Lo recuerdo sentado, en el parque.

Lo recuerdo sentado, en el parque, mirando a cualquier parte, sin esperanza, casi sin vida. Me sentaba en un banco enfrente del que solía utilizar él. Me llamó la atención porque me parecía incomprensible que un hombre tan joven como él pareciera tan… viejo. Sin esperanza. Sin vida en su mirada.

Me hubiera gustado acercarme a él y decirle: “Tío, eres bobo; vive, joder.” Tienes la vida por delante. Si te has tropezado, levántate. No hay nada en la vida que merezca la pena tanto como para hundirte de esa manera.

No me atreví. Recuerdo que un día hablamos brevemente. Fue por casualidad. Nos tropezamos y no nos quedó más remedio. Tenía una voz cálida, embriagadora, que me enamoró. No tengo noción de lo que comentamos. Nada. Ni un mísero recuerdo. Pero tengo grabado en mi memoria cada cadencia, la música de sus palabras. Podría reconocer su voz en cualquier sitio.

Los días siguientes a aquel del tropezón, fue como siempre. Quizás un movimiento por su parte, un ligero movimiento de cabeza. Un esbozo casi imperceptible de sonrisa. Un segundo, cuando uno o el otro llegaba el último a su posición.

Me recordó a una historia que leí una vez en un blog. Se trataba de que dos desconocidos celebraban el cumpleaños de uno de ellos en el parque. Se habían enamorado. Me enterneció esa historia. Era muy triste y tan esperanzadora a la vez…

Así que, cuando me enteré de su muerte, no me extrañó. Pensé inmediatamente que se había quitado la vida. Por su propia mano o por simple dejadez. Dejarte helar de frío, dejarte atropellar por un coche, dejarte caer por un desnivel.

Estoy muy confuso sobre lo que pasó a continuación. Las cuidadoras de los niños hablaban, los jubilados cuchicheaban, los pájaros observaban desde las ramas de los árboles. Los jardineros miraban desde una distancia prudencial, sin saber muy bien si seguir con sus labores de poda y segado del césped o por el contrario, desaparecer para no verse comprometidos por la investigación de la policía. Porque la policía estaba en el parque.

Quizás no se ha suicidado, pensé en algún momento. No por dejadez ni por su propia mano, empuñando un revolver del 9 milímetros. ¿O era una automática? ¿Cuál es mejor? Me fijaré más cuando vea series policíacas. Es una opción que fuera asesinado. Tanto revuelo si no… no tenía sentido.

Un joven apuesto, con pantalones vaqueros y una sudadera amarilla con la leyenda: “Texas Rancho”, en letras como muy americanas, se sentó a mi lado. Llevaba una medio melena de un castaño claro, sin llegar a ser rubio. Ojos incalificables, de un color indefinido, aunque pudiera ser que fuera producto de que me hechizaron en cuando nuestras miradas se cruzaron y no fui capaz de ver nada. Solo sentí su mirada y lo deseé de inmediato. Como un día deseé al chico del banco de enfrente. Posiblemente fuera porque era joven, guapo, y yo hacía tanto que no ligaba, que no me encontraba con alguien con quien partir piñas, o piñones, o lo que fuera, o simplemente irnos a la cama, o como dice mi amigo Reynaldo: te hace falta un polvo. Así, simplemente, un polvo. Un polvo.

Así que me imaginé de inmediato follando detrás de un seto cercano con ese chico que se había sentado a mi lado y que, ahora me fijaba, llevaba un bulto en la cadera. No era que me hubiera equivocado al situar el bulto, sino que era otro bulto, no el que hubiera sido de vital importancia en el caso que que hubiera sido cierta mi ensoñación y hubiéramos acabado detrás de los setos, bajo la atenta mirada de los jardineros que se habían refugiado en un recodo cercano, con sus azadas y segadoras a mano, por si le daba por aparecer al encargado. Eso era poco probable, porque el susodicho estaba retozando en una habitación cercana con la señora del panadero, de la que estaba enamorado desde el instituto, aunque ninguno de ellos se diera cuenta hasta que el uno se casó con la señora Martina y tuvieran trillizos y la mujer del panadero se casara con el panadero y tuviera dos niños y dos niñas, por parejas, para que la guerra de sexos en la familia estuviera equilibrada. Aunque al panadero, algunos le había tachado de un poco afeminado y alguno lo seguía diciendo, aunque estuviera casado con una señora imponente y tuviera cuatro churumbeles, que de alguna forma se habían concebido, digo yo.

Me fije (Un poco más, que ya me había fijado en muchas cosas de él) en que el chico sentado en mi banco, al lado del bulto de la cadera, que era un pistolón del 22 por lo menos, llevaba una esposas. Quise imaginarme que eran para tener a mano un utensilio para practicar un juego erótico, pero abrió la boca y supe que solo era un policía que estaba interrogando a todo el mundo, hasta a una colonia de grillos que habitaban al lado de la fuente del ángel enfadado, porque al autor de la misma le había salido su cara con unos morros, que ni la señora de la tienda de ultramarinos del barrio cuando su marido llegaba a las tantas oliendo a vino barato. “Si al menos fuera buen vino”, se decía ella.

– ¿Conocía al hombre que se sentaba ahí? – me preguntó con voz dulce, con una cadencia lenta, casi embriagadora.

Me quedé mirándolo unos instantes, en silencio. Valoraba la respuesta. Conocer, conocer, no. de vista, sí. Conocer de intimar, no. De hablar, no. De mirarlo, sí. De intentar penetrar su mente, también. De seguirlo a hurtadillas algún día, con la esperanza de que lo que decía mi amigo Reynaldo sobre lo de que “necesitaba un polvo”, se solucionara, pues sí. Incluso en alguna ensoñación sí había ocurrido. Pero eso no se lo iba a contar al policía del pistolón en la cadera, cuyos ojos seguro conseguían lo que quisieran de quien deseara, madre mía, que mirada.

