La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 18.

– Tú bajas por este lado de la escalera, cuando suene la marcha. Y por el otro lado, bajará Ramiro. Os juntáis abajo y os dais un pico. Os miráis sonriendo y tal. Cara de merluzos enamorados. Luego miráis a la concurrencia, sonriendo, felices.

– Pura comedia – se quejó Jorge.

– Pues haz una buena interpretación. Abajo han 2384 invitados deseosos de que sea la mejor comedia del mundo. Y no te digo los periodístas que habrá, para que no te cagues por la pata abajo.

– No he visto a Carlos – Jorge a lo suyo, no hacía mucho caso a las instrucciones de los tres mosqueteros.

Óscar carraspeó y se hizo el loco.

– Óscar.

Sin respuesta.

– Óscar.

Fue a salir de la habitación.

– ¡¡Óscar!! o respondes o no bajo.

– Carlitos está enfadado. Piensa que no le quieres porque no le has hecho caso. Está muy triste. Dice que haces más caso al Presidente del Gobierno que a él.

– Porque no folla. Por eso está enfadado.

– Va, eso no es cierto del todo. Ayer se encontró de nuevo con el narrador.

– ¿Ya le ha engañado de nuevo? Pobre narrador.

– Dice que solo hablaron.

– ¿Mi hermano hablar? ¿Solo?

– Jorge, eres injusto – le espetó de repente el narrador desde el otro lado de la pantalla.

Jorge miró hacia la pantalla intentando ver al narrador. Al principio estaba un poco enfadado por la réplica del narrador. Pero poco a poco recapacitó y cambió su estado de ánimo.

– ¿No follásteis? – preguntó cauteloso.

– Eso es irrelevante. Eres injusto en lo de que no te quiere.

– Es cierto, me quiere.

– Estos días no ha hecho nada. No ha ido ni a baile. ¿Sabes que ha perdido un papel principal en el próximo estreno de la compañía? Y sabes que el baile es su vida. Lo ha dejado por ti, Jorge el camarero.

– Eso ha sido un golpe bajo, narrador.

– Díselo Óscar, yo me callo.

– El narrador tiene razón. No ha ido a ensayar, así que el director le ha quitado el puesto. Pòr eso y por no querer acostarse con él. Y eso que está de vicio.

– ¿No se habrá pillado de verdad del narrador?

Se quedaron todos callando a la espera de una respuesta del narrador. Pero van listos.

– Narrador, cobarde – picó Jorge. – Contesta.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Narrador, que ésta no es la historia de Carlos, sino la mía.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Pues hala, vamos a seguir con lo nuestro – dijo Manu para romper el silencio propiciado por la callada del narrador.

– Recuerda: “Somos muy felices”

– Joder, que no lo digo.

– Jorge, por favor.

– Somos muy felices – dijo a regañadientes.

– Así no cuela.

– ¡Somos muy felices! – ahora levantó la voz.

– No cuela chillar, sino sonreír.

Jorge puso su mejor sonrisa falsa.

– Esa no – le recriminó dulcemente Óscar, quizás demasiado dulcemente.

Jorge se conmovió con Óscar y puso su sonrisa de conquista. Manu y Fito se miraron preocupados compartiendo en silencio un ruido peligroso de tripas. “Este Óscar nos la lía, que sigue pillado por Jorge. Y como el Loca le ha dado plantón…”

– Esta está mejor. Ahora repite.

– Repito.

– No seas bobo. Repite “Somos muy felices”.

– Repito, somos muy felices.

– ¡¡Jorge, por favor!! – se quejó Fito desesperado de los nervios.

– Iros con Ramiro, ya me ocupo yo de Jorge.

Manu y Fito miraron con recelo a Óscar. “Qué nos la lía, que nos la lía, que se lían y lo que faltaba para que Ramiro nos cuelgue por los cataplines”. Sabían de su antigua aventura y no las tenían todas consigo de que de repente, Jorge se quitara el smoking y acabara en la cómoda rodeando con sus piernas el tronco de Óscar “¡Y qué tronco!” pensó Manu que estaba enamorado en secreto de Óscar y que había disfrutado a tope de sus sesiones de sexo desenfrenado y sin compromiso, solos o en compañía de otros. Los tres mosqueteros, sexo sin compromiso, alegría y diversión. Pero ¿qué pasaba si uno de los tres mosqueteros “sexo sin compromiso”, se pillaba de otro? Pues a callar y a joderse, Manu querido.

– Vamos. – apremió Óscar al ver que no se movían.

– Óscar, que me fugo. Que no puedo. – explotó Jorge cuando se quedaron solos.

– Jorge, que sí que puedes.

– Esto es …

– No es nada, Jorge.

– Me largo.

– Están Jimmy y Juan fuera.

– ¿Con el ariete? – preguntó con precaución.

– ¿Les has visto los brazos?

– Sí. Lo difícil es no verlos.

– Para apretarte los huevos no necesitan el ariete.

– No voy a poder fingir.

– No finges.

– Sí lo hago.

– No.

– No puedo decir eso.

– Claro que puedes, porque es la verdad. “Quiero a Ramiro, mi marido con todas mis fuerzas”

– No lo es – ya no mostraba tanta seguridad al hablar.

– Si, lo es. Lo quieres. Otra cosa es que estés enfadado con él.

– Pero eso va lo uno con lo otro.

– No, y lo sabes.

– Te quiero a ti.

– Mentira.

– Tú me quieres.

– Sí, pero no.

– Fuguémonos.

– No.

– Por fa.

– No.

– Podríamos haber sido felices.

– Ya.

– Vayámonos.

– No.

– Vas a bajar con tu mejor sonrisa. Estás muy guapo. Muy delgado. Pero sigues estando guapo. Te ha quedado el culo un poco fino.

– Y la cara. Tengo muchos ángulos.

– Eso en un par de semanas, lo recuperas.

– Va, da igual.

– Vamos. Repite: “Quiero mucho a mi marido”.

– Quiero mucho a mi marido.

– No ha sonado convincente.

– Joder.

– Repite: “Quiero… “

– Quiero mucho a mi marido.

– Lo que nos ha pasado nos ha unido más. Nadie nos podrá separar nunca.

– Pero tío, eso sí que es un poco mentira.

– Solo un poco. Y si os volvéis a juntar, no lo será.

De repente entró el secretario del secretario de Óscar el secretario.

– 127 cámaras de televisión, 287 micrófonos y 874 plumillas. De todo el mundo – el secretario del secretario de Óscar el secretario estaba excitado.

– ¿Cómo te llamas?

– Ignasi.

– Ignasi – le dijo muy serio Jorge el camarero – eso son minucias. Ya te irás acostumbrando, si no te da un ataque de tanta emoción.

– ¡Ah!

– ¿Qué tal hablas francés?

– ¿Eh?

– Que si practicas mucho el francés.

El secretario Ignasi miraba alternativamente a su jefe y a Jorge, el marido de su super-jefe.

– No se me da mal, gracias.

Cualquier observador hubiera podido jurar que al secretario del secretario de Óscar el secretario, a la sazón conocido por sus padres como Ignasi, le había crecido un ligero bulto en la entrepierna.

– Ignasi, ¿Has visto lo atractivo que es Óscar?

– ¡¡Jorge!! No es momento para juegos.

– Me pone mucho – dijo en un ataque de sinceridad, del que se arrepintió enseguida al ver la cara de asesino en serie que se le acababa de poner Óscar el secretario. Su color de cara subió 5 grados de rojo, hasta alcanzar un tono próximo a la fresa en plenitud.

– ¿Y si te lo montas con él ahí, en el armario? Un sitio íntimo, con morbo, y con Óscar el secretario entre tus brazos. – Jorge empleaba un tono de lo más sugerente.

– Eres un capullo. A ver como le saco yo ahora ahí fuera con ese bulto.

– Pues bájaselo.

– ¡¡Síiiiiiii!! – gritó esperanzado Ignasi, aunque se arrepintió, que la cara de Óscar no había mejorado y seguía pareciendo la de un asesino en serie.

– Óscar, Ignasi está muy guapo – insistió sugerente Jorge.

– Jorge, no tenemos tiempo.

– Tú ya has hecho tu trabajo.

– Jorge.

– Óscar.

– Jorge.

– ¿Ignasi?

– Sí, Jorge el camarero.

– ¿Quién soy?

– Jorge el camarero.

– ¿Y quién es mi marido?

– Ramiro el millonetis.

– Pues como un mandato especial de Ramiro el millonetis, te digo que te lances sobre el cuello de Óscar el secretario que lo hagas tuyo. Muéstrale de lo que eres capaz.

Miró de reojo a Óscar que miraba con los ojos desorbitados a Jorge el camarero.

– ¿De qué vas?

– ¡¡Vamos!! Que no tenemos todo el día – apremió Jorge.

