El derecho a elegir. ¿Los feos podemos?

El otro día veía un mediometraje francés que se llamaba “Devotée”. Trataba sobre la búsqueda del amor y del placer sexual de un hombre que no tenía ni manos ni piernas. Un medicamento que tomó su madre mientras estaba embarazada, le hizo nacer con malformaciones. Él se arregla bastante bien con su vida, sus prótesis y demás. Pero… está solo.

El sexo no es un problema. Siempre están los chaperos, y la gente que tiene como fetiche hacerlo con personas de estas características. Pero… en general estos últimos, van a satisfacer solo su placer.

Aparece un chico guapísimo que parece que es distinto a los demás. Hablan por MSN mucho, y al final se decide a ir a su pueblo. Tiene un cuerpo maravilloso, y recorre a pie una gran distancia para llegar lo antes posible a la granja en dónde vive el protagonista. Llegan, toman algo, y al catre. Lo hacen… y cuando el chico maravilloso y estupendo enciende su cigarrito, el otro le pregunta: “¿Y yo?”.

El otro le mira sorprendido. Estaba tan centrado en su placer que ha pensado que era el mismo que el de su partenaire en ese momento. Pero no… “No me has besado” dice el otro. Y otras muchas cosas que le va diciendo que le hubieran gustado.

El otro le mira en un primer momento como diciendo: “tío, que yo soy estupendo, soy guapísimo, joven, tengo un cuerpo de infarto… ¿No es suficiente? ¿Crees que vas a encontrar alguien mejor?” “Si te estoy haciendo un favor, hombre”, dice con su mirada el chico guay.

– Hablando por MSN contigo parecías distinto a los demás. Las cosas que decías… pero veo que eres como todos.

Duermen.

El chico piensa. Le da vueltas al asunto. Intenta… pero no… al cabo de un par de días, coge su mochila y desanda el camino del primer día. Seguro que iba enfadado porque un tío inválido y feo, y mayor, le había rechazado a él, guapo y estupendo. Y ciertamente estaba estupendo.

Porque a veces parece que los feos o los gordos o los viejos, no pueden elegir. Parece que nos tenemos que conformar con cualquier cosa, con las migajas, con los que quieran cargar con nosotros. Tenemos que decir que sí al primero que nos diga “¡hola!”. Porque somos una carga, para que negarlo. ¿A que sí?

Una vez un amigo me dijo algo así. Que claro, era muy difícil que lo que yo buscaba llegara. Debió ser aquella vez que conocí a un hombre que parecía me hacía ojitos. Pero… no me llamaba la atención en ningún aspecto. “¡Es que claro, pides mucho!” Entonces aunque ese hombre no me gustara, como no tengo otra cosa ¿debo decir que sí?

Claro, luego hay otra pregunta. ¿Solo o mal acompañado? Quiero decir que si yo mañana a lo mejor debo elegir entre juntarme con alguien que no me gusta, o quedarme solo, y morir en mi mecedora, calentado por el sol de otoño que se cuela por la ventana. Y cuidado, porque esta pregunta, las respuestas posibles, yo creo que son igual de respetables: aquél que se junta con otro porque necesita estar acompañado, y aquel que espera a una persona que le guste.

En la película que os digo, al final acaba bien, o al menos con esperanza. Pero… es curioso, porque encuentra a un hombre que tiene también un problema, y que se siente por ello solo: tiene un miembro viril muy grande. Creo que hay en esto un poco de coña marinera… pero bueno. Aunque tomando el miembro viril como un problema cuando es grande, y sin ver un cierto sarcasmo en la situación, podríamos colegir del escenario propuesto, que los raros, solo pueden encontrar algo entre los raros. Aunque una de esas rarezas, para los mitos, sea considerado el sumun de la suerte.

Aunque se me ocurre otra pregunta: ¿Quién no es raro?

Repito, en la peli acaban con rayo de esperanza. Yo, me voy a una cueva perdid

Por cierto, estos días sueño con mi príncipe azul, así que estoy esperanzado. Lo único, joder, que si lo veis, que le deis mi telefono, para ir andando camino… porque estar está… si supierais lo nítido y bien que lo veo en mis sueños…

Esta foto no solo representa el físico del príncipe de mis sueños, sino también su interior.

Ains.

