Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (y 38).

Para ponerse al día con el relato.

—-

– El “Sol de invierno” cerrado al público. Te lo dije.

Ernesto y Arturo salían del portal cogidos del brazo.

– ¿Ves? Está la puerta abierta. Vamos a tomar algo. ¡Te lo dije! – se burló Ernesto.

– Vamos – Arturo estaba aliviado, porque no le apetecía encontrarse a gente y andar por la calle.

Ernesto abrió la puerta, y dejó pasar a Arturo delante. Estaba todo oscuro. Cuando de repente, se encendieron todas las luces y una lluvia de globos y confetis cayeron sobre Arturo.

– ¡¡Feliz cumpleaños!!

Se giró como un resorte para salir del local, pero su tío lo miraba decidido y sin ninguna intención de apartarse y dejarlo salir.

– Es mejor así. Están todos. Así nos quitamos las explicaciones de un golpe.

Lo dijo pero no abrió la boca. Arturo lo escuchó, pero no hubo ningún sonido que llegara a sus oídos.

– No estoy preparado, Ernesto. No me hagas hacer esto.

– Sí, debes hacerlo. Estaré a tu lado. Y Kevin y Darío. Y Sergio. Si alguien es pesado, ellos se encargarán. O yo. Debemos pasar por esto, y además te prometí una fiesta de cumpleaños si te quedabas en este nivel de la vida.

– ¡Hola!

Ernesto se dio la vuelta. Le había resultado conocida la voz, pero no la situaba.

– ¡Que sorpresa!

No pudo evitar decirlo ni expresarlo en su cara.

Kevin y Darío se acercaron a Arturo, le cogieron cada uno de un brazo y se encargaron de él, acompañándolo por todo el local.

Ernesto se quedó mirando a Álvaro, el chapero.

– Es que suelo venir… – empezó a disculparse pero no siguió porque a él mismo le sonaba a “barato, escusa barata, a dos euros, barato”.

Ernesto no dijo nada. Solo pensaba. Recordaba la primera vez que lo llamó. Pero no recordaba como lo encontró, si en un anuncio en algún lado, o en alguna página especializada. O a lo mejor algún amigo. El caso es que Álvaro apareció en su casa espléndido. Cuando abrió la puerta y se lo encontró en el descansillo, se quedó tan entusiasmado que ni siquiera le salió el “¡Ah!” con el que tanto se metía Arturo.

Nada más entrar se desnudó y fue a besarlo. Pero Ernesto lo paró.

– Ha debido haber un error, yo te había llamado para que me ayudaras con las correcciones. He pedido un secretario.

– ¡Ah!

Le gustó a Ernesto la respuesta. Le sonó familiar.

– ¿Escribes a máquina? Perdona, no es máquina, es ordenador. Pero… ¿Sabes leer y escribir? No vaya a ser que… – El chico puso cara de fastidio e incluso de enfado – me he pasado con … – Ernesto reculó – Si quieres todavía el trabajo, tienes ahí el portátil.

El chico fue a vestirse de nuevo.

– No, déjalo. Si ya te has desnudado, para que te vas a vestir. Estás muy bueno.

– No es para tanto, si vieras alguno de mis compañeros…

– ¿Por qué te quitas mérito?

– Pues porque es verdad, no tengo un cuerpo…

– No tienes músculos, pero a mí me gusta así. Tendré derecho a que me guste un cuerpo como el tuyo y no uno de esos que te rompas los dientes al intentar morder ¿no?

– No, si no digo nada, no se enfade, yo…

– ¿Y me tratas de Usted? Pero ¿Tan viejo me ves?

– Es, por… es me estás poniendo nervioso, primero con lo del secretario, y luego con lo del desnudo, y luego, es que ya no sé ni dónde estoy, y dentro de poco no sé si me llamaré Sergio o Álvaro.

– Álvaro, te llamas Álvaro.

– ¡Ah!

– Me gusta esa respuesta.

– ¡Ah!

– Siéntate y te voy dictando. Me encantas.

Pasaron toda la tarde y parte de la noche escribiendo. Escribía bien y era educado y culto. Cenaron frugalmente, más que nada porque la economía de Ernesto empezaba a estar un poco perjudicada y debía guardar el dinero para pagar al chico. Aunque al final, a Álvaro, misteriosamente se le olvidó cobrar.

Y la siguiente vez también. Mintió a Arturo. En realidad fueron varias tardes las que fue su secretario desnudo a ayudarlo. Y en ninguna acabaron en la cama. Ni siquiera cuando idearon la estratagema para echar de su lado a Germán.

– Estaba preocupado porque no me llamabas. Pensaba que a lo mejor había hecho algo mal. Te he llamado pero… – le costó decirlo, pero al final lo hizo.

– ¿Me perdonas? Pero que conste que me he acordado de ti. Te he sacado en una de mis novelas. Y en los relatos..

– ¿Era yo?

– ¿Los has leído? – Ernesto sonrió – o sea que eres tú el que lo ha leído – le encantaba esa broma de falsa modestia que repetía con frecuencia y que solía conseguir que los que le acompañaban pusieran cara de fastidio.

– Si se ha vendido mucho, y los relatos en el periódico han sido… – Álvaro no entendió la broma.

– Estoy pensando que podíamos empezar de nuevo.

– ¿De nuevo?

– Sí, sal de la cafetería y vuelves a entrar. Nos chocamos y nos presentamos. Y sonreímos y nos quedamos mirándonos como embelesados, como si nos hubiéramos enamorado a primera vista. ¿Te has enamorado de mí?

– ¿Eh?

– Venga, vamos a hacerlo, me mola la idea. Dale gusto a este pobre escritor.

Álvaro se volvió hacia la puerta, pero se giraba cada dos pasos. No estaba seguro del juego de Ernesto, y que no se tratara de una estratagema para quitárselo de en medio. Al final decidió que si era así, sería la señal que necesitaba para empezar a olvidarlo porque no iba a ser posible llegar a nada con él. Como casi todos, lo habían utilizado cuando lo necesitaban, y luego, se olvidaban de él. Al fin y al cabo era un chico de compañía, nada más. Alguien al que se le pagaba por unas horas o el tiempo que fuera y punto. Pero en este caso, Álvaro se había enamorado, cosa que no le había pasado nunca. Y le dolía que para Arturo solo fuera eso, alguien al que alquiló por horas.

Salió de la cafetería y dejó que la puerta se cerrara sola, despacio. La luz de la calle le hizo daño, hacía sol. Entrecerró los ojos y miró la puerta, cogiendo fuerzas. Respiró profundo y la abrió dispuesto a entrar y decantar su suerte.

Al entrar de nuevo, ahora fue al revés. La penumbra que había en el local le impedía ver. De repente sintió que alguien se abalanzaba sobre él, desequilibrándolo, no pudiendo evitar caer al suelo. Ese mismo alguien le ayudó solícito a levantarse.

– Perdone, es que no le he visto, ya me…

Ahí fue el momento en que sus miradas se cruzaron. Ernesto sonrió. Primero con timidez y luego se convirtió en una sonrisa franca, sorprendida, alegre, esperanzada.

– Me llamo Ernesto.

– Yo Elías.

Ernesto levantó las cejas. (Sergio) (Álvaro) Elías sonrió pícaro:

– Nom de plume.

– ¡Mon Dieux! ¡C’est incroyable!

Arturo, desde el otro lado del local, y mientras hablaba con sus compañeros de clase y les explicaba, siempre vigilado por alguno de sus “guardaespaldas”, no perdía detalle de las andanzas de Ernesto.

– ¿Pero que hace el escritor? – le preguntó Darío al oído. Aunque fue Sergio el que le contestó:

– Pues una de sus historias. Está conociendo a su próxima pareja con emoción.

– Tú sabes mucho – le dijo un poco mosca Arturo.

– He leído todo lo que ha escrito – se excusó Sergio.

– ¡Ah! – respondieron Arturo, Darío y Kevin al unísono.

– Deberíais hacerlo. Lo conoceríais mejor – les pinchó Sergio.

Arturo enarcó las cejas y se quedó estudiándolo. Pero cuando Sergio le guiñó un ojo, no pudo más que echarse a reír y chocar palmas con él.

– Fue Ernesto el que tomó la iniciativa y se inclinó a darle dos besos a Elías.

– ¿A qué te dedicas? – Preguntó Ernesto cogiéndolo del brazo y guiándolo hacia donde estaban Arturo y los demás.

– Soy secretario de escritores.

– ¿Ah sí?

– ¿Y tú a qué te dedicas?

– Pues casualidades de la vida, soy un escritor en busca de secretario.

Esto último ya lo escuchó Arturo.

– ¡Qué manera más fácil de despedirme como secretario! ¡Qué poca consideración! – se quejó Arturo.

– Ya estamos con que si la abuela fuma… te presento a Elías.

– ¿Elías? ¿No se llamaba Álvaro, que antes se llamaba Sergio?

– Álvaro es un “Nom de plume”.

– ¡Oh, lá, lá!

– Estoy aquí ¿eh? – anunció Elías para que dejaran de hablar de él como si no estuviera.

– Perdón. Es mi hijo Arturo.

– ¿Él que estaba enfermo y al que querías tanto?

Se estrecharon la mano.

– Escucha, escucha… ¿Qué es eso? Parece una canción…

En un lado del local, había una pequeña tarima. De allí empezaba a salir la música. Las luces del resto del local se apagaron, y todos fueron buscando un sitio para sentarse y ver.

– So, Oliver Twist, you’re coming with me – dijo un chico vestido de época y con chistera.

– Are you sure Mr. Fagin won’t mind? – preguntó un chico vestido con harapos y la cara tiznada de negro y que tenía un curioso parecido con Tomás.

– Mind!

Y ahí, en ese momento, el otro chico que se parecía a Manu, uno de los mejores amigos de Tomás, de los de siempre, y que cantó junto a él en “Billy Elliott” el musical que hicieron en el colegio por Navidad, empezó a cantar.

Consider yourself at home.
Consider yourself one of the family.
We’ve taken to you so strong.
It’s clear we’re going to get along.
Consider yourself well in
Consider yourself part of the furniture.
There isn’t a lot to spare.
Who cares?..What ever we’ve got we share!

If it should chance to be
We should see
Some harder days
Empty larder days
Why grouse?
Always a-chance we’ll meet
Somebody
To foot the bill
Then the drinks are on the house!
Consider yourself our mate.
We do’t want to have no fuss,
For after some consideration, we can state…
Consider yourself
One of us!

Consider yourself…

Tomás interrumpió a Manu para preguntar:

– At home?

Salieron más personajes a escena. Hablaban todos con todos, cantaban, se replicaban. Arturo los miraba embelesados. Intentaba contener las lágrimas… “Joder, llorar otra vez hoy, no, ñpor favor”. Pero tener la oportunidad de ver a su hermano actuando, después que no hubiera podido ir a la obra del colegio, de ver como habían ensayado “Oliver Twist” para hacerla en su fiesta sin poder comprobar los resultados…

De repente bajaron del escenario. Por un lado lo hacía Oliver y por el otro Dodger. Y el resto del elenco se repartieron para seguirlos. A cada uno que iban encontrando, le unían a la fiesta. Llegaron dónde Arturo. Fue Tomás el que lo hizo. Le cogió del brazo y tiró de él. Arturo se resistió pero… al final la persistencia de Tomás lo convenció. Y acabaron todos cantando.

If it should chance to be
We should see some harder days,
Empty larder days,
Why grouse?
Always a chance we’ll meet
Somebody to foot the bill.
Then the drinks are on the house.

Consider yourself our mate.
We don’t want to have no fuss
For after some considertaion we can state
Consider yourself…
One of us!!

Los actores acabaron todos juntos, señalando a Oliver. El resto prorrumpió en aplausos. Manu se llevó los dedos a la boca y silbó con ganas. Ricardo, otro de los amigos de Tomás le secundó.

– ¡Y en inglés! – gritó alguien al fondo.

– Feliz, feliz en tu día…

Empezó a sonar la música. Los actores se fueron apartando hasta que al fondo del escenario, se pudo ver una enorme tarta que llegaba sobre una mesa con ruedas. La empujaba un Julio sonriente vestido también de época, como los pasteleros del siglo XIX.

– … amiguito que Dios te bendiga…

Arturo miraba todo con la boca abierta. Se llevó las manos a la misma para tapársela o para mostrar todavía más su sorpresa y su emoción. Detrás de la mesa y de Julio venían Sergio, Kevin, Rufus al que hasta ese momento solo había visto en Mundo Maravilloso al igual que Roberto. Venía Darío también, y Teresa, y África una chica que dejó de jugar a Príncipes y Princesas. Y detrás de todos, el último, casi tapado por los demás, el escritor que traía en brazos a Oriol, el chico de los ojos enormes, que solo podía andar por si mismo en Mundo maravilloso, porque una enfermedad en las piernas le tenía recluido en una silla de ruedas en el mundo real.

