Navidad 2014: “Gonzalo” (y IV)

Capítulos anteriores:

No se despidió al irse.

Gonzalo (I)

Gonzalo (II)

Gonzalo (III)

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Casi ya era año nuevo.

Ya queda menos, se dijo.

Mañana será 2014. Menos de 360 días.

Sonrió.

Pero su sonrisa era una mueca. Estaba en la cocina, sentado en un taburete. Con el último regalo de su hermano. Era una nave espacial de “La guerra de las Galaxias”. Recordaba esa vez que Matías y él pensaron en decorar el árbol de Navidad con Naves espaciales. Pero a su madre no le gustó nada la idea.

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El año que viene, podrían hacerlo. Ya tenía el primer adorno.

La cogió en la mano e hizo un corto viaje interestelar a su alrededor. Ya no tenía ganas de inventarse nada. Solo tenía en la cabeza la mirada de asco de su madre. Lo odiaba, cada vez más. Y eso que casi no se veían.

María, la de la limpieza, ya casi no preparaba nada de comer. Hacía el cambio que había visto por primera vez hacía un año. Se llevaba la comida del frigo y le dejaba lo que parecían las sobras de su casa. Algunas hasta olían. Ya hasta en el colegio parecía peor la comida. No tenía hambre. No tenía ganas de nada.

Tenía la impresión de que sobraba. Era un estorbo. Alguna vez, de las pocas que veía a su madre, ésta se lo había dejado claro.

– Si no fuera por ti, ya me habría ido con Ignacio. Solo eres un estorbo, igual que tu padre. Ojalá no te hubiera tenido. Debería haber abortado.

Y lo miró de esa forma. Con odio en sus ojos.

– ¿No ves como nadie te hace caso? A todos les pareces un estorbo. Estás solo. Ni tu hermano querido, que te dejó solo. Porque te odia. Y tu padre. Y yo que soy boba, tengo que cargar contigo.

Le faltó escupir, como en las películas del Oeste. ¿Por qué se imaginaba siempre a su madre, escupiendo como un vaquero que mascaba tabaco?

Abrió la nevera. Buscó la naranjada que le gustaba a su hermano. Pero solo quedaba para medio vaso. Se la puso en la boca y se lo bebió a morro. Despacio, trago a trago, saboreando. Era una forma de sentirse cerca de alguien. De Matías.

¿Cómo sería ahora Matías? ¿Seguirá con Ramón? ¿Se habrán casado?

¿Se habrá dejado la barba, como decía cuando estaba en casa? Su padre llevaba barba.

Dejó la botella vacía encima de la isla. No le apetecía tirarla a la basura, aunque sabía que María le echaría la bronca. Últimamente le echaba la bronca por todo.

Pensó en comer algo, pero no tenía ganas. “Tengo el estómago cerrado”. Se lo había oído a alguien. Tampoco tenía nada que comer, ni dinero para salir a tomar algo fuera. Lo de María no contaba como comida.

Cogió la nave espacial y empezó a subir las escaleras hacia a su habitación. Despacio, midiendo casa paso, midiendo sus energías. A mitad de la escalera tuvo que pararse a coger fuerzas. Cerró los ojos un segundo y puso toda su energía en seguir subiendo. “Antes lo hacía en un segundo, cuando Matías me perseguía”.

“Enano, ¿dónde has escondido las deportivas?”. Y le tiraba lo primero que tenía a mano. “Como te coja te hago cosquillas”. Y se dejaba coger después de un rato de persecución y se reía aún antes de que los dedos de su hermano buscaran sus puntos sensibles, que eran casi todos.

– ¡Vamos! – se dijo en un susurro. Eso le decía su hermano cuando iban de marcha en los campamentos y flaqueaba.

Subió un peldaño más.

La pareció que llamaban a la puerta. Pero no estaba seguro. Decidió no hacer caso. No esperaba a nadie. Nunca venía nadie a casa. Salvo María que tenía llave. Y si era un vendedor o un pedigüeño, él no tenía nada que comprar ni que dar.

Ahora sí, era el timbre de la puerta. Insistió. Repetidamente.

Empezó a bajar las escaleras, despacio, agarrado a la barandilla. El ruido del timbre le hacía daño en la cabeza. “Por favor, por favor, que pare”, se decía.

Consiguió llegar a la puerta. “¿Y si vienen a robar?”. Cerró los ojos, respiró profundo y abrió la puerta aparentando decisión.

– ¡No quiero nada!

Lo dijo con voz potente, o eso le pareció. Ni siquiera miró a quién estaba al otro lado. Intentó cerrar la puerta de nuevo, pero el pie del que estaba frente a él se lo impidió.

– ¡No quiero nada! – repitió casi ya sin fuerzas, a punto de echarse a llorar. – ¡No quiero nada! ¡Váyase! ¡No quiero nada! ¡Nada! – ya sin fuerzas.

La puerta se abrió de golpe. Pensó que efectivamente, era alguien que venía a robar o a matarlo. Casi sintió alivio. Últimamente había pensado que a lo mejor no era buena idea el que su hermano viniera a por él. Le estorbaría, como hacía con todos. No valía para nada. A lo mejor su madre tenía razón. En el colegio nadie le hacía demasiado caso. No tenía amigos y los profesores parecían pasar de él.

Perdió el equilibrio al no esperarse que la puerta se abriera de esa forma tan brusca. Cuando casi estaba en el suelo, una mano lo retuvo y tiró de él. Alguien lo abrazó, fuerte, muy fuerte. Lo levantó en volandas y dio un par de vueltas, como si fuera un tiovivo.

