Mi amigo Cristian y su amigo Diego.

No tenía intención de escribir nada hoy. Pero me he encontrado hace un rato con mi amigo Cristian, que me ha contado una historia.

Pensaréis que es una historia maravillosa para que me decida así de improviso a contarla. Pues no, es una historia muy… tonta. Sencilla. Corriente y moliente.

Os cuento.

Cristian tiene un amigo: Diego.

Diego se ha echado novio. Un chico estupendo según le cuenta a Cristian, porque no lo conoce nadie así que no tiene referencias neutrales ni directas. Es un hombre cultivado, muy bueno en su trabajo, y tiene un polvo maravilloso. Diego dixit.

El primer indicio que había algo que no iba bien, lo tuvo un día a principios de verano, tomando una cerveza en una terraza. De repente, hablando del novio se le ocurrió proponer: “Ese hombre tan maravilloso, hay que conocerlo”. Diego le contestó: “No os ibais a caer bien”. Lo dijo de forma contundente, mirando a la gente pasar al lado de su mesa, con la cerveza en la mano. Como si nada, como si estuviera más claro que el agua clara y fuera una obviedad tener que decirlo en voz alta.

Cristian alucinó, porque él nunca había abierto la boca sobre ese novio; ¿Qué iba a decir si no sabía nada más lo que le contaba Diego? No sabía que opinar.

Resulta que Diego se fue alejando de Cristian y del resto de sus amistades. Escusas, cambios de planes, o planes propuestos para días en que sabía que Cristian estaba ocupado y debería negarse.

Hoy Cristian, después de un par de meses de nulo contacto, se ha enterado por Melisa, que Diego y su novio tuvieron algún problema y éste le indicó que, como condición para seguir su relación, debía dejar de ver a Cristian. No es que pensara que Cristian le tiraba la caña, no, o que era un peligro para su “amor”. Al fin y al cabo, Cristian no es gay. Estaba incómodo con esa amistad; pensaba que tenía mucha influencia sobre él. Y, para el novio de Diego, la única influencia que debe tener es la suya. Porque un genio debe de ser, pero de seguridad en sí mismo, nada. Así, con Cristian lejos, no se siente amenazado.

Cristian me lo contaba con los ojos muy abiertos, y su boca también, abierta del estupor. No sabe como puede haber llegado a la conclusión de que era una amenaza.

– Si es la leche de erudito, sabe de todo, cocina estupendo, gana la leche de dinero y hasta le dan premios de no sé qué. ¡¡Un genio!! Y encima folla estupendo, cosa que yo no haré nunca con Diego ni con ningún otro hombre. ¡Y yo soy una amenaza, tócate los cataplines a dos manos!

Mi amigo se ha quedado a cuadros. Y se ha quedado muy triste. Siente que ha perdido un poco el tiempo cultivando esa amistad. Está decepcionado, no por el novio de Diego, que le da igual si es un tal o un cual. Está decepcionado por su amigo Diego, el cual creía que tenía un poco más de seso, un poco más de personalidad y un poco más de fidelidad a la gente que ha estado junto a él cuando nadie lo estaba.

Esta noche me iré a cenar con Cristian para dejarle que se desahogue. El pobre, es buena gente. No sabe más que ayudar a todos a su alrededor. Se olvida de él mismo a veces.

Como veis es una historia sencilla, sin importancia. No acapara grandes titulares ni da para una novela. Aunque a lo mejor, otro día os cuento otra historia que le ha pasado al pobre Cristian. No está en racha. Ahora que lo pienso, puede que mi amigo sí tenga una novela… a lo mejor la escribo. Me lo pensaré.

¡Por fin! He visto “Esto no es una cita”, la película.

Ocurrió el sábado pasado:

He visto “Esto no es una cita”, como había anunciado con delicada insistencia. ejem.

Y ahora llegó el momento:

Voy a hablar de “Esto no es una cita”.

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Podía seguir esta tradición tan española de criticar a la gente que triunfa, aunque sean amigos. Ya sabéis que en España parece que no se perdona el éxito ajeno.

Pero no me sale.

Hay muchas razones para que no me salga, pero la principal, es que hace tiempo que no me reía como lo he hecho viendo “Esto no es una cita”. Me he reconciliado con la comedia sin otros apellidos. Comedia, comedia. De la mejor tradición española: Muñoz Seca, Jardiel Poncela, Alfonso Paso.

