Se ha matado.

El otro día, la muerte se acercó a mi puerta. Mientras en México celebraban con algarabía y máscaras el día de la muerte, yo me rompía por dentro.

Quisiera ser de otra forma. Quisiera que mi cultura, mi mundo, me llevara por otros derroteros. Que no me pesara el alma. Quisiera poder reírme y alegrarme porque mi persona querida ha encontrado la paz y está con Dios, tal y como proclamaban sus creencias. Quisiera tener ánimo para organizar la fiesta que decía que quería en lugar de un velatorio lleno de plañideras y amigos con los ojos llorosos. Quisiera ir a una tienda cualquiera y comprar unas máscaras y regalárselas a todos sus amigos, sus parientes: “bailemos y celebremos que Hugo esté donde ha querido”.

No me sale.

Rosa acaba de llegar. Nos abrazamos. Lloramos cada uno en el hombro del otro. No lo vimos llegar. No nos dimos cuenta de nada. No. Éramos sus cercanos, desde el Instituto. Nos íbamos de vacaciones juntos, tonteábamos entre nosotros. Íbamos al cine, a beber a los pies del castillo. Éramos una familia a parte de nuestras familias, que a su vez, formaban una familia todos juntos. Sus hermanos eran los míos, los de Rosa, los de Hugo.

Sus padres, los míos, nos miraban impotentes, sin entender muy bien lo que pasaba.

Y aún así, no lo vimos venir.

Adolfo, su hermano “el pequeño”, está roto. La de veces que nos partimos la cara por él. El más pequeño de nuestra familia, alto, delgado, guapo y un broncas. Siempre estaba en peleas. La ira le embargaba casi permanentemente desde los 12. “NO sabe quién es, por eso es así”, lo disculpaba Hugo. “¿Lo sabemos alguno?” Le contestaba Rosa. Y salíamos los tres corriendo, tras recibir la perdida de Adolfo pidiendo auxilio.

Seguimos juntos todos. Aunque a ratos estábamos lejos. Como ahora él, en Nueva York, con Bea, su mujer. Rosa en Málaga. Yo en Burgos. Con Adolfo y Pablo, sus hermanos. Con Elvira, la hermana de Rosa. Con Julia, mi hermana.

Un wasap.

Algo increíble.

“Se ha matado”.

– Él quería que bailáramos con máscaras en su entierro, ¿Recuerdas? – Adolfo me miraba suplicante mientras me tendía una de payaso y otra de una calavera.

Miré a Rosa, que se encogió de hombros mientras se secaba los ojos. Miré a todos, que habían ido llegando sin darme cuenta.

– De acuerdo – dije al final.

Adolfo se acercó a mi y me abrazó, fuerte. Me dio un beso en la mejilla y me susurró un “te quiero” que hizo que mi cuerpo se estremeciera.

No recuerdo mucho de la fiesta. Del velatorio, del tanatorio. Retazos de música, las máscaras rodeándome. En una creí ver los rasgos de Hugo, riéndose, feliz. Solo espero que allí donde esté, lo sea de verdad.

Yo aquí, no podré quitarme la congoja en mucho tiempo. Quizás no lo consiga nunca. Y sé que a Rosa le pasará igual.

Y a Adolfo.

Y a los demás.

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¿Me esperarás? (3ª parte)

Me lo dijo un día del mes de octubre en que llovía a mares y yo volvía precisamente del Mercadona, empapado, con la bolsa de la compra chorreando y echando pestes sobre mi tontería de irme sin paraguas al grito de: solo son doscientos metros y cuatro gotas.

No me alegró. Ya tenía callo. Pasaba del tema. El de Japón no había dado señales de vida y sabía a ciencia cierta que había vuelto. No dijo ni mú. Así que Rodrigo haría igual, pensé. Me dijo la vecina el piso en que vivía, que ya se había informado. Parecía esperar que me iba a ir corriendo a buscarlo, dejándole la bolsa de la compra a su cuidado en el portal.

No lo hice. Me quedé mirando mis zapatos de entretiempo echados a perder y me metí en el ascensor, jurando por la lluvia y demás.

Pero ¡Oh, sorpresa! Ahí, en la puerta de mi piso me esperaba. Sentado en el suelo, con esas zapatillas rojas que no me gustaban una mierda. Al salir del ascensor me lo tope, casi me trastabillo con él. No lo vi..

