Relatos cortos.

La otra fiesta en el Parque.

Hubiera querido saber que pájaro estaba escuchando. Pero nunca prestó atención cuando su madre, hacía ya muchos años, le quería enseñar.

Ahora se arrepentía. Entonces no le interesaba nada. Ahora tampoco, en realidad. Pero en ese momento, su estado de ánimo le empujaba a desear que no hubiera sido así.

Estaba sentado en el parque. Era un parque enorme. Lleno de árboles, de césped. De flores. De caminos que se entrecruzaban. Había a lo lejos un estanque. Hacía algunos años, había barcas. Pero ya no.

Hacía frío. Aunque lucía el sol. Llevaba una pelliza marrón, con los cuellos subidos. Miraba sin ver. Veía sin mirar.

Había unos niños jugando un poco más allá. Sus cuidadoras estaban sentadas sin prestarles mucha atención. Era una de esas islas de juegos infantiles, con muchos colores, una de esas que eran iguales en todos los sitios. Les oía parlotear.

Un joven corría con su MP3 en el oído. No era guapo. Al revés, era más bien feo. No, tampoco era feo. Era fea su expresión adusta, malencarada. Parecía perdonar al mundo a su paso.

Dos chicas pasaron por delante. Hablaban. De novios. No tendrían más de 16 años. Tenían un gusto horroroso para vestir.

Tres viejecitos, paseaban al otro lado de los juegos infantiles. Era su gimnasia. Llevaban deportivas. No pegaban con sus pantalones de franela cremas, o grises claros. Andaban a paso rápido. Seguro su médico se lo había recetado.

Encendió un cigarrillo. Aspiró profundamente. Retuvo el humo unos instantes. Luego, mirando al cielo, fue soltándolo. Llevaba ya media hora sentado en ese banco. Menos mal que hoy se había puesto al sol. Menos mal que hoy, al menos en esos momentos, había sol.

Entonces llegó. Cuando ya estaba pensando en irse.

Era un chico de unos veintitantos. Tenía una mirada brillante, que salía de unos ojos marrones, grandes y expresivos. Como todos los días, se sentó tres bancos más allá, en el otro lado del camino. Hoy no se había afeitado. Eso le daba ese toque de descuido, perfectamente “cuidado” que tanto le gustaba. Su pelo castaño desordenado… Sus labios… esos labios que tantas veces se había imaginado besando… hoy se le notaban un poco secos. En realidad casi no podía ver esos detalles. Pero se los imaginaba. Hace algunos días coincidió con él en una cafetería cerca del parque, y pudo comprobar que era de su misma altura. Se le notaba que estaba un poco rellenito. Pero intuía unas formas en su cuerpo que hacían pensar que, hasta hacía poco tiempo, practicaba algún deporte con regularidad.

El chico hurgó en su mochila, y sacó una lata de Pepsi Light. La abrió y le dio un sorbo. Sacó un bocadillo, envuelto en papel de aluminio. Lo abrió y le dio un mordisco. Extendió una servilleta en un lado del banco y colocó ahí el bocata. Al lado, la lata. Volvió a abrir la mochila y sacó un libro. Era el mismo de los últimos días. Los Episodios Nacionales, de Benito Pérez Galdós. El chico iba leyendo, mordía su bocadillo distraídamente, para apoyarlo otra vez en el banco. De vez en cuando, pegaba un sorbo a la lata.

Las cuidadoras se levantaron y llamaron a los niños. El hombre, se dio cuenta de que se hacía tarde. El chico del parque, se había retrasado hoy. Abrió su bandolera. Y sacó una bolsa de Hipercor. De ella, sacó un recipiente. Era una tarta de queso individual de marca desconocida. Sacó un plato de plástico. Sacó un tenedor de plástico. Lo puso todo sobre el banco. Abrió la tarta de queso, y la puso sobre el plato. Rebuscó en los bolsillos de su abrigo. La encontró. Era una vela pequeña, de esas de cumpleaños.  La colocó sobre la tarta de queso… y presionó, hasta que penetró en ella.

Miró al chico. Seguía inmerso en su lectura.

Volvió a rebuscar en sus bolsillos. Sacó un mechero. Un zippo.

Encendió la vela.

Ahora sí. Ahora sí que podía soplar la vela. En la mejor compañía. En la del chico de sus sueños. Un chico que nunca le despreciaba, que siempre le amaba. Que le acariciaba todas las noches. Que ponía su cabeza en su hombro por las tardes. Al que contaba todas las cosas de su trabajo. Era lo mejor que tenía en su vida. Lo mejor. Al que amaba varias veces cada día. Que le comprendía y que se dejaba comprender. Y que no le pedía nada a cambio.

–         ¡Feliz cumpleaños, Juanjo! – se dijo en voz alta.

Se agachó… y sopló la vela.

Miró al chico del banco… ¡¡Le estaba mirando!!

Se asustó al sentirse descubierto.

El chico cogió su lata, la levantó, e hizo un gesto, levantándola, como si estuviera brindando.

El hombre, tras un instante de perplejidad…  sonrió, e hizo un pequeño movimiento de cabeza. Hacia abajo. Recibiendo y agradeciendo el gesto del brindis.

Cogió el tenedor, y la tarta. Apartó la vela.

Iba a empezar a comer la tarta… pero antes hizo un gesto ofreciéndosela al chico.

El chico, le dio las gracias con otro gesto, pero rechazando la invitación.

Y empezó a comer la tarta.

Se sentía feliz. Muy feliz. Sentía… como un gozo dentro… como si se sintiera pleno… como si fuera a estallar de felicidad…como si pudiera vencer a los molinos de viento que la vida le ponía todos los días en su camino…

Acabó la tarta.

Metió todo en la bolsa de Hipercor.

Cogió su bandolera.

Se levantó y miró por última vez al chico.

Se iba a girar para irse, cuando comprobó que el chico le volvía a mirar.

El chico levantó la mano en señal de despedida.

Juanjo sonrió e hizo lo mismo.

El chico le devolvió la sonrisa.

Se giró… y se fue camino de su trabajo.

Llegaba tarde. Pero… daba igual.

Y es que hoy, había sido el mejor cumpleaños que era capaz de recordar. La primera vez que celebraba su cumpleaños con su mejor amigo. Con el chico del parque.

 —-o0o—-

 ¿Amor?

Estaba sentado en la repisa de la ventana. Fumaba un Lycky. Echaba el humo por una rendija de la ventana, para intentar que no molestara a Alex. No le gustaba que fumara. Pero ahora, esa noche, ese día, no podía evitarlo.

Habían follado como bestias. No se podría decir que esa noche hubieran hecho el amor, ni pijadas de esas. La sensibilidad la dejaron hoy fuera de la habitación. Se miró los brazos, y comprobó las marcas de los dedos de Álex. También tenía en las piernas. El culo… tenía que tener cuidado cómo se sentaba. Lo tenía ardiendo. Debía estar rojo, rojo. En los pezones distinguía las marcas de sus dientes.

Distinguía desde la ventana, el cuerpo de él. También tenía marcas. Incluso le hizo sangre… no calculó bien la fuerza de un mordisco. Pero dio igual, no pararon ni un instante. Alex gritó, pero él siguió follando su culo sin descanso. Bebió las gotas de sangre que salieron por el pequeño corte, buscó su boca, y saborearon su sangre, como hacía unos momentos habían hecho con su semen, y lo volverían a hacer en unos minutos más.

Lo hicieron durante varias horas. Nunca lo habían hecho de esa forma. Y Juan, no creía que fuera capaz de hacerlo en su vida. Estaba agotado. No recordaba siquiera las veces que había llegado al orgasmo. El último, prácticamente seco. Fue como si se hubieran tomado un par de tripis, y todo estuviera un poco en ese estado intermedio entre la consciencia y el mundo de los sueños. Esta vez venían bien las marcas. Así no había dudas de que eso había sucedido de verdad.

Miró a Alex. Era guapo el jodido. Pero no de esa belleza que no transmitía nada más que un cuerpo bonito, o una cara, o las dos cosas. Era una belleza que te llegaba, te rompía algo ahí dentro. Que te atraía como si fuera un huracán, o una corriente marina, con esa fuerza que no podrías resistirte. No podías resistirte. Y él, no se resistió.

Le persiguió días y días hasta que un día, consiguió emborracharle un poco, y convencerle que hicieran el amor. Alex tenía novio, y hasta entonces se querían… quizás por eso le costó tanto llevarle a la cama. Eso, claro, y que él no era un tío de bandera. Era resultón, pero no era guapo. No tenía tampoco el mejor cuerpo de la ciudad. Pero sabía como llevar a la cama a estos jodidos bellezones. Lo había conseguido con algunos que ni siquiera eran gays. Y Alex, aunque en algún momento había dudado, y aunque se resistió más de lo normal, acabó cayendo. Con ayuda del alcohol, cierto… porque Alex encima de ser guapo, no bebía apenas…

Sonrió mientras echaba la última calada del cigarrillo, y tiraba la colilla por la ventana. La cerró al instante. Casi se queda congelado del frío que entraba. Debería haberse puesto algo encima. Pero le gustaba andar desnudo siempre que podía.

Se le quedó mirando. Ese cuerpo tan perfecto. Alex la verdad es que era tan perfecto en todo… era inteligente… y lo peor de todo, era buena gente.

Después de aquella primera vez, vinieron otras. Al final su novio no pudo negarse la evidencia, y le dejó. Alex le intentó pedir perdón… pero no el otro no cedió. Alex estuvo un poco ido unos días. Pero Juan empezó  a decirle que no le había pasado nunca lo mismo con otro chico, que creía que por primera vez se había enamorado, que le dejara y lo intentara con él…

Pero Alex se resistía. Otra vez una copita de alcohol bien servida, y consiguió que follaran otra vez. Esta vez en los mismos servicios de la disco que solían visitar. Con tan buena suerte que su ex, les vio en plena faena. Juan se sonrió. Recordando la escena que montó el novio. Debían haber quedado para hablar o algo así… Pero ver a su novio con los pantalones en los pies, y su polla en su boca, le quitó todas las ganas de hablar. Ese encuentro le costó 60 euros. Pero fueron bien gastados.

Ya habían pasado dos meses desde aquel día. Le costó otro par de semanas volver a tener sexo con él. Pero ya ahí, casi se hicieron novios. Bueno, novios… lo que fuera. Juan era alérgico a esas relaciones, a esas palabras.

Y hoy… hoy había sido un gran día. Una cena romántica, unos bailes… y a la cama… en plan salvaje. Horas y horas. Y ahora faltaba lo mejor.

Fue hasta su bandolera y sacó un paquetito. Y lo colocó encima de la mesilla en el lado de la cama que ocupaba Alex. Cogió sus calzoncillos y se los puso. Buscó su camiseta, y su polo. Su chaqueta. Sus pantalones. Sus zapas estaba en el salón… fue a por ellas. Ya estaba vestido al completo.

Se sentó en la cama, a su lado. Le dio un suave beso en la mejilla. Alex abrió los ojos., Sonrió.

– Alex – le dijo Juan – me voy. Te dejo. Lo nuestro ha sido muy buen sexo, pero ya me he cansado de ti. No me busques. Me voy de la ciudad.

Alex se incorporó de un salto. Pero Juan ya se había levantado y estaba en la puerta de la habitación.

– ¿Es una de tus bromas?

– Ahí te he dejado las llaves de tu casa, y el anillo que nos regalamos. Y un par más de cosas que me regalaste. Me voy Alex – le dijo Juan, mientras caminaba hacia la puerta del piso.

– Pero…

– Adiós.

Y cerró la puerta del piso.

Alex se sentó en su cama otra vez. Sin fuerzas. No sabía si era un sueño… no lo debía ser, le dolía todo el cuerpo. Unas lágrimas asomaron por sus ojos. No sabía si reír o llorar. Se tumbó en la cama, se puso el edredón por encima… y se durmió.

Soñó. Mucho. Cosas inconexas. Retazos de su vida pasada. De su vida futura. Y sintió que se había equivocado en todas las decisiones que había tomado en los últimos tiempos. Se había equivocado en la percepción que tuvo de ciertas personas.  Se había equivocado consigo mismo.

Y no pudo dejar de sentirse el hombre más ridículo del mundo. Y aun en sueños, lloró de rabia y de impotencia. Y por haber llamado durante toda su vida al sexo, amor.

Se acurrucó. Se hizo un ovillo. Como cuando estaba en el vientre de su madre.

Y lloró.

  —-o0o—-

 Hablamos…

Hablamos.

Hacía un mes que no lo hacíamos. Desde el día en que le dejé.

Hoy ha pasado ya el tiempo suficiente para poder cambiar impresiones sin echarnos los trastos a la cabeza.

Todo empezó muy rápido. Nos conocimos en un pub. Yo estaba besando a un chico que había conocido por Gaydar o Bakala, no me acuerdo de cual. Estaba el tío como un tren. Pero no iba a ser nada más que un polvo. Tomamos una copa, y sin poder evitarlo, en una esquina del pub, nos comimos la boca. No era un pub gay… en mi ciudad no hay ninguno. Sin la copa quizás no me hubiera atrevido. Es que no era un beso… era un BESO… con las manos… parecíamos los dos, pulpos… ahora que lo rememoro… me parece imposible que se me ocurriera hacerlo así… y en ese pub… ni en Madrid, en sitios gays, lo he hecho nunca… pero es que ese tío…

Marcos estaba en el pub. Nos estaba mirando. Una de las veces que descansamos de nuestro Beso, coincidimos nuestras miradas. Me sonaba además de haber visto su perfil. Pero fue un segundo… ese chico me reclamaba… es curioso, ahora que lo pienso, al intentar escribir su nombre, por no repetir lo de “chico”, no recuerdo su nombre. No, no lo recuerdo.

El caso es que ese día nos fuimos a mi casa, y follamos. Fue algo tremendo. El “sin nombre” era un animal sexual. La de cosas que me enseñó esa noche… y yo le enseñé también un par de ellas… no os vayáis a creer…

Me dio su teléfono y todo. Y ni lo apunté. Estaba tremendo, el sexo fue estupendo… pero no. No apetecía repetir con él. Luego te pillas… te acabas enganchando, y un día le da la ventolera, y se larga, y tú te quedas con la cara de gilipollas. Porque ese tío era de esos.

A los pocos días, en una cafetería del centro, le volví a ver. A Marcos, digo. Al principio no le situaba… pero al final, mientras me despedía de mi amiga Pitu, se me hizo la luz. Me volví a sentar en la mesa, y me puse a leer. No me apetecía volver a casa. Me pedí otro café, esta vez descafeinado, y me enfrasqué en releer “Los tres Mosqueteros”.

De repente, noté que alguien estaba enfrente de mí, de pie, observándome. Levanté la cabeza y… era Marcos. Me miraba con… no sé definirlo… sus ojos… ¿Era simpatía? ¿Cariño?… pero no podía ser nada de eso… no nos conocíamos… ¿Lujuria contenida?…

El caso es que me saludó. “Hola, me llamo Marcos” “Hola yo Iván…” “Encantado… mua, mua” “Siéntate” “¿No te importa? “¡Para nada! Mis amigos se fueron…”

El caso es que… acabamos follando esa tarde. Y la siguiente. Descansamos miércoles y jueves, y el viernes iniciamos una maratón, hasta el domingo tarde.

