Retazos de vida imperfectos 05. He sentido tu piel en mis dedos, Mi Príncipe.

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Frank Liszt: Sueño de amor.

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Esta noche he sentido tu piel. Esta noche. Mientras intentaba conciliar el sueño.

Hace tanto tiempo que no acaricio tu piel que parece que eso no ha sucedido nunca, mi Príncipe. Esa piel sedosa, blanca, esa piel que tanto gustaba de mis dedos. Que se llenaba de calor y color solo con que estuviéramos tumbados al lado, en la cama, en la arena de la playa, en el césped de los jardines del Emperador.

Hace tanto tiempo que no estamos juntos, mi Príncipe, que parece que no nos hayamos conocido. Que nunca hubiéramos entrelazado nuestras manos para pasear por las calles de Lisboa, que nunca nos hubiéramos abrazado en aquella pensión de mala muerte de Cádiz. Hace tanto tiempo, mi Príncipe que no estamos juntos, que aquella vez, aquella primera vez que hicimos el amor en Brujas, parece que no hubiera sucedido nunca. Ni aquella primera vez que hicimos el amor en Madrid. O aquella de casa, tu casa. O aquella vez en casa, mi casa. Aquella vez que nos amamos en aquel barco sobre el Sena.

Hoy, mi Príncipe, hoy, he sentido tu piel en mis dedos. La acariciaba, y te juro que la he sentido. La acariciaba, mi Príncipe, y te juro, que me ha recorrido una descarga eléctrica de excitación y placer. Luego, me he llevado los dedos a mi boca y te he besado, como se besa a un amante, a un amado.

Ahora, desvelado por tu recuerdo, pienso que la vida no tiene sentido sin ti, sin tu amor, sin tu consuelo, sin tu apoyo, sin tus necesidades. Nadie me necesita, mi Príncipe, desde que te fuiste.

No seré capaz de dormir hoy en nuestra cama. Debería haberla vendido. Debería haberla tirado. Mañana lo haré, mi Príncipe.

Y hoy dormiré en el suelo. Acurrucado. Deseando que llegue el amanecer para que la luz esparza tu sombra en el abismo del olvido y así, poder recuperar mi vida.

O eso, o vuelve, mi Príncipe. Y deja que las yemas de mis dedos acaricien tu piel y mis labios, acaricien los tuyos.

O Holy night – El coro de King’s College de Cambridge.

Faltaba un coro, y ya no.

El coro del King’s college de Cambridge. Como los mismos ángeles.

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Pues que el Jaime, que ha vuelto y tal, pero que me la refanfimfla, que yo sigo con lo del blog hasta el domingo. Que el jaime se ha ido a currar como un campeón y no ha vuelto entodavía. que escribo esto por la noche, a las 23:12 h. exating.

Anda que no cantan bien y tal. Con esos vestidos y tal. Y así, todo serios. yo cantaba de puta madre de peque. Pero  ahora, na, tengo la voz de pescatero chillón.

que me callo. que a escuchar a los niños cantores.

El Adri.

 

Concierto de Navidad Op. 68 – Arcangelo Corelli.

Casi no he puesto música clásica esta navidad.

Hoy os traigo el concierto grosso de Navidad de Corelli.

Cerrad los ojos y disfrutad.

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Pues yo le he hecho caso al Jaime, y me he quedao en el limbo. He dormido como hacía tiempo. Toda la noche, que yo estaba en ponerlo anoche y tal. Y es que la Nochevieja fue de traca. Joder, que desfase. Ya os cuento otro día, que no quiero joderle el post al Jaime.

Encima que he corregido las faltas y he estudiao las palabros.

 

Adri.

El escritor quiere saber. Final.