Me paré en seco. Curiosa expresión ahora que lo pienso, porque estaba empapado. Él también traía una bolsa de la compra.

Volvemos al principio, pensé.

No dijimos nada en un rato. Yo estaba enfadado. Él expectante. No sé por qué lo del enfado. Él me dijo una cosa y la había cumplido. Me dijo que volvería. No me dijo cuando. No me dio explicaciones y yo acepté. Pero estaba enfadado. Quizás porque en ese momento me di cuenta que no había dejado de pensar en él ni un solo día. En sueños, despierto. Hasta cuando me enrollaba con otro, en algún momento, aparecía él. Eso es lo que me enfadaba, que pensara en él sin tener nada con él. Sin saber si me podía ofrecer algo, cuando eso sí lo tenía claro todo el mundo, siempre había andado con chicas despampanantes. De repente, ante mi invitación de hacía ocho meses o más, que había perdido la cuenta, se había convertido en homosexual y se había enamorado de un hombre que, en serio, no tenía nada de especial. No tengo nada de especial. Si hubiera sido algo despampanante o si me hubiera comportado como un ser excepcionalmente especial e interesante aquel día, quizás… pero no, fui muy soso, nada del otro mundo.

Todo esto y más cosas estuve pensando a toda máquina en los dos o tres minutos que estuvimos así, mirándonos son decir nada. Él tampoco se movió del sitio.

Al final, me decidí a hablar.

– Has vuelto.

Fue una decisión difícil, sí. Una frase muy interesante y meditada. Algo rompedor que hizo que se deshiciera flasheado por el amor y el deseo hacia mí.

– ¿Me has esperado? – dijo él al cabo de un rato de silencio.

Era una pregunta sencilla, pero complicada. No le había sido fiel, si esa era la pregunta. Y me hubiera entregado a dos personas, si éstas no hubieran dicho que no. No veía la necesidad de entrar en detalles. Tampoco me apetecía mentir miserablemente. Así que como respuesta, me encogí de hombros. Tampoco sabía lo que él esperaba del reencuentro. ¿Esperaba amor? O una relación de amistad bonita, de echar la siesta juntos, siesta literal, no siesta en sentido figurado de “noslomontamosdeguayygritamosdeplacertodalatarde”.

– No he lavado el coche – se me ocurrió la gracia. Fue un buen puntazo ¿a qué sí? Rodrigo sonrió.

Tampoco me ponía cachondo. Rodrigo no… pensando en él no me ponía a cien como lo hacían otros. Pero esa sonrisa después de mi broma… esa sonrisa valía una vida.

– Estás empapado – dijo en un momento dado.

– Entra en casa. Me cambiaré de ropa.

Tras ocho meses de espera, la casa estaba más desordenada que nunca. No tuve un pensamiento al respecto, incluso me reí para mis adentros recordando lo asustado que estaba la primera vez que Rodrigo entró en mi piso. Me quité los zapatos nada más entrar, apartándolos de una patada a una esquina, al lado del paragüero. Me quité el abrigo que lo tiré sobre una butaca en el salón, para que se secara. Y me fui al baño a secarme el pelo y a quitarme los pantalones que pesaban el doble por el agua que llevaban en la parte baja de la pernera.

Me miré en el espejo un segundo. Me vi enfadado. Muy enfadado. Por la lluvia, por mí, por mi vida, por Rodrigo. Por esperarlo. Por que no había venido hasta ahora. O porque había venido y ahora, me asustaba lo que pudiera pasar. Hacía tanto tiempo que no tenía a nadie a mi lado. Tanto tiempo. ¿Sabría vivir con alguien? Otra estupidez, pensé al cabo de unos segundos. No sé si va a vivir conmigo, no sé si quiere algo conmigo. No sé nada.

Me sequé el pelo y salí del baño. Como un basilisco. Fui a su encuentro. Iba a decirle cuatro frescas, a poner los puntos sobre las íes. A machacarlo y a echarlo de casa. No quería que me mareara. Estaba mosqueado, mojado. Me sentía ridículo. Ridículo por esperarlo, por soñar con él. Por hacerme ilusiones. Por no saber lo que quería en la vida.

