La ventana abierta.

Aquel día creí haber cerrado la ventana. Estaba nublado y amenazaba tormenta. No me gustan las borrascas sobre todo si me encuentro en medio de ellas. La lluvia te empapa hasta el tuétano y los rayos te atraviesan arrasando tus entrañas. Los truenos te dejan sordo hasta para hablar contigo mismo con un mínimo de cordura.

Me quedé traspuesto leyendo alguna de las novelas de vida que tengo pendientes de acabar. Roto por dentro y por fuera, viviendo las vicisitudes de sus protagonistas. En ese mundo entre la ficción y la ensoñación me creí la estrella de la misma. Era tan real el sueño que estaba angustiado por las agonías del héroe, un hombre enamorado que no podía asumir el amor que le había tocado el corazón.

Una luz cegadora, sin duda por la caída de un rayo no lejos de mi hogar, seguido de un estruendo ensordecedor, me despertó. Entonces lo vi, sentado en el dintel de mi ventana, sonriéndome como nadie lo había hecho hasta entonces. Creí percibir sus labios pintados, carnosos, su melena rubia cayendo por sus hombros. Pensé que era la criatura más embriagadora que había conocido jamás. Alargué el brazo para rozar su piel, pero no la alcanzaba. Parecía que la distancia que nos separaba era algo insondable. Por mucho que me acercaba, esa criatura parecía guardar las distancias. Siempre con la ventana en medio. ¡Puta ventana!

Una diosa, pensé. Una diosa rodeada de una nebulosa iridiscente, inalcanzable para los simples mortales como yo.

Cerré los ojos pensando que al abrirlos, ese ser sin duda proveniente del Olimpo, desaparecería dejándome un vacío indecible.

Los abrí de nuevo y, como esperaba, dicho ser se había desvanecido.

Volví a cerrarlos y a abrirlos. Para mi sorpresa ahí estaba de nuevo.

Y esta vez me habló.

Cerré y abrí los ojos tantas veces como fue posible a lo largo de un tiempo que a mi me pareció una eternidad. Cada una de las veces hablábamos. Me tenía hechizado con la cadencia de su voz, con la fluidez de sus palabras, con su buen humor.

Caí rendido, enamorado. Prendado de una diosa.

Estaba tan seducido que el entendimiento se me nubló. Vivía para ella, por ella. No la veía con los ojos, solo la disfrutaba con el alma. Era lo que flechaba mi corazón.

Un día ocurrió lo inopinado: la tuve frente a mí, sin ventanas de por medio, sin neblinas ni nebulosas, sin halos que pudieran distorsionar su imagen. En carne mortal.

Quedé desconcertado, hundido más bien. Sus labios no estaban pintados, su melena era más corta de la que me había figurado por su reflejo. Su sonrisa seguía siendo maravillosa. Pero no era una Diosa, era un Dios. ¡Un Dios!

Mis entrañas se abrieron en canal. Cerré los ojos y mis manos querían arrancar la piel de mi rostro. La congoja invadió mi espíritu.

No podía ser. ¡Un hombre!

La tormenta estaba al acecho. Los rayos caían a mi alrededor afinando la puntaría para atravesarme y destruirme por dentro y por fuera.

Él me hablaba, Dios me hablaba. Sí, Dios, mi Dios, porque sin duda, aunque yo luchaba contra mis sentimientos, por inadecuados y perturbadores, sentía en algún lugar dentro de mí que era mi Dios, igual que durante un tiempo, a través de la ventana, pensé que era mi Diosa. Luché incansable durante otra eternidad contra él,contra mí, contra la tormenta y sus elementos.

Pero perdí.

Y mi derrota a la vez, fue mi triunfo.

Sin poder evitarlo, el rechazo, los cantos escuchados durante tanto tiempo advirtiéndome del pecado y de la perversión de la situación, fueron derrumbados por las trovas del amor, la comprensión y la tolerancia. El amor prevaleció sobre el odio.

