El Adri y la magia de la Navidad.

La ostia puta.

Que joder, que el puto tema de la Navidad. Que na que aquí vuelvo como si na. De year en year. Que me mola el tema, que tal y cual. Que me la suda lo del consumismo o como se diga. Me molan los regalos y esas chorradas. Y las happy ccrismas y las postales de felicitaciones.

Al Jaime le mandao 4, os jodeis.

Que tíos que he estao full time ocupao. Que si las pelis pornos que si las chapas VIPs. La puta osta. Que soy casi VIP, que la peña me grita lo de los niños míos, que si toda la peña quiere follar con el Adri. Ya tengo una polla de esas de plastico, por si alguien quiere darse un gustazo del 10. la hosta, con el yeso ese que me pusieron pa hacer el molde o como se diga. Tios, que lo pasé mla, que sí. Que no se me ponía dura y tal. Yo alucinaba, si estoy hot a full time, lo juro. Pero ahí, que na, que no había forma. Pero tíos, pensé en el Jaime, joder, hasta le llamé y tal. Y me dijo un par de guarradas y tal, y me dio un beso en la punta, así en la distancia, que estaba yo en las americas, y ahí ya, na, todo very good. Hot y duro, para deleite del del puto yeso.

Y luego le mandé al Jaime una de regalo, que le hizo la hosta de ilu. Me dijo el richar que le daban vueltas los ojos, así como chiviritas o como se digan. No sé lo que es, pero el richar me dijo, yo repito.

Pues que la Navidad es así como magia. ¿No? La hostia, que way. Que la peña me felicita y tal y que me manda regalos y tal. La hostia. Y este year tambien e sentio la magia de la navidad, lo juro. El otro dia, que me fui de farra, a una disco para subirme a la barra en pelotas y tal, pos que estaba yo en el tema con un negrazo con un pollazo del 10, que me dio un mareo y tal. Joder, se me pusieron de corbata. Lo juro, ni gota de wiski ni de drogas, y cosas de esas, que yo no le doy a na. Pues que casi me desgracio y tal. Pero yo como si na y tal y seguimos con el de la polla del 10. es un pasivazo del 100. ni lo jures, porque esa tranca no me la mete ni el Adri. Que me lio. Que resulta que luego el richar me manda un wasap, que el Jaime se había caído, joder, que se dio un ostiazo en la cabeza y se estuvo un rato que ni pacá noi pallá. Joder, fue conexión y tal. Y llamé al punto para decirle besitos y guarradas, para animarle. Y que le vi un poco ido. Me asusté la hostia. Que si, que se me pusieron de corbata. Joder, me dio llorera y tal. Pero na, luego se puso bien en un decir na.

Pero tíol que fue conexión. Que si lo juro.

Le echo de menos, joder. Es la putá de estar lejos y tal, y no poder estar con la peña de toda la vida. No se dice na de eso, ni se escribe y tal, pero es una putada. Así que me e escapao y me e presentao en Burgos. Una paliza de las de aupa, que estaba en Miami y total pa 4 días y ya pasadas las navidades, pero tios, que me mola los abrazos de la peña y los morroes del Jaime, y dormir abrazaos y su puto aliento en mi cogote, y su polla en mi culo.

La hostia puta.

Eso es la magia. Ver la cara de los colegas de sorpresa. Y todos con el puto movil para sacarse un selfie con un VIP del porno. Una cena así de sorpresa sorpresa, cada uno una cosa y todos con risas y tal. Y luego, el Jaime y yo tiraos en el sofá, él recostao en mi pecho con las manos agarrás.

Me estoy pensando el darme un break de esos. De darle al stop y volver un tiempo. Un par de meses y tal. La productora me dijo algo al respectin, por no saturar y tal. Y me lo pienso, en serio. Volver a home y salir a pasear con el jaime, escribir para darle gusto y tal.