Era algo especial. El sexo, digo. No era solo sexo. O sí… al principio sí… pero luego era como… más cercano, como con un plus de cariño…

Pero solo hacíamos sexo… apenas salíamos, ni íbamos al cine… hablábamos, sí… pero no sé… empecé a ver las orejas al lobo… porque me estaba empezando a pillar… y Marcos era de esos… unos polvos y ya está…

Y un día me armé de valor… y le solté que lo dejábamos. No quería arriesgarme más… Se lo solté y punto. Yo me esperaba una tragedia griega, o todo lo contrario. Y no… se me quedó mirando con cara de incredulidad…  me preguntó si había hecho algo mal… me dijo que se había enamorado de mí… pero con tranquilidad. Al final, cuando sus ojos empezaban a dejar escapar un brillo sospechoso, se levantó de improviso… y se fue corriendo.

Me quedé un poco parado. Sorprendido. No me lo esperaba. No había notado que Marcos se hubiera pillado… por mí. Tampoco me preocupé mucho por verlo…

Le intenté llamar al día siguiente, pero no me cogió el teléfono. Y eso que lo intenté como 20 veces. Lo seguí intentando… los días siguientes…pero nada. Lo dejé por imposible. Que le dieran dos duros.

Al cabo de un mes, más o menos, quedé con uno de Bakala. Necesitaba descargar… llevaba mucho sin follar. Y después de la actividad frenética que tuve con Marcos… la verdad es que lo echaba de menos. Era un tío increíble. Todo músculos, con una polla del 15… y no… no eran 15 cm… aquello medía… ni se sabe… un culo… hubiera sido espectacular, el mejor polvo del siglo, si…

Pero no se me levantó… no pude quitarme de la cabeza la imagen de Marcos… fue imposible. Le hice disfrutar a él… aunque me parece que tampoco me salió muy allá… él no dijo nada… pero se le notaba en la cara. Y me fui…

Me emborraché esa noche. A las 5 de la mañana, le llamé. A Marcos. Todo borracho. Casi ni me tenía en pie. Y me cogió. Claro que le debí pillar dormido, y ni se dio cuenta. Y se lo conté todo borracho… bueno, en realidad ni me enteré muy bien de lo que le dije… le di detalles de la polla del maromo, de cómo siempre le ponía su cara, de que no me empalmaba ni a tiros, y de que… le quería… pero que era un secreto, secretísimo…

¡¡Patético!! Así me sentí aquella tarde cuando amanecí con una resaca del 15. Subió un par de grados más, cuando recordé la llamada. Me puse la almohada por encima de la cabeza… y me hundí en un duermevela

Hasta que sonó el teléfono. Me dio tal susto que, salté de la cama. Tras revolver toda la ropa que usé la noche anterior, lo encontré y contesté… Era Marcos.

Me preguntó cómo estaba… se imaginaba que tendría una resaca… porque me notó muy depre, y muy borracho la noche anterior… ¿Tan patético fui? Creía que solo había formulado un pensamiento, pero lo debí decir en voz alta… porque Marcos me contestó… “Sí, un poco”.. .para acabar la frase con una carcajada… No sabía ya muy bien, si reír  mi ridículo, o  llorar mi patetismo.

Y aquí estamos. Una semana después. Después de la borrachera. La gran borrachera. Está más guapo que nunca. Y bueno… mañana vamos a ir al cine. Invita él. Ha encontrado trabajo… y quiere… bueno… invitarme… luego creo que iremos a cenar una pizza, y no sé, a tomar una copa…

Hemos hablado de cosas…  he tenido la impresión de que, en los casi tres meses que mantuvimos nuestra relación, hoy era el primer día en que le oía… no me había dado cuenta de la bonita voz que tiene, de lo contagiosa que es su risa… No me había dado cuenta de su forma de escucharme… No me había dado cuenta de lo bonito que es escucharle… Me he dado cuenta de que no le conocía para nada… Le gusta leer, recita cositas de Shakespeare… dice que alguna vez ha ligado así… jajajajaja… le gusta jugar a la play… le gusta la pasta…

Y sabes… aunque no he descargado todavía, bueno, salvo alguna… ya me entiendes… pero eso no cuenta… creo que no voy a hacer nada porque acabe la noche en la cama… quizás Marcos sea ese chico que siempre busqué. Por lo menos, ahora, me apetece arriesgarme. Me apetece probar otra cosas… Y quizás… quizás…

_____________

Al final, hemos ido al cine. Hemos visto “El Incidente”. Durante un rato me ha cogido de la mano. Hemos tomado una pizza en un Pizza Hut. Una Barbacoa. Me ha sabido a gloria. Nos hemos reído un rato charlando con los de la mesa de al lado, que eran conocidos de Marcos. Luego me ha dicho que un día me les presentó… y no lo recuerdo. Eran muy majos. Hemos quedado para la semana que viene para salir por ahí… me apetece el plan. Luego, nos hemos ido al “Darling” a tomar una copita…

Os voy a dejar, Marcos se ha despertado, y me dice que apague el ordenador… y me vaya a abrazarle. No, no hemos follado. Vinimos a mi casa, tomamos una copa más, y nos besamos. Y nos fuimos a la cama. Y nos hemos vuelto a besar… y hoy, he visto que tiene unos ojos preciosos. Marrones… profundos…  y nos hemos abrazado… y nos quedamos dormidos.

– ¡Vamos Iván, tío! Vente a la cama. Me estoy quedando frío…

Os dejo. Marcos me reclama. Ahora que le miro de reojo, por el espejo, no me había fijado en lo bonito que luce ahí… en la cama… medio tapado por el edredón… invitándome a que me una a él…

– ¡¡Voy!! Ya lo apago.

Buenas Noches…

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Amor con distancia.

1ª parte:

Adrián cerró el messenger.

Eran las 5 de la mañana. Y unos minutos. Dentro de tres horas debería levantarse para ir al trabajo. Y debería haber dejado la conversación hacía ya unas cuantas horas. Debería.

Llevaba ya unos meses en que debería haber hecho muchas cosas. Pero nada de lo que su razón le indicaba que debía hacer, nada, era lo que el corazón y todo él le pedían hacer.

No recordaba cuando comenzó. ¿En febrero? Puede ser. Llevaba ya tres meses escribiendo un blog. Un día le dio por ahí. Llevaba ya unos meses absolutamente enganchado a ellos. No comentaba en ninguno, no se atrevía. Pero ese día, estaba tan mal que, se lanzó. Y empezó a comentar a todos los que leía, y algunos de los nuevos. Y para finalizar la gran traca, también a altas horas de la madrugada, creo el suyo propio… “Un rincón donde patalear”.

Y empezó a escribir casi diariamente. Unas veces tristezas, otros días locuras, para olvidar las frustraciones, y otros días sencillamente ponía un vídeo.

Muchos a los que comentó, llegaron a su blog, y empezaron a comentarle. Parecían majos casi todos. Incluso a algunos empezó a tratarles, primero por mail y después por el messenger. Con muchos se sentía identificado, en muchas de las cosas que pasaban por su mente. Con otros, por lo menos podría hablar de hombres, cosa que no podía hacer con casi nadie en donde vivía. Por no decir con nadie. Lerma, el pueblo de Burgos donde vivía, no era el mejor sitio para ser gay. Por lo menos, el no se atrevía a vivir como tal.

Y ese día de febrero… ¿qué día fue exactamente?… Por más que intentaba recordar el día del primer comentario de Álvar. No se había fijado nunca en su blog. Pero ese día, al final, acabó leyéndolo entero. Y para variar, también le dieron las 3 de la mañana.

Pues no se iría a la cama sin comprobar qué día fue ese. El 3 de febrero. Tras buscar día por día en su blog, lo encontró. El 3 de febrero.

Y ese día, a partir de ese día, mejor dicho, empezó a cambiar su vida. Le siguió todos los días. Todos los días se comentaban en sus respectivos blogs. Y al final, un día recibió un mail de él. Parecía que habían pasado siglos desde el primer comentario hasta el primer mail, pero a penas fueron 10 días. El 13 de febrero.

Pensando en ese día, no pudo por menos que empezar a sonreír. Recordaba los casi 15 mails que cada uno mandó al otro. Fueron horas y horas. Porque no eran mails cortitos, no. Eran largos. Pasó toda la mañana en su negocio leyendo y escribiendo mails.

Pero nada sabía aún de Álvar. El nombre le gustaba, era un nombre muy castellano. Y poco común. Parecía como si estuviera cerca de él. Y eso le gustaba. Podría incluso llegar a conocerle un día. Y quien sabe a lo que le llevaría esto. Porque la confianza que había entre ellos, la complicidad, parecía indicar que, eso era posible.

Y al final de la jornada, llegó un mail en el que se le invitaba a hablar por el messenger con Álvar. Ya había cerrado su negocio de maquinaria agrícola, así que, salió corriendo hacia su casa. Apenas 5 minutos después, ya tenía su ordenador en casa encendido, y con el messenger abierto. Ahí encontró el mensaje típico para anunciarte que, te habían agregado y si aceptabas. Le dio al aceptar, sin siquiera mirar quien le había agregado.

Y allí estaba él. Conectado.

No le dio tiempo a pensar nada, ya tenía un saludo largo y chispeante. Abrió completamente la ventana y vio el patito amarillo como foto. El solía tener una foto de la Playa del Sardinero de Santander, donde había pasado bonitos verano con sus padres, cuando él era pequeño.

Y hablaron.

Y hablaron.

Y sabes, sin saber ni siquiera como era Álvar físicamente, ni nada de él, ni en donde vivía, ni si estudiaba y trabajaba, se sintió todavía más atraído por él. Parecía un poco más joven que él, por la forma de hablar, pero eso le daba igual. Se sentía cómodo, se reía, y él, parecía estar cómodo con él, y se reía… y por la velocidad de respuesta parecía que ninguno de los dos estaban manteniendo otras conversaciones paralelas. Y Álvar le confesó que tenía al menos 100 contactos activos en el messenger.

Siguieron días así. Hablando todo lo que les permitían sus ocupaciones. Escribiendo en el blog, comentándose. Los dos olvidaron las demás bitácoras que visitaban.

Un día, un par de semanas después, se decidió a poner una foto suya. No es que tuviera ningún problema en ponerla, pero como Álvar tampoco la ponía, pensó que, si la ponía le obligaría y no quería que eso sucediera. Cuando apareció Álvar en el messenger, vaya, también tenía puesta una foto. Los dos pensaron lo mismo.

Y se quedó perplejo.

Lo que veía era, la foto de un chaval. Nunca hubiera pensado que, Álvar, tuviera… es que aparentaba… no tener más de 18 años.

La sorpresa parecía mutua.

Álvar tardó en abrir ventana.

Al final, lo hizo.

Adrián no se atrevía.

Y Álvar, después de su habitual forma de saludo, le dijo algo así como…

– Parece que nos hemos puesto de acuerdo para poner una foto…

Y Adrián contestó…

– Pues sí… jajajajaja… y ¿hemos puesto los dos una foto nuestra?…

Y Álvar, tardó en contestar unos segundos que, parecieron siglos….

– Yo sí que he puesto una foto mía… me la hice ayer… me la hizo un amigo en el Puerto

Y Adrián, tras unos segundos… contestó sin mucha alegría…

– Pues entonces sí, hemos tenido la misma idea… la foto que he puesto es mía, me la hice en la excursión a Covarrubias que hice el otro día… ¿te acuerdas que te conté?

Y Álvar volvió a demorarse en la respuesta…. pero esta vez más… mucho más… Adrián no dejaba de mirar la ventana, esperando que llegara una frase de Álvar… y no dejaba de darle vueltas a la situación… Y no dejaba de pensar en que… en que… y no dejaban de llorar los ojos… porque se había enamorado de un chaval de no más de 18 años… y él…

– ¿Te puedo hacer una pregunta?

– Claro – escribió Adrián – siempre he contestado a todas tus preguntas.

– Vale, es cierto… ¿Cuántos años tienes?

Y era una pregunta inocente. Pero ahora, lo que veía en el recuadrito de la foto del messenger, daba una importancia tremenda a la pregunta… y todavía más a la respuesta…

– Tengo 37 años.

El silencio se volvió a adueñar del messenger. Al final, Adrián se atrevió a preguntar…

– Álvar… ¿y tú? ¿Cuántos tienes?

Tardó en contestar. Parecía que se había ido. Incluso Adrián comprobó que la conexión estaba bien, y que Álvar seguía conectado.

– Tengo 16 años.

——-

2ª parte:

La sentencia llegó. Sus ilusiones se hicieron añicos. Sus ojos empezaron a llorar. No podía ser. Se había enamorado de un chico de 16 años. Y ahora se daba cuenta de cuánto le quería. Se daba cuenta de que… le amaba. Ahora precisamente, ahora, se había dado cuenta de que… le amaba.

No fue capaz de seguir escribiendo. Porque además, ese puerto le resultaba conocido. Era el de Barcelona. Lo que quería decir además, que estaban muy lejos. Más de 600 Km. Un nombre tan castellano, y … tan lejos.

Y lloró. Álvar se desconectó. Y él… se apartó del ordenador.

Se fue al salón y se tumbó en el sofá.

Y lloró.

Algo le apretaba el corazón. Las entrañas. La razón le decía que, esto era una locura. Pero él no podía evitarlo. Le amaba. Llevaban apenas mes y medio charlando, y parecía que se conocieran de toda la vida. Confiaban el uno en el otro. Todas las cosas que pensaban y soñaban, las sabía el otro. Sus miedos. Sus problemas con sus amigos. Con su familia. Pero nunca, nunca habían hablado de cosas como la edad, el sitio de donde eran, o cosas tan normales en otros sitios y con otras gentes, como sus características físicas.

Y es que, como se sentían tan cómodos así, ¿para qué preguntar? Ahora, Adrián se da cuenta de que quizás, los dos se imaginaban algo de eso. Y retrasaron el momento sin darse cuenta. Se imaginaban que, sus circunstancias personales les haría casi imposible el vivir algo más que una amistad profunda, pero lejana. Que eso que sentían, porque Adrián, ya en ese momento, pensaba que era correspondido, era algo que, era muy difícil que pudieran vivirlo.

Durmió allí, en el sofá del salón. Dormir era mucho decir. Hacía frío, pero no le apeteció levantarse. En realidad no tenía fuerzas. Parece que, todas las fuerzas, la ilusión, el empuje que le había dado Álvar, en estas semanas de contacto, se habían esfumado. Hasta hace unas horas estaba planeando el momento en de conocer a Álvar. Se estaba preparando para proponérselo. Pero todo se derrumbó, por una puta foto.

A las 8 no le quedó más remedio que levantarse e ir a abrir su negocio. Fue a apagar su ordenador, y encontró un mensaje de Álvar.

– Quisiera hablar contigo. Si no te importa te dejo mi teléfono, 629xxxxxx. Llámame cuando puedas. Te quiero.

El mensaje lo escribió a las 6 de la mañana. Lo que quería decir que, él tampoco había dormido. Y ahora se abría otro dilema. ¿Llamar? ¿No llamar? ¿Olvidar todo y salir del blog, del messenger, de todos los nuevos conocidos que tenía alrededor del blog?

Pero tras un día de trabajo absolutamente ineficaz, porque no podía concentrarse, tenía la cabeza en Álvar, a las 8 de la tarde, le llamó.

Y hablaron.

Horas y horas. Al final los dos acabaron enchufando el móvil al cargador y hablando así. Lloraron. Y se dijeron todas las cosas que no se habían dicho en estas semanas. Y lo que habían pensado ese día desde que descubrieron la parte de ellos que no conocían. Álvar, propuso conocerse. Y en eso, Adrián, fue en lo único que no se dejó llevar por la situación. Por el corazón. Por la congoja. Por el amor. Por la pasión.

