Diario de un hombre sin nada que contar. 69ª entrada.

Nos vimos por primera vez en el banco. Salí de mi despacho un momento y lo vi en la cola de la caja. Nos miramos durante un instante. Fui a acercarme por si podía ayudarle, pero una señora me detuvo preguntándome algo sobre una televisión que vendemos. Me fui con ella al despacho.

Dos días después me lo encontré en un bar al que suelo ir a tomar café. Nos miramos, nos sonreímos. Se acercó y con mucha guasa me preguntó si me quedaban televisores. Seguí con la guasa y le dije que no, todos vendidos. “Pero me queda un colchón, si quieres”.

Charlamos un rato. Se llama Pablo. Yo me llamo Néstor. Bla, bla, bla.

Adiós, adiós.

Noté que le gustaba. A mí no me disgustaba. Pensé en aquella época en la que le hubiera quedado con él a la salida del trabajo. Comida de trabajo, las llamaba. Comer, comía, pero no comida. Trabajar, trabajaba duro. Duro. Hasta que aflojaba.

No lo hice. Pensé en Didac. Me hace feliz. Pensé en los chicos. Me hacen feliz. No podía romper todo eso.

Es raro. Somos abiertos. Pareja abierta. Comprensivos. Yo lo soy con Didac. No me importa su sexo con otros. Yo no puedo. Me caliento con hombres guapos. Me caliento con hombres no tan guapos. A veces sueño con orgías. Es eso: sueños.

Perdí una familia. Ahora tengo otra. Los chicos y Didac. No quiero perderlo. Me parece increíble hablar así. Quien me lo hubiera dicho al empezar este diario, cuando solo tenía que contar mis aventuras amorosas y mis cañas con los conocidos.

Volví a ver a Pablo. Varias veces. Se hacía el encontradizo. Tomábamos una caña, fuimos de tapas. Estaba interesado, cada vez más. Un día intentó besarme. Fue como una broma, inocente. Yo seguí el juego de broma y lo mantuve en la inocencia. Le dije que quería presentarle a mi pareja, Didac. Vuelve mañana, le dije con intención.

Sonrió. Sonrisa triste. Lo había entendido.

Acabamos el whisky y nos fuimos a casa.

Esa noche soñé con él. Follábamos. Fue un buen polvo. Hasta me corrí en sueños. Un sueño, solo eso. Así debe ser.

Didac volvió al día siguiente. Volvieron todos, de hecho. Los chicos se perdieron con no sé excusa de sus amigos. Didac me acarició suavemente la cara y me besó ardientemente, como pocas veces. Fue una buena tarde-noche de amor.

Tuve la sensación de que sabía lo de Pablo. Y tuve otra: en esta ausencia, no había tenido aventuras. Pol no me mentía cuando me decía que estaba al 100 por mí. Empecé a pensar en que de verdad, Didac me quería.

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Néstor G.

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Diario de un hombre sin nada que contar. 68ª entrada.

Aquí estoy de nuevo.

No sé por qué no estaba. No sé por qué he vuelto. Me lo pregunto. No tengo respuesta.

Mucho tiempo.

Tatojimmy tampoco está. Será por eso. Echarle la culpa es fácil. No dice nada. Le echo la culpa.

Escribo en la piscina. Estamos de vacaciones. Mar y playa. Y piscina.

La casa de un amigo. Mojácar.

Para nosotros.

Didac, los chicos y yo.

Ellos hacen cosas. Yo paseo por la playa, leo en la piscina.

Se está poniendo el sol. Un gin-tonic. El ordenador. Un libro al lado.

Está siendo un verano bonito. Didac se llevó a los chicos en julio de paseo por París. Luego Londres. Casi dos semanas enteras. Él fue por trabajo y aprovechó. Tiene amigos por allí, así que los chicos alucinaron con las visitas guiadas a monumentos, sitios de interés, restaurantes de postín. Conocieron a algunos actores famosos. Guapos y estupendos. Eran de los que no se les había subido el ego al moño. No me digáis de nombres, no lo recuerdo. No quiero preguntar por si levanto la liebre de que he vuelto a escribir. Ellos insisten en que lo haga. Yo me resisto. Y quiero resistirme. Es una forma de hacerme el interesante.