Corro.

Estoy desnudo frente a la vida, frente al mundo. Siento que soy muy pequeño, muy pequeño… y que estoy indefenso. Miro a mi alrededor y no veo nada ni nadie en dónde me pueda refugiar. No encuentro unos brazos que me sirvan de techo, ni unas paredes que me abracen y me hagan sentir tranquilo y seguro.

Corro… corro calle abajo. Mis pies desnudos apenas se posan en el suelo. Miro a mi alrededor y veo pasar las tiendas, los coches aparcados, las luces de las farolas… aunque es de día, no deberían dar luz las farolas. ¿Por qué entonces veo el reflejo de su luz? ¿Por qué no veo la luz del sol?

Corro. Corro como si me persiguieran. Me giro: no hay nadie. Mis pies desnudos no sienten el frío de la calle, ni el agua de los charcos, ni la nieve que se acumula en los laterales de la calle. Corro… pero no hay nadie detrás. Siento que me persiguen ¿por qué? ¿Por qué tengo miedo de que me alcancen sino hay nadie?

Corro. Y no me canso. Ahora debería estar doblado sobre mi eje, tosiendo como un tuberculoso, después de días sin parar de correr. ¿Los tuberculosos tosen? Eso dicen los libros. Es muy literaria la tuberculosis, y los tuberculosos. La lluvia también es muy literaria, y las huidas. La vida es muy literaria. Y la muerte. Corro… huyo de mí, de la literatura, de la vida. ¿de la muerte? Corro desnudo, sin nada ni nadie en dónde guarecerme. Sin una tela que mitigue mi vergüenza. Sin unos brazos que me acojan. Sin alguien que me diga una palabra bonita, o que respire a mi lado.

Nadie.

Nada.

Silencio.

La calle está vacía. Como la vida. Corro… ahora ya nada se mueve. La tienda de la esquina es la misma tienda en la misma esquina que hace unos minutos. Minutos que pudieron ser una vida. O una vida que son apenas unos pocos minutos. Minutos que sobrevuelan esa vida que es una continua carrera, sin mucho sentido la mayoría de las veces, ni la vida, ni la carrera. Corro… y no me muevo. Corro desnudo… y no siento el aire, ni la lluvia. No siento mi cuerpo. No siento la desnudez. No la siento porque nadie la ve. Nadie me ve. Porque nadie me mira. Porque… ¿existo?

Corro. No sé por qué. Lo juro, no lo sé. Quizás huyo de mi, o de mis sueños. Quizás huyo de la vida, o de mí mismo. De mi desnudez, de mi vergüenza. O de ese nadie que no me siente, que no me escucha, que no me palpa.

Ese nadie que ni me ve.

Porque no me mira.

Nadie, nada… silencio.

Todo es literatura. La vida es literatura. ¿Corro pues, huyendo de la literatura?

La literatura no me mira, no me palpa, no me escucha. Como tú.

Silencio.

Corro, luego huyo, mas no veo la meta ni el refugio. Ni siento una respiración a mi lado. Corro… sin cansarme, porque sabes, estoy agotado.

Nada ni nadie.

Silencio.

¿Lo escuchas? Pon atención…

Es el silencio… nada ni… nadie.

Soy tan pequeño en la inmensidad del silencio… estoy tan indefenso…

Desparrame… ¡¡Ombliguito!!

Queridos y queridas… llorad conmigo:

Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Estoy triste, afligido.

Llorad un poco más… acompañadme, por favor…

Buaaaaaaaaaaaaaaaa

sniff

El finde por antonomasia en España, el de la final, ombliguito y yo rompimos. Sip. Fue durante el partido de España, precisamente. Unos tan contentos y nosotros ahí, rompiendo una bonita relación que… que… que podría haber acabado en boda.

Mientras Casillas hacía paradones, los holandeses pegaban patadas, Iniesta marcaba un gol, y todos los españoles tenían orgasmos sin apenas tocarse… ombliguito me dejaba. Sip. Pero le dolió mucho… lloraba… yo también lloraba… supliqué… le acaricié detrás de las rodillas, que sé que le pone mucho… para que reconsiderara su actitud… tomé su miembro entre mis manos… lo besé suavemente, como si fuera un bebé… pero no… se apartó bruscamente de mis intentos… Ombliguito decidió que lo nuestro no tenía futuro.

