La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 21 .

El oledor de sobacos tuvo una visión mientras hacía su speech a la concurrencia. Volvió a decir eso de “Quieto todo el mundo”, que recordaba de una película de los años 80, española, aunque no sabía cual. Sería alguna de Alfredo Landa o de Pepe Sacristán. O de José Luis López Vázquez y Florinda Chico. En esa visión, miraba a la concurrencia a la que secuestraba. Y se fijaba de repente en el Presidente USA. “Parece un actor, se dijo”. Y miró a la Merkel, que tampoco parecía ella, que parecía más fina y segura, y como más agradable y demás. Y se fijó en Ojos Iván taladrado por el soldado ruso, rubio, rubio, y vio en la mirada un halo de triunfo. Parecían decir: “Jódete”, cuando el jodido era el tal Ojos Iván.

Y se fijó en los primos de Ramiro el millonetis, para él, Ramiro el imbécil y vio un gesto de terror que inundaba cada vez más sus rostros.

Y vio al subdirector del banco, que entraba llorando en el salón, sujetado por dos GEOS enormes y atado como si fuera un chorizo.

El oledor de sobacos, al que recordemos que su madre decidió inscribirlo en el registro civil como Enrique, tuvo un impulso y se dio media vuelta e intentó salir pitando por dónde había entrado. Pero se topó con Óscar el secretario, que lo señalaba con su dedo índice, flanqueado por otros dos armarios que tenían el uniforme de los GEOs para la ocasión, unos smoking apretados, muy apretados, sus músculos pugnando por romper las costuras. Eran la viva imagen de “Hulk” justo un segundo antes de su transformación en “La Masa”.

No, no, no”, le dijo Óscar con el dedo, a ritmo de una canción famosa.

– No te vayas, corazón – le indicó Manu

– Mira la que has armado – le dijo el tercero de los Tres mosqueteros.

– Los Tres Mosqueperros – dijo Enrique, el oledor de sobacos con todo el tono de desprecio del que era capaz, que era mucho, porque el odio y el asco, el amargamiento que anidaba en su espíritu era tan grande que podía tocar un buen trozo a todos y cada uno de los habitantes de la tierra.

Óscar el secretario sonrió picarón y dijo:

– Guau.

Pero fue un guau logradísimo. Un guau seductor. Porque Enrique el oledor de sobacos no era de los que aman a los hombres, sino que su pasión descontrolada son las mujeres, que si no, hubiera caído rendido al “guau” de Óscar el Secretario. Ojos Iván, que estaba por ahí cerca y que percibió con toda nitidez los detalles seductores de ladrido de Óscar el secretario, se corrió solo, sin tocarse , y eso que apenas unos minutos antes había llegado a la gloria con la picha del Rubio bien metida. Ahora se preguntaba si después de que todo se tranquilizara, tendría una oportunidad de recuperar el tiempo perdido, de reintentar la conquista de la plaza fuerte de Óscar el Secretario, que era guapo, guapo, y que ladraba con tanta alegría y seducción.

– Y está bueno. – añadió en voz alta, recuperando la respiración después de la corrida, la segunda.

– Y es buena gente – dijo otra vez en voz alta, adornando la afirmación con un suspiro de sueño y pasión.

– Sois unos perros falderos – escupió Enrique el oledor de sobacos.

Los tres mosqueteros se juntaron y pensaron en hacer lo de las espadas, pero con sus… bueno, ya me entendéis. Pero pensaron que las cámaras de vigilancia estaban en marcha, que todo eso se vería en todos los cuerpos de seguridad del Mundo, y no era cuestión de que luego, todos quisieran contactar con ellos para probar más de cerca las espadas de los Tres Mosqueteros, que sabían que son irresistibles y que los cuerpos de seguridad y espionaje del mundo están a dos velas, por lo de las horas extras y la tensión del trabajo y las extremas medidas de seguridad, cámaras a gogo y demás que havían imposible escabullirse de las largas vigilancias para echar un kiki con el que estuviera más cerca.

– Se lo que estás pensando, pero a mi no me incluyáis, que yo y Ghillermo tenemos una actividad frenética – les dijo Javi el policía, riendo por la ocurrencia de los tres acólitos de Ramiro el millonetis.

– ¿Y como sabes…?

– ¡¡Ah!! La policía no es tonta – contestó enigmático.

Óscar el secretario pensó que a lo mejor Javi el policía había conseguido meterse en su longitud de onda de comunicación telepática. O que tenía escuchas mentales en la sala, un proyecto del CESID súper secreto.

– Ha tirado un dado y ha acertado – propuso Manu.

– ¿Ha sido eso? – preguntó Óscar el secretario.

Javi el policía se alejó sonriendo y sin darse por aludido. Caminaba deprisa camino de los servicios del Ala Oeste, en dónde Ramiro el millonetis y Jorge el camarero, se recomponían su estampa después de su soberbia actuación.

– Muchas gracias por haber participado en la farsa.

– Ha sido una farsa muy real y placentera – contestó un sonriente Ramiro el millonetis, feliz cual perdiz por recuperar a su maridito.

– Podíamos haber puesto unos dobles como con los invitados, pero ninguno hubiera sido capaz de poner al intensidad y la pasión que vosotros.

– Me han dicho que tú y Ghillermo le dais bien.

– ¿Y quién te ha dicho eso, Jorge el camarero?

– El otro día vino a verme Ghillermo.

– ¡Ah!

– ¿Te he sorprendido?

– Pues sí, la verdad. Hablaré con el equipo de vigilancia y cortaré alguna cabeza.

– Perdónalos.

– No.

– Ghillermo les convenció de que no te dijeran nada.

– ¿Por qué?

– Quería hablar. Está pensando en darte una sorpresa y quería comentarlo conmigo.

– ¿Qué sorpresa?

– No puedo decírtelo.

– Ya verás cuando le pille.

– Cuando le pilles, no dirás nada.

– ¿No?

– No.

– ¿Por qué?

– Porque te lo pido yo.

– Pero…

– Por nuestro pasado.

– Ya.

– ¿Qué pasado? – preguntó un intrigado Ramiro el millonetis.

– Fuimos buenos amigos – contestó muy seguro Jorge el camarero.

– ¿Ya no?

– Hemos perdido el contacto – volvió a responder Jorge.

– Pues habrá que recuperarlo. Veniros a cenar un día de estos – propuso Ramiro, inocente él, pensando que lo de la amistad y el contacto era meramente espiritual.

– El viernes estaría bien – apoyó la propuesta Jorge.

– Lo hablaré con Ghillermo y os digo.

– Chicos, hay que salir ya. Los actores se han ido y ya están los VIP en persona en el salón.

– Vamos allá, vamos a poner nuestro granito de arena para salvar al mundo.

– ¿Y que han dicho esos bobos?

– Los están interrogando ahora. Es pronto. Pero me parece que será difícil probar la implicación de ningún gobierno.

– Ese Enrique, ya te decía yo – le recriminó Jorge.

– Pero pensé que le tenías manía por lo de olerte cuando pasabas a tu lado.

– Y tus primos, que fuerte – apuntó Jorge con un poco de mala baba.

– Y tus hermanos – contraatacó Ramiro.

