No me dejó salir de casa.

Quise bajar, salir a la calle, nadar en la muchedumbre que se pelea por felicitar la Navidad más alto que el de al lado. De beber y brindar con cava, cerveza o con lo que se terciara, por lo buena que es la gente, por la Navidad, porque el niño Dios nació en Belén hace un par de miles de años; brindar porque el año pasado fue un año desastroso, horrendo, con mucha gente pasándolo mal, y con mucha muerte alrededor, y este nuevo año que llegará en unos días, a poco debe ser un año cojonudo en comparación.

Lo quise hacer con un gorro de Papá Noel, o de Santa Claus, aunque creo que me quedaría mejor el turbante del Rey Mago. En realidad no me queda bien ninguno de ellos, pero es Navidad.

Quise besar y felicitar a todos los desconocidos que me encontrara en la calle, y a todos los conocidos también, sin rencor ¿eh? Es Navidad. Quise… quise bajar a la calle y nadar en la muchedumbre, dejarme llevar, sonreír… pelearme por felicitar la Navidad más alto que el de al lado… y con más efusividad y con más originalidad.. dar más besos que nadie, más apretones de mano, más abrazos de los de palmadas en la espalda… decir más “a ver si nos vemos más a menudo” a los conocidos que solo encuentras el día de Nochebuena por la tarde… “nos llamamos ¿Eh?” y hacemos el gesto con la mano que imita a un teléfono después de despedirnos efusivamente, como si de verdad tuviéramos intención de llamarnos, u un mínimo interés en contarnos algo.

Quise hacerlo, quise socializar con el mundo, o al menos con la ciudad en la que vivo, con sus gentes, mis vecinos y/o amigos.

Pero él no me dejó.

No, no me dejó.

Él me observaba desde el sofá mientras yo me preparaba. Él estaba tumbado tapado solo con una pequeña manta de viaje que apenas le cubría las piernas. Me miró con esa cara del niño que cuentan, él mismo cuenta, que se perdió hace ya muchos años, pero que yo sigo viendo en sus ojos, en su mueca de pillastre, en su sonrisa iluminada por la ilusión y en las ganas de luchar, pero sobre todo por esas ganas de amar que tiene.

Miré esos ojos marrones, miré su barba de unos días… y me quité la ropa de nuevo y me acurruqué junto a él, en el sofá.

Apenas cabíamos los dos… nos apretujamos el uno junto al otro… nos tapamos con la mantita… un poco pequeña, sí. Un suave beso en los labios. Dos. Tres.

Mi corazón latía contento, y notaba como él palpitaba de felicidad. Notaba su respiración en mi pecho. Cerré los ojos y sentí la felicidad.

Casi anochecía cuando él se levantó. Lo seguí con la mirada mientras iba a la cocina y traía unos platos de canapés, un poco de queso y un par de copas de las altas. Le vi caminar desnudo con la botella de cava que acababa de sacar de la nevera. Me miró de esa forma en que me mira, con ese niño asomando… ese niño qué él dice que hace tiempo que dejó en la carretera… aunque yo lo sigo viendo en sus hoyuelos, cuando sonríe. Me sonrió… y yo sonreí… esos hoyuelos. ¡Qué felicidad! La sentí dentro de mí… y casi no la pude soportar.

Me acurruqué contra el respaldo del sofá para que él pudiera sentarse a mi lado. Me acercó la copa, me incorporé un poco… abrió la botella… ¡bum! El corcho salió disparado hacia el techo. Casi se escapa el cava, pero acercó la botella a su boca y bebió las burbujas que salían… aunque algo le mojó el estómago y las piernas… muy poco que yo me apresuré a recoger con mis dedos y repartirlo entre sus labios y los míos… como repartí una mirada boba que me salió… él llenó las dos copas, de las altas… nos gustan más… levantó su copa mirándome… mirándome a los ojos, mirándome dentro… yo levanté la mía… mirando a sus ojos, mirando dentro… viendo al chico de apenas 18 años que escondía ese cuerpo de casi 60 y con el que llevo casi 30 años. 30 años.

– Por ti – dijo.

– Por ti – dije.

– Te quiero – dijo.

– Te amo – dije.

Sonreímos y chocamos las copas.

Bebió un sorbo de cava. Y yo bebí el mío.

Me incorporé un poco más para acercarme a sus labios y los besé. Él se levantó de nuevo y encendió el tocadiscos, eligió un vinilo y lo puso: Edith Piaf – L’Hymne a l’amour

No eché de menos las felicitaciones en la calle, ni los gorros de Papá Noel de los demás… que yo seguía con el mío… ni eché de menos a los desconocidos, ni a los conocidos, ni el mercadillo, ni la pista de patinaje a la que íbamos a ir… un día hicimos planes… se me olvidó mi decisión de bajar a la calle, y de nadar entre la muchedumbre, de beber cava en los sitios de costumbre.

– Te amo – me dijo.

– Te quiero – dije.

Y bebimos otro sorbo de cava.

Nos sentamos en el sofá, arrebujados, y con la mantita. Bebíamos sorbos de cava, comíamos algunos canapés y emparedados.

– Feliz Nochebuena, amor – dijo.

– Feliz Navidad, cariño – dije.

Chocamos nuestras copas, nos miramos, sonreímos… y apuramos el cava.

Diario de un hombre sin nada que contar. 59ª entrada.

Didac se fue de viaje. Otra vez.

No volvía por Navidad. Iba dónde su familia. Con hermanos, padres, tíos y su abuela Obdulia.

