La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 20.

Ramiro el millonetis y Jorge el camarero iniciaron sus juegos en los servicios del ala oeste sin demora. Se lanzaron a buscar sus bocas, sus manos discutían por llegar primer a la piel del otro y los ropajes volaron en todas direcciones. Sus miembros palpitantes vibraron al reencontrarse y los gritos empezaron a subir de intensidad a velocidad de vértigo.

– Se me escapa – exclamó un desesperado Ramiro el millonetis.

Óscar el secretario, corriendo en busca de su secretario en segundo grado para un polvo rápido.

Ojos Iván vigilaba, aunque de vez en cuando se le iban los ojos hacia el cuerpo bien esculpido de uno de los GEOS. Ya se había olvidado de su deseo de comerle entero a Óscar el secretario o alguno de los otros mosqueteros. Que quería escalar rápido en el escalafón de la empresa y sabía que sus ojos y otras partes de su cuerpo le abrirían puertas tan rápido como él fuera capaz de abrirse de piernas. También abría bien la boca, vaya que sí.

Los invitados a sus cosas. Los Presidentes de gobierno haciendo corrillos, los Jefes de estado, los ministros, los reyes, los alcaldes y presidentes de comunidad.

Pero de repente, una nube cubrió todo el salón. La luz parecía que bajaba de intensidad y unos personajes siniestros se quitaron sus capas de normalidad y dejaron ver sus caras de mal follados.

Enrique el de sobacos, el subdirector del banco, unos primos lejanos de Ramiro el millonetis, tres o cuatro candidatos defenestrados que un día optaron al corazón de Ramiro el millonetis y a su cuenta corriente, los hermanos de Jorge el camarero y unos cuantos acólitos aburridos llenos de ansias de venganza y con mucho resentimiento dentro. Y también, un pelotón de soldados suicidas enviados por el Zar de Rusia, que ya se sabe que no era muy partidario de Ramiro el Millonetis y Jorge el camarero.

– ¡¡Ohhhhhhhhhh!! – se oyó en el salón, todo el mundo abría muy bien la boca, sorprendido por la obra de teatro que les habían preparado los anfitriones – ¡¡Que guay!! – repetían unos a otros después del segundo ¡¡Ohhhhhhhhh!! generalizado.

El oledor de sobacos se puso en la escalera que dominaba todo el salón. Optó por una estética próxima a los malos de Batman, así con la cara pintada que se debía creer que era lo que se llevaba en el mundo de los malos.

– Quietos parados todos. Que no se mueva nadie.

Fue un grito que pretendió ser aterrador y que resulto un gritito de gallo de corral anciano y con resfriado.

– Si os portáis bien, no os pasará nada – sonrisa meléfica. Había pensando en que brillara uno de sus dientes, pero no encontró la forma de hacer que el efecto especial en directo. Así que se conformó con que en la versión para televisión de pago, se incluyera como extra.

Los invitados miraban al oledor de sobacos, expectantes con el giro que tomaría la obra de tratro.

– Sois víctimas de un engaño. Y lo vamos a desenmascarar. No ponerse nerviosos que no va a pasar nada, si os portáis bien. Mis hombres tienen orden de no mataros, de momento.

Intentó imitar una risa de malvado, pero le salió patético. Los invitados aplaudieron entusiasmados, “Qué gran idea lo de la obra de teatro”.

– Jorge el oloroso y Ramiro el imbécil, son un fraude. A Jorge el Camarero le huelen los sobacos y a Ramiro el imbécil, le huele el aliento por su mala conciencia. ¡¡Y os han engañado!! ¡¡No están juntos!! Su pareja es un fraude.

Y enseñó a la concurrencia una foto en la que el que estuviera muy cerca podía observar a Jorge el camarero sentado en el suelo de su cuchitril de crisis, lloroso, ojeroso y solo. Ojos Iván, que era el único que estaba cerca de la escena, se fijó en que la foto la tenía que haber hecho el subdirector del banco, cuando le llamaron para ver si Jorge reaccionaba ante una de las personas que más odiaba en la Tierra. Fue a decirlo, pero se encontró un un rubio inmenso pegado a su espalda, con una pistola apuntando a su sien derecha, y que marcaba un paquete del 19 al menos, que había metido casi entre sus muslos.

– ¡Joder! – se quejó Ojos Iván.

– Ni respires – le susurró el tal Rubio con miembro erecto y acento ruso, al que por cierto, sí le olían los sobacos.

Lo que me pone ese olor a macho”, suspiró para sí Ojos Iván, al que ni siquiera el acojone del momento le vencían las ganas de un buen revolcón. Algo tuvo que sentir el miembro viril del Rubio con olor de macho entre sus muslos, pugnando por abrirse camino a través del pantalón y del calzoncillo hacia el agujero de la felicidad de Ojos Iván. “Corrijo, no es del 19, al menos del 22, la pija del Rubio”.

No se sabe de dónde lo hicieron, pero entre la gente aparecieron un número abundante pero indeterminado de lo que parecían soldados con sus pasamontañas y sus armas en ristre, las de fuego, que las otras las llevaban ocultas, apuntando a los más ilustres de los invitados. La cosa, en apenas unos minutos, había cambiado radicalmente. De una fiesta alegre y dicharachera, había pasado a un secuestro en toda regla, con sus caras ojipláticas, y sus miedos. Algunos ilustres invitados menos curtidos en los peligros de la vida y el poder, aflojaron sus esfínteres sin poder evitarlo. Los más valientes o incoscientes, se envalentonaron e intentaron enfrentarse a sus particulares hombres encapuchados. Pero todo estaba bajo control de los asaltantes.

– Hoy os iban a poner esta cinta de un polvo de Jorge el maloliente y de Ramiro el alitosis – se le había ocurrido de repente el cambio de motes. El oliente Enrique, se sintió bien consigo mismo. – pero era falso. Como todo en esta fiesta. Aquí están las familias de los interfectos que os lo confirmarán. ¿Quién mejor que ellos, sus familias, para indicaros lo malnacidos que son Ramiro el alitosis y Jorge el maloliente?

Una ola de tristeza y desesperanza recorrió el salón. No hace falta mucho para convencer a un grupo de personas de algo. Solo que las circunstancias te animen a hacerlo y que el lider hable con la energía suficiente y con la seguridad pertinente. Y Enrique el oliente de sobacos, llevaba muchos meses entrenándose para un evento como éste. El rencor de los desprecios de Ramiro y la envídia por el rápido ascenso de Jorge, lo habían animado a dar el paso y prepararse para ello. Aunque el empuje definitivo se lo dio el no rotundo de aquella hembra de la alta sociedad en la que había puesto sus esperanzas

– Aggggggggg.

Fue solo un ligero susurro.

– Aggggggggggggg.

El segundo fue más largo, y un poco más potente.

– Agggggggggggggggggg.

Algunos empezaron a sentir la brisa de la esperanza, los más próximos al ala oeste.

– Aggggggggggggggggggggg…

– Es una cinta, no os dejéis engañar.

– La tienes en la mano, gañán – dijo alguien de la concurrencia.

– Gañán tú, no te jode – gritó Ojos Iván, enardecido de repente, y dispuesto a enfrentar el peligro por la gloria de sus jefes. – Agggggggggggggg – gritó de repente Ojos Iván, emulando a sus jefes, pero es que el pollón de su vigilante se había colado dentro de él. Pero dentro, muy dentro. Y de verdad, nadie en el mundo habían visto nunca esos ojazos llenos de placer y armonía etérea. Si de normal los ojos del tal Iván era una cosa digna de estudio, en ese momento, eran algo cercano a la novena maravilla del mundo.

– Agggggggggggggg – gritaron de nuevo Jorge el camarero y Ramiro el millonetis al alimón.

– Aggggggggggg – gritó Ojos Iván.

– Ese es el que os intenta engañar – señaló con saña el tal Enrique.

– Ese – lo señalaron los hermanos de Jorge maloliente, deseosos de tomar un poco de protagonismo en la acción.

– Ese – señalaron también los primos lejanos de Ramiro el alitosis, luchando por su cuota de “Aquí estoy yo”.

– Agggggggggggg – este grito sí era de Ojos Iván, que empezó a girar a su alrededor la mirada, buscando a los asaltantes, y dejándoles KO con solo posar sus ojos en ellos.

– Agggggggggggggg

Éstos últimos volvían a ser Ramiro el millonetis y Jorge el camarero.

– Es mentira.

Unas pantallas de vídeo estratégicamente dispuestas, bajaron repartidas por todo el salón. Y en ellas aparecieron Ramiro el Millonetis y Jorge el camarero en plena acción en los servicios del ala oeste de la mansión. La gente empezó a aplaudir con entusiasmo. Los miedos empezaron a diluirse y los valientes empezaron a creer que la victoria era posible y que los asaltantes, acabarían a cuatro patas como los perros que eran.

A partir de aquí, el caos se adueñó de la situación.