– Me gustaría que estuviera Loca aquí para que viera a su subdirector esposado. ¿Sabes algo de él?

Óscar puso su sonrisa de compromiso antes de negar tener noticias de él.

– Que raro, con lo que te quería.

– Ya.

Se hizo un silencio incómodo que duró algunos instantes.

– Ramiro, Jorge, Javi, debemos continuar al fiesta.

– Adelante.

– Por Ramiro y por Jorge – brindó el presidente USA en cuando vio que se acercaban.

– Por ellos – gritaron entusiastas el resto de los invitados.

Y todos levantaron las copas. Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, entrelazaron sus brazos con sendas copas de cava en ellas, en las cuales había zumo de habichuelas, sin alcohol, y bebieron mirándose a los ojos, como dos tortolitos, como lo que eran.

Y el público asistente aplaudió a rabiar.

Y todos se emocionaron.

Carlitos echó un ciento de lágrimas.

Óscar el secretario respiró tranquilo y también lloró. Se había dado cuenta de que había querido más de lo que creía a Jorge el camarero. Y por primera vez se había sentido solo. Echaba de menos a Loca. Aunque vio a su secretario a lo lejos, colocándose el paquete, no sintió ganas de acercarse y acabar lo que había empezado hacía unas horas.

La Señora Merkel también echó una lágrima, aunque amenazó muy seriamente a todo el que la vio con despellejarlo vivo si se le ocurría contarlo.

Fue… una bonita fiesta. No hubo repetición del polvo de Ramiro y Jorge. Estaban un poco cansados. Tanto agasajo, tanta cosa, la emoción del amor recuperado. Cerca de las 7 de la mañana, los anfitriones despidieron a los últimos invitados, los Sres. Obama. Cuando se cerraron las puertas de la mansión, Jorge el camarero se desabrochó la pajarita y se quitó los zapatos tirándolos de cualquier forma.

– Ahora es nuestro momento – dijo complacido Ramiro el millonetis, tirando de él hacia sí, como en esa película “El hombre tranquilo”, y que tan bien homenajeaba “ET”. Se abrazaron y se besaron.

– Vamos, que tengo ganas de ti – dijo después de un beso largo.

– Estoy agotado – contestó teatralmente, muy dramático, llevándose la mano a la cabeza y mirando al techo con gesto extenuado, Jorge el camarero.

Ramiro el millonetis lo cargó en brazos y subió las escaleras. No pesaba nada, parecía un saco de plumas. Se apuntó mentalmente hablar con la cocinera por la mañana para que preparara un plan de choque para que recuperara las fuerzas y su peso. Quería poder pellizcarle los mofletes de nuevo a la mayor brevedad, o morderle los cachetes del culo sin tocar hueso. Sobre todo quería verlo lozano y feliz.

Lo recostó en la cama y le dijo en tono picaruelo:

– No te vayas, espérame, que vuelvo enseguida.

Se fue al servicio y en menos de lo que canta un gallo, estaba de vuelta, con una toalla en la cintura, a modo de toda vestimenta. Fue a saltar sobre la cama, pero se contuvo a tiempo. Jorge el camarero se había dormido profundamente. Pero no sintió frustración. Verlo descansar tranquilo, con esa cara de ángel, le produjo a él una sensación de plenitud. Esto era lo más próximo a la felicidad completa que iba a estar. Acercó una butaca a la cama y se sentó en ella. Agarró la mano de su marido y la puso en su mejilla.

Y así, veló el sueño de Jorge el camarero durante toda la mañana. Sin perder detalle de cada gesto que hacía en sueños. Midiendo el ritmo de su respiración. Dándole frecuentes besos en la mano, en la mejilla, en la frente.

Ahí fue consciente de que, si hubiera perdido a su marido, él no hubiera podido vivir. Jorge el camarero era la razón por la que la vida tenía un sentido para él.

Y lloró de felicidad.

Y tarde, casi a las 5, echó una cabezada.

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FIN

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Interludio.

El narrador y Carlitos estaban en la cama. Cansados. Había sido una noche tremenda de sexo, amor y gin tonics sin medida.

– Se ha acabado la ginebra – se quejó Carlitos.

– Pero yo tengo algo para ti – y el narrador se señaló su nabo tieso, pero muy tieso.

– Y yo también tengo algo para ti – y Carlitos se señaló su no menos tieso calabacín.

Y sus labios se encontraron de nuevo, y volvieron a empezar por sexta vez esa noche. Ya no era muy de noche, que el sol salía ya y empezaba a bañar con su luz las copas de los árboles.

Y sus miembros duros, duros, pidieron que les hicieran caso. Y Carlitos y el narrador se instalaron en un placentero 69.

– ¡Unas fresas!

El narrador se levantó de repente y fue a la nevera. Sacó unas fresas relucientes y un bote de nata. Y sirope de chocolate.

– Me muero – gritó Carlitos al ver a aparecer al narrador con esos útiles. Sintió tanto placer Carlitos que casi se le escapa su leche, solo de pensar en el tema y la situación. Y es que además le gustaban las fresas y la nata, vaya que sí. Y el pedazo de calabacín del narrador, no nos pongamos puritanos.

– Aguanta, mi bailarín.

Las fresas ocuparon un lugar en la espalda de Carlitos. Y un poco más abajo. Y luego, las fresas y la nata, ocuparon otro lugar alrededor de su fierro y sus colgantes amigos. Flores de nata en la cresta del fierro y una fresa. Y la boca del narrador que lamía y relamía los restos de la nata, el jugo de la fresa y el chocolate del sirope.

Y Carlitos con los ojos desorbitados, emulando a su hermano y su cuñado, gritaba y gritaba.

Y luego cambiaron las tornas. Y fue la lengua del bailarín la que hizo los honores al fierro del narrador, y a su espalda, y a más abajo, buscando, horadando la mina para sacar todo el placer y hacer gemir al narrador por activa y por pasiva.

Y qué ricas las fresas, por Dios”, pensó Carlitos.

– Agggggggggggggg – gritó en un momento dado el narrador.

– Aggggggggggggggggggggg – volvió a gritar.

– Se me escapa – apretó los labios y las piernas.

– Se me ha escapado – susurró agotado el narrador.

– ¡¡Bien!! – gritó un eufórico Carlitos.

– He aguantado y tú no. ¡¡He ganado!!

El narrador recuperó fuerzas rápidamente. Se medio incorporó y miró fijamente a Carlitos. Éste puso su mejor sonrisa pillina, e hizo amago de salir corriendo. Pero el narrador lo agarró del tobillo y tiró hacia sí.

– No, no, por favor – Carlitos en modo afectado de mentirijillas, con una gotas de dramatismo llevándose las manos a la frente.

– No, no por favor – el narrador le dio la vuelta para enfrentarse al fierro ardiente. Y a fuer que era verdad que ardía, palpitaba y babeaba.

La lengua del narrador se posó suavemente en la fresa del fierro de Carlitos. Éste inclinó la cabeza hacia atrás. “Por favor”, suplicaba. Y “Por favor”, el narrador cerró su boca sobre el fresón del bailarín. Éste apretó también sus magníficos muslos de danzante, pero no pudo contenerse y aguantarse. Y de su fierro manaron litros y litros de leche, disparados como salvas de ordenanza, 21 salvas. Todas recogidas amorosamente por el narrador.