Seguía haciendo frío. Álvar caminaba encogido sobre sí mismo hacia la librería. Esta semana serían las últimas reuniones. Al final las echaría de menos. Después de aquel día en que una señora le puso de vuelta y media sin saber muy bien a qué se debía esa inquina, las cosas habían vuelto a la normalidad. Algunas personas que habían disfrutado de verdad con la historia, otros que no tanto, algunos que no les había gustado, pero de buen rollo, hablando de las cosas, del tema, de las palabras, de la estructura…

Álvaro le había propuesto seguir con las reuniones durante un par de semanas más. Pero sabía que estaba siendo un esfuerzo grande para él. No sacaba rentabilidad a las citas, y le estaba empezando a pasar factura en sus relaciones familiares. Empezaron con una semana y luego, con la emoción, habían pasado casi mes y medio con al menos tres reuniones cada semana. Y muchas acababan pasadas las 10 de la noche. Todo era muy bonito, pero sus hijos necesitaban de vez en cuando colgarse del cuello de su padre.

Así que se excusó con el cansancio y con una posible gira organizada por la editorial. Y con su próxima novela que estaba escribiendo. Esto último era mentira, y lo primero, una remota posibilidad comentada como globo sonda, nada más. Y la gira sería los fines de semana, que él, por mucho que vendiera, no podía permitirse de momento dejar su trabajo.

Del actor que no era actor sino músico, nada de nada. Solo sombras en sus sueños. Sombras que no sabía como calificarlas. Solo sabía que no se sentía bien. Que en el fondo, necesitaba una explicación. Y además, en su cabeza aparecía cada vez con mayor insistencia la pregunta de que si de verdad había llegado a sentir algo por él.

Algunas noches, en sus sueños, caminaba por pasillos interminables. Pasillos medio a oscuras, en todo caso iluminados con tubos fluorescentes que se apagaba y encendían con una cadencia incontrolada. A él le parecía que era al ritmo del viento que hacía en un bosque cercano. No veía el bosque pero sabía que estaba ahí. El zumbido de las luminarias acompañado por los silbidos del viento a la luz mortecina de una luna que moría un poco cada día, ponían banda sonora a la fantasía. A parte de estos murmullos quedos, el silencio dominaba la escena. Un silencio que en ocasiones le permitía escuchar con imperturbable claridad el latir de su corazón.

– Buenas tardes ¿cómo estás?

Los primeros asistentes empezaban a llegar. Como todos los días, Álvar los recibía uno a uno en la puerta. Les daba dos besos, uno, un abrazo, un sobrio apretón de manos, dependiendo de lo que necesitaban. Éste chico le desconcertó. Primero porque era el asistente más joven que había concurrido a sus lecturas públicas. No pasaría de los veintidós o veintitrés años. Y segundo, porque sus ojos irradiaban una luz deslumbrante. No es que fueran bonitos, que lo eran, sino que tenían una fuerza que salía de dentro que era capaz de arrasar los Pirineos de una sola mirada.

– Me alegra que te hayas animado a venir por aquí.

– Soy tu fan number one. Me he leído la novela tres veces.

Intercambiaron unas palabras más. Se enteró de que tenía ya veintiséis, que había abierto una tienda de ropa con una amiga, y que le gustaría crear su propia marca de ropa.

– Como Zara.

Detrás de él llegaron una señora de unos 60, con sus gafas colgando de una cadena, entusiasmada con la idea de asistir a la reunión. Resulta que esa señora era amiga de aquella que se las hizo pasar canutas, la noche en que apareció Carlos. O Andrés. O Federico. O Saúl. O como se llamara en realidad, le daba igual.

La señora de las gafas le llevaba a la señora rancia y ésta a “esequenosabíacomocalificarnillamar”. La señora que creyó ver un pequeño gesto de desesperación de Álvar al recordar a su amiga, no dudó en asegurarle que ella no era de la misma calaña que su amiga. Y que además, a ella le había gustado mucho “Muchachito”. Álvar respiró tranquilo. Durante unos instantes pensó en preguntarla a que se debía tanta inquina, pero la llegada de un matrimonio se lo impidió. Luego llegaron un par de conocidos del trabajo y también una pareja de dos hombres. Le gustaba ver a parejas así acudiendo a actos sociales con toda normalidad. Y le daban envidia. Ya le gustaría a él poder hacer lo mismo. Coger a su novio o marido e ir caminando hasta la librería de la calle Laín Calvo para charlar sobre una novela cualquiera, con sus autores o con otra gente que le hubiera gustado.

