Un anuncio para emocionar: Johnnie Walker

Hay anuncios que son verdaderas historias resumidas en unos pocos minutos. Es un micro-corto. Y eso pasa con este anuncio de Johnnie Walker que me ha hecho llegar el amigo Pere.

Miradlo bien. Aunque se os escape el texto en inglés, lo podréis entender perfectamente, disfrutad y emocionaros.

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Le pega que ni pintado a estas fechas.

Muchas gracias Pere. Gracias.

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Hoy estoy así como de hacer tela de cosas. Que la noche fue de dormir y tal, que ya os dije antes. Pues que he decidio poner este post que tenía preparado el Jaime. Que leches, lo que he llorao. Joder. me ha costao coger el tema, que es así como subliminal o así. Lo dice mucho el Jaime cuando me pone alguna peli de esas que no entiende ni Dios. Pues eso. pero que lo he cogio y menuda jartá a llorar.

que gracias al Pere ese, que dice el Jaime que se lo ha pasado el.

Sniff.

Adri.

PD. Me las piro a currar un bit. Una chapa de las de aqui te pillo y ya, que estaba a tope. No va a ser todo jauja. /que fino me pongo a veces, la leche. El Jaime es una mala influence

Post Peligroso II: las respuestas del correo del Zar.

El tiempo pasa. Dependiendo de las circunstancias, el tiempo pasa deprisa o lento como la más lenta de las tortugas.

El tiempo cura. No sé si el tiempo lo cura más y mejor si pasa deprisa o despacio. A veces pasa despacio, pero parce que pasa mucho tiempo, o al revés, o una mezcla, pasa deprisa y parece que pasan muchas cosas y eso te da la impresión de que pasa mucho tiempo, cuando en realidad apenas han sido un par de días. Parece un galimatías, pero es algo comúnmente reconocido por las … nada, iba a decir una bobada y no estamos para bobadas.

Hoy es jueves, y parece que fue hace un siglo. Parece que el lunes fue un día del siglo pasado, y que l martes fue un día interminable. La vida sigue, es cierto, y hay que mirar hacia delante. Lo decía Josep el otro día. También decía lo de las rachas… y es cierto, empecé con mi madre hace 5 años, en mis brazos, seguí con Isabel, una amiga y la mujer de un amigo, luego ha venido mi padre y el lunes con Javi. En casi todos los casos, los consuelos son fáciles: iban a sufrir mucho, era lo mejor, para ellos y para los que les rodeaban… tres de ellos tuvieron un desencadenante, que es el cáncer.

Ayer hablaba con otro amigo, el padre de mi tato. Sí la razón de la mitad de mi nick. Coincidí con él y con su mujer varias veces en Oncología. Él las ha pasado canutas, y se las ha hecho pasar más canutas tanto a su mujer como a sus hijos. Alguna vez os he hablado de su mujer… y de alguna charla en medio de la calle. Ahora, está bien… y parece que lo sabe todo, y tiene un toque de vencedor… pobre… iba a tomar un vino, cosa que tiene prohibido… pero él parecía que estaba sobre la vida y la muerte… iluso… solo lamento lo mal que lo van a pasar tanto su mujer como sus hijos. Porque además tuve la impresión de que solo se escuchaba a él mismo, en todo caso alguna circunstancia que no sabía…

Aprenderemos a saber que no está. Decir como dije el otro día que me había quedado solo de alguna forma… Borja, no es despreciar a los que estáis, a los que como dices, no os vais a ninguna parte. Pero cada uno, cada persona, creo que ocupamos un espacio determinado en la vida de otra persona. Y ese lugar no lo puede volver a ocupar otra persona. Él me defendió cuando hizo falta, me dio trabajo, mee dio su confianza, su amistad, me apoyó cuando un problema por un beso mal dado a un chico, tuvo como consecuencia que nos hiciera perder mucho dinero a la empresa en la que trabajo. Es a veces el problema de ser gay. Un beso puede desencadenar la ruina. Un beso en la mejilla, si llega a ser en la boca… Quizás si me hubiera quitado de en medio, ellos hubieran podido seguir sin quebranto. Siempre evitó hablar de ese tema. Nunca quiso saber… nunca quiso una explicación, solo siguió como si nada. Para muchos yo era su hermano, y nunca lo desmentía, ni sacaba del error a nadie. Ese lugar en mi vida, no lo pude ocupar otra persona. Como el que ocupas tú, no lo ocupará nadie.

