La ventana abierta.

Aquel día creí haber cerrado la ventana. Estaba nublado y amenazaba tormenta. No me gustan las borrascas sobre todo si me encuentro en medio de ellas. La lluvia te empapa hasta el tuétano y los rayos te atraviesan arrasando tus entrañas. Los truenos te dejan sordo hasta para hablar contigo mismo con un mínimo de cordura.

Me quedé traspuesto leyendo alguna de las novelas de vida que tengo pendientes de acabar. Roto por dentro y por fuera, viviendo las vicisitudes de sus protagonistas. En ese mundo entre la ficción y la ensoñación me creí la estrella de la misma. Era tan real el sueño que estaba angustiado por las agonías del héroe, un hombre enamorado que no podía asumir el amor que le había tocado el corazón.

Una luz cegadora, sin duda por la caída de un rayo no lejos de mi hogar, seguido de un estruendo ensordecedor, me despertó. Entonces lo vi, sentado en el dintel de mi ventana, sonriéndome como nadie lo había hecho hasta entonces. Creí percibir sus labios pintados, carnosos, su melena rubia cayendo por sus hombros. Pensé que era la criatura más embriagadora que había conocido jamás. Alargué el brazo para rozar su piel, pero no la alcanzaba. Parecía que la distancia que nos separaba era algo insondable. Por mucho que me acercaba, esa criatura parecía guardar las distancias. Siempre con la ventana en medio. ¡Puta ventana!

Una diosa, pensé. Una diosa rodeada de una nebulosa iridiscente, inalcanzable para los simples mortales como yo.

Cerré los ojos pensando que al abrirlos, ese ser sin duda proveniente del Olimpo, desaparecería dejándome un vacío indecible.

Los abrí de nuevo y, como esperaba, dicho ser se había desvanecido.

Volví a cerrarlos y a abrirlos. Para mi sorpresa ahí estaba de nuevo.

Y esta vez me habló.

Cerré y abrí los ojos tantas veces como fue posible a lo largo de un tiempo que a mi me pareció una eternidad. Cada una de las veces hablábamos. Me tenía hechizado con la cadencia de su voz, con la fluidez de sus palabras, con su buen humor.

Caí rendido, enamorado. Prendado de una diosa.

Estaba tan seducido que el entendimiento se me nubló. Vivía para ella, por ella. No la veía con los ojos, solo la disfrutaba con el alma. Era lo que flechaba mi corazón.

Un día ocurrió lo inopinado: la tuve frente a mí, sin ventanas de por medio, sin neblinas ni nebulosas, sin halos que pudieran distorsionar su imagen. En carne mortal.

Quedé desconcertado, hundido más bien. Sus labios no estaban pintados, su melena era más corta de la que me había figurado por su reflejo. Su sonrisa seguía siendo maravillosa. Pero no era una Diosa, era un Dios. ¡Un Dios!

Mis entrañas se abrieron en canal. Cerré los ojos y mis manos querían arrancar la piel de mi rostro. La congoja invadió mi espíritu.

No podía ser. ¡Un hombre!

La tormenta estaba al acecho. Los rayos caían a mi alrededor afinando la puntaría para atravesarme y destruirme por dentro y por fuera.

Él me hablaba, Dios me hablaba. Sí, Dios, mi Dios, porque sin duda, aunque yo luchaba contra mis sentimientos, por inadecuados y perturbadores, sentía en algún lugar dentro de mí que era mi Dios, igual que durante un tiempo, a través de la ventana, pensé que era mi Diosa. Luché incansable durante otra eternidad contra él,contra mí, contra la tormenta y sus elementos.

Pero perdí.

Y mi derrota a la vez, fue mi triunfo.

Sin poder evitarlo, el rechazo, los cantos escuchados durante tanto tiempo advirtiéndome del pecado y de la perversión de la situación, fueron derrumbados por las trovas del amor, la comprensión y la tolerancia. El amor prevaleció sobre el odio.

La lucha fue encarnizada. No fue sencillo.

El día que conseguí romper las ligaduras de la aversión a la vida y al amor, adheridas a mi conciencia y abracé a mi Dios, alcancé el éxtasis, solo con el roce de su piel. Me maldije por haber perdido todos los días precedentes de mi vida. Maldije mis luchas internas contra mí mismo. Por un instante me imaginé que las voces que preconizaban el odio hubieran prevalecido en mí intelecto. Casi perezco de la ansiedad y la tristeza. Perderme la belleza del amor, derrotarme a mí mismo, hubiera sido como enterrarme en vida.