Y Ignasi hizo un salto prodigioso, solo reservado a los grandes felinos de la estepa africana, con tanta precisión que su boca se juntó con la de Óscar a la primera. Y envolviendo con sus piernas la cintura de Óscar el secretario, lo fue dirigiendo hacia el enorme armario de la habitación en dónde estaban.

Óscar se resistió, pero solo los 0,005 segundos primeros. Después se dejó llevar porque a fin de cuentas le apetecía un polvo que, con la espantada de Locatis, se había quedado a dos velas. Y para que negarlo, el tal Ignasi era un ejemplar de hombre muy atractivo. Y era rubio, con lo que le ponían los rubios, aunque ya no se acordaba del último que tuvo como partenaire. Y en ese momento tampoco se acordaba de la plaga de rubios malos, malos, que había asolado su vida apenas unas semanas antes y su juramento en silencio y para sí mismo, de no juntarse con ningún rubio, por si las moscas.

Jorge el camarero se colocó la pajarita y fue hacia la puerta.

– Adiós, Óscar.

– Jorge, no hagas tonterías – recomendó Óscar el secretario a Jorge el camarero, apartando por un momento su boca de la de Ignasi, que todo sea dicho besaba que era un primor.

– Me fugo.

Abrió la puerta y se encontró con Juan y Jimmy, en lugar de vestidos con su traje de asalto, con un perfecto smoking aunque estaban un poco justos y sus músculos amenazaban con hacer saltar las costuras en cualquier momento.

– Te acompañamos a la escalera – y pusieron su mejor sonrisa de anuncio de dentífrico.

– ¡Ah!

Se sonrieron los tres.

– ¿No hay más remedio?

– Es un caso de emergencia nacional.

– Vale.

Y Jimmy hizo una serie de estiramientos con las manos, como si no quiere la cosa. Unos movimientos que parecían destinados a sus partes pudendas.

– ¿Te mola apretar huevos?

– Disfruta como un enano – contestó Juan – A veces me cuesta refrenarlo.

– Agggg.

Es la voz de Óscar.

– He encontrado un nuevo novio – dijo de forma enigmática Jorge.

– Me alegro por él.

– Ya, yo también – dijo resignado Jorge que veía que su estratagema para escaparse había fracasado estrepitosamente.

– Te escoltamos hasta el punto de salida. Te están esperando.

– Vale. Pero no hace falta. No os molestéis. Me se el camino – sonrisa embaucadora.

– No es molestia. Y sabes que nos encantas. Eres nuestro protegido preferido. Juan está deseando cogerte los huevos. Sueña con ello desde que le rechazaste una noche loca de hace dos años. – Jimmy sonreía y Juan no tanto – Nos han dicho que debes sonreír.

Jorge sonrió de aquella forma. Pensaba en la afirmación de Jimmy. “Creo que me acordaría si un tío como Juan me hubiera entrado”. “¿De verdad me tiene ganas?”. “Joder, en esa manaza, mis huevos no tienen ningún futuro”. “Los dos me tienen ganas. Que por turnos el uno y el otro alaban las ganas que tiene el otro de machacarmelos a la menor ocasión; pero que vamos que si se tercia, hacemos un trío y así superamos el pasado”. Los miró alternativamente a los ojos, escrutando, penetrando en sus mentes. “Si en el fondo me quieren, pero de deshuevan, fijo”.

Jimmy volvió con sus ejercicios de manos. Jorge mejoró mucho su sonrisa. “Es mejor rendirse, lo tengo crudo”.

– Así mejor – aprobó Juan empujando delicadamente a Jorge hacia su destino.

– La suerte está echada – dijo Jimmy. – Lo iba a decir en latín pero no me acuerdo.

– Alea iacta est – apuntó Jorge.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 17.

– Joder, está todo por hacer. No tenemos nada, ni a los anfitriones. No se puede preparar una recepción de esa envergadura en 3 días, Óscar.

– Nosotros podemos.

– Sí, una mierda. Cuatro Reyes. Dieciseis Presidentes de gobierno, treinta Primeros Ministros y treinta y cuatro ministros. Cuarenta y ocho secretarios de estado, alcaldes, presidentes de comunidad, ricachones y proletarios. Todos juntos y todos dispuestos a hablar con todos. Escritores y pintores varios, actores y directores. Hasta viene Ernesto el escritor y sus hijos y Adri Kilmer, el famoso porno star y su pareja, que para mí son más VIP que todos los anteriores, todo sea dicho.

– Y encima, la excusa es una pareja de casi recién casados que llevan 15 días separados. Y uno de los cónyuges, por cierto, no sabe que dentro de dos días, saludará al Presidente de Estados Unidos como el maridito de Ramiro el millonetis. Es más, a ver quién es el listo que va a convencerlo con la mínima posibilidad de que no le salte los ojos con un sacaojos.

– ¿Sacaojos?

– No se me ocurría otra cosa – dijo Fito mesándose la cabeza, que el cabello no, que se había rapado al cero después de la operación Rusia.

– ¿Quién va a ir a convencer a Jorge?

– Yo no, desde luego. Amo a mis ojos – explicó Fito.

– Pues habrá que hacerlo cuanto antes. Con lo de la droga, ha adelgazado un huevo y el smoking no le sentará bien.

– Ni los calzoncillos rotos.

– Por favor, dejemos las frivolidades. El juego de los calzoncillos rotos es historia. Fue divertido mientras duró.

Llegó el jefe de protocolo del Gobierno de la nación. Y el de la comunidad autónoma. Y llegó el de la embajada de USA. Y el de la embajada de Inglaterra, que su Primer Ministro se había apuntado, para saludar a la pareja de moda, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. También hicieron acto de presencia el de la Unión Europea y el de la República Francesa. Y el de la italiana. Y el de Mónaco, que el Príncipe también asistía, eso sí, sin novio ni esposa.

En realidad todo era una excusa para tratar el tema del ataque a Ramiro el millonetis en suelo ruso y las implicaciones políticas que eso conllevaba. Alta política de la buena. Los de protocolo sentaban las bases de convivencia. O sea, se pegaban ellos primero; que si mi Presidente a la derecha, que si el mío en la cabecera, que si nos sentamos, que si de pie, que no, que el mío es bajito, pues el mío es alto, que si el mío es gordo, que si tal, que si cual… el mí saluda antes a Ramiro, no el mío, pues el mío lo hace con Jorge el camarero, pues el mío va antes al servicio, pues… que si tal, y cual y vuelta al tal.

Su separación había sido silenciada absolutamente. Algún periodista se había olido algo raro, pero le habían dado una exclusiva sobre la búsqueda de Enrique, el oledor de sobacos y nombrado intrigante mayor del Reino.

– Viene el Rey – anunció de repente Manu, colgando el teléfono.

– Uno más. La reunión de los de protocolo puede pasar a los anales del boxeo.

Ramiro el millonetis estaba en su habitación. Solo miraba por la ventana.

– Ramiro, debes ir a la oficina. Hay multitud de cosas que debes decidir.

– Suspende todo. Di la verdad: he engañado a mi marido y éste me ha dejado.

– No digas sandeces.

– No va a ir.

– Déjalo de mi cuenta. Vamos, vístete.

– No Óscar. Esta vez no me vas a convencer. Estoy desolado, hundido – e hizo un gesto dramático de lo más teatral llevándose la mano a la frente y mirando al cielo.

– Debes decidir… todo va a ir adelante.

– Hazlo tú. No tengo cuerpo.

– Pero yo no sé…

– Lo harás bien. Los tres mosqueteros sois invencibles.

– Ramiro.

Pero éste cerró los ojos y se puso el auricular para escuchar por enésima vez el Requiem de Mozart.

Óscar montó en el coche y se fue a ver a Jorge el camarero, que había alquilado un apartamento en el centro para él solo. Apartamento que apenas abandonaba. Carlitos le llevaba comida una vez al día, que apenas probaba.

– Jorge, abre la puerta.

– Jorge. – insistió al cabo de cinco minutos sin respuesta.

– Joder, deja de aporrear la puerta. ¿No entiendes que no quiere verte? – gritó un vecino que quería dormir un poco.

Óscar respiró hondo y se fue.

Jorge estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Miraba al frente, pero sin ver nada. Tampoco había nada que ver, que enfrente solo había una pared desnuda, matizada de vez en cuando por desconchones debidos sin duda a los niños de el anterior inquilino.

– Eran unas bestias – le dijo el dueño del piso.

– Puedes pintar la casa, si quieres, te dejo – le comentó magnánimo.

Jorge asintió despacio, empujando al dueño fuera de su casa. Solo quería quedarse solo y en silencio. “Las paredes las va a pintar Santa Rita, no te jode”.

