Necesito leer tus libros: Capítulo 120.

Capítulo 120.-

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Sergio Romeva se bajó del taxi que le había llevado hasta la sede de la editorial “Alma de poeta”. Había quedado con su dueño, Máximo Ubierna.

Cuando le había llamado para concretar la cita, ese hombre le había parecido al borde de la desesperación. Sergio pensó que seguramente el estropicio que le había hecho en las cuentas su error de comprar una copia pirata de una novela de Jorge en Rusia para ser publicada en España, había sido peor de lo que había pensado.

Ese hombre no le caía bien. Le parecía un presuntuoso. Alguna vez lo había comentado con Olga, que también lo conocía. Y su campaña de desprestigio de las novelas de Jorge oficiales, solo basadas en el hecho de que las compraba mucha gente, le causaba una gran desazón. Con gusto le hubiera contado que ese tal Caín Varta que tanto ponderaba y que publicaba él, era el mismo Jorge que no soportaba. En alguna que otra ocasión, Máximo se había topado con Jorge en algún acto, y no había querido que se lo presentaran. Es más, una vez llegó a darle la espalda cuando un conocido de ambos estaba en el proceso. Tanta inquina le desconcertaba. Aunque a decir verdad, también le había escuchado hablar mal de Juan Gómez-Jurado o de Javier Castillo. O incluso de Dolores Redondo. Con María Oruña, en cambio, hasta parecía que se llevaban bien.

Sergio entró con paso decidido en el edificio en el que estaban las oficinas de la editorial. No podía perder el tiempo en cavilaciones que no le aportaban nada. Tenía una jornada llena de compromisos.

El hall parecía estar en obras. Se fijó que solo funcionaba uno de los ascensores.

-El otro lo están cambiando – le anunció el conserje que lo conocía de otras veces. – Menudo follón. Hay días que la cola llega a la puerta. Como con esto de la pandemia no pueden subir juntos más que …

-Seguro que alguno que vaya al último piso acaba por compartir ascensor.

-Muchos en la cola quedan en ello.

-Pues todas estas obras valdrán una pasta.

-Tu socio no está muy contento. – el conserje sonrió pícaro. – Se dice que no le van bien las cosas. Las derramas para las obras se le están atragantando.

Sergio hizo una mueca de preocupación. Era ley de vida que cuando las cosas no iban bien, se juntaban todos los males. Y si hasta el conserje lo sabía e iba contándolo por ahí, eso era señal de que la cosa estaba jodida. Y esos rumores no ayudaban a Máximo, al contrario, ponía en guardia a las personas que tenían relaciones comerciales o personales con él.

No había mucha gente en el ascensor. Entabló conversación con los que estaban en la cola. Iba a proponer fingir ser unidad de convivencia para subir juntos varios, pero se le adelantó una mujer que iba unos puestos por delante que ya había organizado dos “grupos de convivencia”

-Yo me niego a estar esperando media mañana. Estoy vacunada con dos dosis. Así que …

Al final cinco de la cola quedaron en subir juntos. Todos vacunados y sin síntomas. Uno no quiso ser partícipe y le cedieron el sitio para que subiera antes. Después de ese grupo de cinco, ya estaba dispuesto otro grupo de tres.

Sergio pensó que la siguiente vez subía andando. Pero era un piso doce, con entreplanta por medio, lo que le daba un poco de respeto. Desde el confinamiento había perdido la costumbre de salir a correr o de ir un par de días al gimnasio. Quizás debería recuperar esas costumbres. Pero debía reconocer que tras esos años de pandemia, su ánimo para según que cosas, había bajado muchos enteros, o en el peor de los casos habían desaparecido por completo.

En la editorial le recibió el segundo de Máximo. Ocupaba la mesa de la mujer que antes hacía de recepcionista y secretaria.

-¿Te has cansado de estar escondido en tu despacho?

Carlos Díez hizo una mueca de resignación.

-No corren buenos tiempos.

-Me apena oírlo.

-Máximo te espera – dijo sin querer entrar en detalles. Parecía que el humor de su jefe se le había contagiado. Carlos era un gran conversador, aunque ese día no lo demostrara.

El hombre que se encontró al traspasar la puerta del despacho del director estaba hundido. Miraba por la ventana sin hacer amago de girarse para atender a su visita. Sergio se quedó unos segundos parado de pie, delante de la mesa. Le entraron las dudas sobre como afrontar el encuentro. Al final optó por sentarse y emplear una estrategia envolvente.

-¿Te encuentras bien Máximo? ¿Quieres que llame a un médico?

-¿Un médico? En todo caso para aplicarme la inyección letal.

Sergio sacó su móvil, a la vez que suspiraba resignado, y empezó a cancelar sus citas siguientes. Se dio cuenta que esa entrevista iba a durar mucho más de lo que había previsto. Cuando acabó, puso el teléfono en silencio.

-¿Por que no me cuentas?

-No quiero aburrirte.

-No me aburres.

-No finjas. Sé que te caigo como el culo. Me lo han repetido en numerosas ocasiones cuando han visto que nos saludábamos en algún evento.

-Si tuviera que guiarme por lo que dicen de mí, me hubiera peleado con todos mis amistades. Ahora no podría hablar con nadie.

-Me he enterado que ahora llevas a Jorge Rios.

-Es cierto.

-Seguro que ese escritor sabe de mi opinión sobre él.

-Él y todo el mundo. Nunca has ocultado que no te gusta. Y que no lo puedes ni ver. Y se lo has demostrado dándole la espalda en numerosos actos en los que os habéis encontrado. De todas formas, soy amigo de Jorge hace muchos años. Si tu opinión sobre él me hubiera condicionado, no mantendría contacto contigo, mucho menos relaciones comerciales.

-¿Y qué querías que hiciera? No fue a ayudar a mi … a un amigo. Y murió.

Sergio levantó las cejas sorprendido. Como Máximo seguía de espaldas sin mirarlo, no evitó los gestos de contrariedad que le salieron de dentro. Ese escenario nunca lo hubiera imaginado. Nunca hubiera pensado que ese hombre estuviera cerca de todos esos sucesos que ahora se estaban removiendo. No situaba a Máximo en ese mundo.

-Conozco a Jorge hace muchos años, Máximo. Si no fue es porque no pudo.

-O no quiso.

-Hazme caso. Sé de lo que hablo.

Dudó en contarle, nunca lo había hecho con nadie. Pero el estado de ese hombre …

-¿Te he hablado en alguna ocasión de mi hermano Fidel?

Sergio vislumbró como Máximo asentía con la cabeza. Había sido una pregunta retórica. La respuesta del editor, le desconcertó. Sergio estaba seguro que eso no había sucedido nunca. Pero decidió dejar que se explicara.

-No me has hab lado de él, pero lo conocía. Era de nuestro grupo de amigos. No te acordarás porque pasabas de nosotros. Estabas más en la línea de atender a tu socio y tus representados. Tu hermano era una mosca cojonera para ti.

Le tocó de nuevo resoplar desesperado. Nunca había querido preguntar a Fidel por los detalles, por los amigos, por las compañías de aquella época. Lo salvó, lo cuidó y luego le proporcionó una vida lejos de todo y fuera de peligro. Quizás debería haberle preguntado. Eso le hubiera ahorrado sorpresas como la que estaba viviendo en ese momento. Y quizás el reproche de Máximo tuviera algo de verdad. Por eso se dio cuenta tarde de la deriva que había tomado la vida de Fidel. Esas cuitas le abordaban las noches de insomnio.

-Me avisaron de que estaba … en una situación …

No quería ser demasiado explícito. A parte, al no haberlo contado nunca, no tenía claro como hacerlo. Solo hablaba del tema con Jorge. Y a él, no necesitaba ponerle en antecedentes porque conocía la historia. Y tampoco sabía hasta que punto Máximo era conocedor de todo lo que sucedía.

-Sé a que situación te refieres, tranquilo. No porque fuera partícipe. Sino porque Fidel, Jandro y Lucas me contaban. Ellos sí … que bobos.

Sergio obvió pensar en ese comentario. Aunque luego, sin duda, tendría que volver sobre él.

-Jorge se ocupó de Fidel. Cuando le llamé para pedirle ayuda, le pillé mal. Le pillé … perdido en sus mundos. Pero fue. Y salvó la vida de Fidel. Se arriesgó y no dudó en …

-Jandro no tuvo esa suerte. Lucas sí, mira. Para ese también tuvo tiempo y ganas de ir a salvarlo. Pero Jandro …

-Ten por seguro que o no le transmitieron el mensaje o algo pasó que no pudo ir. Siempre acudió cuando le llamaron.

-Me da igual. El caso es que Jandro palmó. Y no sabemos ni dónde está su cuerpo. A nadie parece importarle. Lo odio.

Sergio chascó con la lengua. Ese tema le incomodaba.

-¿Por qué has vuelto a ese tema?

-Porque me siento solo, Sergio. Porque una vez más me creía que era más listo … y me han engañado. Y me he hundido. Porque en aquel entonces tenía un grupo de amigos que … lo perdí. Fidel, no tengo noticias desde hace años. No he querido importunarte preguntándote. Si no me ha llamado, es porque no quiere tener contacto conmigo. Da igual. Lucas … parecido. Y algunos otros, lo mismo. Ese desastre … hizo que … me aislara. No he sido capaz de crear otras amistades. Rumiando siempre mi soledad, mi desazón. Parapetándome en una especie de altar de cultureta de medio pelo y de persona con gustos exquisitos. Pero solo. Y la vida me castiga siendo objeto del mayor engaño del siglo. ¿Como pude pensar que si esa novela tan buena estaba libre no tenía gato encerrado? Mi contacto me la vendió como algo … la nueva novela rusa. Como si Dostoyevski o Tolstói se hubieran reencarnado. Menos mal que Carlos se dio cuenta. Miento. Fue la becaria. No te jode. La becaria, la única que se atrevió a bajar y comprar la novela de Jorge. Y compararla. Eran iguales, palabra por palabra.

-Precisamente te traigo algo que puede ayudarte a olvidar ese traspié.

-¿Otra novela de Caín Varta? No puedo pagarte el adelanto habitual. No creo que pueda pagar … ni siquiera podría encargar una tirada mínima de lanzamiento.

-Para lo primero, no hace falta. Lo segundo, puede que haya alguna solución, siempre que dejes a un lado tu orgullo.

-Tampoco puedo pagar la imprenta para lanzar una tirada mínimamente presentable.

Máximo se dio cuenta que había repetido su argumento. Resopló incómodo y molesto.

-Eso ya lo arreglaremos.

-¿De repente vas a ser un representante comprensivo? Con la primera novela de Caín Varta no … fuiste tan indulgente. Tuve que pedir un préstamo para pagar el adelanto. Y eso que no me dijiste quien era el autor.

-No hace falta. Creo que has vendido bien sus libros. Y no te has gastado ni un euro en promoción. No creo que tengas queja de como ha ido.

-Un poco de gasto no hubiera estado mal. Hubiéramos vendido el doble. Por cierto, vamos a sacar una pequeña reimpresión de las dos primeras novelas. Es lo que nos podemos permitir. Nos la están pidiendo con insistencia de Estados Unidos.

-¿En español?

-Sí. Parece que entre los de habla hispana se ha corrido la voz. La versión traducida va muy bien también.

-No va tan mal la cosa.

-Esa tabla de salvación no soportará el peso de todo lo malo. Como la tabla de Titanic de Leonardo DiCaprio.

-¿Y que te ha llevado a esta situación?

-El jodido de Jorge Rios tiene la puta culpa. Otra vez el puto Jorge Rios. Dejarse piratear. Y yo soy tan gilipollas que compro una novela de él que me había llegado. Lo que te he contado antes.

-¿Y donde la encontraste?

-¡¡En Rusia!!

-Eso ya lo había inferido por tus palabras de antes. ¿Hablas ruso? ¿Cómo sabías que eran tan buena?

Por primera vez Máximo giró su silla y encaró a Sergio. Éste apenas pudo contener el gesto de sorpresa que le produjo ver el aspecto de ese hombre. Mal afeitado, con ojeras, demacrado. Piel blanca nuclear. Parecía tener sesenta años y no llegaba a los cuarenta por mucho.

-No. Pero tengo tratos con el encargado cultural de la embajada. Mejor dicho, tenía tratos. Él me la recomendó. Me la tradujeron y me gustó. “La nueva novela rusa”.

-¿Le has contado a ese amigo? Que has descubierto que es pirata.

-Ha echado patas. Increíble. Cuando lo llamé y no me cogió … le mandé un mensaje. Después de eso, su teléfono siempre está … apagado.

-¿Qué novela de Jorge es?

-“DeJuan”. Puto Jorge Rios. Siempre aparece en mi vida para joderla.

-¿Tienes un ejemplar original en ruso?

-Cógelo tú mismo. Está en esa estantería. Te los puedes llevar todos. Si no, un día haré una hoguera con ellos.

Sergio se levantó. Vio que tenía cuatro ejemplares. Cogió uno, lo hojeó y se lo guardó en la bandolera. Se lo daría a Óliver. No le había oído comentar nada de que hubieran descubierto esa novela en Rusia.

-¿Te puedo preguntar cuanto pagaste?

-Ciento veinte mil euros. Más la traducción.

Sergio abrió mucho los ojos y se recostó en la silla.

-Todas mis reservas. Pensé que … era … que esa novela iba a tirar bien. No te jode, si que iba a tirar bien. “deJuan” ha vendido 734.000 ejemplares. Más los que la editorial le roba a tu representado.

-¿También sabes eso?

-¡Bah! Dimas es idiota. Lo iba contando cuando estaba en confianza. Pero eso de confianza solo era cuando tenía tres rones de más. Lo hubiera hecho delante de Jorge, si hubiera estado. Lo raro es que él no se enterara. Aunque como andaba siempre medio drogao …

-¿Qué decía que le quitaba?

-Un veinte por ciento. Y las ventas en ebook. A parte de sus conferencias y colaboraciones de prensa. Era conocido en el mundillo. Se lo repartía con el marido de Jorge. Me imagino que esa cuadrilla de amigos estaría de alguna forma en el ajo. Esa Carlota Campero y su amiguísima Nadia, la mariliendres de Jorge. Y alguno más.

-¿Quienes?