Rodrigo había colocado mi compra. Había encendido el horno y preparaba una dorada para meterla. Con sus patatitas, sus verduritas. Se había descalzado. Me asomé a la entrada y vi colocadas sus deportivas junto a mis zapatos de entretiempo destrozados por el agua. Los dos pares bien alineados.

– ¿Tienes algo de vino blanco? Para el pescado.

– ¿Eh?

Le había oído pero apenas había procesado lo que me había dicho.

– Vino blanco, para el pescado.

– ¡Ah!

En eso llegó un mensaje al wasap. El tío lerdo de Japón diciéndome que había vuelto y que si nos veíamos. Casi estampo el teléfono contra el suelo. “Vete a la mierda”, escribí. Pero no lo mandé.

– Sabes cocinar.

Una afirmación tonta, sobre todo dado mi enfado y mis ganas de echar a ese chico de mi casa a patadas. Pero estaba descalzo, pensé para mí, cogerá frío.

A veces que bobadas pensamos en momentos idiotas.

– Cuatro cosas – contestó sonriendo de medio lado y mirándome con cara de cordero degollado.

Lo observé mientras se movía en la cocina. Por primera vez desde que me lo había encontrado en el suelo sentado, me fijé en él. La del primero tenía razón: estaba en los huesos. Parecía que habían pasado cuatro o cinco años en lugar de ocho escasos meses. Ahora me parecían escasos. Sus ojos estaba apagados, no con el brillo que los había visto siempre. Sus labios parecían agrietados, secos. El pelo lo llevaba corto, como casi siempre, pero ahora lo llevaba sin lustre, sin gracia, cortado a maquinilla, adelante y atrás, punto. Seguía enfadado, pero ya no me salía lanzarle ninguna invectiva, mucho menos largarlo de casa, aunque le dejara coger las deportivas.

– Que número usas – le pregunté sin ninguna entonación, sin gracia, tono monocorde.

Me miró y sonrió. Podría haberse hecho el interesante y preguntar ¿Número de qué? ¿De qué hablas? No te comprendo. ¿Eres un marciano?

– 43.

– Si llego a saberlo te compro unas. Por si no lo sabes, esas no me gustan nada.

Yo todo digno, apoyado en la jamba de la puerta de la cocina.

– Pero no sabía tu número.

Seguí ahí, sin moverme. El me miraba de soslayo, mientras seguía haciendo cosas en la cocina. Me miraba de tapadillo y me sonreía. Era bonita esa combinación de sonrisa y esa mirada furtiva. Y eso que seguía siendo la sonrisa más triste que he visto en mi vida.

– Lo has pasado mal, cariño.

Creí durante un instante que solo lo había pensado. Pero al ver la cara de él, comprendí que lo había expresado en voz alta. “Lo has pasado mal, cariño”. ¿Cariño? No había bebido alcohol desde Nochevieja, así que la excusa de que estaba borracho, estaba descartada. ¿Cariño? ¿Es mi cariño? Pensé unos segundos después.

Paró. Aunque me había mirado un instante, rápidamente fijó la vista en la pared enfrente suya. Noté como tensó su cuerpo. Noté como segundos después lo relajaba del todo. Temí durante un instante que iba a caerse al suelo, desplomado. Incluso me acerqué de un salto extendiendo las manos hacia delante. Me paré en seco al ver como se giraba y se enfrentaba a mí. Estaba desolado. Aprovechando que había extendido mis brazos para cogerlo al vuelo en caso de desmayo, lo rodeé con ellos por el hombro y lo acerqué a mí. Lo pegué a mi cuerpo. Obligué a que acomodara su cabeza sobre mi hombro. Tuvo que inclinarse un poco, es más alto que yo. No opuso resistencia y noté como se abandonaba. Me rodeó con sus brazos. Y poco a poco, fue apretándose más a mí, hasta casi hacerme daño.

Me moría de la curiosidad pero… no me atreví a preguntar.

Estuvimos así un buen rato. El pitido del horno anunciando que había llegado a la temperatura requerida, nos hizo volver en sí. Durante ese abrazo pensé muchas cosas. Muchas. Muchas repetidas, ya meditadas un ciento de veces. Algunas nuevas. Preguntas, me hice un ciento. Y sobre todo la certeza de que en toda mi vida me había encontrado tan a gusto como en ese abrazo.

– Dale, acaba con la cena. Yo preparo la mesa.

