Estás conmigo.

Ahora mismo, si a Chus le hablan de orgullo, dignidad y eso conceptos tan grandilocuentes, se echaría a reír con ganas. De hecho, está en plena carcajada, al lado de la cama de su amante, desnudo, tirado en el suelo y con las sábanas y mantas sobre él. No entiende como se ha podido caer de la cama tan tontamente. Pero ahí está. Todavía no lo sabe, pero el vaso de agua que se llevó a la mesilla sobre un platito, que su amante es muy remilgado, está a punto de caer sobre su cabeza. Le queda nada, un pequeño movimiento del suelo con las risas del propio Chus, que su amante salga del baño (aunque conociéndolo todavía tardará como media hora) y abra la puerta con decisión, o que se cuele por la ventana una pequeña brizna de aire.

El vaso pende de un hilo, que diría aquél.

Y el hilo se rompió, porque Chus acabó riéndose otra vez a carcajadas (miró al espejo del armario y vio la pinta que tenía además, con su cara llena de carmín, que le gustaba a su amante el tema del carmín, espatarrado, con las mantas aquí y allá, y con su tripita, que no se había dado cuenta de que era cierto lo que le había dicho Carlos de la Cuesta Contigo, su remilgado amante: has engordado, cariño, pero me pones más así), el vaso se volcó derramándose sobre Chus y cayendo luego sobre su pecho, ya vacío. Todo esto volvió a provocar otra carcajada. Que cuando uno se siente ridículo es mejor reírse, sobre todo si no le ve nadie. Chus era incapaz de levantarse del suelo, lo que le hacía reír de nuevo. Un círculo vicioso que estaba consiguiendo que su miembro viril quisiera ponerse contento para unirse a la fiesta. Ponerse cachondo en esa situación era para echarse a reír. Una vez más.

El remilgado amante de Chus, salió del cuarto de baño, espantado de la algarabía que escuchaba en la habitación, con su camisa impoluta, su peinado perfecto, afeitado y con la boca sabiendo a clorofila.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó caminando hacia Chus, con una ligera sonrisa en su boca, que no dejaba de ser el asunto gracioso y la risa de Chus era contagiosa.

– No me puedo levantar, como la canción.

– ¿La canción?

– De Mecano. – Chus empezó a cantarla.

– ¡Ah! Esa.

– Carlitos, pareces un viejo.

– Y tú un crío.

– Lo que somos.

– No somos críos, tenemos veintitantos.

– Da igual. Somos unos críos. Aunque parezcas un viejo.

– Tengo muchas responsabilidades.

– Tienes un palo metido por el culo.

– No es cierto.

– Lo es. Déjate de cháchara y ayúdame a levantarme.

Carlos de la Cuesta se acercó a Chus decidido a solventar el tema, con tan mala suerte que no vio el vaso en el suelo y lo pisó, resbalándose. Intentó mantener el equilibrio agitando los brazos como si fueran aspas de molinos de viento en medio de un huracán. Lo más que consiguió es caer hacia delante en lugar de hacia atrás. Chus vio la jugada y se movió para ponerse en la trayectoria de su caída y amortiguarla.

– ¡Carajo! -exclamó fastidiado Carlos de la Cuesta– tendré que volver a arreglarme. (su camisa de lino se había humedecido con el agua del vaso y Chus, para fastidiarlo, había pasado su cara rasposa de barba de dos días y carmín de la última noche, por la suya, poniendo colorete en su rostro, estaba seguro de ello).

– Vayamos al Orgullo, Carlitos.

– Deja. No me van esas movidas.

– Subámonos en una carroza.

– Quita, quita.

– Follemos. Ahora. Por primera vez hoy.

Iba a decir que no tenía ganas, pero notó la mano de Chus sobre su miembro y supo que no podía disimular. Y notó el pene de su amante, que acababa de ponerse a tono. Sintió su piel mojada, el carmín en su cara, el gesto de pillo que le ponía… y sin más disquisiciones, se lanzó a besarle como un desesperado.

La camisa acabó en la manilla de la ventana, la corbata directamente sobre el cuello, hacia atrás. Los pantalones hasta hacía unos minutos, pulcramente planchados, estaban arrugados debajo de la cama.

Se abrazaron, dieron varias vueltas sobre sí mismos, besándose apasionadamente. Chus fue a despeinar a su amante, pero éste le detuvo la mano.

-No, que me ha costado…

El comienzo de un beso nuevo, calló las quejas de Carlos. Y Chus consiguió su propósito y lo despeinó completamente. Y a Carlos no le importó, un día es un día. Y dos, son dos.

El tiempo pasó como una exhalación. No dejaban de besarse, de tocarse, cambiaban de posición, jadeaban, reían. Se saboreaban.

De repente, Carlos escuchó en el carrillón del salón que daban las 12,30 h.

– Cáspita, no voy a llegar.

– ¿No puedes decir joder como todo el mundo?

– ¿Qué más da?

– Sácate el palo, joder.

– No seas grosero. No tengo un palo en mi culo, tengo… – se detuvo porque le daba corte decir en voz alta lo que tenía en su culo en lugar del palo. – Acabemos que tengo que…

– Ya se me ha cortado el rollo – exclamó un fastidiado Chus notando como su miembro viril se ponía flácido y salía de Carlos de la Cuesta Contigo.

Chus se puso a horcajadas sobre Carlos. Le agarró las manos y se las sujetó por encima de su cabeza.

– Estás ridículo con todo ese carmín – le dijo de repente Carlos, intentado inútilmente que le soltara.

– Pues bien que te pone caliente. Y tú eres ridículo a tiempo completo. ¿Me quieres?

– Qué pregunta más tonta. Sabes que sí.

– Dímelo.

– Ya lo sabes.

– Dímelo.

– Te… te… te… quiero.

– Vas a llamar a esos con los que has quedado y les vas a decir que te ha surgido algo y no vas a poder ir.

– Pero…

– Nos vamos a ir a la manifestación. A la fiesta. Te vas a poner algo de ropa informal, de la mía, que la tuya es toda de viejos. Con el pelo así, y sin ducharte, oliendo a sexo y sudor. Oliendo a mí. Yo iré oliendo a ti.

– No, eso no.

– Y vamos a pasar la tarde juntos, de la mano, como hacen los novios.

– Pero…

– Tú me quieres, yo te quiero. Así que somos novios – dijo muy serio y convencido Chus.

– No me gusta los…

– ¿Compromisos? Pues bien te comprometes para otras cosas.

– No es lo mismo. E iba a decir las etiquetas. No me gustan las etiquetas.

– Yo te miro con orgullo. Quiero que hagas lo mismo. Y quiero ir por la calle contigo. Quiero subirme a una carroza, bailar contigo, quiero besarte… quiero ponerme un cartel en el pecho: soy el novio de Carlos de la Cuesta Contigo.

– ¿Y tu carrera? Tu representante decía que…

– Que le den a todos. ¿Estás conmigo?

– Bueno… pensaba que no querías…

– ¿Estás conmigo, Carlos? O ésta será la última vez que veas estas lorzas que tanto te ponen…

– Pero…

– ¿Estás conmigo?

Se hizo el silencio.

Los dos sin moverse, respirando agitados, mirándose. Cada uno en su lucha.

– Te quiero – dijo de repente Carlos. Lo dijo decidido y sin trastabillarse.

