I Semana de la música: “La historia de Armando (y VII)” con el cuarteto piano y cuerda de Mahler.

Las dos mujeres se quedaron calladas, mirándose en la puerta. Manuela con un gesto duro en el rostro. Un gesto que dejaba claro que la otra no era bienvenida.

Marisa con gesto neutro, sin mover un solo músculo de su cara. Su cuerpo en general denotaba un pequeño grado de altivez. Estaba en campo enemigo, pero eso no la arredraba.

Armando salió de la cocina con una bandeja de sandwhiches que había traído el señor Flores, el del primero. Había vuelto de viaje y se había enterado del concierto y no quería perdérselo. “No he podido preparar nada más, que llegué esta mañana”.

– ¡Marisa! no estaba seguro que vinieras. Ya os conocéis ¿verdad?

Manuela giró la vista para escudriñar la cara de su marido que siguió caminando hacia el saloncito. Ella no tenía constancia de que supiera que se conocían. Hoy su marido la estaba sorprendiendo en muchas cosas. No parecía el mismo. Empezaba a pensar que ese día, iba a cambiar su vida mucho más de lo que ya había tenido previsto.

– Este es mi hijo Felipe.

– Ya nos hemos visto… – comenzó a decir el joven. Pero su intento de explicación se quedó en el aire, así como su brazo extendido para saludar a la anfitriona.

Su madre le hizo un gesto con la cabeza para que entrara. Felipe fue a cerrar la puerta cuando una voz cansada llamó su atención.

– Buenas noches – dijo un señor que subía las escaleras con dificultad – ¡No me cierre por favor! Son nuevos, ¿Verdad? ¿Vienen al concierto? Tocan como los ángeles.

– ¿Le ayudo, caballero? Si va cargado… – Felipe salió de la casa y bajó le tramo de escaleras hasta llegar a dónde el señor – Deme esa bandeja y usted, agárrese a mi brazo.

– Muchas gracias joven. Me llamo José Manuel. Tiene el brazo fuerte y es apuesto. Seguro que tiene muchas pretendientes.

– Me llamo Felipe. Y en cuanto a los pretendientes, me temo que estoy soltero y busco pretendientes hombres. ¿Y viene mucha gente a casa de Armando?

– Muchas noches no cabemos casi en casa. Hoy es un día especial, Armando nos ha avisado para que no faltemos ninguno.

– Esta bandeja huele muy bien.

– He hecho unos jamoncitos de pavo al Oporto. Me gusta la cocina ¿sabe? Y al pequeño de Armando, le gusta mucho. Y ha vuelto hoy de la casa de su tía. Le quiero dar una sorpresa.

– Bueno, pues ya veo que cuida a los chicos de Armando como si fueran propios.

– El pequeño me tiene loco. Y la chica. Los otros son un poco más reservados, pero son muy educados. Los pequeños me quieren mucho y me ayudan a veces a ir al supermercado. Y a mi edad cualquier muestra de cariño es muy bienvenida. No tengo demasiados que me prodiguen esos quereres.

– D. José Manuel, huelo a esos jamocitos de pavo que tan bien le salen.

– Jovellanos, cuanto me alegra que haya podido bajar.

– Lo he podido arreglar. No me lo podía perder.

– Veo que usted trae también una bandeja con comida.

– Si, es que no me parecía bien venir con las manos vacías. Insistió tanto Armando en que viniéramos… me ha preocupado un poco, la verdad.

– Todos traen algo de comer. No se nos ha ocurrido a mi madre y a mí.

– Pero no, no se preocupe, que lo hacemos porque nos parece bien, no es por obligación. Si Manuela es una gran cocinera y se arregla a las mil maravillas. Sabe hacer virguerías con cuatro pesetas. Es que andan un poco justos – se frotó el dedo índice y el pulgar en el gesto característico para indicar dinero.

– D. José Manuel, que esas son intimidades – le recriminó suavemente el Sr. Jovellanos.

– Todos a la vez. Pero esto que es… Jovellanos, no debía… – Armando le hizo un gesto de reproche. – Y usted, D. José Manuel… Felipe, pasa, no te quedes ahí. ¡Chicos, Artur está en su cuarto! – les dijo a los hijos de Jovellanos, que salieron corriendo hacia allí.

– Mis chicos que han insistido, les apetecía cenar tortillas variadas, y he hecho tres de ellas.

– Yo es que me aburría. – se justificó el vecino de abajo.

– ¿Ha hecho esa que tiene muchas cosas? – Mª Carmen llegaba con su marido y su hermana Julieta.- y ahí hay más de tres ¿eh?

– ¿La Paisana? Sí, Doña Carmen, ya sé que le gusta mucho.

– Hoy es el día de los secretos – Felipe se acercó a Armando. – Todos sus invitados vienen preocupados por su reclamo.

– Pasen todos. No sé si habrá sillas suficientes – Armando ignoró la afirmación de Felipe.

– Subimos a por unas sillas, sin ningún problema – se ofreció Jovellanos.

Iba a cerrar la puerta, cuando llegaron Pepe y su novia.

– Mi madre me ha hecho una bandeja de croquetas. Están de muerte, se lo aseguro.

– ¡Oh! No te tenías que molestar, y encima has metido en el ajo a tu madre, no puede ser, me siento mal.

– No se moleste, mi Pepe me comentó que íbamos a cenar así y tal de informal, y mi madre, es que le encantan las croquetas y las hace estupendas, y no es molestia, de verdad. Estoy super contenta de venir y ser invitada. Mi Pepe me ha hablado guay de ustedes.

– ¿Y este chico viene con vosotros?

El aludido se puso colorado y con apenas un susurro dijo que se llamaba Carlos.

– ¿El churri de Inés? Ya tenía ganas de echarte un ojo.

El chico subió un grado más la coloratura de sus mejillas e hizo un gesto como para echarse a correr. Pero Armando le cogió del brazo y le metió en casa.

– Por ahí anda Inés, y luego hablamos, jovencito, que me tienes que contar a ver que has leído de Turina, que ya me ha dicho mi hija.

Se fueron acomodando en donde podían. Si la casa era ya pequeña para esas reuniones que organizaban por las noches, convertirlas en una cena, por muy informal que se pretendiera, todo resultaba un gran problema. Aunque todos fueron aportando lo que se iba necesitando y al final, comida había de sobra.

Marisa después de hacer los saludos que la educación obligaba, se refugió en la esquina más lejana y reservada que pudo encontrar. Estaba cerca de todo el mundo, porque era imposible no estarlo, no había sitio para que la situación fuera distinta, pero consiguió pasar desapercibida y apartarse de las conversaciones. Necesitaba su espacio para pensar, para observar…

No quería interferir en lo que su hijo hiciera respecto a Armando. Después de la discusión que habían tenido en casa, le había obligado a prometerla que hablaría con Armando en cuanto llegaran. Y así lo había hecho, ella lo siguió con atención mientras hablaban en un rincón. Notaba que no estaba convencido de lo que estaba haciendo, pero lo hacía. Era testarudo y tardaría en dar su brazo a torcer y confesar abiertamente que había metido la pata hasta el fondo al interpretar los papeles de su padre que se había llevado a su propia casa. Marisa se fijó también en Armando que apenas respondió a todo lo que le comentaba su hijo. Se le notaba que estaba dolido por el comportamiento del chico. Y aunque Armando no era rencoroso y los enfados se le pasaban pronto, quizás todo lo que llevaba ya sobre las espaldas, le hacían ser menos comprensivo.

Llegó José Luis con sus hijos. Se saludaron apenas con un gesto de la cabeza. Rosalía, la mayor del empresario, rápidamente buscó a Íñigo. El chico la hizo un hueco a su lado y se pusieron a hablar como dos torrenteras que bajaba crecidas a causa del agua que había caído de una tormenta persistente. “Si es posible que se enteren de lo que dicen”. Marisa no pudo evitar marcar una sonrisa en su cara. En cambio, cerca de esa pareja, estaban Inés y Carlos, que parecían decirse todo con miradas.

Ella era así de joven, como Rosalía. Un torbellino que todo lo arrasaba. Lo decía su padre cada vez que se encontraban con alguna amistad. “Esta chica es un terremoto que lo arrasa todo”. Pero cuando se sentaba con su violín, la paz llegaba a su ánimo. Fue una pena que para poder tocar en un escenario, tuviera que mentir a toda su familia e inventarse un nombre ficticio. Ese plan duró unos años, pocos, demasiado pocos, hasta que conoció a Benito. Se enamoró y se comprometió con él en pocos meses. Y luego conoció a Armando. Y todo lo que creyó que era, dejó de ser. Lo que pensó que era amor, se convirtió en una cortina de humo. Pero ya estaba casada. ¿Por qué lo tuvo que conocer en su boda, el día anterior cuando Benito se lo presentó porque se iba a encargar de la música de la ceremonia?

