Una buena mañana para correr (capítulos 97 a fin).

Capítulos 1 al 96.

Capítulo 97.

– Espérame, no corras tanto.

Diego apenas podía seguir el paso rápido de Carlos. Habían salido de la comisaría hacía ya un rato, después de una sesión maratoniana con el inspector ese nuevo. Ni recordaba el nombre. Y desde que habían traspasado la puerta de salida, a Carlos le había dado por andar deprisa, sin preocuparse por si Diego le seguía o no.

Carlos una vez más, no hizo ni caso de sus quejas, y siguió andando deprisa, con la mirada clavada delante de él, a mucha distancia. Parecía que tenía prisa por llegar a ese punto, aunque siempre estaba a la misma distancia.

– ¡Joder!

Diego se paró para recuperar el resuello. Lo vio alejarse sin inmutarse. Estaba como loco…

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– ¿Qué ha pasado Diego?

– Na, tío, uffffffff, ha sido… una mierda.

– ¿Y Carlos? ¿Donde estáis?

– Pues yo en una calle que ni siquiera conozco, es que me he perdido, y Carlos pues corriendo la maratón, debe estar ya por Londres o así, es un capullo, no hay quién le siga.

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– ¡Qué te den! Majo – le espetó a la espalda de Carlos, que ya prácticamente se había integrado con el paisaje de la noche.

Todo había sido muy tenso desde el principio. Como insinuó Joan, el inspector ése iba a provocarlos. Y lo consiguió muchas veces. Carlos estuvo a punto de saltar al menos en diez ocasiones. Continuamente Diego le ponía la mano en la pierna, o le miraba a los ojos para que se quedara callado, para que no soltara la primera impertinencia que se le ocurriera.

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– Pero… ¿No te quedaste en el pasillo?

– Sí, tío, pero a los pocos minutos salió Carlos a buscarme, el Inspector ese como se llame, apodado “Capullo integral”, le había pedido que saliera a buscar a su novieta.

– No jodas que dijo eso.

– Pues eso parece.

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– ¿Ya sabe Vd, qué número de zapatilla gasta?

Esa fue la primera andanada casi nada más entrar.

Diego durante un instante pensó que lo miraba como al perro de Carlos, como si tuviera la misma importancia. Aunque a Carlos lo miró de forma parecida un poco después. No sabía exactamente qué era lo que Joan había querido conseguir con intentar que otro policía tomara la investigación. Y menos si era ése. Se le notaba a la legua que había tomado ya partido, y no era precisamente por ellos, por Carlos.

– ¿Ahora o cuando mataron a mis padres? – le dijo desafiante Carlos – ¿O un mes antes? – siguió hablando ya con un tono sarcástico.

– Dímelo tú – dijo sin inmutarse el inspector.

Carlos se sacó una de las Converse sin siquiera desatárselas, y la puso encima de la mesa.

– Mírelo Vd. No vaya a ser que le mienta. En las Adidas suele ser un número más, como en los zapatos. En las babuchas de casa, la verdad no tengo ni zorra.

Diego lo miró para que se relajara. Carlos le mantuvo la mirada y tuvieron ahí los dos un pequeño diálogo con la mirada. Al final Carlos se encogió ligeramente de hombros.

El policía cogió la zapatilla y miró el número.

44.

Se quedó dándole vueltas a la zapatilla.

– No me diga que le ponen las zapas – le soltó Carlos de improviso soltando una pequeña carcajada que se confundió con un grito cuando sintió la patada que le dio Diego en la espinilla.

– Póngasela, por favor, y ande un momento por el despacho.

Carlos se quedó mirándolo un rato desconcertado. Cogió la zapatilla y se la volvió a meter en el pie, sin desanudarse los cordones.

Se levantó y caminó hacia la puerta.

– Siga andando por favor.

El policía se incorporó y le vio caminar hasta la mesa.

– Siga.

Carlos empezó entonces a andar de la puerta a la mesa, y otra vez unas cuantas veces.

– ¿Me haría el favor de coger esa carpeta del suelo?

Carlos le miró de soslayo, intentando escrutar la expresión del Inspector. Estuvo tentado de mandarle a tomar viento, pero pensó que al menos le debía a Joan un poco de paciencia por sus gestiones para que el caso cayera en manos de otro.

– Párese un segundo.

De repente en Inspector le estaba sacando fotos desde todos los ángulos.

– Póngase de cuclillas.

Carlos se iba a girar para ponerse frente a él, pero el detective le indicó que no lo hiciera.

De repente el inspector se agachó por detrás, y pasó la mano por los glúteos, y la parte de los muslos.

– Tranquilo, Sr. Menéndez, no es mi tipo. Y por nada del mundo quisiera poner celosa a su mujercita.

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– ¿Te llamó así?

– Joder, tío, al final fui yo el que saltó, el tío capullo, me pilló tan de improviso…

– ¿Le dijiste algo?

– Joder, Joan – Diego se levantó del banco incómodo pensando que se había equivocado y que a lo mejor le había puesto en problema a Carlos – Es que es un capullo, y no me gusta que me llamen tía, joder, lo hacía aquellos pavos amigos de mi viejo, cuando me escupían o me pegaban, tío, y…

– Eh, tranqui, Diego, no pasa nada.

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– Pues para no ser marica, sabe como tocar a un hombre. Me ha puesto caliente.

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– ¿No jodas que le dijo eso?

Joan al otro lado del teléfono no sabía si meterse en un convento o tirarse directamente por la ventana. Tanto esfuerzo, para que todo se fuera a la mierda en una simple entrevista. Bueno, en tres, porque él tampoco había estado muy acertado, y el Inspector Barriuso había sido tan diligente que había sacado de quicio hasta a Diego, y en los primeros quince minutos de entrevista.

– Y se pasó la lengua humedeciéndose los labios.

Joan se tiró en el sofá del salón de su casa. Manu le miraba entre divertido y preocupado.

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El inspector sacó unas fotos más antes de sentarse e indicar a Carlos que se sentara de nuevo.

– Cuénteme lo que pasó aquella noche.

– ¿Lo que pasó en dónde?