Se besaron.

– Hago todo eso, incluido lo de novios. Pero a cambio te pido una cosa. Dos.

– Dispara.

– Te vienes a vivir conmigo y… – carraspeó – te casas conmigo.

Chus abrió la boca de la sorpresa. Soltó las manos de Carlos. Y se inclinó sobre él para besarlo.

– Hecho. Te quiero, bobo. Que les den a todos. Vamos a ser la pareja del año. ¡¡Ja!!

Chus se levantó del suelo y fue a buscar su móvil.

– ¿Qué vas a hacer?

– Voy a mandar a todos un wasap, para anunciar nuestra decisión.

Carlos de la Cuesta Contigo se movió insinuante en el suelo, sobre su ropa y las sábanas de su cama. Puso morritos. Chus lo miraba de reojo. Y puso el culo en pompa. Chus miraba de reojo. Dejó de escribir. Empezó a salivar. Carlos se hizo un ovillo en el suelo, pegando sus piernas a su pecho, a la vez que le lanzaba un beso.

Chus dejó el teléfono en la sifonier.

Carlos se volvió a estirar, tumbándose boca arriba, con su miembro apuntando al techo.

– La madre que te parió – exclamó Chus yendo hacia Carlos.- Carlitos, Carlitos, he despertado a la bestia. Me pones a 100.

– Aplácala, pues.

Dio los dos pasos que lo separaban se tumbó al lado de su amante y… se puso al tema.

– No se si llegaremos a la fiesta del Orgullo.

– ¡Joder!

Y no llegaron.

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La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 15.

A pie del avión esperaban no menos de 40 vehículos monovolumen con los cristales tintados. El personal de Ramiro el millonetis se bajó a la carrera y ocupó sus puestos. Ramiro el millonetis, bajó con cara de ningún amigo en el mundo y se subió a uno de ellos. Los tres mosqueteros lo siguieron en otro coche, que no querían enfrentarse a él en ese momento. Iban cabizbajos, mesándose los cabellos hacia atrás, con su traje de superhéroe apretándoles los huevos, que se había hecho pequeñitos, pequeñitos.

Óscar era el más afectado. Al problema de Ramiro se le unía el problema con Locatis. En su sueño inducido se había tirado a no menos de 25 hombres de distintas edades, condición económica y con detalles minuciosos sobre sus miembros y sus otras características corporales. A algunos de ellos los conocía y las dudas sobre la vida en general, se habían apoderado de su ánimo. Por su mente pasó la de irse a buscar Jorge y cogerse de la mano con él y salir pitando hacia el desierto del Gobi y perderse allí, entre las dunas, solos, sin nadie más, alejados del mundanal ruido, sin sexo. Bueno, o con sexo entre ellos, que tampoco iban a convertirse en monjes de clausura.

La caravana inmediatamente fue rodeada por otros tantos coches de la policía que los serviría de escolta. Era un problema de seguridad nacional y las precauciones eran las máximas. No estaba claro que los intentos de matar a la pareja se pudieran repetir. El servicio secreto había interceptado unas comunicaciones que resultaban cuando menos, inquietantes. El ministro del interior tenía los cojones de corbata, pensando que pudiera pasar algo a alguno de ellos dos. Y daba igual que Jorge el camarero hubiera dejado a su marido. Los malos podían pensar que lo mismo que se separan, se pueden juntar. Así que la única forma de solventar el peligro es cargándose a uno, al otro o a los dos. Muchos intereses económicos y políticos estaban en juego.

La primera parada de la caravana era el restaurante. Ramiro bajó como una exhalación. El camarero de la barra, nada más entrar, le lanzó el móvil que Jorge le había entregado e intentó huir. Pero el dedo acusador de Ramiro el millonetis, apuntándole al entrecejo, le dejó temblando, inmovilizado por unas cuerdas invisibles, en medio de la barra.

– Explícame por que has mirado con ojos turbios a mi marido.

– No me cae bien – susurró mientras notaba como se le escapaba un hilillo de orina y bajaba por sus piernas hasta encharcar sus zapatos. – me ha quitado el puesto de camarero principal porque es tu marido – explicó en un arranque de valentía.

– Te ha quitado el puesto porque es mejor que tú, imbécil.

– Sí señor.

– Hueles a mierda, quédate ahí a saborearlo.

– Si señor.

– Y se te puede ocurrir mirar con mala cara de nuevo a Jorge el camarero, que te mato. Escúchame bien: te mato.

– Se giró lentamente hacia el jefe, ex-dueño.

– ¿No te dije que guardaras el secreto?

– Yo no estoy para guardar secretitos.

– ¡¡ Óscar !! – bramó Ramiro, mientras tendía la mano hacia atrás.

Óscar apareció corriendo con unos papeles en la mano. Sabía de que iba su jefe y lo que necesitaba en cada momento. Muchos años de servicio íntimo lo avalaban.

– ¿Ves este contrato?

Se lo mostró al ex-dueño.

– Pues sí, la venta del local. Ya está.

– Léete esas cláusulas que tienes marcadas.

– Me da igual lo que diga.

– Te lo digo yo. Dice que si rompes la confidencialidad de la operación siquiera con tu mujer o marido, o con tus hijos legítimos o ilegítimos, pagarás una penalización del 250 % sobre el precio pactado.

– Vale. Vete a buscar el dinero. Ahí lo tengo, esperándote.

Ramiro sonrió de forma maléfica.

– Mejor vete a buscarlo tú. Después de recoger tus cosas y largarte.

– Ya las he recogido – el ex-dueño lo miraba ufano, muy seguro de sus argucias – tengo avión reservado a las Islas H5 y H8 en el Pacífico. Las he comprado para mí. Adiós Ramiro el millonetis. Yo se vivir, no como tú.

Ramiro sonrió otra vez.

– Quítate de mi vista.

El ex-dueño interpretó su invitación como una derrota de Ramiro el millonetis. Óscar, que sabía mejor que nadie como se las gastaba su jefe, miró al ex-jefe de Jorge el camarero con una cara de pena inmensa. “Ni los calzoncillos te van a quedar, pobre hombre”.

– Fito, cierra este sitio. No tiene objeto que esté abierto.

– Jefe, mejor es que…

– ¡¡¡Que lo cierres, maldita sea!!!

Fito dejó de respirar y se puso a ello.

Sin mediar más palabrería, Ramiro salió del restaurante y montó en su coche.

– Juanma, llévame a casa.

El chofeur cogió la directa y sobre dos ruedas, tardó menos de tres minutos en dejarlo a la puerta de su casoplón.

– ¡¡Jorge!! – gritó en el hall.

Jorge bajaba por la escalera cargado con una maleta, una mochila y una bandolera con su portátil. Se paró a mirar a Ramiro el millonetis, que de repente, se le había apagado el volumen de su atronadora voz y su ira se había esfumado ante la visión de su Jorge. Lo vio desmejorado. Muy pálido. Notó que había estado llorando. Notó que no estaba bien “voy a llamar al médico ese que ha dicho que está bien y se va a cagar”.

Jorge también miraba a su Ramiro. No le gustó lo que vio, porque lo vio triste, con unas ojeras como nunca le había notado. Y muy pálido, con los hombros hundidos.

– Me has traicionado, Ramiro.

Éste se arrodilló, abrió los brazos y lo miró fijamente.

– Perdóname.

