Diario de un hombre sin nada que contar. 51ª entrada.

Didac ha tenido mala semana.

Mucho trabajo.

El miércoles me fui de viaje. Trabajo. Reuniones de zona. Objetivos.

El viernes por la tarde, al volver, me encontré mi casa vacía. Oriol llegó corriendo. Me sonrió. Cara de pillo.

Vamos, nos esperan.

Cogí el porta-trajes y lo seguí. No abrí la boca. Me temía lo peor.

La casa de Didac.

Mucho trabajo y una mudanza, pensé. O ese era el mucho trabajo. Luego lo pagará, pensé. Tendrá que recuperar y estará histérico.

Una mudanza.

Estaban Pol y Didac, esperando. Unos amigos. Sergio, mi hijo pequeño, que anunció su llegada y justo, había llegado en ese momento. Nadie me había avisado. Ni su madre. Estaría en el ajo de todo. Teresa no se pierde un guiso.

Mi hijo me dio la mano y un abrazo de hombre.

Pol me dio un beso.

Llamó mi ex-mujer. En el ajo de todo, ya lo decía antes. Parloteó. No me preguntó por mi ánimo. Ni siquiera preguntó si había llegado Sergio. Didac le habrá informado. O los chicos. Los de López, no los nuestros. Y los nuestros. Todos la informan.

Me gustó hablar con ella. Siempre me gusta hablar con ella. La quiero. Mejor dicho, me gustó escucharla.

Muchos días me pregunto si no hubiera podido hacer algo para que ella, una vez liberada de los chicos, se quedara conmigo. Nos comprendíamos. Nos queríamos. Nos queremos. A nuestra forma. A mi forma. No, hubiera sido injusto. Ella merecía vivir una relación completa, con su sexo en casa, no buscado fuera. Ahora pienso que hubiera podido prescindir del sexo con hombres y centrarme en vivir con ella al lado.

La echo de menos.

Ella vive en pareja ahora, lejos. Yo he vivido el sexo, con muchos. Ella tuvo muchas aventuras hasta que apareció Alberto. Siempre volvíamos los dos a casa, y nos sentíamos bien. Juntos. No preguntábamos, pero intuíamos.

Al colgar, tuve un pálpito. La volví a llamar. Sabiendo que estaba mal, no me había llamado. No me había dado cuenta de ello hasta ese momento. No era propio de ella. Ella sabía como llevarme.

¿Qué ha pasado Teresa?, le dije a bocajarro.

Se echó a llorar. Alberto y ella lo han dejado.

Hablamos. Ella habló, mejor dicho. Yo preguntaba de vez en cuando. Sigue, le decía. Te escucho, le decía.

En un momento dado, calló.

Habla con Sergio. Te necesita. Adiós, Néstor.

Didac había encargado un ágape. Llegaban los del catering.

Pensé que me agobiaría. No pasó. Me sentí a gusto.

Didac se acercó a mí en un momento dado, y me agarró de la mano, entrelazando sus dedos con los míos. Le miré sorprendido. Me dio un beso en la mejilla. Sentí como raspaba sus labios contra mi barba si afeitar. Ahora solo me la recorto de vez en cuando. Se que le gusta. Le miré extrañado. No es de gestos de cariño, menos en público.

Sergio nos miraba. Pensé que no le gustaba. Se lo dije a Didac en un aparte, soltándome. Me reconvino y me volvió a agarrar.

Hazme caso, me susurró. Y me besó en los labios.

Pol y Oriol se acercaron. Sin venir a cuento, me dieron un abrazo y besos de abuela. Mi hijo había desaparecido. Estaría en el baño.

Me sentí bien.

López vino tarde. Venía desarreglado, un poco beodo.

Pol se escondió en la cocina. Oriol se fue a hablar con Sergio. Siempre se han llevado bien. Su padre se dio cuenta y se hizo el ofendido, pero poco.

Didac fue a hablar con López. Yo con los amigos.

Vino Eduardo. No me lo podía creer. Cercano, amigable, con buena onda.

Que le den.