La lucha fue encarnizada. No fue sencillo.

El día que conseguí romper las ligaduras de la aversión a la vida y al amor, adheridas a mi conciencia y abracé a mi Dios, alcancé el éxtasis, solo con el roce de su piel. Me maldije por haber perdido todos los días precedentes de mi vida. Maldije mis luchas internas contra mí mismo. Por un instante me imaginé que las voces que preconizaban el odio hubieran prevalecido en mí intelecto. Casi perezco de la ansiedad y la tristeza. Perderme la belleza del amor, derrotarme a mí mismo, hubiera sido como enterrarme en vida.

En cambio ahora, camino por la vereda de la vida de la mano de mi Dios, con orgullo, con pasión, lleno de vida. Ahora todo lo que veo, es de color. Lo que escucho, me suena a música celestial. Mi tacto se ha acostumbrado al terciopelo y a la seda. Y el gusto se ha enganchado al sabor de su boca, de sus ojos, de su piel.

Erradiqué las tormentas de mi vida. Los miedos. La tristeza, la soledad profunda. La vergüenza y el temor. Los abrazos, los besos, las caricias, las sonrisas tomaron su lugar. Y lo más importante: me encontré a mí mismo, que sin ser consciente de ello, había estado perdido en un bosque oscuro, lleno de alimañas y brujas malignas.

Con dos Orgullos.

Estaba ahí en la jamba de la puerta del salón. Con los ojos cerrados.

La mochila a su lado. La de las acampadas. Repleta.

Su padre frente a él. Lo miraba con los puños cerrados. Tenso. Gesto crispado. Iracundo. Levantó la mano para darle un guantazo. Empezó a bajar el brazo con fuerza, pero se detuvo. Sentía como su hijo esperaba el golpe. Cuando era pequeño y le regañaba, hacía lo mismo: cerraba los ojos y esperaba la torta. La mayor parte de las veces, José se arrepentía y solo le abroncaba.

José tenía el carácter fuerte. Sus convicciones eran profundas. Creía que debía inculcar a sus hijos sus valores firmemente asentados. Inflexible. “Esto es bueno, aquello malo”. “Debes ser así, porque sé lo que es mejor para ti”. “Soy tu padre”. “No sabes nada”. “Las cosas son así. Punto”. Una torta a tiempo, ayudaba. O dos.

Ahora la furia le embargaba. Volvió a levantar la mano. Ahora le dolería; más adelante, se lo agradecía. ¿Gay? En la puta vida. Un hijo homosexual no era una opción.

Nunca.

Sintió el sabor de su propia sangre. De la cólera que sentía se había mordido el labio. Sangraba. Su pequeño seguía ahí, en la puerta. Con los ojos cerrados. Ahora se encogía un poco de hombros, como si supiera que era inminente el golpetazo de su padre.

José cerró los ojos. Como su hijo: el pequeño. Su mujer se lo advirtió: “ten paciencia con él, José, es distinto”. Distinto. Su mujer no se atrevió a decírselo. Ella lo sabía, como sabía todo. “Son tus hijos, cuídalos a todos”. Él pensaba que ella estaría siempre a su lado para guiarle, pero… se fue. Demasiado pronto. Y le dejó solo con ellos. Tres hijos. Tres misterios insondables, cada uno a su manera. Mario, el mayor, cuadriculado. Estudioso pero no brillante. Duro. Hugo, el mediano, deportista. Futbolista. Acaba de firmar por un equipo de 2ª B. Independiente. Se ha ido y él sabe que nunca volverá. Con él, a principio ejerció de padre de futbolista. Creía que era lo que se esperaba. Ahora está seguro que eso no era lo que su hijo quería. Es tarde para rectificar. Lo perdió.

Saúl. El pequeño. Estudioso y brillante. Distinto. Deportista. Amante de la naturaleza. Gay.

Volvió a levantar el puño.

