¿Me esperarás? (1ª parte)

Hacía siglos que no lo veía.

Me lo encontré en el Mercadona, cogiendo unas salchichas. Que poco glamuroso, lo sé. Y no le vi, me vio él.

Hola, hola.

Nos miramos un instante. Sonreí y me sonrió. Se giró y fue cuando cogió las salchichas.

Lo observé mientras miraba los quesos untables. Más bien le radiografié. Es que es un hombre francamente atractivo. Siempre me ha gustado, vaya. Aunque ese día en concreto no me agradaban sus deportivas rojas. Y no llevaba calcetines, con el frío que hacía. Por sacarle alguna pega. Me dio en la nariz que había salido de casa a comprar cuatro cosas y se puso lo que más cerca tenía. Ahora que lo pienso, tampoco me gustaba el pantalón que llevaba.

– Feliz año, por cierto. – No se me ocurrió otra cosa, aunque ya había pasado un tiempo desde Nochevieja. Un tiempo largo, más bien. Pero se me escapaba sin haber sabido cruzar con él apenas un escueto: “Hola”.

Se giró de nuevo. Sonrió. Le tendí la mano y me la estrechó. La retuve entre la mía unos instantes. Si me hubiera atrevido le hubiera rozado con el pulgar suavemente… no me atreví.

Nos miramos mientras duró el apretón. Una mirada normal, no nos imaginemos cosas de esas de películas. Qué más hubiera querido yo.

– Estás haciendo compras de hombre solo que no tienen nada para comer en casa. Si quieres ven a la mía y apañamos algo para los dos y nos hacemos compañía.

Se me ocurrió así, de repente. Lo que había dicho era una tontería, pero… es cierto, me pareció una compra de “vamos a improvisar algo de comer, que no tengo nada en la nevera”. Eran las tres de la tarde. Y todo era una tontería, porque… si es que apenas nos habíamos cruzado cuatro palabras. Vernos, mucho, en el portal, en el garaje. Y yo tampoco tenía nada del otro mundo para comer. Y todavía tenía menos ganas de preparar nada.

– No estaría mal.

Iba a decir que era una tontería porque nunca pensé que me fuera a decir que sí. No dijo que sí, dijo que no estaría mal.

– Pues acabemos de comprar juntos. Te veo mucho pero no sé como te llamas.

– Rodrigo.

Y empezamos a hablar.

Me contó que efectivamente estaba solo en casa, que se pasaba así muchas temporadas. Sus padres trabajaban lejos, no tenía hermanos ni parejas ni nada. Acabó mal con su novia hacía unos meses. Todo esto me lo contó en el Mercadona. En dónde el pescado, en frente de los yogures, con los plátanos y las lechugas.

Lo de la novia me fastidió un poco, aunque me lo imaginaba.

Se empeñó en pagar la compra.

– Ya que me invitas a comer…

No discutí. Me conformé con mirarlo y sonreír como un tonto.

Me resultó agradable su charla. Es un forofo de los coches. Se ofreció a llevar el mío a lavar el día que me viniera bien.

– Lo tienes un poco guarro.

Arrugué la nariz. A ver lo que decía de la casa, toda desordenada, como la de alguien que vive solo y que hace siglos que no tiene visitas. Pero no dijo nada. Me disculpé por anticipado.

– La mía está peor.

Ya tenía preparado el primero, así que me puse a freír unos filetes que había cogido en el Mercadona. Él se puso el delantal y empezó a pelar unas patatas.

– Me encantan las patatas fritas.

Pues mira, patatas fritas. Me gustan pero no me las hago nunca por el tiempo y por vagancia.

Va, fue bonito. Hacía tanto tiempo que no estaba en la cocina con nadie… me apoyé varias veces en él, cruzándome, o envolviendo su cuerpo por detrás para coger la harina, que no necesitaba para nada, pero que me apetecía.

Releo esto y reconozco que se me ha ido la olla. Lo de la harina y los frotamientos o roces. Alguno habría, pero no fueron nada sexual. Ni sensual. Nada de nada. Puedo decir que no le molestaba que estuviera a su lado, que lo rozara incluso. Pero nada más.

La charla decayó, más que nada porque a él se le acabó la cuerda y yo estaba un poco fuera de juego. Debería haberme preparado para esa experiencia que estaba viviendo.