Fue una bonita fiesta de inauguración de mi nueva casa. Mi nueva casa, la casa de siempre de Didac.

Habitación para nosotros. Otra doble para los chicos. Otra que ocupará ahora Sergio.

No, Sergio y Oriol ocupan la doble. Pol la otra. Eso los días que se queden a dormir aquí. Sobre el papel, siguen en casa de su padre. Si echara cuentas, están más tiempo conmigo.

Pensé que tenía que hablar con Didac. No sé si esto es lo que quiere de verdad.

Se acercó un momento cuando se fue López a dormirla. Me besó de nuevo.

Tenías razón, Néstor. Debíamos habernos juntado antes. Estoy feliz.

Es un cabrón. Me conoce. Sabe que le esperaba una charla. Así, la ha liquidado de un plumazo. Me ha dejado claro que está a gusto.

¿Me quieres?, le pregunto. Se me escapó.

Arrugó la nariz. Sonrió.

Siempre te he querido. Tenía miedo de destruirte. Todos los que están conmigo acaban asolados. Estos días estabas tan mal que me dije: no puede ir a peor. Me lancé y te dejé hacer.

Me guiñó un ojo.

Me eché a reír.

Sergio y Oriol parecen muy amigos. Mucho más amigos que lo que yo recordaba. Si es que recordaba algo de mis hijos.

Algo se me ha escapado de Oriol. Algo que parecen saber los demás.

El Madrid campeón, ra, ra, ra.

No lo puedo evitar, lo siento.

.

Néstor G.

Lo celebraron juntos.

Ganaron.

Miles de fotos. Alegres con los compañeros. Champán. En los vestuarios medio desnudos, saltos, abrazos, promesas cumplidas si ganaban. Fotos en el twitter, en Instagram, en Facebook. Fotos por wasap. Visitas magnas, presidentes, alcaldes. Visitas cercanas, familiares, padres, madres, mujeres, hijos y novias.

Alegres. Felices. En el Olimpo de los Dioses. Campeones.

Álvaro y Marco se miran. A distancia. Los dos saben lo que piensa el otro. Tantas fotos y no tendremos aquí y ahora la foto que nos gustaría. Los dos abrazados, besándonos, posando felices para la posteridad. Uno a cada lado de la copa. Los únicos que, en tanta maraña de fotografías, unas profesionales y otras no tanto, no tendrían un recuerdo de la hazaña junto a su pareja.

Aunque luego, por la madrugada, o quizás ya de mañana, se hagan su foto. Pero sin la copa. Con un balón. Desnudos quizás. Con una bandera o una bufanda rodeando sus cuerpos unidos.

Pero no es lo mismo.

Cuando empezaron a salir, al principio de temporada, lo sabían. Lo hablaron. Creyeron que eso no les costaría trabajo. Que no les afectaría. Pero al final, sí les está pasando factura. No es grande, porque su amor si es grande. Pero esas pequeñas cosas también tienen su importancia. Ver a todos sus compañeros celebrándolo junto a sus parejas, y ellos procurando estar separados por si se escapa una mirada, les empieza a doler. Y más si deben ir a agasajar a sus parejas femeninas postizas, las que les ha puesto su equipo de imagen. Para evitar habladurías.

Solo se abrazaron en la celebración del gol. Álvaro no se contuvo y le besó en la mejilla. Pero eso no cuenta, eso lo hacen todos. Hubiera sido bonito bersarle en los labios, agarrándole fuerte la cara, comiéndole su sonrisa.

Al llegar a Madrid tienen unas horas de asueto. Pocas. Se escapan a su refugio secreto, un piso al que pueden acceder directamente desde el garaje sin que nadie les vea. Casa uno llega por separado, directos al garaje. Álvaro llega primero. Pone la tele. Siguen con las imágenes del partido, de las celebraciones. Ve unas en las que besa a Marta, su pareja. Su representante estará contento: los cámaras pillaron el momento. Ve a todos los demás con su gente, sus niños, sus mujeres. Y él corriendo de un lado para otro. Cortando redes, saltando, sus padres, alejándose de los periodistas por si acaso.