Todo fue muy deprisa. Confuso. No sé si este narrador será capaz de enfrentarse a contar los sucedidos del resto de esa noche que fue fundamental para el devenir de nuestra sociedad.

Descanso un rato, y miro de ordenar las ideas e intentar contarlo todo.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 19.

– Pero no me dejes así – dijo con un tono un poco desesperado Ignasi, el secretario del secretario de Óscar el secretario. Así era: tirado en el suelo del armario, rodeado de camisas y trajes que habían perdido su sitio. Con su pajarita mirando para Cuenca, los pantalones en los tobillos. Y su miembro, bien duro. Y su boca, salivando a mil por hora. Salivaba tanto que empezabba a hacer un pequeño charco en el suelo.

– Eres muy guapo, querido, pero el mundo me necesita.

Lo dijo con toda la pompa y circunstanca que el momento requería,

– Bájate el hinchazón que te necesito en cinco minutos, bien vestido y sin marcar paquete.

Esto último lo dijo como el hombre importante acostumbrado a dirigir el mundo de su jefe. Lo dijo mirando con cara de hombre responsable mientras se abotonaba su camisa y se colocaba bien los pantalones. Ignasi en cambio seguía espatarrado, entre trajes que colgaban de sus perchas y zapatos que reposaban en el suelo esperando su turno de ser usados por Jorge el camarero. Seguía espatarrado con sus propios pantalones y calzones en los tobillos, con la camisa abierta y la pajarita echada hacia atrás. Sus labios sensuales, especialmente rojos y ardientes, miraban a Óscar que sin perder un segundo en miradas de pena por dejar los dulces y apasionados brazos de Ignasi, salía como alma que lleva el diablo camino de la recepción.

– ¡Vístete, joder! – le gritó desde la puerta.

Aunque en un momento de lucidez, volvió sobre sus pasos y abrió el cajón de los calzoncillos rotos y usados de Jorge el camarero y cogió unos. No pudo contenere y los olió.

– Hummmm – dijo en un arranque.

– ¡¡Te he visto!! – dijo con tono acusica Ignasi, que para que negarlo, estaba como un poco resentido con su jefe que lo debaja con el culo al aire y con necesidades perentorias de que unas manos en concreto, las de Óscar, se pasearan por su cipote ardiente y babeante. – se lo voy a contar a …

Pero Ignasi no acabó. Porque se encontró con la boca de Óscar el secretario sobre su propia boca, porque le dio un beso de los que corta la respiración, porque con una mano agarró de esa forma el miembro turgente y palpitante de su ayudante en tercer grado, porque solo con ese hecho, el citado secretario en tercer grado exhaló un grito de placer, amortiguado eso sí, por la boca de Óscar. El grito claro, para los no avispados, fue provocado por un río de lava blanca que salía del tronco que el citado Óscar masajeaba suavemente.

– Esto solo es el principio, pequeño. Ya que no eras capaz de aliviarte por ti mismo, no me ha quedado más remedio. Ahora, apresúrate, te necesito. Ya te diré yo cuando puedes escaparte y volver aquí a esperarme con paciencia, y con el culo en pompa. Haremos un poco de teatro, yo me sorprenderé, te diré cosas guarras y tú te pondrás caliente, moverás el culo con pasión, invitándome y yo, aunque me resistiré y te diré más guarradas, al final te haré mío. Pero antes harás tu trabajo sin empalmarte.

– ¿Me lo prometes?

– Claro que sí. Aunque te advierto que mis promesas en estas cuestiones no valen nada.

– Te amo Óscar el secretario.

– Que bonito suena, pero no me creo nada. En todo caso, ya veremos.

Y salió a toda pastilla, dejando de nuevo a Ignasi con sus pantalones y calzones en los tobillos, esta vez su miembro estaba un poco más relajado, aunque sus labios estaban más rojos si cabe que la primera vez. Eso sí, ahora tenía sobre y alrededor, un mar de jerseys y camisas y trajes de Jorge el camarero, que debido a la explosión que Óscar había provocado en el joven, habían caído sobre él , como si quisieran acompañar la dicha de Ignasi.

– Vamos – dijo Óscar desde la puerta. Así que Ignasi, se empezó a vestir y tal. Aunque tuvo la idea de no hacerlo, de dejar sus pantalones donde estaban y quedarse a esperar, aunque luego pensó que tampoco le apetecía que si entraba alguien le viera de esa guisa. Dos minutos después pensó que tampoco estaba mal, que le daba morbo… ¿Y si entra Carlitos, el hermano de Jorge? A lo mejor no se me resiste. Y es que también estaba super enamorado de Carlitos, el hermano de Jorge, aunque solo se lo había dicho para sus adentros, muy adentros.

– Por cierto – Óscar había vuelto sobre sus pasos – ¿Tú eras el primo del tío, del cuñado, del abuelo del sobrino del subdirector del banco?

Ignasi tragó saliva como pudo. Sabía que su pariente era odiado y vilipendiado a partes iguales en esa empresa. Pero no podía negar nada, que al fin y al cabo, no era culpable de nada.

– Pero yo soy inocente.

– Luego te voy a castigar como te mereces.

– ¡¡Ayyyyyyyyyy!! – y se le puso dura de nuevo.

Y solo de pensarlo se fue de nuevo en ríos de lava ardiente, blanca a más señas, y no le quedó más remedio que morderse el labio, joder, que no podía ponerse a gritar como una perra en medio de una gran recepción de la que dependía el mundo. Aunque si Óscar el secretario hubiera permanecido a su vera, todo eso le hubiera dado igual.

Óscar salió de las habitaciones de Jorge a todo correr. Fue al punto de la escalera de donde partiría Jorge el camarero hacia la recepción. Allí estaba, radiante “Qué guapo está el jodido, y eso que está en los huesos”. “Si la paz del mundo no estuviera en juego, anda que no lo seccuestraba y me lo llevaba a una isla desierta”. Pero Óscar el secretario era un hombre responsable y apartó esos pensamientos pecaminosos de Jorge para llevarlos hacia Ignasi, al que había sacado una foto sin que se enterara antes de irse “está bueno el jodido, a ver si luego nos quedamos embarazados de gemelos”.

– Así mejor, Óscar, aparta a Jorge el camarero de tus pensamientos libidinosos – le susurró el Narrador al oído.

– Luego hablamos – amenazó Óscar.

Empezaba a sonar la música con la que la pantomima se puso en marcha.

Jorge el camarero sonreía como él sabía hacerlo. En el otro lado, Ramiro el millonetis, miraba a su amor con todo el arrobamiento que podía y algo más. “Está super colado”, no dejaban de pensar Manu y Fito, cada uno por su lado, pero que coincidían en el diagnóstico. Y es que cuando Ramiro el millonetis vio en el otro lado del hall a su Jorge, el corazón le empezó a latir, las mariposas se dispararon en el estómago y la vista se le nubló, joder, que es que se le llenaron de lágrimas. “Joder, como he podido perderlo”. “Joder”.

Agarró un papel que pasaba por allí en manos de alguien, y escribió rápidamente.

Perdóname. Te amo.

Y lo dobló y se lo dio a Manu.

– Vete corriendo y dale esto a Jorge.

– Yo creo que no es el mejor momento, no vaya a ser que…

– ¡¡¡Llévaselo!!!

Como no estaba allí Óscar que era el único en todo el mundo que pasaba de sus arranques de ira, Manu se plegó y fue.

– Corre, que eres un flojucho.

Y Manu corrió por los pasillos interiores y llegó sin aire al lado de Jorge.

– Ten.

Óscar miraba por encima del hombro para ver lo que ponía el papel.

Perdóname. Te amo.

– Un papel, un papel – solicitó presuroso Jorge.

Todos se dieron la vuelta para buscar un papel. Jimmy el GEO sacó una pequeña libreta que siempre llevaba y se la tendió a Jorge.

Te perdono”, escribió en la primera página.

– Llévaselo.

Manu volvió a correr como un poseso. “Ya suena la música, joder, corre” le apremiaba Óscar por su línea interna telepática.

Ramiro recogió el mensaje con ilusión y expectación.

– Me ha perdonado – dijo eufórico. – un boli, Dios, que no sé donde he dejado el mío.

Fito le alcanzó el suyo.

Vuelve a casa, por favor.

– Pero como le escribes eso, así de pronto. Trabájatelo un poco más – le recriminó Fito. – Manu díselo.

Fito agarró la libretilla y arrancó la página.

– Dile lo guapo que está.

– Oye, no mires así a mi marido.

– Estais en stand by, así que lo miro. Y además, es como si lo miraras tú.

– ¿Sí?

– Sí – contestó rotundo.

Hoy no ha salido el sol hasta que te he visto.

– Eso está bien – aprobó Manu.

– Pues corre.

– No podíamos decir a alguien que llevara…

– Corre. Eres el mensajero real. El de confianza. Estos mensajes no se pueden encomendar a cualquiera.