Al final llegaron a un acuerdo. Sí cuando Álvar cumpliera los 18, seguían sintiendo lo mismo, Adrián sería el primero de buscar la forma de conocerse.

Y el tiempo pasaba. Y Adrián, cada día, estaba más seguro de una cosa. Ese chico le había robado el corazón, la cordura y cualquier signo de raciocinio. Estaba cada día más enamorado. Y eso significaba, llorar. Sufrir. Porque… amar sin poder tener al chico de sus sueños en sus brazos, no poder llorar y dejar que llore en su hombro. No andar desnudos por casa, no cocinar juntos, o comer juntos, o ducharse juntos… no podía soportarlo. Hablaban todos los días. Por teléfono, y por el messenger. Y por mail. Habían encontrado una forma de que no afectara demasiado a sus actividades. Pero eso cada día resultaba más insuficiente. Más frustrante. Querían más. Más. Querían estar juntos. Mirarse a los ojos, sin que fuera videoconferencia. Sonreírse, con sus labios a un suspiro… los unos de los otros. Juntos…

Juntos.

Juntos.

Esa era la palabra que le atormentaba. Esa era la palabra que le hacía no dormir bien.

Juntos.

La forma de conseguir estar junto a él. No ya unas horas, sino todos los días, a todas horas.

Juntos.

Todos los días lloraban los dos al despedirse. Y todos los días, los dos tardaban en dormir. La rabia era la causa. La rabia de haber encontrado a quien amar, tan lejos en todos los sentidos. En edad, en distancia. En forma de vivir. No era lo mismo un pueblo como Lerma, de unos cuantos miles de habitantes, que Barcelona, de unos cuantos millones, y con una zona de ambiente grande, y sin la necesidad casi imperiosa de vivir en la oscuridad. Pero cada día que pasaba, Adrián estaba más convencido de intentar hacer lo posible, cuando fuera posible, y si nada cambiaba, para poder cumplir su sueño. Para poder tener en sus brazos a Álvar. Pero tenía miedo a la vez. Estaba acojonado, en realidad. Pero daba igual. Mejor arrostrar los problemas que le acarrearía el lanzarse así, que la frustración y la desesperación de estos años.

Juntos.

Juntos.

¿Algún día?

Ese día tocó día pesimista. Y tras una hora más de darle vueltas a la cabeza, y de tener las manos doloridas de tenerlas apretadas de la rabia, de la frustración… lo vio todo negro.

Pero a lo mejor, mañana, o sea dentro de una hora y pico, al levantarse, lo veía de otra forma.

Juntos…

  —-o0o—-

Leyendo un libro, mientras espero.

 

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Menos mal que me traje el libro. Encima de que he llegado antes, él se retrasa.

He tenido suerte. Mi jefe me pilló al salir de trabajar. Me llamó a su despacho. Me ha metido un rollo… emepzaba a pensar que era un rodeo para despedirme. Las cosas no van bien en la empresa. Al final, no ha sido eso. Me ha felicitado por el trabajo de esta semana. Eso sí, me ha dicho que no me despiste. “Las cosas no van bien, Areko”, me ha dicho con voz solemne. Me ha contado que ha tenido que renunciar a ciertos privilegios que se había ganado. Pero… prefería perder algo de dinero a tener que despedir a alguien. María, luego, me ha dicho que ha renunciado a una pasta… Los Supremos le habían pedido la cabeza de dos personas de su equipo.

Después de hablar con María me he quedado un poco preocupado. Yo soy el último en entrar en ese departamento, así que, lo más natural es que fuera el primer damnificado si hubiera recortes. Las palabras de mi jefe toman otro derrotero… quizás era una advertencia… el lunes debería buscar la oportunidad de hablar con él otra vez a solas…

Cuando mi jefe, y después María, me entretuvieron cuando salía de la oficina, pensé que mi cita se iba al garete. Menos mal que al final, Eloy me ha acercado en coche. Que hombre más raro es este Eloy. En la oficina parece un amargado, parece que odie a todo el mundo. Sale por la puerta y es la persona más encantadora que te puedes echar a la cara. Por lo menos conmigo.

Y aquí estoy, en el parque. Esperando a Javi.

Cuando quedo con Javi, me suelo traer un libro. No suele ser muy puntual. No es que lo haga a posta, que yo sé de alguno que sí, llega tarde a posta. Pero siempre le lían. No sabe decir que no, y cualquiera que se encuentra, al final… O eso dice él.

Esta es nuestra tercera cita. Le conocí a través del blog. Era el primer blog que conocía de alguien de mi ciudad. Hasta me emocioné. Nos comentamos, nos mandamos un par de mails, hablamos por el MSN, luego un día me llamó por teléfono… y al final, hace unas semanas, quedamos.

Charlamos. Nos contamos nuestras vidas. Él estaba un poco asustado. Pensaba que cualquiera que nos viera iba a deducir inmediatamente, primero, que yo era gay, y después, que él también lo era, incluso que nos acostábamos juntos. Yo intenté tranquilizarle… pero la siguiente cita, al cabo de 10 días, fue igual. Constantemente mirando alrededor… hasta creo que estaba inventando una excusa por si se encontraba con alguien. Tampoco creo que hubiera nada que explicar. Dos amigos, charlando en una cafetería. Esta segunda cita fue un poco más corta. Yo creo que estaba todavía más nervioso que en la primera. Me habló mucho de sus miedos… de que estaba acojonado porque alguien descubriera que era gay…

Hace una hora que habíamos quedado. Le mandaré un mensaje.




Al final me contesta:
“no m spers borra m tlf no puedo vert + srte.”


Se está bien en el parque. Me ha fastidiado la tarde del viernes. Ya no puedo hacer otros planes. Así que me quedaré leyendo un rato más. Luego iré a casa a cambiarme de ropa y quizás me vaya al cine.

Casi se me olvida contestarle al mensaje:
“OK”
¿Para que más?




He llegado a casa. Me he quitado los pantalones del traje que he llevado a trabajar, he colgado la americana. Me quité la camisa y saqué de la mochila la corbata. Al final, decidí desnudarme completamente y darme una ducha antes de ir al cine.

Por costumbre, he encendido el ordenador. He mirado mi blog, nadie me ha comentado. He mirado mi correo, no tengo ninguno nuevo. He ido al blog de Javi, y… lo ha borrado.

Parece que va en serio. Me caía bien ese chico.

Me he quedado mirando un rato la pantalla, sin ver nada. Mil preguntas me asaltan. Ninguna respuesta.

He apagado portátil.

Me levanto y me voy al baño. Abro el agua caliente. Muy caliente. Y me meto debajo del chorro. Casi me abraso.

Dos citas. Solo. Pero sin darme cuenta, me había agarrado a él como un salvavidas. Una posibilidad de tener un amigo de otro tipo.

Mis lágrimas se mezclan con el agua, muy caliente, que cae por mi cuerpo.

  —-o0o—-

 

Me gusta tu nombre.

.

Era el día en que empezaba la cuenta atrás. El día en que las despedidas se sucederían, hasta un tiempo indeterminado después.

Un amigo y su bicicleta.

Un bajón de moral del 15.

Un chico en la parada del autobús. Se pasaba la mano por el pelo, para echárselo para atrás. Vestido de negro… pantalón camisa. Bello rostro, bello cuerpo. Nada de gimnasio… todo natural.
Me mira.

Lo miro.

“Qué injusta es la vida”, mascullo entre dientes.

Bajón del 15. Me repito, ya lo sé.

Seguimos andando.

Puerta del hotel. Promesas para el día siguiente, medio certeza que son meras palabras mecidas por la brisa de la noche.

Dos besos. Una sonrisa.

Promesas…

Él se va, y su bicicleta también.

Me doy la vuelta y desando lo andado.

Veo la parada ya cerca y al chico en ella. Un autobús… para… bajón del 15… no le podré ver una vez más.

Pero no sube.

Me apoyo en la entrada a un parking público. Miro mi bandolera para sacar un pitillo. Lo enciendo. Exhalo la primera bocanada, miro… pero no está.

Bajón del 15. Ni la vista me puede aliviar en esta noche… Una vista que me haga soñar… Miro al cielo… ni las estrellas vienen en mi ayuda…

Recuerdo a Pete, en Madrid. Recuerdo…

– ¿Y pensabas irte sin presentarte?

Me vuelvo sobresaltado. Se me cae la bandolera. Una sonrisa con mirada encima me observa apoyado de la misma guisa en que yo estaba hasta hacía unos instantes.

– Y tú… ¿No pensabas ir detrás de mí?

Me coloco la bandolera otra vez sobre mi hombro. Y me apoyo nuevamente en la entrada del aparcamiento.

– Me llamo Jaime

Él solo sonríe a modo de respuesta. No me dice como se llama.

Le miro. Es todavía más atractivo de lo que me había parecido en un primer vistazo.

Sonríe.

– ¿Así os presentáis en tu ciudad? ¿Sin besos ni ná?

Se incorpora y se acerca a mí. Pone sus manos en mi cintura… y me besa.

Separamos nuestros labios. Estoy un poco mareado de la sorpresa… y del beso.

– Me llamo David.

– Me gusta tu nombre… David… – lo repito para comprobar como suena en mis labios, con mi voz ronca de tanto hablar estos días. Y suena bien.

– ¿Y si me hubiera llamado Aristófanes?

– Aristófanes – repetí mirándole – suena bien – sonrío -. Me gusta.

– ¿Y si…? – no le dejé seguir.

– Me gusta… suena bien.

Sonríe.

– A mí Jaime no me gusta.

– Llámame como quieras – le contesto decidido.

– ¿Te gustaría tomar algo?

Él me mira… tarda unos segundos en contestar.

– Sí. A ti.

– Me voy pasado mañana.

– Entonces, tendremos que aprovechar el tiempo.

Y diciendo esto, me coge de la mano. Y me lleva hacia un portal.

– Tenemos toda la casa para nosotros – me dice volviendo ligeramente la cabeza.

Sigue tirando… acelera el paso.

Abre el portal, llama al ascensor, se vuelve, me da un beso, subimos hasta el 4º… entramos en su casa… me besa… cierra la puerta… le intento desabrochar la camisa, pero me aparta las manos… me quita la bandolera… me desabrocha mi camisa… yo le dejo… besa mi cuello… mi pecho, lame mis pezones…

Han pasado ya 4 horas. Parece que han sido 8. ¿Ó 2? Da igual.

Descansamos.

Apoyo mi cabeza sobre su pecho. Él dormita. Yo no puedo.

Bajón del 15. Dentro de un día, me iré. Y se está tan bien allí… es una almohada tan suave, tan cómoda… besa tan bien… sabe tan bien… mira tan bien…

Me giro y me incorporo un poco y vuelvo a besar ese ombligo. Y subo con mi lengua recorriendo cada centímetro de su piel. Levanto la vista… veo sus ojos… sonríen…

– No pares – me dice.

Y obedezco… tengo solo unas horas para ser su esclavo… y no pienso desperdiciar ni un instante…

Ya es la hora.

Bajón del 15.

Otra despedida, esta no planificada.

Me da su teléfono, me da su mail, me da su MSN, me da… un beso.

Dos.

Tres.

He perdido la cuenta.

– No quiero perderte – me dice.

– Vente – le digo.

– Quédate – me dice.

Sonreímos.

– Si vuelvo… – interrogo.

– Más te vale – contesta.

Me mira… ¡ufff!

Voy a salir de su casa. Me vuelvo… él sigue desnudo. Es tan guapo… tan dulce… besa tan bien, sabe mejor… tiene una voz…

– Espera – me dice, y sale corriendo. Vuelve poniéndose una camiseta, y con un pantalón de deporte. Y unas chanclas. Coge las llaves… y salimos.

Rodea mi cintura con sus brazos. Apoya su cabeza en mi pecho.

Ascensor.

Portal.

La calle.

A la derecha mi hotel.

Caminamos.

Parece como si hubiéramos andado abrazados una eternidad.

No hablamos.

Solo caminamos.

Noto humedad en mi camisa. David llora en silencio. Apoyo mi mentón en su media melena negra.

– Volveré.

– Más te vale – me dice.

– ¿Me llamarás?

– ¿Lo dudas?

Sonrío.

Llegamos.

Se incorpora.

Me coge el rostro entre sus manos. Me mira… me sonríe… me besa. De repente se gira y sale corriendo.

Pierde una chancla… pierde las dos… pero no para… corre y corre…

Bajón del 15, con sonrisa boba.

Subo a la habitación. Hora de recoger.

Una maleta, la bolsa, la otra bolsa, unas bolsitas con libros…

El móvil.

Contesto.

– ¿Cuándo vuelves? – era David – Te echo de menos.

– Yo también a ti – reconozco apesadumbrado.

– ¿Y pensabas irte sin conocerme?

– ¿Y pensabas dejar que me fuera sin correr detrás de mí?

– Tengo que irme – se hace tarde.

Bajón del 15.

Pago el hotel. No desayuno… no quiero diluir su sabor en mi boca. Ni siquiera enciendo un cigarrillo.

Saco el coche del garaje.

Meto las maletas… vuelvo a despedirme del recepcionista.

Coloco el GPS, enciendo el manos libres… meto la marcha… pero delante de mi, hay un chico, con una mochila en el hombro, con una sonrisa, y una mirada encima. Se va a la puerta del copiloto. Abre la puerta y se sienta.

– Ya podemos irnos – dice mirándome.

Sonrío.

Subidón del 15.

Arranco.

—-o0o—-

¿Eres gay?.

.

Tú… sí tú.

¿Eres gay?

¿Y?

¿Por qué te sientes raro? ¿Por qué te sientes mal? ¿No te apetece que te gusten los hombres?

Tú… sí, tú.

¿Eres gay?

¿Por qué te rechazas? ¿Crees que los gays somos raros? ¿Somos malignos? ¿Crees que constituimos algún peligro para la humanidad?

¿Por qué te sientes inferior a los demás?

Tú… sí tú.

¿Eres gay?

Mírate al espejo. Sí… mírate. Desnúdate. Tienes una cabeza. Tienes brazos. Tienes piernas. Puede que tengas mucho pelo. O puede que no lo tengas. Puede que seas pelirrojo, que seas castaño. Mírate las manos. Tienes uñas en los dedos. Bueno, tú no que te las muerdes. Pero si haces un esfuerzo por dejarlas crecer, verás como sí, tienes uñas.

Sonríe. Anda… si al sonreír los labios se te curvan hacia arriba. Y sí, se te arruga un poco el entrecejo. Huy… y te salen patas de gallo… Los ojos. Anda, son marrones. Los tuyos, verdes. Los tuyos son azules.

Mírate al espejo… Tienes pene. Y tienes testículos. Vaya, es como nos han enseñado en anatomía, o en biología. El tuyo es circuncidado. El tuyo no. El tuyo es pequeño cuando no está excitado. Pero crece mucho cuando lo está. El tuyo, es recto. Y el tuyo, tiene la cabeza grande. El tuyo no… el tuyo tiene la cabeza menos prominente. El tuyo se desvía un poco a la izquierda, cuando se empalma. El tuyo, se curva hacia arriba. El tuyo es largo… el tuyo es más gordo. El tuyo es, menos grande. Tú tienes mucho pelo en el pubis. Y tú… tú tienes de distinto color el pelo del pubis que el de la cabeza… ¡ay! pillín… que te tiñes el pelo… Y tú…. Sí tú… ya tienes canas. Pero te sientan bien. Sip.