Posiblemente mañana o pasado, o al otro… ya no se me note apenas. Casi nadie nota lo de mi padre, lo que me pesa su ausencia. Tampoco vas a ir por la calle con cara de funeral… en muchos momentos no te acuerdas, y vas estupendo… no hace falta preocuparse. Pero mira que soy bastante empático, y mira, no lograba ponerme en el lugar de ese diseñador de moda muy famoso que se suicidó hace unos pocos años, porque no superó la muerte, creo que era de su madre. Y ahora soy capaz de ponerme en su lugar. Eso no quiere decir que por ninguna circunstancia yo vaya a tomar una decisión siquiera parecida. No. No. Pero puedo revivir en mis carnes su angustia, su vacío… ¿Veis como sentir es una mierda?

Y sabes, Pucho, cuando hablo de hacer algo, en realidad solo me refería a estar. Es que muchas veces las palabras y los hechos sobran. Yo soy más de estar, de hacer sentir que estoy cerca, o dentro del corazón del otro… no tengo palabras maravillosas, ni gesto estupendos, salvo el de abrazar, o el de dar un beso… o dos… si se dejan. De eso me quejo, eso me echo en cara, que no pude estar, que no supe hacerlo… por eso digo que yo mismo me decepciono. La decepción es solo un estado en el que se mide lo que uno cree que pude o debe hacer, y lo que al final hace. No es nada más. O lo que uno espera de los demás, o lo que quisiera que sucediera… Por eso el problema pude estar en algunos casos en las expectativas, y en otros, en las ilusiones, y en otros… en no saber hacerlo, en no saber estar. En no tener fuerzas, ser débil, sentir con demasiada fuerza.

Omar, Ernesto, Carlos… sí, así es la vida, a veces triste… a veces solitaria… pero quizás encontremos también algo positivo, alegre… quizás mi Príncipe llegue un día de estos y os lo cuente todo ilusionado… ¿Vosotros tenéis Príncipe?

Ya he acabado este post, y no tengo claro si ha sido mucho tiempo el que he utilizado, o no. Tengo la idea de que he escrito bastante, y lo he hecho sin dilaciones, sin pararme a pensar demasiado. Ni siquiera me ha parado a limpiarme las gafas, y eso que necesitan una gamuza.

El tiempo y su medida relativa.

Y sigue quedando pendiente hablar de la vida, de la muerte, d ella mentira, de la verdad, de los Príncipes, de la eternidad, de la magia, de las vidas ordinarias, de las imaginarias, de las extraordinarias, de la ficción, de la cotidianidad, de la Lotería de la Navidad, de los modelos guapos, de lo que vais a escribir para Navidad, o de la música que me vais a mandar… para Navidad, o de las fotos que vais a sacar en vuestras ciudades o pueblos. Todo para Navidad.

La Semana de la música, en enero.

Gracias a todos por todo.

Esperando, una historia.

Hace calor. Me acabo de quitar mi camiseta. Espero.

Viniendo hacia aquí he visto a otras personas esperando. Algunas lo hacían tranquilas, otras mostraban impaciencia, miraban el reloj cada poco. Una señora entrada en años despotricaba en voz alta, con nadie en particular que le escuchara, contra su hija a la que esperaba desde hacía al menos media hora. Aunque al cabo de unos minutos, añadía: “A lo mejor es que le ha surgido una urgencia, es que es médica”. Lo añadía con un innegable toque de orgullo.