Pero no era posible. Su hombre no había aparecido. Su historia con Marcos ya era cosa lejana. Casi dos años. Y la verdad, ahora no recordaba nada de todo aquello con ilusión, con envidia, con ganas de repetir, de estar con él de nuevo. No echaba de menos ni siquiera el sexo. De todas formas, había descubierto un chapero que en caso de necesidad le hacía pasar un rato agradable. Adri, se llamaba. Un chico estupendo, muy alegre y de esos que son buena gente. Una vez incluso lo llamó y no hizo sexo con él. Solo hablaron. Más bien, le dejó hablar a él y se lo hizo pasar genial. Casi le perdona la chapa “pero si ni chapa ni ná. Si ni la e sacao pa mear, la hostia puta.” Pero Álvar insistió en pagarle. Es que había sido mejor que una terapia con un psicólogo.

– Ya estamos todos, escritor.

Álvar apartó por un momento su vista de Bruno, un encofrador que se había declarado fan de su forma de escribir. “Me gustas desde el blog”, le decía todo orgulloso. “Y la novela fue la hostia”.

– Pues empezamos, librero.

Sonrió a Álvaro al que notaba un poco cansado. Tenía que recordar comentarle de que a lo mejor sería buena idea cancelar las últimas reuniones para que él tuviera más tiempo.

Fue una reunión muy agradable. Todo hablaban entre ellos, mostraban en público esas cosas que les había movido por dentro. Para asombro de Álvar, el benjamín de la reunión, Eduardo, era uno de los que más participaba. “la escena esa de la plaza, con Hugo en el suelo pisoteado por su pareja, lloviendo, me hizo, te lo juro, me puso la piel de gallina”. Me recordó a un ex mío, Kike. Joder como me las hizo pasar. Pero es que…” y luego la señora de las gafas apuntaba detalles de otras relaciones que conocía, e iniciaron un cambio de opiniones muy interesante. Y los demás apostillando o contando sus historias. Álvar sacó en un momento su Mosquino para apuntar algunas de las ideas que estaban exponiendo y que le gustaban para historias futuras.

Estaba pleno.

Y de repente, empezó a sonar una suave música. Violín.

 

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Sonrió porque pensó que Álvaro estaba preparando el camino para ir cerrando. Eso solía indicar que no daba a la reunión más de veinte minutos. Álvar se giró para indicarle de alargar más la reunión, pero para su sorpresa se lo encontró completamente traspuesto. Estaba dormido.

Miró entonces al local, más allá de los contertulios. Y lo vio. Carlos, Julián, Ramiro o Prometeo. No sabía como se llamaba. Pero era él. Lo miraba fijamente mientras tocaba. Y lo hacía con tanta delicadeza que parecía que la música acariciaba su piel. La gente se fue volviendo y dejaron su charla. Era emocionante escuchar esa música. Era emocionante porque parecía irle como anillo al dedo a la última parte de la novela.

El violinista acabó su pieza. Todos aplaudieron. Él sonrió agradecido y saludó como si estuviera en un gran escenario.

– Diego Romaní, es Diego Romaní – afirmó Eduardo – Es que me gusta mucho la música y para que negarlo, está como un pan. Lo vi una vez en Valencia, es genial. Casi me lo ligo, pero se me adelantó un fulano así de mucho empaque. Lástima para él. Qué guay que lo hayas traído. A lo mejor será tu novio. No me lo puedo creer que buen gusto que tienes. Y yo que creía que te podría tirar fichas y ligarte… dime que no es tu novio ¿Lo es?

Todo esto se lo contaba a Álvar. Ésta última pregunta la hizo en un tono que parecía indicar que estaba asustado por la posible respuesta.

