Navidad 2016: “La Lotería”.

Él no hubiera hecho eso. No. Él hubiera sido más comedido en la celebración. ¿O no?

A Juanma no le gustaban las celebraciones grandiosas ni hacer ostentación de la riqueza. Olivia le decía que eso era porque no tenía ninguna riqueza.

– No tienes dónde caerte muerto, Juanma.

– Escribe por favor JuanMa, con la “M” Mayúscula.

– Bueno.

Olivia se levantó ofendida de la mesa ante la que estaban sentados y se fue.

– Ni que fuera “El millonetis” – se fue pensando Olivia sobre su amigo JuanMa.

Éste seguía mirando la televisión. Ni se inmutó ante la huida de su amiga. Todos los 22 de diciembre a partir de que saliera el Gordo de la lotería, o el Segundo premio o el Tercero y los demás importantes, decenas de personas se acercan a la administración vendedora, o al bar o la tienda, para tener su minuto de gloria en la televisón o en la radio. En el periódico. Y JuanMa, ahí, en la tele, pendiente.

– Seguro que la mitad no les ha tocado.

Acababa de llegar Timi. Se sentó en dónde hasta hacía unos minutos estaba sentada Olivia.

– Joder, Timi, deja de quitar la gracia a las cosas. Déjate llevar por el espíritu de la Lotería.

– Lo único que quieren esos es ir a Sálvame”. Como no pueden, hacen el payaso cuando aparece una cámara.

– Bobadas – desacreditó JuanMa.

– A mí desde que echaron al calvo… no es lo mismo – siguió Timi, no haciendo caso a lo que decía el otro.

A JuanMa, le fastidiaba, pero en este caso le tenía que dar la razón a su amigo: no era lo mismo sin el calvo. Era como más mágico.

– Si hacen anuncios muy bonitos – apuntó una señora sentada en la mesa de al lado, a la que no conocían pero que estimó oportuno participar en el debate.

– Yo voto por el calvo – terció el señor de la pajarita azul, sentado en la otra mesa, que estaba enamorado en secreto de la señora y que buscó ese momento para hacerse el interesante.

– Yo por la señora esa que se le va la cabeza.

– Yo por el del bar que le deja el décimo.

De repente, la mitad de los clientes del bar se creían con autoridad para participar en ese debate. JuanMa los miró a todos desesperado. Le hubiera gustado gritar que le daba igual la opinión que tuvieran todos ellos. Y le hubiera gustado decirles que se callaran un rato, que le gustaba disfrutar de ese momento, le gustaba ver a los que salían en la tele e imaginarse que era uno de ellos. Y luego, pensar lo que haría con el dinero.

“Lo primero es cobrarlo”, se decía. “Al banco. Estoy seguro que ese día todos los bancos de los alrededores, abren las sucursales a todo correr para recibir los décimos premiados.”

¿Y después?

– JuanMa, mira a ver si te ha tocado de una puta vez y así dejas la tele libre el día 22 de diciembre.

Pepa acababa de hacer su aparición estelar. Como siempre exhuberante en lo físico y en lo humano. Grandilocuente en gestos y en volumen de voz.

– Ya se acaba de joder todo – murmuró para sí JuanMa, con ganas de mandar a todos a hacer gárgaras. Le habían jodido su tradición. Su momento “sueño que soy millonario y me hago una paja mental de alegría y felicidad por el premio, y bla, bla, bla.”

– Te estás cagando en todos nosotros – le espetó la Pepa, dándole una palmada en la espalda que casi lo manda a la esquina contraria del establecimiento.

No podía negarlo, y no lo haría: se estaba cagando en todos sus muertos. Y no lo diría, pero tampoco lo ocultaría: odiaba a la humanidad en ese momento.

– Mide tus fuerzas Pepa, que casi le das media vuelta.

Volvió a la televisión. Dejó de prestar atención a lo que pasaba con sus amigos y con la gente de alrededor que se animaba a participar de las risas que sus amigos se estaban echando a cuenta de la Lotería y de la afición de JuanMa por el tema.

– Me voy a dormir – dijo de repente levantándose, cogiendo el abrigo en el mismo movimiento y dirigiéndose a la salida, dejando a sus amigos estupefactos.

Corrió a casa. Fue al armarito en donde guardaba los papeles. En una pequeña funda marrón, estaba los décimos que jugaba. La cogió y se fue al salón, a la tele.

– Joder.

De repente se le había secado la boca.

Sacó los décimos.

– ¡Joder!

Su corazón aceleraba.

Era el décimo que le había dado Patrick. Patrick era su amigo de Madrid.

– ¡Joder!

El pecho le iba a estallar. Su corazón latía a cien. Sudaba. El teléfono de repente, empezó a llenarse de decenas de pitidos anunciando wasaps.

Pero JuanMa no podía atender a nadie. Le costaba respirar. Se soltó el botón del cuello de la camisa y se dio de si el cuello de la camiseta. No le llegaba el aire.

– Tranquilo. Tranquilo.

Se lo repetía una y otra vez.

– A ver si me va a dar un siroco y la palmo rico.

Estaría gordo que el bueno de JuanMa, toda la vida obsesionado con la lotería de Navidad, y cuando le toca, la palma sin poder haber comparado la realidad con los cientos de sueños que había tenido al respecto año tras año.