Lo del silencio, a los cinco minutos, se dio cuenta de que era una quimera. Se escuchaba todo lo que pasaba en los pisos de arriba y abajo. No eran precisamente silenciosos los habitantes de esa casa. Pero en realidad, como le importaba una mierda lo que los demás hicieran, pues no le molestaba en exceso, salvo cuando el niño de tres pisos más arriba, se ponía frenético a chillar a las 4 de la mañana y nadie en esa familia parecía saber que hacer con la criatura para que se callara. Luego empezaban a despertarse el resto de los vecinos y unos a despotricar contra los padres, otros llamaban a Herodes, y otros requerían la presencia de un médico para que le aplicara la eutanasia a ese niño. Al final, llevaban los defensores del aborto a ultranza y se preguntaban por qué no abortaron los padres de los padres de la criatura, que al fin y al cabo, eran los culpables de todo.

– Los padres al paredón.

– Repitamos los fusilamientos del dos de mayo, aunque sea 3 de marzo.

Los días pasaban sin nada reseñable. Carlos llegaba sobre las dos con unos taper de comida. Intentaba charlar con su hermano, pero como éste le daba tan poca coba, se iba echando leches. Le desesperaba la actitud de Jorge. Y no soportaba verlo así. No sabía que hacer y eso le desesperaba más si cabe. Y encima, había vuelto a la sequía sexual. El chico de la matrona había desaparecido y nadie había llegado para sustituirlo. Y el narrador estaba ofendido con él, justamente ofendido, reconocía para sí Carlitos, y ya no le daba coba. Y encima le hacía parecer como un pasota en el relato, así que procuraba no enfadarlo más, no fuera a ser que lo convirtiera en un asesino a sueldo, en cómplice de Enrique el oledor de sobacos o algo peor. “En amante de Putin, no será capaz”.

Tenemos a Ramiro en su habitación, escuchando al Requiem de Mozart a todas horas y mirando por la ventana.

Tenemos por otro lado a Jorge, tirado en el suelo, mirando la pared de enfrente, sin música ni nada que hacer. Nos informan los servicios secretos que lo más apasionante que pasa son los pedos que se tira el vecino del 5º, que se oyen en todo el edificio.

– ¿Y huelen?

– No me han informado al respecto.

Tenemos a los tres mosqueteros organizando una recepción con los mandamases mundiales, que querían venir a postrarse ante los novios del siglo. Novios que ya no lo eran. Aunque eso era el secreto mejor guardado del reino. Qué digo del reino, de universo. Las escuchas de los servicios secretos estaban atentos a cualquier dicho al respecto, para atajarlo en cuanto se produjera. Eran tantos los intereses económicos y políticos de esa reunión, que la excusa para celebrarse no podía evaporarse. Los rusos estaban maquinando para que alguno de los representantes político se borraran del evento. Pero todos querían presenciar el amor incondicional que había traspasado fronteras entre Jorge el camarero y Ramiro el millonetis.

– El presidente de USA se queda a dormir el en casoplón de Ramiro.

– No, eso no puede ser.

– Ramiro les invitó en su entrevista en la Casa Blanca.

– Joder, que marrón . Eso sí que no podemos disimularlo. Jorge no va a volver a la casa, ni de coña. Y sin sus famosas sesiones de sexo…

– ¿Y si les pedimos a los de la radio del obispo la grabación aquella que hicieron para animar a la cópula y la procreación?

Óscar suspiró.

– ¿Y si los drogamos con la droga de la sonrisa tonta?

– Sí, no te jode. Mira como están con su última dosis de droga.

– Ufffffff. Mejor ni tocar.

Todo iba adelante. Todo estaba casi perfilado y preparado. Javi el policía se encargaba de organizar la seguridad. El mismísimo ministro del interior había delegado en él.

– Confío en tí, Javi el policía. Eres joven pero con una intuición de campeonato. Llevas sangre de policía y cabeza de policía.

– Y Javi el policía se rascó suavemente encima de la oreja, rezando mentalmente porque ese marrón no se convirtiera en un barullo capaz de sepultarlo de por vida.

Y por fin llegó el día de la recepción.

Quedaban tres horas.

Por la puerta de la casa de Jorge habían pasado todos los que podrían haber convencido de algo a Jorge. Hasta encomendaron al subdirector del banco a que fuera, por ver si el asco que le producía, lo hacía reaccionar. Pero nada. Locatis organizó un numerito en la escalera, sin ningún resultado. Óscar se pasó cada dos horas, por ver si lo pillaba en un momento bajo de defensas. Carlitos hizo guardia en el rellano, pero sin atreverse a entrar más que la visita de la comida, pero nada. Y Jorge seguía sin casi probar bocado.

Al final Óscar tuvo una idea. Desesperada, pero idea.

– Vamos a ello.

– Los GEO tomaron el edificio. Dos corpulentos hombretones echaron la puerta abajo.

Jorge el camarero, los miró con indiferencia.

– Hola Jimmy y Juan. ¿Cómo estáis?

– Jorge el camarero, no nos gusta verte así. Nos jode que te salváramos la vida para esto.

– La vida es así de cruel.

En un plis plas revisaron la casa. Javi el policía entró entonces para dar el visto bueno. Y detrás, llegó el presidente del Gobierno.

– Jorge el camarero.

– Presi, que honor. No soy un buen anfitrión, ya me perdonarás.

El presidente del gobierno entró despacio y se sentó en el suelo al lado de Jorge el camarero. Su asistente vino a la carrera detrás, con unas bolsas de comida.

– Quería comer una hamburguesa a gusto, y me he dicho: voy a ver a Jorge el camarero. Me he comido las mejores hamburguesas en tu compañía.

– ¿Quiere ligar conmigo?

– Ya me gustaría, pero ya sabes que lo mío es la discreción y las saunas.

– Así que eras tú.

– Pero no lo digas a nadie.

– Ten te he traído tu burguer con queso y beicon.

– De verdad…

– No seas así, que no me gusta comer solo. Y el ministro de sanidad no me deja comer estas cosas. Así que ya que me escaqueado, acompáñame.

– Está bien. Pero no le voy a votar, que conste.

– Ni falta que hace. Comamos una burguer y dejemos los votos para otro momento.

Y empezaron a comer. Se pasaron los sobres de ketchup y hablaron de esto y aquello. Se pasaron los sobres de mostaza y rieron sobre aquella vez que el Presidente se pegó un traspiés que dio con sus morros en el suelo.

– Te juro que me sentí ridículo, todo el mundo mirando, las cámaras grabando. Al día siguiente en el Congreso pedían mi dimisión por patoso.

– Me acuerdo que saliste en todas las noticias.

– Mi mujer me hizo la prueba de alcoholemia al llegar a Palacio. ¿Tu te crees?

– ¿Y habías bebido?

– Qué va. Si no bebo nada.

Y bla, bla, bla.

Óscar en el rellano, señalando el reloj disimuladamente.

El Presidente asiente.

– Debo pedirte algo, querido amigo.

– ¿El voto?

– Eso ya te he dicho que te lo perdono. De momento.

– A ver. – dijo resignado.

– Necesito que vengas a una recepción y que hagas de marido feliz de Ramiro. El mundo te necesita.

– Eso no es posible. Ramiro…

– Ya sé la historia, Jorge el camarero. Y lo siento. Porque me caes bien y quieres con locura a Ramiro, lo sé.

– Pero no puedo renunciar a mi orgullo, a…

– Yo renuncio todos los días a un montón de cosas, incluido mi orgullo. Anda que no tengo que dar mi brazo a torcer, y eso que dicen que mando en la nación. Y se ríen de mí y me engañan, y yo engaño. Es la vida.

– Tú eres político.

– De momento. Mañana vete tú a saber. Pero te necesito. Es la puta verdad. Ramiro y tú sois la razón por la que tanta gente ha dicho que venía a la reunión. Porque además sois los damnificados por aquella operación de la mafia y de los servicios secretos rusos. Todos vienen para saludaros y daros un abrazo y las gracias.

– Ramiro no va a querer.

– De Ramiro ya me ocupo yo. Te necesito de mi lado.

– ¡¡Qué alguien cierre la puerta joder!! – gritó el vecino del cuarto – A ver quien paga luego la factura del gas.

– ¡¡Cállate majadero!!

– ¿Como puedes aguantar…?

– Huy, tranquilo presi – el Presidente miraba asustado hacia la escalera – es mucho peor otros días. Hoy porque hay mucha policía y muchos estarán escondidos debajo de la cama, rezando porque no haya un registro y le pillen el costo.

– ¿Vamos Jorge el camarero? Estoy en tus manos. Van a ir amigos tuyos, Ernesto el escritor, con Arturo y Tomás. Adri Kilmer. Tu hermano Carlitos. Alex Monner. Pablo Rivero.

– Vale acepto. Pero mañana me dejas invitarte a otra hamburguesa en nuestro burguer preferido.

– Hecho. Tú y yo solos.

El Presidente se levantó e hizo una señal a Óscar el secretario.

Y en un plis plas, entraron maquilladores, manicuras, sastres, con una remesa de calzoncillos rotos y unos cuantos smoking para vestir a “novio Jorge”.

– Joder, Óscar. No, esto no.

El Presidente sonrió.

– El protocolo, ya sabes. Las cámaras de televisión, y un chico guapo como tú que tiene que lucir sus atractivos.

