos, que había asolado su vida apenas unas semanas antes y su juramento en silencio y para sí mismo, de no juntarse con ningún rubio, por si las moscas.

Jorge el camarero se colocó la pajarita y fue hacia la puerta.

– Adiós, Óscar.

– Jorge, no hagas tonterías – recomendó Óscar el secretario a Jorge el camarero, apartando por un momento su boca de la de Ignasi, que todo sea dicho besaba que era un primor.

– Me fugo.

Abrió la puerta y se encontró con Juan y Jimmy, en lugar de vestidos con su traje de asalto, con un perfecto smoking aunque estaban un poco justos y sus músculos amenazaban con hacer saltar las costuras en cualquier momento.

– Te acompañamos a la escalera – y pusieron su mejor sonrisa de anuncio de dentífrico.

– ¡Ah!

Se sonrieron los tres.

– ¿No hay más remedio?

– Es un caso de emergencia nacional.

– Vale.

Y Jimmy hizo una serie de estiramientos con las manos, como si no quiere la cosa. Unos movimientos que parecían destinados a sus partes pudendas.

– ¿Te mola apretar huevos?

– Disfruta como un enano – contestó Juan – A veces me cuesta refrenarlo.

– Agggg.

Es la voz de Óscar.

– He encontrado un nuevo novio – dijo de forma enigmática Jorge.

– Me alegro por él.

– Ya, yo también – dijo resignado Jorge que veía que su estratagema para escaparse había fracasado estrepitosamente.

– Te escoltamos hasta el punto de salida. Te están esperando.

– Vale. Pero no hace falta. No os molestéis. Me se el camino – sonrisa embaucadora.

– No es molestia. Y sabes que nos encantas. Eres nuestro protegido preferido. Juan está deseando cogerte los huevos. Sueña con ello desde que le rechazaste una noche loca de hace dos años. – Jimmy sonreía y Juan no tanto – Nos han dicho que debes sonreír.

Jorge sonrió de aquella forma. Pensaba en la afirmación de Jimmy. “Creo que me acordaría si un tío como Juan me hubiera entrado”. “¿De verdad me tiene ganas?”. “Joder, en esa manaza, mis huevos no tienen ningún futuro”. “Los dos me tienen ganas. Que por turnos el uno y el otro alaban las ganas que tiene el otro de machacarmelos a la menor ocasión; pero que vamos que si se tercia, hacemos un trío y así superamos el pasado”. Los miró alternativamente a los ojos, escrutando, penetrando en sus mentes. “Si en el fondo me quieren, pero de deshuevan, fijo”.

Jimmy volvió con sus ejercicios de manos. Jorge mejoró mucho su sonrisa. “Es mejor rendirse, lo tengo crudo”.

– Así mejor – aprobó Juan empujando delicadamente a Jorge hacia su destino.

– La suerte está echada – dijo Jimmy. – Lo iba a decir en latín pero no me acuerdo.

– Alea iacta est – apuntó Jorge.

Capítulo 19.

– Pero no me dejes así – dijo con un tono un poco desesperado Ignasi, el secretario del secretario de Óscar el secretario. Así era: tirado en el suelo del armario, rodeado de camisas y trajes que habían perdido su sitio. Con su pajarita mirando para Cuenca, los pantalones en los tobillos. Y su miembro, bien duro. Y su boca, salivando a mil por hora. Salivaba tanto que empezabba a hacer un pequeño charco en el suelo.

– Eres muy guapo, querido, pero el mundo me necesita.

Lo dijo con toda la pompa y circunstanca que el momento requería,

– Bájate el hinchazón que te necesito en cinco minutos, bien vestido y sin marcar paquete.

Esto último lo dijo como el hombre importante acostumbrado a dirigir el mundo de su jefe. Lo dijo mirando con cara de hombre responsable mientras se abotonaba su camisa y se colocaba bien los pantalones. Ignasi en cambio seguía espatarrado, entre trajes que colgaban de sus perchas y zapatos que reposaban en el suelo esperando su turno de ser usados por Jorge el camarero. Seguía espatarrado con sus propios pantalones y calzones en los tobillos, con la camisa abierta y la pajarita echada hacia atrás. Sus labios sensuales, especialmente rojos y ardientes, miraban a Óscar que sin perder un segundo en miradas de pena por dejar los dulces y apasionados brazos de Ignasi, salía como alma que lleva el diablo camino de la recepción.

– ¡Vístete, joder! – le gritó desde la puerta.

Aunque en un momento de lucidez, volvió sobre sus pasos y abrió el cajón de los calzoncillos rotos y usados de Jorge el camarero y cogió unos. No pudo contenere y los olió.

– Hummmm – dijo en un arranque.

– ¡¡Te he visto!! – dijo con tono acusica Ignasi, que para que negarlo, estaba como un poco resentido con su jefe que lo debaja con el culo al aire y con necesidades perentorias de que unas manos en concreto, las de Óscar, se pasearan por su cipote ardiente y babeante. – se lo voy a contar a …

Pero Ignasi no acabó. Porque se encontró con la boca de Óscar el secretario sobre su propia boca, porque le dio un beso de los que corta la respiración, porque con una mano agarró de esa forma el miembro turgente y palpitante de su ayudante en tercer grado, porque solo con ese hecho, el citado secretario en tercer grado exhaló un grito de placer, amortiguado eso sí, por la boca de Óscar. El grito claro, para los no avispados, fue provocado por un río de lava blanca que salía del tronco que el citado Óscar masajeaba suavemente.

– Esto solo es el principio, pequeño. Ya que no eras capaz de aliviarte por ti mismo, no me ha quedado más remedio. Ahora, apresúrate, te necesito. Ya te diré yo cuando puedes escaparte y volver aquí a esperarme con paciencia, y con el culo en pompa. Haremos un poco de teatro, yo me sorprenderé, te diré cosas guarras y tú te pondrás caliente, moverás el culo con pasión, invitándome y yo, aunque me resistiré y te diré más guarradas, al final te haré mío. Pero antes harás tu trabajo sin empalmarte.