– De vista – contesté rotundo, seco, sin esperanza. Me había dado cuenta de que el policía era inalcanzable para mí. Como el chico del banco de enfrente, ahora asesinado vilmente. – ¿Por qué lo pregunta?

– No sabemos que ha sido de él – dijo mirando para otro lado, como si dejara caer un pañuelo cual damisela del siglo XVIII.

Estuve tentado de recogerlo del suelo y tendérselo. Pero no me atreví. Por contra, contesté de forma lo más impersonal posible:

– Lamento no poder ayudarle, agente.

El policía se levantó sin decir nada más. Ni siquiera se giró para despedirse. Ni un gesto con la cabeza, o con la mano. Nada. Fue hacia el banco dónde se colocaba el chico del banco, redundemos, vaya que si. Creí que se pararía a recoger pruebas o algo. Pero no. siguió adelante, caminando despacio. Me quedé observándolo, hipnotizado por el movimiento de su culo. Ya lo sé, es poco poético, es poco… no sé definirlo. Es poco todo, ya lo sé. Pero es la verdad.

Cuando le perdí de vista, me quedé triste y cabizbajo, mirando al suelo. Entonces lo vi, un papel de color amarillo chillón. ¡No era un pañuelo! Un post-it. Me agaché intrigado, estaba seguro que no estaba allí antes. A mí me había parecido un pañuelo. Habrá sido magia y se ha convertido en un post-it. Lo desdoblé y allí, apareció un teléfono: 555-5564930

Me pareció intrigante. Un teléfono en un post-it a mis pies, en el parque, en mi banco, en dónde se había sentado hasta hacía bien poco el policía cuyo caminar había seguido, mientras me imaginaba una serie de actos impuros a desarrollarse entre sus piernas y brazos, con su lengua muy protagonista, y con la mía con igual papel principal. Y nuestros miembros alegres y cantarines, dispuestos a darlo todo por la paz de espíritu.

No me lo pensé. O sí, pero poco. Saqué mi teléfono y marqué. Las cuidadoras de los infantes me miraban de reojo. Cuchicheaban. Siempre lo hacían cuando sacaba mi teléfono. Parecía que estaban muy interesadas en mis conversaciones. Sobre todo desde aquel día que me llamó un bromista fingiendo ser mi novio caliente y tuvimos un encuentro sexual telefónico. No, no me toqué, era consiente que estaba en público. Lo que pasaba es que, con la emoción que le pusimos al tema, subí el volumen de mi voz, sin percatarme del tema. Con lo que las cuidadoras habituales de los niños habituales del parque, sintieron algunos gemidos de placer y alguna que otra expresión procaz.

No tardó en contestar.

– Sígueme – dijo antes de colgar con la misma rapidez que había contestado.

Salí disparado. Como un resorte. Las cuidadores meneaban la cabeza de lado a lado, como si supieran. “¿Supieran el qué?” Pensé de repente. Pero lo medité escasamente un par de segundos. Mi preocupación era alcanzar el punto en donde había perdido de vista al chico del bulto, por ver si desde ese punto veía por dónde había seguido. Llegué y paré. Miré en todas direcciones. Recibí un mensaje: “a la derecha”.

Fui a la derecha.

Otra encrucijada de caminos. “de frente”.

Seguí de frente.

Al pasar por unos setos altos, agitado, mirando a todos sitios, buscando la cadencia de los lóbulos del culo de policía de mirada hipnótica, una mano tiró de mí. Fui a gritar, de la sorpresa, pero su mano tapó mi boca. Su pistola me apuntaba a la sien.

– Cuidadito y en silencio – me susurró con los ojos muy abiertos.

Me empujó al suelo y me arrastró hasta un árbol. Me hizo abrazarlo y me esposó mirando al cielo. Sin mediar palabra me arrancó el calzado, los calcetines y mis pantalones. Arrancó mis calzoncillos. Tuve un pensamiento absurdo en ese momento: menos mal que no eran de los nuevos, que me había comprado la semana anterior. Buscó mi boca con la suya y me dio un soberano beso.

No recuerdo todo lo que me hizo. Sé que me puso de medio lado, que me subió la camisa y el jersey. Que me lamió todo el cuerpo, con prisa, sin pausa. Que me puse a cien, joder. Que luego sentí su miembro dentro de mí y que se corrió casi enseguida. Que luego cogió mi pene y se lo metió en su boca y que yo no pude aguantar mucho más que él. Recuerdo que me besó de nuevo, aunque prefiero no entrar en detalles, ya me entiendes.

Quedé exhausto y feliz. Estuve un rato con los ojos cerrados. Sentí como me liberaba de las esposas y se iba, sin decir nada. Abrí los ojos y vi a los jardineros mirándome. Juraría que uno de ellos se pasaba la lengua por sus labios, con ganas de acercarse y seguir la fiesta. Pero su compañero tiró de él y se fueron. Al menos no veía a ninguna de las niñeras habituales del parque.

Me vestí despacio. La camisa estaba pegajosa, seguramente de la resina del árbol. Mis pantalones, manchados de verdín. No encontré mis calzoncillos ni mis calcetines.

Salí al camino. Una señora me miró con gesto serio. Un ligero movimiento de cejas dirigido a mi cabeza, me hizo pasarme la mano por el pelo y quitarme las briznas de hierba que había en él. Miré mi reloj y me apresuré: había quedado a comer.

Corrí para llegar a tiempo.

Allí estaba, en nuestra cafetería de siempre. Me senté apresurado, sin apenas saludar. Me disculpé torpemente.

– No me das un beso – preguntó.

– Sí, dije sonriendo, tímido.

Nos trajeron los platos del día. Pedimos. Hablamos del trabajo, de la mañana, de la noche anterior. De repente, Timi me tendió la mano cerrada.

– Amor, me traje esto por error.

Recogí lo que me tendía. Eran mis calzoncillos viejos. Y mis calcetines. Solo sentirlos en mi mano, me hizo ponerme caliente de nuevo.