Las campanas sonaron en sus cabezas. Los tambores. Las trompetas y las trompas. El cielo era azul verdoso y la luna brillaba a las 12 del mediodía. Un piano tocaba una bonita melodía de amor. Y los cuerpos exhaustos de Carlitos y de “el narrador”, recogían fuerzas sobre la cama de este último.

– Tengo que acabar con tu hermano y Ramiro.

– Déjalo para mañana y sigamos jugando a los médicos.

– Vale – contestó eufórico el narrador, al que, ante las dos opciones, no pareció que las dudas se apropiaran de su espíritu.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 20.

Ramiro el millonetis y Jorge el camarero iniciaron sus juegos en los servicios del ala oeste sin demora. Se lanzaron a buscar sus bocas, sus manos discutían por llegar primer a la piel del otro y los ropajes volaron en todas direcciones. Sus miembros palpitantes vibraron al reencontrarse y los gritos empezaron a subir de intensidad a velocidad de vértigo.

– Se me escapa – exclamó un desesperado Ramiro el millonetis.

Óscar el secretario, corriendo en busca de su secretario en segundo grado para un polvo rápido.

Ojos Iván vigilaba, aunque de vez en cuando se le iban los ojos hacia el cuerpo bien esculpido de uno de los GEOS. Ya se había olvidado de su deseo de comerle entero a Óscar el secretario o alguno de los otros mosqueteros. Que quería escalar rápido en el escalafón de la empresa y sabía que sus ojos y otras partes de su cuerpo le abrirían puertas tan rápido como él fuera capaz de abrirse de piernas. También abría bien la boca, vaya que sí.

Los invitados a sus cosas. Los Presidentes de gobierno haciendo corrillos, los Jefes de estado, los ministros, los reyes, los alcaldes y presidentes de comunidad.

Pero de repente, una nube cubrió todo el salón. La luz parecía que bajaba de intensidad y unos personajes siniestros se quitaron sus capas de normalidad y dejaron ver sus caras de mal follados.

Enrique el de sobacos, el subdirector del banco, unos primos lejanos de Ramiro el millonetis, tres o cuatro candidatos defenestrados que un día optaron al corazón de Ramiro el millonetis y a su cuenta corriente, los hermanos de Jorge el camarero y unos cuantos acólitos aburridos llenos de ansias de venganza y con mucho resentimiento dentro. Y también, un pelotón de soldados suicidas enviados por el Zar de Rusia, que ya se sabe que no era muy partidario de Ramiro el Millonetis y Jorge el camarero.

– ¡¡Ohhhhhhhhhh!! – se oyó en el salón, todo el mundo abría muy bien la boca, sorprendido por la obra de teatro que les habían preparado los anfitriones – ¡¡Que guay!! – repetían unos a otros después del segundo ¡¡Ohhhhhhhhh!! generalizado.

El oledor de sobacos se puso en la escalera que dominaba todo el salón. Optó por una estética próxima a los malos de Batman, así con la cara pintada que se debía creer que era lo que se llevaba en el mundo de los malos.

– Quietos parados todos. Que no se mueva nadie.

Fue un grito que pretendió ser aterrador y que resulto un gritito de gallo de corral anciano y con resfriado.

– Si os portáis bien, no os pasará nada – sonrisa meléfica. Había pensando en que brillara uno de sus dientes, pero no encontró la forma de hacer que el efecto especial en directo. Así que se conformó con que en la versión para televisión de pago, se incluyera como extra.

Los invitados miraban al oledor de sobacos, expectantes con el giro que tomaría la obra de tratro.

– Sois víctimas de un engaño. Y lo vamos a desenmascarar. No ponerse nerviosos que no va a pasar nada, si os portáis bien. Mis hombres tienen orden de no mataros, de momento.

Intentó imitar una risa de malvado, pero le salió patético. Los invitados aplaudieron entusiasmados, “Qué gran idea lo de la obra de teatro”.

– Jorge el oloroso y Ramiro el imbécil, son un fraude. A Jorge el Camarero le huelen los sobacos y a Ramiro el imbécil, le huele el aliento por su mala conciencia. ¡¡Y os han engañado!! ¡¡No están juntos!! Su pareja es un fraude.

Y enseñó a la concurrencia una foto en la que el que estuviera muy cerca podía observar a Jorge el camarero sentado en el suelo de su cuchitril de crisis, lloroso, ojeroso y solo. Ojos Iván, que era el único que estaba cerca de la escena, se fijó en que la foto la tenía que haber hecho el subdirector del banco, cuando le llamaron para ver si Jorge reaccionaba ante una de las personas que más odiaba en la Tierra. Fue a decirlo, pero se encontró un un rubio inmenso pegado a su espalda, con una pistola apuntando a su sien derecha, y que marcaba un paquete del 19 al menos, que había metido casi entre sus muslos.

– ¡Joder! – se quejó Ojos Iván.

– Ni respires – le susurró el tal Rubio con miembro erecto y acento ruso, al que por cierto, sí le olían los sobacos.

Lo que me pone ese olor a macho”, suspiró para sí Ojos Iván, al que ni siquiera el acojone del momento le vencían las ganas de un buen revolcón. Algo tuvo que sentir el miembro viril del Rubio con olor de macho entre sus muslos, pugnando por abrirse camino a través del pantalón y del calzoncillo hacia el agujero de la felicidad de Ojos Iván. “Corrijo, no es del 19, al menos del 22, la pija del Rubio”.

No se sabe de dónde lo hicieron, pero entre la gente aparecieron un número abundante pero indeterminado de lo que parecían soldados con sus pasamontañas y sus armas en ristre, las de fuego, que las otras las llevaban ocultas, apuntando a los más ilustres de los invitados. La cosa, en apenas unos minutos, había cambiado radicalmente. De una fiesta alegre y dicharachera, había pasado a un secuestro en toda regla, con sus caras ojipláticas, y sus miedos. Algunos ilustres invitados menos curtidos en los peligros de la vida y el poder, aflojaron sus esfínteres sin poder evitarlo. Los más valientes o incoscientes, se envalentonaron e intentaron enfrentarse a sus particulares hombres encapuchados. Pero todo estaba bajo control de los asaltantes.

– Hoy os iban a poner esta cinta de un polvo de Jorge el maloliente y de Ramiro el alitosis – se le había ocurrido de repente el cambio de motes. El oliente Enrique, se sintió bien consigo mismo. – pero era falso. Como todo en esta fiesta. Aquí están las familias de los interfectos que os lo confirmarán. ¿Quién mejor que ellos, sus familias, para indicaros lo malnacidos que son Ramiro el alitosis y Jorge el maloliente?

Una ola de tristeza y desesperanza recorrió el salón. No hace falta mucho para convencer a un grupo de personas de algo. Solo que las circunstancias te animen a hacerlo y que el lider hable con la energía suficiente y con la seguridad pertinente. Y Enrique el oliente de sobacos, llevaba muchos meses entrenándose para un evento como éste. El rencor de los desprecios de Ramiro y la envídia por el rápido ascenso de Jorge, lo habían animado a dar el paso y prepararse para ello. Aunque el empuje definitivo se lo dio el no rotundo de aquella hembra de la alta sociedad en la que había puesto sus esperanzas

– Aggggggggg.