Era un sábado, 21 de septiembre. Madrid. Sala Artistic Metropol. 20,15 h. Allí estaban entre otros, los actores principales, Darío Frías, Virginia Rodríguez, Jorge Pobes… el director Guillermo Groizard. Y el guionista, Pablo Flores.

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Es una película hecha con cuatro duros, mucho esfuerzo, muchas ganas y mucha ilusión. Como decía el director en una carta que envió al equipo de la película antes de empezar a rodar y que Virginia Rodríguez leyó en el acto, “tener la ilusión de los principiantes, aunque algunos tuvieran ya muchas horas de vuelo en este mundo del celuloide, para levantar un proyecto complicado”. Es una cita más o menos, que lo de la memoria de grabadora, no es lo mío.

Lo de los cuatro duros es engañoso, porque parece que te predispone a ver una película de una factura técnica un poco mediocre. Y no es así. Solo los tres minutos primeros, dejan claro que, los que han hecho esta cinta, son profesionales, buenos profesionales, que saben su oficio y que han puesto todas las ganas del mundo, como si hubiera sido una gran producción apoyada por un gran estudio.

Pero además, lo de los tres duros al espectador nos debe dar igual, pienso. Lo importante es si, lo que vemos, nos gusta, nos llega, nos divierte. O sea, si cumple las expectativas que hemos puesto al ir al cine.

Yo creo que lo consigue.

Venga, va, os cuento un poco de la historia.

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Darío Frías ha dejado a su novia de toda la vida. Una mujer guapa y radiante. Pero… no funcionaba algo. Así que la deja.

A Virginia Rodríguez le ha dejado su novio de unos meses. El ex la dice que la quiere pero… que no sabe por qué, que falta algo en su relación. Así que saca el pañuelo para blandirlo al aire y decirla… ¡¡Adiós con el corazón… que con el alma… bla, bla, bla!! La mujer queda así como destrozada.

Darío quiere conquistar a Virginia. Virginia… detesta educadamente a su compañero de trabajo, Darío. Es pesao, pesao. A veces Virginia olvida la educación para detestarlo un poco más.

Darío es inasequible al desaliento. Pesao, pesao.

Tenemos al amigo de Darío, Jorge Pobes, que hace de confidente, de consejero matrimonial y de saco de los lamentos. El pobre.

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Tenemos a la amiga de Virginia, Alexandra Jiménez, que se dedica a similar actividad en el bando contrario. La pobre.

Esto es la guerra, la conquista del castillo, el asedio de la alta torre de Virginia Rodríguez por las huestes (o sea los encantos) de Darío Frías.

La comedia es un género un poco desprestigiado. Pocas comedias llegan a la carrera de los Oscar o de los Goyas. Parece que hacer reír con una historia es un poco… es como si fuera lo más sencillo del mundo y no mereciera ningún reconocimiento, porque cualquiera lo puede hacer. Yo creo que es un criterio muy equivocado. Para hacer reír debes tener una historia con gracia, bien hilada, con unos diálogos chispeantes, vivos. Debes tener unos actores que tengan su filing, que sepan decir su personaje con naturalidad. La gracia está en que los diálogos tienen que tener chispa, deben ser auténticos, réplica, contra-réplica, interrupciones a tiempo… eso es profesionalidad y es ensayo, coordinación. Naturalidad.

Las miradas son importantes, porque solo una mirada puede representar un párrafo de diálogo. Y esas miradas deben acabar en la carcajada del espectador. Deben decirlo todo. No todo el mundo, aunque sea actor, es capaz de decir con la mirada tantas cosas.

Y la concepción de la escena, su coreografía, debe ser la adecuada para realzar todo esto, sin que tenga importancia, sin que ella misma tome demasiado relevancia como para que mate el resto de los condimentos de la ensalada perfecta.

Todo esto no tiene por qué darse cuenta el espectador. Pero todo esto debe ser un engranaje perfecto con un solo fin: la diversión, la risa.

Por todo este engranaje debe circular la música, que debe acompañar, realzar cuando debe hacerlo, pero como todo, no matar al resto de los ingredientes.