Tengo que pensar en lo que me dijo. No sé… creo que está equivocado… pero no sé… dice que sigo teniendo a Saiz en mi cabeza. Que no he podido superar que me dejara. Que parece que le amo con todas mis fuerzas, que me cambia la mirada si hablamos de él… Saiz… con la bonita boda que había imaginado para nosotros… me abandonó… y ahora quizás por su recuerdo, he perdido a ombliguito.

Saiz… ¡Oh Saiz!

Digo… ombliguito, ¡Oh ombliguito!

¿No os ha pasado nunca? ¿Que el recuerdo de un amor anterior, os impida amar a otro?  ¿Entregaros al 100% en los brazos de otro chico maravilloso? Yo creía que lo había superado. Que lo nuestro había quedado en un bonito recuerdo, en una fuerte amistad. Pero parece que… no. Ombliguito me dice que no puede competir con él. Que es más guapo, más estupendo… en fin.

Yo creía que… jo, es que me repito. Iba a decir que creía haberlo superado. Jo. Saiz. Ombliguito. En fin.

¿Con quien me voy a escapar ahora los fines de semana? ¿Quién va a apoyar su cabeza en mi pecho? ¿Quién me va a dejar recorrer su cuerpo con mis dedos, con mi lengua? ¿Quién me va a besar hasta que los labios se revelen y pidan un descanso? ¿Quién se va a reír con mis tonterías? ¿Quién va a recorrer mi…? Bueno, venga va, que tampoco os voy a contar mis… que luego… na. A callar.

Jo Saiz… no me dejes… si lees esto… vuelve…

Jo…

Acompañadme por favor, en otro llanto…

Buaaaaaaaaaaaaaaaaaa

Otra vez solo.

Creo que me meteré a monje de clausura. O a ermitaño… solo en una montaña, en una cueva… sisisisisi. Yo creo que va a ser la solución. Está visto que mi destino es permanecer solo. Sip.

Glups. Esto que cuando decía que volviera… ¡¡Ombliguito!! Perdóname… era a ti a quien suplicaba… ¡¡¡Ombliguitooooooooooo!!!!

PD. Tengo que recapacitar. Si aún escribiendo estas líneas cuando digo ombliguito quiero decir Saiz…  pero no, Saiz no me quiso… ¡¡¡Ombliguito!!! ¡¡¡Perdóname!!!! ¡¡Te necesito!!!!

PD1: definitivamente, en próximos días me recluiré en una montaña perdida, solo. Porque es mi destino. Vivir solo. Estar solo. Nadie me quiere, a nadie gusto. Dejadme llorar otro rato…

Buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa

PD2: ya os avisaré de cuando dejaré los blogs. Creo que en esa montaña, en esa cueva, no habrá Internet. No.

El hombre de la gabardina, y los ojos verdes.

40 grados. El sol cae sin piedad.

Un hombre pasea por la calle. A pleno sol. Solo. Su gabardina le define. Raída. Arrugada. Un sempiterno cigarrillo cuelga de sus labios. Unas gotas de sudor perlan su frente.   Su mirada perdida hacia delante, siempre hacia delante.

Siguiendo su camino, un par de ojos, sentados en una terraza. Sin poder retirar,  ni siquiera un segundo, la mirada de ese hombre desubicado.

El ruido de los coches, es la única banda sonora que acompaña,  al hombre de la gabardina. Y a los ojos que le siguen.

Esos ojos. Verdes. Verdes esperanza. Unos ojos que piensan. Unos ojos que traspasan. Unos ojos que leen lo que hay debajo de las gotas de sudor, debajo de la gabardina. Que traspasan esa máscara que rodea el corazón del hombre de las gotas de sudor en la frente.

Un dolor. Una desesperanza. Un… “ya da igual”. Un… “pudo ser, pero no fue”. Un miedo muy parecido a una camisa de fuerza. Una historia que no significó nada. Aunque lo significó todo. Un querer que se perdió en los miedos y la indecisión. Una huida a la carrera. Una carrera que nunca se acabará. Pudo ser, pero nunca será. Él se fue. Solo pudo ver su silueta perdiéndose en el horizonte.