En cambio ahora, camino por la vereda de la vida de la mano de mi Dios, con orgullo, con pasión, lleno de vida. Ahora todo lo que veo, es de color. Lo que escucho, me suena a música celestial. Mi tacto se ha acostumbrado al terciopelo y a la seda. Y el gusto se ha enganchado al sabor de su boca, de sus ojos, de su piel.

Erradiqué las tormentas de mi vida. Los miedos. La tristeza, la soledad profunda. La vergüenza y el temor. Los abrazos, los besos, las caricias, las sonrisas tomaron su lugar. Y lo más importante: me encontré a mí mismo, que sin ser consciente de ello, había estado perdido en un bosque oscuro, lleno de alimañas y brujas malignas.

Con dos Orgullos.

Estaba ahí en la jamba de la puerta del salón. Con los ojos cerrados.

La mochila a su lado. La de las acampadas. Repleta.

Su padre frente a él. Lo miraba con los puños cerrados. Tenso. Gesto crispado. Iracundo. Levantó la mano para darle un guantazo. Empezó a bajar el brazo con fuerza, pero se detuvo. Sentía como su hijo esperaba el golpe. Cuando era pequeño y le regañaba, hacía lo mismo: cerraba los ojos y esperaba la torta. La mayor parte de las veces, José se arrepentía y solo le abroncaba.

José tenía el carácter fuerte. Sus convicciones eran profundas. Creía que debía inculcar a sus hijos sus valores firmemente asentados. Inflexible. “Esto es bueno, aquello malo”. “Debes ser así, porque sé lo que es mejor para ti”. “Soy tu padre”. “No sabes nada”. “Las cosas son así. Punto”. Una torta a tiempo, ayudaba. O dos.

Ahora la furia le embargaba. Volvió a levantar la mano. Ahora le dolería; más adelante, se lo agradecía. ¿Gay? En la puta vida. Un hijo homosexual no era una opción.

Nunca.

Sintió el sabor de su propia sangre. De la cólera que sentía se había mordido el labio. Sangraba. Su pequeño seguía ahí, en la puerta. Con los ojos cerrados. Ahora se encogía un poco de hombros, como si supiera que era inminente el golpetazo de su padre.

José cerró los ojos. Como su hijo: el pequeño. Su mujer se lo advirtió: “ten paciencia con él, José, es distinto”. Distinto. Su mujer no se atrevió a decírselo. Ella lo sabía, como sabía todo. “Son tus hijos, cuídalos a todos”. Él pensaba que ella estaría siempre a su lado para guiarle, pero… se fue. Demasiado pronto. Y le dejó solo con ellos. Tres hijos. Tres misterios insondables, cada uno a su manera. Mario, el mayor, cuadriculado. Estudioso pero no brillante. Duro. Hugo, el mediano, deportista. Futbolista. Acaba de firmar por un equipo de 2ª B. Independiente. Se ha ido y él sabe que nunca volverá. Con él, a principio ejerció de padre de futbolista. Creía que era lo que se esperaba. Ahora está seguro que eso no era lo que su hijo quería. Es tarde para rectificar. Lo perdió.

Saúl. El pequeño. Estudioso y brillante. Distinto. Deportista. Amante de la naturaleza. Gay.

Volvió a levantar el puño.

Fue distinto desde que salió del vientre de su madre. El único parto al que asistió. Lloró lo indecible. Era pequeño, apenas tres kilos. Arrugado. Recuerda como la enfermera se lo puso en los brazos. Él empezó a susurrarle al oído, incómodo. Tonterías sin sentido. Le acarició el mentón y al poco, dejó de berrear. Y se durmió. La enfermera le sonrió. “Tienes mano con los niños”, le dijo dándole una palmada. Él miró a su mujer y esta sonrió también, aunque un poco socarronamente. Parecía decir “si ella supiera la mano que tienes con los niños…”

“Esos maricas de mierda”, su frase favorita cuando veía en la televisión las charangas del Orgullo, como él las llamaba. “¡Qué asco!”. Todos callaban frente al televisor. “Si alguno de vosotros es marica, lo mato”, les decía con la cerveza en la mano.

Dejó la cerveza cuando su mujer se fue.

Saúl seguía frente a él, encogido, expectante.

En el funeral, Saúl fue el único que no lloró. Frente al nicho, como ahora, cerró los ojos. Durante un momento, parecía que estaba hablando con su madre. Sus hermanos, le abrazaron y lloraron cada uno en un hombro. Los fuertes, los hombres, lloraban en el hombro del delicado. Del marica. Los mayores se apoyaban en el pequeño.

José se relajó. Abrió las manos y bajó los brazos. Se le hundieron los hombros. Miró a su hijo. Era guapo, había salido a su madre en casi todo. Los ojos eran de él. Y el mentón. Había cogido lo mejor de cada uno.

