Mamá.

Recuerdo aquella mirada tuya: la ultima. Muchas noches me voy con ella a la cama. Me decías tantas cosas con ella.

Me decías lo mucho que me querías y lo que sentías dejarme. Sí, porque tú sabías que te ibas. Lo supe en cuanto volví y te encontré en el suelo. Diez minutos pasaron, no más. No pude ni batir los huevos para una tortilla.

Me decías que lamentabas dejarme en este mundo, sin tu protección. Eras débil pero fuerte a la vez. Eras débil pero sacaste siempre las uñas por los tuyos. Venciste tus miedos, ahora lo sé, entonces no lo entendía. Quisiste a tu marido mucho, tanto que le protegiste asumiendo como propias decisiones y opiniones que eran suyas, no tuyas. Creo que supiste siempre que te ibas a ir antes y que íbamos a tener que cuidar de él, como así fue. Y me dijiste, con aquella mirada que mi padre iba a ser cosa mía, porque los demás iban a pasar, como ya pasaban.

Y pasaron.

Bueno.

Me pediste perdón por ello.

Y quizás por no ser capaz de entenderme.

Yo tampoco te entendí.

Pasamos malos tiempos en los que no nos hablábamos. Pasamos malas épocas en que ni nos mirábamos si nos encontramos. No fue agradable. No se si mereció la pena. No saqué nada en claro de aquello. Ni una ventaja. Ni fui más feliz. No sé si las decisiones que he tomado en la vida han sido adecuadas. Creo que no.

Podía haber pasado sin ser así, o de otra forma. No debería haberte echo caso en algunas cosas, aunque en otras debería haberte llevado la contraria. Creo que lo hice todo al revés. Como entenderte mucho después de que te fueras. ¿De que me sirve eso ya? Si te hubiera entendido cuando estabas, no hubiera hecho algunas cosas y hubiera tomado otras decisiones. Discutes, te pones a la defensiva con tu gente, ¿para qué? ¿Por qué? No, no mamá, no he estado acertado. Te echo mucho de menos para hablar contigo de ello. Quizás ahora hubiéramos podido hablarlo todo y nada. Pero no estás y cuando estabas, no podíamos hacerlo. Tú te ponías, yo me ponía y gritábamos y discutíamos y al final, no nos hablábamos.

Muchos días necesitaría un abrazo tuyo. Un beso. O dos. Necesitaría verte y sentarme a tu lado. Velarte como no te velé cuando pude. Tampoco querías que lo hiciera, no querías ser una carga. Yo tampoco. Creo que en muchos momentos lo fui para ti. Una decepción. Y te fuiste preocupada. Ahora lo se. Y no te faltaba razón. No se enfrentarme a la vida. Pero no es culpa tuya, es mía y solo mía.

No me encuentro, mamá. No soy capaz de encontrarme. Estoy perdido. Y sabes lo peor: me he dado cuenta que estoy solo. Muy acompañado, pero solo. Y que no sé apreciar ni el cariño y la alegría que dan los niños. Tus nietas. Te hubieran gustado.

En fin.

Todo esto se me ha ocurrido hoy, en tu día. Tenía que haber ido a trabajar y me he quedado viendo la tele, que si el clásico, que si el Real Madrid, que si Iniesta arriba o abajo. Si no te gusta el fútbol, me dirás. Y es cierto, no me gusta. Pero mamá, en realidad miraba pero no lo veía: pensaba en ti y en mí. Y que a ti si te gustaba. Tu Atletic de Bilbao. Sabes, ahora vería los partidos contigo. A lo mejor me hubiera acabando gustando el fútbol.

Bueno, mamá. Seguiré durmiéndome con esa mirada tuya. Con tus manos entre las mías y asegurándote que no tardaba nada en preparar la comida. Una comida que nunca acabé de preparar. No importa. Ahora tampoco soy capaz de preparar ninguna.

Que pena mamá que nos demos cuenta de como es la gente que queremos cuando se va. Ahora ¿qué más da? Ya no hay solución.

Y encima no me dejaste la receta de la tarta de queso.

Da igual. Se me ha estropeado el horno hace un mes y todavía no he llamado a que lo reparen.

Te echo de menos.

Mamá.

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Apenas me acuerdo de él.

Apenas me acuerdo de él.

No hace tanto que murió. Al menos así me lo parece a mí.

Me duele porque tengo la impresión de que si me olvido de él, morirá otra vez. ¿Qué son los muertos sin el recuerdo de los vivos? Un montón de polvo.