– Creía que habrías abierto ya el cava.

Giró la cabeza justo cuando Marco le rodeó la cintura con su brazo y le besó en los labios.

– Vamos a sacarnos nuestras fotos.

Álvaro fue a la nevera para sacar las copas y la botella de cava. La abrió mientras volvía al salón. Marco tenía la cámara de fotos en la mano. Una cámara segura, sin conexión a redes, para evitar errores y visionados indeseados. Le saca unas fotos mientras sirve las copas. Álvaro sonríe, mientras le dice que no le saque fotos.

– Estoy sudado – se excusa.

– Me gustas sudado – le pica.

– Hace calor – dicen los dos a la vez.

Se desnudan y se recuestan en el sofá. Álvaro rodea con sus brazos el torso de Marco. Le besa en el cuello. Beben un par de sorbos de cava y se sacan unas fotos.

– Ninguno de estos va a tener unas fotos de celebración como estás – apunta alegre Marco, señalando sus cuerpos desnudos.

– Pero no se las podemos enseñar a nadie.

– Ni se te ocurra. Estamos sudados. No nos darán anuncios con estas pintas.

Se ríen.

Se giran para seguir besándose.

– Tengo algo – dice de repente Álvaro, levantándose de un salto. Va a su habitación y vuelve con una foto enorme de la copa que acaban de ganar. Marco aplaude la idea. Coloca la máquina sobre una mesa, encuadra, y la pone en disparo automático. Corre a colocarse al lado de la imagen.

– Sonríe – pide Álvaro.

La cámara empieza a disparar. La primera les pilla mirándose a los ojos. La segunda, con los pulgares arriba. La tercera con la V de victoria. La cuarta se miran sin sonreír. La quinta se besan. La sexta se besan. Y la séptima, y la octava. La novena Álvaro vuelve a poner la V con sus dedos, la décima se miran, la undécima se miran más de cerca. La duodécima, se vuelven a besar.

Marco coge el mando del equipo de música y pulsa el play.

– Dice mi padre que bailaba esto en las discotecas cuando se ligó a mi madre.

(Backstreet Boys – I’ll Never Break Your Heart)

Rodea la cintura de Álvaro y le acerca su copa de cava. Pega su cuerpo al suyo y empiezan a moverse al ritmo de la música. Lentos. Sin apenas moverse. Con las copas entre ellos. Bebiendo pequeños sorbos de vez en cuando.

Saben que volverán a hablar del tema dentro de poco. Decirlo o no decirlo. Vivir a escondidas o no. Son jóvenes, con una carrera por delante. Son buenos. Cobran mucho dinero. Saben que en su mundo, empezando por sus entornos, les dirán que no lo hagan. Que perderán mucho dinero. La carrera. “Seréis los gays del fútbol. Se os recordará por eso. Nada más”.

“Sería una pena. Sois muy buenos en esto”.

“Total, son unos años. Luego hacéis lo que queráis”.

Total, unos años, se repiten para ellos. Pero les duele tanto vivir así esos años… si no se hubieran enamorado, quizás fuera más llevadero. Pero se quieren. Les duele cada vez que están separados. Y además, está la boda. Álvaro se casará en unas semanas con su novia oficial. Irán todos los compañeros. Y dolerá. Besar a la novia en el altar y pensar que lo que de verdad quisiera es que en lugar de Marta, estuviera Marco.

– Alva, no te amargues. – sabe lo que está pensando su amor – Disfrutemos del momento. Vuelve conmigo. Baila. Ya nos preocuparemos del resto mañana.

Sonríe.

Y bailan. Y se abrazan más fuerte.

—-

Nota:

Las fotos pertenecen a la película “Barcelona noche de verano”. Alex Monner y Luis Fernández.

¿Hay algo más bonito que el amor?

¿Hay algo más bonito que el amor?

Han pasado muchos años. A lo mejor, solo han sido unos meses, días, ¿semanas?