Nos dimos un beso y nos despedimos. Fingí que no me importaba. Se fue apresurado, apenado. Te echaré de menos, dijo. Te quiero, dije. Un beso. Otro beso.

Fingí y sonreí. Dije adiós con la mano, como en las películas. Ridículo, lo sé. Decir adiós con la mano, en el salón, él en la puerta.

Los chicos dijeron que se ocupaban de la cena y eso. Me fastidió, porque me hubiera gustado ocuparme a mí. Por lo de cabeza de familia, el orgullo y la mente ocupada. Unos días antes, me dijeron que su padre se había empeñado en que fueran con él. Me fastidió más.

Teresa insinuó que venía. Lo hizo un mes antes. No dijo nada más.

Ya no recuerdo casi nada de las Navidades del año pasado. Estaba ese compañero del curro, creo. ¿Cómo se llamaba? Fue cuando los chicos vinieron a casa, porque su padre había dimitido de sus funciones. Estaban tristes, pero lo pasamos bien. Y aquel chico que me conquistó, pero se asustó.

Dídac no estuvo. Se fue con su novio de entonces. Conmigo de novio se va a ver a su familia. Curioso.

De repente, mis Navidades familiares se han convertido en Navidades solitarias, como antes.

Bajé al bar de siempre a tomar una cerveza. Feliz Navidad por aquí, feliz Navidad por allá. El chiste de ¿vas a pasar la Navidad bien o en familia? Yo bien gracias, más solo que la una. O que las dos y las tres, y las cuatro, y ya está. Solo. Hasta las mil.

Que suerte, me dicen todos.

Que suerte pensaba yo entonces.

Pero ahora necesito a los chicos. Y a mis hijos. Y a Dídac. Y a Teresa. Necesito convertir la casa en un hervidero de gente. Los amigos de Oriol y Pol. Vane y Justin. Kike y Ramiro. Isabella y Fresa. Y Libertad. Y Ricardo y Borja.

Joder.

Subí a casa y me encontré a los chicos. Malas caras. Sentados en el suelo del salón, a oscuras. Opté por hacerme el tonto y agradecerles que hubieran venido a pasar la nochebuena conmigo. Les abracé y les di un beso en la mejilla. Olían a hundimiento de barco.

Llamaron a la puerta.

Era Teresa.

Toma ya. Sorpresa. Me sonrió y me tendió los brazos. Le cogí las manos y las guié para que me abrazaran. Me dio un beso en los labios y recostó su cabeza en mi hombro. ¿Tu equipaje? Pregunté. Estoy en un hotel, no te preocupes. ¿Cómo vas a ir a un hotel? Déjalo, Néstor, por favor. Es mejor. Lo prefiero.

No hay nada de cena, dijeron los chicos.

Vamos a preparar algo.

Abrí la nevera. Estaba repleta. Creía que los chicos gastarían parte del presupuesto que les di para la cena y comidas de Navidad y que otra parte se la guardarían. Por como estaba la nevera, no debía haber sobrado muchos.

¿Habéis invitado a alguien? pregunté por si acaso. Luego se pasará algún amigo, dijeron.

El timbre de la puerta.

Más visitas inesperadas. Ojalá fuera Didac, pensé. Pero era Sergio, mi hijo pequeño. Sorpresa. Oriol saltó de la silla, como si hubiera tenido un resorte. Pol miró a otro lado cuando se fijó en que lo buscaba con la mirada. Si están juntos, que lo digan, le susurré a Teresa. Es complicado, me contestó. ¿Me lo explicas? Otro día. Preparemos la cena.

Nos pusimos a ello. Miraba a Pol y lo veía triste. Será por López. Tiene la esperanza de recuperar a su padre. Lo sé. No dice nada, pero se le nota. Medité el hablar con él, pero no me atreví. No quise romper el ambiente.

Didac llamó.

¿Vienes a buscarme? El coche me ha dejado tirado.

Anda.

Quería darte una sorpresa, confesó. Me la has dado, respondí. Voy yo, se ofreció Sergio cogiéndome las llaves del coche. Cuando han llegado, todo preparado. La mesa puesta. Justin, el amigo de Pol, se apuntó a última hora. Su madre trabajaba, se iba a quedar solo.

Lo abracé y lo besé. A Didac, no a Justin. Con rabia, con ganas, con el alma. Me faltaba el aire. No me he dado cuenta de lo que lo necesitaba hasta que lo he visto entrar en casa.

¿Y tu familia? Atiné a preguntar. Se habrán decepcionado. Nunca he pensado en ir. Esta Navidad la quería pasar contigo.

Cenamos a gusto. Lo pasamos bien. Una cena como muchas. Una reunión como muchas. Con mi familia. Mis chicos, mi novio, mi mujer, mi hijo. Nos reímos. Luego se pusieron a jugar al Monopoly. Yo me senté en mi butaca y los veía a distancia. De vez en cuando se levantaba alguno y se acercaba a contarme las incidencias del juego. Ganó Teresa, para enfado de Didac. No le gusta perder.

Se sentó sobre mis piernas y se acurrucó. No fue fácil, Didac es alto. Y así nos quedamos un buen rato, escuchando música. Mientras los chicos hacían un chocolate y Teresa regresaba a su hotel.

Creo que esta nochebuena he sido feliz. Al menos lo he rozado. La primera nochebuena realmente feliz. No está mal. Ya llevo muchas sobre mis hombros. Y no ha sido nada especial. Una nochebuena de alguien que no tiene nada que contar.

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Néstor G.