No sabía quien era, pero se abandonó en el abrazo. Seguía teniendo los ojos cerrados. Sus piernas ya no eran capaces de sostenerlo. Sintió unos besos repetidos en sus mejillas. Hacía años que nadie le besaba así. Ni así, ni de ninguna forma.

– Enano, enano, enano. Ya estoy aquí.

Su mente no procesaba bien las cosas. No estaba seguro que esa voz no estuviera solo en su imaginación. Así le llamaba su hermano, solo él. Pero faltaba un año para que pasara a recogerlo. Un año. “Ya es un poco menos”. “360 días”.

Esa persona se separó un poco de él, sin soltarle del todo, cogiéndole la cara con sus manos.

– Enano. Mírame – suplicaba. – Mírame, por favor.

Le volvió a abrazar, fuerte, muy fuerte. “Mírame” Casi le hacía daño, pero le daba igual. “Mírame, mírame”. Poco a poco sintió que los dos, hechos un ovillo, se deslizaban suavemente hacia el suelo.

– Enano, enano… perdóname, perdóname. Ya estoy aquí. Perdóname por haberte dejado solo. No volverá a pasar. Siempre estaré contigo.

Matías no dejaba de llorar. No dejaba de besar a su hermano. No dejaba de abrazarlo. No dejaba de echarse la culpa, de pensar si podía haber hecho otra cosa, llevarse a su hermano a la fuerza, de haberse quedado en casa para recibir él las heridas que, el odio que anidaba en su madre, quería infligir a quienquiera que se pusiera por delante, para aliviar su frustración. Siempre la misma duda, siempre el remordimiento que le había impedido dormir desde que el 23 de diciembre, vio a su hermano.

Le dolía mirarlo. Le dolía verlo con esas ojeras, tan delgado, sin fuerzas. Sin chispa en los ojos. En cuanto lo había abrazado se había abandonado en sus brazos. No tenía fuerzas ni para mantenerse en pie. Intentando molestar lo menos posible a Gonzalo, se quitó al mochila de la espalda. La abrió y sacó una bolsa.

– Mira lo que he traído, la merienda. – no podía disimular un cierto tono de ansiedad por la respuesta de su hermano. Tenía que hacerle comer algo, un poco, tenía que conseguir que bebiera… un poco.

– No tengo hambre – susurró Gonzalo.

– Te he traído un perrito, como te gusta, con cruchú de ese.

Matías abrió la bolsa y sacó el paquete dónde venía el perrito. Lo abrió y se lo puso delante.

– Mira como huele.

– ¿Y tú?

– Yo me he traído mi super-hamburguesa.

– ¿Esa de dos pisos?

– Todavía te acuerdas.

En realidad Gonzalo se acordaba de cualquier detalle de su hermano, de todo lo que habían hablado, de lo que habían hecho juntos. Recordarlo era lo que le había hecho la vida soportable. Eso y la esperanza de otras muchas cosas que podrían hacer juntos cuando viniera a buscarlo.

– No he vuelto a un burguer desde que te fuiste.

– Vamos a merendar entonces. Mira y para beber te he traído un Acuarius de limón.

– Guay.

Consiguió que Gonzalo se sentara a su lado, con la espalda apoyada en la puerta. Puso delante de él el paquete del perrito y el “cruchú”. Y la botella de Acuarius. Su hermano miraba con ganas la comida, pero seguía sin tener hambre.

– Bebe un poco.

Eso si le apetecía. Cogió la botella y pegó un trago.

– ¿Te gusta?

Gonzalo asintió despacio con la cabeza. Lo miró durante un segundo y le entraron ganas de apoyarse en su hombro. Y lo hizo. Matías le acarició la cara. Le besó de nuevo en la cabeza. Tenía el pelo lacio y grasiento. Volvió a cerrar los ojos y a echarse la culpa de todo. “No debería haberle dejado solo”.

– Come un poco.

– Come tú.

– No, si no comes tú. Un mordisco tú, y un mordisco yo. Bebe antes otro trago de Acuarius.

Gonzalo se incorporó y bebió.

– Otro trago.

Le volvió a hacer caso.

– Yo tengo mi naranjada.

Gonzalo sonrió al ver la botella.

– Es lo único que he tomado desde hace un mes. Así estaba como si estuvieras conmigo.

Matías giró su cara para que no pudiera verlo llorar otra vez. Por el rabillo del ojo vio que su hermano cogía el perrito y se lo llevaba a la boca. Lo tuvo un rato delante, como si estuviera estudiándolo. Lo olía. Casi el olor ya parecía alimentarlo. Al final y tras pensárselo un rato, le pegó un mordisco. Lo fue masticando despacio. Como si estuviera aprendiendo a comer de nuevo, como si fuera un niño pequeño.

– Ahora tú.

Matías se secó como pudo los ojos y miró a su hermano.

– Vale.

Cogió su hamburguesa y le pegó un mordisco. Sonrió mirándolo. Masticó despacio, como él. Lo volvió a acurrucar sobre su hombro.

Sin pedírselo, volvió a morder el perrito. Otro mordisco, pequeño sí, pero al menos seguía comiendo. Matías pegó otro mordisco a su hamburguesa. Era el trato.

– Come una patata frita – le animó Matías.

No llegó a acabarse el perrito. Pero al menos había comido algo. Y al menos, se había bebido la botella de Acuarius. Llevaban más de una hora los dos pegados, sentados en el suelo.

– Vamos a recoger tus cosas.

– Pero…

El miedo apareció en la mirada de Gonzalo. Todavía quedaba un año para que pudiera irse con su hermano. Eso le había dicho. No quería que tuviera problemas por su culpa. Su madre se enfadaría y le pegaría, como cuando vivía en casa.

Matías entendió la mirada.

