Se ha matado.

El otro día, la muerte se acercó a mi puerta. Mientras en México celebraban con algarabía y máscaras el día de la muerte, yo me rompía por dentro.

Quisiera ser de otra forma. Quisiera que mi cultura, mi mundo, me llevara por otros derroteros. Que no me pesara el alma. Quisiera poder reírme y alegrarme porque mi persona querida ha encontrado la paz y está con Dios, tal y como proclamaban sus creencias. Quisiera tener ánimo para organizar la fiesta que decía que quería en lugar de un velatorio lleno de plañideras y amigos con los ojos llorosos. Quisiera ir a una tienda cualquiera y comprar unas máscaras y regalárselas a todos sus amigos, sus parientes: “bailemos y celebremos que Hugo esté donde ha querido”.

No me sale.

Rosa acaba de llegar. Nos abrazamos. Lloramos cada uno en el hombro del otro. No lo vimos llegar. No nos dimos cuenta de nada. No. Éramos sus cercanos, desde el Instituto. Nos íbamos de vacaciones juntos, tonteábamos entre nosotros. Íbamos al cine, a beber a los pies del castillo. Éramos una familia a parte de nuestras familias, que a su vez, formaban una familia todos juntos. Sus hermanos eran los míos, los de Rosa, los de Hugo.

Sus padres, los míos, nos miraban impotentes, sin entender muy bien lo que pasaba.

Y aún así, no lo vimos venir.

Adolfo, su hermano “el pequeño”, está roto. La de veces que nos partimos la cara por él. El más pequeño de nuestra familia, alto, delgado, guapo y un broncas. Siempre estaba en peleas. La ira le embargaba casi permanentemente desde los 12. “NO sabe quién es, por eso es así”, lo disculpaba Hugo. “¿Lo sabemos alguno?” Le contestaba Rosa. Y salíamos los tres corriendo, tras recibir la perdida de Adolfo pidiendo auxilio.

Seguimos juntos todos. Aunque a ratos estábamos lejos. Como ahora él, en Nueva York, con Bea, su mujer. Rosa en Málaga. Yo en Burgos. Con Adolfo y Pablo, sus hermanos. Con Elvira, la hermana de Rosa. Con Julia, mi hermana.

Un wasap.

Algo increíble.

“Se ha matado”.

– Él quería que bailáramos con máscaras en su entierro, ¿Recuerdas? – Adolfo me miraba suplicante mientras me tendía una de payaso y otra de una calavera.

Miré a Rosa, que se encogió de hombros mientras se secaba los ojos. Miré a todos, que habían ido llegando sin darme cuenta.

– De acuerdo – dije al final.

Adolfo se acercó a mi y me abrazó, fuerte. Me dio un beso en la mejilla y me susurró un “te quiero” que hizo que mi cuerpo se estremeciera.

No recuerdo mucho de la fiesta. Del velatorio, del tanatorio. Retazos de música, las máscaras rodeándome. En una creí ver los rasgos de Hugo, riéndose, feliz. Solo espero que allí donde esté, lo sea de verdad.

Yo aquí, no podré quitarme la congoja en mucho tiempo. Quizás no lo consiga nunca. Y sé que a Rosa le pasará igual.

Y a Adolfo.

Y a los demás.

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¿Me esperarás? (3ª parte)

Me lo dijo un día del mes de octubre en que llovía a mares y yo volvía precisamente del Mercadona, empapado, con la bolsa de la compra chorreando y echando pestes sobre mi tontería de irme sin paraguas al grito de: solo son doscientos metros y cuatro gotas.

No me alegró. Ya tenía callo. Pasaba del tema. El de Japón no había dado señales de vida y sabía a ciencia cierta que había vuelto. No dijo ni mú. Así que Rodrigo haría igual, pensé. Me dijo la vecina el piso en que vivía, que ya se había informado. Parecía esperar que me iba a ir corriendo a buscarlo, dejándole la bolsa de la compra a su cuidado en el portal.

No lo hice. Me quedé mirando mis zapatos de entretiempo echados a perder y me metí en el ascensor, jurando por la lluvia y demás.

Pero ¡Oh, sorpresa! Ahí, en la puerta de mi piso me esperaba. Sentado en el suelo, con esas zapatillas rojas que no me gustaban una mierda. Al salir del ascensor me lo tope, casi me trastabillo con él. No lo vi..

