Navidad 2014: Duke Ellington “The Volga Vouty (danza rusa)” del Cascanueces de Tchaicowsky.

La Navidad es alegría. Y creo que esta pieza la trasmite perfectamente, aunque no es propiamente navideña.

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Los pies vuelan solos escuchando esta música.

Y así, bailando con alegría, acabamos esta programación especial por Navidad. Es cierto, es febrero, pero a mí siempre me ha parecido que Navidad debe ser todo el año. Al menos ese espíritu teórico que debe conllevar su celebración.

Algunas historias navideñas  que me vinieron en aquellos días, se han quedado sin escribir. Otras que he publicado, se han quedado sin desarrollar completamente, con el enfado consiguiente de sus protagonistas. Pero siempre nos quedarán las Navidades que viene.

Y como no, agradecer a Valyria, a Lourdes, a Dídac, a Lorién, a Pere, a Josep y por supuesto, a Adri, su colaboración en esta programación especial por Navidad. Con la Navidad blanca y la negra.

Pero seguimos con parte del espíritu navideño. Llega San Valentín. Mucho Azúcar y mucho Amor. Y habrá que hacer algo. Y el 14 de febrero es otro de esos días que sería conveniente trasladar al resto de los días del año. Chicos, chicas, pido vuestra colaboración. Mi correo en el lateral para que me enviéis historias, relatos, música, fotos… declaraciones de amor, lo que queráis. No me falléis ¿eh? Dale al play otra vez y disfruta de Duke Ellintong interpretando a Tchaicowsky.

Navidad 2014: Cenando con los padres de Ricardo.

