Qué pasó con lo nuestro.

Miro atrás en el tiempo y pienso. Lo mío con Kike ¿cuando pasó a ser una buena amistad a ser una relación de profundo amor? ¿Y cuando cambiamos el amor por el odio?

Me gustaría recuperar al menos el aprecio profundo que nos teníamos. La fraternidad, el colegueo. La cercanía. Pero cada vez que lo intento, el odio entre nosotros crece unos centímetros más.

¿Qué tiene distinta esta historia de otras cientos? Que es la mía, claro.

Nos conocimos en la cola del cine. Uno de esos días del cine, que las entradas están tiradas de precio. Yo me había apuntado y pensaba ir a ver unas cuantas en los tres días que duraban. Él al parecer solo le interesaban dos películas. Pero para una de ellas no había entradas y de repente, se dio la vuelta y hete que me encontró a mí.

– No me des las gracias pero te voy a recomendar una película que no debe perderte – me dijo de repente.

Yo levanté las cejas y lo miré a la cara. De esto que oye, me gustó. Y él siguió a lo suyo con lo de la película. Yo estaba pensando en revolcarme con él en el hall del cine pero a él estaba claro que le apetecía más en ese momento que le recomendara una película. Y la taquillera también estaba por ese tema mas que por lo de que nos revolcáramos por el suelo.

– Yo voy a ver la de los X-men. ¿Vienes solo?

– Sí.

– La vemos juntos.

De repente me veo con un tío que no conozco de nada para ver una película, la de X-men, que a mí me gustan bastante y que me suelo ver solo por lo de pensar a gusto sin tener que decir al de al lado cosas ni contestar a lo que me dicen. Lo malo es que teniéndole al lado, aunque fuera mudo, es de carne y hueso y ya he dicho que me sobraron 9,30 minutos de los 10 desde que lo conocía para querer follar con él.

Guau.

– Me llamo Kike – me dice cuando salimos de la cola. Y me planta dos besos.

– Oye ¿vas dando besos a todos los chicos que conoces?

– Cuando me gustan sí.

Y se me quedó mirando con cara de … no sé de qué, pero … joder, que sí parecía que le había gustado. Esa sensación me dio y fue cierta.

Él me gustó y yo le gusté a él. ¡¡flechazo!! Quién me lo iba a decir, salvo Guille, mi ex. Y Omar, el anterior. Y Tomás, otro del que me prendé así, en un chasqueo de dedos. Esos affaires no duraron mucho, aunque es cierto que duraron algo más que lo que tardé en prendarme de ellos.

– No me has dicho como te llamas.

– ¿Eh? ¡Ah! Peter.

– ¿Pedro?

– No, Peter. – se quedó parado extrañado – Mi padre es canadiense. Me llamo Peter.

– ¡Que bien! Así me enseñarás inglés.

No le enseñé inglés. Pero le enseñé a follar, que no andaba muy ducho. No fue esa tarde, ni las de los siguientes días que quedamos. Incluso meses.

Salíamos por ahí, íbamos al cine y hablábamos. Mucho. Él hablaba por los codos y yo cuando me incitan, tampoco soy de callarme. Se me fue pasando la calentura sexual y la cambié por algo… no se como expresarlo. Estábamos a gusto juntos, hablábamos, y leíamos juntos. Íbamos a bailar, íbamos de camping, yo iba a buscarle al trabajo y caminábamos despacio camino de una de nuestras casas en dónde veíamos la tele, o hacíamos limpieza o poníamos la lavadora. Cada día en casa de uno.

Sí, tardamos en tocar nuestros cuerpos desnudos y sentir palpitar nuestros miembros sin ropa de por medio. Muchos meses. Y cuando dimos el paso fue como algo normal, sin grandes algarabías.

Lo dicho, le enseñé un par de cosas. Del sexo. Y aprendió, sí. Vaya que sí. Luego nos dedicamos a investigar. Pero eso es otro tema.

Nos fuimos a vivir juntos. Era el paso siguiente. Parecía que todo iba estupendo. Nos caíamos bien, congeniamos y lo pasábamos bien teniendo sexo. Y empezamos, o por lo menos a mí me pasó, a enamorarme de él. Pero de verdad.