“¡Que suerte!” Le dijeron todos. El prestigio de Armando como violinista era ya algo que había traspasado los círculos exclusivos de la música, para convertirse en algo que cualquiera con un mínimo interés en la cultura, conocía. Ella misma, hacía mucho tiempo que seguía su carrera. Y ahora resulta que era íntimo amigo de Benito.

Ella lloró en el baño cuando acabó al ceremonia. Lloró y lloró. Hasta que dos amigas de las del colegio, fueron a buscarla. “Qué emocionada está Marisa, con lo dura que parecía”. Menos mal que eran sus amigas, pensó, aunque por una vez en su vida, calló. Y calló su amor pasional, resultante sin duda de un flechazo bien tirado por cupido. Un flechazo a destiempo y con muy mala leche.

Tuvo que hacer un esfuerzo por no ponerse a llorar allí, en su rincón. Su hijo la miraba de vez en cuando, pero si se preocupó en algún momento, rápidamente lo apartó de su cabeza. Estaba demasiado ocupado intimando con Jovellanos, el vecino de arriba, el de los tres niños. “Mi hijo ya ha cazado, madurito como le gustan”.

David y Nuño apenas hablaban. Se les notaba enfadados. Rúl los miraba desde el otro lado de la habitación. Intentaba llamar la atención de su hermano sin tener que acercarse a hablar con él. Al final se cruzaron sus miradas. David entendió y habló con Nuño. Éste negó con la cabeza. David se puso de pie y puso los brazos en jarras. Hablaba muy cerca del oído de su novio para que no se enterara nadie. Pero el gesto de su cuerpo no dejaba la menor duda de su enfado. Nuño se encogió de hombros y clavó sus ojos en los de David. “¡Que te vaya bien!”

Rúl cogió el violín y caminó hacia la puerta de la calle. David lo siguió al poco.

– Ya le he dicho que es idiota, va a echar a perder su vida – le dijo Rúl a su hermano cuando estuvieron juntos.

– Estarás contenta ¿no?

Marisa se sobresaltó. No había visto acercarse a Armando. Intentó poner cara de no saber que pasaba. Pero sabía que a Armando no lo podía engañar. “Me rechazaste, pusiste por encima a Benito, tu amigo, al amor que me tenías”. “Casi me engañas”. “Esto pasó antes de que nos viéramos”. “Da igual”. “No, Armando”. “Qué os aproveche a Amador y a ti, ya me habéis quitado todo lo que tenía. Y la boba de Manuela, que tanto te desprecia, haciéndoos el caldo gordo, será tonta”.

– ¡Ah! Por cierto, Felipe ha entendido bien ya todo. Ya sabe que soy su padre. Y no se lo he dicho yo. Entre las cartas que le has dado para que se convenciera, cuando habéis discutido esta tarde, estaba aquella en que te preguntaba por él, antes de que me cansara de escribirte al no recibir nunca respuestas.

Armando se alejó tan sigiloso como se había acercado. Marisa pensó en seguirlo y explicarle. Pero la mirada despreciativa de su hijo, desde el pasillo, la detuvo.

– ¿Cuándo va a empezar el concierto? – dijo el mediano de los chicos de Jovellanos.

– No seas pesado, Kevin. – su padre se había dado cuenta de que los gemelos y su madre estaban a punto de irse y no quería poner en un aprieto a Armando.

– Ahora, ahora.

Armando cogió el violín. Afinó las cuerdas, tensó el arco, y se lo colocó debajo del mentón. Mientras hacía esto, Manuela y los gemelos, salían de casa sin mirar atrás.

– Papá.

Inés lo miraba suplicante. Había visto irse a sus hermanos y a su madre.

Su padre sonrió.

– Todo está bien. Ya sabías que se iban a ir.

– ¿Por mi culpa? – dijo pesaroso Arturo.

El niño se acercó a su hermana y a su padre con la cabeza gacha.

– No, ¿Por qué va a ser tu culpa, enano?

– Habéis discutido antes – apuntó Inés – por mi culpa. Y esta tarde le ha montado una bulla a Artur.

– No tiene nada que ver con vosotros. ¿Queríais iros con mamá?

– ¡No! – dijeron rotundos los dos.

– ¿Qué tocamos Armando?

Nuño había sacado la viola y se puso a su lado. Íñigo y Martina hicieron lo mismo con sus violonchelos.

– Si me permitís, me gustaría tocar con vosotros.

Felipe se acercó y se sentó al piano.

– ¿Te sabes el cuarteto de Mahler?

– Claro.

Se cruzaron sus miradas. Repitieron en esos escasos segundos toda la conversación que habían tenido antes. Era un día en que todo ocupaba de nuevo el lugar que correspondía. Marisa captó esa mirada y supo que habían llegado a un límite en su conversación que ni ella misma había sido capaz de predecir, mucho menos esperar. No supo si alegrarse o no. Lo que sí decidió es que ya era hora de dejar que la vida siguiera avanzando y dejar que el rencor dejara de mover sus acciones vitales. Su vida, al final, llena eso sí de comodidades, había sido un dislate completo, en la que no había sabido retener al hombre al que había amado y compartió su intimidad con otro hombre que no la podía amar porque era incapaz de amar a una mujer. Miró a su hijo sentado al piano. Era lo único que ahora mitigaba la sensación de haber tirado su vida por la borda con sus decisiones erróneas. Por fin su hijo ocupaba el lugar que le correspondía, sentado al piano, al lado de uno de los mejores músicos que había conocido.

– Hoy es un día importante, amigos. – Armando había empezado a hablar – Hoy hemos roto las ataduras del pasado. Empezamos una nueva vida. La música ha sido siempre mi vida. La música hay muchas formas de entenderla. Yo la entiendo como un mar de sentimientos, de historias. De llenar a la gente, a vosotros, llenaros de sueños. Calmar vuestras almas.

No todos sienten la música de la misma forma. Algunos creen que la música es para unos pocos. Pero no… yo creo que la música es para todo el mundo. Todos deben tener acceso a ella y los músicos debemos acercarla. Enseñarla. Por eso me gustan estos conciertos. Dejadme dar las gracias a Íñigo, a Martina, a Nuño, que se han quedado a mi lado. Saludar a Felipe, que es un gran pianista, estoy seguro. Y quiero dar un beso a mis niños, a Inés y a Artur, que han decidido quedarse a cuidar a este pobre viejo.

– Papá no eres viejo – le salió a Arturo sin pensar. Cuando vio a todos que lo miraban, se puso colorado y bajó la vista.

– Vamos a tocar, Armando, que nos vamos a poner todos acuosos.

– Vamos, vamos, Nuño, toquemos.

– Mahler, Cuarteto y piano en La menor.

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 .

 “Que bonitos aplausos”, pensó Andrea. Los miraba a todos semi-escondida en el pasillo. Con su inseparable perro. Su hijo, había tocado como nunca. Su Íñigo. Se dio media vuelta para irse antes de que el chico reparara en ella. Al girarse su mirada se encontró con la de Armando unos segundos. “Gracias”, le dijo.

Caminó despacio hacia la puerta. Echó una última mirada y vio a su hijo feliz que a su vez hacía ojitos a una chica que parecía que los recibía con gusto. Sintió como el corazón repicaba y una lágrima surcó su mejilla. Sonrió, y despacio, muy despacio, cerró la puerta.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

La historia de Armando (III)

La historia de Armando (IV)

La historia de Armando (V)

La historia de Armando (VI)

I Semana de la música: “La historia de Armando (VI)” con el cuarteto de piano y cuerda de Turina.

– No te entiendo Armando.

Manuela miraba a su marido en el camerino. Los chicos se habían escapado nada más ver que la tormenta se acercaba.

– ¡La has invitado a cenar! Pues a ver como te lo montas, porque yo no pienso hacer nada.

– Manuela, deja ya el pasado. Es algo que hay que… superar. Por cierto – hizo una pequeña pausa para pensar como preguntar – ¿No tienes algo que decirme?

– No cambies de tema. Lo que tú llamas pasado está aquí, a la puerta, ahora. Viene a cenar esta noche.

– Si no la hubiera invitado a cenar ¿Hubiera cambiado algo? Deberías darme las gracias que te he buscado una excusa a parte de la del dinero y el prestigio de tus hijos, que es como más mundano.

Armando de repente fue consciente de que no la convencería con palabras. De que nada de lo que pudiera decir, lograría que su mujer cambiara el semblante y lo que era más importante, cambiara la actitud y su decisión. Ahí fue consciente de que todo estaba perdido. De que quizás fuera mejor no luchar contra lo inevitable. No quería que nadie estuviera a su lado a la fuerza.

Manuela cogió su bolso y después de una última mirada de enfado e incomprensión, salió del camerino, camino de la calle.