Manu empezó la carrera, aunque esta vez se lo tomó más tranquilo. Hasta que sonó el teléfono y vio que era Ramiro.

Corre, joder – le gritó sin decir ni hola.

Y como si le hubieran puesto un reactor en el culo, en dos segundos y medio estaba al lado de Jorge.

– Me está jodiendo la recepción, no voy a poder tomar ni un canapé luego. Me está dando flato – se quejó amargamente a Óscar por línea interna telepática, que no le hizo ni caso.

Tú si que estás guapo, Ramiro. Y cuando sonríes más. Tu sonrisa alimenta mi alma. Sin verla cada mañana, muero.

– La respuesta – dijo tendiendo el cuaderno y mirando para otro lado para hacerse el interesante.

– Óscar podías relevarme – propuso Manu.

– Largo – gritaron a la vez Óscar y Jorge.

– Empezamos. Que bajen los actuantes.

La música subió. Ramiro se resistió pero vio por un hueco que el Presidente de USA lo esperaba con los brazos abiertos, pero literalmente abiertos, a los pies de la escalera, para abrazarlo a él y a su marido. Leyó la respuesta de Jorge y se sonrió. Cogió el boli que por si las moscas ya no soltaba por nada, y escribió a toda prisa:

Es tu sonrisa la que ilumina la estancia. Podríamos apagar todas las luces, mientras estés tú.

Y empezó a bajar miantras Manu corría y corría hacia Jorge. Éste se demoró un poco, esperando.

– Ten – Manu tendió la nota a Jorge el camarero antes de caer desplomado y ya en el suelo, quitarse los zapatos – Joder es que son nuevos – se disculpó ante Óscar.

Ramiro ya llevaba un tercio de la escalera. Sonreía a todo el mundo. Jorge aún no había emprendido el camino. Hubo un invitado, asentado a pie de la escalera que empezó a decir en voz media que Jorge no iba a venir.

– Se han separado, que yo lo sé – decía ufano a los que lo rodeaban. Era su momento de gloria, pensó. Si luego resultaba verdad, todos se acordarían de que él lo había pronosticado.

Jorge leyó el mensaje y quiso escribir algo, pero Óscar, al que le habían chivado el comentario, con mucha firmeza, lo empujó hacia la escalera.

Jorge empezó a sonreír. Cuando ya le podían ver los invitados, hizo un gesto como de asustarse ante tanta concurrencia y darse media vuelta. “Teatro, puro teatro, que buen actor era Jorge el camarero”. La gente empezó a reírse espoleados por el gesto de Ramiro que siguiendo la broma gritó:

– No te vayas, que son muchos pero majos.

Jorge hizo el paripé de quitarse el sudor de la frente y empezó a bajar con aire desenvuelto. A mitad de escalera le gritó a Ramiro, quién ya estaba casi en el salón.

– Si no llegas a estar tú, me largo a todo correr. Dais miedo – dijo señalando a los invitados.

Cuando el traductor hizo su función y tradujo las bromas al Presidente de USA, empezó a dar palmadas de felicidad.

– Amazing, very amazing – dijo mostrando su blanca dentadura, blanca de anuncio, y dando más palmas.

– I’m very happy to see you again. Your boyfriend is perfect. Nice to meet you, George the waiter.

Y se fundió primero en un abrazo a Ramiro, su amigo de toda la vida, y después, se giró para recibir a Jorge el camarero, que llegaba son una sonrisa digna de un actor de Hollywood que acaba de recibir el Oscar.

– Bla, bla, bla – dijo Ramiro.

– Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla – contestó el Presidente USA

– Bla – terció Jorge el camarero.

– Bla, bla, bla – dijo Óscar con el fin de que se movieran todos por el salón para empezar a saludar a la gente.

– Un brindis – dijo el Presidente USA chapurreando el español con un acento americano insufrible, que ni Aznar después de pasar un fin de semana en cassa de Bush.

Los tres mosqueteros se miraron. No estaba previsto. Fito fue el encargado de correr como alma que lleva al diablo a las cocinas para que los camareros salieran a la voz de ya con unas copas de cava, al menos para los principales invitados.

– Bla, bla, bla – dijo Óscar para hacer tiempo.

– Blablablabla, blablabla, blablabla? – preguntó Ramiro.

– ¿Blablablabla? – Apuntó Jorge.

– Hablas inglés – dijo en español un asombrado Presidente USA.

– Of course.

– Bla, bla, bla, bla – dijo Ramiro mostrando su orgullo por Jorge el camarero. Su orgullo y su amor.

– Lovely, the best couple in de world of all the time – les dijo sonriendo. Y para premiar dicha afirmación, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis, se miraron con arrobamiento y juntaron los labios con delicadeza.

Y en ese momento, algo se paró en la Tierra. Los dos recibieron una descarga eléctrica que les recorrió el espinazo. Nadie se percató de ello, salvo Óscar el secretario. Eso le hizo concebir fundadas esperanzas de que la cosa se arreglaría esa misma noche y que ni siquiera iba a ser necesario usar la cinta de la radio del obispado con una sesión de sexo enlatada.

El Presidente de USA, fue entonces cuando levantó la copa y alguien acercó un micrófono. Fue el traductor oficial el que lo cogió.

– Recuerda que el médico dice que no debes beber todavía, Jorge – le murmuró al oído Óscar.

El aludido lo miró de reojo y asintió imperceptiblemente.

– Levantemos la copa, queridos amigos, por nuestros anfitriones, Jorge el camarero y Ramiro el millonetis. La mejor pareja del mundo de todos los tiempos. Los anales de nuestra civilización no recogen un caso igual. Nos han dado ganas a todos de amar, de tener hijos. ¡¡Por ellos!!

Y todo el salón levantó las copas.

– Por Jorge el camarero y Ramiro el millonetis – dijeron todos al unísono.

– Hacéis que tengamos esperanza en la raza humana – dijo un sonriente Presindente USA que agarraba la mano de su mujer con fuerza.

Ramiro el millonetis y Jorge el camarero se miraron e hicieron un gesto de beber, auuque solo se mojaron los labios, pero el Presidente de USA, ajeno a las secuelas de la droga que les invitó a beber la copa de un trago. Entonces a Óscar se le ocurrió que podían enlazar sus brazos para beber como hacen los novios. Y casualmente, se pusieron de tal forma que dieron la espalda a los invitados y Óscar les dio el cambiazo de las copas llenas por otras vacías.

– Bebed – les indicó a Manu y Fito.

– No jodas – señaló Manu, todavía recuperándose de las carreras y con una flojera en las piernas preocupante, a parte de un dolor de pies del 15.

Pero Óscar era inflexible en su mandamiento, en su mirada. Y Manu bebió sin pensar, que no tenía ganas de discutir.

Y llegó el momento de saludar a los invitados. Para llegar a todos, Ramiro el millonetis se fue por la derecha del salón y Jorge el camarero por la izquierda. Cada uno con su séquito. Óscar y sus secretarios se encargaron de éste último, y Ramiro llevó a Fito y Manu y sus propios ayudantes.

– Bla, bla, bla.

– Bla.

Una risa sincera de Jorge charlando con el alcalde de París y su marido.

– Blablabla, bueno, bueno.

Y una sonrisa cómplice de Ramiro con el Primer Ministro Británico.

– Y tal y cual – le dijo la Jefa de Alemania.

– Y cual y tal – contestó afable Jorge el camarero dándola un beso en la mejilla y hizo suspirar a la Sra. Merkel. “Qué majo es este chico”, se dijo la canciller. Incluso pensó que debía acelerar la legalización del Matrimonio entre presonas del mismo sexo en su país. Jorge que algo intuyó, le dio otro beso en la mejilla y la sonrió con cara de cordero degollado. La canciller alemana suspiró.

– Y bla, bla – dijo muy seguro el primer ministro belga.

Una carcajada de Ramiro el millonetis con un apretón de manos así como muy intenso.

– Y tal y cual – comentaron Jorge y el primer ministro italiano.

– Y cual y tal – se dijeron Ramiro el millonetis y el alcalde de Lisboa.

Te echo de menos – leyó en la libreta Jorge el camarero, mensaje que había traído uno de los secretarios de los secretarios de Manu. El chico se llamaba Iván y tenía una mirada de esas que rompen voluntades. “Joder, como elige el jodido Manu”, pensó para sí Jorge el camarero. Sin poder evitarlo imaginó lo que hubiera pasado unos meses antes si se lo hubiera encontrado en sus noches de salir de caza. “Éste hubiera caído fijo”.

– No es tu tipo, Jorge el camarero – le susurró Óscar el secretario.

– Tú que sabrás.

– Estaba colado por ti.

– ¿Tú eres mi tipo?

– Está claro que no, ni te acordabas de lo nuestro.

– En aquella época…

– De otros si te acuerdas.

– Coincidiría un día loco.

– Días.

