Aarón y su fantasma. 2

Al volver a su ciudad, Aarón empeoró. Estuvo una semana sin salir ni comunicarse con nadie. Su madre alarmada por la imposibilidad de hablar con él y alertada de su ausencia total en la vida social de la ciudad por algunos de sus amigos, fue a verle. Entró con la llave que tenía de reserva por si acaso. Lo encontró en el sofá, desaliñado, oliendo a sudor, sin afeitar. Cuando encendió la luz, Aarón cerró los ojos; llevaba tanto tiempo sin ver la luz que ésta le molestaba. Su madre se echó a llorar desconsolada. Llamó a su marido. Llegó en apenas unos minutos. Entre los dos lograron convencerle de que volviera a casa. Le pusieron un abrigo que encontraron por ahí y se lo llevaron.

En casa de sus padres, naca cambió. O poco. Al menos iba al servicio a hacer sus necesidades. Y se duchaba de vez en cuando. Poco más. Nada parecía sacarle de esa suma tristeza. Su madre fue llamando a todo el que pensó que pudiera sacarle de su ensimismamiento. Fueron pasando por casa sus amigos del colegio, los del instituto, los de la catequesis; los amigos del baloncesto y los del barrio. Sus compañeros de su primer trabajo y los del segundo, sus primos, su tía Carola, su tía Luis. Nadie consiguió nada de él. Al contrario. Después de cada visita parecía hundirse más. Llamaron a un par de psicólogos amigos de Rosa, pero ni siquiera les saludó. Se quedó mudo mirando la pared de enfrente.

Al final, su madre llamó a Juancho. Era la última bala. Podía haber sido, debía haber sido la primera, pero estaba lejos. “Se que siempre le has querido mucho, Juancho. No sabemos que hacer.” “No creo que pueda hacer nada, Rosa.” “Por favor, no se a quien recurrir, a ti siempre te ha hecho caso, al menos te ha escuchado siempre”.

Juancho cogió el primer AVE que encontró. Fue con lo puesto. Ni siquiera cogió una muda. Al fin y al cabo, pensó, tenía su antigua casa con algo de ropa. Y a malas, le robaría algo a su amigo. Cuando el taxi le dejó en la puerta de la casa de los padres de Aarón, se paró un instante. Debía prepararse. No iba a ser fácil, ahora se daba cuenta. Lo quería de verdad y le iba a doler verlo así. Por mucho que le había contado su madre, se imaginaba algo mucho peor. Al cabo de casi media hora se decidió y llamó al telefonillo. “¿Sí?” “Rosa, soy Juancho”.

Rosa le esperaba en la puerta. Llevaba un chal por encima de los hombros, chal que le servía de excusa para abrazarse ella misma, para darse fuerzas y calor. Abrazó a Juancho y le dio dos besos muy sentidos. Al fin y al cabo, ese hombre había sido casi como un primo, un hermano de Aarón. De jóvenes siempre estaban juntos. Muchas tardes iba a merendar a su casa. Los findes, muchos los pasaban los dos juntos un su casa o en la de él. Rosa siempre había querido mucho a ese amigo tan fiel de su hijo.

Juancho volvió a respirar profundo como para coger fuerzas. Había tantas cosas que podrían salir torcidas. Tantas conversaciones pendientes que podían aflorar y pqra las cuales seguía sin estar preparado. Tantas palabras nunca pronunciadas en voz alta. Tantos recuerdos olvidados o apartados. No sabía por dónde iba a ir el encuentro. Tenía miedo. A lo mejor entraba en esa habitación de salvador, y salía pidiendo a gritos alguien que le salvara a él. Anduvo por el pasillo hasta la habitación de su amigo. Como siempre hacía de pequeño, entró sin llamar. Era el único que tenía permiso para hacer eso. Aarón levantó la cabeza y al ver a Juancho se echó a llorar. Éste no dijo nada, solo se acercó a él y lo abrazó. Se sentó a su lado y le obligó a apoyar la cabeza en su hombro.

No se dijeron nada. Solo estuvieron así, los dos, abrazados. Aarón lloraba de vez en cuando, Juancho le acariciaba suavemente la cabeza.

Así pasaron toda la noche.

A la mañana siguiente, Aarón se fue a duchar. Juancho mientras fue a hablar con Rosa y Alberto. “Le he convencido que se venga a Málaga”. A Rosa se le humedecieron los ojos. Escuchaba los ruidos de su hijo en el baño. Solo eso ya era un triunfo. No dijo nada, solo apretó el brazo de Juancho y se volvió a abrazar con la excusa del chal. Alberto suspiró un poco más relajado, aunque por alguna causa se le vino a la cabeza la idea de que Juancho iba a cargar con una responsabilidad que no era la que le tocaba. Y eso tampoco le acababa de convencer, porque al igual que su mujer, quería a ese chico como si fuera de la familia. Pero no dijo nada. Era más cómodo así. Y al fin y al cabo, si lograba mejorar el estado de ánimo de su hijo, al menos sacarlo de ese pozo sin fondo, o mejor, si lograba desalojar al fantasma que habitaba en su alma desde hacía 3 años, mejor que mejor. Luego ya llegaría el momento de hablar con Juancho y arreglarlo.