Fue solo un ligero susurro.

– Aggggggggggggg.

El segundo fue más largo, y un poco más potente.

– Agggggggggggggggggg.

Algunos empezaron a sentir la brisa de la esperanza, los más próximos al ala oeste.

– Aggggggggggggggggggggg…

– Es una cinta, no os dejéis engañar.

– La tienes en la mano, gañán – dijo alguien de la concurrencia.

– Gañán tú, no te jode – gritó Ojos Iván, enardecido de repente, y dispuesto a enfrentar el peligro por la gloria de sus jefes. – Agggggggggggggg – gritó de repente Ojos Iván, emulando a sus jefes, pero es que el pollón de su vigilante se había colado dentro de él. Pero dentro, muy dentro. Y de verdad, nadie en el mundo habían visto nunca esos ojazos llenos de placer y armonía etérea. Si de normal los ojos del tal Iván era una cosa digna de estudio, en ese momento, eran algo cercano a la novena maravilla del mundo.

– Agggggggggggggg – gritaron de nuevo Jorge el camarero y Ramiro el millonetis al alimón.

– Aggggggggggg – gritó Ojos Iván.

– Ese es el que os intenta engañar – señaló con saña el tal Enrique.

– Ese – lo señalaron los hermanos de Jorge maloliente, deseosos de tomar un poco de protagonismo en la acción.

– Ese – señalaron también los primos lejanos de Ramiro el alitosis, luchando por su cuota de “Aquí estoy yo”.

– Agggggggggggg – este grito sí era de Ojos Iván, que empezó a girar a su alrededor la mirada, buscando a los asaltantes, y dejándoles KO con solo posar sus ojos en ellos.

– Agggggggggggggg

Éstos últimos volvían a ser Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

– Es mentira.

Unas pantallas de vídeo estratégicamente dispuestas, bajaron repartidas por todo el salón. Y en ellas aparecieron Ramiro el Millonetis y Jorge el camarero en plena acción en los servicios del ala oeste de la mansión. La gente empezó a aplaudir con entusiasmo. Los miedos empezaron a diluirse y los valientes empezaron a creer que la victoria era posible y que los asaltantes, acabarían a cuatro patas como los perros que eran.

A partir de aquí, el caos se adueñó de la situación.

Todo fue muy deprisa. Confuso. No sé si este narrador será capaz de enfrentarse a contar los sucedidos del resto de esa noche que fue fundamental para el devenir de nuestra sociedad.

Descanso un rato, y miro de ordenar las ideas e intentar contarlo todo.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 19.

– Pero no me dejes así – dijo con un tono un poco desesperado Ignasi, el secretario del secretario de Óscar el secretario. Así era: tirado en el suelo del armario, rodeado de camisas y trajes que habían perdido su sitio. Con su pajarita mirando para Cuenca, los pantalones en los tobillos. Y su miembro, bien duro. Y su boca, salivando a mil por hora. Salivaba tanto que empezabba a hacer un pequeño charco en el suelo.

– Eres muy guapo, querido, pero el mundo me necesita.

Lo dijo con toda la pompa y circunstanca que el momento requería,

– Bájate el hinchazón que te necesito en cinco minutos, bien vestido y sin marcar paquete.

Esto último lo dijo como el hombre importante acostumbrado a dirigir el mundo de su jefe. Lo dijo mirando con cara de hombre responsable mientras se abotonaba su camisa y se colocaba bien los pantalones. Ignasi en cambio seguía espatarrado, entre trajes que colgaban de sus perchas y zapatos que reposaban en el suelo esperando su turno de ser usados por Jorge el camarero. Seguía espatarrado con sus propios pantalones y calzones en los tobillos, con la camisa abierta y la pajarita echada hacia atrás. Sus labios sensuales, especialmente rojos y ardientes, miraban a Óscar que sin perder un segundo en miradas de pena por dejar los dulces y apasionados brazos de Ignasi, salía como alma que lleva el diablo camino de la recepción.

– ¡Vístete, joder! – le gritó desde la puerta.

Aunque en un momento de lucidez, volvió sobre sus pasos y abrió el cajón de los calzoncillos rotos y usados de Jorge el camarero y cogió unos. No pudo contenere y los olió.

– Hummmm – dijo en un arranque.

– ¡¡Te he visto!! – dijo con tono acusica Ignasi, que para que negarlo, estaba como un poco resentido con su jefe que lo debaja con el culo al aire y con necesidades perentorias de que unas manos en concreto, las de Óscar, se pasearan por su cipote ardiente y babeante. – se lo voy a contar a …

Pero Ignasi no acabó. Porque se encontró con la boca de Óscar el secretario sobre su propia boca, porque le dio un beso de los que corta la respiración, porque con una mano agarró de esa forma el miembro turgente y palpitante de su ayudante en tercer grado, porque solo con ese hecho, el citado secretario en tercer grado exhaló un grito de placer, amortiguado eso sí, por la boca de Óscar. El grito claro, para los no avispados, fue provocado por un río de lava blanca que salía del tronco que el citado Óscar masajeaba suavemente.

– Esto solo es el principio, pequeño. Ya que no eras capaz de aliviarte por ti mismo, no me ha quedado más remedio. Ahora, apresúrate, te necesito. Ya te diré yo cuando puedes escaparte y volver aquí a esperarme con paciencia, y con el culo en pompa. Haremos un poco de teatro, yo me sorprenderé, te diré cosas guarras y tú te pondrás caliente, moverás el culo con pasión, invitándome y yo, aunque me resistiré y te diré más guarradas, al final te haré mío. Pero antes harás tu trabajo sin empalmarte.

– ¿Me lo prometes?

– Claro que sí. Aunque te advierto que mis promesas en estas cuestiones no valen nada.

– Te amo Óscar el secretario.

– Que bonito suena, pero no me creo nada. En todo caso, ya veremos.

Y salió a toda pastilla, dejando de nuevo a Ignasi con sus pantalones y calzones en los tobillos, esta vez su miembro estaba un poco más relajado, aunque sus labios estaban más rojos si cabe que la primera vez. Eso sí, ahora tenía sobre y alrededor, un mar de jerseys y camisas y trajes de Jorge el camarero, que debido a la explosión que Óscar había provocado en el joven, habían caído sobre él , como si quisieran acompañar la dicha de Ignasi.

– Vamos – dijo Óscar desde la puerta. Así que Ignasi, se empezó a vestir y tal. Aunque tuvo la idea de no hacerlo, de dejar sus pantalones donde estaban y quedarse a esperar, aunque luego pensó que tampoco le apetecía que si entraba alguien le viera de esa guisa. Dos minutos después pensó que tampoco estaba mal, que le daba morbo… ¿Y si entra Carlitos, el hermano de Jorge? A lo mejor no se me resiste. Y es que también estaba super enamorado de Carlitos, el hermano de Jorge, aunque solo se lo había dicho para sus adentros, muy adentros.

– Por cierto – Óscar había vuelto sobre sus pasos – ¿Tú eras el primo del tío, del cuñado, del abuelo del sobrino del subdirector del banco?