Cenamos despacio. No hablamos mucho. Hubo un momento, en el postre, que él puso sus pies desnudos sobre los míos. Estaban helados. Me dio un escalofrío. Pero no hice nada para que los quitara. En realidad me sentía bien. Al principio, él no comía demasiado. Era una cena ligera, un pescado al horno con verduras y una ensalada de las de toda la vida, lechuga, tomate y cuatro trozos de atún en lata. Al final me hice el enfadado y le amenacé con hacerle el avioncito.

Comió. Yo comí más. Él lo necesitaba y yo no. Las contradicciones de la vida.

– ¿No preguntas?

Lo dijo en el postre, un flan de Pascual, que no había nada más. Yogures, pero me parecía un momento importante y un flan tiene más empaque como postre. Ahora que hablo de yogures, me apetece levantarme a comerme uno. Que cosas. Voy a dejar de escribir de comida, porque si no me va a acabar apeteciendo todo lo que nombre. Y eso no es buena idea para mi línea ya de por sí muy curva.

No supe que responder en un principio. No estuve seguro de responder algo o dejar que la pregunta muriera de inanición. Luego barajé muchas respuestas. Si me hubiera pillado apenas un par de horas antes, le hubiera echado los perros, los ojos se me hubieran inyectado de ira y le hubiera echado la bronca. Ahora… después de la cena, el abrazo y de verle y sentirle llorar, eso estaba descartado. Pero por otra parte seguía sin saber que esperar de eso que estábamos viviendo.

– No sé que esperas de mí.

Fui cauto, lo reconozco. Era lo mejor. Y no quise entrar en su vida sin una invitación clara.

– No lo sé – contestó demasiado rápido. – Tengo miedo.

Clavó su mirada en mis ojos. Su forma de mirar no era directa. Quiero decir, no ponía la cabeza recta, los ojos hacia delante. La cosa no era así. Los ojos si miraban adelante, pero su cabeza, siempre solía estar girada a un lado. De medio lado.

– No sé que preguntar. No sé la confianza que me quieres dar. No sé lo que quieres escuchar, ni siquiera sé lo que quieres, para yo saber lo que espero y lo que siento.

Estudié su reacción a mis palabras. Se quedó pensativo. Hubiera jurado que no se había planteado antes lo que estaba haciendo allí, en mi casa, frente a mí, con sus pies desnudos sobre los míos, también desnudos. Era una forma de estar en contacto muy íntima, aunque parezca una bobada. Ninguno nos atrevíamos a apartarlos. Y eso me hizo creer que él sentía algo por mí, aunque no me hacía idea de que era.

Necesito un beso.

Venía por la calle. Pensando. Agobiado por la vida. Intentando disfrutar del sol otoñal, sin conseguirlo. Mirando a los niños, a los jóvenes. A los abuelos. A los de la cafetería, a los del ultramarinos. A los matrimonios saliendo del DIA, las compras semanales. A los perdidos. A los guapos, a los resultones. A los feos. A los amargados de rostro iracundo.

Los miraba, pero no los veía.

Solo veía un beso.

Tu beso.

O el tuyo.

O el mío.

O el nuestro.

Aquella primera vez en la esquina de Sol y Preciados.

Aquella primera vez, en la salida del metro.

Aquella vez que te hizo perder el autobús.

Un beso que iba a la mejilla y acabó en los labios.

Tu beso.

Necesito tu beso. Un beso. O un ciento.

En la mejilla.

En los labios.

En el cuello.

Necesito un beso tórrido.

Uno casto.

Con tus manos en mis mejillas.

Con mis brazos rodeando tu cuerpo.

Un beso mientras hablamos.

Uno mientras follamos.

Uno con mucho amor.

Uno con nuestros cuerpos pegados.

Necesito un beso.

En la calle.

En tu casa. O en la mía.

En el parque.

Tomando un café.

O un pincho.

Un beso.

Necesito un beso tuyo, que no me lo has dado nunca.

Un beso.

¿Cómo saben tus besos? No me acuerdo.

¿Me esperarás? (2ª parte)

“Te esperaré”.

Un mes, nada.

Dos, nada.

Pregunté por el barrio, pero nadie parecía saber nada.