No era seguro que Marisa y su hijo fueran esa noche. Faltaba apenas hora y media para que salir de dudas. Armando necesitaba clausurar ese capítulo de su pasado. Demasiadas cosas cerradas en falso hacía veinte años. Benito, Marisa, su hijo Felipe, Manuela, los niños… Demasiados secretos de todos guardados con celo. Demasiadas cosas imaginadas y no dichas, o expresadas con medias verdades, lo que las había convertido en una gran mentira en forma de bola de nieve que se iba acrecentando según caía ladera abajo.

Hubiera sido fácil echarle en cara a Manuela unas cuantas cosas. Decirle a Marisa unas cuentas verdades que en su momento se calló. Decir a Benito y a Joaquín, aunque ya no estuvieran aquí, lo que de verdad pensaba de su actitud en aquellos años, y enumerarles todos los cadáveres que fueron dejando en el camino. Contarle a Felipe la verdad sobre quién era él, y sobre lo que su padre era.

Llevaba ya meses haciéndolo, mirándose en el espejo cada vez que tenía oportunidad. Estaba siendo doloroso. Pero esa noche, todo llegaría a su fin. Su trabajo, sus errores, el echarse en cara sus cosas, sus mentiras, incluso esas que se habían dicho todos los días, quizás con la finalidad de poder seguir respirando, viviendo.

Durante unos años, todo fue sobre ruedas. La familia, bien gracias, los mayores creciendo, aprendiendo música. Luego, se decidieron a tener hijos de los dos. Inés llegó primero, y luego, Arturo. Su agenda de trabajo llena a rebosar de conciertos importantes en los mejores escenarios, salpicados de pequeños conciertos dados en asilos, en hospitales, en comedores sociales, en casa para los amigos, para los vecinos, en los hoteles incluso. Armando amaba la música y quería compartir ese amor con todo el que pudiera necesitarlo o desearlo aunque no pudiera pagar su caché.

Todo empezó a derrumbarse cuando falló la primera vez. Cuando sus dedos decidieron en medio de un concierto, dejar de responder a la velocidad que requería la pieza. Supo salir del paso, los años de experiencia daban algunos recursos. Pero algunos entendidos se dieron cuenta.

El siguiente concierto, pasó lo mismo, con la diferencia de que ya llevaba los trucos preparados de casa. Hasta que un día, empezaron a llegar las cancelaciones de algunos conciertos. Hasta que al cabo de unas semanas, su agenda se vació del todo. Como su cuenta corriente.

Algo tuvo que ver Marisa, eso estaba seguro. Era una mujer paciente y esperó a poder vengarse por despecho. Pero ahora no le encajaba en sus razonamientos que esa mujer había cambiado de actitud de repente. Su orgullo le había conservado el rencor que anidaba en su corazón en perfecto estado. Cuando tuvo oportunidad de vengarse, lo hizo. Marisa tenía posición y recursos para convencer a la gente de que lo aplastara. “Y qué bien lo ha hecho, la jodida; el golpe de gracia va a ser hoy”.

Y él la conocía muy bien y sabía de todo lo que era capaz. La había amado con todo su ser, a pesar de sus muchos defectos. Y aunque eso le dolía, debía reconocer que a pesar de todo, la seguía amando.

Incluso llegó a pensar que ella había camelado a su agente para que le robara. Si hubiera tenido dinero, a lo mejor hubiera contratado a alguien para investigarlo.

Salió del teatro cabizbajo. Vio a los chicos hablando entre ellos y esperando a que ellos se fueran, para no interrumpir la discusión. Sus hijos y Nuño por un lado. Íñigo y su sobrina por otro. Ésta estaba un poco más alejada hablando por el móvil. Rúl y David siempre se lo habían montado de tal forma de que nunca estaban en las discusiones familiares. Eran un equipo aparte. En todo caso era el equipo de su madre. En las cuestiones musicales, sabían que debían hacer caso a Armando. En el resto de su vida, pasaban olímpicamente de la familia y de los compromisos que eso les pudiera coartar. Incluso algunas veces había llegado a notar un pequeño atisbo de desprecio en su actitud. Llegó a pensar alguna vez que los chicos se habían dado cuenta de que no eran hijos suyos. Por eso no tenían tampoco ningún apego con sus hermanos pequeños. A lo mejor es que no tenía apego por nadie, salvo por ellos y los que estaban a su nivel de excelencia. Quizás los había mirado con amor de padre, sin percibir cómo eran en realidad, solo registrando con sus sentidos lo que él quería ver.

Pensó en hacerse el tonto e irse en sentido contrario, pero se lo pensó mejor. “Hoy les va a tocar algo, vamos a empezar la fiesta”. Se dirigió a ellos con decisión. Nuño le dio un ligero codazo a David para avisarle.

– Bien, bien, hombre, bien hecho Nuño, bien hecho. No vaya a ser que me entere de alguno de los desprecios que me dirigís los tres.

– Papá, no… – el gesto de David denotaba ese desprecio y hartazgo sutil del que hacían gala a veces los gemelos.

– ¿No qué? – Armando le cortó, lo que consiguió que el aludido se sintiera inseguro. No era la forma de actuar de su padre a la que estaban acostumbrados.

Se quedó en medio de los tres. Ninguno se atrevía a levantar la cabeza.

– Creo que habéis aceptado una oferta de Amador. O la vais a aceptar. ¿A qué esperabais a decírmelo?

Se miraron por turnos sorprendidos. Nuño era el que parecía estar más sorprendido. Los gemelos algo no le habían dicho.

– Papá, es… no era … nos dijo que… – David fue el que habló.

– Que no me dijerais nada. Conozco a Amador de sobra. – Se calló unos segundos para mirar a sus hijos directamente a los ojos – Sois tan egoístas y os habéis convertido en unos creídos, que pensáis que Martina e Íñigo os sobran. Porque ellos no entran en el trato. Os ha prometido un chelo con garantías. Pensáis que sois los mejores. Y sois buenos, pero no sabéis lo que el mundo os va a deparar. No tenéis ni idea. No habéis tenido ni un segundo de duda de dejar tirados a vuestros compañeros.

– Papá, no te pongas así, que tú sabes el primero que no están a nuestro nivel.

Íñigo que había permanecido a parte, apoyado en el respaldo de un banco, se incorporó y dio una patada a una lata que había en el suelo y se fue.

– No te pongas así, – le espetó a Íñigo mientras se alejaba – que lo sabes – David se giró de nuevo hacia su hermano – Ahora como está papá se pone digno. No vale nada, si todo el mundo lo dice.

– Uno se cansa de que le pongan verde, David. Y eso de que no vale nada, tampoco es cierto. Cada día toca mejor.

– Gilipolleces. Tú lo sabes también, así que no te pongas ahora estupendo. Ya está bien de perder el tiempo con conciertos para gilipollas.

– ¿Gilipollas? ¿Pepe es un gilipollas? ¿Es gilipollas la gente que os ha aplaudido hoy?

– Tenemos que tocar en sitios donde se aprecie nuestra música – afirmó convencido Rúl.

– ¿Y el público de estos días no aprecia la música? ¿Qué queréis tocar, solo para los que sepan definir una armonía? ¿O los que conozcan el número de Opus del Bolero de Ravel?

– Pues sí. Como tú antes.

– Pero yo he tocado en todos los sitios donde he podido. En asilos, en patios de comunidades, en hospitales, en comedores de pobres. En colegios. Si me hubiera dedicado a los especialistas, a los eruditos, me hubiera muerto de hambre. Y de asco. La música es para todo el mundo. No hace falta saber en que año nació Mozart para disfrutarla. Ni saber hacer una disertación sobre la importancia de Beethoven en la evolución de la música sinfónica. Y nuestra misión como músicos es hacer que eso sea posible.

– Así no ganamos nada. Amador nos ha dicho que ganaremos mucho dinero con él. Y nos codearemos con los mejores. Estaremos donde nos merecemos, y viviremos en una casa cómoda, con ascensor al menos, y sin necesidad de tocar para los vecinos.

– Pues nada firmad. Cancelaré los conciertos de la próxima semana. Me hubiera gustado no enterarme por otros y sobre todo antes de comprometerme con José Luis. Aunque a lo mejor busco sustitutos y hacemos algo.

– Armando, no te pongas así. – Nuño no se sentía cómodo con la situación – no hemos firmado nada y tampoco sé si lo vamos a hacer. Es una posibilidad que estamos barajando, pero si te has comprometido, no creo que pase nada porque estemos una semana más.

David miró con dureza a su novio. Éste levantó las cejas y comprendió nuevamente que algo no le habían contado.

– No hemos decidido nada – se excusó Nuño abriendo los brazos dirigiéndose a su novio. – No sé por qué me miras así. ¿O sí lo hemos decidido y no me he enterado?

– Ya te has acojonado. Estaba todo hablado.

– Lo habéis hablado vosotros, de mí solo pedías asentimiento. Y veo que algo se os ha olvidado decir.