– En donde cojones estuviera Vd., no te jode, No me va a contar lo que pasó en Australia esa puta noche.

– Pues en el puto colegio en el que me encerraron mis padres. No hay más que contar.

– ¿A quién se follaba allí?

– A nadie.

– Mentira.

– ¿A Vd que le importa?

– Me interesa saber si esa noche follaste con alguien… por ejemplo… – el policía miró un papel de una carpeta – Joaquín Saiz.

Fue instantáneo. Carlos se levantó como si un resorte se hubiera accionado de repente, y se inclinó sobre la mesa, como si quisiera morder al policía.

– Eso es una canallada, puto inspector.

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– ¿Y quién es ese tío?

Joder, Joan, pues el director del colegio. Le han echado el año pasado por marica. Es un colegio de esos muy tradicionales, y a los dueños no les gustó que tuviera un director gay.

– ¿Pero el tío se tiraba a los alumnos?

– Qué va, según le ha contado Carlos, ese hombre tenía pareja, además mucho mayor que él. Para nada le iba el rollo joven. Pero era gay, y ya sabes que para algunos…

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Diego se levantó y le abrazó por detrás para que se tranquilizara. Poco a poco fue relajando y se volvió a la silla. Se sentó otra vez, pero cruzando las piernas a lo indio. Diego le reconvino de nuevo con la mirada, pero Carlos le ignoró.

– Nunca me puso un dedo encima, y tampoco lo hizo con nadie. Tenía su pareja estable desde hacía la hostia de años. Eso es una infamia, detective. – Carlos imprimió todo el desprecio del que fue capaz tanto a sus palabras como a su mirada.

– Él habló muy bien de Vd. Sr. Menéndez.

– Me ayudó mucho, y me apoyó, lo que casi nadie ha hecho. Le estoy muy agradecido.

– O sea que le tapó.

– ¿Pero qué cojones…? Dijo la puta verdad.

– Un compañero dijo que no estaba en su habitación.

– Mentira.

– O no.

– Sí.

– No.

– ¿A quién se follaba Sr. Menéndez?

– Qué manía tiene con el follar.

– Andrés Montalvo.

– ¿Qué pasa con Andrés Montalvo? – Carlos imperceptiblemente se puso a la defensiva.

– A ese, sí se lo follaba.

-Hacíamos un trío el director, Andrés y yo, no te jode.

– No pasa nada por que follaran.

– No lo hacíamos.

– Algunos dicen que sí.

– Mienten. A lo mejor son los que tienen algo que ocultar.

– Él era tres años mayor que Vd.

– No recuerdo – Carlos centró toda su atención en quitarse un padastro que había descubierto en el dedo anular de su mano izquierda.

– ¿Por qué lo tapa?

– No hay nada que tapar.

– ¿Entonces?

Carlos abrió los brazos y se encogió de hombros.

– Es su coartada.

– No necesito coartada. Perdón, corrijo, la tengo Me despertaron a las 4 de la mañana.

– Pero el profesor de guardia dijo que a las tres y media, cuando fue por primera vez a su cuarto no estaba.

– Y por enésima vez, estaba fumando un cigarrillo, porque no me podía dormir.

– Pudo ir hasta Palencia y volver.

– En bicicleta, no te jode.

– En el coche del director.

– Mientras se la mamaba.

– ¿Lo hacía?

– El qué.

– Mamársela.

– ¿Para que me dejara el coche? Por tiempos, no te jode.

– Lo ha dicho Vd.

– Buen intento, Sr. Inspector, pero deberá mejorar su táctica.

El Inspector Barriuso se levantó de la silla y se puso a caminar por la oficina.

– Intento entenderlo, D. Carlos.

– Buena suerte, no me entiendo ni yo…

– Y Vd. D. Diego Miguel ¿qué le ve para estar enamorado de este individuo?

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– ¿Y qué le dijiste?

– Jo, tío, me quedé a cuadros… no supe responderle. Luego me dijo que si era por sus atributos, o eso. Ahí ya sí casi le insulto. Carlos me contuvo.

– O sea que os turnasteis para tranquilizaros… menudos dos elementos… ¡joder!

– ¿Y cómo siguió?

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– El tabaco.

– No sé nada del tabaco. ¿No hay preguntas nuevas?

– Era Marlboro.

– ¿Y?

– Vd. fumaba Marlboro.

– No me dejaban fumar.

– Tampoco follar con tíos.

Carlos le miró desafiante.

– Su primo Martín dijo que…

– Mire, Sr. Inspector, detective, cabo o lo que coño sea usted – pronunció estas palabras con inconfundible tono de burla. – Ya dimos vueltas con sus “competentes” compañeros al paquete de tabaco. Lo tenía escondido en la cisterna del baño. Pero todos los sabían. Así que si alguien quiere cargarme el muerto de mis padres es lo más fácil dejarlo ahí.

– ¿Y quién es ese?

– Mire a ver los que discutieron con mis padres.

– Dígamelo Vd.

– Ni idea. Había tantos… Acabamos antes con los que no lo hicieron.

– ¿Y lo que dijo a sus tíos a la entrada del juzgado?

– No recuerdo – Carlos se incorporó ligeramente en la silla.

– ¿Por qué no colabora?

– Porque eso está en esos legajos que le han pasado sus compañeros. Se lo dije en una de las innumerables veces que me han interrogado. Con pelos y señales.

– Dígamelo a mí – el inspector arrugó la frente.

– Ya no lo recuerdo.

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– ¡Pero este chico es bobo! ¿Por qué no se lo contó?

– Ni zorra. Se lo intenté preguntar al salir de allí, pero tío, empezó a andar a paso legionario, y ya tenía yo bastante con respirar mientras andaba.

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– Lleva bien entrenado el encogerse de hombros. Le llevo contadas 34 veces.

Carlos lo volvió a repetir.

– Llevo ¿cuantos son? cuatro años con las mismas monsergas. Cuatro años contestando a las mismas gilipolleces. Cuatro años en lo que lo único que valía es que un día me rindiera y confesara. He tenido tiempo de entrenarme.