Te miro y me siento tranquilo. Te apoyas en mi pecho, en la cama, y me siento ligero, como si fuera a salir volando por la ventana. Me das una patada mientras dormimos y, aunque me has despertado y mañana madrugo, me doy la vuelta y te abrazo. Y me vuelvo a dormir sintiendo como te abandonas, como tu cuerpo se relaja entre mis brazos.

Abro el teléfono y veo tu nombre.

Abro el Instagram y veo tu cara sonriente.

Cierro los ojos y te recuerdo cuando te enfadaste porque se me olvidó el cumpleaños de tu madre.

¿Te he dicho que te quiero?

Te quiero.

Dicen que esto no dura mucho. Que es química, o física.

Un día más, te quiero.

Hasta que dure lo viviré.

Ojalá dure mucho. ¿Dos vidas? ¿Las nuestras?

Mejor, una eternidad.

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Actualización:

Mi querido Dídac, me ha mandado esta música llena de magia, de ternura, de buenas vibraciones para acompañar este post.

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Muchas gracias Dídac.

Abrazándome fuerte.

La miré ahí, en el ataúd. Está cerrado, pero tengo su imagen prendida con chinchetas en el tablón de mi corazón. Se me encoge el alma. Se ha ido sin hacer ruido. Sin molestar. Como ella quería. Durmiendo.

Tardé en amarla. Amor. No sabía lo que era. No te enseñan esos conceptos en la escuela. En las novelas el amor es grandilocuente, pleno de purpurina y fuegos artificiales. Estómagos llenos de mariposas. A veces esas mariposas recurrentes se convierten en sanguijuelas y los fuegos artificiales tornan en dramas llenos de negrura, de amargura, de dolor.

Pensé que no la amaba. No había pomposidad en lo nuestro. Al menos no la había en mí. Ella siempre sonreía, me acariciaba el rostro, me besaba los labios. Me sonreía. Ella sabía que no era amor lo que me unió a ella al principio. Era necesidad, era una escusa para huir del miedo, del oprobio, de la vergüenza. Ella en cambio, era todo amor, desde que me miró directamente a los ojos en aquella cafetería, al lado de su amiga Carmela. Allí me sonrió por primera vez. Allí pensé que sería una buena opción.

Y lo fue.

Día a día me fue conquistando. Sin mariposas, sin fuegos artificiales. Con paciencia. Cuanta tuvo conmigo cuando me despertaba por las noches, asustado, lloroso, sudoroso.

Ella sabía, pero callaba. Me acariciaba la cabellera empapada de sudor y me sonreía.

Se acercó Borja. Mi hijo mayor. Se sentó a mi lado. Es igual a su madre. Tiene su misma sonrisa, él sabe, lo sé. Sabe lo que la he amado. A mi manera. Parco en gestos. Lo sabe. Todo. Sabe lo que estoy sufriendo. Lo que he sufrido toda mi vida. Me pasa la mano por la espalda, despacio. Me coge la mano. Me la aprieta, como hacía ella. Me da un beso en la mejilla. Ella también lo hacía. Sonrío. Se me escapa una lágrima.

Ahora lo sé. No pude amarla más. Lástima que ya sea tarde para ser yo quien apriete su mano, quien la bese en los labios, en la mejilla, cada instante.

Saúl se sentó al otro lado. Saúl es nuestro segundo hijo. Es igual a mí. Repartimos los genes. Lo hicimos bien.

Íbamos al parque los sábados. Los niños corrían con Rusty, el perro que teníamos por entonces. Corríamos, jugábamos con la pelota. Llegaba un momento en que me hacía el cansado y me sentaba en un banco. Me quedaba como mirando al infinito. Pero en realidad lo mira a él, que acababa de llegar con su esposa. Se sentaban en otro banco, un poco distante, pero no demasiado. Abrían un libro cada uno y leían al calor del sol. Ella leía. Él me miraba de soslayo.

Yo lo miraba a él. JJ. Él me miraba a mí. Nada más que mirarnos. Nada más.

Que hubiera pasado si nuestros tiempos fueran los de ahora. Si no hubiéramos sido unos cobardes. Recuerdo que cuando nos conocimos, lo nuestro sí tuvo fuegos artificiales. Lo nuestro sí llenó nuestros estómagos de mariposas. Sí hubo drama. Mucho. Y mucho amor.

