Justin tuvo suerte. y Epílogo 2.

 – Todo fue una locura. Estaban muy nerviosos, ya te digo. Nos fuimos todos al campo, a una finca en medio de la nada. Ya no formamos familias nuevas ni nada de eso. Pero el marcaje al que nos sometían a los “chicos malos” era mucho mayor. Más castigos, llenos de rabia e impotencia. Más inspecciones corporales en busca de quebrantamientos de las normas. Teníamos prohibido cualquier roce con nadie y cualquier tocamiento propio, como lo llamaban. A un chico lo pillaron, ya sabes – hizo un gesto característico con la mano – y lo llevaron al campo y lo abandonaron en medio del bosque. “Para fortalecer su espíritu definitivamente”, decían los sabios llenos de rabia. No sé lo que le pasó, la verdad. Esa noche hizo mucho frío y no llevaba mucha ropa puesta. Y no era muy espabilado. No lo volví a ver.

Yo no pensaba en masturbarme ni en hacer cosas con ningún chico o chica. Yo solo soñaba contigo. Con jugar al tenis y con saber qué libro me ibas a decir de leer la próxima vez. Sabes, tuve suerte y encontré en la casa, en el desván, libros. Entre ellos, “Los tres mosqueteros”. No me llevé el que me diste, lo dejé en una de las montañas de libros que tenías en el cuarto de estar. O en el salón, no me acuerdo. Si me lo hubiera llevado, la lección hubiera sido de campeonato. Teníamos prohibido leer. Super prohibidísimo. Eran 30 azotes como mínimo, además de la ración acostumbrada. Pero allí, en esa casa, leí “Los tres mosqueteros”. Como me gustó. Esa camaradería entre ellos cuatro. Ese “Todos para uno, y uno para todos”. Como me hubiera gustado sentirme así alguna vez… no, miento, porque me sentí así de bien cuando me llevaste la primera vez a un partido. Y luego cuando me recogiste. Y luego, cuando al volver, en el coche, bromeaste cuando me pillaste dormido. Pero sabes, yo no duermo del todo. Siempre estoy vigilante. Siempre escuchando por dónde iban mis padres y si me tocaría esa noche mi lección de fortaleza, como alguno la llamaba. “Hoy veinte golpes con la zapatilla en el estómago”. “Recuerda que debes permanecer vestido delante de todos. Nadie puede ver tu cuerpo ni las marcas de tus pecados, nos avergonzarías a todos”. Y mis compañeros del equipo llamándome guarro por no ducharme. Y en los colegios que estuve, lo mismo. ¿Sabes lo que es eso? Da igual, eso era uno de los menores de mis problemas.

Miraba suplicando a Peter. Éste no sabía como interpretarlo. No sabía que hacer. Nunca supo si fueron imaginaciones suyas o lo vio de verdad, pero Edu, desde la barra, le hizo un gesto imperioso para que se acercara al chico y le cogiera de la mano. Y no lo dudó: se cambió de silla y lo abrazó contra él. Fue a darle un beso en la coronilla, pero se acordó de sus sobrinos y de lo que odiaban esos besos. Así que suavemente levantó la cara de Justin y lo besó en la frente.

– Ya pasó todo, Jus. Estás conmigo. Todo irá bien.

– Joder, hubiera dado mi vida por oír eso aquellos días. Joder, te lo juro, lo soñaba. No estábamos aquí, estábamos en el vestuario, después de un partido. Y todo había salido mal, y se me había roto la ropa y la peña me había visto el cuerpo. Todo lleno de marcas y heridas. Y de mi vergüenza por ser un mal chico. Todos me miraban y me insultaban. “Eres un chico malo”. “Eres Satanás, el diablo”. “Lo lleva escrito en la piel, miradlo”. “Blandito, blandito, marica”. Y me escupían y me llamaban guarro. Y me tiraban cáscaras de naranjas y de plátanos.

Todo el mundo decía que era malo. Salvo mi abuela. Era la única que me dijo que era buena gente. “Cosas de abuelas”, me dijeron con desprecio, una vez que lo oyeron mis padres de entonces. Pues yo soñaba con que entrabas en los vestuarios y desnudo, mojado y sucio, te daba igual, tú vestido de traje, con corbata y todo, elegante, limpio, oliendo a perfume y te acercabas a mí y me abrazabas, así como lo has hecho ahora. Y te lo juro, me decías: “Todo va a ir bien”. No me atreví a soñar que me dabas un beso. Pero es guay.

Y esa noche, la de mi cumpleaños que nadie recordó, me decidí. quería celebrarlo contigo. Quería que me dijeras que todo iba a salir bien. Que … joder, pero pensé que no ibas a querer nada de mí, que no ibas a cargar con un chico lleno de problemas y que era malo, porque todos decían que era malo. Joder. Es que no vi besarse a nadie en todos los años de mi vida. En la Asociación. Nadie. Y si íbamos por la calle y veían a una pareja besarse, enseguida nos hacían apartar la mirada y decían que esos se condenarían al infierno. Y no te quiero decir lo que pasó una vez que vimos a dos chicos besarse en la boca. Al llegar a casa, me dieron una dura lección. En todo el cuerpo. Como decían que yo era de esos…

– No hace falta que sigas, Justin – el relato estaba angustiando a Peter de una forma que nunca había pensado que lo haría.

– Quiero seguir, Peter. Tienes que saber. Me has salvado la vida, me has querido como nadie. Te quiero, joder. Y quiero que me escuches. Quiero que sepas… lo necesito – suplicaba con la voz y con la mirada.

– Vale, está bien. Te escucho lo que quieras.

Lo apretó contra su cuerpo y le acarició suavemente el hombro. Estuvieron así un rato. El local estaba lleno pero curiosamente, las dos mesas más cercanas a ellos estaban libres. Peter se dio cuenta de que Diego el encargado, había puesto unos cartelitos de reservado. Sin pedirlo, también les acercó otro par de cervezas y les retiró las que tenían mediadas y que estaban ya calientes.

– Una noche me decidí y huí. Me daba igual lo que me pasara. Me daba igual que me rechazaras. No aguantaba más. Si no te hubiera conocido… si no me hubieras tratado bien, pero después de conocer eso… no podía olvidarlo. Necesitaba. Te necesitaba. Salí por la noche y me fui campo a través. Pensé que tendría unas horas antes de que me descubrieran, pero lo hicieron enseguida. Debían tener sensores o cámaras o alguno se chivó. Alguno de los otros chicos me tenían manía. No sé por qué, porque no era nada especial. A lo mejor porque parecían “enseñarme con especial dedicación”. O porque los sabios hablaban a menudo de mí y de ti. Una vez incluso dijeron algo de darte un escarmiento. Pero parece que la idea no prosperó.

Peter sintió un escalofrío al comprobar que las especulaciones de Javier el policía eran ciertas. “Valoraron el darte una paliza”, le dijo un día en comisaría.

– El caso es que enseguida supe que me seguían. Con perros y todo. ¡Que fuerte! Como si fuera una cacería. Pero tuve suerte: llegué a una carretera y logré subirme a un camión que estaba aparcado. El conductor estaba haciendo sus cosas al lado de un árbol. Así que no tardó en ponerse en marcha. Y así logré llegar aquí.