Desayunaron y llamaron a un taxi. Una pequeña parada en casa de Aarón para recoger sus ordenadores y otros materiales de trabajo, y camino de la estación.

El estado de la casa de Aarón era deplorable. Ahora se imaginaba Juancho la conmoción que debió sentir su madre cuando entró. Y ver un bote de pastillas en una mesa, le hizo sentirse aún peor. “Seguro que Rosa las vio; pobre mujer”.

No tardaron ni cinco minutos. Aarón no dijo nada del estado de su casa, y Juancho tampoco.

Al menos Aarón parecía activo esa mañana. Y Juancho se había guardado las pastillas en su bolsillo, por si acaso.

Aarón y su fantasma. 1.

Aarón no paraba de ligar. Daba igual el medio: una de esas plataformas que hay para ello o en persona, en cualquier local, por la noche, por el día, en la calle… cada día llevaba un nuevo hombre a su cama. Por la mañana, una palmada en su culo y adiós. Nada le llenaba, nadie sacaba al fantasma de su corazón.

Hubo un hombre, Marcial, que durante un par de semanas le hizo olvidar. Le hizo disfrutar. Todo parecía ir bien, lo pasaban bien juntos sin tener que follar a todas horas. Se reían. Pero en esa cena del último día que estuvieron juntos, Marcial acarició suavemente con su mano el dorso de la de Aarón. Y ahí éste, como si hubiera recibido una descarga eléctrica, la apartó bruscamente y sin pausa ni decir esta boca es mía, salió corriendo del establecimiento. No dejó de correr hasta llegar al parque que hay a la orilla del río, sentarse en el césped apoyando la espalda en un árbol, su árbol, y llorar.

Otra vez su ex. Otra vez ese fantasma. Otra vez esa melancolía. Ese hartazgo. Esa incapacidad de dar un paso más allá del sexo.

Marcial no hizo nada por retomar el contacto con Aarón. No entendía nada, pero estaba claro que había algo que impediría que su relación creciera. Y él quería que creciera. Esperó unos días una aclaración por parte de Aarón, pero ésta nunca llegó. Marcial pasó página sin dudarlo. No habían llegado a ese punto de verse empujado a luchar por ese idilio.

Aarón se quedó un poco triste. Durante un ese tiempo que estuvieron juntos, esos apenas 13 días, estuvo muy a gusto. Marcial le había caído bien. Pero no tanto, no estaba tan a gusto como para crecer como pareja. No como para ser eso, pareja. O como quisieran llamarlo. Y ese gesto, era el preludio seguro a una declaración del estilo: “Seamos novios”. O de: “¿Por qué no te vienes a vivir a mi casa? Estamos tan bien juntos…”. No quería hacerle daño, no se lo merecía. Pero Aarón no sabía decir que no. Nunca había sabido. Solo sabía correr y huir. Salvo con su ex.

Pasó un tiempo. Sus amigos, su familia no sabían como hacer que Aarón volviera a vivir. “No es necesario que se enamore otra vez para que sonría, joder”, decía su padre. “Debe vivir por sí mismo, sin necesidad de tener a alguien a su lado”, opinaba Mariola. “Por falta de sexo, no será: folla más que todos nosotros juntos”, contaba Guillermo, uno de sus mejores amigos desde el colegio, a su madre, que lo de follar lo escuchaba con los ojos cerrados y apretando los puños.

Su amigo Juancho decidió que era el momento de que cambiara de ambiente. Juancho se había ido a vivir por trabajo a Málaga. Allí tenía un casoplón que le pagaba la empresa, con cinco habitaciones de invitados, con un baño enorme cada una. Una piscina de ensueño y un jardín en el que se podía jugar al futbol. Decidió invitar esa semana un un montón de amigos, incluyéndole a él. Mucha bebida, mucha comida, teatro y museos. Y camadería.

Aarón llegó tal que un jueves por la noche. Fue el primero. Charlaron los dos amigos hasta bien entrada la madrugada. Lo pasaron bien. Estuvieron a gusto. Juancho pensó que todo hubiera sido más fácil si los dos se hubiera juntado. Pero eso no era posible. Eran los mejores amigos, pero no encajarían como pareja. Si hubiera tenido que estar con un hombre, sin duda, hubiera sido con Aarón. Incluso alguna vez pensó que, si en una noche apropiada se hubieran besado, él hubiera dado el paso. No le hubiera importado abandonar su heterosexualidad. Le quería de verdad, por eso le dolía que estuviera mal. Y él sabía que Aarón le quería también. Pero las circunstancias no se dieron nunca. Aarón buscando su hombre, Juancho buscando su mujer, pero sin éxito.

Aarón se levantó un poco melancólico por la mañana. A veces la pasaba después de pasar largo tiempo con Juancho. Se fue a la ducha. Se sentó en el suelo y dejó que el agua resbalara sobre su cuerpo. De repente, un hombre entró y se preparó el baño, ajeno a que él estaba en la ducha. Se cruzaron alguna mirada esquiva, pero sin hacerse mucho caso. Ignorándose. Pero algo en ese chico, hizo que Aarón se incorporara y se pusiera a tocarse como el sabía hacer, con sensualidad y desparpajo. Ese chico le había despertado algo olvidado dentro de él.