Fue distinto desde que salió del vientre de su madre. El único parto al que asistió. Lloró lo indecible. Era pequeño, apenas tres kilos. Arrugado. Recuerda como la enfermera se lo puso en los brazos. Él empezó a susurrarle al oído, incómodo. Tonterías sin sentido. Le acarició el mentón y al poco, dejó de berrear. Y se durmió. La enfermera le sonrió. “Tienes mano con los niños”, le dijo dándole una palmada. Él miró a su mujer y esta sonrió también, aunque un poco socarronamente. Parecía decir “si ella supiera la mano que tienes con los niños…”

“Esos maricas de mierda”, su frase favorita cuando veía en la televisión las charangas del Orgullo, como él las llamaba. “¡Qué asco!”. Todos callaban frente al televisor. “Si alguno de vosotros es marica, lo mato”, les decía con la cerveza en la mano.

Dejó la cerveza cuando su mujer se fue.

Saúl seguía frente a él, encogido, expectante.

En el funeral, Saúl fue el único que no lloró. Frente al nicho, como ahora, cerró los ojos. Durante un momento, parecía que estaba hablando con su madre. Sus hermanos, le abrazaron y lloraron cada uno en un hombro. Los fuertes, los hombres, lloraban en el hombro del delicado. Del marica. Los mayores se apoyaban en el pequeño.

José se relajó. Abrió las manos y bajó los brazos. Se le hundieron los hombros. Miró a su hijo. Era guapo, había salido a su madre en casi todo. Los ojos eran de él. Y el mentón. Había cogido lo mejor de cada uno.

No pudo evitarlo: ahora era él el que lloraba. En silencio.

Dio un paso para acercarse más a su hijo. Saúl hizo una mueca al sentir el movimiento de su padre. Éste alargó la mano para acariciarle la cara, pero no se decidió. No era de dar esas muestras de cariño a los chicos. Saúl ya tenía 18 años. El día anterior había sido su cumpleaños. No lo habían celebrado. Le parecía bobadas. Antes se encargaba su mujer. Cosas de mujeres.

Aún conociendo a su padre, se lo había dicho. Aún sabiendo lo que pasaría. Eso le rompía el alma. Cuantas cosas se había perdido de sus hijos por ese temor que tendrían a contárselo. Pero ahí tenía al pequeño, al marica, afrontando el tema. Con dos orgullos.

Dio otro paso hacia él. Estaban casi pegados. Abrió los brazos y lo rodeó. Él estaba tenso, no sabía como abrazar. Su hijo estaba tenso, no sabía como abrazar a su padre. Le hubiera gustado besarle en la cabeza, como hacía de pequeño, pero era más alto que él. Así que le dio un torpe ósculo en la mejilla. Y sin poder evitarlo, volvió a llorar.

– ¿Te vas de acampada? – le preguntó señalando la mochila.

El chico se encogió de hombros.

– ¿Nos vamos a cenar fuera por tu cumpleaños?

Saúl miró a su padre con los ojos muy abiertos. Asintió con la cabeza.

José cogió la chaqueta y las llaves de casa. Saúl estaba parado, sin saber que hacer. De todo lo que había imaginado para ese momento, era la única situación que no había considerado. Su padre volvió a abrazarlo.

– Eres un orgullo para mí, Saúl. A pesar de lo bocazas que soy, de lo burro, me has contado lo peor que hubiera querido escuchar de uno de mis hijos. Perdóname. Espero corregirme. Ten paciencia. Aprenderé.

Se miraron, incómodos. José carraspeó. Debía decir algo que le rondaba la cabeza, aunque le pasaba igual que con los abrazos: no sabía como hacerlo.

– Te… joder, te quiero, hijo. Y quería que lo supieras. Y lo haré siempre. Te… quiero.

Me levanté del barro.

Me levanté del barro. Manchado y machacado.