Pero joder, no me esperaba que al lado de tu casa, estarían esperándome. Los vi de casualidad. Iba preocupado porque ahora sí que iba sucio y olía mal. Me aterraba encontrarme contigo y en ese estado. “Así si que no me querrá en la vida”. “Con problemas, cobarde y sucio”. “Y un mal chico, todos lo decían”. Los vi y me vieron. Empecé a correr y escondiéndome en los centros comerciales. Y corría por la calle y parecía que los despistaba, pero al cabo de un rato, los volvía a encontrar. Eran un montón. No parecían dispuestos a dejarme liberarme. Ya no tenían contactos en la policía porque Javier los había descubierto a todos. Incluso a algún juez que era de las ideas de ellos. No podían arriesgarse. Llegué a casa de nuevo, a tu casa, pensando que había pasado lo peor. Pero no, ahí estaban de nuevo. Pero pasó algo: la policía salió de todas partes y fue una locura. Fue algo increíble. Pero me entró miedo de que me detuvieran. Yo quería llegar a ti y tú sabrías que hacer. no… no podía dejar que me detuvieran, porque era un chico malo. Y la policía estaba para detener a los chicos malos. Asi que volví a correr. Ya no podía hacerlo con fuerza, estaba agotado. Y sabes, de repente apareció un coche de la nada. Si hubiera estado descansado, lo hubiera esquivado. El cuerpo no me respondía como yo quería, y lo vi acercarse a toda velocidad. Miré al conductor, te lo juro, y era uno que fue mi padre cuando tenía 12 o 13. Ese parecía odiarme especialmente. Se lo vi en la cara cuando me atropelló. Salté por los aires. Javier dice que di un salto, pequeño, pero suficiente para que el coche no impactara de forma que me hubiera matado irremediablemente. A lo mejor tuve suerte o a lo mejor el destino, o a lo mejor hay un Dios que decidió salvarme.

– Ya está, ya está, Justin. Ya está. Cumpliste tu misión. Estás conmigo, con Nuño, con Rodri, con todos nosotros. No te va a pasar nada malo. A partir de ahora todo serán cosas buenas.

– Ayer vi a uno de ellos. Nos siguió cuando fuimos a la tienda de Rodri y Nuño.

Lo dijo en un susurro.

Peter suspiró resignado. Era lo que quería evitar. Era a lo que tenía tanto miedo. A las peleas, al peligro. Una de las cosas a las que tenía pavor y por lo que dudó con Justin. Pero ahora era distinto. Entonces Justin no dejaba de ser un chico cualquiera, un vecino con problemas. Ahora era parte de él. Lo quería. Y no dudaría en enfrentarse a cualquier peligro por él. Hacía unos meses, hubiera metido la cabeza debajo de la almohada y hubiera dejado que pasara el tiempo, a ver si escampaba.

Ahora, tras un aviso muy serio que le dio hacía unas semanas el comisario de la criminal, era el primero que estaba alerta. Llevaba una especie de botón del pánico. Antes que lo viera Justin, lo había detectado él mismo. Y pulsó el botón inmediatamente. El hombre que vio en el coche, era uno de los que salían en las fotos que le habían enseñado en comisaría tantas veces.

– Ya está solucionado, Justin. Yo lo vi también y llamé a la policía.

– No me dijiste nada.

– No… no quiero que te preocupes, que vivas con miedo. Ya has peleado por tanto… deja que nos preocupemos un poco por ti.

– Pero no quiero que te pase nada… no quiero ser una carga.

– Y nada me va a pasar. Salvo que ganaré el campeonato de tenis que vamos a organizar tú y yo.

Justin arrugó el entrecejo.

– No te pongas en plan digno, que no te pega.

– No soy un niño – se quejó un poco enfadado.

– Claro que sí, eres mi niño. Y vamos a jugar un campeonato de tenis.

– Peter, no me trates…

El aludido cogió su cara con las manos y le plantó un nuevo beso en la frente.

– Vamos a jugar un campeonato de tenis: tú y yo.

Justin ya no se atrevió a decir nada. Pero su cara era una mezcla de enfado y aturdimiento. De alegría y sorpresa.

– Jugaremos los sábados y domingos durante un mes. Y quien gane de esa ronda de 8 partidos, decidirá el lugar de vacaciones de la familia.

– ¿Vamos a ir de vacaciones?

– Pobres, pero sí. No pidas ir a Punta Cana.

– Nunca he ido de vacaciones.

– Es una de las cosas buenas que te van a pasar a partir de ahora.

– Vale. Acepto el campeonato. Pero si gano yo, dejas de fumar del todo.

– Ya lo he dejado – Peter era ahora el que se había puesto digno.

– El otro día te pillé fumado en la calle. Ibas con Carmen.

– Fue un pitillo. Pero te juro…

– Del todo.

– Vale. Del todo. Hasta entonces, fumaré un cigarrillo de vez en cuando.

– Mejor para mí, así te ganaré con más facilidad.

– Soy bueno al tenis.

– Estás gordo.

– He adelgazado.

– 5 gramos.

– ¡¡4 kilos!!

Justin elevó la mirada al cielo pidiendo clemencia para el mentiroso. “Si es bueno en el fondo”.

– Si me da igual ir a cualquier sitio de vacaciones. Para mi, sabes, ya estoy de vacaciones. Tú eres mis vacaciones.

Esta vez fueron los ojos de Peter los que se llenaron de lágrimas. Y su ánimo el que se llenó de compunción y emoción.

– Vamos a acercar estas mesas. Menos mal que las he reservado – Eduardo se había acercado a ellos. – Mirad a quienes he encontrado por casualidad que venían a tomar una merendola de las nuestras.

– Hola, hola – Rodrigo, Nuño, Julián y Pere venían detrás del dueño del “Tómate otra”.

– Le hemos dicho a Edu que se una a la fiesta familiar – explicó Rodrigo a su tío.

– Y no me puedo negar. Diego se va a sentar también, que ya le toca salir de trabajar.

– Aquí estoy.

– Que guapo te has puesto.

– Voy a ver si luego Eduardo me lleva por ahí a bailar.

– No me gusta bailar.

– Pues a tomar una copa.

– ¿Vamos a tomar una copa?

– Claro. Y espero que Peter y Justin nos acompañen.

– Yo quiero ir también – dijo Julián con voz de “por favor, por favor”.

– Cuando te recuperes del todo – le prometió Nuño.

– Jo.

– Y yo – se apuntó Pere.

– Tú si que tienes que crecer un poco más. Si eres un renacuajo.

– Oye, que tengo ya trece años.

– Vale, vale. Pero hasta los 16, nada de nada.

Fueron llegando viandas y bebidas. Las lágrimas de Peter se secaron y la congoja de Justin fue desapareciendo por completo. Llegado un momento, Justin se apoyó en el pecho de Peter y cerró los ojos. Todos se dieron cuenta, pero no dijeron nada, siguieron con la reunión como si nada. En un momento, Peter se agachó y susurró al oído de Justin:

– No me escuchas, te has quedado dormido.

Pero Justin no respondió. Ni siquiera movió un músculo. Efectivamente, se había quedado dormido. A lo mejor, era la primera vez que dormía de verdad en su vida.

Peter sonrió triunfante. Sus sobrinos comprendieron y también se animaron. Julián lo entendió, pero aunque se alegró, tuvo envidia: “¿Cuándo me pasará a mí?”.

Había un grupo de personas hoy, en el “Tómate otra, Sam”, que estaban felices y contentas. Estaban sentados en las mesas del fondo. Algunos de ellos lo habían pasado mal. Eduardo perdió a su marido asesinado delante de él. Diego y él perdieron también a un buen amigo. Justin, Julián y Pere, perdieron su dignidad, la alegría de ser niños. Se perdieron las caricias y el cariño. Se perdieron a la gente cariñosa que les tocaba por ley.