Me paré en seco. Curiosa expresión ahora que lo pienso, porque estaba empapado. Él también traía una bolsa de la compra.

Volvemos al principio, pensé.

No dijimos nada en un rato. Yo estaba enfadado. Él expectante. No sé por qué lo del enfado. Él me dijo una cosa y la había cumplido. Me dijo que volvería. No me dijo cuando. No me dio explicaciones y yo acepté. Pero estaba enfadado. Quizás porque en ese momento me di cuenta que no había dejado de pensar en él ni un solo día. En sueños, despierto. Hasta cuando me enrollaba con otro, en algún momento, aparecía él. Eso es lo que me enfadaba, que pensara en él sin tener nada con él. Sin saber si me podía ofrecer algo, cuando eso sí lo tenía claro todo el mundo, siempre había andado con chicas despampanantes. De repente, ante mi invitación de hacía ocho meses o más, que había perdido la cuenta, se había convertido en homosexual y se había enamorado de un hombre que, en serio, no tenía nada de especial. No tengo nada de especial. Si hubiera sido algo despampanante o si me hubiera comportado como un ser excepcionalmente especial e interesante aquel día, quizás… pero no, fui muy soso, nada del otro mundo.

Todo esto y más cosas estuve pensando a toda máquina en los dos o tres minutos que estuvimos así, mirándonos son decir nada. Él tampoco se movió del sitio.

Al final, me decidí a hablar.

– Has vuelto.

Fue una decisión difícil, sí. Una frase muy interesante y meditada. Algo rompedor que hizo que se deshiciera flasheado por el amor y el deseo hacia mí.

– ¿Me has esperado? – dijo él al cabo de un rato de silencio.

Era una pregunta sencilla, pero complicada. No le había sido fiel, si esa era la pregunta. Y me hubiera entregado a dos personas, si éstas no hubieran dicho que no. No veía la necesidad de entrar en detalles. Tampoco me apetecía mentir miserablemente. Así que como respuesta, me encogí de hombros. Tampoco sabía lo que él esperaba del reencuentro. ¿Esperaba amor? O una relación de amistad bonita, de echar la siesta juntos, siesta literal, no siesta en sentido figurado de “noslomontamosdeguayygritamosdeplacertodalatarde”.

– No he lavado el coche – se me ocurrió la gracia. Fue un buen puntazo ¿a qué sí? Rodrigo sonrió.

Tampoco me ponía cachondo. Rodrigo no… pensando en él no me ponía a cien como lo hacían otros. Pero esa sonrisa después de mi broma… esa sonrisa valía una vida.

– Estás empapado – dijo en un momento dado.

– Entra en casa. Me cambiaré de ropa.

Tras ocho meses de espera, la casa estaba más desordenada que nunca. No tuve un pensamiento al respecto, incluso me reí para mis adentros recordando lo asustado que estaba la primera vez que Rodrigo entró en mi piso. Me quité los zapatos nada más entrar, apartándolos de una patada a una esquina, al lado del paragüero. Me quité el abrigo que lo tiré sobre una butaca en el salón, para que se secara. Y me fui al baño a secarme el pelo y a quitarme los pantalones que pesaban el doble por el agua que llevaban en la parte baja de la pernera.

Me miré en el espejo un segundo. Me vi enfadado. Muy enfadado. Por la lluvia, por mí, por mi vida, por Rodrigo. Por esperarlo. Por que no había venido hasta ahora. O porque había venido y ahora, me asustaba lo que pudiera pasar. Hacía tanto tiempo que no tenía a nadie a mi lado. Tanto tiempo. ¿Sabría vivir con alguien? Otra estupidez, pensé al cabo de unos segundos. No sé si va a vivir conmigo, no sé si quiere algo conmigo. No sé nada.

Me sequé el pelo y salí del baño. Como un basilisco. Fui a su encuentro. Iba a decirle cuatro frescas, a poner los puntos sobre las íes. A machacarlo y a echarlo de casa. No quería que me mareara. Estaba mosqueado, mojado. Me sentía ridículo. Ridículo por esperarlo, por soñar con él. Por hacerme ilusiones. Por no saber lo que quería en la vida.

Rodrigo había colocado mi compra. Había encendido el horno y preparaba una dorada para meterla. Con sus patatitas, sus verduritas. Se había descalzado. Me asomé a la entrada y vi colocadas sus deportivas junto a mis zapatos de entretiempo destrozados por el agua. Los dos pares bien alineados.

