Diario de un hombre sin nada que contar. 33ª entrada.

 

Voy retrasado. Ahora no tengo tanto tiempo.

Todo salió bien.

Fue una noche agradable. Nochebuena. La más agradable desde que era niño.

Oriol se reía a gusto. Ya estaba con nosotros. Su cabeza también.

Dijo de irse por ahí, le dije que mejor no. A cambio, vinieron algunos de sus amigos a casa. A algunos ya les conocía. Es curioso, no conocí a casi ningún amigo de mis hijos.

Los amigos de Pol vinieron a la cena. Vane y Justin. Resulta que sus padres son clientes del banco.

Y una amiga de Eduardo que estaba sola.

No sobró comida, fuimos un regimiento.

Faltó algo de bebida.

Faltaron dulces navideños. No se me ocurrió.

Eduardo se fue a su casa. Le dije de quedarse, pero me dijo que no. A lo mejor se ha asustado, pensé.

Los chicos durmieron bien.

Yo no, por eso sé que ellos lo hicieron. Fui a verlos varias veces. Estaban relajados.

Me levanté a las 6 a poner una lavadora, cansado de dar vueltas en la cama. Mi ropa, la de los chicos. Y una camiseta que se había dejado Eduardo, no sé muy bien en qué momento.

De paso, limpié la casa.

Colgué la ropa.

A las 9, estaba agotado. Apenas había dormitado un par de horas. Me senté y me quedé traspuesto.

A las 10, llegó Eduardo con churros y chocolate.

¡A desayunar!, gritó desde la puerta, dándome un beso.

Los chicos se desperezaron yendo a la cocina.

¡Churros!, dijo sonriendo Oriol.

Elvira no les dejaba comerlos, alguna manía suya. Yo a veces, les invitaba a escondidas. Me gustan los churros.

A comer nos fuimos de restaurante.

Lo pasamos bien.

Luego, Eduardo dijo de ir al cine. Los chicos dijeron que sí. Yo fui a echarme a casa.

Volvió Eduardo. Oriol y Pol se quedaron con unos amigos. Cada uno los suyos.

Volverán pronto, me dijo Eduardo sin que le preguntara.

Se sentó sobre mí y me besó.

Me dieron ganas de decirle que se viniera a casa a pasar unos días. No me he atrevido.

Le fui a proponer quedarse esa noche, para pasar un rato. Tenía preparadas las respuestas por si decía que los chicos se dieran cuenta, o tal. “¿Y sí…?”, hubiera preguntado. “Lo saben. No son tontos”, cantestaba yo sin dejar acabar.

En cambio preguntó primero.

¿Y esto va a ser para siempre?

El tono. Fue el tono. Debí darme cuenta.

No contesté. No tenía respuesta. Se fue a preparar la cena.

La cena en media hora, les dije a los chicos por wasap. Me dieron el Ok.

Teresa llamó.

Teresa me dijo que hablara mucho con todos. Con todos y de todo. No se me da bien, le dije.

Ya echo de menos la soledad.

No sé si me gusta que de repente, tenga medio pareja, y medio dos hijos nuevos.

Didac me llamó. Dijo que se sentía orgulloso de mí. Una cena de parejas, eso es lo que tenemos que hacer, propuso.

Me había imaginado que Eduardo volvía con una pequeña maleta. Me imaginé también que no me había dado cuenta cuando se había ido a por ella. Pero solo se asomó a la habitación para avisar de la cena. Los chicos ya estaban.

Tenía ganas de jugar con Eduardo.

Eduardo no.

Al final, todo se ha complicado. Mi vida era aburrida. Ya la echo de menos. Ya no hablo ni de mi Madrid. Campeones del Mundo. No lo he disfrutado. Ahora, la cagamos en Copa. Y lo del Sevilla.  Suspiro de alivio con el Málaga. Pandilla de chulos.

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Néstor G

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Diario de un hombre sin nada que contar. 32ª entrada.

¿Ves? López es listo. Sus hijos están en tu casa, como quería.

Miré a Eduardo. Noté un gesto como de enfado.

Asentí con la cabeza mientras miraba que la pularda en el horno estuviera a punto. No, necesitaba veinte minutos más. La saqué, la rocié con el jugo. Le eché un poco más de vino blanco.