Lo dijo con tanta dulzura, que a Jorge le empezaron a temblar las piernas. Dudó en su decisión. Pero era cabezota, bien lo sabía su padre. Y era orgulloso, eso no lo sabía casi nadie, porque a casi nadie había tenido oportunidad de mostrárselo. Y si pasaba por alto ese desprecio que le había hecho Ramiro, no se podría mirar en el espejo nunca más. Las mañanas serían oscuras, porque se había traicionado a si mismo, como los demás lo habían hecho antes con él.

– Solo tenía una cosa, Ramiro. Y me la has quitado. Debo salir a buscarlo.

– Por favor – suplicó.

Jorge levantó a duras penas la maleta y empezó a bajar nuevamente las escaleras. Quiso poner un gesto rudo y hierático. Pero cuanto más se acercaba a Ramiro, que seguía de rodillas, con los brazos abiertos, más pena el embargaba el alma. Y al pasar junto a él, no pudo por menos que agacharse y posar un suave beso en sus labios, justo un par de segundos antes de echarse a llorar.

Continuó su camino hacia la puerta, lento, arrastrando como podía la maleta, cuyas ruedas se negaban a rodar. Arrastrando su pena, su desamor, el orgullo herido, cosas todas ellas que pesaban un quintal, demasiado para sus escasas fuerzas.

No miró atrás. No vio como Ramiro se hacía un ovillo en el suelo y se echaba a llorar, con sus dedos tocando sus labios, ahí donde Jorge había posado su último beso.

Eduardo, un miembro del personal, se reía para sus adentros. Y sin ser consciente, dijo en voz media:

– El pavo ese ha hecho la comedia del siglo. Se va todo digno por unos meses de folleteo y sacará unos cuartos al jefe. A vivir tocándose los cojones.

Ramiro se levantó como un rayo y lo enfrentó.

– ¿Sabes lo primero que hizo ese del que has hablado con tanta ligereza? ¿Sabes la condición que me puso para formalizar nuestra relación?

Eduardo tragó saliva y negó lentamente con su cabeza.

– Me hizo firmar un papel ante notario que si la cosa salía mal, no le daría ni un euro. Así que no hables mal de ese que se va, porque nunca le llegaremos ninguno a la suela del zapato.

Ramiro enfiló la escalera camino de su habitación, mientras Jorge seguía su andar, siguiendo el camino de salida de la mansión.

Cuando solo le faltaban unos metros para salir de la propiedad de Ramiro el millonetis, las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, sin sentido. Juanma y Óscar estaban en la puerta y lo vieron. Montaron los dos en el coche y fueron a recogerlo. Lo subieron y lo llevaron a toda leche al hospital.

– No respira. Joder, no respira – gritaba Óscar rompiéndole la camiseta e iniciando un masaje cardíaco.

– Atención, hombre joven en parada cardíaca – anunció a la red de emergencias Juanma con falsa calma a través de la radio que llevaba en el coche – Es Jorge el camarero que ha abandonado el hospital esta mañana. Dr. Huertas.

– Preparados para recibirlo – contestaron desde el hospital.

Óscar seguía afanándose sobre el pecho de Jorge. Y lo alternaba con el boca a boca, pero no percibía resultados positivos.

Nunca podría olvidar esa sensación de posar sus labios en la acción de reanimación de Jorge el camarero. Esos labios que había besado hacía unos años y que le habían parecido los más intensos y vivos que había probado nunca, ahora, estaban sin vida, secos.

– ¡¡Joder, Jorge!! – gritó desesperado. Y sin poder evitarlo, sin buscarlo, le plantó un morreo como no había hecho nunca antes. Un beso desesperado, lleno de vida, lleno de desesperación. Lleno de las lágrimas que le caían irremediablemente de sus ojos.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 14.

Ramiro se despertó de repente. Miró a sus hombres que lo rodeaban expectantes.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó con la voz pastosa y todavía medio atontado.

Óscar el secretario le explicó sucintamente lo acaecido en las últimas horas.

– Ponme con Jorge, rápido – ordenó con voz pastosa.

Su corazón latía a mil por hora. “A su Jorge lo habían atacado”. Cuando pillara al Enrique el oledor de sobacos, se iba a enterar. Y al zar de todas las Rusias le iba a meter un petardo en su culo de marica frustrado que se iba a enterar el bobo de él. ¡Ah! Y su familia. Como se enterara del gili que se había puesto de perfil para ganarse la herencia que nunca en ningún caso le correspondería… “le voy a colgar de los dedos meñiques de sus asquerosos y malolientes pinreles. Y Enrique, a olerlos.”

– ¡Cariño!

Óscar le había pasado el teléfono.

– ¡Diga! – una voz bronca y hosca había contestado – ¿Cuando nos hemos morreado para que tenga esas confianzas conmigo? ¿Eh?

Ramiro buscó la mirada de Óscar el secretario, pero éste se había desplomado en una butaca para meditar cinco minutos lo que su Locatis estaba diciendo en sueños. “Dame fuerte, Carlos. Así, así. Mire subdirector, mire, no se pierda detalle. Ahora le damos fuerte a Vd.” “¡Ay! Manuel. Adoro esa polla de 456 cm. Me la trago entera”. Óscar levantaba las cejas y tenía ganas de echarse a llorar, pero pensó que, todavía vestido de hombre de acción, no era conveniente.

– ¿Quién cojones es usted? – bramó Ramiro frustrado, que había recuperado la consciencia plena y de paso la mala leche.

– ¿Y tú quien cojones eres que llamas así?

– Quiero hablar con mi marido, Jorge el camarero.

– ¡Ah! Eres el follador de la noche. Aquí el agente Perales, de los GEO de la Policía. En misión de protección total de Jorge el camarero, decretada por Javi, el comisario de policía más perspicaz del Universo.

– ¿Y qué cojones hace cogiendo el teléfono de mi marido? Le voy a meterrrrrrrr…

– ¡¡Ramiro!! – Jorge le había arrebatado el móvil al policía. – estaba duchándome, perdona. Javi el policía me ha puesto guardaespaldas. ¡Qué fuerte! Han detenido a un mafioso que iba a matarme en el hospital.

– ¿Estás bien? ¿A un mafioso? ¿Qué ha pasado? Mando al ejército si es necesario. Llamo al presidente USA en un momento y los SEALs están ahí en 5 minutos.

– Na. Estos armarios son la leche. Le han hecho picadillo. En realidad eran varios esbirros a sueldo. Todo está en orden.

– Ni te muevas de allí. Voy de camino. Óscar se encargará de protegerte.

– Oye, oye, tranquilo. Preocúpate de ti que me han dicho que estás maltrecho. Que se ocupe mejor de ti.

– Eso no importa.

– Sí importa.

– Ni te muevas.

– Me voy a currar. No aguanto aquí.

– ¡¡Ni se te ocurra!!

– Claro que se me ocurre. El médico me ha dicho que me active.

– ¿Y si te pasa algo?

– Voy con 34 policías cubriéndome las espaldas. Y que hombres. ¿Te lo había comentado? Unos armarios de hombres, todo músculos y más atractivos… como me ponen estos GEO’s.

– Ni se te ocurra mirarlos.

– ¿Por qué no los voy a mirar?

– Solo me miras a mí.