– Tranquilo, todo está arreglado. No va a pasar nada.

Tras un rato más sentados en silencio, Matías se levantó. Tiró de los brazos de Gonzalo para ayudarle a levantarse. Cuando estuvo de pie, tardó unos minutos en encontrar la estabilidad para mantenerse de pie por sí solo.

– No te has dejado barba – le dijo de repente, sin venir a cuento.

Matías lo miró sorprendido.

– Decías que te ibas a dejar barba.

Matías recordó. Cuando le costaba dormir, Gonzalo iba a su habitación. Le despertaba y se metía en su cama. Para que se durmiera, Matías hablaba de cosas. Cuando Gonzalo dejaba de preguntar, porque era un preguntón, era señal de que ya estaba dormido. A veces lo cogía en brazos y lo llevaba a su cama. Otras veces, lo dejaba dormir en su cama. Una de esas veces, le contó lo que iba a ser de mayor. Y sí, le dijo que se iba a dejar barba. Posiblemente lo dijo porque su padre llevaba barba.

– No me gusta. Así no pincho cuando doy un beso. Y le dio un beso.

– Aunque si quieres, me la dejo.

Gonzalo sonrió triste. Se encogió de hombros.

– Da igual. – contestó al final.

– Vamos a coger tus cosas.

Abrió la puerta de la calle y metió dos maletas que había dejado fuera cuando había entrado.

Subieron a su habitación. Pero a Gonzalo se le acabaron las fuerzas y se tuvo que sentar en la cama.

Matías miró el dormitorio. Parecía casi el cuarto de un monje. No había nada en las paredes, solo las mismas estanterías que recordaba con libros de estudio y las mismas novelas que había cuando se fue. La cama era la misma. Así que se imaginaba a Gonzalo durmiendo encogido. No había muñecos ni posters, ni nada. Ni los juguetes que le había ido regalando. Abrió los armarios y solo vio unas pocas camisetas, un par de jerseys y un abrigo. Unas zapatillas muy usadas y unas bambas un poco más nuevas, pero a todas luces pequeñas. Tres pantalones y unas mudas dadas de si por el uso.

Gonzalo se levantó con torpeza. Se arrodilló en el armario y levantó una tabla del suelo, debajo de las bambas. Ahí, en un pequeño recoveco, estaban los regalos de Matías. Y sus mensajes. Y un pañuelo de cuello que usaba en los campamentos y que se dejó al irse.

– ¿Y el camión de bomberos? ¿Y el tren eléctrico?

– Mamá los tiró. Daba igual, no necesitaba nada para jugar. Me ponía tu pañuelo y ya podía jugar.

Metió todas las cosas de su hermano en una de las maletas. Aún así, le sobró espacio.

– ¿No tienes nada más?

– Los libros… en la mochila.

– ¿Ordenador?

– Me lo quitó mamá. Uso los del colegio.

A ráfagas, Matías sentía que una enorme rabia recorría su cuerpo. Debía controlarse. No debía hacer nada que pudiera estropear las cosas. Tuvo un impulso y fue a la que era su habitación. La abrió y encendió la luz. Estaba completamente vacía. Las paredes estaban llenas de rayones, parecían hecho con mucha rabia y con un cuchillo o algo punzante. Se respiraba todo el odio y la rabia de que su madre era capaz. Y las dos cosas eran muy intensas.

– Vamos – dijo volviendo junto a su hermano.

– Pero mamá … – otra vez volvió a aparecer el miedo en el rostro de Gonzalo.

– Ya está todo arreglado, no tengas miedo. Confía en mí.

– Pero te pegará…

Parecía un niño pequeño. Por un momento Matías creyó ver al niño de cinco años que había sido ya hacía diez.

– No me va a pegar. Ahora viviremos juntos, tú y yo.

Sonrió. Por primera vez sus ojos parecieron recuperar algo de vida.

– Vamos. ¿Quieres que cojamos algo de la nevera?

Gonzalo se encogió de hombros. No sabía que responder. Matías se acercó al frigorífico. Solo había cinco taper y una botella de agua. Vio la botella de naranjada encima de la isla. Abrió el armario en el que guardaba las galletas, pero estaba vacío. Y el de los cereales y el Nesquik. Pero también estaba vacío.

– ¿María no te preparaba comida? Si le dije… – pero se calló. No era el momento de hablar de ese tema. Ya ajustaría las cuentas con María.

Creía que podía confiar en ella, pero era evidente que no. Se había aprovechado de la situación. Se había acercado a ella de vez en cuando y la había dado dinero para que lo cuidara, le comprara las cosas que le gustaban, le preparara comida. Abrió los taper y comprobó que la comida estaba pasada, en alguno de ellos, incluso estaba llena de moho.

– Casi es mejor que no hayas comido.

Gonzalo se encogió de hombros de nuevo.

– ¿Y la naranjada? Si no te gusta. – cuando acabó de decirlo se acordó de lo que le había dicho mientras estabans entados, merendando.

– Pero a ti sí.

Otra vez le entraron ganas de llorar. Pero ya era hora de salir de allí. De romper con todo definitivamente. De empezar a recuperar a Gonzalo.

Envolvió la cintura de su hermano con el brazo. Se puso las dos mochilas, la suya y la de su hermano en el hombro libre y empujó con esa mano la maleta. La vacía la arrastraba el “enano”.

Para Gonzalo, el resto del viaje fue un sueño. Apenas se enteró de nada. Por primera vez en mucho tiempo, tenía ganas de dormir.