¿Necesito hacerme el interesante?

Quiero hacerme el interesante.

Yo me quedé trabajando.

A gusto.

Ellos lo pasaban bien, hablaba con ellos a todas horas. Con uno, con el otro. Con Didac. Videollamadas. Didac está cambiando. Me dice a cada momento que me quiere.

Teníamos otros planes para este verano. No recuerdo cuales. Los aparcamos. Luego, cogí vacaciones y nos hemos ido todos a la playa. No hacer nada. Poco. Salvo Didac, que está trabajando como si estuviera en la ruina y necesitara mantenernos a todos. Con todo lo que le ha costado la excursión con los chicos a París y Londres, a lo mejor es verdad. Me dijo Oriol que Didac ya ni mira a otros hombres. Te lo juro, papá. Saben de su gusto por probar otros cuerpos. Te adora al 100, me dijo Pol. Levanté las cejas. Me preocupé por esa campaña para poner en valor el amor de Didac. Nada me ha dado motivos para que creciera esa preocupación. Aunque cuando estás con un hombre como Didac, atractivo, inteligente, con dinero, un buen trabajo, muchas relaciones sociales, en algún momento del día debes preocuparte. Cada día se quitará hombres y mujeres de encima, si se los quita. Las mujeres, seguro. Los hombres…

Me da igual. No me preocupa que folle con otros.

Tuve un casi affaire con otro. Durante lo de Londres. Otro día os cuento.

Viene Didac. Viene desnudo. Anda decidido hacia mí. Juraría que trae su miembro… lo trae. Se acaba de poner a mi lado y no he hecho nada por ocultar lo que escribo. Él tampoco ha hecho nada por ocultar su excitación que está sobre mi hombro izquierdo.

Otro día sigo. Ahora tengo que trabajar esta dureza.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 67ª entrada.

López es como su madre. Me repele. Oriol y Pol son de otra pasta. No sé a quién se parecerán. A su padre no, gracias.

López en el salón de su casa. No nos quería abrir. Didac se puso enérgico. Si Didac se pone serio, mejor no contrariarlo. López lo sabe. Al final, abrió.

Mejor no describir la casa. Desordenada, sucia. Hacía semanas que no ventilaba. Olía a sudor y a sexo. Con lo limpia que había estado siempre. Lo ordenada.

No puede ser. No entiendo esta caída al precipicio. Otra vez.

No lo entiendo.

No sé que me extraño. Pasó cuando se fue Elvira. Tocó fondo. Eso no quiera decir que despuntara y se recuperara. Soy un iluso, a veces. Me lo dice siempre mi mujer.

Desvarió un rato. Le dejamos hablar. Nosotros callamos.

Dijo algo de Justin. Sobre el sifonier del salón, vimos un calzoncillo azul, como el que dijo Justin a Didac que le había hecho ponerse. Disimuladamente me levanté y me lo guardé en el bolsillo de la americana.

Es un buen cachorro, dijo. Lástima que no sea mi tipo.

Pensamos que se refería a Justin.

Pues déjalo, dijo rotundo Didac, después de dejar durante unos instantes que el silencio se apropiara de la escena.

Es él. Lo juro. Me persigue.

Ni nos miró al decirlo. Pegó un trago de whisky.

Me quedé mirándolo. Ahora me daba asco. Desaliñado, en camiseta de tirantes de las cutres. Mal afeitado. Como algún día hace no tanto tiempo, me pude liar con ese espécimen. Que desesperado debía estar. Yo. O no. Él había cambiado mucho. O no. Desesperación. La huida de su mujer lo desarmó. No estaba preparado para volar solo y menos cuidar a sus hijos. No lo sé. Me siento tan lejos de él ahora. Nada de hacer el pino en el sexo. Ni de sexo telefónico. Como al principio de este diario. No hace dos años. Mi primer amor. Era mi confidente. Mi apoyo. Era mi refugio de sexo y compañía cuando acuciaba la añoranza por los sueños perdidos en aquel granero de nuestro pueblo. Por mis padres intransigentes. Lo que tardé en aceptarme. El miedo. Todo lo perdido en una vida falsa.