¿Te imaginas a ese ser querido ahora, en su tumba? Unos huesos como cualquier otros, que solo los sabe reconocer el equipo CSI de turno, o la Doctora Brennan. Es como imaginarte a tus padres teniendo sexo, o a tus hijos, o al presidente de la comunidad de vecinos. O al vecino de enfrente. Da casi repelús, les quita el mito, su aureola de lo que sea que fueran.

Ahora son unos huesos cualquiera. El recuerdo, es la diferencia.

Pero tú le querías, yo le quería. ¿Como vamos a dejar que se convierta en unos huesos cualquiera? En polvo, simplemente polvo. ¿Y cuando hicimos el amor? Todas y cada una de las veces. Cuando nos dijimos te quiero. Tantas veces…

Cuando me hacía el café del desayuno y yo le pelaba la manzana de postre en la comida.

Cuando me daba masaje en la espalda, por las noches, al volver del trabajo.

Cuando se acurrucaba en mi regazo y me cogía la mano y mirábamos los dos la televisión, sin prestarla mucha atención. Respirando acompasados, rozando nuestros dedos imperceptiblemente.

Estas cosas son las que lo hacían especial. Como especiales son… somos todos y cada uno de nosotros. Pero esa cualidad la perdemos al ser olvidados.

No quiero que eso pase con Roberto.

Aunque sabes, si no lo olvido, creo que me moriré de angustia y tristeza. Lo añoro tanto… aunque menos que hace apenas unos meses. Por eso tengo miedo. Su memoria se va diluyendo.

El otro día conocí a Sergio. Un hombre interesante. Volví a sentir que algo se alborozaba en mi estómago. Incluso un poco más abajo. Pero no de una forma animal, no. De una forma más elevada, trascendente. Podría enamorarme de él sino fuera por… bueno, por el recuerdo de Roberto. Me dio tantas cosas, me dio tanto amor, tanta complicidad, hasta me dio un montón de discusiones, algunas acaloradas. ¿Por qué te fuiste Roberto? ¡Por qué tuviste que morirte, joder!

Me dice Rosa que tengo que llamar a Sergio. Que nos vio muy cómodos juntos. Yo la contesté que va, no era para tanto. Apenas tenemos aficiones comunes (Como con Roberto, me dijo), yo le saco un montón de años (como con Roberto). Somo de distintos mundos, insistí (Como con Roberto, insistió ella).

– No puedo olvidarme de él, Rosa. Sería como si muriera dos veces.

Ella me miró y alargo su mano para acariciarme la mejilla.

– Él no querría que te encerraras para siempre. Lo sabes.

– Es que…

– Pero ¿Qué? Aunque salgas a cenar con Sergio, no vas a olvidar a mi hermano. Lo sé.

La hice caso. Fui y cené con él. Lo pasé bien, la verdad. Nos reímos, y tuve ganas de besarle. No lo hice. Pero tuve ganas.

Al volver a casa, lo primero que vi fue la foto en la que se nos veía dándonos un beso frente a las Cortes, en Madrid. Con uno de los leones al lado. Se me heló la sonrisa que traía de la cena con Sergio. En un momento pasaron por mi cabeza las decenas de besos que nos dimos en ese viaje a Madrid. Y cómo me fue enseñando los cuadros del Prado, y paseamos por el Retiro, o fuimos a ver el templo de Deboh. Otra vez se me estrujó el corazón, caí de rodillas y me eché a llorar.

No puedo. No puedo dejarlo marchar. Lo necesito. Si lo olvido, si paso página, sería como matarlo dos veces. Sería como matarlo dos veces. Dos veces. La primera casi me mata del dolor, la segunda… no podría superarlo.

Alargué el brazo y cogí al foto del aparador. La apreté contra mi pecho y me acurruqué en el suelo, echo un ovillo. Miraré todos los días nuestras fotos, para reverdecer mi memoria y conseguir que sus rasgo no se pierdan en mi cabeza. Eso haré. E iré haciendo un diario, recordando todo lo que hicimos, como si lo estuviera viviendo ahora. Así conseguiré que no se olviden sus cosas. Sus risas. Sus depresiones. Sus resfriados. Sus cabreos. Así conseguiré que siga vivo de alguna forma.

Lo quería tanto…

Se ha matado.

El otro día, la muerte se acercó a mi puerta. Mientras en México celebraban con algarabía y máscaras el día de la muerte, yo me rompía por dentro.