Ignasi tragó saliva como pudo. Sabía que su pariente era odiado y vilipendiado a partes iguales en esa empresa. Pero no podía negar nada, que al fin y al cabo, no era culpable de nada.

– Pero yo soy inocente.

– Luego te voy a castigar como te mereces.

– ¡¡Ayyyyyyyyyy!! – y se le puso dura de nuevo.

Y solo de pensarlo se fue de nuevo en ríos de lava ardiente, blanca a más señas, y no le quedó más remedio que morderse el labio, joder, que no podía ponerse a gritar como una perra en medio de una gran recepción de la que dependía el mundo. Aunque si Óscar el secretario hubiera permanecido a su vera, todo eso le hubiera dado igual.

Óscar salió de las habitaciones de Jorge a todo correr. Fue al punto de la escalera de donde partiría Jorge el camarero hacia la recepción. Allí estaba, radiante “Qué guapo está el jodido, y eso que está en los huesos”. “Si la paz del mundo no estuviera en juego, anda que no lo seccuestraba y me lo llevaba a una isla desierta”. Pero Óscar el secretario era un hombre responsable y apartó esos pensamientos pecaminosos de Jorge para llevarlos hacia Ignasi, al que había sacado una foto sin que se enterara antes de irse “está bueno el jodido, a ver si luego nos quedamos embarazados de gemelos”.

– Así mejor, Óscar, aparta a Jorge el camarero de tus pensamientos libidinosos – le susurró el Narrador al oído.

– Luego hablamos – amenazó Óscar.

Empezaba a sonar la música con la que la pantomima se puso en marcha.

Jorge el camarero sonreía como él sabía hacerlo. En el otro lado, Ramiro el millonetis, miraba a su amor con todo el arrobamiento que podía y algo más. “Está super colado”, no dejaban de pensar Manu y Fito, cada uno por su lado, pero que coincidían en el diagnóstico. Y es que cuando Ramiro el millonetis vio en el otro lado del hall a su Jorge, el corazón le empezó a latir, las mariposas se dispararon en el estómago y la vista se le nubló, joder, que es que se le llenaron de lágrimas. “Joder, como he podido perderlo”. “Joder”.

Agarró un papel que pasaba por allí en manos de alguien, y escribió rápidamente.

Perdóname. Te amo.

Y lo dobló y se lo dio a Manu.

– Vete corriendo y dale esto a Jorge.

– Yo creo que no es el mejor momento, no vaya a ser que…

– ¡¡¡Llévaselo!!!

Como no estaba allí Óscar que era el único en todo el mundo que pasaba de sus arranques de ira, Manu se plegó y fue.

– Corre, que eres un flojucho.

Y Manu corrió por los pasillos interiores y llegó sin aire al lado de Jorge.

– Ten.

Óscar miraba por encima del hombro para ver lo que ponía el papel.

Perdóname. Te amo.

– Un papel, un papel – solicitó presuroso Jorge.

Todos se dieron la vuelta para buscar un papel. Jimmy el GEO sacó una pequeña libreta que siempre llevaba y se la tendió a Jorge.

Te perdono”, escribió en la primera página.

– Llévaselo.

Manu volvió a correr como un poseso. “Ya suena la música, joder, corre” le apremiaba Óscar por su línea interna telepática.

Ramiro recogió el mensaje con ilusión y expectación.

– Me ha perdonado – dijo eufórico. – un boli, Dios, que no sé donde he dejado el mío.

Fito le alcanzó el suyo.

Vuelve a casa, por favor.

– Pero como le escribes eso, así de pronto. Trabájatelo un poco más – le recriminó Fito. – Manu díselo.

Fito agarró la libretilla y arrancó la página.

– Dile lo guapo que está.

– Oye, no mires así a mi marido.

– Estais en stand by, así que lo miro. Y además, es como si lo miraras tú.

– ¿Sí?

– Sí – contestó rotundo.

Hoy no ha salido el sol hasta que te he visto.

– Eso está bien – aprobó Manu.

– Pues corre.

– No podíamos decir a alguien que llevara…

– Corre. Eres el mensajero real. El de confianza. Estos mensajes no se pueden encomendar a cualquiera.

Manu empezó la carrera, aunque esta vez se lo tomó más tranquilo. Hasta que sonó el teléfono y vio que era Ramiro.

Corre, joder – le gritó sin decir ni hola.

Y como si le hubieran puesto un reactor en el culo, en dos segundos y medio estaba al lado de Jorge.

– Me está jodiendo la recepción, no voy a poder tomar ni un canapé luego. Me está dando flato – se quejó amargamente a Óscar por línea interna telepática, que no le hizo ni caso.

Tú si que estás guapo, Ramiro. Y cuando sonríes más. Tu sonrisa alimenta mi alma. Sin verla cada mañana, muero.

– La respuesta – dijo tendiendo el cuaderno y mirando para otro lado para hacerse el interesante.

– Óscar podías relevarme – propuso Manu.

– Largo – gritaron a la vez Óscar y Jorge.

– Empezamos. Que bajen los actuantes.

La música subió. Ramiro se resistió pero vio por un hueco que el Presidente de USA lo esperaba con los brazos abiertos, pero literalmente abiertos, a los pies de la escalera, para abrazarlo a él y a su marido. Leyó la respuesta de Jorge y se sonrió. Cogió el boli que por si las moscas ya no soltaba por nada, y escribió a toda prisa:

Es tu sonrisa la que ilumina la estancia. Podríamos apagar todas las luces, mientras estés tú.

Y empezó a bajar miantras Manu corría y corría hacia Jorge. Éste se demoró un poco, esperando.

– Ten – Manu tendió la nota a Jorge el camarero antes de caer desplomado y ya en el suelo, quitarse los zapatos – Joder es que son nuevos – se disculpó ante Óscar.

Ramiro ya llevaba un tercio de la escalera. Sonreía a todo el mundo. Jorge aún no había emprendido el camino. Hubo un invitado, asentado a pie de la escalera que empezó a decir en voz media que Jorge no iba a venir.

– Se han separado, que yo lo sé – decía ufano a los que lo rodeaban. Era su momento de gloria, pensó. Si luego resultaba verdad, todos se acordarían de que él lo había pronosticado.

Jorge leyó el mensaje y quiso escribir algo, pero Óscar, al que le habían chivado el comentario, con mucha firmeza, lo empujó hacia la escalera.

Jorge empezó a sonreír. Cuando ya le podían ver los invitados, hizo un gesto como de asustarse ante tanta concurrencia y darse media vuelta. “Teatro, puro teatro, que buen actor era Jorge el camarero”. La gente empezó a reírse espoleados por el gesto de Ramiro que siguiendo la broma gritó:

– No te vayas, que son muchos pero majos.

Jorge hizo el paripé de quitarse el sudor de la frente y empezó a bajar con aire desenvuelto. A mitad de escalera le gritó a Ramiro, quién ya estaba casi en el salón.

– Si no llegas a estar tú, me largo a todo correr. Dais miedo – dijo señalando a los invitados.

Cuando el traductor hizo su función y tradujo las bromas al Presidente de USA, empezó a dar palmadas de felicidad.

– Amazing, very amazing – dijo mostrando su blanca dentadura, blanca de anuncio, y dando más palmas.

– I’m very happy to see you again. Your boyfriend is perfect. Nice to meet you, George the waiter.