– ¿Tienes algo de vino blanco? Para el pescado.

– ¿Eh?

Le había oído pero apenas había procesado lo que me había dicho.

– Vino blanco, para el pescado.

– ¡Ah!

En eso llegó un mensaje al wasap. El tío lerdo de Japón diciéndome que había vuelto y que si nos veíamos. Casi estampo el teléfono contra el suelo. “Vete a la mierda”, escribí. Pero no lo mandé.

– Sabes cocinar.

Una afirmación tonta, sobre todo dado mi enfado y mis ganas de echar a ese chico de mi casa a patadas. Pero estaba descalzo, pensé para mí, cogerá frío.

A veces que bobadas pensamos en momentos idiotas.

– Cuatro cosas – contestó sonriendo de medio lado y mirándome con cara de cordero degollado.

Lo observé mientras se movía en la cocina. Por primera vez desde que me lo había encontrado en el suelo sentado, me fijé en él. La del primero tenía razón: estaba en los huesos. Parecía que habían pasado cuatro o cinco años en lugar de ocho escasos meses. Ahora me parecían escasos. Sus ojos estaba apagados, no con el brillo que los había visto siempre. Sus labios parecían agrietados, secos. El pelo lo llevaba corto, como casi siempre, pero ahora lo llevaba sin lustre, sin gracia, cortado a maquinilla, adelante y atrás, punto. Seguía enfadado, pero ya no me salía lanzarle ninguna invectiva, mucho menos largarlo de casa, aunque le dejara coger las deportivas.

– Que número usas – le pregunté sin ninguna entonación, sin gracia, tono monocorde.

Me miró y sonrió. Podría haberse hecho el interesante y preguntar ¿Número de qué? ¿De qué hablas? No te comprendo. ¿Eres un marciano?

– 43.

– Si llego a saberlo te compro unas. Por si no lo sabes, esas no me gustan nada.

Yo todo digno, apoyado en la jamba de la puerta de la cocina.

– Pero no sabía tu número.

Seguí ahí, sin moverme. El me miraba de soslayo, mientras seguía haciendo cosas en la cocina. Me miraba de tapadillo y me sonreía. Era bonita esa combinación de sonrisa y esa mirada furtiva. Y eso que seguía siendo la sonrisa más triste que he visto en mi vida.

– Lo has pasado mal, cariño.

Creí durante un instante que solo lo había pensado. Pero al ver la cara de él, comprendí que lo había expresado en voz alta. “Lo has pasado mal, cariño”. ¿Cariño? No había bebido alcohol desde Nochevieja, así que la excusa de que estaba borracho, estaba descartada. ¿Cariño? ¿Es mi cariño? Pensé unos segundos después.

Paró. Aunque me había mirado un instante, rápidamente fijó la vista en la pared enfrente suya. Noté como tensó su cuerpo. Noté como segundos después lo relajaba del todo. Temí durante un instante que iba a caerse al suelo, desplomado. Incluso me acerqué de un salto extendiendo las manos hacia delante. Me paré en seco al ver como se giraba y se enfrentaba a mí. Estaba desolado. Aprovechando que había extendido mis brazos para cogerlo al vuelo en caso de desmayo, lo rodeé con ellos por el hombro y lo acerqué a mí. Lo pegué a mi cuerpo. Obligué a que acomodara su cabeza sobre mi hombro. Tuvo que inclinarse un poco, es más alto que yo. No opuso resistencia y noté como se abandonaba. Me rodeó con sus brazos. Y poco a poco, fue apretándose más a mí, hasta casi hacerme daño.

Me moría de la curiosidad pero… no me atreví a preguntar.

Estuvimos así un buen rato. El pitido del horno anunciando que había llegado a la temperatura requerida, nos hizo volver en sí. Durante ese abrazo pensé muchas cosas. Muchas. Muchas repetidas, ya meditadas un ciento de veces. Algunas nuevas. Preguntas, me hice un ciento. Y sobre todo la certeza de que en toda mi vida me había encontrado tan a gusto como en ese abrazo.

– Dale, acaba con la cena. Yo preparo la mesa.