-… que reine la paz en tu día…

– … y que cummmmplas, muuuuchos más.

– Sois unos cabrones – repetía Arturo una y otra vez, aunque nadie le oía porque los aplausos y los vítores apagaban cualquier otro sonido – y tú el más cabrón de todos, que has organizado todo esto – le decía a Ernesto, que él sí lo podía entender.

– Ernesto se subió a una silla y pidió silencio.

– Coged todos vuestras copas de cava, por favor. No os asustéis es un cava especial sin alcohol, porque los protagonistas de hoy, que son – miró a Tomás y a Arturo y les sonrió – mis hijos – volvió a callarse para mirarlos – lo más importante de mi vida, son peques todavía.

Hizo una pausa para mirarlos.

– Llegaron sin esperarlos. No los merecía, pero aún así, los ángeles del cielo me los pusieron en el camino. Hemos pasado todos una temporada un poco… – buscaba el concepto – dura. Pero parece que llegan tiempos mejores. Un bonito final para un cuento de Navidad, aunque sea mediados de mayo. Dos estrellas nos miran desde el cielo. Irene e Isabel. Isabel, espero que … tu decisión de confiármelos haya sido lo mejor para ellos, para mí, es un orgullo y un placer… bueno, joder, que me pongo a llorar ahora como un bobo… vosotros no lloréis todavía ¿eh? – dijo señalando a los hermanos que estaban abrazados – Es que… bueno – sacó un pañuelo de papel del bolsillo y se sonó estruendosamente produciendo las risas de la gente. – Que no digo nada más porque al final no voy a poder, y… solo deciros que… os quiero.

Otra vez los aplausos y los silbidos.

– Qué no se me ha olvidado el brindis, chicos… ¡Por vosotros, mis Príncipes!

Y levantó la copa señalándolos y luego hizo extensivo el saludo a derecha e izquierda para abarcar a todos los invitados.

– ¡Qué hable! ¡Qué hable! ¡Qué hable!

No se pudo saber quién empezó a pedir un discurso a Arturo, pero el caso es que al poco estaban casi todos gritando al unísono y batiendo palmas al ritmo. Ernesto lo miraba sonriendo, y lo veía debatirse en la silla en la que se había sentado. No se sentía con fuerzas de hablar, y se lo notaba. Iba a levantar los brazos para pedir calma y silencio y excusarlo, cuando ese mismo gesto lo hizo Arturo apoyándose en la silla para levantarse. Ernesto se acercó de un salto para dejarle que se apoyara en él. Tomás estaba al otro lado, pero él más que servir de apoyo, se abrazó a la cintura de su hermano y apoyó la cabeza en su cuerpo.

Arturo sonrió a Ernesto.

– ¡Hola Tío! – le dijo sonriendo. Le hizo agacharse un poco y le dio un beso en la mejilla. – Me has pillado con las defensas bajas, estoy débil, por eso lo del beso. Pero ya no toca hasta que cumpla los veintitrés y sea mi boda.

Ernesto puso cara de resignación y los invitados rieron la broma.

– No quiero miraros… no quiero, perdón, no sé ni lo que digo… – hizo una pausa intentando relajarse – no quiero hablar mucho porque estoy, es cierto lo de antes, estoy bajo de todo. Muchas gracias a todos por venir y darme esta fiesta que ha sido guay, y sobre todo ver a mi brother cantar y bailar, como no lo pude ir a ver al cole… – le estrujó un poco contra sí – Es un artista ya se lo decía yo a Ernesto – le guiñó un ojo cómplice. – Hoy quiero aprovechar para escenificar la despedida de mi tío postizo, y el nacimiento de mi p…

Pero tuvo que callarse, porque se emocionó. Hundió la cabeza en el pecho de Ernesto y lloró. Movía la cabeza de lado a lado, negando…

– No puedo…

Fue Roberto el vigilante, muy en su papel, el que empezó a aplaudir. Y Teresa lo siguió, y Sergio, Isabel, Rufus, Rosa, Doris… Kevin y Darío que se habían cogido de la mano…

.

– Es una mierda Ernesto. Joder, no sé por qué me has metido en este embolado.

– Querías una fiesta. ¿A qué quería una fiesta? – preguntó al ascensorista que miró para otro lado escapando del compromiso.

– Es una mierda de fiesta, porque no hago más que llorar, y con quién no lloro, me pongo a mil. Tú te crees que el pavo ese, Fernando, e Íñigo, y Kike, y los demás de clase, como si fueran nuevos en la ciudad, ni zorra de que mi madre. Solo el pánfilo de Guiller y Ana. Que me fueron a ver y todo, aunque el tío Germán apenas les dejó “Es que se cansa”, les dijo, casi me levanto y le suelto que el que me casaba era él, no te jode.

– Pues sí que estás cabreado, joder con el Príncipe.

– Es que me joden los pavos esos, tronco, perdona, se me ha escapado, es que joder vienen como si fueran los amigos de toda la vida, súper guays y colegas y tal, que les molo mazo, que soy la leche condensada de guay, y mira que es que “No jodas que palmó tu vieja, podías habernos mandado un wasap”. ¡Alucina!.

– No todo ha sido malo, no jodas.

– Roberto y Teresa, guay. Me ha molado mazo que vinieran desde tan lejos. Y Rufus, su padre se pasó varias veces con Fede, estaba pendiente el Rufus. Y joder, tío, ya te dije que Tomás molaba cantando, ha sido guay, se me ha puesto el pelo como escarpias de … es que mira como baila y se mueve, y Ricar también guay. Y Oriol, ha sido la leche, joder con el ojazos. No sabía que no podía andar… es un crío estupendo. Me gustaría verlos a todos de vez en cuando en la vida real.

– Algo podremos hacer. Kevin y Darío, no hay problema. Rufus, tampoco. Además tendrás que ir a ver a su padre a la consulta. Oriol no vive lejos, así que se puede arreglar.

– Guay

– Pues luego tu hermano y Manu van a cantar otra, una de Billy Elliotttttt.

– ¿A sí? Guay

– Pero es una sorpresa, así que pon cara de sorpresa.

– Guay, yo cara de pasmao.

– Esa la tienes siempre, yo me refería…

– Vale, vale, pondré la cara que me salga.

– Y tú pon también cara de sorpresa, ascensorista.

El ascensorista abrió mucho los ojos y la boca. A los dos minutos se puso la mano tapándose esta última.

– ¿Ves? – le señaló a Arturo – Eso es una cara de sorpresa, no la de pánfilo que pones siempre.

– Te quería decir… joder es que me mola llamarte papá.

– Joder, ahora yo a llorar.

– No tío, no te… pero es que a veces no me sale. No te mos..

– No seas idiota, es que eres joder…

– Te vi cuando Tomás les dijo a sus colegas lo de “Ahora viene mi padre”

– ¿Y no viste nada de la fiesta?

– No, capullo, ya me dirás como me lo ocultaste.

– Va, uno que es un maestro de la…

– Un maestro de mierda, no te des ahora coba.

– Debemos volver, debes acabar el discurso.

– Y tú echarte en los brazos de Álvaro.

– Elías.

– A, sí, coño, que el otro es pseudónimo.

– Nombre de guerra.

– Para eso es mejor el de “nom de plume”.

– En realidad es de guerra.

– Es cierto, no tiene pluma

– ¡Qué bobo eres!

– Escribirá bien, para preferirlo a él como secretario.

– Anda, ahora estás celoso.

– Cómo tú de Jénifer.

– Eso era para picarte. Por cierto…

– No quiero hablar del tema – Arturo fue cortante.

– Vale, vale, la madre del cordero, cualquiera pregunta… pero al menos podías decirme…

– Es boba.

– Pero ha estado pendiente de ti y tal.

– No es para tanto.

– Iba casi todos los días.

– Un par a la semana.

– Oye, no le quietes mérito.

– Es cierto, pregunta a la Rosalía, que llevaba la cuenta. Y además, no hablaba conmigo.

– Eso no lo hacía nadie.

– Tú. Además si me lo mostraste en el cuento de los pósters – Arturo miraba fíjamente a la cara a Ernesto, poniendo los brazos en jarras – Lo que dudo es entre Íñigo y Israel sobre quién me puso los cuernos con ella. No ha venido ninguno de los dos.

– Israel está fuera, con el grupo ese de música en el que toca – dijo sin darle importancia – te mandará un sms luego. Está en Australia.

– O sea que fue… – no acabó la frase.

Ernesto levantó las cejas y se giró hacia el otro lado del ascensor.

– ¿Vamos a algún piso? – preguntó con cara inocente el ascensorista.

– Ahora que lo pienso, como el ascensorista es un personaje, se sigue llamando Álvaro. – anunció Ernesto, como si a Arturo y al propio aludido les importara la cuestión.

– Tardé en pillarlo. No ha venido Chema tampoco, ahora que pienso. El día siguiente de la fiesta de Navidad que me hiciste en el Hospi, sabes, bueno, es que ese día, yo ahí tirado en la cama y tal, sin saber que hacer…

– Pero si no podías hacer nada… ¡Ah! – Ernesto se dio cuenta que su sobrino se refería al tema de despertar o no.

Arturo fue a tomarle le pelo con lo de pillarlas, pero se abstuvo de decir ningún comentario. Solo se lo quedó mirando.

– Pues que ese día – siguió como si nada – Chema no fue, y me imagino que si invitaste a los más cercanos, porque ese día tampoco fue el resto de la peña…

– No podía invitar a todo cristo, era en el hospital. Pero a Chema sí lo invitamos, sí. Además, fue Tomás el que se lo dijo a Ricardo, que al final tampoco vino, por cierto.

– Es que como no vino Chema, al final sus padres no podían ir a recogerlo o algo así, así que no vino. – Pues ese día, Jénifer no hizo más que darle al wasap. Y luego, fíjate, quedó con él.

– ¡Ah!

– ¿A qué alucinas?

– ¡Ah!

– Seré bobo, si lo dijiste en el cuento… si es que ya lo sabías. ¿Desde cuando sabías, que no me dijiste nada? Pero Chema… na, Chema es que es muy amigo de Íñigo. Y no quiere marrones. ¿Desde cuando sabes, papá?

Ernesto puso cara de inocente, pero lo único que consiguió es exaltar más el enfado de Arturo.

– Tú no me viste nada, así que… – movía las manos en alto…

– Tampoco te vi lo de la fiesta. Has aprendido a guardar.

– Me lo has enseñado tú, tomándome el pelo con que era yo el que no ponía interés en mirar, y resulta que eras tú que ocultas lo que te da la gana. Conexión, conexión, pero luego… – Se giró hacia el otro lado dando la espalda a Arturo.

– Tú querías enterarte de lo de Jénifer.

– Y tú también de lo de Jénifer. Y perdona, tus… juegos con Jénifer no me interesan lo más mínimo, salvo para picarte.

– ¿Tan mal te caía?

Ernesto se dio la vuelta para encarar de nuevo a su sobrino.

– No… mira no sé, apenas la conocí. Pero… no fue legal contigo. Y eso no me gustó. Y te lo dije, tenía la mirada turbia.

– Lo de la mirada turbia fue después. Tú sabías ya antes. ¿Qué más me has ocultado?

– ¿Yo? – puso cara de indignado inocente, aunque no le salió del todo sincera, porque Arturo no le creyó aunque no quiso seguir con el tema.

– Debo acabar de hablar.

– Sí – Ernesto la pasó la mano por la cara.

– Vas a ser el mejor padre.

Ernesto puso sus manos cogiendo la cara de Arturo, y le besó en la frente.

– Ya no te voy a pasar en altura – se quejó Arturo.

– Eres peque todavía. Tienes casi cuatro años para crecer. Seguro que sí. Has crecido mucho estos meses.

– Algunos hermanos de mis amigos, a los …

– No seas bobo, que todos no crecen a la vez. Y has crecido mucho estando en coma, repito.

– No sé.

– No eres tan bajo para tener complejo, no jodas.

– No, es por picarte, me gustaría verte desde arriba…

– Serás capullo… vamos, acaba el discurso.

– Álvaro, dale al botón.

– ¡Espera! – gritó Arturo poniendo una mano en el brazo con el que Álvaro iba a pulsar el botón.

– ¿Qué pasa ahora?

Arturo se quedó mirando a Ernesto.

– Sabes… no sé como te lo montaste pero… si no llega a ser por ti, me hubiera ido – no apartaba los ojos de Ernesto – Papá… te quiero mazo.

Ernesto sonrió.

– Creía que no lo había conseguido. Al final lloraré en condiciones. Dale al botón, Álvaro.

– ¡Marchando!

Se cerraron las puertas y el ascensor empezó a bajar.

.

Ernesto obligó a Arturo a levantar la cabeza. Se miraron.

– Vamos, debes acabar – le indicó con suavidad.