Subí la montaña y oteé el horizonte de la vida. Rezumaba temor y precaución.

En el barro, opresión, aprehensión, tristeza y muerte en vida.

En la cumbre, amor, alegría, ser. Vivir. Vi-vir. Gotitas de incertidumbre.

Orgullo de ser. De vivir. Vi-vir.

En el barro me desgarraba todos los días las entrañas. Quería, no podía. Sentía aunque no sentía. Sentía desamor, no sentía amor. Amor por mí.

Subiendo la montaña, tropecé. Algunas veces. Muchas. Unas veces me levantaba deprisa, dispuesto a seguir el camino. Otras veces, requería un descanso. Echado en el verde, mirando el cielo, respirando despacio. Cogiendo fuerza.

Algunos días veía la cumbre cerca. Al día siguiente, la notaba más alejada. Al poco, volvía a acercarme. Otro paso atrás. Dos adelante. El barro, abajo, esperando mi caída. Esperando para abrazarme y ensuciarme de nuevo en la tristeza y el desamor hacia mí.

Porque todo se resume en quererte o no quererte. En construir el orgullo propio, o destruirlo.

Alguna vez estuve a punto de rodar ladera abajo. Logré parar la caída, unas veces, otras me ayudaron.

Hay gente buena también.

Y luego, en la cumbre, respiré aliviado. “Aquí estoy, dije”. El cielo parece más azul, las hojas de los árboles parecen mecerse al ritmo de la música de mi vida. La luz es especial. Vendrán sucesos tristes, tropiezos, coyunturas desfavorables. Lo sé. Pero me tengo a mí. Así lo superaré. Conmigo de la mano. Con mi gente, sí, algunos de antes y los nuevos. Pero si estoy de mi lado… venceré.

Respiro profundo. Sonrío. Me miro en el reflejo del aire y me veo bien.

Incluso creo que un día, me enamoraré de alguien. Alguien con orgullo. Y seremos dos orgullosos de querernos, de sentirnos, de amarnos.

Lo celebraron juntos.

Ganaron.

Miles de fotos. Alegres con los compañeros. Champán. En los vestuarios medio desnudos, saltos, abrazos, promesas cumplidas si ganaban. Fotos en el twitter, en Instagram, en Facebook. Fotos por wasap. Visitas magnas, presidentes, alcaldes. Visitas cercanas, familiares, padres, madres, mujeres, hijos y novias.

Alegres. Felices. En el Olimpo de los Dioses. Campeones.

Álvaro y Marco se miran. A distancia. Los dos saben lo que piensa el otro. Tantas fotos y no tendremos aquí y ahora la foto que nos gustaría. Los dos abrazados, besándonos, posando felices para la posteridad. Uno a cada lado de la copa. Los únicos que, en tanta maraña de fotografías, unas profesionales y otras no tanto, no tendrían un recuerdo de la hazaña junto a su pareja.

Aunque luego, por la madrugada, o quizás ya de mañana, se hagan su foto. Pero sin la copa. Con un balón. Desnudos quizás. Con una bandera o una bufanda rodeando sus cuerpos unidos.

Pero no es lo mismo.

Cuando empezaron a salir, al principio de temporada, lo sabían. Lo hablaron. Creyeron que eso no les costaría trabajo. Que no les afectaría. Pero al final, sí les está pasando factura. No es grande, porque su amor si es grande. Pero esas pequeñas cosas también tienen su importancia. Ver a todos sus compañeros celebrándolo junto a sus parejas, y ellos procurando estar separados por si se escapa una mirada, les empieza a doler. Y más si deben ir a agasajar a sus parejas femeninas postizas, las que les ha puesto su equipo de imagen. Para evitar habladurías.

Solo se abrazaron en la celebración del gol. Álvaro no se contuvo y le besó en la mejilla. Pero eso no cuenta, eso lo hacen todos. Hubiera sido bonito bersarle en los labios, agarrándole fuerte la cara, comiéndole su sonrisa.