Me lo dijo un VIP. Un tío muy raro y tal. Pagó la hostia de pasta por una chapa. Eran un tal Marcel y tal. El tio me besó como un poseso. Pero na, que le busqué el paquete y na, ni flores, no lo encontré. Me apartó la mano así como suave y tal y me besó de nuevo. Pues que el tio entre beso y beso, que me decía que volver a casa y tal, para no perder a la peña. Que lo del curro y los VIPs y los fans y tal es guay, pero que la peña de siempre es mejor. Y tu novio, me dijo así mirandme a los ojos, que le brillaban, lo juro. Y al poco recibo un mensaje en el movil con un billete de avión y tal. Y al dia siguiente el jefe de la productora me dijo lo del brek. Juro que yo no compré el puto billete. Pero no lo pensé y me largué sin nada de ropa ni na. Total, pensé en despelotarme al llegar a ccasa y estar así los 4 dias. Pero en casa había riopa asi que me e podido vestir. Ja, ja, ja.

Y no recuerdo na más del Marcel ese de los cojones.

Solo que me pagó la hostia de pasta, que lo vi en la cuenta.

Pues eso.

Que me vuelvo, pero que vuelvo en ná. Una escenita prevista y ya. Con dos VIP del porno, ademas. Y luego, dos meses con el jaime, de relaxing.

Guay.

Que la hostia, que me dice el Jaime qua ya pare. Que la hostia, lo mal que escribo y tal. He perdido practica pero n le dejo corregir, que me la suda.

Pos hala, que os deseo y tal un año cojonudo. Y que el jaime lo mismo.

Kisses y tal.

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No encuentro las palabras.

No encuentro las palabras.

Es un hecho que asumí hace unas semanas. Mi madre me puso en la encrucijada: o iba al pueblo por Navidad, o iba al pueblo por Navidad. Fue a verme a la Universidad solo para decírmelo a la cara. Seria como nunca la había visto antes. Acaso cuando se divorció de mi padre.

Desde ese momento, no dejo de darle vueltas. Hace ya mucho, fui consciente del mal que había causado a mi hermano. Durante algunos años de mi infancia, creí que Nacho tenía como única finalidad en la vida el fastidiarme. Una Navidad hace tiempo, nos acercamos de una forma increíble. Pero la cagué. Él se enamoriscó de un chico y yo me sentí incómodo. No sé por qué, y prefiero no ahondar en las razones: tengo miedo de descubrirlo.

El caso es que lo humillé. Lideré un grupo de acoso y derribo en el colegio. Le acosaron y le derribaron. Nacho es fuerte. Antes de esas Navidades en las que nos hicimos amigos, me hubiera machacado la cabeza sin dudarlo. Pero ahora sé que no me la machacó porque le parecía increíble que yo hiciera una cosa así. No a él, sino a cualquiera. Pasó de lobo a corderito. Recuerdo en una de las peleas que le provocamos, como me miraba a los ojos. Intentaba penetrar dentro de mi cabeza. Lo hacía tan bien, que aparté la vista y salí corriendo. No quería que notara que estaba acojonado.

Nacho no se rindió. El abuelo estuvo atento y se lo llevó al pueblo antes de que ocurriera algo irreparable. Lo engañó para darle una excusa y que no se sintiera perdedor: “Te necesitamos, la abuela y yo”. Cuando lanzas a una horda de gente contra algo o alguien, sabes cuando empieza. Luego pararlo, es casi imposible, si además, como en el caso de mi hermano, el objetivo no se rinde; muy al contrario, vende caro cada golpe que consiguen darle.

El abuelo supo enseguida lo que pasaba y vino a hablar conmigo.

Mi abuelo ha sido alguien muy importante en mi vida. Cuando yo era cordero era mi apoyo. Cuando era un marginado, él me hacía ver lo bueno que había en mí y conseguía la más de las veces hacerme sentir bien conmigo. Ahora que era yo el lobo, vino a hablar conmigo y le mordí. Todavía me acuerdo la cara de sorpresa, primero, de lástima, después, y la de desilusión suprema, para acabar.

Me sentí triunfante. Aunque al día siguiente me empecé a sentir mal. Cada día que pasaba me sentía un poco peor. Aunque muchos días conseguía apartar esos pensamientos de mi cabeza. Era un lobo y la gente me respetaba. Mi manada me aclamaba como líder indiscutible.