Eso de enamorarme no me había pasado casi nunca. Salvo con Ramiro, con el que nunca llegué a nada, porque él no quiso. No logré conquistarlo. Le asedié, le comí la oreja, me hice el encontradizo, le invité al cine… él como si nada. Luego me enteré que tenía un rollo con un señor de Murcia, una cosa muy seria aunque intermitente por la distancia. Una cosa secreta, que él era de buena familia y casado con toda la pompa y circunstancia de la Iglesia. O sea con mujer y varios hijos estupendos. Por cierto, eso me recuerda que tengo que llamar a Ramiro. Debe estar echo polvo. El señor de Murcia falleció hace un par de semanas, aunque él se enteró antesdeayer. Es lo que tiene el ser “el otro” en una relación secreta y a distancia.

Estaba contando como poco a poco, el flechazo súbito de Kike, transformado en una relación de colegueo y que en un momento determinado adquirió derecho a roce se fue convirtiendo en amor de verdad. Y justo fue entonces cuando las cosas se torcieron.

Ahora que medito en ello para escribir esta “mi historia”, todo cambió el día que, estando sentados en una terraza tomando un “Valenciano”, le insinué algo de casarnos. Se lo tomó a chunga, a risas, reímos con algunas ideas locas para la boda, pero… sí, le pillé mirándome de una forma rara. Y ya sé lo que es. Me acabo de dar cuenta. Era miedo.

No lo entiendo. Es decir: ahora lo entiendo todo. Pero no entiendo que diferencia había, hay, entre vivir juntos como un matrimonio y ser un matrimonio. Es solo una visita al juzgado, decir un “sí, quiero” y volver a comer a casa. Pero bueno, que tampoco había necesidad de casarse. Él me dijo que no, y ya está. Es cierto que me obsesioné con el tema y lo volví a intentar un par de semanas después, pero sin darle importancia. Y es cierto que en esa época fue cuando empezaron los desencuentros, las discusiones. Por tonterías. Lo juro. Por tonterías. Por “has dejado el cepillo de dientes sobre el lavabo”. “¿Por qué me has cogido mis calzoncillos preferidos?”, cuando además nos intercambiábamos la ropa. “¿Gayumbos preferidos? ¿En serio?”. “¿follamos?” “Me duele la cabeza”.

Pues tómate una aspirina, no te jode.

Es curioso. En realidad lo de casarnos me daba igual. Me da igual de hecho. Nunca he deseado hacerlo. Fue una posibilidad que planteé. Nunca lo habíamos hablado y no sabía si a él le gustaría. Pensé que a lo mejor no se atrevía a decirlo. Alguna vez le hablé de unos amigos que acabaron como el rosario de la aurora. O de mi tía Nuria, que tuvo muchos problemas con el divorcio de su marido, y los niños y tal. Recuerdo que también saqué el tema de los niños. Pero para hablarlo. Para saber que pensaba del tema. Yo no tengo pensado tener niños. Pero a lo mejor él sí. A lo mejor planteé todos estos temas con demasiada vehemencia. Pero si yo solo quería hacerle feliz. Ser feliz. Saber lo que pensaba de la vida. Saber si queríamos avanzar más o no. Tampoco creo que eso sea avanzar. O sea, que si te quedas siendo una pareja que se ama y convive y demás, necesites dar el paso de casarte y luego buscar los hijos. Puedes sentirte muy realizado así, amando a tu amado sin más.

El caso es que todo esto ha ido a más. Me enroqué en la defensa de mi cepillo de dientes sobre el lavabo y él lo hizo en la necesidad de tener la tapa del váter levantada. Le devolví sus calzoncillos preferidos y yo le pedí que me devolviera la cazadora de los Queen, que le molaba mucho y usaba mucho, pero que era mía. Ya sabes, cuando empiezas a discutir, todo es campo minado.

Al final nos hemos dado un respiro. Firmamos una tregua aprovechando que me iba a ir unos días a Coruña.

A la vuelta, yo guardo el cepillo de dientes en el armario y él baja la tapa del váter. Aunque la cosa sigue tensa y seguimos sin follar.

He estado dándole muchas vueltas. Podríamos reconducir el tema. No hemos llegado a ser como en la peli “La guerra de los Rose”. El caso es que siento que el enamoramiento profundo que nacía en mí, ha quedado abortado. Pero hasta ese momento, vivíamos felices. Hacemos una buena pareja. No sé. No sé que hacer. Reconducir el tema o dejarlo aquí.