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– Y lo dijo sin inmutarse. Tranquilo, Serio. Con la mirada perdida en vete tú a saber dónde. Me dejó turulato. Y al poli también. Yo creo que fue la única vez que se le escapó un pequeño gesto de … tío, de admiración o de comprensión… no era yo capaz de definirlo… y ahora se me ha ocurrido. Le hubiera besado en ese momento… me pareció tan cansado, tan débil, tan… adorable…

– Bueno al menos…

– Pero duró solo un par de segundos, no te creas. Luego más caña.

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– ¿Por qué no me dice con quién estaba esa noche en el colegio?

– Otra vez, el puto colegio y esa manía de que…

– Pero si no pasa nada.

– No tengo por qué. Estaba en mi habitación. Y antes fumando un cigarrillo.

– No.

– Sí, joder.

– Andrés Montalvo.

– ¿Qué hostiaas..?

– Eran amantes.

– No.

– No pasa nada.

– Eso lo dirá Vd. Era virgen entonces.

– No se creerá que me voy a tragar eso – el inspector hizo una pausa en la que no dejó de mirar a Carlos, que le devolvía la mirada desafiante – No se va a enterar nadie – insistió el policía.

– ¡¡Ja!! ¡¡Qué chiste!! Hasta ahora, eh, si me he tirado un pedo, se ha enterado todo cristo. Si digo que he follado con alguien, mañana está en la portada de “El País”.

– Eso lo aclararía todo.

– No hay nada que aclarar, no hay nada, porque no puede haber nada.

– Hay restos…

– Joder, que estuve el finde anterior en casa. ¿No va a haber? Y semen de las pajas en las sábanas.

– ¿Deja el semen en las sábanas?

– Por joder.

– Eso es como lo de… ¿Picasso era?

Carlos se quedó un poco descolocado.

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– ¿Y como sabías que era Dalí?

– Joder, tío, si es una de las anécdotas más comentadas en cualquier sitio medio cultureta.

– Diego, eres un cultureta.

– Na, eso no…

– Diego nos esconde su personalidad. No nos esconde su sexualidad, pero sí que es un cultureta.

– No te rías, joder. Que estoy helado y perdido en una puta calle, y el mamón de Carlos…

– No cambies de tema y sigue. ¡No le preguntó nada de las amenazas?

– Sí, sí, ahora llega… aunque el tema lo sacó Carlos…

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– ¿Y tantas preguntas chorras repetidas una y otra vez, y no me va a hacer ninguna pregunta sobre las amenazas?

– ¿Qué quiere que le pregunte?

– Vd. sabrá, es el policía. Sus compañeros se han carcajeado. Lo mismo se piensan que es una jodida broma por el día de los inocentes o algo así, pero a mi ni puta gracia, pero ni puta gracia.

– Yo no lo tomaría muy en serio.

– No, claro, no. No lo tomamos en serio. Total, si le parten la crisma al Carlos Menéndez, Gilipollas de segundo, dos problemas menos. Un caso resuelto porque le metemos por el culo la culpabilidad de matar a su familia, como el jodido de él no deja a nadie que vele por sus derechos y fama y tal, y hala… todos contentos. Tampoco nadie les va a pedir responsabilidades y tal… o a lo mejor sí, porque a lo mejor ahora voy teniendo algunos amigos que son capaces de tocar la moral, no sé… Vd. verá. Pero me acojona… – no era la palabra que quería utilizar, pero no encontraba otra y no le apetecía parar su perorata – ver la diligencia que se toman Vd. una amenaza de muerte. Es que no han hecho ni una puta prueba a la caja, ni una puta llamada al mensajero, o a Correos o a quién hostias lo entregara… alucino con el peta…

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– Tío, se quedaron los dos un rato,con mirada fija asesina, como esas pelis del Oeste, el feo y el guapo…

– ¿Y quién es el feo?

– No me jodas, Joan, el feo está claro, tío. No vas a comparar… Carlos está mucho más bueno, y es guapo, muy guapo diría yo.

– Pues el Inspector tiene su morbo.

– No me joda Joan. Me preocupas. Es feo con avaricia, y es viejo…

– Oye, no te lo consiento, que es cinco años más joven que mi marido.

– Joder, perdona, no… soy un mete patas…

– Na, lo he dicho para picarte.

– Si además ahora tú… ¿Qué tal con Manu? ¿qué estáis haciendo por ahí? – Diego imprimió un tono jocoso y provocativo a sus pregunta para devolverle a Joan su bromita sobre la edad de su marido.

– Nada – a Joan se le notaba que no podía responder como quería, así que decide transmitir la pregunta a Manu – me pregunta Diego que qué estamos haciendo.

– Dile que follar sobre la mesa; será seguro lo que quiere oír – Diego lo escuchó de fondo con la suficiente nitidez para percibir que a Manu la situación no le hacía ni puta la gracia.

– Vale, vale, qué tensión… era una broma… dile que…

– Na, tranki – Joan le quitó importancia al tema – ¿Y cómo acabó la cosa?

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– No se deja ayudar, Sr. Menéndez.

Carlos se quedó callado, otra vez medio traspuesto, con la mente vagando por muchos sitios, y por ninguno.

– No espero ayuda, ya hace tiempo que desistí. Todos los que me han ayudado en algún momento, acaban mal. Joaquín despedido por homosexual. Montalvo, al que le quieren cargar mi coartada. Con la de problemas que tuvo con los interrogatorios y las insinuaciones de sus compañeros y sus padres… y con él mismo…

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– … y me miró de una forma, jo, Joan, me derretía…en ese momento le hubiera pedido que se casara conmigo.

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– … que el pobre, que ha roto mis corazas, y que se ve en medio de toda esta mierda, con la mierda que él tiene ya que tragar… y a aguantarme mis días de bajón, como el que tendré sin duda mañana… o Joan, gastando sus influencias en mí, y vete tú a saber a cambio de qué, o lo que le costará… Darío, un chico que se juntó a mí en Alicante, y al que apedrearon por mi culpa en una concentración en mi contra… le rompieron la nariz. O Candela, mi amiga de Palencia a la que dejaron de lado sus amistades por ser mi amiga, y que al final se tuvo que ir a trabajar a Estados Unidos, porque no aguantaba la presión. ¿Ayuda? Casi me tienta en dejar a Diego y al resto para que no sufran. ¿Ayuda? Solo quiero la verdad. Y vivir en paz.