Un niño de pocos años esperaba a la puerta de una academia de esas de verano. Tenía una consola de esas en las manos, pero apenas la prestaba atención. No dejaba de mirar a los lados por si venía su padre, o su madre. Miraba los coches que pasaban. Luego volvía a la consola, una de esas, aunque apenas unos instantes después, levantaba otra vez la vista, porque había visto por el rabillo del ojo que se acercaba un hombre a paso rápido. Una mueca de disgusto apenas disimulada, indicaba que ese hombre no era su padre.

Ahora soy yo el que espera.

Hace calor y me he quitado la camiseta.

Un suave aire me recorre la piel refrescándola.

Miro a izquierda, a derecha. Miro mis chanclas y mis pies ligeramente sucios del polvo de las calles.

Miro a derecha; a izquierda.

Un hombre. Por la izquierda.

Se me acerca. Despacio. “Hola”. “Hola”. “¿Eres de aquí?” “Pues sí”. “Hace buen día”. “Pues sí”. Un carraspeo. Otro. Traga saliva. Al final se decide y pregunta por la iglesia que tenemos en frente. Le sonrío. Aparta la mirada. Él y yo sabemos que es una disculpa tonta para acercarse a mí. Que le interesa la iglesia lo mismo que a mí la organización de un hormiguero. Si es directo y se la sopla que le pueda rechazar, tardará menos de medio minuto en proponer un polvo. Si es tímido o no está seguro, esperará que lo proponga yo.

Sonrío y le entrecierro los ojos, de esa forma.

Traga saliva. Carraspea de nuevo. Intenta humedecerse los labios. Vano intento, porque no tiene ni gota de saliva en la boca. Baja la mirada. Balbucea algo y se va, sin volver la cabeza.

Me apoyo en la puerta. Lo veo irse, trastabillando de vez en cuando, con la cabeza gacha, seguramente jurando por su falta de decisión, o por su mala suerte.

Espero.

Se nota que empieza a bajar la temperatura. El olor de mar es más penetrante. La brisa hace su labor y eso anima a la gente a salir de casa.

Llevo ya aquí hora y media.

Nada.

Me fijo en una vieja. Le pesa la vida. Sus hombros no pueden ya con ella. Camina despacio, sin apenas levantar la vista del suelo. No mira a ningún lado, aunque yo sé que me observa. Saca un pañuelo de tela de la manga de la blusa y se lo pasa por la nariz. Echa un vistazo alrededor, como buscando algo. A lo mejor solo busca un camino por dónde seguir. Se fija en mí, como por casualidad, pero no hace intención de acercarse. Va a guardar su pañuelo de nuevo en la manga de la blusa, pero se le cae. Nadie de los que se cruzan con ella parece darse cuenta, nadie se agacha a ayudarla. Empieza ella misma a agacharse, pero yo soy más rápido.

Me mira, me sonríe.

– Abuela – digo arrastrando las sílabas.

– ¿No han venido?

Niego con la cabeza.

– ¿Cuándo vas a dejar se esperarlos?

Me encojo de hombros. En lugar de responder, pregunto:

– ¿Por qué todos se van de mi lado, abuela?

– Yo no me he ido – Sonríe pícara antes de seguir – de momento – y me da un codazo.

Sonrío.

– Te invito a un helado, de esos se stratitela o como se diga.

Sonrío.

– ¿En el puerto?

– Y nos sentamos en ese banco… – añade ella.

Sonrío y la cojo del brazo. Perece que ahora puede levantar los hombros un poco más. Parece que la vida le pesa un poco menos. Le gusta que la coja del brazo cuando paseamos.

– ¿Por qué se van todos? – repito como para mí, porque aún del brazo con mi abuela, sigo pensando.

– No van a volver, aunque vuelvan, Manuel. Deja de esperar.

Se para y me mira mientras me roza la mejilla con sus manos ajadas por el trabajo y la edad, pero a la vez suaves y amorosas.

– ¿Y si vuelven?

Sus hombros se hunden un poco otra vez.

– Te haces daño, Manuel.