Pero ahora, parece que es uno de esos momentos que todo lo malo pasa a segundo plano y la alegría toma su lugar. Sin esos momentos felices, no podríamos seguir soportando la dureza con la que a veces, nos golpea la vida.

Justin tuvo suerte. Epílogo 1.

 – Es difícil de explicar, Peter.

Estaban sentados en una mesa apartada en el “Tómate otra”. Era la mesa de las confidencias, como la llamaba Eduardo, el dueño de la cafetería.

– Lo decían mis padres. Lo decían los amigos de mis padres. Todos los adultos de la Asociación eran mis padres. Así estaba establecido. Todos lo decían. Los sabios de la comunidad. Todos los chicos lo aceptábamos. Era lo normal. Había que endurecer el espíritu y el cuerpo.

Peter bebió un sorbo de su cerveza. No se atrevía a mirar directamente a Justin. Éste lo conocía lo suficiente para interpretar sus miradas, sus gestos. Y no quería por nada del mundo que algo que pudiera traslucir sus ojos, pudiera detener el surtidor de sentimientos que parecía dispuesto a poner en funcionamiento. Pere tenía la culpa, el último chico que había aparecido en casa de la mano de Juan.

– Ese chico es de la misma Asociación que yo. Bueno, que era yo. O mis padres. En realidad no eran mis padres. No se quienes eran. A todos nos criaban en común. Íbamos cambiando de padres. ¿Sabes? ¿Lo entiendes?

Peter se quedó parado en la calle. Iban a hacer la compra al supermercado. Surgió así, de repente. Justin lo soltó sin previo aviso, sin que nada de lo que iban comentando despreocupadamente diera pie a ello.

– Justin no es mi nombre siquiera.

– Ya lo sé, Jus. Ya lo sé. Pero me acostumbré a él. ¿Quieres que te llame Saúl?

– No, no. No. Justin está bien. Me gustaría cambiarme el nombre. Como Justin te encontré a ti. – estaban parados en la calle, Justin estaba concentrado en lo que quería expresar; Peter lo miraba esperando. – Mi abuela… sabes, no debía ser mi abuela tampoco. O sí, no lo sé. Era la única con la que me dejaban estar que… que no era de la Asociación.

Peter quiso decirle que según Javier, el policía, tampoco era nada de él. Nada carnal. Pero se calló. Quizás era mejor que siguiera pensando que algo en su vida había sido real. El cariño debió ser real.

– El nombre de Justin no le gustaba nada a ella. Pero tuvo que tragar. Me llamaba Jus, con “j” castellana. “Me gusta Justino”, me decía. A mí no me gustaba nada, pero si a ella le gustaba, pues me amoldaría. Antes de Justin fui Luis. Y antes Patricio. Y antes Borja. Y después de salir corriendo cuando te fuiste de viaje, Ricardo.

Seguían parados en medio de la acera. Peter levantó la vista y vio el “Tómate otra”. Sin pensarlo lo cogió del brazo y lo guió suavemente hacia allí. Le pidió su cerveza con limón y él se pidió su “cerveza bien fría, por favor”.

– La razón del cambio de padres era para que no se ablandaran. Debían cumplir su cometido a rajatabla. Yo era un chico dudoso, así que debían redoblar mis castigos para que mejorara mi forma de ser. Era muy “blandito”, según ellos. Una vez le oí a Rosa, una que fue mi madre durante un año, que “ese chico es marica, te lo digo yo; debemos ser duros con él para que se corrija”. Yo no sabía lo que era marica. Yo solo sabía que, al menos tres días a la semana, me debía desnudar por completo y uno de ellos, me daba con fustas o con látigos. O con la mano. Me revisaban el cuerpo con minuciosidad. Cada cierto tiempo, esa revisión la hacían en la asociación. Todos los chicos estábamos desnudos en el centro de la sala de reuniones e íbamos pasando para que el consejo de sabios nos revisara. Alguna vez a alguno de mis compañeros los metían en una sala y al cabo de un tiempo, empezaban a oírse gritos ahogados. Eran unos gritos distintos a los de los castigos… alguna vez pensé que eran de placer, pero lo descarté. Prefiero no pensar lo que pasaba allí. Esos chicos nunca hablaban de ello. Y teníamos prohibido hablar con ellos. Esos pasaban a tener otro estatus dentro de la Asociación.

– En realidad, sabes, no podíamos hablar con nadie. Teníamos que centrarnos en la Asociación y en la familia. Y ahí de hablar, poco o nada, tampoco. De todas formas, no teníamos nada que decirnos. No sabías en quien podías confiar. No sabes lo que es capaz la gente por librarse de una tanda de “aprendizaje y endurecimiento del espíritu”.

Justin se calló un momento, bebió un gran trago de su cerveza y perdió su mirada en la nada. Sus ojos estaban empañados. Peter que había hecho propósito de no preguntar, no pudo evitarlo.

– ¿Y por qué te acercaste a mí? Eso te dio problemas, estoy seguro. Conmigo hablabas.

– Es cierto. Los castigos se redoblaron. Creían que nos acostábamos. Aunque por mucho que me miraron el culo, la boca y el pene, no encontraron nada sospechoso.

– ¿Acostarnos? ¿Solo se les ocurrió esa posibilidad? ¿Y si me hubieras contado todo?

– Era tan difícil que alguno hubiéramos hablado… lo teníamos tan inculcado… lo que pasaba en la Asociación era de la Asociación. Y siempre se procuraban espías, chicos que no conocíamos y que hacían de chivatos, como ese chico que te habló cuando volviste del viaje.

– Luego pensando me di cuenta de que algunas cosas que me contó no tenían mucha lógica ni cuadraban con otras que sabía por Hugo, el entrenador. -explicó Peter. – Pero qué iba a imaginar yo todo esto. Ahora sé por qué.

– El caso es que el día que fuimos a cenar, dio la casualidad de que una pareja de la Asociación estaba allí. No los vi, si no te hubiera dicho de irnos. Pero lo importante era que la policía estaba fuera, vigilando y sacando fotos. Y alguien les alertó. Cuando llegué a casa, vi en el buzón un sobre rojo. Esa era la señal de alarma inmediata. Por eso te dejé a todo correr y subí a casa corriendo. Recuerdas que te quedaste tan bloqueado por mi forma de comportarme que te fuiste a dar una vuelta para hacer tiempo. Te vi llegar cuando nos íbamos en el coche. Estuve a punto de saltar del coche en marcha, pero… no me atreví. Verte entrar en el portal preocupado, y saber que nunca te volvería a ver… me aterraba. Eras la primera persona que me había ayudado, que me había dado su cariño porque sí. Sin nada a cambio. Sin que fuera por obligación. ¿Sabes desde cuando no me tocaba nadie? ¿Sabes esa vez que me apoyé en tu hombro, el día que fuimos todos a comer pizza? Solo ese gesto de apoyarme en tu hombro… fue algo maravilloso para mí. Estuve casi toda la semana pensando en cómo hacerlo. Había soñado con ello. Lo necesitaba. Necesitaba sentir el tacto de alguien, apoyarme en alguien, que alguien me rozara con un dedo, siquiera con un dedo, con el meñique, algo casi imperceptible. Y estuve planeando casi dos meses darte un beso en la mejilla. Te conocía lo suficiente para saber que eso te haría ponerte en guardia. El día que me viste las marcas en la espalda… te habías puesto nervioso porque me expresé mal y entendiste que quería decir que pensaba que querías acostarte conmigo. Me maldije en la ducha por mi incompetencia. Era tan difícil decir cosas sin que pareciera que las dijera. Tenía solo 16 años. Joder. Por eso al final te dejé ver mi espalda. Cuando salí del baño, no estaba seguro de haberlo conseguido. Pero al verte como te agarrabas a la librería, supe que lo habías visto. Y el verte como te dolía, te lo juro, me hizo sentirme bien. “Joder, a alguien le importo”, me dije.