– Pero Elvira, siempre te pasa lo mismo.
– Si es que han venido mi hermana Felisa y mi cuñada Margarita. No han avisado. Y claro, pues ha quedado todo un poco escaso. Y necesitaba de ese paté que me llevé ayer y si me cortas un poco de jamón y un poco de ese fiambre raro que está muy bueno, pues así les lleno antes de llegar a la pularda, que si no va a quedar poco.
– Lo que necesites.
– Si quieres – se detuvo un momento mientras lo miraba de reojo para valorar la reacción de Ricardo – puedes subir con nosotros. Conoces a todos y sabes que eres bien recibido.
Ricardo sonrió. Cada año, desde el 2.011 en que abrió al tienda y empezó a tratar a Elvira, todas las Nochebuenas le hacía la misma proposición. Siempre llegaba a última hora, casi cuando estaba cerrando e intentaba que fuera a su casa.
– No está bien que pases esta noche solo – argumentó.
– No te preocupes, Elvira, que estaré bien. Es la Nochebuena que quiero. Y la he organizado con mucho cuidado.
– No es bueno que … hay que mirar hacia delante…
– Elvira – la reconvino con dulzura.
– Bueno, no insisto. Pero si cambias de opinión… va a venir Jean, que sabes que le gustas.
– Dales recuerdos a todos. Y muchas gracias. Y un abrazo a Jean – y le guiñó un ojo a Elvira – Celestina.
Elvira salió frustada de la tienda. De verdad pensaba que lo que le hacía falta a Ricardo era enamorarse de nuevo. Y ese chico, Jean, era muy majo y le haría mucho bien. Y eso de pasar la Nochebuena solo…
Ricardo se fue a quitar el delantal y acabar de recoger, cuando otro cliente habitual, Juan, llegó corriendo. “El que faltaba”, pensó Ricardo, sonriéndose por dentro.
– ¿Que se te ha olvidado? Podías haberme llamado y te lo acercaba. Si me queda de paso.
– Que mi mujer se ha puesto pesada. Que vengas a cenar.
– ¿Para eso vienes? Sabes que no voy a ir. Elvira se acaba de ir y ha venido con la misma pretensión. Y eso le ha costado 25,00 Euros por la disculpa que ha puesto para venir.
– Anda, dame de esas croquetas que haces tan ricas.
– Solo me quedan estas pocas.
– Que se le va a hacer. ¿Seguro que no vienes? Que…
– Que sí, que no estorbo, que no es una molestia, que lo sé Juan, y te lo agradezco y a tu mujer también. Pero sabes que esta noche la paso en casa, con mis cosas.
– Es que eso no está… bien; y además va a venir un sobrino mío…
– Que no, que no me hagas tú también de casamentero Juan, por favor – empezaba a cansarse de la misma letanía de siempre.
– No insisto. Ya que tienes ese jamón empezado, dame 200 gramos.
– Claro que sí, hombre.
Cortó el jamón, se lo envolvió con cuidado, le hizo la cuenta y lo despidió con una palmada en la espalda.
– ¡Feliz Navidad!
Juan lo saludó con la mano alejándose por la calle.
Apagó las luces y cerró la puerta. Bajó con cuidado la verja, se puso un gorro impermeable, que la noche estaba llorona, y se encaminó a su casa.
Era tarde ya. Había sido un buen día de ventas. Y estaba cansado. Pero a la vez, estaba ilusionado por repetir la misma costumbre desde hacía ya unos años. Otra vez esa noche, dejaba de tener los 34 que ya había cumplido y volvía a los 15.
La mesa puesta, para tres. El cava en la nevera, como siempre Juvé i Camps, dos velas en el centro, la música suave en el equipo, unas cositas para picar, los pinchitos de piña y gamba que le gustaban a su madre, y las gambas rebozadas que le gustaban a su padre. Unos espárragos rellenos que le gustaban a él, y el foia que le gustaba a Javier, su hermano.
– A vuestra salud, papá, mamá.
Levantó la copa y dio un pequeño sorbo.
– Está rico.
Creyó oír como si llamaran a la puerta. Se quedó atento un momento, pero pensó que se había equivocado. Sería algún vecino, pensó. Justo acabó una canción y esta vez sí, oyó claramente el timbre de la calle.
– Seguro que será Elvira insistiendo – murmuró mientras se levantaba a abrir.
Respiró profundo para evitar mostrar un cierto enfado que empezaba a sentir por tanta insistencia… aunque la verdad, era un poco… tampoco debería enfadarse, aunque le incomodara, porque lo hacían con tan buena intención…
Pero no era Elvira.
– ¡Javi!
Su hermano estaba en la puerta. Iba cargado de maletas. Y con las maletas, también estaban sus dos hijos. El mayor, Fran tendría unos 12 años, calculó, y el pequeño, 9 o 10. No cabía duda de que eran sus sobrinos. El mayor era igual a su abuelo, y el pequeño a la abuela. Ricardo miró alrededor buscando a su cuñada, pero no la vio.
– Nos hemos separado – explicó escuetamente Javi interpretando el gesto de su hermano. Ricardo no preguntó y centró su atención en los niños, a los que apenas había visto un par de veces en su vida. Su hermano vivía en Argentina.
– Tu debes ser Fran. Y tú Emilio.
Se agachó y les dio un abrazo y un par de besos. “No cabe duda de que son hijos de su padre, tan secos como él”, pensó.
– ¡Qué bien que hayáis venido! Precisamente unos amigos que iban a venir a cenar se han … bueno que al final no han podido venir – pensó rápidamente una disculpa para los tres sitios en la mesa.
Javi miró de medio lado a su hermano. Pero no dijo nada.
Pero pasad, os ayudo con todo ese equipaje. Al fondo están las habitaciones… vosotros niños, en la de la derecha y tú en la de la izquierda.
– No queremos molestar…
– Javi, eres mi hermano. Para mí es algo importante. Para ti a lo mejor no. Te fuiste a los 19, te casaste a los 20 y te olvidaste del resto. Pero yo no soy así. Ahorrémonos todo eso de no molestar, de inconveniente y de esas cosas. Habéis venido y eso me alegra.
Javi lo miró de reojo. Hizo un ligero gesto de asentimiento y llevó sus cosas a las habitaciones.
– ¿Y Guillermo? – preguntó de repente Javi.
– Lo dejamos hace ya año y medio.
– ¡Ah!
– Pero gracias por preguntar. Y por acordarte de su nombre. ¡Vamos a cenar! Chicos, ¿Qué bebéis? Tengo Kas Manzana si queréis.
– Guay, tío. – contestó el pequeño.
Ricardo llevó un cubierto más a la mesa. Cortó un poco de Jamón Ibérico y un poco de queso. Sacó más gambas y las frió en un momento.
– Estas le gustaban a papá.
– ¿Te acuerdas?
Aunque no te lo creas, los quería. ¡Y has hecho espárragos rebozados! Joder, con lo que me gustan y el tiempo que no los como…
– No digo nada. – dijo Ricardo sonriendo.
Poco a poco los niños se fueron abriendo. Ricardo se reía mucho con ellos porque le hacía gracia el acento argentino y la chispaque tenían al hablar. Pero no aguantaron mucho despiertos, estaban muy cansados del viaje. Primero el avión desde Buenos Aires a Madrid, luego el autobús a Burgos…
Se durmieron en un instante, en cuanto pusieron la cabeza en la almohada.
– ¿Una copa, Javi?
– Si tienes whisky, si me tomaba un chispazo.
Ricardo preparó dos whiskys. Se sentaron en el sofá. Sonaba Diana Krall.

