Diario de un hombre sin nada que contar. 25ª entrada.

Se me fue la cabeza. Con el Madrid.

Me cagué en todo. Me jode que pudiendo jugar bien, sean una mierda.

Me arrepentí. Le dije a tatojimmy que no lo publicara.

Dudo si hice bien.

Veremos con el Barça.

Otro tema.

Hubo lío. Con Eduardo.

No lo había hecho nunca. Eduardo. Me quedé helado cuando me lo dijo.

Luego, pidió la cena. Al Foster.

Estuvo bien. Se paseó desnudo por la casa. Yo no.

Me excitó verlo por la casa. De postre, volvimos al lío.

Quiere recuperar el tiempo perdido. Sexo. Agotador. Es insaciable. Muy delicado. Insaciable.

Me cuenta que su madre es muy conservadora. Ya he visto la película: la madre de Guillermo. Está visto que me tocan las madres antiguas.

Ahora que me acuerdo: Guillermo no ha dicho ni mú desde entonces. Vendrá otro día a contarme penas. Le diré que pedalee montado sobre mi dedo anular. Me jode su egoísmo.

Estábamos con Eduardo.

Su madre es tal. Su padre es moderno. Tan moderno, que se fue lejos. ¿De qué sirve un padre moderno si se va lejos, en lugar de apoyarte?

Eduardo se acaba de mudar a un pequeño estudio. Me ha dicho de ir a verlo.

Lo estrenaremos, me dijo.

Está ilusionado. Cree que lo nuestro tiene futuro. Yo dudo que haya algo nuestro. Me cae bien, es guapo, es excitante. Pero no me veo.

Le he contado a Didac y me ha dicho que no sea tonto, que aproveche.

¿Y si es tu hombre?, me dice para convencerme.

También está Luis.

Didac me dice que ese solo tiene un polvo.

Y López.

Me dice Didac que lo de López es pasado.

A lo mejor tiene razón. Nuestro tiempo fue hace muchos años, cuando nos pillaron y nos zurraron por ser desviados.

Él sigue ahí. En los tiempos pasados. No lo ha superado.

Me manda un correo tatojimmy diciéndome que alguien pregunta por lo de mi mujer y mis hijos. Que es confuso. Que la engañé.

Otro día lo explico. No es exacto lo del engaño.

Nunca la engañé. Es complicado. Otros que conozco sí engañaron a sus mujeres. López, por ejemplo. Aunque Elvira lo supo al poco. No es tonta ni ha tenido nunca la necesidad de engañarse. López se sigue engañando.

Eduardo se quedó a dormir. Quería repetir al día siguiente, pero le dije que no.

Cristina, la otra compañera de la oficina meneó la cabeza al vernos llegar juntos a trabajar. Se lo huele. Me da igual. Yo ya he disimulado bastante en mi vida. Y Eduardo también. No nos importa el tema. Total, ya no se habla con su madre. No acepta la vida pecaminosa de su hijo. Le ha tirado las cosas que dejó en casa. Mala pécora.

En el trabajo, como siempre. Es un profesional. Yo también.

Al final, fue a casa la noche siguiente. Se presentó con una botella de vino. No me he podido negar.

Me cae bien Eduardo.

Sobre todo si se desnuda.

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Néstor G

Dos semanas en una nube.

Fíjate, quién me lo iba a decir.

Se llama Saúl.

Se acaba de ir a su casa. Ha estado el fin de semana aquí.

No sé por dónde empezar.

Si ahora me toco los labios, siento los suyos todavía. Es una sensación nueva. Leí una vez una historia de un chico que reconocía que no había estado nunca enamorado. No lo entendía. Yo no lo entendía. “Si quieres, está claro y si no quieres, también lo está”, pensaba.

Ahora sé que hasta hace un par de semanas, no he sabido lo que es el amor. Lo que he sentido por otros, no era eso. O es cuestión de grados, no lo sé.

Si ahora me llevo las manos a la nariz, siento su olor.

En las sábanas también está su aroma. Me he tumbado esta tarde y he sentido como si me abrazara, y ya no estaba.

Cierro los ojos y, joder, lo siento a mi lado, siento su respiración. Si esto me pasa dentro de un par de semanas, hubiera servido para hacer una película de esas de Navidad que tanto les gustan a los americanos. La magia de la Navidad.

Cierro los ojos, y sí, está sentado en la butaca de enfrente. En la silla a mi lado, mirando como escribo. Me sonríe, me mira con esos ojos marrones, profundos, con un toque de sonrisa perenne en ellos, una pizca de ironía, otra pizca de alegría, y sí, unos kilos de amor. Siento que me quiere, nunca lo había visto antes. Puedo decir, como ese chico de la historia, que no he querido nunca, y que no me han querido nunca hasta ahora.

