Todavía te siento.

Todavía te siento en casa. Cuando me voy del dormitorio al baño, desnudo, como siempre he hecho. Muchas veces me doy la vuelta a medio camino esperando tu reprimenda. No te gustaba nada que lo hiciera. Siempre decías que podían verme los vecinos por la ventana. Y tenías razón, podían. Y de hecho me veían. ¿Recuerdas a ese chico que llegó a finales del año pasado? Al piso de enfrente, ese que estuvo tanto tiempo desocupado. Un día coincidimos en el ascensor. Se le escapó una mirada escrutadora, como queriendo traspasar la ropa que llevaba puesta y comparar su visión de cerca con la que debió tener desde el otro lado del patio. Su mujer que lo acompañaba miraba al techo. Seguro que se lo comentó, aunque se debió guardar que le gustó lo que vio. Al menos le interesó. Luego le he pillado espiándome algunos días. Yo me he hecho el sueco. No es que no me interese, pero… no me… interesa. Vamos, que me gusta, pero no quiero meterme en problemas. Podría acercarme a él, como buen vecino. Hacerme el interesante o incluso, pasar un día y pedir un poco de sal. “Es que se me ha olvidado y tengo un guiso en el fuego”.

Pierde cuidado que no se enteraría que hace años que no cocino un guiso. El único que lo sabes eres tú. Para los demás, sigo siendo un hombre muy apañado.

El otro día, sentado en la cama, antes de irme a acostar, te lo juro, mantuve una conversación contigo. No recuerdo de que hablábamos. Pero sentí tus respuestas. No te miento, escucharlas no lo hice. Sería de locos afirmar ahora que te escuché, cuando eso es imposible. Pero yo hablaba; te contaba algo que me había pasado en el supermercado. Ese señor que me miró raro por no llevar guantes, o esa estúpida que me empujó para coger la última caja de leche semidesnatada. Casi me estampa contra las estanterías. No te rías que es verdad. No estoy siendo dramático, no te burles. Me pilló desprevenido, quién se iba a pensar que esa señora más bien pequeña y delgada tuviera esa fuerza y esa determinación. Seguramente sería fundamental para la alimentación de sus hijos, aunque por la edad que calzaba la señora, bien podrían haber ido los hijos a hacer la compra. Esa noche que te contaba te reías de mí como lo estás haciendo ahora.

Vale.

Estoy cansado, creo que debo irme a la cama. Me gustaría seguir contándote cosas, pero… es curioso, ahora hablo más contigo que antes. Ahora te siento más. Ahora te añoro.

Mañana me sentaré en tu butaca y echaré la siesta en ella. Así velarás mis sueños y vigilarás en que no se cuelen zombies o vampiros. Te asegurarás que no aparezca ninguna pesadilla y que pueda descansar. Quizás pueda sentir incluso como me abrazas, como no hacías antes. Pero eso es lo bueno de que no estés: que puedo hacerte a mi forma y puedo conseguir que digas cosas que nunca hubieras dicho. Que hagas cosas de las que hubieras renegado. Es lo único bueno que tiene sentirte aunque no estés.

San Valentín.

Ya ha pasado. Ha sido un suspiro.

Casi 20 días con los preparativos. Que si hacemos esto especial, que si vamos a cenar, a bailar, o si follamos vestidos de colegialas, o de policías de los GEO, que molan mazo y es muy morboso. Te regalo una rosa, o mejor un clavel, que me gusta más y no pincha. Y es más barato. O podemos regalarnos una caja de bombones y comerlos los dos abrazados frente al televisor cada uno con nuestro móvil, contando mentiras por wasap. Mentiras o verdades, dependiendo de a quién y el momento y el tema.

Fulanito me ha dicho que se lo ha montado con su chico 34 veces desde las 2 de la tarde. Será bobo el tío. Pero si su novio le pone los cuernos con su jefe, que yo les vi en el garaje de la c/Abelardo Jiménez.