Otro dolor. Más aséptico. Una coraza quizás llegó a tiempo.  O un stop. “No pases, no” No le mereces. Una imagen devuelta por un espejo maldito. Un pobre corazón que late con pereza al ritmo de la última canción que suena en la radio de su cabeza… ¿Para qué amar? ¿Para que vivir?

Un vivir sin vivir. Un vivir caminando sobre la arena ardiente del desierto. Un desierto lleno de verde césped, de hermosos árboles acunando sus frondosas ramas al ritmo de una suave brisa. Un desierto de color gris ciudad, de verde bosque, o de mar azul. Un desierto corazón, cerrado con cadenas y candado. Y una llave tirada a la alcantarilla.

El hombre de la gabardina sigue su caminar. Despacio. El sol en lo alto. Inapelable. Un cigarrillo que se acaba. Un cigarrillo que cae de los labios que lo sostienen. Un cigarrillo que lo sustituye. Una columna de humo que sube, y sube, perdiéndose en los rayos del sol que la acogen con indiferencia. Y una mirada sin vida, que camina al son de la canción de este verano.

Los ojos de la terraza. Esos que traspasan la celosía de la gabardina. Se levantan. Dejan unas monedas en la mesa. Apuran su cerveza. Helada hace unos minutos. Ahora solo ligeramente fría. Esos ojos caminan detrás de la gabardina, y su columna de humo, que se pierde entre los rayos del sol inapelable. Esos ojos…

Esos ojos alcanzan a la gabardina. Un ligero toque en su hombro. El hombre se dio la vuelta. Sus ojos semicerrados se posan en los ojos, verdes esperanza. Unos instantes que parecen una vida. Dos miradas que se encuentran. Unos ojos verdes, y unos marrones semicerrados. Una voluta de humo que se cuela en ellos, unos dedos que intentan sacarla. Unos ojos rodeados de sudor. Sin vida. Sin alma. Enfrente, unos ojos verdes. Verdes esperanza. Con una sonrisa debajo. Apenas pergeñada. Tímida.

–         Te estaba esperando. ¿Dónde estabas?

El hombre de la gabardina había apartado el cigarrillo de sus labios. Y de lo más profundo de su garganta, sin poder evitarlo, dejó salir esas palabras, con una voz ronca, grave. Rotunda.

–         No te encontraba. Te busqué. Pero no hubo suerte.

Los ojos verdes, con unos bonitos labios debajo, contestaron sin dudar. Sin apartar la mirada de esos ojos marrones, rodeados de sudor, y con una gabardina debajo.

–         Ya nos conocemos. ¿Cómo es que no me viste? – contestó el hombre de la gabardina.

–         Porque estaba ciego. Unas luces cegadoras me impidieron verte.

–         ¿Y ahora me ves?

–         Ahora te veo. ¿Me ves tú? ¿Quitarás tu stop?

El hombre de la gabardina se dio la vuelta y siguió su camino.

Los ojos verdes, con esos labios turgentes debajo, siguió sus pasos.

En apenas un par de zancadas, se puso a su lado.

Giró su mirada.

Dos miradas se encontraron. Un rayo de sol les deslumbró. Dos sonrisas se encontraron después.

–         Va a llover – dijo el hombre de la gabardina.

–         ¿Me dejarás tu gabardina para guarecerme?

–         Está raída y vieja.

–         Pero es tu gabardina. Me protegerá.

Dos sonrisas emprendieron el camino juntas. Apenas dibujadas. Un grupo de turistas que pasaban por su lado, apenas las vieron. Pero no sabían mirar.

Un trueno sonó… lejos. Una nube venció a los rayos del sol. Y una gota cayó. El hombre de la gabardina, se la quitó, y la puso cubriéndoles a los dos.

Se despertó. Asustado. Fuera llovía. Otro trueno. Otro relámpago. Otro trueno. Llovía más. Era de noche. Y llovía. Su gabardina descansaba en una silla. Miró a su alrededor. Pero no vio a esos ojos verdes, con unos labios turgentes y sonrientes debajo. Se volvió a recostar en la cama, mojada de sudor. Y una lágrima salió de sus ojos, para acompañar a las gotas de sudor que salían de todos los poros de su cuerpo desnudo.

Leyendo un libro, mientras espero.

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Menos mal que me traje el libro. Encima de que he llegado antes, él se retrasa.