– ¿Me lo prometes?

– Claro que sí. Aunque te advierto que mis promesas en estas cuestiones no valen nada.

– Te amo Óscar el secretario.

– Que bonito suena, pero no me creo nada. En todo caso, ya veremos.

Y salió a toda pastilla, dejando de nuevo a Ignasi con sus pantalones y calzones en los tobillos, esta vez su miembro estaba un poco más relajado, aunque sus labios estaban más rojos si cabe que la primera vez. Eso sí, ahora tenía sobre y alrededor, un mar de jerseys y camisas y trajes de Jorge el camarero, que debido a la explosión que Óscar había provocado en el joven, habían caído sobre él , como si quisieran acompañar la dicha de Ignasi.

– Vamos – dijo Óscar desde la puerta. Así que Ignasi, se empezó a vestir y tal. Aunque tuvo la idea de no hacerlo, de dejar sus pantalones donde estaban y quedarse a esperar, aunque luego pensó que tampoco le apetecía que si entraba alguien le viera de esa guisa. Dos minutos después pensó que tampoco estaba mal, que le daba morbo… ¿Y si entra Carlitos, el hermano de Jorge? A lo mejor no se me resiste. Y es que también estaba super enamorado de Carlitos, el hermano de Jorge, aunque solo se lo había dicho para sus adentros, muy adentros.

– Por cierto – Óscar había vuelto sobre sus pasos – ¿Tú eras el primo del tío, del cuñado, del abuelo del sobrino del subdirector del banco?

Ignasi tragó saliva como pudo. Sabía que su pariente era odiado y vilipendiado a partes iguales en esa empresa. Pero no podía negar nada, que al fin y al cabo, no era culpable de nada.

– Pero yo soy inocente.

– Luego te voy a castigar como te mereces.

– ¡¡Ayyyyyyyyyy!! – y se le puso dura de nuevo.

Y solo de pensarlo se fue de nuevo en ríos de lava ardiente, blanca a más señas, y no le quedó más remedio que morderse el labio, joder, que no podía ponerse a gritar como una perra en medio de una gran recepción de la que dependía el mundo. Aunque si Óscar el secretario hubiera permanecido a su vera, todo eso le hubiera dado igual.

Óscar salió de las habitaciones de Jorge a todo correr. Fue al punto de la escalera de donde partiría Jorge el camarero hacia la recepción. Allí estaba, radiante “Qué guapo está el jodido, y eso que está en los huesos”. “Si la paz del mundo no estuviera en juego, anda que no lo seccuestraba y me lo llevaba a una isla desierta”. Pero Óscar el secretario era un hombre responsable y apartó esos pensamientos pecaminosos de Jorge para llevarlos hacia Ignasi, al que había sacado una foto sin que se enterara antes de irse “está bueno el jodido, a ver si luego nos quedamos embarazados de gemelos”.

– Así mejor, Óscar, aparta a Jorge el camarero de tus pensamientos libidinosos – le susurró el Narrador al oído.

– Luego hablamos – amenazó Óscar.

Empezaba a sonar la música con la que la pantomima se puso en marcha.

Jorge el camarero sonreía como él sabía hacerlo. En el otro lado, Ramiro el millonetis, miraba a su amor con todo el arrobamiento que podía y algo más. “Está super colado”, no dejaban de pensar Manu y Fito, cada uno por su lado, pero que coincidían en el diagnóstico. Y es que cuando Ramiro el millonetis vio en el otro lado del hall a su Jorge, el corazón le empezó a latir, las mariposas se dispararon en el estómago y la vista se le nubló, joder, que es que se le llenaron de lágrimas. “Joder, como he podido perderlo”. “Joder”.

Agarró un papel que pasaba por allí en manos de alguien, y escribió rápidamente.

Perdóname. Te amo.

Y lo dobló y se lo dio a Manu.

– Vete corriendo y dale esto a Jorge.

– Yo creo que no es el mejor momento, no vaya a ser que…

– ¡¡¡Llévaselo!!!

Como no estaba allí Óscar que era el único en todo el mundo que pasaba de sus arranques de ira, Manu se plegó y fue.

– Corre, que eres un flojucho.

Y Manu corrió por los pasillos interiores y llegó sin aire al lado de Jorge.

– Ten.

Óscar miraba por encima del hombro para ver lo que ponía el papel.

Perdóname. Te amo.

– Un papel, un papel – solicitó presuroso Jorge.

Todos se dieron la vuelta para buscar un papel. Jimmy el GEO sacó una pequeña libreta que siempre llevaba y se la tendió a Jorge.

Te perdono”, escribió en la primera página.

– Llévaselo.

Manu volvió a correr como un poseso. “Ya suena la música, joder, corre” le apremiaba Óscar por su línea interna telepática.

Ramiro recogió el mensaje con ilusión y expectación.

– Me ha perdonado – dijo eufórico. – un boli, Dios, que no sé donde he dejado el mío.

Fito le alcanzó el suyo.

Vuelve a casa, por favor.

– Pero como le escribes eso, así de pronto. Trabájatelo un poco más – le recriminó Fito. – Manu díselo.

Fito agarró la libretilla y arrancó la página.

– Dile lo guapo que está.

– Oye, no mires así a mi marido.

– Estais en stand by, así que lo miro. Y además, es como si lo miraras tú.

– ¿Sí?

– Sí – contestó rotundo.

Hoy no ha salido el sol hasta que te he visto.

– Eso está bien – aprobó Manu.

– Pues corre.

– No podíamos decir a alguien que llevara…

– Corre. Eres el mensajero real. El de confianza. Estos mensajes no se pueden encomendar a cualquiera.

Manu empezó la carrera, aunque esta vez se lo tomó más tranquilo. Hasta que sonó el teléfono y vio que era Ramiro.

Corre, joder – le gritó sin decir ni hola.

Y como si le hubieran puesto un reactor en el culo, en dos segundos y medio estaba al lado de Jorge.

– Me está jodiendo la recepción, no voy a poder tomar ni un canapé luego. Me está dando flato – se quejó amargamente a Óscar por línea interna telepática, que no le hizo ni caso.