-No quieras saber todo de golpe, representante de Jorge Rios. De todas formas, lo que ha ingresado le ha dado para vivir bien. Y total, para tomar un café con leche en toda una mañana en un bar mientras escribía … ya le daba. Como las drogas se las regalaban …

Sergio se sonrió. Si hubiera sido en otras circunstancias se hubiera reído a gusto.

-Volvamos a Caín Varta. ¿Cuántos ejemplares te han pedido de Estados Unidos?

-Veinticinco mil. Les voy a mandar diez mil. Tengo que repartir en España cinco mil que me llevan pidiendo de las librerías de aquí.

-¿Vas a tirar quince mil entonces?

-Sí. Quince mil de cada. De las dos primeras, quiero decir.

Sergio se quedó pensando unos minutos. Al final se decidió.

-¿Por que no les dices a Carlos y a Irene que entren?

-¿Para qué? No sé por qué siguen conmigo. No tengo dinero para pagarles.

-Vamos a idear un plan. Vamos a levantarte el ánimo. Y a partir de mañana vas a retomar tu agenda de eventos. Y vas a hablar de la nueva novela de Caín Varta. Y ellos son fundamentales en esa estrategia.

-¿De verdad me traes una nueva novela de él? Si ya te he dicho …

-Confiaste en él cuando no lo conocía nadie. Vas a seguir publicando sus libros. Y vamos a planificar una propaganda de las que no se ven. Creo que ha llegado el momento de aumentar las ventas.

-Con un autor anónimo … haciendo la competencia a Carmen Mola. De todas formas ese Caín no deja de vender. Las cuatro se venden bien. A la gente le gusta y lo comenta. Es un goteo continuo.

-Pues aumentaremos el ritmo de ventas. A ver si por primera vez, el lanzamiento de la quinta novela ocupa alguno de los puestos de cabeza de la listas de más vendidos.

-No sé si … lo de ser anónimo … no saber quien es, si es un tipo barbudo y en los ochenta años, o una ama de casa que mientras corre con sus hijos de extra escolar en extra escolar, escribe esas novelas, o un directivo de Telefónica. Quita muchas posibilidades de promoción.

-Y quita prejuicios. No lees sus libros por la pinta que tiene el autor, o por si te cae simpático. Tampoco lo dejas de leer si te parece un bobo o no tiene tus mismas opiniones políticas.

-Ahora con lo de Carmen Mola, creo que … ella acapara … ese campo de autor anónimo.

-Pero nosotros no damos detalles de quien puede ser. Ni vamos a lanzar la idea de que pensamos que es … lo que sea. Es alguien desconocido que … le gusta escribir. No quiere ser foco mediático. Nada más. Hay que seguir ciñéndonos en ese sentido al plan. No debemos elucubrar sobre su identidad. Nada.

-Ninguno podemos decir nada respecto a su identidad. No sabemos nada.

-Es lo que él quiere. Ni yo sé quién es. No sé ni que voz tiene. Siempre nos hemos comunicado por escrito.

-He llegado a pensar que eres tú, Sergio.

Éste se echó a reír.

-Qué más quisiera.

-Tu parte de sus derechos, te dan un buen pellizco.

-Eso es cierto. Venga, pongámonos en marcha. Y lo de la promoción …

-Ya me sé la cantinela. No estoy tan mal, Sergio. Pero no me has dicho como voy a pagar esas nuevas ediciones.

Como Máximo seguía en su apatía, Sergio se levantó y fue a la puerta.

-Carlos, ¿Puedes pasar por favor? Te necesitamos.

El aludido levantó las cejas a la vez que se lo quedó mirando. No parecía muy por la labor.

-Espera un segundo. Ahora vuelvo.

Sergio volvió a cerrar la puerta y se sentó frente a Máximo de nuevo.

-¿Cuántas nóminas les debes?

Máximo resopló.

-Dos y media.

-¿Con cien mil te apañas para saldar esas deudas y para encargar tiradas de todas las novelas de Caín? Pero el doble de lo hablado.

-Un poco justo.

-Negociamos con la imprenta. Te voy a ingresar ciento cincuenta mil euros. Ahora mismo. Óliver Santidrián se va a acercar para preparar papeles. Es un préstamo que te hago. Al uno por ciento de interés.

-¿Ese Santidrián? ¿Ese abogado?

-Ese abogado. Sabe mejor que nadie de las ediciones piratas de Jorge que hay por el mundo. Y de paso, le encargas que investigue y persiga a los que te han timado.

-Como no le pagues tú …

-Quizás el odiado Jorge Rios pague su minuta, puesto que es su novela la pirateada. Solo hace falta que le digas lo que sabes y le proporciones la documentación que tienes.

-¿Y por qué haces todo esto?

-Porque confié en ti para publicar a Caín Varta. Y tú lo hiciste en mí. Porque eras amigo de mi hermano, aunque desde que nos tratamos, no me lo hayas dicho nunca. Porque has hecho un buen trabajo con sus libros, ciñéndote a las condiciones que te expliqué en su momento, que aceptaste aunque no estabas de acuerdo con parte de ellas.

Sergio iba a seguir, pero prefirió sacar su teléfono y hacer la transferencia. A parte, no quería … casi iba a decir que sus palabras de recuerdo de hacía unos minutos, le habían hecho sentirse culpable de nuevo por lo sucedido con su hermano. Y saber que tenía amigos en esas mismas circunstancias, no le ayudaba a domeñar ese sentimiento.

-Ya lo tienes en tu cuenta. Ahora, paga a Carlos y a Irene. Les llamas y les das sus nóminas para que las firmen. Y empezamos a planificar la estrategia para relanzar las ventas de Caín Varta y del resto de tus autores. ¿Esa Genoveva no te iba a mandar una nueva novela?

-Tengo que … pagarle su adelanto.

-¿Cuánto?

-Veinte mil.

-¿Te llega? Te he traspasado doscientos mil.

Máximo se incorporó asustado.

-Es mucho dinero.

-Si todo va bien, me lo devolverás en seis meses. Si te dejas ayudar.

Máximo volvió a sentarse. Parecía abrumado. Aunque esa apatía que tenía cuando Sergio entró había desaparecido casi. Parecía haber revivido.

-No pienses que por esto, voy a cambiar mi opinión respecto a …

-Puedes seguir odiando a Jorge Rios. Pero si un día se acerca a ti para hablar contigo, al menos sé educado y escúchale. Con eso me conformo.

Se quedaron en silencio unos minutos. Máximo parecía debatirse entre su orgullo y el deseo de salir adelante.

-Paga a Carlos e Irene. Y paga ese adelanto a Genoveva. Y nos ponemos en marcha.

Máximo levantó la tapa del portátil que estaba sobre su mesa. Y se puso a hacer las transferencias. A la vez imprimió las nóminas de sus empleados.

Sin decir nada más, se encaminó a la puerta. Carlos lo miró sorprendido. Estaba comprobando que el mensaje de su banco que había recibido en el móvil era correcto.

-Dile a Irene que venga y entráis los dos en el despacho. Cierra la puerta de la entrada y pon el cartel de que llamen. Vamos a preparar la nueva novela de Genoveva y de Caín.

-Vamos a necesitar ayuda.

-¿En quién piensas?

-En Mª Paz.

Era claro que esa mujer no le gustaba a Máximo. Pero no se lo pensó.

-Si tú estás a gusto trabajando con ella, por mí bien. Llámala por ver si está dispuesta a volver. Esta vez con un contrato normal.

-Ahora mismo la llamo.

-Venga, no tenemos todo el día. Te has quedado pasmado.

Carlos no supo como responder. Porque de verdad, esa afirmación describía perfectamente su estado.

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-¿Y por qué no lo hacéis otro día que pueda estar yo?

-Jorge, ya te lo he explicado. Por el colegio de los niños.

-Como te oiga Kevin llamarle niño … – Jorge lo miraba con gesto sarcástico disfrazado de ceñudo.

-No te enfades. Te prometo que repetimos otro día que estés.

-¿Vas a invitar a alguien más?

-Había pensado en llamar a Álvaro y a Ester. Estuvieron en el confinamiento. Biel está pendiente de un viaje a Argentina.

-No me parece mala idea.

-Montaremos las dos tiendas en la terraza, haré un pequeño brasero a modo de hoguera, sacaré la guitarra…

-¡Vas a cantar y a tocar la guitarra! ¡Serás capullo!

-No te pongas celoso. – Carmelo sonreía socarrón.

-Pero si no he conseguido que lo hagas en meses. Y no sale de ti …

-Es lo que se espera de una acampada.

-Posiblemente la última vez que te escuché cantar y tocar fue en el confinamiento, en las acampadas con mis sobrinos. Claro, así te los ganas. Así los tienes a los tres diciendo: Tío Carmelo, Tío Dani …

-Estás celoso. Pero si sabes que solo tienes que chascar los dedos y los tres bailan lo que les digas.

-No te jode, claro que lo estoy – Jorge había puesto sus brazos en jarras. – Y es para estarlo. El cariño de mis sobrinos lo quiero todo para mí.

-Que acaparador eres. Martín, Quirce, tus sobrinos, tus escoltas … todo el afecto para ti solo. Y seguro que hay más por ahí que no me hablas.

-Se te olvida Pólux y el resto de mis “chicos”.

-Escritor, deja la comedia que nos tenemos que ir.

Helga había entrado en la cocina.

-¡¡Vamos!! Me salgo para que os achuchéis en soledad. ¡Pero solo cinco minutos!

-Hay confianza. Puedes quedarte.

-Pero a mí me produce sarpullidos tanto azúcar.

-¡¡Azúcar!! – gritó Carmelo imitando a Celia Cruz. – ¿Te he dicho que la conocí?

-Sería siendo casi un bebé. – se burló Jorge.

-Después de rodar mi segunda peli. No recuerdo donde fue. Una fiesta, o una presentación o entrega de premios y cantaba ella. Me dijo que le había gustado mucho mi interpretación. ¡Me conocía!

-¡Vaya! No me habías contado.

Dani se encogió de hombros.

-No lo tenía presente. Lo había aparcado completamente. Pero al decir su grito de guerra … es que claro, luego ella actuó y me sacó al escenario. Y me hizo gritar con ella ¡¡Azúcar!! Y al final acabamos cantando el estribillo de una de sus canciones. ¡Juntos!

Jorge lo miraba con gesto de sorpresa.

-Nunca he visto imágenes de eso. Y te he dicho muchas veces que he visto casi todo lo que hay en internet sobre ti. Eso tenía que haber sido viral entonces.

Carmelo se encogió de hombros.

-A lo mejor lo he soñado.

-¿Lo has soñado ahora despierto?

-¡¡Jorge por favor!! – Helga había vuelto a entrar en la casa.

-Que sí pesada. Que ya le dejo libre al escritor – Carmelo se acercó a Jorge y lo abrazó a la vez que le daba un beso pasional. Cuando lo dejó, puso su cara de pillo y se giró hacia Helga.

-Dedicado a ti.

-¡¡Cabrón!! – le dijo la policía dándose la vuelta haciéndose la ofendida.

-¿Te has fijado que todos te siguen en tu vena dramática? – Carmelo soltó una carcajada.

-Ya será que te siguen a ti tu vena dramática – se defendió Jorge. – El actor eres tú, querido. – Sonrió y acarició suavemente el rostro de Carmelo a la vez que lo volvía a besar.

-¡Te quiero! No lo olvides.

-¿Te vas a Yuste entonces?

-Sí. Pero mañana estaremos de vuelta.

-¡¡Jorge!! – Helga insistía.

Sin más, el escritor cogió sus cosas y fue hacia la salida.

Carmelo miró el reloj de la pared de la cocina. Se asustó al ver la hora. Tenía que preparar un montón de cosas. Llamó a la carnicería de Gaby para pedirle algo de género. Y llamó también a la pescadería de al lado de casa para hacer también un pedido. El frutero … no, a ese decidió ir a visitarlo. Quería prepararles a los chicos una buena macedonia. También estaba valorando hacer una tarta de fresa, de melocotón, o de manzana. Y quería ver las frutas que mejor estuvieran. Corrió a ponerse unas de sus Converse viejas y se fue directo a la calle.

-Luisete, si viene el repartidor del pescado o el de Gaby, ¿Recoges el pedido?

-Claro. Te lo dejo en el frigo.

-Anda, que a cualquiera que le diga que eres una estrella del cine con glamour … te mira tres veces por comprobar y no se lo cree.

Alan, su jefe de escoltas ese día lo miraba sonriendo.

-¿No estoy guapo?

-Guapo lo eres. Chándal viejo. Raído. Tus Converse más viejas y sin cordones. Casi medio rotas. Solo les falta que asome el dedo gordo por algún agujero. Del anorak mejor ni hablamos. De ese si sale el relleno por algunos rasgones.

-No seas tan criticón. Vamos a hacer la compra. Nada más.

-De incógnito además – se rió Carla.

Su paso era decidido. No hacía más que mirar el reloj de su móvil. Entró en la frutería como una exhalación.

-Carmelo. – le saludó el dependiente – Haber llamado y te lo subía.

-Es que no tengo una idea clara. Quería ver. Necesito inspiración.

Escogió siete frutas para la macedonia. A parte, compró tres kilos de naranjas de zumo y unos limones. Vio unos espárragos verdes y los cogió para hacerlos a la plancha.

-Ibas a llamar a Álvaro – le recordó Alan.

-Mierda.

Carmelo salió un momento a la calle y llamó a su amigo.

-¿Te animas?

-Me apetece. Hace siglos que no veo a los chicos.

-Llamo a Ester a ver si se anima.

-Tranqui, la llamo yo. Te veo apresurado.

-Jorge se ha ido más tarde de lo previsto y se me ha echado el tiempo encima.

-¿Iba a Yuste?

-Sí. Tiene una charla con lectores. Se queda a pasar la noche. Ha quedado a cenar con algunos libreros y creo que se acercará el Consejero de Cultura de Extremadura.

-Vaya. Alternando con los jefes.

-No suele gustarle. Pero a Amancio lo conoce hace años.

-¿A qué hora vamos?

-Cuando queráis. Los chicos vienen a las siete. Pero si queréis venir antes y me echáis una mano …

-Hecho. Acabo unas cosas y me voy para allá.

Volvió a entrar a la frutería. Pero el problema llegó al pagar.

-¡Joder, me he dejado la cartera!

-Ya me lo pagarás.