Ya no habla. Kike. Es un parlanchín incansable. Ahora todo es silencio. Ayer intenté hablar con él, pero no se dejó. ¿Lo intento de nuevo? No sé lo que siento. Ya no hablamos en inglés, para que Kike practique. Si le hablo en inglés, se hace el sordo, como si estuviera escuchando la tele. Pero tampoco está bien romper nuestra relación por algo que ninguno de los dos quiere, aunque yo lo planteara como una posibilidad. Desde luego no estuve acertado en la forma, está claro. Él pensó que le asediaba. Pero eso se soluciona diciendo: “no quiero”, no saliendo por peteneras.

Acabo de darme cuenta que faltan muchas de sus cosas. Sus cajones están casi vacíos y sus armarios, igual. Las ha recogido mientras estaba en Coruña.

Bueno, está claro que él ha tomado una decisión. Como el día que nos conocimos, en el cine. Ha elegido la película y con quien verla. Está claro que no es conmigo. Al menos la siguiente.

Algún día quizás podamos hablarlo con calma. Cuando pase el tiempo. Si es que se da las circunstancias.

Llamaré a Ramiro, a ver como está con lo suyo. No lo he hecho antes por no incomodar más a Kike. Ramiro no le cae bien, aunque solo sea porque sabe que fue mi amor platónico. Y hablaré con Kike. Si se ha llevado sus cosas… es tontería. Cortamos y punto. Hay que ver las minucias que llevan a veces a romper una relación. Me siento tan vacío…

El caso del enamoramiento súbito de Alejo.

Alejo no creía en los amores a primera vista. Ni en esos ni en casi ninguno.

Buena prueba de ello la tenía en su madre, que tras pasar casi veinte años de su vida junto a su padre, cantando las delicias del amor verdadero y diciendo a todo el que la quería escuchar que su historia con su padre era para toda la vida, “casi como el primer día que nos conocimos”, un buen día, con sol y temperatura primaveral, se dio cuenta que todo era una mentira. Miedo. ¿a estar sola? Porque él definitivamente no estaba solo. Al menos aquella noche que le vio besándose con aquella fulana en la calle 13.

– Era una fulana – repetía una y otra vez a Alejo, cuando se lo contaba medio llorosa y escondiendo su cara en el pecho de su hijo.

Fue duro para Alejo a sus quince años tener que hacer de consejero y limpiamocos de su madre. Y más cuando le dijo eso de:

– No sabes lo que te van a hacer sufrir los hombres, mi niño. Son todos unos cabrones.

¿Cómo sabía ella que le gustaba los hombres? Se preguntó una y otra vez, en silencio, porque su madre no parecía preparada para darle la respuesta. Ni esa ni ninguna. Tampoco quería que le contestara a sus preguntas no fuera a ser que por un casual le dijera que lo había pillado en alguno de sus escarceos amorosos con el vecino de enfrente.

Al final se armó de valor y preguntó. Y ella, poniéndose seria durante un par de minutos, y tomando la pregunta por dónde le interesaba, le miró fijamente y le dijo.

– Es una pregunta retórica, hijo, no hace falta contestar. Los hombres son todos unos cabrones.

Seguido volvió a hundir la cabeza en el pecho de su hijo y siguió llorando el resto de la noche. Alejo callado. Pensando. “Nunca me enamoraré de nadie, mamá”. Pero sin abrir la boca.

El caso es que su padre no volvió a aparecer por casa. Se iría a vivir con la fulana esa de la calle 13. Alejo no supo más de él. Tampoco es que se perdiera mucho.

Su madre no volvió a mencionar nada de todo lo que pasó ese día. Un par de veces intentó Alejo sacar el tema, pero acabaron hablando del pájaro carpintero y su musical repiqueteo en la madera del árbol de turno. Incluso un día hablaron de política. Pero poco. Casi nada. De hecho solo lo suficiente para cambiar de tema y dejarle mamá claro al chico que no debía preguntar nada sobre aquella noche ni las circunstancias de su padre. Día en realidad, que a la fulana y a su chulo los vio a plena luz del día, le dijo. Aunque Alejo estaba seguro haberla oído hablar de “noche”.

La madre de Alejo tuvo muchos pretendientes. Era agraciada y era una mujer con estilo. Y tenía un buen trabajo y dinero. Muchas moscas merodeaban la miel.