Llegaron al piso de Matías. Ramón los esperaba en el salón. Sonreía, contento porque al final, la historia de su marido y su hermano había acabado. Había costado tiempo y dinero. Y mucho dolor. Pero ya estaba todo en su sitio. Pero la sonrisa se le heló en su cara al ver el estado de su cuñado. Se abalanzó justo a tiempo de ayudar a Matías a evitar que el chico se cayera al suelo por falta de fuerzas. Lo cogió en brazos y lo llevó a la habitación que le habían preparado. No pesaba nada. Lo acomodó en la cama y entre los dos, le fueron desnudando. Estaba en los huesos, desaseado, descuidado.

Le pusieron el pijama y lo arroparon. Matías se agachó para darle un beso en la mejilla. Salían de la habitación cuando Matías sintió que Gonzalo le agarraba la muñeca.

– No te vayas – susurró.

Ramón salió sin hacer ruido mientras Matías se quitaba las deportivas y se metía en la cama con Gonzalo.

– Ya no te huelen los pies.

– Serás bobo – le contestó Matías dándole un suave golpe en el brazo. Gonzalo sonrió mientras se quedaba profundamente dormido, recostado sobre el pecho de su hermano.

Matías no tardó mucho en oír los primeros petardos de Nochevieja. Escuchaba de fondo la televisión del vecino de arriba. Escuchó las campanadas y la algarabía de los vecinos. Y casi al instante, un sinfín de petardos estallaron en la calle. Siempre le había gustado mucho la fiesta de Nochevieja. Le había gustado comer las uvas y brindar y abrazar a todo el mundo. Ponerse una nariz de payaso y tirar serpentinas y confetis. Todos los años habían celebrado una gran fiesta en casa, con todos sus amigos. Cada año, descontando uno para reencontrarse con su hermano.

Era su primera Nochevieja con él, era la primera en que no había fiesta en casa. Pero era su mejor Nochevieja. Estaba velando el sueño de su hermano.

– El próximo año, vas a tener la mejor fiesta. Qué digo el próximo año, dentro de unas semanas, cuando cojas fuerzas. De cumpleaños, de Año nuevo, de todo nuevo.

Se lo susurró al oído. Y Gonzalo pareció oírlo, porque se movió en sueños y apretó la muñeca de Matías, muñeca que no había soltado desde que había impedido que saliera de la habitación. No quería por nada del mundo, volver a perderle. Era lo único que tenía. Y ahora que de verdad estaba a su lado, se aferraba a él con toda la poca fuerza que le quedaba.

Cerró los ojos y se durmió con una sonrisa en la boca y el mejor regalo de su vida, durmiendo apoyado en su pecho: su hermano.

Agradecimientos:

A Lorién por la fotografía del regalo de Gonzalo.

A Dídac por la Música que le ha puesto al relato.

Navidad 2014: Gonzalo (III)

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No se despidió al irse.

Gonzalo (I)

Gonzalo (II)

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Estaba nervioso.

Habían pasado 7 años. Se fue con 16 de casa.

Le costó irse. Más de 10 palizas, muchos insultos por parte de su madre, el abandono de su padre del que nunca más supo. Le dolió dejar a su hermano allí, solo, con su madre. Pero no pudo hacer otra cosa. Estaba a punto de estallar y si hubieran seguido las palizas de su progenitora, un día hubiera respondido y hubiera podido pasar algo irreparable. Y todo hubiera sido peor.

Confió en que el instinto de supervivencia del Gonzalo le sacara adelante. Su mundo imaginario haría de terapia, seguro. Eso le mantendría a salvo. Los bomberos corriendo con el camión, con la sirena a todo meter, a apagar cientos de fuegos cada vez más grandes y complejos, pero siempre lograban apagarlos. O los viajes por el espacio, las lecciones de Yoda, las peleas con Dark Vader.

O las aventuras del Oeste, con los indios cabalgando a lomos de sus corceles blancos, con sus plumas al viento, para defender sus territorios de la invasión del hombre blanco. Con Gonzalo, los indios ganaban. ¿Qué hubiera pasado si en la realidad, hubieran ganado los indios y el hombre blanco hubiera tenido que volver a Europa?

Miró a su alrededor. No había nadie. Saltó la verja y fue a su escondite. Lo abrió y encontró, como siempre una carta. La cogió y se la apretó en el pecho. Miró hacia la casa, preocupado porque lo descubrieran. Pero no vio a nadie.

Iba a dejar el paquete, más grande que otros años, cuando oyó que al otro lado de la verja, alguien se acercaba. Reconoció la forma de andar de su hermano. Hacía lo mismo que a los 8 años: iba golpeando cada piedra que se encontraba, cada lata, las castañas en otoño. Hoy se debía haber encontrado una lata. Aunque no le parecía que le daba con muchas ganas. “Estará cansado, habrá tenido gimnasia con el Peláez”.

Escuchó el chirriar de la puerta. Corrió hacia el otro lado, para esconderse detrás de la casa. Fue a saltar otra vez la valla, pero se arrepintió: quería verlo, aunque fuera de lejos. Hacía tiempo que no lo hacía. Este año había estado muy ocupado con el trabajo, la universidad, su novio. Y con los trámites para llevarse a su hermano.

Lo vio.

Se puso muy triste. Gonzalo estaba muy alto, pero también muy delgado. Lo vio cabizbajo, ojeroso, con los hombros hundidos. No parecía un chico de 15. Parecía un viejo. Tuvo el impulso de salir del escondite e ir a verlo. Abrazarlo, tocarlo. Comerle a besos. Pero las cosas no estaban arregladas y cualquier descuido podía suponer que su madre se echara atrás y complicara las cosas. Y no podía permitírselo, y menos viendo a su hermano.

– ¿Pero que te han hecho, enano? – murmuró.