– Ya te lo dije, David, es un mierda.

– Un mierda que os da alguna vuelta musicalmente, no lo olvidéis. – Armando les cortó; se centró en el que sabía que controlaba la situación, aunque el que mas hablara era David – Rúl, eres… en fin. La gloria siempre ha sido tu finalidad. Ahora piensas que no puedes llegar a ella junto a mí y te has apresurado a buscar otros caminos. – Armando se giró como para irse, pero se volvió de repente, enfrentándose directamente a ellos de nuevo – No hace falta que toquéis la semana que viene si no queréis. Soy tonto – leyó perfectamente la mirada de Rúl – si no pensabais tocar de ninguna forma, y cuando os pregunté hace un par de días, callasteis como puta. Ya improvisaré algo. Sí. Y posiblemente vuelva a tocar, estoy mejor de lo dedos. Con el tratamiento que estoy siguiendo, puedo volver a intentarlo.

– Papá, no… pensábamos decírtelo. – Rúl desvió la mirada de su padre.

– ¿Cuándo? ¿El martes? ¿el día antes de empezar los conciertos? Porque no ibais a tocar de ninguna forma. Por eso estáis tan cansados, de hacer los preparativos estas noches. Ya me parecía extraño que no se os oyera teniendo sexo.

– ¡Joder! Armando, que flash – Nuño se había puesto colorado.

– Es una tontería tocar en ese teatro, confíésalo. – atacó Rúl.

– Hoy ha habido más de cuatrocientas personas – rebatió Armando.

– Pero ¿Has visto que gente?

– ¿Y la gente que te escucha por las noches en casa? ¿Esa tampoco es lo suficientemente buena para vosotros? Y veo, ya veo.

– Pues es que no está bien que toquemos así. Así no nos valorarán nunca. Debemos guardar nuestra música para…

– Amador veo que ha hecho un buen trabajo. – atajó el discurso de Rúl, ya se sabía esa proclama de Amador – No tengo nada más que deciros. Tomémoslo como una despedida, aquí y ahora. De todas formas no pensabais despediros.

Se acercó a Rúl y le dio un beso en la mejilla. Siguió con David. Cuando le llegó el turno a Nuño, éste se abrazó a él y lo apretó.

– Armando – Nuño quería desmarcarse de los otros, pero otra mirada de su novio y se quedó callado. Se fue separando poco a poco y hundió su mirada en el suelo; se quedó pensativo observando a una lombriz en busca de tierra a la que hacer un agujero. Quizás ese agujero le valiera para esconderse él.

– O sea que somos una mierda el Íñigo y yo. – Martina se acercó como un torbellino después de que Íñigo le pusiera al día, cuando colgó el teléfono – ¡Oh! Primos, que… gilipollas sois. Es una mierda. Nos dais la patada sin decir ni mu.

Les dejó discutiendo en medio de la calle. Íñigo se acercó y se unió a la bronca. Armando bajó la cabeza y se dirigió a su casa. Caminó despacio, mirando a la gente pasar a su lado, imaginándose algunas de sus vidas, de sus preocupaciones. “Todos somos un secreto, hasta para nosotros mismos; mis hijos clavándonos un puñal; y su madre en el ajo”.

– Estarás contenta, Manuela. Tus hijos ya han consumado su huida – espetó a su mujer nada más llegar a casa.

Dejó de cortar la patata que tenía en las manos. Se secó con el dorso de la mano derecha, la que tenía el pelador, la frente.

– No se de que me hablas.

– Perdona, sí se me había olvidad que las negociaciones las has llevado tú. Por detrás como siempre acostumbras.

– Estás loco – contestó sin alterarse Manuela.

Armando no dijo nada, solo la miró. Apretó los labios y se fue al armario para sacar los platos e ir colocándolos en el salón. Se lo pensó mejor y fue a otro armario y sacó un paquete de platos de plástico.

– Va a venir mucha gente.

– Pues comerán nada. No pienso hacer nada. Creo que me voy a dar una vuelta.

– Relájate, Manuela. Va a ser cierto eso que me dijo el otro día Reme, que la que estás tensa eres tú. ¿Alguna otra sorpresa me has preparado? ¿Os vais todos esta noche?

– Papá, va a venir Carlos a cenar. ¿Te importa? – Inés entró como un torbellino en la cocina.

– No me parece bien, ya te lo he dicho, que … – su madre la fulminó con la mirada.

– Claro que puede venir. – contradijo Armando.

– Ya le he dicho yo que no… – Manuela empezaba a no controlar su cólera.

– David vive con su novio ¿no? No veo por qué no puede venir a cenar y a escuchar música el novio de tu hija. ¿O tenemos dos clases de hijos?

Manuela se revolvió adusta para seguir pelando y cortando la patata que tenía en la mano.

Armando salió de la cocina con su hija. Inés iba casi llorando de rabia. No soportaba que por ella hubieran discutido sus padres. “Ya le digo que no venga, que hay mucha peña y tal”. Su padre la acarició la mejilla, la dio un beso en la frente, y la dijo: “Dile que venga, así lo conozco y miro a ver si estoy de acuerdo con tu hermano”. “Bobo, no me tomes el pelo. Y además a Artur le cae estupendo, lo dice para fastidiar”; “Le diré que traiga algo de comer, mamá no ha preparado nada”. Suspiró. “¿De verdad que no te importa?”

– Papá ¿qué van a tocar mis hermanos? Para decirle… quiere leer algo antes de venir, para no parecer un bobo.

Turina. Piano y cuerda. Escucha – y se acercó al equipo de música y dio a un botón.

 .

 .

– Bueno, eso si tocan, que ya veremos. – una pequeña nube de tristeza le tapó los ojos.

– Pues toca tú con mamá, sería genial. Tocas mejor que ellos.

– ¡¡Hummmmmmm!! Es mentira pero me gusta que me lo digas.

– Para nada. No tienen tu magia. Mucha tontería de agilidad y polladas de esas pero no tienen magia.

– Sí la tienen. Y no hables así, que no me gusta.

Inés de acercó a su padre con cara apenada. Lo miraba de reojo. Quería preguntar pero no se atrevía.

– ¿Me lo vas a decir?

– Artur me ha dicho que les ha oído que se dan el piro. Esta noche. Y mamá le ha preguntado si quiere irse con ella. Pero le dijo que no, que se quedaba contigo – se apresuró a aclarar Inés.

– Parece que sí. Debería haber tenido al enano aquí estos días para enterarme antes de las cosas.

Inés se acercó a su padre y lo abrazó.

– Nosotros no te dejaremos nunca.

– ¡Mentirosa! Claro que me dejarás. Pero me alegro que no sea hoy, he llegado a dudarlo. Mira, llaman. ¿Vas a abrir?

– Guay.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

La historia de Armando (III)

La historia de Armando (IV)

La historia de Armando (V)

I Semana de la música: “La historia de Armando (V)” con el Canon de Pachelbel.

– No creía que me perdonaras nunca.

Marisa lo miró fijamente.

– Estás igual que hace veinte años.

– No mientas, Mari, sabes que no es verdad. Tú sí estás arrebatadora.

– Si yo te contara, no tengo más que achaques. Y ponerme así me ha costado casi dos horas de taller.

– Otras ni con cuatro consiguen tus resultados. Y mucho más jóvenes, que ya vas teniendo una edad.

Armando sonrió picarón.

– Manuela también está estupenda. Esa si que me sigue odiando. Me la acabo de encontrar y sigue siendo directa, no disimula.

– No, no te odia. Solo que… piensa que estos encuentros con el pasado me van a hundir. Está preocupada.

– ¿Te van a hundir? – Marisa lo miró preocupada. – No, Manuela tiene miedo de que ahora lo consiga.

El músico sonrió con tristeza. Se apoyó en la pared y miró a la mujer.

– Las dos sabéis que nunca haría eso.

– Yo sí lo sé, Armando. Pero Manuela… a pasar de llevar veinte años contigo, lo dudo.

– Lo sabe. Pero… cuando pasó aquello, lo… lo nuestro, estuve mucho tiempo mal. No… no encontraba el norte, durante muchos meses ¿sabes?. No… no encontraba la razón para seguir viviendo… sin Beni, sin ti.

– Y sin Jacobo.

– Jacobo no era importante para mí. Vosotros sí.

– Podríamos haber sido felices.

Marisa tuvo un impulso y extendió su brazo hasta alcanzar con su mano la mejilla de Armando. Éste giró la cabeza casi imperceptiblemente, para apretar esa mano contra su hombro.

– Eras la mujer de mi mejor amigo. Mi amigo del alma. No podía traicionarlo.

Se quedaron un rato mirándose, en silencio.

– Él me traicionó a mí. Hubiera sido justo. Y él hubiera sido feliz, a lo mejor, con Jacobo. Se hubieran juntado por necesidad y hubieran sido una pareja perfecta, cosa que nunca fuimos él y yo. Y tú y yo, hubiéramos sido felices también. Porque lo hubiéramos sido, estoy seguro.