– ¿Repetimos? – preguntó un ahora muy asombrado Jorge el camarero.

– El alcalde de Burgos – presentó Óscar el secretario, en su papel protocolario.

– Ya nos conocemos, del día de la boda. Bla, bla, bla, bla – dijo afable Jorge.

– Y bla, bla y espero contar con vosotros en próximas fechas. Me han contado que les gusta el baile regional y hay un bailarín que baila unas jotas estupendas y se llama Saúl que vendrá este año al festival de folclore, en el mes de Julio. Y luego en octubre, el fin de semana cidiano y bla, bla, bla…

– Me han dicho que Burgos está precioso.

– Precioso.

– Y bla, bla, bla…

Y el alcalde de Burgos se separó.

– ¿Cuántas veces? – Jorge volvió al tema.

– Varias – zanjó radical Óscar el secretario.

– El primer ministro de Israel.

– Bla, bla, bla.

Y mientras Jorge el camarero, escribió en la libreta: “¿Uno en los servicios?

– Corre – le dijo a Iván, el de la mirada desarmante. E Iván corrió, que estaba en forma. Y en un plis plas, tendió la libreta de los mensajes a Ramiro el millonetis.

Ramiro el millonetis leyó.

A Ramiro el millonetis, se le hizo el cuerpo gaseosa.

Ramiro el millonetis escribió un que ocupo toda la página de la libreta. Fue a mandar la respuesta pero se lo pensó mejor y escribió en la página siguiente.

Ahora.

Tendió de nuevo la libreta a Iván, joder que ojos, para que cursara los mensajes. Pero volvió a pensar un segundo y volvió a escribir.

En los del ala oeste.

Miró la libreta, miró los tres mensajes, volvió a mirar la libreta, volvió a pensar un segundo y cursó los mensajes, ahora sí.

– Vuela – indicó a Ojos Iván.

– ¡¡Espera!!

Abrió la libreta por enésima vez y escribió:

Corre que se me escapa.

– Vuela.

E Iván voló. Sobre todo por si se arrepentía de nuevo.

Y Ramiro el millonetis se escaqueó con la ayuda de sus secretarios.

Y llegó al servicio indicado.

Y estaba nervioso. “¿Vendrá?” dudó en su mente. Y pasaron diez segundos sin recibir noticias, se puso más nervioso.

Y los GEO rodearon inmediatamente ese ala de la casa.

Y Javi el policía se hizo cargo de la situación.

Y Jorge el camarero llegó poco después.

Y Ramiro el millonetis sonrió.

Y se besaron.

Y Javi el policía sonrió.

Y Óscar el secretario que había seguido preocupado a Jorge el camarero, que no le dijo ni esta boca es mía, solo leyó y salió pitando hacia el servicio, sonrió aliviado.

Y los GEOS sonrieron también, que les gustaba el tema.

Y sin que nadie dijera nada, se dieron la vuelta para dejarles intimidad.

Y Ojos Iván miraba a todos sin decidirse en quién posar su mirada. Óscar el secretario pensó en decirle algo, en hacerle algo, pero recordó que tenía a su propio secretario en pelota picada en algún armario de la casa. “No, joder que le dije que se vistiera y viniera. ¿Dónde está, por cierto?”.

– Quizás pueda escaparme un segundo y darle un par de morreos.

Y a ello fue después de indicar a Ojos Iván que se quedara con los idem bien abiertos para que todo fuera bien.

– ¡¡Joder!! – se quejó Ojos Iván, que sabía que eso significaba que se quedaba sin polvo.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 18.

– Tú bajas por este lado de la escalera, cuando suene la marcha. Y por el otro lado, bajará Ramiro. Os juntáis abajo y os dais un pico. Os miráis sonriendo y tal. Cara de merluzos enamorados. Luego miráis a la concurrencia, sonriendo, felices.

– Pura comedia – se quejó Jorge.

– Pues haz una buena interpretación. Abajo han 2384 invitados deseosos de que sea la mejor comedia del mundo. Y no te digo los periodístas que habrá, para que no te cagues por la pata abajo.

– No he visto a Carlos – Jorge a lo suyo, no hacía mucho caso a las instrucciones de los tres mosqueteros.

Óscar carraspeó y se hizo el loco.

– Óscar.

Sin respuesta.

– Óscar.

Fue a salir de la habitación.

– ¡¡Óscar!! o respondes o no bajo.

– Carlitos está enfadado. Piensa que no le quieres porque no le has hecho caso. Está muy triste. Dice que haces más caso al Presidente del Gobierno que a él.

– Porque no folla. Por eso está enfadado.

– Va, eso no es cierto del todo. Ayer se encontró de nuevo con el narrador.

– ¿Ya le ha engañado de nuevo? Pobre narrador.

– Dice que solo hablaron.

– ¿Mi hermano hablar? ¿Solo?

– Jorge, eres injusto – le espetó de repente el narrador desde el otro lado de la pantalla.

Jorge miró hacia la pantalla intentando ver al narrador. Al principio estaba un poco enfadado por la réplica del narrador. Pero poco a poco recapacitó y cambió su estado de ánimo.

– ¿No follásteis? – preguntó cauteloso.

– Eso es irrelevante. Eres injusto en lo de que no te quiere.

– Es cierto, me quiere.

– Estos días no ha hecho nada. No ha ido ni a baile. ¿Sabes que ha perdido un papel principal en el próximo estreno de la compañía? Y sabes que el baile es su vida. Lo ha dejado por ti, Jorge el camarero.

– Eso ha sido un golpe bajo, narrador.

– Díselo Óscar, yo me callo.

– El narrador tiene razón. No ha ido a ensayar, así que el director le ha quitado el puesto. Pòr eso y por no querer acostarse con él. Y eso que está de vicio.

– ¿No se habrá pillado de verdad del narrador?

Se quedaron todos callando a la espera de una respuesta del narrador. Pero van listos.

– Narrador, cobarde – picó Jorge. – Contesta.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Narrador, que ésta no es la historia de Carlos, sino la mía.

Pero el narrador tenía los labios sellados.

– Pues hala, vamos a seguir con lo nuestro – dijo Manu para romper el silencio propiciado por la callada del narrador.

– Recuerda: “Somos muy felices”

– Joder, que no lo digo.

– Jorge, por favor.

– Somos muy felices – dijo a regañadientes.

– Así no cuela.

– ¡Somos muy felices! – ahora levantó la voz.

– No cuela chillar, sino sonreír.

Jorge puso su mejor sonrisa falsa.

– Esa no – le recriminó dulcemente Óscar, quizás demasiado dulcemente.

Jorge se conmovió con Óscar y puso su sonrisa de conquista. Manu y Fito se miraron preocupados compartiendo en silencio un ruido peligroso de tripas. “Este Óscar nos la lía, que sigue pillado por Jorge. Y como el Loca le ha dado plantón…”

– Esta está mejor. Ahora repite.

– Repito.

– No seas bobo. Repite “Somos muy felices”.

– Repito, somos muy felices.

– ¡¡Jorge, por favor!! – se quejó Fito desesperado de los nervios.

– Iros con Ramiro, ya me ocupo yo de Jorge.

Manu y Fito miraron con recelo a Óscar. “Qué nos la lía, que nos la lía, que se lían y lo que faltaba para que Ramiro nos cuelgue por los cataplines”. Sabían de su antigua aventura y no las tenían todas consigo de que de repente, Jorge se quitara el smoking y acabara en la cómoda rodeando con sus piernas el tronco de Óscar “¡Y qué tronco!” pensó Manu que estaba enamorado en secreto de Óscar y que había disfrutado a tope de sus sesiones de sexo desenfrenado y sin compromiso, solos o en compañía de otros. Los tres mosqueteros, sexo sin compromiso, alegría y diversión. Pero ¿qué pasaba si uno de los tres mosqueteros “sexo sin compromiso”, se pillaba de otro? Pues a callar y a joderse, Manu querido.

– Vamos. – apremió Óscar al ver que no se movían.

– Óscar, que me fugo. Que no puedo. – explotó Jorge cuando se quedaron solos.

– Jorge, que sí que puedes.

– Esto es …

– No es nada, Jorge.

– Me largo.

– Están Jimmy y Juan fuera.

– ¿Con el ariete? – preguntó con precaución.

– ¿Les has visto los brazos?

– Sí. Lo difícil es no verlos.

– Para apretarte los huevos no necesitan el ariete.

– No voy a poder fingir.

– No finges.

– Sí lo hago.

– No.

– No puedo decir eso.

– Claro que puedes, porque es la verdad. “Quiero a Ramiro, mi marido con todas mis fuerzas”

– No lo es – ya no mostraba tanta seguridad al hablar.

– Si, lo es. Lo quieres. Otra cosa es que estés enfadado con él.

– Pero eso va lo uno con lo otro.

– No, y lo sabes.

– Te quiero a ti.

– Mentira.

– Tú me quieres.

– Sí, pero no.

