Los escritores condenados. Epílogo de la Semana del libro: la IV.

 

Hubo una vez que los escritores podían vivir de su trabajo. Eran felices dedicándose a lo que les gustaba y hacían felices a quienes disfrutaban de sus historias. Y sobre todo, eran libres.

Pero hubo un día, en que el recién creado Gobierno del Mundo, decretó el confinamiento de los escritores y los músicos y los artistas en general, en campos de trabajo. Fue después de un referéndum universal en el que por abrumadora mayoría, los ciudadanos del mundo se decidieron por esta opción. Los escritores, los músicos y los demás artistas, dejaron de tener derecho a vivir de su imaginación, de su arte. Su trabajo no les pertenecía, sino que pasaba a ser patrimonio del mundo. Era el único colectivo que no tenía derecho a mantenerse de su trabajo.

El Gobierno, para desarrollar ese mandato emanado directamente del pueblo, diseñó un plan en el que estos artistas eran confinados en campos creados a tal efecto. Debían picar piedras a turnos, y después, sentarse a desarrollar sus trabajos artísticos. Eran continuamente vigilados y debían rendir cuenta de su actividad creativa.

Todo lo que ideaban, era inmediatamente confiscado y puesto a disposición de la humanidad. Debían además escribir una cantidad fija de historias al año. Sino, eran severamente castigados.

Hubo algunos que intentaron burlar la vigilancia y guardarse su manuscrito más querido. Incluso algunos intentaron escapar de las vallas electrificadas que guardaban el recinto. Algunos incluso lo consiguieron e iniciaron una vida de miseria, vigilando siempre las espaldas y no pudiendo confiar en nadie, ante el peligro de que les delataran y acabaran siendo duramente castigados frente a las cámaras de la televisión.

Terry consiguió escapar. Vive en una cueva en lo alto de una montaña. Apenas tiene para comer y viste solo una piel de vaca que le sirve de abrigo en los fríos inviernos. En verano tiene la disculpa de sentir el aire en su piel. “Me hace vibrar, sentir vivo”. Escusas para autoconvencerse. En invierno, se refugia en el fondo de su cueva, frente a una hoguera, y abrazándose para darse calor. Con la piel de vaca cubriendo su esquelético cuerpo.

Cada mes, Gemma visita a Terry. Debe ponerse en camino una semana antes, a pesar de que solo viven a tres horas de camino de ligero andar. Debe estar segura de que nadie la sigue, así que da un rodeo de una semana. Cuando llega, se abrazan e incluso, algunas veces hacen el amor. Es más una necesidad física, piel con piel. Son vitaminas para Terry y para Gemma también. La mujer le trae algunas provisiones y se lleva su nueva obra, para publicarla clandestinamente. Es una actividad peligrosa, porque el castigo es duro, y la vigilancia extrema. Todos son posibles delatores, convencidos de su derecho a poseer gratis el trabajo de los escritores, de los músicos, etc. Todo amparado en el mandato del pueblo, que en el referéndum decretó que los artistas no merecían vivir de su trabajo creativo. “A picar piedras, malditos”.

Cada vez que Gemma se iba, Terry caía en una profunda depresión. Durante unos días se le pasaba por la cabeza el rendirse y entregarse. Incluso había pensado en dejar de escribir. Pero eso no era posible. Tenía instalado un chip en el culo que lo identificaba como escritor. No podía escapar de su destino. Maldecía el momento en que decidió que le gustaba contar historias. Aunque si era sincero, lo que más le pesaba era haber inculcado ese gusto en su sobrino, Ubaldo.

Ubaldo era un chaval divertido, con una imaginación desbordante. Admiraba mucho a su tío, así que todo lo que le contaba Terry era como un dogma de fe. Empezó a escribir pequeñas historias, y luego cuentos que Terry se decidió a llevar a una editorial. Gustaron, y se publicaron. Así que el muchacho empezó a escribir con más profusión… hasta que llegó el referéndum.

Ubaldo se escapó, pero la policía lo encontró rápido. Lo ataron desnudo a un poste, en un plató de televisión, y el verdugo lo castigó duramente durante más de tres horas con un látigo de 7 puntas.