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– Gracias.
– No es necesario… no empieces otra vez.
– Si lo es, Ricardo. Te hemos interrumpido tu cena nostálgica. No hace falta que disimules.
– No se de que me hablas – Ricardo se levantó y empezó a recoger la mesa.
– Los echo de menos, Ricardo. Mucho. Los eché de menos el día que me fui. Era un imbécil y no supe lo que tenía… era un gilipollas creído que … pensaba que era mejor que todos y que me sobrabais todos… me estorbabais…
Se quedó callado un rato mientras daba vueltas al whisky. Ricardo dejó lo que estaba haciendo y se sentó de nuevo en el sofá, esperando.
– He venido corriendo. Quería llegar a toda costa a cenar hoy contigo. Quería… quería sabes, quería… – sus ojos se llenaron de lágrimas y apenas podía continuar hablando, pero lo necesitaba; hizo un esfuerzo en dominarse y siguió despacio, masticando las sílabas, casi en susurros – … quería cenar con ellos. Quería… que mis niños cenaran con sus abuelos y con su tío. Es que, joder, sabes … no sabes lo… sabes que… ¡¡joder!!
Ricardo le puso su mano en la pierna. Quiso abrazarlo, pero… recordaba que no le gustaba. Así que pensó que era mejor no violentarlo. Le apretó repetidamente la pierna, para darle serenidad.
Javier suspiró. Cerró los ojos y inspiró todo el aire que pudo. Aguantó la respiración unos instantes, y recomenzó a hablar.
– Es que… quería estar con ellos, sentirlos, y sabía que hoy era mi oportunidad. No podía esperar al año que viene, los necesitaba hoy, necesitaba… joder, es que … es una mierda todo, mi vida se ha ido al garete, ¿qué voy a hacer? Papá seguro que sabría que hacer, y mamá me daría un abrazo que yo rechazaría al cabo de un rato, pero ese rato me habría dado la vida…
Ricardo se acercó más a él y lo abrazó. Al principio Javi estaba muy incómodo. Se le notaba el cuerpo tenso. Como si tuviera un palo de escoba en la espalda, que le impidiera doblarse sobre su hermano. Pero poco a poco fue sintíéndose más cómodo. Y Ricardo no aflojó.
– ¿Hablas con ellos? – preguntó en susurros. – ¿Los ves?
Ricardo sonrió. Guiñó un ojo hacia la butaca de la derecha, en la que solía sentarse su madre.
– Todo saldrá bien, Javichu. No te preocupes por nada. Ellos siempre estarán ahí, contigo. Te querían mucho, mucho. Eras su preferido, yo creo.
Javi no pudo evitarlo y volvió a llorar. Seguía abrazado a Ricardo. Ahora ya era él el que se apretaba, el que necesitaba de ese abrazo, de ese contacto.
– Los niños se pueden quedar conmigo.
Lo dijo sin pensar. Lo dijo como lo hubieran dicho sus padres. No necesitaba que su hermano le pidiera. Lo conocía y sabía. Quizás no supiera los detalles de su separación de Cristina. Pero percibía perfectamente lo que quería.
Se sintió bien. No era su ideal el cuidar de los hijos de su hermano mayor. No era lo que tenia previsto. Pero… con la ayuda de sus padres, todo saldría bien.
Siguieron abrazados un buen rato. Sin apenas moverse. Diana Krall seguía sonando en el equipo. Y sus padres los miraban desde sus butacas, sonriendo.

Cuento: “El escritor y los cuentos de Navidad” (35).

Para ponerse al día con el relato.

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– ¿Bailamos?

Ernesto alargó la mano invitando a Irene.

– Por supuesto.

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(Judy Garland – Over de rainbow)

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La ángela sonrió y apoyó su cabeza en el pecho de Ernesto. El brazo derecho de Ernesto rodeaba la cintura de Irene, y su mano izquierda estaba entrelazada con la derecha de la ángela, y las dos, sobre e corazón de Ernesto. Daban pasos muy pequeños, sin apenas moverse del sitio.

– Tienes un gran corazón, escritor. Lo siento al tocarlo.

– Tengo miedo, Irene.

– ¿Por qué? No lo has hecho tan mal.

– ¿Seré capaz de criar a esos chicos? Soy un desastre.

Irene aceleró el baile llevando en volandas a Ernesto.

– Fíjate, mira a tu alrededor, escritor.

– El cielo de color naranja, las nubes rosas y amarillas… tienes un gusto para los colores…

– No, eres tú el que ha creado todo esto. Mira, allí.

Irene señalaba a su derecha. Una casa con jardín. La casa era blanca inmaculada. Las cortinas rojas, y dentro sonaba una música. Se asomaron a la ventana y vieron a unos niños cantando. Las luces del árbol de Navidad parpadeaban en una esquina. Un chico en silla de ruedas reía entusiasmado viendo a sus hermanos y primos bailar la conga. Se tropezaban y caían al suelo, se volvían a levantar… Juani, su hermana mayor apoyó sus manos en los hombros del chico y le obligó a encabezar la conga. Un libro de Ernesto Ducas estaba en el regazo del chico.

