Bernat retoma su vida.

Esta historia empezó aquí.

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Al final Bernat volvió a la Universidad. Fue casi un mes después de lo que debía.

El entierro de su madre fue algo difícil de sobrellevar. Tanta gente, tantas cosas que le dijeron, tantos saludos de personas desconocidas, palmadas en la espalda, consejos, tantas sentencias dictadas con membrete de verdades absolutas, tantos sentires mascados en murmullos y con pretensiones de calar en el ánimo de Bernat, que necesitó casi dos meses para que esas escenas vividas con un halo de irrealidad, dejaran de penetrar en sus sueños y destruirlos a ritmo de taquicardia y sudores fríos.

La primera noche la pasó en su casa. O al menos lo intentó. A las cinco de la mañana, en pijama, como cuando era pequeño, se encontró llamando a la puerta de su vecina, Matilde. La mujer lo abrió sin aprensión: conocía su forma de llamar, que no había cambiado desde los 7 años. Lo miró durante unos segundos intentando contener las lágrimas y la pesadumbre. Al final no consiguió ninguna de las dos cosas y abrazó al chico. 19 años como si fueran 7.

Bernat se dejaba abrazar. Lo que sentía desde bien pequeño cuando Matilde, la vecina del 2º lo acogía entre sus brazos, era algo difícil de explicar. Se sentía más seguro ahí que con cualquiera de sus padres. Su padre siempre pasó de él. Era un ente que vivía en su casa, nada más. Su madre… siempre le había mostrado su cariño, pero había algo, como una tela invisible que impedía que él la sintiera cerca.

Quizás algo tuvo que ver los gritos del cuarto de al lado, el de sus padres.

No, no, ese tema era tabú. No debía pensar en ello. Se agobiaba. Su corazón empezaba a galopar sin descanso hasta dejarlo sin resuello.

Esa primera noche Matilde lo llevó a la cama que le tenía reservada. La tenía preparada porque se esperaba algo de eso. El chico se tumbó sin decir nada. Ella le arropó y le acarició la mejilla. Le ayudó a cerrar los ojos y le susurró al oído: “Estoy aquí, Bernat, ahora nadie te puede hacer daño”.

Respiró profundo, suspiró aliviado y durmió un par de horas tranquilo. Eso le permitió resistir lo que le esperaba a partir del día siguiente.

Tuvo un impulso y fue a ver a su padre entrar en el juzgado. Se vistió con un chandal con capucha. Se puso unas gafas de sol y se encogió sobre sí mismo. Le dolían las cervicales de la postura, pero sentía que debía hacerlo. Cuando el coche de la policía se fue acercando, empezó a gestarse un rugido entre la muchedumbre. Empezó siendo un murmullo pero en apenas unos segundos, aquello se convirtió en un alarido de indignación. Si la policía no hubiera estado desplegada con generosidad, Bernat estaba seguro que toda esa gente que esperaba en la puerta de los juzgados se hubiera abalanzado contra su padre y lo hubiera descuartizado. Se lo imaginaba en medio de la muchedumbre, con decenas de manos golpeándole, rompiéndole la ropa. Él hubiera intentado huir, pero sin dejar ese ligero aire chulesco que siempre exhibía. Pero sus esfuerzos hubieran resultado en vano, porque esa marabunta no estaba dispuesta a dejar escapar su presa. Se lo imaginaba en el suelo, ahora con esas decenas de pies golpeándolo a discreción y sin descanso. Él intentado taparse con sus brazos. Pero era un esfuerzo inútil. Y de repente, sus miradas se cruzaron y como siempre desde que tenía uso de razón, vio reflejado en sus ojos el desprecio que siempre le había profesado, desde que podía recordar. Y esa mirada le hizo sentirse poca cosa, como siempre, desde que podía recordar.

Bernat se fue retirando y una nueva recua de gente ocupó su lugar para acabar de machacarlo. Cuando solo fue un cuerpo informe lleno de sangre, la muchedumbre se fue retirando poco a poco. Como último recuerdo, algunos le daban una patada en lo que minutos antes parecía su cabeza. Bernat se quedó mirándolo en la distancia. Y aún así, siendo un cuerpo informe y sanguinolento, pudo sentir su desprecio. Su asco. Y sus celos.