Tienes pies, como todos. Tienes ombligo, como todos, menos el de esa serie de televisión que ahora no me acuerdo como se llama. Está guapo el protagonista… ufff… ¿Sabes que dicen algunos que es gay? Pero no hagas mucho caso… a parte que da igual. Si él decide un día contarlo, pues estupendo. Además, creo que tenemos pocas posibilidades de que, si lo fuera, ligara con nosotros.

Échate una última mirada. Así general… Parece que tu cuerpo se parece al que sale en los libros. Parece que eres igual al resto del mundo. Bueno, sí… tú estás en silla de ruedas. Esas piernas nunca han podido mantenerte de pie. Pero sabes… hay otros que también les pasa… y no son gays. ¿Y?

Vale… échate esa mirada… eres igual que el resto. Eres todo lo igual que somos todos. Vale, me acabo de dar cuenta… no te identificas con Boris. Ya. Espera… espera… ¿Recuerdas ese día que quedaste con los amigos del barrio? ¿O con los del trabajo? Sí… ese día que tuvisteis una discusión, porque unos eran del Valladolid, y otros del Málaga. Huy… y acuérdate cuando discutían de que uno decía que la Jolie esa, es una de las mujeres más guapas que conoce. Que la echaría un polvo… pero a la voz de ya. Y tu amigo Fran, dijo que “¡¡para nada!!” que a él le gustaba esa chica que hacía la serie Alias… ¿cómo se llamaba? Y a Julianín, le gusta Nicole Kidman… “¡¡Esa vieja!! ” gritó Fermín, que confesó que le gustaba Hannah Montana. ¡¡Infanticida!! Gritó Joel, sin darse cuenta que Fermín tenía 17 años… A Tony, le gusta el teatro. A Carlos, le gusta la pintura. A Ricardo le gusta los coches, desmontar el motor, y volverlo a montar. Y sin que le sobren piezas… Bueno, bueno, y cuando David confesó que le gustaban las mujeres gordas… ¡¡la que se armó!! Aunque luego, Dani reconoció que le gustaban también. Y a Miguel, le gustan las morenas, a Fernando le gustan las de pechos prominentes, y a Roberto… a Roberto el gustan todas… jajajajaja.

Bueno,  bueno, y cuando el grupo del trabajo, discute de política. Los del PSOE, los el PP, los de Tierra Comunera, o los de PNV, los de Esquerra Republicana, los de Coalición Canaria… ¡¡Cómo discuten los tíos!!

¿Por qué a ti te tiene que gustar lo que a algunos gays? ¿Por qué te tiene que gustar ir a la última moda? ¿O por qué te tiene que gustar Madonna? ¿Por qué te tiene que gustar Chueca? No tienes que ser amanerado… o si lo eres… pues estupendo. Te puede gustar depilarte, o no. Te pueden gustar los altos, o los bajos. O, no buscar eso, sino alguien que te entienda, que te comprenda, o que te mime. O incluso, no pasa nada porque seas un viva la virgen y busques cada noche uno distinto. Puedes ser del PSOE, o del PP. O del BNG. Puedes ser alto, gordo, ir como un  desarrapado por la vida, con coleta, o con cresta. Te pueden gustar los pendientes, o no. No te tienen por qué gustar los tatuajes. Ni vestir de cuero. No. Ni las plumas, ni las plataformas. Pero si te gustan, ¡olé!

Eres igual a todo el mundo. Todo lo igual que una persona puede serlo a otra. No te tienes que comparar con nadie. Solo debes ver en ese espejo a un hombre. Como los demás. A ti te gustan los hombres. Y a mí. ¿Y qué?

Mírate al espejo. Mírate… y sonríe. ¡¡Vamos!!  Eres especial. Disfruta… disfruta de ti, disfruta de la vida… no dejes que nadie te diga a quien debes amar. Ni los heteros, ni otros gays. Puedes gritarlo a los cuatro vientos, o decírselo a quien te parezca. O no decirlo… pero eso sí…  vivir y disfrutar de tu vida, de tu sexualidad. Disfrutar de ti. No te sientas menos que nadie. Ni más tampoco. Pero siente… no te quedes ahí en ese rincón… llorando. ¡¡Vamos!!

Sabes… conviene que te vistas ya. Es primavera… pero ya sabes, en primavera el tiempo va y viene… y no debes coger un catarro. Bueno… en lugar de vestirte… siempre puedes mirar si alguien está dispuesto a abrazarte. ¿Sabes lo bien que sienta un abrazo? Ven… acércate… espera que te abrazo… ¡Hummmmmmmm!!! Venga… ya pasó lo peor… sip.

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  —-o0o—-

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La importancia de un segundo.

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Un segundo solo. Uno.

Una discusión, un intercambio de palabras. Se acelera.

Una puñalada dialéctica.

Otra.

Los dos tocados.

“Perdona, no quería”

“Perdona yo tampoco”.

Pero los dos quedan tocados. Nada volverá a ser igual. Los dos han descubierto cosas de sí mismos que no sabían que estaban ahí. Los dos han descubierto una imagen que no querían dar.

Un segundo. Solo uno.

Un chico en el alféizar de una ventana.

Una duda: dar un paso adelante o no.

Eso es lo que separa vivir de morir. Luchar, de rendirse.

Una decisión que no tiene vuelta atrás. Un segundo que, aunque justo en el instante siguiente se arrepienta cayendo al vacío, no se puede echar atrás.

Un segundo. Solo uno.

La mano de un hombre soltando una torta a su mujer.

Un segundo solo. Uno.

Un cuchillo en la mano de un hombre atravesando el estómago de su ex-mujer.

“Perdón, perdón”, gritaba el hombre mientras se tiraba por la ventana. Perdón… ¿para qué?

Un segundo solo.

Un solo segundo. Una riña, un calentón. “Yo no quería”. Pero fue. Un golpe, una caída, la cabeza contra la acera. “Yo no quería”.

“Yo no quería”

“Yo no quería”

Todo cambia cada segundo. A veces podemos pedir perdón y rectificar. Pero otras muchas no. En un segundo podemos perder todo… podemos hacer que otros lo pierdan… no… no hay vuelta atrás.

Un segundo.

Con la de segundos que desperdiciamos, y más nos valdría perder algunos más si son de estos.

Un segundo.

Una decisión sin vuelta atrás. Una decisión, un segundo.

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Silencio.

¡¡Dios!!

¿Por qué no se calla ese ruido?

Si consiguiera por un instante que se callaran los recuerdos, que las imágenes no se repitieran en mi cabeza, una y otra vez.

Si consiguiera olvidar tu voz, si consiguiera no tener tus palabras resonando una y otra vez… una y otra vez.

Si consiguiera que la luz se apagara en mi cabeza. Si consiguiera que la noche se adueñara de ella… aunque fuera por un instante.

Si consiguiera acallar tus desplantes, tus gritos, tus insultos. Si consiguiera, siquiera un instante, que no me hicieras sentir como una mierda olorosa y repugnante.

Si consiguiera… el silencio. Si consiguiera que nada pasara por mi cabeza, si consiguiera no recordar tus labios, ni el sabor de tu boca… que nunca probé.

Si consiguiera el silencio de la empatía, el silencio de que no me echaras en cara mis quejas… porque sabes, a veces es lo único que me queda, quejarme una y otra vez…

Si consiguiera el silencio de la transigencia, con los errores ajenos, y con los propios…

Si consiguiera el silencio absoluto, si consiguiera que los sables de guerra no llenen mi cabeza por las mañanas, y por las tardes. Si consiguiera que el ruido de la desilusión, de la desesperanza, de las puertas vacías… dejara de retumbar cual eco en un barranco…

Si consiguiera el silencio… silencio…

silencio

silencio.

silencio…

Si consiguiera acallar mi furia, la ira que me invade…

¡¡¡Dios!!! Lo que daría por un poco de silencio… apenas un instante… para poder descansar…

silencio.

un instante…

solo un instante.

 .

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Una historia del Rimmel.

Noviembre.

8 de la tarde.

No hacía mucho frío, aunque ya tocaba.

Aún así, Ramón se levantó el cuello de su abrigo. Estaba en la última etapa de un resfriado, y no quería recaer. Ya le gustaría en ese momento tener a su médico enfrente y echarle en cara la frasecita que siempre le decía cuando iba a su consulta con un resfriado: “una semana sin tomar nada, y 7 días con medicinas”. ¿Y los 12 que llevaba él? ¿Dónde entraban en esa ecuación?

Buscó un pañuelo en el bolsillo del abrigo para quitarse el moquillo.

Se paró enfrente de unas obras. Parecía que iba a ser un mercado, según decía un cartel fuera. Giró sobre sí mismo y comprobaba lo que habían cambiado esas calles en 20 años. Pasó por su lado una pareja de chicos agarrados de la mano. Les siguió un rato con la mirada. Sonrió.

Volvió a subirse el cuello, aunque era más un gesto automático que algo que necesitara. Se encogió de hombros y siguió caminando.

Los tiempos habían cambiado mucho, no había duda. Las calles, la ciudad, la gente. Desde que cambiara su residencia a Valencia hacía 20 años, apenas había pisado las calles de Madrid.

Algunos locales seguían donde estaban. El B&W… ¡El Rimmel!

Se paró y se quedó mirándolo con una sonrisa improvisada e inconsciente. Quizás los recuerdos de esos besos robados, o los de esas manos sin cara recorriendo su pecho, sus piernas, esos dedos ciegos que desabrochaban su camisa, o los suyos que intentaban bajar alguna cremallera rebelde.

Sin darse cuenta, había cruzado la calle, y estaba abriendo la puerta.

Entró.

La música fuerte, más luz de la que esperaba. Apenas un grupito de chicos y chicas acomodados en la barra, y una pareja de chicos sentada en una mesa. Uno miraba con adoración al otro, mientras éste cerraba los ojos y movía el tronco al ritmo de la música.

– ¡Hola!

Pero Ramón no oyó el saludo del camarero. Se había ido acercando a la barra, y estaba absorto mirando cada detalle del local. Era completamente distinto al que él recordaba. Parecía que lo habían reformado hacía poco.

– ¡Hola! – repitió el camarero, esta vez poniendo la mano sobre su brazo.

Ramón se sobresaltó. Seguía ensimismado en las comparaciones y los recuerdos. Estaba precisamente recordando un capítulo llamado Pepe. Pepe el guapo, el tío bueno, el… cómo le gustaba el Pepe ese. Hasta ahora, pasados ya al menos 22 años, notaba como algo se removía por la parte baja de su estómago. Y esa especie de euforia se repartía por el resto de su cuerpo… pero un día desapareció, como muchos otros, como él mismo unos años más tarde.

– Perdona – dijo mirando al camarero con los ojos muy abiertos.

– Perdone Vd. por haberle sobresaltado.

– Nada, no te preocupes, estaba pensando en otras cosas.

Se quedaron los dos en silencio, mirándose.

– ¿Va a tomar algo?

– Es que… – Ramón estaba pensando en su resfriado, en los medicamentos, en el alcohol y su reacción con ellos – un pelotazo gin.

Fue un impulso. Las palabras se escaparon de su boca… 20 años…

El camarero se dio la vuelta y empezó a preparar la bebida.

– ¡Sabes lo que es!

– Por supuesto. Es mi obligación.

– ¿Sigue tomándolo la gente?

– No. Hace muchos años que nadie me lo pide.

Ramón sonrió. No recordaba a ese camarero. Aunque le resultaba familiar. Pero claro, este chico debía ser casi un niño la última vez que estuvo por allí. Habría cambiado mucho. Tuvo un impulso… hoy Ramón se dejaba llevar por impulsos…

– Perdona ¿Nos conocemos?

El camarero se le quedó mirando. Sonrió y alargó su mano hacia él para estrechársela.

– Me llamo Andrés.

Ramón sonrió.

– Ramón.

Y se dieron la mano.

– Ahora ya nos conocemos.

El camarero se dio la vuelta y fue a atender a un hombre que se había puesto en el otro lado de la barra. El grupo de chicos ya se había ido.

Recordaba… ese primer día que entró en el Rimmel. Con la cabeza gacha. Asustado. Mirando a todos lados por si había alguien que pudiera reconocerlo. Cómo se puso en el sitio más oscuro del local, y miraba como loco a todos lados. Cómo le llamaba la atención ver a los demás besándose sin pudor, como algunos entraban en el cuarto oscuro, sitio del que había oído cosas terribles, o maravillosas, dependiendo de la fuente, y que tardaría muchas semanas en atreverse a comprobar por sí mismo.

Un mensaje al móvil le sacó de su ensimismamiento.

“Ramón, mi hermana nos ha conseguido mesa en Lucio dentro de una hora súbete el cuello del abrigo que ya sabes lo que te pasa”.

Miró el reloj. Debía irse.

Sacó la cartera para pagar. Pero el camarero se acercó y le puso la mano en el brazo.

– Invita la casa. Por los viejos tiempos.

Ramón volvió a mirarle con atención. Esos ojos…

– Gracias. Así me obligas a volver para devolverte la atención.

– Es puro marketing, como ves – El camarero sonrió.

– No. Hay algo más. No sé el qué, pero algo se me escapa.

El camarero se encogió de hombros y se alejó a atender a un grupo que llegaba.

Ramón salió del local.

Se quedó mirando las calles para situarse y escoger el camino para llegar a Lucio. No quería hacer esperar a su mujer y su familia. Escogió una calle, y siguió por ella.

Justo cuando se perdía en la oscuridad, Andrés salió a la calle para tomar un minuto el aire y fumar un cigarrillo tranquilo con Jairo, “un amigo”.

– ¿Le conocías?

– ¿A quién? – contestó Jose.

– A quién va a ser, a ese viejo.

– No es tan viejo, tendrá 50 o así.

– Parece más viejo.

– No habrá sido feliz.

– Le conoces, no me engañas.

– Sí, le conozco. Hasta conozco su polla. Y como sabe su boca.

– ¡Hostias! Pero…

– Sí es mucho mayor que yo. Pero me gustaba.

– ¿Y qué pasó?

Jose se encogió de hombros.

– Pues lo de siempre. Era de muy buena familia, estaba casado, la señora se enteró, y acabaron de un día para otro viviendo en Valencia.

– Era ella la que tenía la pasta.

– No, que va. Pero se lo contó a su suegro, y éste tomó medidas.

– Pero no tenía por qué…

– Jairo, no todo es tan fácil. Y menos hace veinte años.

– ¿Y le querías?

– Sí.

– Pero te saca muchos años.

– Catorce. Los mismos que te saco yo a ti.

Jairo levantó las manos en señal de derrota.

– Te sigue gustando – le dijo al cabo de un rato.

– No seas bobo, ahora me gustas tú. A ese hombre no le conozco ya de nada. Y tomó su decisión hace muchos años.

– Pero puede haber cambiado. A lo mejor…

– Jairo, cualquiera diría que quieres lanzarme a los brazos del pasado, para que yo a su vez pase a ser tu pasado.

– Que lío. No tengo ni idea de lo que has dicho.

– Que parece que me quieres dar puerta y que parezca que te dejo yo.

– Esta noche follamos, y así te demuestro lo que te quiero.

– Vamos, entremos que si no nos vamos a quedar helados.

Jose abrió la puerta y dejó pasar a Jairo.

– Pero qué culo tienes. Jodido. – le dijo mientras le daba un azote.

Antes de cerrar la puerta, no pudo evitar mantener un rato la mirada por la calle en que se había ido Ramón.

 .

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Cuento de Navidad (2010).

– ¡¡Feliz Navidad!!

– Feliz año nuevo, Jorge.

Jorge caminaba sonriente camino de su casa, portando multitud de bolsas de tiendas de ropa, de regalos, de delicatessen…

– Señora Encarna – y levantó una de sus manos cargadas para llamar la atención de la mujer.