– Mira allí – señaló.

Un edificio enorme. Era conocido. De hecho, Ernesto estaba en él. Era el hospital. Desde fuera podía ver una habitación: un joven dormía con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios. Su abuela se levantó de la butaca, y le acarició la frente. También sonreía. Se la notaba feliz. Ese dibujo en la cara de su nieto era la causa. Y que por primera vez confiaba en que su nieto lucharía por vencer a pesar de las pocas facilidades que había encontrado. La soledad casi le destruye. Ella sola no podía llenar esos vacíos enormes que tenía el chico en su alma.

Irene y Ernesto seguían bailando. Ahora sin apenas moverse.

– No es lo mismo ilusionar en un libro, inventar historias que hacerlas en la realidad.

– No, no es lo mismo. ¿quién te ha convencido que solo vales para soñar y escribir?

– Nadie. Es que soy así. La realidad no… me asusta. Los problemas de todos los días, ir al supermercado, a comprar ropa… y ahora debo ir para mí y para Arturo y Tomás.

Hizo una pausa pero su gesto denotaba que quería seguir

– Que se estropee la lavadora, o que alguno de los niños tenga un problema…

– Vas arreglando los problemas muy bien, los de ellos. Anda que no han tenido problemas.

– Pero he tardado mucho y lo he hecho…

– ¿Con magia? ¿Con tu magia? – Irene se paró y se separó unos centímetros de él para poderlo mirar con mayor perspectiva – No todos pueden decir que han salvado a un chico de la muerte. Lo agarraste del pelo y no lo soltaste, aunque te empezaban a dar calambres en los brazos

– Qué metafórica.

– No te maltrates a ti mismo. Alguien te ha hecho creer que no vales para nada, y a pesar de tus momentos de orgullo, en el fondo te lo crees.

– No me hagas psicolo… estoy solo, joder, estoy solo con esos dos chicos y no quiero cagarla.

– Pero… Ernesto… no estás solo… has creado un ejército de personas que estarán deseosas de ayudarte. De… de colaborar contigo. Mira allí.

Otra vez, Irene señalaba el hospital. Otra habitación. Se vio a él mismo durmiendo apoyando la cabeza sobre la cama de Arturo. Y a Arturo que dormía.

– Me ha guiñado un ojo, el jodido. Lo he visto.

– Tienes una conexión con él única. Pocas personas consiguen eso. Tienes un amigo, un hijo, y un cómplice. Arturo es tu mejor aliado. Y él sabe que te debe la vida. No… desde aquella noche que él entró en coma le agarraste de la mano. Le subiste a ese ascensor y le mantuviste con vida. Solo eso le ha mantenido así. Sabes… aquella noche lo que le dio es un ataque de pánico. Escuchar a su tío le hundió… le produjo un ataque de ansiedad. Quiso llamarte, pero… no lo consiguió. Aunque de alguna forma lo hizo, porque te llamaron. Y tu luchaste contigo mismo y con tu miedo, y fuiste. Y por primera vez no tuviste miedo de luchar, de enfrentarte a la ira de Germán, y fuiste todas las noches. Le acunaste, le besaste, le relajaste, le inventaste un mundo para él, para que él se sintiera cómodo… y eso casi te cuesta la vida, porque eso de no dormir durante semanas, salvo en ratos aislados, escribir hasta perder la noción de lo que escribías… todo para hacer un colchón y que lo que tenías en mente fuera posible.

Ernesto iba a protestar… pero Irene le interrumpió antes de que dijera una sola sílaba.

– No digas nada. Lo escribiste. Escribiste la historia de Oier y Lleó. Era tu historia por anticipado. Lo que pensabas hacer. Escribiste la historia del Príncipe Arturo… era la historia de cómo Arturo había conquistado tu corazón y el de los demás y como lo entronizaron como Príncipe, porque él es especial. Escribiste la historia de Lorenzo mirando a su amigo Jorge de una forma distinta, como tú empezaste a mirar la vida, tu vida dando la vuelta al calcetín. Hiciste de Tomás un Presidente de una empresa, le has ido ofreciendo una seguridad en sí mismo que nunca ha tenido. Hiciste que María y Teodoro pudieran irse… los otros muertos del accidente, perdidos entre aquí y allá. Y escribiste la historia necesaria para que Kevin pudiera salir adelante, roto como estaba por la pérdida, y más por no poder llorarla. Le diste las respuestas y la oportunidad de patalear.

Irene levantó el mentón de Ernesto para verle los ojos.