Pero su padre intuyó algo. El mío también. Mucho drama.

Nos separaron. Éramos jóvenes y cobardes.

Un día, muchos años más tarde, por casualidad, nos vimos en el parque. Sábado a las 12. Y todos los sábados, tácitamente, nos veíamos allí. Él con su mujer, yo con la mía, con mis hijos, mi perro. Él con los suyos. Nos mirábamos sin decir nada. Sin un gesto de reconocimiento. Con apocamiento. ¿Con miedo? Era el momento de pensar qué hubiera sido de nosotros, de nuestra historia, si nos hubiéramos fugado.

Debo confesar que cada sábado, sentía una corriente eléctrica recorriendo mi cuerpo. No apartaba de él su mirada. Y él no la apartaba de mí. Estoicos. Sin una mínima señal que hiciera pensar a nadie que nos conocíamos. Llegaba un momento en que su mujer, o la mía, nos sacaban de nuestra nube particular. Plegábamos velas y partíamos hacia nuestras vidas.

Saúl se levanta con gesto decidido. Se aleja. Ni siquiera lo miro. Me estoy emocionando.

Pensé en abandonarlo todo y buscar a JJ. Fugarnos. Recuperar el tiempo perdido. Pero no. No. Abandonar a Elvira, a los niños. No. Esas veces debí poner nombre a lo que sentía por mi mujer. Amor. Debí poner nombre a lo que sentía por mis hijos: Amor. Perder amores por recuperar otro. No era una opción. Aunque entonces solo llamaba amor a JJ.

Estaba con la cabeza gacha. Llorando. Ahora sí. Me saltaba la duda: ¿Se sintió amada? No se lo demostré lo suficiente, lo sé. Soy tan… miserable. Ella que me salvó la vida. Me la salvó. Ella y mis hijos.

Sentí que Saúl se había vuelto a acercar. Sentí que venía con alguien. Pensé que no estaba capacitado en ese momento para ver a nadie, así, tan de cerca. Debí decir algo al respecto, como que mejor más tarde, que perdonara. Todo entre estertores de dolor. Me dolía tanto en ese momento que ella pudiera haberse sentido poco querida… con lo que la amaba.

– Ella lo sabía. Que la amabas.

Sentí un click en mi cabeza. Esa voz era conocida. Sonaba distinta. El tono. Los años. Pero la cadencia de sus palabras era igual. Levanté la vista y lo vi. Hacía años que no nos habíamos cruzado. No sabía como gestionar la situación. Me sentía como si traicionara a Elvira. Miré a mis hijos que me sonreían. Joder. Saúl también tiene la sonrisa de su madre.

– Ella nos pidió que lo buscáramos.

No pude contenerme. Me sumí en un mar de lágrimas. Nunca he llorado así. Me costaba respirar. Me ahogaba. JJ se arrodilló y me abrazó. Mis hijos se sentaron a mi lado y me rodearon con sus brazos. Éramos casi una piña. Con los ojos cerrados me la imaginé mirándonos. Sonriendo. Parecía decirme que todo estaba bien.

Y quizás sea así: todos mis amores juntos. Ella prendida con chinchetas en mi corazón. Ellos, abrazándome fuerte.

Navidad 2016: Un final sin sorpresas.

Si vamos a contar una historia de amor por Navidad, ya sabemos como va a acabar. Los dos hombres protagonistas acabarán juntos, mirándose a los ojos y declarándose amor eterno.

No vamos a darle misterio entonces.

Darío y Jesús se piden matrimonio. Ya era hora, dijeron todos los que los querían. Incluso algunos de los que los odiaban.

Pero para que una historia de amor, mejor dicho, para que una historia, a secas, tenga emoción, hay que hacérselo pasar mal antes. Deben encontrarse, dudar y luego buscarse. Pero al buscarse no se encuentran o se encuentran cuando uno de ellos, o los dos, están en otras cosas.

Y entonces el encuentro es especialmente difícil. Y parece que no va a ser posible. Jesús llora en su casa y Darío en la de sus padres.