Mi madre me observaba como si fuera un desconocido. Un día tomó una decisión: estudiaría el curso siguiente en Dublín o en Boston. Elegí Boston. Estaba más lejos. Me fui muy dignamente. Aclamado por mis secuaces, ignorado por el resto de mi familia. Mi madre me despidió en el aeropuerto como lo podía haber hecho con un compañero de trabajo.

No volví en varios años. Siempre me las arreglaba para tener un curso especial, o alguna actividad extra-curricular. Me ennovié, lo cual me daba más excusas para no regresar ni por Navidad. Pero un día, las excusas se acabaron y hube de regresar.

Mi madre en el aeropuerto. Estaba más guapa que nunca. Tuve el impulso de abrazarla, aunque lo superé rápidamente. Pero ese impulso activó mi cabeza y ya no he podido pensar en otra cosa que en mis razones, en asumir mis actos y en sentir vergüenza de mí mismo. Pero soy muy orgulloso. Y me he tragado mis sentimientos de culpa hasta ahora.

Debo enfrentarme a mi abuelo. A mi abuela. A mi hermano. Podría hacer como que no ha pasado nada. Pero no es lo que me pide el cuerpo. Estas semanas he sido consciente todo lo que les he echado de menos, de cuánto los necesito para ser quien quiero ser. No quiero ser lo que soy ahora. Pero no sé como pedir perdón. No sé que decir.

El autobús enfila la calle Mayor del pueblo. Veo a mi abuelo y a mi hermano esperándome bajo los soportales. Llueve ligeramente. El abuelo lleva una cachaba. Mi hermano lo sujeta del brazo. Nacho no está cómodo, lo sé, lo conozco. El autobús se acerca a la acera. Estoy agobiado. Mi corazón late a mil. Cierro los ojos e intento acompasar mi respiración. En mi cabeza, sin invitarlos, aparecen los personajes con los que soñaba de pequeño: La Bailarina de la caja de Música, el cuarto Rey Mago, el Paje perdido, el Príncipe enamorado. El Príncipe valiente enamorado de un bello cortesano que tanto ayudó a Nacho. Todos ellos me saludan inclinando ligeramente la cabeza. Me rodean y me hablan al oído. Lo que pasa es que no logro entender lo que me dicen. Pero sin darme cuenta, me siento más tranquilo.

El autobús se detiene. El conductor grita el nombre del pueblo. Me levanto con la cabeza centrada en recoger mi equipaje. No sé que decirles. Sigo sin encontrar las palabras. Ensayo mentalmente aunque solo logro balbucear. Bajo las escaleras y los veo enfrente mío. Los ojos se empañan y empiezo a llorar. Me acerco a ellos y… Nacho suelta al abuelo, da ese paso que nos separa y que a mí me hubiera costado la vida darlo. Me abraza. Siento el impulso de besarlo y lo hago. En la mejilla, en la frente, en los ojos, decenas de besos seguidos, besos de abuela. El abuelo se acerca y nos abraza a los dos. No puedo parar de llorar. Lloramos todos.

Lo sé, ahora lo sé, son las personas más importantes de mi vida. Las he hecho daño, es cierto. Pero intentaré, a partir de ahora, compensarlas. Amarlas y asegurarme de que se den cuenta de ello. Va a ser la finalidad de mi vida.

Como un niño.

Emilio es un hombre serio, responsable. Por eso me gustó nada más lo conocí. Por eso lo perseguí hasta que me hizo caso. Todos me decían que me equivocaba, que no teníamos nada en común, que era mayor para mí. Pero yo insistí. Ese porte serio, su mirada inteligente. Su forma de preocuparse por mí sin parecer que lo hace, sin resultar pesado ni echártelo en cara a la menor ocasión.

Nos casamos cuando pudimos. Antes ya vivíamos juntos. Al principio tuve un poco de miedo por lo de la convivencia. Creía que a lo mejor, mis amigos tendrían algo de razón y que luego, a la hora de compartir vida, la cosa no serían tan sencilla. Sin problemas. Nos organizamos bien enseguida. La única sorpresa fue al acercarse la Navidad.