Tú si que estás guapo, Ramiro. Y cuando sonríes más. Tu sonrisa alimenta mi alma. Sin verla cada mañana, muero.

– La respuesta – dijo tendiendo el cuaderno y mirando para otro lado para hacerse el interesante.

– Óscar podías relevarme – propuso Manu.

– Largo – gritaron a la vez Óscar y Jorge.

– Empezamos. Que bajen los actuantes.

La música subió. Ramiro se resistió pero vio por un hueco que el Presidente de USA lo esperaba con los brazos abiertos, pero literalmente abiertos, a los pies de la escalera, para abrazarlo a él y a su marido. Leyó la respuesta de Jorge y se sonrió. Cogió el boli que por si las moscas ya no soltaba por nada, y escribió a toda prisa:

Es tu sonrisa la que ilumina la estancia. Podríamos apagar todas las luces, mientras estés tú.

Y empezó a bajar miantras Manu corría y corría hacia Jorge. Éste se demoró un poco, esperando.

– Ten – Manu tendió la nota a Jorge el camarero antes de caer desplomado y ya en el suelo, quitarse los zapatos – Joder es que son nuevos – se disculpó ante Óscar.

Ramiro ya llevaba un tercio de la escalera. Sonreía a todo el mundo. Jorge aún no había emprendido el camino. Hubo un invitado, asentado a pie de la escalera que empezó a decir en voz media que Jorge no iba a venir.

– Se han separado, que yo lo sé – decía ufano a los que lo rodeaban. Era su momento de gloria, pensó. Si luego resultaba verdad, todos se acordarían de que él lo había pronosticado.

Jorge leyó el mensaje y quiso escribir algo, pero Óscar, al que le habían chivado el comentario, con mucha firmeza, lo empujó hacia la escalera.

Jorge empezó a sonreír. Cuando ya le podían ver los invitados, hizo un gesto como de asustarse ante tanta concurrencia y darse media vuelta. “Teatro, puro teatro, que buen actor era Jorge el camarero”. La gente empezó a reírse espoleados por el gesto de Ramiro que siguiendo la broma gritó:

– No te vayas, que son muchos pero majos.

Jorge hizo el paripé de quitarse el sudor de la frente y empezó a bajar con aire desenvuelto. A mitad de escalera le gritó a Ramiro, quién ya estaba casi en el salón.

– Si no llegas a estar tú, me largo a todo correr. Dais miedo – dijo señalando a los invitados.

Cuando el traductor hizo su función y tradujo las bromas al Presidente de USA, empezó a dar palmadas de felicidad.

– Amazing, very amazing – dijo mostrando su blanca dentadura, blanca de anuncio, y dando más palmas.

– I’m very happy to see you again. Your boyfriend is perfect. Nice to meet you, George the waiter.

Y se fundió primero en un abrazo a Ramiro, su amigo de toda la vida, y después, se giró para recibir a Jorge el camarero, que llegaba son una sonrisa digna de un actor de Hollywood que acaba de recibir el Oscar.

– Bla, bla, bla – dijo Ramiro.

– Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla – contestó el Presidente USA

– Bla – terció Jorge el camarero.

– Bla, bla, bla – dijo Óscar con el fin de que se movieran todos por el salón para empezar a saludar a la gente.

– Un brindis – dijo el Presidente USA chapurreando el español con un acento americano insufrible, que ni Aznar después de pasar un fin de semana en cassa de Bush.

Los tres mosqueteros se miraron. No estaba previsto. Fito fue el encargado de correr como alma que lleva al diablo a las cocinas para que los camareros salieran a la voz de ya con unas copas de cava, al menos para los principales invitados.

– Bla, bla, bla – dijo Óscar para hacer tiempo.

– Blablablabla, blablabla, blablabla? – preguntó Ramiro.

– ¿Blablablabla? – Apuntó Jorge.

– Hablas inglés – dijo en español un asombrado Presidente USA.

– Of course.

– Bla, bla, bla, bla – dijo Ramiro mostrando su orgullo por Jorge el camarero. Su orgullo y su amor.

– Lovely, the best couple in de world of all the time – les dijo sonriendo. Y para premiar dicha afirmación, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, se miraron con arrobamiento y juntaron los labios con delicadeza.

Y en ese momento, algo se paró en la Tierra. Los dos recibieron una descarga eléctrica que les recorrió el espinazo. Nadie se percató de ello, salvo Óscar el secretario. Eso le hizo concebir fundadas esperanzas de que la cosa se arreglaría esa misma noche y que ni siquiera iba a ser necesario usar la cinta de la radio del obispado con una sesión de sexo enlatada.

El Presidente de USA, fue entonces cuando levantó la copa y alguien acercó un micrófono. Fue el traductor oficial el que lo cogió.

– Recuerda que el médico dice que no debes beber todavía, Jorge – le murmuró al oído Óscar.

El aludido lo miró de reojo y asintió imperceptiblemente.

– Levantemos la copa, queridos amigos, por nuestros anfitriones, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis. La mejor pareja del mundo de todos los tiempos. Los anales de nuestra civilización no recogen un caso igual. Nos han dado ganas a todos de amar, de tener hijos. ¡¡Por ellos!!

Y todo el salón levantó las copas.

– Por Jorge el camarero y Ramiro el millonetis – dijeron todos al unísono.

– Hacéis que tengamos esperanza en la raza humana – dijo un sonriente Presindente USA que agarraba la mano de su mujer con fuerza.

Ramiro el millonetis y Jorge el camarero se miraron e hicieron un gesto de beber, auuque solo se mojaron los labios, pero el Presidente de USA, ajeno a las secuelas de la droga que les invitó a beber la copa de un trago. Entonces a Óscar se le ocurrió que podían enlazar sus brazos para beber como hacen los novios. Y casualmente, se pusieron de tal forma que dieron la espalda a los invitados y Óscar les dio el cambiazo de las copas llenas por otras vacías.

– Bebed – les indicó a Manu y Fito.