“Qué se cree ese, que le corten la cabeza” “ha violado mi derecho a poder leer lo que me de la gana” “Libertad, libertad”. Los espectadores aullaban a cada nuevo latigazo. Y si iba acompañado de un grito de dolor de Ubaldín, mucho mejor.

Fue un programa muy visto, de hecho tuvo el récord de espectadores de la temporada. Eso sirvió como escarmiento a los que pensaban intentarlo, aunque no erradicó los intentos de huida. Y como doble castigo, los espectadores se pusieron a leer su obra de gratis. Eso por querer huir de sus obligaciones y publicar clandestinamente y cobrar unos céntimos por sus escritos, que apenas le iba a proporcionar unas escasas monedas con las que comprar un poco de pan y unos zapatos sucios y con agujeros, de segunda mano, para seguir huyendo.

Terry lo estuvo cuidando, después del severo castigo, mientras el resto de ocupaciones que tenía asignadas se lo permitía. Se turnaba con Rosario, un chico que se había enamorado de su sobrino. Pero Ubaldo no consiguió salir adelante. Todo el amor de su tío y de Rosario, no fue suficiente. Murió de pena, una tarde del mes de febrero.

Ahí fue cuando Terry decidió escapar. La vida le daba un poco igual, y su escritura tras la valla electrificada hacía tiempo que no le llenaba. Lo hacía por cumplir, porque no le quedaba más remedio. Había intentado convencer a los supervisores de que su carrera como escritor había acabado, que le dejaran salir a la calle y volver a su antiguo trabajo de barrendero. Pero no les convenció.

Por Ubaldo, lo hizo. Por Ubaldo, se escapó. Le ayudó que ya no había nada en la tierra que lo atara a la vida. Sus pasiones habían desaparecido, y su sobrino, había sucumbido por esa maldita afición que él había ayudado a que se desarrollara en el espíritu de Ubaldo, acabara con su vida.

Ahora, allí en la cueva, escribía. En realidad era otra prisión, pero en esta no había vigilantes ni sala de castigos con postes en dónde eran atados desnudos los escritores que habían incumplido los códigos de conducta. Pero estaba abocado a la soledad, a estar continuamente en contacto con su mundo imaginario. Y con los recuerdos. Eso era casi una prisión más agobiante que la que acababa de escapar.

Era una mañana del mes de marzo. Todavía hacía frío, mucho frío, aunque lucía el sol. Hacía unos días que se había producido el aniversario de la muerte de Ubaldo. Se sentó en la roca que había en la puerta de su cueva. Los ojos se le llenaron de lágrimas recordando la mirada ilusionada de su sobrino cuando le entregó su primer cuento. Y cuando él, después de leerlo tres veces seguidas, no pudo por más que felicitarle y abrazarle: “Sobrino, eres un escritor”. Eso le dijo. Y Ubaldo fue feliz. Aunque luego los saltos de alegría se convirtieron en lágrimas por el desgarro interno de un espíritu libre y creativo oprimido por la dictadura de las masas.

Terry apoyó la cabeza en la pared, y se dio cuenta de que no tenía ya fuerzas para vivir. Cerró los ojos y a la vez, cerró su mundo imaginario. El corazón se le partió en dos y decidió partir en busca de su sobrino. Seguramente habría un mundo en algún lugar en el que se juntaban los contadores de historias. Ese era su nuevo destino. No tenía fuerzas para seguir escribiendo, ni para seguir viviendo. Una nube ocultó el sol y el frío ocupó todo el espacio en el alma de Terry.

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IV Semana del libro: “Personas como yo” de John Irving.

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Título: Personas como yo.

Título Original: In One Person.

Autor: John Irving

Traductor: Carlos Milla Soler.

Nº Páginas: 592

Editorial: Tusquets.

La señorita Frost tiene la culpa de todo. Y quizás también la tenga Charles Dickens.

Billy Abbott es el protagonista. Su vida cobra un sentido cuando conoce a la culpable, la señorita Frost. Es la bibliotecaria del pueblo donde vive. Un pueblo pequeño de Estados Unidos, no es exactamente de la América profunda, pero casi.