Los chicos, en su habitación, deshaciendo las maletas.

Fui a verlos.

Pol colocaba las cosas de los dos. Oriol, ido. No reaccionaba.

Vamos, ayúdame, le dije en tono suave. Como sugiriendo, como si se lo pidiera. Le costó, pero al final se levantó. Me cogió la mano que le había tendido. Se la apreté.

¿Queréis puré de patata? Del de Maggi, que es el que os gusta.

Sabes que nos gusta el puré de patata Maggi, dijo con los ojos muy abiertos Pol, saliendo al pasillo, como si le hubieran tocado los seis aciertos de la primitiva.

He comido muchas veces con vosotros en casa, me defendí.

Papá no lo sabe, dijo Oriol.

Y es el que me gusta a mí, insistí.

Por eso me quedé con el tema, apostillé. Me seguían mirando con la boca abierta.

Se miraron. Cada uno en un lado del pasillo. Hubiera jurado que hablaban. Y que se relajaban. Por un lado me gustó. Por otro, no, porque sabía lo que me iba a tocar. No sé si estoy preparado.

Llamó Tere.

Les he traído a casa, le expliqué.

Lo harás bien, me dijo. No te comas la cabeza. Son buenos chicos.

No estoy seguro. De mí, no de que no sean buenos chicos, aclaré.

Lo harás, lo sé. Te conozco mejor que nadie.

Fui a replicar, pero me sentí cansado de repente.

Habla con Oriol, está hundido, murmuré para que no me oyeran. Tienes mano, la animé.

Vale.

Y mira de llamar a su madre.

Saludad a la tía Tere, grité, y le tendí el teléfono a Oriol.

Sabía que ella lo animaría. Era buena. Mi ex es una de las personas más maravillosas del mundo. Nos hemos separado hace unos años. No puedo amarla de la forma que ella necesita, pero la quiero. Y una de las pocas cosas seguras que tengo en la vida, es que ella me quiere, que me querrá siempre. Que si la llamo porque estoy mal, cogerá el primer avión y estará a mi lado, dejando lo que sea. No quería escribir de esto. No he escrito cosas sobre ella. Conversaciones con ella. Estoy con la guardia baja. Será por la Navidad. Jodido tatojimmy, jodido Didac que me convenció para escribir en su blog. Jodido Eduardo que ha resquebrajado mi coraza, aunque sea una rendija.

Pol vino y se sentó, mirando a su hermano hablando con la tía Tere. Seguía tenso, estudiando la cara de Oriol. Ésta iba recuperando su tono normal, la vida, sus ojos empezaban a brillar. Me acerqué por detrás de Pol y lo abracé.

Relájate, ya me preocupo yo.

Se encogió de hombros. No se daba por vencido.

Os vais a quedar aquí, le dije. Entre todos, haremos las cosas.

No es tu trabajo, tío. Los que…

 

Tienes personas que te quieren. Oriol, yo. La tía Tere. Tienes amigos. Con eso lo tenemos todo ganado. Tus padres te quieren también. Lo sabes. Pero tienen sus problemas. Deben solucionarlos. La vida no ha sido fácil para ellos. El pasado a veces viene a cobrar sus deudas.

Tú los has arreglado, no sé por qué papá no lo ha hecho igual.

No, no las he pagado del todo, mis deudas con el pasado, no. Están en mi cabeza.

Necesito vuestra ayuda, gritó Eduardo desde la cocina.

Oriol seguía con Teresa. Ya sonreía. Pol y yo nos fuimos a la cocina. Eduardo casi quema la pularda. Casi quema el puré de patatas. Casi se corta un dedo al abrir una lata de espárragos.

¿No eras cocinillas?, me burlé de él.

Todos tenemos un mal día, se defendió.

Pol y yo nos pusimos a la tarea de arreglar la cena. Eduardo se apoyó en el quicio de la puerta, mirándonos y sonriendo. El bobo de él lo había hecho a posta.

Me acabo de acordar que tengo que irme, dijo quitándose el delantal. Unos amigos han venido de sorpresa de fuera y…

Buen intento, le amenacé con el dedo. Si sales por la puerta de la calle, no volverás a pisar esta casa. Y puedes ir pidiendo traslado de oficina en el trabajo.