Arturo sonrió. Respiró hondo y encaró a los invitados.

– Quiero… escenificar… Sabéis es que a veces la vida parece que te da de tortas, que lo único que te pasa es malo… y… es que… intentas ser fuerte y no lo consigues, disimulas, vas de líder, te ocupas de los demás, de intentar que los que están aquí – se señaló el corazón – estén guay, porque parecen más débiles que uno. Pero cuando te quitas el traje de Superman, pues resulta que estás hecho mierda y que eres tú el que está perdido.

Se calló y bajó la mirada.

– Yo estaba perdido.

Intentó hacer un amago de sonreír, pero le salió un gesto triste y sus ojos volvieron a echar líquido salado.

– Y el escritor, ese que muchos consideraban un loco, un desecho, alguien en que no se podía confiar porque estaba en sus mundos imaginarios, me agarró por el pelo y no me dejó caer. Yo quería caer, insistía, “quiero caer, quiero caer, quiero caer” , lo decía todos los días, a todas horas, pero él, sin dormir durante semanas, meses, sin hacer otra cosa que escribir para poder cuidarnos a Tomás y a mí, y sin soltar mi melena, inasequible al desaliento… pues me… no sé como decirlo, me… convenció.

Miró a Ernesto.

– Ese es mi padre. Hoy … no sé si el juzgado lo habrá dicho, pero… que – se puso la mano en el corazón – sepáis que es… mi padre.

– Nuestro – añadió Tomás que estaba detrás de Ernesto. Éste se giró y lo atrajo hacia él poniéndolo delante.

– Nuestro – corroboró Arturo. – Me ha hecho una fiesta de cumpleaños tres meses después de cumplirlos, me hizo una fiesta de Navidad, tres meses después… porque sabía que me hacía ilusión. Es…

– ¡Venga, venga, que me vas a hacer llorar!

– Por ti, cojones.

– Por Ernesto – añadió Kevin que rodeaba la cintura de Darío.

– Por el escritor – propuso Roberto, el guardián.

– Por mis hijos – terció Ernesto.

– ¿Alguien da más? – gritó Rosa desde el fondo del bar. – Al final acabamos todos llorando, lo vais a conseguir.

Fue el detonante de las risas que todos necesitaban. Y al reír, levantaron las copas y las chocaron con las más cercanas.

Ernesto atrajo a Tomás por un lado y a Arturo por otro, y los estrujó contra sí.

– Papá, me has tirado la copa de cava – se quejó Tomás – me has puesto perdido.

– ¡Ah! – contestó Ernesto.

Arturo le dio un codazo cómplice.

– Tú respuesta preferida.

Ernesto se quedó pensando…

– ¿Creéis que ha sido un final guachi? ¿Un final apropiado de cuento?

Arturo y Tomás se miraron y dijeron a la vez:

– ¡Bue! No ha estado mal.

– Capullos… – contestó Ernesto levantando el mentón.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (37).

Para ponerse al día con el relato.

—-

La cafetería se llama: “Sol de invierno”.

El sábado por la tarde cerró. Había una fiesta especial. Se celebraba el cumpleaños de un joven que había estado algunos meses en la cama de un hospital, “dormido”, como decían para no cortar a la gente, a los que no sabían las circunstancias, que eran muchos más de los esperados.

Cuando una mañana de mayo le dieron el alta y salió en silla de ruedas a la calle, el joven se quedó mirando el cielo durante mucho tiempo. El alta fue en sábado, porque a Tomás, su hermano pequeño, le hacía ilusión ir a acompañarlo. Y ya no era conveniente que perdiera más clases.

El día anterior por la tarde, hubo otra pequeña fiesta de despedida. La organizó Ernesto para agradecer a todo el personal del hospital lo bien que los habían tratado. Unos pasteles, unos refrescos, unas gominolas… canapés, hojaldritos… mezclados con charlas, saludos, besos, abrazos, parabienes, sonrisas… Además se hinchó a firmar libros, porque casi todos habían comprado alguna de sus novelas. A todos les escribió una dedicatoria única y personal. La Rosalía, la del pueblo de Doris, se había leído tres de sus libros, los tres primeros libros de su vida. Los de la carrera no contaban. Porque esos libros que le había dicho a Doris que había leído antes de los de Ernesto, en realidad no eran tales. “Eran de Mortadelo y Filemón”.

– Y uno de “el botones Sacarino”.

Y estaba encantada.

– He llorado como una boba, Ernesto – y le cogía del brazo y se reía nerviosa mirando alrededor, como para ver quién escuchaba su confesión. A Ernesto no le quedó muy claro si le preocupaba que la oyeran diciendo que había leído, o que había llorado haciéndolo, o que era lo primero que leía en su vida.

Algunos le pedían a Arturo que se lo firmara también. Y a Tomás. Al principio se negaban, porque pensaban que su tío se iba a ofender, pero cogió un ejemplar de la penúltima novela y les señaló al autor: Ernesto Arturo y Tomás Ducas.

– Y prepararos para el premio Ambrosía, que sale dentro de un par de semanas. Id haciendo ejercicios de muñeca. No bromeo, que firmar libros… si no te preparas, al final acabas jodido de la muñeca y del brazo.

Sergio y su abuela vinieron. A Sergio le habían dado el alta hacía ya unos días. Debería volver en un tiempo, pero de momento, estaba en casa. A pesar de ello, casi todos los días se pasaba a ver a Arturo y a Ernesto. Si no, iba a comer a casa de Ernesto, o salía al cine con Kevin y Darío, que parecía habían formalizado su relación, aunque ellos no decían nada. Pero las miradas y los roces decían más que las palabras que pudieran salir de sus bocas. Sergio había hecho buenas migas con ellos y quedaban a menudo. Y con Ernesto y los chicos, lo mismo.

Arturo estaba exultante. Sus ojos brillaban de ilusión. También fue Jénifer, aunque su relación se había enfriado en los últimos días. Ernesto callaba, aunque le preocupaba una pequeña sombra que percibía a veces en su sobrino.

– Ha venido uno del juzgado a preguntar – le dijo el día anterior Arturo.

– ¡Ah!

– Sigues muy expresivo. El “¡Ah!” es tu frase favorita – se quejó amargamente – Yo me esperaba un “¿No me digas?” “¿Y qué te han preguntado?” “¿Y qué les has dicho?”

– ¡Ah!

Arturo se rió con ganas. Ernesto no se atrevía a preguntar. Aunque al final, ante el silencio y la mirada del quinceañero, “casi dieciséis”, le obligó a ello.

– y… y, bueno, y qué… – aunque su balbuceo casi hizo ininteligible lo que quería decir.

– Pareces a Tomás en sus peores momentos.

– No te cachondees, jodido capullo.

– Vale, vale, tranqui. ¡Cómo está la peña!

Pero no dijo más. Solo puso expresión de cachondeo y de espera.

– ¡Pero que coño les has dicho! ¿Qué te han preguntado?

– Me alegra que hagas esa pregunta.

– ¡Cabrón!

– Hala, si lo llego a saber…

– Coño, di lo que has dicho o lo que sea.

– Que eres un tipo genial.

– ¡Ah!

– Y que estaré encantado de ser tu hijo.

– Bueno – Ernesto se encogió de hombros aliviado y suspiró.

– Y Tomás ha dicho lo mismo. Pero más efusivo.

– ¿A sí?

– Nunca le había visto hablar tanto.

– ¡Ah!

– Has hecho un buen trabajo con él.

– ¿Yo?

– Mi prima la de Cuenca.

– ¿Tienes una prima en Cuenca?

Arturo agarró una revista que tenía sobre la cama y se la lanzó a Ernesto.

Jénifer se fue pronto. Apenas le dio un beso en la mejilla de despedida.

– No parecéis… muy…

– Somos solo amigos – contestó seco Arturo.

– ¿No tendré yo algo que ver? Era coña…

– No te preocupes que no tiene nada que ver contigo. Solo que… ella pensaba que yo era un Príncipe y solo soy el hijo de un escritor que ha estado a punto de morir y que ahora debe retomar su vida normal.

– No acabo de entender…

– Se hizo una imagen de mí que no es la que… que no soy así, vamos. La he decepcionado.

– Pero si eres…

– Un chico normal.

– Eres un Príncipe. El Príncipe de Mundo maravilloso.

– Ese Príncipe que salvó a su amado de morir, el hijo del tabernero – le picó a su tío.

– No, esa es otra historia, eso es… un cuento… tú eres real, eres…

– ¿Tu hijo?

Esta vez Ernesto no fue capaz ni de decir ¡Ah! Le seguía sorprendiendo cuando se referían a él como padre. Y ahora mismo, con ese “¿tu hijo?” de Arturo, era el hombre más feliz del mundo. Como unos días antes al escuchar a Tomás hablando con unos amigos, cuando dijo:

– Mi padre va a llegar ahora y le preguntamos.

Sus ojos eran chiviritas. Y su cuerpo, cada poro, rezumaba felicidad.

Después de estar ese rato mirando al cielo, a la puerta del hospital, y respirando el aire de la calle, Arturo apartó los apoya-pies de la silla y con un poco de esfuerzo y temblores, se puso de pie. Doris sujetaba la silla para que no se moviera al apoyarse en ella y levantarse. Rosa sonreía y Tomás miraba a su hermano con la boca abierta, por el orgullo que sentía por su hermano. Ernesto se puso a su lado y le ofreció su brazo, para que se apoyara en él.

– Mi Príncipe – y le sonrió.

Arturo hubiera querido andar un poco por si mismo, pero comprobó que aunque lo había hecho en los pasillos del hospital, ahora se sentía más inseguro y las piernas le temblaban. Pero era demasiado orgulloso también para reconocer su fracaso y sentarse de nuevo o pedir ayuda. Pero Ernesto como casi siempre, le dio una tabla de salvación. Todo parecía premeditado.

– Tomás, ponte al otro lado que vamos a dar una vuelta con tu hermano.

– Y nosotras de ¿doncellas?

– Duquesas. Sois la Duquesa del chocolate espeso, y la Duquesa del libro triunfante. Al fin y al cabo eres la única que siempre has creído en mi.

– ¿Y yo? – dijeron al unisono Tomás y Arturo muy ofendidos – siempre hemos creído en ti, Ernesto – continuó muy serio Arturo.

– Tú me negaste un día.

– ¡Ah!

– Miralo, le he dejado sin palabras.

– Pero fue por lo de la tele.

– ¡Ah! Se siente. Me negaste.

– Yo no te he negado, papá – le dijo Tomás – siempre he creído en ti. Aun cuando no me hacías ni caso.

Ernesto no se enteró de lo último que decía el niño. Después de “papá”, se tuvo que girar para que no le vieran llorar. María, la oncóloga, vino a salvarlo, acercándose a despedirlos. Le habían llamado para una urgencia… y llegaba al hospital en ese momento.

– ¿No será Sergio? – preguntó asustado Tomás, que parecía que tenía un día descarado y se atrevía a hablar a todo el mundo y a preguntar.

– No, no, es otro paciente, tranquilo Tomás.

Pasó una semana.

Sábado también.

– ¡Vamos a dar un paseo!

– No me ape mucho, Ernesto.

– Venga, debes coger fuerzas y ayer tampoco salimos a la calle. No puedes quedarte así como un pasmarote.

– Es que es un peñazo que la gente me vea y explicar a todos lo mismo y tal y cual…

– Cuanto antes se lo expliques a todos, antes acabamos.

– Podías escribir un libro sobre el tema, y lo vamos regalando a quien pregunte.

– Es una idea. Pero mejor si recogemos en él alguna reacción a quiénes se lo cuentas. Esas bocas abiertas, asustadas, esas expresiones de incredulidad: “Tú me la estás dando con queso y te crees que me la estás dando, pero yo soy muy listo y sé que eres tan fantasioso como el gilipollas éste al que llamas tío y que no es ni tío ni ná”.

– Alguno pone cara de eso, sí – reía Arturo.

– Así que vamos.

– Si es que la ropa está pequeña.

– Te he comprado ayer ropa nueva.

– ¿Y por qué no me has dicho?

– No habrá surgido.

– Eres…

– Un tío genial, no me lo digas. Elige a ver si te está mejor. Es que estos meses has crecido.

– Pero estoy en los huesos.

– Tampoco haces mucho por coger un poco de fuerzas.

– Es que no me entra la comida.

– Oye, oye, no estarás ahora ¿depre?

– ¿Depre yo? A tu lado es imposible tener depresión. Las alejas a mordiscos – pero a pesar de la rotundidad de la afirmación, otra vez ese nubarrón en los ojos de Arturo le puso en alerta.

Se probó la ropa. Le quedaba bien.

– Has tenido buen ojo para las tallas. Eres…

– Genial, no me lo digas, que me lo creo. ¡Vamos! – el chico se lo quedó mirando – Vale, las tallas se ha encargado Doris. – confesó Ernesto.

