Mamá.

Recuerdo aquella mirada tuya: la ultima. Muchas noches me voy con ella a la cama. Me decías tantas cosas con ella.

Me decías lo mucho que me querías y lo que sentías dejarme. Sí, porque tú sabías que te ibas. Lo supe en cuanto volví y te encontré en el suelo. Diez minutos pasaron, no más. No pude ni batir los huevos para una tortilla.

Me decías que lamentabas dejarme en este mundo, sin tu protección. Eras débil pero fuerte a la vez. Eras débil pero sacaste siempre las uñas por los tuyos. Venciste tus miedos, ahora lo sé, entonces no lo entendía. Quisiste a tu marido mucho, tanto que le protegiste asumiendo como propias decisiones y opiniones que eran suyas, no tuyas. Creo que supiste siempre que te ibas a ir antes y que íbamos a tener que cuidar de él, como así fue. Y me dijiste, con aquella mirada que mi padre iba a ser cosa mía, porque los demás iban a pasar, como ya pasaban.

Y pasaron.

Bueno.

Me pediste perdón por ello.

Y quizás por no ser capaz de entenderme.

Yo tampoco te entendí.

Pasamos malos tiempos en los que no nos hablábamos. Pasamos malas épocas en que ni nos mirábamos si nos encontramos. No fue agradable. No se si mereció la pena. No saqué nada en claro de aquello. Ni una ventaja. Ni fui más feliz. No sé si las decisiones que he tomado en la vida han sido adecuadas. Creo que no.

Podía haber pasado sin ser así, o de otra forma. No debería haberte echo caso en algunas cosas, aunque en otras debería haberte llevado la contraria. Creo que lo hice todo al revés. Como entenderte mucho después de que te fueras. ¿De que me sirve eso ya? Si te hubiera entendido cuando estabas, no hubiera hecho algunas cosas y hubiera tomado otras decisiones. Discutes, te pones a la defensiva con tu gente, ¿para qué? ¿Por qué? No, no mamá, no he estado acertado. Te echo mucho de menos para hablar contigo de ello. Quizás ahora hubiéramos podido hablarlo todo y nada. Pero no estás y cuando estabas, no podíamos hacerlo. Tú te ponías, yo me ponía y gritábamos y discutíamos y al final, no nos hablábamos.

Muchos días necesitaría un abrazo tuyo. Un beso. O dos. Necesitaría verte y sentarme a tu lado. Velarte como no te velé cuando pude. Tampoco querías que lo hiciera, no querías ser una carga. Yo tampoco. Creo que en muchos momentos lo fui para ti. Una decepción. Y te fuiste preocupada. Ahora lo se. Y no te faltaba razón. No se enfrentarme a la vida. Pero no es culpa tuya, es mía y solo mía.

No me encuentro, mamá. No soy capaz de encontrarme. Estoy perdido. Y sabes lo peor: me he dado cuenta que estoy solo. Muy acompañado, pero solo. Y que no sé apreciar ni el cariño y la alegría que dan los niños. Tus nietas. Te hubieran gustado.

En fin.

Todo esto se me ha ocurrido hoy, en tu día. Tenía que haber ido a trabajar y me he quedado viendo la tele, que si el clásico, que si el Real Madrid, que si Iniesta arriba o abajo. Si no te gusta el fútbol, me dirás. Y es cierto, no me gusta. Pero mamá, en realidad miraba pero no lo veía: pensaba en ti y en mí. Y que a ti si te gustaba. Tu Atletic de Bilbao. Sabes, ahora vería los partidos contigo. A lo mejor me hubiera acabando gustando el fútbol.

Bueno, mamá. Seguiré durmiéndome con esa mirada tuya. Con tus manos entre las mías y asegurándote que no tardaba nada en preparar la comida. Una comida que nunca acabé de preparar. No importa. Ahora tampoco soy capaz de preparar ninguna.

Que pena mamá que nos demos cuenta de como es la gente que queremos cuando se va. Ahora ¿qué más da? Ya no hay solución.

Y encima no me dejaste la receta de la tarta de queso.

Da igual. Se me ha estropeado el horno hace un mes y todavía no he llamado a que lo reparen.

Te echo de menos.

Mamá.

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La historia del fauno en el bosque.