– Fuguémonos.

– No.

– Por fa.

– No.

– Podríamos haber sido felices.

– Ya.

– Vayámonos.

– No.

– Vas a bajar con tu mejor sonrisa. Estás muy guapo. Muy delgado. Pero sigues estando guapo. Te ha quedado el culo un poco fino.

– Y la cara. Tengo muchos ángulos.

– Eso en un par de semanas, lo recuperas.

– Va, da igual.

– Vamos. Repite: “Quiero mucho a mi marido”.

– Quiero mucho a mi marido.

– No ha sonado convincente.

– Joder.

– Repite: “Quiero… “

– Quiero mucho a mi marido.

– Lo que nos ha pasado nos ha unido más. Nadie nos podrá separar nunca.

– Pero tío, eso sí que es un poco mentira.

– Solo un poco. Y si os volvéis a juntar, no lo será.

De repente entró el secretario del secretario de Óscar el secretario.

– 127 cámaras de televisión, 287 micrófonos y 874 plumillas. De todo el mundo – el secretario del secretario de Óscar el secretario estaba excitado.

– ¿Cómo te llamas?

– Ignasi.

– Ignasi – le dijo muy serio Jorge el camarero – eso son minucias. Ya te irás acostumbrando, si no te da un ataque de tanta emoción.

– ¡Ah!

– ¿Qué tal hablas francés?

– ¿Eh?

– Que si practicas mucho el francés.

El secretario Ignasi miraba alternativamente a su jefe y a Jorge, el marido de su super-jefe.

– No se me da mal, gracias.

Cualquier observador hubiera podido jurar que al secretario del secretario de Óscar el secretario, a la sazón conocido por sus padres como Ignasi, le había crecido un ligero bulto en la entrepierna.

– Ignasi, ¿Has visto lo atractivo que es Óscar?

– ¡¡Jorge!! No es momento para juegos.

– Me pone mucho – dijo en un ataque de sinceridad, del que se arrepintió enseguida al ver la cara de asesino en serie que se le acababa de poner Óscar el secretario. Su color de cara subió 5 grados de rojo, hasta alcanzar un tono próximo a la fresa en plenitud.

– ¿Y si te lo montas con él ahí, en el armario? Un sitio íntimo, con morbo, y con Óscar el secretario entre tus brazos. – Jorge empleaba un tono de lo más sugerente.

– Eres un capullo. A ver como le saco yo ahora ahí fuera con ese bulto.

– Pues bájaselo.

– ¡¡Síiiiiiii!! – gritó esperanzado Ignasi, aunque se arrepintió, que la cara de Óscar no había mejorado y seguía pareciendo la de un asesino en serie.

– Óscar, Ignasi está muy guapo – insistió sugerente Jorge.

– Jorge, no tenemos tiempo.

– Tú ya has hecho tu trabajo.

– Jorge.

– Óscar.

– Jorge.

– ¿Ignasi?

– Sí, Jorge el camarero.

– ¿Quién soy?

– Jorge el camarero.

– ¿Y quién es mi marido?

– Ramiro el millonetis.

– Pues como un mandato especial de Ramiro el millonetis, te digo que te lances sobre el cuello de Óscar el secretario que lo hagas tuyo. Muéstrale de lo que eres capaz.

Miró de reojo a Óscar que miraba con los ojos desorbitados a Jorge el camarero.

– ¿De qué vas?

– ¡¡Vamos!! Que no tenemos todo el día – apremió Jorge.

Y Ignasi hizo un salto prodigioso, solo reservado a los grandes felinos de la estepa africana, con tanta precisión que su boca se juntó con la de Óscar a la primera. Y envolviendo con sus piernas la cintura de Óscar el secretario, lo fue dirigiendo hacia el enorme armario de la habitación en dónde estaban.

Óscar se resistió, pero solo los 0,005 segundos primeros. Después se dejó llevar porque a fin de cuentas le apetecía un polvo que, con la espantada de Locatis, se había quedado a dos velas. Y para que negarlo, el tal Ignasi era un ejemplar de hombre muy atractivo. Y era rubio, con lo que le ponían los rubios, aunque ya no se acordaba del último que tuvo como partenaire. Y en ese momento tampoco se acordaba de la plaga de rubios malos, malos, que había asolado su vida apenas unas semanas antes y su juramento en silencio y para sí mismo, de no juntarse con ningún rubio, por si las moscas.

Jorge el camarero se colocó la pajarita y fue hacia la puerta.

– Adiós, Óscar.

– Jorge, no hagas tonterías – recomendó Óscar el secretario a Jorge el camarero, apartando por un momento su boca de la de Ignasi, que todo sea dicho besaba que era un primor.

– Me fugo.

Abrió la puerta y se encontró con Juan y Jimmy, en lugar de vestidos con su traje de asalto, con un perfecto smoking aunque estaban un poco justos y sus músculos amenazaban con hacer saltar las costuras en cualquier momento.

– Te acompañamos a la escalera – y pusieron su mejor sonrisa de anuncio de dentífrico.

– ¡Ah!

Se sonrieron los tres.

– ¿No hay más remedio?

– Es un caso de emergencia nacional.

– Vale.

Y Jimmy hizo una serie de estiramientos con las manos, como si no quiere la cosa. Unos movimientos que parecían destinados a sus partes pudendas.

– ¿Te mola apretar huevos?

– Disfruta como un enano – contestó Juan – A veces me cuesta refrenarlo.

– Agggg.

Es la voz de Óscar.

– He encontrado un nuevo novio – dijo de forma enigmática Jorge.

– Me alegro por él.

– Ya, yo también – dijo resignado Jorge que veía que su estratagema para escaparse había fracasado estrepitosamente.

– Te escoltamos hasta el punto de salida. Te están esperando.

– Vale. Pero no hace falta. No os molestéis. Me se el camino – sonrisa embaucadora.

– No es molestia. Y sabes que nos encantas. Eres nuestro protegido preferido. Juan está deseando cogerte los huevos. Sueña con ello desde que le rechazaste una noche loca de hace dos años. – Jimmy sonreía y Juan no tanto – Nos han dicho que debes sonreír.

Jorge sonrió de aquella forma. Pensaba en la afirmación de Jimmy. “Creo que me acordaría si un tío como Juan me hubiera entrado”. “¿De verdad me tiene ganas?”. “Joder, en esa manaza, mis huevos no tienen ningún futuro”. “Los dos me tienen ganas. Que por turnos el uno y el otro alaban las ganas que tiene el otro de machacarmelos a la menor ocasión; pero que vamos que si se tercia, hacemos un trío y así superamos el pasado”. Los miró alternativamente a los ojos, escrutando, penetrando en sus mentes. “Si en el fondo me quieren, pero de deshuevan, fijo”.

Jimmy volvió con sus ejercicios de manos. Jorge mejoró mucho su sonrisa. “Es mejor rendirse, lo tengo crudo”.

– Así mejor – aprobó Juan empujando delicadamente a Jorge hacia su destino.

– La suerte está echada – dijo Jimmy. – Lo iba a decir en latín pero no me acuerdo.

– Alea iacta est – apuntó Jorge.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 17.

– Joder, está todo por hacer. No tenemos nada, ni a los anfitriones. No se puede preparar una recepción de esa envergadura en 3 días, Óscar.

– Nosotros podemos.

– Sí, una mierda. Cuatro Reyes. Dieciseis Presidentes de gobierno, treinta Primeros Ministros y treinta y cuatro ministros. Cuarenta y ocho secretarios de estado, alcaldes, presidentes de comunidad, ricachones y proletarios. Todos juntos y todos dispuestos a hablar con todos. Escritores y pintores varios, actores y directores. Hasta viene Ernesto el escritor y sus hijos y Adri Kilmer, el famoso porno star y su pareja, que para mí son más VIP que todos los anteriores, todo sea dicho.

– Y encima, la excusa es una pareja de casi recién casados que llevan 15 días separados. Y uno de los cónyuges, por cierto, no sabe que dentro de dos días, saludará al Presidente de Estados Unidos como el maridito de Ramiro el millonetis. Es más, a ver quién es el listo que va a convencerlo con la mínima posibilidad de que no le salte los ojos con un sacaojos.

– ¿Sacaojos?

– No se me ocurría otra cosa – dijo Fito mesándose la cabeza, que el cabello no, que se había rapado al cero después de la operación Rusia.

– ¿Quién va a ir a convencer a Jorge?

– Yo no, desde luego. Amo a mis ojos – explicó Fito.

– Pues habrá que hacerlo cuanto antes. Con lo de la droga, ha adelgazado un huevo y el smoking no le sentará bien.

– Ni los calzoncillos rotos.

– Por favor, dejemos las frivolidades. El juego de los calzoncillos rotos es historia. Fue divertido mientras duró.