La emoción se le desbordó unos segundos y tuvo que detener su relato.

– ¿Sabes lo bien que sienta eso? ¿Sabes el subidón que me dio?

Volvió a callarse.

– ¿Me das un pañuelo de papel para sonarme los mocos?

Peter se apresuró a sacar del bolsillo un paquete de pañuelos y los dejó encima de la mesa.

– Hubo otro día que me rozaste sin querer la mano. No te diste cuenta. Para ti era un gesto de tantos. Para mí fue algo extraordinario. Fue en el coche. Ibas a cambiar de marcha y yo a cambiar de canción. Joder, Peter, me diste la vida. Para ti no fue nada. Has querido a tus sobrinos, les has besado y tenías sus súper—abrazos. Dan vida esos abrazos. Lo que hubiera dado yo por uno de esos. Por uno tosco, como el que te di el día de la cena, en el portal.

Y nos fuimos. Y tuvimos que escondernos porque la policía debió descubrir a los topos de la asociación. El Javier ese es bueno. Cuando le pasaron el caso, unas semanas antes del accidente, todo el mundo se puso muy nervioso. Pero es que alguien metió la pata y se le fue la mano. Me lo contó Javi. Por cierto, conocí el otro día a Ghillermo, su marido. Es un chico estupendo. Las ha pasado putas también. Me contó algo y tal. Es un buen tío. ¿Los podemos invitar algún día a casa?

– Puedes invitar a quien quieras – Peter alargó la mano y se la puso en la mejilla. – Es tu casa.

Justin volvió a emocionarse. Retuvo la mano de Peter en su mejilla, apretando la cabeza contra el hombro.

Justin se secó los ojos con un pañuelo de tela que sacó del bolsillo de sus vaqueros. Peter aprovechó para hacer algo parecido, pero disimulando como si tuviera calor y estuviera secándose el sudor de la frente. Bebieron los dos y aprovecharon para pedir a Diego que les trajera otras cañas. Entró por la puerta en ese momento Edu, el dueño. Saludó a unos y a otros. Dio un beso en la mejilla a Diego y otro a Nuño, el otro camarero. Iba hacia la mesa de Peter y Justin, que era la mesa que solía utilizar, cuando se dio cuenta de que estaban ellos y reculó. Peter le hizo una seña para que se acercara.

– Me habéis quitado la mesa – les dijo en tono de broma.

– Oye, que nos cambiamos – le ofreció Peter con una sonrisa.

– No seas bobo, hombre. ¿No me presentas?

– Perdona. Edu, este es Justin.

– El famoso Justin. Pet me ha hablado mucho de ti. ¿Puedo darte un beso?

Justin no acertó a contestar, pero Eduardo se tomó la libertad de acercarse y darle un suave beso en la mejilla. Pet lo miraba sonriendo. “Edu tiene algo, como pilla todo sin que necesite que se lo expliquen”.

– Os dejo que habléis. Si os apetece, veníos todos el viernes por la noche, que hacemos una cena de amigos. Eso sí, me avisas.

– ¿Te apetece? – consultó Peter a Justin.

– Guay – contestó Justin un poco descolocado. “Si a Peter le apetece, guay”.

Edu se dio cuenta de que sobraba y se fue sin añadir nada más. Nuño acercó las bebidas que habían pedido a Diego y se alejó también. Se quedaron los dos en silencio. Peter esperando. Justin decidiendo si seguir o dejarlo.

Justin tuvo suerte. 9ª parte.

 Aún lo dudó en el hall. Aún estuvo a punto de irse. Rodrigo fue a hablar, pero Nuño le hizo un gesto para que se apartaran los dos unos pasos y le dejaran. No hablaron nada, solo se miraron y fue suficiente. “Subirá, déjale tiempo. Va a cambiar su vida. Va a tener a alguien que va a depender de él al 100.”

– Va a ser complicada la recuperación – les dijo Juan que acababa de salir del ascensor para acompañarlos. – Peter va a tener que quererlo mucho. No sé si será capaz o se hundirá con el chico.

– Juan, no conoces a Peter. Si ha podido con nosotros, que somos dos y muy movidos, podrá con Justin. Y más porque vamos a estar con él.

– Vosotros tenéis vuestra vida. A los cuatro días os iréis separando.

Los hermanos se callaron. Era una perdida de tiempo intentar convencer a Juan de que estaba equivocado. No les gustó esa forma de juzgar del médico sin conocerlos apenas. Lo que más les dolió es que no conociera a su supuesto amigo.

– Hola. Perdona por lo de antes. – Peter se había acercado por fin a ellos.

– Nada. No te preocupes. Te veo mucho mejor.

– Sí, lo estoy. Gracias. Vamos a ver a Justin, es tarde.

Si Peter tuvo muchas dudas de afrontar la responsabilidad de cuidar a un chico de 18 años que en el fondo, apenas conocía, cuando lo vio echado en la cama, lleno de cables y tubos, con los ojos abiertos perdidos en el techo, no pudo contenerse y entró decidido en la habitación. Se acercó a la cama y puso la mejor de su sonrisa en su cara.

Estaba viejo. Justin parecía un viejo. Cuando vio la foto pensó que sería por la luz o por la poca pericia del fotógrafo. Pero no. Justin aparentaba 35 años. Justin sintió que alguien había entrado y giró la cabeza hacia Peter. Intentó sonreír pero le dolía la cara. Intentó incorporarse, pero no tenía fuerzas. Quiso hablar, pero le temblaba todo. Lo miraba, miraba a Peter por entre las lágrimas que asomaban en sus ojos.

Lo había echado tanto de menos… la única persona que recordaba que se había portado bien con él, salvo su abuela. A su forma, o a lo que las circunstancias dejaban, lo había cuidado sin juzgarlo. Sin pedir nada a cambio. Respetándolo.

Junto a él se había sentido de alguna forma, seguro. Lástima que no pudiera quedarse con él más tiempo.

Al final acabó sonriendo un poco. Le dolía pero… era tanto el placer que sentía por ver a su antiguo vecino… que merecía la pena un poco más de dolor por darle la bienvenida a Pet.

Peter no dejaba de sonreír. Miraba al chico fijamente. Vio el intento de sonrisa y lo agradeció. Vio su dolor, y lo sintió como si le doliera a él. Vio sus lágrimas empañando su mirada, y se emocionó. Se sentó a un lado de la cama. Notó como el chico intentaba dejarle espacio, pero le puso la mano en el hombro para indicarle que no se moviera. Se dio cuenta de que si Justin no podía hablar, él sí podía hacerlo. Le hizo gracia su tontería de no hablar, como si no se pudiera.

Se inclinó y besó al joven en la frente.

– Todo va a ir bien, Justin. Si te parece bien te seguiré llamando así. Sé que no es tu primer nombre y que has tenido otros muchos. Pero para mí siempre has sido Justin. Y ya que he soñado con Justin durante más de año y tres meses, me costaría mucho ahora cambiar de nombre.