– Tranquilo, que puedes ligártelo. Solo somos amigos o lo que sea.

– ¡Ah! – hizo una pausa – al que me quiero ligar es a ti.

Agachó la cabeza. Le había parecido una buena opción lanzarse en ese momento, pero una vez que se escuchó en voz alta su desafío, se sintió ridículo. Acababa de conocerlo. Le entraron ganas de irse con cualquier escusa. Pero Álvar le sonrió agradecido y le puso la mano sobre la suya. Y un suave roce de su dedo pulgar le hizo cambiar nuevamente de opinión y quedarse. Aunque por un momento, le sonó a película ya vista. Y de repente le sonó todo a impostura.

Los aplausos despertaron a Álvaro. Estuvo desubicado durante unos minutos, pero al final, cuando recuperó el sentido de la realidad, dio un pequeño salto. Era más de las 10 de la noche. Álvar interpretó el gesto y dio por terminada la charla. Intentó abreviar con la gente, firmar los libros sin dar muchas vueltas a las dedicatorias. Dejó para el final a Eduardo. Se dieron un abrazo y éste aprovechó para dejarle su número de teléfono y un beso en la mejilla.

– Solo quedamos tú y yo.

Álvar sonrió mirando al violinista.

– Me pone por favor estos 6 ejemplares.

Se los alargó a Álvaro para que se los cobrara, sin apartar la mirada de Álvar.

– Parece que tengo un competidor.

El escritor levantó las cejas. Para su mente quizás poco atrevida, tanto el considerar al otro chico del que había olvidado ya su nombre o al violinista, del que estaba por conocerlo todavía, le parecían dos hechos llenos de una realidad absolutamente ficcional.

La puerta se abrió de repente. Un joven desgarbado, con el pelo enmarañado, entró como un torbellino. Fue tan apresurada la entrada que casi se tropieza con la mesa supletoria en donde estaba dispuesta una pila de los libros de Álvar.

– Perdón, perdón – dijo mirando a todos lados, buscando sin duda al librero. – Por favor, ¿me firma el libro? No he podido venir antes, mi relevo en la cafetería no ha venido y no me he podido escapar. Y lo he sentido mucho, tenía muchas ganas.

Otro chico deslumbrante. Esto si que era raro. En una misma tarde, en un espacio de dos horas, 3 chicos deslumbrante parecían estar colados por los huesos del escritor. Porque a Álvar le quedó claro que esa nueva aparición estaba nervioso porque estaba delante de él. Y que no era por ser escritor, sino que su mirada traslucía algo muy parecido a la adoración con mayúsculas. Posiblemente sin ese apresuramiento no se hubiera atrevido a cercarse nunca. Se quedó mirando a este nuevo personaje. Parecía más mundano que el de la tienda de moda. Joven y guapo sí. Pero ahora que se fijaba, éste parecía tener esas cosas que tienen la gente normal que acaba de salir de trabajar, brillos en la piel de pasar un día ajetreado y no haber ido a casa a ducharse, ropa de todos los días, ojos de cansado aunque con ganas de juerga. Y un deje de timidez en su gestualidad general que parecía real.

Álvar empezaba a estar un poco enfadado. Tuvo la tentación de echar con cajas destempladas a esta última aparición y a su violinista. Estaba cansado de estas historias. “¿Por qué me importan en realidad?” “¿Que es verdad y que es mentira? Tanta mentira te hace dudar de la verdad, si es que hay algo verdadero en esta vida.”

El camarero se fue una vez conseguido el libro. Se quedó con ganas de hablar más con el escritor y sin duda de intentar tener una cita con él. Su naturaleza tímida no ayudaba. Y su percepción de que en realidad no estaba a la altura de ese tipo de gente, tampoco contribuyó. Pero lo que le convenció para irse, es la sensación que sintió desde que entró: no era bien recibido. Pensó que sería que no tenía el glamour necesario para que alguien tan intelectual como un escritor se interesara por hablar con un simple como él. Se fijó en el otro joven, con un violín en la mano. Ese si que estaría a su nivel. “Yo soy un mierda”.