No ocurrió como otras veces cuando había visto escenas parecidas en la televisión. La policía no intentó ocultar el rostro de su padre. No lo llevó en volandas hasta el interior del edificio. Su padre no se mostró contrito. Seguía siendo el hombre desafiante que siempre había conocido. Eso envalentonó más si cabe a la muchedumbre que arreciaron en sus gritos. “Asesino”. “Maltratador”. “Hijo de la gran puta”. “Al paredón”.

Bernat fue saliendo del mogollón. Obervó la escena durante un rato. No se había dado cuenta hasta ese momento de que la gente que chillaba eran casi todo mujeres. Muy pocos hombres. Vio alguna cara conocida, pero… el resto eran completos extraños. También fue consciente que en realidad no había conocido que su madre tuviera muchas amigas. Quizás no las había tenido. O quizás no las había conocido. Se dio cuenta de que conocía poco de ella.

“Tu madre te ha querido con locura, no lo olvides nunca”.

Matilde siempre se lo recordaba. Pero él no lo había sentido así.

Llevaba recordando esos días posteriores al asesinato de su madre sin tregua. Cada día, al levantarse, era la misma rutina. Un café con leche cargado, meterse en la ducha y sentarse en la terraza de la casa de Matilde.

Habían pasado unas semanas. Ahora había cambiado de escenario: estaba en su piso de estudiante, con Bernardo y Juan trasteando por la casa y él sentado en su habitación, mirando la pared.

Escuchó como un sonido lejano el tono que indicaba que había recibido un wasap.

“Ven a casa, estoy solo. Te echo tanto de menos”.

Acarició la pantalla sobre las letras que conformaban las dos frases que le acababa de mandar Lorién, su ex. Y sin poder evitarlo, sintió por primera vez que no se había quedado solo en la vida. Escuchó como reían sus dos compañeros de piso. Apenas le habían mandado un wasap cuando se enteraron de lo ocurrido.

“Voy”

Lo escribió y lo mandó.

“Guay”

Lorién contestó y se sonrió. Dejó el teléfono en la repisa del baño y se metió en la ducha.

Parado en descansillo.

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Modelo: Daniel Whittaker.

Bernat bajaba despreocupado por las escaleras. Con su pantalón blanco y su camiseta blanca. Era verano y hacía calor. Era verano y estaba de vacaciones. Había vuelto hacía unos días de la Universidad. Todavía no se había habituado a su nueva situación. Los últimos meses habían sido muy intensos, con muchos exámenes y otros tantos trabajos para entregar. Estaba muy cansado.

Tampoco había ayudado que en esos meses había roto con su novio. Empezó a no sentirse bien a su lado justo con las Navidades. En San Valentín parecía que se arregló un poco: fueron a cenar los dos solos y después, tuvieron una noche pasional. El sexo era bueno con Lorién.

Pero eso duró poco, lo que duró el sexo. Luego… Bernat se dio cuenta de que no estaba a gusto con él. No era lo que quería para su pareja. No le daba lo que necesitaba, a parte de sexo.

Le costó pero rompió con él.

Y luego, aunque parezca contradictorio, le empezó a echar de menos.

Nunca había estado solo hasta ese momento. Y lo pasó mal. Le costó reanudad su vida, sus clases, sus relaciones con los amigos y compañeros. Y también tuvo que esforzarse en recuperar el contacto con sus padres, un poco deteriorado últimamente. Lorién era muy absorbente y … había dejado un poco de lado al resto de su mundo.

Era el primer día que salía de casa, desde que volvió de la Universidad. Los tres días anteriores se lo había pasado zascandileando por la casa. Su madre lo despertaba a media mañana, le preparaba el desayuno, le revolvía el pelo como hacía desde que era pequeño. Luego Bernat salía a la terraza y se tiraba en la tumbona. Cogía un libro, pero apenas leía durante diez minutos antes de volverse a quedar dormido.

La hora de comer, su madre que iba a trabajar. Su padre que volvía a las 8. Su padre no le revolvía el pelo. Se saludaban sin más.