Al llegar a Madrid tienen unas horas de asueto. Pocas. Se escapan a su refugio secreto, un piso al que pueden acceder directamente desde el garaje sin que nadie les vea. Casa uno llega por separado, directos al garaje. Álvaro llega primero. Pone la tele. Siguen con las imágenes del partido, de las celebraciones. Ve unas en las que besa a Marta, su pareja. Su representante estará contento: los cámaras pillaron el momento. Ve a todos los demás con su gente, sus niños, sus mujeres. Y él corriendo de un lado para otro. Cortando redes, saltando, sus padres, alejándose de los periodistas por si acaso.

– Creía que habrías abierto ya el cava.

Giró la cabeza justo cuando Marco le rodeó la cintura con su brazo y le besó en los labios.

– Vamos a sacarnos nuestras fotos.

Álvaro fue a la nevera para sacar las copas y la botella de cava. La abrió mientras volvía al salón. Marco tenía la cámara de fotos en la mano. Una cámara segura, sin conexión a redes, para evitar errores y visionados indeseados. Le saca unas fotos mientras sirve las copas. Álvaro sonríe, mientras le dice que no le saque fotos.

– Estoy sudado – se excusa.

– Me gustas sudado – le pica.

– Hace calor – dicen los dos a la vez.

Se desnudan y se recuestan en el sofá. Álvaro rodea con sus brazos el torso de Marco. Le besa en el cuello. Beben un par de sorbos de cava y se sacan unas fotos.

– Ninguno de estos va a tener unas fotos de celebración como estás – apunta alegre Marco, señalando sus cuerpos desnudos.

– Pero no se las podemos enseñar a nadie.

– Ni se te ocurra. Estamos sudados. No nos darán anuncios con estas pintas.

Se ríen.

Se giran para seguir besándose.

– Tengo algo – dice de repente Álvaro, levantándose de un salto. Va a su habitación y vuelve con una foto enorme de la copa que acaban de ganar. Marco aplaude la idea. Coloca la máquina sobre una mesa, encuadra, y la pone en disparo automático. Corre a colocarse al lado de la imagen.

– Sonríe – pide Álvaro.

La cámara empieza a disparar. La primera les pilla mirándose a los ojos. La segunda, con los pulgares arriba. La tercera con la V de victoria. La cuarta se miran sin sonreír. La quinta se besan. La sexta se besan. Y la séptima, y la octava. La novena Álvaro vuelve a poner la V con sus dedos, la décima se miran, la undécima se miran más de cerca. La duodécima, se vuelven a besar.

Marco coge el mando del equipo de música y pulsa el play.

– Dice mi padre que bailaba esto en las discotecas cuando se ligó a mi madre.

(Backstreet Boys – I’ll Never Break Your Heart)

Rodea la cintura de Álvaro y le acerca su copa de cava. Pega su cuerpo al suyo y empiezan a moverse al ritmo de la música. Lentos. Sin apenas moverse. Con las copas entre ellos. Bebiendo pequeños sorbos de vez en cuando.

Saben que volverán a hablar del tema dentro de poco. Decirlo o no decirlo. Vivir a escondidas o no. Son jóvenes, con una carrera por delante. Son buenos. Cobran mucho dinero. Saben que en su mundo, empezando por sus entornos, les dirán que no lo hagan. Que perderán mucho dinero. La carrera. “Seréis los gays del fútbol. Se os recordará por eso. Nada más”.

“Sería una pena. Sois muy buenos en esto”.

“Total, son unos años. Luego hacéis lo que queráis”.

Total, unos años, se repiten para ellos. Pero les duele tanto vivir así esos años… si no se hubieran enamorado, quizás fuera más llevadero. Pero se quieren. Les duele cada vez que están separados. Y además, está la boda. Álvaro se casará en unas semanas con su novia oficial. Irán todos los compañeros. Y dolerá. Besar a la novia en el altar y pensar que lo que de verdad quisiera es que en lugar de Marta, estuviera Marco.