– No – El músico negaba con la cabeza – no, hubiera sido su fin. Él te amaba también, aunque fuera homosexual. Pero eras su sostén. No lo hubiera resistido. Te necesitaba.

– Nunca fuimos felices, y menos desde aquel momento.

– Él te necesitaba – insistió Armando. – No estaba preparado para vivir un amor con otro hombre. Y menos con Jacobo, que era un viva la Virgen, tú lo sabes. No era de declarar su amor eterno a nadie. Era de picotear. No era de amar, era de tener unas noches de pasión y cambiar de cama.

– Pero tocabais juntos, con Beni hubiera sido distinto. Debería haberse arriesgado.

– Sabes – Armando bajó la cabeza – Esto no se lo he contado a nadie, pero, esa noche, la que descubriste su historia con Jacobo, vino a verme a casa. Iba borracho y desesperado. Lloraba, reía, estaba completamente ido. Lo abracé, estuve toda la noche hablando con él, y escuchando. Cuando creí que se había dormido y fui a la cocina a beber un vaso de agua, oí abrirse de golpe la ventana de mi dormitorio. Corrí… me lo olía… algo me decía… y efectivamente, me lo encontré subido en la ventana con los brazos abiertos. Grité, pero no me hizo ni caso. Vi como se iba inclinando. Corrí… y cuando quedaban un par de pasos, salté sobre él. Si no llega a ser porque se enganchó la chaqueta con el marco de la ventana que estaba roto, no me hubiera dado tiempo a agarrarlo.

– Benito era un gran actor cuando se lo proponía.

– Marisa, no seas así. Estaba dolido, perdido, no podía… – buscaba una palabra para no repetir perdido, pero al final se rindió – no podía perderte.

Marisa no se creía la historia de su ex-marido. Lo conocía demasiado bien. Había sido un manipulador hasta el día en que murió. Supo rodearse de personas buenas, que daban la cara por él. Personas que valoraban la amistad, como Armando. Y él los manejaba a su antojo.

– ¡Ay! Armando. No hay personas buenas como tú por el mundo. Tienes que perdonarme por el daño que te he hecho. Aunque también debes darme las gracias porque te aparté de Benito, que hubiera acabado por destruirte, como lo hizo conmigo y con Felipe.

– Sabes que no soy capaz de guardar rencor a nadie. Y menos a ti, que has sido … – se calló de repente.

– Dilo.

– No, es mejor dejarlo. Ya no hay remedio. El pasado, es eso, pasado. Llegué tarde a ti. Llegué cuando te habías convertido en inalcanzable. Y de todas formas, tú amabas a Benito. Si no, lo hubieras dejado de todas formas.

– Fui cobarde. Si te hubiera tenido a mi lado, lo hubiera dejado. Sola, sin nadie, sin quien apoyarme, no lo hubiera conseguido… que digo, estoy fatal, no sé lo que digo. Me… quiero decir que no tuve el valor de hacerlo, de dejarlo, de quedarme sola frente al mundo, frente a mi entorno. Con un marido marica que tenía que pensar en cualquiera de los chaperos que frecuentaba para poder hacerme el amor. Que solo me quería porque le solucionaba la vida con mi dinero. Sabes, no volvió a tocar el chelo. Desde que pasó aquello. Nada.

– Era un buen músico.

– Era bueno, porque estaba contigo. Tú hacías buenos a todos los que tocaban contigo. Tus hijos son buenos, muy buenos. Porque han mamado tu esencia desde que nacieron. Y el viola, es fantástico. Y el chico ese, el chelo, lo será. Es el hijo de Jacobo, ¿Verdad? He visto a Adriana en el patio.

– Me lo pidió. Jacobo fue… fue como era siempre, un cabrón. Adriana las ha pasado canutas para darle una vida a ese chico. Hasta renunció a él.

– Había oído algo de que lo ha criado su hermana y su marido.

– Sí, así es. Les ha pasado un buen dinero todos los meses para que no le faltara de nada. Para él, ella es solo la tía rara con la que su madre no se lleva muy bien, manda cojones. Hace unos meses Adriana me buscó y me pidió que le enseñara. Lo había ido a escuchar a escondidas al conservatorio, y no … me dijo con esa cara tan ilusionada que pone, admiro a esa mujer, lo que ha pasado… y… bueno, y me dijo: “le falta el alma que dabas tú a la música”. “Enséñale”. “Necesito saber antes de morirme que mi hijo es algo”. “Y hazlo buena persona, como tú, no como su padre”. Y no supe decirla que no.

– Ha mejorado mucho esta semana.

-¿Has venido más días a escucharnos?

– Todos los días. José Luis me abrió un palco y me dejaba entrar por la puerta de atrás.

De repente Armando se levantó todo eufórico.

– Ven a cenar a casa. Esta noche.

– No, no… no creo que Manuela…

– Ven, por favor. Será… bonito. Van a venir unos amigos, y será bonito. Y luego los vecinos vienen y hacemos un pequeño concierto…

– No…

– Podemos tocar a Turina. Seguro que no has dejado de tocar. La cena será sencilla, te advierto que andamos muy justos, pero nos gusta esas reuniones y compartir y tocar en familia. ¡Ven! Será divertido.

– No, no, pero para tocar con vosotros… no, ¡qué dices, Armando! Te has vuelto loco. Además a Manuela no le va a gustar y no estoy para escenas.

– Ven, Manuela no te va a decir nada, lo sabes. Retomemos las buenas costumbres, toquemos todos juntos y dejemos que la música hable por nosotros. Como antes.

Armando se calló de repente y buscó la mirada de Marisa.

– ¿Por qué has venido, entonces? ¿A qué se debe este cambio? Me has odiado todos estos años.

Marisa se quedó desconcertada con el cambio de rumbo que había dado Armando a la conversación.

– Mi hijo – contestó sin pensarlo mucho, casi se le escapó.

– ¿Tú hijo?

Marisa sonrió. Le hacía gracia la cara de sorpresa que había puesto Armando.

– Sí, sí, mi hijo. Y no te he odiado, te he amado y estaba furiosa por no tenerte, sabiendo que tú me amabas. – necesitaba dejarlo claro, dejarle claro a Armando que todo había sido por amor despechado. No quiso decirle que le seguía amando, y que lo haría por toda la eternidad, y que se había dado cuenta de que al menos, siendo su amiga, podría disfrutarlo. Si para su hijo habían sido tres días muy intensos, para ella también; casi no había sido capaz de dormir ninguna de esas noches.

Armando no quiso decir nada. No estaba seguro de que si hablaba, fuera a destruir todo lo que había construido con tanto esfuerzo, esos valores personales a los que había circunscrito su forma de actuar en la vida y a los que no siempre había sido fácil ser fiel. Ahora mismo, pensó, lo más sencillo sería dejar que todo fluyera…

– Te ha cogido tanta inquina – Marisa volvió al tema de su hijo, al ver que Armando no entraba al trapo de sus afirmaciones – que me he dado cuenta que he desperdiciado veinte años de disfrutar de un tipo estupendo, aunque me rechazaras cuando te pedí que te casaras conmigo. No estoy acostumbrada a que me rehuyan, y tu lo hiciste, me diste con la puerta en las narices, amándome como me amabas. Aunque amaras más a Benito.

– Yo no amaba de esa forma a Benito, no empieces como tu hijo; no… solo fuimos amigos, muy amigos, tú lo sabes. No sé a qué viene eso ahora.

Marisa mantuvo la mirada de Armando. No expresaron nada más con palabras, solo con la mirada. Marisa siempre tuvo la duda de si en realidad Armando no había amado profundamente a Benito. No era homosexual, eso lo tenía claro, pero… no tenía tan claro que el músico no fuera uno de esos hombres poco frecuentes que se pueden enamorar de una persona, independientemente del sexo.

De repente una melodía se coló entre sus miradas y quiso participar de la conversación. La segunda parte del concierto había comenzado. Marisa cambió el objeto de su atención para dirigirlo al infinito, con la intención seguramente de aprehender las notas que escuchaba. Dejó sus recuerdos y sus pensamientos. Aunque la música que escuchaba, le traían otros.

– Es maravilloso. ¿Te acuerdas?

Armando asentía despacio con la cabeza.

– Has cambiado. Hace años me hubieras obligado a bailar.

– Me he hecho viejo y amargado.

– Eso no, Armi, eso no. Amargado nunca. No… Escucha, escucha… has hecho con esos chicos… cosas maravillosas…

.

 .

– Escucha… – repitió entusiasmada.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

La historia de Armando (III)

La historia de Armando (IV)

I Semana de la música: “La historia de Armando (IV)” con “La muerte y la doncella” de Schubert.

– Necesito hablar con usted.

