Biron fotografía a Chavail.

Pues hoy tengo la suerte de poder traeros un nuevo trabajo de Biron, uno de mis fotógrafos preferidos y gran colaborador de mis blogs.

Se trata de Chavail, un modelo al que fotografió el año pasado. Un hombre sensual con una mirada magnética.

Pero es mejor que disfrutéis de él.

 

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Os recuerdo:

Pinchando aquí, su web, con una gran banda sonora y con miles de sus trabajdos. No os podéis perder su web.

 

http://www.photos-biron.com/

Un día de ida y vuelta: Ibai.

Quería olvidar esa mañana. Pocas veces se había sentido tan utilizado, tan… mierda. Cómo habían cambiado las cosas en apenas un año. Con lo orgulloso que había sido… con lo chulo que se había mostrado ante todo el mundo… No llegó a calibrar el efecto que en su vida iba a tener coger a su hermano y dejar la casa de sus padres. No se arrepentía, aquella situación era inaguantable. Un martilleo continuo mostrando la desaprobación que les suponía a su familia su forma de ser y de vivir. No solo por sus gusto por los hombres, sino por la vida en general. Habían salido ganando en el aspecto emocional, pero algunos días costaba. Ese era uno de ellos.

Le había mentido a su hermano esa mañana. No tenía que ir a trabajar. Un amigo le había dicho que unos agentes de modelos iban a hacer una especie de casting restringido a unos pocos elegidos.

– Si quieres, te apunto, tengo mano con esos. Son muy serios, te pueden sacar de esa apestosa taberna donde curras. Conozco a un pavo que gana la hostia de pasta con ellos.

Él siempre había cuidado su cuerpo. Había hecho mucho deporte, iba al gimnasio tres veces a la semana. A parte, era guapo. No como su hermano, que tenía una belleza más delicada, más “perfecta”, por así decirlo. Él tenía las facciones un poco más duras, y el gesto también. Tenía la nariz un poco grande y eso le descompensaba un poco la cara. Pero a la vez le daba un atractivo diferente, singular. A cambio tenía un cuerpo muy definido, con mucha masa muscular. Pero su trabajo del gimnasio no le había llevado a tener unas venas muy marcadas o unos músculos pronunciados. Todas las formas de su cuerpo eran armoniosas, sin ofender al gusto ni a la vista. Unas piernas fuertes, bien delineadas, con el bello justo. Unos brazos torneados articulados en unos hombros robustos.

Cuando llegó al sitio en el que se debía hacer el casting, algo ya no le cuadró. Si era gente tan “seria”, se imaginó un local bien puesto, una habitación de un hotel o algo así. Pero no, era un local sin nada de glamour, una antigua tienda de electrodomésticos que había cerrado hacía algún tiempo. Unas lonas improvisadas separaban lo que era la sala de espera de lo que ellos pretendían que fuera un estudio fotográfico.

– Debes enamorar a la cámara – le aconsejó su amigo.

¿Amigo? Empezaba a dudarlo cuando entró en el local. Ya había dos chicos esperando y cinco o seis chicas. Todos parecían nerviosos. Al poco llegaron otros tres chicos que no tendrían muchos más años de 18. Eran muy delgados y altos. Llevaban ropa muy ajustada y un look muy cuidado en lo descuidado. Incluso pensó que uno de ellos, que se le quedó mirando fijamente al entrar, iba ligeramente maquillado. “No lo necesita, el pavo, está cañón”, pensó para sí.

Cuando entraba un nuevo candidato, la mujer que hacía las veces de recepcionista lo miraba de arriba a abajo. Se ponía las gafas en la punta de la nariz y los recorría con sus ojos desnudos. De arriba a abajo. Fijándose en las partes importantes del cuerpo. En los hombres los pectorales, el culo y el paquete. En las mujeres, igualmente sus pectorales y las curvas de su cintura.

Cuando llevaba más de hora y media esperando, entró una mujer de unos 30 años. A Ibai le pareció atractiva. Pero si precisamente le llamó la atención era porque desentonaba con las otras chicas que esperaban. Era mucho mayor que ellas y tenía un cuerpo mucho más exhuberante. La señora de las gafas en la punta de la nariz, la miró de arriba a abajo y mostró su desagrado. Se quedó mirándola unos segundos que a todos pareció eternos. Hizo una mueca de asco, arrugó la nariz y dijo con voz rotunda:

– No nos hagas perder el tiempo, por favor.