A Billy Abbott, desde los 15 años, le da por “encapricharse” de gente inconveniente. De la señorita Frost, por ejemplo. O de su padrastro. Este chico… es raro. Le gusta el teatro, le gusta la literatura, mira el mundo que le rodea con los ojos muy abiertos y sorprendido por las cosas que hacemos a veces por luchar contra aquellos que se salen un poco de la norma.

La historia nos la cuenta el propio Billy, cuando ya mayor, decide hacer un poco de memoria y recordar su vida. Las cosas han cambiado mucho desde que él era joven. Aunque quizás no todo lo deseable.

Por supuesto, Billy sale pitando de su pueblo en cuanto puede. Viaja por Europa, vive en Nueva York, luego en San Francisco. Vuelve a First Sister, su pueblo, ya mayor.

En la novela hay muchos personajes. Todos van marcando de una forma u otra a Billy. Su abuelo, empresario maderero y actor de teatro en su tiempo libre, con una cierta predilección por interpretar personajes de mujer en el escenario. Un profesor de lucha, que le enseñará cuatro cosas básicas para defenderse, a petición de la señorita Frost. Un campeón de lucha en el colegio, Kittredge y su madre. La madre de Billy, su verdadero padre ausente y del que solo sabe cuatro cosas y del que nadie le quiere hablar, sus amantes a lo largo de su vida. Y la amiga del alma de Billy, Elaine, con la que compartirá lo bueno y lo malo de una forma u otra.

Muchos de estos personajes con una forma de ser que hace que la vida no sea fácil. Porque la mayor parte de ellos, son raros, entre los raros. Gays que no se ajustan a la norma, bisexuales que son proscritos entre los heteros y entre los gays, los travestidos o transgénero, que en general son incomprendidos por todos y relegados a lo peor. Son personajes, personas, que son susceptibles de ser etiquetados, porque se salen de la norma. Cuando se etiqueta, en general, es para denigrar, para juzgar. Fuera tolerancia, fuera respeto. Y en un momento de su vida, llega el SIDA.

John Irving es un escritor magnífico. Sus novelas siempre tienen miga. Responden a la necesidad de contar una historia, pero a la vez reivindican algo, a la vez que reflejan un mundo extraño para muchos. Leerle es como hacer un puzzle. En general cuenta siempre sus historias desde la perspectiva del escritor como protagonista, primera persona, y lo escribe desde la vejez, haciendo memoria. Entonces, sus viajes en el tiempo, atrás, adelante, son una constante. Pero no es complicado, aunque tampoco es fácil, porque, es como si estuvieras con Billy alrededor de una mesa, en una cafetería, fumando un cigarrillo y escuchando sus recuerdos. Los recuerdos a veces son un poco caprichosos. Vamos avanzando en la historia y nos viene a la cabeza un hecho que sucedió muchos años después, cuando reencontraste a esa persona, y luego vuelves atrás, porque has recordado algo que te dijo tu primo cuando eras pequeño y que entendiste en ese momento, con ese amigo reencontrado.

He de reconocer que Irving es un autor que me encanta siempre. Me encanta dejar fluir la historia que, poco a poco, se vaya componiendo el cuadro que te está dibujando.

Esta novela tiene la gracia para nosotros, en que prácticamente acaba en Madrid, en Chueca. Puedes visitar en sus letras algunos locales verdaderos de Chueca, para luego sumergirte en los que él ha creado para la historia.

Quizás la única pega que le pondría a esta novela, es la terminología específicamente gay que utiliza. No es la que estamos acostumbrados aquí.

Cuando la palabra “areola” y “areolas” se sumaron a mi larga lista de pronunciaciones conflictivas, Martha Hadley me preguntó:

– ¿Reside la dificultad en lo que son?

– Es posible – contesté -. Por suerte, no son palabras que se usen a diario.

– Mientras que “biblioteca” o “bibliotecas”, por no hablar ya de “pene”… – comenzó a decir la señora Hadley.

– El problema está más en el plural – le recordé.