Y le tendió el brazo para que se agarrara a él.

– Van a pensar que somos novios.

– Huy, un novio guapo como tú, que más quisiera. Qué van a pensar que estás con un vejestorio como yo.

– Si yo te contara de padres de algunos de mis compañeros de clase…

– Venga, anda, vamos.

– Y no eres tan viejo.

– He envejecido estos últimos meses mucho.

– Por mí.

– Entonces ha merecido la pena.

– Joder, no me digas esas cosas… me…

– No voy a ser el único que llora, jodido.

Se abrazaron y lloraron. Sonó una perdida en el móvil de Ernesto, que era la señal convenida: “Todo está preparado”.

– Te quiero Ernesto. Eres lo único guay que me ha pasado.

– Joder, que voy a llorar… vamos, joder…

– Te debo la vida.

– ¡Joder!

No pudo contenerse y volvió a abrazar a Arturo. El tiempo parecía que se había detenido.

– Lo has hecho genial con Tomás.

– Tomás es grande. Solo necesitaba un poco de… apoyo. Bueno y de cariño.

– Le haces sentirse importante.

– Es importante. Para mí lo es. Y para ti. Y para todo ese montón de amigos que tiene… si es un chico popular y todo.

– Pero eso es ahora, que le has dado esa seguridad. Antes a parte de Fernando y Ricardo… y Manu, su compañero infatigable, no te creas.

– Pues hemos mejorado entonces. Antes de que nos liemos a llorar otra vez, vamos a la calle. Y te invito a un algo en la cafetería de la esquina.

– He visto desde le ventana que ha cerrado esta tarde. Así que…

– Pero a lo mejor están dentro. Venga, vamos.

– No creas que…

– Vamos Arturo. Debes pasear para coger fuerzas. Y tomar el aire, y el sol. No te viene nada bien estarte…

– Sí papá.

Lo dijo de esa forma en que se suele decir a la gente que se preocupa por uno, para hacerle ver que es un plasta. Pero solo decirlo, Arturo se dio cuenta al ver la cara de Ernesto, que… podía haberle hecho daño. Se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.

– Pero esto entre tú y yo. Lo negaré. Negaré las veces necesarias que te doy besos antes de salir de casa.

Pero le dio otro beso.

– Vamos, papá.

Y esta vez fue él el que le ofreció su brazo.

– Prefiero que apoyarme, que tú me sujetes.

– Me has hecho llorar.

– Es que estás muy mono cuando lloras, papá.

Otra vez sonó una perdida en el móvil de Ernesto.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (36).

Para ponerse al día con el relato.

—-

– Podías haberme respondido – dijo mirando al cielo, interpelando inútilmente a Irene.

.

La puerta del ascensor se abrió. Arturo estaba sentado en una de las esquinas y estaba escribiendo en el ipad.

– En eso estaba pensando precisamente. Por cierto, el ascensorista éste que has creado es muy soso, no habla nada.

– Hola, antes me llamaba Sergio, pero ahora me llamo Álvaro – el ascensorista tendió la mano a Arturo para presentarse – salgo ahora de turno. A lo mejor podíamos ir todos a tomar algo – miró a Ernesto buscando su asentimiento.

– ¿Ves? Ya está arreglado – dijo Ernesto a Arturo.

– ¡Quieres ligártelo!

– No estás contento con nada. Le he hecho más hablador, simpático, como me has pedido; te quiere invitar a una coca-cola cuando salga de trabajar, es sociable y educado, sonríe como los ángeles, y no estás contento. Nada te contenta.

– Te quiere follar a ti, que es distinto.

– Oye, oye, que hemos quedado que no hablamos de sexo, que no quieres contarme lo que hablan tus amigos de las tetudas de sus amigas, o de como…

– Por favor, Tío, que hortera, tío, que la peña no habla así…

– Pues eso es lo que quiero, que me muestres como habla “la peña”.

– Que me da palo. Esto ya es acoso… veinte veces en las últimas semanas me has intentado liar con el tema.

– Pues dime que sí, cuenta por esa boquita y no te aburro. Simplemente tú hablas y yo escucho. Tomo notas y hacemos una obra de teatro cojonuda.

– Cuéntame lo del Sergio éste. Por cierto, mira que poner el mismo nombre a mi compi de hospital.

– Que se llama así, que le voy a hacer. El del hospital, digo. Y Sergio te recuerdo que ya no se llama Sergio, te lo acaba de decir él mismo, no te enteras de nada.

– ¿No le has cambiado de nombre? Qué fuerte, él va a salir con su nombre.

– Claro, quiero que se reconozca. Es mi lector… es mi fan, debo cuidarlo.

– Ains.

– Para uno que tengo. A ti tampoco te he cambiado el nombre.

– Faltaría.

– Y te he hecho co-autor de mis últimos libros.

– Y a Tomás.

– ¡Vaya! Eso ha sonado a que te sientes menos porque he incluido a tu hermano.

– ¡Noooo! No digas eso ni en broma. Pero lo dices como si fuera algo único.

– Y lo es. Vosotros dos como co-autores de mis novelas. No creo que lo haya visto en nadie. Perdón, en Arturo Pérez Reverte y su hija en la primera novela de Alatriste.

– ¡Bah! Seguro que hay muchos más.

– Vale, la perra gorda para ti. El caso es quitarme mérito.

– Te enrollas como las persianas.

– Quiero que me cuentes lo de tus amigos y el sexo. ¿ya lo hacen? ¿Y tú? ¿Pintáis cosas en las puertas de los baños, pollas enormes con el nombre o corazones con “Ana ama a Paco”. O Carmina ama a Felipe”.

– (Sergio) Álvaro ama a Ernesto.

– No te burles.

– Si te lo ha dicho… – Arturo se calló porque se dio cuenta de que había metido la pata.

Ernesto observó a su sobrino. Iba a atacarlo e intentar conocer lo que Irene le había contado, de qué habían hablado. Pero intuía que su sobrino no abriría la boca. Arturo además no le dio opción cambiando de tema.

– ¿De verdad que vas a ser nuestro padre? ¿Nos vas a adoptar?

– ¿Quieres?

Arturo bajó la vista. No quería parecer ansioso con el tema, ni ponerle en un brete a Ernesto. Era lo que más deseaba. Incluso al principio de conocerlo, cuando Ernesto se acercó a él rompiendo los baluartes que había construido, soñaba por las noches que su madre y Ernesto se enamoraban y se casaban, y se convertía en padre de todos. Eso era del todo punto imposible, pero… Arturo lo deseaba tanto, que cerraba muy fuerte los ojos cuando se despertaba y la realidad se daba de bruces con sus sueños, colisionaban y le producían unas enormes ganas de llorar. Cerraba los ojos y lo deseaba con todas sus fuerzas… Pero era algo que nunca sucedería. Su madre empezaba a enamorarse ya de Alberto, el padre de Darío. Y era claro que Ernesto no se iba a enamorar de una mujer, aunque fuera la madre de sus niños.

Ernesto se agachó y se puso en cuclillas a su lado. Levantó la barbilla de su sobrino. Sonrió y le besó en la frente.

– Tus sueños se harán realidad, aunque no quieras decirlos en voz alta.

Vio que otra vez los ojos del chico se llenaban de humedades. Quiso romper el momento…

– Es hora de acabar esta historia, Arturo – se puso de pie todo decidido y desbordando energía.

El aludido se pasó las manos por los ojos para secarlos. Aspiró las mucosidades que llenaban sus narices. Ernesto sacó un paquete de pañuelos de papel y le tendió uno.

– Vamos a ver como queda. ¡Álvaro!

– Dime Ernesto – el ascensorista se giró para mirar al escritor. Puso su mejor cara insinuante de profesional de la seducción y una sonrisa igual de tentadora.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– ¿Eh?

Le dio un salto de alegría el corazón, pero, la duda le comió la dicha en apenas un instante.

– Sabes que mi profesión… ¿podrás? No … bueno… hay personas que no… quieren nada con un … prostituto.

– Bueno, yo viviré con tus clientes, y tú con mis amantes imaginarios. Así tengo tema para mis novelas con informes de primera mano.

– ¿Amantes imaginarios?

– Ya te contaré. Pero ¿me quieres, no me quieres?

– Sí, claro – dudaba al responder, pensaba que habría alguna trampa.

– Pues voy a escribir. Puedes ir desnudándote.

– ¡Oye! – se quejó Arturo.

– ¿Eh? – Álvaro abrió los ojos de par en par.

– Era broma hombre. Lo haremos en una versión solo para mayores y sin niños en la escena.

– Oye, con lo de niño. Tengo quince, te recuerdo. Casi dieciséis.

– Un niño – le picó Ernesto – que le da corte hablar de sexo como los adultos. Además, hasta que no celebremos tu cumple es como si no hubiera sido.

– ¡Oye! Eso es tendencioso y… y… – no encontraba más adjetivos. – Y eso de que hasta que no celebremos el cumple… ya me contarás desde cuando.

– Desde que lo digo yo y lo voy a escribir. Y sabes que las cosas escritas casi son ley. Hasta las mentiras. Voy a escribir. Mejor, hazlo tú, Arturo, te dicto.

– ¡Oye!

– Siempre quejándose. ¡Qué cruz! ¿has visto? – se dirigía a Álvaro, que no supo que responder, porque tenía la sensación de que dijera lo que dijera, se iba a equivocar – Por cierto – se dirigía ahora a Arturo – ¿Hablas así de formal con tus colegas? “Tendencioso”… deberías hablar algo así como “Qué pasa tío, tronco, mola cantidubi, la peña está muy mal, joder tronco, que tetas tiene la potranca esa…

Arturo abrió mucho la boca. Se incorporó para acercarse a la bandolera de su tío, y buscó en ella

– Busco el termómetro, indudablemente tienes fiebre o algo peor.

– Yo no llevo termómetro en la bandolera.

– Pero sí llevas preservativos – Arturo sacó una caja.

– Joder, que corte, deja de hurgar en la bandolera, coño.

Arturo la dejó al momento tirando la caja de preservativos dentro.

– Por cierto están caducados hace cuatro años.

– ¿Tanto? Joder qué patético…

– Creía que te gustaba que empleara vocabulario guay. Si sé que te ibas a partir la caja conmigo, limitaré mi vocabulario a doscientas palabras, tío. Joder que guay, así la neurona descansa, tronco.

– Deja el tronco, joder. Lo odio. No, no, si me gusta. Pero… es que te deben mirar con cara de bobos muchos de tus amigos. Y luego dirán a tus espaldas que “Es hortera el Artur éste” “Va de guays, como tiene el tío escritor, que ni es su tío ni es nada el pavo, pero se las da de que es su tío”. “Mi padre me ha dicho que a esos se les llama pedantes; no sé muy bien que significa eso de pedantes, pero lo dice mi padre”; “Mi madre también dice que es eso; debe ser que se tira pedos”. “¡Ah!”.

Arturo sonrió socarrón.

– Tengo distintos vocabularios. Me adapto a las circunstancias, querido tío. Incluso sé fingirme el tonto. A veces es útil.

– Eres listo, capullo. Tenía yo un amigo que se hacía pasar por tonto e inculto integral. Y tenía tanto arte que hasta cuando se le escapaba alguna cosa que hacía pensar que no era tan tonto, ponía cara de ídem y volvía con su línea habitual de incultura, como si no hubiera pasado nada.

– ¿Y te engañó entonces?

– Va, en eso no, pero en otras cosas… me la metió… ¡doblada!

– Sería uno de tus ligues.

– No, ni imaginario siquiera.

– ¡Bah! – no se creía nada.

– Lo que yo te diga sobrino. Y además se perdió en el horizonte hace tiempo, cabalgando a lomos de un jamelgo hermoso y amoroso.

– ¿Esto es lo que llamas acabar la historia? – El chico dio un giro a la conversación porque vio a Ernesto muy deseoso de seguir con la historia del amigo cabalgando a lomos de jamelgos estupendos y amorosos.

– Ahora, ahora… dime si eres de esos, que te haces…

– Solo me adapto a las circunstancias – contestó con gesto resignado. – Cuando estemos en un sitio rodeados de personas muy listas y cultas, no te preocupes que sacaré mi apostura fisna, mi porte de casi veintitrés, y mi vocabulario más selecto de casi setenta.

– Conmigo estos meses te has hecho el tonto de manera rotunda.

– Bah! ¡Exageras! – su rostro era una representación perfecta del doble sentido de las palabras.

Ernesto hizo una mueca de “no me creo nada”.

– Bajemos al mundo real. ¡Dale al botón, Álvaro!

.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (35).

Para ponerse al día con el relato.

—-

– ¿Bailamos?

Ernesto alargó la mano invitando a Irene.

– Por supuesto.

.

 

(Judy Garland – Over de rainbow)

 .