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– El inspector cerró ahí su carpeta y se quedó mirándonos. Y Carlos, es cierto, joder, después de decir eso el poli, me fijé, y es cierto, el tío encoje los hombros un montón… y es tan adorable cuando lo hace.

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– ¿Soy adorable?

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– Te dejo, Joan, que ha vuelto el capullo éste.

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– ¿Ya no soy adorable? ¿Ahora soy capullo?

Diego colgó a Joan sin siquiera despedirse. Y se levantó del banco a trompicones porque se había quedado entumecido mientras hablaba con Joan y las piernas apenas le sostenían. Pero Carlos estuvo atento y le sujetó para que no se cayera.

– Tú lo que querías es que te abrazara.

– Que… – iba a poner una disculpa pero se lo pensó mejor – pues sí, porque me has dejado tirado, y necesito mimos y abrazos.

– ¿No tienes miedo de mí, todo un asesino?

Diego se quedó pensando en una respuesta, pero ninguna le gustaba. Se quería enfadar por esa bobada, pero no le salía. Quería protestar por esa afirmación… pero no le convencía… al final agarró la cabeza de Carlos y se la acercó a la suya, besándolo como nunca lo había hecho hasta ese momento.

– Joder – dijo Carlos recuperando la respiración cuando Diego separó su boca – es el mejor beso de mi vida.

Se quedaron los dos mirándose, como estudiando el estado del otro, si estaba bien, contento, preocupado, triste…

– ¿Vamos muy rápido? – dijo con miedo Diego de repente. – Es que a veces no me lo puedo creer… el día que me conozcas de verdad tengo miedo de que te vayas…

– Nunca he tenido ganas de ir… así que no sé si vamos o no vamos rápido. Sólo sé que si sigo en Burgos, es por ti. Y lo sabes.

Diego sonrió.

– ¿Te apetece que vayamos a esa cafetería? Están Jaime y Ricardo, les he visto por la ventana.

– Huy, a lo mejor…

– Va, no creo. Si vemos que molestamos, nos vamos a besarnos a la calle.

– ¿Y si nos quedamos directamente en la calle? – contestó Diego haciendo pucheros.

– Estás helado, Dieguito. Y no quiero que te pongas malo.

Carlos lo envolvió con los brazos, y así, caminando él de medio lado, y Diego a trompicones, porque se tropezaba de vez en cuando con él, recorrieron los pocos metros que les separaba del Carmen 13.

– ¿Cuando me vas a contar lo de Montalvo?

Carlos se paró un momento para mirar la cara de Diego. Sonrió…

– Esta noche, cuando los dos estemos en la cama, en penumbra…

De repente al girarse para mirar a Diego, Carlos se chocó con alguien.

– Perdona – dijo Carlos rápidamente girándose para encarar a la persona con la que había tropezado.

El señor ni siquiera se paró. Llevaba una gabardina sucia, ajada, que casi arrastraba por el suelo. Y fumaba un cigarrillo. Llevaba un sombrero calado hasta las cejas que impedía a cualquiera que le mirara, ver su rostro.

– Huy que yuyu – susurró Diego.

Carlos se quedó pensativo. Recordaba a ese hombre, al menos le recordaba algo… ¿Un sueño quizás? Un sueño de hacía mucho tiempo… ¿O de verlo en algún sitio?

– ¿Le conoces? – le preguntó al verle la expresión que tenía.

Pues no lo sé, pero… sabes, he tenido la impresión de que me recuerda a alguien… va, no tiene importancia…

– Mejor, porque así no te me vas del tema… ¿Vamos a estar esta noche en penumbra en la cama?

Carlos asintió con la cabeza mientras sonreía.

– ¿Y vamos a…?

– Te voy a contar lo de Montalvo…

– Y haremos algo más – Diego puso cara de picaruelo.

– Sólo satisfaré tu curiosidad.

– Pero también tengo curiosidad por si…

– Calla, que ahí están Jaime y Ricardo.

Ya habían llegado a la cafetería. Carlos abría la puerta y le dejaba pasar a Diego delante, dándole un ligero azote.

– Me encanta tu culo, Dieguito… pero no se lo digas a nadie, y disimula…

Diego no pudo responder porque tuvo que atender al saludo de sus amigos.

– ¡Anda! Pero mira quién llega – Ricardo les había visto, y les llamaba para que se acercaran.

– Luego me las pagarás – le susurró dándose la ligeramente la vuelta.

El hombre de la gabardina se quedó parado al lado de una farola que había en el cruce de las dos calles. Se apoyó en ella, y miró hacia atrás, hacia las ventanas de la cafetería. Sonreía mientras veía a Diego, Carlos, Ricardo y Jaime como se saludaban con unos besos, y como reían despreocupados y relajados.

Si alguien hubiera podido traspasar el aura negra que rodeaba su rostro, hubiera visto un brillo especial en sus ojos azabaches, y una ligera mueca en su rostro, que quería asemejarse a una sonrisa satisfecha.

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Capítulo 98.

– No me hace ni puta la gracia, Joan, no me jodas. Ahora todos piensa que estamos en la cama, y luego serán las coñas, las miraditas, y no, y mi hermano tío, no estoy preparado, joder, incluso tú querías follarme esta noche, y no estoy preparado, joder, es que…

Joan se acercó y como en ese momento hacía Diego a las puertas del Carmen 13, Joan calló a Manu cerrándole la boca con sus labios. Lo besó con decisión, con ganas, pero a la vez con delicadeza, suavemente, jugueteando con su lengua, recorriendo despacio pero decidido cada recoveco de su boca…

Manu le devolvía el beso. Pero su cabeza era una locura de pensamientos, de contradicciones. Estaba muy bien así, pero el pensar que ese beso, y los siguientes, le fueran a llevar a la cama, o a tener que parar a Joan, le ponía muy nervioso. Y sobre todo lo que pudiera pensar Ricardo cuando se enterara. Al fin y al cabo Joan había sido su amor inalcanzable durante mucho tiempo.

Joan se separó de él y le miró desde una distancia.