Bien dicho, tío Néstor. Eduardo miente muy mal.

Oriol le pasó el teléfono a su hermano. Se le notaba mejor.

Ayúdame con los entremeses.

Pol reía con Teresa.

Eduardo colocaba la mesa.

Oriol y yo, con los canapés y un revuelto.

¿Te importa que vengan mis colegas Vane y Justin? Sus viejos trabajan, pidió Pol.

Abre otra lata de espárragos, dije como toda respuesta.

Guay.

¿Quién baja al súper a por más pan?

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Néstor G

Diario de un hombre sin nada que contar. 31ª entrada.

Quien me iba a decir. Otra historia de Navidad. Tatojimmy estará contento.

No me gusta la Navidad.

Aquella que conté, fue la última. Después, solo en la Residencia, primero. Solo en casa, después. Con la familia, con mi mujer y mis hijos, porque era lo que debía hacer, más tarde.

Ni alegría. Ni tradiciones familiares. Navidades anodinas, eso es lo que creamos.

Mi ex mujer lo intuía. No forzó. Compensó a los chicos de otra forma. Ella sabe hacerlo.

Este año, igual que los demás. Solo en casa. Una cerveza. Un libro. Música. Nada que me pueda recordar que es Navidad. Solo algún recuerdo de aquella vez, con López, en el granero de Hernando. Aquel sexo desesperado, apasionado. Sin esperanza.

Un año más.

Eduardo me propuso pasarla juntos. Dije no. Se quedó triste. Pero no.

Eran las siete. Me senté en mi sillón. Antes, bajé las persianas, cerré la puerta con llave.

Me llamó el tío Juan. Hablamos. La única concesión a la familia. Cuando colgamos, dejé el móvil sin sonido.

Empecé con el libro. “Un perro”, de Alejandro Palomas.

Al poco, llamaron a la puerta. Pensé en no abrir. Insistían. Iban a quemar el timbre.

Me levanté un poco enfadado. Busqué las llaves mientras gritaba que ya iba, por si dejaban de llamar. Pero insistían, sordos a mis requerimientos. Me enfadé más.

Abrí.

Era Eduardo.

No podía ser otro. Me lo debía haber imaginado. Iba a decirle cuatro frescas. No pude. Me entró la risa. Se había pintado un bigote, iba con gafas de pega, un gorro de Papá Navidad, un gesto de niño bueno.

Él se me quedó mirando, la boca un poco abierta. Ojos sorprendidos que mudaban poco a poco hacia la burla. Entonces me di cuenta que había ido a abrir la puerta en calzoncillos. Encima, estaban gastados, rotos. Debería haberlos tirado hacía semanas, pero me daba pereza.

Son de estar en casa, dije como disculpa. Que vergüenza.

Se rió.

Me reí. No puedo con él.

No le dije que pasara, pero pasó. Cerró la puerta y me agarró de la mano para girarme y enfrentar nuestras caras. Me besó. Jodido Eduardo.

Me revelé.

No me gusta la Navidad. Mañana. Vete.

Y le conté lo de aquella Navidad. Le conté resumido mi vida. Mis frustraciones. Mi desgana. Como ya lo había escrito para tatojimmy, no me costó tanto. Era la primera vez que se lo contaba a alguien. Salvo Teresa.

Me escuchó. En silencio. Eduardo me escuchó. Me escuchó.

Me escuchó.

Me besó. De nuevo. Un beso de cariño. Dos. Tres. Cuatro. Ciento.

Vamos, me dijo.

Abrió la puerta y cogió unas bolsas que había dejado en el descansillo.

La cena, dijo.

Para un regimiento, pensé.

Empezó a parlotear. Habla y habla. Del tiempo, de Cristina, una compañera de trabajo, de Ramón, otro compañero. De la tele, de las tiendas, del súper, de las compras por Navidad, del tiempo, de aquella vez que nevó tanto, de lo que hacía que no nevaba. Yo callado. Mirando.

De su madre, aunque poco, porque se puso triste. Su padre sigue perdido.

¿Dónde hay una cazuela?, preguntó.

Al final me puse con él a lo de la cena. Con el horno en marcha, nos fuimos al salón.