Pensaba ir a dar una vuelta y ver como había cambiado la ciudad. Era una excusa, no llevaba tanto tiempo alejado para que eso hubiera ocurrido. Pero a a veces era muy peliculero. Quizás luego llamaría a Julián y a Ana para tomar unas cervezas. Dudaba si llamar a Waldo. Tuvieron un rollo el verano anterior y acabaron un poco mal. Lorién se le pasó por la cabeza. Solo se le pasó. Seguía echándolo de menos.

Cuando llegó al segundo piso, se abrió la puerta del B. Se paró. Coincidió con que Bernat se dio cuenta de que había mucha algarabía en el portal. Y subía y bajaba mucha gente ese tramo de escaleras. Todos parecían policías o médicos de ambulancias. Unos policías con chalecos y cascos y unos rifles enormes con miras telescópicas salían en ese momento del B. Se pararon un segundo, como esperando a alguien. Ese alguien parecía que llegaba y reemprendieron la marcha. Fue entonces cuando reconoció a esa persona.

Se quedó blanco. Quieto. Sin habla. No pudo mostrar ninguna emoción porque todas desaparecieron de su rostro en un bluff de mago. Hasta se le olvidó respirar durante unos segundos.

Él iba con la mirada gacha, entre otros dos policías que lo flanqueaban. Iba esposado.

Los hombros de Bernat se hundieron sin fuerza. Su mirada se perdió al frente. Su padre lo miró un instante. No quiso o no pudo mantenerle la mirada. Seguía con los ojos fijos, hacia delante, sin pestañear.

Se acercó la del A. Acarició un momento su rostro y lo obligó a que recostara la cabeza en su hombro.

– Llora mi niño – susurró.

Matilde era una buena mujer que había cuidado de él muchas veces, cuando era pequeño. Ahí tuvo el primer estertor de llanto incontrolado. Tardó un par de minutos en convertirse en una catarata de llanto desconsolado.

No quería saber, aunque lo sabía. No quería saber de quién era la sangre que llevaba en la ropa su padre. Pero… lo sabía.

– Tu madre no hizo nunca nada de lo que tuviera que arrepentirse. Recuérdalo siempre, Bernat. No te dejes embaucar por nadie ni por nada. No escuches a los que intentarán culpar a la víctima.

Bernat levantó un segundo la cabeza y buscó los ojos de Matilde. Vio mucha rabia en ellos, mucha impotencia. Y decisión.

– Entra en casa, cariño – le ofreció.

Pero Bernat prefirió quedarse un rato más en la escalera. Mirando al frente, sin ver, ni sentir. Buscando algo a lo que agarrarse. Buscando un por qué. Y buscando alguna pista que le llevara a ver un posible futuro para él. El de su madre ya no existía. Salía ahora en una camilla, envuelta en una sábana atada. Y el de su padre, francamente, le daba igual.

También buscó dentro de él, alguna razón para no sentirse culpable. “Señor juez, yo no vi nada, no oí nada, no…” pero si vio, y oyó, aunque no hizo caso. O no quiso hacérselo. O no le dio importancia, total era como siempre recordaba, un poco más, un poco menos, no sabía. O todas son las disculpas que se puso antes o después, por justificar, por eso de seguir viviendo sin algo que te oprima el corazón permanentemente.

Como Matilde. También vio. Pero… ella quizás se refugiará en salvar a Bernat.

Los policías desaparecieron. La puerta del B se cerró y una señora le puso una cinta que decía “Juzgado”, y puso un sello de cera.

El silencio fue apropiándose del edificio.

Y Bernat seguía ahí, sin fuerzas, sin alma, sin vida. Solo. Incapaz de moverse. Vestido de blanco, para ir a pasear por la ciudad, y quién sabe, quedar con Waldo para tomar unas cervezas. O con Ana. O con Jaime. O solo.

– Ahora sí que estás solo, campeón. – murmuró entre dientes.

Tenía buen sexo con Lorién. Lorién. Lo echaba de menos. No sabía por qué, de repente, le había venido ese pensamiento. Era buen sexo, pero su ex le recordaba a su padre. Era algo intangible, pero… era así. Quizás por eso lo dejó, aunque no lo supo hasta ese momento, en el descansillo, en el 2º.