Nuevamente el periodista volvió a la carga, aprovechando el final del cuarteto de cuerda de Ravel. Pero Armando se resistía, ahora con la escusa de levantarse a aplaudir a sus chicos. Todo el teatro se levantó aplaudiendo, esta vez no había quien intentara acallarlos. Ahora sí, tocaba aplaudir. Pepe se llevó los dedos a la boca y silbó con estridencia. El señor del palco enarcó de nuevo las cejas, pero la mirada de su mujer consiguió relajarlo de nuevo.

El músico miró a su alrededor. Quería paladear ese ambiente de teatro a rebosar, de entusiasmo por la música. Esa sensación que tenía ya casi olvidada y que durante gran parte de su existencia, le dio la vida.

– Esto ya es otra cosa – exclamó casi eufórico.

– Aprovechemos el descanso, serán solo unos minutos.

Armando miró a Felipe. No hizo gesto alguno. Siguió aplaudiendo como si no hubiera escuchado nada. Los chicos salieron un momento del escenario, y volvieron a entrar, encabezados por Nuño. Los aplausos arreciaron. Un señor que estaba en la fila de delante se volvió para darle la mano a Armando.

– Una de las mejores interpretaciones que he escuchado de este cuarteto de Ravel. Felicitaciones.

– Muchas gracias.

– Espero que en alguna ocasión nos deleite usted con un pequeño concierto. He oído de su enfermedad, pero un maestro como usted, no puede permanecer en el armario. Llámeme, por favor – le tendió una tarjeta.

Armando le miró sin saber que decir.

– Geniales los chicos. – repitió el señor volviéndose hacia delante para seguir aplaudiendo.

– Por favor – insistió de nuevo el periodista – unos minutos, en el descanso.

– ¡Papá! – un chico de unos 10 años venía corriendo por el pasillo y se lanzó a los brazos de Armando, que lo recibió con una sonrisa y lo subió en volandas para darle un beso.

– ¿Habéis sido buenos con la tía?

– Inés se enfadó el primer día porque no la dejó utilizar el móvil en la hora de comer. Estaba wasapeando con el novio, es un pesao el Carlos ese. Me cae fatal.

– Papá. No le hagas ni caso. Me tiene harta.

– Inés, dame un beso.

La chica de 16 años venía con su móvil en la mano y antes de acercarse a su padre, se paró unos segundos para escribir un mensaje.

– Es Carlos, que me pregunta que qué tal el viaje.

– Pero si habéis estado hablando todo el viaje. ¡Pesao! ¿Ves lo que te digo, papá?

– ¡Cállate, mocoso! Este niño es insufrible. Me carga.

– No discutáis. ¿Ya habéis visto a mamá?

– No, todavía no. ¿Dónde está?

– En el escenario. Id, que yo tengo que hablar con este señor. Y dad un beso a Rúl y David, que os conozco.

Inés y Arturo se fueron camino del escenario arrugando la nariz a causa de la petición de su padre. La chica iba con su mano izquierda apoyada en el hombro de su hermano mientras con la otra seguía atenta al móvil.

– Vamos, vamos, vamos a zanjar esas necesidades perentorias que tiene, mi joven amigo.

Armando cambió la frase sobre la marcha. Su primera intención era la de haberle dicho “Vamos a levantar la tapa del baúl de los recuerdos dolorosos”. Pero se arrepintió. Se maldecía por haber hablado demasiado en el descanso del primer concierto. Debería haber obviado que conocía a su padre. Debía haber callado a tiempo y dejar de lado su antigua amistad, incluso la animadversión que se tenían mutuamente la madre del periodista y él. Pero el tener delante a al viva imagen de su amigo Benito Carnicero, hizo que no pensara en las consecuencias que pudiera tener.

Salieron del patio de butacas y se refugiaron en un rincón de hall.

– Enhorabuena, señor. Cada concierto se superan. Felicite a los músicos. Me han dicho que dos de ellos son sus hijos.

La señora del palco, la que discutía con su marido sobre la conveniencia de los aplausos o no, se acercó a saludar a Armando.

– Me han comentado que la semana que viene harán otros 4 conciertos. No faltaré. Va a ser un éxito.

Armando agradeció a la señora sus felicitaciones. Felipe aguardó paciente a que algún otro de los asistentes hiciera los honores a Armando.

Hubo un momento en el que todo el mundo que parecía querer saludar al músico, ya lo había hecho. Pero llegado ese punto, a Felipe no le vino a la cabeza qué decir ni por dónde empezar. Se quedaron en silencio a la expectativa.

– Armando. Me… – Manuela se acercaba angustiada. – No sabía dónde estabas, los niños… me tienes preocupada y… – se calló al ver al joven con su marido. – Perdone – se disculpó apresurada.

– Es Felipe Carnicero, un periodista especializado en música – Armando hizo las presentaciones – Mi mujer – dijo señalándola.

– ¿Carnicero? – preguntó ésta con la mirada perdida mientras estrechaba la mano del periodista. – ¿No serás…?

No siguió con la pregunta. Miró durante un instante al joven para luego centrar su atención en su marido y llevarse la mano a la boca para tapársela.

– No tienes… déjalo, es pasado. No tienes por qué volver a ello… otra vez no, te lo suplico.

Armando levantó la mano para impedir que su mujer siguiera. Ésta se aguantó a duras penas la impotencia y la rabia por la actitud de su marido. Lo veía caer, hasta ese fondo en donde lo encontró, cuando lo conoció. Todavía soñaba algunas noches con aquella época y lo que le costó que volviera a querer vivir. Ahora no se veía con fuerzas para repetir aquello. Y cada día, lo veía un poco más cerca de ese precipicio.

– Se dio media vuelta y caminó decidida para alejarse.

– ¡Manuela!

La llamó pero no puso demasiada convicción en el intento.

Felipe Carnicero observaba todo esto imperturbable. No quería dejarse influir por nada. Su objetivo esa tarde era saber. Había pasado los tres días que habían transcurrido desde su primer encuentro con Armando, revisando los documentos que tenía de su padre. Unos baúles que salvó de la quema a los que la su madre los había condenado.

– Quiero saber qué relación tuvieron usted y mi padre. Por eso se enfadó mi madre con usted… es usted un…

– ¿Un qué? – Armando volvió de su abstracción de repente.

– Usted y mi padre fueron…

– Amigos. Muy buenos amigos. – fue rotundo en su respuesta.

Felipe movía la cabeza de lado a lado. Gesto enfurecido, fuego en los ojos, odio en la mirada. Asco.

– Debería matarlo ahora mismo.

Armando se giró para enfrentarse a él.

– ¡Qué dramático! Apareces aquí y crees que puedes juzgarme y juzgar a tu padre. No sabes nada, ¡Nada! No entiendo tu actitud. No lo entiendo.

– Traicionasteis a mi madre. Fuisteis…

– Amigos. Muy buenos amigos. Y no traicioné a nadie. Y no tengo que darte explicaciones. – Armando se puso rígido y se aprestó a irse.

– No… no… – se puso en el camino para evitar que se fuera; movía la cara de lado a lado, con gesto duro y nervioso; las venas del cuello estaban en tensión, parecía que le iban a estallar – No… traicionasteis a mi madre, por eso ella ha hecho todo lo posible por destruirte… me lo dijo el otro día, no quería… y convertiste a mi padre en un pelele que abandonó la música por tu culpa.

– Eso es problema mío, Felipe, hijo. Y tu padre dejó la música porque quiso.

Se dieron la vuelta. Marisa miraba con gesto duro a su hijo. Impertérrita, embutida en un vestido Armani, con gesto majestuoso.

– Hola Mari. ¡Cuánto tiempo! – Armando no pudo evitar que le apareciera un ligero brillo en los ojos.

La mujer sonrió. Fue apenas un pequeño rictus, pero que consiguió dulcificar su gesto.

– Demasiado sí.

Se quedaron mirando. Quizás recordaban aquella vez, aquella última vez que se vieron. Como discutieron y como Marisa lo echo de su casa a empujones, con la cara roja de ira. O quizás recordaban cuando en las reuniones de amigos se miraban a escondidas, diciéndose muchas cosas en silencio, en su lenguaje particular y secreto.

– Entonces éramos jóvenes.

– Y eran otros tiempos.

– ¿Tanto ha cambiado la cosa?

– Ahora tu hijo toca al lado de su novio, no tienen que ocultarse.

– Eran amantes, lo sabía, ¡puerco! ¡Qué asco me da! Destrozó la vida de mis padres. – escupía odio al hablar.

– Éramos amigos, muy buenos amigos. – repitió cansinamente Armando, sin mirar siquiera al joven. Su mirada la tenía dedicada en exclusiva a Marisa.

– Armando fue el mejor amigo de tu padre. El mejor amigo que nadie pueda tener. Fiel hasta la muerte. ¿Tienes tú amigos así, hijo? Fiel a su amigo hasta ser infiel a si mismo.