Llegó el jefe de protocolo del Gobierno de la nación. Y el de la comunidad autónoma. Y llegó el de la embajada de USA. Y el de la embajada de Inglaterra, que su Primer Ministro se había apuntado, para saludar a la pareja de moda, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. También hicieron acto de presencia el de la Unión Europea y el de la República Francesa. Y el de la italiana. Y el de Mónaco, que el Príncipe también asistía, eso sí, sin novio ni esposa.

En realidad todo era una excusa para tratar el tema del ataque a Ramiro el millonetis en suelo ruso y las implicaciones políticas que eso conllevaba. Alta política de la buena. Los de protocolo sentaban las bases de convivencia. O sea, se pegaban ellos primero; que si mi Presidente a la derecha, que si el mío en la cabecera, que si nos sentamos, que si de pie, que no, que el mío es bajito, pues el mío es alto, que si el mío es gordo, que si tal, que si cual… el mí saluda antes a Ramiro, no el mío, pues el mío lo hace con Jorge el camarero, pues el mío va antes al servicio, pues… que si tal, y cual y vuelta al tal.

Su separación había sido silenciada absolutamente. Algún periodista se había olido algo raro, pero le habían dado una exclusiva sobre la búsqueda de Enrique, el oledor de sobacos y nombrado intrigante mayor del Reino.

– Viene el Rey – anunció de repente Manu, colgando el teléfono.

– Uno más. La reunión de los de protocolo puede pasar a los anales del boxeo.

Ramiro el millonetis estaba en su habitación. Solo miraba por la ventana.

– Ramiro, debes ir a la oficina. Hay multitud de cosas que debes decidir.

– Suspende todo. Di la verdad: he engañado a mi marido y éste me ha dejado.

– No digas sandeces.

– No va a ir.

– Déjalo de mi cuenta. Vamos, vístete.

– No Óscar. Esta vez no me vas a convencer. Estoy desolado, hundido – e hizo un gesto dramático de lo más teatral llevándose la mano a la frente y mirando al cielo.

– Debes decidir… todo va a ir adelante.

– Hazlo tú. No tengo cuerpo.

– Pero yo no sé…

– Lo harás bien. Los tres mosqueteros sois invencibles.

– Ramiro.

Pero éste cerró los ojos y se puso el auricular para escuchar por enésima vez el Requiem de Mozart.

Óscar montó en el coche y se fue a ver a Jorge el camarero, que había alquilado un apartamento en el centro para él solo. Apartamento que apenas abandonaba. Carlitos le llevaba comida una vez al día, que apenas probaba.

– Jorge, abre la puerta.

– Jorge. – insistió al cabo de cinco minutos sin respuesta.

– Joder, deja de aporrear la puerta. ¿No entiendes que no quiere verte? – gritó un vecino que quería dormir un poco.

Óscar respiró hondo y se fue.

Jorge estaba sentado en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Miraba al frente, pero sin ver nada. Tampoco había nada que ver, que enfrente solo había una pared desnuda, matizada de vez en cuando por desconchones debidos sin duda a los niños de el anterior inquilino.

– Eran unas bestias – le dijo el dueño del piso.

– Puedes pintar la casa, si quieres, te dejo – le comentó magnánimo.

Jorge asintió despacio, empujando al dueño fuera de su casa. Solo quería quedarse solo y en silencio. “Las paredes las va a pintar Santa Rita, no te jode”.

Lo del silencio, a los cinco minutos, se dio cuenta de que era una quimera. Se escuchaba todo lo que pasaba en los pisos de arriba y abajo. No eran precisamente silenciosos los habitantes de esa casa. Pero en realidad, como le importaba una mierda lo que los demás hicieran, pues no le molestaba en exceso, salvo cuando el niño de tres pisos más arriba, se ponía frenético a chillar a las 4 de la mañana y nadie en esa familia parecía saber que hacer con la criatura para que se callara. Luego empezaban a despertarse el resto de los vecinos y unos a despotricar contra los padres, otros llamaban a Herodes, y otros requerían la presencia de un médico para que le aplicara la eutanasia a ese niño. Al final, llevaban los defensores del aborto a ultranza y se preguntaban por qué no abortaron los padres de los padres de la criatura, que al fin y al cabo, eran los culpables de todo.

– Los padres al paredón.

– Repitamos los fusilamientos del dos de mayo, aunque sea 3 de marzo.

Los días pasaban sin nada reseñable. Carlos llegaba sobre las dos con unos taper de comida. Intentaba charlar con su hermano, pero como éste le daba tan poca coba, se iba echando leches. Le desesperaba la actitud de Jorge. Y no soportaba verlo así. No sabía que hacer y eso le desesperaba más si cabe. Y encima, había vuelto a la sequía sexual. El chico de la matrona había desaparecido y nadie había llegado para sustituirlo. Y el narrador estaba ofendido con él, justamente ofendido, reconocía para sí Carlitos, y ya no le daba coba. Y encima le hacía parecer como un pasota en el relato, así que procuraba no enfadarlo más, no fuera a ser que lo convirtiera en un asesino a sueldo, en cómplice de Enrique el oledor de sobacos o algo peor. “En amante de Putin, no será capaz”.

Tenemos a Ramiro en su habitación, escuchando al Requiem de Mozart a todas horas y mirando por la ventana.

Tenemos por otro lado a Jorge, tirado en el suelo, mirando la pared de enfrente, sin música ni nada que hacer. Nos informan los servicios secretos que lo más apasionante que pasa son los pedos que se tira el vecino del 5º, que se oyen en todo el edificio.

– ¿Y huelen?

– No me han informado al respecto.

Tenemos a los tres mosqueteros organizando una recepción con los mandamases mundiales, que querían venir a postrarse ante los novios del siglo. Novios que ya no lo eran. Aunque eso era el secreto mejor guardado del reino. Qué digo del reino, de universo. Las escuchas de los servicios secretos estaban atentos a cualquier dicho al respecto, para atajarlo en cuanto se produjera. Eran tantos los intereses económicos y políticos de esa reunión, que la excusa para celebrarse no podía evaporarse. Los rusos estaban maquinando para que alguno de los representantes político se borraran del evento. Pero todos querían presenciar el amor incondicional que había traspasado fronteras entre Jorge el camarero y Ramiro el millonetis.

– El presidente de USA se queda a dormir el en casoplón de Ramiro.

– No, eso no puede ser.

– Ramiro les invitó en su entrevista en la Casa Blanca.

– Joder, que marrón . Eso sí que no podemos disimularlo. Jorge no va a volver a la casa, ni de coña. Y sin sus famosas sesiones de sexo…

– ¿Y si les pedimos a los de la radio del obispo la grabación aquella que hicieron para animar a la cópula y la procreación?

Óscar suspiró.

– ¿Y si los drogamos con la droga de la sonrisa tonta?

– Sí, no te jode. Mira como están con su última dosis de droga.

– Ufffffff. Mejor ni tocar.

Todo iba adelante. Todo estaba casi perfilado y preparado. Javi el policía se encargaba de organizar la seguridad. El mismísimo ministro del interior había delegado en él.

– Confío en tí, Javi el policía. Eres joven pero con una intuición de campeonato. Llevas sangre de policía y cabeza de policía.

– Y Javi el policía se rascó suavemente encima de la oreja, rezando mentalmente porque ese marrón no se convirtiera en un barullo capaz de sepultarlo de por vida.

Y por fin llegó el día de la recepción.

Quedaban tres horas.

Por la puerta de la casa de Jorge habían pasado todos los que podrían haber convencido de algo a Jorge. Hasta encomendaron al subdirector del banco a que fuera, por ver si el asco que le producía, lo hacía reaccionar. Pero nada. Locatis organizó un numerito en la escalera, sin ningún resultado. Óscar se pasó cada dos horas, por ver si lo pillaba en un momento bajo de defensas. Carlitos hizo guardia en el rellano, pero sin atreverse a entrar más que la visita de la comida, pero nada. Y Jorge seguía sin casi probar bocado.

Al final Óscar tuvo una idea. Desesperada, pero idea.

– Vamos a ello.

– Los GEO tomaron el edificio. Dos corpulentos hombretones echaron la puerta abajo.

Jorge el camarero, los miró con indiferencia.

– Hola Jimmy y Juan. ¿Cómo estáis?

– Jorge el camarero, no nos gusta verte así. Nos jode que te salváramos la vida para esto.

– La vida es así de cruel.

En un plis plas revisaron la casa. Javi el policía entró entonces para dar el visto bueno. Y detrás, llegó el presidente del Gobierno.

– Jorge el camarero.

– Presi, que honor. No soy un buen anfitrión, ya me perdonarás.

El presidente del gobierno entró despacio y se sentó en el suelo al lado de Jorge el camarero. Su asistente vino a la carrera detrás, con unas bolsas de comida.

– Quería comer una hamburguesa a gusto, y me he dicho: voy a ver a Jorge el camarero. Me he comido las mejores hamburguesas en tu compañía.

– ¿Quiere ligar conmigo?