-Ya lo pago yo – le dijo Alan. – Luego me lo das, no me mires así.

-Te lo agradezco.

-Insisto, – dijo el frutero – no hace falta.

-Que luego se me olvida. Y a ti te da apuro recordármelo. Que ya nos ha pasado más veces.

Alan pagó la cuenta.

-¿Tienes para pagar el pan? – Carmelo miró con picardía al policía.

-Y hasta para unos de esos pasteles de nata.

-Vale. Uno de nata para ti, y de crema para mí.

Pasaron por la panadería. Compraron el pan y varios pasteles de los citados, porque al verlos, les parecieron más pequeños que lo que recordaban. O quizás fue que los acababan de sacar del obrador y tenían una pintaza que los hacían irresistibles.

-¿No vas a preparar mucha comida?

-Merienda, cena, desayuno … y no estoy seguro si se quedan a comer mañana. Tienen buen saque, no te creas. Y vosotros, claro.

Entre pitos y flautas habían tardado más de una hora en volver. Luisete salía de la casa cuando llegaron.

-El pescado en el frigo. Y la carne. Me ha dicho el repartidor de Gaby que las brochetas te las traen los niños cuando vengan. Elvira las estaba preparando ahora.

-Bueno. Alan, Te hago un Bizum.

-Tranquilo. Cuando quieras.

Carmelo se quedó solo en la casa. Se notaba aturullado. No sabía por donde empezar ni tampoco tenía claro lo que quería preparar. Se paró en medio de la cocina y suspiró.

-¿Y por qué estás así Dani? – se dijo a sí mismo.

Revisó el pedido de la carne y del pescado y lo colocó bien en la nevera. Guardó las frutas y decidió sentarse un rato en su rincón. Esta vez eligió la butaca de Jorge. Cuando lo hacía inmediatamente se sentía abrazado por su escritor. Era otra tontería de las que últimamente le asaltaban a menudo. Pero si eso lo relajaba y le hacía sentirse mejor, le daba igual como lo calificaría la gente si se lo contaba.

Lo que ese día le preocupaba es que sin saber por qué, se sentía nervioso. Como si estuviera ante un descubrimiento que le fuera a cambiar la vida. Era una tontería, otra vez lo reconocía. ¿Qué podía ocurrir en una acampada en la terraza con los niños? Algo que fuera relevante en el devenir del caso que les asolaba, no: los niños no habían nacido cuando toda esa trama había empezado a extender sus garras. Y Jorge se había preocupado por mantener a su familia al margen de todo. La única concesión que había hecho es dejarles leer sus cosas. Había restringido mucho el contacto con ellos y en todo caso, lo había hecho de forma casi clandestina. Y ni aún en ese momento, les permitía que en sus redes sociales hablaran de ellos. Ninguno de los tres presumía de conocer a Carmelo o que Jorge era su tío.

No se dio cuenta cuando se quedó dormido.

Lo siguiente de lo que fue consciente es de alguien llamando insistentemente a la puerta. Se levantó de un salto y fue a abrir. Tuvo que apartarse porque los que llegaban entraron en tropel.

-Se te oía roncar desde la escalera, querido.

Ester le besó en los labios al pasar a su lado. Álvaro lo abrazó. Mariola se lo quedó mirando en modo madre reprendedora.

-Esto te pasa por no dormir tus horas cuando toca. ¿Te acuerdas de mi hijo Rodrigo?

-¡Cómo no …!!! – Carmelo se dio cuenta a tiempo que su amiga le estaba troleando. – ¡¡¡Mariola!! No me tomes el pelo.

-Eso solo lo hace con los que quiere – le dijo Rodrigo a la vez que le daba dos besos. – Te veo estupendo.

-Nos hemos enterado de que tenías acampada y que Jorge no estaba. Y me he dicho: Dani el pobre va a estar más perdido … hay que ir a echarle una mano. – Mariola decía esto mientras sacaba de unas bolsas lo que había traído para comer.

-Y no te perdono que no nos avisaras. Te hubiera preparado …

-Siempre te puedes poner el delantal aquí. Te dejo de ama y señora de la cocina. Reconozco que no tengo buen día y no estoy inspirado.

-Mientras, nosotros vamos montando las tiendas. – Álvaro se encaminó decidido hacia el almacén.

-Tienes que bajar al sótano – Dani puso su mejor cara de pilluelo.

-¿Es el 39?

-¿Te acuerdas?

-Claro. Rodri, Ester, ¿Bajáis conmigo? Dani, las llaves.

-Bajad vosotros. Yo me quedo ayudando a Dani y a mi madre, que ya se ha puesto el mandil.

-Vamos a ver que ha comprado aquí el interfecto. No me pongas esa cara, querido, que no me das nada de pena.

-¿Habéis invitado a alguien más?

-¡¡Sorpresa!!

Álvaro y Ester salieron del piso camino del ascensor. Aprovecharon Alan y dos miembros de los GEOS para asegurar la terraza contra cualquier ataque.

-Te presento a Carles y a Miri.

-Si ya nos conocemos – dijo Miri sonriendo y chocando el puño con Carmelo.

-No había caído …

Carmelo empezaba a arrepentirse de haber organizado todo ese follón. No había tenido presente el tema de la seguridad. Pero ese piso ya había sido objeto de un francotirador que había herido a Pere, el vecino, aunque su objetivo era Jorge.

-No te agobies – Alan lo conocía y sabía por dónde iban las cavilaciones del actor. – Tú preocúpate por la comida y por la diversión. Lo único es que tres de nosotros estaremos también en la terraza. -Desde la del otro piso, controlaremos los drones. – apuntó Miri.

-¿Drones? Ya verás como alguno de los niños se pasa a ver como los manejáis.

-Eso mejor otro día.

Los policías fueron a preparar su cometido. Y Carmelo una vez más se quedó parado en medio de todo, mirando como Mariola y Rodrigo empezaban a preparar cosas para la cena.

-Si has traído empanadas – Carmelo volvió a centrarse y miraba como Mariola sacaba todo. – Los niños traerán unas brochetas luego. Y seguro que su madre les pone algo más.

-Tranquilo.

Mariola se acercó a Carmelo. Le acarició la cara.

-¿Qué te preocupa, cariño?

-Tengo una sensación rara. – fue solo un murmullo. Pero Mariola lo escuchó perfectamente.

-Todo va a salir bien y nos lo vamos a pasar de miedo. Si estás cansado, siéntate en tu butaca y vuelve a dormir. Nos encargamos de todo.

Fue a protestar, pero Mariola lo miró con gesto conminatorio.

-Va a ser una noche genial.

Lo dijo en tono seguro. Su sonrisa y la mirada que le dedicó a su amigo, apoyaba sus palabras. Y Carmelo se relajó. Sonrió apenado y se volvió a sentar en la butaca de Jorge. Y sin más, se volvió a quedar dormido.

.

Álvaro fue el encargado de despertar a Carmelo. Fue muy delicado, pero aún así, el actor dio un salto del susto. Miraba a Álvaro preguntándose que hacía en su casa. Miró a Ester, a Rodrigo que salía un momento de la cocina para ir a mirar algo al móvil. Carmelo no acababa de entender que hacían sus amigos en casa.

-Tranquilo, todo está listo. Van a llegar tus sobrinos.

Carmelo lo miraba sin entender. Daba la impresión de que Álvaro le había hablado en un idioma que no era capaz de reconocer. De repente se acordó del plan. Volvió a asustarse a la vez que se levantaba de un salto.

-Pero … no he preparado nada …

Miró a su alrededor. Oía hablar a Mariola y Rodrigo en la cocina. Ester pasó sonriendo llevando un par de colchonetas a la terraza.

-He mirado la previsión del tiempo y el riesgo de lluvia ha desaparecido. Va a hacer una buena noche.

-Pero …

-Cariño, ya está todo – dijo Mariola yendo a darle un beso. – Me voy a tener que enfadar con vosotros – Mariola le apuntaba con el dedo amenazador. – Os lo dije cuando grabamos Pasapalabra. Tenéis que descansar más. Tú desde luego, no me has hecho caso. Y apuesto a que el escritor, menos todavía.

-No sé como … ¿Han escrito los niños?

-Les he escrito yo, – dijo Álvaro – me dieron sus teléfonos en el confinamiento. Han cogido un taxi y vienen para acá. Me imagino que tendrás un ciento de mensajes en el móvil.

Carmelo no acababa de centrarse. Corrió a la terraza. Abrió mucho los ojos al ver las dos tiendas grandes ya montadas. Los sacos de dormir preparados, colchonetas fuera, un brasero de gas para dar color y que no hubiera peligro para los niños. Las guitarras de Álvaro y la suya preparadas para ser usadas. Unas mesas bajas para tener apoyo para comer.

-¿De dónde habéis sacado …?

-Pues de la tienda. – Ester lo miraba con cara de broma.

-Madre mía. Os tengo que …

-Si vas a decir algo de pagar, – Mariola volvía a amenazarlo con el dedo – somos cuatro a darte una paliza. Piénsatelo.

Sonó el timbre de la calle. Todos se quedaron parados.

-Vete a abrir – le dijo Álvaro poniendo gesto de premura. – No te quedes como un pasmarote. Serán los chicos.

Carmelo le hizo caso. Intentó centrarse en los pocos pasos que le separaban de la puerta. La abrió y efectivamente eran los sobrinos de Jorge. Encabezaba el pequeño, Rafa. No saludó, solo se abrazó a Carmelo. Éste sonrió contento y se agachó a besarlo.

-Me gusta esa camiseta que llevas.

-¿A que es guay? Se la he mangado a mi hermano. Ya no le vale. Me mola.

Los tres venían cargados con sus mochilas. A parte, Kevin llevaba una caja isoterma con las cosas que había preparado su madre.

-Hay para un regimiento. – avisó Dulce. – Espera que te ayudo, Kevin. Para un rato pesa.

Entre los dos la llevaron a la isla de la cocina.

Entonces, los saludos entre todos se convirtieron en los protagonistas. Todos se conocían porque ya habían compartido acampadas en el confinamiento. Le preguntaron a Mariola por su nieta Asia. Había sido el juguete de todos durante una de las acampadas.

-Está con sus padres. Se han ido un par de días de viaje.

-Un par de días dice – Rodrigo hacía gestos para indicarles que el viaje era mucho más largo.

-Es la costumbre, como tú solo vienes por un par de días siempre …

-No pierdes ocasión para echármelo en cara. No te quejes que ahora voy a estar casi cinco días.

-¿Y nos vas a dedicar uno? – Carmelo tampoco perdió la ocasión de bromear.

-Para que valoréis lo que os quiero.

-Y eso que no está Jorge – bromeó de nuevo su madre.

-Pero he hablado con él. Le he hecho una video conferencia. Os fastidiáis. Hemos estado casi una hora hablando.

-¡Que fino! Yo hubiera dicho ¡Os jodéis!

-Así le has entretenido el viaje. – dijo Carmelo sonriendo por las bromas.

-Tengo hambre – se quejó Rafa.

-Enano, pero si acabas de comer.

-Ya, de aquella manera. No me jodas Kevin.

Kevin y Dulce se sonrieron.

-¿No os ha dado de comer vuestra madre? – Mariola hizo la pregunta que todos se estaban haciendo.

-Va. Estaba liada. Había preparado … bueno, unas cosas … pero debía haberle echado sal cinco veces.

-O diez – dijo Rafa moviendo la mano como si se hubiera quemado y quisiera mitigar el dolor.

-Y como no le gusta que metamos mano en la cocina …

-Papá no estaba en la tienda. Tenía algo por ahí … últimamente siempre tiene algo por ahí.

-Será por la tienda nueva – dijo Carmelo.

-Será – aunque el tono de Rafa era el de quien no se cree nada.

-Pues ala, ahora solucionamos lo de la comida fallida. Ahora mismo solucionamos eso. ¿Qué os apetece? ¿Bocata o unas cosas que hemos preparado?

-Tía Mari, lo que has preparado. ¿Has hecho esa empanada de carne guisada?

Esta vez había sido Kevin el que hizo la petición.

-Claro. Con lo que os gustaba a los tres, no podía faltar.

-A este más – bromeó Dulce señalando con el dedo a su hermano mayor. – Yo creo que a veces sueña con ella.

-Que exagerada.

Entre todos fueron llevando las viandas que Mariola sacó para esa comida-merienda no prevista. No quiso llevar demasiadas para que luego cenaran en condiciones. Salieron todos a la terraza. Álvaro no se había olvidado de levantar los cristales especiales que evitaban ser vistos desde los edificios de enfrente. A parte, hacían también de cortavientos. En cuanto vieron las guitarras empezaron a pedir a Álvaro y a Carmelo que cantaran algo.

-Luego, luego – se excusó el anfitrión. No parecía estar todavía en plena forma.

Alan que había cumplido su promesa y estaba vigilando en la terraza se dio cuenta y acercó una de las butacas que constituían el mobiliario fijo de la terraza.

-Siéntate un rato.

Carmelo dudó, pero el gesto decidido de su escolta, le hizo darse cuenta que no podía hacer otra cosa. Sus escoltas eran ya las personas que mejor lo conocía, por estar a su lado siempre. Sonrió y se sentó.

-Pues me apetece cantar. – dijo Álvaro con voz alegre. Parecía que esa reunión había conseguido que se olvidara de todos sus problemas.

-Canta esa canción que me ha dicho mi madre que cantaste en Pasapalabra. – pidió Rodrigo.

-¡Esa, esa! – su madre se unió a la petición.

Álvaro afinó en un momento la guitarra y se puso a ello.

.

Sergio Romeva salió de las oficinas de la editorial “Alma de poeta” bien entrada la tarde. Habían pedido unos bocadillos para comer un poco sin dejar de preparar las cosas que estaban pendientes. La imprenta había accedido a darle un plazo de pago que podrían cumplir y se habían puesto con la reimpresión de las cuatro novelas de Caín Varta que se habían publicado hasta ese momento. Ya habían concretado el envío urgente de los ejemplares que había reclamado la distribuidora en Estados Unidos. Con suerte, a principios de la semana siguiente, estarían ya disponibles en las librerías que no tenían existencias.

La maquetación y corrección de la siguiente novela estaba ya en marcha. Irene se había puesto a ello. Mª Paz había dicho que sí a la oferta de trabajo y apareció allí al cabo de un par de horas, lo que tardó en llegar. Máximo había conferenciado con Genoveva Paris, su otra autora de éxito y empezarían los preparativos para lanzar su nueva novela en unos días.

