Nuño y los vestuarios

Somos del mismo equipo, y hay confianza. O más bien no hay más remedio. Salimos al campo como si fuéramos uno. Un engranaje perfecto. Viajamos juntos, tomamos pizza juntos después de los partidos. Compartimos muchas horas. Todos vamos a la ducha juntos. Nos desnudamos juntos. Nos vestimos juntos. Hacemos bromas de machos orgullosos. Nos miramos, porque somos jóvenes y nos embarga la curiosidad y nos gusta la belleza, y somos bellos por jóvenes y por deportistas, pero hacemos como que no vemos. Jugamos con las toallas, lanzándonos latigazos de los que pican a las piernas, al culo, al torso. Nuestros genitales saltan y bailan. Hay confianza. Somos jóvenes. Miramos pero hacemos como si no viéramos. Aunque todos vemos, unos más y otros menos. Todos nos fijamos, unos más y otros menos, pero lo hacemos por distintos motivos, puede ser, pero lo hacemos.

Nuño se ha escapado. Siempre se escapa. Pone excusas o simplemente desaparece. No le gusta ducharse con los demás. Se siente diferente. Es diferente. Yo lo sé. Todos lo sabemos. Para el resto es un mero trámite. Para él, no. Él se supone que nos miraría con deseo. Con curiosidad. Pero se moriría si lo descubriéramos. O si un día no lo puede reprimir y su pene se pusiera tieso delante de la peña. Un día le ocurrió en otra vida y le montaron un follón.

Me gustaría acercarme un día después de un partido y decirle que se quedara. Que nos mirara lo que quisiera. Incluso le diría que me tocara. El piensa que le vamos a ridiculizar. No lo haríamos. En este equipo no. Y menos con él. ¿Por qué? Porque es buena gente. Porque lo queremos. Porque lo necesitamos, también. Es el mejor del equipo. Nuestro juego pasa por sus manos, por sus piernas por su inteligencia a la hora de ver el partido.

Y es divertido. Es ocurrente. Salvo cuando se trata de desnudarse todos juntos. En ese momento, echa patas.

No nos atrevemos a decirle que lo sabemos. Que no nos importa. Hace unos meses me encontré con Kike Palma. Kike sigue siendo del equipo en el que jugaba antes Nuño. Allí lo pasó mal. Entonces se duchaba con todos pero un día se le escapó una mirada a los genitales de Luis Ramírez, otro de los jugadores. Luis es un bruto, un macho de esos que presumen de macho. Dicen que tiene un miembro generoso que no duda en exhibir desde el minuto cero en el vestuario o donde sea. Y se lo masajea con estridencia, para llamar la atención del resto. Marcar territorio se dice también. Un macho alfa. Lo suele hacer contando sus aventuras con todas las chicas con las que se cruza. Con todas se acuesta y a las que no consigue las llama frígidas. Todos sus ligues tienen unas tetas de alucine. Ese día, Luis se dio cuenta de la mirada de Nuño. Posiblemente la noche anterior el polvo no fue bueno, o las tetas eran más pequeñas que las que le gustan. O no mojó, que sería lo más probable, porque Luis de boquilla lo que quieras. Es un gran jugador de parchís: me como una y cuento veinte. El caso es que pilló su mirada y lo machacó. Se rió de él. Lo llamó marica y se acercó a él, le agarró, le puso de espaldas e hizo como si lo diera por culo. Kike Palma sugiere que Luis Ramírez se empalmó con el juego, lo que le sacaría más de quicio.

Algunos compañeros le rieron la gracia, otros no, pero tampoco hicieron nada para parar la broma. ¿Broma? Así lo llamó Luis cuando el entrenador entró y lo pilló en plena acción. Como suele pasar en estas ocasiones, el entrenador aconsejó a Nuño que si no lo podía afrontar, mejor que cambiara de equipo. Mejor, le dijo, deja el deporte, no es lo tuyo. Entonces no era el jugador que es ahora, claro. Al entrenador ese también le incomodan los homosexuales, lo sabemos todos. Algún caso más hay en su currículum. Me lo ha dicho mucha gente. Pero por su posición, debe mantener las formas. Todo lo hace de manera muy profesional, por el bien del equipo y de los maricas a los que echa con buenas palabras, siempre por su bien.