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Y por último, hay que montarlo todo de forma adecuada, buscando un ritmo trepidante con sus pequeños momentos de relajo, para no aturullar. Y lo más difícil: no hay que caer en la tentación de alargar la historia para que dure más. Si debe durar 75 minutos, debe durarlos y no buscar la forma de llegar a las 2 horas.

¿Os he dicho que me reí como hacía tiempo, mucho tiempo? ¿Hace falta que os diga que ese engranaje, guión, actores, música, dirección, fotografía, montaje, funciona estupendamente en “Esto no es una cita”?

Así que hoy estoy contento. He visto una comedia maravillosa, me lo he pasado en grande, me he reído con ganas… y he saludado a algunos amigos que hacía tiempo que no veía.

El 8 de noviembre se estrena en salas. Así que ese mismo día, o al siguiente a lo más tardar, al cine. A ver a Virginia Rodríguez, a Darío Frías, a Jorge Pobes, a Alexandra Jiménez, a Fernando Cayo, a María Galarrón en un pequeño papel. Carlota Cosials, José Ángel Trigo, Gerald B. Fillmore. Y sobre todo ver la historia escrita por Pablo Flores. Dirige el cotarro, Guillermo Groizard.

Y una recomendación. Sin levantarse de la silla hasta que aparezca el último cartel de los créditos. Y puntuales a la hora de la sesión. Os perderéis si no, unas cuantas risas.

Y también atentos al “nerd” de la oficina de los protagonistas. Es un pequeño papel… pero fundamental. Un gran actor con mucho futuro. Buscad su nombre en los créditos del final.

😉

El tráiler.

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Y para acabar, una entrevista con algunos miembros del equipo para “El palomitrón”.

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Fíjate si me ha gustado que, si tengo suerte y una de las ciudades en las que se estrena es Burgos, iré a verla de nuevo.

Para ver más cosas, su web.

O su Facebook.

¡¡Atención!! “Esto no es una cita” se estrena en Madrid.

Os hable de “Esto no es una cita”, hace ya unos meses.

Pincha y recuerda.

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Virpink ha tenido el detalle de indicarme que esta película, que os recomendé encarecidamente, que os conminé a verla con pena de daros el coñazo durante toda la eternidad, al final, ha conseguido que sea estrenada aunque solo en una sala, en Madrid, el 20 de septiembre. Lo dicen en el blog de cine español.

Solo hay dos semanas para verla. Así que id haciendo planes. Yo voy a ir a Madrid a verla.

Os doy algunos nombres:

Dirige: Guillermo Gorizard.

El Guión es de: Pablo Flores.

La Pareja Protagonista: Virginia Rodríguez y Darío Frías.

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Otros actorazos: Fernando Cayo, Alexandra Jiménez, Jorge Pobes, María Galarrón, José Ángel Trigo, Carlotta Cosials, Gerald B. Fillmore.

¿De qué va?

Pues una comedia. Chico quiere a chica. Chica no quiere a chico, sino a su ex. Su ex no quiere a chica. Los amigos de la chica insisten de que quede con chico para olvidar a su chico-ex. El chico también tiene chica-ex, que quiere volver con chico. Pero chico no quiere.

¿Y por qué dices, Jaime, que hay que ir a verla si no la has visto?

Porque conozco a Pablo Flores y sé como escribe. Y me gusta como escribe. Mucho. Y esta película la ha escrito él, así que, siguiendo la argumentación, la película va a estar bien. Nos lo vamos a pasar “de cine”.

Porque la ha hecho un grupo de gente animada por la historia, con cuatro duros, poniendo el alma en ella. Y así, las cosas salen bien.

Porque tiene grandes actores. A casi todos los conoceréis, aunque el nombre no os suene. Otros si os sonarán, como Virginia Rodríguez, Fernando Cayo (qué genial en “La caída de los Dioses”, en el Matadero de Madrid) , María Garralón. Alexandra Jiménez. Jorge Pobes. Son asiduos en televisión.

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Porque al director le debemos grandes series de televisión, como Compañeros, o Policías, en el corazón de la calle, dirigió algunos episodios de Águila roja, y muchas otras.

Porque es una comedia para reír, y no nos sobran motivos para ello. Y la risa da vida.

¿Alguna razón más?