– ¿Y si la próxima lo hacemos en los servicios de aquí? – me propuso juguetón.

– Vale. Si te traes la pistola, que me ha puesto a cien.

– La traeré. Y probarás una cosa que se me ha ocurrido mientras venía hacia aquí.

Nos trajeron la comida. Comimos y hablamos. Aunque sé que él de vez en cuando pensaba en nuestra próxima aventura, como yo. Llevábamos 8 años juntos, y todavía no nos habíamos aburrido nunca.

Anuncios

Apenas me acuerdo de él.

Apenas me acuerdo de él.

No hace tanto que murió. Al menos así me lo parece a mí.

Me duele porque tengo la impresión de que si me olvido de él, morirá otra vez. ¿Qué son los muertos sin el recuerdo de los vivos? Un montón de polvo.

¿Te imaginas a ese ser querido ahora, en su tumba? Unos huesos como cualquier otros, que solo los sabe reconocer el equipo CSI de turno, o la Doctora Brennan. Es como imaginarte a tus padres teniendo sexo, o a tus hijos, o al presidente de la comunidad de vecinos. O al vecino de enfrente. Da casi repelús, les quita el mito, su aureola de lo que sea que fueran.

Ahora son unos huesos cualquiera. El recuerdo, es la diferencia.

Pero tú le querías, yo le quería. ¿Como vamos a dejar que se convierta en unos huesos cualquiera? En polvo, simplemente polvo. ¿Y cuando hicimos el amor? Todas y cada una de las veces. Cuando nos dijimos te quiero. Tantas veces…

Cuando me hacía el café del desayuno y yo le pelaba la manzana de postre en la comida.

Cuando me daba masaje en la espalda, por las noches, al volver del trabajo.

Cuando se acurrucaba en mi regazo y me cogía la mano y mirábamos los dos la televisión, sin prestarla mucha atención. Respirando acompasados, rozando nuestros dedos imperceptiblemente.

Estas cosas son las que lo hacían especial. Como especiales son… somos todos y cada uno de nosotros. Pero esa cualidad la perdemos al ser olvidados.

No quiero que eso pase con Roberto.

Aunque sabes, si no lo olvido, creo que me moriré de angustia y tristeza. Lo añoro tanto… aunque menos que hace apenas unos meses. Por eso tengo miedo. Su memoria se va diluyendo.

El otro día conocí a Sergio. Un hombre interesante. Volví a sentir que algo se alborozaba en mi estómago. Incluso un poco más abajo. Pero no de una forma animal, no. De una forma más elevada, trascendente. Podría enamorarme de él sino fuera por… bueno, por el recuerdo de Roberto. Me dio tantas cosas, me dio tanto amor, tanta complicidad, hasta me dio un montón de discusiones, algunas acaloradas. ¿Por qué te fuiste Roberto? ¡Por qué tuviste que morirte, joder!

Me dice Rosa que tengo que llamar a Sergio. Que nos vio muy cómodos juntos. Yo la contesté que va, no era para tanto. Apenas tenemos aficiones comunes (Como con Roberto, me dijo), yo le saco un montón de años (como con Roberto). Somo de distintos mundos, insistí (Como con Roberto, insistió ella).

– No puedo olvidarme de él, Rosa. Sería como si muriera dos veces.

Ella me miró y alargo su mano para acariciarme la mejilla.

– Él no querría que te encerraras para siempre. Lo sabes.

– Es que…

– Pero ¿Qué? Aunque salgas a cenar con Sergio, no vas a olvidar a mi hermano. Lo sé.

La hice caso. Fui y cené con él. Lo pasé bien, la verdad. Nos reímos, y tuve ganas de besarle. No lo hice. Pero tuve ganas.

Al volver a casa, lo primero que vi fue la foto en la que se nos veía dándonos un beso frente a las Cortes, en Madrid. Con uno de los leones al lado. Se me heló la sonrisa que traía de la cena con Sergio. En un momento pasaron por mi cabeza las decenas de besos que nos dimos en ese viaje a Madrid. Y cómo me fue enseñando los cuadros del Prado, y paseamos por el Retiro, o fuimos a ver el templo de Deboh. Otra vez se me estrujó el corazón, caí de rodillas y me eché a llorar.

No puedo. No puedo dejarlo marchar. Lo necesito. Si lo olvido, si paso página, sería como matarlo dos veces. Sería como matarlo dos veces. Dos veces. La primera casi me mata del dolor, la segunda… no podría superarlo.

Alargué el brazo y cogí al foto del aparador. La apreté contra mi pecho y me acurruqué en el suelo, echo un ovillo. Miraré todos los días nuestras fotos, para reverdecer mi memoria y conseguir que sus rasgo no se pierdan en mi cabeza. Eso haré. E iré haciendo un diario, recordando todo lo que hicimos, como si lo estuviera viviendo ahora. Así conseguiré que no se olviden sus cosas. Sus risas. Sus depresiones. Sus resfriados. Sus cabreos. Así conseguiré que siga vivo de alguna forma.

Lo quería tanto…

¿Me esperarás? (y 4ª parte)

¿Y si me dice que me quiere?, pensé en un momento determinado. Él seguía en silencio, sopesando mis explicaciones. Era algo que me gustaba de las veces que habíamos estado juntos. A pesar de que apenas nos habíamos tratado antes, no necesitábamos llenar silencios con palabras vacuas o irreflexivas. Me gustaba, me había gustado siempre. ¿Eso es querer? ¿Te puedes enamorar de alguien solo de verlo por la calle, decir “hola” con más o menos efusividad? ¿De pasar unas horas juntos en un intervalo de 9 meses, o 8 o los que sean?