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Me han contado que este atractivo fauno se pasea por el bosque que hay a las afueras de la ciudad. Se desplaza sigilosamente acechando a los hombres que se aventuran en las profundidades de la espesura a la búsqueda de flores, de mariposas o de leña. Incluso a los que con fines aviesos quieren cazarlo para exhibirlo en un circo o como simple trofeo de caza. O a los que lo consideran una alimaña peligrosa que hay que exterminar.

Sus padres le avisaron que su vida sería muy difícil. Intentaron convencerle de que su existencia estaba destinada a juntarse con uno de los suyos. No podía aspirar a seguir su corazón y encontrar un alma gemela que le quisiera como era, en un mundo que no estaba preparado para los seres como él, etéreos, mágicos, llenos de inocencia y amor. Diferentes.

Nuestro fauno tiene magia sí. Y es inocente, sí. Y quiere conseguir al hombre de su vida. Sí. Y es distinto, también.

Busca a un hombre que le ame sin prejuicios. Que no vea sus cuernos sino sus ojos. Que acepte su forma de vida, aunque estaría dispuesto a renunciar a ella por él.

Sus padres lo dejaron volar. Con dolor porque pensaron que su vida estaría llena de decepciones. Incluso temieron por su vida. Lloraron y le rogaron. Él los quiere con toda su alma, porque le educaron bien, le criaron con mucho amor. Pero sintió que debía seguir su camino. Sintió que era posible encontrar al hombre que le amara sintiendo los dictados de su ser. No podía evitar que el gustaran los humanos y machos.

Hace tiempo que no ve a los suyos. Sus padres se alejaron de él, pensando que volvería y contraería nupcias con la descendencia de los faunos que vivían en el cottage de al lado, y formaría una familia como era debido.

Muchos le tienen miedo o eso dicen; lo ven distinto, con sus cuernos, sin salir del abrigo del bosque, danzando continuamente. En realidad no saben como tratarlo. En todo caso, les asusta porque han escuchado las historias de lo que hace a las gentes que le quieren mal, que le quieren cazar. Es dulce y amoroso, pero eso no es incompatible con ser un fauno listo, valiente, decidido y resolutivo.

Me contaron la historia de un cazador que entró en el bosque decidido a llevar a su mansión la cabeza del fauno bailarín y colgarla en el salón, para presumir delante de las visitas. Quiso que le acompañaran algunos vecinos al grito de que era un animal peligroso que se llevaría a sus hijos y se los comería. O cuando menos, los convertiría en un engendro como él o les ensartaría con sus cuernos por el ano y los colgaría de cualquier árbol del bosque. Pero unos por miedo y otros porque sabían que el fauno era de buen talante, se negaron. Eso no amilanó al cazador, que cogió unos días de dispensa en su trabajo y se aventuró solo en el bosque, bien pertrechado de alimentos y municiones para su rifle. Cuando llevaba dos jornadas completas buscando por los parajes que contaban los lugareños que se le había visto, al final lo encontró. Le disparó con premura, pero sin éxito: nunca lograba apuntar antes de que desapareciera de su punto de mira, aunque volvía a mostrarse en otro lado: a la derecha, arriba, detrás. Era como una visión. Veía sus cuernos, veía su cuerpo desnudo y perfecto, una vez vio incluso sus ojos que lo miraban inexpresivo. Él apuntaba su rifle. Cuando iba a disparar, ¡zas! Ya no estaba. Se giraba raudo y lo veía a su espalda, levantaba el rifle y ¡zas!, volvía a desaparecer.