– No jodas – señaló Manu, todavía recuperándose de las carreras y con una flojera en las piernas preocupante, a parte de un dolor de pies del 15.

Pero Óscar era inflexible en su mandamiento, en su mirada. Y Manu bebió sin pensar, que no tenía ganas de discutir.

Y llegó el momento de saludar a los invitados. Para llegar a todos, Ramiro el millonetis se fue por la derecha del salón y Jorge el camarero por la izquierda. Cada uno con su séquito. Óscar y sus secretarios se encargaron de éste último, y Ramiro llevó a Fito y Manu y sus propios ayudantes.

– Bla, bla, bla.

– Bla.

Una risa sincera de Jorge charlando con el alcalde de París y su marido.

– Blablabla, bueno, bueno.

Y una sonrisa cómplice de Ramiro con el Primer Ministro Británico.

– Y tal y cual – le dijo la Jefa de Alemania.

– Y cual y tal – contestó afable Jorge el camarero dándola un beso en la mejilla y hizo suspirar a la Sra. Merkel. “Qué majo es este chico”, se dijo la canciller. Incluso pensó que debía acelerar la legalización del Matrimonio entre presonas del mismo sexo en su país. Jorge que algo intuyó, le dio otro beso en la mejilla y la sonrió con cara de cordero degollado. La canciller alemana suspiró.

– Y bla, bla – dijo muy seguro el primer ministro belga.

Una carcajada de Ramiro el millonetis con un apretón de manos así como muy intenso.

– Y tal y cual – comentaron Jorge y el primer ministro italiano.

– Y cual y tal – se dijeron Ramiro el millonetis y el alcalde de Lisboa.

Te echo de menos – leyó en la libreta Jorge el camarero, mensaje que había traído uno de los secretarios de los secretarios de Manu. El chico se llamaba Iván y tenía una mirada de esas que rompen voluntades. “Joder, como elige el jodido Manu”, pensó para sí Jorge el camarero. Sin poder evitarlo imaginó lo que hubiera pasado unos meses antes si se lo hubiera encontrado en sus noches de salir de caza. “Éste hubiera caído fijo”.

– No es tu tipo, Jorge el camarero – le susurró Óscar el secretario.

– Tú que sabrás.

– Estaba colado por ti.

– ¿Tú eres mi tipo?

– Está claro que no, ni te acordabas de lo nuestro.

– En aquella época…

– De otros si te acuerdas.

– Coincidiría un día loco.

– Días.

– ¿Repetimos? – preguntó un ahora muy asombrado Jorge el camarero.

– El alcalde de Burgos – presentó Óscar el secretario, en su papel protocolario.

– Ya nos conocemos, del día de la boda. Bla, bla, bla, bla – dijo afable Jorge.

– Y bla, bla y espero contar con vosotros en próximas fechas. Me han contado que les gusta el baile regional y hay un bailarín que baila unas jotas estupendas y se llama Saúl que vendrá este año al festival de folclore, en el mes de Julio. Y luego en octubre, el fin de semana cidiano y bla, bla, bla…

– Me han dicho que Burgos está precioso.

– Precioso.

– Y bla, bla, bla…

Y el alcalde de Burgos se separó.

– ¿Cuántas veces? – Jorge volvió al tema.

– Varias – zanjó radical Óscar el secretario.

– El primer ministro de Israel.

– Bla, bla, bla.

Y mientras Jorge el camarero, escribió en la libreta: “¿Uno en los servicios?

– Corre – le dijo a Iván, el de la mirada desarmante. E Iván corrió, que estaba en forma. Y en un plis plas, tendió la libreta de los mensajes a Ramiro el millonetis.

Ramiro el millonetis leyó.

A Ramiro el millonetis, se le hizo el cuerpo gaseosa.

Ramiro el millonetis escribió un que ocupo toda la página de la libreta. Fue a mandar la respuesta pero se lo pensó mejor y escribió en la página siguiente.

Ahora.

Tendió de nuevo la libreta a Iván, joder que ojos, para que cursara los mensajes. Pero volvió a pensar un segundo y volvió a escribir.

En los del ala oeste.

Miró la libreta, miró los tres mensajes, volvió a mirar la libreta, volvió a pensar un segundo y cursó los mensajes, ahora sí.

– Vuela – indicó a Ojos Iván.

– ¡¡Espera!!

Abrió la libreta por enésima vez y escribió:

Corre que se me escapa.

– Vuela.

E Iván voló. Sobre todo por si se arrepentía de nuevo.

Y Ramiro el millonetis se escaqueó con la ayuda de sus secretarios.

Y llegó al servicio indicado.

Y estaba nervioso. “¿Vendrá?” dudó en su mente. Y pasaron diez segundos sin recibir noticias, se puso más nervioso.

Y los GEO rodearon inmediatamente ese ala de la casa.

Y Javi el policía se hizo cargo de la situación.

Y Jorge el camarero llegó poco después.

Y Ramiro el millonetis sonrió.

Y se besaron.

Y Javi el policía sonrió.

Y Óscar el secretario que había seguido preocupado a Jorge el camarero, que no le dijo ni esta boca es mía, solo leyó y salió pitando hacia el servicio, sonrió aliviado.

Y los GEOS sonrieron también, que les gustaba el tema.

Y sin que nadie dijera nada, se dieron la vuelta para dejarles intimidad.

Y Ojos Iván miraba a todos sin decidirse en quién posar su mirada. Óscar el secretario pensó en decirle algo, en hacerle algo, pero recordó que tenía a su propio secretario en pelota picada en algún armario de la casa. “No, joder que le dije que se vistiera y viniera. ¿Dónde está, por cierto?”.

– Quizás pueda escaparme un segundo y darle un par de morreos.

Y a ello fue después de indicar a Ojos Iván que se quedara con los idem bien abiertos para que todo fuera bien.

– ¡¡Joder!! – se quejó Ojos Iván, que sabía que eso significaba que se quedaba sin polvo.

Capítulo 20.

