Retazos de vida imperfectos. 02. Una flor y el amor. San Valentín.

Retazos de vida imperfectos. 02. Una flor y el amor. San Valentín.

jimmy290512-una mirada entre la gente 06

Todavía hace frío por las mañanas. Es el mes de febrero.
Salí ayer por la mañana a paso rápido. Salí de casa camino al trabajo. Salí deprisa por lo del frío y por lo del ejercicio. Pero cuando caminaba por los jardines de mi barrio, me fijé de repente en esa flor. La única flor. Era roja, será una rosa, será un clavel, no lo sé. Será la flor de la esperanza, no lo sé. Será la flor de tus ojos… tampoco lo sé.
Me dieron ganas de cortar la flor y llevármela conmigo, olerla y sentirla cerca de mis sentidos.
Pero sin pretenderlo, me he imaginado rápidamente una historia de amor. Un chico que iba a la mañana siguiente, al alba, y cortaba la flor para llevársela corriendo a su amor, al vecino del 8º en el portal de al lado del suyo, antes de que saliera a trabajar. Y le pedía una cita para el día siguiente, San Valentín, el día de los enamorados y de la amistad, por si lo del amor no llega, siempre queda la amistad, pensó en un ramalazo de locura.
Me imaginé que el que cortaba la flor de llamaba Waldo y el del 8º del piso de al lado, Alberto.
Alberto es un chico que tiene mucho miedo a ser. A lo mejor con esa flor se atreve un poco. Y con la mano de Waldo.
Me costó salir del ensimismamiento en que me había quedado frente a la flor, en los jardines de mi barrio. Hacía frío. Desestimé la opción de cortar la flor. No quería que Waldo no encontrara algo que entregarle a Alberto y estropear así una bonita historia de amor por San Valentín, y mucho menos, quería ser culpable de que Alberto no encontrara la forma de vivir con él y para él, y con Waldo, pobrecito.
Para ti pues, esta flor, Waldo. Para ti, Alberto. Y para ti, te llames como te llames.
He de decir que me quedé un poco frío delante de la flor. Y que ya no recuperé el ritmo de la marcha. Entré en el primer bar y me pedí un cafecito, con leche, muy caliente, por favor, que estoy helado. Todo por no haber cortado la flor para mí.

Vístete, que hace un poco de corriente.

Dos hombres sentados en el sofá del salón de su amigo Ramiro. “¿Qué haremos por San Valentín?” Preguntó uno de ellos. Nadie contestó.

Una fiesta de Carnaval por todo lo alto. En casa de Ramiro, claro. No podía ser en otro sitio. Mucha comida, mucha bebida, muchos amigos y amigas, todos y todas disfrazados. Música, baile, todo estupendo. “Una gran fiesta, Ramiro”. “Un fiestón Ramiro”. “Eres el puto amo, Ramiro”. “La hostia que fiestuqui”. “Ramiro for president”.

Hacía un rato que Ramiro se había retirado a su habitación con Jorge, uno de los camareros del cátering. Ramiro había contratado al cátering por Jorge, el camarero. Le echó el ojo en una fiesta en el club de tenis y se dijo: a éste lo conquisto yo.

Pero esa es otra historia, la de Ramiro y Jorge. Ramiro el apestado de pasta, y Jorge, el camarero jovencito que rompe corazones. Sexo y deseo. Pero tienen su historia. Otro día.

Dos hombres sentados en el sofá del salón. Uno de ellos acaba de sentarse. Toda la noche bailando, riendo, está sudoroso. No ha parado de bailar. El tío, como se lo ha pasado. ¡Qué aguante! ¡Qué marcha! El ritmo en el cuerpo. Esto último es un poco exagerado o incluso un poco irónico. Lo comentó otro bailingo un poco celoso del éxito del otro, y que se fijó en que iba un poco desacompasado con la música. El otro hombre del sofá ya lleva un rato en él. Hasta hacía una hora o así había estado tan divertido, tan bailón y tan sudoroso como su novio. Él nunca se desacompasaba. El baile y su cuerpo siempre habían constituido una simbiosis perfecta. Pero de repente, tras un redoble de tambor que no supo muy bien de dónde salió, no sabe si fue en su cabeza o en su imaginación, o que el DJ le había dado por ahí, o fue su cabeza, entrecerró los ojos y lo miró fijamente. Fue como un flash y mientras todo a su alrededor dejaba de ser real para ser una pantomima sin sonido ni color, vio sucederse capas y capas en el rostro de él. Capas que se levantaban para dejar paso a la siguiente. Primero la capa de colorete, luego la de maquillaje del disfraz, luego la de la diversión, la cara de la chunga, la cara de estar pasando una noche de vicio y la cara de ser un hombre feliz. Y por último, fue así como rápido, como si fuera una película de estas de ordenadores, de investigadores o algo así, se desprendió de la cara de su novio el rostro de hombre enamorado. Después de todas esas capas desaparecidas y alguna más que debido a la impresión no vio separarse del rostro de su novio, no reconoció lo que veía.