Al final empezaron a mirarse ya sin ningún complejo. Aaron se acercó despacio a la bañera… y allí ocurrió todo. Aarón y ese chico nuevo recién llegado a la casa de su amigo Juancho, que luego supo que respondía al nombre de Vinny, juntaron sus cuerpos por primera vez y disfrutaron, sí, vaya que si disfrutaron. Y lo hicieron muchas más veces en ese fin de semana largo.

Pero el domingo, el día en que cada uno volvía a su casa, Aarón se fue sin despedirse. No era su hombre. Y si lo era, le daba igual. Él y su fantasma. Ese era su destino.

Qué pasó con lo nuestro.

Miro atrás en el tiempo y pienso. Lo mío con Kike ¿cuando pasó a ser una buena amistad a ser una relación de profundo amor? ¿Y cuando cambiamos el amor por el odio?

Me gustaría recuperar al menos el aprecio profundo que nos teníamos. La fraternidad, el colegueo. La cercanía. Pero cada vez que lo intento, el odio entre nosotros crece unos centímetros más.

¿Qué tiene distinta esta historia de otras cientos? Que es la mía, claro.

Nos conocimos en la cola del cine. Uno de esos días del cine, que las entradas están tiradas de precio. Yo me había apuntado y pensaba ir a ver unas cuantas en los tres días que duraban. Él al parecer solo le interesaban dos películas. Pero para una de ellas no había entradas y de repente, se dio la vuelta y hete que me encontró a mí.

– No me des las gracias pero te voy a recomendar una película que no debe perderte – me dijo de repente.

Yo levanté las cejas y lo miré a la cara. De esto que oye, me gustó. Y él siguió a lo suyo con lo de la película. Yo estaba pensando en revolcarme con él en el hall del cine pero a él estaba claro que le apetecía más en ese momento que le recomendara una película. Y la taquillera también estaba por ese tema mas que por lo de que nos revolcáramos por el suelo.

– Yo voy a ver la de los X-men. ¿Vienes solo?

– Sí.

– La vemos juntos.

De repente me veo con un tío que no conozco de nada para ver una película, la de X-men, que a mí me gustan bastante y que me suelo ver solo por lo de pensar a gusto sin tener que decir al de al lado cosas ni contestar a lo que me dicen. Lo malo es que teniéndole al lado, aunque fuera mudo, es de carne y hueso y ya he dicho que me sobraron 9,30 minutos de los 10 desde que lo conocía para querer follar con él.

Guau.

– Me llamo Kike – me dice cuando salimos de la cola. Y me planta dos besos.

– Oye ¿vas dando besos a todos los chicos que conoces?

– Cuando me gustan sí.

Y se me quedó mirando con cara de … no sé de qué, pero … joder, que sí parecía que le había gustado. Esa sensación me dio y fue cierta.

Él me gustó y yo le gusté a él. ¡¡flechazo!! Quién me lo iba a decir, salvo Guille, mi ex. Y Omar, el anterior. Y Tomás, otro del que me prendé así, en un chasqueo de dedos. Esos affaires no duraron mucho, aunque es cierto que duraron algo más que lo que tardé en prendarme de ellos.

– No me has dicho como te llamas.

– ¿Eh? ¡Ah! Peter.

– ¿Pedro?

– No, Peter. – se quedó parado extrañado – Mi padre es canadiense. Me llamo Peter.

– ¡Que bien! Así me enseñarás inglés.

No le enseñé inglés. Pero le enseñé a follar, que no andaba muy ducho. No fue esa tarde, ni las de los siguientes días que quedamos. Incluso meses.

Salíamos por ahí, íbamos al cine y hablábamos. Mucho. Él hablaba por los codos y yo cuando me incitan, tampoco soy de callarme. Se me fue pasando la calentura sexual y la cambié por algo… no se como expresarlo. Estábamos a gusto juntos, hablábamos, y leíamos juntos. Íbamos a bailar, íbamos de camping, yo iba a buscarle al trabajo y caminábamos despacio camino de una de nuestras casas en dónde veíamos la tele, o hacíamos limpieza o poníamos la lavadora. Cada día en casa de uno.

Sí, tardamos en tocar nuestros cuerpos desnudos y sentir palpitar nuestros miembros sin ropa de por medio. Muchos meses. Y cuando dimos el paso fue como algo normal, sin grandes algarabías.

Lo dicho, le enseñé un par de cosas. Del sexo. Y aprendió, sí. Vaya que sí. Luego nos dedicamos a investigar. Pero eso es otro tema.

Nos fuimos a vivir juntos. Era el paso siguiente. Parecía que todo iba estupendo. Nos caíamos bien, congeniamos y lo pasábamos bien teniendo sexo. Y empezamos, o por lo menos a mí me pasó, a enamorarme de él. Pero de verdad.