Cenamos despacio. No hablamos mucho. Hubo un momento, en el postre, que él puso sus pies desnudos sobre los míos. Estaban helados. Me dio un escalofrío. Pero no hice nada para que los quitara. En realidad me sentía bien. Al principio, él no comía demasiado. Era una cena ligera, un pescado al horno con verduras y una ensalada de las de toda la vida, lechuga, tomate y cuatro trozos de atún en lata. Al final me hice el enfadado y le amenacé con hacerle el avioncito.

Comió. Yo comí más. Él lo necesitaba y yo no. Las contradicciones de la vida.

– ¿No preguntas?

Lo dijo en el postre, un flan de Pascual, que no había nada más. Yogures, pero me parecía un momento importante y un flan tiene más empaque como postre. Ahora que hablo de yogures, me apetece levantarme a comerme uno. Que cosas. Voy a dejar de escribir de comida, porque si no me va a acabar apeteciendo todo lo que nombre. Y eso no es buena idea para mi línea ya de por sí muy curva.

No supe que responder en un principio. No estuve seguro de responder algo o dejar que la pregunta muriera de inanición. Luego barajé muchas respuestas. Si me hubiera pillado apenas un par de horas antes, le hubiera echado los perros, los ojos se me hubieran inyectado de ira y le hubiera echado la bronca. Ahora… después de la cena, el abrazo y de verle y sentirle llorar, eso estaba descartado. Pero por otra parte seguía sin saber que esperar de eso que estábamos viviendo.

– No sé que esperas de mí.

Fui cauto, lo reconozco. Era lo mejor. Y no quise entrar en su vida sin una invitación clara.

– No lo sé – contestó demasiado rápido. – Tengo miedo.

Clavó su mirada en mis ojos. Su forma de mirar no era directa. Quiero decir, no ponía la cabeza recta, los ojos hacia delante. La cosa no era así. Los ojos si miraban adelante, pero su cabeza, siempre solía estar girada a un lado. De medio lado.

– No sé que preguntar. No sé la confianza que me quieres dar. No sé lo que quieres escuchar, ni siquiera sé lo que quieres, para yo saber lo que espero y lo que siento.

Estudié su reacción a mis palabras. Se quedó pensativo. Hubiera jurado que no se había planteado antes lo que estaba haciendo allí, en mi casa, frente a mí, con sus pies desnudos sobre los míos, también desnudos. Era una forma de estar en contacto muy íntima, aunque parezca una bobada. Ninguno nos atrevíamos a apartarlos. Y eso me hizo creer que él sentía algo por mí, aunque no me hacía idea de que era.

¿Me esperarás? (1ª parte)

Hacía siglos que no lo veía.

Me lo encontré en el Mercadona, cogiendo unas salchichas. Que poco glamuroso, lo sé. Y no le vi, me vio él.

Hola, hola.

Nos miramos un instante. Sonreí y me sonrió. Se giró y fue cuando cogió las salchichas.

Lo observé mientras miraba los quesos untables. Más bien le radiografié. Es que es un hombre francamente atractivo. Siempre me ha gustado, vaya. Aunque ese día en concreto no me agradaban sus deportivas rojas. Y no llevaba calcetines, con el frío que hacía. Por sacarle alguna pega. Me dio en la nariz que había salido de casa a comprar cuatro cosas y se puso lo que más cerca tenía. Ahora que lo pienso, tampoco me gustaba el pantalón que llevaba.

– Feliz año, por cierto. – No se me ocurrió otra cosa, aunque ya había pasado un tiempo desde Nochevieja. Un tiempo largo, más bien. Pero se me escapaba sin haber sabido cruzar con él apenas un escueto: “Hola”.

Se giró de nuevo. Sonrió. Le tendí la mano y me la estrechó. La retuve entre la mía unos instantes. Si me hubiera atrevido le hubiera rozado con el pulgar suavemente… no me atreví.

Nos miramos mientras duró el apretón. Una mirada normal, no nos imaginemos cosas de esas de películas. Qué más hubiera querido yo.

– Estás haciendo compras de hombre solo que no tienen nada para comer en casa. Si quieres ven a la mía y apañamos algo para los dos y nos hacemos compañía.

Se me ocurrió así, de repente. Lo que había dicho era una tontería, pero… es cierto, me pareció una compra de “vamos a improvisar algo de comer, que no tengo nada en la nevera”. Eran las tres de la tarde. Y todo era una tontería, porque… si es que apenas nos habíamos cruzado cuatro palabras. Vernos, mucho, en el portal, en el garaje. Y yo tampoco tenía nada del otro mundo para comer. Y todavía tenía menos ganas de preparar nada.