Ramiro el millonetis y Jorge el camarero iniciaron sus juegos en los servicios del ala oeste sin demora. Se lanzaron a buscar sus bocas, sus manos discutían por llegar primer a la piel del otro y los ropajes volaron en todas direcciones. Sus miembros palpitantes vibraron al reencontrarse y los gritos empezaron a subir de intensidad a velocidad de vértigo.

– Se me escapa – exclamó un desesperado Ramiro el millonetis.

Óscar el secretario, corriendo en busca de su secretario en segundo grado para un polvo rápido.

Ojos Iván vigilaba, aunque de vez en cuando se le iban los ojos hacia el cuerpo bien esculpido de uno de los GEOS. Ya se había olvidado de su deseo de comerle entero a Óscar el secretario o alguno de los otros mosqueteros. Que quería escalar rápido en el escalafón de la empresa y sabía que sus ojos y otras partes de su cuerpo le abrirían puertas tan rápido como él fuera capaz de abrirse de piernas. También abría bien la boca, vaya que sí.

Los invitados a sus cosas. Los Presidentes de gobierno haciendo corrillos, los Jefes de estado, los ministros, los reyes, los alcaldes y presidentes de comunidad.

Pero de repente, una nube cubrió todo el salón. La luz parecía que bajaba de intensidad y unos personajes siniestros se quitaron sus capas de normalidad y dejaron ver sus caras de mal follados.

Enrique el de sobacos, el subdirector del banco, unos primos lejanos de Ramiro el millonetis, tres o cuatro candidatos defenestrados que un día optaron al corazón de Ramiro el millonetis y a su cuenta corriente, los hermanos de Jorge el camarero y unos cuantos acólitos aburridos llenos de ansias de venganza y con mucho resentimiento dentro. Y también, un pelotón de soldados suicidas enviados por el Zar de Rusia, que ya se sabe que no era muy partidario de Ramiro el Millonetis y Jorge el camarero.

– ¡¡Ohhhhhhhhhh!! – se oyó en el salón, todo el mundo abría muy bien la boca, sorprendido por la obra de teatro que les habían preparado los anfitriones – ¡¡Que guay!! – repetían unos a otros después del segundo ¡¡Ohhhhhhhhh!! generalizado.

El oledor de sobacos se puso en la escalera que dominaba todo el salón. Optó por una estética próxima a los malos de Batman, así con la cara pintada que se debía creer que era lo que se llevaba en el mundo de los malos.

– Quietos parados todos. Que no se mueva nadie.

Fue un grito que pretendió ser aterrador y que resulto un gritito de gallo de corral anciano y con resfriado.

– Si os portáis bien, no os pasará nada – sonrisa meléfica. Había pensando en que brillara uno de sus dientes, pero no encontró la forma de hacer que el efecto especial en directo. Así que se conformó con que en la versión para televisión de pago, se incluyera como extra.

Los invitados miraban al oledor de sobacos, expectantes con el giro que tomaría la obra de tratro.

– Sois víctimas de un engaño. Y lo vamos a desenmascarar. No ponerse nerviosos que no va a pasar nada, si os portáis bien. Mis hombres tienen orden de no mataros, de momento.

Intentó imitar una risa de malvado, pero le salió patético. Los invitados aplaudieron entusiasmados, “Qué gran idea lo de la obra de teatro”.

– Jorge el oloroso y Ramiro el imbécil, son un fraude. A Jorge el Camarero le huelen los sobacos y a Ramiro el imbécil, le huele el aliento por su mala conciencia. ¡¡Y os han engañado!! ¡¡No están juntos!! Su pareja es un fraude.

Y enseñó a la concurrencia una foto en la que el que estuviera muy cerca podía observar a Jorge el camarero sentado en el suelo de su cuchitril de crisis, lloroso, ojeroso y solo. Ojos Iván, que era el único que estaba cerca de la escena, se fijó en que la foto la tenía que haber hecho el subdirector del banco, cuando le llamaron para ver si Jorge reaccionaba ante una de las personas que más odiaba en la Tierra. Fue a decirlo, pero se encontró un un rubio inmenso pegado a su espalda, con una pistola apuntando a su sien derecha, y que marcaba un paquete del 19 al menos, que había metido casi entre sus muslos.

– ¡Joder! – se quejó Ojos Iván.

– Ni respires – le susurró el tal Rubio con miembro erecto y acento ruso, al que por cierto, sí le olían los sobacos.

Lo que me pone ese olor a macho”, suspiró para sí Ojos Iván, al que ni siquiera el acojone del momento le vencían las ganas de un buen revolcón. Algo tuvo que sentir el miembro viril del Rubio con olor de macho entre sus muslos, pugnando por abrirse camino a través del pantalón y del calzoncillo hacia el agujero de la felicidad de Ojos Iván. “Corrijo, no es del 19, al menos del 22, la pija del Rubio”.

No se sabe de dónde lo hicieron, pero entre la gente aparecieron un número abundante pero indeterminado de lo que parecían soldados con sus pasamontañas y sus armas en ristre, las de fuego, que las otras las llevaban ocultas, apuntando a los más ilustres de los invitados. La cosa, en apenas unos minutos, había cambiado radicalmente. De una fiesta alegre y dicharachera, había pasado a un secuestro en toda regla, con sus caras ojipláticas, y sus miedos. Algunos ilustres invitados menos curtidos en los peligros de la vida y el poder, aflojaron sus esfínteres sin poder evitarlo. Los más valientes o incoscientes, se envalentonaron e intentaron enfrentarse a sus particulares hombres encapuchados. Pero todo estaba bajo control de los asaltantes.

– Hoy os iban a poner esta cinta de un polvo de Jorge el maloliente y de Ramiro el alitosis – se le había ocurrido de repente el cambio de motes. El oliente Enrique, se sintió bien consigo mismo. – pero era falso. Como todo en esta fiesta. Aquí están las familias de los interfectos que os lo confirmarán. ¿Quién mejor que ellos, sus familias, para indicaros lo malnacidos que son Ramiro el alitosis y Jorge el maloliente?