Así recaló en nuestro equipo. Todos contentos. Pero Nuño, al llegar aquí, fue precavido. No se desnudó ni compartió vestuarios con nosotros. Cuando viajamos, ni siquiera se desnuda delante de sus compañeros de habitación. Lo hace a escondidas en el baño, con el pestillo cerrado. Cuando se duchan los otros, sale y se va a las zonas comunes del hotel en el que estemos. Si entrenamos en nuestro campo, o jugamos, se va directamente a su casa. No se quita ni las botas.

No es vida para él. Y nosotros nos sentimos incómodos por justo lo contrario a las razones de la gente del otro equipo. Hoy hemos jugado. Hemos ganado. Lo vamos a celebrar todos, menos Hugo. Ha fingido un no sé qué y se ha ido al hotel, que estaba cerca del campo. El entrenador ha preguntado por él y cuando le hemos dicho, ha suspirado. Mateo y Ibai se han mirado y han buscado mi mirada.

– Debes arreglarlo de una puta vez – me ha dicho Mateo.

– Debemos arreglarlo entre todos, es mejor – he replicado. – No sé por qué tengo que ser yo.

Se ha hecho el silencio en el vestuario. Peter ha tomado las riendas:

– Pues vamos, tienes razón. Vamos todos.

Se ha puesto en camino, decidido. Se había quitado la camiseta pero se la ha vuelto a poner. Mateo e Ibai se han mirado y se han encogido de hombros antes de salir también camino de la calle. El resto les ha seguido. Todos a una.

No hemos tardado nada en llegar al hotel y subir a su habitación, nuestra habitación. He abierto la puerta con mi tarjeta y allí lo hemos encontrado, mirando por la ventana. Se ha dado la vuelta, sorprendido. Ha puesto cara de susto y no me extraña. Hemos llegado todos en tromba, con prisas y con cara de importancia.

Ahora, Peter que lideraba, no sabe que hacer. Mateo e Ibai tampoco. Esta vez he tomado la iniciativa y me he desnudado. Carlos me ha seguido, con lo que le gusta exhibir su perfecto cuerpo. Es una broma, es cierto que es un poco exhibicionista, pero no en el mal sentido. Está bueno, la verdad. Muy bueno. Mejor cambio de tema.

El caso es que al cabo de un par de minutos ahí estábamos todos desnudos, delante de él.

– Míranos – le he dicho suavemente. – Con nosotros no tienes nada que temer. Te queremos.

– Tú sobre todo – ha bromeado Mateo, al que he atravesado con la mirada y ha murmurado un “perdón” bajando la vista.

– Es cierto, te queremos – le ha dicho Carlos que a parte de todo eso, se lleva muy bien con Nuño. – y lo sabes.

– Me da miedo – ha susurrado – Ya me ha pasado. Todos eran muy majos pero un día… ya he pasado por ello y no… no gustan los maricas en el fútbol. Hasta he pensado en dejarlo.

– Eso es una bobada – le ha espetado Ibai. – Aquí eso no pasa. Aquí si llega un Luis, le ponemos de patitas en la calle a él.

– ¿Lo sabéis? – parecía un cordero degollado. Hubiera jurado que casi se echa a llorar de la vergüenza. Pero Carlos estuvo de nuevo al quite.

– Claro que lo sabemos. Desde el primer día.

– Míranos, somos nosotros. No esa gentuza de tu anterior equipo. Y te necesitamos a tiempo completo. En las duchas, en las celebraciones. Comiendo pizza. Tenemos dos botellas de cava malo para ducharnos con ellas en cuanto te decidas y te vengas con nosotros.

– Vamos – ha indicado Carlos – retomando la iniciativa. Hemos rodeado a Nuño y le hemos abrazado. Y hemos empezado a saltar todos juntos. Con nuestro grito en la victoria. Cada vez más apretados. Al principio se resistía, pero al poco, ya estaba integrado en el grupo.