El cazador en uno de estos movimientos bruscos dispuesto a cobrarse su trofeo, se enredó en unas raíces y cayó al suelo con tan mala suerte que se rompió la rodilla. Fue a levantarse para coger el rifle, ajeno al dolor punzante en su pierna, obsesionado por matar al fauno. No pudo. Escuchó un ruido a sus espaldas y se giró. Allí estaba el fauno. Desnudo. Con mil collares de perlas y esmeraldas rodeando su cuello. Intentó arrastrarse para huir de él. Recordó algunas historias de que el fauno ensartaba con sus cuernos a sus víctimas, enganchándolos por alguno de sus orificios. O los violaba con su miembro enorme y duro. Y luego les sacaba las entrañas del cuerpo y el alma. Otras historias contaban que rodeaba el cuello de sus víctimas con sus collares y los estrangulaba lentamente, sin dejar de mirarlos a los ojos. Por un instante pensó que eso no era posible, porque si eso hacía a los paisanos que se cruzaban con él, todos estarían muertos y no hubieran podido contarlo. Luego lamentó no haber sido más diestro en la caza y pasar de cazador a cazado. Mentalmente se despidió de su mujer y de sus hijos. De sus amigos. Intuyó que los comentarios de éstos no serían muy compasivos. Él que siempre presumió de su virilidad empalado por un fauno. Que muerte tan denigrante. Cazado por su presa.

Rezó unas oraciones y se preparó para la muerte. “Yo siempre he sido bueno”, dijo al Todopoderoso.

El fauno se inclinó sobre él. Rostro serio. Lo miro con curiosidad. El cazador tuvo la certeza de que el estaba leyendo la mente, conociendo hasta el más mínimo recuerdo ya olvidado de su infancia. Él mismo empezó a recordar episodios que tenía enterrados en su memoria. Quiso cerrar los ojos para no ver al fauno, pero sobre todo, para no ver su vida pasada. Creyó escuchar en la lejanía a un grupo de personas que lo llamaban a gritos. El fauno le puso la mano sobre los ojos y se los cerró. Luego sintió su mano en su rodilla maltrecha. Aulló de dolor. Pensó que el fauno lo iba a torturar antes de destruir para siempre su virilidad primero y luego, su vida.

Se desmayó.

Al despertar estaba en su mansión. En la cama. Estaba desnudo. Miró a su alrededor creyendo que estaba muerto y eso era el cielo. Vio a su alrededor a su mujer. A sus hijos. A varios vecinos y a algunos amigos. Todos pendientes de él. Su mujer se acercó a verle abrir los ojos. Sus hijos respiraron aliviados, hasta Andrés, el pequeño, que no se llevaba muy bien con su padre. Díscolo y rebelde, lo calificaba el padre. Cabrón era el calificativo más suave que Andrés dedicaba a su progenitor.

Su mujer le dijo que temieron por su vida. Tantos días fuera, sin noticias, le dijo ella. “Si solo fueron dos”, pensó el cazador.

– Mi rodilla – se quejó el cazador.

– Tu rodilla está perfecta – le contestó extrañada ella. – ¿Te duele? – preguntó solícita.

– No estoy muerto – dijo en un susurro, palpando su cuerpo. Y estoy entero, pensó para él. No sentía nada extraño en ninguno de sus orificios, salvo quizás un poco de sequedad en la boca. Respiró aliviado.

Nunca más pensó en volver a cazar al fauno. Paseó por el bosque, con otras intenciones. Quería saber, conocer, hablar. Pero el fauno, aunque algunas veces sintió su presencia, nunca se dejó ver.

Indagó en esa historias que contaban del fauno, y no encontró a nadie al que directamente le hubiera desaparecido un padre, un hijo, ni siquiera un primo segundo. Todas eran historias que la gente contaba que le habían contado.

El fauno sigue en la floresta, según me cuentan. Sigue buscando y esperando al hombre que lo ame y lo acepte como es. Lleva muchos años en el empeño. Y aunque hay días que se le hace cuesta arriba no pierde las esperanzas. Dicen que a veces se escuchan llantos de desesperación en el bosque. A pesar de su belleza, de su bonhomía, de su magia, no es capaz de encontrar su amor. Ni siquiera unos amigos que le hagan la vida más agradable. Es distinto para los suyos y para los demás, también. Está solo y así se siente.

 

No encuentro las palabras.

No encuentro las palabras.

Es un hecho que asumí hace unas semanas. Mi madre me puso en la encrucijada: o iba al pueblo por Navidad, o iba al pueblo por Navidad. Fue a verme a la Universidad solo para decírmelo a la cara. Seria como nunca la había visto antes. Acaso cuando se divorció de mi padre.