– Feliz año nuevo, hijo – le contestó ella.

– Está usted guapísima, como siempre, pero hoy más.

– Halagador y embustero – contestó entornando los ojos coqueta, protestando pero a la vez recibiendo con gusto los piropos.

Jorge llegó al portal. Dejó las bolsas en el suelo, y sacó la llave. Pero el vecino del 5º salía en ese momento, y le abrió la puerta.

– Menuda fiesta vas a montar esta noche, con todo lo que traes.

– Hay que aprovechar, Manolo. Solo es noche vieja y año nuevo una vez al año.

– Dale recuerdos a Jesús, que hace tiempo que no lo veo.

– De tu parte.

Montó en el ascensor, y le dio al 4º.

Abrió la puerta de su casa.

Cerró.

Dejó las bolsas en el suelo de la entrada, y apoyo su espalda en la puerta, respirando hondo, buscando relax y descanso de la tensión que le suponía en los últimos tiempos, salir a la calle.

Al cabo de unos minutos se puso erguido de nuevo, y fue a colgar su abrigo al armario empotrado que tenía en el mismo hall.

Ya no sonreía. Sus hombros estaban hundidos, no como apenas hacía unos minutos, ahí fuera.

Entró al salón y paseó su mirada por la habitación.

Se fijó en los huecos vacíos de las paredes, en donde hasta hacía unos días había cuadros y fotografías. Miró las estanterías también medio vacías. El lugar en dónde antes estaba el televisor.

Volvió a la entrada y cogió las bolsas que había traído. Las llevó al cuarto de los trastos, un cuarto pequeño que tenía al fondo del pasillo en el que almacenaba un montón de cosas. Las puso junto a otras que había traído el día anterior. Todas llenas de nada, de papeles arrugados para hacer bulto, de cajas vacías cuidadosamente envueltas en papeles brillantes de regalo. Fue a encender la luz, y recordó que Jesús se había llevado esa lámpara también el día en que se fue. La había comprado él, dijo. Jorge no se acordaba; le daba igual. Cogió una pequeña escalera, y entró en su dormitorio. Se subió a ella, y desenroscó una de las bombillas. Volvió al cuarto de los trastos, y la puso en el casquillo vacío. Dio al interruptor y así pudo observar los huecos que había… Jesús.

Sonrió con tristeza. Hacía un par de meses, casi no cabía nada en él. Estuvieron hablando incluso de alquilar un trastero en algún lado o de llevar las cosas que ya no iban a utilizar a Cáritas. Ahora se alegraba de que no lo hubieran hecho. Al menos recobraría alguna de las cosas que tenía puestas antes, para rellenar esa casa fantasma en que se había convertido su hogar. Quizás serviría para recuperar algo del Jorge que en los últimos tiempos se fue diluyendo en la nada.

Miró el reloj: era casi la hora de comer. Pero no tenía apetito. Se fue al salón y se sentó en una butaca. Puso los pies sobre una silla que tenía al lado, y cerró los ojos. Una cabezada estaría bien.

Sonó el teléfono. Lo sacó del bolsillo del pantalón: Maripi. Estuvo por no cogerlo, pero pensó que luego debería devolver la llamada, y tendría que inventarse algo para no haber contestado en su momento. Y ya no sabía que escusa inventarse, o que mentira idear; su repertorio se estaba acabando.

Así que contestó. Estuvieron hablando casi media hora. Maripi quería contarle lo bien que le había ido una entrevista de trabajo que había tenido esa misma mañana. Jorge se alegró de verdad por ella. Se lo merecía. Lo había pasado mal en los últimos tiempos. Un accidente de coche la había dejado postrada en un hospital durante meses. Aprovechando la circunstancia, su novio la dejó: no estaba preparado para afrontar esa situación, dijo. Perdió un trabajo que tenía apalabrado. Y lo peor: perdió las ganas de vivir.

Jorge se volcó con ella: era su amiga del alma, su confidente. Desde niños. Tuvo muchas discusiones con Jesús por ello. Pensó que en algún momento tuvo celos. Pero era lo que tenía que hacer. Maripi estuvo a su lado cuando tuvo sus dudas sobre su sexualidad, cuando perdió a sus padres con pocos meses de diferencia. Le cogía su mano en las primeras desilusiones amorosas que tuvo. En sus inseguridades. Dio la cara por él. Alguna vez pensó que podría concebir su vida sin pareja, pero no podría hacerlo sin ella. Grotesco, pensó, es tan importante para mí, y hace unos minutos dudaba si contestar su llamada, y de las mentiras que idearía en caso de no hacerlo.

– ¿Estás bien? ¿Me vas a contar que te pasa?

De repente Maripi había cortado en seco su parloteo. Jorge juró y perjuró que nada le pasaba, que todo estaba bien. Cansado y eso por tanto trabajo en esos días, y por preparar la navidad.

– Ya sabes que a Jesús no le gustan estos preparativos – sentenció con el fin de convencerla.

Ella se calló unos instantes al otro lado del teléfono.

– Esta tarde tomaremos una copita ¿no?

Jorge se disculpó como pudo. Los preparativos, tenía que meterse en la cocina “ya sabes” y no iba a tener tiempo… pero la llamaría cualquier día para tomar un café y charlar. Jorge vio que sus disculpas iban perdiendo fuerza, y al final se escudó en que tenía otra llamada que debía responder. Ya hablarían, dijo.

– Besos muchos.

– Muchos besos.

Y colgó.

Jorge se acomodó en la butaca. Cerró los ojos, e hizo un repaso mental de cómo había cambiado su vida en los últimos meses. Perdió su trabajo justo antes del verano. Y perdió a su pareja justo antes de Navidad. Parecía que Jesús no podía soportar que su hombre no fuera un triunfador. Esos meses en el paro, fueron testigos del progresivo deterioro de su relación, sin que hubiera ninguna otra causa que lo justificara, al menos que Jorge supiera. En algún momento llegó a pensar que Jesús estaba midiendo los tiempos para que pareciera que la cosa no funcionaba por otros motivos, y así tener una escusa plausible al irse. A parte de Julio, claro. Julio sí tenía trabajo, y buena posición social. “Pero Julio era un aburrido”, pensó Jorge. De alguna forma debía consolarse. Y se sonrió.

Llamaron a la puerta.

El timbre lo sobresaltó y se incorporó de un salto. Miró a su alrededor desorientado… se debía haber quedado adormilado imbuido en sus pensamientos.

Volvieron a llamar.

Pero esta vez produjo el efecto contrario: se volvió a recostar en la butaca. Tenía la boca seca… pero no le apetecía ir a la cocina a beber un vaso de agua. Volvió a entornar los ojos…

El timbre sonó otra vez.

Estuvo tentado un segundo de ir a abrir… pero esa idea solo le duró eso: un segundo.

Otra vez.

– ¡Ya va!

En esta ocasión Jorge se dio por vencido y se levantó, más que nada porque el que estaba llamando se había olvidado de separar el dedo del botón del timbre y si seguía así, posiblemente lo quemara.

– ¿Tamara? – dijo sorprendido al abrir la puerta

– Sí la misma. ¿Puedo pasar?

Jorge se quedó mirando como entraba decidida en casa.

– Jesús no te ha dejado gran cosa – dijo casi a modo de saludo.

– ¿Cómo…? – Jorge pensaba a toda velocidad las intenciones que llevaba su amiga.

– A Jesús te lo presenté yo ¿recuerdas? – aclaró Tamara para explicar por qué sabía que Jesús le había dejado.

Jorge asintió despacio con la cabeza.

– Lo conozco desde peques. Por eso me extrañó que durara tanto contigo después de lo del trabajo.

– ¿Qué tal las cosas en la empresa? – Jorge intentó llevar la conversación por otros derroteros.

– Bien, bien. Parece que las cosas se arreglan. Por cierto, a Ramírez le han dado puerta.

Jorge enarcó las cejas interesado por el último comentario de Tamara. Pero ella no siguió hablando. Entró en el salón y se sentó en la butaca que poco antes ocupaba Jorge.

– ¿No me vas a contar nada? – preguntó Jorge, deseoso por saber más noticias de su antiguo trabajo, y de cómo había quedado estructurado el organigrama después de que ese hombre fuera despedido.

– ¿Vendrás a cenar con nosotros?

Jorge negó con la cabeza y dio la dio la espalda dirigiéndose hacia la cocina a beber ese vaso de agua que antes había echado en falta, cuando había estado sentado en la butaca que ahora ocupaba Tamara.

– ¿Por qué eres tan orgulloso? Antes de Jesús no eras así – Tamara levantó la voz para que su amigo le oyera desde la cocina.

– No soy orgulloso.

– Sí lo eres, no has dejado que te ayudemos.

– Pero es que no necesito… – contestó con vehemencia Jorge mientras volvía de la cocina, todavía con el vaso en las manos.

– ¿Y compañía?

– Y la tengo…

– ¿Con quien cenas esta noche?

– No hay por qué cenar con nadie… la Navidad es para…

– A ti te gustan las navidades

– Pero no éstas.

– Que le den a Jesús. Pasa de él.

– No es Jesús…

– Sí es Jesús. Y el trabajo, claro.

– Eso sí me jodió. Ese puto… – Se calló antes de… Tamara estuvo liada con él un tiempo, y no sabía muy bien cómo habían quedado.

– No hay nada entre nosotros ya, puedes ponerle a parir. Antes también podías… creía que lo sabías. ¿Puedo?

Levantó el paquete de tabaco… Jorge asintió acercándole un cenicero.

– ¿Juan?

– Bien, como siempre. Y los peques también. Te echan de menos.

– Ya iré un día a verlos.

– ¿Cuándo?

– ¡Ay!, no sé, Tamara. No me apetece mucho ver gente últimamente.

– Me han comentado en el bar de enfrente que trabajas mucho.

Jorge que se había apoyado en el brazo del tresillo, bajó la cabeza.

Llamaron a la puerta de nuevo. Jorge se levantó resignado a abrir.

– Hola vecino – dijo Manolo entrando en la casa sin dejar opción a Jorge a impedírselo. – Mi mujer ha hecho cena para un regimiento, se debe creer que los niños están todavía en casa. Así que te traigo unas cosillas para que cenéis… te lo dejo en la cocina.

– No hace falta – intentó protestar Jorge.

– Aunque si lo prefieres, puedes subir a cenar con nosotros. A Juliana le gustará.

– No…

– Tengo una idea mejor – apuntó Tamara – Podrían bajar Vds. a cenar aquí.

– No Tamara, no tengo… creo que deberías irte – Jorge se sentía cada vez más incómodo.

El timbre volvió a sonar.

Jorge miró al techo desesperado, mientras un “joder” silencioso brotaba de su cabeza.

– ¡¡Tíoooooooo!!

Dos niños se colgaron de un salto del cuello de Jorge.

– ¿Ya no nos quieres? – dijo el pequeño.

– No cariño – dijo mientras le comía a besos – Es que…

– Es que es un poco bobo tu tío – interrumpió Tamara, su madre. – ¿Papá? – preguntó a Dani, el mayor.

– Ahora sube con la tele.

– ¿Tele? – Jorge miró muy serio a Tamara.

– Claro, no tienes tele. Nos han regalado una nueva con muchas cosas, y enorme, y nos sobraba la que compramos para el mundial, así que te la hemos traído.

– Pero… ¿Cómo sabes…?

– Jesús es amigo mío, te recuerdo. Y el otro día estuve charlando largo y tendido con él.

– Pero – Jorge bajó la cabeza – yo no tengo…

– Es nuestro regalo de Navidad.

– No, no puedo…

– Sí, sí puedes.

– No…

– Esta discusión la tuvimos, al revés, cuando te quedaste con los niños el año pasado, durante un mes, cuando Juan y yo nos fuimos a ese viaje… y no quisiste que te…

– Eso es distinto…

– Para mí es lo mismo. A parte, así me sentiré mejor por no haberte defendido cuando te echaron. Pero eso también lo he arreglado…

– Paso, que no veo, que esto pesa un poco – Juan llegaba cargado con la tele.

Se apartaron todos y Juan fue directo al lugar en donde estaba antes el aparato. Un chico venía detrás de él con una mesa para ella.

– Juan, espera que pongo la mesa.

– Es mi cuñado Álvar. ¿Te acuerdas de él? Ha venido para quedarse.

– Hola, nos conocimos aquel día en la boda de… – le extendió la mano para saludarlo.

– Sí, sí, lo recuerdo… ¿Cómo me iba a olvidar? – Jorge se arrepintió de lo que acababa de decir.

Tamara sonrió.

– Hola ¿se puede?

María asomaba por la puerta.

– Pero… ¿qué haces aquí?

Jorge se acercó a ella y la abrazó. Hizo las presentaciones… María era una amiga a la que no veía hacía un tiempo, porque no le caía bien a Jesús, y ella se apartó para no inmiscuirse en la relación.

– Venía a cenar contigo.

– Bien, cuantos más seamos, mejor lo pasaremos.

– Bajamos a por la comida – dijeron Juan y Álvar.

– ¿Comida?

– Voy a decir a mi mujer que se prepare y cenamos todos aquí.

– ¡Qué animado está esto!

– ¡Joder! – exclamó desesperado Jorge.

– Oye, si no somos bien recibidos, nos vamos…

Carlos tenía los brazos abiertos hacia arriba, y movía la mano como si fuera una reina cualquiera saludando a la concurrencia.

– Hola Tamara ¿Cuánto tiempo? Pablo está ayudando a un señor que sube para aquí con unos bultos. Ahora vienen. Yo ya sabes que no puedo cargar… la espalda…

– Mucho morro tienes – Jorge se acercó sonriendo a darle dos besos.

– Yo… siempre, ya sabes – dijo sonriendo el interpelado – mira, ahí vienen.

– Pero qué jaleo tenéis.

La vecina de al lado, una señora de unos 70 años, salió al descansillo al escuchar tanto trasiego de gente al que no estaba acostumbrado.

– Doña Rosa, perdone, pero es que esta gente es lo peor – Jorge puso cara de falsa indignación …

– Ya, ya, hijo, te lo perdono, por ser tú ¿eh? Me gusta verte contento. No como últimamente que parecías estreñido.

– ¿Yo contento? Que dice doña Rosa… estoy que echo humo por las orejas, no ve la que…

– Deja de doña y esas pamplinas, que me haces vieja, que te lo he dicho muchas veces. Y no intentes dármela, que soy vieja, pero no tonta. Solo hay que mirarte la cara…

– Pase a cenar con nosotros, d… Rosa – Jorge retuvo a tiempo el doña

– No quiero molestar…

– Que vas a molestar, mujer. Mi Juliana baja ahora, precisamente la iba a buscar. ¿tienes un plan mejor?

– Pero tengo estos pelos…

– Está estupenda señora – Carlos se acercó a ella y la cogió de la cintura

– Oye jovencito, que no nos conocemos de nada ¿Y esas confianzas?

– Los vecinos de mis amigos, son mis vecinas… me llamo Carlos…

– Y la plantó dos besos, que recibió gustosa la señora.

– Paso, paso…

Pablo y Jose, “el señor de los bultos”, llegaban cargados de sillas, un par de tableros plegables, y una caja de cava.

– Jose – Jorge se puso colorado…

– Sí, el mismo que viste y calza, que te crees que soy bobo y no me di cuenta de lo que pasaba. Sobre todo cuando el idiota de tu novio fue con su nuevo ligue al bar y le contó todo delante de mí.

– Pero, ¿por qué no me…?

– ¿Y por qué no me lo contaste tú?