La ángela sonrió y apoyó su cabeza en el pecho de Ernesto. El brazo derecho de Ernesto rodeaba la cintura de Irene, y su mano izquierda estaba entrelazada con la derecha de la ángela, y las dos, sobre e corazón de Ernesto. Daban pasos muy pequeños, sin apenas moverse del sitio.

– Tienes un gran corazón, escritor. Lo siento al tocarlo.

– Tengo miedo, Irene.

– ¿Por qué? No lo has hecho tan mal.

– ¿Seré capaz de criar a esos chicos? Soy un desastre.

Irene aceleró el baile llevando en volandas a Ernesto.

– Fíjate, mira a tu alrededor, escritor.

– El cielo de color naranja, las nubes rosas y amarillas… tienes un gusto para los colores…

– No, eres tú el que ha creado todo esto. Mira, allí.

Irene señalaba a su derecha. Una casa con jardín. La casa era blanca inmaculada. Las cortinas rojas, y dentro sonaba una música. Se asomaron a la ventana y vieron a unos niños cantando. Las luces del árbol de Navidad parpadeaban en una esquina. Un chico en silla de ruedas reía entusiasmado viendo a sus hermanos y primos bailar la conga. Se tropezaban y caían al suelo, se volvían a levantar… Juani, su hermana mayor apoyó sus manos en los hombros del chico y le obligó a encabezar la conga. Un libro de Ernesto Ducas estaba en el regazo del chico.

– Mira allí – señaló.

Un edificio enorme. Era conocido. De hecho, Ernesto estaba en él. Era el hospital. Desde fuera podía ver una habitación: un joven dormía con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios. Su abuela se levantó de la butaca, y le acarició la frente. También sonreía. Se la notaba feliz. Ese dibujo en la cara de su nieto era la causa. Y que por primera vez confiaba en que su nieto lucharía por vencer a pesar de las pocas facilidades que había encontrado. La soledad casi le destruye. Ella sola no podía llenar esos vacíos enormes que tenía el chico en su alma.

Irene y Ernesto seguían bailando. Ahora sin apenas moverse.

– No es lo mismo ilusionar en un libro, inventar historias que hacerlas en la realidad.

– No, no es lo mismo. ¿quién te ha convencido que solo vales para soñar y escribir?

– Nadie. Es que soy así. La realidad no… me asusta. Los problemas de todos los días, ir al supermercado, a comprar ropa… y ahora debo ir para mí y para Arturo y Tomás.

Hizo una pausa pero su gesto denotaba que quería seguir

– Que se estropee la lavadora, o que alguno de los niños tenga un problema…

– Vas arreglando los problemas muy bien, los de ellos. Anda que no han tenido problemas.

– Pero he tardado mucho y lo he hecho…

– ¿Con magia? ¿Con tu magia? – Irene se paró y se separó unos centímetros de él para poderlo mirar con mayor perspectiva – No todos pueden decir que han salvado a un chico de la muerte. Lo agarraste del pelo y no lo soltaste, aunque te empezaban a dar calambres en los brazos

– Qué metafórica.

– No te maltrates a ti mismo. Alguien te ha hecho creer que no vales para nada, y a pesar de tus momentos de orgullo, en el fondo te lo crees.

– No me hagas psicolo… estoy solo, joder, estoy solo con esos dos chicos y no quiero cagarla.

– Pero… Ernesto… no estás solo… has creado un ejército de personas que estarán deseosas de ayudarte. De… de colaborar contigo. Mira allí.

Otra vez, Irene señalaba el hospital. Otra habitación. Se vio a él mismo durmiendo apoyando la cabeza sobre la cama de Arturo. Y a Arturo que dormía.

– Me ha guiñado un ojo, el jodido. Lo he visto.

– Tienes una conexión con él única. Pocas personas consiguen eso. Tienes un amigo, un hijo, y un cómplice. Arturo es tu mejor aliado. Y él sabe que te debe la vida. No… desde aquella noche que él entró en coma le agarraste de la mano. Le subiste a ese ascensor y le mantuviste con vida. Solo eso le ha mantenido así. Sabes… aquella noche lo que le dio es un ataque de pánico. Escuchar a su tío le hundió… le produjo un ataque de ansiedad. Quiso llamarte, pero… no lo consiguió. Aunque de alguna forma lo hizo, porque te llamaron. Y tu luchaste contigo mismo y con tu miedo, y fuiste. Y por primera vez no tuviste miedo de luchar, de enfrentarte a la ira de Germán, y fuiste todas las noches. Le acunaste, le besaste, le relajaste, le inventaste un mundo para él, para que él se sintiera cómodo… y eso casi te cuesta la vida, porque eso de no dormir durante semanas, salvo en ratos aislados, escribir hasta perder la noción de lo que escribías… todo para hacer un colchón y que lo que tenías en mente fuera posible.

Ernesto iba a protestar… pero Irene le interrumpió antes de que dijera una sola sílaba.

– No digas nada. Lo escribiste. Escribiste la historia de Oier y Lleó. Era tu historia por anticipado. Lo que pensabas hacer. Escribiste la historia del Príncipe Arturo… era la historia de cómo Arturo había conquistado tu corazón y el de los demás y como lo entronizaron como Príncipe, porque él es especial. Escribiste la historia de Lorenzo mirando a su amigo Jorge de una forma distinta, como tú empezaste a mirar la vida, tu vida dando la vuelta al calcetín. Hiciste de Tomás un Presidente de una empresa, le has ido ofreciendo una seguridad en sí mismo que nunca ha tenido. Hiciste que María y Teodoro pudieran irse… los otros muertos del accidente, perdidos entre aquí y allá. Y escribiste la historia necesaria para que Kevin pudiera salir adelante, roto como estaba por la pérdida, y más por no poder llorarla. Le diste las respuestas y la oportunidad de patalear.

Irene levantó el mentón de Ernesto para verle los ojos.

– Y has hecho que dos personas perdidas, dolidas y culpables, se den apoyo, Kevin y Darío. Y les has preparado el camino para que se sientan miembros de algo, de tu mundo, de tu familia.

– Eso son historias, pero no puedo ir a comprar el pan…

– Has ido a hablar con ese profesor de Arturo.

– Pero cuatro meses tarde.

– Más a mi favor, más complicado era hacerlo. Y lo has hecho, y encima sabías, por la descripción que te había hecho Arturo, que era un punto pendiente de tu pasado, una herida que vino a supurar en tu sobrino. ¿O debería ya decir hijo?

– Los papeles tardarán…

– Hijos y padres es una cuestión de papeles, no lo niego, los humanos sois así, pero es más de sentimientos.

– Llámalos como quieras. Yo los quiero con todo el alma, se llamen como se llamen.

– ¿Lo ves? Está claro que lo vas a hacer bien.

– Me… siento…

– ¿Solo? Venga ya, si tienes en Mundo maravilloso decenas de personas deseosas de echarte una mano. Y en el mundo real tienes a Doris, a Rosa, a Pilar a tu hermano Roberto y a Estíbaliz, su mujer, que te van a dar un sobrino… dos en realidad, huy, se me ha escapado… hazte el tonto cuando te lo digan.

– Pero muchos están lejos, incluido mi hermano. Y no me gusta andar pidiendo, suplicando… A lo mejor a veces…

– Tienes a tu “secretario”.

– Bueno, eso…

– Dale una oportunidad. Escribe una bonita historia. Por ejemplo… podía ser algo así, como: Sergio (Álvaro), el chapero (Porque al final le vas a dejar como Álvaro… huy madre, que todavía me le vuelves a cambiar de nombre), pasó por delante del hospital. Tuvo un impulso y entró. Preguntó por la habitación de un chico que tenía un tío escritor, muy azorado, porque no se acordaba de más datos. Con todo lo lanzado que era para meterse en la cama con sus clientes, y ahora estaba avergonzado, como desnudo en el hall de entrada, lleno de gente. Pero tu historia es conocida en todo el hospital. Eres el más admirado. Todos creo que acabarán comprando un libro tuyo, te vas a hinchar a firmar ejemplares. Sergio (Álvaro) pasó por una tienda de flores que hay en la galería comercial del hospital, y te compró una margarita blanca, que sabe que te gustan: se lo dijiste aquella tarde que pasasteis juntos y que te ayudó con aquél libro. Sergio (Álvaro) llevaba semanas pensando en como volver a coincidir contigo, después de aquella pantomima que te inventaste para que Germán te dejara. Y no se decidía… otra vez desnudo frente a todos los hombres del mundo, pero al contrario que en su profesión, en este caso siente la necesidad de taparse sus… partes. ¿Entiendes la metáfora?

– Sí, coño, quieres decir que se tapa el corazón. Se lo esconde.

– Bien, lo has pillado.

– Sigue anda.

– Pues sabes… escritor… no quiero quitarte la profesión, así que… mejor la escribes tú. Mira allí – y señaló hacia delante.

Una mujer estaba sentada en una butaca sucia y desvencijada. Parecía derrotada por las circunstancias y por la desesperación. Dos niñas dormían en la misma cama a su lado. Estaba muy juntas para darse calor. Una niebla densa rodeaba a la mujer, solo a ella. Casi no podía ver a través de la bruma. Alargó la mano y cogió un libro que había en una mesa medio rota que le servía de mesilla, de mesa de comedor y de mesa de apoyo en la cocina. Lo abrió y empezó a leer. Por un momento se olvidó de todos sus problemas. Se olvidó del hambre, del frío, de la angustia por ver a sus hijas sin lo más necesario. Su imaginación empezó a despertar y a volar al ritmo de las frases del libro. La niebla que la rodeaba empezó a disiparse. Cerró el libro de un golpe y se acercó a sus hijas. Les dio un beso en la frente a cada una. El hambre seguía allí, la necesidad, pero al menos, había recuperado las ganas de luchar por ellas.

– No es mi libro. No entiendo.

– El libro está en blanco. Es tu próximo libro.

– Pero yo no puedo dar de comer a esas niñas. O a lo mejor sí, a esas niñas y su madre sí, pero no a otras cien mil como ellas.

– No tienes que arreglar tú solo los problemas del mundo.

Siguieron bailando en silencio durante un rato. Ernesto fue cogiendo fuerzas para preguntar las dudas que tenía.

– ¿Por qué Arturo decidió al final quedarse? Me dijo que…

– Tenía miedo de fracasar al volver. No es fácil. No quería que te ilusionaras y que luego saliera algo mal y… bueno… por eso te dijo que se iba.

– Será capullo… – pero se calló porque de repente se dio cuenta de que esa explicación no le convencía.

Irene chascó los dedos.

– Cambiemos de música.

 .

(Louis Amstrong – What a wonderfull world)

 .

Y volvieron a bailar.

– No se me olvida que me acabas de meter una enorme bola.

Nada más hacer esa afirmación Ernesto, la ángela puso cara de indignación contenida. Pero como la mirada del escritor seguía fija en ella, la fue cambiando por una cara de resignación.

– Le hiciste cambiar de opinión. Se sintió… querido – la ángela se paró para comprobar su reacción – no, no te enfades sabes que eso es algo que… bueno no sé, a veces puedes querer a alguien y demostrarlo pero esa persona no ser receptiva al cariño, o a lo mejor es una cuestión de “cantidad”. O de…

– Todo esto me suena a patraña, ángela. Me estás tomando el pelo, o me lo tomó Arturo.

Irene se soltó de Ernesto. Cerró los ojos y seguía la música con la cabeza. Ernesto la observaba fijamente. Cuando la canción acabó, Irene abrió los ojos y fue buscando la mirada de Ernesto. Sonrió levemente y puso todo el amor del que era capaz en su mirada.

– No hay una razón exacta. Única. Grande, enorme que abarque tal decisión. Hay miles de razones, por ejemplo, los miles de minutos que has pasado con él en estos meses. Otra razón es el ascensor. Otra razón es que consiguió al final sentir que no iba a ser una carga para ti, ni que le ibas a quitar tu atención a Tomás por él, o porque a lo mejor él, aunque quisiera, no podía recuperarse físicamente del todo. Unos gramitos del peso de la decisión, lo puede tener Tomás, que estaba enfadado con Arturo. O eso pensaba él. No lograba conectar con Tomás, y veía por tus escritos que tú sí. Que habías conseguido que se acercara a Mundo maravilloso. Sentía que sufría estando con Germán… pero a la vez tú no te decidías a llevarlo contigo. Pensó que si él no estaba, tú lo cuidarías más.

– Y medio kilo de la decisión a lo mejor lo has tenido tú… hablando con él y a lo mejor inventándote una historia, que tú eres muy de inventar historias…

– Cuando saliste del ascensor, hablé con él. No, solo lo escuché, hay que precisar, tú no eres como los demás, tú percibes cosas que otros no. No hice nada más. Posiblemente lo hubiera hecho consigo mismo… en realidad consigo mismo habló, porque no es consciente de que estaba con él.