Te juro que cuando lo he mirado mientras saltábamos, parecía 3 ó 4 años más joven. Es como si se le hubiera quitado un peso de encima. Le brillaba la mirada, hasta sonreía. Y también juraría que me ha dedicado una mirada especial. Si Carlos o Mateo la hubieran visto, seguro que me decían que tenía esperanzas, que me lanzara a declararme. Pero no me atrevo.

¿Y si volvemos al vestuario y nos ponemos a saltar allí, como se espera de nosotros y ponemos todo perdido de barro y cava malo? Y además tenemos que mantear al entrenador…

Nos volvimos a vestir a toda prisa y salimos del hotel. El conserje nos miró con cara de pocos amigos. Seguro que estaba contando las horas que nos quedaba de estancia. Pues se iba a joder, porque hasta la mañana siguiente, no volvíamos. No me extraña que nos mirara porque íbamos con unas pintas… al volvernos a vestir cogimos la ropa que primero pillamos, y alguno le sobraba pantalón, a otros le faltaba camiseta, y otros íbamos descalzos, porque no éramos capaces de meternos las botas que habíamos pillado.

Esa noche íbamos a cenar todos juntos, con la directiva y tal se habían estirado y nos convidaban a un restaurante bien. No sería tan bien, pero al menos cambiábamos la pizza por un día. Y muchos de nuestros padres estaban por ahí. Los de Nuño también, y era raro, tampoco solían prodigarse por los entrenamientos ni por los partidos. Menos todavía los viajes.

Llegamos a los vestuarios. Allí estaban esperando las botellas de cava malo para ducharnos con ellas. Eramos primeros en la liga, y eso bien merecía una ducha pegajosa y luego, una ducha liberadora con agua y jabón. Todos juntos.

Míralo. Mira a Nuño. No le he visto tan contento desde que lo conozco. Desde el otro lado del vestuario, se me ha quedado mirando un instante. Ha sido solo un momento, pero he creído ver que me decía muchas cosas… gracias sobre todo. Y que lo nuestro, de momento no va a poder ser. Eso también me lo ha dicho.

Debe pensar que una cosa es que no importe que sea gay, y otra mantener un romance con otro miembro del equipo. No le atraigo lo suficiente como para correr ese riesgo. Eso lo digo yo. Y me duele, pero me parece bien. Al menos tengo la compensación de verlo contento, relajado. Y seguro que en el próximo partido, lo va a hacer todavía mejor.

Quizás en un futuro la cosa cambie y lo nuestro pueda ser. Esto lo digo yo, para animarme. Aunque tendré que buscarme otro amor, me temo.

Pero yo contento. Por Nuño.

Apenas me acuerdo de él.

Apenas me acuerdo de él.

No hace tanto que murió. Al menos así me lo parece a mí.

Me duele porque tengo la impresión de que si me olvido de él, morirá otra vez. ¿Qué son los muertos sin el recuerdo de los vivos? Un montón de polvo.

¿Te imaginas a ese ser querido ahora, en su tumba? Unos huesos como cualquier otros, que solo los sabe reconocer el equipo CSI de turno, o la Doctora Brennan. Es como imaginarte a tus padres teniendo sexo, o a tus hijos, o al presidente de la comunidad de vecinos. O al vecino de enfrente. Da casi repelús, les quita el mito, su aureola de lo que sea que fueran.

Ahora son unos huesos cualquiera. El recuerdo, es la diferencia.

Pero tú le querías, yo le quería. ¿Como vamos a dejar que se convierta en unos huesos cualquiera? En polvo, simplemente polvo. ¿Y cuando hicimos el amor? Todas y cada una de las veces. Cuando nos dijimos te quiero. Tantas veces…

Cuando me hacía el café del desayuno y yo le pelaba la manzana de postre en la comida.

Cuando me daba masaje en la espalda, por las noches, al volver del trabajo.

Cuando se acurrucaba en mi regazo y me cogía la mano y mirábamos los dos la televisión, sin prestarla mucha atención. Respirando acompasados, rozando nuestros dedos imperceptiblemente.

Estas cosas son las que lo hacían especial. Como especiales son… somos todos y cada uno de nosotros. Pero esa cualidad la perdemos al ser olvidados.

No quiero que eso pase con Roberto.