– Solo te deseo a ti, pero mirar… este garrulo que te ha contestado, tiene metro y medio de espalda. Alucina. Y tiene unos bíceps que…

– ¡¡Que te calles!! Que no lo mires.

– Pero es feo – bromeó Jorge. – aunque está cañón – picó un poco más a su marido. Se lo estaba pasando bien.

– Jorge el camarero, que me enfado.

– Ramiro el millonetis, pues te desenfadas. Ya veo que estás bien y de buen humor.

– No estoy para chistes.

– Pues yo, que decirte, después de que me han secuestrado, me han desnudado, me han casi violado, me han sacado fotos con tus calzoncillos rotos, me han drogado, que tengo la cabeza que parece una pista de bolos, me han humillado, un cerdo del que estuve pillado en el Insti me ha engañado vilmente y delante de mi hermano, que ha pasado de mí y se ha ido a follar con el hijo de la matrona, que está muy bueno, pero vamos, que…

– ¡¡Ya te he pedido perdón, joder! – se oyó decir a Carlitos de fondo. – no pensaba que esto era una novela de intriga y misterio, solo creía que era de amor empalagoso. Yo pensaba que te ibas de motu propio o como se diga y yo me quité de en medio con el hijo de la del bar. Quería tener mi ración de azúcar, tengo derecho. No pensaba que esto iba a convertrse en una novela de John Le Carré.

– ¿Por qué grita Carlitos?

– Está enfadado porque el hijo de la matrona se ha ido hoy a Londres a estudiar y no volverá hasta dentro de 5 años. Para una vez que pilla, el pobre.

– Estoy preocupado por vosotros, imbéciles – se desgañitó Carlitos.

– Lo que yo te digo.

– Eres… – no le salió un insulto convincente, así que… se las piró.

Se pudo escuchar en todas partes, nítidamente y con potencia, el portazo que dio Carlitos al salir de la habitación de su hermano.

– Perdona al pobre – dijo magnánimo Ramiro el millonetis.

– Ya hablaremos de esa paga que le das a mis espaldas. Que me he enterado. Ese cuartito que le pagas. Ya, ya hablaremos.

– No se de que me hablas – Ramiro intentó disimular .

– Ya, ya. Bueno, te dejo, que si no, no llego a mi turno.

– Pero estás enfermo, no tienes que ir – Ramiro empezaba a tragar saliva con dificultad. Notaba la tormenta. Notaba como llegaba irremisiblemente. Miraba a Óscar suplicando, pero éste pasaba del tema. Estaba concentrado en Locatis y su ración de sexo inducido.

– Voy a ir porque si no dejo colgado a mi jefe. Y tú, como jefe que eres de una gran empresa, deberías estar conmigo y solidarizarte con los problemas que le causo a mi jefe si no voy a trabajar.

– Seguro que se arregla – a Ramiro le empezaba a apretar el cuello de la camisa. – Además, estás enfermo y así no se puede trabajar. El médico te dará la baja, seguro. Esas cosas pasan en las empresas.

Jorge no contestó. Ramiro podía escuchar como Jorge se estaba vistiendo. El ruido del roce de los pantalones al subirlos por las piernas, el sonido de la hebilla del cinturón. Debía haber dejado el teléfono en la mesilla para tener las manos libres.

– ¡¡No vayas a trabajar, joder!! – gritó por el teléfono atrayendo la atención de Óscar, el secretario, que mudó de un blanco nuclear pensando en los dichos de su novio en sueños pornográficos, a un blanco súper nuclear al añadir a esa cuestión el tema de que el matrimonio de Ramiro el millonetis, su jefe, ahora felizmente casado, y Jorge el camarero, el hombre que les había quitado al equipo de Ramiro un gran problema de encima, y que amenazaba de repente con volver. Con lo bien que vivían ahora, joder.

– Jorge el camarero. O el matrimonio. “¡Al carajo! Todo se va al carajo.” – murmuró entre dientes Óscar el secretario todavía vestido de súper-héroe.

Óscar cogió el teléfono y llamó a Carlitos. No tenía a nadie más allí en quien confiar.

– Carlitos, debes impedir que Jorge vaya a trabajar.

– Ni de coña.

– Joder, es una emergencia nacional.

– Que le peten a mi bro. No me da la gana.

– Olvida esas cosillas que te han podido pasar.

– No olvido. Estoy enfadado.

– Hazlo por mí.

– ¿Por ti?

– Por Ramiro.

– Que me dejéis en paz. Estoy solo, solo. Nadie me quiere. Y para uno que parece que me mola y follamos, se las pira. Y mi tonto hermano no me perdona un error de apreciación de situación. Que le den. Le deseo todos los males.

– ¡¡Carlitos!!

Carlitos había colgado sin mediar palabra. Y por si las moscas, apagó el móvil.

– Estoy solo, bua. Estoy solo, bua. Estoy más solo que la una, bua – cantaba yendo por la calle camino de la casa de Ramiro, que a su cuartucho en el centro, no quería volver que sabía que vería los calzoncillos del hijo de la matrona que se había guardado. Y eso le produciría irremediablemente otro ataque de llantina sin solución.

– Y así la cocinera me pone algo de comer, que estoy hambriento.

Jorge el camarero estaba listo. Y salía del hospital.

– Javi el policía, necesito tu ayuda. Necesito que impidas que Jorge el camarero vaya a currar.

– El médico ha dicho que está bien.

– Es por razones de seguridad.

– Está todo controlado. 67 GEO’s rodean ya su lugar de trabajo.

– Es que si va a trabajar se va a armar la marimorena. Con Ramiro.

– Lo siento, Óscar, no puedo hacer nada. Eso son temas conyugales y no tengo jurisdicción.

Jorge se despidió de las enfermeras y los médicos que tan amablemente le habían tratado. “Qué lástima que esté casado, el Dr. Huertas tiene un polvo de 11”.

– Por favor – insistió Óscar perentoriamente.

– No puedo. Está todo el dispositivo listo. El ministro del interior lo vigila personalmente. El presidente lo ha declarado prioridad nacional. Y va a venir a comer con Jorge en el restaurante. Esto no lo digas, que es información reservada.

– Pues eso, que coma. Pero que no trabaje.

– Es que quiere dar sensación de normalidad y que le sirva como un día normal. Va a invitar a todos los ministros, va a ser un consejo de idem de tapadillo. ¿No es guay? Y luego a los postres, pues en lugar de perderse en el baño con Ramiro el millonetis, pues se pierde en su mesa para tomar un cafecito y un chupito de hierbas.

Mientras tanto, Jorge el camarero andaba por la calle. Sonreía. Miraba a los árboles aún sin hojas, en busca de incipientes capullos que anunciaran el despertar definitivo de la primavera. Miraba a los niños corretear por la calle delante de sus padres “No te manches, Guillermito, que ya tienes una edad”, gritaba una madre desesperada al ver a su hijo de 15 rebozándose en el barro. Saludó al kioskero, Luisito, un hombre cabal que de pequeño le guardaba los cromos de Superman y todo superhéroe que tuviera mallas ceñidas al cuerpo. “Así te das una alegría, que ya bastante tienes con tus padres y tus hermanos mayores”, le decía guiñándole un ojo. Y Jorge sonreía y le daba un beso en la mejilla, que Luisito estaba muy solo el pobre, desde que su mujer le abandonó por una actriz muy famosa de los años 70. Luisito estaba cerca de la jubilación, no pensemos.