El Presiente levantó las manos y todo el mundo se paró. Se acercó a Jorge el camarero y le dio un beso en la mejilla.

– Gracias.

Jorge el camarero sonrió.

Y todo el mundo volvió a ponerse en marcha.

– ¡¡¡Óscar!!! Hay un tío que se ha metido en la ducha conmigo. Me dice que me frota la espalda.

Óscar se sonrió.

– ¿Quieres que vaya yo?

– Joder, no, que tú seguro que me violas por los viejos tiempos.

– Pues no te quejes.

– ¡¡¡Óscar!!! ¡¡Qué estoy en los huesos!! ¡¡¡Joder!!! No puedo ir así a la recepción. ¿Quién se ha quedado mis carnes? Llama a la policía para que las busque.

– ¿Llamo a los armarios, esos amigos? Recuerdo que te serenan el ánimo.

– Ya están ahí Jimmy y Juan, los GEO del ariete. Esos son peores.

– Aquí estamos, para lo que gustéis – contestaron sonriendo.

– Ni se te ocurra. ¡¡Joder!! Que me está frotando el culo.

Elevó la mirada al cielo, agradeciéndole la vuelta de las quejas continuas de Jorge el camarero.

– ¡Hay esperanza! Ahora solo ayúdame a organizar un plan para que esos dos bobos se junten de nuevo y nos den una serenata esta noche. Si me das ese deseo, te prometo que … no sé que prometerte… ya se me ocurrirá algo.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 16.

La cosa no fue tan grave.

Un susto grande, pero un susto. Un susto, pero grande. Vaya, como una catedral de grande. Vamos, que casi la palma. Pero luego no era para tanto. Un susto que si no llega a ser por Juanma y Óscar, le hubiera podido costar la vida a Jorge el camarero.

– El beso de la vida – le dijo Juamna el chofeur para rebajar tensión, dándole un codazo en el costado. Óscar sonreía con pena, porque los tenía todavía de corbata.

– Le dimos el alta muy pronto. La droga que le administraron tiene efectos secundarios que no teníamos suficientemente documentados. Cometí una imprudencia – el médico daba explicaciones a quien las quería escuchar, Jorge el camarero, su hermano Carlitos y Óscar el secretario. Estaban en la habitación de Jorge.

– Mira que bien – sonrió triste Jorge el camarero tumbado en la cama del hospital – he servido de documentación. Lo podré poner en el currículum. ¿Eso me servirá para encontrar un trabajo?

– Lo siento Jorge el camarero. Me equivoqué al darte de alta. Debería haberte retenido aquí.

– Mira, y todo este mogollón se hubiera evitado – Jorge miraba a su hermano sin saber a qué se refería – no te hubieras enterado de lo del restaurante – explicó – seguirías con tu historia de amor empalagosa con Ramiro y yo no estaría en esta situación tan rara, viviendo en casa de mi ex-cuñado y visitando a su ex-marido en el hospital.

– Todo lo dices por ti ¿no? – le echó en cara su hermano, pero sin mala baba, solo con la intención de picarle y que se rascara.

– Ya estamos – Carlitos no estaba para sutilezas ni piques; su hermano le había dado un susto de muerte y no se perdonaba no haber estado más pendiente de él, aunque todo eso era para dentro, muy adentro, que para fuera, ni con tortura de grado 15, se lo sacaría nadie en voz alta. – Yo me preocupo por ti, y lo sabes. Te quiero, joder, y eres lo único que tengo en la vida. Y no te lo digo más, que luego te creces.

Jorge sonrió pero no dijo nada. Le dolía un poco la cabeza y quería dormir, pero no conseguía hacerlo. Si cerraba los ojos, sueños extraños, llenos de negrura y dolor visceral, le llenaban la mente haciéndole que cada intento de dormir se convirtiera en una pesadilla que dolía físicamente.

– Bebe un poco de agua, Jorge. – Carlos se levantó para acercarle a su hermano un vaso de agua y ayudarle a incorporarse para tomarlo.

– No tengo sed – se quejó amargamente.

– El Dr. Huertas ha dicho que tienes que beber mucho agua. Mucha.

– Me duele la cabeza.

– Eso no es excusa para no beber agua. Dice que la droga esa deshidrata.

– No tiene ni puta idea de lo que hace. Lo de las pesadillas, por ejemplo.

– Él sabrá más que tú, a pesar de todo.

– No tengo sed.

Carlitos pasó de las protestas de su hermano y se acercó con el vaso de agua y una pajita. Jorge el camarero intentó apartarlo, incluso intentó tirar el vaso al suelo. Pero Carlos se mantuvo firme como nunca lo había hecho con su hermano. Lo que vio Jorge en él, le quitaron las ganas de discutir. “Joder con el enano”. No se resistió y se dejó ayudar por Carlos y bebió un gran trago de agua.

– La mitad del vaso, bro.

Puso caras, pero volvió a encontrarse con la mirada de Carlos y bebió.

Quería preguntar, pero no se atrevía. Quería interesarse por Ramiro, pero no, no y no. Según él creía, le habían dado la misma droga en Rusia. ¿Se habría puesto fatal también? Algo recordaba Jorge que le había comentado el médico que la droga que le dieron a él tenía algo más. Ese algo más era lo que estaba despistando al Dr. Huertas, que según le habían dicho era uno de los mejores especialistas del mundo en el tratamiento de intoxicaciones de todo tipo.

– ¿Sabes como está Ramiro? – lo dijo muy bajo, como con miedo, sin mirar a su interlocutor. “al final ha sido sí, si, joder, sí, pero bajito”.

Carlitos no contestó. No porque no quisiera entrar en el tema, que lo tenía ganas, a pesar de que Óscar le había dicho por activa y por pasiva que ni se le ocurriera citar de momento a Ramiro el millonetis. Si no le hubiera contado que a Ramiro le ingresaron en una habitación de ese mismo hospital poco después de su indisposición. Óscar estaba tan asustado con lo que le había pasado a Jorge que inmediatamente llamó a Ramiro para que se preparara para ingresar en el hospital para que le hicieran una revisión.

– Esa droga que te dieron no saben lo que produce. Jorge casi la palma hace unos minutos.

– ¿Cómo está Jorge? No te muevas de su lado. Lo que necesite. ¿Me oyes? Te hago responsable de lo que le pase, Óscar el secretario. Como le pase algo te despido. ¿Me oyes?

Y fue milagroso, porque le dio un desmayo al poco de llegar al hospital. El Dr. Huertas estaba muy contrariado por todas las consecuencias desconocidas que estaba teniendo esa droga.

– Óscar, mira a ver como está Jorge.

– Bien.

– Mira.

– Ya he mirado.

– Me duele la cabeza y no tengo ganas de discutir.

– No discutas.

– Vete a ver.

– Me ha dicho el doctor que…

– Vete a ver.

– Llamo a Carlitos.

– No, vete. No me fío. Y quédate con él.

– Está bien, tranquilo. Y me quedo contigo. Carlitos se ocupa de Jorge.

– Vete. Y mira.

Óscar se rindió y fue.

– Pero no me quedo – le dijo muy serio y sin dar opción a debate.

Entró en la habitación. Carlitos se había quedado medio dormido. No era de extrañar, no había pegado ojo en casi tres días, los que llevaba Jorge ingresado. Miró a Jorge, que intentaba dormir. Lo vio ojeroso y con la tez blanquecina. Y muy triste. Tenía los ojos entornados, como si durmiera. Pero si lo hacía, era evidente que no era un sueño tranquilo. De repente, su cara se contraía en muecas que parecían grotescas si no fuera porque tenía todo el cuerpo en tensión. Era como si estuviera viviendo una película de terror desde dentro, siendo la próxima víctima del malvado de turno.

Se acercó a la cama y se sentó al lado de Jorge. Empezó a acariciarle la cara, suavemente. Parecía que se relajaba. Pero esa piel que hacía tanto tiempo había acariciado en otras circunstancias muy distintas, le removía por dentro sentimientos que le embargaron durante semanas, meses, incluso años: el lapso que tardó en apartarlo de su cabeza. “¿De verdad lo he apartado? Jodido el Ramiro que se fue a fijar en él, joder, joder, joder”. En aquel entonces, Jorge el camarero era un joven muy apuesto, con un aura de conquistador y buen amante. Pero un joven a la vez, dominado por inseguridades y por una soledad íntima y profunda. El alcohol y drogas varias viajaban por su sangre cada noche. Quizás era eso lo que le daba ese aura especial. Y llegó una noche y se miraron y juntaron sus bocas, primero, y luego sus cuerpos. Una noche larga llena de sexo, y que, por la parte de Óscar, llegó a convertirse en amor. La parte de Jorge se declaró en una muesca más en la culata de su rifle. Jorge a la mañana siguiente ni se acordaba de él. Óscar sabía que lo había disfrutado. Sabía que con pocos había pasado toda la noche. Y con pocos, porque luego, todas esas aventuras pasaban de unos a otros en los sitios de “caza”, había tenido ese toque de sensualidad, hasta podríamos decir de cariño. Esos besos suaves a veces, otras apasionados. Esa lentitud en recorrer su cuerpo con sus dedos, o con su lengua. El sexo de Jorge normalmente era duro, sin concesiones a la delicadeza. Sus besos profundos, llenos de lujuria y sin nada de ternura. Incluso gustaba de los azotes, de darlos y que se los dieran. Alguna vez tuvo algún problema con ello, por no medir la fuerza o el gusto de su pareja de turno por el tema.