He tenido suerte. Mi jefe me pilló al salir de trabajar. Me llamó a su despacho. Me ha metido un rollo… emepzaba a pensar que era un rodeo para despedirme. Las cosas no van bien en la empresa. Al final, no ha sido eso. Me ha felicitado por el trabajo de esta semana. Eso sí, me ha dicho que no me despiste. “Las cosas no van bien, Areko”, me ha dicho con voz solemne. Me ha contado que ha tenido que renunciar a ciertos privilegios que se había ganado. Pero… prefería perder algo de dinero a tener que despedir a alguien. María, luego, me ha dicho que ha renunciado a una pasta… Los Supremos le habían pedido la cabeza de dos personas de su equipo.

Después de hablar con María me he quedado un poco preocupado. Yo soy el último en entrar en ese departamento, así que, lo más natural es que fuera el primer damnificado si hubiera recortes. Las palabras de mi jefe toman otro derrotero… quizás era una advertencia… el lunes debería buscar la oportunidad de hablar con él otra vez a solas…

Cuando mi jefe, y después María, me entretuvieron cuando salía de la oficina, pensé que mi cita se iba al garete. Menos mal que al final, Eloy me ha acercado en coche. Que hombre más raro es este Eloy. En la oficina parece un amargado, parece que odie a todo el mundo. Sale por la puerta y es la persona más encantadora que te puedes echar a la cara. Por lo menos conmigo.

Y aquí estoy, en el parque. Esperando a Javi.

Cuando quedo con Javi, me suelo traer un libro. No suele ser muy puntual. No es que lo haga a posta, que yo sé de alguno que sí, llega tarde a posta. Pero siempre le lían. No sabe decir que no, y cualquiera que se encuentra, al final… O eso dice él.

Esta es nuestra tercera cita. Le conocí a través del blog. Era el primer blog que conocía de alguien de mi ciudad. Hasta me emocioné. Nos comentamos, nos mandamos un par de mails, hablamos por el MSN, luego un día me llamó por teléfono… y al final, hace unas semanas, quedamos.

Charlamos. Nos contamos nuestras vidas. Él estaba un poco asustado. Pensaba que cualquiera que nos viera iba a deducir inmediatamente, primero, que yo era gay, y después, que él también lo era, incluso que nos acostábamos juntos. Yo intenté tranquilizarle… pero la siguiente cita, al cabo de 10 días, fue igual. Constantemente mirando alrededor… hasta creo que estaba inventando una excusa por si se encontraba con alguien. Tampoco creo que hubiera nada que explicar. Dos amigos, charlando en una cafetería. Esta segunda cita fue un poco más corta. Yo creo que estaba todavía más nervioso que en la primera. Me habló mucho de sus miedos… de que estaba acojonado porque alguien descubriera que era gay…

Hace una hora que habíamos quedado. Le mandaré un mensaje.




Al final me contesta:
“no m spers borra m tlf no puedo vert + srte.”


Se está bien en el parque. Me ha fastidiado la tarde del viernes. Ya no puedo hacer otros planes. Así que me quedaré leyendo un rato más. Luego iré a casa a cambiarme de ropa y quizás me vaya al cine.

Casi se me olvida contestarle al mensaje:
“OK”
¿Para que más?




He llegado a casa. Me he quitado los pantalones del traje que he llevado a trabajar, he colgado la americana. Me quité la camisa y saqué de la mochila la corbata. Al final, decidí desnudarme completamente y darme una ducha antes de ir al cine.

Por costumbre, he encendido el ordenador. He mirado mi blog, nadie me ha comentado. He mirado mi correo, no tengo ninguno nuevo. He ido al blog de Javi, y… lo ha borrado.

Parece que va en serio. Me caía bien ese chico.

Me he quedado mirando un rato la pantalla, sin ver nada. Mil preguntas me asaltan. Ninguna respuesta.

He apagado portátil.

Me levanto y me voy al baño. Abro el agua caliente. Muy caliente. Y me meto debajo del chorro. Casi me abraso.

Dos citas. Solo. Pero sin darme cuenta, me había agarrado a él como un salvavidas. Una posibilidad de tener un amigo de otro tipo.

Mis lágrimas se mezclan con el agua, muy caliente, que cae por mi cuerpo.