Amor con distancias (II)

1ª parte de Amor con distancias

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La sentencia llegó. Sus ilusiones se hicieron añicos. Sus ojos empezaron a llorar. No podía ser. Se había enamorado de un chico de 16 años. Y ahora se daba cuenta de cuánto le quería. Se daba cuenta de que… le amaba. Ahora precisamente, ahora, se había dado cuenta de que… le amaba.

No fue capaz de seguir escribiendo. Porque además, ese puerto le resultaba conocido. Era el de Barcelona. Lo que quería decir además, que estaban muy lejos. Más de 600 Km. Un nombre tan castellano, y … tan lejos.

Y lloró. Álvar se desconectó. Y él… se apartó del ordenador.

Se fue al salón y se tumbó en el sofá.

Y lloró.

Algo le apretaba el corazón. Las entrañas. La razón le decía que, esto era una locura. Pero él no podía evitarlo. Le amaba. Llevaban apenas mes y medio charlando, y parecía que se conocieran de toda la vida. Confiaban el uno en el otro. Todas las cosas que pensaban y soñaban, las sabía el otro. Sus miedos. Sus problemas con sus amigos. Con su familia. Pero nunca, nunca habían hablado de cosas como la edad, el sitio de donde eran, o cosas tan normales en otros sitios y con otras gentes, como sus características físicas.

Y es que, como se sentían tan cómodos así, ¿para qué preguntar? Ahora, Adrián se da cuenta de que quizás, los dos se imaginaban algo de eso. Y retrasaron el momento sin darse cuenta. Se imaginaban que, sus circunstancias personales les haría casi imposible el vivir algo más que una amistad profunda, pero lejana. Que eso que sentían, porque Adrián, ya en ese momento, pensaba que era correspondido, era algo que, era muy difícil que pudieran vivirlo.

Durmió allí, en el sofá del salón. Dormir era mucho decir. Hacía frío, pero no le apeteció levantarse. En realidad no tenía fuerzas. Parece que, todas las fuerzas, la ilusión, el empuje que le había dado Álvar, en estas semanas de contacto, se habían esfumado. Hasta hace unas horas estaba planeando el momento en de conocer a Álvar. Se estaba preparando para proponérselo. Pero todo se derrumbó, por una puta foto.

A las 8 no le quedó más remedio que levantarse e ir a abrir su negocio. Fue a apagar su ordenador, y encontró un mensaje de Álvar.

– Quisiera hablar contigo. Si no te importa te dejo mi teléfono, 629xxxxxx. Llámame cuando puedas. Te quiero.

El mensaje lo escribió a las 6 de la mañana. Lo que quería decir que, él tampoco había dormido. Y ahora se abría otro dilema. ¿Llamar? ¿No llamar? ¿Olvidar todo y salir del blog, del messenger, de todos los nuevos conocidos que tenía alrededor del blog?

Pero tras un día de trabajo absolutamente ineficaz, porque no podía concentrarse, tenía la cabeza en Álvar, a las 8 de la tarde, le llamó.

Y hablaron.

Horas y horas. Al final los dos acabaron enchufando el móvil al cargador y hablando así. Lloraron. Y se dijeron todas las cosas que no se habían dicho en estas semanas. Y lo que habían pensado ese día desde que descubrieron la parte de ellos que no conocían. Álvar, propuso conocerse. Y en eso, Adrián, fue en lo único que no se dejó llevar por la situación. Por el corazón. Por la congoja. Por el amor. Por la pasión.

Al final llegaron a un acuerdo. Sí cuando Álvar cumpliera los 18, seguían sintiendo lo mismo, Adrián sería el primero de buscar la forma de conocerse.

Y el tiempo pasaba. Y Adrián, cada día, estaba más seguro de una cosa. Ese chico le había robado el corazón, la cordura y cualquier signo de raciocinio. Estaba cada día más enamorado. Y eso significaba, llorar. Sufrir. Porque… amar sin poder tener al chico de sus sueños en sus brazos, no poder llorar y dejar que llore en su hombro. No andar desnudos por casa, no cocinar juntos, o comer juntos, o ducharse juntos… no podía soportarlo. Hablaban todos los días. Por teléfono, y por el messenger. Y por mail. Habían encontrado una forma de que no afectara demasiado a sus actividades. Pero eso cada día resultaba más insuficiente. Más frustrante. Querían más. Más. Querían estar juntos. Mirarse a los ojos, sin que fuera videoconferencia. Sonreírse, con sus labios a un suspiro… los unos de los otros. Juntos…

Juntos.