– A veces me da miedo… es tan… maduro… tan… extraordinario…

– Lo es. Ten en cuenta que ha tenido que tomar las riendas en muchos momentos. De hacerse mayor. Primero cuando murió su padre, al poco de nacer la pequeña. La depresión de su madre después del parto y de lo de su padre. Esa dificultad de Tomás para… hablar con tranquilidad, para descansar. Su madre que siguió con su trabajo, tampoco tenía muchas opciones, y siguió pasando largas temporadas fuera. Germán que era un perfecto inútil con los niños. Mientras tuvieron a Cris, la asistenta que tenían, todo fue más o menos. Pero ella se cansó de aguantar a Germán en las ausencias cada vez más largas de la madre, y un día se largó. Luego apareciste. Al principio eras solo “la pareja del tío”, o sea equiparado con él. Pero te los ganaste enseguida…

– O ellos me ganaron a mí.

– No, sabes que no. Arturo puso todas las barreras posibles. Tú tuviste la habilidad de romperlas en un santiamén.

– Bueno. Y luego – añadió Ernesto – tuvo que cuidar de su tío postizo, el cual se perdía en sus ensoñaciones cada vez más, y fracasaba con sus nuevos libros, lo cual no ayudó a …

– … nada. Porque tu pareja solo te quería por eso, lo cual le distanció. Aunque en realidad seguía creyendo que lo conseguirías, tenía fe ciega en la opinión de su amiga Rosa.

– No entiendo como alguien puede querer a alguien, perdón, lo expreso mejor, puede estar con alguien solo porque sea un escritor famoso.

– Otros están con una mujer por sus piernas, porque son rubias, o con hombres porque tienen pelo en el pecho, o el miembro de un tamaño determinado. Unos solo buscan dinero en sus parejas, seguridad. Otros buscan hijos, otros compañía, otros… un orden en sus vidas. O incluso, tener un estatus en sus empresas que no adquieren si no están casados. Germán le gustaba que fueras escritor, presumir de estar con alguien… así.

– Pero pasar por cornudo…

– Más merito de cara a los demás. Tú corriste esa bola… cuando ni siquiera con el chapero… solo lo viste pasear desnudo por “su” casa. Y mira que él … es que te quiere con locura. Aunque te imaginaras acostándote con él y así se lo contaste incluso a Arturo.

– Pero ahora…

– Anda, anda, me vas a decir que no vas a ser capaz de querer a alguien por cuidar de tus hijos.

– “Mis hijos” – lo dijo saboreando las letras, cada una de ellas – mis hijos… mis hijos…

– Y cuidarás de Sergio y de su abuela, y de Kevin y de Darío, y de Teresa, y de Roberto, tu vigilante, y de todo Mundo maravilloso, aunque su vida cotidiana esté en el fin del mundo. Y lo harás sin darle importancia como lo has hecho hasta ahora. Lo harás en este mundo y en el imaginario.

La ángela cogió de las manos a Ernesto. Se separó un poco de él y sonrió.

– Debo irme.

– No, no puedes dejarme.

– Tengo derecho a mis vacaciones. Dos décadas tengo acumuladas y Gabriel y yo vamos a hacer un viaje.

– La gente hablará en el cielo.

– Qué les den. El cabrón de Miguel que no sabe reconocer cuando pierde.

– Es muy guapo.

– Pues le incluyes en tus historias como candidato a pillarte de él. Pero no te lo aconsejo… no le van mucho los tíos.

– Usaré su cuerpo y su rostro.

– ¡Allá tú! Pero te recuerdo que no tienes nada que hacer con él, confórmate con tu chapero-ascensorista. – sonreía de nuevo y lo observaba sin soltarle las manos.

– Ya veremos que sale de todo eso.

– Hagas lo que hagas estará bien.

– Germán…

– Te dará guerra un tiempo. Pero solo porque está rabioso por dejarse llevar por ese chico ¿como se llama?

– Tampoco me acuerdo yo ahora, lo siento.

– Arturo fue un cabrón esa tarde. Si no llega a ser por él que lo chantajeó… Germán no te hubiera dejado. Ni con la historia que urdiste con el chapero.

– Y la Jénifer esa me lo va a quitar.

Irene se rió con ganas.

– Vas a resultar un padre de lo más carca en ese aspecto… – y volvió a reírse al ver el gesto de Ernesto. – Es ley de vida. Si no es Jénifer, será otra. Todavía tiene que descubrir los mensajes que le has incluido en alguno de los relatos de Navidad.

– Espero que no lo descubra tarde, y que no sufra demasiado. – sonrió con tristeza –

– Podías habérselo dicho.

– ¿Crees que alguien escucha cuando le dices que su enamorada es una trampa… y que se la está dando con queso… y… ?

– Vale, vale, me rindo.

Irene cogió las manos de Ernesto y las apretaba mientras le sonreía.

– No te vayas.

– Debo hacerlo. Ya he estado mucho tiempo contigo. Dale recuerdos a Arturo.

– O sea que hablaste con Arturo.

Irene se mordió el labio pillada en falta. Aunque se recuperó rápidamente y puso su mejor sonrisa.

– Pero solo un poquito.

– ¿Ves? Si no hubiera sido por ti, Arturo no…

– Corta el rollo y no te des la vuelta enfurruñado. Lo has salvado, te pongas como te pongas. Lo has agarrado durante meses y has evitado que cayera en el abismo al que él mismo se veía abocado. No pienso repetir la misma conversación anterior.

Irene se acercó a Ernesto y le dio un suave beso en los labios. Sonrió de nuevo. Levantó la mano derecha e hizo unos giros en el aire, con el dedo apuntando al cielo.

– Lo vas a hacer muy bien.

Y ya solo quedó de ella unas pocas chispitas azuladas, color del que se le había puesto el pelo justo antes de partir.

Ernesto cerró los ojos echándola de menos casi inmediatamente. De pronto se acordó.

– Se me ha olvidado preguntarte como acabo la historia.

Pero solo vio como respuesta a la última chispita que desaparecía mientras subía.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (34).

Para ponerse al día con el relato.

—-

– Vamos, chicos, el desayuno está preparado.

Doris entró en la habitación como un torbellino. Levantó la persiana con toda la fuerza que tenía, que por el estruendo que hizo, era mucha.

– Chocolate. Y no… ¡huy que caras! – se paró en medio de la habitación a observarlos. – A mí me da igual esas caras. A la ducha y a desayunar los dos. Tomás, al baño del pasillo, y usted señorito, al suyo. Y el chocolate estará listo cuando salgan.

Ernesto y Tomás se fueron desperezando. Al final se habían quedado dormidos abrazados.

Tomás se levantó el primero y fue caminando descalzo, arrastrando los pies, hacia el baño del pasillo, sin abrir apenas los ojos y con los hombros hundidos,.

– Tienes una toalla limpia y te he dejado ropa para que te cambies. Habrá que comprarte algo de ropa o ir a tu casa a por la tuya, aquí no tienes mucho que te valga, has crecido… – se giró para mirar a Ernesto – Señorito, no debería dormir así con el chico, nunca perderá el miedo a la oscuridad, si me permite que se lo diga.

Ernesto abrió los ojos, y se encontró con el rostro de Doris todo preocupado, a menos de medio metro. Se asustó de verla tan cerca.

– Pues no soy tan fea – se quejó la mujer, que se dio cuenta del gesto de Ernesto.

– Doris, por favor, no esperaba… da igual. No estoy para festivales.

– Fue una fiesta estupenda. – Doris empezó a recoger la habitación: los pantalones y las camisetas de la silla, los calcetines del suelo, algunos papeles desperdigados que colocó cuidadosamente en el escritorio de los niños… mientras hablaba despreocupada – Me dijo la enfermera ésa que es de mi pueblo, la Rosalía, que no recuerda algo igual. Y que no ha visto a nadie cuidar de un familiar como usted lo hace con Arturo. Le admira mucho. Me ha dicho que hasta se ha comprado uno de sus libros, por lo bien que le ha caído. Y eso que ha leído solo tres libros enteros en su vida.

– Ya se lo firmaré… honrado… – afirmó Ernesto sin mucho entusiasmo.

– Si no quiere que se lo firme… si no se lo iba a decir al señorito, lo ha hecho por curiosidad de ser un hombre tan sensible y entregado.

– Pues no se lo firmo – le salió un tono seco y cortante del que se arrepintió al instante – Perdone no tengo buen día.

– No está para festivales, ya veo. Pues hace un día estupendo, mire que sol – siguió Doris imperturbable señalando la ventana a la vez que corría las cortinas para que entrara más sol.

– Doris, por mí como si diluvia. Hágame un favor, llame al hospital y pregunte como está el chico.

Aunque intentó aparentar despreocupación, le salió un tono triste y descorazonado. Doris se quedó preocupada mirándolo.

– Pues como va a estar, estupendo. Si se le veía mucho mejor, si todos lo decía, contento y …

– Hágame el favor de llamar. Está… – pensó durante unos segundos – el teléfono está en la bandeja de la mesita del salón.

– Pero…

– Por favor – Ernesto la miró suplicante aunque habló con voz rotunda – Usted haga eso y yo sigo sus instrucciones y me meto en la ducha, y hasta tomo chocolate, que malditas las ganas que tengo de tomar chocolate o cualquier cosa.

– He traído pan de esa panadería…

– ¡¡Doris!! me importa un bledo el pan de esa panadería estupenda. ¡Llame! por favor.

La mujer se giró indignada. “Pues si que tiene mal día el señorito”, iba murmurando camino del teléfono. Se puso las gafas de cerca y buscó la tarjeta en la bandeja.

Ernesto se fue a su habitación, y ya estaba con un pie en la ducha, cuando oyó a Doris hablar. No pudo contenerse y fue al salón, a escuchar. Se apostó en la puerta del pasillo.

– ¡Qué fiesta! ¿Verdad Carmen? Es que el señorito quiere a los niños… yo siempre lo he dicho. Sentí mucho tener que dejar la casa, aunque ahora que he vuelto, es que son adorables los chicos, y el señorito, es estupendo.

– ¿Y la Rosalía no está? Es que me comentó ayer una receta de pollo a la cerveza, que a mí no me sale nada bien y a mi marido le gusta un horror… es que su madre se lo preparaba muy bien ¿sabes? Y ya una está hasta el moño del pollo a la cerveza y a mí me sale fatal, así que la Rosalía me iba a dar…

– ¿O sea que está de tarde? Vaya por Dios, pues a ver si me acuerdo esta tarde…

– Lo quiere mucho. No como el otro, pero entre tú y yo: serían unos desgraciados con ése. El señorito Ernesto no sé como lo aguantó… aunque los niños en realidad…

– ¿No me digas? ¿Qué dijo eso? ¿El tío de los chicos? ¿Qué los iba a enviar a una escuela militar a Calatayud? Es que de ese tipo no se podía esperar otra cosa, aunque de todas formas me sigue pareciendo, como diría mi chica, muy fuerte.

– ¿Para apartarlos del señorito? Eso no … pero si los quiere… lo que quiere ése es buscar una disculpa para quitárselos de encima, si me permite decirlo. Esto entre tú y yo, que estoy hablando mucho… y lo que tiene es mucho rencor ese hombre, porque nunca apreció al señorito.

– ¿Suena una alarma? ¿En una habitación?

– Vale, no te preocupes, vete a hacer tu trabajo. Abur.

Ernesto no quiso escuchar más. Volvió a su habitación. Se cruzó con Tomás que volvía a la suya a medio vestir… el niño quiso decirle algo, pero al ver su cara compungida, roja de desesperación, no se atrevió. Siguió hasta su cuarto y se sentó cabizbajo en la cama para ponerse los calcetines y las deportivas.

– ¿Vamos a ir al hospital? – gritó a su tío.

– Pues claro que sí – contestó Doris como si le hubieran preguntado a ella – En cuanto desayunen.

Se oyó a Ernesto cerrar completamente la puerta del baño. Nunca la cerraba del todo, dejaba una rendija: le agobiaba estar encerrado. Pero no quería que le viera nadie tan desesperado y derrotado. “Esa alarma… es de Arturo”. Lo repetía una y otra vez. A cada repetición, seguía un segundo de “va, que no va a ser”. Vuelta a empezar…

Doris volvió a la cocina a preparar el chocolate. Sacó la mantequilla…

– Sito ¿quieres pan tostado? El pan que he subido está de vicio. Es del que os gusta.

Tomás tocó la puerta del baño de Ernesto. Primero muy suavemente. Luego más fuerte.

– Tío.

Ernesto abrió la puerta. Tenía una toalla alrededor de la cintura y goteaba agua: no le había dado tiempo a secarse del todo. Había borrado su cara de desesperación debajo de la ducha. Olía al gel de sales marinas, que tanto le gustaba a Arturo. “Te pega, tío”, le solía decir. “Es como tú, alegre, vivaracho”. Y se reían.