– Estoy a gusto contigo – me contestó al cabo de un buen rato. – No sé lo que es eso. No te miento, no he estado con chicos nunca. No sé si es amor, o que necesito un poco de cercanía. He pensado en ti cada día. No me has hecho preguntas. No estoy preparado para contarte nada. Podría mentirte, pero no te lo mereces. Me has esperado, me has respetado. Y noto que de alguna forma me aprecias. No me amas, seguro, no eres de esos que se llenan la boca con palabras grandilocuentes sobre el amor de su vida, esa persona que han conocido hace un par de horas y que les pone la polla a tope. No sé si siquiera te pongo algo. Tú si me pones y eso me asusta. Va contra todo lo que he sido hasta ahora. Aquel día que me invitaste, me sentí como nunca en la vida. Todavía no sé por qué acepté tu invitación. Estaba enfadado con el mundo, con mi vida. Tenía una cita ese día. Pero la cancelé. Y no me arrepiento. La mejor siesta de mi vida. Y sabes, me pones. Joder. Ya te lo había dicho, es cierto, no pongas esa cara. Me pones, te lo repito. Y eso me ha puesto muy nervioso durante estos meses. No por nada, que me da igual que me gusten las chicas o los chicos. No tengo prejuicios. Solo que hasta ahora, nunca me había llamado la atención un hombre, y menos como tú. No tenemos nada en común. Y aún así, ahora mismo, sería con la persona que me gustaría estar.

Lo dijo todo de seguido. De vez en cuando respiró, eso sí.

Era todo muy complicado. Parecía que ambos nos íbamos a tirar a la piscina en algo que no sabíamos cómo iba a resultar. Éramos distintos, es cierto. Yo solo he estado con hombres, él solo con mujeres. Nos conocemos de dos ratos y una siesta.

– Ven.

Eché para atrás la silla para dejarle sitio y que se sentara sobre mis piernas, me parecía más práctico que levantarme yo y sentarme en las suyas. Él estaba escuálido y yo estaba rollizo. Se sentó a horcajadas y me rodeó el cuello con sus brazos.

– Mañana iremos a comprar unas deportivas que me gusten.

Nos reímos.

– De momento, para adelantar camino, puedes darme un beso.

Dudó.

– Es como las chicas, no tengas miedo. Solo que notarás un poco de barba.

Sonrió.

Y me besó.

Compramos las zapas al día siguiente. Con la tarjeta de crédito, que seguía mal de dinero. Luego, mientras yo me fui al hipermercado, él lavó el coche. Como sus padres habían vendido la casa y se había trasladado definitivamente a Berlín por trabajo, se vino a vivir a casa. Habitaciones separadas. Aunque al final, acabamos durmiendo en la habitación del otro un día sí y otro también.

Vamos conociéndonos. Como todas las parejas.

La vecina del primero está contenta de vernos juntos. Con lo poco adepta a los maricas que era. Habrá que preguntarse quién la ha convertido. Aunque casi la echo en cara que no se enterara que los padres de Rodrigo habían vendido la casa.

Sobre su ausencia de esos meses de espera, no me ha contado nada. Por otros conductos me han llegado rumores de que su novia o esposa para otros, enfermó. Otras personas me han dicho que era su abuela. Que hasta dejó su empresa en manos de sus empleados. Lo que parece todo el mundo de acuerdo, es que ha estado haciendo una buena acción. Entregado al cien a alguien importante en su vida. Dejando todo a un lado.

Eso me gusta.

Un viejo amigo que me presentó, en cambio, me preguntó por su salud. “lo veo mejor, después de la operación lo pasó muy mal. Estuvo a punto de morir.”

Eso no me gustó y me dejó un regusto amargo. Estuve unos días sopesando la posibilidad de preguntar. Pero verle cada día un poco mejor, con más color, rellenando los huecos entre los huesos y la piel, rellenando su sonrisa, sus muslos. Con sus zapatillas de deporte a mi gusto. Él a mí me ha obligado a cambiar el vestuario, que tantas veces había aplazado. Un día me tiró casi toda la ropa a la basura, no me quedó más remedio que ponerme a ello. Eso sí, después de montar una escena llena de dramatismo y hacerme el súper-enfadado.

Dice que me vaya a trabajar con él. Pero mejor no mezclar más las cosas.

Dice que me quiere un poquito. Y yo le creo un poquito también. Lo que sí me parece extraordinario, es que yo, empiezo a quererlo de verdad.

Un día, los dos en la cama, desnudos, escuchando música, le conté como me imaginaba cosas cuando nos cruzábamos y nos saludábamos con un escueto hola. Se rió mucho. La verdad es que le eché un poco de comedia. Fue bonito. Al cabo de un rato, me confesó que él también había soñado conmigo. Que incluso una vez casi se vuelve en el garaje para decirme algo más. Pero se arrepintió porque no se le ocurrió nada y pensó que le iba a mirar mal.

– ¿Yo mirarte mal? – le contesté haciéndome el ofendido.

– Tienes una mirada penetrantes.

Inicié una pelea con él. Somos como niños.

El otro día me encontré con el de Japón. Estaba arrebatador. Es un pedazo de hombre, un adonis perfecto. Hablamos un rato y lo juro, no pude dejar de estudiar su rostro, su cuerpo. Me puso a cien. Pero por la cristalera del bar en el que estábamos, vi llegar a Rodrigo. Y noté como se me ponía la cara de bobo, los ojos se me alargaban de felicidad y mi boca se abría en una sonrisa clara y sincera. Feliz.

Me levanté y besé a Rodrigo en la mejilla.

– Te voy a presentar: es Rodrigo, mi novio.

El de Japón se quedó de piedra. Rodrigo se acercó a él como si nada y le plantó dos besos en la mejilla. Yo creo que intuía que había tema y quiso marcar territorio. Él nunca saluda a un hombre con dos besos.

– Perdona, me he retrasado.

Y me dio otro beso. En los labios. Nuestro primer beso en público. Lo dicho: marcando territorio.

Se le notaba exultante. A Rodrigo. Luego me confesó que le había gustado que lo presentara como su novio. Era la primera vez que lo hacía. Nunca me ha gustado eso de “novio”. En todo caso, cuando he tenido, he dicho “pareja”. Con Rodrigo es distinto.