– Hola Jus. Este es mi hermano Rodrigo y yo soy Nuño. Los sobrinos de Peter. Que sepas que estamos contigo y que vamos a cuidar de ti. Los tres. Y llegó el turno de nuestro super abrazo. Seguro que mi tío no te ha hablado de él. Pero sabes, es vivificante.

Se acercaron a la cama uno por cada lado y se agacharon. Cada uno puso la cara en un lado del rostro de Justin. Y lo rodearon con sus brazos. No apretaron casi. Juan fue a protestar, pero vio a las enfermeras sonreír y no se atrevió. Javier el policía venía por el pasillo y también se le iluminó la cara. Recordaba el primer abrazo que dio al ahora su marido, Ghillermo, en aquel cumpleaños que fue a celebrar con él a la cárcel. Donde cumplía condena. Ese primer abrazo que le dio, un abrazo de hermano, que le levantó el ánimo de una forma que parecía imposible. Y los besos de felicitación. A ese abrazo lo siguieron muchos abrazos de hermano. Y más besos en la mejilla. Luego, esa hermandad se fue convirtiendo en algo más, hasta darse cuenta un día de que se necesitaban, que se amaban con toda sus fuerzas. Los besos pasaron a ser en la boca, en el pecho, en el cuello, en… Solo hacía tres semanas que se habían casado. Sin fiestas, sin nada. Solo unos amigos, ellos y el notario.

Javier llegaba con la intención de hacer preguntas. Pero se lo pensó mejor. Solo contempló la escena desde el pasillo y se sintió bien. Dudaba de que todo lo que le habían hecho a Justin en sus 18 años de vida, pudiera ser reparado, o al menos castigado. Y en caso de poder, dudaba de que no supusiera una nueva mortificación para el chico. Parecía haber encontrado una nueva familia… y una posibilidad de futuro. Ojalá se recuperara del todo. Sin secuelas importantes.

– Vamos, Juan, tomemos una caña. Tengo sed. – invitó el policía al médico, empujándolo dulcemente hacia el ascensor.

Peter se aposentó en la butaca de las visitas, dispuesto a pasar la noche. Las enfermeras le informaron de los pormenores del estado del chico y de los sueros y las medicinas que tenía puestos por vía.

– Mira, si ya parece que se ha quitado un par de años. Y solo ha sido un abrazo y un beso en la frente – exclamó Rodrigo echándole un último vistazo a Justin, antes de irse con su hermano.

– A las 8 estoy aquí – le recordó a su Tío.

Éste sonrió y pensó que serían las 8 y media o las nueve. La puntualidad de Rodrigo no era uno de sus puntos fuertes.

Cuando se quedó solo con Justin, sacó de su bandolera “Los tres mosqueteros”, el mismo libro que creía haberle dado a Justin pero que se encontró en un montón donde en ningún caso debería haber estado. Se lo enseñó a Justin quien sonrió con los ojos. Hizo un gesto como de que quería decir algo. Peter puso su oreja al lado de los labios del chico.

– Lo he leído.

– ¿Lo has leído? – dijo un sorprendido Peter. – Pues mejor, porque así empezamos con la continuación: “Veinte años después”.

Pensó que eso le jodería a Justin. Pero para su sorpresa, sus ojos parecían haberse iluminado con la propuesta. Peter se encogió de hombros y empezó a leer.

Cuando Justin se quedó dormido, tranquilo, Peter cerró a su vez los ojos. Se imaginó el futuro. Se imaginó la salida del hospital, con Nuño empujando la silla de ruedas de Justin y con Rodrigo esperando en el coche. Se imaginó que sus sobrinos alquilaban un piso en el mismo edificio y se mudaban.

Justin se recuperaría en casa con rapidez. Y poco a poco, esos años que se le habían  echado encima de repente, desaparecerían de nuevo. Volvería el color a su piel, y cuando pudiera caminar sin muletas, empezaría a hacer ejercicio poco a poco. Recuperaría su planta de deportista a la vez que la sonrisa. Y quizás pudiera volver a entrenar en un equipo de fútbol y jugar. Era bueno antes, podría volver a serlo. Y pudiera ser que encontrara a Hugo, su entrenador de entonces y lo quisiera para su equipo. Y vete tú a saber si era tan bueno que alguien le ofrecería jugar en un equipo profesional.

Peter lo seguiría a todos los partidos. Y a lo mejor sus sobrinos se animaban y también iban con ellos.

Prepararían una gran fiesta de cumpleaños. Su 19, o su primer cumpleaños, dependiendo de la cuenta que prefirieran llevar.

Y en el cuarto de Justin, montaría una librería, para que pudiera leer algo. Porque se aficionaría a la lectura, seguro.

Perdería la vergüenza de enseñar su cuerpo marcado. Al fin y al cabo, esas marcas le tenía que hacer más fuerte y sentirse orgulloso de haber aguantado.

Dos meses tardó en hacerse realidad estos sueños. Lo que no se imaginó Peter esa primera noche velando el sueño de Justin, es que éste se interesaría por aquel chico que estuvo observando aquella vez en el hospital. Las enfermeras lo comentaron un día y Justin pidió a Rodrigo al día siguiente, que lo acompañara a verlo.

Peter cuidaba de Justin, y éste empezó a cuidar de Julián, que así se llamaba el chico. Era algo visceral para Justin. Era una necesidad vital para él que ese joven se recuperara. Estaba solo, como él.

Peter dudó, pero al final, empujado por sus sobrinos, decidió incorporarlo a su incipiente familia.

– Vosotros veréis – les dijo muy serio a los tres – pero eso no lo puedo hacer solo. Todos estáis en el ajo. Rodrigo, Nuño. Lo digo muy en serio.

Y ellos, muy serios también, se implicaron en el proyecto, como empezaron a llamarlo. “Proyecto familia”.

No fue fácil. Julián tenía muchas pesadillas por las noches. Vivía aterrado continuamente. Justin también lo pasaba mal. Muchas noches no se dormía si no sentía la presencia de Peter. Éste le daba tranquilidad. Julián en cambio, rechazaba la compañía de todo el mundo en su habitación. No era algo consciente, pero ocurría si estaba entre el mundo de los sueños y el de la realidad.

Era complicado.

Ni Peter ni sus sobrinos preguntaron nunca nada. Algunas veces o Justin o Julián contaban algunas cosas. Los escuchaban consternados por la crudeza de los hechos. Los abrazaban si no podían aguantar y se echaban a llorar. Lloraban sin prisa. A veces, temblaban de miedo, solo pensando en lo que pasaron.

Era duro. A veces Peter tenía la necesidad de salir a la calle y perderse. No aguantaba esas situaciones. Se ponía en la piel de los chicos y a veces, tenía ataques de ansiedad solo de pensar en lo que sufrieron. En pensar en un por qué para tanta ignominia.

Y sí, Justin volvió a jugar al fútbol. Un día apareció Hugo, su antiguo entrenador y le ofreció incorporarse a su nuevo equipo. Y empezó a ayudar a los sobrinos de Peter en su negocio de alimentos gourmet. No volvió a estudiar, aunque Peter le insistía en ello. Pero había perdido el hábito, porque lo dejó justo cuando desapareció. No se sentía con fuerzas.

Julián volvió al colegio. Poco a poco fue haciendo amigos y un día incluso, volvió a reír.