– Mañana vendré a esperar – digo decidido, obcecado.

– Deja de vivir ayer, vive hoy y prepara mañana.

– Pero… – intento replicar.

– Es ayer.

Me mira.

– Y nada, Manuel – se desespera.

No me gusta que se enfade mi abuela. Es lo único que tengo. Estoy solo… solo con ella.

Beso a mi abuela, con besos de abuela. Muchos, seguidos y sonoros. La sonrío y ahora soy yo quién la acaricia las mejillas. Cuando paso la mano cerca de su boca, mee la agarra suavemente y la acerca a sus labios, y las besa, como solo me besa ella.

– Vamos a por el helado – digo tirando de ella en dirección al puerto.

Andamos en silencio. Pasamos por delante de la academia, una de esas de verano, y el niño sigue sentado en las escaleras con una consola de esas. Aunque ya no juega. Tampoco mira. Al suelo quizás sí mire, aunque no ve.

Me paro. Me quedo mirando.

Mi abuela se gira y sigue mi mirada.

– Ahí empezaste a esperar tú también. Te acuerdas y eras tan pequeño…

Estira la mano y rápida, recoge una lágrima que se me escapaba por el ojo derecho.

– Hoy y mañana, recuerda. Deja “ayer” que se escape.

Ahora es ella quien me coge del brazo y tira de mí. De repente se gira.

– Niño, vente a tomar un helado – grita mi abuela.

Nos mira con indecisión.

– Tengo que esperar a mi padre – contesta apesadumbrado.

– Llevas muchas horas aquí. Vamos, le llamaremos para que no se preocupe – le digo.

Se levanta y se sacude los pantalones.

– No tengo dinero – dice, pero se acerca lentamente.

– Ni yo – contesto.

– Otra vez estoy de ronda, ya veo – la abuela socarrona – Yo me pido de chocolate y fresa.

– Yo de stratitela o como se diga.

Lo miramos.

– Dulce de leche – contesta muy bajito.

– Marchando – decimos a la vez mi abuela y yo a la vez que le despeinabamos con la mano.

Y marchamos.

Por hoy se han acabado las esperas.

 

La contra-crónica del día en que ganamos a Francia en la Eurocopa.

Hoy ha habido partido de España en la Eurocopa. He mirado por la ventana varias veces y apenas he visto pasar a dos personas que estaban paseando despreocupadas a dos perros. Quizás estaban ligando a costa de los perros. Paseando a los perros de cada uno también se liga. Los perros juegan, los dueños… también juegan. Ahora que lo pienso, debería ir a la Protectora de animales y hacerme cargo de uno de sus perros abandonados, así a lo mejor mi Príncipe aparecía de una puñetera vez. Aunque posiblemente el chucho sería la mejor compañía a la que puedo aspirar…

El parque infantil que hay en frente de mi casa que un día como hoy, caluroso pero sin pasarse, debería estar lleno, no tenía ni un solo niño.

Los vecinos de abajo han gritado gol.

Recuerdo al vecino de abajo en la semifinal de la Champions cuando Sergio Ramos tiró ese penalty que fue a hacer compañía a los ángeles del cielo, la de improperios que le lanzó al pobre chico. Era como si estuviera a mi lado, lo escuchaba así de bien. No, no repetiré sus palabras, que estamos en horario infantil. ¿Algún niño en la sala? Vale, pero por si acaso.

¿Hay alguien en la sala?

El otro día debían llegar a 15 las adhesiones inquebrantables, y solo fuisteis 5 los que dijisteis que no podíais vivir sin mí. Faltan 10. Estoy triste por ello. Muy triste. Compungido, diría incluso.

Me fui de casa antes de que España marcara el segundo gol. Fui al cine. Éramos tres en la sala. Para ver a Mario Casas creo que eran unos veinte. Perdón, “unas” veinte. No está mal. Pensaba que iba a ver la película en soledad. No está mal un sábado a las 22,45 hora zulú. Todas las tiendas cerraban con más pena que gloria. Los cafés. La hamburguesería. He ido a esos cines, pensando que habría poca gente, pero no tan poca. Esto del fútbol va a más.