Y la cosa sigue. El otro día me dijo de casarnos.

– ¿Casarnos? – repetí como un loro.

No me lo había planteado.

Quizás fuera buena idea. Pero por otro lado, que pereza. Organizarlo todo y demás.

– Para casarnos, solo necesitamos una licencia, unos testigos, tú y yo. Y unos anillos, que pueden ser las de las latas de Pepsi-cola.

– Ya.

– Si quieres organizamos una con todo el glamour – propuso ante mi cara de decepción.

– Ya lo pensaremos – resolví para zanjar el tema.

– Somos felices así – le he dicho esta mañana mismo, al despertar.

– Si quieres, lo vas organizando – he concedido cuando yo salía de la ducha y él entraba.

En el desayuno, me ha dado un pico antes de decirme:

– El 15 de noviembre.

– ¿Eh?

– Nuestra boda.

– ¡Ah!

Así que nos casamos. No me parece mala idea. Lo quiero. Me quiere. Estamos bien juntos. Cada día mejor. Es el momento de sentar la cabeza. Lo miro trapichear en la cocina y me emociono. Ha rejuvenecido los años que había envejecido de repente. Sus ojos irradian luz de nuevo. Sonríe permanentemente. Rellena los pantalones. Y sus pies son preciosos. Siempre andamos descalzos en casa, para que así, al sentarnos a desayunar, a comer, tirados en el salón leyendo o viendo la tele, nos rozamos con los pies. Pensaréis que es una bobada, pero es nuestra bobada, que nos hace felices y especiales.

Y el 15 de noviembre nos casaremos.

¡Qué nervios!

¿Me esperarás? (3ª parte)

Me lo dijo un día del mes de octubre en que llovía a mares y yo volvía precisamente del Mercadona, empapado, con la bolsa de la compra chorreando y echando pestes sobre mi tontería de irme sin paraguas al grito de: solo son doscientos metros y cuatro gotas.

No me alegró. Ya tenía callo. Pasaba del tema. El de Japón no había dado señales de vida y sabía a ciencia cierta que había vuelto. No dijo ni mú. Así que Rodrigo haría igual, pensé. Me dijo la vecina el piso en que vivía, que ya se había informado. Parecía esperar que me iba a ir corriendo a buscarlo, dejándole la bolsa de la compra a su cuidado en el portal.

No lo hice. Me quedé mirando mis zapatos de entretiempo echados a perder y me metí en el ascensor, jurando por la lluvia y demás.

Pero ¡Oh, sorpresa! Ahí, en la puerta de mi piso me esperaba. Sentado en el suelo, con esas zapatillas rojas que no me gustaban una mierda. Al salir del ascensor me lo tope, casi me trastabillo con él. No lo vi..

Me paré en seco. Curiosa expresión ahora que lo pienso, porque estaba empapado. Él también traía una bolsa de la compra.

Volvemos al principio, pensé.

No dijimos nada en un rato. Yo estaba enfadado. Él expectante. No sé por qué lo del enfado. Él me dijo una cosa y la había cumplido. Me dijo que volvería. No me dijo cuando. No me dio explicaciones y yo acepté. Pero estaba enfadado. Quizás porque en ese momento me di cuenta que no había dejado de pensar en él ni un solo día. En sueños, despierto. Hasta cuando me enrollaba con otro, en algún momento, aparecía él. Eso es lo que me enfadaba, que pensara en él sin tener nada con él. Sin saber si me podía ofrecer algo, cuando eso sí lo tenía claro todo el mundo, siempre había andado con chicas despampanantes. De repente, ante mi invitación de hacía ocho meses o más, que había perdido la cuenta, se había convertido en homosexual y se había enamorado de un hombre que, en serio, no tenía nada de especial. No tengo nada de especial. Si hubiera sido algo despampanante o si me hubiera comportado como un ser excepcionalmente especial e interesante aquel día, quizás… pero no, fui muy soso, nada del otro mundo.

Todo esto y más cosas estuve pensando a toda máquina en los dos o tres minutos que estuvimos así, mirándonos son decir nada. Él tampoco se movió del sitio.

Al final, me decidí a hablar.

– Has vuelto.

Fue una decisión difícil, sí. Una frase muy interesante y meditada. Algo rompedor que hizo que se deshiciera flasheado por el amor y el deseo hacia mí.

– ¿Me has esperado? – dijo él al cabo de un rato de silencio.

Era una pregunta sencilla, pero complicada. No le había sido fiel, si esa era la pregunta. Y me hubiera entregado a dos personas, si éstas no hubieran dicho que no. No veía la necesidad de entrar en detalles. Tampoco me apetecía mentir miserablemente. Así que como respuesta, me encogí de hombros. Tampoco sabía lo que él esperaba del reencuentro. ¿Esperaba amor? O una relación de amistad bonita, de echar la siesta juntos, siesta literal, no siesta en sentido figurado de “noslomontamosdeguayygritamosdeplacertodalatarde”.

– No he lavado el coche – se me ocurrió la gracia. Fue un buen puntazo ¿a qué sí? Rodrigo sonrió.

Tampoco me ponía cachondo. Rodrigo no… pensando en él no me ponía a cien como lo hacían otros. Pero esa sonrisa después de mi broma… esa sonrisa valía una vida.

– Estás empapado – dijo en un momento dado.

– Entra en casa. Me cambiaré de ropa.

Tras ocho meses de espera, la casa estaba más desordenada que nunca. No tuve un pensamiento al respecto, incluso me reí para mis adentros recordando lo asustado que estaba la primera vez que Rodrigo entró en mi piso. Me quité los zapatos nada más entrar, apartándolos de una patada a una esquina, al lado del paragüero. Me quité el abrigo que lo tiré sobre una butaca en el salón, para que se secara. Y me fui al baño a secarme el pelo y a quitarme los pantalones que pesaban el doble por el agua que llevaban en la parte baja de la pernera.