Según se acercaba al restaurante, se fue encontrando con algunos clientes habituales que lo saludaban sorprendidos.

– ¿Qué pasa? – preguntó a uno.

– Pensaba que estabas de viaje en Rusia.

– A no, yo no viajo con mi marido. Tengo que trabajar – y sonrió seguro de sí mismo y orgulloso de su sentido de la responsabilidad.

Al cliente se le heló la sonrisa, porque no le cuadraba nada lo que decía Jorge el camarero con lo que decía el jefe de Jorge el camarero. Pero se calló, no era su problema. Pero por si las moscas, enfiló la calle alejándose lo más posible del establecimiento.

– Parece que va a llover – le dijo a un viandante al que no conocía de nada, pero tenía que desahogarse de alguna forma. El cliente que había hecho mutis, no era de los que se callaran por gusto, era de lengua suelta, y la boca cerrada le producía una urticaria del 15.

– Hola a todos – dijo Jorge el camarero al entrar en el local.

Óscar jugaba con el teléfono de Ramiro, contando los minutos que faltaban para que Jorge llamara hecho un basilisco. Había intentado hablar con el jefe de Jorge, pero no había cogido el teléfono.

Los parroquianos que estaban en la barra se giraron para saludar a Jorge el camarero. El compañero que estaba trabajando, lo miró con gesto de sorpresa y un pequeño matiz de asco.

– Vienes a ver como va el negocio, no te fías – le espetó de malas formas.

– Virgilio, tómate una tila – le contestó gozoso Jorge. Respiró profundo, contento por estar de nuevo ahí, al pie del cañón.

– ¿Y toda esa pasma de fuera y de dentro?

– Tchhhhh – le dijo un armario de 2,10 que leía el periódico por disimular.

– Hola jefe, ya estoy aquí. Que ayer no vine, que es que…

– Si ya sabía que no venías. Tranquilo, me avisó el dueño.

– Viene tormenta – susurró en su intercomunicador el armario que jugaba a las tragaperras al lado de Jorge el camarero y su jefe.

El aire del interior del local empezó a cargarse de electricidad. Ylenia y Yasmina, clientas habituales, salieron por patas. A Juan Antonio le costó más, que ya no andaba como antes. Los años no pasan en balde. Pensó en tomarse el café de un golpe, pero tuvo que dejarlo casi sin probar “Está ardiendo, un euro veinte a la basura”.

– ¿El dueño? – preguntó suavemente Jorge el camarero, mirando con ojos penetrantes a su jefe, al que hasta hacía 34 segundos creía el dueño del tinglado.

– Claro.

– El dueño eres tú, a no ser que tengas un gemelo.

– Claro que no, no te hagas el tonto conmigo – y le guiñó el ojo – A los diez días de trabajar aquí, me lo compró tu marido. Me pagó la hostia, que yo no quería, pero es que me dio 10 veces más de lo que vale, y me dijo que conservaba el puesto de jefe, que debía hacer que no pasaba nada.

– Y entonces mentecato, ¿Qué dices ahora? – le espetó el policía del periódico, que no se pudo aguantar y que el tal jefe de Jorge le había caído como una patada en los cojones, nada más verlo y sobre todo, cuando haciéndose el tonto le tocó el paquete disimuladamente.

– Me está diciendo que… – Jorge hizo una pausa valorativa, más que nada porque no sabía que decir a continuación. Estaba un poco confuso.

– Sí, y Ramiro el millonetis llamó hace dos días y dijo que no contáramos contigo, que te ibas con él de viaje.

– Llamaría Óscar el secretario.

– No sé quien es ese, salvo que sea el tío ese que sale con ese chico tan expresivo, tan loco. Pero ese no me dice más que hola y adiós y cuanto es.

– Ramiro, mi marido, es el dueño de este local – dejó caer suavemente la noticia, para masticarla, para poder tragarla.

– Si. Así que puedes irte a casa, a tocarte los cojones, que es lo que hacen los maridos de los ricachones.

– Que puedo irme a casa a tocarme los cojones. A hacer de marido de un ricachón.

– Eso es lo que hacen los mantenidos. – contestó ufano el jefe, que de repente había decidido vengarse de Jorge el camarero y su indiferencia cuando coincidían en los vestuarios.

Los policías se miraron negando con la cabeza. En el centro de control preparaban ya las alternativas que se podrían producir cuando la furia de Jorge el camarero estallara. “¿A dónde irá?” Se preguntaban nerviosos por los problemas de seguridad que eso acarrearía.

– Vigilando la casa de sus padres, el cuartucho de su hermano en el centro, la mansión de Ramiro el millonetis.

– Y la sauna – propuso Javi el policía, que alguna vez en tiempos pasados, se lo había encontrado allí. Y recordaba que había gente que cuando entraba en ira supina, necesitaban un desahogo rápido y discreto.

Óscar seguía jugueteando con el móvil. Su ansiedad crecía. Su mundo se iba a la mierda. Otra vez a recorrer el mundo buscando un sustituto a Jorge el camarero. Otra vez la furia diaria, a todas horas de Ramiro el millonetis. Otra vez llamadas a las 4 de la mañana por asuntos urgentes, tales como la compra de lapiceros para la oficina, o el cambio de los archivadores, que ya estaban viejos.

– Ramiro mi marido el dueño de esto – Jorge paseó la mirada por las paredes y el techo – y no me entero hasta ahora. Y todo el mundo lo sabe, porque a todos se lo has contado.

– Para una vez que me sale un negocio redondo, no voy a presumir. Ya he cobrado, que lo demás me da igual.

En el local solo estaba el camarero de la barra. Todos los parroquianos había huido. El personal de cocina había salido por la puerta de atrás, junto con los camareros del comedor. Y el de la barra estaba, porque no podía escaparse, que dónde hablaban Jorge el camarero y el jefe era por el hueco para salir. Estaban también los policías de la escolta de Jorge el camarero. Fuera, el cordón visible de policías, estaba tenso, esperando. El cordón invisible, vigilaba las rutas de escape posibles con las mirillas de sus rifles de precisión. Jorge sacó su móvil despacio, como a cámara lenta. Miró a su jefe, miró al policía del periódico que le hacía gestos para que pasara del tema “Tranqui”, le pareció entender en sus labios “en todo caso lo ha hecho por amor”. Pero Jorge no veía nada. Lo veía, pero le daba igual. Ramiro el millonetis le había traicionado. Le había quitado lo único que no le habían arrebatado antes: la dignidad de sentir que hace su trabajo por sí mismo, que no necesita a nadie. Y ya no tenía eso. Ahora era un mantenido de un millonetis, que había pagado a todo el mundo para que le rieran las gracias.

Buscó el teléfono de Ramiro. Marcó.

Óscar lo sintió incluso antes de que empezara a vibrar. Cerró los ojos desesperado. Empezó a sonar, primero muy bajo.

– Es Jorge, pásamelo – dijo Ramiro despertando de su sueño inquieto al reconocer el tono especial que le había adjudicado.

– Amor – dijo contestando apresurado, rezando porque pudiera torear el problema que ahora veía cuan grave era.

¡¡¡¡Como has podido hacerme esto, Ramiro!!!! – bramó Jorge sin ningún preámbulo, sin vaselina.