– He leído las cartas que se cambiaban… mamá, no puedes ocultar que papá era…

Su madre fue la que levantó ahora la mano.

– Nada de todo eso te incumbe, Felipe. Es una cosa entre Armando, tu padre y yo. Nadie más. Bueno, y Jacinto.

– ¿Nos dejas a solas, por favor? – Armando lo miró retador. Había perdido todo la simpatía que el primer día pudo tener hacia él.

– Quiero, exijo…

– Chico, no eres nadie para exigir.

– Te destruiré, tengo prestigio y te destruiré…

Armando levantó las manos y señaló el destartalado hall del teatro en el que estaban.

– ¿Recuerdas lo que me dijiste? ¿Puedo caer más bajo? Mira dónde estoy tocando y mira dónde me escuchaste con tu padre.

Levantó las manos y se las enseñó.

– Los años se han encargado de eso, chico. Si quieres escribir mal de mí, hazlo. Si quieres cerrarme alguna puerta… primero mira si hay alguna todavía que esté abierta. No entiendes nada ni eres incapaz de reconocerlo. Solo juzgas sin tener ni idea de nada. Buscas culpables de algo que, de haberlo, es tu padre. Fue responsable de las decisiones que tomó. Era mayorcito.

Armando hizo una mueca que mostraba toda la decepción que en diez minutos le había producido Felipe Carnicero, el hijo de su amigo del alma.

– ¡Vete! – le conminó su madre en un tono de voz que no admitía siquiera una ligera réplica.

El periodista se giró y enfiló hacia la puerta de la calle. Se subió los cuellos de la cazadora y se perdió en la multitud que abarrotaba la calle a esa hora, no sin antes dedicar una última mirada de odio a Armando.

– Perdónalo. Hablaré con él y vendrá a disculparse.

– Es igual a ti.

Armando no pudo evitarlo y le salió un gesto de pillo. Marisa intentó aguantarse pero al final acabó soltando una carcajada.

– Mira, escucha, han empezado… Es el cuarteto de Schubert,

 .

 .

Marisa abría mucho los ojos.

– “La muerte y la doncella” – dijo asombrada.

Armando sonrió.

– Te encantaba.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)

La historia de Armando (III)

I Semana de la música: “La historia de Armando (III)” con el “Cuarteto de cuerda en Fa mayor” de Ravel.

Armando se sentó en la última fila, en la esquina. Apartado de todos.

Su mujer había intentado retenerlo, pero desistió enseguida. Ese brillo en los ojos… sabía que quería decir que su marido necesitaba estar solo; y recordar. Manuela se sintió desesperada e impotente, como casi siempre que lo veía así. Cada vez eran más frecuentes esas huidas hacia la soledad de su marido. Cada vez le pesaba más la mirada en los ojos. Ese mundo profundo y personal al que nadie podía acceder.

Manuela evitó a duras penas sus propias lágrimas de desesperación de comprobar como iba perdiendo a su marido poco a poco, como se le iba escabullendo entre sus dedos; y se refugió, como otras veces, en la música, poniendo sus cinco sentidos en la pieza de Ravel que tocaban sus hijos.

Armando también tenía puesta su atención en la música. En los pizzicatos del segundo movimiento, por ejemplo, en los que había insistido mucho en los ensayos y que le tenían un poco preocupado, porque no salían del todo a su gusto.

Pero sus precauciones se vieron rápidamente diluidas. Sonrió satisfecho al comprobar que habían salido bien. Y orgulloso. Hasta Íñigo parecía ya un gran músico. Esos cuatro días de conciertos al final habían hecho que todos cogieran confianza.

Había más gente que ningún día. Miraba hacia delante y por lo menos podía ver el patio casi lleno. Incluso alguno de los palcos. Esa misma mañana José Luis había mandado prepararlos y limpiarlos. Algún compromiso, seguro. “José Luis no hace nada por ninguna razón”.

Parte del público empezó a aplaudir al final del segundo movimiento. Otra parte del mismo, se lo recriminaba. Sus hijos dudaron, pero al final Nuño se levantó decidido y saludó al público. Los demás le imitaron y agradecieron brevemente esos aplausos que para los entendidos eran casi un sacrilegio. “No se debe aplaudir hasta el final de la pieza”, le decía claramente un señor a su mujer en uno de los palcos. Aunque ella no le hizo caso y siguió aplaudiendo cuando Nuño se levantó.

La pequeña orquesta se sentó rápidamente y Rúl puso el violín en su hombro, apoyó la barbilla en la mentonera, se refregó suavemente varias veces, antes de mirar a sus compañeros, uno por uno. Luego hizo un gesto rápido y empezaron el tercer movimiento.

Este movimiento era mucho más lento, más delicado. Ahí tendría más problemas Íñigo y su sobrina Martina. Pero hoy estaban todos muy centrados, sintiendo la música, no haciendo un trabajo.

Miró a su alrededor y observó a la gente. Ya el segundo día empezó a haber público entendido en música, asiduo a las salas de conciertos y que escuchaban Radio Clásica en el coche. Otros muchos no eran los que suelen ir a este tipo de conciertos, como el público del primer día, pero parecían todos satisfechos con la experiencia. No sabía de que ardides se había valido su amigo José Luis para ir atrayendo a gente al concierto. Incluso vio a su hija mayor que había vuelto. Sonrió para si recordando el breve encuentro que tuvo esa chica con Íñigo. A éste se le cayó el chelo al suelo… Martina se quedó mirándolo con expresión asesina: un poco por el chelo en el suelo, que suponía un sacrilegio, y otro poco por unos pocos celos. Armando siempre creyó que a su sobrina le gustaba Íñigo. “Por eso volvió a tocar el chelo, por el chico”.

Algo le hizo olvidarse de su sobrina, de la hija de José Luis y del chico del chelo. Notó como le taladraban unos ojos desde la tercera fila, al otro lado del pasillo. La señora del perro.

Armando la sonrió y asintió con la cabeza. Ella dulcificó su mirada durante unos pocos instantes. Y justo después, o quizás fue un poco antes, Armando no lo supo determinar, le dio las gracias. Él volvió a sonreír y volvió a asentir con la cabeza. La señora se giró y se acomodó en la butaca para seguir escuchando atentamente. De vez en cuando acariciaba al perrito que parecía, al igual que su dueña, no se perdía ningún detalle del concierto y se dejaba embaucar por la música.

– ¿Me permite?

Armando se sobresaltó, girándose de golpe hacia el lado de donde provenía la voz. Su cuerpo en tensión se relajó al ver quién era quién le había saludado.

– ¿Le importa que me siente a su lado? – apenas fue un susurro.

Armando sintió de nuevo como le taladraba una mirada. Felipe Carnicero no apartaba los ojos de él. Buscaba sus propios ojos con la intención, Armando lo notaba, de conquistar el más profundo e irreductible de sus refugios, dentro de su cabeza. Intuía que el joven había investigado desde su último encuentro y que algo tenía intención de interrogarle.

El músico se encogió de hombros y volvió a recostarse en la butaca, mirando al escenario. No estaba dispuesto a rendir sus fortalezas construidas con tanto tesón durante media vida. Ni estaba dispuesto a renunciar a su momento en soledad acompañado solo del sonido de las cuerdas de los instrumentos de sus chicos.

Terminaba ya el tercer movimiento. Otra vez, parte del público volvió a aplaudir, y de nuevo, la otra parte intentó acallar esos aplausos. En el palco, la señora aplaudía y miraba con el entrecejo fruncido a su marido, que esta vez no solo no protestó, sino que aplaudió también tímidamente.

– Ha cambiado el público.

El periodista intentó otra vez recabar la atención de Armando. Pero éste, una vez más, apenas lo miró de refilón por no parecer descortés y esbozó una sonrisa. Aunque después, su atención se dirigió hacia unas filas adelante. El hombre durmiente estaba de nuevo allí. Se llamaba Pepe y había venido todos los días desde aquel primero en el que dormir era su principal interés. “Luego mi novia, ya saben, tengo que cumplir y estoy hecho misto”. Hoy había venido con su novia. Se habían vestido los dos elegantemente, aunque se notaba que no estaban acostumbrados. Iban como rígidos, repeinados. Y escuchaban atentamente.

– Perdóneme, es que estaba hecho un mierda. – le explicaba a Armando cuando éste se acercó a hablar con él al final del cocierto. – Toda la puta mañana, desde las 6 de la mañana, descargando camiones en el Mercado. Y el encargado se me acerca, es un puto cabrón, pero un puto cabrón, se me acerca a las 3 de la tarde, que no podía con los cojones ¿sabe usted? Y me suelta el cabronazo de él, que viene un puto camión a las y media y que si me quedo. ¿Sabe usted? Me dieron putas ganas de mandarle a tomar por el culo, pero joder, si le hago un corte de mangas, mañana estoy a dos velas, sin un puto trabajo. Hay cientos de currantes esperando que me joda algo para tomar mi puesto. Así que hasta las 7 tirando de cajas. Estaba jodido, pero no tengo muchos ahorros ¿sabe? Y estuve jodido casi dos putos años sin nada de nada, con alguna chapuza aquí para ganar cuatro putos duros e ir tirando para comprar un chusco de pan ¿sabe usted?