¿No te piensas vestir?, preguntó.

¿Debo?

¿Me desnudo entonces? Para estar iguales.

No. Si se desnuda, tenía la batalla completamente perdida.

Vale.

Una copa de champán. La música seguía sonando. El libro en la mesita. Apagué la lámpara de leer. Empezamos a hablar.

Te están llamando.

Le iba a decir que no quería hablar con nadie. No me atreví.

Lo cogí. “Tere” en la pantalla, y una foto de mi ex mujer.

Me asusté. Ella sabe que no me gusta la Navidad. Llama siempre otro día. Pensé en que algo había pasado. Algo grave.

¡Si!, ¿Qué ha pasado?, contesté apremiado.

Por fin, exclamó ella aliviada.

Tenemos una emergencia, me soltó a las bravas. Los chicos de López. Te han estado buscando. Llámales rápido. Están desesperados. Es mejor que te cuenten ellos.

¡Papá se ha largado, el hijo de puta!

Era Pol. Estaba alterado. Muy alterado. No dijo ni hola. Vio mi nombre en la pantalla y saltó.

Voy, contesté. Cinco minutos, le dije para acallar sus protestas.

López es imbécil, pensé.

López es listo, dijo Eduardo, que lo había escuchado.

¿Listo?

No contestó.

Vamos, apremié.

Cogí las llaves. Abrí la puerta.

¿Y si te vistes?

Me miré despistado. Seguía en calzoncillos.

Mejor, dije como si nada. Me hubiera reído, pero no era el momento.

Mientras íbamos, miré el móvil. Decenas de mensajes y de llamadas. Casi todas de Oriol y Pol. Y de Tere.

Llegamos.

Pol estaba inquieto. Enfadado. Muy enfadado. No paraba. Insultaba a su padre sin descanso. Insultos que yo no conocía. Insultaba a su madre. Insultaba a todo el mundo.

Joder, no nos quieren, dijo Pol mirándome suplicante, con los ojos llorosos.

Oriol estaba sentado. Ido. ¿Fumado? No olía a hierba en la casa.

No hay nada en la nevera, dijo Eduardo. Está todo patas arriba. Hace cuatro días que estuvimos.

Llamé a López. Apagado.

Rellamé, rellame, rellamé. Apagado.

Coged vuestras cosas, dije rotundo.

No lo pensé. Solo lo dije. Miento. Sí lo pensé. Muy rápido. Pero pensé. Muchas cosas. Eduardo, los chicos. Mis hijos. No quería repetir experiencia. Fracasé una vez.

Eduardo me empujó hacia los chicos, mientras hacían las maletas. Me hizo un gesto con la cabeza. Entendí lo que quería. Pero no me salía. Insistió. Claudiqué.

Venid.

Les agarré a los dos por la cintura. Y los abracé. Me abrazaron.

No soy bueno en esto. Fracasé, les confesé.

No dijeron nada, me abrazaron más fuerte. Suspiré.

Eduardo nos miraba.

Vamos. Tenemos la cena en el horno.

Nos fuimos.

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Néstor G

Vida o muerte de un personaje de un poeta maldito.

Otro cigarrillo. Y otro. Tirado en el suelo, en el salón de casa, frente a una chimenea existente solo en mi imaginario. Montañas de libros empezados y nunca acabados me rodean. Me amenazan con perder la verticalidad y caer sobre mí, como rocas ardientes escupidas por el volcán de la desesperanza. Como los días de mi vida inconclusos en su aspecto emocional o vital, días perdidos, días enterrados.

¿Nacemos con un propósito? Nacemos con un propósito, sí, lo creo. Un destino universal, divino, para cumplir algún objetivo, quizás espurio, quizás solidario, quizás de mecenazgo. Psico-social, puede ser, aunque se trate de hacer que con nuestra propia humildad demos alas a los dioses nacidos para pisar a la plebe y darnos lecciones magistrales a cada segundo. Qué sería de los dotados, de los intelectuales, de los ricos, si no hubiera pobres, limitados de entendederas, humildes, para comparar y que el interfecto subido a un pedestal, pueda tener un orgasmo de placer al comprobar lo bueno que es, lo divino de su misión en la tierra. Una misión en la vida. Para amar, o ser amados, para odiar, para joder al prójimo. O para ayudar a la gente. O para animar al Real Madrid o al Barcelona. O al Miravalles Club de Fútbol.