– Y has hecho que dos personas perdidas, dolidas y culpables, se den apoyo, Kevin y Darío. Y les has preparado el camino para que se sientan miembros de algo, de tu mundo, de tu familia.

– Eso son historias, pero no puedo ir a comprar el pan…

– Has ido a hablar con ese profesor de Arturo.

– Pero cuatro meses tarde.

– Más a mi favor, más complicado era hacerlo. Y lo has hecho, y encima sabías, por la descripción que te había hecho Arturo, que era un punto pendiente de tu pasado, una herida que vino a supurar en tu sobrino. ¿O debería ya decir hijo?

– Los papeles tardarán…

– Hijos y padres es una cuestión de papeles, no lo niego, los humanos sois así, pero es más de sentimientos.

– Llámalos como quieras. Yo los quiero con todo el alma, se llamen como se llamen.

– ¿Lo ves? Está claro que lo vas a hacer bien.

– Me… siento…

– ¿Solo? Venga ya, si tienes en Mundo maravilloso decenas de personas deseosas de echarte una mano. Y en el mundo real tienes a Doris, a Rosa, a Pilar a tu hermano Roberto y a Estíbaliz, su mujer, que te van a dar un sobrino… dos en realidad, huy, se me ha escapado… hazte el tonto cuando te lo digan.

– Pero muchos están lejos, incluido mi hermano. Y no me gusta andar pidiendo, suplicando… A lo mejor a veces…

– Tienes a tu “secretario”.

– Bueno, eso…

– Dale una oportunidad. Escribe una bonita historia. Por ejemplo… podía ser algo así, como: Sergio (Álvaro), el chapero (Porque al final le vas a dejar como Álvaro… huy madre, que todavía me le vuelves a cambiar de nombre), pasó por delante del hospital. Tuvo un impulso y entró. Preguntó por la habitación de un chico que tenía un tío escritor, muy azorado, porque no se acordaba de más datos. Con todo lo lanzado que era para meterse en la cama con sus clientes, y ahora estaba avergonzado, como desnudo en el hall de entrada, lleno de gente. Pero tu historia es conocida en todo el hospital. Eres el más admirado. Todos creo que acabarán comprando un libro tuyo, te vas a hinchar a firmar ejemplares. Sergio (Álvaro) pasó por una tienda de flores que hay en la galería comercial del hospital, y te compró una margarita blanca, que sabe que te gustan: se lo dijiste aquella tarde que pasasteis juntos y que te ayudó con aquél libro. Sergio (Álvaro) llevaba semanas pensando en como volver a coincidir contigo, después de aquella pantomima que te inventaste para que Germán te dejara. Y no se decidía… otra vez desnudo frente a todos los hombres del mundo, pero al contrario que en su profesión, en este caso siente la necesidad de taparse sus… partes. ¿Entiendes la metáfora?

– Sí, coño, quieres decir que se tapa el corazón. Se lo esconde.

– Bien, lo has pillado.

– Sigue anda.

– Pues sabes… escritor… no quiero quitarte la profesión, así que… mejor la escribes tú. Mira allí – y señaló hacia delante.

Una mujer estaba sentada en una butaca sucia y desvencijada. Parecía derrotada por las circunstancias y por la desesperación. Dos niñas dormían en la misma cama a su lado. Estaba muy juntas para darse calor. Una niebla densa rodeaba a la mujer, solo a ella. Casi no podía ver a través de la bruma. Alargó la mano y cogió un libro que había en una mesa medio rota que le servía de mesilla, de mesa de comedor y de mesa de apoyo en la cocina. Lo abrió y empezó a leer. Por un momento se olvidó de todos sus problemas. Se olvidó del hambre, del frío, de la angustia por ver a sus hijas sin lo más necesario. Su imaginación empezó a despertar y a volar al ritmo de las frases del libro. La niebla que la rodeaba empezó a disiparse. Cerró el libro de un golpe y se acercó a sus hijas. Les dio un beso en la frente a cada una. El hambre seguía allí, la necesidad, pero al menos, había recuperado las ganas de luchar por ellas.

– No es mi libro. No entiendo.

– El libro está en blanco. Es tu próximo libro.

– Pero yo no puedo dar de comer a esas niñas. O a lo mejor sí, a esas niñas y su madre sí, pero no a otras cien mil como ellas.

– No tienes que arreglar tú solo los problemas del mundo.

Siguieron bailando en silencio durante un rato. Ernesto fue cogiendo fuerzas para preguntar las dudas que tenía.

– ¿Por qué Arturo decidió al final quedarse? Me dijo que…

– Tenía miedo de fracasar al volver. No es fácil. No quería que te ilusionaras y que luego saliera algo mal y… bueno… por eso te dijo que se iba.

– Será capullo… – pero se calló porque de repente se dio cuenta de que esa explicación no le convencía.

