I Semana de la música: Dídac escribe la Sinfonía Final.

SINFONÍA FINAL

Adagio desde el Olimpo.

No recuerdo cuanto tiempo hace que no estaba en el Olimpo. Es más, aunque tengo dudas, pienso que Afrodita todavía era una quinceañera con la cabeza llena de pájaros. Lo de Apolo aún continúa. Sigue bello, pero tanta soberbia se convierte en un desafino constante. Creo que no he dicho que me llamo Pistias. No os confundáis con el Pistias de la famosa armadura de oro, al que Sócrates interpelaba. No somos ni parientes ni nos conocemos y además estamos en siglos contrarios.

Mi presencia en el Olimpo no tiene más motivo que visitar a Orfeo, que es un Dios vinculado con la música; impetuoso el muchacho, pero con oído de prodigio y sobre todas las cosas, capaz de que el universo se mueva con Armonia. Sí esa es la función primordial de la música porque la Armonía forma parte de la música; pero es esa emanación de ésta que da nombre al deseo más precioso que yo tengo para todos: que la Armonía reine. En los besos, en las caricias, en las sonrisas y también en los “te quieros”, reine en la sombra de unos cabellos rubios o morenos, en unos ojos azules o pardos, en la paz del escritor dando vida a miles de personajes, o también en su dolor. Porque crear es doloroso, aunque el resultado siempre sea un correr de agua cristalina en el arroyo del alma.

Estoy aquí para visitar a Orfeo, para disfrutar de sus nubes llenas de notas y de Armonías. Yo era un pastor en el Peloponeso. Un día, mirando al cielo, recordé aquello que me habían enseñado los seguidores de Pitágoras, esa teoría de la Música de las Esferas: el gobierno del Universo por propiedades numéricas armoniosas y que ese movimiento de los astros y de las estrellas producen música, distancia entre planetas se mide por intervalos musicales, harmonia tou kosmou que sería la «armonía del cosmos».

Y vengo a contarle a Orfeo que así es, él lo sabe y en esta orquestación Zeus y todos los dioses, mucho han tenido que ver, pues en muchos sonidos y compases se ve el rayo y el trueno, y se escucha el mecer del viento en un campo de trigo con adagios de colores o como el suave descender de un pétalo de margarita en un “me quiere o no me quiere” forma una sucesión de notas que se acompasa perfectamente con el sonido que producen Saturno y Urano.

Por todo ello ha habido en estos días de Armonía, muchos sonidos que han hecho del Universo música, porque no solo hay estrellas y cometas y polvo cósmicos flotando en el espacio y haciendo música. Maravillosos asteroides han embellecido el oído en pentagramas sublimes. Me ha gustado y así se lo haré saber a Orfeo, especialmente Armando y su historia y sus músicas y sus dramas no exentos de sonrisas, de cuerdas del corazón, de lunas, de bemoles pasados, porque la música es un momento propio y a la vez ese momento hace música.

Y el Universo se ha expandido en Oriente con la sensualidad de Hikari Oé, donde cada nota en un suceder de arpegios era una caricia en nuestra piel, como cada beso que nos ha dado Tete Montoliu desde las estrellas de luces azules, con la música, se sonríe, se ama y se llora. Uno se siente grande con los grandes Coros de ópera y pequeño y en su rincón con la intimidad de Víctor Jara o de George Moustaki.

De todo esto Orfeo sabe mucho, porque su copa no está llena de Ambrosía. Lo está de notas, de acordes, de batidos de cuerdas y de sonoros timbales; también de viento en insinuaciones de fagot. Por eso quiero preguntarle cuánto ha llorado con Mozart y cuánto ha reído con Lorién Anderson. Uy, Uy, Uy, perdón, Leroy Anderson quería decir.

Al final Schubert, Berstein, Turina, Teresa Berganza, Dave Brubeck o Bach, son parte de nuestro universo de armonía, ese que sobre todo nos permite alimentarnos de emoción. Porque esa emoción nos hacer felices, nos deja entre las plumas del sosiego con la mirada limpia, viendo en el espejo de las notas como nuestra peli tiene también banda sonora, porque todos hemos dado un beso con música de fondo.

Hoy en el Olimpo, le contaré a Orfeo, que todo suena y que hay batutas prodigiosas, violines y violas, cellos, trompas, tambores y castañuelas que hacen que la música de las esferas se retroalimente, que la arquitectura de una nota sea belleza que sale y entra y sobre todo que desde ese sonido forjado en la cultura más popular de la mano del folk hasta la sonata más dulce todo contribuye a que seamos Universo.

Orfeo me espera. Antes de irme, quiero contar que la música es un sueño ¡No despertéis jamás! Es el sueño que os acaricia y os envuelve y además, os deja libres para sonreír.

I Semana de la música: “La historia de Armando (y VII)” con el cuarteto piano y cuerda de Mahler.

Las dos mujeres se quedaron calladas, mirándose en la puerta. Manuela con un gesto duro en el rostro. Un gesto que dejaba claro que la otra no era bienvenida.

Marisa con gesto neutro, sin mover un solo músculo de su cara. Su cuerpo en general denotaba un pequeño grado de altivez. Estaba en campo enemigo, pero eso no la arredraba.

Armando salió de la cocina con una bandeja de sandwhiches que había traído el señor Flores, el del primero. Había vuelto de viaje y se había enterado del concierto y no quería perdérselo. “No he podido preparar nada más, que llegué esta mañana”.

– ¡Marisa! no estaba seguro que vinieras. Ya os conocéis ¿verdad?

Manuela giró la vista para escudriñar la cara de su marido que siguió caminando hacia el saloncito. Ella no tenía constancia de que supiera que se conocían. Hoy su marido la estaba sorprendiendo en muchas cosas. No parecía el mismo. Empezaba a pensar que ese día, iba a cambiar su vida mucho más de lo que ya había tenido previsto.

– Este es mi hijo Felipe.