Poco a poco se fue relajando. La boca seca, eso sí. El cuello de la camiseta dado completamente de sí. La camisa desabrochada hasta el ombligo.

Comparó el décimo que tenía con el que veía sobreimpresionado en la tele.

– ¡Joder!

Era el mismo número.

Corrió a por el teléfono que tenía en el bolsillo del abrigo.

Miró los wasaps.

Su amigo Patrick de Madrid:

Tío que nos ha tocado.

¿No me has visto en la tele?

Alucinante.

Que pena que no estés.

Con lo que te molan estas bobadas.

JuanMa se entristeció. Para una vez que le toca, no puede ir a tomar champán y celebrarlo ahí, frente a la cámara.

– No es lo mismo – se repetía – Joder, podía haber tocado en la administración de la esquina.

De repente tuvo una idea. Fue a un baúl en el que echaba recuerdos y cosas que no sabía dónde meter. Rebuscó y encontró un gorro de esos de cartón y algunos collares de papel de colores. Y un matasuegras. Y unas gafas de pega. Y un bigote.

Se lo puso todo. Se miró al espejo y su reflejo le dijo:

– Payaso.

Colocó el móvil en un soporte y puso a grabar vídeo.

– No, no, espera.

Canceló la grabación.

Fue corriendo al armarito de la cocina y sacó una botella de cava que tenía desde hacía 5 ó 6 años. Estaba caliente, pero eso molaba. Buscó unos vasos de plástico. “Tienen que ser de plástico”.

Volvió al salón y puso el vídeo de nuevo.

Costaba abrir la botella. El corcho estaba pegado. Al final lo consiguió. Pegó un petardazo de impresión. Salió una chorrotada de líquido amarillento y espumoso que acabó, parte sobre la mesa y otra parte sobre la butaca de echar la siesta. No prestó atención y se dedicó a saltar mirando a la cámara, con la botella en una mano, el vaso en la otra, bebiendo sorbos de un líquido asqueroso, calentorro. Y saltando. Siempre mirando a la cámara. El gorro en la cabeza, las gafas de pega puestas, los collares en el cuello.

– Oé, oé, oé.

– Oé, oé, oé.

Estuvo casi 10 minutos con el vídeo. Distintos saltos, mirando a cámara, acercándose y pegando un grito. Riendo y contestando a una entrevista imaginaria de un periodista imaginario de una tele imaginaria.

De repente, se quedó parado, cansado.

Se dio cuenta que no había tenido el décimo premiado en la mano, mientras hacía su representación. Pensó en repetirlo, pero no tenía ganas. No le había gustado tanto coomo él esperaba.

Estaba cansado. No, en realidad estaba decepcionado.

Tuvo un momento en que su conciencia le dijo que todo lo que estaba haciendo iba contra sus principios de no celebrarlo con ostentación y algarabía. Ser modesto. Pero apartó el pensamiento con un manotazo.

Vio el salón desordenado. El suelo pegajoso. Su butaca de la siesta con manchas de un color oscuro que adivinaban dónde estaba la mitad de la botella.

– ¡El décimo!

Miró desesperado a todas partes. No lo veía. Miró la funda marrón en dónde estaban el resto de los décimos. No lo encontró.

Otra vez la ansiedad. Otra vez le faltaba el aire.

Fue recorriendo el salón. Levantando las revistas viejas y los tiraba. Los almohadones del sofá, los de las butacas…

No estaba.

Se estaba volviendo loco. Se apretaba la cabeza con las manos, parcía que le iba a estallar.

Joder.

Se acordó que había estado en la cocina. Fue corriendo.

Miró en el armarito.

Miró en el otro armarito, el de los vasos de plástico.

Miró en el del cristal.

En el de los platos.

La desesperación estaba al límite.

Abrió el frigorífico.

Ahí estaba.

– Si no he abierto el frigo – murmuró.

Recordó que pensó en sacar algo de picar con el cava. Pero luego rectificó: “eso no hacen el la tele”, pensó.

Agarró el décimo y lo metió en la cartera.

Y con ella en la mano, se fue a su habitación. Pensó en cambiarse de ropa y salir a buscar una sucursal bancaria abierta. Pero recordó que el premio no había tocado en su ciudad, sino que lo había hecho en Madrid.

– Como no vayas a Madrid…

– ¿Y por qué no? – se contestó.

Cogió las llaves del coche y salió de casa sin mirar atrás.

Total, así de paso, a lo mejor llegaba a alguna celebración. Y con más gente, seguro molaría más.

Patrick, voy para allá, escribió en un wasap.

Y para allá que fue. A cobrarlo, pero sobre todo, a celebrarlo.

Navidad 2016: “Saúl y Cristian por Navidad”.

 

Hemos estado todos los fines de semana juntos. O casi.

Ya dos meses y medio.

Saúl y Cristian. Qué bien suena.

Todavía no se nos han acabado los temas de conversación. Cotorras nos llaman mis amigos. Y los suyos.

Todavía no se nos ha pasado las ganas de estar juntos.

Vivimos en ciudades distintas. Eso es un pequeño problema. Los fines de semana son nuestros. Casi siempre, viene él aquí. Luego, entre semana, tenemos el teléfono siempre en la mano, con los wasaps y las llamadas.

Creo que me he enamorado.

Creo que me quiere.