– ¿Por qué estás nervioso?

– No, yo…

– Manu, que te conozco desde los 14 casi. Que has sido la sombra de mi mejor amigo y por tanto la mía. Y que eres su hermano, que os parecéis en más de lo que quisierais ninguno…

– No …. – Manu hizo amago de levantarse del sofá, enfadado, pero Joan le paró primero con la mirada y luego poniendo su mano sobre su pecho.

– No te enfades, Manu. Cuéntame que te pasa… confía en mí, me contaste…

– Pero es distinto, ahora, joder, no se si lo entiendes, entonces era alguien con el que hablaba, pero ahora eres tú implicado en el tema, no sé si me entiendes, joder, es que te quiero, por una parte, y me pones, la verdad, me pones… joder Manu, esto no hubiera jurado decirlo apenas hace un par de semanas, que digo semanas, un par de días, o a lo mejor dos días sí, o tres, pero antes lo juro, nunca pensé que decir esto de un pavo, y encima de ti, al que odiaba con todas mis ganas, o eso creía, sabes, pero es que… joder no te puedo decir que me pones, que me eso, y que a la vez me da asco montármelo contigo, porque no sé… joder es que no se follar con un tío, y no quiero cagarla, joder, y te veo el paquete y por un lado se me pone dura, y me metería en el ahí a chupar y lamer y morder y todo, joder, pero tío, por otro lado, pues como que me da repelús, porque tío, es que eso de chupar una polla, joder que, y eso de que me penetres, o hacerlo yo contigo, joder, pues joder es que me asusta, y en mi cabeza, joder, en mi cabeza no sabes, no sé, no acaba de entrar la cosa, no me acostumbro de verme ahí espatarrado con las piernas abiertas, y tú escupiendo en tu mano, joder. O… yo… es que… Pero es que tío, no me mires así. Joder no me beses otra vez que me mola y me pones joder, que me va a estallar el pantalón, joder… Joan, no me mires así…

– Joder…

Manu se levantó del sofá, pero Joan le cogió la mano antes de que pudiera alejarse. Se quedó quieto, sujetándolo, sin tirar hacia él, pero tampoco sin dejarle marchar. Manu tampoco hacía nada por irse. Simplemente miraba al otro lado de la habitación, mientras intentaba secar con su otro brazo la humedad que llenaban sus ojos.

– Joder, tío estoy hecho un lío, joder, y tú seguro que querías follar hoy…

– Tch, calla, Manu, sí, claro que… pero no… no se trata de follar, se trata de amar, joder de tocarse, de besarse, de esas cosas que haces con las chicas, pues es lo mismo…

– Yo con las chicas… joder, tío, si es que he follado mucho, pero, joder es que… si…

– Tranki, y mírame, Manu. Ven…

Joan se levantó sin soltarle la mano. Y le abrazó por detrás.

– Jo, no… es que si me abrazas así… me derrito, jo… es que soy un puto imbécil, es lo que piensas, joder, Joan, es que… joder… lo sé, no valgo para nada, pero mi coco, está como un cencerro, echa humo, joder mira… es que esto es una mierda, joder….

– ¿Quieres callar un rato, Manu?

Desde que Joan abriera la puerta de su casa cuando Manu llamó a la puerta, nada había salido como Joan lo había previsto.

– Le he pedido a mi madre que me prestara. No tenía un puto pavo, pero no era cuestión de venir con una mano delante.

Manu estaba en la puerta con una pizza en una mano, y un botellón de Pepsi de dos litros en la otra.

– Domino’s, tú sabes – Joan sonrió pensando en lo que haría con la cena que había preparado.

– Están más guays sí. ¿Puedo entrar?

– Huy, perdona, es que me había quedado…

Joan se apartó de la puerta. Manu le sonrió nervioso y entró directo al salón. Aparcó la pìzza y la bebida en la mesa del centro, y se quitó el anorak. Se quedó de pie, inquieto, sin saber muy bien que hacer. Joan se acercó por detrás y le abrazó la cintura, besándole en el cuello. Manu reaccionó como si le hubieran dado un calambre.

– ¿No te gusta?

– Si, no es que. Joder, es que… no… estoy un poco nervioso y no sé… la madre, que difícil es esto… no puedo… no sé… esto es difícil para mí… nunca lo he hecho…

Joan levantó las manos como si estuvieran dentro de una película de gánsters y le estuvieran apuntando con una de esas ametralladoras típicas de los mafiosos que traficaban con alcohol en Estados Unidos en la época de la prohibición.

– Tranquilo. Hey… – le pasó un dedo por la mejilla, rozándosela suavemente – no pasa nada. Voy a la cocina a por unos vasos. ¿hace?

Aprovechó para guardar la ensalada de Gulas y manzana que había hecho, y el pollo guisado.

– Al menos comeremos tarta de crema y chocolate – murmuró Joan.

Empezó a sonar música en el salón…

– ¿Te importa que lo deje?

– No, para nada, estás en tu casa. Puedes hacer lo que te de la gana, como si te quieres desnudar.

Manu lo miró nervioso. No sabía a ciencia cierta si era una proposición, o simplemente una invitación, o una frase hecha para que se sintiera cómodo.

– Manu, relájate – le tuvo que decir Joan que se había dado cuanta de su incomodidad – que era solo coña, que no te voy a atar a la mesa y a romperte la ropa a dentelladas…

Pero Manu no acababa de relajarse. Joan inició una charla intrascendente llena de bromas, de exageraciones, en su mejor estilo conquistador deslumbrante. Y le deslumbraba… vaya que sí… “si hubiera podido sacar mi cena, éste estaría ya conquistado del todo”.

– Está guay la pizza. Me gusta la salsa barbacoa ¿a ti? – dijo Manu.

– Me encanta, pero más me gusta en los besos.

Joan se intentó acercar a Manu para besarlo pero éste se alejó lo suficiente para que no lo consiguiera.

– Me estás haciendo la cobra – le dijo medio en broma Joan.

– No, es que estoy comiendo – era la primera disculpa que se le ocurrió a Manu.