Los dos fueron abandonando poco a poco las rutinas de la caza nocturna. Quizás porque ninguno encontró lo que buscaba. O en el caso de Óscar, porque lo había encontrado, que era tener experiencias, vivir, como decía entonces. Luego llegó su trabajo, llegaron los tres mosqueteros, y llegaron otras experiencias distintas.

Jorge entreabrió los ojos. Hizo un amago de sonrisa.

– Te colaste por mí, Óscar el secretario.

El aludido levantó ligeramente las cejas e hizo un gesto que podría interpretarse de asentimiento, pero que en caso de necesidad, podía haber significado cualquier cosa. Resignación. “No es el momento”.

– Y yo no me enteré de nada.

– Ya hemos hablado de esto. Déjalo, da igual. ¿Cómo estás?

– No puedo dormir. Entro en una caverna cada vez que cierro los ojos. Veo monstruos y sangre, mucha sangre. Se me encoge el cuerpo. ¿Cómo está Ramiro?

– Bien. Está bien. No le ha afectado tanto.

– Me alegro. No le digas nada de mí, por favor. No quiero que se preocupe. ¿Me acercas un poco de agua?

Óscar se levantó y llenó un vaso de plástico con la botella que había en una de las mesas. Volvió al lado de Jorge y le ayudó a incorporarse para que bebiera.

– Está preocupado por ti, Jorge. Me ha enviado él.

– No voy a basar una relación en la pena, Óscar. Tomé la decisión adecuada.

– No es pena. No te digo nada sobre tu decisión.

– Me ha traicionado. Era lo único que tenía, Óscar. Mi orgullo. Y me lo ha quitado.

– Te quiere, Jorge. Y se arrepiente.

– Tú también me quieres. Y también te arrepientes de no habérmelo dicho antes. Podríamos haber sido felices, lo sé.

– Pero es distinto. Nuestro tiempo pasó. Ramiro y tú sois la pareja perfecta. Y lo sabes. Le quieres como nunca me hubieras querido a mí.

– Déjalo. Nuestro tiempo sí que ya ha pasado. Fue bonito, pero… se acabó.

– No seas así.

– ¿Has venido a convencerme?

– He venido porque está preocupado por ti. Porque estamos todos preocupados por ti. Todos te queremos ¿sabes?

– Dile que estoy cojonudo. Me alegra que él esté bien. Y gracias. Yo también os quiero a todos.

– Se lo diré.

– No, por favor. No le digas nada. Dile que estoy bien, nada más. No le digas que hemos hablado. Prefiero así.

– Jorge…

– Por favor.

Óscar asintió despacio.

Le hubiera gustado hablar más con Jorge, contarle que Locatis y él lo habían dejado. Locatis, después de esos sueños tan variados que tuvo, decidió que no era digno de Óscar.

– Te he puesto los cuernos. Y no con uno, sino con 456 en una noche. Lo siento.

Óscar le fue a decir que todo era fruto de la droga, pero… su sentido de la responsabilidad y todo lo que estaba en juego en el ámbito de los negocios y de la política internacional, le hicieron callar. Locatis no era precisamente una persona discreta a la que se pudiera confiar secretos de estado. Y el nuevo estado de Jorge… por qué no decirlo, le hizo albergar alguna esperanza, si es que no se arreglaba con Ramiro.

– Debes perdonarle, Jorge. Ramiro te ama y tú lo amas con toda tu esencia. Lo sé, te conozco.

– Lo nuestro ha acabado – sentenció con seguridad. – dile que estoy bien. Solo eso.

Jorge volvió a cerrar los ojos.

Carlitos se había despertado. Se levantó asustado, al ver que alguien estaba junto a su hermano. Instintivamente cogió una barra que se había agenciado, por si venía alguien a atacar a su bro.

– Me has asustado – susurró al oído de Óscar.

– Acaríciale, le tranquiliza. Y no temas, el hospital está tomado por la policía. Javi está pendiente de todo.

Se levantó y salió de la habitación. Anduvo despacio, camino de la habitación de Ramiro. Tenía que arreglar esto. Pero no sabía como.

Él también estaba cansado de todo.

– Menos mal que esta no es mi historia. – se dijo antes de entrar en la habitación de Ramiro.

– Está mucho mejor.

– ¿Ha preguntado por mí?

Dudó en qué contestar, pero por una vez, fue fiel a otra persona que no fuera su jefe.

– No. – bajó la mirada – Estaba adormilado por los somníferos – matizó para que no fuera tan brusco como había parecido – no se dio cuenta de que estuve a su lado.

Ramiro se giró en la cama, para ocultar su decepción.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 15.

A pie del avión esperaban no menos de 40 vehículos monovolumen con los cristales tintados. El personal de Ramiro el millonetis se bajó a la carrera y ocupó sus puestos. Ramiro el millonetis, bajó con cara de ningún amigo en el mundo y se subió a uno de ellos. Los tres mosqueteros lo siguieron en otro coche, que no querían enfrentarse a él en ese momento. Iban cabizbajos, mesándose los cabellos hacia atrás, con su traje de superhéroe apretándoles los huevos, que se había hecho pequeñitos, pequeñitos.

Óscar era el más afectado. Al problema de Ramiro se le unía el problema con Locatis. En su sueño inducido se había tirado a no menos de 25 hombres de distintas edades, condición económica y con detalles minuciosos sobre sus miembros y sus otras características corporales. A algunos de ellos los conocía y las dudas sobre la vida en general, se habían apoderado de su ánimo. Por su mente pasó la de irse a buscar Jorge y cogerse de la mano con él y salir pitando hacia el desierto del Gobi y perderse allí, entre las dunas, solos, sin nadie más, alejados del mundanal ruido, sin sexo. Bueno, o con sexo entre ellos, que tampoco iban a convertirse en monjes de clausura.

La caravana inmediatamente fue rodeada por otros tantos coches de la policía que los serviría de escolta. Era un problema de seguridad nacional y las precauciones eran las máximas. No estaba claro que los intentos de matar a la pareja se pudieran repetir. El servicio secreto había interceptado unas comunicaciones que resultaban cuando menos, inquietantes. El ministro del interior tenía los cojones de corbata, pensando que pudiera pasar algo a alguno de ellos dos. Y daba igual que Jorge el camarero hubiera dejado a su marido. Los malos podían pensar que lo mismo que se separan, se pueden juntar. Así que la única forma de solventar el peligro es cargándose a uno, al otro o a los dos. Muchos intereses económicos y políticos estaban en juego.

La primera parada de la caravana era el restaurante. Ramiro bajó como una exhalación. El camarero de la barra, nada más entrar, le lanzó el móvil que Jorge le había entregado e intentó huir. Pero el dedo acusador de Ramiro el millonetis, apuntándole al entrecejo, le dejó temblando, inmovilizado por unas cuerdas invisibles, en medio de la barra.

– Explícame por que has mirado con ojos turbios a mi marido.

– No me cae bien – susurró mientras notaba como se le escapaba un hilillo de orina y bajaba por sus piernas hasta encharcar sus zapatos. – me ha quitado el puesto de camarero principal porque es tu marido – explicó en un arranque de valentía.

– Te ha quitado el puesto porque es mejor que tú, imbécil.

– Sí señor.

– Hueles a mierda, quédate ahí a saborearlo.

– Si señor.

– Y se te puede ocurrir mirar con mala cara de nuevo a Jorge el camarero, que te mato. Escúchame bien: te mato.

– Se giró lentamente hacia el jefe, ex-dueño.

– ¿No te dije que guardaras el secreto?

– Yo no estoy para guardar secretitos.

– ¡¡ Óscar !! – bramó Ramiro, mientras tendía la mano hacia atrás.

Óscar apareció corriendo con unos papeles en la mano. Sabía de que iba su jefe y lo que necesitaba en cada momento. Muchos años de servicio íntimo lo avalaban.

– ¿Ves este contrato?

Se lo mostró al ex-dueño.

– Pues sí, la venta del local. Ya está.

– Léete esas cláusulas que tienes marcadas.

– Me da igual lo que diga.

– Te lo digo yo. Dice que si rompes la confidencialidad de la operación siquiera con tu mujer o marido, o con tus hijos legítimos o ilegítimos, pagarás una penalización del 250 % sobre el precio pactado.

– Vale. Vete a buscar el dinero. Ahí lo tengo, esperándote.

Ramiro sonrió de forma maléfica.