Álvaro trajinaba a toda prisa por la librería. Álvar se dio cuenta de que debían irse. No le apetecía salir a la vez que el músico porque eso le obligaría a tener una conversación con él y la verdad no le acababa de apetecer. Por un lado, quería salir de dudas. Por otro… empezaba a estar cansado de toda esa historia.

– Cenemos aquí, a la vuelta de la esquina.

– Antes fírmame los libros, please.

Al abrir el primer libro, encontró el carnet de identidad del violinista. Diego Romaní del Molinar. Miró la foto, miró el nombre y sin más, se lo devolvió. Era un gesto innecesario después de la actuación del chico de la tienda de moda. Ahora habría que preguntarse cómo se llamaba en realidad ese “Eduardo”.

– Id mejor al “Guillermín”, en la plaza. Se come bien y cierra tarde. Allí trabaja el chico de antes.

Álvaro sonreía de medio lado. Conocía lo suficiente a Álvar para saber que no estaba a gusto con la situación. “Al menos sabrá donde encontrar al otro”.

– Mejor vamos a ese primero que has dicho – dijo Eduardo. – Tenía buena pinta – era una tontería lo que había dicho, porque no conocía ni el uno ni el otro, pero no le apetecía lo más mínimo encontrarse con ese camarero.

– Vamos donde quieras.

La cosa fue sencillamente desapasionada. Álvar no estaba por la labor y aunque Diego se esforzó en pedir disculpas en que se olvidara de todo lo pasado, no consiguió avances apreciables. Luego hablaron de música y de arte y ahí estuvieron a gusto. Pero si alguno de ellos esperaba que surgiera una chispa que rompiera el maleficio enquistado en esa relación viciada por las circunstancias, no ocurrió.

– ¿Por qué?

Salió la pregunta en medio de una disertación que Diego había empezado sobre la novela de Álvar. Al principio dio la sensación de que no había entendido la pregunta. Pero poco a poco, su rostro fue mudando a una expresión de impotencia. No sabía explicar lo que había hecho. No sabía encontrar un por qué. No tenía respuestas y eso que las había preparado. Solo sabía que iba a perder algo que en realidad nunca tuvo pero que, tarde, pero había descubierto que quería y necesitaba. Y ahí fue consciente de que todo lo que hiciera iba a ser en vano.

Hablaron un rato más sobre alguna cuestión política. Los camareros esperaban ya a que acabaran para cerrar e irse. Álvar se levantó y pidió la cuenta pero Diego se había adelantado cuando se levantó para ir al servicio y ya había pagado.

– Te tengo que firmar los otros libros.

Se quedaron mirando un buen rato. Uno valoraba invitar al otro a su casa y el otro estudiaba la forma de recuperar algo de lo perdido.

– Otro día si eso.

Diego se rindió. No estaba acostumbrado a luchar por las personas. La gente venía a él, lo buscaban y le decían lo que quería escuchar. No veía la necesidad de rebajarse y luchar por alguien. Tenía la sensación de que perdía algo que le iba a venir muy bien, algo que amaría, porque ya lo amaba. Que serenaría su espíritu, porque lo había hecho durante muchos meses cada noche, en la distancia, en secreto. Pero ese aspecto de su vida lo tenía muy descuidado. No veía la necesidad de luchar por ello. Quizás el orgullo ayudaba. Además, con tanta gente que se le aparecía de motu propio y se le rendía sin condiciones, seguro que surgiría alguien que sería tan bueno o mejor que ese escritor del que se iba a despedir para siempre.

– ¡Que te vaya bien en la vida!

Álvar asintió con la cabeza. Se acercó a él y le dejó un suave beso en los labios. Le acarició la mejilla suavemente y lo miró a los ojos, profundizando dentro de él. Sonrió tristemente. Le hubiera gustado estar ahí dentro. Le llenaba ese hombre henchido de arte y de genialidad. Y también de orgullo y mentira. Pero no estaba seguro que a la otra parte le importara él. Y eso era primordial. Volvió a acercar sus labios a los de Diego y dejó un nuevo beso, el último. Más sentido que el primero, más dulce. Y su caricia más cálida. Después se giró y empezó el camino de regreso a su casa.