– No estaría mal.

Iba a decir que era una tontería porque nunca pensé que me fuera a decir que sí. No dijo que sí, dijo que no estaría mal.

– Pues acabemos de comprar juntos. Te veo mucho pero no sé como te llamas.

– Rodrigo.

Y empezamos a hablar.

Me contó que efectivamente estaba solo en casa, que se pasaba así muchas temporadas. Sus padres trabajaban lejos, no tenía hermanos ni parejas ni nada. Acabó mal con su novia hacía unos meses. Todo esto me lo contó en el Mercadona. En dónde el pescado, en frente de los yogures, con los plátanos y las lechugas.

Lo de la novia me fastidió un poco, aunque me lo imaginaba.

Se empeñó en pagar la compra.

– Ya que me invitas a comer…

No discutí. Me conformé con mirarlo y sonreír como un tonto.

Me resultó agradable su charla. Es un forofo de los coches. Se ofreció a llevar el mío a lavar el día que me viniera bien.

– Lo tienes un poco guarro.

Arrugué la nariz. A ver lo que decía de la casa, toda desordenada, como la de alguien que vive solo y que hace siglos que no tiene visitas. Pero no dijo nada. Me disculpé por anticipado.

– La mía está peor.

Ya tenía preparado el primero, así que me puse a freír unos filetes que había cogido en el Mercadona. Él se puso el delantal y empezó a pelar unas patatas.

– Me encantan las patatas fritas.

Pues mira, patatas fritas. Me gustan pero no me las hago nunca por el tiempo y por vagancia.

Va, fue bonito. Hacía tanto tiempo que no estaba en la cocina con nadie… me apoyé varias veces en él, cruzándome, o envolviendo su cuerpo por detrás para coger la harina, que no necesitaba para nada, pero que me apetecía.

Releo esto y reconozco que se me ha ido la olla. Lo de la harina y los frotamientos o roces. Alguno habría, pero no fueron nada sexual. Ni sensual. Nada de nada. Puedo decir que no le molestaba que estuviera a su lado, que lo rozara incluso. Pero nada más.

La charla decayó, más que nada porque a él se le acabó la cuerda y yo estaba un poco fuera de juego. Debería haberme preparado para esa experiencia que estaba viviendo.

Luego vino un momento tenso. Bueno tenso, es una bobada. Pero yo suelo echar la siesta. En la butaca del salón, con los pies sobre otra butaca. Si no lo hago, me falta algo durante toda la tarde. Pero me daba corte. Y estuve ahí… indeciso. Pero él que parecía más lanzado, me dijo sin rodeos.

– ¿Te importa que eche la siesta?

– Ah, claro. Sin problemas. También suelo echarme una cabezada.

Se quitó las zapatillas, se tumbó en el sofá. Yo en mi posición en la butaca. Pero cosa curiosa, no me conseguí dormir. Seguramente por miedo a roncar y molestar a mi nuevo amigo.

– Él tampoco dormía.

De repente se levantó de un salto. Y se puso frente a mí. Yo me incorporé un poco, preocupado porque se iba a ir sin más, lo veía venir, pensando en algo para que se quedara.

– Tengo que probar algo, si no te importa.

Me encogí de hombros, pensando en unos segundos en docenas de posibilidades.

– Claro. Adelante.

Se acercó a mí, se puso de medio lado, y se sentó en mi regazo. Acomodó sus posaderas entre mi pierna y la butaca, de manera que no estuviera su peso sobre mí. Me rodeó el cuello con su brazo derecho, me dio un beso en la mejilla y cerró los ojos. Todo esto lo hizo de corrido, decidido. Como si lo hubiera ensayado o si lo hiciera todos los días.

Yo en cambio, estaba ojiplático. Con mis manos en alto, que no sabía donde apoyarlas. Al final rodee su cuerpo con una de ellas y dejé mi mano sobre su brazo, y la otra la apoyé en sus piernas. Aproveché para colocarlas bien, que parecía que se le iban a escurrir en cualquier momento.