Eso de enamorarme no me había pasado casi nunca. Salvo con Ramiro, con el que nunca llegué a nada, porque él no quiso. No logré conquistarlo. Le asedié, le comí la oreja, me hice el encontradizo, le invité al cine… él como si nada. Luego me enteré que tenía un rollo con un señor de Murcia, una cosa muy seria aunque intermitente por la distancia. Una cosa secreta, que él era de buena familia y casado con toda la pompa y circunstancia de la Iglesia. O sea con mujer y varios hijos estupendos. Por cierto, eso me recuerda que tengo que llamar a Ramiro. Debe estar echo polvo. El señor de Murcia falleció hace un par de semanas, aunque él se enteró antesdeayer. Es lo que tiene el ser “el otro” en una relación secreta y a distancia.

Estaba contando como poco a poco, el flechazo súbito de Kike, transformado en una relación de colegueo y que en un momento determinado adquirió derecho a roce se fue convirtiendo en amor de verdad. Y justo fue entonces cuando las cosas se torcieron.

Ahora que medito en ello para escribir esta “mi historia”, todo cambió el día que, estando sentados en una terraza tomando un “Valenciano”, le insinué algo de casarnos. Se lo tomó a chunga, a risas, reímos con algunas ideas locas para la boda, pero… sí, le pillé mirándome de una forma rara. Y ya sé lo que es. Me acabo de dar cuenta. Era miedo.

No lo entiendo. Es decir: ahora lo entiendo todo. Pero no entiendo que diferencia había, hay, entre vivir juntos como un matrimonio y ser un matrimonio. Es solo una visita al juzgado, decir un “sí, quiero” y volver a comer a casa. Pero bueno, que tampoco había necesidad de casarse. Él me dijo que no, y ya está. Es cierto que me obsesioné con el tema y lo volví a intentar un par de semanas después, pero sin darle importancia. Y es cierto que en esa época fue cuando empezaron los desencuentros, las discusiones. Por tonterías. Lo juro. Por tonterías. Por “has dejado el cepillo de dientes sobre el lavabo”. “¿Por qué me has cogido mis calzoncillos preferidos?”, cuando además nos intercambiábamos la ropa. “¿Gayumbos preferidos? ¿En serio?”. “¿follamos?” “Me duele la cabeza”.

Pues tómate una aspirina, no te jode.

Es curioso. En realidad lo de casarnos me daba igual. Me da igual de hecho. Nunca he deseado hacerlo. Fue una posibilidad que planteé. Nunca lo habíamos hablado y no sabía si a él le gustaría. Pensé que a lo mejor no se atrevía a decirlo. Alguna vez le hablé de unos amigos que acabaron como el rosario de la aurora. O de mi tía Nuria, que tuvo muchos problemas con el divorcio de su marido, y los niños y tal. Recuerdo que también saqué el tema de los niños. Pero para hablarlo. Para saber que pensaba del tema. Yo no tengo pensado tener niños. Pero a lo mejor él sí. A lo mejor planteé todos estos temas con demasiada vehemencia. Pero si yo solo quería hacerle feliz. Ser feliz. Saber lo que pensaba de la vida. Saber si queríamos avanzar más o no. Tampoco creo que eso sea avanzar. O sea, que si te quedas siendo una pareja que se ama y convive y demás, necesites dar el paso de casarte y luego buscar los hijos. Puedes sentirte muy realizado así, amando a tu amado sin más.

El caso es que todo esto ha ido a más. Me enroqué en la defensa de mi cepillo de dientes sobre el lavabo y él lo hizo en la necesidad de tener la tapa del váter levantada. Le devolví sus calzoncillos preferidos y yo le pedí que me devolviera la cazadora de los Queen, que le molaba mucho y usaba mucho, pero que era mía. Ya sabes, cuando empiezas a discutir, todo es campo minado.

Al final nos hemos dado un respiro. Firmamos una tregua aprovechando que me iba a ir unos días a Coruña.

A la vuelta, yo guardo el cepillo de dientes en el armario y él baja la tapa del váter. Aunque la cosa sigue tensa y seguimos sin follar.

He estado dándole muchas vueltas. Podríamos reconducir el tema. No hemos llegado a ser como en la peli “La guerra de los Rose”. El caso es que siento que el enamoramiento profundo que nacía en mí, ha quedado abortado. Pero hasta ese momento, vivíamos felices. Hacemos una buena pareja. No sé. No sé que hacer. Reconducir el tema o dejarlo aquí.

Ya no habla. Kike. Es un parlanchín incansable. Ahora todo es silencio. Ayer intenté hablar con él, pero no se dejó. ¿Lo intento de nuevo? No sé lo que siento. Ya no hablamos en inglés, para que Kike practique. Si le hablo en inglés, se hace el sordo, como si estuviera escuchando la tele. Pero tampoco está bien romper nuestra relación por algo que ninguno de los dos quiere, aunque yo lo planteara como una posibilidad. Desde luego no estuve acertado en la forma, está claro. Él pensó que le asediaba. Pero eso se soluciona diciendo: “no quiero”, no saliendo por peteneras.

