No.

Era un día luminoso, de temperatura agradable. Cuando Jamie bajó del coche incluso escuchó cantar a algún pajarillo.

Todas esas sensaciones agradables y que en otro momento hubieran propiciado que su ánimo volara de felicidad, ese día del mes de mayo, no conseguían siquiera mitigar la ansiedad y negrura que anidaban en su ánimo.

Encendió un cigarrillo y recorrió con aprehensión los escasos metros que le separaban del portal de Antonio. Pensó en darse la vuelta, montarse en su coche y volver a casa. O perderse en algún rincón recóndito de la costa y pasar el día mirando al mar. Pero ya había postergado la situación durante demasiado tiempo.

Pulsó el botón del 4º C. La voz de Antonio contestó en apenas 5 segundos. Mala señal. Eso quería decir que estaba esperando ansioso. Eso quería decir que no había servido de nada lo que habían hablado por teléfono. Tiró la colilla al suelo con furia y entró decidido.

Antonio esperaba en la puerta. Sonriendo. Jamie sonrió también. La suya era algo forzada. En cuanto Jamie traspasó la puerta, Antonio lo rodeó con sus brazos y le besó en la mejilla, primero, para luego buscarle la boca. Y ahí, como en los últimos tiempos, intentó meterle la lengua. Jamie no se lo permitió e intentó separarse del abrazo con suavidad. Pero Antonio no se dio por aludido y lo apretaba contra él y seguía intentando meterle la lengua. Iba a ser difícil, vaya que sí. Jamie se puso serio y puso más empeño en separarse de él.

– ¿Qué te pasa? ¿No te gusta? – inquirió sorprendido Antonio.

– Ya lo hablamos – contestó serio manteniendo  la separación entre los dos con sus brazos estirados.

– No nos ve nadie.

– Eso te importará a ti. No quiero. Punto.

– ¿No me quieres? Otra decepción en la vida.

– No te quiero de esta forma. Te lo he dicho.

– ¿A que se te ha puesto dura?

Y diciéndolo, intentó escabullirse de sus brazos para tocarle el paquete.

– Antonio, no.

– Yo quiero acariciarte. Tantos años ocultando… ahora quiero estar contigo.

– Yo no contigo.

– Pero te gustan los hombres, como a mí.

– Pero no me gustan todos los hombres.

– Déjame tocarte la polla, que más te da.

Jamie en ese momento, mientras evitaba que Antonio llegara con las manos a sus genitales, se sintió ridículo. Se puso más tenso, brusco incluso y se separó de él.

– No – dijo de forma rotunda, seca.

Pero Antonio no atendía a razones. Estaba desesperado, atacado e intentaba con denuedo volverlo a pegar a su cuerpo, buscándole la boca, sacando la lengua para lamerlo, buscándole la polla, acariciándole el cuello. Jamie no sabía como lo hacía, parecía un pulpo, dos manos no daban para tanto.

– No – volvió a decir contundente. No quería ponerse demasiado duro. No quería que se disgustara. “Lo habrá pasado fatal”.

Antonio no cejaba en su empeño. Parecía poseido, desesperado. No atendía a la negativa de Jamie.

– ¡¡Cálmate!! – casi le gritó Jamie.

– No me puedes rechazar – conminó Antonio, mirando con cara de enfado a Jamie durante un segundo y reiniciando sus ataques inmediatamente.

Jamie agarró con fuerza las manos de Antonio y esta vez era él el que le miró serio. Antonio intentaba soltarse pero Jamie no estaba por la labor de dejarle.

– NO.

Mirando fijamente a Antonio, Jamie comprendió que no podría dominar los impulsos de su amigo. Había ido con la intención de hablar serenamente con él después de que un mes antes hubiera habido una escena muy parecida. Así que sin mediar más palabras, se dio media vuelta y salió de la casa. Había hecho un viaje de cientos de kilómetros para nada. Antonio, una vez liberado de sus compromisos familiares, quería recuperar el tiempo perdido. Y quería hacerlo con la única persona que conocía que fuera homosexual.

Antonio gritaba que no se fuera. Jamie bajó las escaleras sin escucharlo. Salió a la calle y respiró profundamente. Habían sido apenas 10 minutos pero le habían parecido horas.