No se que te habrán contado… ni quien…

¡¡¡¡Como me has podido joder de esa forma, Ramiro!!!! – volvió a bramar Jorge el camarero.

– No es para tanto, si me escuchas…

¡¡¡¡Como me has podido mentir de esta forma!!!!!!!! – esta vez había bajado un poco el tono, más que nada porque le picaba la garganta un poco, hubiera necesitado beber un trago de agua, pero no era cuestión de cortar el ritmo.

– No te pongas así, te echo de menos, cariño.

¡¡¡Ni cariño ni pollas!!!!

Se hizo el silencio. Ramiro pensó que se había cortado, pero no, comprobó en la pantalla que todo seguía igual. Jorge miró con los ojos inyectados en sangre a su alrededor. Miró con un odio supino a su ex-jefe.

– Jorge, cariño – murmuró con toda la dulzura que pudo Ramiro el millonetis.

– Jorge, dime algo. Mira, en cuanto vuelta, creo que llegaré en un par de horas, lo hablamos. No es para tanto. No te enfades. Es que no quiero que, es que te quiero tanto que necesito…

– Ramiro, te dejo.

– Pero mira, Jorge, cariño, amor, es que me pones a cien…

– Ramiro, cariño, te quiero más que a mi vida. Te amo. Te deseo como no he deseado a nadie. Pero te dejo. Lo nuestro se ha terminado – hizo una pausa valorativa – y lo has terminado tú, lo has jodido todo.

Jorge, no te pongas así – ahora era el tono de Ramiro el que iba subiendo de volumen. Se estaba poniendo nervioso porque conocía a Jorge lo suficiente para saber que estaba hablando muy en serio.

– Has pisoteado mi vida, mi autoestima. Te lo dije. El primer día: “no voy a hacer cosas de millonetis”. “Yo con mi curro, pobre pero digno”. Me dijiste: “compro el local”. Te dije: “No”.

– Pero yo tengo también derecho a tener mi opinión.

– En mi vida y en mi autoestima, no.

– Jorge.

– Ramiro.

– Jorge, perdóname – Óscar levantó las cejas al escucharlo, la primera vez que se lo escuchaba a su jefe.

– Adiós.

– ¡¡¡¡Jorge!!!!

Pero Jorge había colgado. Apagó el teléfono y se lo dejó al camarero de la barra.

– Cuando llegue el dueño, se lo das. Te vas a cagar idiota, por mirarme con ojos turbios cuando he entrado. Vas a saber lo que es tu jefe – se volvió al que hasta hacía unos minutos creía su jefe – y tú, te vas a quedar sin calzoncillos. Te vas a quedar en pelotas, como cuando ibas al vestuario a verme cambiarme. Así vas a quedarte cuando venga Ramiro, por traicionarlo.

Sin decir nada, salió del local.

Salió a la calle, respiró el ambiente de ese barrio por última vez. Se metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar sin levantar la mirada del suelo.

– El paquete se mueve al este, por c/Almanzor – se escuchó en el servicio de vigilancia.

– Recibido.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 13.

Pepi y Jimena corrieron por el tejado hacia la parte de atrás. Desde allí, apuntaron sus armas de precisión a los miembros del equipo de asalto que permanecían junto a sus vehículos. Se miraron y se hicieron un gesto de asentimiento.

– Empieza la fiesta – dijeron al unísono en tono festivo e ilusionado. Echaban de menos la acción, vaya que sí.

Empezaron a disparar los dardos durmientes y las bombas del olvido. En cuestión de segundos, todos los soldado estaban en el suelo sumidos en sueños sexuales muy gozosos, a tenor de los movimientos de pelvis que hacían todos y todas. Hubiera sido interesante saber con quién lo estaba haciendo cada uno. Quizás hubiera sido interesante hacer luego una encuesta al respecto, pero estaba claro que el régimen de Moscú, no permitiría esa investigación. Aunque a lo mejor…

Justo en ese momento, Gonzo, destinado en la cocina, vestido con su delantal y su gorrito de medio metro de cocinero, empezó a dar mamporros a todo cuanto se movía a su alrededor. Empezó a gritar “fuego, fuego”, a las cámaras del servicio de vigilancia, empujando al personal de cocina hacia el frigorífico tamaño apartamento de soltero, a juntarse con los cuartos de ternera y las cajas de vodka puestas a enfriar. Cuando estaban todos metidos allí, cerró la puerta, no sin antes lanzar un montón de bombas del olvido, sumiendo al personal de cocina y limpieza en una orgía inmediata. En sueños, pero orgía. Alguna vez se había dado el caso en que la orgía había pasado a la realidad, pero no tenemos datos al respecto de si ésta fue una de esas ocasiones. Otra vez chocamos con el ostracismo del régimen ruso.

Puesto fuera de uso el personal de cocina, en el que por cierto había distinguido no menos de 35 miembros del servicio secreto, entró un grupo de 56 soldados del grupo de asalto, a los que fue disparando un dardo paralizante según cruzaban la puerta, organizando una muralla que ni la china. Alguno pudo disparar antes, pero sin mucho éxito, porque Gonzo, previsor, se había puesto su capa invisible.

Ylenia se encargó de los tres que se dieron cuenta y estaban intentando dar la voz de alarma. Un golpe certero de karate en la base del cuello, los dejó groguis.

En la calle, mientras tanto, Fede y Hermenegildo se encargaron de lanzar el gran globo de distracción. Toda la prensa apuntó sus cámaras al citado globo, para desesperción de la policía que empezó a pasearse por entre los periodistas para recomendarles a punta de kalasnikov, que lo importante iba a suceder en la puerta del hotel. Pero era tan atrayente el globo, que nadie se arrendró, y todos seguían sin perder ningún detalle del citado globo. Además, en un momento dado, empezó a emitir Heidi en dibujos animados, y a todos les salió la lágrima al instane. Pañuelos a gogo, hombre sobre hombre, mejor dicho, hombro sobre hombro, de hombre, pero hombro, todos abrazados llorando a moco tendido. Hasta los policías al final, si tenían la mala idea de mirar al globo en cuestión, entraban en trance, para desesperación de la superioridad.

Estaban todos ocupados en estos menesteres cuando un grupo de asalto de los servicios secretos rusos llegaron en 3 helicópteros para conquistar la suite zariana que ocupana Ramiro el millonetis. Los tres mosqueteros, raudos y veloces, hicieron estallar la puerta de entrada desde el pasillo e irrumpieron con el resto del equipo. Mercedes, Koldo y Jon, fueron a la ventana para repeler a los helicópteros, ayudados desde la terraza por Ubaldo y Telma.

Ra, ra, ra tatatata, ra, ra, ra tatatata, ra, ra, ra tatatatata pim pam pum.

Óscar se encargó del rubito poderoso. Le hizo una llave de judo por la que el rubio poderoso dio un par de vuelta en el aire, a derecha y luego a izquierda. Y vuelta a empezar, hasta que la cabeza le empezó a dar vueltas y vueltas y devolvió la primera ración de vodka que su padre le había dado a los 9 años.

– Esto por mamón – le gritaba, mientras no le dejaba de dar vueltas en el aire y esquivaba sus vomitonas.

– Esto por buenorro – le volvió a gritar, dándole un par de vueltas más.

– Esto por tener ese culo tan sensacional – y le dió un par de galletadas en el trasero. – Pero qué culo tienes, gilipollas – y se lo apretó a dos manos, que es que no se podía resistir.