Estar con él es… no sentir la necesidad de nada más. No necesitar hacer planes, ni siquiera hacer algo. Sentarnos uno junto al otro, o sentarnos uno encima del otro. Con la cabeza apoyada en su hombro, o él la apoya en el mío. Rozar su mano con mis dedos, juguetear con ellos, darnos un beso de vez en cuando. La música de fondo, o sin música. La tele de fondo, o en silencio. No quiero ver series, ni salir a correr por las mañanas. No quiero ni hacer la comida, ni tengo hambre. Solo tengo hambre de él, de mi amor.

Esto es una cursilada. Lo sé, lo sé, pero no lo puedo evitar. Estoy enamorado. Él se llama Saúl. Y creo que solo necesito respirar el aire que respira él. Mirar sus ojos, sus labios, su espalda. Juguetear con el pelo de su pecho o el de sus piernas. Sentir que éstas rodean mi cintura y mis brazos rodean su cuello. Quedarnos así toda la tarde, mirándonos. Apretujarnos el uno contra el otro. Sentir sus manos recorriendo mi cuerpo a la vez que las mías recorren el suyo.

Ducharnos juntos.

Desayunar juntos.

Ver la tele juntos.

Leer juntos.

Comer juntos

Dormir juntos.

Amarnos.

Pasear juntos.

Vivir.

Juntos.

Quién me iba a decir hace un par de semanas que hoy estaría hablándote a ti de amor. De mi amor. En tono pasteloso. De sentirme como un niño pequeño el día de Reyes, en el salón de casa, abriendo los regalos. Recuerdo que aún cuando supe que los reyes eran los padres, me seguía haciendo ilusión ver los regalos el día de Reyes. Algunos amigos los buscaban por casa para verlos antes. Pero a mí, no. Yo quería esperar a ese día. Levantarme, ir al salón y verlos. Ahí en el sofá, en una esquina, bien puestos. Que recuerdos. Subidón que me daba, aún con quince o dieciséis años. Así me siento ahora. Viendo este regalo inesperado. Quizás por ello me ha hecho tanta ilusión. Por no verlo, por no preverlo. Llegó sin hacer ruido, una noche de hace un mes o así.

Nos miramos.

Me gustó, es guapo.

Me gustó, tiene un cuerpo atractivo.

Me gustó, viste bien.

Me gustó, tenía un cierto rictus triste, melancólico.

Me gustó, pero como tantos otros que veo por la calle, en el trabajo, en el cine, en la vida.

No saludamos sin más.

Nos dimos la mano, sin más. Miento, sentí una pequeña descarga eléctrica.

Es amigo de un amigo, que estaba de visita en la ciudad. Esa noche nos reunimos los amigos, noche de sábado, noche de cervezas y de picoteo.

En toda la noche no cruzamos palabra. Yo le miraba de vez en cuando. Me gustó, era guapo. Era atractivo. Un leve toque decaído.

Al despedirnos nos dimos otra vez la mano. Me salió sin querer, se la acaricié con el pulgar. De cerca parecía más triste. Era como para darle ánimos. Esta vez pareció que era a él al que le daba un calambre, porque apartó la mano de repente. Vaya, pensé, le doy repelús. Me olvidé de él en cuanto me di la vuelta para irme a casa.

Volvió el sábado siguiente.

La casualidad hizo que llegáramos antes que los demás al “Tómate otra”, el garito en el que habíamos quedado. Otro apretón de manos. Sin calambres.

Hablamos de esto y aquello. Del tiempo, de Trump, de Hilary. Yo le dije que tenía ganas de leer la última de Ruiz Zafón y el me dijo que echaba de menos a Harry Potter. Le gustan las bandas sonoras de John Williams, y yo le hablé de John Williams, el escritor.

Ese sábado parecía que su mirada era menos apagada. Se me pasó volando ese rato que estuvimos solos. Y fue bastante rato, que yo llevaba un libro para leer mientras esperaba a los demás. Llegó el resto y empezamos las rondas de cervezas. La algarabía, las chanzas, las risas. En el chino al que fuimos a cenar, ya nos sentamos juntos. Fue algo natural.

Ese domingo me llamó para comer. No le había dado el teléfono, así que debió pedírselo a mi amigo, su amigo.

No pasó nada. Hablar y hablar. Y comer. Fue otra vez en el “Tómate otra”. Yo lo miraba a hurtadillas: me gustaba, era guapo. Como muchos otros que me gustan todos los días. Recuerdo en esa época un acomodador de los cines. Y recuerdo un camarero de un bar cerca del trabajo. Y Eduardo, un compañero.