– Mejor vete a buscarlo tú. Después de recoger tus cosas y largarte.

– Ya las he recogido – el ex-dueño lo miraba ufano, muy seguro de sus argucias – tengo avión reservado a las Islas H5 y H8 en el Pacífico. Las he comprado para mí. Adiós Ramiro el millonetis. Yo se vivir, no como tú.

Ramiro sonrió otra vez.

– Quítate de mi vista.

El ex-dueño interpretó su invitación como una derrota de Ramiro el millonetis. Óscar, que sabía mejor que nadie como se las gastaba su jefe, miró al ex-jefe de Jorge el camarero con una cara de pena inmensa. “Ni los calzoncillos te van a quedar, pobre hombre”.

– Fito, cierra este sitio. No tiene objeto que esté abierto.

– Jefe, mejor es que…

– ¡¡¡Que lo cierres, maldita sea!!!

Fito dejó de respirar y se puso a ello.

Sin mediar más palabrería, Ramiro salió del restaurante y montó en su coche.

– Juanma, llévame a casa.

El chofeur cogió la directa y sobre dos ruedas, tardó menos de tres minutos en dejarlo a la puerta de su casoplón.

– ¡¡Jorge!! – gritó en el hall.

Jorge bajaba por la escalera cargado con una maleta, una mochila y una bandolera con su portátil. Se paró a mirar a Ramiro el millonetis, que de repente, se le había apagado el volumen de su atronadora voz y su ira se había esfumado ante la visión de su Jorge. Lo vio desmejorado. Muy pálido. Notó que había estado llorando. Notó que no estaba bien “voy a llamar al médico ese que ha dicho que está bien y se va a cagar”.

Jorge también miraba a su Ramiro. No le gustó lo que vio, porque lo vio triste, con unas ojeras como nunca le había notado. Y muy pálido, con los hombros hundidos.

– Me has traicionado, Ramiro.

Éste se arrodilló, abrió los brazos y lo miró fijamente.

– Perdóname.

Lo dijo con tanta dulzura, que a Jorge le empezaron a temblar las piernas. Dudó en su decisión. Pero era cabezota, bien lo sabía su padre. Y era orgulloso, eso no lo sabía casi nadie, porque a casi nadie había tenido oportunidad de mostrárselo. Y si pasaba por alto ese desprecio que le había hecho Ramiro, no se podría mirar en el espejo nunca más. Las mañanas serían oscuras, porque se había traicionado a si mismo, como los demás lo habían hecho antes con él.

– Solo tenía una cosa, Ramiro. Y me la has quitado. Debo salir a buscarlo.

– Por favor – suplicó.

Jorge levantó a duras penas la maleta y empezó a bajar nuevamente las escaleras. Quiso poner un gesto rudo y hierático. Pero cuanto más se acercaba a Ramiro, que seguía de rodillas, con los brazos abiertos, más pena el embargaba el alma. Y al pasar junto a él, no pudo por menos que agacharse y posar un suave beso en sus labios, justo un par de segundos antes de echarse a llorar.

Continuó su camino hacia la puerta, lento, arrastrando como podía la maleta, cuyas ruedas se negaban a rodar. Arrastrando su pena, su desamor, el orgullo herido, cosas todas ellas que pesaban un quintal, demasiado para sus escasas fuerzas.

No miró atrás. No vio como Ramiro se hacía un ovillo en el suelo y se echaba a llorar, con sus dedos tocando sus labios, ahí donde Jorge había posado su último beso.

Eduardo, un miembro del personal, se reía para sus adentros. Y sin ser consciente, dijo en voz media:

– El pavo ese ha hecho la comedia del siglo. Se va todo digno por unos meses de folleteo y sacará unos cuartos al jefe. A vivir tocándose los cojones.

Ramiro se levantó como un rayo y lo enfrentó.

– ¿Sabes lo primero que hizo ese del que has hablado con tanta ligereza? ¿Sabes la condición que me puso para formalizar nuestra relación?

Eduardo tragó saliva y negó lentamente con su cabeza.

– Me hizo firmar un papel ante notario que si la cosa salía mal, no le daría ni un euro. Así que no hables mal de ese que se va, porque nunca le llegaremos ninguno a la suela del zapato.

Ramiro enfiló la escalera camino de su habitación, mientras Jorge seguía su andar, siguiendo el camino de salida de la mansión.

Cuando solo le faltaban unos metros para salir de la propiedad de Ramiro el millonetis, las fuerzas le fallaron y cayó al suelo, sin sentido. Juanma y Óscar estaban en la puerta y lo vieron. Montaron los dos en el coche y fueron a recogerlo. Lo subieron y lo llevaron a toda leche al hospital.

– No respira. Joder, no respira – gritaba Óscar rompiéndole la camiseta e iniciando un masaje cardíaco.

– Atención, hombre joven en parada cardíaca – anunció a la red de emergencias Juanma con falsa calma a través de la radio que llevaba en el coche – Es Jorge el camarero que ha abandonado el hospital esta mañana. Dr. Huertas.

– Preparados para recibirlo – contestaron desde el hospital.

Óscar seguía afanándose sobre el pecho de Jorge. Y lo alternaba con el boca a boca, pero no percibía resultados positivos.

Nunca podría olvidar esa sensación de posar sus labios en la acción de reanimación de Jorge el camarero. Esos labios que había besado hacía unos años y que le habían parecido los más intensos y vivos que había probado nunca, ahora, estaban sin vida, secos.

– ¡¡Joder, Jorge!! – gritó desesperado. Y sin poder evitarlo, sin buscarlo, le plantó un morreo como no había hecho nunca antes. Un beso desesperado, lleno de vida, lleno de desesperación. Lleno de las lágrimas que le caían irremediablemente de sus ojos.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 14.

Ramiro se despertó de repente. Miró a sus hombres que lo rodeaban expectantes.

– ¿Qué ha pasado? – preguntó con la voz pastosa y todavía medio atontado.

Óscar el secretario le explicó sucintamente lo acaecido en las últimas horas.

– Ponme con Jorge, rápido – ordenó con voz pastosa.

Su corazón latía a mil por hora. “A su Jorge lo habían atacado”. Cuando pillara al Enrique el oledor de sobacos, se iba a enterar. Y al zar de todas las Rusias le iba a meter un petardo en su culo de marica frustrado que se iba a enterar el bobo de él. ¡Ah! Y su familia. Como se enterara del gili que se había puesto de perfil para ganarse la herencia que nunca en ningún caso le correspondería… “le voy a colgar de los dedos meñiques de sus asquerosos y malolientes pinreles. Y Enrique, a olerlos.”

– ¡Cariño!

Óscar le había pasado el teléfono.

– ¡Diga! – una voz bronca y hosca había contestado – ¿Cuando nos hemos morreado para que tenga esas confianzas conmigo? ¿Eh?

Ramiro buscó la mirada de Óscar el secretario, pero éste se había desplomado en una butaca para meditar cinco minutos lo que su Locatis estaba diciendo en sueños. “Dame fuerte, Carlos. Así, así. Mire subdirector, mire, no se pierda detalle. Ahora le damos fuerte a Vd.” “¡Ay! Manuel. Adoro esa polla de 456 cm. Me la trago entera”. Óscar levantaba las cejas y tenía ganas de echarse a llorar, pero pensó que, todavía vestido de hombre de acción, no era conveniente.

– ¿Quién cojones es usted? – bramó Ramiro frustrado, que había recuperado la consciencia plena y de paso la mala leche.

– ¿Y tú quien cojones eres que llamas así?

– Quiero hablar con mi marido, Jorge el camarero.

– ¡Ah! Eres el follador de la noche. Aquí el agente Perales, de los GEO de la Policía. En misión de protección total de Jorge el camarero, decretada por Javi, el comisario de policía más perspicaz del Universo.

– ¿Y qué cojones hace cogiendo el teléfono de mi marido? Le voy a meterrrrrrrr…

– ¡¡Ramiro!! – Jorge le había arrebatado el móvil al policía. – estaba duchándome, perdona. Javi el policía me ha puesto guardaespaldas. ¡Qué fuerte! Han detenido a un mafioso que iba a matarme en el hospital.

– ¿Estás bien? ¿A un mafioso? ¿Qué ha pasado? Mando al ejército si es necesario. Llamo al presidente USA en un momento y los SEALs están ahí en 5 minutos.

– Na. Estos armarios son la leche. Le han hecho picadillo. En realidad eran varios esbirros a sueldo. Todo está en orden.

– Ni te muevas de allí. Voy de camino. Óscar se encargará de protegerte.

– Oye, oye, tranquilo. Preocúpate de ti que me han dicho que estás maltrecho. Que se ocupe mejor de ti.

– Eso no importa.

– Sí importa.

– Ni te muevas.

– Me voy a currar. No aguanto aquí.

– ¡¡Ni se te ocurra!!

– Claro que se me ocurre. El médico me ha dicho que me active.

– ¿Y si te pasa algo?