Yo pensé que no iba a echar la siesta en esas circunstancias. Pero él, enseguida su respiración se relajó. Me gustó la sensación. Nunca me había visto en otra como esa. Mis parejas no se habían sentado sobre mí de esa forma, ni yo sobre ellas.

Y me dormí.

– Roncas – me dijo al despertar. Me miraba a los ojos y me sonreía. Había apoyado su cabeza en mi hombro.

– Siento…

– No, no, me gusta. He pensado siempre que si quieres a alguien, escucharlo roncar por la noche, te debe dar tranquilidad. De pequeño tenía miedos nocturnos. Solo podía dormir si escuchaba roncar a mi padre. Mi madre alucinaba, ella siempre ponía a parir a mi padre por eso. Pero a mí me daba tranquilidad.

– ¿Necesitas que alguien te de tranquilidad?

Me sonrió de manera embaucadora, pero no me respondió.

– Tengo que irme.

Se incorporó despacio. Se puso las zapatillas sin desanudarlas.

– Te voy a regalar unas, esas no me gustan – le dije.

No dijo nada.

Fue al baño y se echó un poco de pasta de dientes en el dedo y se lavó los dientes. Yo lo observaba en silencio, desde el pasillo.

– ¿Me esperarás?

Estaba frente a mí, yo apoyado en la pared, en el pasillo.

– ¿Esperarte?

– ¿Lo harás? – me apremió.

– Sí. – le contesté mecánicamente.

– ¿Sí, sí? O ¿Sí, me quito el muerto de encima?

– Sí, coño, te esperaré. Pero dime…

Pero dime nada, porque ya se había ido.

Retazos de vida imperfectos: No pegamos.

Quise verte aquel día. No lo medité mucho. Llegué y pregunté por ti.  La recepcionista me miró de una forma… de una forma… no se definirla. Pero estuve seguro  que me iba a decir que no estabas o alguna excusa parecida.

En efecto, me dijo que estabas en una reunión y que habías dado orden expresa de que no te interrumpieran. Yo dije entonces que esperaría. Ella me dijo tajante: No es posible. No se dignó ni disimular lo más mínimo el rechazo que le producía.

No pude verte.

Intenté esperar en la calle, como me dijiste si pasaba algo parecido. Casualmente vino un policía al poco para pedirme la documentación y recomendarme que no era buen sitio para estacionarse. ¿Estacionarme? Me pregunté. He venido en autobús. Estoy en la acera, apoyado en una barra de las de aparcar bicicletas, pero sin bicicletas.

Si hubiera ido con traje, no con mi chándal viejo, bien afeitado,  no con esta barba de varios días que perdió hace ya unos cuantos el encanto de la barba de un par de días. Con unos zapatos nuevos, en lugar de estas deportivas, que aunque son de marca y costaron una pasta, están gastadas y sucias. Y huelen, que las he usado mucho. Eso no creo que lo notara el policía, ni la de recepción de tu empresa. Pero esas zapatillas me han acompañado mucho. Y sabes, son muy cómodas. Las tengo cariño. ¿Para que voy a comprar otras?

Otras tengo. De hecho, tengo muchas. Nuevas. sin estrenar. Pero no pensé que debiera ponerme de punta en blanco para ir a verte.

Claro, están acostumbrados a verte limpito, recién afeitado, con tu corbata perfectamente anudada, recta, tu camisa impoluta, tu gesto risueño, pero circunspecto, de persona importante.   No debieron pensar que de mi visita se derivara nada bueno para ti.

No pegamos juntos, te lo he dicho siempre. Tu me dices que me quieres, y sé que es verdad. Y yo te quiero, y es verdad. Te amo. Amo. AMO. Mayúsculas. Quién me iba a decir a mí que tus canas me llevaran por la calle de la amargura.

Pero no pegamos. Y nos lo dicen a cada paso que damos. Nos lo dicen de palabra, con la mirada, con la obra.

Y tenemos que decidir si lo dejamos y les damos la razón o de si intentamos darnos una oportunidad. Aún así, hay muchas probabilidades de que salga mal. Hay cosas que de tanto escucharlas al final, acabas por creértelas.

 

Estás conmigo.