– Rodrigo, el del 6, – me dijo la del primero, que era la cotilla oficial del barrio.- Ni idea. Ya se quien dices, el hijo de Genoveva y de Pablo. Ese chico estaba un poco desmejorado últimamente. Ese yo creo que le da al orujo, fíjate lo que te digo. O a algo peor. Eso no había en mis tiempos.

El caso es que cada día que pasaba estaba más intrigado por Rodrigo y por ese mensaje críptico de: “¿Me esperarás?”.

Claro, no fue una espera de esas de novela, de esas de cada miembro de la pareja enclaustrado en sus habitaciones, solos, sin ver a nadie ni conocer a hombre o mujer.

Porque además. Esa espera ¿A qué se refería? ¿A echar otra siesta de una hora, él sobre mi regazo? ¿Que lo espere para llevar el coche a lavar? Bueno, en eso le he sido fiel. No he quitado ni una mota de polvo. Ni una miga de pan. Es más, he procurado que el polvo aumente y las migas de pan ocupan ya un lugar predominante en el asiento del copiloto.

Yo he tenido mis rollos. Pero rollos de nada, de una semana acaso. Que digo una semana, de un par de días, lo que pasa es que ese par de días fueron dos sábados seguidos.

Además. Pensaba yo. “Si ese chico es hetero, lo de la novia”. Y abundaba en el pensamiento: “Si hemos pasado juntos un par de horas y una de ellas ha sido dormidos, otra media hora haciendo la compra, y media más comiendo. A lo mejor fueron dos horas y media, y alargamos la media hora de la comida a un poco más. Si contamos el Mercadona y demás, otros veinte minutos.

Chico, pero el caso es que sí que se me apareció un ángel bajado del cielo en forma de hombre rubio, con una media melena de infarto, una sonrisa de las de “tierra trágame”, y un estilo de revista de moda. Tener una noche de sexo con él en su hotel fue algo inenarrable. Como folla el tío. Tuve la ocasión de… ocasión no, la sensación. Si fue una sensación de que aquello podía ir a más. Que solo con una palabra mía, aquello podía repetirse, consolidarse. Que a ese ángel bajado del cielo, que además se llamaba Ángel, estaba esperando una mueca por mi parte para besarme los pies el resto de nuestras vidas.

Pero chico, mi hombre de la siesta se apareció en mi imaginario, con sus pies desnudos, sentado en mi regazo, echando la siesta y preguntándome: ¿Me esperarás?

No hice esa mueca. Aunque hice trampas, porque le pedí su teléfono y le puse ojitos. Y entre las brumas del desayuno que nos llevaron a la habitación, los dos en bata, y esas cosas tan románticas, creo que le dije una frase del tipo: “ahora no es el momento, viejas historias no acabadas, pero quizás, dentro de un tiempo…”. Puse toda la carne en el asador, en mi tono insinuante, largamente ensayado en las noches de soledad e insomnio del invierno.

Seis meses y el Rodrigo ese, sin aparecer. Pensé en ir a comprarle las deportivas que le había prometido, por ver si así aparecía. A lo mejor, alguien en el lugar en donde se vigilan el cumplimiento de los destinos de la gente, le hicieran llegar el mensaje: “Jaime se está hartando”.

Miré mi cuenta corriente y vi que no tenía cash, así que pasé de las zapatillas. Y de renovar mi vestuario. Una lástima.

Tampoco me compré un par de libros que me apetecían. Las cosas no van bien en el trabajo. ¿Alguien sabe algo para mí? Algo relajado y que se cobre mucho. Ejem.

La señora del primero, aquella que os dije que estaba al corriente de todo lo que sucedía en la vecindad, me paró un día en la calle, dándole al tema mucho misterio. Miró alrededor, por si había alguien que pudiera escucharnos y me dijo bajo, muy bajo:

– Ese chico por el que preguntabas, lo vi ayer.

Me puse en guardia. Más en concreto, todos los pelos de mi cuerpo. Y otras cosas. El corazón me empezó a latir más deprisa, la emoción me embargó así de lleno, de repente.

– Bajó de uno de los coches que lleva. Ese chico cambia mucho de coche, no sé si te habías fijado.

Algo me había fijado, sí, pero no lo reconocí ante mi vecina del 1º. No quería parecer maleducado, pero al final la apremié para que siguiera.

– Se volvió a ir. Rápido. Tenía mala cara. Ha adelgazado mucho.