¿Qué hacemos por Navidad?

Claro. Navidad. No había caído.

La suele pasar con su hermana.

Su hermana es maja. Me cae bien. Comimos un para de veces, cuando he ido yo a su casa.

– Si quieres, puedes venir – me propuso tras un largo silencio por mi parte.

No es que no me apeteciera, pero…

– ¿Y si lo pasamos juntos, solos? – propuse.

Ahí surgió un problema. Nuestro primer desencuentro. Lo vi en su cara, que no dijo nada. No es que me caiga mal, repito. Pero así de pronto, ir a casa de su hermana, con los niños, su marido, los padres de él… no era mi ideal. Normalmente suelo pasar la Navidad solo, o en todo caso, con algún amigo que está en mi misma situación. Una cena un poco especial, y un poco de música, y si acaso, un juego de mesa tipo Trivial. Con mis padres me acuerdo que jugábamos al Monopoly. Le encantaba a mi madre. Mis hermanos están lejos, muy lejos. Y no tenemos una relación especial.

Cambiamos de tema. El siguiente fin de semana, fue el primero que pasamos separados. Era el anterior a Navidad. Le surgió un problema con no sé muy bien que. El trabajo o algo así. Recuerdo que pensé que me pareció una excusa barata, pero no me atreví a decir nada. Me importaba Saúl. Quería que saliera bien la cosa. Pero por otro lado, no estaba preparado para hacer una inmersión en su familia a las primeras de cambio. Que gracia, pensé, la familia nos separa.

Que conste que su hermana me cae bien. Y creo que yo a ella, igual.

Sebas me llamó para preguntar lo que iba a hacer.

– No lo sé. Como siempre, en casa.

Tuve la impresión de que quería decirme algo, pero se cortó.

Tuve la impresión de que estaba metiendo la pata con lo de Navidad. Quizás debería decirle algo a Saúl. Esos días no hablamos. Nuestro primer disgusto.

Al final le llamé. Noté que se alegraba. Me dijo que me iba a llamar esa noche, que me había adelantado. No le creí pero me alegré.

– Iré a pasar la Navidad con tu familia – le dije a la primera ocasión.

– No, mejor no – se apresuró a contestar.

– ¡Ah! – exclamé. Fue una respuesta tonta, pero no se me ocurrió otra.

– Es que los padres de Rubén, no… no ven con buenos ojos lo nuestro.

– Que les den a los padres de Rubén – le dije escandalizado. – Los importantes somos nosotros y tu hermana y Rubén.

– Ya, pero Rubén… sus padres, sus hermanos…

– ¿También estaban sus hermanos? – la cosa ahora sí que no me gustaba un pimiento.

– Mejor es que las pasemos como teníamos previsto – me dijo al final.

Ahora era yo el que estaba enfadado. Que los padres de su cuñado fueran unos retrógrados, no me parecía justificación. Pasé en unos minutos de estar enfadado por una cosa, a estarlo por la contraria. Ahora quería ir a esa celebración de la Navidad, del amor y esas pamplinas, y darles en los morros a esos señores y al resto de familia de Rubén, demostrándoles la buena pareja que hacemos.

Esa noche pensé que … pensé muchas cosas. Al final llegué a la conclusión de que no debía meterme y que era mejor preservar lo nuestro que hacer una guerra de la que Saúl podría salir herido. Su hermana era importante para él, muy importante. Y sus sobrinos, también.

Así que hice los preparativos para pasar la Nochebuena en casa, solo. Bueno, con Hugo, un amigo al que su novia no le permitía todavía incorporarse a las fiestas familiares. Luego pasarían por casa otros amigos de la panda. Para tomar unas copas. Y algunos acabarían jugando al Tabú o al Trivial o a algo parecido.

– A la brisca – propuso Sebas en un wasap.

– Conmigo no contéis.

Hablé con Saúl esa tarde. De hecho, me ayudó por teléfono a hacer la compra. Elvira, otra amiga, se apuntó a última hora. Y Jonás, uno del que estuve enamorado un tiempo. Un enamoramiento en secreto y platónico, que no había nada que hacer al respecto.

– Compra de más – me aconsejó – no vaya a ser que se siga apuntando gente.

Le hice caso. Y menos mal.

Al final me dieron la sorpresa y anunciaron su presencia Sebas y Rosa. Y luego Eduardo, ese compañero del trabajo que me gustaba. Ya no le vi tan atractivo. Y me dio al sorpresa Álvaro, un antiguo compañero de trabajo. Otro amor platónico. Una cena llena de amores platónicos. Y mi amor de verdad, en casa de su hermana, cenando con los suegros de ella y los cuñados, todos unos retrógrados de mierda.

– Luego hacemos un skype – me dijo al despedirse Saúl – tengo que vestirme para la cena.

Recuerdo que pensé en broma si es que pensaba ir desnudo o algo parecido. Si era así, mejor que no se vistiera, pensé con un poco de broma. Una broma para mí, que no se la conté a nadie. Me lo imaginé entrando en casa de los padres de su cuñado, desnudo, bamboleando su miembro al ritmo de su caminar. Y miré en mi imaginación los carrillos de su culo, saltarines, temblando a cada paso. Me metí tanto en esos pensamientos algo excitantes, que me quedé en el hipermercado quieto, embobado, con una sonrisa estúpida. Lo sé por la cara de espanto que puso una señora al pasar a mi lado. A lo mejor no me miró a la cara sino a otro sitio en el que de repente apareció un bulto sospechoso.