Ahí, la forma de ser de Emilio cambia radical. No es la misma persona. Y su Navidad empieza pronto, en octubre, el 1 en concreto: comienza el montaje de su Nacimiento. Un Nacimiento que ocupa la galería y parte del salón.

El primer año, me quedé ojiplático. Volví del trabajo y me lo encontré rodeado de cajas. Me sorprendió porque él suele llegar más tarde que yo, pero ese día no. Y los que siguieron tampoco. Pregunté sorprendido y él me contó pormenorizadamente lo que iba a hacer mientras me enseñaba figuras, casas, molinos, montañas… todo estaba en esas cajas, cuidadosamente guardado. No le había visto esa luz especial en sus ojos hasta aquel momento. Parecía otro hombre. Puso tanta emoción que me contagió y me ofrecí a ayudarlo. Entonces volvió a ponerse serio, y me dijo:

– Es algo que debo hacer solo.

Al principio me molestó. Compartíamos muchas actividades, aunque tenemos una parcela en la que cada uno sigue su vida aparte. Pero eso me pareció en aquel momento una buena cosa para acercarnos todavía más. Me dolió, pero al final me conformé. Era emocionante verlo construir poco a poco, con todo el cuidado del mundo el nacimiento. Yo lo miraba mientras hacía que leía. y lo sigo haciendo casa año. Es ya parte de nuestras tradiciones.

El día que lo acabó, me esperaba con una botella de cava y me invitó a brindar con él. Me enseñó todo con detalle. Era conmovedor sentir la pasión que ponía al hacerlo. Al final lo abracé y le di un suave beso en los labios. Al principio se quedó un poco parado, como sorprendido. Pero le gustó y me devolvió el beso, suave, en los labios y me abrazó él. A partir de ese año, eso forma parte de la parafernalia. El brindis, el abrazo, el beso. Y te juro que espero ese momento con ansia. Cada año. Y yo creo que él también.

Creí que una vez acabado el Belén, volvería todo a la normalidad. Pero no era así. Cada día dedicaba no menos de una hora a cambiar las figuras de sitio, las luces, los reyes magos avanzaban camino del portal. Ese rato, Emilio no existe. Me recuerda a mi sobrina de 5 años y el belén en casa su abuelo: es su juguete preferido, para desesperación de mi madre, que debe recoger el musgo por toda la casa.

Esos tres meses de Navidad, Emilio parlotea sin descanso, habla como si tuviera 10 años. Habla de regalos, de la magia, del amor. Me escribe una carta a los reyes magos, porque dice que yo soy su rey. La primera vez me derretí de placer. El caso es que todos los años, cuando me despierto y tengo en la mesilla su carta, me siento como el hombre más feliz de la tierra. Pensé en escribir yo otra carta, pero intuí que no era apropiado. Que eso rompería de alguna forma “su magia”.

La noche de Reyes, coloca las figuras de los reyes al lado del nacimiento. En un rincón, deja unas galletas para los reyes magos, una botella de cava en una cubitera; y tres copas. Me mira con los ojos muy abiertos y me dice que se va a la cama.

Espero a notar sus ronquidos y preparo todos los regalos al pie del belén. Todos bien envueltos con papel de colores. Abro la botella de cava y lleno las tres copas. Me como tres galletas y bebo de esas tres copas. Pongo unas luces de colores rodeando los regalos y las dejo encendidas. Y me voy a la cama, junto a él. Lo abrazo por detrás y dormimos hasta la mañana siguiente.

El día de reyes se despierta pronto. Me zarandea para espabilarme y tira de mí hacia el salón. Como un niño. Verle abrir cada regalo y ver su cara de asombro me emociona. Ahora mismo tengo la lágrima a punto. Lo que me sorprende cada año y no sé como lo hace, es que al lado de sus regalos, están los míos. Perfectamente envueltos. Cada noche de reyes duermo abrazado a él. Y cada mañana de reyes, me encuentro mis regalos junto a los suyos. Y faltan tres galletas más y la botella de cava está vacía. Seguro que mi mirada de asombro y gozo no tiene nada que envidiar a la suya. Ni mi felicidad. Algún año me he planteado quedarme a dormir en el salón, para pillarlo. Pero me arrepiento enseguida. Es mejor seguir con el misterio. A lo mejor, mi marido es uno de los Reyes Magos. Al menos el mío sí lo es.