Desde ese momento, no dejo de darle vueltas. Hace ya mucho, fui consciente del mal que había causado a mi hermano. Durante algunos años de mi infancia, creí que Nacho tenía como única finalidad en la vida el fastidiarme. Una Navidad hace tiempo, nos acercamos de una forma increíble. Pero la cagué. Él se enamoriscó de un chico y yo me sentí incómodo. No sé por qué, y prefiero no ahondar en las razones: tengo miedo de descubrirlo.

El caso es que lo humillé. Lideré un grupo de acoso y derribo en el colegio. Le acosaron y le derribaron. Nacho es fuerte. Antes de esas Navidades en las que nos hicimos amigos, me hubiera machacado la cabeza sin dudarlo. Pero ahora sé que no me la machacó porque le parecía increíble que yo hiciera una cosa así. No a él, sino a cualquiera. Pasó de lobo a corderito. Recuerdo en una de las peleas que le provocamos, como me miraba a los ojos. Intentaba penetrar dentro de mi cabeza. Lo hacía tan bien, que aparté la vista y salí corriendo. No quería que notara que estaba acojonado.

Nacho no se rindió. El abuelo estuvo atento y se lo llevó al pueblo antes de que ocurriera algo irreparable. Lo engañó para darle una excusa y que no se sintiera perdedor: “Te necesitamos, la abuela y yo”. Cuando lanzas a una horda de gente contra algo o alguien, sabes cuando empieza. Luego pararlo, es casi imposible, si además, como en el caso de mi hermano, el objetivo no se rinde; muy al contrario, vende caro cada golpe que consiguen darle.

El abuelo supo enseguida lo que pasaba y vino a hablar conmigo.

Mi abuelo ha sido alguien muy importante en mi vida. Cuando yo era cordero era mi apoyo. Cuando era un marginado, él me hacía ver lo bueno que había en mí y conseguía la más de las veces hacerme sentir bien conmigo. Ahora que era yo el lobo, vino a hablar conmigo y le mordí. Todavía me acuerdo la cara de sorpresa, primero, de lástima, después, y la de desilusión suprema, para acabar.

Me sentí triunfante. Aunque al día siguiente me empecé a sentir mal. Cada día que pasaba me sentía un poco peor. Aunque muchos días conseguía apartar esos pensamientos de mi cabeza. Era un lobo y la gente me respetaba. Mi manada me aclamaba como líder indiscutible.

Mi madre me observaba como si fuera un desconocido. Un día tomó una decisión: estudiaría el curso siguiente en Dublín o en Boston. Elegí Boston. Estaba más lejos. Me fui muy dignamente. Aclamado por mis secuaces, ignorado por el resto de mi familia. Mi madre me despidió en el aeropuerto como lo podía haber hecho con un compañero de trabajo.

No volví en varios años. Siempre me las arreglaba para tener un curso especial, o alguna actividad extra-curricular. Me ennovié, lo cual me daba más excusas para no regresar ni por Navidad. Pero un día, las excusas se acabaron y hube de regresar.

Mi madre en el aeropuerto. Estaba más guapa que nunca. Tuve el impulso de abrazarla, aunque lo superé rápidamente. Pero ese impulso activó mi cabeza y ya no he podido pensar en otra cosa que en mis razones, en asumir mis actos y en sentir vergüenza de mí mismo. Pero soy muy orgulloso. Y me he tragado mis sentimientos de culpa hasta ahora.

Debo enfrentarme a mi abuelo. A mi abuela. A mi hermano. Podría hacer como que no ha pasado nada. Pero no es lo que me pide el cuerpo. Estas semanas he sido consciente todo lo que les he echado de menos, de cuánto los necesito para ser quien quiero ser. No quiero ser lo que soy ahora. Pero no sé como pedir perdón. No sé que decir.

El autobús enfila la calle Mayor del pueblo. Veo a mi abuelo y a mi hermano esperándome bajo los soportales. Llueve ligeramente. El abuelo lleva una cachaba. Mi hermano lo sujeta del brazo. Nacho no está cómodo, lo sé, lo conozco. El autobús se acerca a la acera. Estoy agobiado. Mi corazón late a mil. Cierro los ojos e intento acompasar mi respiración. En mi cabeza, sin invitarlos, aparecen los personajes con los que soñaba de pequeño: La Bailarina de la caja de Música, el cuarto Rey Mago, el Paje perdido, el Príncipe enamorado. El Príncipe valiente enamorado de un bello cortesano que tanto ayudó a Nacho. Todos ellos me saludan inclinando ligeramente la cabeza. Me rodean y me hablan al oído. Lo que pasa es que no logro entender lo que me dicen. Pero sin darme cuenta, me siento más tranquilo.