No pudo evitarlo: ahora era él el que lloraba. En silencio.

Dio un paso para acercarse más a su hijo. Saúl hizo una mueca al sentir el movimiento de su padre. Éste alargó la mano para acariciarle la cara, pero no se decidió. No era de dar esas muestras de cariño a los chicos. Saúl ya tenía 18 años. El día anterior había sido su cumpleaños. No lo habían celebrado. Le parecía bobadas. Antes se encargaba su mujer. Cosas de mujeres.

Aún conociendo a su padre, se lo había dicho. Aún sabiendo lo que pasaría. Eso le rompía el alma. Cuantas cosas se había perdido de sus hijos por ese temor que tendrían a contárselo. Pero ahí tenía al pequeño, al marica, afrontando el tema. Con dos orgullos.

Dio otro paso hacia él. Estaban casi pegados. Abrió los brazos y lo rodeó. Él estaba tenso, no sabía como abrazar. Su hijo estaba tenso, no sabía como abrazar a su padre. Le hubiera gustado besarle en la cabeza, como hacía de pequeño, pero era más alto que él. Así que le dio un torpe ósculo en la mejilla. Y sin poder evitarlo, volvió a llorar.

– ¿Te vas de acampada? – le preguntó señalando la mochila.

El chico se encogió de hombros.

– ¿Nos vamos a cenar fuera por tu cumpleaños?

Saúl miró a su padre con los ojos muy abiertos. Asintió con la cabeza.

José cogió la chaqueta y las llaves de casa. Saúl estaba parado, sin saber que hacer. De todo lo que había imaginado para ese momento, era la única situación que no había considerado. Su padre volvió a abrazarlo.

– Eres un orgullo para mí, Saúl. A pesar de lo bocazas que soy, de lo burro, me has contado lo peor que hubiera querido escuchar de uno de mis hijos. Perdóname. Espero corregirme. Ten paciencia. Aprenderé.

Se miraron, incómodos. José carraspeó. Debía decir algo que le rondaba la cabeza, aunque le pasaba igual que con los abrazos: no sabía como hacerlo.

– Te… joder, te quiero, hijo. Y quería que lo supieras. Y lo haré siempre. Te… quiero.

No place like home, un corto.

Hoy, un montón de cadenas de pago se unen para emitir a la vez este corto: “No place like home”. Me ha parecido buena idea incluirlo aquí también, para que lo veamos todos juntos.

Cuenta la historia de un chico de Europa del este, al que su familia le pone las cosas muy difíciles por ser como es, por ser homosexual.

Espero os guste.

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Me levanté del barro.

Me levanté del barro. Manchado y machacado.

Subí la montaña y oteé el horizonte de la vida. Rezumaba temor y precaución.

En el barro, opresión, aprehensión, tristeza y muerte en vida.

En la cumbre, amor, alegría, ser. Vivir. Vi-vir. Gotitas de incertidumbre.

Orgullo de ser. De vivir. Vi-vir.

En el barro me desgarraba todos los días las entrañas. Quería, no podía. Sentía aunque no sentía. Sentía desamor, no sentía amor. Amor por mí.

Subiendo la montaña, tropecé. Algunas veces. Muchas. Unas veces me levantaba deprisa, dispuesto a seguir el camino. Otras veces, requería un descanso. Echado en el verde, mirando el cielo, respirando despacio. Cogiendo fuerza.

Algunos días veía la cumbre cerca. Al día siguiente, la notaba más alejada. Al poco, volvía a acercarme. Otro paso atrás. Dos adelante. El barro, abajo, esperando mi caída. Esperando para abrazarme y ensuciarme de nuevo en la tristeza y el desamor hacia mí.

Porque todo se resume en quererte o no quererte. En construir el orgullo propio, o destruirlo.

Alguna vez estuve a punto de rodar ladera abajo. Logré parar la caída, unas veces, otras me ayudaron.

Hay gente buena también.

Y luego, en la cumbre, respiré aliviado. “Aquí estoy, dije”. El cielo parece más azul, las hojas de los árboles parecen mecerse al ritmo de la música de mi vida. La luz es especial. Vendrán sucesos tristes, tropiezos, coyunturas desfavorables. Lo sé. Pero me tengo a mí. Así lo superaré. Conmigo de la mano. Con mi gente, sí, algunos de antes y los nuevos. Pero si estoy de mi lado… venceré.

Respiro profundo. Sonrío. Me miro en el reflejo del aire y me veo bien.

Incluso creo que un día, me enamoraré de alguien. Alguien con orgullo. Y seremos dos orgullosos de querernos, de sentirnos, de amarnos.