– ¿Qué te pasa, Bernardo?

– Jonatan, no te conozco. Me acabo de dar cuenta.

– Ya estás con la coña.

Se miraron.

Jonatan supo de inmediato que no era coña. Supo que algo había pasado. Supo que Bernardo no se contentaría como otras veces con una broma y un buen polvo.

– Quítate el disfraz de una vez, Jonatan.

Estuvieron así, quietos, mirando al frente, en el salón de la casa de su amigo Ramiro un largo rato. Ramiro pasó a despedirse cuando subió a su habitación con el camarero Jorge, por el que había contratado el cátering. Esto es repetitivo, ya lo había dicho antes. Pero era por si acaso se me olvidaba. Bernardo se dio cuenta que el tal Jorge no iba muy feliz de la mano de Bernardo, pero sabía que el chico haría cualquier cosa por su padre y su negocio. El cátering era de su padre.

– No te conozco Jonatan. – repitió al cabo de un rato largo. – Quítate el disfraz. Y no me refiero al de payaso. – se lo pensó un rato antes de seguir – bueno, ese también. Estás un poco ridículo.

Al cabo de otro buen rato, una media hora o 35 minutos más o menos, Jonatan se levantó y miró a Bernardo.

– ¿Y si no te gusta lo que hay debajo del disfraz?

Silencio.

Jonatan hizo un gesto con la cabeza, apremiando una respuesta.

– ¿Y si me conquistas de verdad siendo tú? Ahora me tienes perdido.

Jonatan se quitó la peluca lentamente, sacó una toallita desmaquillante del bolsillo de la chaqueta y se limpió la cara. Despacio, mirando a Bernardo.

Éste tampoco quitaba ojo de Jonatan. Quería comprobar si el resultado de la limpieza de la piel de su novio, tenía el resultado que en su flash imaginario estilo película de intriga moderna y futurista. Pero era imposible, porque el flash había sido como muy de serie de televisión de cable y la realidad en este caso no tenía nada que ver.

Jonatan se quitó la chaqueta, y los pantalones. Y los zapatones de payaso. Y la nariz de Pinocho y los pendientes de Lola Flores.

Se quitó los calzoncillos de mercadillo y los calcetines de tres pares 1 euro. Y la camiseta del Barcelona, que llevaba debajo.

Se quedó en cueros, mirando a su novio. Con su piel llena de pequeñitos huevecillos, que no se debían al frío o a la pequeña corriente que había en la casa, seguramente los del cátering se habrían dejado alguna ventana abierta en la cocina, sino por el miedo a que lo que veía Bernardo ahora en él no le gustara y le dejara antes de abandonar la casa de Ramiro, sin darle una oportunidad siquiera de celebrar San Valentín, con la ilusión que le hacía, ir a un restaurante de la mano y decirle al mundo que ese hombre de al lado, el de la mano era su hombre. La de caras que iba a tapar que ya le habían condenado a la soledad viejuna, y eso que todavía le faltaba un siglo y medio para ser siquiera aspirante a viejuno. Pero la gente es muy mala y enseguida te condena, sobre todo si comprueba que no encajas con ninguno de los hombres que frecuentas, y que los intentos de enoviarte han salido rana, rana, y alguno muy rana, con auténticos tarados de esos que encima se creen víctimas de la sociedad y que con esa excusa, la de ser víctimas, se dedican a machacar a los demás con denuedo e impasibilidad, en el rostro y en el alma.