Las lágrimas acudieron a sus ojos. Miró el reloj: debía salir corriendo, o no llegaría al trabajo.

– Debería haberme quedado – pensó cabizbajo.

Pero eso hubiera sido un peligro. Hubiera acabado contestando a su madre y las consecuencias hubieran sido… no, no, hizo lo que debió. Pero algo había minado la fortaleza del chico.

Gonzalo entró en la casa. Matías corrió al escondite secreto y dejó en él el regalo de este año. Sacó un papel del bolsillo y escribió:

No queda nada, enano.

Pero tienes que comer.

Te quiero.

Feliz cumpleaños, enano.

Te quiero.

Mat.

Dejó la nota debajo del paquete. Se secó las lágrimas y fue corriendo a la valla. Saltó al otro lado. Corrió hasta estar lo suficientemente lejos como para estar seguro de que nadie lo veía. Se apoyó en un coche y empezó a llorar.

¿Qué le pasaba a su hermano?

Debía enterarse. Ahora.

Corrió al colegio. Entró y fue directo a ver al que fue su tutor el último año. Con un poco de suerte, sabría algo.

Llamó a su despacho, pero no contestó. Un bedel pasó por allí y le dijo que se acababa de marchar. Corrió a la salida, con un poco de suerte lo pillaría. Sabía el camino que habría tomado para volver a su casa.

Lo vio a lo lejos, caminando despacio. Parecía cansado.

Corrió.

– ¡Profesor! – gritó.

José Luis Buitrago se dio la vuelta. Esperó que Matías llegara.

– Profesor – dijo con voz implorante.

El profesor Buitrago se quedó mirándolo. Escuchaba la pregunta marcada en los ojos de Matías. Había sido uno de sus mejores alumnos y se acordaba bien de él. Pensó en esos segundos que estuvo mirando a Matías lo que debía responderle. No lo tenía muy claro. O sí, pero dudaba de la conveniencia siquiera de hablar con él. Su madre había prohibido a todo el personal del colegio que comentaran nada con nadie sobre su hijo. Y expresamente había prohibido cualquier contacto con su hermano o su padre.

Pero eso le importaba menos. Lo que más le preocupaba era que lo que dijera pudiera desencadenar alguna acción irreflexiva que tuviera consecuencias diferentes a las que convenía. Podía ser peor el remedio que la enfermedad. Conocía de la rabia que llegó a anidar dentro de Matías antes de que abandonara a su familia. Le intentó apoyar en aquellos días. Eso le trajo algunos problemas con la dirección del centro, aunque al menos, su conciencia quedó tranquila.

– No quiere vivir. Está desfondado. No come, no bebe. Está aislado. Está dispensado de hacer gimnasia, no tiene fuerzas. Con lo que es Peláez, tú lo conoces, que no perdona a nadie la gimnasia. Y tu madre dice que es una fase, que ella mejor que nadie conoce a su hijo, que no nos metamos. Y el director ha decidido no meterse. Se me va, Matías, se me va. Y no puedo hacer nada. Un chico de 15 años, maravilloso, y se me va. Se parece tanto a ti y a la vez, es tan distinto… es todo bondad, no tiene la capacidad que tenías tú de enfadarte.

El profesor Buitrago se dio la vuelta. Se había echado a llorar y no quería que Matías lo viera. Pero no pudo contenerse y se giró de nuevo.

– Felicitarle el cumpleaños, al menos. Hasta eso tenemos prohibido. El único niño en el colegio que no tiene cumpleaños. No entiendo a tu madre.

Movió la cabeza negando despacio. Esta vez se giró definitivamente y empezó a andar decidido, alejándose de Matías. Si alguien los veía y decía algo, podría tener problemas con el Director. Otra vez.

Pero Matías no podía ver nada, porque estaba sumido en su propia desesperación.

– Me las pagarás, mamá. Como le pase algo, te mato. ¡Lo juro!

Agradecimiento:

A Dídac por la Música que le ha puesto al relato.

Navidad 2014: Gonzalo (II)