Aunque sabes, si no lo olvido, creo que me moriré de angustia y tristeza. Lo añoro tanto… aunque menos que hace apenas unos meses. Por eso tengo miedo. Su memoria se va diluyendo.

El otro día conocí a Sergio. Un hombre interesante. Volví a sentir que algo se alborozaba en mi estómago. Incluso un poco más abajo. Pero no de una forma animal, no. De una forma más elevada, trascendente. Podría enamorarme de él sino fuera por… bueno, por el recuerdo de Roberto. Me dio tantas cosas, me dio tanto amor, tanta complicidad, hasta me dio un montón de discusiones, algunas acaloradas. ¿Por qué te fuiste Roberto? ¡Por qué tuviste que morirte, joder!

Me dice Rosa que tengo que llamar a Sergio. Que nos vio muy cómodos juntos. Yo la contesté que va, no era para tanto. Apenas tenemos aficiones comunes (Como con Roberto, me dijo), yo le saco un montón de años (como con Roberto). Somo de distintos mundos, insistí (Como con Roberto, insistió ella).

– No puedo olvidarme de él, Rosa. Sería como si muriera dos veces.

Ella me miró y alargo su mano para acariciarme la mejilla.

– Él no querría que te encerraras para siempre. Lo sabes.

– Es que…

– Pero ¿Qué? Aunque salgas a cenar con Sergio, no vas a olvidar a mi hermano. Lo sé.

La hice caso. Fui y cené con él. Lo pasé bien, la verdad. Nos reímos, y tuve ganas de besarle. No lo hice. Pero tuve ganas.

Al volver a casa, lo primero que vi fue la foto en la que se nos veía dándonos un beso frente a las Cortes, en Madrid. Con uno de los leones al lado. Se me heló la sonrisa que traía de la cena con Sergio. En un momento pasaron por mi cabeza las decenas de besos que nos dimos en ese viaje a Madrid. Y cómo me fue enseñando los cuadros del Prado, y paseamos por el Retiro, o fuimos a ver el templo de Deboh. Otra vez se me estrujó el corazón, caí de rodillas y me eché a llorar.

No puedo. No puedo dejarlo marchar. Lo necesito. Si lo olvido, si paso página, sería como matarlo dos veces. Sería como matarlo dos veces. Dos veces. La primera casi me mata del dolor, la segunda… no podría superarlo.

Alargué el brazo y cogí al foto del aparador. La apreté contra mi pecho y me acurruqué en el suelo, echo un ovillo. Miraré todos los días nuestras fotos, para reverdecer mi memoria y conseguir que sus rasgo no se pierdan en mi cabeza. Eso haré. E iré haciendo un diario, recordando todo lo que hicimos, como si lo estuviera viviendo ahora. Así conseguiré que no se olviden sus cosas. Sus risas. Sus depresiones. Sus resfriados. Sus cabreos. Así conseguiré que siga vivo de alguna forma.

Lo quería tanto…

No.

Era un día luminoso, de temperatura agradable. Cuando Jamie bajó del coche incluso escuchó cantar a algún pajarillo.

Todas esas sensaciones agradables y que en otro momento hubieran propiciado que su ánimo volara de felicidad, ese día del mes de mayo, no conseguían siquiera mitigar la ansiedad y negrura que anidaban en su ánimo.

Encendió un cigarrillo y recorrió con aprehensión los escasos metros que le separaban del portal de Antonio. Pensó en darse la vuelta, montarse en su coche y volver a casa. O perderse en algún rincón recóndito de la costa y pasar el día mirando al mar. Pero ya había postergado la situación durante demasiado tiempo.

Pulsó el botón del 4º C. La voz de Antonio contestó en apenas 5 segundos. Mala señal. Eso quería decir que estaba esperando ansioso. Eso quería decir que no había servido de nada lo que habían hablado por teléfono. Tiró la colilla al suelo con furia y entró decidido.

Antonio esperaba en la puerta. Sonriendo. Jamie sonrió también. La suya era algo forzada. En cuanto Jamie traspasó la puerta, Antonio lo rodeó con sus brazos y le besó en la mejilla, primero, para luego buscarle la boca. Y ahí, como en los últimos tiempos, intentó meterle la lengua. Jamie no se lo permitió e intentó separarse del abrazo con suavidad. Pero Antonio no se dio por aludido y lo apretaba contra él y seguía intentando meterle la lengua. Iba a ser difícil, vaya que sí. Jamie se puso serio y puso más empeño en separarse de él.