Ahora fue el estómago el que se dio la vuelta. ¿Mala cara? ¿Adelgazado mucho? Pero si ese chico no tenía de dónde adelgazarse… salvo que se hubiera comido los huesos…

Durante los siguientes días volví a indagar sin levantar la liebre. Me hice el encontradizo con los vecinos, me paraba a charlar con las mujeres al venir de la compra, a los hombres los asaltaba al salir a trabajar o al volver, corrillos en la calle, a pie de portal y a la salida del Mercadona, que estaba a unos minutos, pero que era un centro de reunión del barrio, que al fin y al cabo era el único supermercado cercano. Pero nadie sabía nada. El portero estaba de vacaciones, así que… volví a la rutina. Aunque la semilla de la intranquilidad había germinado en mi estómago.

Pero era todo un poco irracional. Porque no sabía nada de ese hombre. Solo su aspecto joven, que era hermoso a mis ojos, que me gustaba más allá de su físico sin poder definir las razones de todo eso. Esas escasas horas que pasamos juntos estuve a gusto con él… pero a parte de eso, no sabía nada. Si que al final me enteré de sus apellidos y de alguna aventurilla amorosa que había tenido, porque a alguna de sus novias se las había presentado a la vecina del primero, la cotilla.

Un día me dio por pensar que lo de “Esperarle”, era para lavar el coche.

Barajé la idea de llamar al rubio rutilante, al Ángel bajado del cielo. No me decidía. Pero mira, un día lo hice, con tan mala suerte de que estaba en Japón, abriendo una sucursal de su empresa. Quedamos que en cuando volviera en un par de meses, quedaríamos.

Otra vez esperar. Tócate los cataplines. En Japón además. Podía haber estado a orillas del río Misouri, que estaba más cerca. Australia está más lejos. No mucho, eso también es cierto.

Al menos me quedó la sensación de que al amigo Ángel deviajeporJapónlamadrequeloparió, le había agradado mi llamada.

Yo a mi curro sin glamour, a mi vida sin alma, a mi vida de espera. Toda la vida esperando, maldita sea.

Y aquí es cuando… apareció Pablito.

Joder con el Pablito. Lo del diminutivo es de coña marinera. El Pablito me saca dos cabezas de altura y medio metro de espalda. Lo de la espalda es un poco exagerado, pero es de espaldas anchas. Un tiarrón. Bonachón. Un amante pésimo, todo hay que decirlo, pero te juro que en la vida me he reído follando como con él.

Es adorable.

Y he de reconocer que las esperas que tenía pendientes de Rodrigo el misterioso y de Ángel deviajeporJapónlamadrequeloparió, dejaron de ser prioritarias para mí. Desde lo de Rodrigo, no hacían más que aparecerme hombres interesantes.

Y el tío bobo me dice que no soy su hombre. Que soy guay y demás, pero que él busca algo más… eterno. Sí, dijo eterno.

– ¿Matusalén? – pregunté con retintín y un poco de enfado.

Y él se rió. Me dijo que era muy gracioso y tal. Ja, ja, ja. Pero que no. Ja, ja, ja. Que además llevaba tiempo tonteando con otro hombre que le hacía más gracia.

Ja, ja, ja,

Bueno. ¿Que le hacia más gracia? No podía ser. NO debió puntuar el chiste de Matusalén.

Dos “espérames” y un “vete a tomar gárgaras al Himayala”.

Que triste es mi vida. Antes de Rodrigo y el Mercadona y el año nuevo, no tenía a nadie y estaba más tranquilo emocionalmente. Pero siempre pensando en positivo, creí que eso era que iba a encontrar al hombre de mi vida a la voz de ya.

Así que a esperar.

Sin lavar el coche, por si las moscas.

Las deportivas nada, que ni siquiera sabía su talla. Y yo seguía arruinado, con mas mismas malas perspectivas en el trabajo. Si alguien sabe de algo para mí… (creo que eso ya lo he dicho antes).

Aprendiendo por si acaso de la cultura japonesa. No fuera a ser que el Ángel de los cojones dijera: ven. Y yo lo dejaría todo y me iría al Japón para ser un mantenido.

¿Lo dejaría todo?

Ahora es cuando me detuve a reflexionar con meticulosidad. ¿De verdad lo hubiera dejado todo? Seamos un poco serios al respecto. Al Ángel de Japón, solo lo conocía de un fin de semana de sexo intenso y de otras cosas, es cierto. Pero dos días.