El sobre amarillo.

– Cómprate algo por Navidad, David.

Ernesto su jefe, le tendió un sobre amarillo. Tuvo la tentación de abrirlo inmediatamente, como si no hiciera ya muchos años que dejó de ser un niño y todavía estuviera ante el árbol de Navidad en casa de sus padres y que éstos lo miraran con expectación para ver su cara de alegría al descubrir lo que le habían dejado los Reyes Magos. Pero se contuvo. Sonrió con parquedad como un hombre adulto agradecido, sin hacer ningún aspaviento. Solo una leve inclinación de cabeza y en un arranque, le tendió la mano. El camino de la vida que le había deparado el destino, le había desacostumbrado a los presentes inesperados; no sabía muy bien como reaccionar.

Caminó hacia su casa. Con los cuellos del abrigo subidos y un poco encogido. Hacía frío ese día de diciembre. Los niños canturreaban los números de la lotería mientras pasaba por delante de los bares y las tiendas de televisores curvos, con muchos colores y un sonido envolvente que prometían vivencias inenarrables.

Llegó a casa entumecido. Encendió el viejo y ruidoso calefactor de su habitación y se sentó enfrente del chorro de calor. “¿En que me gasto el dinero?”

Se levantó de un impulso y abrió el armario. Tenía un abrigo de entretiempo. Un par de chaquetas de punto algo ajadas. Una americana, que reservaba para alguna ocasión especial. Un par de vaqueros. Otros de felpa y unos de pana, que reservaba para los días más fríos.. “Un abrigo más gordo; o unas botas de invierno, eso es”.

Estaba concentrado en esos pensamientos cuando la estufa dio un chispazo y dejó de funcionar. Salía un poco de humo. Se agachó rápidamente para apagarlo. “¡Mierda! A lo mejor tendré comprar otro”. Se sintió frustrado, porque las botas habían ganado enteros. Su calzado estaba en un estado lamentable. Seguro llegarían las lluvias y las nieves y lo necesitaría. Se levantó lentamente, mirando fijamente al aparato, como si así fuera a funcionar. “¡Maldito cacharro!”

Un ruido de la calle llamó su atención. Miró por la ventana. Camila llegaba a casa con sus hijos, Jairo y Ramón; por el gesto de la mujer, supo que su ex-marido andaba por allí. Justo, ahí estaba. No se lo pensó y salió de casa corriendo. Le había parecido ver que el hombre llevaba un palo escondido en la espalda y se acercaba a ella amenazante.

Antes de que pudiera salir del portal, varios vecinos se habían arremolinado alrededor de Camila, interponiéndose entre el ex-marido y la mujer y sus chicos. La policía llegó en ese momento. David pensó en volverse, pero observó a los chicos desbordados. Se decidió a acercarse a ellos. Le caían bien y creía que él a ellos también. A lo mejor podía hacer algo.

Los chicos le vieron y se acercaron. Su madre los miró intranquila, pero al ver que estaban con él, se relajó. Rodeó sus hombros con sus brazos y los apartó de allí. El mayor callaba, pero el pequeño era un hervidero de nervios que matizaba hablando sin parar. Su padre, el palo, su madre, “le pega, David, le pega”. “No lo entiendo”.

Se alejaron del tumulto. Caminaron sin rumbo hasta que llegaron a la altura de una hamburguesería.

– ¿Comemos? – les ofreció.

Callaron. Por la hora, estaba seguro de que no habrían comido. Sin decir más, los invitó a pasar. Pidieron y se sentaron.

Los chicos parloteaban, cada vez más tranquilos. David los escuchaba atentamente. Llegó un momento en que el silencio se apropió de la mesa. Ya se habían desahogado. Notó que empezaban a pensar en su madre. En su padre.

– ¿Y los Reyes? ¿Qué habéis pedido?