Una ola de tristeza y desesperanza recorrió el salón. No hace falta mucho para convencer a un grupo de personas de algo. Solo que las circunstancias te animen a hacerlo y que el lider hable con la energía suficiente y con la seguridad pertinente. Y Enrique el oliente de sobacos, llevaba muchos meses entrenándose para un evento como éste. El rencor de los desprecios de Ramiro y la envídia por el rápido ascenso de Jorge, lo habían animado a dar el paso y prepararse para ello. Aunque el empuje definitivo se lo dio el no rotundo de aquella hembra de la alta sociedad en la que había puesto sus esperanzas

– Aggggggggg.

Fue solo un ligero susurro.

– Aggggggggggggg.

El segundo fue más largo, y un poco más potente.

– Agggggggggggggggggg.

Algunos empezaron a sentir la brisa de la esperanza, los más próximos al ala oeste.

– Aggggggggggggggggggggg…

– Es una cinta, no os dejéis engañar.

– La tienes en la mano, gañán – dijo alguien de la concurrencia.

– Gañán tú, no te jode – gritó Ojos Iván, enardecido de repente, y dispuesto a enfrentar el peligro por la gloria de sus jefes. – Agggggggggggggg – gritó de repente Ojos Iván, emulando a sus jefes, pero es que el pollón de su vigilante se había colado dentro de él. Pero dentro, muy dentro. Y de verdad, nadie en el mundo habían visto nunca esos ojazos llenos de placer y armonía etérea. Si de normal los ojos del tal Iván era una cosa digna de estudio, en ese momento, eran algo cercano a la novena maravilla del mundo.

– Agggggggggggggg – gritaron de nuevo Jorge el camarero y Ramiro el millonetis al alimón.

– Aggggggggggg – gritó Ojos Iván.

– Ese es el que os intenta engañar – señaló con saña el tal Enrique.

– Ese – lo señalaron los hermanos de Jorge maloliente, deseosos de tomar un poco de protagonismo en la acción.

– Ese – señalaron también los primos lejanos de Ramiro el alitosis, luchando por su cuota de “Aquí estoy yo”.

– Agggggggggggg – este grito sí era de Ojos Iván, que empezó a girar a su alrededor la mirada, buscando a los asaltantes, y dejándoles KO con solo posar sus ojos en ellos.

– Agggggggggggggg

Éstos últimos volvían a ser Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

– Es mentira.

Unas pantallas de vídeo estratégicamente dispuestas, bajaron repartidas por todo el salón. Y en ellas aparecieron Ramiro el Millonetis y Jorge el camarero en plena acción en los servicios del ala oeste de la mansión. La gente empezó a aplaudir con entusiasmo. Los miedos empezaron a diluirse y los valientes empezaron a creer que la victoria era posible y que los asaltantes, acabarían a cuatro patas como los perros que eran.

A partir de aquí, el caos se adueñó de la situación.

Todo fue muy deprisa. Confuso. No sé si este narrador será capaz de enfrentarse a contar los sucedidos del resto de esa noche que fue fundamental para el devenir de nuestra sociedad.

Descanso un rato, y miro de ordenar las ideas e intentar contarlo todo.

Interludio.

El narrador y Carlitos estaban en la cama. Cansados. Había sido una noche tremenda de sexo, amor y gin tonics sin medida.

– Se ha acabado la ginebra – se quejó Carlitos.

– Pero yo tengo algo para ti – y el narrador se señaló su nabo tieso, pero muy tieso.

– Y yo también tengo algo para ti – y Carlitos se señaló su no menos tieso calabacín.

Y sus labios se encontraron de nuevo, y volvieron a empezar por sexta vez esa noche. Ya no era muy de noche, que el sol salía ya y empezaba a bañar con su luz las copas de los árboles.

Y sus miembros duros, duros, pidieron que les hicieran caso. Y Carlitos y el narrador se instalaron en un placentero 69.

– ¡Unas fresas!

El narrador se levantó de repente y fue a la nevera. Sacó unas fresas relucientes y un bote de nata. Y sirope de chocolate.

– Me muero – gritó Carlitos al ver a aparecer al narrador con esos útiles. Sintió tanto placer Carlitos que casi se le escapa su leche, solo de pensar en el tema y la situación. Y es que además le gustaban las fresas y la nata, vaya que sí. Y el pedazo de calabacín del narrador, no nos pongamos puritanos.

– Aguanta, mi bailarín.

Las fresas ocuparon un lugar en la espalda de Carlitos. Y un poco más abajo. Y luego, las fresas y la nata, ocuparon otro lugar alrededor de su fierro y sus colgantes amigos. Flores de nata en la cresta del fierro y una fresa. Y la boca del narrador que lamía y relamía los restos de la nata, el jugo de la fresa y el chocolate del sirope.

Y Carlitos con los ojos desorbitados, emulando a su hermano y su cuñado, gritaba y gritaba.

Y luego cambiaron las tornas. Y fue la lengua del bailarín la que hizo los honores al fierro del narrador, y a su espalda, y a más abajo, buscando, horadando la mina para sacar todo el placer y hacer gemir al narrador por activa y por pasiva.

Y qué ricas las fresas, por Dios”, pensó Carlitos.

– Agggggggggggggg – gritó en un momento dado el narrador.

– Aggggggggggggggggggggg – volvió a gritar.

– Se me escapa – apretó los labios y las piernas.

– Se me ha escapado – susurró agotado el narrador.

– ¡¡Bien!! – gritó un eufórico Carlitos.

– He aguantado y tú no. ¡¡He ganado!!

El narrador recuperó fuerzas rápidamente. Se medio incorporó y miró fijamente a Carlitos. Éste puso su mejor sonrisa pillina, e hizo amago de salir corriendo. Pero el narrador lo agarró del tobillo y tiró hacia sí.

– No, no, por favor – Carlitos en modo afectado de mentirijillas, con una gotas de dramatismo llevándose las manos a la frente.

– No, no por favor – el narrador le dio la vuelta para enfrentarse al fierro ardiente. Y a fuer que era verdad que ardía, palpitaba y babeaba.