– Pero todas las mañanas…

– Voy a hacer unas croquetas que sé que te gustan – dijo dirigiéndose a Jorge – me empolvo la nariz, y paso – dijo Rosa.

– ¿La puedo ayudar? Así me fijo en como las hace, a mí no me salen ni a tiros – se ofreció Tamara.

– ¿Apartamos esas butacas? – dijo Álvar.

Sonó el móvil: un mensaje.

Jorge se desperezó en la butaca. Miró hacia la ventana, se había hecho noche cerrada. Miró alrededor… estaba solo… no estaban ni los niños, ni Tamara, ni Manolo, ni Juan, ni Álvar… Álvar… ese chico le gustó cuando se lo presentaron… Pero estaba con Jesús, y lo dejó pasar… ¿Por qué se juntó con Jesús? Llevaba días intentando recordar qué le llamó la atención de él… ¿Y por qué Álvar había aparecido de repente en su sueño, si hacía más de un año que no lo veía? De hecho solo lo había visto ese día.

Sacó el móvil para ver el mensaje.

“¡Feliz año nuevo!”

Era de Tamara.

Encendió una lámpara que tenía en una mesa auxiliar. Todo estaba en silencio, salvo por algún petardo que sonaba en la calle de vez en cuando, preparando la sesión de fuegos artificiales caseros y la mascletá que a partir de las 12, se distribuirían por toda la ciudad, con los padres distribuyendo juego entre los hijos, para luego poder decir “con estos chicos, no hay quien pueda, mira que les gustan los petardos”. Aunque luego la sombra que ves que se agacha para poner la traca y prenderla, tenga 57 años cumplidos hace ya algunos.

Se sonrió pensando en las discusiones que habían tenido Jesús y él sobre los petardos de Nochevieja. En este caso Jesús era partidario, mientras Jorge no lo era. La verdad es que Jorge siempre había tenido miedo a los petardos y a los fuegos artificiales. Por eso le molestaban.

Se levantó despacio… todavía no se había despejado del todo y estaba desorientado.

Fue a la cocina para comer algo. Sería lo primero que picaba en todo el día, salvo el café que había tomado por la mañana en el bar de Jose, y el bizcocho que le había dado a probar Isabel, su mujer. Era un trozo grande… era de yogur con manzana, extraordinario… lo había comido despacio… saboreándolo… masticando concienzudamente para que le llenara algo más el estómago… él con su traje, su corbata, su camisa con gemelos en los puños, elegante… para cualquiera que lo viera, dispuesto a comerse el mundo en una nueva jornada de trabajo… con cara de extasiado masticando y relamiéndose con la que probablemente fuera la única comida del día. Porque a pesar de los gemelos en los puños, y del aire decidido, ni había trabajo, ni nada que comer.

Abrió el frigo. Tenía para elegir un trozo de pizza del día anterior, o una manzana.

Eligió la manzana.

La puso debajo del agua, para limpiarla un poco antes de pegarle un mordisco.

Por el patio, se oía música clásica… no sabía por qué, esa música le puso más triste… hasta se le empañaron los ojos…

Era un vals. Sería de Strauss, pensó. Se recordaba bailando éste u otro parecido con Maripi. Eran otros tiempos en los que no necesitaba fingir ser quien no era. Tiempos en los que no sentía la necesidad de esconderse de sus amigos, o de sus vecinos. Él siempre había sido alguien alegre, cercano a todo el mundo, con mucha facilidad para hacer amigos, para hacerse querer. Sin darle importancia al hecho de ser algo o alguien.

Pero esa facilidad para hacer amigos, no la tenía para “hacer amores”. Algo fallaba en él. Pero no atraía a la gente. Alguna vez le dijo a su amiga, en esas noches de confesiones delante de una botella de licor de manzana, que los hombres preferían ser su amigo a ser su pareja. No le consideraban en ningún momento como una persona candidata a ser su novio.

Esa a lo mejor fue la razón de que, al aparecer Jesús con un aparente interés por él, en un aspecto diferente al de la simple amistad, se entregara a él de lleno.

Se conocieron en una fiesta que organizaba Tamara. Rápidamente congeniaron, parecían almas gemelas; intereses comunes, gustos parecidos, mismo sentido del humor… en cuestión de un par de meses, Jesús se trasladó a casa de Jorge.

Y Jorge, sin darse apenas cuenta, fue renunciando a muchas cosas por él. Porque no eran tan parecidos como al principio parecía. Sería que se engañó, o sería que interpretó mal, o que vio lo que necesitaba ver en ese momento… o que le engañó. O todas un poco. Nada suele tener una razón única, ni suele ser blanco y negro.

Pero en aquel momento, no dio importancia a esas diferencias sobrevenidas. Tampoco pensaba que fuera necesario estar con una réplica de sí mismo. Eso sería hasta aburrido. Creyó que era necesario hacer un esfuerzo por adaptarse, por hacer que Jesús estuviera cómodo a su lado, limar esas diferencias que empezaban a aparecer. Al fin y al cabo, en una relación, siempre hay que ceder un poco en nuestras preferencias y gustos. Y además, no podía perderlo, ahora que había encontrado a un novio. Debía “luchar por la relación”, como a veces le insinuaba veladamente el propio Jesús.

Poco a poco se fue separando de sus amigos: no le caían bien a su pareja, la mayoría. Fue dejando de hacer reuniones y comidas en casa. Jorge siempre había querido que su casa fuera un recinto abierto a todo el mundo. Pero Jesús era más celoso de su intimidad, le gustaba estar en su casa a gusto, sin gente, y sobre todo sin niños… los hijos de Tamara: les detestaba. Desde que nacieron, se convirtieron en sus “sobrinos”. A Jorge le encantaban los niños, y además, se le daban bien. Incluso dedicó una habitación de su piso para que se pudieran quedar a dormir. Ese cuarto fue motivo de discusión en numerosas ocasiones. Pero en eso, no cedió. El cuarto estaba como siempre. Incluso había dado instrucciones a la mujer que iba a hacer la limpieza tres veces por semana, que cambiara de vez en cuando las sábanas, y la limpiara, aunque ya hacía muchos meses que no venían… Las últimas veces que les vio, fue en casa de Tamara y Juan, para no importunar a Jesús.

Y también hacía muchos meses que no venía la señora que limpiaba. No se lo podía permitir.

Un día lo despidieron. Le pilló desprevenido. Era la víctima de un superior que no tenía ni idea de lo que se llevaba entre manos. Oponerse a sus decisiones en las reuniones de departamento, al final, le costó el puesto. Tamara no le defendió, o si lo hizo, no consiguió nada. Ella sabía que ese tal Ramírez, aunque se acostaba con él en aquella época, era un inútil. Pero los jefes le respaldaban. Al fin y al cabo lo habían fichado de la competencia hacía un año, dándole un sueldazo. Y le habían dado carta blanca para hacer y deshacer en el departamento. Tenían que defender su decisión ante el Consejo, y no podían contradecir su forma de trabajar al cabo de unos pocos meses. Entonces quizás, el puesto que hubiera peligrado era el de aquellos que contrataron a este personaje.

Tamara siempre había sabido bailar al son que tocaba en cada momento. Y no dudaba en utilizar su cuerpo para conseguir sus propósitos. A parte, ella necesitaba un plus de sexo. Su marido ya sabía como era cuando se casaron. Tuvieron una conversación antes de comprometerse: Tamara se casaba con él, porque estaba enamorada, pero… él renunciaba a la exclusividad sexual, y ella a cambio, le daba tres hijos, que en un principio no estaban en sus planes, de los que luego, eso sí, se encargaría principalmente Juan. Jorge nunca acabó de entender esa postura de ninguno de ellos. Pero era claro que se querían. Tamara le confesó un día, que uno de sus amantes la propuso que se casaran. Pero ella por nada del mundo dejaría a su Juan. Una cosa era el sexo, y otra el amor. Y ella estaba enamorada de Juan, a su manera, pero lo estaba. A parte, de momento, ella solo había cumplido en parte su trato de casamiento: faltaba un hijo. Estaban Dani y Raúl.

Dio un respingo… el timbre de la puerta. Algún día, cuando tuviera dinero, Jorge pensó que cambiaría por otro menos estridente.

No dio un paso. No le apetecía ver a nadie. Sabía que tenía que salir de este círculo en el que se había metido, de mentira tras mentira. Porque además, el contacto con la gente, y disfrutar de sus amigos y conocidos, era algo que echaba enormemente de menos. No sabía por qué se dejó convencer por Jesús de que mintiera al respecto, que fingiera que todo iba normal. Sería por lo de “luchar por la relación”. Él le decía que, si la gente se enteraba de que estaba parado, le mirarían con lástima… y “ellos no querían eso ¿verdad?”.

Llamaron otra vez. No hizo caso.

El hecho es que él cedió nuevamente. “Luchando por la relación” una vez más. Aunque a partir de ese momento, empezó a ser consciente de que cada día que pasaba esa lucha era inútil. Aquello parecía que iba cuesta abajo. Aunque a todas estas dudas les puso una sonrisa y un “pa’lante”, y se las quitaba de un manotazo.

Y otra. Esta vez, quien fuera, llamó un buen rato.

Hasta que hacía cosa de un par de semanas, llegó a casa una tarde. Venía cansado y aburrido de esconderse en cualquier lugar para seguir con el teatrillo de que seguía trabajando. Y Jesús le esperaba muy circunspecto en el salón. No le dejó ni sentarse. “Mira, esto no puede seguir, yo no puedo seguir luchando solo por nuestra relación, mira… creo que es el momento de dejarlo, antes de que la cosa se deteriore más y nos hagamos daño…”

Jorge se sonrió pensando la cara de estúpido que se le puso en ese momento. Sobre todo al ver como al cabo de 10 minutos escasos, llamaban a la puerta unos amigos de Jesús a los que apenas había tratado en los dos años de relación con él, que en una hora escasa, había arramplado con todas sus cosas, y por cierto, incluidas algunas de Jorge. Pero no le apetecía discutir por una lámpara o por alguna lámina, o un libro.

“Espero que seamos buenos amigos”.

Esa fue la despedida. Y después, dejó las llaves en el cestillo de la entrada, y cerró la puerta.

A él, le dio tanta rabia, que se gastó el poco dinero que tenía en cambiar la cerradura de casa al día siguiente. Porque recordaba que Jesús tenía dos juegos de llaves.

Y ahora, al que fuera que estuviera en la puerta de su casa, se le había quedado el dedo pegado al timbre.

Jorge cambió la tristeza, casi agónica, a la que había llegado a causa del devenir de sus cavilaciones, por la rabia, casi furia, que le producía la insistencia de quien estaba llamando.

– ¡Qué hostias…! – espetó con tono de mal humor sin siquiera esperar a ver quien era.

– ¡¡Tíoooooooooooooooo!! Ya era hora, estaba llamando al 112 para que viniera rápidamente a tirar la puerta abajo. Cielo, ¿Cómo estás?

– Pero Carlos… – Jorge había cambiado la furia por el estupor, mientras Carlos entraba en su casa dándole dos besos a modo de saludo.

– Vienen Pablo y los demás ahora. Es que yo ya sabes que no debo cargar pesos…

– Tienes un morro… ¿pero qué es eso de “los demás”?

– Por cierto – Carlos hizo como que no había escuchado la pregunta – parecías enfadado cuando has abierto la puerta.

– No…

– Ya sabes que tienes dos opciones, maricón: o sonríes y disfrutas, o te amargas y te jodes.

– No…

– Y no digas nada, que a lo mejor lo estropeas, que estamos todos muy enfadados contigo… Mira ahí llegan Pablo con Juan y los niños.

– ¡Tíooooooooooooo……..!!!

Los niños salieron corriendo del ascensor hacia Jorge. Éste se agachó olvidándose del mal humor y de su perplejidad ante lo que parecía se le venía encima, y abrió los brazos para recibirlos. El pequeño, Raúl se colgó de su cuello, mientras el mayor le abrazaba a la altura del pecho y se pegaba a él. De la fuerza con que lo hicieron, acabaron los tres en el suelo.

– Cuidado que voy cargado.

Álvar llevaba una caja entre sus brazos.

– Es la tele que no tienes – dijo Tamara apareciendo detrás de su cuñado – Niños, apartaos un poco que hay que meter muchos trastos.

– ¿Trastos?

– Calla, mejor será, que nos tienes…

– ¿Ya es la hora? – dijo doña Rosa asomando por la puerta.

– Aquí estamos nosotros – Manolo y Juliana bajaban cargados de bandejas.

– ¿Estas mesas dónde las dejamos? – era Pablo quien pedía indicaciones.

– Ahí en el centro irán bien – señaló María – Carlitos, no te escaquees, y ponte a hacer algo, que una bandeja de langostinos bien puedes sacar del ascensor. Y tú – dijo señalando a Jorge – no te vayas muy lejos, que en cuanto suelte estas cosas, te vas a enterar.

– ¿Se puede?

– ¡¡Darío!!

– Jorge se abalanzó sobre él y le abrazó. Perdona que…

– Na, tío, tranki. Estabas a lo tuyo, tranki.

– ¿Qué tal vas con…?

– De momento bien, resisto. Pero no es fácil, ya sabes… la heroína es… Pero he vuelto a estudiar…

– ¿Y los tíos?

– ¿Mis viejos? Guay, como siempre. Pesados y eso. Aunque con la guerra que les he dado…

– Viejos, viejos… juventud… ¡Hola sobrino! No le hagas caso a este hijo mío… que es un mangarrana desconsiderado. Estás muy delgado – La tía Enriqueta se separó de su sobrino para verle en perspectiva. – Mañana vienes a comer a casa, y así hasta que cojas los 7 kilos que te faltan…

– Tía…

– Hola sobrino ¿Estas bandejas dónde las dejo? – preguntó su tío Ubaldo.

En unos minutos el salón y el resto de la casa se llenó de personas. Apartaron los sillones y pusieron una mesa enorme en el centro, con sillas a los lados. En unos minutos, la mesa estaba llena de bebidas, de bandejas de marisco, de canapés, de jamón ibérico, de mini sandwich, de patés… de la cocina empezó a salir olor a pan tostado… Doña Rosa trajo una bandeja enorme de sus croquetas, sabía que a su vecino le chiflaban. Juliana se había encargado de hornear un par de capones rellenos. Jose, el del bar, subía con huevos rellenos, pimientos de marisco, y sus famosas rabas. Su mujer había hecho rosco de reyes casero. Así cogía práctica, dijo, para el día de reyes.

– Ahí lo tienes – dijo Tamara a Maripi.

– Vergüenza te debía dar, intentar engañarme así – recriminó Maripi a su amigo.

– Se abrazaron fuerte… fuerte. Eres idiota… ¿Lo sabes?

Jorge se encogió de hombros. Tenía los ojos acuosos… de vez en cuando se pellizcaba para comprobar que no se había vuelto a dormir en la butaca, como esa tarde.

Los niños le habían abrazado las piernas y no le soltaban por nada del mundo. Solo su tío Álvar era capaz de llevárselos por un rato.

– Este cuadro que tenías en el cuarto de los trastos, estaba antes aquí ¿verdad?

Jorge asintió, mientras Juan lo colgaba en su sitio.

-Perfecto – dijo separándose de él para ver si estaba derecho – Tu madre pintaba muy bien.

A Jorge se le humedecieron los ojos, al pensar en su madre.

Juan, Tamara, Darío y los tíos de Jorge, estaban sacando las cosas que almacenaba éste en el cuarto de los trastos, para colocarlos en los sitios en que estaban antes de que Jesús los fuera apartando para poner sus cosas.