Me miré en el espejo un segundo. Me vi enfadado. Muy enfadado. Por la lluvia, por mí, por mi vida, por Rodrigo. Por esperarlo. Por que no había venido hasta ahora. O porque había venido y ahora, me asustaba lo que pudiera pasar. Hacía tanto tiempo que no tenía a nadie a mi lado. Tanto tiempo. ¿Sabría vivir con alguien? Otra estupidez, pensé al cabo de unos segundos. No sé si va a vivir conmigo, no sé si quiere algo conmigo. No sé nada.

Me sequé el pelo y salí del baño. Como un basilisco. Fui a su encuentro. Iba a decirle cuatro frescas, a poner los puntos sobre las íes. A machacarlo y a echarlo de casa. No quería que me mareara. Estaba mosqueado, mojado. Me sentía ridículo. Ridículo por esperarlo, por soñar con él. Por hacerme ilusiones. Por no saber lo que quería en la vida.

Rodrigo había colocado mi compra. Había encendido el horno y preparaba una dorada para meterla. Con sus patatitas, sus verduritas. Se había descalzado. Me asomé a la entrada y vi colocadas sus deportivas junto a mis zapatos de entretiempo destrozados por el agua. Los dos pares bien alineados.

– ¿Tienes algo de vino blanco? Para el pescado.

– ¿Eh?

Le había oído pero apenas había procesado lo que me había dicho.

– Vino blanco, para el pescado.

– ¡Ah!

En eso llegó un mensaje al wasap. El tío lerdo de Japón diciéndome que había vuelto y que si nos veíamos. Casi estampo el teléfono contra el suelo. “Vete a la mierda”, escribí. Pero no lo mandé.

– Sabes cocinar.

Una afirmación tonta, sobre todo dado mi enfado y mis ganas de echar a ese chico de mi casa a patadas. Pero estaba descalzo, pensé para mí, cogerá frío.

A veces que bobadas pensamos en momentos idiotas.

– Cuatro cosas – contestó sonriendo de medio lado y mirándome con cara de cordero degollado.

Lo observé mientras se movía en la cocina. Por primera vez desde que me lo había encontrado en el suelo sentado, me fijé en él. La del primero tenía razón: estaba en los huesos. Parecía que habían pasado cuatro o cinco años en lugar de ocho escasos meses. Ahora me parecían escasos. Sus ojos estaba apagados, no con el brillo que los había visto siempre. Sus labios parecían agrietados, secos. El pelo lo llevaba corto, como casi siempre, pero ahora lo llevaba sin lustre, sin gracia, cortado a maquinilla, adelante y atrás, punto. Seguía enfadado, pero ya no me salía lanzarle ninguna invectiva, mucho menos largarlo de casa, aunque le dejara coger las deportivas.

– Que número usas – le pregunté sin ninguna entonación, sin gracia, tono monocorde.

Me miró y sonrió. Podría haberse hecho el interesante y preguntar ¿Número de qué? ¿De qué hablas? No te comprendo. ¿Eres un marciano?

– 43.

– Si llego a saberlo te compro unas. Por si no lo sabes, esas no me gustan nada.

Yo todo digno, apoyado en la jamba de la puerta de la cocina.

– Pero no sabía tu número.

Seguí ahí, sin moverme. El me miraba de soslayo, mientras seguía haciendo cosas en la cocina. Me miraba de tapadillo y me sonreía. Era bonita esa combinación de sonrisa y esa mirada furtiva. Y eso que seguía siendo la sonrisa más triste que he visto en mi vida.

– Lo has pasado mal, cariño.

Creí durante un instante que solo lo había pensado. Pero al ver la cara de él, comprendí que lo había expresado en voz alta. “Lo has pasado mal, cariño”. ¿Cariño? No había bebido alcohol desde Nochevieja, así que la excusa de que estaba borracho, estaba descartada. ¿Cariño? ¿Es mi cariño? Pensé unos segundos después.

Paró. Aunque me había mirado un instante, rápidamente fijó la vista en la pared enfrente suya. Noté como tensó su cuerpo. Noté como segundos después lo relajaba del todo. Temí durante un instante que iba a caerse al suelo, desplomado. Incluso me acerqué de un salto extendiendo las manos hacia delante. Me paré en seco al ver como se giraba y se enfrentaba a mí. Estaba desolado. Aprovechando que había extendido mis brazos para cogerlo al vuelo en caso de desmayo, lo rodeé con ellos por el hombro y lo acerqué a mí. Lo pegué a mi cuerpo. Obligué a que acomodara su cabeza sobre mi hombro. Tuvo que inclinarse un poco, es más alto que yo. No opuso resistencia y noté como se abandonaba. Me rodeó con sus brazos. Y poco a poco, fue apretándose más a mí, hasta casi hacerme daño.

Me moría de la curiosidad pero… no me atreví a preguntar.

Estuvimos así un buen rato. El pitido del horno anunciando que había llegado a la temperatura requerida, nos hizo volver en sí. Durante ese abrazo pensé muchas cosas. Muchas. Muchas repetidas, ya meditadas un ciento de veces. Algunas nuevas. Preguntas, me hice un ciento. Y sobre todo la certeza de que en toda mi vida me había encontrado tan a gusto como en ese abrazo.

– Dale, acaba con la cena. Yo preparo la mesa.

Cenamos despacio. No hablamos mucho. Hubo un momento, en el postre, que él puso sus pies desnudos sobre los míos. Estaban helados. Me dio un escalofrío. Pero no hice nada para que los quitara. En realidad me sentía bien. Al principio, él no comía demasiado. Era una cena ligera, un pescado al horno con verduras y una ensalada de las de toda la vida, lechuga, tomate y cuatro trozos de atún en lata. Al final me hice el enfadado y le amenacé con hacerle el avioncito.