– ¿Qué te pasa? ¿No te gusta? – inquirió sorprendido Antonio.

– Ya lo hablamos – contestó serio manteniendo  la separación entre los dos con sus brazos estirados.

– No nos ve nadie.

– Eso te importará a ti. No quiero. Punto.

– ¿No me quieres? Otra decepción en la vida.

– No te quiero de esta forma. Te lo he dicho.

– ¿A que se te ha puesto dura?

Y diciéndolo, intentó escabullirse de sus brazos para tocarle el paquete.

– Antonio, no.

– Yo quiero acariciarte. Tantos años ocultando… ahora quiero estar contigo.

– Yo no contigo.

– Pero te gustan los hombres, como a mí.

– Pero no me gustan todos los hombres.

– Déjame tocarte la polla, que más te da.

Jamie en ese momento, mientras evitaba que Antonio llegara con las manos a sus genitales, se sintió ridículo. Se puso más tenso, brusco incluso y se separó de él.

– No – dijo de forma rotunda, seca.

Pero Antonio no atendía a razones. Estaba desesperado, atacado e intentaba con denuedo volverlo a pegar a su cuerpo, buscándole la boca, sacando la lengua para lamerlo, buscándole la polla, acariciándole el cuello. Jamie no sabía como lo hacía, parecía un pulpo, dos manos no daban para tanto.

– No – volvió a decir contundente. No quería ponerse demasiado duro. No quería que se disgustara. “Lo habrá pasado fatal”.

Antonio no cejaba en su empeño. Parecía poseido, desesperado. No atendía a la negativa de Jamie.

– ¡¡Cálmate!! – casi le gritó Jamie.

– No me puedes rechazar – conminó Antonio, mirando con cara de enfado a Jamie durante un segundo y reiniciando sus ataques inmediatamente.

Jamie agarró con fuerza las manos de Antonio y esta vez era él el que le miró serio. Antonio intentaba soltarse pero Jamie no estaba por la labor de dejarle.

– NO.

Mirando fijamente a Antonio, Jamie comprendió que no podría dominar los impulsos de su amigo. Había ido con la intención de hablar serenamente con él después de que un mes antes hubiera habido una escena muy parecida. Así que sin mediar más palabras, se dio media vuelta y salió de la casa. Había hecho un viaje de cientos de kilómetros para nada. Antonio, una vez liberado de sus compromisos familiares, quería recuperar el tiempo perdido. Y quería hacerlo con la única persona que conocía que fuera homosexual.

Antonio gritaba que no se fuera. Jamie bajó las escaleras sin escucharlo. Salió a la calle y respiró profundamente. Habían sido apenas 10 minutos pero le habían parecido horas.

Era la primera vez en su vida en la que se había sentido agredido sexualmente. Porque era así, se sentía así. Se sentía mal, porque no había logrado dominar la situación por las buenas. Repetía cada palabra que había hablado con Antonio los últimos meses por si le hubiera dado pie a esa reacción. Se sentía mal. Era rabia y era pena. Era asco. Eran muchas cosas que tras un mes del primer intento de Antonio de hacer sexo con él, no era capaz todavía de asimilar.

Acabó el cigarillo y buscó su coche. Se montó en él sin más y tomó la carretera. Conducir le haría bien, aunque no supiera a donde ir.

 

 

Diario de un hombre sin nada que contar. 33ª entrada.

 

Voy retrasado. Ahora no tengo tanto tiempo.

Todo salió bien.

Fue una noche agradable. Nochebuena. La más agradable desde que era niño.

Oriol se reía a gusto. Ya estaba con nosotros. Su cabeza también.

Dijo de irse por ahí, le dije que mejor no. A cambio, vinieron algunos de sus amigos a casa. A algunos ya les conocía. Es curioso, no conocí a casi ningún amigo de mis hijos.

Los amigos de Pol vinieron a la cena. Vane y Justin. Resulta que sus padres son clientes del banco.

Y una amiga de Eduardo que estaba sola.