A Rodrigo “espérame que soy misterioso”, solo lo conocía de una siesta y de cruzarnos durante años en el barrio. Es verdad que conecté con ambos como no lo he hecho con nadie. Pero… eso no es suficiente como para dejarlo todo e irte tras sus pasos.

Otros dos meses de tristeza. Ya no esperaba. Al menos no esperaba a esos tipos. En realidad me sumí en un proceso autodestructivo. No me afeitaba, no salía de copas ni salía con los amigos. El trabajo me hastiaba, estuve a punto de dejarlo. Lo único que me retuvo es un hilo de cordura que me decía que no tenía dónde caerme muerto.

Sí, es verdad. Estaréis pensando que esto tiene un final feliz. Mi vecina la enterada, me dio la noticia:

– Ese chico ha vuelto de verdad.

¿Me esperarás? (1ª parte)

Hacía siglos que no lo veía.

Me lo encontré en el Mercadona, cogiendo unas salchichas. Que poco glamuroso, lo sé. Y no le vi, me vio él.

Hola, hola.

Nos miramos un instante. Sonreí y me sonrió. Se giró y fue cuando cogió las salchichas.

Lo observé mientras miraba los quesos untables. Más bien le radiografié. Es que es un hombre francamente atractivo. Siempre me ha gustado, vaya. Aunque ese día en concreto no me agradaban sus deportivas rojas. Y no llevaba calcetines, con el frío que hacía. Por sacarle alguna pega. Me dio en la nariz que había salido de casa a comprar cuatro cosas y se puso lo que más cerca tenía. Ahora que lo pienso, tampoco me gustaba el pantalón que llevaba.

– Feliz año, por cierto. – No se me ocurrió otra cosa, aunque ya había pasado un tiempo desde Nochevieja. Un tiempo largo, más bien. Pero se me escapaba sin haber sabido cruzar con él apenas un escueto: “Hola”.

Se giró de nuevo. Sonrió. Le tendí la mano y me la estrechó. La retuve entre la mía unos instantes. Si me hubiera atrevido le hubiera rozado con el pulgar suavemente… no me atreví.

Nos miramos mientras duró el apretón. Una mirada normal, no nos imaginemos cosas de esas de películas. Qué más hubiera querido yo.

– Estás haciendo compras de hombre solo que no tienen nada para comer en casa. Si quieres ven a la mía y apañamos algo para los dos y nos hacemos compañía.

Se me ocurrió así, de repente. Lo que había dicho era una tontería, pero… es cierto, me pareció una compra de “vamos a improvisar algo de comer, que no tengo nada en la nevera”. Eran las tres de la tarde. Y todo era una tontería, porque… si es que apenas nos habíamos cruzado cuatro palabras. Vernos, mucho, en el portal, en el garaje. Y yo tampoco tenía nada del otro mundo para comer. Y todavía tenía menos ganas de preparar nada.

– No estaría mal.

Iba a decir que era una tontería porque nunca pensé que me fuera a decir que sí. No dijo que sí, dijo que no estaría mal.

– Pues acabemos de comprar juntos. Te veo mucho pero no sé como te llamas.

– Rodrigo.

Y empezamos a hablar.

Me contó que efectivamente estaba solo en casa, que se pasaba así muchas temporadas. Sus padres trabajaban lejos, no tenía hermanos ni parejas ni nada. Acabó mal con su novia hacía unos meses. Todo esto me lo contó en el Mercadona. En dónde el pescado, en frente de los yogures, con los plátanos y las lechugas.

Lo de la novia me fastidió un poco, aunque me lo imaginaba.

Se empeñó en pagar la compra.

– Ya que me invitas a comer…

No discutí. Me conformé con mirarlo y sonreír como un tonto.

Me resultó agradable su charla. Es un forofo de los coches. Se ofreció a llevar el mío a lavar el día que me viniera bien.

– Lo tienes un poco guarro.

Arrugué la nariz. A ver lo que decía de la casa, toda desordenada, como la de alguien que vive solo y que hace siglos que no tiene visitas. Pero no dijo nada. Me disculpé por anticipado.

– La mía está peor.