Luego vino un momento tenso. Bueno tenso, es una bobada. Pero yo suelo echar la siesta. En la butaca del salón, con los pies sobre otra butaca. Si no lo hago, me falta algo durante toda la tarde. Pero me daba corte. Y estuve ahí… indeciso. Pero él que parecía más lanzado, me dijo sin rodeos.

– ¿Te importa que eche la siesta?

– Ah, claro. Sin problemas. También suelo echarme una cabezada.

Se quitó las zapatillas, se tumbó en el sofá. Yo en mi posición en la butaca. Pero cosa curiosa, no me conseguí dormir. Seguramente por miedo a roncar y molestar a mi nuevo amigo.

– Él tampoco dormía.

De repente se levantó de un salto. Y se puso frente a mí. Yo me incorporé un poco, preocupado porque se iba a ir sin más, lo veía venir, pensando en algo para que se quedara.

– Tengo que probar algo, si no te importa.

Me encogí de hombros, pensando en unos segundos en docenas de posibilidades.

– Claro. Adelante.

Se acercó a mí, se puso de medio lado, y se sentó en mi regazo. Acomodó sus posaderas entre mi pierna y la butaca, de manera que no estuviera su peso sobre mí. Me rodeó el cuello con su brazo derecho, me dio un beso en la mejilla y cerró los ojos. Todo esto lo hizo de corrido, decidido. Como si lo hubiera ensayado o si lo hiciera todos los días.

Yo en cambio, estaba ojiplático. Con mis manos en alto, que no sabía donde apoyarlas. Al final rodee su cuerpo con una de ellas y dejé mi mano sobre su brazo, y la otra la apoyé en sus piernas. Aproveché para colocarlas bien, que parecía que se le iban a escurrir en cualquier momento.

Yo pensé que no iba a echar la siesta en esas circunstancias. Pero él, enseguida su respiración se relajó. Me gustó la sensación. Nunca me había visto en otra como esa. Mis parejas no se habían sentado sobre mí de esa forma, ni yo sobre ellas.

Y me dormí.

– Roncas – me dijo al despertar. Me miraba a los ojos y me sonreía. Había apoyado su cabeza en mi hombro.

– Siento…

– No, no, me gusta. He pensado siempre que si quieres a alguien, escucharlo roncar por la noche, te debe dar tranquilidad. De pequeño tenía miedos nocturnos. Solo podía dormir si escuchaba roncar a mi padre. Mi madre alucinaba, ella siempre ponía a parir a mi padre por eso. Pero a mí me daba tranquilidad.

– ¿Necesitas que alguien te de tranquilidad?

Me sonrió de manera embaucadora, pero no me respondió.

– Tengo que irme.

Se incorporó despacio. Se puso las zapatillas sin desanudarlas.

– Te voy a regalar unas, esas no me gustan – le dije.

No dijo nada.

Fue al baño y se echó un poco de pasta de dientes en el dedo y se lavó los dientes. Yo lo observaba en silencio, desde el pasillo.

– ¿Me esperarás?

Estaba frente a mí, yo apoyado en la pared, en el pasillo.

– ¿Esperarte?

– ¿Lo harás? – me apremió.

– Sí. – le contesté mecánicamente.

– ¿Sí, sí? O ¿Sí, me quito el muerto de encima?

– Sí, coño, te esperaré. Pero dime…

Pero dime nada, porque ya se había ido.

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Lo celebraron juntos.

Ganaron.

Miles de fotos. Alegres con los compañeros. Champán. En los vestuarios medio desnudos, saltos, abrazos, promesas cumplidas si ganaban. Fotos en el twitter, en Instagram, en Facebook. Fotos por wasap. Visitas magnas, presidentes, alcaldes. Visitas cercanas, familiares, padres, madres, mujeres, hijos y novias.

Alegres. Felices. En el Olimpo de los Dioses. Campeones.

Álvaro y Marco se miran. A distancia. Los dos saben lo que piensa el otro. Tantas fotos y no tendremos aquí y ahora la foto que nos gustaría. Los dos abrazados, besándonos, posando felices para la posteridad. Uno a cada lado de la copa. Los únicos que, en tanta maraña de fotografías, unas profesionales y otras no tanto, no tendrían un recuerdo de la hazaña junto a su pareja.