El autobús se detiene. El conductor grita el nombre del pueblo. Me levanto con la cabeza centrada en recoger mi equipaje. No sé que decirles. Sigo sin encontrar las palabras. Ensayo mentalmente aunque solo logro balbucear. Bajo las escaleras y los veo enfrente mío. Los ojos se empañan y empiezo a llorar. Me acerco a ellos y… Nacho suelta al abuelo, da ese paso que nos separa y que a mí me hubiera costado la vida darlo. Me abraza. Siento el impulso de besarlo y lo hago. En la mejilla, en la frente, en los ojos, decenas de besos seguidos, besos de abuela. El abuelo se acerca y nos abraza a los dos. No puedo parar de llorar. Lloramos todos.

Lo sé, ahora lo sé, son las personas más importantes de mi vida. Las he hecho daño, es cierto. Pero intentaré, a partir de ahora, compensarlas. Amarlas y asegurarme de que se den cuenta de ello. Va a ser la finalidad de mi vida.

Como un niño.

Emilio es un hombre serio, responsable. Por eso me gustó nada más lo conocí. Por eso lo perseguí hasta que me hizo caso. Todos me decían que me equivocaba, que no teníamos nada en común, que era mayor para mí. Pero yo insistí. Ese porte serio, su mirada inteligente. Su forma de preocuparse por mí sin parecer que lo hace, sin resultar pesado ni echártelo en cara a la menor ocasión.

Nos casamos cuando pudimos. Antes ya vivíamos juntos. Al principio tuve un poco de miedo por lo de la convivencia. Creía que a lo mejor, mis amigos tendrían algo de razón y que luego, a la hora de compartir vida, la cosa no serían tan sencilla. Sin problemas. Nos organizamos bien enseguida. La única sorpresa fue al acercarse la Navidad.

Ahí, la forma de ser de Emilio cambia radical. No es la misma persona. Y su Navidad empieza pronto, en octubre, el 1 en concreto: comienza el montaje de su Nacimiento. Un Nacimiento que ocupa la galería y parte del salón.

El primer año, me quedé ojiplático. Volví del trabajo y me lo encontré rodeado de cajas. Me sorprendió porque él suele llegar más tarde que yo, pero ese día no. Y los que siguieron tampoco. Pregunté sorprendido y él me contó pormenorizadamente lo que iba a hacer mientras me enseñaba figuras, casas, molinos, montañas… todo estaba en esas cajas, cuidadosamente guardado. No le había visto esa luz especial en sus ojos hasta aquel momento. Parecía otro hombre. Puso tanta emoción que me contagió y me ofrecí a ayudarlo. Entonces volvió a ponerse serio, y me dijo:

– Es algo que debo hacer solo.

Al principio me molestó. Compartíamos muchas actividades, aunque tenemos una parcela en la que cada uno sigue su vida aparte. Pero eso me pareció en aquel momento una buena cosa para acercarnos todavía más. Me dolió, pero al final me conformé. Era emocionante verlo construir poco a poco, con todo el cuidado del mundo el nacimiento. Yo lo miraba mientras hacía que leía. y lo sigo haciendo casa año. Es ya parte de nuestras tradiciones.

El día que lo acabó, me esperaba con una botella de cava y me invitó a brindar con él. Me enseñó todo con detalle. Era conmovedor sentir la pasión que ponía al hacerlo. Al final lo abracé y le di un suave beso en los labios. Al principio se quedó un poco parado, como sorprendido. Pero le gustó y me devolvió el beso, suave, en los labios y me abrazó él. A partir de ese año, eso forma parte de la parafernalia. El brindis, el abrazo, el beso. Y te juro que espero ese momento con ansia. Cada año. Y yo creo que él también.

Creí que una vez acabado el Belén, volvería todo a la normalidad. Pero no era así. Cada día dedicaba no menos de una hora a cambiar las figuras de sitio, las luces, los reyes magos avanzaban camino del portal. Ese rato, Emilio no existe. Me recuerda a mi sobrina de 5 años y el belén en casa su abuelo: es su juguete preferido, para desesperación de mi madre, que debe recoger el musgo por toda la casa.