Irene chascó los dedos.

– Cambiemos de música.

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(Louis Amstrong – What a wonderfull world)

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Y volvieron a bailar.

– No se me olvida que me acabas de meter una enorme bola.

Nada más hacer esa afirmación Ernesto, la ángela puso cara de indignación contenida. Pero como la mirada del escritor seguía fija en ella, la fue cambiando por una cara de resignación.

– Le hiciste cambiar de opinión. Se sintió… querido – la ángela se paró para comprobar su reacción – no, no te enfades sabes que eso es algo que… bueno no sé, a veces puedes querer a alguien y demostrarlo pero esa persona no ser receptiva al cariño, o a lo mejor es una cuestión de “cantidad”. O de…

– Todo esto me suena a patraña, ángela. Me estás tomando el pelo, o me lo tomó Arturo.

Irene se soltó de Ernesto. Cerró los ojos y seguía la música con la cabeza. Ernesto la observaba fijamente. Cuando la canción acabó, Irene abrió los ojos y fue buscando la mirada de Ernesto. Sonrió levemente y puso todo el amor del que era capaz en su mirada.

– No hay una razón exacta. Única. Grande, enorme que abarque tal decisión. Hay miles de razones, por ejemplo, los miles de minutos que has pasado con él en estos meses. Otra razón es el ascensor. Otra razón es que consiguió al final sentir que no iba a ser una carga para ti, ni que le ibas a quitar tu atención a Tomás por él, o porque a lo mejor él, aunque quisiera, no podía recuperarse físicamente del todo. Unos gramitos del peso de la decisión, lo puede tener Tomás, que estaba enfadado con Arturo. O eso pensaba él. No lograba conectar con Tomás, y veía por tus escritos que tú sí. Que habías conseguido que se acercara a Mundo maravilloso. Sentía que sufría estando con Germán… pero a la vez tú no te decidías a llevarlo contigo. Pensó que si él no estaba, tú lo cuidarías más.

– Y medio kilo de la decisión a lo mejor lo has tenido tú… hablando con él y a lo mejor inventándote una historia, que tú eres muy de inventar historias…

– Cuando saliste del ascensor, hablé con él. No, solo lo escuché, hay que precisar, tú no eres como los demás, tú percibes cosas que otros no. No hice nada más. Posiblemente lo hubiera hecho consigo mismo… en realidad consigo mismo habló, porque no es consciente de que estaba con él.

– A veces me da miedo… es tan… maduro… tan… extraordinario…

– Lo es. Ten en cuenta que ha tenido que tomar las riendas en muchos momentos. De hacerse mayor. Primero cuando murió su padre, al poco de nacer la pequeña. La depresión de su madre después del parto y de lo de su padre. Esa dificultad de Tomás para… hablar con tranquilidad, para descansar. Su madre que siguió con su trabajo, tampoco tenía muchas opciones, y siguió pasando largas temporadas fuera. Germán que era un perfecto inútil con los niños. Mientras tuvieron a Cris, la asistenta que tenían, todo fue más o menos. Pero ella se cansó de aguantar a Germán en las ausencias cada vez más largas de la madre, y un día se largó. Luego apareciste. Al principio eras solo “la pareja del tío”, o sea equiparado con él. Pero te los ganaste enseguida…

– O ellos me ganaron a mí.

– No, sabes que no. Arturo puso todas las barreras posibles. Tú tuviste la habilidad de romperlas en un santiamén.

– Bueno. Y luego – añadió Ernesto – tuvo que cuidar de su tío postizo, el cual se perdía en sus ensoñaciones cada vez más, y fracasaba con sus nuevos libros, lo cual no ayudó a …

– … nada. Porque tu pareja solo te quería por eso, lo cual le distanció. Aunque en realidad seguía creyendo que lo conseguirías, tenía fe ciega en la opinión de su amiga Rosa.

– No entiendo como alguien puede querer a alguien, perdón, lo expreso mejor, puede estar con alguien solo porque sea un escritor famoso.

– Otros están con una mujer por sus piernas, porque son rubias, o con hombres porque tienen pelo en el pecho, o el miembro de un tamaño determinado. Unos solo buscan dinero en sus parejas, seguridad. Otros buscan hijos, otros compañía, otros… un orden en sus vidas. O incluso, tener un estatus en sus empresas que no adquieren si no están casados. Germán le gustaba que fueras escritor, presumir de estar con alguien… así.

– Pero pasar por cornudo…

– Más merito de cara a los demás. Tú corriste esa bola… cuando ni siquiera con el chapero… solo lo viste pasear desnudo por “su” casa. Y mira que él … es que te quiere con locura. Aunque te imaginaras acostándote con él y así se lo contaste incluso a Arturo.