¡Ah! sí, para que no os de el coñazo.

Os pongo otra versión del tráiler.

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Hablaremos más de “Esto no es una cita”.

La web de “Esto no es una cita”.

El Facebook,

PD. Gracias  virpink por el aviso y felicidades por los premios. 😉

Hay que ir a ver “Esto no es una cita”, la peli.

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No sé cuando se estrena pero… en cuanto esté en cartelera, hay que ir a ver esta peli.

Sí, sí.

El guión es de un amigo.

Así que ni se os ocurra no ir a verla en cuanto se estrene. Ya lo he dicho antes, es más solo he dicho eso, pero… es que deseo que quede bien fijada la idea: hay que ir a ver esta película.

Seguiré informando. Esto quiere decir que o vais a verla, u os aburriré.

Podéis seguir su Facebook, y visitar la web.

París: el día en el que todo pudo ser distinto.

Banda sonora del relato a cargo de Dídac.

Dale al play.

Ese día todo pudo cambiar.

Levanté la vista. Quise mirar por la ventana, pero no la encontraba. Miraba hacia ella, pero… no la veía. Sostenía esa foto antigua en las manos. La giré un momento y vi la fecha del reverso: 28 de octubre del 2010.

Suspiré. Intentaba con ello controlar ese algo que salía de dentro, que me removía… pero no lo conseguí y el llanto acabó por descontrolar mi pose y acabó por llenar mis ojos de lágrimas.

– ¡Joder!

No debía haberlo hecho. No. No debía haber sacado esa caja de fotos. Esa misma caja de fotos que estuvimos mirando los dos, justo el día antes.

Esa foto le hizo llorar a él también aquel día.

– ¡París! – dijo con esa cara de soñador ilusionado con la mirada perdida en ningún sitio, pero en dirección al cielo – siempre quisimos ir a París.

Miró el calendario y suspiró.

– 28 de octubre.

Otra vez la cara. Otra vez esa luz en su mirada. Impotencia en la mía.

– 28 de octubre – repitió.

Y lo volvió a decir después, al cabo de unos instantes que parecieron horas. O a lo mejor fueron horas, y la vida pasó sin dejar huella.

– Hace 37 años – dijo al fin para dar por terminado un silencio que amenazaba con volverme loco.

Esa mirada, esa luz… tan pocas veces se la vi…

Aunque quizás no sea justo. Porque se la vi el día que nos conocimos. Yo era joven, muy joven, un poco loco, muy loco, dispuesto a poner al mundo a mis pies y pisarlo si fuera necesario.

Él no era joven ya, al menos eso decía su DNI. Qué bobada, porque él en realidad era tan joven como yo, tan loco, tan ilusionado. Y con tantas ganas de amar como las que tenía yo.

Nos miramos. Estaba nublado. Empezaba a nevar.

Sí, me miraba con esa luz, con esa ilusión, con esa… vida. Y en lugar de poner al mundo a mis pies, solo pude ponerme a los pies de Fran.

Hablaba siempre de ir a París. Tenía esa foto vieja, ajada, en la mesilla, sujeta por una pequeña rendija en la madera. La mirábamos a veces al levantarnos los domingos, perezosos y juguetones, sin prisas…

– Un día iremos, amor.

Yo lo miraba y no me atrevía a preguntar por qué no cogíamos un avión y nos íbamos en ese momento, sin problemas. No había ningún impedimento. De hecho habíamos viajado por medio mundo… viajes organizados y de ”vamos al aeropuerto y cojamos un avión, el primero que salga”. Pero nunca era un vuelo a París, y París quedaba relegado al tema de conversación, de queja o planes de futuro del domingo por la mañana, juguetones y remolones al levantarnos de la cama, y desayunar a las 3 de la tarde. Y volvernos a la cama para simplemente estar.

Me gustaba estar recostado en su pecho. Él jugueteaba con mi cabello, yo rozaba con mis dedos su pecho. De vez en cuando me apretaba más a él, lo abrazaba… y así pasábamos la tarde, los dos en la cama, con la foto de París en la mesilla. Quizás una suave música de fondo.

Un día la foto desapareció de allí. Quizás desaparecieron muchas más cosas que al igual que la foto, tardé en darme cuenta. Quizás porque no quería darme cuenta. Otras muchas cosas aparecieron, pero… tampoco quise darme cuenta.