Mientras ocurría eso, Sergio llamó a Remus Monleón, alias Carletto, aunque ninguno de los dos nombres era el suyo real. Como siempre que hablaban, Carletto le preguntó por Carmelo. Éste le contó algunas cosas de él, cosas que sabía que no le iban a afectar al ánimo. No le notaba muy … centrado. Se apuntó mentalmente acercarse un día a charlar con él. Una vez solventada la curiosidad por su antiguo compañero de fatigas, Sergio le contó lo que pretendía.

-Si lo tengo en cartera, hablar de ese Caín Varta. Me gusta. En algunas cosas me recuerda a Jorge escribiendo.

-Eso mejor no lo digas. Quiero que Caín tenga su propia carrera sin que todos …

-No te preocupes. Me parece bien.

-Y si puedes hacer que alguno de tus amigos de Estados Unidos hablen también de él …

-Si me dicen que sus novelas en español están agotadas desde hace tiempo.

-La semana que viene recibirán nuevos ejemplares.

-Bueno, lo comento.

-Y si puedes ir cebando que va a haber nueva novela en unas semanas …

-¿Por qué nunca me has hablado de ese autor hasta ahora? ¿Quién es?

-Es anónimo. No sé ni que pinta tiene. Y no quería nada de publicidad. Pero pensándolo bien, esto no es publicidad – procuró poner un tono de voz un poco desenfadado.

-Me pongo a ello.

-¿Estás bien Roberto?

-Sí, sí. No te preocupes. ¿Jorge también está bien?

-Sí, de viaje.

-¿A Yuste? He visto anuncios de su encuentro con lectores.

-Sí.

-Te dejo.

Sergio no tuvo opción de decir nada más. El influencer había colgado. Pero justo antes, le pareció oír una arcada.

Apartó esa idea de su mente, porque Máximo había salido a buscarlo.

-Lo de Genoveva está en marcha. Y he llamado a Maverick Alcántara para decirle que sí que le publicamos.

-No lo conozco.

-Es un influencer que me trajo una novela hace unas semanas. Le habían dicho que no en Campero y en Planeta. Pero me gustó.

-Me alegro. A ver si das con la tecla.

-A lo mejor no te importaría leerlo y decirme tus impresiones.

Sergio se sonrió. No le apetecía convertirse en asesor de Máximo. Pero ya que había dado el paso de ayudarlo …

-Te advierto que si no me gusta a mitad, lo dejo.

-Si llegas a la mitad, no vas a poder dejarlo. – Máximo sonrió.

Cuando Sergio salió por fin del edificio, se sintió cansado. Se alegró de haber cancelado sus citas para esa tarde. Se pasaría por su oficina y se sentaría en su despacho y se bebería un whisky del que solía decir Carmelo que solo se lo daba a los VIPS. Y no le faltaba razón, el único que bebía de esa botella era Carmelo del Rio. Y él era el VIP más VIP que había pasado por allí.

Empezó a caminar por la calle. Necesitaba hacer un poco de ejercicio. Marcó el número de Jorge, pero le dio comunicando. Al cabo de unos cientos de metros, se lo pensó mejor y se acercó a la calzada para parar un taxi. Tuvo suerte y casi al instante pasó uno desocupado. Se sentó en la parte de atrás y se acomodó en el asiento.

No tuvo mucho tiempo de relax, porque Jorge le devolvió la llamada.

-Acabo de salir de donde Máximo. – le anunció sin más preámbulos

-¿Llevas todo el día allí? ¿Tan mala era la situación?

-Doscientos mil euros de mal. ¿Te parece poco? A parte del ánimo en el subsuelo.

-¡Joder!

Le hizo un resumen de lo que habían hecho. Obvió comentarle el estado en el que había visto a Carletto y el tema de que Máximo era amigo de Fidel y de otros damnificados de Anfiles. Prefería hablar ese tema en persona. De hecho, no le comentó ni que había llamado a Carletto.

-En tres semanas estará la nueva novela de Caín Varta en las librerías.

-Esperemos que Máximo levante el vuelo.

-Es tu mejor novela con ese nombre. Creo que se va a vender muy bien. Hemos planificado casi ciento cincuenta mil ejemplares para empezar.

-No está mal.

-En Estados Unidos se vende muy bien en español.

Comentaron algunas cosas más. Pero cuando casi estaba llegando a la oficina y decidió cortar la conversación, Jorge le dijo:

-Me ha contado Dani esta mañana que conoció a Celia Gámez y que cantó con ella en un acto. No he visto nada de eso en las redes ni en ninguna plataforma de vídeo. Me parece raro. Debería haber sido noticia. Una estrella de la canción con muchos años y un pipiolo como era entonces Dani, haciendo el grito de guerra: “Azúcar”.

Sergio se quedó sorprendido.

-Eso tuvo que ser muy al principio. Esa mujer lleva muerta muchos años.

-¿Estará soñando?

-No sé. Deja que mire papeles y pregunte. No tengo ni idea de lo que dices. ¿Cuándo dices que fue?

-Después de su segunda película. En una entrega de premios o algo parecido. Para que cantara ella … No era una cualquiera.

Sergio se quedó callado, intentando recordar algo de todo eso que le contaba Jorge. Su mente estaba en blanco.

-No tiene importancia. No … olvídalo.

-Te dejo, que tengo que pagar el taxi. Me dices cuando empieces la charla. Si puedo la veo por streaming. La transmiten.

-Claro. Luego me cuentas que te parece.

Sergio pagó el taxi y se bajó. No tenía importancia lo de Celia Gámez pero a él … le había dejado mal cuerpo.

-Se ha jodido el whisky tranquilo. ¡Maldita mi estampa!

Algunos viandantes se lo quedaron mirando. Había hablado más alto de lo que creía.

.

La acampada estaba siendo un éxito. Todos habían conseguido olvidar sus preocupaciones o sus estados medio catatónicos a base de juegos, risas y bromas. Uno de los juegos preferidos de Rafa acaparó parte de la tarde: “Y si te contara o contase”. Era un juego que se había inventado Jorge en el confinamiento, en que todos participaban en la creación de una historia. Cada vez proponía uno un comienzo. Y a partir de ahí, todos participaban en su creación. Rafa era el encargado de hacer de secretario y de acabar el juego transcribiendo la historia. Historia que al final siempre acababa con unos toques del niño, que hacía honor al hecho de ser sobrino de Jorge Rios: no se resistía a incluir las ideas que se le ocurrían mientras le daba forma. Esas historias estaban todas en la nube de Jorge. Pero a saber en que carpeta. Aunque no lo habían comentado con él, los niños no habían sido capaces encontrarlas, alguna vez que les apeteció volver a leerlas.

Carmelo se encargó, una vez recuperado su pulso vital, de preparar la cena, siempre con la ayuda de Mariola que no acababa de tenerlas todas consigo. No dejaba de mirarlo de reojo cada poco tiempo. Los niños estaban hablando con Rodrigo y con Ester. El primero les contaba historias de París y la segunda les contaba anécdotas de sus últimos rodajes. Álvaro se había sentado un momento en la butaca que al principio de la reunión había ocupado Carmelo hasta despejarse completamente, y él hizo el viaje contrario: se quedó traspuesto. Y es que para él, era el primer día que verdaderamente conseguía relajarse desde hacía meses. Había conseguido olvidarse del todo de sus problemas. Ester se preocupó de taparlo con una manta que le acercó Carmelo.

Las siestas de Álvaro no eran como las de Carmelo, al menos las de ese día. A la media hora estaba de nuevo en forma y cogiendo la guitarra con la intención de cantar algo. Los chicos se acercaron a él y se sentaron enfrente, en primera fila. Mariola ocupó ella esta vez la butaca. Carmelo que lo vio, acercó otras dos que estaban apartadas en un rincón.

-Mucho acampada pero al final … ¡¡Butaca!!

-Si me siento en el suelo a lo mejor no me levanto – Mariola se echó a reír. – Lo que te he dicho antes, te lo he dicho en serio. Me preocupa el ritmo que lleváis Jorge y tú. Un día os va a dar algo y no vais a poder seguir ayudando a la gente.

-¡Mamá! ¿Qué quieres que cante? – preguntó sonriendo Álvaro.

Mariola sonrió con picardía. Le gustaba cuando Álvaro le llamaba mamá. Solo lo había sido en la ficción en dos ocasiones, pero entre los dos se creó un vínculo afectivo muy parecido al de una madre y su hijo en la realidad. A veces incluso, cuando le preguntaban por cuantos hijos tenía, Mariola incluía a Álvaro. Sus hijos no decían nada. Al final habían acabado por considerar a Álvaro como de la familia.

-Cualquier cosa. Sabes que me gusta todo lo que cantas.

-¿Por qué no cantas esa canción que me mandaste hace unas semanas? Esa que acababas de componer con unos versos de Jorge.

-¿El tío escribe poesía? – Dulce miraba a Rodrigo con cara de sorpresa.

-Sí, escribe poesía de vez en cuando. – Álvaro fue el que respondió. – Aunque Rodri se refiere a unos versos que aparecen en “deJuan”.

-Tu novela preferida – Carmelo sonrió al decirlo.

-Sería una gozada poder interpretar a Juan si un día se lleva a la pantalla.

-Y yo seré tu madre de nuevo – Mariola lo miraba orgulloso.

-Venga, canta. Y después acercamos la cena.

-¿Y si abrimos esas mesas altas y cenamos sentados en condiciones? – propuso Mariola.

-¡Guay! – dijo Rafa.

Álvaro cantó. Todos escucharon absortos. Salvo Rodri, ninguno la había escuchado antes. A Mariola se le saltaron las lágrimas. Al escuchar la canción había recordado esos versos que aparecían en la novela. Le recordó cuando ella estaba enferma y Jorge se los recitaba una y otra vez, porque la emocionaban.

Todos aplaudieron. A todos pareció gustar. Y a algunos, a parte de Mariola, les había emocionado. Hasta Álvaro tenía los ojos ligeramente brillantes.

-¿Y si cenamos? – propuso Carmelo, quien de repente parecía tener apetito o más bien quería romper ese ambiente de melancolía en el que les había sumido la canción de Álvaro.

Entre todos prepararon la mesa y acercaron algunas sillas de la cocina. Mariola y Carmelo se ocuparon de ir llevando la comida. Rafa se encargó de pasarles a los escoltas su cena. Como ya había previsto Carmelo, se acercó a la terraza a ver como manejaban los drones. Luisete se apiadó de él y le dejó quedarse unos minutos.

-Pero te tengo que tomar juramento de que guardarás el secreto. – le dijo muy serio.

-Lo juro – contestó el niño igual de serio o incluso más.

Luisete le revolvió el pelo y dio por bueno el juramento. Le estuvieron enseñando como se manejaban los drones y las imágenes que captaba. El niño miraba todo con mucha atención.

-¿Por qué quieren matar a mis tíos?

La pregunta les pilló a todos a contrapié. Alan fue el que le explicó.

-Hay algunas personas que no quieren bien a tus tíos. Las razones no acabamos de tenerlas claras.

-Pero mis tíos son buenos.

Alan sonrió.

-Lo son.

-Tenéis que cuidarlos. Hay muchos que necesitan … necesitamos a … les necesitamos. ¿Y el primo Martín?

-Se va recuperando. Creo que pronto podrás ir a verlo. De todas formas, dile a tu tío Jorge. Él te contará más cosas.

-Guay.

-Debes volver con el resto – le dijo Luisete sonriendo.

Le acompañó hasta el piso de Jorge. El niño se sentó en el sitio que le habían guardado sus hermanos. Dulce se lo quedó mirando preocupada.

-¿Estás bien? ¿Te duele otra vez la cabeza?

-No, estoy guay, de verdad. Vamos a cenar que tengo hambre.

La cena bien, gracias. Los halagos crecieron según iban probando los distintos platos. Cocinando Mariola era difícil que eso no pasara. De nuevo las conversaciones y las bromas tomaron el control de la velada. Cuando llegó el momento de los postres, Kevin sacó un libro de la mochila y se lo tendió a Carmelo.

-Dani, nos gustaría que lo leyeras.

Carmelo lo miró desconcertado. El tono había sido muy … serio. Muy formal. Leyó el título.

-“The 8:30 p.m. performance.”

Fue pasando las hojas. Comprobó que en algunas de ellas los niños habían puesto unos marcapáginas. Leyó algunos párrafos.

-Lo dejo en la mesilla para leerlo.

Pero los niños seguían mirándolo fijamente.

-¿Lo habéis leído los tres? ¿Os ha gustado?

-Sí.

-Tenéis buen nivel de inglés.

-El tío Jorge nos paga las clases avanzadas – dijo Rafa. – A los tres nos gusta.

-¿Lo habéis comprado vosotros?

-Nos lo recomendaron en la academia – esta vez fue Dulce la que dio el dato.

En ese momento cambiaron las tornas. Ahora era Carmelo el que miraba a sus sobrinos fijamente y ellos los que se miraban entre ellos. Carmelo decidió leer algunas páginas al principio del libro.

El resto, lo miraban expectantes. Se habían intercambiado algunas miradas desconcertadas. Pero la gravedad del gesto que de repente habían adoptado los niños, les llamaba la atención.

Carmelo seguía leyendo. De vez en cuando se frotaba la barbilla con la mano. Dio un salto adelante y fue al primer marcapáginas. Vio un pequeño asterisco al principio de un párrafo a mitad de la hoja. Empezó a leer allí. Según iba avanzando en la lectura, su gesto de acariciarse el mentón se fue haciendo más evidente. Alan en la distancia empezó a preocuparse. Ese gesto era característico del actor cuando algo le incomodaba.

De repente Carmelo cerró el libro y lo dejó sobre la mesa. Lo apartó de él en dirección a Ester. Ésta lo cogió. Dudó, pero al final lo abrió y empezó a leer directamente en la primera marca.

-Perdonadme, no me encuentro bien.

Carmelo se levantó, bebió el resto de su copa de vino y apartó la silla.

-Me voy a la cama.

Y sin más, abandonó la terraza.

.