Quita, dejemos el tema.

Acabé las compras. Hugo me esperaba en el portal. Y Elvira llegó al poco.

Elvira había traído una merluza enorme, ya rellena, lista para meter al horno. Y Hugo había traído unos hojaldres que había hecho esa tarde.

– Casi no hace falta preparar más comida – les dije. – No somos tantos.

– Pero ya sabes, estas fechas se come mucho.

– Y se bebe mas, – dijo Sebas apareciendo con una caja de cava.

– La madre del cordero – exclamé – no tengo sitio en el frigo.

Pues ahí estábamos todos preparando la comida.

A las nueve y media, llamó Saúl. Cogí el móvil y ahí estaba, sonriendo. Videoconferencia. Estaba guapo el capullo. Y como sonreía. Iba andando mientras hablaba conmigo.

– Te tengo que dejar, que llego a casa.

– Vale. Yo acabaré con la cena.

Nos lanzamos uns besos al aire. Y sabes, me quedé triste, muy triste. Hasta se me humedecieron los ojos.

– Luego te vuelvo a llamar.

Me lo dijo en el último momento. Él también estaba compungido. Se lo noté.

Y me llamó. Solo había pasado 20 minutos. Y hablamos. Y volvimos a despedirnos.

Y volvió a llamar al cuarto de hora. Y hablamos. Y volvimos a despedirnos, compungidos.

Y le volví a llamar. A la media hora. Joder, se me había hecho muy largo.

Y hablamos.

Y volvimos a despedirnos.

Con la merluza, volvimos a hablar.

Y cuando sacamos el cordero.

Y con la tarta.

Y brindamos.

Y nos despedimos.

– Mañana hablamos, dijo. Voy a jugar con los niños.

Se me humedecieron los ojos. Otra vez.

Se acercaron algunos amigos más. Eramos ya casi quince. Era divertido. Una de las Nochebuenas más agradables que recordaba. Y aunque echaba de menos a Saúl, las llamadas había cumplido su objetivo.

Y sí, pasó lo que imagináis. Casi a la una de la mañana, llamaron a la puerta. Ni me enteré. Fue Eduardo a abrir la puerta.

– Mira a ver, que es un repartidor de Telepizza. Dice que has pedido 5 familiares barbacoa. Ya le he dicho que no. Pero insiste.

– ¿5 familiares? Ese está tonto.

Y salí escopetado con ganas de discutir con el repartidor de Telepizza.

Y sí, os habéis imaginado bien: el repartidor de Telepizza era Saúl, que había cogido el coche y me quería dar la sorpresa.

Que guapo lo vi. Como me miraba. Nos quedamos así, él en la puerta, con una gorra de Telepizza, no os penséis que lo de repartidor era una cosa gratuita, no. Llevaba puesta una gorra roja de Telepizza. Yo lo miraba. Él me miraba. Sonreíamos. Yo apoyado en la puerta del hall. El apoyado en la puerta de casa.

– ¿Váis a estar así toda la noche?

Después de decir esto, Rosa me pegó un señor empujón. Y Sebas, el cabrón, empezó a dar palmas al grito de:

– Que se besen, que se besen.

Al segundo que se besen, los quince estaban dando palmas. Un escándalo. Me fui acercando despacio. El hall apenas da para tres o cuatro pasos, pero yo di veinte. Saúl no se movió. Luego me dijo que le temblaban las piernas, estaba nervioso, porque no sabía como iba a reaccionar yo. Que bobo es. Y después de esos pasos eternos, apoyé mi frente en la suya y estiré los labios para buscar los suyos. Un pico. Dos picos. Y él, de repente, se quitó la gorra, me abrazó, y me dio un señor beso.

Los quince, aplaudían. En otra ocasión me hubiera dado la vuelta y les hubiera echado la bronca:

– Joder, los vecinos, que se van a quejar.

Pero no, ni se me pasó por la cabeza. Me estaban besando. Me estaba besando Saúl. Saúl estaba en mi casa en Nochebuena. Y yo estaba en la gloria.

Mis amigos siguieron a lo suyo. Unos a la brisca, otros al Trivial. Música. La tele puesta. La mesa llena de turrón y marquesas. Mucho cava.

Yo sentado en un lado el sofá. Saúl sentado en el otro lado, con las piernas sobre mí. Cada uno con una copa de cava en la mano. Las manos que teníamos libres, entrelazadas. Nuestras miradas también entrelazadas. Callados. Sonriendo. Ni una palabra dijimos. Ni una. Y os juro que, ese silencio entre los dos, ha sido hasta ahora, el mejor momento de mi vida. Hasta ahora. Porque estoy seguro de que otros mejores momentos, llegarán cada día, con Saúl. Estoy convencido.


La cosa comenzó así:

Dos semanas en una nube

La vida parece de otro color.

Navidad 2016: “Una Navidad sin nada especial”, por Néstor.

Las Navidades.

Tatojimmy insiste.

No tengo imaginación. Escribiré sobre algo que me pasó. Hace ya muchos años. Tendría 17 o 18.

Mis padres con toda la familia. Mis tíos, mis primos. Un pretendiente: el de mi tía.