Alejo tuvo muchos amantes también. De casta le viene al galgo, le decía su mamá por las mañanas cuando se cruzaban con sus amantes en gayumbos en el pasillo de casa camino del baño. Son muy modernos, ya.

Sea por la experiencia de su madre o por aquel aviso tan dramático del día de autos, el caso es que Alejo, era un descreído en esto del amor y el compromiso. Solo le gustaba ligotear, conquistar rendir la fortaleza y seguir camino en busca del siguiente. Su amiga Juliana le decía siempre que debía buscar el amor. Ella no era un buen ejemplo tampoco. Ella buscarlo, lo buscaba. Pero solo encontraba cabrones.

– Para encontrar lo que encuentras chica, mejor haz como yo. Si sale, pues sale. Pero para esos tipejos de los que te cuelgas, querida… no es plan.

Juliana también lloraba en el hombro de Alejo. Su hombro debía ser muy apetitoso para ello, estaba visto. Y una vez también lloró en él su profesor de Psicología del comportamiento. Pero aquello fue después de un polvo por despecho. Despecho el del profesor, que le acababa de dejar “ese”, que le he visto besándose con ese fulano, en la puerta del 34 de la calle 15. porque es un fulano.

Así que Alonso no gustaba de amores. Menos a primera vista. Eso de los flechazos no sabía que era. Reía a carcajadas cuando alguien sacaba el tema. Le trataba de loco y demás… y le auguraba una temporada de sufrimiento y caída al abismo.

Y sí, después de la locura y las risas llegó el castigo.

Esa noche de ese día en el que salió de marcha con Juliana para matar las penas por su enésimo desengaño, en llegando a casa y cerrando la puerta, se fraguó la tragedia. Resulta que el vecino de abajo, el de muy abajo, más bien, se le vino el sueño con el cigarrillo encendido. Tan mala suerte que prendió la mantita con la que se tapaba las canillas viendo los asaltos de “La Voz”. Todo empezó a arder. Una cosa de película. El humo subió rápidamente por todos los huecos imaginables y algunos otros inimaginables. Alonso no se dio cuenta y se quedó medio grogui después de una buena esnifada de humo. Cuando todo parecía perdido, un hacha rompió la puerta de la casa y ahí estaba él, con su máscara, con su traje de bombero, con sus músculos, que no se le veían, que el traje de faena era muy abultado y pesado, y la bombona de aire no ayudaba, y el casco y la máscara y los guantes, y las botas… pero esos ojos a través de la máscara… se cruzaron las miradas. El tipo le sonrió, que sí, que le sonrió, aun que no fue posible que Alejo viera la sonrisa, que no. Pero da igual, él la vio. Y el bombero algo vio, que sí, porque después de sacarle en brazos con todo cuidado, como si lo acunara. De compartir con él el oxígeno de su bombona. De bajar pisos y pisos con él a cuestas. Después de todo eso, lo dejó suavemente sobre la camilla de la ambulancia y prometió solemnemente volverlo a ver cuando acabara el servicio.

Cumplió la promesa. Y allí estaba camino del hospital sentado a su vera. Alejo estaba inconsciente pero sentía su mano que le agarraba con fuerza la suya y le daba ánimos.

– Me salvó la vida – le contó a Juliana con mucho dramatismo en cuanto ella le fue a ver al hospital.

No puede ser esto cierto. Debo estar muerto y en el paraíso, pensaba en su inconsciencia el amigo Alejo. A todo esto, no sabía siquiera que jeta tenía el bombero en cuestión ni siquiera lo de la sonrisa, que no, que era imposible que la viera. Los ojos, vale, pero con el humo y demás y teniendo en cuenta que en la realidad no se les ve la cara como en las pelis que le ponen un led arriba para que se le vea la jeta en la cámara.

Que bonita escena en el hospital cuando Alejo abrió los ojos y le vio al susodicho bombero salvador. Los violines sonaron de fondo. Pétalos de flores diversas caían cual copos de nieve sobre ellos. Unos corazones rosas, de diversos tamaños revoloteaban por allí, dando ambiente. Se miraban con embelesamiento. Alejo cayó prendado de la belleza del bombero, una vez quitado sus aperos de trabajo. Juro que no era para tanto, que guapo, así como guapo, no era… es. No. pero el amor es así: Los feos se convierten en guapos y los guapos en adonis. Los adonis en dioses y éstos en… nada más que no hay nada más que un Dios, por favor.