Cruz empujaba la silla de ruedas en la que Urano, uno de los chicos de Vecinilla, había ido a hacerse unas radiografías. El joven músico se solía poner muy nervioso. Verse impedido y tan torpe, le incomodaba. No le gustaba que le tuvieran que ayudar. Intentaba hacerlo él todo, pero las piernas y los brazos no los tenía fuertes todavía. Y se tropezaba con facilidad o le daba un calambre en alguna de las piernas y ésta le dejaba de mantener de pie.

Jorge el escritor, había ido alguna vez a verlos. A él era al único que le dejaba cogerlo en brazos o ayudarlo. De alguno de sus compañeros también aceptaba esa ayuda, pero para algunas cosas, tampoco tenían todavía fuerzas para sostenerlo.

Cruz no sabía por qué, desde que los chicos llegaron, ese Urano le había ganado el corazón. Todos esos jóvenes eran maravillosos. Educados, callados. Hacía caso a casi todo, salvo en lo de comer y dormir. Pero esas cuestiones no eran por rebeldía. Era por su estado físico y mental.

Ese otro chico, Sergio, músico como ellos, había ido a visitarlos algunas veces. Coincidió en la hora de la comida. Él si consiguió que comieran algo más. Él, por lo que había oído comentar Cruz, tampoco era un ejemplo en ese sentido. Pero hacía un esfuerzo y comía junto a ellos. El personal encargado del reparto de la comida, si lo veían en la sala en la que estaban los chicos, le dejaban una bandeja para él. Luego sacaba el violín y tocaba algo. Los primeros días lo hizo solo. Pero poco a poco, se le fueron uniendo algunos de ellos. Jorge en sus visitas, también les insistía para que hicieran música, como lo denominaba. Y al final acababan tocando algo, pero porque no sabían como decirle que no al escritor.

De todas formas la perseverancia de ambos, consiguió que cada vez más, saliera de ellos empezar a tocar. Jorge había cumplido la promesa que le hizo Sergio a Igor y le había llevado a éste un teléfono móvil. También se lo llevó a David y a Urano y a algún otro de los chicos.

-Son para que los compartáis entre todos. – les advirtió Jorge.

Casi no hacían uso de ellos. Solo llamaban o se mensajeaban con Jorge y con Sergio. Dídac cada dos o tres días llamaba a alguno de los teléfonos y hablaba con ellos. Eso les llenaba de orgullo. Dídac era su ídolo. Alguna vez Dídac había compartido con ellos alguna cosa nueva que había escrito. Cuando eso pasaba, se reunían todos alrededor del teléfono y escuchaban atentamente. Luego, a lo mejor a la semana, Dídac les mandaba un enlace y en él, podían ver la música que les había tocado en primicia en la promo de una serie o de una película. Eso les hacía sentirse importantes.

Emilio vio por el ventanal acercarse a Urano acompañado de Cruz, la enfermera jefa. Se levantó para abrirla la puerta. Ella le sonrió agradecida.

-¿Bien? – Emilio se quedó mirando a Urano.

Éste a modo de respuesta se encogió de hombros.

-Está enfadado porque no ha podido subirse solo a la mesa.

-Cada día estás más fuerte Uri – Emilio se agachó y le dio un beso en la mejilla.

-Soy un inútil. – se quejó Urano.

-¿Llamo a Jorge?

Urano puso morros y bajó la cabeza.

-No quiero que se entere …

-¿Qué te dice cuando habla contigo?

-Que me ve mucho mejor, que no me queje tanto y me deje cuidar.

-Eso no me has dicho a mí – Cruz lo miraba sonriente. – Me parece que voy a llamar a ese Jorge yo misma.

-No. – dijo en un susurro.

-Venga, cada día estás más fuerte. Y si hicieras con más ganas los ejercicios que te manda el médico …

-Me duele … ya estoy harto de dolores.

Cruz ante eso se quedó sin respuesta. Le acarició la cara y le ayudó a sentarse en una butaca.

-Luego deberías hacer algunos ejercicios. Por lo menos, media hora.

-Sí, pesada. Necesito coger un poco de aire.

Cruz se acercó a sus compañeras que estaban preparando la toma de medicación. Al girarse para mirar de nuevo a Urano, se fijó en una mujer que había visto varias veces pendiente de los chicos. Estaba a unos metros, en el pasillo. Hacía que miraba el móvil, pero en realidad miraba la sala y los guardias civiles que tenían encomendado el cuidado de los jóvenes músicos.

-¿Conocéis a esa mujer? – les preguntó a sus compañeras. – No miréis todas a la vez.

-Ya sé quien dices – dijo Aroa. – La veo mucho. Un día la pregunté y me dijo algo de que tenía a una hermana ingresada.

-¿Y por qué no está con su hermana y en cambio está mirando aquí?

-Es verdad, siempre mira.

-¿Conocerá a alguno?

-Le pregunté un día – dijo Candelas – pero todo lo que me contó, sonó a mentira.

-¿Lo habéis comentado a los guardias?

-Se lo comenté un día a ese Jacinto, el que suele estar al mando. Me dijo que lo investigaría.

-Pues mucho no ha debido investigar.

-Tampoco ha vuelto desde ese día.

-Curioso.

Cruz se decidió y se fue directa a ver a la mujer. Ésta, cuando vio que la enfermera caminaba hacia ella, se dio la vuelta para irse.

-¡Usted! ¡Señora!

La mujer se metió rápidamente en un ascensor que estaba cerrando las puertas y desapareció. Cruz fue en busca de uno de los guardias que se ocupaba de vigilar a los chicos.

-¿Se ha fijado en esa mujer?

El guardia levantó las cejas.

-¿Qué mujer?

-Esa que parece vigilar a los chicos.

-No hay nada de que preocuparse. Usted haga su trabajo que nosotros nos encargamos del nuestro.

El tono había sido rotundo. Y un poco despectivo.

-Dese por avisado, Félix Andrade – Cruz miró el nombre que venía apuntado en la galleta del guardia.

-Pues vale.

Cuando volvió a la sala al lado de sus compañeras, Candelas le sonrió.

-Ese Félix es un engreído.

-Ya te digo. Pues si no hace nada él, creo que cogeré el teléfono de los chicos y le llamo al escritor. No me mola nada esa mujer y menos el tipo ese.

-Alguna vez les he visto mirarse. – comentó Mabel – Y no era mirarse en plan ligoteo, que os veo venir.

-¿En que plan?

-En plan mensaje en clave.

¿No os estaréis montando una película de miedo? – Marta miraba a sus compañeras en tono de broma.

-¿Te crees que estos chicos, lo que han pasado, no es ya de por sí una película de miedo? Tú les atendiste cuando llegaron. Estabas en Urgencias.

-En eso te tengo que dar la razón, Cruz.

-Pues creo que … si vuelve esa mujer, llamo al escritor ese. No me quedo tranquila.

-Él tiene hilo directo con los jefes policiales. Él sabrá que hacer – dijo Candelas.

-Lástima no haberla sacado una foto.

-Yo se la he sacado cuando ibas hacia ella. – comentó Aroa.

-Y yo he sacado a ese Félix. – dijo Marta.

-O sea que al final, mucho que si nos montamos una peli de miedo …

Marta movió la cabeza dudando.

-A mí también me mosquea. Y la forma de vigilar que tienen estos. Ni controlan ni …

-¿No tenías tú un hermano Guardia Civil?

-Pero si le digo … si le voy hablando mal de unos compañeros, me va a mandar a tomar el aire a Sierra Nevada.

-Eso es delicado, sí.

-Espera – Candelas parecía haberse acordado de algo. – Una compañera en el Gómez Ulla tiene el teléfono de una de las policías que va con Jorge el escritor. Vino el día del primer concierto de los chicos, el día que vino Dídac Fabrat. Pero se quedó fuera observando.

-Ella sabrá que hacer.

-Voy a llamar a Elisa. Que le cuente.

-Pero bueno, estamos tontas. Si el Dr. Manzano es amigo de los policías esos de Madrid. Estuvo hablando con ellos después del concierto.

-Pero el Dr. Manzano …

-Es majísimo. Parece un poco creído, pero es una pose. Hacedme caso. Creo que está en el hospital. Voy a buscarlo. ¿Os encargáis de las medicaciones?

-Claro.

Cruz salió decidida de la sala camino de los quirófanos.

Jorge Rios.”

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Necesito leer tus libros: Capítulo 98.

Capítulo 98.-

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La historia se repetía. Al igual que la última noche que pasó en la casa de Cape con Carmelo durmiendo con éste, Jorge esa madrugada se había desvelado. Y al igual que hizo en esa otra ocasión, salió de exploración por las partes de la casa que no había visitado. Decidió subir al otro piso y probar las otras habitaciones de invitados. Esta vez no descubrió olvidadas en los cajones, ninguna pieza de ropa interior ni de mujer ni de hombre. Pero a cambio, se encontró con que las escaleras seguían subiendo, hasta otra planta que no tenía presente. Y allí, ante su asombro se encontró en ese ya sí último piso de la casa, una terraza enorme que al parecer Carmelo no la hacía ni caso. No la usaba para nada, ni siquiera la había citado. La parte cubierta de esa planta, la constituían, a parte de la escalera que daba acceso, un pequeño gimnasio con diversos aparatos. No les había oído a ninguno, que él recordara, que la usaran ni siquiera de vez en cuando. Carmelo al menos solía preferir salir a correr por el campo y luego nadar en el remanso del río. De nuevo se le había olvidado como llamaban a ese sitio. Nunca lograba retener el nombre.

Abrió la puerta que daba a la terraza y salió a la misma. Tenía una vista impresionante de toda la zona. El río justo en frente, a bastante distancia. Lo que parecía ese remanso famoso por ser el lugar de reencuentro de Cape y Carmelo. Por la parte de la izquierda, la carretera que llevaba a otro pueblo cercano que se vislumbraba a lo lejos. Veía cientos de vacas pastando apaciblemente por la parte derecha. Una mujer que parecía joven las guiaba ayudada de un perro. Casi no se veía pero creía que en esa parte estaba la granja de Felipe y Ana.

Venía un buen día. El sol parecía subir poco a poco desde las profundidades del horizonte. Daba la sensación de que llegaba con fuerza. Todavía no ganaba la partida al frescor de la mañana, pero Jorge estaba seguro que saldría triunfador. Cerró los ojos y respiró profundo. Ese aire que se sentía distinto al de la capital… esa paz… los rumores cercanos, pero a la vez presentes, de los pájaros cantando, saludando al día, del río en su apacible caminar hacia otros destinos …

Volvió a abrir los ojos y fue paseando de nuevo la mirada por el paisaje que abarcaba la vista desde esa atalaya. Un hombre caminaba por en medio del campo en dirección al pueblo. Por su apostura, Jorge intuyó que era ese Alberto que había regresado del horror la noche anterior. Recordaba a Carmelo contándole que fue con el primero que compartió el remanso. Jorge se maldijo porque seguía sin recordar el nombre que le daban. “Con la de veces que me lo ha repetido Carmelo” “Puta cabeza la mía”.

Miró por la terraza buscando algo donde sentarse. En una esquina vio una silla vieja, y con una pinta de endeble que no podía con ella. Pero Jorge fue a cogerla decidido. Al lado vio otra silla, igual de ajada, pero que parecía más fuerte. Hizo presión en las dos y se decantó por la segunda, más que nada porque la primera crujió con estridencia al presionar con un poco de fuerza. No quería acabar despatarrado en el suelo. La trasladó y se puso cerca de la barandilla. No necesitaba asomarse porque la misma era de cristal transparente, salvo el apoyabrazos de arriba. “Si yo viviera aquí de seguido, la usaría todos los días”, se dijo Jorge.

Siempre había sido un urbanita. No le solía gustar el campo. Cuando prestaba atención a las conversaciones de la gente que estaba sentada a su lado en cualquier bar, siempre le llamaba la atención que muchos parecían añorar los paseos por el campo, la tranquilidad de los pueblos … “Joder, pues lárgate a vivir allí, no te jode”. “¡Ah! ¿Que no es tan fácil vivir en los pueblos?” “Solo los quieres para ir los fines de semana y dejar todo lleno de basuras”.

Le daban ganas de levantarse, acercarse a su mesa y decírselo.

Pero claro, no tenéis el súper al lado de casa, ni Zara. Y eso es un problemón. El campo de visita, dominguero de los cojones. Y tener relación con los vecinos de una forma que en la ciudad no tienes. ¿Lo soportarías? ¿Saldríais con bien del escrutinio diario de tus convecinos?

Abrió su portátil y se lo puso encima de las piernas. Lo encendió y esperó a que se iniciara correctamente. Le apetecía escribir aunque la postura le parecía incómoda. La silla en sí era incómoda. Además tenía un muelle que se le estaba clavando en el culo.

Escuchó un ruido a sus espaldas, pero no le dio tiempo a darse la vuelta. Carmelo le estaba poniendo una mesa delante de él para que apoyara el portátil. Jorge buscó su rostro y le sonrió agradecido. Solo fue un instante porque rápidamente cambió el gesto y se aprestó a abroncarlo.

-Me parece idiota bajo todo punto de vista, tener una terraza como ésta, que se podrían dar banquetes aquí y no tener un puto mueble. ¿Es que estás tonto Daniel? No me jodas. Es maravillosa esta terraza. Mira por ahí, creo que era tu amigo Alberto que volvía de ese remanso de los cojones y que nunca me acuerdo como se llama. Y encima, lo peor de todo, con el tiempo que he pasado aquí estos últimos días, no me había percatado de su existencia. ¿Por qué me has ocultado este oasis maravilloso? ¿Esta atalaya en la que poder observar el mundo sin que se note? La próxima novela la voy a escribir aquí y la ambientaré en un pueblecito maravilloso y lleno de gente con cosas que ocultar.

Carmelo sonrió y se agachó para darle un beso en los labios.

-Buenos días Jorge. Veo que te ha sentado bien el aire del campo. Ese remanso lo llaman en el pueblo “El Estanque de los encuentros”, aunque algunos empezaron a llamarlo, “El Remanso de Dani.” Pero éste último era de coña. Que conste que me he dado cuenta que esta misma conversación la hemos tenido no menos de diez veces. Me parece que en la vida te vas a acordar del nombre del remanso de los cojones. Salvo el otro día en que te salió a la primera cuando intentabas doblegar mi intención de lamerme las heridas y permanecer tirado en la alfombra lamiéndome las heridas.

-En esa frase he oído mucho el verbo lamer. Y también la palabra “heridas”.