He tenido suerte, lo he pasado. No del todo. Tengo mis momentos. López ha tenido peor suerte. Se autodestruye. Quiere proteger a sus hijos de él. Por eso los echa. No sabe hacer bien ni eso.

Vamos a adoptar a Pol y Oriol. Didac se lo suelta sin anestesia. Es lo que querías desde un principio. Yo callé.

López discutió. Dijo que no, de eso nada. Sus hijos eran sus hijos. Presumió de amor de padre. De que los chicos me necesitan. Repitió y repitió la monserga.

Yo callé. Callamos los dos.

Se levantó de su butaca y paseó nervioso por la habitación. Encendió un cigarrillo. Movía mucho las manos. Llegó un momento en que me hartó tanta falsedad. Lo conocía. Quería salvar la cara. Protestar y poder decir que había sido en contra de su voluntad. Sus ojos decían otra cosa. Estaba feliz. Me levanté y me enfrenté a él.

Diremos que te has opuesto. Haremos el paripé. Pero calla. Te conozco. No me insultes. Y mañana le dirás a Justin que se acabó.

Fue a protestar. Le encaré con el dedo amenazante, a dos palmos de su jeta. Nos quedamos mirándonos un rato. Mi mano temblaba de rabia. De buena gana le hubiera dado de cachetadas. Por imbécil. Se iba a perder lo mejor que tenía en su vida. Había echado a sus dos mejores bazas en su vida. Ahora se quedaría solo de verdad. Con sus hijos despreciándole. Oriol y Pol tenían suerte. Otros casos acaban mal, porque no hay nadie para recoger los pedazos de los chicos. Durante un momento pensé que mis propios hijos podrían haber pasado por algo igual si no hubiera sido por su madre. Tuvieron suerte de que fuera Teresa y no Elvira. Me agobié pensando en la posibilidad de que las cosas hubieran sido distintas y haber sido yo el que cayera en el abismo.

Didac se acercó a mi por detrás. Me tocó suavemente el hombro. Tardé en darme cuenta. Me relajé. López hizo lo propio. De repente parecía mucho más pequeño. Pero liberado. Volvió a su butaca, volvió a su copa.

Nos dimos media vuelta y nos fuimos. Me costó ponerme el abrigo. Temblaba de rabia, de impotencia, de miedo. Estaba asustado. Por el pasado. Por lo que podía haber sido de mí y de mi familia. Si Teresa hubiera muerto en aquel accidente que tuvo, por ejemplo. Aquellas semanas de convalecencia casi acaban conmigo.

Ya en la calle me senté en un banco. Estaba nevado, pero no me importó. Didac se sentó a mi lado y rodeó mi hombro con su brazo. Fue pegándose a mí poco a poco. Hasta que hundió mi cabeza en su pecho. Cuanto ha cambiado Didac en poco tiempo. Antes tan parco en gestos así. Tan aparentemente desapegado de la gente. Carantoñas son pamplinas, parecía decir. Sexo y ya. Amigos y ya. Dejar correr el aire durante el día, salvo si se trata de un buen polvo. Ahora me acuna. Me abraza. Desde que empezamos a intimar, hace ya unos años, me demostró siempre su apoyo, su presencia, pero con una distancia. Cuando empezamos nuestra relación, fue poco romántico, dejando correr el aire salvo en el sexo, que ahí sí, estábamos bien pegados. Creo que me quiere de verdad. Me ama de verdad. Me ama. Que suerte tengo. Me ama tanto que ha ido cambiando sus costumbres por mí. Casi imperceptiblemente. Hasta ese momento no fui consciente de todo ello. De la suerte que tenía, que tengo, de que esté junto a mí en la vida.