Era la primera vez en su vida en la que se había sentido agredido sexualmente. Porque era así, se sentía así. Se sentía mal, porque no había logrado dominar la situación por las buenas. Repetía cada palabra que había hablado con Antonio los últimos meses por si le hubiera dado pie a esa reacción. Se sentía mal. Era rabia y era pena. Era asco. Eran muchas cosas que tras un mes del primer intento de Antonio de hacer sexo con él, no era capaz todavía de asimilar.

Acabó el cigarillo y buscó su coche. Se montó en él sin más y tomó la carretera. Conducir le haría bien, aunque no supiera a donde ir.

 

 

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Diario de un hombre sin nada que contar. 33ª entrada.

 

Voy retrasado. Ahora no tengo tanto tiempo.

Todo salió bien.

Fue una noche agradable. Nochebuena. La más agradable desde que era niño.

Oriol se reía a gusto. Ya estaba con nosotros. Su cabeza también.

Dijo de irse por ahí, le dije que mejor no. A cambio, vinieron algunos de sus amigos a casa. A algunos ya les conocía. Es curioso, no conocí a casi ningún amigo de mis hijos.

Los amigos de Pol vinieron a la cena. Vane y Justin. Resulta que sus padres son clientes del banco.

Y una amiga de Eduardo que estaba sola.

No sobró comida, fuimos un regimiento.

Faltó algo de bebida.

Faltaron dulces navideños. No se me ocurrió.

Eduardo se fue a su casa. Le dije de quedarse, pero me dijo que no. A lo mejor se ha asustado, pensé.

Los chicos durmieron bien.

Yo no, por eso sé que ellos lo hicieron. Fui a verlos varias veces. Estaban relajados.

Me levanté a las 6 a poner una lavadora, cansado de dar vueltas en la cama. Mi ropa, la de los chicos. Y una camiseta que se había dejado Eduardo, no sé muy bien en qué momento.

De paso, limpié la casa.

Colgué la ropa.

A las 9, estaba agotado. Apenas había dormitado un par de horas. Me senté y me quedé traspuesto.

A las 10, llegó Eduardo con churros y chocolate.

¡A desayunar!, gritó desde la puerta, dándome un beso.

Los chicos se desperezaron yendo a la cocina.

¡Churros!, dijo sonriendo Oriol.

Elvira no les dejaba comerlos, alguna manía suya. Yo a veces, les invitaba a escondidas. Me gustan los churros.

A comer nos fuimos de restaurante.

Lo pasamos bien.

Luego, Eduardo dijo de ir al cine. Los chicos dijeron que sí. Yo fui a echarme a casa.

Volvió Eduardo. Oriol y Pol se quedaron con unos amigos. Cada uno los suyos.

Volverán pronto, me dijo Eduardo sin que le preguntara.

Se sentó sobre mí y me besó.

Me dieron ganas de decirle que se viniera a casa a pasar unos días. No me he atrevido.

Le fui a proponer quedarse esa noche, para pasar un rato. Tenía preparadas las respuestas por si decía que los chicos se dieran cuenta, o tal. “¿Y sí…?”, hubiera preguntado. “Lo saben. No son tontos”, cantestaba yo sin dejar acabar.

En cambio preguntó primero.

¿Y esto va a ser para siempre?

El tono. Fue el tono. Debí darme cuenta.

No contesté. No tenía respuesta. Se fue a preparar la cena.

La cena en media hora, les dije a los chicos por wasap. Me dieron el Ok.

Teresa llamó.

Teresa me dijo que hablara mucho con todos. Con todos y de todo. No se me da bien, le dije.

Ya echo de menos la soledad.

No sé si me gusta que de repente, tenga medio pareja, y medio dos hijos nuevos.

Didac me llamó. Dijo que se sentía orgulloso de mí. Una cena de parejas, eso es lo que tenemos que hacer, propuso.

Me había imaginado que Eduardo volvía con una pequeña maleta. Me imaginé también que no me había dado cuenta cuando se había ido a por ella. Pero solo se asomó a la habitación para avisar de la cena. Los chicos ya estaban.

Tenía ganas de jugar con Eduardo.

Eduardo no.

Al final, todo se ha complicado. Mi vida era aburrida. Ya la echo de menos. Ya no hablo ni de mi Madrid. Campeones del Mundo. No lo he disfrutado. Ahora, la cagamos en Copa. Y lo del Sevilla.  Suspiro de alivio con el Málaga. Pandilla de chulos.