– Pero ahora…

– Anda, anda, me vas a decir que no vas a ser capaz de querer a alguien por cuidar de tus hijos.

– “Mis hijos” – lo dijo saboreando las letras, cada una de ellas – mis hijos… mis hijos…

– Y cuidarás de Sergio y de su abuela, y de Kevin y de Darío, y de Teresa, y de Roberto, tu vigilante, y de todo Mundo maravilloso, aunque su vida cotidiana esté en el fin del mundo. Y lo harás sin darle importancia como lo has hecho hasta ahora. Lo harás en este mundo y en el imaginario.

La ángela cogió de las manos a Ernesto. Se separó un poco de él y sonrió.

– Debo irme.

– No, no puedes dejarme.

– Tengo derecho a mis vacaciones. Dos décadas tengo acumuladas y Gabriel y yo vamos a hacer un viaje.

– La gente hablará en el cielo.

– Qué les den. El cabrón de Miguel que no sabe reconocer cuando pierde.

– Es muy guapo.

– Pues le incluyes en tus historias como candidato a pillarte de él. Pero no te lo aconsejo… no le van mucho los tíos.

– Usaré su cuerpo y su rostro.

– ¡Allá tú! Pero te recuerdo que no tienes nada que hacer con él, confórmate con tu chapero-ascensorista. – sonreía de nuevo y lo observaba sin soltarle las manos.

– Ya veremos que sale de todo eso.

– Hagas lo que hagas estará bien.

– Germán…

– Te dará guerra un tiempo. Pero solo porque está rabioso por dejarse llevar por ese chico ¿como se llama?

– Tampoco me acuerdo yo ahora, lo siento.

– Arturo fue un cabrón esa tarde. Si no llega a ser por él que lo chantajeó… Germán no te hubiera dejado. Ni con la historia que urdiste con el chapero.

– Y la Jénifer esa me lo va a quitar.

Irene se rió con ganas.

– Vas a resultar un padre de lo más carca en ese aspecto… – y volvió a reírse al ver el gesto de Ernesto. – Es ley de vida. Si no es Jénifer, será otra. Todavía tiene que descubrir los mensajes que le has incluido en alguno de los relatos de Navidad.

– Espero que no lo descubra tarde, y que no sufra demasiado. – sonrió con tristeza –

– Podías habérselo dicho.

– ¿Crees que alguien escucha cuando le dices que su enamorada es una trampa… y que se la está dando con queso… y… ?

– Vale, vale, me rindo.

Irene cogió las manos de Ernesto y las apretaba mientras le sonreía.

– No te vayas.

– Debo hacerlo. Ya he estado mucho tiempo contigo. Dale recuerdos a Arturo.

– O sea que hablaste con Arturo.

Irene se mordió el labio pillada en falta. Aunque se recuperó rápidamente y puso su mejor sonrisa.

– Pero solo un poquito.

– ¿Ves? Si no hubiera sido por ti, Arturo no…

– Corta el rollo y no te des la vuelta enfurruñado. Lo has salvado, te pongas como te pongas. Lo has agarrado durante meses y has evitado que cayera en el abismo al que él mismo se veía abocado. No pienso repetir la misma conversación anterior.

Irene se acercó a Ernesto y le dio un suave beso en los labios. Sonrió de nuevo. Levantó la mano derecha e hizo unos giros en el aire, con el dedo apuntando al cielo.

– Lo vas a hacer muy bien.

Y ya solo quedó de ella unas pocas chispitas azuladas, color del que se le había puesto el pelo justo antes de partir.

Ernesto cerró los ojos echándola de menos casi inmediatamente. De pronto se acordó.

– Se me ha olvidado preguntarte como acabo la historia.

Pero solo vio como respuesta a la última chispita que desaparecía mientras subía.

I Semana de la música: Dídac nos habla de la guitarra.

Debo confesar que cuando escucho una guitarra, muchas veces la asocio con el agua de una lluvia de tormenta al impactar en la tierra, me pasa eso de asociar determinadas cuerdas con el agua. Os confesaré que con el Arpa me ocurren sentimientos similares, aunque aquí es como si esas gotas caen sobre más agua.

La Guitarra es esa caja de resonancia maravillosa que te muestra lo más profundo de un quejido y de igual manera se eleva a lo más altivo de una carcajada, la guitarra es pasión, alegría, es bulería y adagio, es jota y folk, posiblemente es uno de esos cofres donde mejor se guardan esos tesoros distintos que acaban siendo las partituras. Su universo es tan grande que puedes ir de galaxias como Carlos Santana y su versión más eléctrica hasta Granados con ese leve movimiento tan sensual de una mueca frente a una fachada encalada y resplandeciente por el sol.