Joan se le quedó mirando un rato mientras Manu hacía que comía sin preocuparse de más. Joan estaba empezando a estar frustrado. Él se había imaginado las cosas de otra forma. Él se imaginaba que iban a tener una reunión íntima con mucho cariño, con muchos roces, besos. Lo necesitaba. Necesitaba eso ya… en poco tiempo Manu había crecido dentro de él. Ese comportamiento que tuvo en el entierro de Fermín, quizás fue el momento en que le convenció de que era la persona que necesitaba.

Era todo lo contrario de Nacho, tanto en edad como en forma de ser. Pero Joan no había sido nunca de un tipo de hombre prefijado. Le conquistaban las personas, las formas de ser. Y el hermano de Ricardo, que hasta hacía poco tiempo le denostaba con miradas de asco y odio en cuanto tenía oportunidad, le había ganado en pocos días, rompiendo radicalmente la dinámica de su relación hasta ese momento.

Quizás fue en ese momento en que le contó sus secretos, en que confió en él para esos temas tan delicados.

– Manu, te quiero, te deseo.

Lo soltó de repente, sin anestesia. No se aguantaba. Necesitaba recorrer su cuerpo con delicadeza, sentirle. Necesitaba ese cariño, necesitaba apoyarse en alguien. No le valían sus amigos, Jaime, Ricardo, los clientes, no… necesitaba ese plus más… ese plus que estaba convencido que Manu le podía dar… y tenía prisa…

Manu casi se atraganta cuando escuchó eso. No era porque no lo esperara… ¿Por qué había aceptado esa cita si no estaba dispuesto a hacerlo, si no estaba preparado? “Es que lo estás deseando más que él”. “Pero tengo miedo” “¿Me doy asco?”

Algo de eso rondaba su cabeza. No lo quería decir en voz alta, siquiera se atrevía a formar esa idea en su cabeza. Él que siempre había apoyado a su hermano homosexual, que era muy moderno, de familia nada cerrada para eso, resulta que no podía simplemente imaginarse haciendo sexo con un hombre.

Quizás había jugado todos esos años a ser un gigoló, a conquistar a toda chica que se pusiera por delante. Quizás esa idea que se había formado de él en la cabeza, se le había arraigado tanto que no podía liberarse de ella. “pero si nunca has llegado a disfrutar de las chicas”. Pero eso no era suficiente. “Ese beso de la calle de esta mañana ha sido bestial” Pero no era suficiente.

– No, no sé… Joan… necesito tiempo…

Manu balbuceaba. Joan le miraba expectante, apenas conteniendo su necesidad, su pasión, su excitación… empezaba a enfadarse… y justo sonó el teléfono:

– Diego, ¿Cómo ha ido?

Joan se levantó del sofá y empezó su conversación con Diego. Caminaba mientras hablaba por todo el salón. Evitaba mirar a Manu que se había recostado en el respaldo del tresillo. Respiraba aliviado y rezaba porque la conversación durara lo suficiente para que la situación cambiara. Buscaba una explicación, una respuesta, una postura. O un camino de huida. Se le pasó por la cabeza decirle que se había equivocado, que no le gustaba, pedirle perdón, y que Joan le odiara por el resto de su vida. Pero… no podía perderlo, es que lo amaba… es que cada vez estaba más convencido que lo amaba desde que Ricardo se lo presentó… desde que no era más que un criajo, la mosca cojonera de su hermano…

Se levantó y cambió la música.

– Nada me pregunta Diego que qué estamos haciendo.

Manu se da la vuelta y mira a Joan, que le miraba con cara de broma.

– Dile que follar sobre la mesa; será seguro lo que quiere oír.

Joan cambió el gesto para seguir con su conversación.

– Na, tranki – le dio la espalda a Manu – ¿Y cómo acabó la cosa?

Y siguieron hablando un rato, mientras Manu se sentaba con poco ánimo en el tresillo. De repente se dio cuenta que todos pensaría que esa noche Joan y él habrían follado, y otra vez le entraron náuseas al imaginarse la escena…

– Me ha colgado el mamón.

– No me hace…

Y el beso

Y Manu balbuceando… “joder, joder es que no lo entiendes… es que no me entiendo… es que esto es difícil… “

Y Joan perdido…

– ¿Quieres callar un rato,Manu?

Joan casi pegado a su cuerpo pensaba a toda prisa algo que le pudiera tranquilizar. Le notaba temblar… ya casi no podía pensar en una noche de amor, como se había imaginado. Lo que intentaba era encontrar la forma de no perderlo.

Pero si Joan sentía ese temblor, para Manu era insoportable, porque se daba cuenta que Joan lo sentía… y le daba vergüenza… y no quería perderlo, porque… pero…

– Me voy, esto ha sido un error, perdóname. Me supera… esto me supera…

Y cogió su anorak y sin dejarle tiempo a reaccionar, salió de la casa de Joan corriendo sin siquiera cerrar la puerta.

Joan no se lo pensó. Ni siquiera se puso un abrigo, ni siquiera se puso unos zapatos, salió como estaba tras él. Bajó las escaleras dando saltos, y cuando llegó a la puerta, tuvo tiempo de ver que Manu había tirado hacia la derecha, y que corría. El hizo lo mismo, le siguió corriendo… pero Manu le sacaba cada vez más distancia.

– Tengo que volver a correr por las mañanas, joder – musitaba Joan mientras intentaba acelerar el paso – Esto de correr detrás de él se está convirtiendo en una jodida costumbre.

Manu giró por una calle a la derecha y Joan aceleró la carrera todo lo que le daban las piernas. Pero tomar el mismo giro que había hecho su amigo, tuvo que refrenar su carrera, porque allí estaba él, agachado, vomitando.

Se acercó despacio, intentando recuperar el resuello. Se agachó a su lado, y le puso la mano en la frente. Tuvo miedo de que Manu lo rechazara, pero no lo hizo. Aunque hubiera querido no tenía fuerzas. Poco a poco fue pegando su cuerpo al de él.

– Tranquilo, todo está bien, Manu, tranqui… cariño… todo está bien…

Manu se abandonó en sus brazos y se echó a llorar. Joan le besaba en el pelo, mientras le recorría el brazo con sus manos.