Diego miró como se alejaba. Suspiró decepcionado. Ese último beso le había dejado un sabor amargo a pérdida y derrota.

Su historia ya había acabado. Muchas respuestas que había preparado para muchas preguntas que no le había hecho. Ahora lo sabía: había perdido. Y era su culpa.

Álvar se subió los cuellos del abrigo, metió sus manos en los bolsillos y subió los hombros para intentar retener el mayor calor posible. La noche estaba fría, incluso empezaba a caer una suave cortina de niebla. No se había dado cuenta de nada de eso hasta ese momento.

Su historia ya había acabado. Muchas preguntas quedaban sin responder. Algún día quizás se las contestarían, si él se animaba a hacerlas.

Pensó en llamar al chico de la tienda de moda, por comprobar. Pero estaba seguro que contestaría Diego.

Y pensó en ir a buscar al chico del bar, pero no le parecía correcto que fuera la opción B ó C de esta historia que acababa. Ese chico se merecería una historia para él mismo siendo la primera opción, aunque no floreciera nada de ahí.

Quizás con un nuevo día, sería una historia nueva.

Pero al fin podía descansar tranquilo: esta historia ya había acabado. Aunque en el fondo, le dolía que así fuera y sin querer reconocerlo, hubiera dado cualquier cosa porque la historia tuviera una segunda parte y el final fuera muy distinto.

Buscó en el bolsillo y sacó un viejo paquete de tabaco. Hacía tiempo que no fumaba. Pero esa noche, era la adecuada y recordar viejos tiempo y echar un par de caladas camino a casa, solo, helado de frío y desencantado con la vida.

Fin.

Le llamé, me llamó, fue una noche de luna y brisa.

Los garajes suelen ser tenebrosos. Un lugar para organizar en la cabeza alguna historia de terror en la que las arañas adquieran el tamaño de los dragones de Harry Potter y las columnas escondan siempre a malhechores dignos hermanos de sangre de Jack el Destripador. Y yo ahí, aparcando en mi sitio, bajo la luz titileante de un fluorescente que vivió tiempos mejores un siglo antes.

– Bueno, bueno, hace cuanto tiempo. Bueno, bueno, casi es una mudanza.

Me salió. Lo vi al salir del coche. Él sacaba del suyo una maleta enorme y un montón considerable de bultos menores. Lo que me extraña es que cupiera todo en so BMW deportivo. Vestía una camiseta negra que le ceñía a la perfección el cuerpo y dejaba claras las formas perfectas con las que ese chico deleita a la humanidad.

Nunca hemos hablado. Nos encontramos aquí y allí, en el garaje de casa, en la calle, en el cine una vez. “Hola, y tal ¿Cómo estás? Bien”; sigue un momento de incomodidad y una despedida apresurada. Tres palabras a lo sumo seguidas. Para que más. De no poder vivir junto a él el resto de mi vida ¿para qué malgastar briznas de pensamientos, de sueños, virutas de amores imposibles?

– Como nos vamos a ver si no me llamas.

Me lo dijo así, sin pensarlo. Casi me da más susto que si de detrás de una de esas columnas que pueblan el garaje, hubiera salido el mismísimo Jack el destripador y yo me hubiera convertido en su puta y por lo tanto, en su siguiente víctima, no me hubiera dado tal vuelco el corazón. Pero mira, por una vez en la vida, mi mente rápida, mi alma de actor frustrado, actor de la vida, que es una forma de ser actor más jodida y menos remunerada, o mejor, ahora que pienso a todo correr, mi alma de guionista de sitcom de éxito – veinte temporadas en antena y no baja el listón, o madre mía…

No sé que estaba diciendo.