– Supongo que no haces mucho uso de “penes”, quiero decir, el plural, Billy – señaló Martha Hadley.

– No todos los días – contesté.

Me refería a que la ocasión de decir la palabra “penes” surgía rara vez, aunque eso no significaba que no pensara en los penes a diario, porque sí pensaba. Y por tanto – quizás porque no se lo había contado a Elaine ni a Richard Abbott ni al abuelo Harry, y probablemente porque no me atreví a contárselo a la señorita Frost -, se lo conté todo a la señora Hadley. (Bueno, casi todo.)

Grande Billy. Grande John Irving.

IV Semana del libro: Gabriel García Márquez.

 

Cien años de Soledad.

Frente a ellos, rodeado de helechos y palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un enorme galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del tiempo y a las costumbres de los pájaros.

Yo creo que gracias a los escritores las cosas más lejanas están al alcance de todos.

Lorién

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Dar imagen a la sombra de ese pequeño castaño donde se sentaba el cuerpo angosto y la mente ida de José Arcadio Buendía, me hizo experimentar, que hay mañanas que son crepúsculo y sombras que son como la marea de una playa, que a fuerza de desengaño nos deja sin recuerdos y nos arranca lo febril del pasado. En las partituras del sueño de leer, los blancos o azules de Macondo y el tenaz desafío hacia lo más temerario nos permite sentirnos a todos “Locos de nacimiento”.

Después de leer 100 Años de Soledad, entendí porque yo también dije: “Me alquilo para soñar”

Dídac.

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Me gustaría dedicar mi pequeño homenaje a este autor recordando ese relato magistral llamado “Crónica de una muerte anunciada”. Este fue el primer libro que leí suyo. Cayó en mis manos cuando aún no habría cumplido los 18. Eran unos tiempos aquellos en los que todavía no tenía un criterio definido, ni a penas capacidad para comprar mis propios libros, así que calmaba mis ansias lectoras asaltando la biblioteca familiar con el ánimo de descubrir alguna joya literaria. A veces mis asaltos concluían en victoria, otras, la pretendida gran obra me sobrepasaba y la abandonaba a medias. No fue éste el caso de “Crónica…”, de hecho, a pesar del tiempo transcurrido, este libro lo recuerdo especialmente, porque después de leerlo me quedé tan impresionado, que no sólo pensé que era lo mejor que había leído nunca, si no que jamás podría leer nada mejor.

Recuerdo que nada más empezar ya me fascinó porque, tal y como reza el título, empezaba por el final. Para mí fue tremendamente sorprendente aquello de que empezara ya desvelando el destino del infortunado personaje principal, y que sin embargo, esto en lugar de restar interés, me provocase mayor curiosidad y mayor deseo por descubrir que había pasado. Luego la historia no tiene desperdicio. Sigo pensando que es un retrato magistral del comportamiento humano, una pequeña lección de vida con sabor trágico, que refleja como el mal puede ser igualmente resultado de la acción, como de la omisión de los que al callar y mirar hacia otro lado se hacen activamente responsables de los hechos. A esto se une un alud de circunstancias, a veces absurdamente morales, a veces simplemente casuales, que parecen confabularse obstinadamente para dirigir el destino de la historia, hasta desembocar en ese final tan desgraciado como absurdo, de algo que no tendría que haber ocurrido nunca, de algo que todos pudieron evitar y todos supieron, menos el propio interesado.

Creo que leyendo ese libro aprendí entonces muchas cosas de la vida. Me sigue pareciendo una joya.

Pucho.

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Siempre creí que los muertos debían tener sombrero. Ahora veo que no. Veo que tienen la cabeza acerada y un pañuelo amarrado en la mandíbula. Veo que tienen la boca un poco abierta y que se ven, detrás de los labios morados los dientes manchados e irregulares. Veo que tienen la lengua mordida por un lado, gruesa y pastosa, un poco más oscura que el color de la cara, que es como el de los dedos cuando se les aprieta con un cáñamo. Veo que tienen los ojos abiertos, mucho más que los de un hombre; ansiosos y desorbitados, y que la piel parece ser de tierra apretada y húmeda. Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida y ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa después de una pelea.”