– Ya me gustaría, pero ya sabes que lo mío es la discreción y las saunas.

– Así que eras tú.

– Pero no lo digas a nadie.

– Ten te he traído tu burguer con queso y beicon.

– De verdad…

– No seas así, que no me gusta comer solo. Y el ministro de sanidad no me deja comer estas cosas. Así que ya que me escaqueado, acompáñame.

– Está bien. Pero no le voy a votar, que conste.

– Ni falta que hace. Comamos una burguer y dejemos los votos para otro momento.

Y empezaron a comer. Se pasaron los sobres de ketchup y hablaron de esto y aquello. Se pasaron los sobres de mostaza y rieron sobre aquella vez que el Presidente se pegó un traspiés que dio con sus morros en el suelo.

– Te juro que me sentí ridículo, todo el mundo mirando, las cámaras grabando. Al día siguiente en el Congreso pedían mi dimisión por patoso.

– Me acuerdo que saliste en todas las noticias.

– Mi mujer me hizo la prueba de alcoholemia al llegar a Palacio. ¿Tu te crees?

– ¿Y habías bebido?

– Qué va. Si no bebo nada.

Y bla, bla, bla.

Óscar en el rellano, señalando el reloj disimuladamente.

El Presidente asiente.

– Debo pedirte algo, querido amigo.

– ¿El voto?

– Eso ya te he dicho que te lo perdono. De momento.

– A ver. – dijo resignado.

– Necesito que vengas a una recepción y que hagas de marido feliz de Ramiro. El mundo te necesita.

– Eso no es posible. Ramiro…

– Ya sé la historia, Jorge el camarero. Y lo siento. Porque me caes bien y quieres con locura a Ramiro, lo sé.

– Pero no puedo renunciar a mi orgullo, a…

– Yo renuncio todos los días a un montón de cosas, incluido mi orgullo. Anda que no tengo que dar mi brazo a torcer, y eso que dicen que mando en la nación. Y se ríen de mí y me engañan, y yo engaño. Es la vida.

– Tú eres político.

– De momento. Mañana vete tú a saber. Pero te necesito. Es la puta verdad. Ramiro y tú sois la razón por la que tanta gente ha dicho que venía a la reunión. Porque además sois los damnificados por aquella operación de la mafia y de los servicios secretos rusos. Todos vienen para saludaros y daros un abrazo y las gracias.

– Ramiro no va a querer.

– De Ramiro ya me ocupo yo. Te necesito de mi lado.

– ¡¡Qué alguien cierre la puerta joder!! – gritó el vecino del cuarto – A ver quien paga luego la factura del gas.

– ¡¡Cállate majadero!!

– ¿Como puedes aguantar…?

– Huy, tranquilo presi – el Presidente miraba asustado hacia la escalera – es mucho peor otros días. Hoy porque hay mucha policía y muchos estarán escondidos debajo de la cama, rezando porque no haya un registro y le pillen el costo.

– ¿Vamos Jorge el camarero? Estoy en tus manos. Van a ir amigos tuyos, Ernesto el escritor, con Arturo y Tomás. Adri Kilmer. Tu hermano Carlitos. Alex Monner. Pablo Rivero.

– Vale acepto. Pero mañana me dejas invitarte a otra hamburguesa en nuestro burguer preferido.

– Hecho. Tú y yo solos.

El Presidente se levantó e hizo una señal a Óscar el secretario.

Y en un plis plas, entraron maquilladores, manicuras, sastres, con una remesa de calzoncillos rotos y unos cuantos smoking para vestir a “novio Jorge”.

– Joder, Óscar. No, esto no.

El Presidente sonrió.

– El protocolo, ya sabes. Las cámaras de televisión, y un chico guapo como tú que tiene que lucir sus atractivos.

El Presiente levantó las manos y todo el mundo se paró. Se acercó a Jorge el camarero y le dio un beso en la mejilla.

– Gracias.

Jorge el camarero sonrió.

Y todo el mundo volvió a ponerse en marcha.

– ¡¡¡Óscar!!! Hay un tío que se ha metido en la ducha conmigo. Me dice que me frota la espalda.

Óscar se sonrió.

– ¿Quieres que vaya yo?

– Joder, no, que tú seguro que me violas por los viejos tiempos.

– Pues no te quejes.

– ¡¡¡Óscar!!! ¡¡Qué estoy en los huesos!! ¡¡¡Joder!!! No puedo ir así a la recepción. ¿Quién se ha quedado mis carnes? Llama a la policía para que las busque.

– ¿Llamo a los armarios, esos amigos? Recuerdo que te serenan el ánimo.

– Ya están ahí Jimmy y Juan, los GEO del ariete. Esos son peores.

– Aquí estamos, para lo que gustéis – contestaron sonriendo.

– Ni se te ocurra. ¡¡Joder!! Que me está frotando el culo.

Elevó la mirada al cielo, agradeciéndole la vuelta de las quejas continuas de Jorge el camarero.

– ¡Hay esperanza! Ahora solo ayúdame a organizar un plan para que esos dos bobos se junten de nuevo y nos den una serenata esta noche. Si me das ese deseo, te prometo que … no sé que prometerte… ya se me ocurrirá algo.

La increíble historia de como vivieron su primera crisis, Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. Capítulo 16.

La cosa no fue tan grave.

Un susto grande, pero un susto. Un susto, pero grande. Vaya, como una catedral de grande. Vamos, que casi la palma. Pero luego no era para tanto. Un susto que si no llega a ser por Juanma y Óscar, le hubiera podido costar la vida a Jorge el camarero.

– El beso de la vida – le dijo Juamna el chofeur para rebajar tensión, dándole un codazo en el costado. Óscar sonreía con pena, porque los tenía todavía de corbata.

– Le dimos el alta muy pronto. La droga que le administraron tiene efectos secundarios que no teníamos suficientemente documentados. Cometí una imprudencia – el médico daba explicaciones a quien las quería escuchar, Jorge el camarero, su hermano Carlitos y Óscar el secretario. Estaban en la habitación de Jorge.

– Mira que bien – sonrió triste Jorge el camarero tumbado en la cama del hospital – he servido de documentación. Lo podré poner en el currículum. ¿Eso me servirá para encontrar un trabajo?

– Lo siento Jorge el camarero. Me equivoqué al darte de alta. Debería haberte retenido aquí.

– Mira, y todo este mogollón se hubiera evitado – Jorge miraba a su hermano sin saber a qué se refería – no te hubieras enterado de lo del restaurante – explicó – seguirías con tu historia de amor empalagosa con Ramiro y yo no estaría en esta situación tan rara, viviendo en casa de mi ex-cuñado y visitando a su ex-marido en el hospital.

– Todo lo dices por ti ¿no? – le echó en cara su hermano, pero sin mala baba, solo con la intención de picarle y que se rascara.

– Ya estamos – Carlitos no estaba para sutilezas ni piques; su hermano le había dado un susto de muerte y no se perdonaba no haber estado más pendiente de él, aunque todo eso era para dentro, muy adentro, que para fuera, ni con tortura de grado 15, se lo sacaría nadie en voz alta. – Yo me preocupo por ti, y lo sabes. Te quiero, joder, y eres lo único que tengo en la vida. Y no te lo digo más, que luego te creces.

Jorge sonrió pero no dijo nada. Le dolía un poco la cabeza y quería dormir, pero no conseguía hacerlo. Si cerraba los ojos, sueños extraños, llenos de negrura y dolor visceral, le llenaban la mente haciéndole que cada intento de dormir se convirtiera en una pesadilla que dolía físicamente.

– Bebe un poco de agua, Jorge. – Carlos se levantó para acercarle a su hermano un vaso de agua y ayudarle a incorporarse para tomarlo.

– No tengo sed – se quejó amargamente.

– El Dr. Huertas ha dicho que tienes que beber mucho agua. Mucha.

– Me duele la cabeza.

– Eso no es excusa para no beber agua. Dice que la droga esa deshidrata.

– No tiene ni puta idea de lo que hace. Lo de las pesadillas, por ejemplo.

– Él sabrá más que tú, a pesar de todo.

– No tengo sed.

Carlitos pasó de las protestas de su hermano y se acercó con el vaso de agua y una pajita. Jorge el camarero intentó apartarlo, incluso intentó tirar el vaso al suelo. Pero Carlos se mantuvo firme como nunca lo había hecho con su hermano. Lo que vio Jorge en él, le quitaron las ganas de discutir. “Joder con el enano”. No se resistió y se dejó ayudar por Carlos y bebió un gran trago de agua.

– La mitad del vaso, bro.

Puso caras, pero volvió a encontrarse con la mirada de Carlos y bebió.

Quería preguntar, pero no se atrevía. Quería interesarse por Ramiro, pero no, no y no. Según él creía, le habían dado la misma droga en Rusia. ¿Se habría puesto fatal también? Algo recordaba Jorge que le había comentado el médico que la droga que le dieron a él tenía algo más. Ese algo más era lo que estaba despistando al Dr. Huertas, que según le habían dicho era uno de los mejores especialistas del mundo en el tratamiento de intoxicaciones de todo tipo.