Miento. Supe todo desde el principio. Fui consciente de todo. Pero no quería saber e hice todo lo posible porque no fuera así, porque no penetrara en mi ser, en mi ánimo. No lo conseguí aunque fingí hasta el final. Él tampoco se lo creyó, lo leí cientos de veces en esos ojos expresivos que me enamoraron una tarde de enero, en aquella cafetería, nevaba fuera.

Cuando Fran estaba ya muy enfermo, un día sacó esa caja. La caja de las fotos.

Las miró despacio, paladeando su esencia de vida.

Recuerdo que le traje un caldo caliente que había preparado Sara. Apenas lo probó.

– París – dijo despacio. Tenía la boca seca.

– 28 de octubre – bebió un trago del caldo, quizás porque tenía la boca seca.

– Hoy es 28 de octubre. – miraba a la foto, no me miraba a mí – Hace 37 años que la vi y me enamoré de ella. Viajé en el tren nocturno. Llegué a la estación de Orly. Llovía y había una ligera niebla. Ella estaba allí. Esperaba pero no a mí.

Fran se calló.

– Aunque fue a mí a quién encontró – sonrió triste.

Otra vez esa luz en sus ojos, como aquel día que renuncié al mundo para estar junto a él. Me sentí romper un poco, porque esta vez no era yo su destinatario.

– Pasamos unos días maravillosos – seguía contando, despacio, le costaba hablar, o a lo mejor, le costaba recordar – no existía ni el día, ni la noche, ni la gente, ni nada. No existía París aunque correteáramos por sus calles, incansables, o nos refugiáramos cada noche en un hotel distinto, o una pensión, o en la cama de un amigo, los dos juntos, pegados.

– Una noche, me lo dijo: “mañana me voy, Ryan”.

Me miró. Yo bajé la mía, no quería que viera mis celos, mi dolor. Estaba dolido, celoso por un amor de hace más de 40 años… es que no sabes como amé a Fran…

– Me llamaba Ryan. Yo a ella Minerva. No sé como se llamaba, no lo recuerdo, quiero decir.

– Y yo, ¿como me llamo? – me levanté furioso conmigo por muchas cosas, por los celos tontos, por el dolor, por no controlar mis tonterías, por necesitar ser la única persona a la que Fran hubiera amado…

Intenté alejarme pero él se estiró y me rozó la mano. Fue suficiente para retenerme a su lado. Ese roce tenía tanta vida…

– Mi vida. Así te llamo… Mi – hizo una pausa mirándome a la cara – Vida.

Y lloré, sin girarme, no quería que me viera… lloré… ese roce suave de sus dedos huesudos, maravillosos…

– Así te siento, como Mi Vida…

Tuve un impulso y me giré, me agaché y lo besé. Lo besé una y otra vez, una y otra vez… una y otra vez… Él me miraba de esa forma, con tanto amor… jodido… cuando amor vi en esa mirada… y yo dudando, celoso como un bobo… por no ser la única persona que había amado, o… por algo que había sucedido veinticinco años antes de que yo naciera.

– Acaba, por favor – dije recostando mi cabeza en su pecho, como las tardes de domingo que enlazaban con las mañanas de lunes, los dos en la cama, abrazados, desnudos, sin otra cosa que hacer que sentirnos juntos, uno parte del otro…

– Me asusté. No podía concebir la vida sin ella. Me partió el alma aquella noche. Un día me quedaba con ella. Después…

“El destino, Ryan, el destino nos juntará de nuevo si estamos hechos el uno para el otro”, me decía juguetona.

Silencio.

– “Bobadas”, pensé. Pero tras una ducha fría y un par de puñetazos en la pared, decidí vivir el día que me quedaba junto a ella.

Silencio.

– Pasamos por un puente, corriendo como siempre. De repente me paré y… “Saquémonos una foto, Minerva, aquí los dos, un marco perfecto”. Nos colocamos y cuando un señor aceptó sacarnos la foto, ella se arrepintió.

Fran jugueteaba con mi pelo. Yo volvía a tener la cabeza en su pecho. Él la mirada perdida en aquella mañana de un 28 de octubre.