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Néstor G

Diario de un hombre sin nada que contar. 32ª entrada.

¿Ves? López es listo. Sus hijos están en tu casa, como quería.

Miré a Eduardo. Noté un gesto como de enfado.

Asentí con la cabeza mientras miraba que la pularda en el horno estuviera a punto. No, necesitaba veinte minutos más. La saqué, la rocié con el jugo. Le eché un poco más de vino blanco.

Los chicos, en su habitación, deshaciendo las maletas.

Fui a verlos.

Pol colocaba las cosas de los dos. Oriol, ido. No reaccionaba.

Vamos, ayúdame, le dije en tono suave. Como sugiriendo, como si se lo pidiera. Le costó, pero al final se levantó. Me cogió la mano que le había tendido. Se la apreté.

¿Queréis puré de patata? Del de Maggi, que es el que os gusta.

Sabes que nos gusta el puré de patata Maggi, dijo con los ojos muy abiertos Pol, saliendo al pasillo, como si le hubieran tocado los seis aciertos de la primitiva.

He comido muchas veces con vosotros en casa, me defendí.

Papá no lo sabe, dijo Oriol.

Y es el que me gusta a mí, insistí.

Por eso me quedé con el tema, apostillé. Me seguían mirando con la boca abierta.

Se miraron. Cada uno en un lado del pasillo. Hubiera jurado que hablaban. Y que se relajaban. Por un lado me gustó. Por otro, no, porque sabía lo que me iba a tocar. No sé si estoy preparado.

Llamó Tere.

Les he traído a casa, le expliqué.

Lo harás bien, me dijo. No te comas la cabeza. Son buenos chicos.

No estoy seguro. De mí, no de que no sean buenos chicos, aclaré.

Lo harás, lo sé. Te conozco mejor que nadie.

Fui a replicar, pero me sentí cansado de repente.

Habla con Oriol, está hundido, murmuré para que no me oyeran. Tienes mano, la animé.

Vale.

Y mira de llamar a su madre.

Saludad a la tía Tere, grité, y le tendí el teléfono a Oriol.

Sabía que ella lo animaría. Era buena. Mi ex es una de las personas más maravillosas del mundo. Nos hemos separado hace unos años. No puedo amarla de la forma que ella necesita, pero la quiero. Y una de las pocas cosas seguras que tengo en la vida, es que ella me quiere, que me querrá siempre. Que si la llamo porque estoy mal, cogerá el primer avión y estará a mi lado, dejando lo que sea. No quería escribir de esto. No he escrito cosas sobre ella. Conversaciones con ella. Estoy con la guardia baja. Será por la Navidad. Jodido tatojimmy, jodido Didac que me convenció para escribir en su blog. Jodido Eduardo que ha resquebrajado mi coraza, aunque sea una rendija.

Pol vino y se sentó, mirando a su hermano hablando con la tía Tere. Seguía tenso, estudiando la cara de Oriol. Ésta iba recuperando su tono normal, la vida, sus ojos empezaban a brillar. Me acerqué por detrás de Pol y lo abracé.

Relájate, ya me preocupo yo.

Se encogió de hombros. No se daba por vencido.

Os vais a quedar aquí, le dije. Entre todos, haremos las cosas.

No es tu trabajo, tío. Los que…

 

Tienes personas que te quieren. Oriol, yo. La tía Tere. Tienes amigos. Con eso lo tenemos todo ganado. Tus padres te quieren también. Lo sabes. Pero tienen sus problemas. Deben solucionarlos. La vida no ha sido fácil para ellos. El pasado a veces viene a cobrar sus deudas.

Tú los has arreglado, no sé por qué papá no lo ha hecho igual.

No, no las he pagado del todo, mis deudas con el pasado, no. Están en mi cabeza.

Necesito vuestra ayuda, gritó Eduardo desde la cocina.

Oriol seguía con Teresa. Ya sonreía. Pol y yo nos fuimos a la cocina. Eduardo casi quema la pularda. Casi quema el puré de patatas. Casi se corta un dedo al abrir una lata de espárragos.

¿No eras cocinillas?, me burlé de él.

Todos tenemos un mal día, se defendió.

Pol y yo nos pusimos a la tarea de arreglar la cena. Eduardo se apoyó en el quicio de la puerta, mirándonos y sonriendo. El bobo de él lo había hecho a posta.