Nochebuena era, se suponía, día de tregua. Mi tía Esme estaba pegada con su hermano, mi padre, por mi madre. Un galimatías, pero es fácil.

Mi madre era muy meticona. Le gustaba mandar. Le gustaba poner la música para los demás, para que bailaran. Por eso acabamos mal ella y yo. Sin hablarnos. Y eso que no se enteró de casi nada. También se metía en la vida de su cuñada, mi tía. Mi tía era la pequeña. Me sacaba, me saca pocos años. 8 o así. No hablo casi nunca con ella, aunque la quiero mucho.

Me recordaré para llamarla un día de estos.

Mi madre empeñada en que se enoviara con Hernando, uno del pueblo. Hernando era agricultor, tenía tierras. Trabajador y honrado. Y se duchaba. Esto era importante para mi madre. Hernando era soso. Era feo. Sin chispa.

Mi tía necesitaba chispa. Ella tenía a raudales. Hernando la aburría. Se miraban y no pasaba nada.

Mi madre para cambiar el paso le invitó a la cena de Nochebuena. Para que surgiera lo que tenía que surgir.

Mi tía que se entera, arma la de San Quintín.

Se niega a ir.

Mi padre se pone hermano mayor y cabeza de familia y dice que tiene que ir.

Vas sí o sí. Es nochebuena.

Mi madre frotándose las manos en la trastienda.

Y mi tía cede al final. Cedió, pero no volvió a hablar a mi padre. Eso sí, después de llamarle calzonazos, medio hombre y cosas así de bonitas. Lo menos que le dijo era que solo hacía lo que mi madre dictaba. Cosa que era cierta. Lo mío, cuando nos pilló mi viejo, las tortas que me llevé y demás, fue por mi madre. Ella era muy suya, muy de misa, y muy de decir “esos desviados condenados al infierno de Satán”. Era muy dramática también.

Mi padre no era así. Incluso hubiera jurado que tenía un poco de pluma. Pero mamá ponía la música.

Aquella Nochebuena, mis primas Mª Carmen y Luisa, tampoco se hablaban. Algún tema de novios. Los padres de cada una, con cada una. Saludos glaciales.

Mi madre silbaba en la cocina, ajena a todo esto.

Mi padre, como silbaba mi madre, también silbaba. Alegre. Despreocupado. Navidad, Navidad. Que bonita.

Mi tío Pedro y su mujer, Tomasa, estaban en paz con todo el mundo. No eran tontos y vieron el ambiente, así que se pusieron en medio de la mesa, para separar bandos. Para que no les quitaran el sitio, a las 8 estaban en la mesa. No querían que pasara lo que ocurrió en la familia de Ubaldo, “el letargo”. Estaban como en mi familia, enfadados. Y se pusieron mezclados. Empezaron a tirarse migas de pan en broma, con intención, pero en broma. Las bolas de migas crecieron y se endurecieron. Al final, volaron las piernas de cordero, con su jugo y todo. Una pena: los corderos del pueblo son los mejores. Y la mujer de Ubaldo, era una gran cocinera.

Mis padres felices por la navidad. Parloteaban alegremente. Nadie les escuchaba. La tía Mercedes, por parte de mi madre, se alió con ellos.

El tío Eustaquio, con la prima Luisa y con mi tía Esme.

Paula, otra prima, se puso con MªCarmen y con la tía Esme.

Había más gente, no recuerdo los bandos. Yo miraba de reojo todo esperando el momento.

Mi madre gritaba de vez en cuando eso de: “Es Nochebuena, alegría y felicidad, hay que perdonar”, o algo así. Ni puto caso. Al revés: después de la arenga, la tensión crecía.

Miradas atravesadas. Indirectas a través de la mesa. La mediana terciaba si se ponía la cosa caliente. De la mediana, no pasaba un solo trozo de pan al otro extremo. Ni las indirectas.

No comimos mucho.

Era todo más falso que falso.

Mi madre gritó eufórica, sería por el moscatel: “Está siendo una noche perfecta”. Su hermano Juan, la miró de medio lado, cansado de bobadas:

Eres tonta o nos llamas tontos a los demás. Te vas a quedar sola, Mª Ángeles.

Premonitorio: mi madre se quedó sola. Con mi padre, pero sola.

Yo por mi parte, me alié en el bando del otro extremo de la mesa a los de mis padres. Ya había pasado lo de López. Ya me había zurrado mi padre con saña. Ya me habían separado de López, privándonos del amor. Ya me habían mandado lejos.

Era la primera vez que volvía a casa por vacaciones, desde mi exilio en la capital. Me escabullí cuando la cosa en casa empezó a calentarse y los mediadores empezaron a perder la batalla de la paz y la armonía. Nadie se dio cuenta, más que la tía Esme, que era mi mariliendres, mi casamentera, la que había preparado mi cita secreta con López, que había regresado a casa por Navidad.

Fue bonito. En el granero de Hernando. Por cierto, Hernando se quedó dormido en una silla, pese a que la cosa casi acaba en conflicto internacional. No se enteró de nada. Hernando, estaba en el bando de mis padres, claro. Dormido pero con sus valedores ante el corazón de mi tía.

López y yo en el granero. En una esquina, resguardados. Calentitos por una estufa que misteriosamente estaba encendida y caldeaba ese rincón separado y escondido.