Juntos.

Esa era la palabra que le atormentaba. Esa era la palabra que le hacía no dormir bien.

Juntos.

La forma de conseguir estar junto a él. No ya unas horas, sino todos los días, a todas horas.

Juntos.

Todos los días lloraban los dos al despedirse. Y todos los días, los dos tardaban en dormir. La rabia era la causa. La rabia de haber encontrado a quien amar, tan lejos en todos los sentidos. En edad, en distancia. En forma de vivir. No era lo mismo un pueblo como Lerma, de unos cuantos miles de habitantes, que Barcelona, de unos cuantos millones, y con una zona de ambiente grande, y sin la necesidad casi imperiosa de vivir en la oscuridad. Pero cada día que pasaba, Adrián estaba más convencido de intentar hacer lo posible, cuando fuera posible, y si nada cambiaba, para poder cumplir su sueño. Para poder tener en sus brazos a Álvar. Pero tenía miedo a la vez. Estaba acojonado, en realidad. Pero daba igual. Mejor arrostrar los problemas que le acarrearía el lanzarse así, que la frustración y la desesperación de estos años.

Juntos.

Juntos.

¿Algún día?

Ese día tocó día pesimista. Y tras una hora más de darle vueltas a la cabeza, y de tener las manos doloridas de tenerlas apretadas de la rabia, de la frustración… lo vio todo negro.

Pero a lo mejor, mañana, o sea dentro de una hora y pico, al levantarse, lo veía de otra forma.

Juntos…

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Relato completo

Amor con distancias (I)

Adrián cerró el messenger.

Eran las 5 de la mañana. Y unos minutos. Dentro de tres horas debería levantarse para ir al trabajo. Y debería haber dejado la conversación hacía ya unas cuantas horas. Debería.

Llevaba ya unos meses en que debería haber hecho muchas cosas. Pero nada de lo que su razón le indicaba que debía hacer, nada, era lo que el corazón y todo él le pedían hacer.

No recordaba cuando comenzó. ¿En febrero? Puede ser. Llevaba ya tres meses escribiendo un blog. Un día le dio por ahí. Llevaba ya unos meses absolutamente enganchado a ellos. No comentaba en ninguno, no se atrevía. Pero ese día, estaba tan mal que, se lanzó. Y empezó a comentar a todos los que leía, y algunos de los nuevos. Y para finalizar la gran traca, también a altas horas de la madrugada, creo el suyo propio… “Un rincón donde patalear”.

Y empezó a escribir casi diariamente. Unas veces tristezas, otros días locuras, para olvidar las frustraciones, y otros días sencillamente ponía un vídeo.

Muchos a los que comentó, llegaron a su blog, y empezaron a comentarle. Parecían majos casi todos. Incluso a algunos empezó a tratarles, primero por mail y después por el messenger. Con muchos se sentía identificado, en muchas de las cosas que pasaban por su mente. Con otros, por lo menos podría hablar de hombres, cosa que no podía hacer con casi nadie en donde vivía. Por no decir con nadie. Lerma, el pueblo de Burgos donde vivía, no era el mejor sitio para ser gay. Por lo menos, el no se atrevía a vivir como tal.

Y ese día de febrero… ¿qué día fue exactamente?… Por más que intentaba recordar el día del primer comentario de Álvar. No se había fijado nunca en su blog. Pero ese día, al final, acabó leyéndolo entero. Y para variar, también le dieron las 3 de la mañana.

Pues no se iría a la cama sin comprobar qué día fue ese. El 3 de febrero. Tras buscar día por día en su blog, lo encontró. El 3 de febrero.

Y ese día, a partir de ese día, mejor dicho, empezó a cambiar su vida. Le siguió todos los días. Todos los días se comentaban en sus respectivos blogs. Y al final, un día recibió un mail de él. Parecía que habían pasado siglos desde el primer comentario hasta el primer mail, pero a penas fueron 10 días. El 13 de febrero.

Pensando en ese día, no pudo por menos que empezar a sonreír. Recordaba los casi 15 mails que cada uno mandó al otro. Fueron horas y horas. Porque no eran mails cortitos, no. Eran largos. Pasó toda la mañana en su negocio leyendo y escribiendo mails.