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Vendrá María a prepararle algo de cena. O eso había entendido.
Su madre se había ido esos días de viaje. Últimamente se iba mucho de viaje.
Gonzalo creía que se había echado novio. Estaba un poco más agradable, aunque apenas le dirigía la palabra o se interesaba por sus cosas. Como siempre.
Era 23 de diciembre.
Gonzalo cumplía 14 años.
Había pegado un gran estirón. Por eso estaba un poco torpe. No se había acostumbrado a tener las piernas más largas ni los brazos. Los pies eran ya casi del tamaño de los de su hermano, y eso que cuando vivía con él, le parecían barcazas.
Se los miraba por la mañana, al levantarse de la cama.
– Ahora las tengo yo, joder. Si son más grandes que los suyos.
Seguía siendo muy callado. Incluso más. Opinaba que no tenia mucho de que decir a nadie. Opinaba que, no tenía a nadie a quién contárselo.
Se lo hubiera dicho a su padre, pero se fue un día de casa y no supo más.
Su madre lo odiaba y lo despreciaba. María, que llevaba toda la vida con ellos, no hacía más que repetir que Gonzalo era la viva imagen de su padre. Eso lo decía cuando su madre no estaba, claro. Decirlo delante hubiera sido jugarse el puesto de trabajo. Y María, aunque no le gustaba su jefa y el niño le daba mucha pena, (“Mira Gloria, es que lo del niño, me da una pena”, le decía a la mujer de la limpieza del chalet de al lado), necesitaba el trabajo. Así que callaba. Le hubiera gustado estar un poco más cerca del chico, pero eso hubiera supuesto arriesgarse al enfado de su madre. Así que se dejaba llevar por la corriente y por el interés. “Nadie me va a agradecer nada”, se repetía. Y se lo repetía mucho, por ver si al final se lo creía.
– Por eso le doy asco y me llama basura – decía Gonzalo cuando lo escuchaba.
Él tampoco decía nada. María no le caía bien, en realidad. Nunca le había hecho nada de lo que le había pedido. Ni lo más mínimo. ¿Odiaría ella también a su padre, y por ende, a él?
“Que la peten”.
“No necesito a nadie”.
“Solo a Matías”.
Oyó la puerta de la calle.
Se asomó por la escalera. Vio a María dirigirse a la cocina. Sacó unos taper de un carrito de compra, y los metió en el frigorífico. De él sacó otros taper y algunas bolsas, y las metió en el carrito.
La mujer iba hacia la escalera. Gonzalo se retiró para que no le viera.
– Niño, la cena esta en el frigo. – gritó.
Y sin decir nada más, salió con el carrito.
Bajó las escaleras. Fue a la cocina. Ya no estaban el pavo de ese relleno que venden ya preparado para calentar. No estaba el marisco que habían llevado el otro día de una tienda de congelados. Había unos taper con alubias y con filetes de pollo empanados.
Otro de pescado rebozado. Hallibut, parecía.
Otro de paella.
– ¿Paella?
Lo vació directamente en el cubo de basura. Tenía un aspecto horrible y pasado.
– ¡Qué jeta la María!
Parecía que también le odiaba. Estaba claro. ¿Le habría hecho algo? Empezaba a dudar si su madre tendría razón y era mala persona. Todos parecían odiarlo.
Escuchó un ruido en la calle. Le pareció que dos coches habían chocado y los conductores empezaban a discutir. Gonzalo corrió escaleras arriba para verlo desde la ventana.
– Pelea, pelea – gritaba en su mente.
– Ahí estaban, empujándose.
– Pero si no es para tanto, si casi ni se han rozado…
Achicó los ojos, para ajustar la vista. Uno de los que discutía le pareció Ramón, el novio de su hermano.
Se le quedó abierta la boca de la sorpresa.
Le pareció que el hombre que se parecía a Ramón, miraba un momento a la ventana.
Corrió hacia la calle. Abrió la puerta de golpe y corrió al escondite. Lo abrió y sacó un paquetito. Buscó un papel, pero no vio nada más. Lo puso en su sitio y volvió igual de apresurado a la casa.
Subió otra vez al piso de arriba, no sin antes coger una linterna que siempre había en el aparador de la entrada.
Dio 4 fogonazos, dirigidos al hombre del coche.
Le pareció que señalaba a un tipo que estaba en la acera contraria a la casa. Ese hombre parecía pasear mucho por ahí estos días, pensó el chico. Le sonaba de verlo cuando iba al colegio o cuando estaba estudiando en el cuarto y miraba por la ventana. ¿Y si lo estaban vigilando? ¿Por eso le hizo la seña Ramón? ¿Por eso del accidente fingido? ¿Sería que planeaban secuestrarlo? ¿A lo mejor el cártel de la droga? ¿O sería el MI-15 de las novelas de Smiley?
– Mi madre – dijo al final, saliendo de sus mundos inventados.
– ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
Se repitió la pregunta todo el día. Casi se le olvida abrir el paquete del regalo.
– ¿Por qué?
Pero al final lo hizo.
– ¡Yoda! De Papá Noel. ¡Guay!

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Revisó por si había un mensaje. Pero no vio nada más. Aunque de repente, en el papel de embalaje, si había un pequeño mensaje.

Te quiero enano.
Feliz cumpleaños y Feliz Navidad.
Te hice caso. A los 16. Vendré y te llevaré conmigo.

Sonrió.
Su hermano era el único que seguía acordándose de su cumpleaños.

– Guay.

Agradecimientos:

A Lorién por la fotografía del regalo de Gonzalo.

A Dídac por la Música que le ha puesto al relato.

Navidad 2014: Gonzalo (I)

Esta historia empezó aquí: “No se despidió al irse“.

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Su madre no llegaría hasta las 12, por lo menos. Iba de cena con los amigos. Y para volver a casa nunca tenía prisa.

Era 23 de diciembre.

Gonzalo dejó la mochila en su habitación. Ya estaba de vacaciones y ya le pesaban. Veinte días de estar solo. A su madre no le gustaba que sus amigos fueran a casa. Así que él tampoco iba a casa de nadie. Ni quedaba con nadie. Tampoco le gustaba a su madre.

Bajó a la cocina y se preparó un bocadillo para merendar. De chorizo y con el pan untado en Nocilla. Le gustaba. Su madre lo odiaba. Por eso aprovechaba cuando no estaba para preparárselo. Aunque podría preparárselo todos los días, ya no estaba nunca cuando volvía del colegio por las tardes. Al mediodía comía en el colegio.

Gonzalo tenía 12 años. Hacía ya cuatro que se había ido Matías, su hermano. Echaba de menos a su hermano. Cada día.

Ya no podía esconderle las zapatillas cuando se le olvidaban por ahí. Ya no se podía meter con su olor de pies. Ni ir de campamentos con él los veranos. Matías iba de monitor y él de soldado raso “pero enchufao” como le decía Mat.

Y le revolvía el pelo y le guiñaba un ojo, y le llamaba enano.

Oyó un ruido en el jardín. Dejó el bocadillo sobre la isla de la cocina y salió corriendo. Abrió la puerta de golpe.

Lo vio.

Se alejaba con la capucha del abrigo puesta. Hacía frío. Durante un segundo, giró la cabeza y lo sonrió. Le guiñó un ojo, Gonzalo lo vio. Seguro. Era él.

Sonrió.