Jorge hizo un ruido raro como de aguantarse la risa, pero al final soltó la carcajada.

-No te cortas, si vas en pelotas.

-Como si fuera la primera vez que me ves desnudo, escritor. Eres la persona en el mundo que más veces me ha visto desnudo. El otro día , te vuelvo a recordar, me pediste que me desnudara para verme andar en pelotas.

-Sé a ciencia cierta que eso de que soy la persona que más veces te ha visto desnuda no es cierto. No tienes en cuenta a esos fans que se repiten en bucle las escenas de tus películas en las que sales sin ropa, querido.

Carmelo sonrió, cogió la mano de Jorge y se la puso sobre sus genitales.

-Pero ellos no pueden tocar mi paquete.

Jorge empezó a juguetear con la mano que Carmelo le mantenía sobre su pene. Soltó una breve carcajada y le apartó la mano de un golpe.

-Que me excitas, escritor. Te recuerdo que Cape está a pocos metros y puede venir en cualquier momento. Me echará en falta. Y no está bien que le demos envidia.

-¿Ese que dicen por ahí que es tu marido?

-Ese – Carmelo sonreía divertido. Se agachó y beso a Jorge en los labios.

-Pues me estaba gustando lo que estaba tocando. Me disponía a probarlo. Ya sabes, como los niños que todo se lo llevan a la boca. Para conjugar ese verbo que tanto te gusta: lamer.

-¡Qué cabrón! Ahora me sentiré … desgraciado. De todas formas, sigo diciendo que, a pesar de todo, eres la persona que más veces me ha visto desnudo.

-Eso es fácil, querido. En París no te ponías un calzoncillo salvo para salir de casa. Me acostumbré a la vista. Y durante el confinamiento lo mismo. Pero que sepas, que al final un día no me voy a poder contener y me voy a lanzar a tu cuerpo, como casi pasa hace un momento. A practicar el verbo ese que has repetido en una misma frase dos veces. ¡En una misma frase!

-Pues aquí está, querido. Mi propuesta de nuestra presentación sigue en pie. Y cuantas veces decidas aceptarla, me harás el hombre más feliz de todo el Universo.

-Sí, sí, mucho dices eso, pero hace un momento me has apartado la mano. No sé que de ese que duerme abajo y nos puede pillar. Me has dejado con la miel en los labios.

-Y por cierto, quiero hacerte ver que tú me echas en cara estas cosas, salir desnudo a la terraza cuando hace un frío que pela, repetir una palabra dos veces en una misma frase … y yo no he hecho sangre de que de nuevo, no sepas como se llama el remanso. ¿A qué ya se te ha olvidado de nuevo?

-Como si eso no hubiera pasado ya un montón de veces. Somos dos amantes … intensos y que le dedicamos un tiempo importante al hecho de … amarnos. Sobre el resto de cosas que has dicho, se me han olvidado.

-¡Calla! Así la próxima seguirá siendo la primera. Y la siguiente y la siguiente … me pone caliente pensar que todas son nuestra primera vez. Ese momento en que me insinúo y tú, tras mostrarte renuente, acabas cediendo y cayendo en mis brazos.

Carmelo lo miraba sonriendo. Decidió provocar más al escritor y se sentó sobre sus piernas, de medio lado, abrazando su cuello. Jorge sonrió negando con la cabeza, como si se tuviera que resignar a las excentricidades del actor, y no estuviera él mismo encantado. Sujetó con una de sus manos las piernas para que no se escurriera y le dio un beso.

-O tú en los míos – se rió Jorge. – Esta silla no es tan cómoda como nuestras butacas.

-En eso te doy la razón. No me sueltes que nos vamos al suelo, que me resbalo.

-Te tengo bien agarrado. Eres mío.

-¿Qué se te ha ocurrido para lanzarte a escribir como un poseso? Esta película de todas formas me suena. En casa de Cape, como te dejé solo durmiendo, te desvelaste y fuiste a buscar ropa interior por la parte de la casa que no habías visitado. Hoy has hecho lo mismo, pero hoy tienes el ordenador.

Aprovechó la cercanía de sus bocas para volver a besarle los labios.

-Eres un mamón. Sabes que tus besos me dan la vida y te aprovechas. Tienes razón, me he despertado, he ido al servicio, y ya no me he podido dormir. Mi alma de explorador ha tomado el control. Hoy hay otra diferencia: tú estás despejado, no como ese día que apenas despertaste. Hoy puedo acariciarte y morderte los pezones sin tener la sensación de que me estoy aprovechando de tu estado de consciencia.

-Piensa que para millones de personas ahora mismo, eres lo peor. Estás en un lugar en el que querrían estar ellos.

-Y ellas.

-Y ellas.

-Pues que se jodan. Estoy yo. Y te tengo solo para mí.

-Dime lo que vas a escribir, anda.

Jorge le contó sus pensamientos al salir a la terraza y contemplar las vistas.

-Oye, entra y ponte algo encima. Te vas a enfriar. – reconvino Jorge. – La mañana está fresca y el sol todavía no ha cogido fuerza.

Carmelo le hizo caso, más que nada porque notaba que se estaba quedando frío. Se levantó no sin antes volver a besar a Jorge. Este se acomodó y empezó a escribir de nuevo. Pero Carmelo no tardó en volver a la terraza. Venía ya vestido con un chándal grueso y una chaqueta de lana encima. También se había calzado unas deportivas Converse. Traía dos sillas agarradas con su mano derecha y otra chaqueta para Jorge.

-Póntela, que al final te vas a quedar tú helado. Y espera que voy a por unas zapatillas. Mucho decir de mí, pero estás descalzo.

No tardó nada en volver. Traía unas Nike sin cordones. Se las dejó al lado de los pies. Jorge los metió en ellas.

-Hacía tiempo que no te las veía.

-Las dejé aquí. Como tengo acuerdo con Converse, siempre uso las suyas. Ahora te las dejaré en tu armario. Para que las uses cuando estemos aquí.

-Me gusta vestir de ti.

-Que bobo eres. Tienes mi vestuario a tu disposición. Cuéntame eso que ibas a escribir.

Jorge había cambiado la vieja silla que había encontrado en un rincón por la que le había acercado Carmelo. Éste se había sentado en la otra silla, pero había puesto sus pies en el regazo de Jorge. Este sonrió y le quitó una de las deportivas que llevaba y le empezó a dar un masaje en el pie.

-Es que ese pensamiento, que ya de por si merece un relato costumbrista, me ha llevado a recordar dos cosas: una conversación que escuché por casualidad, aunque a mí luego, pensando, me dio por tener la certeza de que lo habían hecho a posta, para que la escuchara, y algo que vi, pero no sé situar el momento en concreto. Tengo la sensación de haber estado ya antes en esta terraza. Y me pasó anoche lo mismo con algunas de las personas que me presentasteis. Teófilo por ejemplo. O Felipe. Ese Jose Mari, el de la tienda de prensa y librería y … casi bazar. No sé si fue con Nando vivo todavía o fue luego, en estos años. Y me pasó también con Óliver el otro día, justo antes de que llegaras. Creo que te lo comenté después. – Carmelo afirmó con la cabeza.

-Óliver en todo caso sería un niño.

Jorge le hizo un gesto de asentimiento.

-¿Me has contado algo de “le petit elfe”? – preguntó Jorge.

Carmelo arrugó en entrecejo.

-Mais no, me cheri. Ya me lo preguntaste.

-Pues le llamaba así uno de sus tíos.

-Si hubiera sido así, si te los hubieras encontrado en estos años, me lo hubieras contado. O ellos me hubieran hablado de ti. Y sobre todo Jose Mari hubiera dicho algo. Me hubiera pedido que te saludara o te trajera a firmar libros en su tienda. O Felipe hubiera dicho algo. Eduardo te idolatra. Óliver la verdad, siempre hemos hablado de tus libros. Y ahora que lo pienso, alguna vez me decía todo ilusionado que le parecía conocerte. Pero eso nos pasa a los que somos personajes públicos, las personas por saber de nosotros, por leer de nosotros en cualquier sitio, al final parece que se creen que nos conocen. Todos los días me encuentro por la calle a personas que me saludan como si me conocieran. Y algunas luego se giran para mirarme de nuevo, al darse cuenta que no soy uno de sus amigos, sino que soy un actor al que ven en la tele o en el cine.

-Pero nunca pensaste en traerme para que le conociera, para darle una sorpresa … a Eduardo me refiero, o para que viniera a firmar en la librería de José Mari.

Carmelo se quedó pensativo.

-Tienes razón. Y no encuentro una explicación. Te he presentado en estos años un ciento de personas que ni recuerdo su nombre para que les firmaras, y no te he pedido que te acercaras un día a tomar un chocolate y le conocieras. Y lo mismo con José Mari, que también te lee con atención, aunque su timidez le impidiera anoche cuando se acercó, decirte nada. No tengo una razón para tampoco haberte traído nunca en los dos años que estuve de parón en el trabajo. Iba a Madrid si quería estar contigo.

-Yo podía haberme auto-invitado, y tampoco lo hice. Ni se me pasó por la cabeza. A lo mejor es que prefería tenerte en mi terreno, en casa.

-¿Y no lo hablaríamos? Tú nunca has sido muy proclive a los pueblos. A lo mejor fue por eso.

-Una cosa es ir a vivir a uno permanentemente y otra es ir a hacer una visita y firmar un par de libros a unos fans. Yo soy de los domingueros. Aunque he de decir que estoy cambiando mi opinión al respecto. Creo que sí me vendría a vivir aquí. A esta casa. Y contigo, claro.

-Así tenemos dos casas permanentes. – afirmó Carmelo contento.

-Estoy desconcertado. – Jorge volvió a su tema – Todas estas sensaciones … y que tú no me invitaras a venir en esos dos años … no había caído.

-Y de verdad que no lo …

-No, no. Pesado. No hemos hablado de ello. Recuerdo todo lo que hemos hablado.

-Imposible.

-Lo importante. Y mucho de lo banal.

-Si tienes fama de …

-Eran conversaciones contigo, querido. Eso siempre ha sido otro nivel. Desde que te conocí. Recuerdo todo lo tuyo. Cada papel, cada cita, cada entrevista … tus dudas al aceptar un papel. Cada vez que leímos juntos un guion. Cuando te he ayudado dándote las réplicas. Otra cosa es que me apetezca tener de nuevo ciertas conversaciones y me haga el tonto.

-¿Y de que iba esa conversación que no era conmigo porque la has olvidado? – preguntó Carmelo en tono sarcástico.

-Pues por eso me he puesto a escribir. Porque mientras abría el portátil y lo encendía, se me ha escapado. Se me ha olvidado. Y a veces si me pongo a escribir sobre la situación, me vuelvo a acordar. Esto es una mierda, joder. Esas putas drogas …

-Me tenías que haber hecho caso mucho antes – se quejó Carmelo. – Al menos me queda el consuelo que lo que tenías que recordar, que es lo que hablabas conmigo, lo has conseguido.

-Ya. Pero … ¿Y lo tranquilo que vivía antes?

-¿Otra vez con eso? Hablamos ayer del tema si recuerdas. Claro que lo recuerdas. Pero necesitas que te vuelva a decir … – Carmelo negó con la cabeza mientras sonreía y miraba a Jorge con ojos cargados de azúcar moreno – Creo que ahora eres más feliz. Te relacionas con más personas. Estás más activo, lo que hace que también tengas más ideas para tus historias, aunque la verdad, no sé como las vas a acabar publicando todas. ¿Sabes escritor que conversaciones parecidas a ésta las hemos tenido … a cientos? No solo las de ayer. Creo que detrás de tu charla con Javier y de nuevo, detrás de tu charla con Cape. Me niego a seguir con ella. Parece que necesitas que te diga: estás mejor ahora, Jorge. Pues me niego. Porque ya lo sabes tú. Pero quieres hacerte … la víctima o yo que sé.

Jorge le pellizcó el pie que estaba masajeando.

-¡Ahú! Me has hecho daño.

-Si no has movido el pie.

-Para que sigas con el masaje.

Jorge se sonrió y levantó el pie de Carmelo para darle un beso.

-Cambio.

Carmelo se calzó ese pie y se descalzó el otro. Jorge lo miró sonriendo y negando con la cabeza.

-Mira que te gusta, y nunca me lo reconoces.

-¿Para qué? Si ya lo sabes. ¿Y de qué iba esa conversación que has recordado y te has olvidado?

-¡Qué no me acuerdo, coño! Un apunte sobre lo de que soy más feliz: lo soy pero porque cada vez paso más tiempo contigo. Y me da igual que te pongas en plan diva por ello.

Carmelo le dio un pequeño empujón con el pie en plan de broma. Y le hizo un gesto con la cara para que le contestara a la pregunta.

-¡Joder! ¡Qué pesado eres cuando te lo propones! Pues de … es que no lo sé. Se me ha ocurrido pensando en el campo, en esta terraza. Una terraza para fiestas. ¿O no? Me la imagino con unos sofás de esos de exteriores. Y algunas mesas de apoyo. Y un pequeño grupo de cuerda, músicos, tocando en aquella esquina – señaló el recodo que hacía la parte construida de esa planta y el principio de la barandilla por la parte que daba a la granja de Felipe. – Y unas pantallas corta-aires en aquel lado. Camareros pasando la comida y la bebida sin descanso. Todos guapos. Con poca ropa, como los músicos.

-La verdad es que sí, es grande. Casi es tres cuartas partes de la casa. Y en esa otra cuarta parte, en la cubierta, había cuando la compré como una especie de cocina con almacén y lo que parecía que había sido una pequeña barra. A parte de la escalera, claro. Y un pequeño montacargas, que sigue estando.

-Estaba preparado para una fiesta como la que he imaginado. Fíjate, te digo más: el grupo de cuerda tocaba a Telemann. Te diría que los cuartetos de París. El primero.

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.

-A mí me está pareciendo más un recuerdo. – Carmelo lo miraba con el ceño fruncido. El relato de Jorge le estaba cuando menos sorprendiendo. Incomodando, incluso.

-No sé decirte. Y por más que le de vueltas, sé que no voy a llegar a ninguna conclusión. Entonces estas casas, cuando las construyeron estaban alejadas del pueblo. Quiero decir, el pueblo ha crecido desde entonces.