Los padres de Justin se esfumaron. La secta a la que pertenecían parecía tener recursos. Los de Julián acabaron en la cárcel. Alguna vez intentaron un acercamiento a su hijo, le pidieron perdón y… se excusaron con cosas de drogas y stress, ya sabes. Julián nunca hizo amago de tener la más mínima intención de tener ningún contacto ni con ellos ni con el resto de su familia. Alguna vez apareció algún tío del chico. Una vez le abordó uno a la salida del colegio. Nuño se retrasó unos minutos en pasar a recogerlo. Julián estaba parado en la acera, con la cabeza gacha. Su tío le decía, su tía le decía, pero él no abría la boca. Ni siquiera los miraba. Nuño llegó a la carrera y abrazó a Julián y se lo llevó sin contemplaciones. Ellos intentaron, incluso le agarraron del brazo. Pero el mismo Nuño que era todo sonrisas, que abrazaba como nadie, que su rostro normalmente era el reflejo de la bonhomía y de la alegría, exhibió su casi metro noventa, su mirada profunda, seria y sin concesiones. No abrió la boca, pero dejó muy claro lo que esa familia, que no había sabido proteger a Julián, podía esperar del chico: asco e indiferencia.

No fue fácil, pero todo salió bien. Y los chicos recuperaron la alegría de vivir.

Comían siempre juntos. Y cenaban la mayor parte de los días. Hablaban de cosas, del partido de Justin, del tenis de Peter y el mismo Justin, de Julián que salía a correr con Rodrigo y con Nuño. “Son unos mataos”, se reía de ellos.

– Ya verás cuando nos pongamos en forma, que fuimos grandes jugadores de fútbol. ¿A qué sí Tío?

Y su tío se echaba a reír con ganas y Justin le seguía, que alguna vez había oído al entrenador algún comentario al respecto.

Y los hermanos se hacían los ofendidos, se levantaban de la mesa y se iban a comer al mostrador de la cocina.

– No respetáis nuestro fútbol. ¡Qué fuerte!

Un día, al cabo de unos meses, estaban los cinco comiendo juntos, como todos los días. Llamaron a la puerta. Era Juan. Con él venía un chico con el brazo escayolado, la mirada clavada en el suelo.

Fue Julián quien abrió la puerta. Miró a Juan el médico, miró al chico. No lo dudó un segundo y rodeó al chico por los hombros y lo llevó hacia la mesa. Les presentó a todos. “Me llamo Pere”, dijo con apenas un hilo de voz. Se fueron acercando a abrazarlo. Nadie preguntó nada. Le hicieron un sitio en la mesa, le pusieron un plato para que pudiera comer y al cabo de diez minutos, parecía que había estado toda la vida con ellos.

Y así pasó con alguno más. Todo el que necesitaba un refugio, allí lo tenía. Ninguno de ellos podía soportar que un chico sufriera maltrato y se quedara en la calle. Justin decía que él había tenido mucha suerte y que si podía, quería compartirla con todo el que lo necesitara. Julián asentía muy serio y convencido. Una vez incluso llamaron a Peter de un periódico que querían hacer un reportaje. Fue firme en la negativa. No quería publicidad ni reconocimiento alguno. Quería vivir tranquilo y que los chicos superaran su pasado sin tener que ser expuestos al público.

Peter dejó de fumar. Justin se puso pesado, pesado con lo de fumar. En realidad aunque no se hubiera puesto pesado… Peter le podía negar muy pocas cosas a Justin. Una cosa es que se hiciera de rogar, pero de mentirijillas. Los dos se habían ganado el corazón del otro. Jugaban al tenis todas las semanas. Leían juntos. Cocinaban juntos. Y cuidaban del resto de los chicos. Con Rodrigo y Nuño, claro.

Así fue como ocurrió todo. Una historia con final feliz. No todos tienen la suerte que tuvieron Justin y Julián. Y Julio y Koldo y Fernando. Y Pere y Diego. No hay muchos Peter, no hay muchos Justin, Rodrigos o Nuños.

Pero algunos hay.

Justin tuvo suerte. 8ª parte.

 Peter quiso irse a andar por ahí. Para meditar en la situación y en las alternativas. Los pros y los contras. Pero le pareció falso.

“No dudas en nada, Peter. No quieres esa responsabilidad. No quieres mirar hacia atrás por si te siguen. No eres un héroe. Y aprecias a Justin pero no tanto como para comprometerte con él de esa forma. Y menos si es verdad que le arreaban porque lo acompañabas al fútbol”.

– Encima seré yo la causa. No me lo puedo creer.

Llegó a su casa y se cambió de ropa.

Fue a la cocina para comer algo, pero al abrir el frigorífico, no encontró nada que le apeteciera. Sacó la botella de agua y bebió un par de tragos. No le apetecía beber tampoco. Se le ocurrió que a lo mejor una copa sería buena idea. Fue al mueble bar y lo abrió. Miró la botella de whisky y la de orujo gallego. Y la de Bailey’s.

Cerró el bar sin decidirse por ninguna de ellas.

Anduvo perdido por la casa. Miró el montón de libros que estaba revisando unas horas antes. Decidió ponerse al tema de nuevo. Pero cuando había mirado dos libros en un cuarto de hora, dos libros que ni siquiera sabía cuales eran, por mucho que hubiera leído los títulos veinte veces, decidió que era mejor dejarlo.

Su móvil sonaba y sonaba. Pero no le interesaba contestar. No quería que nadie preguntara, ni que nadie supiera, ni que nadie le pidiera, ni que nadie le aconsejara. “No soy un puto héroe, joder”. Iba a decir que no, pero debía prepararse para ello. No. No quería ese compromiso. No era valiente. No. No podía proteger al chico. No era la persona adecuada. No. No. No. No. El chico necesitaba mucho cariño, y él no estaba acostumbrado a prodigarlo. Era muy agradable con la gente, pero eso no incluía ser cariñoso y cercano. Lo hizo en su momento, pero cuando sus parejas fueron dejándolo, se cansó de dar cariño que la gente a su alrededor parecía no apreciar. Cuando Iván se fue de casa, su última pareja, decidió que ya estaba bien de dar cariño. Y eso ocurrió hacía ya tiempo. Tanto que su nuevo estado había hecho que se olvidara de lo cariñoso que era antaño.

Las únicas excepciones a eso, eran sus sobrinos. Él pensó que según crecieran, se mostrarían más reacios a los abrazos y a los besos. Pero se equivocó. Ellos siguieron pegándose a él como lapas. Y dándole unos besos que a su madre le levantaban dolor de cabeza, porque no soportaba que quisieran tanto a su tío. Y menos que lo demostraran.

Pero estaba claro que tanto Rodrigo como Nuño iban por libre. Tenían las cosas claras y llevaban a cabo sus ideas. Los dos se apoyaban incondicionalmente. No estarían de acuerdo muchas veces, pero cuando uno tomaba una decisión, a muerte con ella.

Pensar en sus sobrinos relajó un poco a Peter.

Dejó la pila de libros por revisar tal y como estaba a su vuelta del hospital y se fue a sentar en su butaca. Cuando estaba a punto de apoyar sus posaderas en el asiento, llamaron a la puerta. Pensó en no abrir, pero el que llamaba, fuera quien fuera, insistía. Y cada vez llamaba con más intensidad.

– Ya va, que me quemas el timbre, joder.

– Tío, no coges el móvil. Nos tenías preocupado.

Rodrigo y Nuño entraron como una exhalación.

– Que sepas que tienes a Juan, tu amigo el médico, al borde de un ataque de ansiedad. Pero ya le he mandado un wasap para decirle que estás bien. En casa. Él te hacía vagando por ahí, lleno de dudas y de dolor, dispuesto a hacer cualquier tontería.