Su voz sonó desagradable. Consiguió que todos en la improvisada sala de espera prestaran atención a la mujer. Ibai pensó que si él se hubiera encontrado en su situación, se hubiera dado media vuelta. Pero ella, inasequible al desaliento, sonrió de una manera que iluminaba la estancia e, imprimiendo un tono sensual a su voz, contestó serena:

– No tengo otra cosa mejor que hacer.

Y contoneándose se sentó en la única silla que había libre, al lado de Ibai.

– Me llamo Estela.

Le tendió la mano a modo de saludo. A Ibai le pilló desprevenido.

– Ibai – respondió intentando recuperar la compostura, intentando aparentar que era menos tonto de lo que le daba la impresión que había mostrado a los demás. Porque todos estaban pendientes de la escena.

La mujer desgarbada y con las gafas en la punta de la nariz no dejaba de mostrar su reprobación. Parecía a punto de tener un estallido de furia. La respuesta de Estela no le había gustado. Y menos el desaire de irse a sentar entre los demás aspirantes sin que ella le hubiera dado su placet. Parecía una señora poco acostumbrada a que nadie tosiera a su lado. Fue a decir algo, pero la oportuna entrada de un hombre, lo impidió.

– ¿Qué tenemos aquí, Carmen?

Otra vez esa mirada inquisitiva, igual que la de la recepcionista, la tal Carmen. Ibai se sintió desnudo cuando lo miró. Estuvo a punto de taparse el paquete. Era ridículo, pero esa mirada le hizo sentirse en pelota picada.

En ese momento se acordó nuevamente de su amigo. Estuvo por mandarle un wasap dándole las gracias. Pero inmediatamente, se acordó de su hermano, postrado en el hospital. Y en el dinero que necesitaban para seguir adelante cuando le dieran el alta. No podía contar con sus padres y había tanteado a sus amistades y tampoco parecían estar muy dispuestas a ayudarlo. Qué lejos quedaban el orgullo y el glamour de su familia.

– Levántate, por favor.

El hombre había imprimido a su voz toda la carga sexual de que era capaz. Y eso apracía mucho. Ibai volvió a la abandonada tienda de electrodomesticos reconvertida en lugar de casting de modelos. El hombre estaba frente a él y le sonreía. Miró a los demás aspirantes y todos estaban pendientes de la escena con aparente envidia. Era el único que de momento había concitado la atención del “master”.

Se levantó con la cabeza gacha. No se atrevía a mirar a la cara al hombre. Seguía sintiéndose como si estuviera desnudo.

– Quítate la camiseta.

Sin pretenderlo, hizo lo contrario: se abrazó a sí mismo, como para taparse. El hombre sonrió de nuevo. No era una sonrisa tranquilizadora, al revés, era inquisitorial, llena de morbo, de sexo. Cerró los ojos y vio a su hermano en el hospital y sin ser muy consciente de ello, aprovechando que tenia las manos a la altura de la cintura, se fue levantando la camiseta. Cuando tenía los brazos levantados, a punto de liberarse de la prenda, el hombre le indicó que parara.

– Carlos, saca unas fotos por favor. Una imagen perfecta. Una musculatura perfecta.

Acarició suavemente sus hombros, sus brazos. No sabía a dónde mirar. Notaba que el resto de la gente seguía pendiente del menor detalle de la escena y eso le incomodaba. Pero si quería ser modelo, debía acostumbrarse a ello. Y su hermano…

El tal Carlos en el que nadie había reparado, fue tirando fotos y fotos. El hombre cada vez era más atrevido. Ahora le acariciaba el rostro, haciendo especial hincapié en sus labios. Llegó a introducir ligeramente su dedo gordo en su boca. Uno de los tres jóvenes que habían llegado casi seguido al él, miraba como hipnotizado. Llevaba el pantalón tan apretado que se le notaba su excitación. Hasta Ibai se dio cuenta. Le hubiera gustado saber si estaba así por la escena, por él, o porque quería estar en su lugar.