Pero al final, todo se arregla. Y se ven, y lloran juntos, se besan y fijan la fecha de la boda.

Pero Jesús no ha llorado nunca. No ha estado con otro hombre. No ha estado con otra mujer. Una vez creyó que una amiga, Adelina, le gustaba. Pero no era amor, era amistad. Se dio cuenta pronto y se lo hizo saber a la interesada, que empezaba a soñar con presentarle a sus padres en formato: “Papá, mamá, este es mi novio Jesús y nos casamos mañana en la catedral”.

Adelina borró rápido ese sueño y ahogó sus penas en el regazo de Luis. Se casaron hace unos años. Y no invitaron a la boda a Jesús, porque le cogió manía.

– ¿Nosotros amigos? – le espetó con la mirada inyectada en odio y sangre – De qué vas. Eres un soso y un aburrido, solo me interesa tu polla, que me han dicho que es enorme.

Era cierto. Es cierto. El miembro viril de Jesús es enorme. No lo pudo disimular nunca en los vestuarios, al cambiarse para la clase de gimnasia. En la piscina, se metía siempre en un reservado y procuraba llevar bañadores holgados. A parte, era imposible meter su pene en un speedo. Su fama le precedía. Todo el mundo parecía saberlo. ¿Ese es el de la polla enorme? Decían a su paso. Jesús tenía un poco de complejo al respecto. Alguna vez incluso dejó de hablarse con algunos conocidos que sacaban el tema con demasiada frecuencia para el gusto del aludido. Posiblemente querían verla directamente, incluso tocarla. A Jesús todo eso le aburría.

Darío es su amigo de siempre. El que siempre conoció su anatomía pero no hacía de eso el centro del universo.

Desde pequeños siempre estuvieron juntos. Inseparables. Parecían hermanos siameses. Trabajos juntos, en el patio juntos, estudiaban juntos alternando sus casas. Cuando los dos dijeron a sus padres que eran pareja, ninguno de ellos se extrañó. Los cuatro lo sabían desde que tenían 7 años. A los padres de Darío les pasó igual. Se conocieron de pequeños y siempre estuvieron juntos. Luego, un día se miraron a la cara y dijeron: deberíamos casarnos. Así que en el caso de Darío al menos, la cosa venía de familia.

No pensemos que eran unos mojigatos y que no hicieron sus cosas antes de esa decisión. No. Pero todo lo hicieron como si fuera algo natural, como si lo supieran de siempre, desde que se miraron en parvulario y se cogieron de la mano por primera vez para ir detrás de la profe a ver el museo de la pintura.

Con el primer beso pasó lo mismo y con los siguientes. Se acercaron y se besaron. Nada premeditado. Les tocaba ese día. Y la primera vez que se tocaron. Todo con naturalidad el día que tocaba.

Jesús, al ser famosos por sus atributos sexuales, pudo haber elegido hombre o mujer a discreción. Darío no entendía eso del todo, porque a veces, el tamaño descomunal de la polla de Jesús, era más un problema que una bendición. Bien lo sabía él. A veces le decía en broma a su amigo que debía darles placer a todos esos que le miraban el paquete babeando y le declaraban amor eterno sin haberle siquiera escuchado decir hola.

– Quita, quita – le contestaba asustado Jesús.

– Así se enteran de lo que vale un peine.

Se reían.

Un día, el jefe de Darío, al enterarse de que éste salía con Jesús, salir de salir, se enfadó mucho con él por no contarle que era gay.

– Creía que confiabas en mí.

– Y confío.

– Pero no me has dicho que eras gay.

– Conoces a Jesús desde los primeros días de trabajar aquí. No te lo he ocultado.

– Pero pensaba que erais amigos.

– ¿Amigos que se besan en la boca cuando se encuentran? ¿Te besas con tus amigos en la boca?

– Bueno…

– Es que eso de ser gay o no, no sé si lo soy. Ni me importa. Jesús forma parte de mí. Punto. Eso es lo que me importa. Los dos somos uno.