– Ya nos hemos visto… – comenzó a decir el joven. Pero su intento de explicación se quedó en el aire, así como su brazo extendido para saludar a la anfitriona.

Su madre le hizo un gesto con la cabeza para que entrara. Felipe fue a cerrar la puerta cuando una voz cansada llamó su atención.

– Buenas noches – dijo un señor que subía las escaleras con dificultad – ¡No me cierre por favor! Son nuevos, ¿Verdad? ¿Vienen al concierto? Tocan como los ángeles.

– ¿Le ayudo, caballero? Si va cargado… – Felipe salió de la casa y bajó le tramo de escaleras hasta llegar a dónde el señor – Deme esa bandeja y usted, agárrese a mi brazo.

– Muchas gracias joven. Me llamo José Manuel. Tiene el brazo fuerte y es apuesto. Seguro que tiene muchas pretendientes.

– Me llamo Felipe. Y en cuanto a los pretendientes, me temo que estoy soltero y busco pretendientes hombres. ¿Y viene mucha gente a casa de Armando?

– Muchas noches no cabemos casi en casa. Hoy es un día especial, Armando nos ha avisado para que no faltemos ninguno.

– Esta bandeja huele muy bien.

– He hecho unos jamoncitos de pavo al Oporto. Me gusta la cocina ¿sabe? Y al pequeño de Armando, le gusta mucho. Y ha vuelto hoy de la casa de su tía. Le quiero dar una sorpresa.

– Bueno, pues ya veo que cuida a los chicos de Armando como si fueran propios.

– El pequeño me tiene loco. Y la chica. Los otros son un poco más reservados, pero son muy educados. Los pequeños me quieren mucho y me ayudan a veces a ir al supermercado. Y a mi edad cualquier muestra de cariño es muy bienvenida. No tengo demasiados que me prodiguen esos quereres.

– D. José Manuel, huelo a esos jamocitos de pavo que tan bien le salen.

– Jovellanos, cuanto me alegra que haya podido bajar.

– Lo he podido arreglar. No me lo podía perder.

– Veo que usted trae también una bandeja con comida.

– Si, es que no me parecía bien venir con las manos vacías. Insistió tanto Armando en que viniéramos… me ha preocupado un poco, la verdad.

– Todos traen algo de comer. No se nos ha ocurrido a mi madre y a mí.

– Pero no, no se preocupe, que lo hacemos porque nos parece bien, no es por obligación. Si Manuela es una gran cocinera y se arregla a las mil maravillas. Sabe hacer virguerías con cuatro pesetas. Es que andan un poco justos – se frotó el dedo índice y el pulgar en el gesto característico para indicar dinero.

– D. José Manuel, que esas son intimidades – le recriminó suavemente el Sr. Jovellanos.

– Todos a la vez. Pero esto que es… Jovellanos, no debía… – Armando le hizo un gesto de reproche. – Y usted, D. José Manuel… Felipe, pasa, no te quedes ahí. ¡Chicos, Artur está en su cuarto! – les dijo a los hijos de Jovellanos, que salieron corriendo hacia allí.

– Mis chicos que han insistido, les apetecía cenar tortillas variadas, y he hecho tres de ellas.

– Yo es que me aburría. – se justificó el vecino de abajo.

– ¿Ha hecho esa que tiene muchas cosas? – Mª Carmen llegaba con su marido y su hermana Julieta.- y ahí hay más de tres ¿eh?

– ¿La Paisana? Sí, Doña Carmen, ya sé que le gusta mucho.

– Hoy es el día de los secretos – Felipe se acercó a Armando. – Todos sus invitados vienen preocupados por su reclamo.

– Pasen todos. No sé si habrá sillas suficientes – Armando ignoró la afirmación de Felipe.

– Subimos a por unas sillas, sin ningún problema – se ofreció Jovellanos.

Iba a cerrar la puerta, cuando llegaron Pepe y su novia.

– Mi madre me ha hecho una bandeja de croquetas. Están de muerte, se lo aseguro.

– ¡Oh! No te tenías que molestar, y encima has metido en el ajo a tu madre, no puede ser, me siento mal.

– No se moleste, mi Pepe me comentó que íbamos a cenar así y tal de informal, y mi madre, es que le encantan las croquetas y las hace estupendas, y no es molestia, de verdad. Estoy super contenta de venir y ser invitada. Mi Pepe me ha hablado guay de ustedes.

– ¿Y este chico viene con vosotros?

El aludido se puso colorado y con apenas un susurro dijo que se llamaba Carlos.

– ¿El churri de Inés? Ya tenía ganas de echarte un ojo.

El chico subió un grado más la coloratura de sus mejillas e hizo un gesto como para echarse a correr. Pero Armando le cogió del brazo y le metió en casa.

– Por ahí anda Inés, y luego hablamos, jovencito, que me tienes que contar a ver que has leído de Turina, que ya me ha dicho mi hija.

Se fueron acomodando en donde podían. Si la casa era ya pequeña para esas reuniones que organizaban por las noches, convertirlas en una cena, por muy informal que se pretendiera, todo resultaba un gran problema. Aunque todos fueron aportando lo que se iba necesitando y al final, comida había de sobra.

Marisa después de hacer los saludos que la educación obligaba, se refugió en la esquina más lejana y reservada que pudo encontrar. Estaba cerca de todo el mundo, porque era imposible no estarlo, no había sitio para que la situación fuera distinta, pero consiguió pasar desapercibida y apartarse de las conversaciones. Necesitaba su espacio para pensar, para observar…

No quería interferir en lo que su hijo hiciera respecto a Armando. Después de la discusión que habían tenido en casa, le había obligado a prometerla que hablaría con Armando en cuanto llegaran. Y así lo había hecho, ella lo siguió con atención mientras hablaban en un rincón. Notaba que no estaba convencido de lo que estaba haciendo, pero lo hacía. Era testarudo y tardaría en dar su brazo a torcer y confesar abiertamente que había metido la pata hasta el fondo al interpretar los papeles de su padre que se había llevado a su propia casa. Marisa se fijó también en Armando que apenas respondió a todo lo que le comentaba su hijo. Se le notaba que estaba dolido por el comportamiento del chico. Y aunque Armando no era rencoroso y los enfados se le pasaban pronto, quizás todo lo que llevaba ya sobre las espaldas, le hacían ser menos comprensivo.