Deberé darles las gracias a todas esas parejas frustradas que me dejaron. Si no hubieran huido de mi lado, ahora no estaría con él. A pesar de que es del Barça. Aunque quizás con el tiempo le cambie de acera en ese punto.

Me solté del abrazo de Didac. Le sujeté la cara con mis manos heladas y le di un beso en los labios. Le acaricié las mejillas. Le sonreí. Le dije “Gracias”. Le dije: “Te amo”. Y él me dijo: “Te amo, Néstor”. No dijo “Yo también”. Dijo: Te amo, Néstor.

Volvimos a casa caminando despacio. Nevaba y el suelo estaba resbaladizo. Pero Didac me sostenía.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 66ª entrada.

Quisiera hablar del Madrid y de la temporada tan frustrante que está haciendo. Por mucha Champions que gane, si la gana. Quisiera hablar de Morata, que me gusta mucho, aunque no triunfe en el Chelsea. Poner unas fotos de Morata estaría bien, tatojimmy. El Madrid sin Morata no ha triunfado y Morata sin el Madrid, tampoco. Ahí lo dejo. Quisiera hablar de hombres famosos con los que tendría un affaire. Quisiera hablar de que en el día que toca, estoy sentado en el sofá, con Didac recostado sobre mí y que nos besamos mientras escuchamos un poco de música. De que así pasamos la tarde. Y la mañana. El finde.

Luego el bar y el partido. Yo del Madrid, Didac del Barcelona. No se puede ser perfecto, le digo siempre. Y me jode porque este año gana la liga, puede que la copa. Menos mal la debacle de la Champions .

No. no hablaré de eso. No ocurre eso en mi vida, que más quisiera. Justin me lo impide.

Oriol.

Sergio.

Pol.

Todavía estoy con eso. Me cuesta contarlo. Me costó vivirlo. Me cuesta aún hoy.

El tema se complicó.

Justin.

Didac volvió descorazonado. Habían ido a un concierto. Uno exclusivo, un pianista de postín para el que no había entradas desde hacía meses. Didac tiró de contactos. Su contacto era el propio pianista de postín. Un tipo encantador, comimos los tres juntos. Después del concierto, Didac y Justin fueron a saludarlo. Justin alucinaba; no le habíamos contado que lo conocíamos. Incluso luego tocaron algo juntos, una pieza a cuatro manos. Didac dice que les salió bien.

Luego se fueron a cenar. Solos Didac y Justin.

Justin está enganchado de López, alucina. Es la conclusión.

Me quedé mirándolo mientras Dídac tenía la mirada perdida y movía fracasadamente el vaso con el whisky que se había servido.

Dice que no puede evitarlo. Que queda con él. Que hacen cosas. Que le gusta.

No me pone una pistola en la cabeza. Dice.

Dice que le pone a cien.

Dice que ya sabe que no está bien, pero no puede evitarlo. López le dice de quedar a esta hora y aunque no pueda, él va. No puede evitarlo. No puede. Que le dice que lleve un calzoncillo azul, él se pone un calzoncillo azul.

Dice que suspira por un beso de él, que López no suele dar muchos besos, salvo la noche de marras.

Dice que se le erizan los pelos de su cuerpo pensando en la próxima vez.

Dice que está obsesionado con López.

Dice.

Didac se ha quedado callado. Triste como pocas veces le he visto. Desarmado.

No podemos ir a ver a su madre. El resultado de nuestra primera visita fue decepcionante. El problema para ella era que fuera homosexual, no que le hubieran agredido. Que sepamos, no ha hablado para nada con su hijo del tema.

Justin no nos va a hacer caso. Si lo presionamos, se alejará y no podremos ayudarle. No he visto nunca algo así, y tengo mucho mundo en el sexo, te lo aseguro. He visto casi de todo. No lo he visto con alguien de 16, aunque con algo mayores sí. Pero luego llegará la primera torta y Justin sentirá que la merece. Y llegará otra, y otra. Lo tendrá en sus manos. Es embriagador sentir que tienes el poder sobre alguien, el poder total.