La hojarasca.

Viajamos al principio de Gabriel García Márquez. Viajamos por primera vez a Macondo y a la muerte. La Hojarasca, 1955.

Jaime CG.

IV Semana del libro: “La verdad sobre el caso Harry Quebert”.

¡Mire Marcus! ¡Mire dónde estamos! Estamos en el paraíso de los escritores. Basta con escribirlo y todo podrá cambiar.”

El paraíso de los escritores es el lugar donde se decide reescribir la vida como uno hubiera querido vivirla. Porque el poder de los escritores, Marcus, es que deciden el final del libro. Tienen el poder de hacer vivir o de hacer morir, tienen el poder de cambiarlo todo. Los escritores tienen en sus dedos una fuerza que, a menudo, ni siquiera sospechan. Les basta con cerrar los ojos para cambiar radicalmente el curso de una vida, Marcus, ¿qué habría pasado ese 30 de agosto sí…?”

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Estas citas del libro de Joël Dicker, me encantan. Tiene otro montón de frases que me dicen muchas cosas. Eso no quiere decir que las suscriba. No estoy completamente de acuerdo con, por ejemplo, la segunda. No creo que los escritores tengan el poder de escribir las cosas a su albedrío. Yo soy de los que piensan que los personajes son los que dictan las cosas. Tú puedes obligarles a hacer cosas, a decir cosas, pero… sabes, si ellos no las sienten, será un fiasco. Es mejor que la historia fluya como ellos quieren. En todo caso, puedes negociar, por ejemplo, hasta donde llegar, porque si no, algunas historias no acabarían nunca. Porque luego, un personaje te puede presentar a un amigo, o te puede contar algo que escuchó en la cafetería “Mármol”, o vete tú a saber, te saca una foto de su caja mágica, y una historia surge ahí, de improviso.

Pero en esto de los escritores, hay varias corrientes. Otros muchos están de acuerdo con la afirmación de Joël Dicker.

Por si no lo parece, estoy hablando de “La verdad sobre el caso Harry Quebert”.

Supe de ella, por un reportaje en “El País”. Sí, creo que fue justo en estas fechas, el año pasado, antes de la Feria del Libro de Madrid. En cuanto leí de que iba la cosa, me subyugó.

¿De qué va para que me llamara la atención?

Va de un escritor. Me gustan las historias de escritores. Yo voy a escribir historias de escritores. Redundemos en la palabra “escritor” y en su concepto. Porque no es solo la historia de un escritor, sino la de dos escritores. Incluso podríamos decir que es la de tres escritores. Y un editor. Y un agente de escritor.

No, vale, estoy llevándoos por el camino de la confusión. Otra vez:

La verdad sobre el caso Harry Quebert”, trata del descubrimiento del cadáver de una niña que desapareció 30 años antes. Nola. Que bonito nombre. Creo que lo utilizaré yo también en alguna historia. El caso es que resulta que acusan al Harry Quebert este del crimen. Harry Quebert es escritor. Harry Quebert, además, resulta que se enamoró de esa chica. La joven tenia 15 años, él 30.. Es un doble escándalo: por un lado el crimen y por otro lado, el amor por la joven.

Harry tiene un amigo-pupilo-alma gemela, Marcus Goldman, que tiene una falta increíble de inspiración literaria, después de un bombazo de primer libro que está a punto de hacerle acabar como alguno de los protagonistas de “La hoguera de las vanidades”. Goldman, acuciado por un amor profundo por su amigo, del cual no se ha acordado para nada en los meses de vino y gloria, viaja a Aurora, el pueblecito en dónde ha ocurrido todo, para ayudar a su amigo.

Luego resulta que el editor de Goldman, lo presiona para que escriba un libro sobre el tema. Goldman se resiste y tal, pero en el fondo, yo creo que está encantado con que se lo pidan. Porque después de dos años de no haber podido escribir ni un “sujeto, verbo, predicado”, con sentido, ahora se siente con ganas. La justificación es “defender a su amigo”. Pero yo creo que en todo esto subyace la necesidad de resurgir de sus cenizas.