Llegó José Luis con sus hijos. Se saludaron apenas con un gesto de la cabeza. Rosalía, la mayor del empresario, rápidamente buscó a Íñigo. El chico la hizo un hueco a su lado y se pusieron a hablar como dos torrenteras que bajaba crecidas a causa del agua que había caído de una tormenta persistente. “Si es posible que se enteren de lo que dicen”. Marisa no pudo evitar marcar una sonrisa en su cara. En cambio, cerca de esa pareja, estaban Inés y Carlos, que parecían decirse todo con miradas.

Ella era así de joven, como Rosalía. Un torbellino que todo lo arrasaba. Lo decía su padre cada vez que se encontraban con alguna amistad. “Esta chica es un terremoto que lo arrasa todo”. Pero cuando se sentaba con su violín, la paz llegaba a su ánimo. Fue una pena que para poder tocar en un escenario, tuviera que mentir a toda su familia e inventarse un nombre ficticio. Ese plan duró unos años, pocos, demasiado pocos, hasta que conoció a Benito. Se enamoró y se comprometió con él en pocos meses. Y luego conoció a Armando. Y todo lo que creyó que era, dejó de ser. Lo que pensó que era amor, se convirtió en una cortina de humo. Pero ya estaba casada. ¿Por qué lo tuvo que conocer en su boda, el día anterior cuando Benito se lo presentó porque se iba a encargar de la música de la ceremonia?

“¡Que suerte!” Le dijeron todos. El prestigio de Armando como violinista era ya algo que había traspasado los círculos exclusivos de la música, para convertirse en algo que cualquiera con un mínimo interés en la cultura, conocía. Ella misma, hacía mucho tiempo que seguía su carrera. Y ahora resulta que era íntimo amigo de Benito.

Ella lloró en el baño cuando acabó al ceremonia. Lloró y lloró. Hasta que dos amigas de las del colegio, fueron a buscarla. “Qué emocionada está Marisa, con lo dura que parecía”. Menos mal que eran sus amigas, pensó, aunque por una vez en su vida, calló. Y calló su amor pasional, resultante sin duda de un flechazo bien tirado por cupido. Un flechazo a destiempo y con muy mala leche.

Tuvo que hacer un esfuerzo por no ponerse a llorar allí, en su rincón. Su hijo la miraba de vez en cuando, pero si se preocupó en algún momento, rápidamente lo apartó de su cabeza. Estaba demasiado ocupado intimando con Jovellanos, el vecino de arriba, el de los tres niños. “Mi hijo ya ha cazado, madurito como le gustan”.

David y Nuño apenas hablaban. Se les notaba enfadados. Rúl los miraba desde el otro lado de la habitación. Intentaba llamar la atención de su hermano sin tener que acercarse a hablar con él. Al final se cruzaron sus miradas. David entendió y habló con Nuño. Éste negó con la cabeza. David se puso de pie y puso los brazos en jarras. Hablaba muy cerca del oído de su novio para que no se enterara nadie. Pero el gesto de su cuerpo no dejaba la menor duda de su enfado. Nuño se encogió de hombros y clavó sus ojos en los de David. “¡Que te vaya bien!”

Rúl cogió el violín y caminó hacia la puerta de la calle. David lo siguió al poco.

– Ya le he dicho que es idiota, va a echar a perder su vida – le dijo Rúl a su hermano cuando estuvieron juntos.

– Estarás contenta ¿no?

Marisa se sobresaltó. No había visto acercarse a Armando. Intentó poner cara de no saber que pasaba. Pero sabía que a Armando no lo podía engañar. “Me rechazaste, pusiste por encima a Benito, tu amigo, al amor que me tenías”. “Casi me engañas”. “Esto pasó antes de que nos viéramos”. “Da igual”. “No, Armando”. “Qué os aproveche a Amador y a ti, ya me habéis quitado todo lo que tenía. Y la boba de Manuela, que tanto te desprecia, haciéndoos el caldo gordo, será tonta”.

– ¡Ah! Por cierto, Felipe ha entendido bien ya todo. Ya sabe que soy su padre. Y no se lo he dicho yo. Entre las cartas que le has dado para que se convenciera, cuando habéis discutido esta tarde, estaba aquella en que te preguntaba por él, antes de que me cansara de escribirte al no recibir nunca respuestas.

Armando se alejó tan sigiloso como se había acercado. Marisa pensó en seguirlo y explicarle. Pero la mirada despreciativa de su hijo, desde el pasillo, la detuvo.

– ¿Cuándo va a empezar el concierto? – dijo el mediano de los chicos de Jovellanos.

– No seas pesado, Kevin. – su padre se había dado cuenta de que los gemelos y su madre estaban a punto de irse y no quería poner en un aprieto a Armando.

– Ahora, ahora.

Armando cogió el violín. Afinó las cuerdas, tensó el arco, y se lo colocó debajo del mentón. Mientras hacía esto, Manuela y los gemelos, salían de casa sin mirar atrás.

– Papá.

Inés lo miraba suplicante. Había visto irse a sus hermanos y a su madre.

Su padre sonrió.

– Todo está bien. Ya sabías que se iban a ir.

– ¿Por mi culpa? – dijo pesaroso Arturo.

El niño se acercó a su hermana y a su padre con la cabeza gacha.

– No, ¿Por qué va a ser tu culpa, enano?

– Habéis discutido antes – apuntó Inés – por mi culpa. Y esta tarde le ha montado una bulla a Artur.

– No tiene nada que ver con vosotros. ¿Queríais iros con mamá?

– ¡No! – dijeron rotundos los dos.

– ¿Qué tocamos Armando?