Nuño y Rodrigo se acercaron a él con los brazos abiertos. No le dejaron tiempo a reaccionar y se encontró en medio de un abrazo de oso de sus sobrinos. Los jodidos eran buenos. Y le habían calado hacía tiempo. No tardó ni veinte segundos en echarse a llorar con ganas. Los chicos no aflojaron el abrazo. De vez en cuando, el uno o el otro le besaban la coronilla. “Que jodidos”, pensó Peter “ahora que son más altos me devuelven mis besos de coronilla que tan poco les gustaban de pequeños” “Bésame lo que quieras, pero no en el pelo”, le decía el retaco de Nuño, con 6 años.

– No puedo, joder. – dijo Peter al cabo de diez minutos.

– Tío, sí puedes. Y quieres. Y nosotros te vamos a ayudar.

– Me supera.

– No podrás dormir tranquilo si lo dejas tirado. Lo sabes. Por eso te agobias tanto.

– Pero si viene alguien a pegarlo, o a… o vienen con juicios… no soy un héroe. No me gustan esos problemas.

– Claro que lo eres. Para nosotros siempre lo has sido. Somos así por ti, no sé si lo sabes.

– ¿Sois así como? – preguntó asustado Peter.

– Buena gente, amables, trabajadores. Divertidos.

– Y dejasteis la universidad. Eso lo tiene grabado vuestra madre. Me echa la culpa a mí. Y el viaje a Inglaterra.

– Porque no nos gustaba. Y lo del viaje, no era el momento.

– A ninguno de los dos nos gustaba – apostilló Nuño.

– Y te echa la culpa porque siempre estás ahí y nos apoyas, cosa que ella no sabe hacer.

– Los dos la probamos a ninguno nos convenció. Pero en cambio, hemos abierto una tienda de alimentos gourmet y nos mola.

– Ya lo sé, ya.

– Claro que lo sabes, pusiste la pasta…

– ¿Lo sabe tu madre? Lo de que puse el dinero.

– ¡Qué va a saber! Le da un ataque.

– Que sepas que cuentas con nuestra ayuda. Lo que sea. Hemos pensado hacer turnos para estar con Justin en el hospital. Ya verás cuando pruebe nuestros abrazos especiales.

– Hemos pensado que podíamos ir para allá, al hospital, a verlo. Juan no nos pondrá problemas.

– ¿Habéis hablado con Juan? – Peter arrugó el entrecejo.

– Nos llamó cuando te diste el piro. Estaba asustado.

– Dijo que estabas al borde de un ataque de nervios, como la peli de Almodóvar.

– Yo es que… no sé que hacer. Justin tiene…

– Oye, Tío. Cuando estaba aquí, sabías que hacer. Lo llevabas, hablabas con él, ibais a comer por ahí, veías como jugaba al fútbol. Seguro que estaba a gusto, que si no, un chaval no se junta con un viejales.

– Eso de viejales… cuidado, sobrino.

– Con nosotros no lo hiciste mal tampoco. Eras como un segundo padre. Casi el primero, porque si no fuera por ti, no hubiéramos hecho nada de nada. Hubiéramos sido unos aburridos y no hubiéramos sido tan exuberantes con nuestros besos y abrazos. Tan divertidos y tan multidisciplinares.

– A mamá le repugna lo de que demos besos por ahí. ¿Te has fijado como nos mira con asco cuando te besamos cuando vas a casa? “Es de poco hombres”, dice la pobre. Si ella supiera…

Siguieron hablando hasta bien entrada la noche. Al final, convencieron a Peter para al menos, ir al hospital y apoyar al chico.

– Está muy mal. Si no le echas una mano, no lo superará.

– Id vosotros – propuso en un arranque de pánico.

Peter no estaba convencido. Justin le caía bien. Lo había echado de menos. Se había sentido culpable de su desaparición. En pocos meses se había convertido en una parte importante de su vida. Era la forma de sentirse útil a alguien, cosa que echaba de menos desde que sus sobrinos tomaron las riendas de su vida. Pero una cosa era estar con él de vez en cuando, ir a los partidos y a jugar al tenis, y otra era cargarse la responsabilidad de un chico con problemas graves. Tan graves que estaba la policía por medio, y no cualquier policía, que conocía de referencia a Javier Huidobro. A sus veintitantos era el jefe de la Criminal. Uno de los mejores policías del país. Seguía en la ciudad porque no quería irse, que oportunidades de ascenso había tenido muchas. Si alguien tan importante estaba en el ajo, el tema olía mal, muy mal. En resumen: problemas muy, muy graves los de Justin. Y con un cierto peligro de confrontación, cosa que Peter odia con todas sus fuerzas. Pero dejarle solo… intuía que Justin estaba solo de verdad. Dejarle solo en esa cama de hospital, sin futuro, sin nadie, eso era algo… que tampoco llevaba bien.

– No te lo perdonarías si le dejas ahí, Tío – apuntó Nuño, que parecía que le estaba leyendo el pensamiento. Le guiñó el ojo de tal forma que su hermano no se diera cuenta. Peter entendió.

Sus sobrinos lo miraban expectantes. Seguros de sí mismo. Nunca habían necesitado defensa, y eso que en su momento, algunos en el colegio intentaron meterse con Rodrigo. Pero supo sacarse las castañas del fuego, eso sí, con la vigilancia a distancia de Peter. Nuño una vez lo pilló vigilando. Nuño ya tenía 15 años por entonces. No dijo nada, solo sonrió a su tío. Le cogió de la mano y a partir de ese día, vigilaban los dos. Rodrigo no necesitó su ayuda. Se las arregló solo. Plantó un sopapo a tiempo a uno y dejó claro que no le podían hacer daño, porque él estaba por encima de todos esos que intentaban hacerle daño. Y que sus palabras o sus hechos no le afectaban ni una miga de pan.

Peter no dijo nada. Solo los miró una última vez y fue a cambiarse de ropa.

Justin tuvo suerte. 7ª parte.

 Al llegar lo condujeron a un despacho. Amablemente le pidieron que esperara unos minutos, que enseguida vendría alguien a hablar con él.

“¿Alguien?”

Si ya se había puesto nervioso con la llamada de Juan, ahora su grado de ansiedad estaba alcanzando niveles que nunca había padecido. Estuvo a punto de pedir que le dieran algo para la ansiedad. El corazón desbocado, su pecho que apenas podía contraerse para mantener la respiración. No lograba mantener las manos quietas.

“Seguro que ha sido un accidente. A lo mejor mis sobrinos. Esa manía que tenían los dos con las motos. O a lo mejor han sido todos. Iban a ir de excursión a una feria en un pueblo. Sacó su móvil para llamarlos, pero no se atrevió. Si no les había pasado nada, se reirían de él. O si llamaba a su hermano y Nuño, por ejemplo, no estaba en casa, se iba a montar la mundial. Su hermano era un poco catastrofista. Y su cuñada, mucho peor. A lo mejor por eso le habían pedido que lo llamaran a él. “¿Y por qué me tengo que comer yo todo esto?” Los sobrinos quisieron ir a jugar al fútbol, pero se tuvo que encargar el tío Peter. Si no, no había fútbol. Nuño quiso ir excursión a Irlanda, cuando tuvo 10 años. El tío Peter fue de carabina, como apoyo a los monitores, condición que sus padres impusieron para que fuera. Rodrigo se apunta todos los años a una gimkana de fotografía por la ciudad. Ahora ya puede ir solo, claro, pero al principio la condición para que participara, era que fuera con su tío Peter. Ahora seguían yendo juntos, pero eso era ya una costumbre. Y a Peter no le importaba nada todas esas actividades que se había visto obligado a hacer con sus sobrinos, los quería y se lo pasaba bien con ellos. Y ellos le adoraban. Ya con veintitantos, daba igual donde se encontraran y con quién estuvieran, que se acercaban a él corriendo y le pegaban unos señores achuchones. Y raro era el día que uno de ellos dos no le llamaba o le enviaba un mensaje. Las fiestas no dejaban pasar una sin invitarlo a casa, aunque sabía que sus padres no eran tan partidarios de llevar invitados. Y solían quedar a tomar algo muy a menudo.