Nos besamos apasionadamente, al vernos.

Nos desnudamos sin glamour, con prisas.

Nos tiramos uno encima del otro. Sintiendo nuestros cuerpos.

Todo muy pasional, con prisas, por si nos interrumpían como en nuestro anterior intento.

Lo volvimos a hacer. Un poco más tranquilos.

Y por tercera vez.

Nos quedamos dormidos. Yo sobre su pecho. Abrazados.

Repetimos. Luego, al amanecer.

Otra pequeña siesta. Abrazados. Él sobre mi pecho.

Así nos encontró tía Esme, cuando vino a buscarnos por la mañana. Nos dio un beso en la mejilla y nos sonrió.

Fue una sonrisa de despedida. Esa misma tarde cogió el autobús de línea y se marchó del pueblo. Sin despedirse de su hermano, menos de su cuñada.

López se fue a la mañana del 26. No volvió tampoco al pueblo.

Yo aguanté hasta el 7 de enero.

No volví a pasar la Navidad con mis padres. Probé la pasión de la que me privaron y no vi nada desviado ni malo en ello. Vi algo hermoso. Vi amor. Y vi la tristeza en que nos sumió a López y a mí. Y luego vi, más tarde, los caminos llenos de mentiras e infelicidad a la que aquella intolerancia nos empujaron a López y a mí.

Las siguientes Navidades, según me contaron mis hermanos, las pasaron ellos solos. El tío Juan se encargó de organizarlo y les dejó claro a su hermana, mi madre, y a su cuñado, mi padre, que ni se les ocurriera ir.

Luego, los años siguientes, el tío Juan les levantó el castigo. Pero por mis hermanos. Mi tío Juan me llamaba y me decía que volviera. Se lo agradecí pero nunca acepté.

Mi tío Juan venía a verme a menudo. Siempre viene a verme, aún ahora.

Mi tío Juan. Es un buen hombre. Le quiero.

Es una historia de Navidad normal y corriente.

Tatojimmy, he cumplido.

Dos semanas en una nube.

Fíjate, quién me lo iba a decir.

Se llama Saúl.

Se acaba de ir a su casa. Ha estado el fin de semana aquí.

No sé por dónde empezar.

Si ahora me toco los labios, siento los suyos todavía. Es una sensación nueva. Leí una vez una historia de un chico que reconocía que no había estado nunca enamorado. No lo entendía. Yo no lo entendía. “Si quieres, está claro y si no quieres, también lo está”, pensaba.

Ahora sé que hasta hace un par de semanas, no he sabido lo que es el amor. Lo que he sentido por otros, no era eso. O es cuestión de grados, no lo sé.

Si ahora me llevo las manos a la nariz, siento su olor.

En las sábanas también está su aroma. Me he tumbado esta tarde y he sentido como si me abrazara, y ya no estaba.

Cierro los ojos y, joder, lo siento a mi lado, siento su respiración. Si esto me pasa dentro de un par de semanas, hubiera servido para hacer una película de esas de Navidad que tanto les gustan a los americanos. La magia de la Navidad.

Cierro los ojos, y sí, está sentado en la butaca de enfrente. En la silla a mi lado, mirando como escribo. Me sonríe, me mira con esos ojos marrones, profundos, con un toque de sonrisa perenne en ellos, una pizca de ironía, otra pizca de alegría, y sí, unos kilos de amor. Siento que me quiere, nunca lo había visto antes. Puedo decir, como ese chico de la historia, que no he querido nunca, y que no me han querido nunca hasta ahora.

Estar con él es… no sentir la necesidad de nada más. No necesitar hacer planes, ni siquiera hacer algo. Sentarnos uno junto al otro, o sentarnos uno encima del otro. Con la cabeza apoyada en su hombro, o él la apoya en el mío. Rozar su mano con mis dedos, juguetear con ellos, darnos un beso de vez en cuando. La música de fondo, o sin música. La tele de fondo, o en silencio. No quiero ver series, ni salir a correr por las mañanas. No quiero ni hacer la comida, ni tengo hambre. Solo tengo hambre de él, de mi amor.

Esto es una cursilada. Lo sé, lo sé, pero no lo puedo evitar. Estoy enamorado. Él se llama Saúl. Y creo que solo necesito respirar el aire que respira él. Mirar sus ojos, sus labios, su espalda. Juguetear con el pelo de su pecho o el de sus piernas. Sentir que éstas rodean mi cintura y mis brazos rodean su cuello. Quedarnos así toda la tarde, mirándonos. Apretujarnos el uno contra el otro. Sentir sus manos recorriendo mi cuerpo a la vez que las mías recorren el suyo.

Ducharnos juntos.

Desayunar juntos.

Ver la tele juntos.

Leer juntos.

Comer juntos

Dormir juntos.

Amarnos.

Pasear juntos.

Vivir.

Juntos.