Luego pensó un minuto en Locatis, su novio, a la sazón dormido beatíficamente en su habitación, teniendo seguramente una bonita sesión de sexo imaginario con él. “Más vale que sea conmigo, o te mato”, pensó para sí Óscar, no muy seguro de la fidelidad imaginaria de su novio.

– Tenemos que irnos. El radar anuncia que han despegado otros 30 helicópteros y vienen para acá. Parece que han dado la voz de alarma porque no consiguen que nadie conteste.

En la recepción, Rube y Kike habían desarmado al personal del hotel que habían resultado ser miembros del servico secreto. Salvo al amigo Vladimir y a su jefe de pelotón, que los pillaron mete y saca en el baño y que ante la cara de miedo que pusieron pensando que sus jefes los iban a pillar, los envolvieron en un saco y se los cargaron al hombro para salvarlos de la ira del Presidente. Porque el Presidente de todas las Rusias entraría en enfado kilométrico al saber del resultado de su operación de saqueo y encarcelamiento por marica de Ramiro el millonetis.

– Nos vamos – ordenó Óscar cuando hubo saciado sus impulsos de manosear el culo del rubio poderoso.

Fito y Manu cogieron en volandas a Ramiro el millonetis, que seguía en los mundos de yupi. Al ver en la televisión del hotel que también daban Heidi, luchó con su personal a brazo partido para quedarse a ver la serie.

– Es que me gusta mucho; quiero verla con Jorge, mi camarerito del alma.

Manu, sin contemplaciones, le dio un golpe en la nuca. Flojo, pero le dio. Para dejarle grogui y que se dejara llevar.

– Que nadie mire la tele, por favor – gritó Fito a sus acólitos, temeroso que sus hombres y mujeres también cayeran en el influjo de la niña y de su abuelo y del amigo ¡¡Pedro!!

Corrieron todos hacia la vía de escape, a la sazón la cocina. Iban disparando a todo lo que se movía en el hotel y que no miraba la televisión. Los que miraban, estaban controlados. El poder de Heidi siempre ha sido minusvalorado, salvo por el ejército al servicio de Ramiro el millonetis.

– Nos vamos.

– ¡Eh! Que nos olvidamos de Loca.

– Nos encargamos nosotros – gritaron Fede y Hermenegildo desde la piscina – aquí nos aburrimos.

Y corrieron hacia la habitación a buscar a Loca, que en ese momento se restregaba por la cama, con sus manos recorriendo su cuerpo compulsivamente, al grito de: Ernesto, te amo, eres mi hombre.

– Joder, como se entere Óscar – comentó Herme, mientras se cargaba al hombro el ligero cuerpo de Locatis.

Como si lo hubiera oído, el aludido preguntó si había algún problema.

– Nada, nada. Todo correcto.

– ¿Dice algo en sueños? – preguntó tragando saliva.

– Grita tu nombre a voz en grito. Redundante pero cierto.

Óscar sonrió de oreja a oreja, tranquilo.

– Venid rápido – ordenó a sus hombres.

Hermenegildo empezó a moverse sigiloso con Loca y sobre su hombro, mientras Fede iba abriendo camino. Pero el sueño de Loca era muy intenso, y al verse encima del culo de Hermenegildo, no pudo por menos que intentar manosearlo.

– Que culo tienes Hermenegildo. Estos pantalones te sientan de vicio.

– ¿Y como sabes que es mi culo? Esta droga falla un poco – Hermenegildo iba con la cara tapada y no se había relacionado prácticamente con Loca.

– Pasamos una noche loca hace tiempo, querido. Y tu culo me …

– ¡¡Cállate!! gritó Fede, dándole un golpecito para que se quedara grogui.

– Haberle dejado, joder, que me molaba lo que decía – se quejó Herme.

– Una mierda, si no quieres dormir en el sofá esta noche.

– Joder, como te pones, amor.

– Tu culo es mi culo, y de nadie más, no lo olvides.

– Como te amo.

– Una mierda. Me acabas de poner los cuernos mentales.

– Calla, calla, mejor olvidar todo esto.

– Sí, que si se nos escapa con Óscar, la armamos.

Corrieron como alma que lleva el diablo camino de las cocinas.

– Nos quedan 4 minutos para la llegada del grueso del ejército. Han disparado un misil tierra-aire para destruir el globo de Heidi.

Montaron en las furgonetas.

– ¿Esos bultos? – preguntó Manu a Rebe y Kike.

– Solidaridad mariconil

– Abrieron los bultos y ahí estaban Vladimir y su jefe, sin dejar de trabajarse mutuamente.

– Pedimos asilo político – gritó Vladimir enre jadeo y jadeo de placer, haciendo un alto en su trabajo bucal al jefe.

– Sabe español.

– Veraneo desde los 14 en Torremolinos. He ligado mucho allí.

– Dejad eso para luego.

El grupo de furgonetas del servicio de asalto ahora requisadas por el equipo de Ramiro el millonetis emprendió la marcha chirriando ruedas, con Juanma el chofeur al volante de la furgoneta principal, la que llevaba a Ramiro el millonetis.

– Menos mal que no pagamos las neumáticos de repuesto – dijo alborozado Fito.

– Los aviones aterrizarán en 3 minutos en la Plaza Roja.

– Acelerad. ¡Tenemos el tiempo justo y eso si no pillamos atasco!

Juanma y el resto de los conductores no se hicieron de rogar, y aceleraron al máximo, tirando a los ocupantes que no estaban agarrados al suelo.

– Allí están, los veo.

– Las tres primeras furgonetas, al primer avión.

– El resto, entre el segundo y el tercero.

– Silencio en las comunicaciones físicas. No revelar en cual va el jefe.

– A partir de ahora, solo comunicación mental.

Todos habían sido entrenados en la telepatía. Así que a partir de ese momento, empezaron a comunicarse de esa forma. Lo único que, Óscar intentó comunicarse con Locatis , que en ese momento ponía toda su atención en el sueño en tirarse a “The Flash”, el de la tele, persiguiéndolo a la velocidad mach 4.

– Barry, no corras. Barry, que te quiero. Barry eres mi hombre, déjame que meta mano por entre ese traje y tu piel, que se te nota el bulto, por favor.

– La jodimos – se dijo Fede, que se había dado cuenta de la maniobra de Óscar el secretario. – Menos mal que al menos no le ha pillado mirándote el culo, Herme.

– Ni lo pienses, no te descubra Óscar.

Y haciéndole caso, empezó a pensar en las margaritas que sazonaban los pastos de su abuelo en el pueblo, en los que dejaba pastar a su albedrío a la cabaña de vacas que gestionaba.

– Ya estamos.

– Los aviones estaban frenando y las furgonetas se pusieron a su lado. No tardaron más de 12 segundos en abandonar las segundas y subirse a los primeros.

– ¡¡Depegamos!! – ordenó Manu.

– Maniobra de distracción.- esta vez la orden había partido de Fito.

34857 drones aparecieron en el espacio aéreo ruso, mientras los aviones supersónicos despegaban a toda leche y enfilaban el camino de España.

A Ramiro los sentaron en su silla preferida. Ya parecía más calmado. Estaba grogui absuluto. El médico de abordo le hacía unas pruebas con su scaner de mano y unos análisis de sangre.