La lengua del narrador se posó suavemente en la fresa del fierro de Carlitos. Éste inclinó la cabeza hacia atrás. “Por favor”, suplicaba. Y “Por favor”, el narrador cerró su boca sobre el fresón del bailarín. Éste apretó también sus magníficos muslos de danzante, pero no pudo contenerse y aguantarse. Y de su fierro manaron litros y litros de leche, disparados como salvas de ordenanza, 21 salvas. Todas recogidas amorosamente por el narrador.

Las campanas sonaron en sus cabezas. Los tambores. Las trompetas y las trompas. El cielo era azul verdoso y la luna brillaba a las 12 del mediodía. Un piano tocaba una bonita melodía de amor. Y los cuerpos exhaustos de Carlitos y de “el narrador”, recogían fuerzas sobre la cama de este último.

– Tengo que acabar con tu hermano y Ramiro.

– Déjalo para mañana y sigamos jugando a los médicos.

– Vale – contestó eufórico el narrador, al que, ante las dos opciones, no pareció que las dudas se apropiaran de su espíritu.

Capítulo 21.

El oledor de sobacos tuvo una visión mientras hacía su speech a la concurrencia. Volvió a decir eso de “Quieto todo el mundo”, que recordaba de una película de los años 80, española, aunque no sabía cual. Sería alguna de Alfredo Landa o de Pepe Sacristán. O de José Luis López Vázquez y Florinda Chico. En esa visión, miraba a la concurrencia a la que secuestraba. Y se fijaba de repente en el Presidente USA. “Parece un actor, se dijo”. Y miró a la Merkel, que tampoco parecía ella, que parecía más fina y segura, y como más agradable y demás. Y se fijó en Ojos Iván taladrado por el soldado ruso, rubio, rubio, y vio en la mirada un halo de triunfo. Parecían decir: “Jódete”, cuando el jodido era el tal Ojos Iván.

Y se fijó en los primos de Ramiro el millonetis, para él, Ramiro el imbécil y vio un gesto de terror que inundaba cada vez más sus rostros.

Y vio al subdirector del banco, que entraba llorando en el salón, sujetado por dos GEOS enormes y atado como si fuera un chorizo.

El oledor de sobacos, al que recordemos que su madre decidió inscribirlo en el registro civil como Enrique, tuvo un impulso y se dio media vuelta e intentó salir pitando por dónde había entrado. Pero se topó con Óscar el secretario, que lo señalaba con su dedo índice, flanqueado por otros dos armarios que tenían el uniforme de los GEOs para la ocasión, unos smoking apretados, muy apretados, sus músculos pugnando por romper las costuras. Eran la viva imagen de “Hulk” justo un segundo antes de su transformación en “La Masa”.

No, no, no”, le dijo Óscar con el dedo, a ritmo de una canción famosa.

– No te vayas, corazón – le indicó Manu

– Mira la que has armado – le dijo el tercero de los Tres mosqueteros.

– Los Tres Mosqueperros – dijo Enrique, el oledor de sobacos con todo el tono de desprecio del que era capaz, que era mucho, porque el odio y el asco, el amargamiento que anidaba en su espíritu era tan grande que podía tocar un buen trozo a todos y cada uno de los habitantes de la tierra.

Óscar el secretario sonrió picarón y dijo:

– Guau.

Pero fue un guau logradísimo. Un guau seductor. Porque Enrique el oledor de sobacos no era de los que aman a los hombres, sino que su pasión descontrolada son las mujeres, que si no, hubiera caído rendido al “guau” de Óscar el Secretario. Ojos Iván, que estaba por ahí cerca y que percibió con toda nitidez los detalles seductores de ladrido de Óscar el secretario, se corrió solo, sin tocarse , y eso que apenas unos minutos antes había llegado a la gloria con la picha del Rubio bien metida. Ahora se preguntaba si después de que todo se tranquilizara, tendría una oportunidad de recuperar el tiempo perdido, de reintentar la conquista de la plaza fuerte de Óscar el Secretario, que era guapo, guapo, y que ladraba con tanta alegría y seducción.

– Y está bueno. – añadió en voz alta, recuperando la respiración después de la corrida, la segunda.

– Y es buena gente – dijo otra vez en voz alta, adornando la afirmación con un suspiro de sueño y pasión.

– Sois unos perros falderos – escupió Enrique el oledor de sobacos.

Los tres mosqueteros se juntaron y pensaron en hacer lo de las espadas, pero con sus… bueno, ya me entendéis. Pero pensaron que las cámaras de vigilancia estaban en marcha, que todo eso se vería en todos los cuerpos de seguridad del Mundo, y no era cuestión de que luego, todos quisieran contactar con ellos para probar más de cerca las espadas de los Tres Mosqueteros, que sabían que son irresistibles y que los cuerpos de seguridad y espionaje del mundo están a dos velas, por lo de las horas extras y la tensión del trabajo y las extremas medidas de seguridad, cámaras a gogo y demás que havían imposible escabullirse de las largas vigilancias para echar un kiki con el que estuviera más cerca.

– Se lo que estás pensando, pero a mi no me incluyáis, que yo y Ghillermo tenemos una actividad frenética – les dijo Javi el policía, riendo por la ocurrencia de los tres acólitos de Ramiro el millonetis.

– ¿Y como sabes…?

– ¡¡Ah!! La policía no es tonta – contestó enigmático.

Óscar el secretario pensó que a lo mejor Javi el policía había conseguido meterse en su longitud de onda de comunicación telepática. O que tenía escuchas mentales en la sala, un proyecto del CESID súper secreto.

– Ha tirado un dado y ha acertado – propuso Manu.

– ¿Ha sido eso? – preguntó Óscar el secretario.

Javi el policía se alejó sonriendo y sin darse por aludido. Caminaba deprisa camino de los servicios del Ala Oeste, en dónde Ramiro el millonetis y Jorge el camarero, se recomponían su estampa después de su soberbia actuación.

– Muchas gracias por haber participado en la farsa.

– Ha sido una farsa muy real y placentera – contestó un sonriente Ramiro el millonetis, feliz cual perdiz por recuperar a su maridito.