– Vamos, que ya es hora de cenar… ¡a la mesa!

Carlos ejerciendo de maestro de ceremonias.

– Señora Rosa, no mire así a mi novio, que es mío.

– Pero que cosas dices, joven – respondió la mujer, con gesto de falsa indignación.

– Niños, al lado del tío George. Lo siento Maripi y Tamara, y María, y Álvar… te gusta el tío George ¿verdad?

– Pero mira que eres…

– Soy Carlos, y ya sabéis como las gasto. Así que no sé por qué te sorprendes…

E hizo una pequeña genuflexión con reverencia a los que concurrían en esa reunión.

– Chicos, chicas… – con las manos pedía un poco de calma.

– Todos se fueron callando.

– Hoy estamos aquí…

El sonido de un mensaje interrumpió el discurso.

– Para mí, perdón – Jorge levantó la mano, mientras con al otra sacaba el móvil del bolsillo.

– Venga, leelo, anda.

– Es de Jesús.

– Será maricón el idiota ese…

Jorge dudaba si abrir el mensaje. No quería que nada le enturbiara ese momento que empezaba a ser maravilloso… Y tampoco le gustaba que todos estuvieran pendientes de lo que decía, y de la cara que pondría al leerlo.

– Tía, ábrelo de una puta vez, y acabemos con esto, que tengo el discurso a medias.

Jorge hizo caso a Carlos, y abrió el mensaje:

– Espero que tengas un feliz 2011. Me gustaría tomar un café contigo. He estado pensando y creo que me precipité al dejarte. Te echo de menos.

Cuando acabó de leer, se quedó mirando como hipnotizado la pantalla de su móvil. Millones de ideas y de sensaciones chocaban en su cuerpo. Incluso durante unos instantes, su cuerpo llegó a temblar.

Un flash. Un pronto, y una decisión. Jorge escribió la respuesta en unos segundos. Cerró la tapa de su móvil estruendosamente, respiró hondo y se quedó mirando a Carlos.

– Tía, o haces el discurso, o me lanzo a las croquetas de doña Rosa, que me están guiñando un ojo.

Carlos carraspeo.

– Oye, tía. Lo menos que puedes hacer es decirnos que le has contestado al hijo puta ese – María le miró recriminándole – Tía, lo siento, no se me pone en el coño disimular más lo mal que me cae el estreñido ese. Si además es un… put… vale, me callo.

Jorge volvió a sacar el móvil.

– ¡Feliz año 2011!! Espero que seas muy feliz con Julio. ¿O era Fernando? Besos – leyó en voz alta.

– ¡¡Yepaaaaaaaaaaa!!!

Todos empezaron a aplaudir. Y Álvar, por primera vez desde que sonó el móvil de Jorge, levantó la cabeza.

– Bueno, chicos, que este hijo de puta me ha jodido hasta el discurso. Quiero deciros que… na, solo te digo una cosa, idiota – Señalaba a Jorge con el dedo índice de su mano derecha – Cómo vuelvas a darnos la patada, y a engañarnos como lo has hecho en los últimos meses, juro que te estrangulo con mis medias de seda. Y después te machaco el higadillo con mis zapatos de aguja.

Levantó su copa, y todos le imitaron.

– Por tí, maricón. Porque si no supiéramos que eres cojonudo, si no tuviéramos todos tantas cosas que agradecerte, maricón… vaya, que te queremos, idiota.

Y levantó su copa…Y levantaron todos sus copas… y brindaron…. y bebieron…

– ¿Por qué no le damos los regalos ahora? – propuso Tamara, dando palmas con las manos, como si fuera una niña.

Uno por uno fueron acercándose a él y dándole su regalo. Jorge estaba como en una nube. Apenas le salían ya las palabras de agradecimiento… le daba la impresión de que no era capaz de transmitirles lo contento que estaba por todo lo que estaban haciendo por él, y lo que le estaban haciendo sentir, sobre todo después de cómo se había portado con ellos en los últimos tiempos.

– Mi regalo es – Tamara era la única que faltaba ya – Antes decirte que Mario y Dani están fuera y no han podido venir, pero, cuando vuelvan se acercarán a darte una colleja. Y Alba, Estela y Joaquín, están con sus cosas de la Asociación y andan por Egipto o no sé donde.

– Y Ricardo está de pedida en Valencia, dónde viven sus suegros – apuntó Maripi.

– Vale, vale, ya me contará alguien quién ha organizado todo esto… no sé si para matarlo o para…

– Yo.

Todos levantaron la mano al unísono. Y todos rompieron a reír.

– Échame a mí la culpa, jovencito – dijo doña Rosa – total ya soy vieja.

– Doña Rosa…

– Qué manía con el doña, que me haces vieja.

– Pero si ha dicho antes…

– Que no me lleves la contraria, a ver ese regalo que falta, Tamara hija, que nos tienes en ascuas.

– Pues… – Tamara se acercó a Jorge por detrás – no tengo paquete, ni envoltorio, ni siquiera… nada… – diciendo esto enseñaba las manos en alto para que todos comprobaran que no había nada – Lo que yo te quería regalar es nuestro cariño, y a mis hijos durante un par de días… ¡¡hala!!

– Bien, ese regalo me gusta – dijo alborozado Jorge, abrazando a sus “sobrinos”.

– Si lo llego a saber, bueno, que no es ese el regalo, vale, ahora que lo pienso… me acabas de dar una idea…

– No te líes Tama – le reprendió cariñoso su marido.

– Vale. Jorge, si quieres y te parece, el día 10, lunes vuelves a tener trabajo.

– Todos gritaron alborozados… daban palmas… todos se levantaron para abrazarle, para besarle…

Tardaron unos minutos en volver a callarse y sentarse en sus sitios.

– Pero Tamara, de qué serviría volver si…

– Perdona, se me ha olvidado decirte que le han despedido hace unos días. Vuelves, para ocupar su puesto, no el que tenías antes.

Jorge arrugó la nariz, una idea se le ha cruzado por la cabeza.

– Esto… ¿No lo sabría…?

– Claro, se lo dije hace un par de días. Se lo dije para picarle.

Jorge puso cara de entender…

– No me digas que has pensado por un momento que el mensaje de Jesús iba de buen rollo… y era absolutamente desinteresado…

– No, daba igual, no hubiera vuelto nunca con él… – miró de reojo a Álvar – pero… – se quedó pensativo.

– Da igual maricona, haz los honores y empieza a comer, que mira Raúl como ya ha empezado a la chita callando, y me está dando una envidia el condenado…

– Pues a cenar…

Al cabo de un rato, se unieron Valva y Dani, los del 1º, con sus hijos, Rebeca, Guille y Mauri. También se dejó caer Joaquín, que se había vuelto antes de lo previsto y no quiso dejar pasar la ocasión de gorronear, como el mismo decía de coña constantemente.

Los platos sobre la mesa fueron cambiando según se iban acabando unas cosas e iban siendo sustituidas por otras. Cambiaban de sitio, unos hablaban con otros…

Llegaron las 12 de la noche.

Uvas unos, gominolas otros. Moras rojas y negras en concreto.

– No, no, que son los cuartos – Manolo controlaba en ese momento que todo saliera bien a la hora de comer las uvas.

– Una, ahora sí…

– Dos

– Tres

– Cuatro

– Cinco

María se atragantó al mirar a Pablo y verle con la boca llena a punto de explotar y todo colorado.

– Seis

– Siete

– Ocho

– Mamá, se me han caído las uvas – Rebeca se quejaba amargamente a su madre.

– Nueve

– Diez

– Once…

– ¡¡¡DOCE!!!!!!!!!!!

– ¡¡¡Feliz 2.011!!!!!!!!!!!!!

El salón se llenó de ruido de matasuegras y silbatos. Por la ventana abierta empezaron a llegar desde la calle el ruido de los petardos. Justo enfrente de la casa de Jorge, unos vecinos empezaron a tirar fuegos artificiales. Se apelotonaron en la ventana para verlos mejor…

Jorge aprovechó para ir al servicio y refrescarse un poco la cara.

Al volver, se quedó apoyado en el quicio de la puerta y observó un rato la escena. Los niños gritaban alegres cuando una flor de fuego y ruido estallaba en la calle, los mayores hablaban y reían… bebiendo un sorbo de cava, o mordiendo una marquesa, o un trozo de turrón.

– Qué distinto a tu Nochebuena ¿verdad?

– Jorge giró el cuello para mirar a Maripi.

– ¿Cómo sabes como fue m…?

– Es largo de contar.

– No sé como pedirte… pediros a todos perdón, y daros las gracias… hoy me habéis hecho el hombre más feliz de la tierra.

– ¿Ha sido por los regalos?

– Tonta – Jorge le dio un pequeño codazo en el costado – Sabes… hasta esta noche, no me he dado cuenta de lo gilipollas que he sido estando con Jesús. Renuncié a tantas cosas, me dejé manipular de tal…

– Ahora no te machaques, Jorge. Amor de ése, es lo único que te faltaba. Era normal que lo hicieras prevalecer… ¿se dice así? – Jorge asintió con la cabeza – prevalecer sobre los que ya tenías. Amigos no te faltan, y de los buenos. Para eso tienes buena mano.

– Para lo otro no… está claro.

– No sé, ese Álvar está muy bueno, y parece buena gente. Además, no te ha quitado ojo en toda la noche.

– ¿Sí? No me he dado cuenta – la cara de Jorge cambió rápidamente de color.

– Ya, ya…

Carlos levantó una copa vacía y empezó a golpear en ella con una cucharilla.

– Chicos, chicas, ahora que han acabado los fuegos artificiales con los que nos han obsequiado los vecinos de esta ciudad, antes de que pierda el sentido en los brazos del alcohol, yo creo que deberíamos decir al “anfitrión a la fuerza”, que nos dedique unas palabras.

– No, Carlos, por favor…

– Sin favor, maricón. Dale a la hebra.

Jorge paseó su mirada por todos los que estaban en el salón. Se sonrió…

– Solo quiero deciros que… que sois cojonudos. Sois mi familia. Casi la pierdo. Casi me pierdo yo. Pero vosotros me habéis encontrado. Y me habéis salvado. Cuando os tenía a todos a mi lado un día sí y otro también, no os valoraba. Me cegué buscando un amor que me parecía que era lo más en esta vida. Pero… me cegué y perdí la perspectiva.

Hizo una pausa para recuperar el resuello.

– Sabéis – continuó Jorge – esta tarde me quedé dormido en la butaca, y soñé. Soñé con una escena parecida a esta que estamos teniendo… según han ido pasando las cosas que he soñado esta tarde, se me iba poniendo cada vez más cara de gilipollas…

– Esa siempre la tienes

– Calla, Carlos, por dios, por una vez… – le dijo su novio – sigue anda, así podremos llorar de una vez.

– Acabo…

Jorge buscaba las palabras para expresar lo que quería decir… pero no le venía a la mente algo que fuera lo suficientemente bueno para que todos supieran lo que significaba esa noche vieja del año 2010. Al final empezó a ponerse nervioso, y continuó hablando.

– Pues sabéis, que me habéis hecho muy feliz. Que habéis conseguido cumplir un sueño, y no he tardado más que un par de horas en cumplirlo. Que sois geniales, que… os quiero a todos.

Jorge levantó su copa y les miró a todos.

– Por vosotros. Os quiero

– Y chocaron las copas y bebieron.

– ¡¡Feliz 2011!!

– ¡Yujuuuuuuuuuuuuuuu!

– No has atendido debidamente a Álvar. Yo creo que deberías ir a hablar con él.

– ¿Dices? – Jorge levantó las cejas al contestar a Tamara, a la vez que le entraba un ligero tembleque en las manos.

– Sí, pero ya te sostengo yo la copa, no vaya a ser que se la tires por encima.

– Sería una buena escusa… – dijo poniendo cara picarona.

– No, hoy no. que los niños duermen contigo. Y es mi cuñado, un poco de respeto – Tamara le guiñó un ojo.

– Pero no tengo…

– Lárgate a hablar con Álvar.

– Pero…

– Y una cosa, por cierto, compórtate o no te hago tío del tercero. Ni del cuarto.

– ¿Qué? – Jorge estaba desorientado.

Tamara solo sonreía.

– ¡Hostias! ¿Estás embarazada? – Y como un acto reflejo, puso la mano sobre su estómago, como había hecho con los anteriores – pero no entiendo lo del tercero y el cuarto. ¿Vas a tener otro?

– Es que son gemelos.

– ¡Joder! ¡joder!

– Pero no te despistes, a por Álvar.

Jorge se fue a regañadientes. De repente se acordó de una cosa y volvió hacia Tamara.

– Y te he dejado fumar estando embarazada.

– ¿Fumar? Hoy no he fumado… – Tamara le interrogaba con la mirada.

– Perdón, es que eso fue en el sueño.

– ¿Sueño?

– Sí… ese que he dicho antes que tuve esta tarde… Pues… – Jorge iba a explicarle la historia de esa tarde.

– Está bien tu intento de despistar… – Tamara le cortó – ¡A por Álvar!

Jorge intentó protestar, pero el gesto decidido de su amiga no le dejó otra opción que ir hacia Álvar. Según se iba acercando le iban temblando más las manos. Intentó darse la vuelta, pero su amiga no le perdía ojo, y tenía esa mirada asesina, lo cual le convenció de que era mejor seguir adelante. Al girarse de nuevo… él juró y perjuró durante toda la noche que no lo vio, que fue Manolo el que se puso en medio, pero el caso es que golpeó con su codo la copa de cava de Manolo, y con su otra mano, golpeó el plato que llevaba a doña Rosa, que se había sentado en una de las butacas, con una buena ración de rosco de reyes relleno de nata, yendo a parar todo, el cava, el rosco, la nata, y las frutas escarchadas, a la cara y camisa de Álvar.

– Perdón… yo… perdón… – sacó un pañuelo del bolsillo e intentó limpiarle la camisa, pero lo único que hacía era extenderlo más…

Tamara se desesperaba.

– Bésale ¡coño! – gritó su primo – Ni los hermanos Marx esos.

– Álvar miró a Jorge, y éste a Álvar.

A su alrededor se hizo el silencio. Todos estaban pendientes de ellos. Jorge se quedó casi paralizado, al igual que le pasaba a Álvar, que tampoco se movía un ápice de la posición en que estaba. Los dos se miraban fijamente y sus mejillas se pusieron de un rojo bermellón preocupante.

Sin saber como, fueron aproximando sus bocas… y al final, acabaron juntando sus labios.

– ¡Bravo! ¡Al fin! ¡otra, otra!

La casa se llenó de risas y de aplausos.

– ¿Donde estabas, Álvar? Desde ese día del que no me acuerdo ahora…

– ¿Y tú?

– Feliz año.

– Feliz año – contestó Álvar.

– No te pierdas otra vez… ¿sí?

Álvar se encogió de hombros y sonrió.

  .

  —-o0o—-

.

Una carta de amor, por San Valentín.

 Amor:

Llevo días pensando en que regalarte por San Valentín. Es la primera vez que tengo oportunidad de regalar algo a alguien en este día.

Si alguien de mis amigos leyera estas líneas, se caerían de la silla del susto: Yo que siempre he sido el mayor atacante a semejante día; Yo que siempre he dicho que es una fiesta inventada por El Corte Inglés, para vender en mitad del mes de febrero, que es un mes jodido de ventas. Pero mira, aquí estoy, pensando en que comprarte por este día.