-Ya sabes que los padres de Cape nos traían aquí a pasar el verano. Por eso yo no me decidía a comprar nada hasta que el de la inmobiliaria me enseñó esta casa. En mi subconsciente la estaba buscando. Y por eso Cape vagó durante más de un año por todas las carreteras buscando este pueblo. No recuerdo como era entonces. De todas formas, la finca de Felipe creo que ya estaba, y está al lado de esta. Miento, hay una franja de terreno que las separa y que ahora mismo no recuerdo de quien es. Después de que pasara lo del intento de matarnos y todo lo que sucedió alrededor, compré el resto de las casas y todo el terreno. Ya es bastante. Pero la Hermida 1 enseguida la dediqué a que vivieran los escoltas. Y la 3, para los invitados. Corrijo: la Hermida 3 me la cedió el hombre que vivía en ella por encargarme de ser albacea de su testamento. Otro Daniel que aquel asesino se encargó de matar.

-El hombre que se llevaba fatal contigo, pero que luego …

-Exacto. Y luego sí, compré la Hermida 1.

-Eso quiere decir que aquí tenéis buenos recuerdos. Si vuestra … vuestro instinto os trajo a ambos hasta aquí por distintos caminos …

-Lo hablé con un psicólogo francés una vez. En uno … en el rodaje anterior al de ”Puis, l’enfer”. Hizo de asesor.

-“Le Mesonge”. – apuntó Jorge.

Carmelo sonrió contento de que se acordara. Empezaba a parecerle que Jorge no había exagerado en lo referente a acordarse de sus cosas.

-Me explicó que no necesariamente. Que podría ser al revés. Que aquí viviéramos algo terrible y necesite una explicación, o necesite afrontarlo. Y que sin saberlo, hayamos llegado hasta aquí para descubrir y afrontar esos problemas. Yo de momento estoy muy a gusto. De hecho no tengo otra casa, ya lo sabes. La he convertido en mi residencia oficial. Antes de venir, vendí la mía. Que te voy a contar si viniste conmigo a la notaría a firmar. Y trataste varias veces con esos gilipollas que la compraron. Te lo juro, no les aguantaba. Y sigo sin hacerlo. Me encontré con ellos un día en un restaurante. Siguen siendo igual de idiotas. Me dieron recuerdos para la otra parte de la parejita feliz.

Jorge se echó a reír imaginándose la cara que les puso Carmelo.

-Sigues teniendo casa en Madrid, la nuestra.

– Sí, es cierto. Es mi casa. Lo sé y lo siento así. Es nuestra casa. A eso me refería. Como ésta es nuestra casa también.

-O puede ser que sea una mezcla de las dos cosas: Buenos recuerdos y malas experiencias. – Jorge volvió al tema que le interesaba – Os he oído contar a ambos algunos recuerdos de vosotros jugando, bañándoos en el río, y esa expresión que dijo uno de los hermanos cuando Cape te lo presentó que se te quedó mirando y te llamó …

-”Peque”. Pero igual que le salió sin pensar, no recordó nada más. Yo pensé que me iba a llamar así siempre, pero al revés, nunca lo ha vuelto a usar. Y si le preguntas se hace el despistado, como si no lo hubiera dicho nunca.

-Eso es raro. O no quiso recordar. O alguien le ordenó que se callara.

-¿Por qué dices eso?

Jorge no contestó. Seguía masajeando el pie de Carmelo pero su mirada se había perdido en el algún lugar de las amplias vistas que contemplaban desde aquí.

-No lo sé amor.

Jorge se repente estaba inmerso en sus pensamientos. Estaba luchando para que un recuerdo determinado se abriera paso en su mente. Algo que tenía la sensación de tener en la punta de la neurona, pero que no lograba sacar.

-¿Estas casas tienen sótanos? – preguntó de repente.

-Que yo sepa no. La empresa constructora que hizo la reforma no me dijo que encontrara ningún indicio de nada. Pensé en hacer un sótano, pero al final, la casa ya era bastante grande. Había decidido ampliar el anexo que tenía, e hice como una casa de invitados. El granero se convirtió en mi taller de pintura a la que por cierto, no le dedico nada de tiempo últimamente.

-Desde que apareció Cape – le dijo en tono de reproche.

-No tiene nada que ver …

-Ya lo sé. No se lo echaba en cara. Era un comentario. Coincidió. Sigue explicándome lo de la casa.

-La casa normal son tres plantas más esta terraza. Hay cuatro grandes dormitorios. Más esos espacios en la planta primera y en la segunda que se han convertido en tus preferidos en cuanto los viste.

-Claro, los copiaste de nuestro rincón de lectura en nuestra casa de Madrid. Me veo ahí sentado en una de las butacas, con la mesa llena de libros y contigo sentado en el suelo. Como ya estuvimos el otro día, recuerda.

-Sí. Es que allí me siento de verdad a gusto, en casa, sentado en el suelo a tus pies, apoyando la cabeza en tus piernas mientras lees o escribes. Y yo igual. O cuando bajas la pantalla y vemos una peli, yo sentado entre tus piernas, agarrando una con mis brazos. O sentado encima tuyo, rodeándote el cuello con mis brazos y apoyando la cabeza en tu hombro. Esa es la postura que más me gusta.

-¿Pensabas en mí cuando encargaste la casa de invitados?

Carmelo se rió con ganas.

-No querido. Pensé en ti al comprar la cama grande. No eres mi invitado. Eres el dueño de la casa. Así lo he imaginado siempre.

Jorge se sonrió y bajó la mirada como si le diera vergüenza.

-¿Y Cape? – preguntó azorado.

-¡Qué pesao! ¡Cómo te gusta picarme con eso! ¿Qué te dijo ayer? ¿No te dijo que me cuidaras? Nunca ha habido nada sentimental entre nosotros. Lo sabes mejor que nadie, pero te lo repito. Lo supimos la vez que follamos. Sabíamos que lo hicimos en su momento. Aunque ayer no te lo reconociera. Repetimos al encontrarnos. Pero supimos los dos que no era esa nuestra relación. Nos ha venido bien que la gente pensara lo contrario. La gente piensa lo que quiere. Como lo tuyo con Rubén. En nuestro caso, eso nos justificaba nuestra sequía de conquistas. Cape porque había perdido el deseo sexual. Yo, porque te estaba esperando a ti.

-¿De verdad?

-Mis aventuras sexuales en este tiempo han sido anecdóticas.

-Pero de alguno te habrás pillado. Quiero decir …

-Nunca. Alberto, por ejemplo, el que conociste ayer; me caía bien. Pero … me caía bien. Nada más. Por eso es de los pocos con los que he repetido. Bien sabes que mi política era un polvo y hasta otra. Habrá habido media docena de excepciones, con las que he estado no más de cinco noches. Y algún otro. Mi corazón estaba ocupado. Por ti. No dejaba sitio para nadie más.

-Me causa rubor … no es el concepto … bueno, el caso es que me siento mal por haberte apartado de ese mundo …

-No, por favor. Me has dado algo mejor. Por primera vez en mi vida, me sentí querido de verdad. A pesar de tu aparente distancia, a pesar de tu aparente parquedad al expresar tus sentimientos, tu cariño, tu amor. Pero sabes, me mirabas … y yo ya era feliz. Contestabas a mis llamadas, y al escuchar como me llamabas “Carmelo”, yo ya era feliz. En París, los meses que estuvimos … tenerte todos los días a mi lado, dormir en la misma cama, aunque no hiciéramos nada, mas que besarnos por la mañana y por la noche … era feliz. Colgarme de tu brazo … repasar el papel contigo haciendo el resto de personajes, componiéndolo, buscando su forma de hablar, de moverse en la segunda temporada, haciéndolo evolucionar después de lo ocurrido en la primera … todo lo hicimos juntos. Y te lo juro, ha sido el … la mejor época de mi vida.

-Será al revés, capullo, que eres más alto. Yo me colgaba del tuyo.

-Pues eso. Tú colgado de mi brazo, era feliz. Y como me mirabas cuando venías al rodaje y veías mis escenas. Como alguna vez me hiciste una sugerencia, como si la dejaras caer, temeroso de que me enfadara. Y me hacías pensar y … acababa diciendo: “Voy a probar”. Y me iba al director y le decía que si podíamos hacer otra toma, que se me había ocurrido un matiz que luego daría sentido … bueno, lo que me habías sugerido tú. Y él aceptaba, y lo hacíamos y … me salía bien. Y el director me felicitaba y los compañeros igual, y tú me mirabas orgulloso con tu mano izquierda puesta sobre el pecho, a la altura del corazón, como para decirme que me tenías ahí dentro.

-¡Ah! ¡Estáis aquí!

Cape había aparecido. Traía una bandeja con tres cafés.

-A ver si convences a Dani de que prepare esta terraza en condiciones – se quejó Cape sonriendo. – Tú eres el único que lo puede conseguir.

-¿No recuerdas nada sobre esta terraza? – le preguntó a bocajarro Jorge.

Cape puso la bandeja sobre la mesa. Carmelo le ayudó a hacer sitio apartando el portátil de Jorge y dejándolo sobre la silla vieja en la que estaba sentado cuando Carmelo había subido. Cape besó a Jorge en la mejilla y a Carmelo en los labios.

-Solo te diré que me parece que es la tercera vez que subo aquí.

-O sea que en vuestro subconsciente tenéis malos recuerdos.

Carmelo le echó dos azucarillos al café de Jorge y una gota de leche y se lo acercó. Jorge le sonrió para agradecerle. Cape había ido a por otra silla y se sentó al lado de Jorge, dejando a éste entre los dos.

Ninguno supo responder. Se miraron pero no encontraron nada que decir.

-Algo de esta terraza le ha hecho vislumbrar un recuerdo pero se le ha escapado. A lo mejor le he despistado cuando he subido. – explicó Carmelo a Cape. – Me ha preguntado por los sótanos.

-Preferimos si hace bueno comer abajo. Bajo los árboles. Por eso Carmelo hizo construir esos tres cenadores en distintas ubicaciones. Uno de ellos es movible. Aunque cuesta. Y de sótanos no sabemos nada. No recuerdo. Vi los planos originales de cuando se construyeron, y no había nada de sótanos.

-Serán tonterías mías. – Jorge intentaba quitarle importancia a su obsesión momentánea. Empezaba a notar en sus amigos que le estaban dado importancia al tema. Hizo un gesto como alejando esos malos recuerdos y bebió de la taza de café. Hizo un gesto de que estaba a su gusto. Carmelo y Cape se miraban perdidos. Parecía que ahora eran ellos los que tenían alguna sensación de que algo de lo expresado por Jorge podía tener algún viso de ser cierto.

-Bueno, tendré que dejar para luego escribir ese relato sobre los domingueros. Mirad la hora que es. – Jorge miraba el móvil – Hay que vestirse. Tenemos invitados.

Cape y Carmelo parecieron salir de un trance. Cape miró su reloj y Carmelo su móvil.

-¿Te has dado cuenta de que Carmelo ha dejado de llevar reloj como tú? – bromeó Cape.

-Y va descalzo en casa. Como yo.

-No, no. Escritor. Yo siempre he ido descalzo. Es más, voy desnudo. Eres tú el que me ha copiado a mí en eso. Aunque no en lo de ir en pelotas.

-No hace falta que esperéis a casaros a mi vuelta. – se rió Cape.

-¿Casarnos?

Jorge puso cara de susto.

-¿Quieres casarte? – le preguntó a Carmelo con el mismo gesto.

Carmelo se echó a reír. La cara de Jorge era un poema. Se acercó a él y lo besó en los labios. Y sin más, cogió la bandeja con los restos del desayuno y se dirigió hacia las escaleras.

-¿Quieres que vaya contigo?

Nano se quedó mirando a Jorge después de hacer la pregunta. Éste hizo un gesto de duda. No sabía qué responder. Lo estuvo meditando un rato y al final tomó una decisión:

-No. Creo que debo tener esta conversación a solas. Pero te agradeceré si me acompañas hasta el banco dónde está sentado.

-No nos ha visto. Estás a tiempo de darte la vuelta. Podemos ir a comer a algún sitio en el puerto pesquero. Te invitamos.

-Me gusta la propuesta. Pero creo que debo hacer frente a esta conversación. Pero sabes, dame una hora. Me haces una seña, y acepto vuestra invitación. Luego nos volvemos a Madrid.

Nano salió del coche y le abrió la puerta a Jorge. Éste se bajó y el resto de compañeros de Nano lo mismo. Dos de ellos se escabulleron de inmediato para buscar unas posiciones que les permitiera estar pendiente de todo lo que pasara en los alrededores sin ser vistos. Nano empezó a andar al lado de Jorge y otros dos compañeros les seguían dos pasos por detrás. Cuando estaban a unos metros del banco donde Sergio Romeva estaba sentado, Nano le tendió el puño que Jorge chocó con una sonrisa. Se adelantó y se apoyó en la barandilla del paseo marítimo del Sardinero, en Santander, con el Palacio de la Magdalena a sus espaldas.

Jorge se puso al lado del banco en dónde estaba sentado Sergio. Al llamarlo a la agencia, después de haber intentado comunicar con él en el móvil varias veces, le habían dicho que se había tomado unos días de descanso. Jorge sabía lo que eso significaba. Lo llevaba haciendo muchos años. Dejaba el móvil en su casa, y cogía un tren a Santander. Llevaba un buen surtido de libros en la maleta y a ello se dedicaba, sentado en un banco mirando al mar. O en alguna cafetería tranquila.

Sergio acabó el párrafo que estaba leyendo y levantó la vista.

-¿Sabes que eres el único que puede encontrarme cuando me quiero perder?

Jorge sonrió asintiendo con la cabeza.

-Me da que si te has decidido a perder un día con todos tus escoltas para venir a verme, es que algo del pasado ha aparecido en tu cabeza y necesitas acceder a esa parte de tu archivo secreto.

-Sí.

Sergio dejó el libro sobre el banco e invitó al escritor a sentarse con él. Jorge le hizo caso.

-Hace unos días, antes de todo lo de Martín, encontré en la Hermida 2, la terraza.

Sergio aspiró todo el aire que pudo y lo fue expeliendo despacio. No le apetecía la conversación que se avecinaba. No quería adelantarse a los acontecimientos. Antes de hablar, quería saber por dónde había ido la cabeza de Jorge.

-¿Y?

-Hacían fiestas allí. De Anfiles.

-Sí.