– Podíamos pasar un rato esta noche. Juntos. En mi hotel.

El hombre se lo había susurrado al oído. Ibai levantó la cabeza como si le hubieran pulsado un interruptor de encendido y su azoramiento y perplejidad desaparecieron por ensalmo.

– Perdone, me he equivocado. Disculpe las molestias.

Volvió a ponerse la camiseta y recogió su cazadora del asiento.

– Por si cambias de opinión.

No esperó a que Ibai cogiera la tarjeta de visita que le tendía. Se la metió en el bolsillo del pantalón vaquero. Con esa disculpa le acarició la pierna, buscando sin duda su miembro, aunque sin éxito.

Pensó en romper la tarjeta delante de él, pero quería salir de allí con la mayor rapidez posible. Antes de salir, miró a Estela e hizo un gesto de despedida. Le hubiera gustado charlar con ella, le parecía una persona muy interesante. Hubiera querido mirar al chico que atendía la escena obnubilado, pero le pillaba en el otro lado y hubiera sido un gesto muy evidente.

Una vez en la calle, anduvo a paso rápido durante un tiempo. Respiraba profundo. Quería limpiar sus pulmones del aire oprimente que había respirado en ese estudio improvisado. Se sentía libre, como se siente uno cuando ha estado prisionero. Valorando su tenencia como no hacen los que siempre lo han sido. Luego la cabeza empezó a cabalgar desbocada: “He perdido una oportunidad”; “Mi hermano necesita el dinero”; “¿Qué me ha pasado que me he quedado como un pelele?”; “No puede ser… he perdido una oportunidad ¿qué será de nosotros?”; “¿Por qué ha tenido que ir todo tan mal?”.

– Amigo, no te jode, cuando te eche el ojo, cabrón de mierda, te voy a dar de leches. Gente seria, no te jode. “Tengo un amigo que gana mucho dinero con ellos”. Será follando, no te jode.

Quería olvidar esa mañana. Volver al lecho de su hermano en el hospital y cogerle la mano y asegurarle que todo saldría bien.

– ¡Chico! ¡Chico! Maldita cabeza no recuerdo su nombre, y me lo ha dicho. ¡Chico!

Llevaba tiempo escuchando esa cantinela a sus espaldas, pero no le había hecho caso. De repente, se le ocurrió que conocía la voz. Se paró y giró su cuerpo buscando su procedencia. Estela venía andando lo más deprisa que le permitían sus tacones. Junto a él venía el chico que se había empalmado con la escena y sus dos amigos.

– Le hemos dado boleta el pavo ese – dijo exaltado el chico de los pantalones ceñidos.

– Pues sí. Nos hemos mirao y hemos pensao lo mismo, los cuatro. El resto ahí se ha quedao, como zombies, haciendo cola para follar con el espabilao ese.

– ¡Que les den! – añadió otro de los chicos. – si por lo menos hubiera estado bueno…

– Tío, le tenías cogido por los huevos y le dejas con un palmo de narices. Eres el puto jefe.

Era otro de los chicos. Le tendió el puño para chocarlo.

– Julio – se presentó. – Y el empalmao es Guille y Kike, mi novio.

– Yo Estela. Os invito a un helado. Es lo mejor para pasar este trago.

– Pero estás full. Si hace un frío de pelotas.

Ibai quiso poner alguna excusa, pero no se lo permitieron. Le cogieron entre los tres chicos con Estela empujando por la espalda. Entraron en una cafetería que conocía la mujer y que servían helados.

– Tío, nos has despertao. Joder, que jefe: “Perdone, pero me he equivocado”. Puto jefe. Y con el usted por delante. Una patada en los huevos le había dao yo al pavo ese – explicó excitado Guille.

– No alucines, te hubieras ido a follar con él y punto.

– No confundas, hubiera follao con éste – y señaló a Ibai. – Tengo buen gusto, no te jode. Tú te lo hubieras follao. Estás acabao, colega. Y tu novio mirando, fijo.

– Y tú Estela. ¿qué dices?

La chica sonrió picarona. Los miró a todos uno por uno antes de contestar.