¡¡Dios!! Voto a bríos para que mi misión sea amar sin descanso, rozar con mis dedos esa piel tersa y suave, para besarla, para elevarme a la estratosfera del placer. Elevarnos, mejor elevarnos que elevarme, si no, no sería amor, sería… otra cosa.

Siempre creí que tenía ante mí una vida llena de alicientes, de grandes cosas que hacer. Un destino, un destino, un destino, que la vida me llevaría por el camino que debía seguir para llegar a él. Que todo lo que pasaba lo hacía por algo, para preparar el siguiente paso. Sería alguien querido, amado y admirado por todos. Sería famoso, o no, vete tú a saber, pero lleno de alegría.

Amado, si, un hombre amado y amante.

Pero…

Pero no… no, no ha sido posible.

No… no sé dónde se torció el destino, dónde lo perdí. Perdí la senda marcada. Dónde la brújula se volvió loca y se negó a mostrarme dónde estaba y cual era mi destino. Quizás era de noche, o me despisté en una tormenta. Jodida tormenta. La lluvia y los vientos chocaban contra mí impidiéndome avanzar. Caí, y aunque creí levantarme, a lo mejor fue un sueño y estoy desde entonces en ese abismo insondable, después de la tormenta, tú sabes.

 Quizás solo nací para ser el felpudo en donde los dioses del destino dejaban el polvo y la mierda de perro que pisaron en la vereda. Quizás ese era mi destino y me confundí al mirar las estrellas, aquella noche en la que soñé con grandes consecuciones vitales.

Hoy llueve. Lo veo desde la ventana. Hoy hace viento, parece que hace frío. Y es verano. Parece que es de noche, pero apenas son las cinco de la tarde. No recuerdo si he comido. Y si no fuera por el cenicero que tengo al lado, repleto de colillas, tampoco recordaría haber fumado. Todo está gris, como el día. ¿Para qué he nacido? Es ridículo nacer para nada, para mirar por la ventana sin ver, o para ver la lluvia sin mojarte, o sentir el viento a través del cristal. Mejor muerto, ¿no? Muerto en vida, quizás, muerto al fin y al cabo. Vida o muerte. ¿Qué lo diferencia? ¿Qué los separa? Muchas vidas son igual que la muerte. La mía. ¿La tuya?

Preguntas, preguntas… ¡¡Quiero respuestas!!

Quisiera levantar los hombros, levantar uno de esos libros que me rodean. Libros que tampoco han llegado a cumplir su finalidad. Libros para ser leídos que permanecen a mi vera, sin recibir la atención que merecen. Pero no tengo fuerzas. Vidas ajenas, personajes con vida, aunque nunca han podido respirar, no mojarse de verdad con esa lluvia de esa tarde de verano. De esa, o de esta. Tarde de verano, llena de viento, de lluvia, de tristeza.

Vida o muerte.

Muerte.

Busco un cigarro. Pero no me quedan. Podría salir a comprar, pero tendría que vestirme. Hoy no me he vestido. No recuerdo la última vez que lo hice ¿Para qué? No espero a nadie. Durante un momento he pensado que me podían ver desde la calle, o el vecino de enfrente. Desnudo. Sucio. Desastrado. Se reiría sin duda de este adefesio desaliñado, con barba de un mes y aspecto de haber salido de ultratumba. Antes de vestirme debería ducharme y quitarme este olor a sudor y a desesperanza que expido por mis poros. No recuerdo la última vez que pasé las manos por mi cuerpo. Es una suciedad y un olor profundo, interno, no solo pegado a mi piel sino a mi alma.

¡Alma! ¿Qué es eso? ¿El espíritu? Recuerdo que alguien me dijo que es lo que nos diferencia de los animales. Ellos son felices. Nacen, comen, se reproducen, y ya está. Yo ni siquiera he hecho eso. Mejor. No quisiera que nadie llevara mis genes de fracaso.

Mejor haber nacido perro.