Acabo de darme cuenta que faltan muchas de sus cosas. Sus cajones están casi vacíos y sus armarios, igual. Las ha recogido mientras estaba en Coruña.

Bueno, está claro que él ha tomado una decisión. Como el día que nos conocimos, en el cine. Ha elegido la película y con quien verla. Está claro que no es conmigo. Al menos la siguiente.

Algún día quizás podamos hablarlo con calma. Cuando pase el tiempo. Si es que se da las circunstancias.

Llamaré a Ramiro, a ver como está con lo suyo. No lo he hecho antes por no incomodar más a Kike. Ramiro no le cae bien, aunque solo sea porque sabe que fue mi amor platónico. Y hablaré con Kike. Si se ha llevado sus cosas… es tontería. Cortamos y punto. Hay que ver las minucias que llevan a veces a romper una relación. Me siento tan vacío…

El caso del enamoramiento súbito de Alejo.

Alejo no creía en los amores a primera vista. Ni en esos ni en casi ninguno.

Buena prueba de ello la tenía en su madre, que tras pasar casi veinte años de su vida junto a su padre, cantando las delicias del amor verdadero y diciendo a todo el que la quería escuchar que su historia con su padre era para toda la vida, “casi como el primer día que nos conocimos”, un buen día, con sol y temperatura primaveral, se dio cuenta que todo era una mentira. Miedo. ¿a estar sola? Porque él definitivamente no estaba solo. Al menos aquella noche que le vio besándose con aquella fulana en la calle 13.

– Era una fulana – repetía una y otra vez a Alejo, cuando se lo contaba medio llorosa y escondiendo su cara en el pecho de su hijo.

Fue duro para Alejo a sus quince años tener que hacer de consejero y limpiamocos de su madre. Y más cuando le dijo eso de:

– No sabes lo que te van a hacer sufrir los hombres, mi niño. Son todos unos cabrones.

¿Cómo sabía ella que le gustaba los hombres? Se preguntó una y otra vez, en silencio, porque su madre no parecía preparada para darle la respuesta. Ni esa ni ninguna. Tampoco quería que le contestara a sus preguntas no fuera a ser que por un casual le dijera que lo había pillado en alguno de sus escarceos amorosos con el vecino de enfrente.

Al final se armó de valor y preguntó. Y ella, poniéndose seria durante un par de minutos, y tomando la pregunta por dónde le interesaba, le miró fijamente y le dijo.

– Es una pregunta retórica, hijo, no hace falta contestar. Los hombres son todos unos cabrones.

Seguido volvió a hundir la cabeza en el pecho de su hijo y siguió llorando el resto de la noche. Alejo callado. Pensando. “Nunca me enamoraré de nadie, mamá”. Pero sin abrir la boca.

El caso es que su padre no volvió a aparecer por casa. Se iría a vivir con la fulana esa de la calle 13. Alejo no supo más de él. Tampoco es que se perdiera mucho.

Su madre no volvió a mencionar nada de todo lo que pasó ese día. Un par de veces intentó Alejo sacar el tema, pero acabaron hablando del pájaro carpintero y su musical repiqueteo en la madera del árbol de turno. Incluso un día hablaron de política. Pero poco. Casi nada. De hecho solo lo suficiente para cambiar de tema y dejarle mamá claro al chico que no debía preguntar nada sobre aquella noche ni las circunstancias de su padre. Día en realidad, que a la fulana y a su chulo los vio a plena luz del día, le dijo. Aunque Alejo estaba seguro haberla oído hablar de “noche”.

La madre de Alejo tuvo muchos pretendientes. Era agraciada y era una mujer con estilo. Y tenía un buen trabajo y dinero. Muchas moscas merodeaban la miel.

Alejo tuvo muchos amantes también. De casta le viene al galgo, le decía su mamá por las mañanas cuando se cruzaban con sus amantes en gayumbos en el pasillo de casa camino del baño. Son muy modernos, ya.

Sea por la experiencia de su madre o por aquel aviso tan dramático del día de autos, el caso es que Alejo, era un descreído en esto del amor y el compromiso. Solo le gustaba ligotear, conquistar rendir la fortaleza y seguir camino en busca del siguiente. Su amiga Juliana le decía siempre que debía buscar el amor. Ella no era un buen ejemplo tampoco. Ella buscarlo, lo buscaba. Pero solo encontraba cabrones.

– Para encontrar lo que encuentras chica, mejor haz como yo. Si sale, pues sale. Pero para esos tipejos de los que te cuelgas, querida… no es plan.

Juliana también lloraba en el hombro de Alejo. Su hombro debía ser muy apetitoso para ello, estaba visto. Y una vez también lloró en él su profesor de Psicología del comportamiento. Pero aquello fue después de un polvo por despecho. Despecho el del profesor, que le acababa de dejar “ese”, que le he visto besándose con ese fulano, en la puerta del 34 de la calle 15. porque es un fulano.

Así que Alonso no gustaba de amores. Menos a primera vista. Eso de los flechazos no sabía que era. Reía a carcajadas cuando alguien sacaba el tema. Le trataba de loco y demás… y le auguraba una temporada de sufrimiento y caída al abismo.