– Debo decir que yo hubiera ido con él. Menos mal que Ibai me sacó del atontamiento. Es que te vi salir y me di cuenta de lo gilipollas que era. Mi marido te lo agradecerá también.

– Que se vaya a follar a la arpía de la recepción.

– Joder, que cardo.

– Puta simpatía, la zorra de ella. Casi te muerde Estela.

– Joder, Kike, habla bien.

– Que le den. Y a vosotros, otro tanto. Sois unos pijos de mierda.

– Sí, el pavo ese, no te jode.

– A mí si me da Ibai, me dejo – añadió Guille como sin darle importancia.

Ibai empezó a reír con ganas. Se le había pasado un poco su ofuscación. Pero nuevamente apareció en su cabeza la imagen de su hermano y los cuidados que necesitaría al salir del hospital y que no podría pagar. Y volvió su abatimiento.

– Tío, no te pongas así – Guille le dio un pequeño puñetazo en el brazo al darse cuenta de que se volvía a poner triste.

– A lo mejor necesitabas la pasta de verdad – Estela habló en un tono que invitaba a las confidencias. Los chicos así lo entendieron y cesaron en sus bromas continuas.

Ibai les contó sus problemas con su hermano. Cómo se habían ido de su casa por sus padres. El accidente que tuvo y que necesitaría alguien que lo cuidara mientras él trabajaba. Y no encontraba a nadie que lo hiciera.

– Me dijo un amigo del casting. Era una oportunidad para sacar pasta y poder pagar a un cuidador.

– Tío, aquí tienes a un cuidador.

Se quedaron mirando a Guille, que era el que había hecho ese ofrecimiento espontáneo. Julio le hizo un gesto de “¿estás loco, tío?”.

– Hombre, gracias, pero apenas me conoces. No…

– Tío, te debo mi orgullo y mi integridad. Y si nos organizamos, tu brother estará guay. Y así te tiro fichas, por si hay suerte.

– Pues yo me apunto. Además, soy enfermera. Así que guay. Enfermera en paro – aclaró ante las miradas sorprendidas de sus compañeros – Ahora limpio escaleras. Me podría ir a Inglaterra, pero no quiero dejar a mi marido. Además, el inglés se me da fatal.

– No sé … – protestó débilmente Ibai.

– Hecho – se rindió Julio mirando a Kike que sonrió asintiendo.

Ibai estaba a punto de echarse a llorar. La mañana había cambiado de color en unos minutos. No alcanzaba a entender como, esas personas que no conocía de nada, se prestaban a darle un apoyo que no tenía de su gente. Y después de esa experiencia tan humillante de hacía escasas horas.

– ¿Y me vas a tirar fichas? – le guiñó un ojo a Guillermo, que se había quedado un poco callado, pero sin dejar de mirarlo. El aludido sonrió ligeramente, con una prestancia que hasta ese momento no había enseñado, y contestó rotundo.

– Fijo.

– Menudo grupo hacemos. Estos dos emparejados, estos dos tonteando y yo de vigilante de la playa.

– Te molaría el puesto – bromeó Julio.

– De abuela. 30 tacos tengo.

– Nosotros 19, y no nos damos importancia.

– Yo 25 y tampoco me la doy – dijo entre risas Ibai.

Estela levantó la copa vacía de helado y les invitó a los demás con la mirada a que hicieran lo mismo.

– Uno para todos…

– Y todos para uno – dijeron un poco cortados los demás.

– ¡Qué horterada! – exclamó Guille, secundado por los gestos de todos.

– Pero mola – respondió Estela haciéndose la ofendida.

Una noche de San Juan.

Podía ver el reflejo de las hogueras a través del cristal. Su crepitar refulgía de cristal en cristal a lo largo de la calle hasta que llegaba difuminado al suyo.

Pilar.

Otra noche de San Juan. Recordaba aquellas de su juventud en la que los abuelos organizaban en el jardín de su casa, en el pueblo, una enorme hoguera.

– Lo viejo, hay que quemar lo viejo.

– Menos a los abuelos – apuntaba la abuela socarrona.

Y todos reían. Y los abrazaban y los besaban. “Los abuelos no son viejos”, clamaban los nietos dispuestos a recibir sus dádivas generosas y agradecidas por el cariño recibido.