– Alva, no te amargues. – sabe lo que está pensando su amor – Disfrutemos del momento. Vuelve conmigo. Baila. Ya nos preocuparemos del resto mañana.

Sonríe.

Y bailan. Y se abrazan más fuerte.

—-

Nota:

Las fotos pertenecen a la película “Barcelona noche de verano”. Alex Monner y Luis Fernández.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 21 .

El oledor de sobacos tuvo una visión mientras hacía su speech a la concurrencia. Volvió a decir eso de “Quieto todo el mundo”, que recordaba de una película de los años 80, española, aunque no sabía cual. Sería alguna de Alfredo Landa o de Pepe Sacristán. O de José Luis López Vázquez y Florinda Chico. En esa visión, miraba a la concurrencia a la que secuestraba. Y se fijaba de repente en el Presidente USA. “Parece un actor, se dijo”. Y miró a la Merkel, que tampoco parecía ella, que parecía más fina y segura, y como más agradable y demás. Y se fijó en Ojos Iván taladrado por el soldado ruso, rubio, rubio, y vio en la mirada un halo de triunfo. Parecían decir: “Jódete”, cuando el jodido era el tal Ojos Iván.

Y se fijó en los primos de Ramiro el millonetis, para él, Ramiro el imbécil y vio un gesto de terror que inundaba cada vez más sus rostros.

Y vio al subdirector del banco, que entraba llorando en el salón, sujetado por dos GEOS enormes y atado como si fuera un chorizo.

El oledor de sobacos, al que recordemos que su madre decidió inscribirlo en el registro civil como Enrique, tuvo un impulso y se dio media vuelta e intentó salir pitando por dónde había entrado. Pero se topó con Óscar el secretario, que lo señalaba con su dedo índice, flanqueado por otros dos armarios que tenían el uniforme de los GEOs para la ocasión, unos smoking apretados, muy apretados, sus músculos pugnando por romper las costuras. Eran la viva imagen de “Hulk” justo un segundo antes de su transformación en “La Masa”.

No, no, no”, le dijo Óscar con el dedo, a ritmo de una canción famosa.

– No te vayas, corazón – le indicó Manu

– Mira la que has armado – le dijo el tercero de los Tres mosqueteros.

– Los Tres Mosqueperros – dijo Enrique, el oledor de sobacos con todo el tono de desprecio del que era capaz, que era mucho, porque el odio y el asco, el amargamiento que anidaba en su espíritu era tan grande que podía tocar un buen trozo a todos y cada uno de los habitantes de la tierra.

Óscar el secretario sonrió picarón y dijo:

– Guau.

Pero fue un guau logradísimo. Un guau seductor. Porque Enrique el oledor de sobacos no era de los que aman a los hombres, sino que su pasión descontrolada son las mujeres, que si no, hubiera caído rendido al “guau” de Óscar el Secretario. Ojos Iván, que estaba por ahí cerca y que percibió con toda nitidez los detalles seductores de ladrido de Óscar el secretario, se corrió solo, sin tocarse , y eso que apenas unos minutos antes había llegado a la gloria con la picha del Rubio bien metida. Ahora se preguntaba si después de que todo se tranquilizara, tendría una oportunidad de recuperar el tiempo perdido, de reintentar la conquista de la plaza fuerte de Óscar el Secretario, que era guapo, guapo, y que ladraba con tanta alegría y seducción.

– Y está bueno. – añadió en voz alta, recuperando la respiración después de la corrida, la segunda.

– Y es buena gente – dijo otra vez en voz alta, adornando la afirmación con un suspiro de sueño y pasión.

– Sois unos perros falderos – escupió Enrique el oledor de sobacos.