No corrió tras él porque sabía que Matías correría. No podían verse. Su madre se enfadaría y lo castigaría.

A Gonzalo le daba igual pero Matías no quería.

– Enano, no quiero que mamá te meta bulla.

– Pero… – intentó replicar. Pero se arrepintió.

– Te echo de menos – dijo al final tras estar un rato callado mirando al suelo.

– Hasta los 18, enano. A los 18, vendré a recogerte.

Solo lo había visto aquella vez. Fue en verano, en el campamento. Él estaba en el bosque. Los monitores tenían instrucciones de su madre de que no le dejaran verlo. Así que lo hicieron a escondidas. Hablaron poco rato, por miedo a que los pillaran. Y le dio un beso. Fue ese primer año, después de que se fuera.

Era 23 de diciembre.

Todos los 23 de diciembre, Matías se las ingeniaba para dejar un regalo a su hermano. Siempre habían tenido un rincón secreto, en el jardín. Un cubículo en la verja que delimitaba el recinto de la casa. Ahí, guardaban sus secretos. Ahí guardaba Matías las cosas que le regalaba su novio, Ramón, cuando todavía vivía en casa. Ramón era mayor. Por es lo ocultaban. Era mayor y era hombre, eso también influiría..

Pero Gonzalo siempre lo supo. Casi no tenían secretos los hermanos, a pesar de que se llevaban 8 años. Matías sabía que el “enano” guardaba sus secretos casi mejor que él. Así que no se preocupaba de ocultárselo. Tenían una conexión especial.

Al “enano” le caía bien Ramón. Incluso fueron juntos un día al cine. Los tres. Sin que se enterara nadie. Él no lo supo hasta mucho más tarde, pero su madre se acabó enterando y le pegó a Matías. Le dio bien. Luego recordó aquella vez que su hermano le contó que se había pegado en el colegio. Tenía la cara hecha un cromo. Fue después del cine los tres juntos. Mat calló, como siempre hacía. No contestó a su madre. Ni se defendió. Pero empezó a preparar su huida.

Fue a los 16. Fue cuando cogió su mochila grande y se largó sin despedirse.

Gonzalo supo más tarde que había pedido la emancipación. Su madre no se opuso, aunque al principio se hizo la madre abnegada. Al final fingió claudicar, poniendo, eso sí, una condición: que no olviera a ver a su hermano en la vida; que desapareciera por completo, que se alejara de Gonzalo. Y de ella, claro.

– Si no, me las pagará el niño. Y sabes como me las gasto.

Matías sabía como se las gastaba. Así que no dudó en cumplir el trato. O casi.

Un día su madre que estaba más enfadada que de costumbre, se lo echó en cara a Gonzalo:

– Nadie te quiere, mocoso de mierda. Eres igual que tu padre. Hasta tu hermano querido te ha abandonado. No te quiere. No quiere verte nunca más, porque eres basura. ¿Qué dices a eso? ¿Eh?

Los ojos llenos de odio. Otra vez esa espuma en la comisura de los labios.

– Como tu padre – añadió poco después. Fue como un escupitajo.

Era 23 de diciembre.

Vio alejarse lo que él creyó que era la sombra de su hermano. Corrió a su rincón secreto, después de cerciorarse de que no había nadie que pudiera delatarlo. Abrió la caja con la llave que siempre llevaba escondida debajo del reloj. Allí estaba, su regalo. Vio además que no estaba el sobre con la carta que le había escrito.

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Se lo apretó contra el pecho. Pero solo un segundo. Cerró la caja corriendo, mirando de reojo a los lados y vigilando las ventanas de la casa, por si acaso.

Casi no se da cuenta, pero se había caído un papel.

Enano, como quieras. A los 16. Juntos los dos.

Solo quedan 4 años.

Te quiero.

– ¡Guay!

Corrió a la casa. Se limpió bien los zapatos y cerró la puerta. Dio unos pequeños saltitos para entrar en calor. Había estado poco rato, pero hacía frío, mucho frío.

Volvió a la cocina. Siguió con su bocadillo. Abrió la nevera y sacó la botella de Naranjada. No le gustaba mucho, pero le hacía sentirse más cerca de Matías. A él sí le gustaba.

Puso el muñeco en la encimera. Y empezó a inventarse historias con el muñeco.

Iba a ser su juguete durante un año. Su juguete secreto.

Hasta el siguiente 23 de diciembre.

– Feliz Navidad Mat – murmuró con una sonrisa.

Agradecimientos:

A Lorién por la fotografía del regalo de Gonzalo.

A Dídac por la Música que le ha puesto al relato.

No se despidió al irse.

.

Matías no le dijo adiós cuando se iba. Matías es su hermano.

Gonzalo estaba enfermo. No era una enfermedad muy grave, tan siquiera era una enfermedad propiamente dicha. Estaba triste, muy triste. Su padre se había ido hacía unos días de casa, “de viaje”, dijo su madre en un tono que no admitía réplica. Ella era así, contundente, poca amiga de que la gente repreguntara, y menos sus hijos.

– El trabajo – apostilló.

Tampoco le dijo adiós.

Gonzalo, cuando volvía del colegio, lo esperaba frente a la puerta, jugando con el camión de bomberos, corriendo en busca del fuego, con las sirenas a todo meter. No necesitaba mucho para entretenerse. Tenía mucha imaginación y se creaba sus personajes y los movía a su antojo: el bombero jefe, su novia, el novato, el héroe, el vago… se inventaba sus conversaciones y sus peleas, iba a apagar fuegos o a salvar a gatitos en los árboles, los pobres, que se habían subido pero que luego le entraba el canguelo y no podían bajar.