Y ya tenemos el libro que Marcus Goldman escribe mientras investiga. “El caso Harry Quebert”.

Un libro sobre un libro. Me encanta.

Pues qué deciros, que a mí la verdad es que me ha gustado. Tenía un poco de miedo, porque parece que cuando cojo una novela con muchas ganas, parece que éstas se diluyen como azucarillos en un vaso de aguita caliente. Pero aquí no.

He disfrutado con la investigación, con el caso policíaco, con la crítica al mundo editorial, espero que Joël Dicker no se haya convertido en lo que imaginó para el éxito de Marcus Goldman, con los consejos de escritor a escritor con que empiezan cada capítulo. He disfrutado de las conversaciones de Marcus con su madre, con su editor. He disfrutado con la estructura de la novela. Y me he sorprendido con los giros que va dando la historia. Hasta el epílogo, la historia está viva.

Además, sufrí ese movimiento telúrico que me suele dar cuando estoy con una historia que me subyuga, y es “la carrera final”. Hasta un momento, puedo controlar el ritmo de lectura. Llegado un punto, la pasión se desata y según va pasando el tiempo y no puedo soltar el libro, voy cambiando planes mentalmente. Hasta que la acabo.

Entonces respiro, y retomo mi vida. Y hago cálculos para recomponer mi agenda. Este finde, por ejemplo, no he podido escribir nada. Nada. Pero bueno. Tampoco he ido al cine, ni a Lisboa a la final de la Champions. Me había invitado Florentino, pero he debido declinar el ofrecimiento. Harry Quebert tiene la culpa.

También me llamo Morata para que le ayudara a subir a la Cibeles con la copa y tal. Pero me faltaban dos capítulos y le dije que no. Y mira que me cuesta decirle que no a Morata. 😉

Así que recomendaros la novela. Es apasionante, es divertida, es intrigante. Hay que fijarse en los detalles, en las palabras. En algún momento del libro, no encuentro la cita exacta, viene a decir que las palabras son importantes, pero que lo verdaderamente determinante es “el sentido de las palabras”.

Otro trocito para acabar:

¿Recuerda nuestra conversación, el día que obtuvo su diploma de Burrows?

– Sí, dimos un largo paseo juntos a través del campus. Fuimos hasta la sala de boxeo. Me pregunto que pensaba hacer a partir de entonces, y le respondí que iba a escribir un libro. Y entonces, me pregunto por qué escribía. Le respondí que escribía porque me gustaba y entonces me dijo…

– Eso, ¿qué le dije?

– Que la vida tenía muy poco sentido. Y que escribir daba sentido a la vida.”

Título: “La verdad sobre el caso Harry Quebert”.

Titulo original: “La Verité sur l’Affaire Harry Quebert.”

Autor: Joël Dicker.

Editorial: Alfaguara

Traductor: Juan Carlos Durán Romero.

Nº Páginas: 667

IV Semana del libro: “Middlesex” de Jeffrey Eugenides, por Pucho.

 

MIDDLESEX, de Jeffrey Eugenides

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Supongo que a pocos descubriré algo nuevo con esta propuesta. Se trata de una obra sobradamente conocida y reconocida, firmada por Jeffrey Eugenides (el autor de “Las vírgenes suicidas”) bestseller internacional y ganadora en su año del premio Pulitzer. Algunos la habréis leído ya, pero quizás otros, por su generosa extensión, o por cualquier otro motivo, no habréis encontrado el momento, o simplemente la dejasteis pasar. A mí me gustaría animaros a que os acercarais a sus páginas. Incluso a los que la hayan leído ya, a recordarla.

El libro comienza así:

Nací dos veces, fui niña primero, en un increíble día sin niebla tóxica de Detroit, en enero de 1960¸y chico después, en una sala de urgencias cerca de Petoskey, Michigan, en agosto de 1974 (….)

En mi partida de nacimiento, mi nombre figura como Calíope Helen Stépanides. En mi último carné de conducir (de la República Federal de Alemania), mi nombre es simplemente Cal.(…)

Pero ahora, que tengo cuarenta y uno, siento que se acerca otro nacimiento. Tras decenios de despreocupación, de pronto pienso en tíos abuelos fallecidos, en abuelos olvidados mucho tiempo atrás, en desconocidos primos de quinto grado, o bien, tratándose de una familia endogámica como la mía, en todo eso a la vez.”