Nuño había sacado la viola y se puso a su lado. Íñigo y Martina hicieron lo mismo con sus violonchelos.

– Si me permitís, me gustaría tocar con vosotros.

Felipe se acercó y se sentó al piano.

– ¿Te sabes el cuarteto de Mahler?

– Claro.

Se cruzaron sus miradas. Repitieron en esos escasos segundos toda la conversación que habían tenido antes. Era un día en que todo ocupaba de nuevo el lugar que correspondía. Marisa captó esa mirada y supo que habían llegado a un límite en su conversación que ni ella misma había sido capaz de predecir, mucho menos esperar. No supo si alegrarse o no. Lo que sí decidió es que ya era hora de dejar que la vida siguiera avanzando y dejar que el rencor dejara de mover sus acciones vitales. Su vida, al final, llena eso sí de comodidades, había sido un dislate completo, en la que no había sabido retener al hombre al que había amado y compartió su intimidad con otro hombre que no la podía amar porque era incapaz de amar a una mujer. Miró a su hijo sentado al piano. Era lo único que ahora mitigaba la sensación de haber tirado su vida por la borda con sus decisiones erróneas. Por fin su hijo ocupaba el lugar que le correspondía, sentado al piano, al lado de uno de los mejores músicos que había conocido.

– Hoy es un día importante, amigos. – Armando había empezado a hablar – Hoy hemos roto las ataduras del pasado. Empezamos una nueva vida. La música ha sido siempre mi vida. La música hay muchas formas de entenderla. Yo la entiendo como un mar de sentimientos, de historias. De llenar a la gente, a vosotros, llenaros de sueños. Calmar vuestras almas.

No todos sienten la música de la misma forma. Algunos creen que la música es para unos pocos. Pero no… yo creo que la música es para todo el mundo. Todos deben tener acceso a ella y los músicos debemos acercarla. Enseñarla. Por eso me gustan estos conciertos. Dejadme dar las gracias a Íñigo, a Martina, a Nuño, que se han quedado a mi lado. Saludar a Felipe, que es un gran pianista, estoy seguro. Y quiero dar un beso a mis niños, a Inés y a Artur, que han decidido quedarse a cuidar a este pobre viejo.

– Papá no eres viejo – le salió a Arturo sin pensar. Cuando vio a todos que lo miraban, se puso colorado y bajó la vista.

– Vamos a tocar, Armando, que nos vamos a poner todos acuosos.

– Vamos, vamos, Nuño, toquemos.

– Mahler, Cuarteto y piano en La menor.

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 “Que bonitos aplausos”, pensó Andrea. Los miraba a todos semi-escondida en el pasillo. Con su inseparable perro. Su hijo, había tocado como nunca. Su Íñigo. Se dio media vuelta para irse antes de que el chico reparara en ella. Al girarse su mirada se encontró con la de Armando unos segundos. “Gracias”, le dijo.

Caminó despacio hacia la puerta. Echó una última mirada y vio a su hijo feliz que a su vez hacía ojitos a una chica que parecía que los recibía con gusto. Sintió como el corazón repicaba y una lágrima surcó su mejilla. Sonrió, y despacio, muy despacio, cerró la puerta.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

La historia de Armando (III)

La historia de Armando (IV)

La historia de Armando (V)

La historia de Armando (VI)

I Semana de la música: Dídac nos habla de la guitarra.

Debo confesar que cuando escucho una guitarra, muchas veces la asocio con el agua de una lluvia de tormenta al impactar en la tierra, me pasa eso de asociar determinadas cuerdas con el agua. Os confesaré que con el Arpa me ocurren sentimientos similares, aunque aquí es como si esas gotas caen sobre más agua.

La Guitarra es esa caja de resonancia maravillosa que te muestra lo más profundo de un quejido y de igual manera se eleva a lo más altivo de una carcajada, la guitarra es pasión, alegría, es bulería y adagio, es jota y folk, posiblemente es uno de esos cofres donde mejor se guardan esos tesoros distintos que acaban siendo las partituras. Su universo es tan grande que puedes ir de galaxias como Carlos Santana y su versión más eléctrica hasta Granados con ese leve movimiento tan sensual de una mueca frente a una fachada encalada y resplandeciente por el sol.

Cuando oyes a los franceses, dicen aquello de que el amor y sus lenguajes tienen como banda sonora esa acordeón del París de cabaret y noche de luz. Andan muy equivocados, el amor tiene más sonido de guitarra en la luz y también en la oscuridad es zambra y es un recuerdo de la Alhambra, sin olvidar que el amor es también contemplar una puesta de sol escuchando a Paco de Lucía y sus aguas imposibles, que son maravilla para los oídos. Y como no, la guitarra es un jardín con colores tenues de invierno, con verdes de primavera y amarillos de verano, con hojas secas de otoños en un alma llamada Aranjuez.

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La verdad que Mattias Jacobsson es un gran guitarrista sueco, sensible, excelente persona y además enamorado de España y de su música, pone pasión y oficio cada vez que interpreta una pieza de guitarra española. Que mejor que el concierto de Aranjuez, una obra bellísima emocionante y con notas que son caricias para el espíritu. Joaquín Rodrigo era un compositor poeta que escribió el amor con notas musicales. La historia de la música tiene en él uno de sus mejores ángeles y una persona cuyo tesón es digno de admiración.

Muy probablemente la guitarra sea la esencia mediterránea más variopinta. La guitarra, como decía Rubén Darío, hace pintar miradas. Nuestro oído se acomoda con la música y muchas veces encasilla un instrumento en un determinado estilo musical. A muchas personas les pasa eso con la guitarra, que la asocian al flamenco y sin duda hay sonidos del flamenco que son auténticas obras de arte, pero también mucho antes de la zambra y la solea, hubo guitarra en lo sublime como la de el concierto de Antonio Vivaldi. Concierto para guitarra y cuerdas en Re mayor que interpreta John Williams otro maestro de la guitarra, y en un escenario como los Reales Alcázares de Sevilla

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Muy probablemente cuando estéis leyendo, os asaltará la mente un montón de piezas y diréis eso de: “Pues podía haber hablado de Asturias de Albéniz o de las danzas de Turina o de Falla o de las fusiones de Quetama o lo que para la generación de mi padre supuso Triana”. Pues de eso se trata de que cada cual incorporé una pieza que le guste, la busque y la escuche y ponga en marcha esa sencilla maquinaria de sonreír.