-¿Cómo no disuadiste a Dani de comprar esa casa? ¿Y si recuerda?

-No me consultó la compra. No me enteré hasta que estaba hecho. De todas formas, no lo ha recordado. Tiene recuerdos parciales de sus veranos. Recuerdos felices. Los que le dejaron en la terapia a la que le sometieron. Jugando con Cape y sus hermanos. Yendo al río. A ese “estanque de los encuentros” que ahora tanto visitáis los dos.

-La pena es que también lo visitó Martín.

-Ya. Se recuperará, ya lo verás. Es un superviviente.

-Sé que lo va a hacer. Tengo ese pálpito que es casi una certeza.

Parecía que a Jorge le recorrió en ese momento un escalofrío. Le sirvió de catarsis para apartar el tema de Martín y volver a lo que le había llevado a recorrer unos cientos de kilómetros para ver a Sergio Romeva.

-Pero en esa casa … no entiendo como los padres de Cape llevaron allí a los niños.

-No lo sabían. Son tres casas. Ellos se alojaban en la 1 siempre. En la 2 iba ese desgraciado de director de cine, sádico y desgraciado a partes iguales. Manolo no estaba. Tuvo que volver a Madrid por temas de la empresa de Cape. Los niños no conocían a esos hombres. Ni Cape ni Dani habían coincidido con ellos nunca.

-Pero esos tipos sí conocían a Dani.

Sergio afirmaba con la cabeza. Tenía un gesto de pena insuperable. No le gustaba volver a ese momento del pasado. Le producía tanto dolor que nunca había querido ir a reunirse con Carmelo en Concejo.

Jorge miraba con atención a Sergio. Dudaba sobre el comentario que pretendía hacer, pero creyó que era necesario para centrar la situación.

-Allí fui también a sacar a Fidel.

Sergio se lo quedó mirando.

-¿Cuándo te has acordado?

-Esta noche. He pegado tal salto en la cama que hasta he despertado a Dani. Casi se me suben los gemelos de las piernas. Menos mal que Dani se ha quedado en ese estado medio zombi. Le he acariciado la cara, le he dado un beso y se ha vuelto a dormir. He aprovechado a darme un masaje en las pantorrillas para poner en su sitio los músculos. Y después, he tenido que salir a mi terraza. Y me he fumado medio paquete de tabaco. Es la primera vez que recuerdo con detalle como se desarrolló todo.

-¿No le habrás contado?

-No. Aunque empiezo a tener demasiados secretos con él. No me gusta.

-Siempre los has tenido, Jorge. Desde que no tomabas las vitaminas salvo esporádicamente, hasta que eras consciente de muchas más cosas de las que pasaban a tu alrededor de lo que reconocías. Pasando por todo lo relacionado con Caín Varta, tu pseudónimo para publicar tranquilamente sin la mirada inquisidora de tu editorial ni de la crítica ni del mundo en general.

-Ahora es distinto.

-Dani lo pasó mal entonces. Era una bomba. Estaba además Toni que le animaba a consumir, a ir a esas fiestas, a … – Sergio cerró los puños de la furia que empezó a sentir. – El hijo de puta de él tenía tantas ganas de ganar dinero … Ya te acordarás de Ro Escribano. Y de Quim Córdoba. Con esos no llegamos a tiempo. Los perdimos. Con Dani era cuestión de tiempo que hiciera una locura. Y era muy niño todavía. Manolo, el padre de Cape tomó esa decisión. La de la terapia del olvido. Para los dos. Era además la forma de salvarlos. En sus últimas apariciones en esas fiestas, Dani vio muchas cosas que no … que luego los protagonistas querían eliminar de la memoria de todos. Lo hicieron expeditivamente. Manolo negoció con un representante de ellos y propuso lo de la terapia del olvido, algo experimental que le ofreció alguien del FBI.

-Pero Cape como siempre, puso los cojones encima de la mesa.

-Pero ya estaba a medias el tratamiento.

-Recuerda más de lo que dice.

-Como tú – Sergio miró sonriendo a Jorge.

-De todas formas, con Dani no podrían haberse ocupado como lo hicieron con otros. El era una estrella.

-Y te ocupaste activamente en que la película que estaba rodando cuando sucedió fuera su mejor interpretación. Aceleraste su estreno. Conseguiste que fuera a Cannes y que ganara, premio a la película y al mejor actor. Siempre Carmelo en todas las fotos. Un millar de entrevistas, sin exagerar. Un mes entero, saliendo todos los días en la prensa, en las televisiones, recogiendo premios en pueblos remotos, en decenas de festivales por todo el mundo. Y fue a recoger todos.

-De eso te encargaste tú, querido. Y esa costumbre de recoger todos los premios, aunque sean en un pueblo perdido de los Alpes, la sigue teniendo ahora.

-Lo organizamos entre los dos. No fue solo mérito mío. De hecho, dentro de unos días debe ir a Porriño, una asociación cultural le hace un homenaje.

-Porriño es grande comparado con otros sitios a los que ha ido – Jorge sonreía irónico.

Sergio se echó a reír.

-Es cierto. Inauguró el Festival de Ascaso, un pueblo de siete habitantes. Esa costumbre se la inculcaste tú en aquellos días.

-En todo caso, te repito, fuimos los dos. Te recuerdo que yo no trataba con él. Eras tú el que le decía: “No hay sitio suficientemente pequeño al que no debas ir para agradecer el cariño de la gente”.

Sergio afirmó despacio con la cabeza. A veces seguía repitiendo esa cantinela, no solo a Carmelo sino al resto de sus representados.

-No has vuelto a ver a Fernando Cabrales, el que firmó los cambios de guion de esa película.

-El otro día, con lo de Álvaro. Pero fingimos muy bien no conocernos. En eso quedamos en aquel entonces. Carmelo no sospechó.

-Hicisteis un trabajo estupendo en ese guion.

Jorge asintió con la cabeza. Pero tenía presente su encuentro con Nati Guevara y su forma de ver aquellos sucedidos. Y tenía presente que por mor de su querido marido Nando, él era el principal “accionista” de ese film. No se sentía orgulloso, no. Dudaba de las razones por las que lo había hecho. Al final ganó dinero con ella. Pero el coste emocional y personal de todo aquel asunto, no dejaría de atormentarlo toda la vida. Lo que decía Sergio, tenía razón. Fomentar el prestigio, la fama de Carmelo, fue una forma de protegerlo. Pero una vez había escuchado a Nati Guevara, dudaba de que, obligar a ese chaval, porque es lo que era, a trabajar en aquellas condiciones, fuera algo bueno para él.

-Fue la forma de salvarlo, Jorge. No te creas que porque tenías puestos muchos millones en esa película, tus movimientos fueran interesados. Si Dani no hubiera triunfado y fuera el comentario de todo el mundo, no creo que ahora estuviera vivo. Fue un poco cruel si quieres. Pero necesario.

-¿Sabes como me he acordado? – Jorge decidió que necesitaba un cambio de tema. – De lo de Fidel.

Sergio se lo quedó mirando expectante. Aceptó sin lucha el giro en la conversación.

-Bajando las escaleras con Fidel sobre mi hombro. Los tres pisos. Y dos matones, los guardaespaldas de ese imbécil de José Luis Carabella, siguiéndome. Tuve que dejar a Fidel en una butaca y volver a enfrentarme a ellos. Se me apareció ese recuerdo mientras dormía. Pensando en esa jodida terraza de la Hermida. El run run en mi cabeza surgió cuando las bajé por primera vez la mañana del descubrimiento. No vi la misma butaca, pero la que vi, estaba exactamente en en mismo sitio.

-Si no recuerdo mal y si mis chivatos no mentían, les rompiste las piernas.

-Se tropezaron. Una lástima – Jorge se sonrió como si fuera un niño pillado en una rechifla.

Volvió el silencio momentáneo a su encuentro. Sergio decidió que fuera Jorge el que siguiera llevando la conversación hacia los temas que le preocupaban.

-La terapia del olvido se hizo allí. En los sótanos.

Sergio cerró los ojos. Era lo que temía. Que Jorge recordara algo de ese suceso. Tenía que ser cauto a la hora de contarle. Eran temas peligrosos. Y dolorosos.

-Eso tengo entendido.

-¿Y si los encuentran? Los sótanos, me refiero.

-Los sellaron con cemento. Eso me comentó Manolo.

-Manolo ha mentido mucho. Y se dio a la fuga. Es como su hijo.

-El día que quieras, me dices y te digo dónde está. Si quieres hablar con él, vaya. Y siento discrepar: Manolo no tiene nada que ver con Cape. En nada. Cape le ha destrozado la vida. Lo que Manolo le tuvo que aguantar a Cape solo lo sabe él. Desprecios, broncas … tanto a él como a su madre. Eso lo aguantó porque era su hijo y deseaba por todos los medios que desarrollara su talento. Pero el coste que pagó … todo para que al final, el mismo que creó toda esa maraña de empresas se las cargara poco a poco. Y ha hecho de sus hermanos dos … – Sergio dudaba sobre el epíteto a utilizar.

-Les ha anulado, es cierto. Creo que nunca serán lo que hubieran querido. Es que no saben quienes son ellos, salvo los hermanos de Cape. Yo creo que eso les acabará frustrando. No tienen ni parejas, ni vida a parte de la que les ha obligado a seguir …

-A no ser que alguien les haga llegar la segunda de tus novelas secretas. Puede que eso les haga reaccionar.

-¿”La reencarnación de Alfonsito”?

-Esa.

-Dile a Máximo que se la envíe. Como un regalo promocional o alguna tontería de esas. No creo que sirva de nada, pero por intentarlo …

-Ya lo haré yo mismo. Máximo lleva unas semanas con un disgusto …

-¿Por?

Sergio sonrió con ironía antes de contestar a la pregunta.

-Compró para publicar en España una de tus novelas rusas.

-¡No jodas!

-Óliver se enteró y le llamó. Le amenazó con demandarlo y hundirlo. Cuando me lo contó, le dije que lo dejara correr. Ya se los había puesto de corbata. Ya tenía suficiente castigo. Bueno, castigo, al fin y al cabo fue engañado.

-Pues sabiendo lo poco que le gustan mis novelas oficiales, le daría un ataque de ansiedad.

-Ha despedido a la mitad de su personal. Pagó una buena cantidad por ella. Y aunque su segundo se dio cuenta a tiempo de parar la imprenta, eso le supuso un gasto, claro. Intenta recuperarlo, pero vete a buscar al supuesto autor de esa novela. O a su intermediario. Y sobre todo, ponte a buscar el dinero que pagó.

-Mándale otra novela. Y hacemos algo de publicidad de las anteriores. Sugiérele que prepare una reedición especial de la primera, por ejemplo. Me encargo que Carletto y sus amigos hablen de ella.

-Déjamelo a mí. Es preferible que nadie se entere que publicas con otro nombre. Es mejor que sigas con la táctica acordada, no hablar nunca de ese autor o de esas novelas. No participar, ni como espectador, en nada que tenga que ver con Caín Varta y sus novelas.

-Alguno lo ha descubierto. Me han dado a firmar alguna vez alguno de mis libros apócrifos.

-Tú estilo está. Lo único que no está es tu mundo especial. Pero no tientes a la suerte. No lleva tu nombre en la portada, pero se venden muy bien. Y en todo caso, también has firmado libros de Arturo Pérez Reverte. O de Juan Gómez – Jurado.

Jorge se quedó callado. Sergio supo al mirarlo que no iba a entrar al pie que le había dado para relajar la conversación.

-Concejo no fue una buena decisión.

-No lo fue. – la respuesta de Sergio fue dicha en medio de un suspiro de resignación – Concejo es el origen de todo. Pero ahora solo queda que sonriáis y disfrutéis. Si Dani sigue en la inopia, lo hará.

-Tengo la sensación de que con muchos traté hace años. Así que me toca actuar. Con lo mal que se me da.

-Posiblemente trataste con muchos. Pero piensa que algunos son víctimas. Otros no. Y con lo de actuar, llevas haciéndolo desde que te casaste con Nando. Eres mejor actor que Dani.

-Ahora solo tendré que descubrir quien está en mi bando y quién en el contrario. Y abre otras muchas posibilidades para lo de Martín y Eduardo.

-El tiempo dirá. Deja eso a Javier y los suyos.

Jorge vio que Nano le hizo una seña.

-Te dejo Sergio. Tenemos que volver a Madrid. Espero que no te haya jodido demasiado tus días de relax.

-No te preocupes por los sótanos. Están sellados. Y si Dani y el otro no han recordado, no hagas nada porque lo hagan.

-No debí preguntarles sobre el tema.

-Conozco a Dani. No volverá a ello si no se lo recuerdas. Cape ya es historia.

Jorge se levantó del banco. Tendió el puño a Sergio que lo chocó con el suyo.

-Te dejo seguir leyendo.

Jorge fue al encuentro de Nano que ya se acercaba a él. Pero de repente, se acordó de otro tema.

-Cuando te reincorpores, me llamas un día y hablamos de Fausto Lazona. Produjo algunas películas de Dani.

-Un tipo complicado.

-Es el padre de Rubén, el chico que …

-Ya sé quien es.

Jorge se quedó mirando a su amigo. Éste suspiró resignado.

-Hablamos cuando vuelva. Estás corriendo mucho en lo que respecta a recuperar tu memoria.

-No me queda más remedio.

Jorge se dio media vuelta y retomó el camino para encontrarse con Nano.

-Ya hemos reservado mesa. – le dijo éste mirándolo preocupado. Jorge no tenía buen aspecto.

-Pues vamos a comer. En el viaje de vuelta me voy a echar una siesta de campeonato.

-Me parece bien. Lo vas necesitando. No te ha sentado muy bien esa entrevista.

-Vamos. Tengo hambre.

-¿Un cigarrillo?

-No. Ahora no. Después de comer, nos fumamos uno juntos.

-Hecho.

Pero en el camino hacia el restaurante, una certeza se apropió de su ánimo: esos sótanos, no se sellaron. Lo único que hicieron, fue esconder su acceso. Tenía que ocuparse de que Carmelo no lo descubriera. Para eso, debía descubrirlo él antes. Pero no sabía como hacerlo. Y otra idea se fue abriendo camino en su mente: No le iba a gustar algunas de las revelaciones que Sergio le iba a hacer de “Fausto”.

Jorge Rios”.