Los tres mosqueteros se juntaron y pensaron en hacer lo de las espadas, pero con sus… bueno, ya me entendéis. Pero pensaron que las cámaras de vigilancia estaban en marcha, que todo eso se vería en todos los cuerpos de seguridad del Mundo, y no era cuestión de que luego, todos quisieran contactar con ellos para probar más de cerca las espadas de los Tres Mosqueteros, que sabían que son irresistibles y que los cuerpos de seguridad y espionaje del mundo están a dos velas, por lo de las horas extras y la tensión del trabajo y las extremas medidas de seguridad, cámaras a gogo y demás que havían imposible escabullirse de las largas vigilancias para echar un kiki con el que estuviera más cerca.

– Se lo que estás pensando, pero a mi no me incluyáis, que yo y Ghillermo tenemos una actividad frenética – les dijo Javi el policía, riendo por la ocurrencia de los tres acólitos de Ramiro el millonetis.

– ¿Y como sabes…?

– ¡¡Ah!! La policía no es tonta – contestó enigmático.

Óscar el secretario pensó que a lo mejor Javi el policía había conseguido meterse en su longitud de onda de comunicación telepática. O que tenía escuchas mentales en la sala, un proyecto del CESID súper secreto.

– Ha tirado un dado y ha acertado – propuso Manu.

– ¿Ha sido eso? – preguntó Óscar el secretario.

Javi el policía se alejó sonriendo y sin darse por aludido. Caminaba deprisa camino de los servicios del Ala Oeste, en dónde Ramiro el millonetis y Jorge el camarero, se recomponían su estampa después de su soberbia actuación.

– Muchas gracias por haber participado en la farsa.

– Ha sido una farsa muy real y placentera – contestó un sonriente Ramiro el millonetis, feliz cual perdiz por recuperar a su maridito.

– Podíamos haber puesto unos dobles como con los invitados, pero ninguno hubiera sido capaz de poner al intensidad y la pasión que vosotros.

– Me han dicho que tú y Ghillermo le dais bien.

– ¿Y quién te ha dicho eso, Jorge el camarero?

– El otro día vino a verme Ghillermo.

– ¡Ah!

– ¿Te he sorprendido?

– Pues sí, la verdad. Hablaré con el equipo de vigilancia y cortaré alguna cabeza.

– Perdónalos.

– No.

– Ghillermo les convenció de que no te dijeran nada.

– ¿Por qué?

– Quería hablar. Está pensando en darte una sorpresa y quería comentarlo conmigo.

– ¿Qué sorpresa?

– No puedo decírtelo.

– Ya verás cuando le pille.

– Cuando le pilles, no dirás nada.

– ¿No?

– No.

– ¿Por qué?

– Porque te lo pido yo.

– Pero…

– Por nuestro pasado.

– Ya.

– ¿Qué pasado? – preguntó un intrigado Ramiro el millonetis.

– Fuimos buenos amigos – contestó muy seguro Jorge el camarero.

– ¿Ya no?

– Hemos perdido el contacto – volvió a responder Jorge.

– Pues habrá que recuperarlo. Veniros a cenar un día de estos – propuso Ramiro, inocente él, pensando que lo de la amistad y el contacto era meramente espiritual.

– El viernes estaría bien – apoyó la propuesta Jorge.

– Lo hablaré con Ghillermo y os digo.

– Chicos, hay que salir ya. Los actores se han ido y ya están los VIP en persona en el salón.

– Vamos allá, vamos a poner nuestro granito de arena para salvar al mundo.

– ¿Y que han dicho esos bobos?

– Los están interrogando ahora. Es pronto. Pero me parece que será difícil probar la implicación de ningún gobierno.

– Ese Enrique, ya te decía yo – le recriminó Jorge.

– Pero pensé que le tenías manía por lo de olerte cuando pasabas a tu lado.

– Y tus primos, que fuerte – apuntó Jorge con un poco de mala baba.

– Y tus hermanos – contraatacó Ramiro.