No sobró comida, fuimos un regimiento.

Faltó algo de bebida.

Faltaron dulces navideños. No se me ocurrió.

Eduardo se fue a su casa. Le dije de quedarse, pero me dijo que no. A lo mejor se ha asustado, pensé.

Los chicos durmieron bien.

Yo no, por eso sé que ellos lo hicieron. Fui a verlos varias veces. Estaban relajados.

Me levanté a las 6 a poner una lavadora, cansado de dar vueltas en la cama. Mi ropa, la de los chicos. Y una camiseta que se había dejado Eduardo, no sé muy bien en qué momento.

De paso, limpié la casa.

Colgué la ropa.

A las 9, estaba agotado. Apenas había dormitado un par de horas. Me senté y me quedé traspuesto.

A las 10, llegó Eduardo con churros y chocolate.

¡A desayunar!, gritó desde la puerta, dándome un beso.

Los chicos se desperezaron yendo a la cocina.

¡Churros!, dijo sonriendo Oriol.

Elvira no les dejaba comerlos, alguna manía suya. Yo a veces, les invitaba a escondidas. Me gustan los churros.

A comer nos fuimos de restaurante.

Lo pasamos bien.

Luego, Eduardo dijo de ir al cine. Los chicos dijeron que sí. Yo fui a echarme a casa.

Volvió Eduardo. Oriol y Pol se quedaron con unos amigos. Cada uno los suyos.

Volverán pronto, me dijo Eduardo sin que le preguntara.

Se sentó sobre mí y me besó.

Me dieron ganas de decirle que se viniera a casa a pasar unos días. No me he atrevido.

Le fui a proponer quedarse esa noche, para pasar un rato. Tenía preparadas las respuestas por si decía que los chicos se dieran cuenta, o tal. “¿Y sí…?”, hubiera preguntado. “Lo saben. No son tontos”, contestaba yo sin dejar acabar.

En cambio preguntó primero.

¿Y esto va a ser para siempre?

El tono. Fue el tono. Debí darme cuenta.

No contesté. No tenía respuesta. Se fue a preparar la cena.

La cena en media hora, les dije a los chicos por wasap. Me dieron el Ok.

Teresa llamó.

Teresa me dijo que hablara mucho con todos. Con todos y de todo. No se me da bien, le dije.

Ya echo de menos la soledad.

No sé si me gusta que de repente, tenga medio pareja, y medio dos hijos nuevos.

Didac me llamó. Dijo que se sentía orgulloso de mí. Una cena de parejas, eso es lo que tenemos que hacer, propuso.

Me había imaginado que Eduardo volvía con una pequeña maleta. Me imaginé también que no me había dado cuenta cuando se había ido a por ella. Pero solo se asomó a la habitación para avisar de la cena. Los chicos ya estaban.

Tenía ganas de jugar con Eduardo.

Eduardo no.

Al final, todo se ha complicado. Mi vida era aburrida. Ya la echo de menos. Ya no hablo ni de mi Madrid. Campeones del Mundo. No lo he disfrutado. Ahora, la cagamos en Copa. Y lo del Sevilla.  Suspiro de alivio con el Málaga. Pandilla de chulos.

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Néstor G

Diario de un hombre sin nada que contar. 32ª entrada.

¿Ves? López es listo. Sus hijos están en tu casa, como quería.

Miré a Eduardo. Noté un gesto como de enfado.

Asentí con la cabeza mientras miraba que la pularda en el horno estuviera a punto. No, necesitaba veinte minutos más. La saqué, la rocié con el jugo. Le eché un poco más de vino blanco.

Los chicos, en su habitación, deshaciendo las maletas.

Fui a verlos.

Pol colocaba las cosas de los dos. Oriol, ido. No reaccionaba.

Vamos, ayúdame, le dije en tono suave. Como sugiriendo, como si se lo pidiera. Le costó, pero al final se levantó. Me cogió la mano que le había tendido. Se la apreté.

¿Queréis puré de patata? Del de Maggi, que es el que os gusta.

Sabes que nos gusta el puré de patata Maggi, dijo con los ojos muy abiertos Pol, saliendo al pasillo, como si le hubieran tocado los seis aciertos de la primitiva.