Aunque al final, creo que solo te escribiré esta carta. Sí, sí, no me lo digas, ya lo sé. Estoy en contra de cualquier cosa que suene a romanticismo, o esas polladas. Por eso no sería capaz de decirte todo esto de viva voz. Y si hablas alguna vez de esta carta a alguien, te juro que lo negaré, no ya tres veces, como negó San Pedro a Dios, sino un centenar de millones. Quedas avisado.

Y es que, sabes, se ven las cosas distinto teniendo pareja o no. Quizás el año que viene, si estamos juntos, ya no sea como ahora. No será peor ni mejor, pero seguro que distinto, será. Pero de repente, para mí que no tenía ninguna esperanza de encontrar a nadie que me gustara y que le gustara, esto es una novedad que me hace sentir loco de alegría, de… me hace no ya tener mariposas en el estómago, sino una bandada de estorninos. Y no me preguntes que es un estornino, pero quedaba bien, y culto y tal.

Ahora mismo… ahora mismo estaba recordando ese día que nos conocimos. Viniste de paso a Burgos. Y estuvimos paseando por el centro, y eso que llovía como nunca. Y me sorprendiste. Me hiciste sentir a gusto contigo enseguida. Ese día creo que me enamoré de ti.

Pero tú de mí no. O lo disimulaste. O no te enteraste. O te lo negaste, y de paso se lo negaste a todos.

Luego me fui a estudiar a Madrid, y ahí fuimos intimando… hasta que un día, hace como unos 8 meses (estoy disimulando porque sé perfectamente que son 8 meses el 17) me diste un beso. Fue jugando. Ese día jugábamos al streep-monopoly, con Fermín, Salva y Maxi. Y ya estabas desnudo, y entonces tocaba pagar prueba. Sacaste la carta, y era dar un beso con lengua a los que tuvieras sentado al lado. Empezaste con Maxi. El beso debía durar 30 segundos al menos. Cumpliste. Luego te giraste hacia mí. Y empezaste a besarme como si fuera un trámite, pero en unos segundos, el beso cambió. Te pusiste nervioso, recuerdo. Llegaste a empalmarte un poco… te tapaste rápidamente. Disimulaste como pudiste.

Pensé que no te gustaba que yo te molara. Estuve el resto de la partida como en una nube. Tú en cambio no dijiste nada. La dejamos enseguida, porque esos notaron que estábamos incómodos. Te vestiste a todo correr, y te fuiste alegando que habías recibido un mensaje del hospital, y tenías que ir a trabajar.

No te molaba que te gustara un crío como yo. Y luchaste dos meses contra ello. Dejaste de llamarme. No cogías mis llamadas. Salva estaba preocupado por mí, el pobre. Ya le expliqué que ya me había dado cuanta mucho antes de que luchabas contra ese cariño que sentías hacia mí, y que era patente para cualquiera que estuviera con nosotros. Y que nada puedo hacer contra alguien que lucha con sus sentimientos, o que tiene vergüenza de que le asocien sentimentalmente conmigo.

Pero Maxi y Salva no se rindieron y nos tendieron una trampa. Cuando llegué al Starbucks y al bajar las escaleras oí tu risa, me di la vuelta. Maxi estaba detrás y me lo impidió. Yo le dije que eso no me gustaba. Discutimos y tal, y yo le espeté que no quería tener nada que ver con alguien que se avergonzaba de mí. Pero al final, sabes, me convenció de bajar y pasar la tarde todos juntos.

Estabas arrebatador. Estos se las arreglaron para que nos sentáramos juntos, y eso que intenté por todos los medios ponerme en la otra esquina. Charlamos y tal, y nos reímos, contaste algunas anécdotas del hospital, y cuando quisimos darnos cuenta, nos quedamos solos. Estos fueron al servicio, aunque creo que lo hicieron en la otra punta de Madrid, porque no volvieron a aparecer. Siempre he tenido la duda de si esa encerrona la planearon ellos, o tú. No sé.

De repente nos quedamos en silencio. Yo bajé la cabeza. Tenía ganas de irme, pero no sabía como hacerlo. Ya me había acostumbrado a la situación anterior, de resignación, y no quería otra vez empezar con los come-cocos y tal. De repente me cogiste la mano. La pusiste sobre la palma de tu mano izquierda, mientras la cubrías con la derecha. Me preguntaste con un susurro: “¿No me vas a mirar?”.

Yo reaccioné mal. Retiré la mano y me levanté de un salto. Cogí mi mochila, me metí las chanclas en los pies, y me giré para irme. Recuerdo que te dije algo así como: “Mira Marcos, tú no quieres esto, yo ya estoy hecho a la idea, no me jodas la existencia”.

Pero me retuviste.

Y hablamos. En realidad, hablaste.

Y te declaraste.

No me lo creí ¿sabes? No, porque no se puede cambiar tan de repente que alguien se avergüence de ti. Y eso no quería ¿sabes? Hasta hacía unos meses, antes de ir a Madrid, me avergonzaba de mi mismo. Me costó superar eso, y mi sexualidad, y el verme en el espejo y no gustarme, y… no quería que me vinieras tú ahora a demostrarme cada vez que quedamos con tus amigos, o que nos encontramos con ellos, que me das la espalda para que no te relacionen conmigo, y permanentemente buscando escusas que pudieran justificar que nos conociéramos y que… vamos, que te avergonzabas de mí. Soy un crío a tu lado, y no soy arrebatadoramente guapo, ni tengo un cuerpo de infarto, ni soy ingenioso, ni nada especial en nada. Cualquier excelencia en esos puntos hubieran mitigado que fuera un criajo a tu lado. Pero no era el caso. Tú intentabas disimularlo pero yo empezaba a conocer tus gestos, y tus miradas.

Me costó pararte la euforia. En el fondo era lo que deseaba más en el mundo. Me había dado cuenta de que no tenía muchas posibilidades de amor. Los que gusto, no me gustan, y viceversa. Te dije que iríamos poco a poco, que no quería sentirme rechazado por la persona que dice que me ama. Lo entendiste, intentaste negar la mayor, pero te diste cuenta ya al fin, de que soy joven, pero no idiota. Y que muchos no sepan ver en la gente, no quiere decir que todos no sepamos leer lo que hay entre líneas de las personas que tenemos al lado.

He de reconocer que has pasado las pruebas. Y con nota. Y que me has hecho sentir en estos meses como alguien importante. Me has hecho sentir que soy el centro de alguien, que soy el centro de tu existencia, y eso, sabes, es una experiencia que no creía que pudiera sentir nunca en mi vida. Has conseguido que duerma toda la noche seguida apoyado en tu pecho, o que te abrace por la espalda, cuando te das la vuelta. Has conseguido que cambie el concepto de tiempo que tenía. Sí, sí, el tiempo va a otro ritmo desde que estoy contigo, cuando estamos juntos. Todo parece que entra en estado de “cámara lenta”. Las caricias son mas largas, las sonrisas con más amplias, la luz cambia… los problemas desaparecen, los dolores se mitigan…

Llevamos pues, 5 meses juntos. Acordamos declarar el 15 de septiembre, como nuestra fecha de inicio oficial de nuestra relación. Y me has hecho feliz. No soy un iluso. Sería fácil decir que esto va a ser así toda la vida, y esas cosas que se suelen manifestar. Pero sería pecar de romántico, pero de los ilusos. Yo voy a luchar porque esto dure lo más posible. Si puede ser toda nuestra vida, mejor que mejor. E intentaré seguir diciéndote cada día cuando nos veamos, con la misma intensidad y sinceridad:

“Marcos, te amo.”

¿A que te ha gustado mi regalo de San Valentín? Y no me ha costado ni siquiera 1 euro. Para que veas que no he traicionado todos mis principios sobre este día.

Como dicen en un blog que suelo leer:

Besos.

Muchos.

Envueltos en abrazos… de los apretados, de los eternos.

PD. Te amo.

 .

  —-o0o—-

.

La sorpresa.

Hacía buena tarde. Miré el reloj y vi que iba bien de tiempo. Me entretuve entonces mirando algunos escaparates. En “Trimbe” vi una chaqueta que me gustaba. Estuve por entrar a probarme, pero no me arriesgué. Cuando entro en una tienda todo me llama la atención, y al final lo que iba a ser probarse una chaqueta, acaba siendo un pantalón, dos camisas, un polo, otra chaqueta…

Volví a mirar el reloj. Ya era hora de que me fuera acercando al sitio en dónde habíamos quedado. No quería que se me fuera la cabeza en mis ensoñaciones habituales y luego, tuviera que correr para llegar a tiempo.

Ya lo habíamos previsto todo. Me preocupaba un poco toda la gente que había salido esa tarde a la calle, al hacer tan buen tiempo. Seguro que la plaza estaría repleta de viejos paseando, de chiquillos corriendo. Sus madres con los cochecitos pegados a la pierna, y la merienda de los niños en la mano. Esperaba por lo menos que esa maraña de personas, no fuera tan densa que hiciera que no lo viera. Se iría el plan a la mierda. Solo tenía una oportunidad para “la sorpresa”. Así habíamos decidido llamarla; nos pareció gracioso.

Sonreí tranquilo al llegar; no había tanto gentío. Le vería sin problemas. No fallaría.

Me aposté en la esquina, según habíamos quedado Sergio, Matilde y yo. Encendí un pitillo, y aspiré el humo profundamente. Miré hacia el cielo y despacio, fui expulsando el humo de mis pulmones. Me apoyé en la pared despreocupadamente. Al mirar al suelo, vi que una de mis deportivas estaba desabrochada. Me agaché y me até los cordones. Por si acaso, hice lo mismo con la otra. Estando agachado, pude observar sin llamar la atención la plaza. Todo parecía que estaba según lo previsto.

¡Un momento! Sergio y Matilde. ¿Qué hacían allí? Estaban en la terraza del “Eduardo”. No era lo que estaba previsto. Pensé en acercarme, (¿Habría algún problema?, pensé) pero ya era casi la hora, y no quería estropearlo todo.

Me levanté y empecé a dar pequeños paseos. Verlos ahí, sentados, charlando como si fueran una pareja cualquiera, me puso nervioso. Saqué un momento el móvil y pensé en llamarles… ¿Por qué no me habían dicho que cambiaban los planes?

Miré el reloj. Ya había pasado cinco minutos de la hora. Guardé el móvil otra vez. Lo que debiera ser, sería. Sentí como una descarga eléctrica subía por mi columna, seguida de pequeños latigazos en el estómago, y mi corazón acabó de desbocarse. Quizás todo había fallado, y mis compañeros sentados en la terraza fue el primer presagio.

Pero no, por la esquina, apareció un hombre trajeado con gafas de sol. Al poco, parecieron otros dos hombres. Detrás, un poco separados de ellos, otros dos, también con gafas de sol. Los dos del centro iban hablando despreocupados. Los que cerraban el pequeño grupo iban mirando a todos los lados, así como el que iba por delante. Parecía que buscaban a alguien o que tenía un interés desmesurado por el paisaje urbano.

Tiré la colilla al suelo con fuerza, y la pisé hasta casi machacarla.

Saqué el mando de mi bolsillo.

Ya llegaban… la bolsa estaba en la papelera.

Pasó el primer hombre por delante.

Llegaban los otros dos.

Una señora mayor les paró, y le dio dos besos al más alto. Él contestó amablemente al gesto de cariño. Parecía que le había gustado de verdad, aunque yo sabía que era todo pura fachada. Luego la pondría a parir.

Siguieron andando… llegaba el momento.

Paseé el dedo gordo por el botón… acariciándolo suavemente.

Ya llegaban a la papelera…

Él estaba allí… a la altura adecuada…

Era el momento. Apreté el botón.

Me giré rápidamente protegiéndome la cabeza con los brazos para evitar los efectos de la onda expansiva, protegiéndome en el rellano de un portal.

No ocurrió nada.

Me levanté de un salto. Miré hacia la terraza en dónde estaban Sergio y Matilde. Se habían ido.

Tomé la decisión… salí corriendo hacia la bolsa en la papelera. Si me apresuraba, podría accionarla a mano y lanzarla… tendría unos segundos para tirarme al suelo y protegerme… Casi había llegado, cuando escuché un silbido.

Paré en seco, y me giré:

Sergio.

Sonreía.

No entendí… lo recuerdo todo como a cámara lenta, como si necesitara que la acción fuera más despacio para poder procesarla e interpretarla. El grupo de hombres se había parado unos pasos por delante para saludar a unas señoras que hablaban tranquilamente, mientras sus hijos jugaban alrededor de la fuente.

De repente, Sergio levantó la mano… tenía un mando igual al mío.

Seguía sonriendo. Y tenía ese gesto de decisión, de altivez…

Detrás de él… Matilde. Lloraba. Me miraba suplicante… parecía que quería decirme que corriera, que huyera… pero yo estaba paralizado. Sergio, los hombres, la papelera, el paquete, los planes… Matilde… sus senos aterciopelados, blancos como la leche…

Durante un instante, que parecieron horas, les miré alternativamente a uno y a la otra… Matilde parecía pedirme perdón… Sergio sonreía… los hombres sonreían, los niños corrían, sus madres reían… hacía buena tarde… incluso calor para la época del año en que estábamos… de repente Sergio estiró su mano hacía mí, con el mando… la papelera a pocos pasos de mí, con la bolsa dentro de ella… y…

Lo vi; vi como Sergio apretó el botón.

Instintivamente me tiré al suelo, aunque la onda expansiva llegó antes y me lanzó con fuerza al suelo. Sentí de repente un cansancio extremo… dejé de percibir los sonidos con nitidez… todo el cuerpo me dolía… aunque era un dolor sordo, pero constante… que subía y bajaba de intensidad en cuestión de milésimas de segundo. Sentía humedad en varias partes de mi cuerpo…

Esta vez si funcionó: la bomba había estallado en la papelera.

Todo era confusión a mi alrededor. La gente empezó a correr, los escoltas del alcalde lo agarraron en volandas y lo metieron en un portal, mientras sacaban sus armas y pedían refuerzos. Todo era caos y desconcierto, gritos… los niños lloraban… la calle se llenó de cristales, de escombros… yo oía con dificultad, sonidos apagados… parecía una televisión con el volumen al mínimo… intuía más que oía los ruidos…

Sergio caminaba despacio hacia mí. Parecía un Dios caminando sobre los cristales, sin que la confusión que nos rodeaba le afectara, como si todo fuera una película y él, Sergio, fuera lo único real de todo. Me recordaba a Clint Eastwood en aquella película del oeste que nunca recordaba cómo se llamaba.

– Es mi chica. No debiste tocarla.

Lo dijo despacio, asegurándose de que le miraba y que le podía leer los labios, porque sabía que no le podría oír.

– No debiste tocarla – repitió, ya estaba a pocos pasos, no apartaba su mirada de mis ojos.

Por entre sus piernas vi como Matilde corría alejándose de todo… yo quería llorar… ¿cómo me podía haber dejado engañar? ¿Cómo había podido caer en su trampa sin percibir nada? ¿Por qué Matilde no me dijo nada, no me previno?

Ahora tenían sentido algunas palabras sueltas, gestos, cambios de planes de los últimos días… Desde aquella noche, hacía apenas una semana en que Matilde y yo… ya daba igual, ya era tarde para… sus labios agarrándose como ventosas a mi boca…

Sergio había llegado ya hasta dónde yo estaba tirado en el suelo.

Se agachó a mi lado…

…todo ocurría muy despacio…

… Me tomó de las mejillas, acercó su rostro al mío despacito, y me regaló una mirada penetrante y profunda, tan larga que parecería que no tuviera nada más que hacer los próximos quince años, y me dijo tranquilamente cuatro palabras que se quedaron grabadas en lo más hondo de mi memoria: ¡chinga a tu madre!

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