– Me gustaría que estuviera Loca aquí para que viera a su subdirector esposado. ¿Sabes algo de él?

Óscar puso su sonrisa de compromiso antes de negar tener noticias de él.

– Que raro, con lo que te quería.

– Ya.

Se hizo un silencio incómodo que duró algunos instantes.

– Ramiro, Jorge, Javi, debemos continuar al fiesta.

– Adelante.

– Por Ramiro y por Jorge – brindó el presidente USA en cuando vio que se acercaban.

– Por ellos – gritaron entusiastas el resto de los invitados.

Y todos levantaron las copas. Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, entrelazaron sus brazos con sendas copas de cava en ellas, en las cuales había zumo de habichuelas, sin alcohol, y bebieron mirándose a los ojos, como dos tortolitos, como lo que eran.

Y el público asistente aplaudió a rabiar.

Y todos se emocionaron.

Carlitos echó un ciento de lágrimas.

Óscar el secretario respiró tranquilo y también lloró. Se había dado cuenta de que había querido más de lo que creía a Jorge el camarero. Y por primera vez se había sentido solo. Echaba de menos a Loca. Aunque vio a su secretario a lo lejos, colocándose el paquete, no sintió ganas de acercarse y acabar lo que había empezado hacía unas horas.

La Señora Merkel también echó una lágrima, aunque amenazó muy seriamente a todo el que la vio con despellejarlo vivo si se le ocurría contarlo.

Fue… una bonita fiesta. No hubo repetición del polvo de Ramiro y Jorge. Estaban un poco cansados. Tanto agasajo, tanta cosa, la emoción del amor recuperado. Cerca de las 7 de la mañana, los anfitriones despidieron a los últimos invitados, los Sres. Obama. Cuando se cerraron las puertas de la mansión, Jorge el camarero se desabrochó la pajarita y se quitó los zapatos tirándolos de cualquier forma.

– Ahora es nuestro momento – dijo complacido Ramiro el millonetis, tirando de él hacia sí, como en esa película “El hombre tranquilo”, y que tan bien homenajeaba “ET”. Se abrazaron y se besaron.

– Vamos, que tengo ganas de ti – dijo después de un beso largo.

– Estoy agotado – contestó teatralmente, muy dramático, llevándose la mano a la cabeza y mirando al techo con gesto extenuado, Jorge el camarero.

Ramiro el millonetis lo cargó en brazos y subió las escaleras. No pesaba nada, parecía un saco de plumas. Se apuntó mentalmente hablar con la cocinera por la mañana para que preparara un plan de choque para que recuperara las fuerzas y su peso. Quería poder pellizcarle los mofletes de nuevo a la mayor brevedad, o morderle los cachetes del culo sin tocar hueso. Sobre todo quería verlo lozano y feliz.

Lo recostó en la cama y le dijo en tono picaruelo:

– No te vayas, espérame, que vuelvo enseguida.

Se fue al servicio y en menos de lo que canta un gallo, estaba de vuelta, con una toalla en la cintura, a modo de toda vestimenta. Fue a saltar sobre la cama, pero se contuvo a tiempo. Jorge el camarero se había dormido profundamente. Pero no sintió frustración. Verlo descansar tranquilo, con esa cara de ángel, le produjo a él una sensación de plenitud. Esto era lo más próximo a la felicidad completa que iba a estar. Acercó una butaca a la cama y se sentó en ella. Agarró la mano de su marido y la puso en su mejilla.

Y así, veló el sueño de Jorge el camarero durante toda la mañana. Sin perder detalle de cada gesto que hacía en sueños. Midiendo el ritmo de su respiración. Dándole frecuentes besos en la mano, en la mejilla, en la frente.

Ahí fue consciente de que, si hubiera perdido a su marido, él no hubiera podido vivir. Jorge el camarero era la razón por la que la vida tenía un sentido para él.

Y lloró de felicidad.

Y tarde, casi a las 5, echó una cabezada.

.

FIN