Estabas desnudo…

Te miré cuando saliste del baño, después de ducharte, en tu casa, en la mía. Ibas desnudo, pero no vi tus genitales. Solo vi tu cuerpo mojado, tu mirada, tus labios acariciando el filtro del cigarrillo que te habías encendido.

Volví a mirarte cuando te sentaste en la butaca, pensativo. Tus muslos, tus hombros.

Luego te arrodillaste para recoger algo que se te había caído. Bromeaste  con las camisas que tenía colgadas en una puerta, para que se secaran.

Me miraste tú desafiante, con tu tazón de café.

Estabas desnudo pero parecía que te cohibía que te viera tu sexo.

Cada vez que te miré no ví tu desnudez al completo. Tampoco me obsesionaba, al fin y al cabo la noche anterior la había tenido entre mis manos, en mi boca, en mis muslos…

Sabes, ha sido esta mañana cuando te he deseado de verdad, cuando me he acabado enamorando de ti.

 

Miedo.

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Apenas musitó la pregunta. Casi no se pudo escuchar aunque pudo leerse los labios en su reflejo. Le gustaba leerse los labios. Pensaba que era una forma más interesante de hablar consigo mismo. Se imaginaba entonces la cara que pondrían los demás si le escucharan. Aunque eso nunca sucedería. Muchas cosas jamás las diría en voz alta, nunca las compartiría con nadie.

– ¿Cuál es tu precio Hugo? – repitió, de nuevo en silencio.

Cerró los ojos aterrado ante la posibilidad de ver en el espejo a sus labios musitar la respuesta.

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Concierto para flauta H 438  de C.P.E. Bach – 2º mov.

Me iré a dormir y soñaré…

No sé si hay luna llena o es luna nueva. No sé si el sol saldrá mañana o si las nubes empañarán el día. Pero lo que sé, es que me iré a la cama en un santiamén, y dormiré, y dormiré, y dormiré.

Porque me apetece soñar con un mundo bonito y alegre, lleno de buena gente, de sonrisas y de amor. Lleno de Príncipes guapos, con o sin corcel, que mi miren a los ojos y me conquisten. Lleno de gente verdadera, sin dobleces, que no intenten joder al prójimo para soltar sus propias miserias e incompetencias. Que se quiten la máscara de una puñetera vez y dejen ver lo que hay de verdad en ellos, que es mucha verdad. Verdad subjetiva, claro, como casi todas las verdades. Pero verdad.

Un mundo lleno de dinero, joder, también de eso, que no nos engañemos, sin eso no vamos a ningún sitio.

Saludos al que ha llamado por teléfono a casa a la 1,35 de la mañana. Me hubiera gustado al menos escuchar su voz y contarle después el salto que me ha dado el corazón.

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Sueño de Amor, de Liszt.

¡Hey! ¡Qué estoy aquí!

Pues que me han cerrado el blog, el otro. El atrevido.

Que ya mis dedos no podrán volar sobre el teclado.

¿Por qué? Vete tú a saber. Paso de dar vueltas al tema. Esos robots misteriosos de Google, ellos sabrán.

Esto es lo que os comentaba cuando en aquel post mítico “Vendo mi blog”, es uno de los riesgos de tener blog, lo que le da emoción.

Pero mira, podría despotricar, ya perdí dos blogs así hace exactamente 2 años y un mes. Pero me pilla en una época que casi me apetece mandar todo a tomar viento. Así que a lo mejor, es lo que hago, mandar todo a eso. Y dedicar todo mi tiempo a ver películas y leer todos esos libros que tengo pendientes, y dejar que otros escriban y os muestren la belleza de los modelos masculinos.

De momento seguiremos aquí, y ya veremos lo que hago. Así que este es el único y último reducto de tatojimmy. De aquí al cementerio de los blogueros olvidados.

 

La importancia de un segundo – reposición.

Y vamos con el segundo 2º. Y se titula, “la importancia de un segundo”. No hace falta que os explique que este post quedó en segundo lugar ex aequo con “¿Eres gay?”. Y claro está, también merece el premio de tener una segunda vida, Porque ya se sabe que en un blog, los post prácticamente viven solo mientras se mantengan arriba. Cuando llega otro post que se coloca en primer lugar, parece que ya no tiene vida, salvo raras ocasiones.

Hoy pues, para reconocer el segundo premio que cosechó en la votación, lo volvemos a leer:

Un segundo solo. Uno.

Una discusión, un intercambio de palabras. Se acelera.

Una puñalada dialéctica.

Otra.

Los dos tocados.

“Perdona, no quería”

“Perdona yo tampoco”.

Pero los dos quedan tocados. Nada volverá a ser igual. Los dos han descubierto cosas de sí mismos que no sabían que estaban ahí. Los dos han descubierto una imagen que no querían dar.

Un segundo. Solo uno.

Un chico en el alféizar de una ventana.

Una duda: dar un paso adelante o no.

Eso es lo que separa vivir de morir. Luchar, de rendirse.

Una decisión que no tiene vuelta atrás. Un segundo que, aunque justo en el instante siguiente se arrepienta cayendo al vacío, no se puede echar atrás.

Un segundo. Solo uno.

La mano de un hombre soltando una torta a su mujer.

Un segundo solo. Uno.

Un cuchillo en la mano de un hombre atravesando el estómago de su ex-mujer.

“Perdón, perdón”, gritaba el hombre mientras se tiraba por la ventana. Perdón… ¿para qué?

Un segundo solo.

Un solo segundo. Una riña, un calentón. “Yo no quería”. Pero fue. Un golpe, una caída, la cabeza contra la acera. “Yo no quería”.

“Yo no quería”

“Yo no quería”

Todo cambia cada segundo. A veces podemos pedir perdón y rectificar. Pero otras muchas no. En un segundo podemos perder todo… podemos hacer que otros lo pierdan… no… no hay vuelta atrás.

Un segundo.

Con la de segundos que desperdiciamos, y más nos valdría perder algunos más si son de estos.

Un segundo.

Una decisión sin vuelta atrás. Una decisión, un segundo.