– ¿Sabes como está Ramiro? – lo dijo muy bajo, como con miedo, sin mirar a su interlocutor. “al final ha sido sí, si, joder, sí, pero bajito”.

Carlitos no contestó. No porque no quisiera entrar en el tema, que lo tenía ganas, a pesar de que Óscar le había dicho por activa y por pasiva que ni se le ocurriera citar de momento a Ramiro el millonetis. Si no le hubiera contado que a Ramiro le ingresaron en una habitación de ese mismo hospital poco después de su indisposición. Óscar estaba tan asustado con lo que le había pasado a Jorge que inmediatamente llamó a Ramiro para que se preparara para ingresar en el hospital para que le hicieran una revisión.

– Esa droga que te dieron no saben lo que produce. Jorge casi la palma hace unos minutos.

– ¿Cómo está Jorge? No te muevas de su lado. Lo que necesite. ¿Me oyes? Te hago responsable de lo que le pase, Óscar el secretario. Como le pase algo te despido. ¿Me oyes?

Y fue milagroso, porque le dio un desmayo al poco de llegar al hospital. El Dr. Huertas estaba muy contrariado por todas las consecuencias desconocidas que estaba teniendo esa droga.

– Óscar, mira a ver como está Jorge.

– Bien.

– Mira.

– Ya he mirado.

– Me duele la cabeza y no tengo ganas de discutir.

– No discutas.

– Vete a ver.

– Me ha dicho el doctor que…

– Vete a ver.

– Llamo a Carlitos.

– No, vete. No me fío. Y quédate con él.

– Está bien, tranquilo. Y me quedo contigo. Carlitos se ocupa de Jorge.

– Vete. Y mira.

Óscar se rindió y fue.

– Pero no me quedo – le dijo muy serio y sin dar opción a debate.

Entró en la habitación. Carlitos se había quedado medio dormido. No era de extrañar, no había pegado ojo en casi tres días, los que llevaba Jorge ingresado. Miró a Jorge, que intentaba dormir. Lo vio ojeroso y con la tez blanquecina. Y muy triste. Tenía los ojos entornados, como si durmiera. Pero si lo hacía, era evidente que no era un sueño tranquilo. De repente, su cara se contraía en muecas que parecían grotescas si no fuera porque tenía todo el cuerpo en tensión. Era como si estuviera viviendo una película de terror desde dentro, siendo la próxima víctima del malvado de turno.

Se acercó a la cama y se sentó al lado de Jorge. Empezó a acariciarle la cara, suavemente. Parecía que se relajaba. Pero esa piel que hacía tanto tiempo había acariciado en otras circunstancias muy distintas, le removía por dentro sentimientos que le embargaron durante semanas, meses, incluso años: el lapso que tardó en apartarlo de su cabeza. “¿De verdad lo he apartado? Jodido el Ramiro que se fue a fijar en él, joder, joder, joder”. En aquel entonces, Jorge el camarero era un joven muy apuesto, con un aura de conquistador y buen amante. Pero un joven a la vez, dominado por inseguridades y por una soledad íntima y profunda. El alcohol y drogas varias viajaban por su sangre cada noche. Quizás era eso lo que le daba ese aura especial. Y llegó una noche y se miraron y juntaron sus bocas, primero, y luego sus cuerpos. Una noche larga llena de sexo, y que, por la parte de Óscar, llegó a convertirse en amor. La parte de Jorge se declaró en una muesca más en la culata de su rifle. Jorge a la mañana siguiente ni se acordaba de él. Óscar sabía que lo había disfrutado. Sabía que con pocos había pasado toda la noche. Y con pocos, porque luego, todas esas aventuras pasaban de unos a otros en los sitios de “caza”, había tenido ese toque de sensualidad, hasta podríamos decir de cariño. Esos besos suaves a veces, otras apasionados. Esa lentitud en recorrer su cuerpo con sus dedos, o con su lengua. El sexo de Jorge normalmente era duro, sin concesiones a la delicadeza. Sus besos profundos, llenos de lujuria y sin nada de ternura. Incluso gustaba de los azotes, de darlos y que se los dieran. Alguna vez tuvo algún problema con ello, por no medir la fuerza o el gusto de su pareja de turno por el tema.

Los dos fueron abandonando poco a poco las rutinas de la caza nocturna. Quizás porque ninguno encontró lo que buscaba. O en el caso de Óscar, porque lo había encontrado, que era tener experiencias, vivir, como decía entonces. Luego llegó su trabajo, llegaron los tres mosqueteros, y llegaron otras experiencias distintas.

Jorge entreabrió los ojos. Hizo un amago de sonrisa.

– Te colaste por mí, Óscar el secretario.

El aludido levantó ligeramente las cejas e hizo un gesto que podría interpretarse de asentimiento, pero que en caso de necesidad, podía haber significado cualquier cosa. Resignación. “No es el momento”.

– Y yo no me enteré de nada.

– Ya hemos hablado de esto. Déjalo, da igual. ¿Cómo estás?

– No puedo dormir. Entro en una caverna cada vez que cierro los ojos. Veo monstruos y sangre, mucha sangre. Se me encoge el cuerpo. ¿Cómo está Ramiro?

– Bien. Está bien. No le ha afectado tanto.

– Me alegro. No le digas nada de mí, por favor. No quiero que se preocupe. ¿Me acercas un poco de agua?

Óscar se levantó y llenó un vaso de plástico con la botella que había en una de las mesas. Volvió al lado de Jorge y le ayudó a incorporarse para que bebiera.

– Está preocupado por ti, Jorge. Me ha enviado él.

– No voy a basar una relación en la pena, Óscar. Tomé la decisión adecuada.

– No es pena. No te digo nada sobre tu decisión.

– Me ha traicionado. Era lo único que tenía, Óscar. Mi orgullo. Y me lo ha quitado.

– Te quiere, Jorge. Y se arrepiente.

– Tú también me quieres. Y también te arrepientes de no habérmelo dicho antes. Podríamos haber sido felices, lo sé.

– Pero es distinto. Nuestro tiempo pasó. Ramiro y tú sois la pareja perfecta. Y lo sabes. Le quieres como nunca me hubieras querido a mí.

– Déjalo. Nuestro tiempo sí que ya ha pasado. Fue bonito, pero… se acabó.

– No seas así.

– ¿Has venido a convencerme?

– He venido porque está preocupado por ti. Porque estamos todos preocupados por ti. Todos te queremos ¿sabes?

– Dile que estoy cojonudo. Me alegra que él esté bien. Y gracias. Yo también os quiero a todos.

– Se lo diré.

– No, por favor. No le digas nada. Dile que estoy bien, nada más. No le digas que hemos hablado. Prefiero así.

– Jorge…

– Por favor.

Óscar asintió despacio.

Le hubiera gustado hablar más con Jorge, contarle que Locatis y él lo habían dejado. Locatis, después de esos sueños tan variados que tuvo, decidió que no era digno de Óscar.

– Te he puesto los cuernos. Y no con uno, sino con 456 en una noche. Lo siento.

Óscar le fue a decir que todo era fruto de la droga, pero… su sentido de la responsabilidad y todo lo que estaba en juego en el ámbito de los negocios y de la política internacional, le hicieron callar. Locatis no era precisamente una persona discreta a la que se pudiera confiar secretos de estado. Y el nuevo estado de Jorge… por qué no decirlo, le hizo albergar alguna esperanza, si es que no se arreglaba con Ramiro.

– Debes perdonarle, Jorge. Ramiro te ama y tú lo amas con toda tu esencia. Lo sé, te conozco.

– Lo nuestro ha acabado – sentenció con seguridad. – dile que estoy bien. Solo eso.

Jorge volvió a cerrar los ojos.

Carlitos se había despertado. Se levantó asustado, al ver que alguien estaba junto a su hermano. Instintivamente cogió una barra que se había agenciado, por si venía alguien a atacar a su bro.

– Me has asustado – susurró al oído de Óscar.

– Acaríciale, le tranquiliza. Y no temas, el hospital está tomado por la policía. Javi está pendiente de todo.

Se levantó y salió de la habitación. Anduvo despacio, camino de la habitación de Ramiro. Tenía que arreglar esto. Pero no sabía como.

Él también estaba cansado de todo.

– Menos mal que esta no es mi historia. – se dijo antes de entrar en la habitación de Ramiro.

– Está mucho mejor.

– ¿Ha preguntado por mí?

Dudó en qué contestar, pero por una vez, fue fiel a otra persona que no fuera su jefe.

– No. – bajó la mirada – Estaba adormilado por los somníferos – matizó para que no fuera tan brusco como había parecido – no se dio cuenta de que estuve a su lado.

Ramiro se giró en la cama, para ocultar su decepción.