Ahora mismo, si a Chus le hablan de orgullo, dignidad y eso conceptos tan grandilocuentes, se echaría a reír con ganas. De hecho, está en plena carcajada, al lado de la cama de su amante, desnudo, tirado en el suelo y con las sábanas y mantas sobre él. No entiende como se ha podido caer de la cama tan tontamente. Pero ahí está. Todavía no lo sabe, pero el vaso de agua que se llevó a la mesilla sobre un platito, que su amante es muy remilgado, está a punto de caer sobre su cabeza. Le queda nada, un pequeño movimiento del suelo con las risas del propio Chus, que su amante salga del baño (aunque conociéndolo todavía tardará como media hora) y abra la puerta con decisión, o que se cuele por la ventana una pequeña brizna de aire.

El vaso pende de un hilo, que diría aquél.

Y el hilo se rompió, porque Chus acabó riéndose otra vez a carcajadas (miró al espejo del armario y vio la pinta que tenía además, con su cara llena de carmín, que le gustaba a su amante el tema del carmín, espatarrado, con las mantas aquí y allá, y con su tripita, que no se había dado cuenta de que era cierto lo que le había dicho Carlos de la Cuesta Contigo, su remilgado amante: has engordado, cariño, pero me pones más así), el vaso se volcó derramándose sobre Chus y cayendo luego sobre su pecho, ya vacío. Todo esto volvió a provocar otra carcajada. Que cuando uno se siente ridículo es mejor reírse, sobre todo si no le ve nadie. Chus era incapaz de levantarse del suelo, lo que le hacía reír de nuevo. Un círculo vicioso que estaba consiguiendo que su miembro viril quisiera ponerse contento para unirse a la fiesta. Ponerse cachondo en esa situación era para echarse a reír. Una vez más.

El remilgado amante de Chus, salió del cuarto de baño, espantado de la algarabía que escuchaba en la habitación, con su camisa impoluta, su peinado perfecto, afeitado y con la boca sabiendo a clorofila.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó caminando hacia Chus, con una ligera sonrisa en su boca, que no dejaba de ser el asunto gracioso y la risa de Chus era contagiosa.

– No me puedo levantar, como la canción.

– ¿La canción?

– De Mecano. – Chus empezó a cantarla.

– ¡Ah! Esa.

– Carlitos, pareces un viejo.

– Y tú un crío.

– Lo que somos.

– No somos críos, tenemos veintitantos.

– Da igual. Somos unos críos. Aunque parezcas un viejo.

– Tengo muchas responsabilidades.

– Tienes un palo metido por el culo.

– No es cierto.

– Lo es. Déjate de cháchara y ayúdame a levantarme.

Carlos de la Cuesta se acercó a Chus decidido a solventar el tema, con tan mala suerte que no vio el vaso en el suelo y lo pisó, resbalándose. Intentó mantener el equilibrio agitando los brazos como si fueran aspas de molinos de viento en medio de un huracán. Lo más que consiguió es caer hacia delante en lugar de hacia atrás. Chus vio la jugada y se movió para ponerse en la trayectoria de su caída y amortiguarla.

– ¡Carajo! -exclamó fastidiado Carlos de la Cuesta– tendré que volver a arreglarme. (su camisa de lino se había humedecido con el agua del vaso y Chus, para fastidiarlo, había pasado su cara rasposa de barba de dos días y carmín de la última noche, por la suya, poniendo colorete en su rostro, estaba seguro de ello).

– Vayamos al Orgullo, Carlitos.

– Deja. No me van esas movidas.

– Subámonos en una carroza.

– Quita, quita.

– Follemos. Ahora. Por primera vez hoy.

Iba a decir que no tenía ganas, pero notó la mano de Chus sobre su miembro y supo que no podía disimular. Y notó el pene de su amante, que acababa de ponerse a tono. Sintió su piel mojada, el carmín en su cara, el gesto de pillo que le ponía… y sin más disquisiciones, se lanzó a besarle como un desesperado.

La camisa acabó en la manilla de la ventana, la corbata directamente sobre el cuello, hacia atrás. Los pantalones hasta hacía unos minutos, pulcramente planchados, estaban arrugados debajo de la cama.

Se abrazaron, dieron varias vueltas sobre sí mismos, besándose apasionadamente. Chus fue a despeinar a su amante, pero éste le detuvo la mano.

-No, que me ha costado…

El comienzo de un beso nuevo, calló las quejas de Carlos. Y Chus consiguió su propósito y lo despeinó completamente. Y a Carlos no le importó, un día es un día. Y dos, son dos.