Tomás sintió el olor del gel, pero no quiso decir nada. También recordaba, pero no quería hacerlo ahí. Ya tendría tiempo de recordar todos.

– Tío.

El tono de voz presagiaba algo serio y trascendente. Ernesto se arrodilló para ponerse a su altura y mirarle a los ojos así, al mismo nivel.

Ernesto sonrió conmovido. Aguantó estoico para no echarse a llorar. Le pasó la mano por la mejilla y lo atrajo hacia sí, para abrazarlo.

– Te leeré los libros, y aprenderé a corregir y a decirte si son buenos o malos. Y te daré masajes en las cervicales…

– ¡Hey! Tomás… sé que lo vas a hacer. Pero yo también te voy a cuidar un poco ¿vale?

– Nos cuidaremos juntos.

– Eso, el uno al otro.

– Y viceversa.

– ¡Señorito! Se va a quedar frío. Sito, vente a la cocina y deja a tu tío que se vista. Está usted hoy muy sensiblero, señorito. Habrá escrito uno de sus cuentos, y…

– Ya te he dicho que tengo el día tonto, Doris. – volvió su atención de nuevo al niño – Vete a la cocina y vigila cómo hace el chocolate Doris, que lo haga como nos gusta – miró de reojo a la señora y le guiñó un ojo – y que no tueste el pan, que nos gusta con mantequilla y sin tostar, sobre todo si es de nuestra panadería predilecta.

– Y que no lo espese mucho.

– Ni que lo deje muy líquido.

– Tres hervores.

– Bueno, aquí los dos señoritos… qué especialitos, toma y daca aquí entre el sobrino y el tío, con lo bien que le sale a una el chocolate y hecho como antes, nada de esos chocolates express – la mujer se fue rezongando hacia la cocina.

Doris se giró haciéndose la enfadada. Tomás la seguía a poca distancia. Ernesto se levantó del suelo y empezó a vestirse.

– ¡Hala! Vigila, vigila – Doris se hacía la ofendida con Tomás.

Ernesto sonrió al escucharla. Intentó no pensar en nada. Dirigió su imaginación hacia Mundo Maravilloso, y las historias que podían surgir de ahí. Personajes que salían, o que entraban. Su próximo personaje, un niño de 40 años, un Peter Pan con pelos en las piernas, muchos pelos. Quizás un grupo de actores famosos a los que les quitaron sus papeles y se perdieron en una especie de limbo. Un chico que se llame Hugo, que tiene mucha magia pero que un día la pierde por comportarse indebidamente con la gente.

– Esmiralion.

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Lo recibió el canto de los pájaros. Un sol espléndido de color esmeralda, y con un enorme arco iris de mil colores surcando el cielo de lado a lado.

Casas de nubes de algodón a un lado, y al otro lado de la calle, casas de chocolate de distintos colores y sabores. Se acercó a la que tenía más cerca, y cogió un trozo de ventana.

– Hummmmmm, chocolate negro con sabor a naranja, es estupendo.

– ¡Ej oiga! No mej quite la ventajna. ¡Oh! Escrijtor, No lej haber reconojido. Comaj, comaj todo el chocolajte que quieja.

Ernesto amagó una sonrisa al tiempo que saludaba con la mano, en la que por cierto, seguía llevando un gran trozo de chocolate.

Unos niños de apenas ocho o nueve años, venía calle abajo, jugando a polis y ladrones.

– ¿Jugáis?

Una chiquita descarada, con una sonrisa pícara y llena de faltas a causa de un par de dientes por nacer, los miraba fijamente. Porque Ernesto miró a su lado y vio a Tomás que estaba junto a él.

– No te has puesto al final las zapatillas.

Se encogió de hombros enfurruñado.

– Así no puedes ir por la calle.

Volvió a encogerse de hombros.

– ¿Quién lo ha dicho? Tú también vas descalzo.

– Es distinto.

– No.

– Te pareces a tu hermano. Ponte tus Coverse, anda. Si además te molan mucho.

Ernesto se arrodilló y cogió una de las deportivas, que estaban a su lado.

– Eres un niño tonto – le decía una mujer gruñona con la cara de Doris, que lo miraba por encima del hombro – Te pondrás enfermo y acabarás como tu hermano.

– ¿Y cómo va a acabar mi hermano? ¿Eh? ¿Eh? ¿Cómo va a acabar? ¡Dímelo si tienes…!

Ernesto le agarró fuerte el pie para llamar su atención. Tomás paró su exabrupto. Ernesto le calzó la zapatilla y le ató los cordones.

– ¿Vamos a cuidarnos?

Roberto y Kevin salían tristes de una casa de chocolate blanco, con los balcones de chocolate de fresa. Roberto llevaba la bola de cristal de vigilante de Mundo Maravilloso.

Blanca venía por el camino, y Rosa, y Teresa, y Darío. Juan y Fermín, Hugo y Sergio. Manu y Asier llegaban por el lado contrario. Manu tenía un cierto parecido a Cara Cortada, y Asier a su lugarteniente. Pero ahora no daban miedo, sino que lloraban desconsolados. Teresa se abrazó a Manu hundiendo el rostro en su pecho.

– Estáis saliendo de casa – les apuntó Roberto – Deberíais…

– Ya lo sé, ya lo sé. Pero…

Iba a decir que era “tan duro, tan insoportable”… pero las palabras no le salieron. Miró a su alrededor, y vio a todos los niños y no tan niños que lo rodeaban. Había venido incluso Jacinto, un chico de unos treinta y tantos que se había enfadado con Ernesto hacía un par de eternidades según la medida del tiempo de Mundo Maravilloso. Hizo una mueca con la cara para saludarlo en la distancia.

– A lo mejor… – Kevin intentó un amago de ánimo, pero se arrepintió. Quería decirle que a lo mejor Arturo cambiaba de parecer, o que Irene…

– ¡¡Irene!! – llamó mentalmente.

Pero no contestó, como tampoco lo había hecho todas las veces que la había invocado en los últimos días, cuando algo en el ambiente de Mundo maravilloso indicaba que, tras la marcha de María y Teodoro, el Príncipe Arturo iba a ser el siguiente.

– ¿Por qué es el Príncipe de Mundo Maravilloso?

Tomás lo preguntó a nadie en especial. Con los ojos muy abiertos y muy rojos por el llanto caído y por el contenido.

– Era… majestuoso. Bueno, principesco. Ayudaba, aconsejaba, acompañaba. Era grande para lo pequeño que era – apuntó Teresa – Y tenía tanto amor por todos… nos rendimos a sus encantos y lo entronizamos. Y era apuesto como un Príncipe de cuento – puso los ojos en blanco y los dirigió al cielo. – Una lástima que en el mundo real vivamos tan lejos. Si no…

– Y luego el escritor lo plasmó en un papel, y quedó rubricado – cortó Raúl que veía que su amor platónico empezaba a desvariar.

– Ten cuidado que se va a enfadar como le llames pequeño – Ernesto hizo un amago de broma para intentar romper el ambiente de tristeza.

– Debéis partir – dijo Roberto levantando la vista de la bola de cristal.

.

Entraron en el hospital. Caminaron por los largos pasillos como autómatas. El teléfono de Ernesto había sonado un par de veces pero no quiso ni siquiera mirar quién era. Llegaron algunos mensajes, pero tampoco quiso leerlos.

Andaban despacio. Ernesto un paso por delante. Tomás mirando de reojo a su tío, un paso detrás. En un momento Ernesto extendió la mano ofreciéndosela a Tomás, sin mirar atrás, sin mirarlo, sin dejar de caminar. Tomás aceptó el ofrecimiento y le dio la suya, sin mirarlo, sin decirle nada, sin levantar la vista del suelo. Así, cogidos de la mano, entraron en el ascensor. Así, salieron de él en la tercera planta.

Giraron a la izquierda. Dejaron a la derecha la sala de descanso, y giraron a la izquierda de nuevo. En medio del nuevo pasillo, estaba la habitación de Arturo. Se pararon los dos a la vez, sin que ninguno lo indicara al otro. Se quedaron mirando como entraban y salían enfermeras y médicos de su habitación. Ahora sí, Ernesto se giró para mirar a Tomás y éste levantó la cabeza para mirar a Ernesto. Su ánimo acabó por caer, y ni el uno ni el otro eran capaces de dar un paso más.

– ¿Vamos a ver a Sergio? – propuso Ernesto. – Se lo prometimos – se excusó ante sí mismo.

Tomás asintió con la cabeza. Giraron en redondo y volvieron por el mismo camino. Bajaron un piso por las escaleras. Anduvieron por los pasillos, como perdidos, pero en realidad el miedo les hacia dar vueltas. ¿Y si Sergio sabía algo?

Al final se toparon con la habitación, y tras vacilar un par de segundos, entraron. La abuela estaba sentada en la silla, a su lado. Dormitaba. Cuando los vio, sonrió con tristeza.

– Vaya a tomar un café – le ofreció Ernesto, tocándola suavemente sus manos.

Sergio dormía. Parecía tranquilo. La abuela se dio la vuelta cuando ya salía.

– Le hizo mucho bien ayer. Le estoy muy agradecida… hoy ha descansado por primera vez en semanas y hasta me ha sonreído. ¡Y me ha dado un beso!

Ernesto la miraba, pero no decía nada. Tomás se sentó en el borde de la cama. Sergio se removió en sueños al sentirlo, dejándole un poco más de espacio. La abuela salió de la habitación camino de la máquina de café.

La puerta se fue cerrando poco a poco. El escritor miraba fijamente. Medía cada centímetro de abertura que se iba perdiendo.

Y ahora entran Darío y Kevin”

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– ¡Hola! ¿Qué tal?

– Bien gracias.

– Mira ha venido con nosotros Álex Monner.

– Me han dicho que tu sobrino se parece a mí y que dice que es más atractivo. Dile que tiene razón.

– ¡Oh! ¡qué bien! Se lo diré, gracias.

– Y mira que le traigo una camiseta firmada: ¡Para mi doble guapo!.

– Le va a salir la chulería por las orejas, vas a ver, que fuerteeeeeeeeeeeeeeeee…

– Álex palmeó las manos de Ernesto y Kevin y Darío se acercaron a dar un saludo a Sergio.

– Hombre mira a ver si me das un poco de ganas de vivir, como en la serie esa de las pulseras… soy Sergio – y le tendió la mano.

– El gruñón – apuntó Kevin.

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– Ernesto.

– ¡Ernesto!

– ¡Ernesto!

Ernesto abrió los ojos sobresaltado. María le cogía del hombro se lo movía para llamar su atención. Kevin, Darío, Sergio y Tomás lo miraban preocupados.

– Tenías los ojos abiertos pero no… ¿No me veías?

– Estaba… – Tomás fue a explicar lo de Mundo Maravilloso pero se contuvo.

Ernesto los miraba a todos como si no supiera dónde estaba. Buscaba a Álex Monner y buscaba a Pablo Rivero que iba a entrar en la escena, y a María Callas que venía por el pasillo cantando un aria y a cien figurantes más que venían de camino acudiendo a la llamada de su ficción.

Su corazón empezó a latir más deprisa. Intentó hablar pero tenía la boca pastosa, apenas podía mover la lengua… se le pegaba al paladar. Miró a María buscando respuestas, pero no vio más que cansancio en su rostro.

– Federico está abajo – dijo lacónica. – Hay algún… alguna novedad con Arturo.

Ernesto se levantó de un salto.

– Esperad aquí.

Y salió decidido.

Esta vez no perdió ni un instante. Esta vez los pasillos eran cortos y el camino estaba marcado en el suelo con flechas fluorescentes. “Cuanto antes mejor”. En esta ocasión, al girar el recodo que daba al pasillo en dónde estaba la habitación de Arturo, le entraron ganas de ir más deprisa todavía. No había podido despedirse de Irene ni de su madre, porque Germán se lo impidió. Esta vez no iba a ser así.

Entró en la habitación directamente sin mirar a nadie. Allí estaba Germán y Federico. Parecían discutir…

– Hombre, el…

– Germán, no haces nada aquí, vete.

– No te enfades, Ernesto. Debo pedirte perdón. No he estado muy acertado estos días… comprende, la tensión…

Ernesto lo miró directamente a los ojos. Su rostro era inexpresivo y esa misma inexpresividad, en una persona que era siempre exhuberante en el gesto, que continuamente estaba haciendo muecas y que evitaba mirar a los ojos directamente que eran un espejo de sus pensamientos, de su estado de ánimo, asustó a Germán, que nunca lo había visto así.

– Pareces distinto.

– ¿Te importaría irte?

– No te pongas así, yo querría que me perdonaras y retomar nuestra relación… al menos como amigos.