He comido muchas veces con vosotros en casa, me defendí.

Papá no lo sabe, dijo Oriol.

Y es el que me gusta a mí, insistí.

Por eso me quedé con el tema, apostillé. Me seguían mirando con la boca abierta.

Se miraron. Cada uno en un lado del pasillo. Hubiera jurado que hablaban. Y que se relajaban. Por un lado me gustó. Por otro, no, porque sabía lo que me iba a tocar. No sé si estoy preparado.

Llamó Tere.

Les he traído a casa, le expliqué.

Lo harás bien, me dijo. No te comas la cabeza. Son buenos chicos.

No estoy seguro. De mí, no de que no sean buenos chicos, aclaré.

Lo harás, lo sé. Te conozco mejor que nadie.

Fui a replicar, pero me sentí cansado de repente.

Habla con Oriol, está hundido, murmuré para que no me oyeran. Tienes mano, la animé.

Vale.

Y mira de llamar a su madre.

Saludad a la tía Tere, grité, y le tendí el teléfono a Oriol.

Sabía que ella lo animaría. Era buena. Mi ex es una de las personas más maravillosas del mundo. Nos hemos separado hace unos años. No puedo amarla de la forma que ella necesita, pero la quiero. Y una de las pocas cosas seguras que tengo en la vida, es que ella me quiere, que me querrá siempre. Que si la llamo porque estoy mal, cogerá el primer avión y estará a mi lado, dejando lo que sea. No quería escribir de esto. No he escrito cosas sobre ella. Conversaciones con ella. Estoy con la guardia baja. Será por la Navidad. Jodido tatojimmy, jodido Didac que me convenció para escribir en su blog. Jodido Eduardo que ha resquebrajado mi coraza, aunque sea una rendija.

Pol vino y se sentó, mirando a su hermano hablando con la tía Tere. Seguía tenso, estudiando la cara de Oriol. Ésta iba recuperando su tono normal, la vida, sus ojos empezaban a brillar. Me acerqué por detrás de Pol y lo abracé.

Relájate, ya me preocupo yo.

Se encogió de hombros. No se daba por vencido.

Os vais a quedar aquí, le dije. Entre todos, haremos las cosas.

No es tu trabajo, tío. Los que…

 

Tienes personas que te quieren. Oriol, yo. La tía Tere. Tienes amigos. Con eso lo tenemos todo ganado. Tus padres te quieren también. Lo sabes. Pero tienen sus problemas. Deben solucionarlos. La vida no ha sido fácil para ellos. El pasado a veces viene a cobrar sus deudas.

Tú los has arreglado, no sé por qué papá no lo ha hecho igual.

No, no las he pagado del todo, mis deudas con el pasado, no. Están en mi cabeza.

Necesito vuestra ayuda, gritó Eduardo desde la cocina.

Oriol seguía con Teresa. Ya sonreía. Pol y yo nos fuimos a la cocina. Eduardo casi quema la pularda. Casi quema el puré de patatas. Casi se corta un dedo al abrir una lata de espárragos.

¿No eras cocinillas?, me burlé de él.

Todos tenemos un mal día, se defendió.

Pol y yo nos pusimos a la tarea de arreglar la cena. Eduardo se apoyó en el quicio de la puerta, mirándonos y sonriendo. El bobo de él lo había hecho a posta.

Me acabo de acordar que tengo que irme, dijo quitándose el delantal. Unos amigos han venido de sorpresa de fuera y…

Buen intento, le amenacé con el dedo. Si sales por la puerta de la calle, no volverás a pisar esta casa. Y puedes ir pidiendo traslado de oficina en el trabajo.

Bien dicho, tío Néstor. Eduardo miente muy mal.

Oriol le pasó el teléfono a su hermano. Se le notaba mejor.

Ayúdame con los entremeses.

Pol reía con Teresa.

Eduardo colocaba la mesa.

Oriol y yo, con los canapés y un revuelto.

¿Te importa que vengan mis colegas Vane y Justin? Sus viejos trabajan, pidió Pol.

Abre otra lata de espárragos, dije como toda respuesta.

Guay.

¿Quién baja al súper a por más pan?

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Néstor G