Bernardo no veía nada en la cara de Jonatan. Aunque tuvo un momento de raciocinio y pensó que a lo mejor era por lo de comparar con el flash del baile, que a lo mejor fue un bajón de tensión o algo de eso.

Jonatan se dio cuenta de que a parte de su cuerpo desnudo, no le estaba mostrando nada a Bernardo. Tenía que hacer algo. Algo que no lo había hecho en el año y medio que llevaban juntos. Tenía que hacer algo. Algo impactante. ¡¡Èso!! No le había dicho casi ninguna vez que lo quería, ni se lo había demostrado. ¡¡Tenía que decir algo, joder!!

– Te quiero.

Le salió así, de repente. Dolió como un parto. Es que eso de decir a alguien “Te quiero” era como si le apretaran los cojones así como muy fuerte, muy fuerte después de darle una patada con botas de “chupamelapuntatontodelhaba”. Todavía recordaba algún intento de decir algo así y que acabo en risas y más risas por el destinatario y su troupe. Joder, pero le atenazaba el pecho el miedo a que Bernardo le dejara. Es que lo amaba tanto… lo amaba tanto que había intentado construir algo pensando en lo que le gustaría a Ber. No se le había ocurrido que a lo mejor, él quería todo lo contrario. A lo mejor ver quería lo que encontró aquel día en la cafetería que quedaron después de ligar por una APP de esas del móvil.

– Sí, sí, Ber, te quiero. No te lo digo nunca y … sabes es que… no puedo vivir sin ti. No fue algo que saliera de mí al principio, sabes que me costó, que al principio pues no te quería mucho, y tú demasiado y pues que poco a poco, fui así como que me fui enamorando poco a poco, sí, es verdad y me conquistaste… yo creo que fue aquel día en que te caíste de culo en la nieve. Ese día me enamoré. Al final acabé enamorándome y enamorándote. No, eso no, que eso ya lo traías tú desde el principio. Estabas ahí en la nieve, y querías llorar de rabia, pero te reíste a carcajadas. Al final acabé enamorándome. Tú ya estabas enamorado. Siempre llego tarde, ya lo siento.

Bernardo entrecerró los ojos una vez más. Creyó que esta vez, en ese momento, su novio estaba desnudo de cuerpo y que de alma, también.

– No quiero que te disfraces para mí. Quiero verte a cara lavada siempre. Quiero ver tu piel, sentir tus palpitaciones, sentirte. A ti. No a un personaje prefabricado por lo que crees o no crees que quiere el mundo.

– ¿Celebraremos entonces San Valentín?

Bernardo sonrió ligeramente e hizo así un gesto como de medio de lado, asintiendo.

Se dieron un suave pico. Y los dos dijeron a la vez un te quiero de estos que emociona escucharlos.

– Vístete que hace un poco de corriente.

Y salieron de la casa de su amigo Bernardo, que en su habitación hacía el salto del tigre con Jorge, el camarero del cátering, por tercera vez.

Enri y el día de la marmota.

Enri y el día de la marmota.

Joni se llevó la mano a la frente. Acababa de darse cuenta: era el día de la marmota.

Enri y él se habían reído toda la vida de ese día. Lo hacían los días antes y los días después. Porque el mismo día de la marmota, rendían al animal o a la tradición, no sabían muy bien a cual de las dos cosas, un homenaje sentido.

Era una forma de llamarlo. Homenaje. Joni por mucho que lo intentaba no lograba saber que diablos pasaba exactamente ese día. El caso es que Enri se quedaba como pasmado en la cama. Y así pasaba el día.

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Joni alguna vez había pensando que al menos, para seguir con el homenaje perfecto a la marmota, podía acercarse a la ventana y ver si hacía sol, si veía su sombra o la sombra de la madre que lo parió. O si llovía o algo. Pero no. Fuera el día de la semana que fuera, hiciera viento, nieve o un sol del carajo, del mes de febrero, pero del carajo al fin y al cabo, el caso es que siempre pasaba lo mismo.