Eso es lo que yo hago con Antón García Abril. Me pasa porque es una excelente persona, un músico genial. Me pasa porque es paisano mío, lo cual me enorgullece. Me pasa porque además ejerce de aragonés y si ya me quedé embobado cuando escuché por primera vez piezas de tanto talento como El hombre y la Tierra o como Divinas Palabras, que voy a decir del concierto mudéjar, que tuve la suerte de escuchar en la Catedral de Teruel bajo su dirección; pues emocionarme y enorgullecerme y disfrutar de este universo de cuerdas conde violines, cellos y violas enamoran y se dejan enamorar por la guitarra.

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Una de las ventajas que tiene la guitarra es que te permite saltar de una pieza que te lleva al misticismo envolvente a una noche de media luz, ambiente propicio y sonido mágico de jazz, y en ese aspecto a mí me emociona mucho Charlie Byrd. Como dirían en una peli de vaqueros de esas que no me han gustado nunca porque yo siempre iba con los indios: Al “buen Charlie” me lo presentó mi padre cuando yo todavía llevaba pantalones cortos e iba al colegio de la mano de alguien, y desde entonces el buen Charlie y yo hemos compartido muchas noches de apuntes y de algún que otro tabaco de ese que te lías a las doce de la noche. Este genial guitarrista norteamericano nos dejó en 1999 pero siempre nos queda esa marea de acordes y trastes sonoros con la fusión del Jazz más canalla que es el que me gusta a mi.

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Y tendré que terminar más que nada porque tatojimmy va a pensar que capitalizo su espacio y nada más lejos de mi intención. Quiero hacerlo como no, con Francisco Tárrega, nuestro gran compositor de Guitarra, ese desconocido para muchos y admirado para los que consideramos que la música es algo que se forja en el alma y que cuando sale y entra de nuevo en ella te hace mejor.

Francisco Tárrega nació en Villareal de los Infantes, actual provincia de Castellón y fue sobre todo un estudioso de la música. Tuvo una maravillosa amistad con compositores como Granados, Albéniz, Chapí o Debussy y nos envolvió en maravillosos sueños de la Alhambra y en Danzas moras exquisitas. Claro que para muchos modernos y Chonys de centro comercial Tárrega que no saben quién es, pone una nota de color en su vida aunque sea a través del móvil, bueno yo prefiero está versión del Gran Vals que la de Nokia.

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Por último me vais a permitir que me acuerde de una persona especial que aprendió a tocar la guitarra de oído y que aunque tiene tres hijos músicos, ninguno toca tan bien el “Romance Anónimo”.

I Semana de la Música: Rafael Frühbeck de Burgos con la Suite Española (Sevilla) de Isaac Albéniz.

Ayer soñé.

Soñé con un Principe, con unos ojos grandes y expresivos que me miraba adentro de mí. Muy adentro.

Me sonrió. Tiene una sonrisa especial, una de estas que iluminan todo lo que les rodea. Acercó su boca a mi oído y me susurró:

– ¿Pero vas a acabar la Semana de la Música, sin hablar de Rafael Frühbeck de Burgos?

Me desperté inmediatamente sobresaltado, todo sudoroso. Alargué la mano para agarrar a Mi Príncipe, pero… se había esfumado. Miré por toda la casa, por si se había ido a la cocina a comer un par de huevos fritos, o al salón a tomar una copa de cava, pero… no, no estaba. Le quería preguntar sobre lo que él contaría sobre este artista.

Rafael Frühbeck de Burgos, es uno de los mejores directores de orquesta que ha dado España. Y uno de los mejores directores del mundo. Ha sido durante un porrón de años, director de la Orquesta Nacional de España. Es uno de los culpables de que esta orquesta empezara a levantar el vuelo y se convirtiera en lo que es hoy, una orquesta con su prestigio internacional, aunque les duela a algunos. Ha sido director de numerosas y prestigiosas Orquestas a lo largo del mundo. Nació en el 33, y a pesar de sus años, tiene una agenda de compromisos muy completa. Repleta, diría.

Y es de aquí, de Burgos. hace un año, menos unos meses, vino a inaugurar el nuevo Fórum de Burgos, con un súper concierto de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, una buena orquesta, por cierto, que es de aquí. Pero a lo mejor, como es de aquí, pues no la valoramos del todo. Al igual que no  valoramos del todo a Frühbeck, porque es de aquí, aunque el apellido despiste. Se puso el “De Burgos” para hacer honor a su tierra.

Sabes, yo conocí a su hermano. Era óptico y de pequeño, me iba a poner las gafas a su tienda. Qué tiempos aquellos. Que recuerdos. Perdón, que estaba hablando de la inauguración del Fórum Evolución y su Auditorio. Tocaron a Antonio José, en concreto una parte de “El mozo de mulas”, otro compositor de la tierra, y acabaron con la 9 de Beethoven, en la versión que lleva haciendo Frühbeck más de cincuenta años. Grandiosa interpretación.

No voy a poner la 9 de Beethoven hoy, aunque si os digo la verdad, la he considerado para acabar la semana. Al final, he dejado la clausura para que la haga Dídac, que seguro nos sorprenderá con algo interesante; eso cuando toque, en unos días. Pocos ya, que nos queda poco. Voy a honrar a Rafael Frühbeck de Burgos. Y que mejor que con una orquestación que hizo de la Suite Española, escrita por Isaac Albéniz para piano en un principio.  Ha habido suerte, y he encontrado con la ayuda de mi Príncipe de los sueños, una grabación reciente, dirigida por el mismo Frühbeck de Burgos.  me ha parecido además, una muy buena interpretación.