Poco a poco tiró de él, para que se levantara, y le fue llevando a su casa de vuelta.

– Ya están borrachos, estos jóvenes…

Una pareja de señores mayores les miraban con asco y pena a la vez.

– Métanse en sus asuntos, joder. Mi novio está enfermo ¿No se dan cuenta?

Lo dijo por joder, para que se escandalizaran más.

Pero Manu arreció en su llanto.

– Tienes una mierda de novio – soltó de repente.

– Eso es una puta mentira. Tengo el puto novio que quiero. Y es el puto mejor novio del mundo.

Y Joan le apretó más contra sí.

Y Manu le rodeó la cintura con sus brazos.

Y suspiró.

Y lloró. ¡¡Joder!!

_______

Capítulo 99.

Estoy seguro de ello, Alex. Estoy seguro de que lo nuestro no es posible.

No sé como hacerlo. No sé como pedirte perdón a ti y a otros muchos. Sé que esto te va a hacer daño, pero es lo que hay. No siento nada por ti. Como tú ha habido otros muchos en estos meses de locura.

Eres una persona extraordinaria. Me hubiera gustado haberte conocido hace unos meses. Antes de que conociera a Gervasio.

Te voy a hablar de Gervasio.

Lo amo con toda mi alma. Se me metió dentro, y no he podido sacarlo. Es una historia que se que no tiene futuro. Lo he soñado varias veces. He soñado como corría hacia él y nunca lograba alcanzarlo. Esas carreras, un día ocurrían en las calles de Madrid, o en una playa de Málaga, o en la de Santander. He corrido detrás de él por las calles de Burgos, y por las de Barcelona. Y en ninguna de ellas, logré alcanzarlo.

Te parecerá esto de los sueños una tontería, pero yo creo en ellos. Está de Dios, o el destino, o lo que sea, sabes, está determinado que no estemos juntos, lo sé. Y eso me hace daño.

El otro día discutimos. El quería decirme los pasos que estaba dando para que estuviéramos juntos. No le escuché. Me puse nervioso, y le mandé a tomar por culo. Es así, me duele, es el ultimo recuerdo que tengo de él, desde hace unos días. No quiero ni contarlos. Pero ahora, a diferencia de aquellos primeros días en que desapareció de mi vida sin dar explicaciones, no sufro. No sufro, porque dentro de mí sé que no es posible. Lo siento. Es una tontería, dirás, la vida a veces da muchos giros, pero intuyo que la mía, en todo caso, girará hacia un sitio distinto, hacia mal, hacia el abismo. Porque un abismo es la vida sin él.

Cuando lo conocí, fuimos felices. No conocía nada de él, de su vida. Yo creía que no lo necesitaba. ¡Vive el momento Fermín! Me decía. Y lo viví, y además sabes, es que no lo busqué, ni nada. Fue algo bonito, poco a poco, sin enterarme. Cuando un día me levanté a su lado, me di cuenta que me había enamorado como nunca. Y el día que desapareció, creí morir. De hecho, morí un poco. Y cada vez que sus huidas se repetían, moría un poco mas.

Me enteré de su vida, y eso fue ya el principio del abismo.

Una locura se apoderó de mi. Fui buscando un sustituto. Por internet, por la noche en cualquier garito de Burgos, o de Madrid, o de donde fuera. Buscaba sentirme igual. Sufría, y me daba igual hacer sufrir a los demás. Creía tener ese derecho. “Si yo he sufrido, que se jodan los demás”. Y lo hice. ¡Vaya que si lo hice!

Carlos, Daniel, Borja, Aitor, Miguel, Gerardo, José Luis, Carlos, Joan, Saúl, Martín, Lorién, Jon, Biel, Juan, Jose, Juanjo… esos son algunos de los que recuerdo.

A todos les comí la oreja para llevarlos a la cama. A ti también, Alex. Contigo también lo hice. Y todo era mentira. Buscaba, os utilizaba para mitigar mi dolor, mi vacío dentro.

No es posible lo nuestro. Sé que estoy siendo una vez más cruel contigo. Y no te lo mereces. Eres una persona extraordinaria. Lo sé. Lo siento dentro. Pero no seria justo.

Para mi sería muy fácil engañar a mi conciencia y decir: Si no puedo estar con Gervasio, Alex es un buen sustituto. Pero no seria justo. No seria justo conmigo, pero sobre todo no lo seria contigo. No te mereces ser un segundo plato. No te mereces no tener a alguien a tu lado que te quiera por ti, no como sustituto. Si un día mi sueño cambiara… imagínate que un día, durmiendo juntos, abrazados, después de habernos amado, o follado, lo que prefieras, mi sueño cambia, y lo alcanzo. Alcanzo en esa playa a Gervasio, y nos fundimos en un abrazo y nos comemos a besos con pasión. Al abrir los ojos, y verte a mi lado, entre mis brazos, o yo entre los tuyos, no me quedaría más remedio que salir corriendo, o que echarte de mi cama, y no volverte a ver. Quizás nuestro cariño hubiera crecido, y tú te hubieras enamorado un poco mas de mi, y seria tremendamente doloroso el tener que separarnos.

Todas esas sensaciones no puedo controlarlas. Ahora, sé que no puedo tenerlo. No lo sé, pero lo siento… ya, ya, me repito mucho, pero creo que debo expresarte mis dudas, la situación como va saliendo. No quiero maquillarlo. Es mejor que te haga daño ahora, que no luego.

Te conozco un poco y pensarás que quizás te rechazo por tus años, o porque no tengas una profesión de esas interesantes. Alguna vez lo has insinuado. Pero te juro por lo más sagrado que cuando he estado contigo, eso no me ha preocupado. Eres una de las mejores personas que he encontrado en mi vida. Solo que llegaste tarde, o pronto. Puede que dentro de unos meses esto cambie, y yo pueda echar de mi corazón a Gervasio, y entonces quizás pudiera ser posible lo nuestro. Y ten por seguro que de no estar Gervasio por medio, tú serias esa persona que me interesaría.”

Gervasio dejo los papeles en el suelo. Estaba sentado sobre la alfombra, apoyando al espalda sobre el respaldo del sofá, ese sofá en donde tantas tardes habían estado abrazados, hablando despacio, escuchando música. Ese sofá que había utilizado tantas veces como respaldo, como hoy.