Como Alejo no era muy de violines y el bombero por lo que sabemos ahora, que antes no sabíamos nada, claro, no lo conocíamos, que íbamos a saber, pues decía que como ninguno de los dos eran muy de corazones y románticos y tal, cambiaron la música de violín por la de peli porno. Y los corazones por los preservativos. El caso es que allí mismo, en la habitación del hospital, tuvieron su primera noche de pasión desenfrenada. Alejo entonó bien los jadeos propios de la acción mientras el bombero… bombeaba. Esa primera vez fue un poco urgente. Pero nada que no se pudiera mejorar el día siguiente, y al siguiente… incluso esta mañana, unos meses después de estos sucesos.

Alejo el descreído ahora va pregonando la existencia de los flechazos y del amor verdadero. Un amor que le ha llevado junto a un bombero que le saca un metro de altura y no menos de 20 años. Y treinta centímetros de brazo y cuarenta de muslo. No es muy agraciado de jeta, aunque músculos… los tiene todos bien puestos y muy desarrollados. Casi todos. En algún caso gana Alejo. No en los citados anteriormente. En otros. En otro en concreto.

Pero eso no es importante. Lo importante es que hay dos convencidos más del amor. Hasta la madre de Alejo está medio convencida. Aunque se lamente que ella no hubiera visto antes al bombero, porque en su delirio piensa que ella le hubiera seducido de tal forma que le hubiera conquistado y quitado esas veleidades con su mismo sexo.

En fin.

De ilusiones también se vive.

No me dejó salir de casa.

Quise bajar, salir a la calle, nadar en la muchedumbre que se pelea por felicitar la Navidad más alto que el de al lado. De beber y brindar con cava, cerveza o con lo que se terciara, por lo buena que es la gente, por la Navidad, porque el niño Dios nació en Belén hace un par de miles de años; brindar porque el año pasado fue un año desastroso, horrendo, con mucha gente pasándolo mal, y con mucha muerte alrededor, y este nuevo año que llegará en unos días, a poco debe ser un año cojonudo en comparación.

Lo quise hacer con un gorro de Papá Noel, o de Santa Claus, aunque creo que me quedaría mejor el turbante del Rey Mago. En realidad no me queda bien ninguno de ellos, pero es Navidad.

Quise besar y felicitar a todos los desconocidos que me encontrara en la calle, y a todos los conocidos también, sin rencor ¿eh? Es Navidad. Quise… quise bajar a la calle y nadar en la muchedumbre, dejarme llevar, sonreír… pelearme por felicitar la Navidad más alto que el de al lado… y con más efusividad y con más originalidad.. dar más besos que nadie, más apretones de mano, más abrazos de los de palmadas en la espalda… decir más “a ver si nos vemos más a menudo” a los conocidos que solo encuentras el día de Nochebuena por la tarde… “nos llamamos ¿Eh?” y hacemos el gesto con la mano que imita a un teléfono después de despedirnos efusivamente, como si de verdad tuviéramos intención de llamarnos, u un mínimo interés en contarnos algo.

Quise hacerlo, quise socializar con el mundo, o al menos con la ciudad en la que vivo, con sus gentes, mis vecinos y/o amigos.

Pero él no me dejó.

No, no me dejó.

Él me observaba desde el sofá mientras yo me preparaba. Él estaba tumbado tapado solo con una pequeña manta de viaje que apenas le cubría las piernas. Me miró con esa cara del niño que cuentan, él mismo cuenta, que se perdió hace ya muchos años, pero que yo sigo viendo en sus ojos, en su mueca de pillastre, en su sonrisa iluminada por la ilusión y en las ganas de luchar, pero sobre todo por esas ganas de amar que tiene.

Miré esos ojos marrones, miré su barba de unos días… y me quité la ropa de nuevo y me acurruqué junto a él, en el sofá.

Apenas cabíamos los dos… nos apretujamos el uno junto al otro… nos tapamos con la mantita… un poco pequeña, sí. Un suave beso en los labios. Dos. Tres.

Mi corazón latía contento, y notaba como él palpitaba de felicidad. Notaba su respiración en mi pecho. Cerré los ojos y sentí la felicidad.