Se me ha ocurrido de repente que a lo mejor, soy un personaje de ficción. Uno de esos personajes malditos, nacidos de la pluma de uno de esos poetas malditos y tuberculosos. Una vida de mentira, solo plasmada a través de los rasgos de una pluma sobre un papel trufado de manchas de alcohol y de semen. Ya se sabe la vida de los poetas tuberculosos y malditos, llenos de amantes atraídos por el aura de eternidad que desprenden, y con una botella de whisky malo pegado a sus labios.

¡Maldito poeta que me has dejado a merced de los vaivenes del pensamiento! ¡Maldito por siempre!

¡Joder! ¡Qué mal huele! Huelo, que todo viene de mí. Mi poeta maldito no me ha concedido ni un mal orgasmo en los últimos tiempos. Mi semen no trufará el papel en el que el poeta tuberculoso ha pergeñado mi personaje. Malditos sean el tuberculoso, el poeta, el semen y la puta vida de mierda que ha elegido para mí. Y para ti.

Debo levantarme un momento. Debo ir al servicio y sentarme en la taza del váter a orinar bilis de olvido y desesperación. ¿Dónde estáis, personajes que debíais amarme y cuidarme? ¿Dónde estáis malditos? ¿Dónde estás poeta de mierda que te has olvidado de una de tus creaciones, dejándome a merced de mis pensamientos apocalípticos y filosóficos?

Malditos todos. Vivir o morir, en mi caso, son dos conceptos unívocamente iguales.

Nací de su mente enferma y moriré sin merecer un último orgasmo de mi creador. Moriré solo, sin conocer amor verdadero que es el último de los amores.

Malditos todos. Maldita vida, maldita muerte.

No se despidió al irse.

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Matías no le dijo adiós cuando se iba. Matías es su hermano.

Gonzalo estaba enfermo. No era una enfermedad muy grave, tan siquiera era una enfermedad propiamente dicha. Estaba triste, muy triste. Su padre se había ido hacía unos días de casa, “de viaje”, dijo su madre en un tono que no admitía réplica. Ella era así, contundente, poca amiga de que la gente repreguntara, y menos sus hijos.

– El trabajo – apostilló.

Tampoco le dijo adiós.

Gonzalo, cuando volvía del colegio, lo esperaba frente a la puerta, jugando con el camión de bomberos, corriendo en busca del fuego, con las sirenas a todo meter. No necesitaba mucho para entretenerse. Tenía mucha imaginación y se creaba sus personajes y los movía a su antojo: el bombero jefe, su novia, el novato, el héroe, el vago… se inventaba sus conversaciones y sus peleas, iba a apagar fuegos o a salvar a gatitos en los árboles, los pobres, que se habían subido pero que luego le entraba el canguelo y no podían bajar.

Canguelo. Le gustaba esa palabra. Le había costado aprenderla y no te digo, decirla correctamente. La utilizaba su hermano, que se la debía haber oído a su novio o a alguien así. Su novio era mayor que él, unos años, bastantes años, y era uno de esos culturetas que leía “la hostia de mucho”, según las declaraciones del propio Matías, que lo decía orgulloso y haciéndose él un poco más tonto y corto de lo que en realidad era. Matías era listo, estudiaba mucho y leía mucho. Sabía mucho de música y de cine, pero no le gustaba presumir de ello. Decía que a la peña en general les gustaban más los tontos del culo. “Si voy de sabido, me mirarán con cara rara y empezarán a llamarme friki o cosas peores”.

Matías, cuando Gonzalo iba a apagar fuegos con demasiada algarabía de sirenas y conversaciones a gritos de los bomberos, porque el ruido de las llamas y de los camiones corriendo con las sirenas obligaban a los bomberos a hablar muy alto, le tiraba una zapatilla desde el primer piso, por la escalera.

– Enano, joder, deja de aullar, es imposible estudiar.

– No seas mentiroso, que no estudias, estás hablando con Tino y colgando cosas en el Face.

Le tiró la otra zapatilla. Ésta le dio en la cabeza. Le hizo daño, pero no lloró. Al contrario: sonrió porque había acertado.

Gonzalo cogió las zapatillas de su hermano y las escondió en el armario del pasillo.

Ya no tenía ganas de seguir jugando con el camión de los bomberos. Así que se sentó a lo indio en frente de la puerta de la calle, esperando.