Los niños tienen buenos recuerdos de los abuelos, en general. No siempre son como los recordamos; algunas veces eran tan indeseables como el peor de los villanos de los culebrones de televisión. Los abuelos de Ángel eran así. Retorcidos, malos. Tacaños. Aunque su marido no tenía el mismo recuerdo:

– Qué van a ser así, Pilar. Lo que pasa es que no congeniaste con la abuela.

– Ni con tu madre. Las dos igualitas.

– Por favor, Pilar, no seas así. Yo quise mucho a mi abuela.

Y Pilar callaba. “Al menos no defiende a su madre”. “Tiene derecho a querer a su abuela; total, ya está muerta y no puede tocar los cojones a nadie”. “Su madre en cambio, está en plena forma tocapelotas”. Si su marido le pudiera escuchar pensar así, se lo recriminaría: “Luego dirás que tus hijos son unos malhablados”.

Sus hijos eran unos malhablados, todo sea dicho. Aunque Pilar no era consciente de que tuviera arte ni parte en esa deriva de sus descendientes. “Las compañías, los amigotes, esos malnacidos a los que sus padres deberían haber lavado la boca con lejía”.

Luego, la vida avanza, y quemamos otras cosas en las hogueras. Ya no es tan material, es más espiritual. Y quemas cosas como las traiciones, las amarguras, la mala suerte en la lotería, o incluso los males de amores. La desesperanza, la decepción.

Pilar se encoge sobre si misma envolviéndose en la toquilla que le regaló precisamente su abuela. Todavía siente que huele a ella, aunque eso era imposible. Siente frío aunque hace mucho calor. La noche es veraniega.

La última semana ha sido especialmente dura. El jueves tuvieron que parar la quimio. No la soportaba más. Era como morir en una sala de tortura en la que se habían reunido los mejores maestros del ramo y todos y cada uno se había hecho cargo de una parte de su cuerpo. “El de la cabeza, ese es un puto crack”. Una gota cayendo en el mismo punto en la cabeza. Otra gota cayendo en un vaso. Choff. Choff. Choff. Una y otra vez. A un ritmo uniforme. Aunque te taparas los oídos, el “choff” penetraba en tu cabeza. Y la gota cayendo en la nuca. Choff. Desgarrada por dentro, informe por fuera. Cada choff era una muesca más en el avance de la rueda dentada del dolor y el malestar. Choff, choff.

– Ya no tengo forma humana – se quejaba a su marido amargamente por la noche, al acostarse. Él se acercaba a ella despacio, sonriendo, de esa forma que tiene él y que solo emplea con ella. Bueno, también lo hizo con Luis, pero esa es otra historia y aquello duró un par de meses. O eso piensa Pilar. Y fue hace mucho tiempo. O eso cree Pilar. Luego se dedicó a ella, solo a ella. Sonreía y le decía:

– A mí me gustas mucho. Hagamos el amor, mi vida.

Tenía que tener cuidado con lo que decía a su mujer. No podía decir “Estás guapísima”, porque ella lo negaría al hacer una afirmación racional. Siempre debía tener cuidado de mostrar sus opiniones, cosa que no podía rebatir con la razón y la evidencia como armas. Debía darla todo su amor, pero sin que sonara a obligación, a que lo hacía por pena, por animarla. Pilar era muy orgullosa, muy dura, y nada de “esas monsergas” iban con ella.

Esa misma noche era una muestra de su dureza. Les había echado a todos de casa para que fueran a la hoguera. Ángel no quería, ni los chicos, pero al final tuvieron que claudicar.

– Como todos los años, no sé que hay de diferente. Id y divertiros.