Miraba al techo.

Intentaba controlar la respiración, porque había notado en la última parte de la carta que estaba leyendo que su corazón se desbocaba. La ansiedad le atacaba de nuevo, solo que esta vez no había nadie que pudiera venir a salvarlo.

Respiraba pausado, con inspiraciones largas, “masticaba el aire”, como le había dicho una vez una enfermera.

Sabía de todo el daño que había causado a Fermín. Sabía el devastador resultado de sus huidas. Joan no había escatimado detalles. No lo hizo cuando ocurría, y no lo ha hecho ahora. Pero no había solución. No era que fuera culpable de nada. Eso no. Él no había sabido hacer las cosas, pero… es que era tan difícil andar por la vida, tomar decisiones, arriesgarse… por lo menos para él y más relacionado con su sexualidad. No con eso no, con la vida, con las consecuencias en su entorno. Era tan difícil…

Él sabía que para muchos su forma de comportarse cobarde y retraída, no era merecedora de el más mínimo respeto. Ellos lo tenían claro, y lo afrontaban con decisión ante los demás. Pero él no era así. Cuando quiso rectificar, se había enamorado perdidamente de una persona que se precipitaba por un tobogán camino del abismo más profundo y negro.

Aunque no se sentía culpable de tribunal, se sentía culpable moral. Esa sí… no le mitigaba esa sensación pensar que Fermín podía haber reaccionado de mil formas. Que no era su culpa su forma de proceder. Muchos no eran correspondidos por sus amores, o gays que se enamoraban de hombres heteros, o mujeres que se enamoraban de gays, u hombres que se enamoraban de hombres y se lo negaban toda su vida. Y mil combinaciones más. Y no iban por ahí destrozando a la gente ni dejando cadáveres amorosos por las esquinas. Era como si él ahora, porque sufría, hiciera lo mismo con los demás.

Y tampoco iban muriendo como si lo buscaran…

Pero el comprobar una vez más todo lo que Fermín le había amado, y como cuando parecía que al fin podrían disfrutarlo porque Gervasio había encarrilado su vida, todo se desmoronaba. Esa pequeña montaña que había traspasado, esperando encontrar esa nueva vida, con su amor, con ese al que había encontrado un día, sin pensar, en una reunión de amigos, y que poco a poco se había metido en su corazón, a pesar de que había luchado contra ese sentimiento día y noche, sin descanso, se lo había negado una y mil veces “No es posible” se repetía cada noche, era un polvo de unas noches, como tantos otros…

Parecía que había sonado el timbre. Pero no… no era posible. Nadie sabía que estaba en la casa, y ni Joan ni mucho menos Jaime se acercarían allí. Joan porque quería dejarle solo como le había comentado, y Jaime porque no tenían nada que decirse.

Era una pena que hubiera conocido a Jaime en esas circunstancias. Nunca acabarían por llevarse bien, porque tenían demasiada mierda en el descansillo que compartían. Pero hubiera sido un buen amigo. Parecía buena gente. Perdido, eso sí, pero buena gente.

– ¿Y quién no está perdido?

Lo dijo en voz alta, mirando al rincón en dónde se sentaba Fermín cuando estaban leyendo.

– No sé para que me compré sofás, butacas reclinables si luego acabamos en el puto suelo sentados. Y mira las pobres lámparas…

– Te voy a regalar por Navidades unos flexos de esos para estudiantes, para ponerlos en el suelo.

– Guay. Eso quiere decir que este año te vas a estirar con los regalos.

– Oiga usted, ni que fuera yo tacaño.

– ¡¡Agarraooooooooooo!!

El timbre, esta vez sí, sonó.

A Gervasio se le aflojó la sonrisa tonta que se le había puesto al recordar esa conversación. Y Fermín que hasta que sonó el timbre, estaba sentado en su rincón, mirándole de esa forma, de refilón, levantando la vista del libro que leía, pero sin querer levantarla del todo…

Volvió a sonar el timbre. Y ahora alguien golpeaba la puerta con los nudillos. Primero tímidamente, pero cada vez más decidido.

– Sé que estás, ábreme por favor. Solo quiero hablar contigo.

NO hablaba muy fuerte, pero Gervasio le escuchaba perfectamente. Se levantó despacio, sin saber muy bien que hacer. Su primera intención fue dejarlo correr, pero no quería dar que hablar a los vecinos.

– Por favor, Fermín.

Era una voz grave, un poco rota por el tabaco, quizás por el alcohol. Gervasio al final se dirigió a la puerta, de puntillas, sin hacer ruido. Al llegar a la puerta giró con cuidado la tapa de la mirilla. Pero no vio a nadie. “A lo mejor sería un bromista”

– Te oigo respirar, Fermín, ábreme, por favor.

Gervasio se quedó parado. Su corazón volvía a latir desbocar. Dudó unos instantes más. Volvió a acercarse a la mirilla, y miró por ella. Ahora sí, vio a un hombre que miraba fijamente hacia la puerta. De hecho Gervasio bajó la tapa de un golpe, porque le pareció por un instante que el hombre ese le miraba.

– Solo quiero hablar contigo, Fermín, por favor. Unos minutos y me iré. No…

El hombre se calló al abrirse la puerta. Su cara indudablemente mostraba su estupefacción al encontrarse con una persona que no era Fermín.

– Lo… ya… ya me voy, no es… – y el hombre se lanzó escaleras abajo.

Gervasio no hizo ningún movimiento. No intentó decirle nada, ni explicarle, ni decirle que no volviera a buscar a Fermín, porque había muerto. Ni siquiera se le pasó por la cabeza. Iba a cerrar la puerta, cuando vio que el hombre volvía sobre sus pasos, aunque se quedaba parado en la escalera, sin llegar al descansillo.

– Dile a Fermín que…

– Fermín ha muerto, así que no le diré nada.

Y cerró la puerta.

________

Una buena mañana para correr (Capítulos 1 al 96) Historia completa seguida.

Una buena mañana para correr (II) (capítulo 97 a final)
Historia por capítulos.

(Continúa)

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