Comió. Yo comí más. Él lo necesitaba y yo no. Las contradicciones de la vida.

– ¿No preguntas?

Lo dijo en el postre, un flan de Pascual, que no había nada más. Yogures, pero me parecía un momento importante y un flan tiene más empaque como postre. Ahora que hablo de yogures, me apetece levantarme a comerme uno. Que cosas. Voy a dejar de escribir de comida, porque si no me va a acabar apeteciendo todo lo que nombre. Y eso no es buena idea para mi línea ya de por sí muy curva.

No supe que responder en un principio. No estuve seguro de responder algo o dejar que la pregunta muriera de inanición. Luego barajé muchas respuestas. Si me hubiera pillado apenas un par de horas antes, le hubiera echado los perros, los ojos se me hubieran inyectado de ira y le hubiera echado la bronca. Ahora… después de la cena, el abrazo y de verle y sentirle llorar, eso estaba descartado. Pero por otra parte seguía sin saber que esperar de eso que estábamos viviendo.

– No sé que esperas de mí.

Fui cauto, lo reconozco. Era lo mejor. Y no quise entrar en su vida sin una invitación clara.

– No lo sé – contestó demasiado rápido. – Tengo miedo.

Clavó su mirada en mis ojos. Su forma de mirar no era directa. Quiero decir, no ponía la cabeza recta, los ojos hacia delante. La cosa no era así. Los ojos si miraban adelante, pero su cabeza, siempre solía estar girada a un lado. De medio lado.

– No sé que preguntar. No sé la confianza que me quieres dar. No sé lo que quieres escuchar, ni siquiera sé lo que quieres, para yo saber lo que espero y lo que siento.

Estudié su reacción a mis palabras. Se quedó pensativo. Hubiera jurado que no se había planteado antes lo que estaba haciendo allí, en mi casa, frente a mí, con sus pies desnudos sobre los míos, también desnudos. Era una forma de estar en contacto muy íntima, aunque parezca una bobada. Ninguno nos atrevíamos a apartarlos. Y eso me hizo creer que él sentía algo por mí, aunque no me hacía idea de que era.

¿Me esperarás? (2ª parte)

“Te esperaré”.

Un mes, nada.

Dos, nada.

Pregunté por el barrio, pero nadie parecía saber nada.

– Rodrigo, el del 6, – me dijo la del primero, que era la cotilla oficial del barrio.- Ni idea. Ya se quien dices, el hijo de Genoveva y de Pablo. Ese chico estaba un poco desmejorado últimamente. Ese yo creo que le da al orujo, fíjate lo que te digo. O a algo peor. Eso no había en mis tiempos.

El caso es que cada día que pasaba estaba más intrigado por Rodrigo y por ese mensaje críptico de: “¿Me esperarás?”.

Claro, no fue una espera de esas de novela, de esas de cada miembro de la pareja enclaustrado en sus habitaciones, solos, sin ver a nadie ni conocer a hombre o mujer.

Porque además. Esa espera ¿A qué se refería? ¿A echar otra siesta de una hora, él sobre mi regazo? ¿Que lo espere para llevar el coche a lavar? Bueno, en eso le he sido fiel. No he quitado ni una mota de polvo. Ni una miga de pan. Es más, he procurado que el polvo aumente y las migas de pan ocupan ya un lugar predominante en el asiento del copiloto.

Yo he tenido mis rollos. Pero rollos de nada, de una semana acaso. Que digo una semana, de un par de días, lo que pasa es que ese par de días fueron dos sábados seguidos.

Además. Pensaba yo. “Si ese chico es hetero, lo de la novia”. Y abundaba en el pensamiento: “Si hemos pasado juntos un par de horas y una de ellas ha sido dormidos, otra media hora haciendo la compra, y media más comiendo. A lo mejor fueron dos horas y media, y alargamos la media hora de la comida a un poco más. Si contamos el Mercadona y demás, otros veinte minutos.

Chico, pero el caso es que sí que se me apareció un ángel bajado del cielo en forma de hombre rubio, con una media melena de infarto, una sonrisa de las de “tierra trágame”, y un estilo de revista de moda. Tener una noche de sexo con él en su hotel fue algo inenarrable. Como folla el tío. Tuve la ocasión de… ocasión no, la sensación. Si fue una sensación de que aquello podía ir a más. Que solo con una palabra mía, aquello podía repetirse, consolidarse. Que a ese ángel bajado del cielo, que además se llamaba Ángel, estaba esperando una mueca por mi parte para besarme los pies el resto de nuestras vidas.

Pero chico, mi hombre de la siesta se apareció en mi imaginario, con sus pies desnudos, sentado en mi regazo, echando la siesta y preguntándome: ¿Me esperarás?

No hice esa mueca. Aunque hice trampas, porque le pedí su teléfono y le puse ojitos. Y entre las brumas del desayuno que nos llevaron a la habitación, los dos en bata, y esas cosas tan románticas, creo que le dije una frase del tipo: “ahora no es el momento, viejas historias no acabadas, pero quizás, dentro de un tiempo…”. Puse toda la carne en el asador, en mi tono insinuante, largamente ensayado en las noches de soledad e insomnio del invierno.

Seis meses y el Rodrigo ese, sin aparecer. Pensé en ir a comprarle las deportivas que le había prometido, por ver si así aparecía. A lo mejor, alguien en el lugar en donde se vigilan el cumplimiento de los destinos de la gente, le hicieran llegar el mensaje: “Jaime se está hartando”.

Miré mi cuenta corriente y vi que no tenía cash, así que pasé de las zapatillas. Y de renovar mi vestuario. Una lástima.

Tampoco me compré un par de libros que me apetecían. Las cosas no van bien en el trabajo. ¿Alguien sabe algo para mí? Algo relajado y que se cobre mucho. Ejem.

La señora del primero, aquella que os dije que estaba al corriente de todo lo que sucedía en la vecindad, me paró un día en la calle, dándole al tema mucho misterio. Miró alrededor, por si había alguien que pudiera escucharnos y me dijo bajo, muy bajo:

– Ese chico por el que preguntabas, lo vi ayer.