Y se fundió primero en un abrazo a Ramiro, su amigo de toda la vida, y después, se giró para recibir a Jorge el camarero, que llegaba son una sonrisa digna de un actor de Hollywood que acaba de recibir el Oscar.

– Bla, bla, bla – dijo Ramiro.

– Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla – contestó el Presidente USA

– Bla – terció Jorge el camarero.

– Bla, bla, bla – dijo Óscar con el fin de que se movieran todos por el salón para empezar a saludar a la gente.

– Un brindis – dijo el Presidente USA chapurreando el español con un acento americano insufrible, que ni Aznar después de pasar un fin de semana en cassa de Bush.

Los tres mosqueteros se miraron. No estaba previsto. Fito fue el encargado de correr como alma que lleva al diablo a las cocinas para que los camareros salieran a la voz de ya con unas copas de cava, al menos para los principales invitados.

– Bla, bla, bla – dijo Óscar para hacer tiempo.

– Blablablabla, blablabla, blablabla? – preguntó Ramiro.

– ¿Blablablabla? – Apuntó Jorge.

– Hablas inglés – dijo en español un asombrado Presidente USA.

– Of course.

– Bla, bla, bla, bla – dijo Ramiro mostrando su orgullo por Jorge el camarero. Su orgullo y su amor.

– Lovely, the best couple in de world of all the time – les dijo sonriendo. Y para premiar dicha afirmación, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, se miraron con arrobamiento y juntaron los labios con delicadeza.

Y en ese momento, algo se paró en la Tierra. Los dos recibieron una descarga eléctrica que les recorrió el espinazo. Nadie se percató de ello, salvo Óscar el secretario. Eso le hizo concebir fundadas esperanzas de que la cosa se arreglaría esa misma noche y que ni siquiera iba a ser necesario usar la cinta de la radio del obispado con una sesión de sexo enlatada.

El Presidente de USA, fue entonces cuando levantó la copa y alguien acercó un micrófono. Fue el traductor oficial el que lo cogió.

– Recuerda que el médico dice que no debes beber todavía, Jorge – le murmuró al oído Óscar.

El aludido lo miró de reojo y asintió imperceptiblemente.

– Levantemos la copa, queridos amigos, por nuestros anfitriones, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis. La mejor pareja del mundo de todos los tiempos. Los anales de nuestra civilización no recogen un caso igual. Nos han dado ganas a todos de amar, de tener hijos. ¡¡Por ellos!!

Y todo el salón levantó las copas.

– Por Jorge el camarero y Ramiro el millonetis – dijeron todos al unísono.

– Hacéis que tengamos esperanza en la raza humana – dijo un sonriente Presindente USA que agarraba la mano de su mujer con fuerza.

Ramiro el millonetis y Jorge el camarero se miraron e hicieron un gesto de beber, auuque solo se mojaron los labios, pero el Presidente de USA, ajeno a las secuelas de la droga que les invitó a beber la copa de un trago. Entonces a Óscar se le ocurrió que podían enlazar sus brazos para beber como hacen los novios. Y casualmente, se pusieron de tal forma que dieron la espalda a los invitados y Óscar les dio el cambiazo de las copas llenas por otras vacías.

– Bebed – les indicó a Manu y Fito.

– No jodas – señaló Manu, todavía recuperándose de las carreras y con una flojera en las piernas preocupante, a parte de un dolor de pies del 15.

Pero Óscar era inflexible en su mandamiento, en su mirada. Y Manu bebió sin pensar, que no tenía ganas de discutir.

Y llegó el momento de saludar a los invitados. Para llegar a todos, Ramiro el millonetis se fue por la derecha del salón y Jorge el camarero por la izquierda. Cada uno con su séquito. Óscar y sus secretarios se encargaron de éste último, y Ramiro llevó a Fito y Manu y sus propios ayudantes.

– Bla, bla, bla.

– Bla.

Una risa sincera de Jorge charlando con el alcalde de París y su marido.

– Blablabla, bueno, bueno.

Y una sonrisa cómplice de Ramiro con el Primer Ministro Británico.

– Y tal y cual – le dijo la Jefa de Alemania.

– Y cual y tal – contestó afable Jorge el camarero dándola un beso en la mejilla y hizo suspirar a la Sra. Merkel. “Qué majo es este chico”, se dijo la canciller. Incluso pensó que debía acelerar la legalización del Matrimonio entre presonas del mismo sexo en su país. Jorge que algo intuyó, le dio otro beso en la mejilla y la sonrió con cara de cordero degollado. La canciller alemana suspiró.

– Y bla, bla – dijo muy seguro el primer ministro belga.

Una carcajada de Ramiro el millonetis con un apretón de manos así como muy intenso.

– Y tal y cual – comentaron Jorge y el primer ministro italiano.

– Y cual y tal – se dijeron Ramiro el millonetis y el alcalde de Lisboa.

Te echo de menos – leyó en la libreta Jorge el camarero, mensaje que había traído uno de los secretarios de los secretarios de Manu. El chico se llamaba Iván y tenía una mirada de esas que rompen voluntades. “Joder, como elige el jodido Manu”, pensó para sí Jorge el camarero. Sin poder evitarlo imaginó lo que hubiera pasado unos meses antes si se lo hubiera encontrado en sus noches de salir de caza. “Éste hubiera caído fijo”.

– No es tu tipo, Jorge el camarero – le susurró Óscar el secretario.

– Tú que sabrás.

– Estaba colado por ti.

– ¿Tú eres mi tipo?

– Está claro que no, ni te acordabas de lo nuestro.

– En aquella época…

– De otros si te acuerdas.

– Coincidiría un día loco.

– Días.

– ¿Repetimos? – preguntó un ahora muy asombrado Jorge el camarero.

– El alcalde de Burgos – presentó Óscar el secretario, en su papel protocolario.

– Ya nos conocemos, del día de la boda. Bla, bla, bla, bla – dijo afable Jorge.

– Y bla, bla y espero contar con vosotros en próximas fechas. Me han contado que les gusta el baile regional y hay un bailarín que baila unas jotas estupendas y se llama Saúl que vendrá este año al festival de folclore, en el mes de Julio. Y luego en octubre, el fin de semana cidiano y bla, bla, bla…

– Me han dicho que Burgos está precioso.

– Precioso.

– Y bla, bla, bla…

Y el alcalde de Burgos se separó.

– ¿Cuántas veces? – Jorge volvió al tema.

– Varias – zanjó radical Óscar el secretario.

– El primer ministro de Israel.

– Bla, bla, bla.

Y mientras Jorge el camarero, escribió en la libreta: “¿Uno en los servicios?

– Corre – le dijo a Iván, el de la mirada desarmante. E Iván corrió, que estaba en forma. Y en un plis plas, tendió la libreta de los mensajes a Ramiro el millonetis.

Ramiro el millonetis leyó.

A Ramiro el millonetis, se le hizo el cuerpo gaseosa.

Ramiro el millonetis escribió un que ocupo toda la página de la libreta. Fue a mandar la respuesta pero se lo pensó mejor y escribió en la página siguiente.

Ahora.

Tendió de nuevo la libreta a Iván, joder que ojos, para que cursara los mensajes. Pero volvió a pensar un segundo y volvió a escribir.