Esos tres meses de Navidad, Emilio parlotea sin descanso, habla como si tuviera 10 años. Habla de regalos, de la magia, del amor. Me escribe una carta a los reyes magos, porque dice que yo soy su rey. La primera vez me derretí de placer. El caso es que todos los años, cuando me despierto y tengo en la mesilla su carta, me siento como el hombre más feliz de la tierra. Pensé en escribir yo otra carta, pero intuí que no era apropiado. Que eso rompería de alguna forma “su magia”.

La noche de Reyes, coloca las figuras de los reyes al lado del nacimiento. En un rincón, deja unas galletas para los reyes magos, una botella de cava en una cubitera; y tres copas. Me mira con los ojos muy abiertos y me dice que se va a la cama.

Espero a notar sus ronquidos y preparo todos los regalos al pie del belén. Todos bien envueltos con papel de colores. Abro la botella de cava y lleno las tres copas. Me como tres galletas y bebo de esas tres copas. Pongo unas luces de colores rodeando los regalos y las dejo encendidas. Y me voy a la cama, junto a él. Lo abrazo por detrás y dormimos hasta la mañana siguiente.

El día de reyes se despierta pronto. Me zarandea para espabilarme y tira de mí hacia el salón. Como un niño. Verle abrir cada regalo y ver su cara de asombro me emociona. Ahora mismo tengo la lágrima a punto. Lo que me sorprende cada año y no sé como lo hace, es que al lado de sus regalos, están los míos. Perfectamente envueltos. Cada noche de reyes duermo abrazado a él. Y cada mañana de reyes, me encuentro mis regalos junto a los suyos. Y faltan tres galletas más y la botella de cava está vacía. Seguro que mi mirada de asombro y gozo no tiene nada que envidiar a la suya. Ni mi felicidad. Algún año me he planteado quedarme a dormir en el salón, para pillarlo. Pero me arrepiento enseguida. Es mejor seguir con el misterio. A lo mejor, mi marido es uno de los Reyes Magos. Al menos el mío sí lo es.

El sobre amarillo.

– Cómprate algo por Navidad, David.

Ernesto su jefe, le tendió un sobre amarillo. Tuvo la tentación de abrirlo inmediatamente, como si no hiciera ya muchos años que dejó de ser un niño y todavía estuviera ante el árbol de Navidad en casa de sus padres y que éstos lo miraran con expectación para ver su cara de alegría al descubrir lo que le habían dejado los Reyes Magos. Pero se contuvo. Sonrió con parquedad como un hombre adulto agradecido, sin hacer ningún aspaviento. Solo una leve inclinación de cabeza y en un arranque, le tendió la mano. El camino de la vida que le había deparado el destino, le había desacostumbrado a los presentes inesperados; no sabía muy bien como reaccionar.

Caminó hacia su casa. Con los cuellos del abrigo subidos y un poco encogido. Hacía frío ese día de diciembre. Los niños canturreaban los números de la lotería mientras pasaba por delante de los bares y las tiendas de televisores curvos, con muchos colores y un sonido envolvente que prometían vivencias inenarrables.

Llegó a casa entumecido. Encendió el viejo y ruidoso calefactor de su habitación y se sentó enfrente del chorro de calor. “¿En que me gasto el dinero?”

Se levantó de un impulso y abrió el armario. Tenía un abrigo de entretiempo. Un par de chaquetas de punto algo ajadas. Una americana, que reservaba para alguna ocasión especial. Un par de vaqueros. Otros de felpa y unos de pana, que reservaba para los días más fríos.. “Un abrigo más gordo; o unas botas de invierno, eso es”.

Estaba concentrado en esos pensamientos cuando la estufa dio un chispazo y dejó de funcionar. Salía un poco de humo. Se agachó rápidamente para apagarlo. “¡Mierda! A lo mejor tendré comprar otro”. Se sintió frustrado, porque las botas habían ganado enteros. Su calzado estaba en un estado lamentable. Seguro llegarían las lluvias y las nieves y lo necesitaría. Se levantó lentamente, mirando fijamente al aparato, como si así fuera a funcionar. “¡Maldito cacharro!”