Su madre llegó al cabo de una hora. Él se había levantado esperanzado al oír pasos fuera, pero al comprobar que quien entraba era su madre en lugar de su padre, no pudo disimular la pena y la desilusión.

Su madre correspondió con un gesto de enfado y hartazgo.

– No va a volver, ¿lo sabes? Nos ha dejado, porque no te quiere, entérate. Así que te tendrás que acostumbrar a tenerme a mí, aunque ya sé que no me soportas. Lo guay que es tu padre y no te quiere, se ha ido para no volver. ¿Te enteras? Así que a joderse.

Su madre tiró la bolsa de la compra en la isleta de la cocina. Gonzalo la miraba cómo iba guardando las cosas y cerrando a golpes los armarios. No se decidía sobre si convenía echarse a llorar de pie mirando a su madre o sentarse en un rincón y hacerlo a escondidas.

De repente vio unos pies descalzos a su lado. Levantó la cabeza para mirar a su hermano que lo observaba triste.

– ¿Mis zapatillas? – le preguntó suavemente, con gesto cómplice y triste.

Miró al armario dónde las había escondido. El mayor corrió hacia allí y se las puso sin siquiera sentarse. Cogió su abrigo y se colgó la mochila sobre el hombro.

No miró atrás cuando salió.

Gonzalo sí lo miró cuando salía. Quiso llamarlo, pero no se atrevió. Quiso decirle que no le dejara solo con su madre… pero no le salieron las palabras.

De repente el pequeño se sintió solo en el mundo. Sus ángeles, sus colegas se habían ido. Su hermano Matías, y su padre.

Su madre le odiaba y no sabía por qué. Él no recordaba haber hecho nada malo en sus 8 años de vida.

El niño esperó durante un buen rato a que su hermano volviera y se despidiera. Le llamara enano y le revolviera el cabello. Le tomaría el pelo con que le olían los pies, y él haría que se enfadaba, y se pegarían un rato. Al final Gonzalo reconocería que no le olían ya los pies como antes, y que aunque fuera así, no le importaba, le seguiría queriendo igual.

No, lo de que “lo quería” no se lo diría. Él otro le replicaría que eso es de niños, y que él ya no quería a su hermano canijo, porque era mayor, 18 años, y a los 18 no se quiere a su hermano pequeño. Solo se quiere a un novio. Y no podría ir cargando toda la vida con él.

Su padre debió pensar lo mismo, por eso se fue. Él solo era una carga para todos.

De repente se dio cuenta de que su hermano no iba a volver. Se iba como su padre, “de viaje”. No se había despedido de su madre y la mochila que se había llevado era la grande, la que utilizaba cuando se iba de acampada.

– Como la maleta de papá.

Se sentó en la esquina, en el suelo. Otra vez.

– Vete a tu habitación, no me gusta que andes zascandileando por la casa.

– Pero tengo hambre – se quejó.

– A tu habitación. ¡No me repliques!

Su madre señalaba la escalera con el brazo extendido. Gonzalo creyó ver un poco de espuma en la comisura de sus labios. “Como en las pelis de zombis o de vampiros”. “¿Su madre sería una zombie?”. Pero enseguida rechazó esa posibilidad, porque eso querría decir que él debía serlo también, al ser su hijo.

– Yo no soy un zombi.

– No murmures, idiota. Te he dicho mil veces que lo detesto. – gritó su madre desde la puerta de la cocina. Su cara decía bien a las claras que el sentimiento era real.

No le hizo caso. Si acaso empezó a correr para recorrer los últimos escalones y entrar en su habitación.

Cerró la puerta.

Ya estaba en su territorio. Con sus juguetes, sus libros, los pósters en las paredes de sus películas preferidas, y una fotografía sobre su mesa de estudio, una foto de él con su hermano, cuando fueron de campamentos el verano anterior.

Quería a su hermano.

Mucho.

Por eso no sabía si podría soportar que se hubiera ido. No podía pensar ya en alguna cosa que le pudiera hacer reír. Lo echaba tanto de menos… y apenas hacía una hora que se había marchado.

Siguientes capítulos:

Gonzalo (I).

Gonzalo – la historia.