– No hay problema. Que duerma. Mañana estará como una rosa.

– ¡¡Jorge!!

– Agggg, Agggggggggg, AGGGGGGGGggggg

Todos respiraron tranquilos. Parece que su jefe soñaba con quien debía. Todo parecía acabar bien.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 2º interludio.


– Pero ¿Qué haces aquí?

El narrador miró incrédulo a Carlitos, que se había aparecido de repente, y sin camiseta. “¡Qué bueno está el jodido; y eso que no se le ven las piernas de bailarín”.

– ¿Cómo has pasado? – decidió ponerse digno, después de los desencuentros que tuvieron días atrás.

– Te he visto hacerlo cientos de veces.

– No lo he hecho cientos de veces.

– Las que sean. Y me he decidido a venir.

– ¿Me echabas de menos? – preguntó un ilusionado narrador, que no había podido mantener su pose de hombre duro y enfadado.

– NO – Carlitos levantó el mentón como si fuera altanero y chulo y él no necesitara a nadie en el mundo, ni fuera capaz de querer a nadie que no fuera él mismo.

Pero el narrador se quedó expectante.

– Sí – reconoció Carlitos, aflojando de repente su cuerpo, incapaz de mantener la mirada del narrador por más tiempo.

Dicho esto, sonrió como un pillastre cualquiera y se lanzó a los brazos del narrador que, en un principio quería haberse mantenido ofendido y duro, pero que al final no lo consiguió y abrió los brazos para recibir el cuerpo de Carlitos que saltaba para rodearlo con sus piernas, y abría también la boca para recibir la boca de Carlitos, ansioso por besar a su narrador preferido.

– Me he puesto muy celoso cuando te has ido con el hijo de la matrona del bar.

– Pero era solo sexo.

– No es verdad, que te ha gustado.

– Es que está en mi mundo y no tengo que saltar la pantalla, que es jodido y cansa.

– Si es la primera vez que lo haces.

– No. El otro día probé.

– No.

– Sí.

– Me hubiera dado cuenta.

– Estabas dormido.

– ¿Viniste mientras dormía?

– Sí. Me gusta verte dormir.

– Joder.

– Y me metí en la cama contigo y te abracé.

– Me tomas el pelo.

– No.

– Pruébalo.

– ¿Cómo?

– No sé.

Pero a Carlitos se le iluminaron los ojos.

– Mira, puedo probarlo.

Y sin bajarse de los brazos del narrador, que aprovechaba para sobarle el culo, como le ponía el culo de Carlitos, éste sacó del bolsillo de sus vaqueros un Pen y se lo tendió al narrador.

El narrador levantó las cejas sorprendido. Esta vez sí que dejó el sobeteo del culo de Carlitos e hizo que bajara al suelo.

– Creía que lo había perdido.

Carlitos levantó los hombros en un gesto rápido para hacerse perdonar.

– Son mis borradores.

– ¿A sí? – tono inocente, aunque un poco falsete.

– Que bobadas digo, lo has cogido a posta. Lo has leído. Quería saber como va la historia y si había escrito algo de ti.

– La historia ya sé como va. No sé si lo sabes pero yo estoy en la parte del mundo en que sucede. Tú estás en este lado, y solo puedes contarlo.

– No sabes lo que pasa en todos lados.

– Claro que sí. Tengo visión nocturna.

– ¿Visión nocturna?

– Ya me entiendes. Nos lo contamos todo.

– Na, tú lo que quieres es saber lo que tengo previsto escribir sobre ti.

– Es que quiero tener mi propia historia.

– ¿De bailarín?

– Y de amante. Y de chico guay que sufre por amor y el desprecio de mi familia. Y que fuerte que vas a escribir sobre Óscar y el Loca. Tienes previsto escribir antes sobre Loca que sobre mí.

– Es que es muy tierno.

– Pero si es un …

– Loca. Si es que le va el nombre. Pero es muy buena gente.

– Eso es cierto. Y que fuerte lo que está pasando ahora. ¡¡Qué emocionante!!

– ¿Te gusta?

– Mucho. Escribes muy bien.

– Zalamero – contestó el narrador poniéndose rojo de felicidad. Aunque no lo reconocería ante nada ni nadie, le gustaban los halagos de Carlitos. Los de Carlitos y los del vecino del décimo, y los de la tienda de chuches, y los del camarero del “Tómate otra”, y los de la abuela Felisa…

– Cuchi, cuchi.

El narrador, llevado por su felicidad, olvidó de repente todo lo que había estado pensando esos días atrás sobre la inconveniencia de liarse con uno de sus personajes.

Eso luego te llevará a favoritismos, narrador”.

Es cierto, se contestaba”.

Pues ya sabes, a cortar por lo sano”.

Pero es mono”.

Lo has creado tú”.

No es cierto. Los personajes están ahí, a la espera de que alguien cuente su historia.”

Eso son chorradas.”

Lo que tú digas”.

Pero es que es mono y muy majo”.

Pues escribe sobre él”.

Pero no da para una historia”.

Ya veremos”.

No sé”.

Es mejor que lo dejes”.

Me ha dejado él”.

Pues mejor”.

Vale, lo dejaré estar. No iré a buscarlo”.

Y no fue a buscarlo, sino que Carlitos dio el paso. Y ya que lo había hecho… tonto sería si no aprovechaba y paseaba sus manos por ese torso desnudo tan… tan… ¡¡ayyyyyyyyyy!! ¡¡Qué torso!! ¡¡Que piel!! Sus músculos, sus formas…

– Narrador, te quiero, te he echado de menos.

– Mentiroso. Si te acabas de liar con el hijo de la matrona.

– Pero no es lo mismo. Eso solo era sexo. A ti te quiero. ¡Te lo juro!

Y el narrador, que con cuatro palabras bonitas acababa rendido a los pies de quien sabía decirlas con tono preciso y ritmo adecuado, sacó la bandera blanca y se lanzó a por él. Otra vez. Se abrazaron y cayeron al suelo, donde rodaron a derecha e izquierda, adelante y atrás, besándose y girando sobre sí mismo, como si estuvieran continuamente enrollando las alfombras de la mansión de Ramiro el millonetis. Y mira que tiene alfombras el citado palacete.

– ¿Y de verdad que me quieres?

– Claro.

– Entonces si te digo que no pienso escribir sobre ti…

Carlitos se soltó del abrazo del narrador y se levantó de un salto.

– ¿Estás de coña? – el tono de Carlitos ya no tenía nada de zalamero ni de encantador de serpientes. Había pasado a ser seco y duro.

El narrador penso en mentir vilmente. Pensó en escribir algo para contentarlo. Pero decidió en esos dos instantes en que duró el silencio tras la pregunta de Carlitos, que no empezaría una relación con un personaje, basado en una mentira.

– No. No lo estoy. Es lo que hay.

Carlitos dio un portazo y cruzó de un salto al lado de las historias. El narrador se quedó sentado en el suelo, mirando hacia donde había desparecido su personaje, sintiendo como poco a poco su calentura bajaba y su boca protestaba por el alimento perdido.

– La vida está jodida. Ya no puedes amar ni a uno de tus personajes.

Y se echó a llorar. Porque el narrador era muy triste. Estaba muy triste. Era muy triste. Todo, era y estaba muy triste.

Y solo.

– La soledad del escritor – murmuró entre estertor y estertor de sollozo.