Aunque luego, por la madrugada, o quizás ya de mañana, se hagan su foto. Pero sin la copa. Con un balón. Desnudos quizás. Con una bandera o una bufanda rodeando sus cuerpos unidos.

Pero no es lo mismo.

Cuando empezaron a salir, al principio de temporada, lo sabían. Lo hablaron. Creyeron que eso no les costaría trabajo. Que no les afectaría. Pero al final, sí les está pasando factura. No es grande, porque su amor si es grande. Pero esas pequeñas cosas también tienen su importancia. Ver a todos sus compañeros celebrándolo junto a sus parejas, y ellos procurando estar separados por si se escapa una mirada, les empieza a doler. Y más si deben ir a agasajar a sus parejas femeninas postizas, las que les ha puesto su equipo de imagen. Para evitar habladurías.

Solo se abrazaron en la celebración del gol. Álvaro no se contuvo y le besó en la mejilla. Pero eso no cuenta, eso lo hacen todos. Hubiera sido bonito bersarle en los labios, agarrándole fuerte la cara, comiéndole su sonrisa.

Al llegar a Madrid tienen unas horas de asueto. Pocas. Se escapan a su refugio secreto, un piso al que pueden acceder directamente desde el garaje sin que nadie les vea. Casa uno llega por separado, directos al garaje. Álvaro llega primero. Pone la tele. Siguen con las imágenes del partido, de las celebraciones. Ve unas en las que besa a Marta, su pareja. Su representante estará contento: los cámaras pillaron el momento. Ve a todos los demás con su gente, sus niños, sus mujeres. Y él corriendo de un lado para otro. Cortando redes, saltando, sus padres, alejándose de los periodistas por si acaso.

– Creía que habrías abierto ya el cava.

Giró la cabeza justo cuando Marco le rodeó la cintura con su brazo y le besó en los labios.

– Vamos a sacarnos nuestras fotos.

Álvaro fue a la nevera para sacar las copas y la botella de cava. La abrió mientras volvía al salón. Marco tenía la cámara de fotos en la mano. Una cámara segura, sin conexión a redes, para evitar errores y visionados indeseados. Le saca unas fotos mientras sirve las copas. Álvaro sonríe, mientras le dice que no le saque fotos.

– Estoy sudado – se excusa.

– Me gustas sudado – le pica.

– Hace calor – dicen los dos a la vez.

Se desnudan y se recuestan en el sofá. Álvaro rodea con sus brazos el torso de Marco. Le besa en el cuello. Beben un par de sorbos de cava y se sacan unas fotos.

– Ninguno de estos va a tener unas fotos de celebración como estás – apunta alegre Marco, señalando sus cuerpos desnudos.

– Pero no se las podemos enseñar a nadie.

– Ni se te ocurra. Estamos sudados. No nos darán anuncios con estas pintas.

Se ríen.

Se giran para seguir besándose.

– Tengo algo – dice de repente Álvaro, levantándose de un salto. Va a su habitación y vuelve con una foto enorme de la copa que acaban de ganar. Marco aplaude la idea. Coloca la máquina sobre una mesa, encuadra, y la pone en disparo automático. Corre a colocarse al lado de la imagen.

– Sonríe – pide Álvaro.

La cámara empieza a disparar. La primera les pilla mirándose a los ojos. La segunda, con los pulgares arriba. La tercera con la V de victoria. La cuarta se miran sin sonreír. La quinta se besan. La sexta se besan. Y la séptima, y la octava. La novena Álvaro vuelve a poner la V con sus dedos, la décima se miran, la undécima se miran más de cerca. La duodécima, se vuelven a besar.

Marco coge el mando del equipo de música y pulsa el play.

– Dice mi padre que bailaba esto en las discotecas cuando se ligó a mi madre.

(Backstreet Boys – I’ll Never Break Your Heart)

Rodea la cintura de Álvaro y le acerca su copa de cava. Pega su cuerpo al suyo y empiezan a moverse al ritmo de la música. Lentos. Sin apenas moverse. Con las copas entre ellos. Bebiendo pequeños sorbos de vez en cuando.

Saben que volverán a hablar del tema dentro de poco. Decirlo o no decirlo. Vivir a escondidas o no. Son jóvenes, con una carrera por delante. Son buenos. Cobran mucho dinero. Saben que en su mundo, empezando por sus entornos, les dirán que no lo hagan. Que perderán mucho dinero. La carrera. “Seréis los gays del fútbol. Se os recordará por eso. Nada más”.