Sonaba el despertador como siempre a as 7 y 12. lo de las “y 12” era por ese afán de no tener querencia por los numeros justos, o sea, en 5 o en 0 acabados. Cuartos o y medias o incluso en punto clavados. Desterrados las horas justas. Los demás días del año, Enri sonreía y se levantaba feliz cual perdiz. Cantarín y directo a la ducha. Dicha ducha, o ducha de la dicha, que ducha más dichosa. Joni se había levantado un rato antes porque en el reparto de las tareas domésticas, le tocaba hacer el desayuno y la cena, día sí y día también, que a Enri lo de la cocina le daba sarpullido.

El caso es que salía de la ducha dichosa, cantarín y feliz, cual perdiz o codorniz, y se sentaba a la mesa de la galería, para ver caminar a la gente mientras se comía unos huevos revueltos y sus lonchas de Pavofrío. Y café solo, muy solo y aguado, muy aguado, como los americanos, y unas galletas Chiquilín, que maravilla de galletas. “Que me gustan la leche”, siempre se lo decía a todo el mundo, cuando quedaba con los amigos o cuando iba a reuniones familiares. “las Chiquilín las mejores; ¡Molan!”.

A Joni le gustaban las “Campurrianas”, pero tampoco se encargaba de pregonarlo a los cuatro vientos, que tampoco era fan así como fan, fan, de friki.

Enri siempre acaba el desayuno con un par de yogures naturales, de Danone, por favor. Siempre cantarín, siempre feliz, siempre con ganas de comerse el mundo, de salir a la calle y contagiar a todo el mundo de su felicidad.

El día de la marmota no.

Se levanta al sonar el despertador. Levantarse no es el concepto exacto. Se incorpora es más adecuado. Pone los pies en el suelo y ahí se queda. La mirada perdida en lo que tiene delante, la respiración pausada, los ojos abiertos, pero sin vida, sin alma, sin ganas de nada. Como si fuera una marmota, piensa a veces Joni.

Hoy, como todos los días de la marmota, al ver el panorama, ha llamado a Willy, el vecino. “Tómate el desayuno, Willy, que no me acordaba de la marmota”.

Joni ha cogido el teléfono y ha llamado al trabajo de Enri: “Está indispuesto, Marisa. Pero no creo que sea nada grave”.

– ¿Es vuestro aniversario? – pregunta curiosa – Seguro que vais a pasar el día en la cama, follando como cosacos.

Joni levanta las cejas, que casi se le escapan de la cara de lo rápido que ha hecho el gesto. Marisa había conseguido asustarlo con la pregunta y con lo de “follar todo el día”.

Carraspeó incómodo antes de tirar algunos balones fuera.

– ¿Por qué lo dices? No entiendo a que viene esto…

– Enri siempre se pone malo todos los 2 de febrero.

– ¡Ah!

Joni dio por terminada la conversación. NO sabia muy bien que decir y siempre le había dado buen resultado hacerse el tonto. Se lo hizo una vez más.

Volvió a la habitación y se aseguró de que Enri estuviera bien tapado. Una vez se despistó y al día siguiente Enri tenía un gripazo del veinte.

Llamó luego a Paúl. Paúl era un chico que había vivido hasta el año pasado en el piso de abajo. Era un buen chico. Casi se había criado con ellos. Ahora se había ido a vivir con sus padres a unas calles de distancia. Pero seguían viéndose todos los días. Era casi como de la familia.

– El día de la marmota, me lo esperaba. – dijo a modo de saludo al contestar el teléfono. – No te preocupes, me quedo de vigilancia.

No solía pasar nada, pero por si acaso. Enri no se iba a mover en todo el día. No iba a cambiar de postura, ni iba a mirar a otro lado que no fuera la pared de enfrente. No iba a mover los brazos ni iba a ir al servicio. No iba a tener sed ni hambre. Por no tener, no tendría ni recuerdos de ese día. Y tampoco tenía que recordar nada especial, vamos. Pero por si acaso, Joni prefería que se quedara vigilado.

– Con esta tontería, Joni, acabamos celebrando el día marmotero ese – dijo al entrar en la casa con su propia llave. – Vete que llegas tarde.

Joni sonrió pesaroso y salió corriendo. Paúl se acomodó en una butaca de la habitación y se dispuso a pasar el día leyendo y mirando a Enri.

Y mañana el tío, tan normal, tan sonriente, tan feliz y sin acordarse de nada. Y yo que creo que es para no celebrar el aniversario de boda… pobre Joni, otro año que se tiene que guardar el regalo.