Me acabo de acordar que tengo que irme, dijo quitándose el delantal. Unos amigos han venido de sorpresa de fuera y…

Buen intento, le amenacé con el dedo. Si sales por la puerta de la calle, no volverás a pisar esta casa. Y puedes ir pidiendo traslado de oficina en el trabajo.

Bien dicho, tío Néstor. Eduardo miente muy mal.

Oriol le pasó el teléfono a su hermano. Se le notaba mejor.

Ayúdame con los entremeses.

Pol reía con Teresa.

Eduardo colocaba la mesa.

Oriol y yo, con los canapés y un revuelto.

¿Te importa que vengan mis colegas Vane y Justin? Sus viejos trabajan, pidió Pol.

Abre otra lata de espárragos, dije como toda respuesta.

Guay.

¿Quién baja al súper a por más pan?

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Néstor G

Diario de un hombre sin nada que contar. 30ª entrada.

Fue espeluznante.

Peor de lo esperado.

Tres hombres a la deriva. Solo unos días después de la fuga de Elvira. Se ha fugado. Ha quemado las naves.

Plan de emergencia: Eduardo ha ido al súper. Con Pol. No había nada en la nevera. Nada en los armarios. Nada.

López estaba en el salón, tumbado en calzoncillos y calcetines. Mirada perdida. Patético.

Le he mandado a la ducha. A sus calzoncillos y al resto de ropa, a la lavadora.

Ori ha llegado colocado. Eso era lo que vi en sus ojos y que me adelantó su profesor. Se ha echado a llorar al enfrentarse con mi mirada. Ha sabido de inmediato que lo sé.

Oriol era un gran estudiante. Un chico listo. No era guapo pero tenía un cierto atractivo para las chicas. Era abierto, sin dobleces. Sociable.

¿Qué ha podido pasar?

No necesitaba hacerse el interesante con nadie. Conquistar a nadie. No necesitaba meterse en drogas ni en tonterías. No tenía problemas en casa. Ni de salud.

Como si se necesitara algo de eso para caer.

Hablaré con él. Otro día.

Yo controlo, Néstor, te lo juro, me dice, suplicando con el tono de voz, para que le crea.

Se lo he escuchado a tantos que al poco murieron de sobredosis o de accidente yendo bien puestos. O que se fueron consumiendo poco a poco.

Por favor, me suplica con la mirada.

Lo abrazo. Ori se pega a mí. Nadie me ha abrazado así. Hemos estado mucho tiempo. Yo acariciándole el pelo por detrás, dándole besos en el cuello. Él, sollozando incansable. Como incansables eran sus brazos apretándome contra su cuerpo.

Volvieron Pol y Eduardo. Pol nos vio y bajó la cabeza, yéndose a continuación a colocar la compra.

Eduardo me ha contado luego que López se había sentado en la mesa de la cocina, mientras ellos colocaban las cosas. Está ido.

Hablé con Oriol. Con Pol. Se comprometieron los dos a tirar del carro.

Intenté hablar con López.

Estaría bien que los chicos se fueran contigo.

Me enfadé.

Son tus hijos. Respondí.

Te quieren.

Y yo los quiero.

Pues está todo dicho.

Pero son tus hijos. Te necesitan a ti.

Necesitan alguien que los entienda.

Que los escuche, pregunté.

Da igual.

López.

Así te querrán un poco menos, porque tendrás que educarlos. Acabarán por quererte lo mismo que los tuyos.

No sé de que vas, me enfadé.

Piérdete, me escupió.

Eduardo me cogió de la mano y tiró de mí. Solo sentir sus dedos acariciarme, me relajaron. Iba a saltar sobre López. Hacía mucho tiempo que nadie me sacaba de quicio de la manera en que lo hizo él.

Nos despedimos de los chicos. Volví a abrazar a Ori. Y a Pol por primera vez ese día. Me sorprendió: al separarse del abrazo, me dio un beso en la mejilla, pero pillando un poco de la comisura de los labios. Recordé que desde pequeño, con su madre se besaba en los labios. Le puse las manos en las mejillas y le besé suavemente en los labios.

Sonrió.

López se había escondido en su habitación.

Quedan cuatro días para Nochebuena. Pobres.

En el ascensor, me acurruqué entre los brazos de Eduardo.

Se estaba bien.

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Néstor G

Diario de un hombre sin nada que contar. 28ª entrada.