Pero nada sabía aún de Álvar. El nombre le gustaba, era un nombre muy castellano. Y poco común. Parecía como si estuviera cerca de él. Y eso le gustaba. Podría incluso llegar a conocerle un día. Y quien sabe a lo que le llevaría esto. Porque la confianza que había entre ellos, la complicidad, parecía indicar que, eso era posible.

Y al final de la jornada, llegó un mail en el que se le invitaba a hablar por el messenger con Álvar. Ya había cerrado su negocio de maquinaria agrícola, así que, salió corriendo hacia su casa. Apenas 5 minutos después, ya tenía su ordenador en casa encendido, y con el messenger abierto. Ahí encontró el mensaje típico para anunciarte que, te habían agregado y si aceptabas. Le dio al aceptar, sin siquiera mirar quien le había agregado.

Y allí estaba él. Conectado.

No le dio tiempo a pensar nada, ya tenía un saludo largo y chispeante. Abrió completamente la ventana y vio el patito amarillo como foto. El solía tener una foto de la Playa del Sardinero de Santander, donde había pasado bonitos verano con sus padres, cuando él era pequeño.

Y hablaron.

Y hablaron.

Y sabes, sin saber ni siquiera como era Álvar físicamente, ni nada de él, ni en donde vivía, ni si estudiaba y trabajaba, se sintió todavía más atraído por él. Parecía un poco más joven que él, por la forma de hablar, pero eso le daba igual. Se sentía cómodo, se reía, y él, parecía estar cómodo con él, y se reía… y por la velocidad de respuesta parecía que ninguno de los dos estaban manteniendo otras conversaciones paralelas. Y Álvar le confesó que tenía al menos 100 contactos activos en el messenger.

Siguieron días así. Hablando todo lo que les permitían sus ocupaciones. Escribiendo en el blog, comentándose. Los dos olvidaron las demás bitácoras que visitaban.

Un día, un par de semanas después, se decidió a poner una foto suya. No es que tuviera ningún problema en ponerla, pero como Álvar tampoco la ponía, pensó que, si la ponía le obligaría y no quería que eso sucediera. Cuando apareció Álvar en el messenger, vaya, también tenía puesta una foto. Los dos pensaron lo mismo.

Y se quedó perplejo.

Lo que veía era, la foto de un chaval. Nunca hubiera pensado que, Álvar, tuviera… es que aparentaba… no tener más de 18 años.

La sorpresa parecía mutua.

Álvar tardó en abrir ventana.

Al final, lo hizo.

Adrián no se atrevía.

Y Álvar, después de su habitual forma de saludo, le dijo algo así como…

– Parece que nos hemos puesto de acuerdo para poner una foto…

Y Adrián contestó…

– Pues sí… jajajajaja… y ¿hemos puesto los dos una foto nuestra?…

Y Álvar, tardó en contestar unos segundos que, parecieron siglos….

– Yo sí que he puesto una foto mía… me la hice ayer… me la hizo un amigo en el Puerto

Y Adrián, tras unos segundos… contestó sin mucha alegría…

– Pues entonces sí, hemos tenido la misma idea… la foto que he puesto es mía, me la hice en la excursión a Covarrubias que hice el otro día… ¿te acuerdas que te conté?

Y Álvar volvió a demorarse en la respuesta…. pero esta vez más… mucho más… Adrián no dejaba de mirar la ventana, esperando que llegara una frase de Álvar… y no dejaba de darle vueltas a la situación… Y no dejaba de pensar en que… en que… y no dejaban de llorar los ojos… porque se había enamorado de un chaval de no más de 18 años… y él…

– ¿Te puedo hacer una pregunta?

– Claro – escribió Adrián – siempre he contestado a todas tus preguntas.

– Vale, es cierto… ¿Cuántos años tienes?

Y era una pregunta inocente. Pero ahora, lo que veía en el recuadrito de la foto del messenger, daba una importancia tremenda a la pregunta… y todavía más a la respuesta…

– Tengo 37 años.

El silencio se volvió a adueñar del messenger. Al final, Adrián se atrevió a preguntar…

– Álvar… ¿y tú? ¿Cuántos tienes?

Tardó en contestar. Parecía que se había ido. Incluso Adrián comprobó que la conexión estaba bien, y que Álvar seguía conectado.

– Tengo 16 años.

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Amor con distancia (Final)