– Pero follas con Jesús – le dijo todo ofendido.

– Pero Jesús es Jesús, no es un hombre. Es una persona determinada. La persona que amo. Desde hace veinte años.

Siguieron hablando sobre el tema muchos días. Al final el jefe de Darío se dio por vencido. Él tenía una obsesión por etiquetar. Cada cosa en su caja, decía siempre a sus empleados. Quería meter a Darío en la caja de los gays. Pero éste se resistía.

El caso es que sin prisas, porque no se dieron prisa, con los treinta muy superados, han decidido casarse. Y que mejor que hacerlo el 24 de diciembre.

– Ya que tenemos a las familias reunidas, aprovechamos.

Ninguno supo decir luego, al contarlo, a quien se le ocurrió la idea. Pero eso pasaba mucho con ellos. Hablaban tanto y se contaban todo, pero todo, que al final lo del uno y lo del otro se juntaba en un terreno indefinible como personal. Este es un caso claro de dos que eran uno. Pero no uno se comía la personalidad del otro. Sino que los dos, formaban una personalidad independiente de cada uno, con cosas de los dos, que había fagocitado por completo las de cada uno por separado.

Hemos hablado de los múltiples pretendientes de todos las sexualidades posibles que ha tenido Jesús. Pero Darío no se queda corto. Porque Darío no tiene un miembro viril descomunal, no. Pero tiene una belleza apolínea, casi rayana con la perfección.

Estaban Esther y Paula, que se liaron a golpes por él, en el instituto. Pero literalmente. Ginés en aquella época, soñaba con él hasta que un día se atrevió a declararse. Al día siguiente se lió con el profesor de gimnasia, un hombre recién salido de la Uni y que era más receptivo que Darío. No salió bien aquello. Ahora Ginés sale con Jaime, pero la cosa no va nada bien. Cortarán cualquier día.

Matías, Jesús, Ana, Leyra y Pili, lo intentaron.

Manuel, Pepe, Lolo y Jon.

Kevin y Beatriz.

Laura.

Rosa.

Benigna.

Jesús, un profesor de la Universidad cayó casi en la locura porque no podía soportar verlo todos los días y no poder poseer esa belleza.

Los dos pudieron casarse por dinero y haber solucionado su vida económicamente.

Pero el destino les marcó desde muy jóvenes. Y no desearon en ningún momento a ninguna otra persona. No entraba en su cabeza. Menos en su corazón.

Ahora están haciendo los preparativos de la boda. Va a ser en un restaurante del centro. La ceremonia en el juzgado. Oficiará Obdulio Heraclio de los Mozos Salvatierra. Un amigo de las familias. Algunos comentan que también intentó seducir en su día a Jesús. En este caso no subyugado por su miembro, sino por su donosura y buen humor. Dicen las malas lenguas, aunque cualquiera de los protagonistas al preguntarles lo niegan rotundamente, que incluso llegó a firmar delante de él la petición de divorcio de su mujer, para convencerlo.

– Nos iremos lejos, muy lejos. Le dejo todo a mi mujer y los niños y nos perdemos en el monte, los dos solos.

Pero es una historia ésta que apunto, que no se puede corroborar en fuentes solventes. Todo son habladurías de personas cuyo interés pudiera ser la venganza o la envídia. El juez por su trabajo, y Jesús y Darío por su relación y por sus cualidades, levantan muchas pasiones a su alrededor. Y mucha gente no soporta que le digan que no, aunque lo hagan con delicadeza y hasta con cariño.

Solo irán la familia más allegada y los amigos de la pareja más cercanos. Un par de amigos de los padres de cada uno, y ya. Pero aún así, se juntarán casi 70 personas en el convite. Luego bailarán y luego, empalmarán con la celebración de Nochebuena.

Y esa ha sido la historia de hoy. Una historia de Navidad sin emoción, porque ya sabíamos que esta historia iba a acabar bien.

Lo sabíamos desde que los protagonistas tenían 6 años. Y nada ha alterado la historia que estaba escrita desde que se cogieron de la mano, aquel día, detrás de la profe, camino del museo de la pintura.