Otra cosa que ha hecho Frühbeck, es llevar a los compositores españoles por todo el mundo. Eso no lo hacemos todos.

Venga, va, escuchemos a la Orquesta Sinfónica de la Radio de Dinamarca, a Rafael Frübeck de Burgos dirigiendo su propia orquestación de la Suite Española (Sevilla) de Isaac Albéniz. Seguro que conocéis la música.

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Esta noche voy a soñar de nuevo con un Príncipe. Un Príncipe guapo, amoroso, cariñoso, sensual, maravilloso.

Si eso, ya os contaré.

I Semana de la música: “La historia de Armando (VI)” con el cuarteto de piano y cuerda de Turina.

– No te entiendo Armando.

Manuela miraba a su marido en el camerino. Los chicos se habían escapado nada más ver que la tormenta se acercaba.

– ¡La has invitado a cenar! Pues a ver como te lo montas, porque yo no pienso hacer nada.

– Manuela, deja ya el pasado. Es algo que hay que… superar. Por cierto – hizo una pequeña pausa para pensar como preguntar – ¿No tienes algo que decirme?

– No cambies de tema. Lo que tú llamas pasado está aquí, a la puerta, ahora. Viene a cenar esta noche.

– Si no la hubiera invitado a cenar ¿Hubiera cambiado algo? Deberías darme las gracias que te he buscado una excusa a parte de la del dinero y el prestigio de tus hijos, que es como más mundano.

Armando de repente fue consciente de que no la convencería con palabras. De que nada de lo que pudiera decir, lograría que su mujer cambiara el semblante y lo que era más importante, cambiara la actitud y su decisión. Ahí fue consciente de que todo estaba perdido. De que quizás fuera mejor no luchar contra lo inevitable. No quería que nadie estuviera a su lado a la fuerza.

Manuela cogió su bolso y después de una última mirada de enfado e incomprensión, salió del camerino, camino de la calle.

No era seguro que Marisa y su hijo fueran esa noche. Faltaba apenas hora y media para que salir de dudas. Armando necesitaba clausurar ese capítulo de su pasado. Demasiadas cosas cerradas en falso hacía veinte años. Benito, Marisa, su hijo Felipe, Manuela, los niños… Demasiados secretos de todos guardados con celo. Demasiadas cosas imaginadas y no dichas, o expresadas con medias verdades, lo que las había convertido en una gran mentira en forma de bola de nieve que se iba acrecentando según caía ladera abajo.

Hubiera sido fácil echarle en cara a Manuela unas cuantas cosas. Decirle a Marisa unas cuentas verdades que en su momento se calló. Decir a Benito y a Joaquín, aunque ya no estuvieran aquí, lo que de verdad pensaba de su actitud en aquellos años, y enumerarles todos los cadáveres que fueron dejando en el camino. Contarle a Felipe la verdad sobre quién era él, y sobre lo que su padre era.

Llevaba ya meses haciéndolo, mirándose en el espejo cada vez que tenía oportunidad. Estaba siendo doloroso. Pero esa noche, todo llegaría a su fin. Su trabajo, sus errores, el echarse en cara sus cosas, sus mentiras, incluso esas que se habían dicho todos los días, quizás con la finalidad de poder seguir respirando, viviendo.

Durante unos años, todo fue sobre ruedas. La familia, bien gracias, los mayores creciendo, aprendiendo música. Luego, se decidieron a tener hijos de los dos. Inés llegó primero, y luego, Arturo. Su agenda de trabajo llena a rebosar de conciertos importantes en los mejores escenarios, salpicados de pequeños conciertos dados en asilos, en hospitales, en comedores sociales, en casa para los amigos, para los vecinos, en los hoteles incluso. Armando amaba la música y quería compartir ese amor con todo el que pudiera necesitarlo o desearlo aunque no pudiera pagar su caché.

Todo empezó a derrumbarse cuando falló la primera vez. Cuando sus dedos decidieron en medio de un concierto, dejar de responder a la velocidad que requería la pieza. Supo salir del paso, los años de experiencia daban algunos recursos. Pero algunos entendidos se dieron cuenta.

El siguiente concierto, pasó lo mismo, con la diferencia de que ya llevaba los trucos preparados de casa. Hasta que un día, empezaron a llegar las cancelaciones de algunos conciertos. Hasta que al cabo de unas semanas, su agenda se vació del todo. Como su cuenta corriente.

Algo tuvo que ver Marisa, eso estaba seguro. Era una mujer paciente y esperó a poder vengarse por despecho. Pero ahora no le encajaba en sus razonamientos que esa mujer había cambiado de actitud de repente. Su orgullo le había conservado el rencor que anidaba en su corazón en perfecto estado. Cuando tuvo oportunidad de vengarse, lo hizo. Marisa tenía posición y recursos para convencer a la gente de que lo aplastara. “Y qué bien lo ha hecho, la jodida; el golpe de gracia va a ser hoy”.

Y él la conocía muy bien y sabía de todo lo que era capaz. La había amado con todo su ser, a pesar de sus muchos defectos. Y aunque eso le dolía, debía reconocer que a pesar de todo, la seguía amando.

Incluso llegó a pensar que ella había camelado a su agente para que le robara. Si hubiera tenido dinero, a lo mejor hubiera contratado a alguien para investigarlo.

Salió del teatro cabizbajo. Vio a los chicos hablando entre ellos y esperando a que ellos se fueran, para no interrumpir la discusión. Sus hijos y Nuño por un lado. Íñigo y su sobrina por otro. Ésta estaba un poco más alejada hablando por el móvil. Rúl y David siempre se lo habían montado de tal forma de que nunca estaban en las discusiones familiares. Eran un equipo aparte. En todo caso era el equipo de su madre. En las cuestiones musicales, sabían que debían hacer caso a Armando. En el resto de su vida, pasaban olímpicamente de la familia y de los compromisos que eso les pudiera coartar. Incluso algunas veces había llegado a notar un pequeño atisbo de desprecio en su actitud. Llegó a pensar alguna vez que los chicos se habían dado cuenta de que no eran hijos suyos. Por eso no tenían tampoco ningún apego con sus hermanos pequeños. A lo mejor es que no tenía apego por nadie, salvo por ellos y los que estaban a su nivel de excelencia. Quizás los había mirado con amor de padre, sin percibir cómo eran en realidad, solo registrando con sus sentidos lo que él quería ver.