Casi anochecía cuando él se levantó. Lo seguí con la mirada mientras iba a la cocina y traía unos platos de canapés, un poco de queso y un par de copas de las altas. Le vi caminar desnudo con la botella de cava que acababa de sacar de la nevera. Me miró de esa forma en que me mira, con ese niño asomando… ese niño qué él dice que hace tiempo que dejó en la carretera… aunque yo lo sigo viendo en sus hoyuelos, cuando sonríe. Me sonrió… y yo sonreí… esos hoyuelos. ¡Qué felicidad! La sentí dentro de mí… y casi no la pude soportar.

Me acurruqué contra el respaldo del sofá para que él pudiera sentarse a mi lado. Me acercó la copa, me incorporé un poco… abrió la botella… ¡bum! El corcho salió disparado hacia el techo. Casi se escapa el cava, pero acercó la botella a su boca y bebió las burbujas que salían… aunque algo le mojó el estómago y las piernas… muy poco que yo me apresuré a recoger con mis dedos y repartirlo entre sus labios y los míos… como repartí una mirada boba que me salió… él llenó las dos copas, de las altas… nos gustan más… levantó su copa mirándome… mirándome a los ojos, mirándome dentro… yo levanté la mía… mirando a sus ojos, mirando dentro… viendo al chico de apenas 18 años que escondía ese cuerpo de casi 60 y con el que llevo casi 30 años. 30 años.

– Por ti – dijo.

– Por ti – dije.

– Te quiero – dijo.

– Te amo – dije.

Sonreímos y chocamos las copas.

Bebió un sorbo de cava. Y yo bebí el mío.

Me incorporé un poco más para acercarme a sus labios y los besé. Él se levantó de nuevo y encendió el tocadiscos, eligió un vinilo y lo puso: Edith Piaf – L’Hymne a l’amour

No eché de menos las felicitaciones en la calle, ni los gorros de Papá Noel de los demás… que yo seguía con el mío… ni eché de menos a los desconocidos, ni a los conocidos, ni el mercadillo, ni la pista de patinaje a la que íbamos a ir… un día hicimos planes… se me olvidó mi decisión de bajar a la calle, y de nadar entre la muchedumbre, de beber cava en los sitios de costumbre.

– Te amo – me dijo.

– Te quiero – dije.

Y bebimos otro sorbo de cava.

Nos sentamos en el sofá, arrebujados, y con la mantita. Bebíamos sorbos de cava, comíamos algunos canapés y emparedados.

– Feliz Nochebuena, amor – dijo.

– Feliz Navidad, cariño – dije.

Chocamos nuestras copas, nos miramos, sonreímos… y apuramos el cava.

Diario de un hombre sin nada que contar. 69ª entrada.

Nos vimos por primera vez en el banco. Salí de mi despacho un momento y lo vi en la cola de la caja. Nos miramos durante un instante. Fui a acercarme por si podía ayudarle, pero una señora me detuvo preguntándome algo sobre una televisión que vendemos. Me fui con ella al despacho.

Dos días después me lo encontré en un bar al que suelo ir a tomar café. Nos miramos, nos sonreímos. Se acercó y con mucha guasa me preguntó si me quedaban televisores. Seguí con la guasa y le dije que no, todos vendidos. “Pero me queda un colchón, si quieres”.

Charlamos un rato. Se llama Pablo. Yo me llamo Néstor. Bla, bla, bla.

Adiós, adiós.

Noté que le gustaba. A mí no me disgustaba. Pensé en aquella época en la que le hubiera quedado con él a la salida del trabajo. Comida de trabajo, las llamaba. Comer, comía, pero no comida. Trabajar, trabajaba duro. Duro. Hasta que aflojaba.

No lo hice. Pensé en Didac. Me hace feliz. Pensé en los chicos. Me hacen feliz. No podía romper todo eso.

Es raro. Somos abiertos. Pareja abierta. Comprensivos. Yo lo soy con Didac. No me importa su sexo con otros. Yo no puedo. Me caliento con hombres guapos. Me caliento con hombres no tan guapos. A veces sueño con orgías. Es eso: sueños.

Perdí una familia. Ahora tengo otra. Los chicos y Didac. No quiero perderlo. Me parece increíble hablar así. Quien me lo hubiera dicho al empezar este diario, cuando solo tenía que contar mis aventuras amorosas y mis cañas con los conocidos.