Quién me iba a decir hace un par de semanas que hoy estaría hablándote a ti de amor. De mi amor. En tono pasteloso. De sentirme como un niño pequeño el día de Reyes, en el salón de casa, abriendo los regalos. Recuerdo que aún cuando supe que los reyes eran los padres, me seguía haciendo ilusión ver los regalos el día de Reyes. Algunos amigos los buscaban por casa para verlos antes. Pero a mí, no. Yo quería esperar a ese día. Levantarme, ir al salón y verlos. Ahí en el sofá, en una esquina, bien puestos. Que recuerdos. Subidón que me daba, aún con quince o dieciséis años. Así me siento ahora. Viendo este regalo inesperado. Quizás por ello me ha hecho tanta ilusión. Por no verlo, por no preverlo. Llegó sin hacer ruido, una noche de hace un mes o así.

Nos miramos.

Me gustó, es guapo.

Me gustó, tiene un cuerpo atractivo.

Me gustó, viste bien.

Me gustó, tenía un cierto rictus triste, melancólico.

Me gustó, pero como tantos otros que veo por la calle, en el trabajo, en el cine, en la vida.

No saludamos sin más.

Nos dimos la mano, sin más. Miento, sentí una pequeña descarga eléctrica.

Es amigo de un amigo, que estaba de visita en la ciudad. Esa noche nos reunimos los amigos, noche de sábado, noche de cervezas y de picoteo.

En toda la noche no cruzamos palabra. Yo le miraba de vez en cuando. Me gustó, era guapo. Era atractivo. Un leve toque decaído.

Al despedirnos nos dimos otra vez la mano. Me salió sin querer, se la acaricié con el pulgar. De cerca parecía más triste. Era como para darle ánimos. Esta vez pareció que era a él al que le daba un calambre, porque apartó la mano de repente. Vaya, pensé, le doy repelús. Me olvidé de él en cuanto me di la vuelta para irme a casa.

Volvió el sábado siguiente.

La casualidad hizo que llegáramos antes que los demás al “Tómate otra”, el garito en el que habíamos quedado. Otro apretón de manos. Sin calambres.

Hablamos de esto y aquello. Del tiempo, de Trump, de Hilary. Yo le dije que tenía ganas de leer la última de Ruiz Zafón y el me dijo que echaba de menos a Harry Potter. Le gustan las bandas sonoras de John Williams, y yo le hablé de John Williams, el escritor.

Ese sábado parecía que su mirada era menos apagada. Se me pasó volando ese rato que estuvimos solos. Y fue bastante rato, que yo llevaba un libro para leer mientras esperaba a los demás. Llegó el resto y empezamos las rondas de cervezas. La algarabía, las chanzas, las risas. En el chino al que fuimos a cenar, ya nos sentamos juntos. Fue algo natural.

Ese domingo me llamó para comer. No le había dado el teléfono, así que debió pedírselo a mi amigo, su amigo.

No pasó nada. Hablar y hablar. Y comer. Fue otra vez en el “Tómate otra”. Yo lo miraba a hurtadillas: me gustaba, era guapo. Como muchos otros que me gustan todos los días. Recuerdo en esa época un acomodador de los cines. Y recuerdo un camarero de un bar cerca del trabajo. Y Eduardo, un compañero.

El fin de semana siguiente, fui yo el que viajé para darle una sorpresa.

Reconozco que esa semana, no dejé de pensar en él. Fui al cine, y no busqué al acomodador. Él ocupaba mi mente. En la cafetería, no miré al camarero: él ocupaba mi mente. Tampoco miré a mi compañero Eduardo. Ni a Chema, que se me había olvidado decir que, me tenía un poco obsesionado. Él no me hacía ni caso. Chema es guapo también. Atractivo. Pero sin conexión conmigo.

Me presenté en su casa. Sin avisar. Mi amigo, su amigo, me dio la dirección.

El momento clave fue cuando abrió la puerta y vi su reacción. Sonrió. Se esfumó todo resto de melancolía, de tristeza. Seguramente tendría planes, y no vi ninguna reacción de fastidio por tener que cambiarlos.

Nos dimos un beso en la mejilla. El primer beso.

Me hizo pasar.

Él iba descalzo.

Pasamos al salón y hablamos.

Salimos a dar un paseo por su ciudad.

Cenamos.

Nos miramos.

Al volver a casa nos dimos el primer beso de los otros. Fue breve, bonito. Volvieron las descargas eléctricas. Mi lengua pareció hincharse, mis labios ardían. Nunca en la vida había sentido nada igual.

– Vamos a dormir, estoy cansado.

Y era cierto, le notaba cansado.

Sacó la cama del sofá.

Él se fue a su habitación. Y me acomodé en el sofá-cama.

Apagué la luz.

Cerraba los ojos y lo veía a él. Su mirada ya no era triste, sino luminosa.

Al cabo de nada, unos minutos, sentí que se sentaba a mi lado.

– ¿Me dejas dormir contigo?

– Claro – le contesté aliviado: así no pensaba más en él, sino que lo sentiría allí.

Se acurrucó junto a mí y dormimos. El mejor sueño en años.

Por la mañana, su brazo rodeaba mi cintura.

Eso fue hace dos semanas. ¿O tres? El tiempo pasa ahora de una forma distinta. Las primeras dos o tres semanas en las que he vivido en una nube. El tiempo se mide distinto. El sol luce distinto. Llueve de otra forma. El frío es más cálido.

Nunca lo pensé, de verdad. Se que va a ser difícil. Estamos conociéndonos. Luego irán saliendo los defectos, las manías. Unas cosas me gustarán de él, y otras no. De mí habrá muchas cosas que no le gustarán, seguro. Pero mientras en nuestras miradas siga resplandeciendo esa luz que se encendió hace apenas unos días, los defectos no serán más que anécdotas y las virtudes serán grandes castillos inexpugnables.