Pensó en hacerse el tonto e irse en sentido contrario, pero se lo pensó mejor. “Hoy les va a tocar algo, vamos a empezar la fiesta”. Se dirigió a ellos con decisión. Nuño le dio un ligero codazo a David para avisarle.

– Bien, bien, hombre, bien hecho Nuño, bien hecho. No vaya a ser que me entere de alguno de los desprecios que me dirigís los tres.

– Papá, no… – el gesto de David denotaba ese desprecio y hartazgo sutil del que hacían gala a veces los gemelos.

– ¿No qué? – Armando le cortó, lo que consiguió que el aludido se sintiera inseguro. No era la forma de actuar de su padre a la que estaban acostumbrados.

Se quedó en medio de los tres. Ninguno se atrevía a levantar la cabeza.

– Creo que habéis aceptado una oferta de Amador. O la vais a aceptar. ¿A qué esperabais a decírmelo?

Se miraron por turnos sorprendidos. Nuño era el que parecía estar más sorprendido. Los gemelos algo no le habían dicho.

– Papá, es… no era … nos dijo que… – David fue el que habló.

– Que no me dijerais nada. Conozco a Amador de sobra. – Se calló unos segundos para mirar a sus hijos directamente a los ojos – Sois tan egoístas y os habéis convertido en unos creídos, que pensáis que Martina e Íñigo os sobran. Porque ellos no entran en el trato. Os ha prometido un chelo con garantías. Pensáis que sois los mejores. Y sois buenos, pero no sabéis lo que el mundo os va a deparar. No tenéis ni idea. No habéis tenido ni un segundo de duda de dejar tirados a vuestros compañeros.

– Papá, no te pongas así, que tú sabes el primero que no están a nuestro nivel.

Íñigo que había permanecido a parte, apoyado en el respaldo de un banco, se incorporó y dio una patada a una lata que había en el suelo y se fue.

– No te pongas así, – le espetó a Íñigo mientras se alejaba – que lo sabes – David se giró de nuevo hacia su hermano – Ahora como está papá se pone digno. No vale nada, si todo el mundo lo dice.

– Uno se cansa de que le pongan verde, David. Y eso de que no vale nada, tampoco es cierto. Cada día toca mejor.

– Gilipolleces. Tú lo sabes también, así que no te pongas ahora estupendo. Ya está bien de perder el tiempo con conciertos para gilipollas.

– ¿Gilipollas? ¿Pepe es un gilipollas? ¿Es gilipollas la gente que os ha aplaudido hoy?

– Tenemos que tocar en sitios donde se aprecie nuestra música – afirmó convencido Rúl.

– ¿Y el público de estos días no aprecia la música? ¿Qué queréis tocar, solo para los que sepan definir una armonía? ¿O los que conozcan el número de Opus del Bolero de Ravel?

– Pues sí. Como tú antes.

– Pero yo he tocado en todos los sitios donde he podido. En asilos, en patios de comunidades, en hospitales, en comedores de pobres. En colegios. Si me hubiera dedicado a los especialistas, a los eruditos, me hubiera muerto de hambre. Y de asco. La música es para todo el mundo. No hace falta saber en que año nació Mozart para disfrutarla. Ni saber hacer una disertación sobre la importancia de Beethoven en la evolución de la música sinfónica. Y nuestra misión como músicos es hacer que eso sea posible.

– Así no ganamos nada. Amador nos ha dicho que ganaremos mucho dinero con él. Y nos codearemos con los mejores. Estaremos donde nos merecemos, y viviremos en una casa cómoda, con ascensor al menos, y sin necesidad de tocar para los vecinos.

– Pues nada firmad. Cancelaré los conciertos de la próxima semana. Me hubiera gustado no enterarme por otros y sobre todo antes de comprometerme con José Luis. Aunque a lo mejor busco sustitutos y hacemos algo.

– Armando, no te pongas así. – Nuño no se sentía cómodo con la situación – no hemos firmado nada y tampoco sé si lo vamos a hacer. Es una posibilidad que estamos barajando, pero si te has comprometido, no creo que pase nada porque estemos una semana más.

David miró con dureza a su novio. Éste levantó las cejas y comprendió nuevamente que algo no le habían contado.

– No hemos decidido nada – se excusó Nuño abriendo los brazos dirigiéndose a su novio. – No sé por qué me miras así. ¿O sí lo hemos decidido y no me he enterado?

– Ya te has acojonado. Estaba todo hablado.

– Lo habéis hablado vosotros, de mí solo pedías asentimiento. Y veo que algo se os ha olvidado decir.

– Ya te lo dije, David, es un mierda.

– Un mierda que os da alguna vuelta musicalmente, no lo olvidéis. – Armando les cortó; se centró en el que sabía que controlaba la situación, aunque el que mas hablara era David – Rúl, eres… en fin. La gloria siempre ha sido tu finalidad. Ahora piensas que no puedes llegar a ella junto a mí y te has apresurado a buscar otros caminos. – Armando se giró como para irse, pero se volvió de repente, enfrentándose directamente a ellos de nuevo – No hace falta que toquéis la semana que viene si no queréis. Soy tonto – leyó perfectamente la mirada de Rúl – si no pensabais tocar de ninguna forma, y cuando os pregunté hace un par de días, callasteis como puta. Ya improvisaré algo. Sí. Y posiblemente vuelva a tocar, estoy mejor de lo dedos. Con el tratamiento que estoy siguiendo, puedo volver a intentarlo.