Un ruido de la calle llamó su atención. Miró por la ventana. Camila llegaba a casa con sus hijos, Jairo y Ramón; por el gesto de la mujer, supo que su ex-marido andaba por allí. Justo, ahí estaba. No se lo pensó y salió de casa corriendo. Le había parecido ver que el hombre llevaba un palo escondido en la espalda y se acercaba a ella amenazante.

Antes de que pudiera salir del portal, varios vecinos se habían arremolinado alrededor de Camila, interponiéndose entre el ex-marido y la mujer y sus chicos. La policía llegó en ese momento. David pensó en volverse, pero observó a los chicos desbordados. Se decidió a acercarse a ellos. Le caían bien y creía que él a ellos también. A lo mejor podía hacer algo.

Los chicos le vieron y se acercaron. Su madre los miró intranquila, pero al ver que estaban con él, se relajó. Rodeó sus hombros con sus brazos y los apartó de allí. El mayor callaba, pero el pequeño era un hervidero de nervios que matizaba hablando sin parar. Su padre, el palo, su madre, “le pega, David, le pega”. “No lo entiendo”.

Se alejaron del tumulto. Caminaron sin rumbo hasta que llegaron a la altura de una hamburguesería.

– ¿Comemos? – les ofreció.

Callaron. Por la hora, estaba seguro de que no habrían comido. Sin decir más, los invitó a pasar. Pidieron y se sentaron.

Los chicos parloteaban, cada vez más tranquilos. David los escuchaba atentamente. Llegó un momento en que el silencio se apropió de la mesa. Ya se habían desahogado. Notó que empezaban a pensar en su madre. En su padre.

– ¿Y los Reyes? ¿Qué habéis pedido?

– Mamá nos ha dicho que no pidamos nada. Papá no le pasa pasta.

Se quedó mirándolos un momento. Ya eran mayores para creer en la magia de la Navidad. Y la suerte les había deparado un despertar a la realidad muy brusco. Eso no evitaba que doliera ver su resignación.

– Pero eso no es del todo cierto – dijo David en un arranque . – Tengo aquí un sobre que me han dado para compraros algún regalo.

Mientras hablaba sacó el sobre amarillo que le había dado su jefe.

– Habrá al menos 100 euros.

– ¡¡Ábrelo!! – exclamó el pequeño

Así lo hizo. Para su sorpresa, había 300 euros. Debería darle efusivamente las gracias a Ernesto.

Rápidamente hicieron una lista. Unas deportivas nuevas, un chándal, un abrigo, y… así pasaron la tarde, de compras. Pero pensó que eso no eran unos Reyes de unos chicos. Así que se acercó al cajero y sacó 300 euros que tenía reservados para las rebajas. Sin decirles nada, los guió hacia una tienda de informática.

– ¿Y si os traen una tablet?

Abrieron mucho los ojos. Se les notaba azorados, pero a la vez, ansiosos.

– Pero tendréis que compartirla.

Volvieron a casa caminando despacio, con las bolsas de la compra. Según se acercaban a casa, David los notaba inquietos ante lo que pudieran encontrar allí.

– ¿ Y si os quedáis conmigo esta noche? – les propuso.

– ¿Y mamá?

La llamaron y no puso pegas. Casi se sintió aliviada. Necesitaba descansar y pensar. David mientras abría la puerta se acordó de que no tenía calefacción. Pero ya no quiso decepcionarles más. Abrió la puerta de casa. Para su sorpresa, notó calor. Fue corriendo a la habitación y el calefactor estaba funcionando a toda potencia. Hubiera jurado que lo dejó apagado, estropeado.

No lo entendió, pero prefirió no pensar en ello. Hace calor y es lo que importa.

– Vamos a probar la tablet.

Se pusieron a ello. Pero al poco, les notó cansados.

– Un vaso de leche y a la cama.

Les preparó la cama y se acostaron. Dormían como unos benditos. Él se fue al salón, al sofá.

Tendría que dejar para mejor ocasión su cambio de vestuario. Pero estaba contento. Verles la cara mientras dormían, tranquila, feliz, bien valía pasar frío otro invierno más. Habría de esperar al próximo sobre amarillo.