– “Saquemos solo el marco”. Me lo dijo con esa ilusión tan… como si fuera una niña de 15 años, o de 10. “Si el destino nos llama a juntarnos, nos pondremos nosotros en la foto”. “Si no, vendremos y nos sacaremos la foto con nuestro amor”.

Suspiró mientras tuvo un pequeño ataque de tos. Un trago de caldo, ya templado.

– Y sacamos la foto. Qué podía hacer – dijo resignado.

Yo… no quería pensar. Volvían m is celos infundados, mi dolor… quizás porque sabía que lo iba a perder… que no había remedio

– Pasaron los años, volví cada uno de ellos… cada 28 de octubre…

Silencio.

– Y un día te conocí. Un día te… vi y supe que ella había tenido razón. Que… el destino nos tenía preparado otro amor, el verdadero. Aquel duró apenas 6 días, o a lo mejor fueron 8, pero el tuyo, mi amor por ti, durará una eternidad. No sabes hasta qué punto me has dado la vida, Amor, mi Amor, mi Príncipe. Y no quisiera que tu vida se acabara conmigo.

Yo no podía decir nada… lloraba en silencio ocultando mi cabeza en su regazo.

– No debes, sé que amarás de nuevo…

Silencio apenas roto por mi llanto. Negaba con la cabeza.

– Por un lado me apetecía ir a ese sitio y sacarnos una foto en ese punto. Porque es la foto de mi amor, de mi vida. Contigo, cogidos de la mano, sonriendo como bobos, con esas farolas flanqueándonos. Con la torre al fondo. Pero… hubiera sido injusto, porque… hubiera sido tenerla a ella de alguna forma en la foto, y sabes, mi Vida, mi Amor, mi Príncipe, tú has sido mi amor por ti mismo, solo tú, por ti, y has llenado cada instante de la vida que hemos tenido juntos, y cada instante de mi vida anterior, cada instante de mi eternidad.

Cogió un lápiz y escribió la fecha: 28 de octubre de 2010.

– Hoy empieza tu nueva vida – y me sonrió, tendiéndome la foto.

Al día siguiente, murió.

Guardé sus cosas. Busqué un guardamuebles y las escondí. Me dolía cada retazo de él que veía en cada objeto que habíamos compartido. Pero ayer me di cuenta de que sin él, sin sus cosas, me siento vacío. Qué él está dentro de mí y necesito tener nuestras cosas cerca. Hasta esta foto. Si aquel 28 de octubre de hace 39 años ella hubiera dicho sí, yo quizás hubiera puesto al mundo bajo mis pies, pero… no hubiera encontrado estos 18 años de amor profundo, único.

Iba a guardar la foto de París, pero no, creo que su lugar está en mi mesilla. Los demás no ven nada más que un puente, dos farolas, una foto vieja y estropeada, con la Torre al fondo… yo veo a mi amor, nuestro amor y al destino.

Llaman a la puerta.

Abro despacio.

– Buenas tardes, mi nombre es Néstor, de Iberdrola, venía… que bonita foto… perdón, no quería… – ha sido un impulso y se ha arrepentido.

Nos hemos quedado mirándonos. Yo desconcertado, él incómodo.

He girado la cabeza y él ha bajado los ojos.

Yo he bajado los ojos, y él los ha subido.

Bajando y subiendo al final hemos coincidido.

– Quizás tengas ganas de comer conmigo.

Ilusión, un sí, miedo, esperanza. Todo en sus ojos.

– Vamos, Néstor de Iberdrola – digo decidido.

He cerrado la puerta, él ha cerrado la carpeta, y sin tenerlo previsto, a la altura del primero, mis dedos han acabado entrelazando los suyos.

Me he guardado la foto en el bolsillo de la camisa.

Y me he guardado su mirada en mi cabeza.

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Dedicatoria: A Dídac, Dedicar algo es… no sabes bien que decir. Pero esta historia parte de una foto hecha por él, de un paseo un día de niebla y lluvia. La música, como tantas en este blog en los últimos tiempos, ha sido elegida por él, y como casi todas, ésta también se amolda perfectamente al ritmo del relato. Son bandas sonoras, como las de una película. Y eso no es tan fácil. Pero él lo hace. Así que Dídac, este relato  es en tu honor. Gracias por tu complicidad. Gracias por todo.