Canguelo. Le gustaba esa palabra. Le había costado aprenderla y no te digo, decirla correctamente. La utilizaba su hermano, que se la debía haber oído a su novio o a alguien así. Su novio era mayor que él, unos años, bastantes años, y era uno de esos culturetas que leía “la hostia de mucho”, según las declaraciones del propio Matías, que lo decía orgulloso y haciéndose él un poco más tonto y corto de lo que en realidad era. Matías era listo, estudiaba mucho y leía mucho. Sabía mucho de música y de cine, pero no le gustaba presumir de ello. Decía que a la peña en general les gustaban más los tontos del culo. “Si voy de sabido, me mirarán con cara rara y empezarán a llamarme friki o cosas peores”.

Matías, cuando Gonzalo iba a apagar fuegos con demasiada algarabía de sirenas y conversaciones a gritos de los bomberos, porque el ruido de las llamas y de los camiones corriendo con las sirenas obligaban a los bomberos a hablar muy alto, le tiraba una zapatilla desde el primer piso, por la escalera.

– Enano, joder, deja de aullar, es imposible estudiar.

– No seas mentiroso, que no estudias, estás hablando con Tino y colgando cosas en el Face.

Le tiró la otra zapatilla. Ésta le dio en la cabeza. Le hizo daño, pero no lloró. Al contrario: sonrió porque había acertado.

Gonzalo cogió las zapatillas de su hermano y las escondió en el armario del pasillo.

Ya no tenía ganas de seguir jugando con el camión de los bomberos. Así que se sentó a lo indio en frente de la puerta de la calle, esperando.

Su madre llegó al cabo de una hora. Él se había levantado esperanzado al oír pasos fuera, pero al comprobar que quien entraba era su madre en lugar de su padre, no pudo disimular la pena y la desilusión.

Su madre correspondió con un gesto de enfado y hartazgo.

– No va a volver, ¿lo sabes? Nos ha dejado, porque no te quiere, entérate. Así que te tendrás que acostumbrar a tenerme a mí, aunque ya sé que no me soportas. Lo guay que es tu padre y no te quiere, se ha ido para no volver. ¿Te enteras? Así que a joderse.

Su madre tiró la bolsa de la compra en la isleta de la cocina. Gonzalo la miraba cómo iba guardando las cosas y cerrando a golpes los armarios. No se decidía sobre si convenía echarse a llorar de pie mirando a su madre o sentarse en un rincón y hacerlo a escondidas.

De repente vio unos pies descalzos a su lado. Levantó la cabeza para mirar a su hermano que lo observaba triste.

– ¿Mis zapatillas? – le preguntó suavemente, con gesto cómplice y triste.

Miró al armario dónde las había escondido. El mayor corrió hacia allí y se las puso sin siquiera sentarse. Cogió su abrigo y se colgó la mochila sobre el hombro.

No miró atrás cuando salió.

Gonzalo sí lo miró cuando salía. Quiso llamarlo, pero no se atrevió. Quiso decirle que no le dejara solo con su madre… pero no le salieron las palabras.

De repente el pequeño se sintió solo en el mundo. Sus ángeles, sus colegas se habían ido. Su hermano Matías, y su padre.

Su madre le odiaba y no sabía por qué. Él no recordaba haber hecho nada malo en sus 8 años de vida.

El niño esperó durante un buen rato a que su hermano volviera y se despidiera. Le llamara enano y le revolviera el cabello. Le tomaría el pelo con que le olían los pies, y él haría que se enfadaba, y se pegarían un rato. Al final Gonzalo reconocería que no le olían ya los pies como antes, y que aunque fuera así, no le importaba, le seguiría queriendo igual.

No, lo de que “lo quería” no se lo diría. Él otro le replicaría que eso es de niños, y que él ya no quería a su hermano canijo, porque era mayor, 18 años, y a los 18 no se quiere a su hermano pequeño. Solo se quiere a un novio. Y no podría ir cargando toda la vida con él.

Su padre debió pensar lo mismo, por eso se fue. Él solo era una carga para todos.

De repente se dio cuenta de que su hermano no iba a volver. Se iba como su padre, “de viaje”. No se había despedido de su madre y la mochila que se había llevado era la grande, la que utilizaba cuando se iba de acampada.

– Como la maleta de papá.

Se sentó en la esquina, en el suelo. Otra vez.

– Vete a tu habitación, no me gusta que andes zascandileando por la casa.

– Pero tengo hambre – se quejó.

– A tu habitación. ¡No me repliques!

Su madre señalaba la escalera con el brazo extendido. Gonzalo creyó ver un poco de espuma en la comisura de sus labios. “Como en las pelis de zombis o de vampiros”. “¿Su madre sería una zombie?”. Pero enseguida rechazó esa posibilidad, porque eso querría decir que él debía serlo también, al ser su hijo.

– Yo no soy un zombi.

– No murmures, idiota. Te he dicho mil veces que lo detesto. – gritó su madre desde la puerta de la cocina. Su cara decía bien a las claras que el sentimiento era real.

No le hizo caso. Si acaso empezó a correr para recorrer los últimos escalones y entrar en su habitación.

Cerró la puerta.

Ya estaba en su territorio. Con sus juguetes, sus libros, los pósters en las paredes de sus películas preferidas, y una fotografía sobre su mesa de estudio, una foto de él con su hermano, cuando fueron de campamentos el verano anterior.

Quería a su hermano.

Mucho.

Por eso no sabía si podría soportar que se hubiera ido. No podía pensar ya en alguna cosa que le pudiera hacer reír. Lo echaba tanto de menos… y apenas hacía una hora que se había marchado.

Siguientes capítulos:

Gonzalo (I).

Gonzalo – la historia.