– Mamá nos ha dicho que no pidamos nada. Papá no le pasa pasta.

Se quedó mirándolos un momento. Ya eran mayores para creer en la magia de la Navidad. Y la suerte les había deparado un despertar a la realidad muy brusco. Eso no evitaba que doliera ver su resignación.

– Pero eso no es del todo cierto – dijo David en un arranque . – Tengo aquí un sobre que me han dado para compraros algún regalo.

Mientras hablaba sacó el sobre amarillo que le había dado su jefe.

– Habrá al menos 100 euros.

– ¡¡Ábrelo!! – exclamó el pequeño

Así lo hizo. Para su sorpresa, había 300 euros. Debería darle efusivamente las gracias a Ernesto.

Rápidamente hicieron una lista. Unas deportivas nuevas, un chándal, un abrigo, y… así pasaron la tarde, de compras. Pero pensó que eso no eran unos Reyes de unos chicos. Así que se acercó al cajero y sacó 300 euros que tenía reservados para las rebajas. Sin decirles nada, los guió hacia una tienda de informática.

– ¿Y si os traen una tablet?

Abrieron mucho los ojos. Se les notaba azorados, pero a la vez, ansiosos.

– Pero tendréis que compartirla.

Volvieron a casa caminando despacio, con las bolsas de la compra. Según se acercaban a casa, David los notaba inquietos ante lo que pudieran encontrar allí.

– ¿ Y si os quedáis conmigo esta noche? – les propuso.

– ¿Y mamá?

La llamaron y no puso pegas. Casi se sintió aliviada. Necesitaba descansar y pensar. David mientras abría la puerta se acordó de que no tenía calefacción. Pero ya no quiso decepcionarles más. Abrió la puerta de casa. Para su sorpresa, notó calor. Fue corriendo a la habitación y el calefactor estaba funcionando a toda potencia. Hubiera jurado que lo dejó apagado, estropeado.

No lo entendió, pero prefirió no pensar en ello. Hace calor y es lo que importa.

– Vamos a probar la tablet.

Se pusieron a ello. Pero al poco, les notó cansados.

– Un vaso de leche y a la cama.

Les preparó la cama y se acostaron. Dormían como unos benditos. Él se fue al salón, al sofá.

Tendría que dejar para mejor ocasión su cambio de vestuario. Pero estaba contento. Verles la cara mientras dormían, tranquila, feliz, bien valía pasar frío otro invierno más. Habría de esperar al próximo sobre amarillo.

Diario de un hombre sin nada que contar. 59ª entrada.

Didac se fue de viaje. Otra vez.

No volvía por Navidad. Iba dónde su familia. Con hermanos, padres, tíos y su abuela Obdulia.

Nos dimos un beso y nos despedimos. Fingí que no me importaba. Se fue apresurado, apenado. Te echaré de menos, dijo. Te quiero, dije. Un beso. Otro beso.

Fingí y sonreí. Dije adiós con la mano, como en las películas. Ridículo, lo sé. Decir adiós con la mano, en el salón, él en la puerta.

Los chicos dijeron que se ocupaban de la cena y eso. Me fastidió, porque me hubiera gustado ocuparme a mí. Por lo de cabeza de familia, el orgullo y la mente ocupada. Unos días antes, me dijeron que su padre se había empeñado en que fueran con él. Me fastidió más.

Teresa insinuó que venía. Lo hizo un mes antes. No dijo nada más.

Ya no recuerdo casi nada de las Navidades del año pasado. Estaba ese compañero del curro, creo. ¿Cómo se llamaba? Fue cuando los chicos vinieron a casa, porque su padre había dimitido de sus funciones. Estaban tristes, pero lo pasamos bien. Y aquel chico que me conquistó, pero se asustó.

Dídac no estuvo. Se fue con su novio de entonces. Conmigo de novio se va a ver a su familia. Curioso.

De repente, mis Navidades familiares se han convertido en Navidades solitarias, como antes.

Bajé al bar de siempre a tomar una cerveza. Feliz Navidad por aquí, feliz Navidad por allá. El chiste de ¿vas a pasar la Navidad bien o en familia? Yo bien gracias, más solo que la una. O que las dos y las tres, y las cuatro, y ya está. Solo. Hasta las mil.