Loren le fue a replicar, pero una mirada de su padre le contuvo. Miró a su madre de refilón. Hubiera querido acercarse y abrazarla, pero sabía que eso la alteraría. Hacía ya unos años que no prodigaba esos afectos. Ahora se arrepentía, porque sabía que a ella le gustaría, y sentía que a él le calmaría el ardor permanente que recorría cada célula de su cuerpo. Ardor de necesidad del roce de la piel de su madre, necesidad de sentir que puede hacer algo por ella. Le diría tantas cosas, haría tantas cosas con ella… por ella, para ella…

– Cabezota la puñetera…

Casi en el mismo instante que habían salido por la puerta, Pilar se había arrepentido. Si hubiera tenido una miaja de fuerza, les hubiera seguido. Aunque se hubiera tenido que colgar del brazo de Ángel, o del brazo de Loren o de Gonzalo, los dos pequeños, los que estaban en casa. “Pequeños y me sacan dos cabezas, los jodidos”. Dieciocho y veinte. “Me hacen tan mayor…” Pero no tenía esa miaja de fuerzas y se mordió el orgullo y permaneció sentada frente a la ventana, esperándoles, echándoles de menos. Porque sí, los necesitaba, necesitaba su amor, su compañía, sentirles, poder echarles la bronca, poder… todo. Eran su vida. Ni su profesión, ni su trabajo, ni nada de todo lo que le había gustado en la vida era comparable a sus hijos, a su marido. Sentía que hacía un tiempo les perdió. Los mayores se fueron a sus cosas, sus carreras, sus nuevas familias. Estaban pero no era lo mismo. Con los mayores además fue otra cosa. Era difícil de explicar.

Tres pequeñas sombras rompieron el juego de sombras del fuego, al principio de la calle. Acababan de girar por la esquina tres de sus amores. Volvían con los hombros caídos, sin apenas hablar. Loren venía como encogido y Gonzalo parecía darle masaje en los hombros.

– Mi pequeño sufre.

Es jodido tener que reconocer que nada importaba ya más que la salud. Que todo lo que en los cuarenta y tantos años anteriores había quemado en la hoguera con tanta intensidad, ahora eran futilidades sin sentido.

– A partir de ahora solo quemaré el dolor, joder…

Volvió a encogerse y a cerrar los ojos. Se concentraba en los focos del suplicio con la intención de aislarlos y sofocarlos. Escuchó los pasos de sus chicos por el camino de grava. Luego llegó el sonido del llavero de Ángel. La llave en la cerradura. Pilar respiró hondo, hizo un supremo esfuerzo y abrió los ojos a la vez que sonrió lo mejor que pudo, justo a tiempo de mostrarles su mejor cara. No supo bien como lo consiguió pero incluso tuvo fuerzas para decir en un tono que le pareció hasta feliz:

– Qué bien, habéis quemado mis dolores en la hoguera, estoy mucho mejor.

Era mentira y todos lo sabían, pero quizás el hecho de haberla dicho, era una buena señal. Eso quisieron pensar.

– Ven, Lor, ven que te doy un masaje en las cervicales, que tu hermano no sabe. Os he visto por la ventana.

– Pero mamá, si… no es nada… si…

Fuera lo que fuera lo que iba a decir, la patada que le soltó su hermano hizo que se lo tragara. Loren se acercó con la cabeza gacha y se sentó delante de su madre. Ella se incorporó un poco y empezó a masajear los hombros de su hijo.

– ¿A qué ya estás mejor?

El chico fue a contestar pero apenas podía articular un sonido que se pareciera a algo parecido a una palabra, fuera en el idioma que fuera. La congoja acumulada desde que su madre los reunió hacía ya unos meses para comunicarles que estaba enferma, pero que iba a luchar y bla, bla, bla, “No os preocupéis, todo saldré bien”, había estallado esa noche de hogueras. Y esos dedos, los de su madre, esos que tantas veces, de pequeño, habían hecho eso mismo, esos masajes relajantes que le daban la vida, había vuelto a hacer el milagro de hacerlo sentir bien, de conseguir que su dolor despareciera, que la rigidez se disipara sin demora.

Pilar se agachó un poco más y sin dejar de acariciar el cuello de su hijo, le dio un beso en la coronilla. Y ese beso bastó para que los dos empezaran a llorar, juntos.

Gonzalo y su padre, sin decir nada, con los ojos acuosos también, se fueron camino de la cocina. Parecía que esa noche de San Juan, en la casa de los Uriarte, el fuego se había transformado en agua sanadora y milagrosa. Agua de lágrima, muchas veces, el mejor remedio para el dolor y la necesidad de amor.