Y al salir, todavía había menos. La taquillera les explicaba a las dos únicas personas que intentaban ir al cine que si no había nadie, la película se cortaba a los 10 minutos. No sé para que se lo explicaba, porque no lo han entendido y creo que hasta les ha molestado, tampoco entiendo muy bien por qué. Todo parecía como… como esas películas en que un ataque alienígena ha devastado a la población y los supervivientes se pasean por el centro comercial de turno para coger unas pocas viandas con las que sobrevivir en las próximas horas. Todo vacío, las papeleras llenas, los suelos sucios… como si hubiera habido una estampida al grito de “marica el último”.

Todos debían estar bailando y bebiendo para celebrar que la pérfida Francia ha caído frente a la Roja. Y encima los franceses insultándose y pegándose entre ellos, y llamando Hijos de puta a los periodistas… estos chicos que parecían tan civilizados a los que a veces parece que deberíamos tomar como ejemplo de todo. Y mírales… qué lástima. No saben ni comportarse. En todos los sitios cuecen habas.

Por cierto, madrileños de pro, un breve inciso. ¿Alguien ha ido a ver “Follies” al Teatro Español?

Los 45 millones de entrenadores de fútbol que hay en España, estarán ahora puliendo su crónica del partido. Estarán estudiando si el planteamiento de Del Bosque ha sido bueno, o no. Hemos ganado y a este pobre hombre que es humilde y sencillo, educado y buena persona, posiblemente le dejaremos vivir unos días más, antes de acribillarle si osa perder. Es alucinante como la gente olvida que ese hombre tan así nos hizo campeones del mundo, que era una cosa que nadie esperaba con una cierta lógica. Y que hasta hace 6 años, casi nadie soñaba siquiera.

Me cae bien Del Bosque.

Y nada más, ni nada menos. Esto es la contra-crónica del día en que nos clasificamos para la Eurocopa del 2012. Que ganamos a Francia por primera vez en competición oficial. Que Xabi Alonso jugó su partido 100 con la selección, y que marcó un golazo impresionante, y otro golazo un poco menos impresionante. Es la contra-crónica, de lo que nadie más ha visto, porque el 80% de la población estaba viendo el partido. Otro 10 % estaba oyendo el partido. Y el otro 5% estaba atendiendo a los que veían el partido en los bares, terrazas y demás antros de perdición. Y la taquillera del cine, y la de las palomitas, y el que me ha cortado la entrada, pero ese hacía trampa, que tenía un teléfono de esos muy listos en el que puedes ver la tele, que yo me he fijado mucho, aunque el chico lo ocultaba con todo su empeño.

Y los restantes 4 gatos, somos nosotros.

Hay días en que me pesan mis rarezas.

Ains.

Pero si queréis, aún todo lo dicho, si queréis entramos a analizar el partido. Qué lo mismo que me puedo imaginar una bonita historia de amor sin acordarme ya de lo que es vivirlo, puedo imaginarme el partido perfectamente. Y total, si todos son entrenadores, no veo por qué yo no voy a ser otro entrenador más.

He dicho.

Por cierto, no sé si debería hablar un día de la Carbonero… pobre chica…

Y no me resisto a nombrar a este chico, Cristiano… hay dos mujeres tirándose puñales a la cabeza por sus huesitos, famosas las dos, modelos las dos, guapísimas las dos… que bonito ahí en el barro que se peleen por uno. Ahora debería salir Cristiano y decir: “Soy gay”. Sería acojonante, la debacle. Y en la misma declaración que nos presente a su novio: Mourinho. ¡¡Ja!! Acojonante. Pero que no os extrañe, torres más altas han caído.

Otro por cierto, antes de hacer cambio y corto definitivo: a ver si a alguien se le ocurre un vídeo o una foto para este post. Venga que hoy estoy un poco desanimado. Y así parece que me echáis una mano. Qué no se diga.