A mí Zutanito me ha dicho que Zulema le ha invitado a cenar al Savoy. Pero si no tiene un duro la tía. Le he dicho que me mande una foto, no te jode. Joder la ha mandado, seguro que es un truco, que se nota un huevo. Lo tenía preparado, lo que yo te diga.

Casi se les olvida follar, aunque cuando se pusieron a ello, empezó a llegar más y más mensajes. Y estaban pensando más en lo que dirían y quién les había escrito que en lo suyo.

20 días de preparativos. De si a ver que le regalo, le voy a preguntar a Jimena su mariliendres preferida, lo que le gustaría de verdad. Y luego le preguntaré a su madre y a Carlos, su ex-novio. Y luego veré… si le regalo ese libro que le gusta, o una corbata para el trabajo, o si aprovecho y compro algo para la casa, algo que pase por regalo pero que nos haga falta, a lo mejor un exprimidor nuevo de naranjas, que nos gusta el zumo por la mañana, o a lo mejor una tostadora de pan, que se rompió en Navidades la que teníamos. Tampoco la usábamos demasiado, pero desde que se estropeó, parece que tenemos más ganas de pan tostado que nunca.

O una licuadora.

Vamos, con romanticismo, un anillo o unos pendientes. O una tarta con forma de corazón, con mucha dulzura. O los bombones, o el clavel, o perfume o… el exprimidor.

Un traje nuevo, para ir a bailar, o una camisa de Prada, o unos gayumbos de Dolce. O un camisón para dormir, que me da morbo. Aunque a lo mejor no le gusta, porque en realidad, aunque sería para que él se lo pusiera, en verdad al que le daría morbo es a mí.

Darle vueltas a donde comemos, a dónde cenamos, a con quién nos vemos o con quién no, si bailamos o nos vamos pronto para follar hasta que amanezca y desayunar en la cama pan tostado y zumo de naranjas recién exprimidas en el regalo de San Valentín.

20 días o más pensando en el puto San Valentín para que todo haya pasado tan rápido. Y no lo hagas que parecerá que no quieres a tu chico. Que todos dicen que no les importa, que es consumismo, que si tal, que el resto de los días… ¡Una mierda! Que se te olvide algo al respecto que te dijo un día cualquiera cuando estabas a punto de dormirte después de una noche de sábado de polvo, el día del polvo. La falta de costumbre te hace quedarte dormido, exhausto por el esfuerzo. Ese día tu pareja te dice que le gustaría que por San Valentín, le compraras el último libro de Domingo Villar. Pues no, no lo escuché, porque me quedé dormido. Y el tío capullo no lo ha repetido más en estos días. Solo coñas que no entendía. Y yo voy y le regalo unos pendientes de oro estupendos. Pues no, tío, él quería “El último barco” la última novela de Domingo Villar.

Al final se ha puesto los pendientes. A regañadientes. Y al final le han gustado. Y diría que mucho. Pero no lo dice como castigo por lo del libro que te conozco. Así que me he escabullido a comprar el libro, para regalárselo ipso facto.

Y ahora ¿qué? 20 días o más para San Valentín y todo ha pasado tan rápido… hasta el polvo ha sido rápido y a ritmo de wasap. Mierda de polvo, pero ahí he tenido parte de culpa.

¿Y que hacemos hasta el próximo San Valentín? La vida se nos ha quedado vacía. Aunque pensándolo mejor, siempre nos podemos hacer un zumo de naranja y tostar un poco de pan para rememorar San Valentín. Y ponte los jodidos pendientes que me han costado una pasta, joder, que ya tienes el puto libro. Y el pan tostado y el zumo ya lo hago yo, que en definitiva han sido mis regalos de San Valentín. Gracias querido por tu practicismo. Maldita la hora en que no decidí regalarle el camisón. ¡Maldita sea! Solo de pensarlo me pongo a cien. Y cuando veo sus pendientes en el aparador y el exprimidor y la tostadora en la encimera de la cocina… me llevan los demonios. Carlos, te espero el próximo San Valentín. Te juro que te compro una llave Allen y un destornillador, a ver si montas de una puta vez la mesa que compramos a finales del verano. Como que me llamo Quim. Y el camisón, claro.