En los del ala oeste.

Miró la libreta, miró los tres mensajes, volvió a mirar la libreta, volvió a pensar un segundo y cursó los mensajes, ahora sí.

– Vuela – indicó a Ojos Iván.

– ¡¡Espera!!

Abrió la libreta por enésima vez y escribió:

Corre que se me escapa.

– Vuela.

E Iván voló. Sobre todo por si se arrepentía de nuevo.

Y Ramiro el millonetis se escaqueó con la ayuda de sus secretarios.

Y llegó al servicio indicado.

Y estaba nervioso. “¿Vendrá?” dudó en su mente. Y pasaron diez segundos sin recibir noticias, se puso más nervioso.

Y los GEO rodearon inmediatamente ese ala de la casa.

Y Javi el policía se hizo cargo de la situación.

Y Jorge el camarero llegó poco después.

Y Ramiro el millonetis sonrió.

Y se besaron.

Y Javi el policía sonrió.

Y Óscar el secretario que había seguido preocupado a Jorge el camarero, que no le dijo ni esta boca es mía, solo leyó y salió pitando hacia el servicio, sonrió aliviado.

Y los GEOS sonrieron también, que les gustaba el tema.

Y sin que nadie dijera nada, se dieron la vuelta para dejarles intimidad.

Y Ojos Iván miraba a todos sin decidirse en quién posar su mirada. Óscar el secretario pensó en decirle algo, en hacerle algo, pero recordó que tenía a su propio secretario en pelota picada en algún armario de la casa. “No, joder que le dije que se vistiera y viniera. ¿Dónde está, por cierto?”.

– Quizás pueda escaparme un segundo y darle un par de morreos.

Y a ello fue después de indicar a Ojos Iván que se quedara con los idem bien abiertos para que todo fuera bien.

– ¡¡Joder!! – se quejó Ojos Iván, que sabía que eso significaba que se quedaba sin polvo.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 18.

– Tú bajas por este lado de la escalera, cuando suene la marcha. Y por el otro lado, bajará Ramiro. Os juntáis abajo y os dais un pico. Os miráis sonriendo y tal. Cara de merluzos enamorados. Luego miráis a la concurrencia, sonriendo, felices.

– Pura comedia – se quejó Jorge.

– Pues haz una buena interpretación. Abajo han 2384 invitados deseosos de que sea la mejor comedia del mundo. Y no te digo los periodístas que habrá, para que no te cagues por la pata abajo.

– No he visto a Carlos – Jorge a lo suyo, no hacía mucho caso a las instrucciones de los tres mosqueteros.

Óscar carraspeó y se hizo el loco.

– Óscar.

Sin respuesta.

– Óscar.

Fue a salir de la habitación.

– ¡¡Óscar!! o respondes o no bajo.

– Carlitos está enfadado. Piensa que no le quieres porque no le has hecho caso. Está muy triste. Dice que haces más caso al Presidente del Gobierno que a él.

– Porque no folla. Por eso está enfadado.

– Va, eso no es cierto del todo. Ayer se encontró de nuevo con el narrador.

– ¿Ya le ha engañado de nuevo? Pobre narrador.

– Dice que solo hablaron.

– ¿Mi hermano hablar? ¿Solo?

– Jorge, eres injusto – le espetó de repente el narrador desde el otro lado de la pantalla.

Jorge miró hacia la pantalla intentando ver al narrador. Al principio estaba un poco enfadado por la réplica del narrador. Pero poco a poco recapacitó y cambió su estado de ánimo.

– ¿No follásteis? – preguntó cauteloso.

– Eso es irrelevante. Eres injusto en lo de que no te quiere.

– Es cierto, me quiere.

– Estos días no ha hecho nada. No ha ido ni a baile. ¿Sabes que ha perdido un papel principal en el próximo estreno de la compañía? Y sabes que el baile es su vida. Lo ha dejado por ti, Jorge el camarero.

– Eso ha sido un golpe bajo, narrador.

– Díselo Óscar, yo me callo.

– El narrador tiene razón. No ha ido a ensayar, así que el director le ha quitado el puesto. Pòr eso y por no querer acostarse con él. Y eso que está de vicio.

– ¿No se habrá pillado de verdad del narrador?

Se quedaron todos callando a la espera de una respuesta del narrador. Pero van listos.

– Narrador, cobarde – picó Jorge. – Contesta.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Narrador, que ésta no es la historia de Carlos, sino la mía.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Pues hala, vamos a seguir con lo nuestro – dijo Manu para romper el silencio propiciado por la callada del narrador.

– Recuerda: “Somos muy felices”

– Joder, que no lo digo.

– Jorge, por favor.

– Somos muy felices – dijo a regañadientes.

– Así no cuela.

– ¡Somos muy felices! – ahora levantó la voz.

– No cuela chillar, sino sonreír.

Jorge puso su mejor sonrisa falsa.

– Esa no – le recriminó dulcemente Óscar, quizás demasiado dulcemente.

Jorge se conmovió con Óscar y puso su sonrisa de conquista. Manu y Fito se miraron preocupados compartiendo en silencio un ruido peligroso de tripas. “Este Óscar nos la lía, que sigue pillado por Jorge. Y como el Loca le ha dado plantón…”

– Esta está mejor. Ahora repite.

– Repito.

– No seas bobo. Repite “Somos muy felices”.

– Repito, somos muy felices.

– ¡¡Jorge, por favor!! – se quejó Fito desesperado de los nervios.

– Iros con Ramiro, ya me ocupo yo de Jorge.

Manu y Fito miraron con recelo a Óscar. “Qué nos la lía, que nos la lía, que se lían y lo que faltaba para que Ramiro nos cuelgue por los cataplines”. Sabían de su antigua aventura y no las tenían todas consigo de que de repente, Jorge se quitara el smoking y acabara en la cómoda rodeando con sus piernas el tronco de Óscar “¡Y qué tronco!” pensó Manu que estaba enamorado en secreto de Óscar y que había disfrutado a tope de sus sesiones de sexo desenfrenado y sin compromiso, solos o en compañía de otros. Los tres mosqueteros, sexo sin compromiso, alegría y diversión. Pero ¿qué pasaba si uno de los tres mosqueteros “sexo sin compromiso”, se pillaba de otro? Pues a callar y a joderse, Manu querido.

– Vamos. – apremió Óscar al ver que no se movían.

– Óscar, que me fugo. Que no puedo. – explotó Jorge cuando se quedaron solos.

– Jorge, que sí que puedes.

– Esto es …

– No es nada, Jorge.

– Me largo.

– Están Jimmy y Juan fuera.

– ¿Con el ariete? – preguntó con precaución.

– ¿Les has visto los brazos?

– Sí. Lo difícil es no verlos.

– Para apretarte los huevos no necesitan el ariete.

– No voy a poder fingir.

– No finges.

– Sí lo hago.

– No.

– No puedo decir eso.

– Claro que puedes, porque es la verdad. “Quiero a Ramiro, mi marido con todas mis fuerzas”

– No lo es – ya no mostraba tanta seguridad al hablar.

– Si, lo es. Lo quieres. Otra cosa es que estés enfadado con él.

– Pero eso va lo uno con lo otro.