El fin de semana siguiente, fui yo el que viajé para darle una sorpresa.

Reconozco que esa semana, no dejé de pensar en él. Fui al cine, y no busqué al acomodador. Él ocupaba mi mente. En la cafetería, no miré al camarero: él ocupaba mi mente. Tampoco miré a mi compañero Eduardo. Ni a Chema, que se me había olvidado decir que, me tenía un poco obsesionado. Él no me hacía ni caso. Chema es guapo también. Atractivo. Pero sin conexión conmigo.

Me presenté en su casa. Sin avisar. Mi amigo, su amigo, me dio la dirección.

El momento clave fue cuando abrió la puerta y vi su reacción. Sonrió. Se esfumó todo resto de melancolía, de tristeza. Seguramente tendría planes, y no vi ninguna reacción de fastidio por tener que cambiarlos.

Nos dimos un beso en la mejilla. El primer beso.

Me hizo pasar.

Él iba descalzo.

Pasamos al salón y hablamos.

Salimos a dar un paseo por su ciudad.

Cenamos.

Nos miramos.

Al volver a casa nos dimos el primer beso de los otros. Fue breve, bonito. Volvieron las descargas eléctricas. Mi lengua pareció hincharse, mis labios ardían. Nunca en la vida había sentido nada igual.

– Vamos a dormir, estoy cansado.

Y era cierto, le notaba cansado.

Sacó la cama del sofá.

Él se fue a su habitación. Y me acomodé en el sofá-cama.

Apagué la luz.

Cerraba los ojos y lo veía a él. Su mirada ya no era triste, sino luminosa.

Al cabo de nada, unos minutos, sentí que se sentaba a mi lado.

– ¿Me dejas dormir contigo?

– Claro – le contesté aliviado: así no pensaba más en él, sino que lo sentiría allí.

Se acurrucó junto a mí y dormimos. El mejor sueño en años.

Por la mañana, su brazo rodeaba mi cintura.

Eso fue hace dos semanas. ¿O tres? El tiempo pasa ahora de una forma distinta. Las primeras dos o tres semanas en las que he vivido en una nube. El tiempo se mide distinto. El sol luce distinto. Llueve de otra forma. El frío es más cálido.

Nunca lo pensé, de verdad. Se que va a ser difícil. Estamos conociéndonos. Luego irán saliendo los defectos, las manías. Unas cosas me gustarán de él, y otras no. De mí habrá muchas cosas que no le gustarán, seguro. Pero mientras en nuestras miradas siga resplandeciendo esa luz que se encendió hace apenas unos días, los defectos no serán más que anécdotas y las virtudes serán grandes castillos inexpugnables.

Quién me lo iba a decir, madre mía.

Nuevo casting para modelo de calzoncillos.

Néstor está indignado con su Madrid y Cristiano, la BBC y lo demás. Me lo acaba de decir en un correo para que no publique una entrada de su diario que me había mandado. En su lugar me pide que persevere en el casting de modelo de calzoncillos. Ya le he dicho que es imposible que le quite nadie el puesto a Cristiano. Pero bueno, por intentarlo…

Las propuestas de hoy, buscadas a todo correr para sustituir a la proclama incendiaria sobre el Real Madrid de ayer, que me había enviado Néstor, son interesantes y excitantes, por qué no decirlo.

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Ahora me quedo esperando el siguiente capítulo del diario de Néstor.

Diario de un hombre sin nada que contar. 24ª entrada.

Fútbol. El Madrid ganó al Lisboa. Nada que ver con el partido del Calderón.

BBC ni leches.

Zidane no tiene cojones. Que digan lo que quieran.

Noticias al respecto.

El lunes se habla de Cristiano y de los ataques homófobos de Koke. La respuesta de Cristiano: Maricón sí, pero con dinero. Interpretable. Una pena Koke.

Miércoles: Cristiano se despertó un día especial con tres rubias en la cama. Eso es márketing. Hay que limpiar la imagen de marica de Cristiano. Una pena, Cristiano.

Jueves: Fotos de Cristiano paseando con una mujer en París. Oh, París.

Morata sigue con su despampanante novia. La anterior también lo era.

Márketing. Todo márketing.

No hay maricas en el fútbol. Eso no se lo cree nadie.

Me dice Didac que si Cristiano resultara marica, lo tendría que defender.

No entiendo por qué. Hay maricas bellas personas y otros que son insufribles, cabrones, chulos. Lo uno no quita lo otro.

Sucesos. UN director de banca muere de un tiro.

Podría haber sido yo. Me ha afectado mucho la noticia.

Hay días en que no me gusta estar en este mundo.

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Néstor G