Quién me lo iba a decir, madre mía.

El Jaime que vuele y me pilla en bragas.

Joder, con el jaime. Que el tío me dio el susto del copón de oro. Se aparece sin llamar ni na. Con dos cojones el tío. Y me pilla con el Tony, de folleteo. Y joder, que ha sido un palo y tal, que el Tony es un colega y que pues me apretaba el follar así con un poco de tema, sin pasta de por medio. Y el jodio del jaime, pues que se quedó la hostia de tiempo en la puta puerta, mirando. Joder, que el tony tiene un culo de esos de toma pan y moja. Y que el otro pues que saca el teléfono y le da a las fotos. Por eso se descubrió el pastel, por el ruidito, sino ni hostias.

La hostia puta, que bajón. Te juro que en la puta vida. Se me ha bajao así, de plas. Y al tony de igual, que se le ha quedao como un cacaué.

La leche.

El jaime así de risas, pero que no me lo trago, joder. Que le ha dado bajón, que le conozco como si le hubiera pario. Y es que soy lo peor, está jodio, lo sé, y se me ocurre darle al folleteo con tema con el tony.

Pues se me ha quitao las ganas de contar na de mis chapas vipz de nochevieja y de reyes. La hostia. Que el jaime está ahí, poniendo lavaddora, y ni ha dicho na. El tony se las quería pirar a toa hostia, pero el jaime le ha invitao a cenar, el tío. Y ha traido el rosco ese de reyes con su nata y sus frutas así en lo alto. Y una coronita de pichicglas que le ha colocao al tony en su polla. “la reina de la noche”. La ha llamao.

Que me dice el toony que no le deja vestirse. La hostia. Que el jaime quiere follar con el tony. Pues no, me va a oir, de eso na. Conmigo tiene que follar. Que voy a ver que le pasa al bobo ese, que no me molan estos juegos. Joder, que el jaime es mio. Y punto.

Y el tony de que va. Ahí con la polla dura con la coronita de rey mago o como se diga. La hostia.

Que viene el jaime y que me dice que como le he dao tanto a la tecla pues que me ponga con dos cojones a escribir sobre las aventuras del año pasao y tal, que le mola para una historia d eesas largas. Que no me ponga bobo y que escriba, o si no lo hará él y contará lo que le salga del moño. Y como le salga, o sea, haciéndome quedar como un gili.

Y el tío me suelta: “Está bueno el tony este, no me lo habías presentado”.

Joder.

“Tenemos una habitación lubre, le podemos decir que se venga a vivir con nosotros”.

Ni muerto. El tony sale en pelotas de casa con una patada en los cojones si no se va por las buenas. Un poco de nata y hala, puerta. Miralo como se pasea moviendo el culo, para darle dentera al jaime. Será puta el tío. Y me decía que yo le molaba y a la primera se cuelga del cuello del otro.

Joder, que os dejo, que el tony este pues que casi que si no llego, le mete la lengua al jaime hasta la campanilla esa. Será joputa. Y el jaime se parte la caja. Y me dice el tío que podíamos hacer una actuación de esas VIP para él, subidos en la mesa bailando en pelotas y morreándonos con las pollas duras y la nata del Rosco ese d ellos cojones asi por el cuerpo y tal, y cominedolo con la lengua. Y el tío se ríe, la hostia, que eso me pasa por querer pasar un rato asi de guay. Y me dice el jaime que si no sé lo de la fidelidad y tal, que una cosa es el curro y otra es al asueto. Eso de asueto debe ser lo de fiesta y tal. Y es que tiene puta razón, joder, pero es que después de las chapas Vip, pues que necesitaba un poco de así de guay, y el Jaime pues estaba por ahí, perdío.

Encima viene el tio a ve lo que le doy a l tecla y me dice que ya podia escirbir mejor y tal. Que yoío, le digo, puedo y sé. Pero tio, es que si escribo mejor, como tú, por ejemplo, pues ya no sería yo, serias tú, y no molaría. A mi que me deje a mi aire y que le den a toos. Y me dice de esos cantantes que son gemelos y tal, que los pavos han ido a un programa de esos de concursos popr lo de los niños de reyes, y que han metio la gamba y que todos se parten la caja con ellos. Pero si esos chicos son uns pibes, y encima, si van de actuaci´n en actuación, dime cuando le dan al codo. La gente lo flipa. Que s epongan a cantar como ellos, no te jode. Que vengan a mamarla como lo hago yo, no te jode. No se puede estar en todo, lo decía alguein, que no me acuerdo. Iba a decir que mi vieja, pero esa, salvo el ave maría y sus pecados al cura, no decía na más. Y mi viejo, solo decía de cantar a la luna ppor soleares cuendo le daba a la botella, que era siempre.

Y na, que voy a la cocina, que le veo al Tony que se aprieta contra el jaime con la polla así de dura. Y la puta coronoa de pichiclas la tiro ahora mismo a la puta basura. Ni reciclao ni na. con las berzas. (¿Berzas es con b o con v?)

A cascarla, queridos. Yo me voy al tema, para que le jaime me perdona y el tony se las pire cagando leches.