Volví a ver a Pablo. Varias veces. Se hacía el encontradizo. Tomábamos una caña, fuimos de tapas. Estaba interesado, cada vez más. Un día intentó besarme. Fue como una broma, inocente. Yo seguí el juego de broma y lo mantuve en la inocencia. Le dije que quería presentarle a mi pareja, Didac. Vuelve mañana, le dije con intención.

Sonrió. Sonrisa triste. Lo había entendido.

Acabamos el whisky y nos fuimos a casa.

Esa noche soñé con él. Follábamos. Fue un buen polvo. Hasta me corrí en sueños. Un sueño, solo eso. Así debe ser.

Didac volvió al día siguiente. Volvieron todos, de hecho. Los chicos se perdieron con no sé excusa de sus amigos. Didac me acarició suavemente la cara y me besó ardientemente, como pocas veces. Fue una buena tarde-noche de amor.

Tuve la sensación de que sabía lo de Pablo. Y tuve otra: en esta ausencia, no había tenido aventuras. Pol no me mentía cuando me decía que estaba al 100 por mí. Empecé a pensar en que de verdad, Didac me quería.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 68ª entrada.

Aquí estoy de nuevo.

No sé por qué no estaba. No sé por qué he vuelto. Me lo pregunto. No tengo respuesta.

Mucho tiempo.

Tatojimmy tampoco está. Será por eso. Echarle la culpa es fácil. No dice nada. Le echo la culpa.

Escribo en la piscina. Estamos de vacaciones. Mar y playa. Y piscina.

La casa de un amigo. Mojácar.

Para nosotros.

Didac, los chicos y yo.

Ellos hacen cosas. Yo paseo por la playa, leo en la piscina.

Se está poniendo el sol. Un gin-tonic. El ordenador. Un libro al lado.

Está siendo un verano bonito. Didac se llevó a los chicos en julio de paseo por París. Luego Londres. Casi dos semanas enteras. Él fue por trabajo y aprovechó. Tiene amigos por allí, así que los chicos alucinaron con las visitas guiadas a monumentos, sitios de interés, restaurantes de postín. Conocieron a algunos actores famosos. Guapos y estupendos. Eran de los que no se les había subido el ego al moño. No me digáis de nombres, no lo recuerdo. No quiero preguntar por si levanto la liebre de que he vuelto a escribir. Ellos insisten en que lo haga. Yo me resisto. Y quiero resistirme. Es una forma de hacerme el interesante.

¿Necesito hacerme el interesante?

Quiero hacerme el interesante.

Yo me quedé trabajando.

A gusto.

Ellos lo pasaban bien, hablaba con ellos a todas horas. Con uno, con el otro. Con Didac. Videollamadas. Didac está cambiando. Me dice a cada momento que me quiere.

Teníamos otros planes para este verano. No recuerdo cuales. Los aparcamos. Luego, cogí vacaciones y nos hemos ido todos a la playa. No hacer nada. Poco. Salvo Didac, que está trabajando como si estuviera en la ruina y necesitara mantenernos a todos. Con todo lo que le ha costado la excursión con los chicos a París y Londres, a lo mejor es verdad. Me dijo Oriol que Didac ya ni mira a otros hombres. Te lo juro, papá. Saben de su gusto por probar otros cuerpos. Te adora al 100, me dijo Pol. Levanté las cejas. Me preocupé por esa campaña para poner en valor el amor de Didac. Nada me ha dado motivos para que creciera esa preocupación. Aunque cuando estás con un hombre como Didac, atractivo, inteligente, con dinero, un buen trabajo, muchas relaciones sociales, en algún momento del día debes preocuparte. Cada día se quitará hombres y mujeres de encima, si se los quita. Las mujeres, seguro. Los hombres…

Me da igual. No me preocupa que folle con otros.

Tuve un casi affaire con otro. Durante lo de Londres. Otro día os cuento.

Viene Didac. Viene desnudo. Anda decidido hacia mí. Juraría que trae su miembro… lo trae. Se acaba de poner a mi lado y no he hecho nada por ocultar lo que escribo. Él tampoco ha hecho nada por ocultar su excitación que está sobre mi hombro izquierdo.

Otro día sigo. Ahora tengo que trabajar esta dureza.

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Néstor G.