Tal y como anuncia desde el comienzo, el libro abarca la historia personal de la familia Stépanides, Empezando por los abuelos Eleuterio y la fascinante Desdémona, criadores de gusanos de seda y pertenecientes a la minoría griega en Turquía, que logran escapar de la persecución turca tras la guerra entre los dos países, exiliándose en los Estados Unidos. Habla de cómo se enamoraron y ocultaron al mundo que eran hermanos para casarse y tener hijos. Cuenta después, a través de varias generaciones, la supervivencia y la lucha en el día a día. Habla de la depresión económica, de los conflictos raciales, de los sentimentales, y en definitiva de los mil momentos y circunstancias que escriben cada vida.”

La variedad de registros por los que pasa la obra, que van desde el relato histórico al costumbrista, es extraordinariamente enriquecedora y la profundidad descriptiva y sobre todo humana de los personajes, que son capaces de hacerte creer hasta en leyendas esotéricas, la convierten en una lectura apasionante y casi adictiva. Pero sin duda, su mayor valor está en su protagonista, Cal (o Calíope), persona serena y reflexiva, tan apegada a la realidad, que desprende verdad con cada palabra. Calíope es el fiel reflejo de cómo ni educación, ni roles, ni imposición alguna, pueden acallar la verdad íntima y personal de cada uno. Sus circunstancias son en principio un tanto particulares, ya que tienen el condicionante biológico de haber nacido hermafrodita, algo que por descuido y por ignorancia, pasa ante todos desapercibido y a resultas de lo cual se le asigna erróneamente el género femenino, conjuntamente con una educación, diría bastante tradicionalista en ese sentido. Pero creo que aunque su historia sea particular, puede hacerse igualmente extensible a todo el que por una razón u otra se encuentra ante la realidad de una identidad sexual que diverge con respecto al rol que se le asigna. Es fácil seguir sus pasos y entenderla, tanto, que seguramente hasta el lector más alejado de este tipo de circunstancias, habrá sentido acompañándola en su viaje hacia la edad adulta como esa realidad se va abriendo camino y como seguramente cosas que muchas veces desde la distancia, parecen incomprensibles, o incluso anómalas, no son mas que la auténtica verdad de la naturaleza humana y de la vida.

En definitiva, se trata de un libro cuya fama es más que merecida, valioso en muchos sentidos y que invita a reflexionar de muchas maneras distintas: ¿Dónde reside la esencia de cada ser humano?, ¿Qué nos hace ser únicos?, ¿Qué nos define?

Nos abrazamos. Dada mi estatura, apoyé la cabeza en su hombro, y ella me pasó la mano por el pelo mientras yo sollozaba.

-¿Por qué?- Siguió llorando sin ruido, sacudiendo la cabeza-¿Por qué?- Pensé que estaba hablando de Milton. Pero entonces aclaró-: ¿Por qué te escapaste cariño?

-Tenía que hacerlo.

-¿No crees que habría sido más fácil seguir siendo lo que eras?

Alcé la cabeza y miré a mi madre a los ojos. Y se lo dije.

-Es que era así.

(…)

Cuando volví de San Francisco y empecé a llevar vida de hombre, mi familia descubrió que, contrariamente a la opinión popular, la identidad sexual no es tan importante. Mi cambio de chica a chico era menos dramático que la distancia que todo el mundo recorre de la infancia a la edad adulta. En muchos aspectos seguía siendo la persona que siempre había sido. Incluso ahora, que vivo como hombre, en lo esencial sigo siendo la hija de Tessie. Soy yo quien se acuerda de llamarla todos los domingos. Es a mí a quien ella cuenta la creciente lista de sus dolencias. Como toda buena hija, seré yo quien la cuide en su vejez.”

Título: Middlesex

Autor: Jeffrey Eugenides

Editorial: Anagrama, 2005

Traductor: Benito Gómez Ibáñez

nº Páginas: 680