Que suerte, me dicen todos.

Que suerte pensaba yo entonces.

Pero ahora necesito a los chicos. Y a mis hijos. Y a Dídac. Y a Teresa. Necesito convertir la casa en un hervidero de gente. Los amigos de Oriol y Pol. Vane y Justin. Kike y Ramiro. Isabella y Fresa. Y Libertad. Y Ricardo y Borja.

Joder.

Subí a casa y me encontré a los chicos. Malas caras. Sentados en el suelo del salón, a oscuras. Opté por hacerme el tonto y agradecerles que hubieran venido a pasar la nochebuena conmigo. Les abracé y les di un beso en la mejilla. Olían a hundimiento de barco.

Llamaron a la puerta.

Era Teresa.

Toma ya. Sorpresa. Me sonrió y me tendió los brazos. Le cogí las manos y las guié para que me abrazaran. Me dio un beso en los labios y recostó su cabeza en mi hombro. ¿Tu equipaje? Pregunté. Estoy en un hotel, no te preocupes. ¿Cómo vas a ir a un hotel? Déjalo, Néstor, por favor. Es mejor. Lo prefiero.

No hay nada de cena, dijeron los chicos.

Vamos a preparar algo.

Abrí la nevera. Estaba repleta. Creía que los chicos gastarían parte del presupuesto que les di para la cena y comidas de Navidad y que otra parte se la guardarían. Por como estaba la nevera, no debía haber sobrado muchos.

¿Habéis invitado a alguien? pregunté por si acaso. Luego se pasará algún amigo, dijeron.

El timbre de la puerta.

Más visitas inesperadas. Ojalá fuera Didac, pensé. Pero era Sergio, mi hijo pequeño. Sorpresa. Oriol saltó de la silla, como si hubiera tenido un resorte. Pol miró a otro lado cuando se fijó en que lo buscaba con la mirada. Si están juntos, que lo digan, le susurré a Teresa. Es complicado, me contestó. ¿Me lo explicas? Otro día. Preparemos la cena.

Nos pusimos a ello. Miraba a Pol y lo veía triste. Será por López. Tiene la esperanza de recuperar a su padre. Lo sé. No dice nada, pero se le nota. Medité el hablar con él, pero no me atreví. No quise romper el ambiente.

Didac llamó.

¿Vienes a buscarme? El coche me ha dejado tirado.

Anda.

Quería darte una sorpresa, confesó. Me la has dado, respondí. Voy yo, se ofreció Sergio cogiéndome las llaves del coche. Cuando han llegado, todo preparado. La mesa puesta. Justin, el amigo de Pol, se apuntó a última hora. Su madre trabajaba, se iba a quedar solo.

Lo abracé y lo besé. A Didac, no a Justin. Con rabia, con ganas, con el alma. Me faltaba el aire. No me he dado cuenta de lo que lo necesitaba hasta que lo he visto entrar en casa.

¿Y tu familia? Atiné a preguntar. Se habrán decepcionado. Nunca he pensado en ir. Esta Navidad la quería pasar contigo.

Cenamos a gusto. Lo pasamos bien. Una cena como muchas. Una reunión como muchas. Con mi familia. Mis chicos, mi novio, mi mujer, mi hijo. Nos reímos. Luego se pusieron a jugar al Monopoly. Yo me senté en mi butaca y los veía a distancia. De vez en cuando se levantaba alguno y se acercaba a contarme las incidencias del juego. Ganó Teresa, para enfado de Didac. No le gusta perder.

Se sentó sobre mis piernas y se acurrucó. No fue fácil, Didac es alto. Y así nos quedamos un buen rato, escuchando música. Mientras los chicos hacían un chocolate y Teresa regresaba a su hotel.

Creo que esta nochebuena he sido feliz. Al menos lo he rozado. La primera nochebuena realmente feliz. No está mal. Ya llevo muchas sobre mis hombros. Y no ha sido nada especial. Una nochebuena de alguien que no tiene nada que contar.

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Néstor G.