El tiempo pasó como una exhalación. No dejaban de besarse, de tocarse, cambiaban de posición, jadeaban, reían. Se saboreaban.

De repente, Carlos escuchó en el carrillón del salón que daban las 12,30 h.

– Cáspita, no voy a llegar.

– ¿No puedes decir joder como todo el mundo?

– ¿Qué más da?

– Sácate el palo, joder.

– No seas grosero. No tengo un palo en mi culo, tengo… – se detuvo porque le daba corte decir en voz alta lo que tenía en su culo en lugar del palo. – Acabemos que tengo que…

– Ya se me ha cortado el rollo – exclamó un fastidiado Chus notando como su miembro viril se ponía flácido y salía de Carlos de la Cuesta Contigo.

Chus se puso a horcajadas sobre Carlos. Le agarró las manos y se las sujetó por encima de su cabeza.

– Estás ridículo con todo ese carmín – le dijo de repente Carlos, intentado inútilmente que le soltara.

– Pues bien que te pone caliente. Y tú eres ridículo a tiempo completo. ¿Me quieres?

– Qué pregunta más tonta. Sabes que sí.

– Dímelo.

– Ya lo sabes.

– Dímelo.

– Te… te… te… quiero.

– Vas a llamar a esos con los que has quedado y les vas a decir que te ha surgido algo y no vas a poder ir.

– Pero…

– Nos vamos a ir a la manifestación. A la fiesta. Te vas a poner algo de ropa informal, de la mía, que la tuya es toda de viejos. Con el pelo así, y sin ducharte, oliendo a sexo y sudor. Oliendo a mí. Yo iré oliendo a ti.

– No, eso no.

– Y vamos a pasar la tarde juntos, de la mano, como hacen los novios.

– Pero…

– Tú me quieres, yo te quiero. Así que somos novios – dijo muy serio y convencido Chus.

– No me gusta los…

– ¿Compromisos? Pues bien te comprometes para otras cosas.

– No es lo mismo. E iba a decir las etiquetas. No me gustan las etiquetas.

– Yo te miro con orgullo. Quiero que hagas lo mismo. Y quiero ir por la calle contigo. Quiero subirme a una carroza, bailar contigo, quiero besarte… quiero ponerme un cartel en el pecho: soy el novio de Carlos de la Cuesta Contigo.

– ¿Y tu carrera? Tu representante decía que…

– Que le den a todos. ¿Estás conmigo?

– Bueno… pensaba que no querías…

– ¿Estás conmigo, Carlos? O ésta será la última vez que veas estas lorzas que tanto te ponen…

– Pero…

– ¿Estás conmigo?

Se hizo el silencio.

Los dos sin moverse, respirando agitados, mirándose. Cada uno en su lucha.

– Te quiero – dijo de repente Carlos. Lo dijo decidido y sin trastabillarse.

Se besaron.

– Hago todo eso, incluido lo de novios. Pero a cambio te pido una cosa. Dos.

– Dispara.

– Te vienes a vivir conmigo y… – carraspeó – te casas conmigo.

Chus abrió la boca de la sorpresa. Soltó las manos de Carlos. Y se inclinó sobre él para besarlo.

– Hecho. Te quiero, bobo. Que les den a todos. Vamos a ser la pareja del año. ¡¡Ja!!

Chus se levantó del suelo y fue a buscar su móvil.

– ¿Qué vas a hacer?

– Voy a mandar a todos un wasap, para anunciar nuestra decisión.

Carlos de la Cuesta Contigo se movió insinuante en el suelo, sobre su ropa y las sábanas de su cama. Puso morritos. Chus lo miraba de reojo. Y puso el culo en pompa. Chus miraba de reojo. Dejó de escribir. Empezó a salivar. Carlos se hizo un ovillo en el suelo, pegando sus piernas a su pecho, a la vez que le lanzaba un beso.

Chus dejó el teléfono en la sifonier.

Carlos se volvió a estirar, tumbándose boca arriba, con su miembro apuntando al techo.

– La madre que te parió – exclamó Chus yendo hacia Carlos.- Carlitos, Carlitos, he despertado a la bestia. Me pones a 100.

– Aplácala, pues.

Dio los dos pasos que lo separaban se tumbó al lado de su amante y… se puso al tema.

– No se si llegaremos a la fiesta del Orgullo.

– ¡Joder!

Y no llegaron.