“Sería una pena. Sois muy buenos en esto”.

“Total, son unos años. Luego hacéis lo que queráis”.

Total, unos años, se repiten para ellos. Pero les duele tanto vivir así esos años… si no se hubieran enamorado, quizás fuera más llevadero. Pero se quieren. Les duele cada vez que están separados. Y además, está la boda. Álvaro se casará en unas semanas con su novia oficial. Irán todos los compañeros. Y dolerá. Besar a la novia en el altar y pensar que lo que de verdad quisiera es que en lugar de Marta, estuviera Marco.

– Alva, no te amargues. – sabe lo que está pensando su amor – Disfrutemos del momento. Vuelve conmigo. Baila. Ya nos preocuparemos del resto mañana.

Sonríe.

Y bailan. Y se abrazan más fuerte.

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Nota:

Las fotos pertenecen a la película “Barcelona noche de verano”. Alex Monner y Luis Fernández.

¿Hay algo más bonito que el amor? Corto con Miles Heizer y Brandon Flynn

Miles Heizer y Brandon Flynn son dos de los protagonistas de la serie de moda del momento, “Por 13 razones”. Kevin Ríos dirige.

Serie que trasciende la pantalla provocando debate por su temática, por su tratamiento, por sus actores, por todo.

Este pequeño corto, algo más de un minuto, va de escenas cotidianas de parejas. Divertidas, románticas. Miradas, juegos. Hay varias parejas. Una de ellas es la protagonizada por estos actores.

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Da la casualidad que hace unas semanas se comentó si estos actores formaban pareja. Sus fotos en sus redes sociales, con mucha complicidad y muestras de cariño, levantaron sospechas. El agente de uno de ellos salió rápidamente a desmentir el hecho: “Son amigos”. Casualmente, a partir de ese momento, ninguno de ellos volvió a subir fotos de los dos juntos. Pero ahora con este corto, publicado en el twitter del autor, ha vuelto a reavivar los comentarios.

La verdad es que hacen buena pareja.

Mirad, mirad.

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Pero quedémonos con el corto. Pequeños trozos de vida de parejas, con mucha complicidad, con risas, con amor. Bueno, y con las imágenes, que bien podrían ser las de una pareja de hecho.

 

¿Hay algo más bonito que el amor?

¿Hay algo más bonito que el amor?

Han pasado muchos años. A lo mejor, solo han sido unos meses, días, ¿semanas?

Te miro y me siento tranquilo. Te apoyas en mi pecho, en la cama, y me siento ligero, como si fuera a salir volando por la ventana. Me das una patada mientras dormimos y, aunque me has despertado y mañana madrugo, me doy la vuelta y te abrazo. Y me vuelvo a dormir sintiendo como te abandonas, como tu cuerpo se relaja entre mis brazos.

Abro el teléfono y veo tu nombre.

Abro el Instagram y veo tu cara sonriente.

Cierro los ojos y te recuerdo cuando te enfadaste porque se me olvidó el cumpleaños de tu madre.

¿Te he dicho que te quiero?

Te quiero.

Dicen que esto no dura mucho. Que es química, o física.

Un día más, te quiero.

Hasta que dure lo viviré.

Ojalá dure mucho. ¿Dos vidas? ¿Las nuestras?

Mejor, una eternidad.

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Actualización:

Mi querido Dídac, me ha mandado esta música llena de magia, de ternura, de buenas vibraciones para acompañar este post.

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Muchas gracias Dídac.

Un actor porno vendiendo calzoncillos.

Y luce muy bien, vaya que sí.

Y cobra menos que Ronaldo o James, seguro.

Es Hoyt Kogan, un actor porno de la factoría Belami.

Hay muchos actores pornos que en ocasiones les requieren para sesiones artísticas o campañas publicitarias. No son todos los que me gustaría ni con la frecuencia que sería deseable. Porque muchos de ellos son atractivos y trabajan muy bien delante de la cámara, aún vestidos.

Pero bueno, algunas marcas no les gustará que su imagen la defienda un actor porno.

Sin más rollos, Hoyt Kogan nos vende calzoncillos y ropa de sport.

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Y para completar, un par de fotos para su estudio, Belami.

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Estas fotos me has ha enviado Iván.

Gracias, gracias.