Y sí, después de la locura y las risas llegó el castigo.

Esa noche de ese día en el que salió de marcha con Juliana para matar las penas por su enésimo desengaño, en llegando a casa y cerrando la puerta, se fraguó la tragedia. Resulta que el vecino de abajo, el de muy abajo, más bien, se le vino el sueño con el cigarrillo encendido. Tan mala suerte que prendió la mantita con la que se tapaba las canillas viendo los asaltos de “La Voz”. Todo empezó a arder. Una cosa de película. El humo subió rápidamente por todos los huecos imaginables y algunos otros inimaginables. Alonso no se dio cuenta y se quedó medio grogui después de una buena esnifada de humo. Cuando todo parecía perdido, un hacha rompió la puerta de la casa y ahí estaba él, con su máscara, con su traje de bombero, con sus músculos, que no se le veían, que el traje de faena era muy abultado y pesado, y la bombona de aire no ayudaba, y el casco y la máscara y los guantes, y las botas… pero esos ojos a través de la máscara… se cruzaron las miradas. El tipo le sonrió, que sí, que le sonrió, aun que no fue posible que Alejo viera la sonrisa, que no. Pero da igual, él la vio. Y el bombero algo vio, que sí, porque después de sacarle en brazos con todo cuidado, como si lo acunara. De compartir con él el oxígeno de su bombona. De bajar pisos y pisos con él a cuestas. Después de todo eso, lo dejó suavemente sobre la camilla de la ambulancia y prometió solemnemente volverlo a ver cuando acabara el servicio.

Cumplió la promesa. Y allí estaba camino del hospital sentado a su vera. Alejo estaba inconsciente pero sentía su mano que le agarraba con fuerza la suya y le daba ánimos.

– Me salvó la vida – le contó a Juliana con mucho dramatismo en cuanto ella le fue a ver al hospital.

No puede ser esto cierto. Debo estar muerto y en el paraíso, pensaba en su inconsciencia el amigo Alejo. A todo esto, no sabía siquiera que jeta tenía el bombero en cuestión ni siquiera lo de la sonrisa, que no, que era imposible que la viera. Los ojos, vale, pero con el humo y demás y teniendo en cuenta que en la realidad no se les ve la cara como en las pelis que le ponen un led arriba para que se le vea la jeta en la cámara.

Que bonita escena en el hospital cuando Alejo abrió los ojos y le vio al susodicho bombero salvador. Los violines sonaron de fondo. Pétalos de flores diversas caían cual copos de nieve sobre ellos. Unos corazones rosas, de diversos tamaños revoloteaban por allí, dando ambiente. Se miraban con embelesamiento. Alejo cayó prendado de la belleza del bombero, una vez quitado sus aperos de trabajo. Juro que no era para tanto, que guapo, así como guapo, no era… es. No. pero el amor es así: Los feos se convierten en guapos y los guapos en adonis. Los adonis en dioses y éstos en… nada más que no hay nada más que un Dios, por favor.

Como Alejo no era muy de violines y el bombero por lo que sabemos ahora, que antes no sabíamos nada, claro, no lo conocíamos, que íbamos a saber, pues decía que como ninguno de los dos eran muy de corazones y románticos y tal, cambiaron la música de violín por la de peli porno. Y los corazones por los preservativos. El caso es que allí mismo, en la habitación del hospital, tuvieron su primera noche de pasión desenfrenada. Alejo entonó bien los jadeos propios de la acción mientras el bombero… bombeaba. Esa primera vez fue un poco urgente. Pero nada que no se pudiera mejorar el día siguiente, y al siguiente… incluso esta mañana, unos meses después de estos sucesos.

Alejo el descreído ahora va pregonando la existencia de los flechazos y del amor verdadero. Un amor que le ha llevado junto a un bombero que le saca un metro de altura y no menos de 20 años. Y treinta centímetros de brazo y cuarenta de muslo. No es muy agraciado de jeta, aunque músculos… los tiene todos bien puestos y muy desarrollados. Casi todos. En algún caso gana Alejo. No en los citados anteriormente. En otros. En otro en concreto.

Pero eso no es importante. Lo importante es que hay dos convencidos más del amor. Hasta la madre de Alejo está medio convencida. Aunque se lamente que ella no hubiera visto antes al bombero, porque en su delirio piensa que ella le hubiera seducido de tal forma que le hubiera conquistado y quitado esas veleidades con su mismo sexo.

En fin.

De ilusiones también se vive.

Nuño y los vestuarios

Somos del mismo equipo, y hay confianza. O más bien no hay más remedio. Salimos al campo como si fuéramos uno. Un engranaje perfecto. Viajamos juntos, tomamos pizza juntos después de los partidos. Compartimos muchas horas. Todos vamos a la ducha juntos. Nos desnudamos juntos. Nos vestimos juntos. Hacemos bromas de machos orgullosos. Nos miramos, porque somos jóvenes y nos embarga la curiosidad y nos gusta la belleza, y somos bellos por jóvenes y por deportistas, pero hacemos como que no vemos. Jugamos con las toallas, lanzándonos latigazos de los que pican a las piernas, al culo, al torso. Nuestros genitales saltan y bailan. Hay confianza. Somos jóvenes. Miramos pero hacemos como si no viéramos. Aunque todos vemos, unos más y otros menos. Todos nos fijamos, unos más y otros menos, pero lo hacemos por distintos motivos, puede ser, pero lo hacemos.