La segunda tarde lo habían invitado a cenar en casa. A Manuela le cayó bien y esta vez fue ella la que se acercó cuando acabó el concierto.

– Caballero, si le parece, quisiéramos que viniera a cenar esta noche con nosotros. He ido al mercado y he comprado un pollo en oferta que tenía una pinta estupenda y lo he guisado. Pero es muy grande para nosotros solos, y sería una pena que se echara a perder. ¿Vendría a cenar con nosotros?

El hombre se quedó pensando un rato. Luego, con una copita de vino, confesó que al principio, pensó que le tomaba el pelo. “Pensé que era una puta venganza, ¿sabe usted? Por los ronquidos del primer día”. Después, cuando ya estuvo seguro que no era una tomadura de pelo, se miró sus ropas y miró las de los músicos, con sus smokings y sus pajaritas.

– ¡Ah! Pero no… – Manuela se echó a reír – pero no se preocupe, eso es solo para las actuaciones. Si estamos pelaos nosotros también, si viera las ropas de mis hijos… están para la basura. Tiene más agujeros que… – se lo quedó mirando – ¿Vendrá entonces?

– ¿Y durmió bien ayer con nuestra música aburrida?

David no se pudo contener y le soltó la pulla nada más sentarse a la mesa. Su madre le recriminó con la mirada y el chico bajó la cabeza y se encogió de hombros. Manuela fue a disculparse pero Pepe se le adelantó.

– Espera que te pongo unas patatas – dijo manuela llenando el cucharón de servir con un par de ellas.

– ¡De putísima madre! – Contestó Pepe a David, a la vez que daba las gracias a Manuela con una sonrisa y una mirada – Creí estar en el cielo y fue algo acojonante. – Giró su mirada hacia David – Como en la vida. Y luego con mi novia triunfé. Este guiso tiene una pinta acojonante, señora.

– ¡Ah, mira! Entonces como éstos – David volvió a lanzar su lengua frustrada, esta vez contra su hermano y Nuño. – También triunfaron anoche, los hijos de puta.

– Puta envidia, brother. A ver si el Fede se viene y te hace feliz, joder, eres un puto envidioso y un amargado, perdona que te lo diga broder.

Fue a contestar, pero Armando entró en ese momento a la cocina y lo miró con severidad.

– ¿Pero no les oyes, todas las…?

– ¡Vale! David. Vale.

– ¿Pero sois… ? – Pepe juntó los dedos índices de la mano, para indicar que estaban liados. A la vez abrió mucho los ojos, como sorprendido.

– Ahora los que nos faltaba, no te jode, un puto homófobo, un… un puto animal que va… lo veo venir al pavo este.

– Ya está bien David – esta vez Armando levantó la voz, mostrando ya un grado de disgusto que era difícil de verle.

– No, no – Pepe se puso nervioso – No, si yo… tuve un amigo que era gays de esos, y no… no, yo… lo que pasa es que pensé que… joder, es que no encuentro las palabras, es que no… pensé que … y así de repente a tres… joder, no quiero que por mi culpa… si cada uno es… era un buen amigo, sabe, y yo le quiero mucho; se fue tras un pavo que con el que se había encoñao, pero me da que el otro no le hacía ni caso, y… ya le perdí la pista. No había conocido otros así como él, y pues ha sido una… pero yo respeto mucho… yo… es… no… casi me voy que no quería yo molestar y si se van a enfadar…

Se quedaron en silencio.

– Perdona tú, Pepe. Mi hermano tiene razón, estoy amargado. – Se incorporó y le tendió la mano – quisiera que me perdonaras.

– La hostia puta, en la puta vida me ha pedido perdón nadie. Pero si no es nada, joder, tío, si… chócala, joder, Además esa mano es magia, con la que tocas las cuerdas de los ángeles. Algo se me pegará, fijo.

Rúl fue a decir algo sobre la mano de su hermano, pero la mirada que le lanzó su madre contuvo la chanza. Aunque no evitó que se echara a reír por lo bajo, riéndose de su gracia frustrada, y que su hermano le hiciera una mueca, porque él si le pilló sus intenciones.

Fue una velada muy agradable. Después de cenar, tuvieron una animada tertulia. Pepe se descubrió como un gran conversador que escuchaba las explicaciones de los músicos como si estuviera embrujado.

– ¿Solo tienes 28 años? Joder, si parece que tengas …

Martina lo miraba asombrado.

– Me lo dice mucho la peña. He tenido la vida jodida, ¿sabe? Y me ha dejado marcas.

Armando sacó un orujo, regalo exclusivo de un fan, una botella que guardaba para las ocasiones especiales. Un orujo francés que se trajo de la última gira que hizo por Europa. Y graduaba con meticulosidad las raciones que tomaba de ella. “Tiene que durar”, le decía a su mujer. Ésta le miraba resignada y se daba la vuelta. “El jodido orujo nos enterrará, no te fastidia”.

– Toquemos algo para nuestro invitado – propuso David deseoso de hacerse perdonar su comportamiento abrupto del principio de la velada.

– ¿Por qué no tocas tú solo? Luego nos unimos. Me gusta escucharte – propuso Rúl.

David le sostuvo la mirada. Quería comprobar que no el estaba tomando el pelo.

– La de Bach, la tercera, la que estabas tocando esta mañana.

– ¿Han llamado a la puerta?

Armando se levantó de la mesa y fue a abrir.

– ¿Hay concierto esta noche? – cuatro pares de ojos muy abiertos lo miraban desde la escalera, aunque solo Mª del Carmen había hablado.

– Claro que sí, – señaló Armando hacia la casa mientras se apartaba para dejarles pasar – íbamos a empezar ahora.

– He traído unas rosquillas de anís, que sé que les gustan a los chicos. – la señora Julieta mostró la bandeja que llevaba en las manos. – Las he hecho esta mañana. Vamos, Recadero, no te hagas el remolón y coge las sillas.

– Llegan nuestros fans, suegra – gritó Nuño – empieza el espectáculo. – e hizo un gesto con los dedos, como para calentarlos.

– ¿Podemos? – por la escalera bajaban los del último piso, los Jovellanos y sus tres hijos.

– Guay, eso ni se pregunta, Sr. Jovellanos – Rúl salió a recibirlos y los saludó a los chicos golpeando sus puños.

Íñigo se acercó a Manuela y le habló al oído.

– ¿Podría invitar mañana a una chica a cenar?

Manuela enarcó las cejas y lo miró.

– Claro, hombre. Y si es a quién yo me imagino, invita a sus padres y a sus hermanas también. Pero dime para preparar comida…

– Guay – exclamó Nuño palmeando las manos.

– ¿Llego a tiempo? – José Manuel, el viejito del piso de abajo subía las escaleras con dificultad.

– Le ayudo, hombre, si le he dicho mil veces que nos llame y bajamos a ayudarle a subir. Y encima viene cargado, deme, deme…

– Es la tarta que tanto les gusta a los chicos.

– Pero no tenía que molestarse. Si… me les va a malcriar a los chicos.

– Ande, ande, no se queje, que a usted también le gusta. Y no me diga que se me va a engordar usted, que soy viejo pero no ciego. Todavía. Y ni usted ni los chicos, chicha ni na que se le parezca.

– Éste es Pepe, un amigo – presentó David en voz alta. – Vamos a empezar hoy con un solo de violín que me ha pedido mi querido gemelo. – Arrejuntarros por allí un poco más, que llega más gente. Ricardo, buenas tardes – saludó efusivo a un chico regordeto que entraba en ese momento con cara de despistado.

– ¿Querido? ¿has dicho querido a tu hermano? Pero si estáis a la greña todo el día – picó Doña Julieta. – Se os oye discutir; y eso que estoy medio sorda.

– Lo de querido era irónico. ¡Cómo voy a querer yo a este imbécil! – Eso decían sus palabras pero su mirada decía otra cosa. – Pues lo dicho, Bach tiene la culpa de esa primera pieza del concierto de esta noche.

Acabaron de acomodarse todos en el saloncito, los niños encima de las piernas de los mayores, los músicos en una esquina solo con el espacio suficiente entre ellos para hacer los movimientos de los instrumentos y ahora, David en medio. Ajustó las cuerdas del violín, probó que sonaba como debía… se cruzó la mirada con su hermano al que guiñó el ojo y empezó a tocar.

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La Historia de Armando (I)

La Historia de Armando  (II)