– Voy con 34 policías cubriéndome las espaldas. Y que hombres. ¿Te lo había comentado? Unos armarios de hombres, todo músculos y más atractivos… como me ponen estos GEO’s.

– Ni se te ocurra mirarlos.

– ¿Por qué no los voy a mirar?

– Solo me miras a mí.

– Solo te deseo a ti, pero mirar… este garrulo que te ha contestado, tiene metro y medio de espalda. Alucina. Y tiene unos bíceps que…

– ¡¡Que te calles!! Que no lo mires.

– Pero es feo – bromeó Jorge. – aunque está cañón – picó un poco más a su marido. Se lo estaba pasando bien.

– Jorge el camarero, que me enfado.

– Ramiro el millonetis, pues te desenfadas. Ya veo que estás bien y de buen humor.

– No estoy para chistes.

– Pues yo, que decirte, después de que me han secuestrado, me han desnudado, me han casi violado, me han sacado fotos con tus calzoncillos rotos, me han drogado, que tengo la cabeza que parece una pista de bolos, me han humillado, un cerdo del que estuve pillado en el Insti me ha engañado vilmente y delante de mi hermano, que ha pasado de mí y se ha ido a follar con el hijo de la matrona, que está muy bueno, pero vamos, que…

– ¡¡Ya te he pedido perdón, joder! – se oyó decir a Carlitos de fondo. – no pensaba que esto era una novela de intriga y misterio, solo creía que era de amor empalagoso. Yo pensaba que te ibas de motu propio o como se diga y yo me quité de en medio con el hijo de la del bar. Quería tener mi ración de azúcar, tengo derecho. No pensaba que esto iba a convertrse en una novela de John Le Carré.

– ¿Por qué grita Carlitos?

– Está enfadado porque el hijo de la matrona se ha ido hoy a Londres a estudiar y no volverá hasta dentro de 5 años. Para una vez que pilla, el pobre.

– Estoy preocupado por vosotros, imbéciles – se desgañitó Carlitos.

– Lo que yo te digo.

– Eres… – no le salió un insulto convincente, así que… se las piró.

Se pudo escuchar en todas partes, nítidamente y con potencia, el portazo que dio Carlitos al salir de la habitación de su hermano.

– Perdona al pobre – dijo magnánimo Ramiro el millonetis.

– Ya hablaremos de esa paga que le das a mis espaldas. Que me he enterado. Ese cuartito que le pagas. Ya, ya hablaremos.

– No se de que me hablas – Ramiro intentó disimular .

– Ya, ya. Bueno, te dejo, que si no, no llego a mi turno.

– Pero estás enfermo, no tienes que ir – Ramiro empezaba a tragar saliva con dificultad. Notaba la tormenta. Notaba como llegaba irremisiblemente. Miraba a Óscar suplicando, pero éste pasaba del tema. Estaba concentrado en Locatis y su ración de sexo inducido.

– Voy a ir porque si no dejo colgado a mi jefe. Y tú, como jefe que eres de una gran empresa, deberías estar conmigo y solidarizarte con los problemas que le causo a mi jefe si no voy a trabajar.

– Seguro que se arregla – a Ramiro le empezaba a apretar el cuello de la camisa. – Además, estás enfermo y así no se puede trabajar. El médico te dará la baja, seguro. Esas cosas pasan en las empresas.

Jorge no contestó. Ramiro podía escuchar como Jorge se estaba vistiendo. El ruido del roce de los pantalones al subirlos por las piernas, el sonido de la hebilla del cinturón. Debía haber dejado el teléfono en la mesilla para tener las manos libres.

– ¡¡No vayas a trabajar, joder!! – gritó por el teléfono atrayendo la atención de Óscar, el secretario, que mudó de un blanco nuclear pensando en los dichos de su novio en sueños pornográficos, a un blanco súper nuclear al añadir a esa cuestión el tema de que el matrimonio de Ramiro el millonetis, su jefe, ahora felizmente casado, y Jorge el camarero, el hombre que les había quitado al equipo de Ramiro un gran problema de encima, y que amenazaba de repente con volver. Con lo bien que vivían ahora, joder.

– Jorge el camarero. O el matrimonio. “¡Al carajo! Todo se va al carajo.” – murmuró entre dientes Óscar el secretario todavía vestido de súper-héroe.

Óscar cogió el teléfono y llamó a Carlitos. No tenía a nadie más allí en quien confiar.

– Carlitos, debes impedir que Jorge vaya a trabajar.

– Ni de coña.

– Joder, es una emergencia nacional.

– Que le peten a mi bro. No me da la gana.

– Olvida esas cosillas que te han podido pasar.

– No olvido. Estoy enfadado.

– Hazlo por mí.

– ¿Por ti?

– Por Ramiro.

– Que me dejéis en paz. Estoy solo, solo. Nadie me quiere. Y para uno que parece que me mola y follamos, se las pira. Y mi tonto hermano no me perdona un error de apreciación de situación. Que le den. Le deseo todos los males.

– ¡¡Carlitos!!

Carlitos había colgado sin mediar palabra. Y por si las moscas, apagó el móvil.

– Estoy solo, bua. Estoy solo, bua. Estoy más solo que la una, bua – cantaba yendo por la calle camino de la casa de Ramiro, que a su cuartucho en el centro, no quería volver que sabía que vería los calzoncillos del hijo de la matrona que se había guardado. Y eso le produciría irremediablemente otro ataque de llantina sin solución.

– Y así la cocinera me pone algo de comer, que estoy hambriento.

Jorge el camarero estaba listo. Y salía del hospital.

– Javi el policía, necesito tu ayuda. Necesito que impidas que Jorge el camarero vaya a currar.

– El médico ha dicho que está bien.

– Es por razones de seguridad.

– Está todo controlado. 67 GEO’s rodean ya su lugar de trabajo.

– Es que si va a trabajar se va a armar la marimorena. Con Ramiro.

– Lo siento, Óscar, no puedo hacer nada. Eso son temas conyugales y no tengo jurisdicción.

Jorge se despidió de las enfermeras y los médicos que tan amablemente le habían tratado. “Qué lástima que esté casado, el Dr. Huertas tiene un polvo de 11”.

– Por favor – insistió Óscar perentoriamente.

– No puedo. Está todo el dispositivo listo. El ministro del interior lo vigila personalmente. El presidente lo ha declarado prioridad nacional. Y va a venir a comer con Jorge en el restaurante. Esto no lo digas, que es información reservada.

– Pues eso, que coma. Pero que no trabaje.

– Es que quiere dar sensación de normalidad y que le sirva como un día normal. Va a invitar a todos los ministros, va a ser un consejo de idem de tapadillo. ¿No es guay? Y luego a los postres, pues en lugar de perderse en el baño con Ramiro el millonetis, pues se pierde en su mesa para tomar un cafecito y un chupito de hierbas.

Mientras tanto, Jorge el camarero andaba por la calle. Sonreía. Miraba a los árboles aún sin hojas, en busca de incipientes capullos que anunciaran el despertar definitivo de la primavera. Miraba a los niños corretear por la calle delante de sus padres “No te manches, Guillermito, que ya tienes una edad”, gritaba una madre desesperada al ver a su hijo de 15 rebozándose en el barro. Saludó al kioskero, Luisito, un hombre cabal que de pequeño le guardaba los cromos de Superman y todo superhéroe que tuviera mallas ceñidas al cuerpo. “Así te das una alegría, que ya bastante tienes con tus padres y tus hermanos mayores”, le decía guiñándole un ojo. Y Jorge sonreía y le daba un beso en la mejilla, que Luisito estaba muy solo el pobre, desde que su mujer le abandonó por una actriz muy famosa de los años 70. Luisito estaba cerca de la jubilación, no pensemos.

Según se acercaba al restaurante, se fue encontrando con algunos clientes habituales que lo saludaban sorprendidos.

– ¿Qué pasa? – preguntó a uno.

– Pensaba que estabas de viaje en Rusia.

– A no, yo no viajo con mi marido. Tengo que trabajar – y sonrió seguro de sí mismo y orgulloso de su sentido de la responsabilidad.

Al cliente se le heló la sonrisa, porque no le cuadraba nada lo que decía Jorge el camarero con lo que decía el jefe de Jorge el camarero. Pero se calló, no era su problema. Pero por si las moscas, enfiló la calle alejándose lo más posible del establecimiento.

– Parece que va a llover – le dijo a un viandante al que no conocía de nada, pero tenía que desahogarse de alguna forma. El cliente que había hecho mutis, no era de los que se callaran por gusto, era de lengua suelta, y la boca cerrada le producía una urticaria del 15.

– Hola a todos – dijo Jorge el camarero al entrar en el local.

Óscar jugaba con el teléfono de Ramiro, contando los minutos que faltaban para que Jorge llamara hecho un basilisco. Había intentado hablar con el jefe de Jorge, pero no había cogido el teléfono.