Nuño se ha escapado. Siempre se escapa. Pone excusas o simplemente desaparece. No le gusta ducharse con los demás. Se siente diferente. Es diferente. Yo lo sé. Todos lo sabemos. Para el resto es un mero trámite. Para él, no. Él se supone que nos miraría con deseo. Con curiosidad. Pero se moriría si lo descubriéramos. O si un día no lo puede reprimir y su pene se pusiera tieso delante de la peña. Un día le ocurrió en otra vida y le montaron un follón.

Me gustaría acercarme un día después de un partido y decirle que se quedara. Que nos mirara lo que quisiera. Incluso le diría que me tocara. El piensa que le vamos a ridiculizar. No lo haríamos. En este equipo no. Y menos con él. ¿Por qué? Porque es buena gente. Porque lo queremos. Porque lo necesitamos, también. Es el mejor del equipo. Nuestro juego pasa por sus manos, por sus piernas por su inteligencia a la hora de ver el partido.

Y es divertido. Es ocurrente. Salvo cuando se trata de desnudarse todos juntos. En ese momento, echa patas.

No nos atrevemos a decirle que lo sabemos. Que no nos importa. Hace unos meses me encontré con Kike Palma. Kike sigue siendo del equipo en el que jugaba antes Nuño. Allí lo pasó mal. Entonces se duchaba con todos pero un día se le escapó una mirada a los genitales de Luis Ramírez, otro de los jugadores. Luis es un bruto, un macho de esos que presumen de macho. Dicen que tiene un miembro generoso que no duda en exhibir desde el minuto cero en el vestuario o donde sea. Y se lo masajea con estridencia, para llamar la atención del resto. Marcar territorio se dice también. Un macho alfa. Lo suele hacer contando sus aventuras con todas las chicas con las que se cruza. Con todas se acuesta y a las que no consigue las llama frígidas. Todos sus ligues tienen unas tetas de alucine. Ese día, Luis se dio cuenta de la mirada de Nuño. Posiblemente la noche anterior el polvo no fue bueno, o las tetas eran más pequeñas que las que le gustan. O no mojó, que sería lo más probable, porque Luis de boquilla lo que quieras. Es un gran jugador de parchís: me como una y cuento veinte. El caso es que pilló su mirada y lo machacó. Se rió de él. Lo llamó marica y se acercó a él, le agarró, le puso de espaldas e hizo como si lo diera por culo. Kike Palma sugiere que Luis Ramírez se empalmó con el juego, lo que le sacaría más de quicio.

Algunos compañeros le rieron la gracia, otros no, pero tampoco hicieron nada para parar la broma. ¿Broma? Así lo llamó Luis cuando el entrenador entró y lo pilló en plena acción. Como suele pasar en estas ocasiones, el entrenador aconsejó a Nuño que si no lo podía afrontar, mejor que cambiara de equipo. Mejor, le dijo, deja el deporte, no es lo tuyo. Entonces no era el jugador que es ahora, claro. Al entrenador ese también le incomodan los homosexuales, lo sabemos todos. Algún caso más hay en su currículum. Me lo ha dicho mucha gente. Pero por su posición, debe mantener las formas. Todo lo hace de manera muy profesional, por el bien del equipo y de los maricas a los que echa con buenas palabras, siempre por su bien.

Así recaló en nuestro equipo. Todos contentos. Pero Nuño, al llegar aquí, fue precavido. No se desnudó ni compartió vestuarios con nosotros. Cuando viajamos, ni siquiera se desnuda delante de sus compañeros de habitación. Lo hace a escondidas en el baño, con el pestillo cerrado. Cuando se duchan los otros, sale y se va a las zonas comunes del hotel en el que estemos. Si entrenamos en nuestro campo, o jugamos, se va directamente a su casa. No se quita ni las botas.

No es vida para él. Y nosotros nos sentimos incómodos por justo lo contrario a las razones de la gente del otro equipo. Hoy hemos jugado. Hemos ganado. Lo vamos a celebrar todos, menos Hugo. Ha fingido un no sé qué y se ha ido al hotel, que estaba cerca del campo. El entrenador ha preguntado por él y cuando le hemos dicho, ha suspirado. Mateo y Ibai se han mirado y han buscado mi mirada.

– Debes arreglarlo de una puta vez – me ha dicho Mateo.

– Debemos arreglarlo entre todos, es mejor – he replicado. – No sé por qué tengo que ser yo.

Se ha hecho el silencio en el vestuario. Peter ha tomado las riendas:

– Pues vamos, tienes razón. Vamos todos.

Se ha puesto en camino, decidido. Se había quitado la camiseta pero se la ha vuelto a poner. Mateo e Ibai se han mirado y se han encogido de hombros antes de salir también camino de la calle. El resto les ha seguido. Todos a una.