Ya tenía preparado el primero, así que me puse a freír unos filetes que había cogido en el Mercadona. Él se puso el delantal y empezó a pelar unas patatas.

– Me encantan las patatas fritas.

Pues mira, patatas fritas. Me gustan pero no me las hago nunca por el tiempo y por vagancia.

Va, fue bonito. Hacía tanto tiempo que no estaba en la cocina con nadie… me apoyé varias veces en él, cruzándome, o envolviendo su cuerpo por detrás para coger la harina, que no necesitaba para nada, pero que me apetecía.

Releo esto y reconozco que se me ha ido la olla. Lo de la harina y los frotamientos o roces. Alguno habría, pero no fueron nada sexual. Ni sensual. Nada de nada. Puedo decir que no le molestaba que estuviera a su lado, que lo rozara incluso. Pero nada más.

La charla decayó, más que nada porque a él se le acabó la cuerda y yo estaba un poco fuera de juego. Debería haberme preparado para esa experiencia que estaba viviendo.

Luego vino un momento tenso. Bueno tenso, es una bobada. Pero yo suelo echar la siesta. En la butaca del salón, con los pies sobre otra butaca. Si no lo hago, me falta algo durante toda la tarde. Pero me daba corte. Y estuve ahí… indeciso. Pero él que parecía más lanzado, me dijo sin rodeos.

– ¿Te importa que eche la siesta?

– Ah, claro. Sin problemas. También suelo echarme una cabezada.

Se quitó las zapatillas, se tumbó en el sofá. Yo en mi posición en la butaca. Pero cosa curiosa, no me conseguí dormir. Seguramente por miedo a roncar y molestar a mi nuevo amigo.

– Él tampoco dormía.

De repente se levantó de un salto. Y se puso frente a mí. Yo me incorporé un poco, preocupado porque se iba a ir sin más, lo veía venir, pensando en algo para que se quedara.

– Tengo que probar algo, si no te importa.

Me encogí de hombros, pensando en unos segundos en docenas de posibilidades.

– Claro. Adelante.

Se acercó a mí, se puso de medio lado, y se sentó en mi regazo. Acomodó sus posaderas entre mi pierna y la butaca, de manera que no estuviera su peso sobre mí. Me rodeó el cuello con su brazo derecho, me dio un beso en la mejilla y cerró los ojos. Todo esto lo hizo de corrido, decidido. Como si lo hubiera ensayado o si lo hiciera todos los días.

Yo en cambio, estaba ojiplático. Con mis manos en alto, que no sabía donde apoyarlas. Al final rodee su cuerpo con una de ellas y dejé mi mano sobre su brazo, y la otra la apoyé en sus piernas. Aproveché para colocarlas bien, que parecía que se le iban a escurrir en cualquier momento.

Yo pensé que no iba a echar la siesta en esas circunstancias. Pero él, enseguida su respiración se relajó. Me gustó la sensación. Nunca me había visto en otra como esa. Mis parejas no se habían sentado sobre mí de esa forma, ni yo sobre ellas.

Y me dormí.

– Roncas – me dijo al despertar. Me miraba a los ojos y me sonreía. Había apoyado su cabeza en mi hombro.

– Siento…

– No, no, me gusta. He pensado siempre que si quieres a alguien, escucharlo roncar por la noche, te debe dar tranquilidad. De pequeño tenía miedos nocturnos. Solo podía dormir si escuchaba roncar a mi padre. Mi madre alucinaba, ella siempre ponía a parir a mi padre por eso. Pero a mí me daba tranquilidad.

– ¿Necesitas que alguien te de tranquilidad?

Me sonrió de manera embaucadora, pero no me respondió.

– Tengo que irme.

Se incorporó despacio. Se puso las zapatillas sin desanudarlas.

– Te voy a regalar unas, esas no me gustan – le dije.

No dijo nada.

Fue al baño y se echó un poco de pasta de dientes en el dedo y se lavó los dientes. Yo lo observaba en silencio, desde el pasillo.

– ¿Me esperarás?

Estaba frente a mí, yo apoyado en la pared, en el pasillo.

– ¿Esperarte?

– ¿Lo harás? – me apremió.

– Sí. – le contesté mecánicamente.

– ¿Sí, sí? O ¿Sí, me quito el muerto de encima?

– Sí, coño, te esperaré. Pero dime…

Pero dime nada, porque ya se había ido.