– Papá, no… pensábamos decírtelo. – Rúl desvió la mirada de su padre.

– ¿Cuándo? ¿El martes? ¿el día antes de empezar los conciertos? Porque no ibais a tocar de ninguna forma. Por eso estáis tan cansados, de hacer los preparativos estas noches. Ya me parecía extraño que no se os oyera teniendo sexo.

– ¡Joder! Armando, que flash – Nuño se había puesto colorado.

– Es una tontería tocar en ese teatro, confíésalo. – atacó Rúl.

– Hoy ha habido más de cuatrocientas personas – rebatió Armando.

– Pero ¿Has visto que gente?

– ¿Y la gente que te escucha por las noches en casa? ¿Esa tampoco es lo suficientemente buena para vosotros? Y veo, ya veo.

– Pues es que no está bien que toquemos así. Así no nos valorarán nunca. Debemos guardar nuestra música para…

– Amador veo que ha hecho un buen trabajo. – atajó el discurso de Rúl, ya se sabía esa proclama de Amador – No tengo nada más que deciros. Tomémoslo como una despedida, aquí y ahora. De todas formas no pensabais despediros.

Se acercó a Rúl y le dio un beso en la mejilla. Siguió con David. Cuando le llegó el turno a Nuño, éste se abrazó a él y lo apretó.

– Armando – Nuño quería desmarcarse de los otros, pero otra mirada de su novio y se quedó callado. Se fue separando poco a poco y hundió su mirada en el suelo; se quedó pensativo observando a una lombriz en busca de tierra a la que hacer un agujero. Quizás ese agujero le valiera para esconderse él.

– O sea que somos una mierda el Íñigo y yo. – Martina se acercó como un torbellino después de que Íñigo le pusiera al día, cuando colgó el teléfono – ¡Oh! Primos, que… gilipollas sois. Es una mierda. Nos dais la patada sin decir ni mu.

Les dejó discutiendo en medio de la calle. Íñigo se acercó y se unió a la bronca. Armando bajó la cabeza y se dirigió a su casa. Caminó despacio, mirando a la gente pasar a su lado, imaginándose algunas de sus vidas, de sus preocupaciones. “Todos somos un secreto, hasta para nosotros mismos; mis hijos clavándonos un puñal; y su madre en el ajo”.

– Estarás contenta, Manuela. Tus hijos ya han consumado su huida – espetó a su mujer nada más llegar a casa.

Dejó de cortar la patata que tenía en las manos. Se secó con el dorso de la mano derecha, la que tenía el pelador, la frente.

– No se de que me hablas.

– Perdona, sí se me había olvidad que las negociaciones las has llevado tú. Por detrás como siempre acostumbras.

– Estás loco – contestó sin alterarse Manuela.

Armando no dijo nada, solo la miró. Apretó los labios y se fue al armario para sacar los platos e ir colocándolos en el salón. Se lo pensó mejor y fue a otro armario y sacó un paquete de platos de plástico.

– Va a venir mucha gente.

– Pues comerán nada. No pienso hacer nada. Creo que me voy a dar una vuelta.

– Relájate, Manuela. Va a ser cierto eso que me dijo el otro día Reme, que la que estás tensa eres tú. ¿Alguna otra sorpresa me has preparado? ¿Os vais todos esta noche?

– Papá, va a venir Carlos a cenar. ¿Te importa? – Inés entró como un torbellino en la cocina.

– No me parece bien, ya te lo he dicho, que … – su madre la fulminó con la mirada.

– Claro que puede venir. – contradijo Armando.

– Ya le he dicho yo que no… – Manuela empezaba a no controlar su cólera.

– David vive con su novio ¿no? No veo por qué no puede venir a cenar y a escuchar música el novio de tu hija. ¿O tenemos dos clases de hijos?

Manuela se revolvió adusta para seguir pelando y cortando la patata que tenía en la mano.

Armando salió de la cocina con su hija. Inés iba casi llorando de rabia. No soportaba que por ella hubieran discutido sus padres. “Ya le digo que no venga, que hay mucha peña y tal”. Su padre la acarició la mejilla, la dio un beso en la frente, y la dijo: “Dile que venga, así lo conozco y miro a ver si estoy de acuerdo con tu hermano”. “Bobo, no me tomes el pelo. Y además a Artur le cae estupendo, lo dice para fastidiar”; “Le diré que traiga algo de comer, mamá no ha preparado nada”. Suspiró. “¿De verdad que no te importa?”

– Papá ¿qué van a tocar mis hermanos? Para decirle… quiere leer algo antes de venir, para no parecer un bobo.

Turina. Piano y cuerda. Escucha – y se acercó al equipo de música y dio a un botón.

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– Bueno, eso si tocan, que ya veremos. – una pequeña nube de tristeza le tapó los ojos.

– Pues toca tú con mamá, sería genial. Tocas mejor que ellos.

– ¡¡Hummmmmmm!! Es mentira pero me gusta que me lo digas.

– Para nada. No tienen tu magia. Mucha tontería de agilidad y polladas de esas pero no tienen magia.

– Sí la tienen. Y no hables así, que no me gusta.

Inés de acercó a su padre con cara apenada. Lo miraba de reojo. Quería preguntar pero no se atrevía.

– ¿Me lo vas a decir?

– Artur me ha dicho que les ha oído que se dan el piro. Esta noche. Y mamá le ha preguntado si quiere irse con ella. Pero le dijo que no, que se quedaba contigo – se apresuró a aclarar Inés.

– Parece que sí. Debería haber tenido al enano aquí estos días para enterarme antes de las cosas.

Inés se acercó a su padre y lo abrazó.

– Nosotros no te dejaremos nunca.

– ¡Mentirosa! Claro que me dejarás. Pero me alegro que no sea hoy, he llegado a dudarlo. Mira, llaman. ¿Vas a abrir?

– Guay.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

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La historia de Armando (IV)

La historia de Armando (V)