Desde que escribo y tatojimmy lo publica aquí, he follado más que nunca. Didac, López, Eduardo y Luis.

Alguno lo mantengo en secreto. De alguno no recuerdo el nombre.

Dice Didac que es por tener que contarlo.

No me importa no tener que contar. Normalmente no tengo nada que contar. El día a día es aburrido. Si juntamos toda la vida entera, da para algo más. Poco más.

Me arrepiento de escribir. Me hace pensar. Me hace recordar. Me hace juzgarme. López ya no lee. Didac tampoco, lo que le cuento yo. Los demás, no saben. O callan.

Mucho sexo, pero sigo solo. Esa soledad pesada, esa soledad de dentro. Esa soledad que no se mitiga con mucha compañía.

He salido esta mañana a tomar unas cervezas con algunos clientes del banco. Hemos hablado de loterías, de premios, de lo que haríamos. No sé que haría si me tocara la lotería. Con dinero ¿Me sentiría menos desdichado, menos solo?

Por mucho que pienso no encuentro lo que me daría alegría. No puedo distinguir lo que necesito, lo que busco.

Didac me dice que necesito un novio.

Podría ser novio de Eduardo. Me alegra el día. Me alegra las noches. Es divertido, es cariñoso, le caigo bien. Me cae bien. Me siento bien a su lado. Me empuja a hacer cosas. El otro día fuimos a un concierto. Luego comimos una hamburguesa por ahí.

Me sentí bien esa noche.

Didac se enfada conmigo cuando le digo que voy a cortar con él.

Pero si estás a gusto, me chilla. Yo le respondo que también estoy a gusto con él. Me da la espalda y me enseña por encima del hombro su dedo anular. Me doy cuenta que le he copiado. Lo del dedo anular.

Estoy a gusto, sí.

Tengo miedo de cagarla. ¿Y si me da otra vez la tristeza depresiva?

Didac se vuelve a enfadar.

Te quiero a ti, le digo para provocarle.

Y yo a ti, me dice. Pero no soy de fiar.

Yo tampoco, le digo.

Es verdad, no soy de fiar.

Lo eres si no haces el capullo.

Soy un capullo.

Sigue con Eduardo, me dice.

No quiero nada fijo.

No lo llames de ninguna forma. Tú y Eduardo quedáis y pasáis ratos. Ya está. Muchos ratos. Todos los ratos. No lo llames de ninguna forma.

Pero es que…

No me deja seguir.

No me toques la polla, Néstor. Disfruta por una vez en la vida.

Pero me siento solo.

Como siempre. Nunca lo has estado, Néstor. Me has tenido a mí, a López, a tus hijos. A ellos los echaste de tu vida. Por cierto, Antonio, tu hijo, te necesita. Deja de orillar el tema. Y Eduardo le podría ayudar también.

Que haga lo que quiera.

Va a repetir los mismos errores que tú, sin necesidad.

No lo sabemos.

¡NÉSTOR! – Me ha vuelto a chillar.

¡Follemos!, le he propuesto.

Tienes novio, me dice de coña.

No le he prometido fidelidad, sigo con la broma.

Pero se la debes.

Y Didac se ha ido. Me ha dejado solo. ¡Qué capullo! Lo felices que podríamos ser Didac y yo.

Didac sigue con su VIP.

He llamado a López y me ha dicho tres bobadas. Me preocupa. Vaya que si se le ha ido la olla.

Los chicos de López me han agregado a su wasap. Quién me iba a decir que iba a utilizar esos instrumentos del diablo. Los chicos de López están acojonados. Elvira se ha equivocado al marcharse ahora. Están en esos años difíciles. Los chicos son muy de López, pero porque está Elvira que se ocupa de la vida. López no sabe ocuparse de la vida. Menos, de la vida de los chicos.

Me dice Oriol, el mayor de López, que se viene a vivir conmigo.

Ya empezamos. Luego lo dirá Pol. Y al final lo dirá López.

Y Eduardo.

Y hacemos la familia feliz. Les decimos a mis chicos que se vengan. Y a Luis, mi follamigo y el de mi hijo Antonio. Y Didac y su VIP. Todos aquí.

Mejor que el VIP de Didac nos deje su mansión.

Me río. En el fondo me lo estoy pasando bien desvariando.

Quedaré mañana con Ori. Le pasará algo, seguro. López nunca ha sido bueno escuchando.

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Néstor G