Me puse en guardia. Más en concreto, todos los pelos de mi cuerpo. Y otras cosas. El corazón me empezó a latir más deprisa, la emoción me embargó así de lleno, de repente.

– Bajó de uno de los coches que lleva. Ese chico cambia mucho de coche, no sé si te habías fijado.

Algo me había fijado, sí, pero no lo reconocí ante mi vecina del 1º. No quería parecer maleducado, pero al final la apremié para que siguiera.

– Se volvió a ir. Rápido. Tenía mala cara. Ha adelgazado mucho.

Ahora fue el estómago el que se dio la vuelta. ¿Mala cara? ¿Adelgazado mucho? Pero si ese chico no tenía de dónde adelgazarse… salvo que se hubiera comido los huesos…

Durante los siguientes días volví a indagar sin levantar la liebre. Me hice el encontradizo con los vecinos, me paraba a charlar con las mujeres al venir de la compra, a los hombres los asaltaba al salir a trabajar o al volver, corrillos en la calle, a pie de portal y a la salida del Mercadona, que estaba a unos minutos, pero que era un centro de reunión del barrio, que al fin y al cabo era el único supermercado cercano. Pero nadie sabía nada. El portero estaba de vacaciones, así que… volví a la rutina. Aunque la semilla de la intranquilidad había germinado en mi estómago.

Pero era todo un poco irracional. Porque no sabía nada de ese hombre. Solo su aspecto joven, que era hermoso a mis ojos, que me gustaba más allá de su físico sin poder definir las razones de todo eso. Esas escasas horas que pasamos juntos estuve a gusto con él… pero a parte de eso, no sabía nada. Si que al final me enteré de sus apellidos y de alguna aventurilla amorosa que había tenido, porque a alguna de sus novias se las había presentado a la vecina del primero, la cotilla.

Un día me dio por pensar que lo de “Esperarle”, era para lavar el coche.

Barajé la idea de llamar al rubio rutilante, al Ángel bajado del cielo. No me decidía. Pero mira, un día lo hice, con tan mala suerte de que estaba en Japón, abriendo una sucursal de su empresa. Quedamos que en cuando volviera en un par de meses, quedaríamos.

Otra vez esperar. Tócate los cataplines. En Japón además. Podía haber estado a orillas del río Misouri, que estaba más cerca. Australia está más lejos. No mucho, eso también es cierto.

Al menos me quedó la sensación de que al amigo Ángel deviajeporJapónlamadrequeloparió, le había agradado mi llamada.

Yo a mi curro sin glamour, a mi vida sin alma, a mi vida de espera. Toda la vida esperando, maldita sea.

Y aquí es cuando… apareció Pablito.

Joder con el Pablito. Lo del diminutivo es de coña marinera. El Pablito me saca dos cabezas de altura y medio metro de espalda. Lo de la espalda es un poco exagerado, pero es de espaldas anchas. Un tiarrón. Bonachón. Un amante pésimo, todo hay que decirlo, pero te juro que en la vida me he reído follando como con él.

Es adorable.

Y he de reconocer que las esperas que tenía pendientes de Rodrigo el misterioso y de Ángel deviajeporJapónlamadrequeloparió, dejaron de ser prioritarias para mí. Desde lo de Rodrigo, no hacían más que aparecerme hombres interesantes.

Y el tío bobo me dice que no soy su hombre. Que soy guay y demás, pero que él busca algo más… eterno. Sí, dijo eterno.

– ¿Matusalén? – pregunté con retintín y un poco de enfado.

Y él se rió. Me dijo que era muy gracioso y tal. Ja, ja, ja. Pero que no. Ja, ja, ja. Que además llevaba tiempo tonteando con otro hombre que le hacía más gracia.

Ja, ja, ja,

Bueno. ¿Que le hacia más gracia? No podía ser. NO debió puntuar el chiste de Matusalén.

Dos “espérames” y un “vete a tomar gárgaras al Himayala”.

Que triste es mi vida. Antes de Rodrigo y el Mercadona y el año nuevo, no tenía a nadie y estaba más tranquilo emocionalmente. Pero siempre pensando en positivo, creí que eso era que iba a encontrar al hombre de mi vida a la voz de ya.

Así que a esperar.

Sin lavar el coche, por si las moscas.

Las deportivas nada, que ni siquiera sabía su talla. Y yo seguía arruinado, con mas mismas malas perspectivas en el trabajo. Si alguien sabe de algo para mí… (creo que eso ya lo he dicho antes).

Aprendiendo por si acaso de la cultura japonesa. No fuera a ser que el Ángel de los cojones dijera: ven. Y yo lo dejaría todo y me iría al Japón para ser un mantenido.

¿Lo dejaría todo?

Ahora es cuando me detuve a reflexionar con meticulosidad. ¿De verdad lo hubiera dejado todo? Seamos un poco serios al respecto. Al Ángel de Japón, solo lo conocía de un fin de semana de sexo intenso y de otras cosas, es cierto. Pero dos días.

A Rodrigo “espérame que soy misterioso”, solo lo conocía de una siesta y de cruzarnos durante años en el barrio. Es verdad que conecté con ambos como no lo he hecho con nadie. Pero… eso no es suficiente como para dejarlo todo e irte tras sus pasos.

Otros dos meses de tristeza. Ya no esperaba. Al menos no esperaba a esos tipos. En realidad me sumí en un proceso autodestructivo. No me afeitaba, no salía de copas ni salía con los amigos. El trabajo me hastiaba, estuve a punto de dejarlo. Lo único que me retuvo es un hilo de cordura que me decía que no tenía dónde caerme muerto.

Sí, es verdad. Estaréis pensando que esto tiene un final feliz. Mi vecina la enterada, me dio la noticia:

– Ese chico ha vuelto de verdad.