Quisiera ser de otra forma. Quisiera que mi cultura, mi mundo, me llevara por otros derroteros. Que no me pesara el alma. Quisiera poder reírme y alegrarme porque mi persona querida ha encontrado la paz y está con Dios, tal y como proclamaban sus creencias. Quisiera tener ánimo para organizar la fiesta que decía que quería en lugar de un velatorio lleno de plañideras y amigos con los ojos llorosos. Quisiera ir a una tienda cualquiera y comprar unas máscaras y regalárselas a todos sus amigos, sus parientes: “bailemos y celebremos que Hugo esté donde ha querido”.

No me sale.

Rosa acaba de llegar. Nos abrazamos. Lloramos cada uno en el hombro del otro. No lo vimos llegar. No nos dimos cuenta de nada. No. Éramos sus cercanos, desde el Instituto. Nos íbamos de vacaciones juntos, tonteábamos entre nosotros. Íbamos al cine, a beber a los pies del castillo. Éramos una familia a parte de nuestras familias, que a su vez, formaban una familia todos juntos. Sus hermanos eran los míos, los de Rosa, los de Hugo.

Sus padres, los míos, nos miraban impotentes, sin entender muy bien lo que pasaba.

Y aún así, no lo vimos venir.

Adolfo, su hermano “el pequeño”, está roto. La de veces que nos partimos la cara por él. El más pequeño de nuestra familia, alto, delgado, guapo y un broncas. Siempre estaba en peleas. La ira le embargaba casi permanentemente desde los 12. “NO sabe quién es, por eso es así”, lo disculpaba Hugo. “¿Lo sabemos alguno?” Le contestaba Rosa. Y salíamos los tres corriendo, tras recibir la perdida de Adolfo pidiendo auxilio.

Seguimos juntos todos. Aunque a ratos estábamos lejos. Como ahora él, en Nueva York, con Bea, su mujer. Rosa en Málaga. Yo en Burgos. Con Adolfo y Pablo, sus hermanos. Con Elvira, la hermana de Rosa. Con Julia, mi hermana.

Un wasap.

Algo increíble.

“Se ha matado”.

– Él quería que bailáramos con máscaras en su entierro, ¿Recuerdas? – Adolfo me miraba suplicante mientras me tendía una de payaso y otra de una calavera.

Miré a Rosa, que se encogió de hombros mientras se secaba los ojos. Miré a todos, que habían ido llegando sin darme cuenta.

– De acuerdo – dije al final.

Adolfo se acercó a mi y me abrazó, fuerte. Me dio un beso en la mejilla y me susurró un “te quiero” que hizo que mi cuerpo se estremeciera.

No recuerdo mucho de la fiesta. Del velatorio, del tanatorio. Retazos de música, las máscaras rodeándome. En una creí ver los rasgos de Hugo, riéndose, feliz. Solo espero que allí donde esté, lo sea de verdad.

Yo aquí, no podré quitarme la congoja en mucho tiempo. Quizás no lo consiga nunca. Y sé que a Rosa le pasará igual.

Y a Adolfo.

Y a los demás.

No place like home, un corto.

Hoy, un montón de cadenas de pago se unen para emitir a la vez este corto: “No place like home”. Me ha parecido buena idea incluirlo aquí también, para que lo veamos todos juntos.

Cuenta la historia de un chico de Europa del este, al que su familia le pone las cosas muy difíciles por ser como es, por ser homosexual.

Espero os guste.

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¿Hay algo más bonito que el amor?

¿Hay algo más bonito que el amor?

Han pasado muchos años. A lo mejor, solo han sido unos meses, días, ¿semanas?

Te miro y me siento tranquilo. Te apoyas en mi pecho, en la cama, y me siento ligero, como si fuera a salir volando por la ventana. Me das una patada mientras dormimos y, aunque me has despertado y mañana madrugo, me doy la vuelta y te abrazo. Y me vuelvo a dormir sintiendo como te abandonas, como tu cuerpo se relaja entre mis brazos.

Abro el teléfono y veo tu nombre.

Abro el Instagram y veo tu cara sonriente.

Cierro los ojos y te recuerdo cuando te enfadaste porque se me olvidó el cumpleaños de tu madre.

¿Te he dicho que te quiero?

Te quiero.

Dicen que esto no dura mucho. Que es química, o física.

Un día más, te quiero.

Hasta que dure lo viviré.

Ojalá dure mucho. ¿Dos vidas? ¿Las nuestras?

Mejor, una eternidad.

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Actualización:

Mi querido Dídac, me ha mandado esta música llena de magia, de ternura, de buenas vibraciones para acompañar este post.

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Muchas gracias Dídac.