– No, y lo sabes.

– Te quiero a ti.

– Mentira.

– Tú me quieres.

– Sí, pero no.

– Fuguémonos.

– No.

– Por fa.

– No.

– Podríamos haber sido felices.

– Ya.

– Vayámonos.

– No.

– Vas a bajar con tu mejor sonrisa. Estás muy guapo. Muy delgado. Pero sigues estando guapo. Te ha quedado el culo un poco fino.

– Y la cara. Tengo muchos ángulos.

– Eso en un par de semanas, lo recuperas.

– Va, da igual.

– Vamos. Repite: “Quiero mucho a mi marido”.

– Quiero mucho a mi marido.

– No ha sonado convincente.

– Joder.

– Repite: “Quiero… “

– Quiero mucho a mi marido.

– Lo que nos ha pasado nos ha unido más. Nadie nos podrá separar nunca.

– Pero tío, eso sí que es un poco mentira.

– Solo un poco. Y si os volvéis a juntar, no lo será.

De repente entró el secretario del secretario de Óscar el secretario.

– 127 cámaras de televisión, 287 micrófonos y 874 plumillas. De todo el mundo – el secretario del secretario de Óscar el secretario estaba excitado.

– ¿Cómo te llamas?

– Ignasi.

– Ignasi – le dijo muy serio Jorge el camarero – eso son minucias. Ya te irás acostumbrando, si no te da un ataque de tanta emoción.

– ¡Ah!

– ¿Qué tal hablas francés?

– ¿Eh?

– Que si practicas mucho el francés.

El secretario Ignasi miraba alternativamente a su jefe y a Jorge, el marido de su super-jefe.

– No se me da mal, gracias.

Cualquier observador hubiera podido jurar que al secretario del secretario de Óscar el secretario, a la sazón conocido por sus padres como Ignasi, le había crecido un ligero bulto en la entrepierna.

– Ignasi, ¿Has visto lo atractivo que es Óscar?

– ¡¡Jorge!! No es momento para juegos.

– Me pone mucho – dijo en un ataque de sinceridad, del que se arrepintió enseguida al ver la cara de asesino en serie que se le acababa de poner Óscar el secretario. Su color de cara subió 5 grados de rojo, hasta alcanzar un tono próximo a la fresa en plenitud.

– ¿Y si te lo montas con él ahí, en el armario? Un sitio íntimo, con morbo, y con Óscar el secretario entre tus brazos. – Jorge empleaba un tono de lo más sugerente.

– Eres un capullo. A ver como le saco yo ahora ahí fuera con ese bulto.

– Pues bájaselo.

– ¡¡Síiiiiiii!! – gritó esperanzado Ignasi, aunque se arrepintió, que la cara de Óscar no había mejorado y seguía pareciendo la de un asesino en serie.

– Óscar, Ignasi está muy guapo – insistió sugerente Jorge.

– Jorge, no tenemos tiempo.

– Tú ya has hecho tu trabajo.

– Jorge.

– Óscar.

– Jorge.

– ¿Ignasi?

– Sí, Jorge el camarero.

– ¿Quién soy?

– Jorge el camarero.

– ¿Y quién es mi marido?

– Ramiro el millonetis.

– Pues como un mandato especial de Ramiro el millonetis, te digo que te lances sobre el cuello de Óscar el secretario que lo hagas tuyo. Muéstrale de lo que eres capaz.

Miró de reojo a Óscar que miraba con los ojos desorbitados a Jorge el camarero.

– ¿De qué vas?

– ¡¡Vamos!! Que no tenemos todo el día – apremió Jorge.

Y Ignasi hizo un salto prodigioso, solo reservado a los grandes felinos de la estepa africana, con tanta precisión que su boca se juntó con la de Óscar a la primera. Y envolviendo con sus piernas la cintura de Óscar el secretario, lo fue dirigiendo hacia el enorme armario de la habitación en dónde estaban.

Óscar se resistió, pero solo los 0,005 segundos primeros. Después se dejó llevar porque a fin de cuentas le apetecía un polvo que, con la espantada de Locatis, se había quedado a dos velas. Y para que negarlo, el tal Ignasi era un ejemplar de hombre muy atractivo. Y era rubio, con lo que le ponían los rubios, aunque ya no se acordaba del último que tuvo como partenaire. Y en ese momento tampoco se acordaba de la plaga de rubios malos, malos, que había asolado su vida apenas unas semanas antes y su juramento en silencio y para sí mismo, de no juntarse con ningún rubio, por si las moscas.

Jorge el camarero se colocó la pajarita y fue hacia la puerta.

– Adiós, Óscar.

– Jorge, no hagas tonterías – recomendó Óscar el secretario a Jorge el camarero, apartando por un momento su boca de la de Ignasi, que todo sea dicho besaba que era un primor.

– Me fugo.

Abrió la puerta y se encontró con Juan y Jimmy, en lugar de vestidos con su traje de asalto, con un perfecto smoking aunque estaban un poco justos y sus músculos amenazaban con hacer saltar las costuras en cualquier momento.

– Te acompañamos a la escalera – y pusieron su mejor sonrisa de anuncio de dentífrico.

– ¡Ah!

Se sonrieron los tres.

– ¿No hay más remedio?

– Es un caso de emergencia nacional.

– Vale.

Y Jimmy hizo una serie de estiramientos con las manos, como si no quiere la cosa. Unos movimientos que parecían destinados a sus partes pudendas.

– ¿Te mola apretar huevos?

– Disfruta como un enano – contestó Juan – A veces me cuesta refrenarlo.

– Agggg.

Es la voz de Óscar.

– He encontrado un nuevo novio – dijo de forma enigmática Jorge.

– Me alegro por él.

– Ya, yo también – dijo resignado Jorge que veía que su estratagema para escaparse había fracasado estrepitosamente.

– Te escoltamos hasta el punto de salida. Te están esperando.

– Vale. Pero no hace falta. No os molestéis. Me se el camino – sonrisa embaucadora.

– No es molestia. Y sabes que nos encantas. Eres nuestro protegido preferido. Juan está deseando cogerte los huevos. Sueña con ello desde que le rechazaste una noche loca de hace dos años. – Jimmy sonreía y Juan no tanto – Nos han dicho que debes sonreír.

Jorge sonrió de aquella forma. Pensaba en la afirmación de Jimmy. “Creo que me acordaría si un tío como Juan me hubiera entrado”. “¿De verdad me tiene ganas?”. “Joder, en esa manaza, mis huevos no tienen ningún futuro”. “Los dos me tienen ganas. Que por turnos el uno y el otro alaban las ganas que tiene el otro de machacarmelos a la menor ocasión; pero que vamos que si se tercia, hacemos un trío y así superamos el pasado”. Los miró alternativamente a los ojos, escrutando, penetrando en sus mentes. “Si en el fondo me quieren, pero de deshuevan, fijo”.

Jimmy volvió con sus ejercicios de manos. Jorge mejoró mucho su sonrisa. “Es mejor rendirse, lo tengo crudo”.

– Así mejor – aprobó Juan empujando delicadamente a Jorge hacia su destino.

– La suerte está echada – dijo Jimmy. – Lo iba a decir en latín pero no me acuerdo.

– Alea iacta est – apuntó Jorge.