😛

Otra vez ocurrió.

Otra vez.

Una historia que se repite día a día.

Miré el reloj incrédulo.

Miré la hora en el móvil.

La radio daba los pitos.

– Son las nueve, las ocho en Canarias.

Recuerdo cuando me levanté: las siete. Recuerdo ir al servicio y apoyarme en la pared para orinar. Recuerdo bajar la tapa y dar a la bomba. Recuerdo el ruido del agua caer de estampida.

Recuerdo ponerme frente al espejo y tardar en reconocer la imagen que me devolvía.

Recuerdo mirarme los ojos, y calibrar las ojera de esta mañana. Dos milímetros más que ayer, pensé.

Calibré la intensidad de mi mirada: menos tres en mi sistema de medida de cero a diez. Calibré la tristeza que transmitía: veinticinco.

Recuerdo abrir la tapa del dentífrico, y extenderlo sobre le cepillo de dientes. Llenar el vaso de agua para aclararme luego.

Recuerdo empezar a cepillarme. Recuerdo… recuerdo como el sabor triste de mi boca, iba cambiando hacia un menta neutro. O clorofila sin alma. Fresco en todo caso.

Recuerdo esos diez minutos. Quince a lo sumo.

Son las nueve. Hora y tres cuartos. Faltan hora y tres cuartos. Quizás hora y cincuenta minutos.

Me duele la cabeza. Parece que me va a estallar.

Me duele el alma, me duele perder mi vida a retazos. Me duele perder mis recuerdos, mis vivencias, me duele perder amor. No esto último no, porque no puedes perder algo que nunca has tenido. Aunque eso es mejor que no tener nada que recordar. Nada que recordar… una mirada al vacío de hora y tres cuartos.

Intento pensar, intento recordar a dónde viajé en esa hora y tres cuartos, quizás hora y cincuenta minutos, pero… no lo consigo. Solo consigo tener más presente el dolor de mi cabeza, el dolor de mi impotencia.

Vuelvo a abrir el tubo del dentífrico. Porque mi boca vuelve a saber a mierda. Como la mierda de mi vida. Mi boca no sabe a otra cosa distinta a lo que soy.

Cierro el armario del baño y miro la ducha. Y miro el reloj. Recuerdo que ayer domingo perdí dos horas en la ducha, dos horas que se me fueron por el desagüe, acompañando al agua caliente, más bien templada. Hoy no puedo correr el riesgo de perder otras dos horas sin recuerdos, sin vida, sin mi vida.

Cojo el abrigo, y el móvil, y la cartera, y el paraguas. Llueve.

El del primero me mira.

La vieja del cigarrillo escupe al suelo mientras me perdona la vida. Como los vaqueros en el lejano oeste, pero sin tabaco de mascar.

La de la frutería me mira.

El gordo se ríe. Me mira.

Adrián, el chapero me mira. Se para frente a mí. Sonríe: ¿pena?

– Tronko, tás pa´llá.

Le miro.

Me mira.

Le miro.

Me mira.

Le miro preguntando.

Me mira los pies.

Miro.

Voy descalzo. De hecho voy desnudo, solo el abrigo. Y la cartera.

Le miro perdido.

Me sonríe. ¿Pena?

Da un paso y me coge del brazo. Me dejo llevar…

Llegamos a mi casa y dejo la cartera. Dejo el móvil, me quito al abrigo.

Me siento en el sofá. Desnudo.

Adrián, el chapero se sienta a mi lado.

Me mira.

Le miro.

Me mira.

Le miro.

Gira un poco la cabeza y me sonríe.

Y yo… yo me acerco a él…

Y él me abraza…

– Tío, todo es guay – dice – Tranki (con k, porque él lo dice con k)

Y lloro.

Y el me besa en la cabeza.

– Todo es guay – repito.

Y lloro. Porque no recuerdo: he perdido mi vida. O es que a lo mejor, no tengo vida. La he tenido… ¿La he tenido alguna vez?

Fuera llueve.