Lo he visto, Néstor. López es de esos o está en ese momento de la vida que se la suda todo y no controla su vida. Está en barrena y le da igual llevarse a Justin, a sus hijos, a Ramírez JR, su vecino, que me han dicho algo por ahí.

Didac estaba desbordado.

No te pongas en lo peor. A lo mejor López se cansa y lo deja. No le gustan tan jóvenes. Lo hace por fastidiar.

¿A quién?

Nos quedamos pensando.

Y Ramírez Jr. No es mucho mayor que Justin. Veinti-alguno, apunté. NO es mucho, dijo Didac. Pero es una diferencia grande. En esos años al menos.

¿Y todo lo hace por obligarnos a quedarnos definitivamente con los chicos?

¿Tanto le estorban? ¿Tú crees? Son sus hijos. Un día los quiso.

Callamos un rato.

Llama a tu abogado, le dije. Que mire lo de los apellidos. Lo de una adopción en regla. Vamos a jugar esa carta.

¿Y Elvira?

No sabíamos de Elvira desde aquel intento de llevarse a los chicos. Durante un tiempo llamó de vez en cuando. Hacía tiempo que no sabíamos nada.

A lo mejor los chicos sí y no lo han comentado.

Nos acercamos a hablar con Oriol. Nos dijo que no sabía nada de su madre. Que le había mandado un wasap de esos virales por navidad. Y poco más.

Habíamos pensando en lo de la adopción y los apellidos. Lo que dijisteis.

Se le iluminaron los ojos.

Llamaremos al abogado.

Miré a Didac.

Vamos a hablar con López.

Nos pusimos las botas y nos fuimos. Empezaba a nevar.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 65ª entrada.

La tormenta perfecta. Eso es lo que había desencadenado López en noche vieja. Pol confía en su amiga Flor para grabar la escena de su padre. Ésta “que fuerte que fuerte”, lo interpreta a su manera y hace correr el vídeo. En él López le espeta a su hijo que está celoso de Justin. Conclusión: todos piensan que Justin es un capullo que deja a Pol por su padre. Justin en un momento pasa de ser una víctima a ser un cabrón.

Oriol se arregló con Gonzalo.

Mi hijo Sergio se fue unos días, le reclamaban en su empresa. O huyó. Seguramente consideró que su asedio a Oriol no iba a tener éxito. No iba a sacar más que sexo de él. Si es que lo sacaba.

Didac se fue unos días. Trabajo. Regresó.

Hablé largo y tendido con Oriol. Resulta que sí, le gusta mucho el sexo. Pero mucho. Y lo practica. Sexo cada día, parece su lema. Con ambos sexos. Su paga se la gasta en preservativos. Al menos, algo bueno.

Sergio está colado por mí, me confiesa. Siempre lo ha estado. Pero no me decido. Me aburriría de hacer sexo siempre con el mismo. Y me lo he montado de nuevo con Gonzalo. Esta vez ha ido muy bien.

Vale. Así que se han arreglado tan rápido.

Didac se ríe cuando le cuento todo esto. Se ríe de mi cara de susto.

No nos hemos enterado de nada de esto, me quejo.

Es que Oriol no da el pego de follador a ultranza, dice riéndose a carcajadas.

¿Nosotros lo damos? Pregunté. Volvió a reírse. Yo sí, tú… y dejó en el aire la respuesta. Le tiré mis calzoncillos que me acababa de quitar. Nos íbamos a dormir. Los cogió al vuelo y los olió. Me puse caliente, así que me lancé sobre él. Dormimos poco esa noche.

Pol y Justin.

Nos repartimos la tarea: yo hablé con Pol y él con Justin.

Pol.