Cuando oyes a los franceses, dicen aquello de que el amor y sus lenguajes tienen como banda sonora esa acordeón del París de cabaret y noche de luz. Andan muy equivocados, el amor tiene más sonido de guitarra en la luz y también en la oscuridad es zambra y es un recuerdo de la Alhambra, sin olvidar que el amor es también contemplar una puesta de sol escuchando a Paco de Lucía y sus aguas imposibles, que son maravilla para los oídos. Y como no, la guitarra es un jardín con colores tenues de invierno, con verdes de primavera y amarillos de verano, con hojas secas de otoños en un alma llamada Aranjuez.

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La verdad que Mattias Jacobsson es un gran guitarrista sueco, sensible, excelente persona y además enamorado de España y de su música, pone pasión y oficio cada vez que interpreta una pieza de guitarra española. Que mejor que el concierto de Aranjuez, una obra bellísima emocionante y con notas que son caricias para el espíritu. Joaquín Rodrigo era un compositor poeta que escribió el amor con notas musicales. La historia de la música tiene en él uno de sus mejores ángeles y una persona cuyo tesón es digno de admiración.

Muy probablemente la guitarra sea la esencia mediterránea más variopinta. La guitarra, como decía Rubén Darío, hace pintar miradas. Nuestro oído se acomoda con la música y muchas veces encasilla un instrumento en un determinado estilo musical. A muchas personas les pasa eso con la guitarra, que la asocian al flamenco y sin duda hay sonidos del flamenco que son auténticas obras de arte, pero también mucho antes de la zambra y la solea, hubo guitarra en lo sublime como la de el concierto de Antonio Vivaldi. Concierto para guitarra y cuerdas en Re mayor que interpreta John Williams otro maestro de la guitarra, y en un escenario como los Reales Alcázares de Sevilla

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Muy probablemente cuando estéis leyendo, os asaltará la mente un montón de piezas y diréis eso de: “Pues podía haber hablado de Asturias de Albéniz o de las danzas de Turina o de Falla o de las fusiones de Quetama o lo que para la generación de mi padre supuso Triana”. Pues de eso se trata de que cada cual incorporé una pieza que le guste, la busque y la escuche y ponga en marcha esa sencilla maquinaria de sonreír.

Eso es lo que yo hago con Antón García Abril. Me pasa porque es una excelente persona, un músico genial. Me pasa porque es paisano mío, lo cual me enorgullece. Me pasa porque además ejerce de aragonés y si ya me quedé embobado cuando escuché por primera vez piezas de tanto talento como El hombre y la Tierra o como Divinas Palabras, que voy a decir del concierto mudéjar, que tuve la suerte de escuchar en la Catedral de Teruel bajo su dirección; pues emocionarme y enorgullecerme y disfrutar de este universo de cuerdas conde violines, cellos y violas enamoran y se dejan enamorar por la guitarra.

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Una de las ventajas que tiene la guitarra es que te permite saltar de una pieza que te lleva al misticismo envolvente a una noche de media luz, ambiente propicio y sonido mágico de jazz, y en ese aspecto a mí me emociona mucho Charlie Byrd. Como dirían en una peli de vaqueros de esas que no me han gustado nunca porque yo siempre iba con los indios: Al “buen Charlie” me lo presentó mi padre cuando yo todavía llevaba pantalones cortos e iba al colegio de la mano de alguien, y desde entonces el buen Charlie y yo hemos compartido muchas noches de apuntes y de algún que otro tabaco de ese que te lías a las doce de la noche. Este genial guitarrista norteamericano nos dejó en 1999 pero siempre nos queda esa marea de acordes y trastes sonoros con la fusión del Jazz más canalla que es el que me gusta a mi.

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Y tendré que terminar más que nada porque tatojimmy va a pensar que capitalizo su espacio y nada más lejos de mi intención. Quiero hacerlo como no, con Francisco Tárrega, nuestro gran compositor de Guitarra, ese desconocido para muchos y admirado para los que consideramos que la música es algo que se forja en el alma y que cuando sale y entra de nuevo en ella te hace mejor.

Francisco Tárrega nació en Villareal de los Infantes, actual provincia de Castellón y fue sobre todo un estudioso de la música. Tuvo una maravillosa amistad con compositores como Granados, Albéniz, Chapí o Debussy y nos envolvió en maravillosos sueños de la Alhambra y en Danzas moras exquisitas. Claro que para muchos modernos y Chonys de centro comercial Tárrega que no saben quién es, pone una nota de color en su vida aunque sea a través del móvil, bueno yo prefiero está versión del Gran Vals que la de Nokia.

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Por último me vais a permitir que me acuerde de una persona especial que aprendió a tocar la guitarra de oído y que aunque tiene tres hijos músicos, ninguno toca tan bien el “Romance Anónimo”.