– Podíamos haber puesto unos dobles como con los invitados, pero ninguno hubiera sido capaz de poner al intensidad y la pasión que vosotros.

– Me han dicho que tú y Ghillermo le dais bien.

– ¿Y quién te ha dicho eso, Jorge el camarero?

– El otro día vino a verme Ghillermo.

– ¡Ah!

– ¿Te he sorprendido?

– Pues sí, la verdad. Hablaré con el equipo de vigilancia y cortaré alguna cabeza.

– Perdónalos.

– No.

– Ghillermo les convenció de que no te dijeran nada.

– ¿Por qué?

– Quería hablar. Está pensando en darte una sorpresa y quería comentarlo conmigo.

– ¿Qué sorpresa?

– No puedo decírtelo.

– Ya verás cuando le pille.

– Cuando le pilles, no dirás nada.

– ¿No?

– No.

– ¿Por qué?

– Porque te lo pido yo.

– Pero…

– Por nuestro pasado.

– Ya.

– ¿Qué pasado? – preguntó un intrigado Ramiro el millonetis.

– Fuimos buenos amigos – contestó muy seguro Jorge el camarero.

– ¿Ya no?

– Hemos perdido el contacto – volvió a responder Jorge.

– Pues habrá que recuperarlo. Veniros a cenar un día de estos – propuso Ramiro, inocente él, pensando que lo de la amistad y el contacto era meramente espiritual.

– El viernes estaría bien – apoyó la propuesta Jorge.

– Lo hablaré con Ghillermo y os digo.

– Chicos, hay que salir ya. Los actores se han ido y ya están los VIP en persona en el salón.

– Vamos allá, vamos a poner nuestro granito de arena para salvar al mundo.

– ¿Y que han dicho esos bobos?

– Los están interrogando ahora. Es pronto. Pero me parece que será difícil probar la implicación de ningún gobierno.

– Ese Enrique, ya te decía yo – le recriminó Jorge.

– Pero pensé que le tenías manía por lo de olerte cuando pasabas a tu lado.

– Y tus primos, que fuerte – apuntó Jorge con un poco de mala baba.

– Y tus hermanos – contraatacó Ramiro.

– Me gustaría que estuviera Loca aquí para que viera a su subdirector esposado. ¿Sabes algo de él?

Óscar puso su sonrisa de compromiso antes de negar tener noticias de él.

– Que raro, con lo que te quería.

– Ya.

Se hizo un silencio incómodo que duró algunos instantes.

– Ramiro, Jorge, Javi, debemos continuar al fiesta.

– Adelante.

– Por Ramiro y por Jorge – brindó el presidente USA en cuando vio que se acercaban.

– Por ellos – gritaron entusiastas el resto de los invitados.

Y todos levantaron las copas. Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, entrelazaron sus brazos con sendas copas de cava en ellas, en las cuales había zumo de habichuelas, sin alcohol, y bebieron mirándose a los ojos, como dos tortolitos, como lo que eran.

Y el público asistente aplaudió a rabiar.

Y todos se emocionaron.

Carlitos echó un ciento de lágrimas.

Óscar el secretario respiró tranquilo y también lloró. Se había dado cuenta de que había querido más de lo que creía a Jorge el camarero. Y por primera vez se había sentido solo. Echaba de menos a Loca. Aunque vio a su secretario a lo lejos, colocándose el paquete, no sintió ganas de acercarse y acabar lo que había empezado hacía unas horas.

La Señora Merkel también echó una lágrima, aunque amenazó muy seriamente a todo el que la vio con despellejarlo vivo si se le ocurría contarlo.

Fue… una bonita fiesta. No hubo repetición del polvo de Ramiro y Jorge. Estaban un poco cansados. Tanto agasajo, tanta cosa, la emoción del amor recuperado. Cerca de las 7 de la mañana, los anfitriones despidieron a los últimos invitados, los Sres. Obama. Cuando se cerraron las puertas de la mansión, Jorge el camarero se desabrochó la pajarita y se quitó los zapatos tirándolos de cualquier forma.

– Ahora es nuestro momento – dijo complacido Ramiro el millonetis, tirando de él hacia sí, como en esa película “El hombre tranquilo”, y que tan bien homenajeaba “ET”. Se abrazaron y se besaron.

– Vamos, que tengo ganas de ti – dijo después de un beso largo.

– Estoy agotado – contestó teatralmente, muy dramático, llevándose la mano a la cabeza y mirando al techo con gesto extenuado, Jorge el camarero.

Ramiro el millonetis lo cargó en brazos y subió las escaleras. No pesaba nada, parecía un saco de plumas. Se apuntó mentalmente hablar con la cocinera por la mañana para que preparara un plan de choque para que recuperara las fuerzas y su peso. Quería poder pellizcarle los mofletes de nuevo a la mayor brevedad, o morderle los cachetes del culo sin tocar hueso. Sobre todo quería verlo lozano y feliz.

Lo recostó en la cama y le dijo en tono picaruelo:

– No te vayas, espérame, que vuelvo enseguida.

Se fue al servicio y en menos de lo que canta un gallo, estaba de vuelta, con una toalla en la cintura, a modo de toda vestimenta. Fue a saltar sobre la cama, pero se contuvo a tiempo. Jorge el camarero se había dormido profundamente. Pero no sintió frustración. Verlo descansar tranquilo, con esa cara de ángel, le produjo a él una sensación de plenitud. Esto era lo más próximo a la felicidad completa que iba a estar. Acercó una butaca a la cama y se sentó en ella. Agarró la mano de su marido y la puso en su mejilla.

Y así, veló el sueño de Jorge el camarero durante toda la mañana. Sin perder detalle de cada gesto que hacía en sueños. Midiendo el ritmo de su respiración. Dándole frecuentes besos en la mano, en la mejilla, en la frente.

Ahí fue consciente de que, si hubiera perdido a su marido, él no hubiera podido vivir. Jorge el camarero era la razón por la que la vida tenía un sentido para él.

Y lloró de felicidad.

Y tarde, casi a las 5, echó una cabezada.

FIN