¡Ah! Sí, comentaba mi gran despliegue de originalidad para contestar a esa invitación… porque era una invitación. Pues yo, me puse muy digno, saqué el teléfono y dije…

– Dame tu teléfono y verás si te llamo.

Me lo dió. Y le llamé.

– ¡Hola! ¿Qué tal? Me llamo Jaime.

– Yo Rodrigo, encantado.

Le miraba de reojo y sonreía. Yo no me miraba de reojo, pero también sonreía.

– Que tal el viaje.

– Un poco cansado. Desde Málaga se ha hecho largo.

– Son unos cuantos kilómetros.

– Y ha sido un viaje cansado, ha llovido mucho, Madrid imposible, un desastre.

– ¿Quieres que te ayude con el equipaje?

– No, gracias tú también estás cansado.

– Hacemos una cosa, te ayudo a llevar las cosas y luego cenamos un poco. ¿Tienes hambre?

Pero todo esto, por teléfono, mirándonos a la cara, él al lado de su maleta y bultos varios, y yo recostado sobre el capó de mi coche.

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Era una noche agradable. La luna en lo alto del cielo, una suave brisa acariciaba nuestros rostros cuando salimos a dar un paseo. No hablamos mucho. Parece que lo nuestro no iba a ser la conversación. Pero había algo que empezaba a calar en nosotros y era que… estábamos a gusto juntos. No fue una gran cena, ni tampoco una gran noche. Sí, fue una gran noche. Compañía y silencio cómodo. Una gran noche, sí.

Un roce, un dedo apartando un jirón de cabello que amenazaba con apropiarse del camino al mar de sus ojos azules. Ojos cansados pero jubilosos que luchaban por permancer abiertos.

– Vamos – le dije al final tendiéndole la mano.

Él la cogió suavemente, sonrió todavía más suavemente y me siguió camino a mi piso. Subimos al sexto, entramos de nuevo, no hicimos caso de la cena sin recoger, llegamos a la habitación y le empujé sobre la cama.

Le ayudé con los zapatos, con la americana, con los pantalones. Le quité esa camita negra que tan bien había cincelado los detalles de su torso. Abrí la cama, le ahuequé la almohada y me iba a ir…

– No apagues la luz, por favor.

Sonreí.

– No te vayas, por favor.

Me había girado para salir. Volví sobre mis gestos y volví a sonreír. Me arrodillé a su lado, miré el fondo de esos ojos que luchaban por cerrarse y soñar con mundos rutilantes de algarabía y felicidad, llenos de nubes de algodón y monedas de chocolate.

– ¿Me llamarás mañana?

Dí a mi voz el empaque necesario para que esa simple pregunta sonara como la más importante a la hora de determinar el destino del mismísimo Universo.

– Te llamo ahora si quieres.

El tío, mira por dónde había salido.

Se quedó dormido al instante. Esa respuesta llena del fulgor de “¿Podría ser amor?” fue un esfuerzo supino tras el que no cupo otra posibilidad que la de imbuirse en las sombras de la noche de los sueños. Y yo, asombrado por el cariz que había tomado mi paso por el garaje, esa cueva de los horrores normalmente reconvertido por gracia de una llamada de teléfono sin sentido, en una noche con mucho sentido, una noche en donde comienza el sentido de la vida de dos almas que hasta ese momento, no lo habían encontrado.

No tardé en unirme a él. No me dio tiempo ni a levantarme del suelo. Allí, recostado, iluminados por la lámpara de la mesilla de noche, dormimos los dos. Él tumbado, y yo mal sentado en el suelo. Al día siguiente lo pagué, con dolores varios, enfriamientos galopantes ganando posiciones en los órganos de mi cuerpo. Pero, amigo, me despertó una llamada.

– Es hora de levantarse – dijo alguien al otro lado del teléfono.

Y ese alguien era él, que con una mano empuñaba el teléfono y con la otra, me tenía cogido el alma, jodido de él.

Pero aún así, tardó en quitarse la tortícolis.