Me lo llevé al cine. Vinos “Dunquerque”. Luego, pizza. Estuvo cabizbajo. Sabía por qué nos habíamos ido los dos solos. No quería hacerse el duro, pero estoy convencido que no sabía como estaba, ni lo que sentía. Estuvo todo el rato pensando que decirme.

Me habló de su padre. Había sido el niño de papá. Oriol el de mamá. A los 9, le pilló en un chat con un tío. Más tarde, le pilló unas fotos conmigo. Lo supo, aunque se lo guardó. No le gustaba que engañara a su madre, pero pilló a esta con uno. Pensó que era lo normal. Cuando su madre se fue y su padre cayó en ese estado catatónico, se le fue el alma a los pies. Necesitaba a López. Deseaba que se centrara y volver a casa con él. Yo te quería mucho, y te agradecía que nos sacaras de allí, pero… aquel chico, Eduardo, no era para ti, por cierto. Te la pegaba con otro del banco. Los vi un día. Ahora están juntos, los vi antes de navidades. Es un jefazo. Alguna vez lo he visto contigo, en la oficina.

Mantuve la compostura después de esa confesión. De todas, en realidad. No me hacía gracia que confesara que había pillado unas fotos mías y de su padre a los 9 años. Puto López. Tampoco me hacía gracia que confesara que Eduardo me la pegaba con otro, cuando me perseguía insistentemente e intentaba meterse en mi vida a toda costa. Soy muy inocente, está claro. Y encima que estuviera con un “jefazo”, como decía Pol.

Mejor día que año nuevo para intentar que su padre cambiara, no había. Así que fue en su busca. Pero lo pilló ligando, ya borracho. Decidió seguirlo. Le daban calabazas siempre. Hasta que se encontró con Justin. Tuve la sensación de que no era la primera vez, sabes Néstor. Justin tiene 16. López no se lo puede montar con un adolescente. Me hirvió la sangre. Le dije a Flor que nos sacara el vídeo. Fue patético. Luego, cuando Flor dejó de grabar, intentó acercarse a mí. Olía a whisky barato, me dio asco. Y te juro que percibí como si Justin tuviera celos. Como si quisiera a López para él. O a mí. Y te juro que nunca me lo he montado con él, ni ganas. Es mi colega, nada más.

Me sentí tan mal, que me pedí un cubata. Me lo bebí de un trago. Joder, que asco. Enseguida me dio vueltas todo. No bebo. Lo sabes, papá. No me mola. Joder.

Allí en el jardín, sentados los dos, me di cuenta que te quería. Que habías renunciado a tu vida tranquila por cuidarnos, cuando no tenías que hacerlo. Eras un amigo de la familia que nos caía bien a Oriol y a mí, pero no tenías que llevarnos a tu casa y darnos de comer, ni comprarnos la ropa ni aguantar nuestras neuras ni salir en noche vieja para sacarme del pozo. Lo hiciste. Sin que tuvieras ninguna obligación.

Salimos de la pizzería. Le acerqué a mí y lo abracé. Así fuimos hasta casa. Callados. Pensé en lo que me había perdido con mis hijos por tener miedo. Por dejarme condicionar por mis padres. A Sergio lo había recuperado. Pero ya era difícil meterme en su vida, que compartieran sus problemas conmigo. Ya era tarde para salir por la noche a ayudarlos. Acabar abrazados. Tampoco me lo pedirían. Pensé en lo que nos condicionan los extremistas, los que quieren que seamos como ellos determinan. Estas reglas y si no, al infierno. ¿Y el amor? ¿Y la vida? No hagas daño a los demás, joder, por como piensas. Respeta a los que no son como tú, los que no creen en lo mismo que tú. ¿Qué daño te hacen?

Al llegar a casa, Pol me dio un beso en la mejilla. Justin necesita ayuda, me confesó. Sabes algo, le pregunté. Lo conozco, dijo lacónico.

Didac está en ello, le contesté. Bien, exclamó mientras se iba a su habitación.

Me senté en el salón a esperar a Didac.

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Néstor G.