No hemos tardado nada en llegar al hotel y subir a su habitación, nuestra habitación. He abierto la puerta con mi tarjeta y allí lo hemos encontrado, mirando por la ventana. Se ha dado la vuelta, sorprendido. Ha puesto cara de susto y no me extraña. Hemos llegado todos en tromba, con prisas y con cara de importancia.

Ahora, Peter que lideraba, no sabe que hacer. Mateo e Ibai tampoco. Esta vez he tomado la iniciativa y me he desnudado. Carlos me ha seguido, con lo que le gusta exhibir su perfecto cuerpo. Es una broma, es cierto que es un poco exhibicionista, pero no en el mal sentido. Está bueno, la verdad. Muy bueno. Mejor cambio de tema.

El caso es que al cabo de un par de minutos ahí estábamos todos desnudos, delante de él.

– Míranos – le he dicho suavemente. – Con nosotros no tienes nada que temer. Te queremos.

– Tú sobre todo – ha bromeado Mateo, al que he atravesado con la mirada y ha murmurado un “perdón” bajando la vista.

– Es cierto, te queremos – le ha dicho Carlos que a parte de todo eso, se lleva muy bien con Nuño. – y lo sabes.

– Me da miedo – ha susurrado – Ya me ha pasado. Todos eran muy majos pero un día… ya he pasado por ello y no… no gustan los maricas en el fútbol. Hasta he pensado en dejarlo.

– Eso es una bobada – le ha espetado Ibai. – Aquí eso no pasa. Aquí si llega un Luis, le ponemos de patitas en la calle a él.

– ¿Lo sabéis? – parecía un cordero degollado. Hubiera jurado que casi se echa a llorar de la vergüenza. Pero Carlos estuvo de nuevo al quite.

– Claro que lo sabemos. Desde el primer día.

– Míranos, somos nosotros. No esa gentuza de tu anterior equipo. Y te necesitamos a tiempo completo. En las duchas, en las celebraciones. Comiendo pizza. Tenemos dos botellas de cava malo para ducharnos con ellas en cuanto te decidas y te vengas con nosotros.

– Vamos – ha indicado Carlos – retomando la iniciativa. Hemos rodeado a Nuño y le hemos abrazado. Y hemos empezado a saltar todos juntos. Con nuestro grito en la victoria. Cada vez más apretados. Al principio se resistía, pero al poco, ya estaba integrado en el grupo.

Te juro que cuando lo he mirado mientras saltábamos, parecía 3 ó 4 años más joven. Es como si se le hubiera quitado un peso de encima. Le brillaba la mirada, hasta sonreía. Y también juraría que me ha dedicado una mirada especial. Si Carlos o Mateo la hubieran visto, seguro que me decían que tenía esperanzas, que me lanzara a declararme. Pero no me atrevo.

¿Y si volvemos al vestuario y nos ponemos a saltar allí, como se espera de nosotros y ponemos todo perdido de barro y cava malo? Y además tenemos que mantear al entrenador…

Nos volvimos a vestir a toda prisa y salimos del hotel. El conserje nos miró con cara de pocos amigos. Seguro que estaba contando las horas que nos quedaba de estancia. Pues se iba a joder, porque hasta la mañana siguiente, no volvíamos. No me extraña que nos mirara porque íbamos con unas pintas… al volvernos a vestir cogimos la ropa que primero pillamos, y alguno le sobraba pantalón, a otros le faltaba camiseta, y otros íbamos descalzos, porque no éramos capaces de meternos las botas que habíamos pillado.

Esa noche íbamos a cenar todos juntos, con la directiva y tal se habían estirado y nos convidaban a un restaurante bien. No sería tan bien, pero al menos cambiábamos la pizza por un día. Y muchos de nuestros padres estaban por ahí. Los de Nuño también, y era raro, tampoco solían prodigarse por los entrenamientos ni por los partidos. Menos todavía los viajes.

Llegamos a los vestuarios. Allí estaban esperando las botellas de cava malo para ducharnos con ellas. Eramos primeros en la liga, y eso bien merecía una ducha pegajosa y luego, una ducha liberadora con agua y jabón. Todos juntos.

Míralo. Mira a Nuño. No le he visto tan contento desde que lo conozco. Desde el otro lado del vestuario, se me ha quedado mirando un instante. Ha sido solo un momento, pero he creído ver que me decía muchas cosas… gracias sobre todo. Y que lo nuestro, de momento no va a poder ser. Eso también me lo ha dicho.

Debe pensar que una cosa es que no importe que sea gay, y otra mantener un romance con otro miembro del equipo. No le atraigo lo suficiente como para correr ese riesgo. Eso lo digo yo. Y me duele, pero me parece bien. Al menos tengo la compensación de verlo contento, relajado. Y seguro que en el próximo partido, lo va a hacer todavía mejor.

Quizás en un futuro la cosa cambie y lo nuestro pueda ser. Esto lo digo yo, para animarme. Aunque tendré que buscarme otro amor, me temo.

Pero yo contento. Por Nuño.