– Nunca hemos tenido una relación – Ernesto hizo una pausa sin dejar de observarlo – ¿Alucinas? ¿Retomar nuestra relación? ¿Y Román? ¿Amigos? Tú no tienes amigos.

– Hombre – Germán buscaba las palabras – creo que… y además eres el tutor de mis sobrinos y creo que deberíamos por el bien de los niños…

– Los niños decidirán si tienen contacto contigo. Eso no tiene nada que ver contigo y conmigo. ¿Me haces el favor de salir de esta habitación? Tercera vez.

– Hombre, Ernesto, te estaba buscando – Rosa entró en la habitación. Pero al ver las caras y la tensión que había, reculó y salió de nuevo.

– Me voy, pero esto no va a quedar así. Creo que… – su tono se endureció; le había sacado de quicio.

Germán se calló al darse cuenta de que nadie le escuchaba. Se encaminó hacia la puerta con el gesto duro, mientras Ernesto se acercaba a Arturo.

– Parece que estuviera dormido – dulcificó su mirada.

Federico se acercó a él y le rodeó los hombros con su brazo.

– Es que por primera vez desde aquella noche, está dormido, descansando.

Ernesto se acercó para acariciarle la cara. Se sentó en la cama y le cogió la mano. La levantó entre las suyas y cerrando los ojos, la besó.

– Besas la mano de un Príncipe.

Ernesto la soltó a la vez que saltaba hacia atrás y se pegaba a la pared, lo más lejos que pudo. Miraba alternativamente a Arturo que entreabría los ojos y a Federico que sonreía satisfecho. Sus ojos empezaron a empañarse y su corazón desbocado amenazaba con irse corriendo al departamento de cardiología.

– Ya te has puesto dramático – Arturo arrastraba las palabras – eres un caso – le sonrió. – Y no me des besos que ya soy muy mayor para eso y hay gente delante, me da palo. Y te veo venir.

– Capullo, te vas a joder que te voy a dar los que me de la gana.

– Eso lo negociaremos.

– ¡¡¡Arturo!!!

Tomás abrió la puerta de golpe que se estrelló contra la pared haciendo un ruido ensordecedor. Pero nadie hizo caso de ello, sino del salto que pegó para subir a la cama y tumbarse al lado de su hermano.

– Me haces daño, canijo.

Tomás se asustó y se bajó de la cama. Quiso decirle que lo sentía, pero se puso nervioso y se aturullaba y no conseguía que ninguna palabra saliera por su boca. Ernesto lo miró fijamente y le guiñó un ojo. El niño respiro hondo y se desaturulló.

– Me has dado un susto de muerte. No quería hacerte daño.

Lo dijo en un susurro, y sin casi respirar, pero lo dijo. Y lo hizo sin apartar la mirada de su hermano, los ojos bien abiertos, como platos, como para comprobar que no era una visión que se iba a desvanecer en cualquier instante.

– Debemos dejarlo descansar – dijo el médico – Mañana hay que hacer un montón de pruebas, a ver como está todo.

Ernesto aupó a Tomás y lo acercó para que besara a Arturo. Sonreía. No lograba tener una visión muy nítida, porque sus ojos estaban húmedos y enrojecidos. Cuando dejó al niño en el suelo, se quedó parado, sin moverse, mirándolo. Una nube apareció en su mente: ¿Y si mañana recaía? En algún sitio había leído que a veces despertaban para luego irse.

– ¡Ay!

Ernesto se giró para ver quién le había dado una colleja. Pero no vio a nadie. Solo vio unas chispitas de luz que iban subiendo hacia el techo y apagándose mecidas por el aire acondicionado.

– Vamos, no seáis remolones. Arturo debe descansar.

– ¡Pero si no ha hecho otra cosa en meses! – se quejó Tomás.

Fuera en el pasillo estaban todos. Kevin y Darío, Sergio, Rosa, Doris que acababa de llegar. Se abrazaron por turnos con Ernesto y con Tomás.

– Debo darte una noticia. Como no coges el teléfono, he tenido que venir. ¡Ah! Germán se ha ido un poco enfadado. No sé que ha dicho de abogados y de que te ibas a arrepentir y un monto de cosas más.

– ¿Tu amigo Germán?

– Eso es una maldad. Has dicho una cosa cierta antes: Germán no tiene amigos.

– Tú nos presentaste. Eras su íntima amiga. Su mariliendres.

– Conocida y vas que chutas. Lo de amigo está muy tirado ya, a cualquier cosa se le llama amigo. Míralo de esta forma: por eso tienes ahora dos tutelados camino de ser hijos que te adoran. Eso es bueno para tu ego romántico. No, no me des las gracias.

– No pensaba.

– Te han dado un premio.

– Estás de coña. Si no me ha presentado a ningún premio.

– Parece que sí. “Premio Ambrosía de novela”. 150.000 Euros. ¡Hasta el último momento mantienes el engaño! Eres un caso.

– ¡Ah!

– ¿No sabes nada?

– Pues… – Ernesto pensaba a toda prisa. Había escrito mucho desde que Arturo entró en coma. Pero no recordaba haber enviado nada a ningún sitio.

– Da igual. No me lo vas a decir. Soy el caso de una agente que es la ultima en enterarse de lo que hace su autor preferido. Otros editores o agentes se encargan de enviar las novelas de sus representados a los premios y cosas de esas. Pero yo contigo tengo la batalla perdida. Pero bueno, ya me voy acostumbrando. Pasó con ese último relato del periódico. Por cierto, tengo a mi secretario loco contestando cartas y correos en tu nombre.

– ¡Ah!

– Ya hablaremos. Premio “Ambrosía de novela” – repitió.

– Felicidades escritor.

No recordaría luego lo que pasó e hizo a continuación. Eran demasiadas cosas, demasiadas noticias, demasiadas emociones para asimilarlas de golpe. Estuvieron un rato hablando, las enfermeras se acercaban a saludarlo y a felicitarlo. Abrían un poco la puerta para ver a Arturo y comprobar que era cierto lo que se decía en el hospital. Los médicos venían y conversaban con Federico cambiando impresiones sobre el caso.

Los chicos hablaban contentos y excitados por la noticia.

Sergio se fue apagando. Llegó un momento en que se sentó en una de las sillas y se quedo mirando la pared, triste. Esa buena noticia para sus nuevos amigos, quizás significara que los perdiera. El hospital era lo que les había unido. Ya no tendría que venir, por lo que ya no tendría contacto con ellos.

Su abuela lo miraba desde la otra esquina del pasillo. Lo veía apartarse poco a poco de los demás. Veía como se iba apagando. Y ella se apagaba también un poco. Se le habían acabado los recursos para intentar levantar el ánimo de su nieto.

Iba a acercarse a él e intentar que le dejara cogerlo de la mano, o darle un beso. Pero Ernesto se adelantó. Se sentó a su lado mirando el mismo punto de la pared que miraba el chico.

– Yo creo que es una mosca que la señora de la limpieza ha machacado con la escoba.

Sergio levantó las cejas pero sin apartar la mirada de la pared.

– Yo creo que es la marca que ha dejado la Ángela Irene cuando se ha ido después de darte una colleja.

Ernesto se incorporó un poco para mirarlo desde delante:

– ¿Cómo lo sabes?

Sergio sonrió enigmático:

– Me lo acaba de decir. Estaba sentada al otro lado.

Ernesto se levantó de un salto, pero solo alcanzó a ver las últimas chispitas.

– ¿Y qué más te ha dicho? La jodida no quiere hablar conmigo.

– Que no me vais a abandonar.

– ¿Por qué te íbamos a abandonar? ¿Quién ha dicho…? ¿Estás tonto o qué? ¿No lees mis historias? Creía que eras un lector más atento.

– Es largo de explicar – le atajó el joven – Y sí, leo tus novelas, una y otra vez.

Se miraron en silencio.

– ¿Algo más?

– Dice que te espera en dónde siempre a la misma hora de siempre. Y que no te retrases, que no llega a ver el capítulo de su serie preferida. Ha dicho algo así como “¿El cielo es lo mejor, tarira, tarira?”. ¡Qué nombre más cutre para una serie!

– Esa es sus serie favorita, sí, “canal 1” del cielo. Será cabrona. No sé por qué no me lo ha dicho ella misma.

– Dijo que preguntarías eso. Que te dijera que no coges el teléfono.

– Será cabrona…

Sergio sonrió y empezó a levantarse. No tenía todavía muchas fuerzas y le costaba. Ernesto le agarró de un brazo y tiró de él. Le puso la mano con la palma hacia arriba. Sergio se la golpeó con la suya. Ernesto se la retuvo.

– Dale un beso a tu abuela, lo necesita – y le soltó la mano.

Sergio asintió despacio, a la vez que ponía la palma de su mano hacia arriba para que Ernesto le chocara. Éste miró a la abuela del chico y le guiñó un ojo. La abuela respiró tranquila y le agradeció con la mirada.

Los chicos se acercaron para acompañar a Sergio y a su abuela a la habitación. Tomás se fue con Doris a casa. Isabel partió a preparar un plan de entrevistas con los del premio que acababa de ganar Ernesto.

María vino a buscar a su marido. Se fueron los dos cogidos del brazo y apoyando cada uno su cansancio en el otro; así era más llevadero.

Ernesto entró en la habitación cuando vio desaparecer por el pasillo a todos. Acercó la butaca a la cama de su sobrino, como hacía cada noche. Empezó a juguetear con la mano que tenía más cerca. De vez en cuando, en sueños, Arturo le apretaba.

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– Al final has conseguido lo que querías.

– Me has hecho sufrir sobrino.

– Eso por no contarme lo del secretario desnudo paseándose por tu casa copiando tus historias.

– Eso fue… Además ¿cómo lo sabes?

– Me lo ha contado Sergio, el chapero. Por cierto, cámbialo de nombre. Para no repetir.

– A lo mejor cambio de nombre al chico. Na, venga, al chapero lo llamaré Álvaro. Pero te va a tocar a ti corregirlo.

– Como quieras. Al final vas a ser como Oier, el del cuento de los pósters. Con familia postiza creciente. Por eso lo escribiste ¿no? Para autoconvencerte.

Ernesto sonrió.

– Tomás y tú sois mi familia. No necesito más.

– ¡Bah! No te lo crees ni tú. Sergio, Kevin, Darío… el pobre que se siente culpable. No quería que su padre se casara con mamá. Y discutió con él pero a lo grande antes de que se montaran en el coche.

– Creo que ya lo ha superado.

– Me tiene miedo.

– Na, eres un cuentista.

– Eso eres tú.

Ernesto se levantó del suelo del ascensor. Empezó a andar un poco por él.

– Por cierto – dijo parándose de improviso – ya me dirás como has hecho lo del cuento al periódico y lo de la novela al premio ese Ambrosía.

– Querido tío, eso… es un secreto. Felicidades, por cierto.

– Gracias, hombre. Perdona que no esté eufórico, pero es que no acabo de creerme el tema. Por lo menos dime si la has escrito tú o yo. Y deberías contarme si me esperan más sorpresas y si he escrito algo que deba saber.

– Todo lo has escrito tú. Tú eres el creador de todo. De mí, de Isabel, de Kevin, de Sergio o como se llame al final, del chapero, de Germán, de Mundo Maravilloso. Todos hemos salido de tu cabeza, nosotros y las historias.

– Me la estás metiendo doblada.

– Tío… tú eres el escritor.

– ¿A qué piso?

El ascensorista había aparecido de nuevo. Arturo se levantó también y pasó su brazo por la espalda de su tío. Se miraron y sonrieron.

– Al de Mundo maravilloso.

Una campanilla sonó y se cerraron las puertas. El ascensorista pulsó un botón y se quedó mirando hacia delate, en posición de firmes. El ascensor empezó a subir hasta que al cabo de unos segundos, se paró.

Las puertas se abrieron.

Tío y sobrino salieron agarrados por la espalda. Miraron al cielo que ese día estaba de color azul verdoso. Unas gotas de confeti caían como si fueran copos de nieve. Los pájaros cantaban una bella melodía y las ardillas saltaban de rama en rama de los árboles. Del cielo colgaban grandes guirnaldas y los conejos corrían de lado a lado estirando interminable serpentinas que iban cambiando de color cada poco tiempo.

– Por cierto, tío. No te voy a perdonar que para la escena de mi despertar, no incluyeras a Jénifer.

– ¿Esa? Va, no la necesitamos.

– ¡Yo sí!

– Ya empezamos.

– Tienes una cita.

Roberto, el vigilante, le avisaba por la megafonía especial de Mundo Maravilloso.

– ¡Me había olvidado! – miró su reloj – Debo irme – y echó a correr.

– Estaré con Jénifer – gritó Arturo saludando a su tío con la mano.

Ernesto se giró e hizo amago de volverse.

– Me las vas a pagar. ¡Traidor!

Arturo apretó los labios y girándose en sentido contrario, levantó los hombros en señal de “se siente”.