– Peter.

Éste al oír su nombre se levantó de un salto.

– Perdona por el susto.

– Chico, ya me podías haber dicho algo. Dime algo… ¿qué pasa?

En ese momento vio que detrás de él venía un hombre que tenía toda la pinta de ser policía.

Os presento. Mi amigo Peter, Javier Huidobro, de la brigada criminal.

– ¿Brigada criminal? No me tengáis así. ¿Qué ha pasado? Que…

– Tranquilo, Peter, confía en nosotros – dijo el policía con un tono tan seguro de sí mismo, que logró su propósito. – Sentémonos si os parece.

Peter estaba cada vez más inquieto. Apenas podía domeñar el temblor de sus manos y de sus piernas. Respiraba entrecortado. Juan no quería mirarlo a la cara, lo evitaba, cosa que a Peter le ponía todavía más nervioso. Y el policía iba a lo suyo, ordenando unos documentos que había traído en una carpeta.

– Le voy a enseñar unas fotos, dígame si reconoce a alguien.

Aunque parezca una contradicción, el tema de las fotos relajó de inmediato a Peter. “No puede haberles pasado nada a mi sobrinos”. Cambió la sensación de preocupación por la curiosidad de a dónde le llevaría ese tema.

Miró las fotos que le enseñaba el policía. No reconocía a nadie de las personas que le mostraba.

– Lo siento, pero no me suena nadie.

– Mire estas fotos.

En la primera tanda, mujeres y hombres de mediana edad. sobre los cuarenta. La mayor parte de las fotos estaban tomadas en la calle. En la segunda tanda, eran chicos y chicas jóvenes, adolescentes casi. Estaban tomadas en sitios dispares: zonas deportivas, en la calle, o en clases incluso.

– ¡¡Hostia!!

La última foto le dejó helado.

– ¿Es una broma? Juan, no me parece muy … eres mi amigo. Esta broma me parece de muy mal gusto. Y no sé, me enseñe por favor la acreditación de su condición de policía – le indicó en un pronto a Javier.

Mantuvo la foto en alto un buen rato. En ella se podía ver claramente a Justin y a él mismo, saliendo del restaurante-restaurante, riéndose con ganas, aquella noche, aquella última noche que tuvo noticias de él.

– ¿Conoce a estas personas?

Peter estuvo a punto de levantarse e irse. Esto no tenía mucho sentido. Sentía que era una broma pesada a la cual no encontraba razón. A parte… ¿cómo tenían una foto de Justin y él saliendo del restaurante? Empezaba a pesarle la cabeza. No razonaba con fluidez. Ver esa foto le había causado un shock. Después del caso del chaval que vio hacía unas horas tirado en la cama del hospital, con la cara llena de golpes y su mirada desesperada… ahora ver una foto de Justin… era curioso, no tenía ninguna foto de él. Con todos los selfies que se sacaban sus compañeros, él nunca participaba del tema. Incluso evitaba las fotos del equipo, cuando iban a tomar pizzas o alguna excursión que hicieron todos juntos. Nunca salía él en las fotos.

– Es la primera foto que veo de él. ¡Qué curioso!

Lo dijo en voz alta, pero muy bajo.

– Mira estas fotos que te tiende Javi, por favor.

No menos de veinte fotos de chicos jóvenes. Uno de esos chicos le recordó al que había visto esa mañana en el hospital.

– Este parece el de arriba, el de la paliza. Y este otro, parece un compañero del equipo de fútbol de Justin. Está muy cambiado, no lo podría asegurar. El pelo es distinto, ese chico era castaño y lo llevaba largo. Cuando desapareció habló un par de veces conmigo. Parecía el más interesado en el chico. A lo mejor no es él. Se llamaba Cristian, creo.

Miró las fotos otra vez, más despacio. Pero no encontró ningún otro al que reconociera siquiera vagamente.

Cogió el primer montón que había visto. Las miró con atención, con la mente más abierta.

– Éste podría ser el padre de ese chico.

– ¿Estaba en el equipo cuando llegó Justin?

– No sé cuando llegó Justin al equipo. Yo empecé a llevarlo bastante más tarde de que se mudaron a mi edificio.

– ¿Y los padres de Justin?

– No los llegué a conocer. No coincidíamos nunca. Debían tener unos horarios distintos.

– ¿Reconoce a este chico?

Javier, el policía, le tendió otra foto. Era de un joven postrado en la cama de un hospital. Se fijó más y vio las sábanas del hospital en el que estaban.

– Joder, es Justin. Pero está muy cambiado. Parece que tiene treinta y muchos años. ¡¡Joder!!

Peter se levantó de un salto y empezó a andar alrededor del despacho en dónde estaban. Tenía la típica cara de alguien que había sufrido un gran stress.

– ¿Está vivo?

Le surgió la pregunta de repente. No había nada de vida en ese rostro de la foto.

– De momento sí.

Javier y Juan se miraron. El primero le hizo un casi imperceptible gesto con la cabeza afirmando.

– Está en las camas de urgencias, monitorizado. Posiblemente le subamos a la UCI. Ha ingresado por un accidente de coche. Un atropello. El conductor se ha dado a la fuga. Al ver las marcas que tiene por todo el cuerpo, llamé a Javi.

– Parece que sus padres pertenecen a una secta que incita al castigo físico extremo, para curtir el alma. Si detectan que son chicos sensibles, o blanditos o desviados como los llaman, redoblan los castigos programados. No se trata de “te has portado mal te doy unos azotes”. Es “son las 8, toca fusta en el pecho”. “Eres débil, no vas por el buen camino, lo hacemos por tu bien”. “A los ojos de la comunidad no podemos permitir que te gusten los hombres, y te hemos visto mirar al vecino con cariño”.

– ¿Eso del vecino lo dices por decir o porque es algo real?

Javier asintió despacio.

– ¿Y ese vecino soy yo? – preguntó Peter aterrado por la posible respuesta.

– Llevamos tiempo detrás de ellos, pero son escurridizos. – Javier el policía, esquivó la pregunta – . Tienen dinero y poder. Cambian de identidad con frecuencia, de domicilios. Parece que ahora están por el sur. Creemos que Justin se escapó por los 18 años, y vino a buscarte. El accidente ha pasado delante de tu casa. Un accidente raro. Ayer detuvimos a algunos miembro de la secta también en los alrededores de tu casa. Ese se nos debió escapar. Tenían mucho empeño en pillar al chico.

– ¡Joder!

– Si sale de esta, va a necesitar tu ayuda, Peter.

El aludido miró primero a su amigo Juan, que era el que había hablado. Y luego a Javier el policía. Sintió que le faltaba el aire. Se levantó atropelladamente y salió del despacho camino de la calle. Todo eso le superaba.