Los parroquianos que estaban en la barra se giraron para saludar a Jorge el camarero. El compañero que estaba trabajando, lo miró con gesto de sorpresa y un pequeño matiz de asco.

– Vienes a ver como va el negocio, no te fías – le espetó de malas formas.

– Virgilio, tómate una tila – le contestó gozoso Jorge. Respiró profundo, contento por estar de nuevo ahí, al pie del cañón.

– ¿Y toda esa pasma de fuera y de dentro?

– Tchhhhh – le dijo un armario de 2,10 que leía el periódico por disimular.

– Hola jefe, ya estoy aquí. Que ayer no vine, que es que…

– Si ya sabía que no venías. Tranquilo, me avisó el dueño.

– Viene tormenta – susurró en su intercomunicador el armario que jugaba a las tragaperras al lado de Jorge el camarero y su jefe.

El aire del interior del local empezó a cargarse de electricidad. Ylenia y Yasmina, clientas habituales, salieron por patas. A Juan Antonio le costó más, que ya no andaba como antes. Los años no pasan en balde. Pensó en tomarse el café de un golpe, pero tuvo que dejarlo casi sin probar “Está ardiendo, un euro veinte a la basura”.

– ¿El dueño? – preguntó suavemente Jorge el camarero, mirando con ojos penetrantes a su jefe, al que hasta hacía 34 segundos creía el dueño del tinglado.

– Claro.

– El dueño eres tú, a no ser que tengas un gemelo.

– Claro que no, no te hagas el tonto conmigo – y le guiñó el ojo – A los diez días de trabajar aquí, me lo compró tu marido. Me pagó la hostia, que yo no quería, pero es que me dio 10 veces más de lo que vale, y me dijo que conservaba el puesto de jefe, que debía hacer que no pasaba nada.

– Y entonces mentecato, ¿Qué dices ahora? – le espetó el policía del periódico, que no se pudo aguantar y que el tal jefe de Jorge le había caído como una patada en los cojones, nada más verlo y sobre todo, cuando haciéndose el tonto le tocó el paquete disimuladamente.

– Me está diciendo que… – Jorge hizo una pausa valorativa, más que nada porque no sabía que decir a continuación. Estaba un poco confuso.

– Sí, y Ramiro el millonetis llamó hace dos días y dijo que no contáramos contigo, que te ibas con él de viaje.

– Llamaría Óscar el secretario.

– No sé quien es ese, salvo que sea el tío ese que sale con ese chico tan expresivo, tan loco. Pero ese no me dice más que hola y adiós y cuanto es.

– Ramiro, mi marido, es el dueño de este local – dejó caer suavemente la noticia, para masticarla, para poder tragarla.

– Si. Así que puedes irte a casa, a tocarte los cojones, que es lo que hacen los maridos de los ricachones.

– Que puedo irme a casa a tocarme los cojones. A hacer de marido de un ricachón.

– Eso es lo que hacen los mantenidos. – contestó ufano el jefe, que de repente había decidido vengarse de Jorge el camarero y su indiferencia cuando coincidían en los vestuarios.

Los policías se miraron negando con la cabeza. En el centro de control preparaban ya las alternativas que se podrían producir cuando la furia de Jorge el camarero estallara. “¿A dónde irá?” Se preguntaban nerviosos por los problemas de seguridad que eso acarrearía.

– Vigilando la casa de sus padres, el cuartucho de su hermano en el centro, la mansión de Ramiro el millonetis.

– Y la sauna – propuso Javi el policía, que alguna vez en tiempos pasados, se lo había encontrado allí. Y recordaba que había gente que cuando entraba en ira supina, necesitaban un desahogo rápido y discreto.

Óscar seguía jugueteando con el móvil. Su ansiedad crecía. Su mundo se iba a la mierda. Otra vez a recorrer el mundo buscando un sustituto a Jorge el camarero. Otra vez la furia diaria, a todas horas de Ramiro el millonetis. Otra vez llamadas a las 4 de la mañana por asuntos urgentes, tales como la compra de lapiceros para la oficina, o el cambio de los archivadores, que ya estaban viejos.

– Ramiro mi marido el dueño de esto – Jorge paseó la mirada por las paredes y el techo – y no me entero hasta ahora. Y todo el mundo lo sabe, porque a todos se lo has contado.

– Para una vez que me sale un negocio redondo, no voy a presumir. Ya he cobrado, que lo demás me da igual.

En el local solo estaba el camarero de la barra. Todos los parroquianos había huido. El personal de cocina había salido por la puerta de atrás, junto con los camareros del comedor. Y el de la barra estaba, porque no podía escaparse, que dónde hablaban Jorge el camarero y el jefe era por el hueco para salir. Estaban también los policías de la escolta de Jorge el camarero. Fuera, el cordón visible de policías, estaba tenso, esperando. El cordón invisible, vigilaba las rutas de escape posibles con las mirillas de sus rifles de precisión. Jorge sacó su móvil despacio, como a cámara lenta. Miró a su jefe, miró al policía del periódico que le hacía gestos para que pasara del tema “Tranqui”, le pareció entender en sus labios “en todo caso lo ha hecho por amor”. Pero Jorge no veía nada. Lo veía, pero le daba igual. Ramiro el millonetis le había traicionado. Le había quitado lo único que no le habían arrebatado antes: la dignidad de sentir que hace su trabajo por sí mismo, que no necesita a nadie. Y ya no tenía eso. Ahora era un mantenido de un millonetis, que había pagado a todo el mundo para que le rieran las gracias.

Buscó el teléfono de Ramiro. Marcó.

Óscar lo sintió incluso antes de que empezara a vibrar. Cerró los ojos desesperado. Empezó a sonar, primero muy bajo.

– Es Jorge, pásamelo – dijo Ramiro despertando de su sueño inquieto al reconocer el tono especial que le había adjudicado.

– Amor – dijo contestando apresurado, rezando porque pudiera torear el problema que ahora veía cuan grave era.

¡¡¡¡Como has podido hacerme esto, Ramiro!!!! – bramó Jorge sin ningún preámbulo, sin vaselina.

No se que te habrán contado… ni quien…

¡¡¡¡Como me has podido joder de esa forma, Ramiro!!!! – volvió a bramar Jorge el camarero.

– No es para tanto, si me escuchas…

¡¡¡¡Como me has podido mentir de esta forma!!!!!!!! – esta vez había bajado un poco el tono, más que nada porque le picaba la garganta un poco, hubiera necesitado beber un trago de agua, pero no era cuestión de cortar el ritmo.

– No te pongas así, te echo de menos, cariño.

¡¡¡Ni cariño ni pollas!!!!

Se hizo el silencio. Ramiro pensó que se había cortado, pero no, comprobó en la pantalla que todo seguía igual. Jorge miró con los ojos inyectados en sangre a su alrededor. Miró con un odio supino a su ex-jefe.

– Jorge, cariño – murmuró con toda la dulzura que pudo Ramiro el millonetis.

– Jorge, dime algo. Mira, en cuanto vuelta, creo que llegaré en un par de horas, lo hablamos. No es para tanto. No te enfades. Es que no quiero que, es que te quiero tanto que necesito…

– Ramiro, te dejo.

– Pero mira, Jorge, cariño, amor, es que me pones a cien…

– Ramiro, cariño, te quiero más que a mi vida. Te amo. Te deseo como no he deseado a nadie. Pero te dejo. Lo nuestro se ha terminado – hizo una pausa valorativa – y lo has terminado tú, lo has jodido todo.

Jorge, no te pongas así – ahora era el tono de Ramiro el que iba subiendo de volumen. Se estaba poniendo nervioso porque conocía a Jorge lo suficiente para saber que estaba hablando muy en serio.

– Has pisoteado mi vida, mi autoestima. Te lo dije. El primer día: “no voy a hacer cosas de millonetis”. “Yo con mi curro, pobre pero digno”. Me dijiste: “compro el local”. Te dije: “No”.

– Pero yo tengo también derecho a tener mi opinión.

– En mi vida y en mi autoestima, no.

– Jorge.

– Ramiro.

– Jorge, perdóname – Óscar levantó las cejas al escucharlo, la primera vez que se lo escuchaba a su jefe.

– Adiós.

– ¡¡¡¡Jorge!!!!

Pero Jorge había colgado. Apagó el teléfono y se lo dejó al camarero de la barra.

– Cuando llegue el dueño, se lo das. Te vas a cagar idiota, por mirarme con ojos turbios cuando he entrado. Vas a saber lo que es tu jefe – se volvió al que hasta hacía unos minutos creía su jefe – y tú, te vas a quedar sin calzoncillos. Te vas a quedar en pelotas, como cuando ibas al vestuario a verme cambiarme. Así vas a quedarte cuando venga Ramiro, por traicionarlo.

Sin decir nada, salió del local.

Salió a la calle, respiró el ambiente de ese barrio por última vez. Se metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar sin levantar la mirada del suelo.

– El paquete se mueve al este, por c/Almanzor – se escuchó en el servicio de vigilancia.

– Recibido.