Chicos en calzoncillos. Toma 10. Por Rey.

Para quitarme el disgusto de la desaparición de los vídeos de la l´´inea argumental de Merlí que atañía a Bruno y Pol, que mejor que unos chicos en calzoncillos. Para aumentar la colección.

Estos son las propuestas que me ha enviado Rey para mi colección de calzoncillos. Son estupendas.

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Alguno que se anime a decir cuales de estos chicos son actores porno.

O poner nombre a alguno de estos chicos.

Bruno y Pol, de Merlí. 12ª parte.

Actualización:

De momento, nos deberemos conformar con ver el capìtulo completo de Merlí. No es menos interesante que si estuviera extraída la línea argumental de Bruno y Pol. Porque los problemas de Bruno, ocupan mucho de su metraje.

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Espero lo disfrutéis.

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¿Qué pasará hoy?

Hummmmmmm.

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Abrazándome fuerte.

La miré ahí, en el ataúd. Está cerrado, pero tengo su imagen prendida con chinchetas en el tablón de mi corazón. Se me encoge el alma. Se ha ido sin hacer ruido. Sin molestar. Como ella quería. Durmiendo.

Tardé en amarla. Amor. No sabía lo que era. No te enseñan esos conceptos en la escuela. En las novelas el amor es grandilocuente, pleno de purpurina y fuegos artificiales. Estómagos llenos de mariposas. A veces esas mariposas recurrentes se convierten en sanguijuelas y los fuegos artificiales tornan en dramas llenos de negrura, de amargura, de dolor.

Pensé que no la amaba. No había pomposidad en lo nuestro. Al menos no la había en mí. Ella siempre sonreía, me acariciaba el rostro, me besaba los labios. Me sonreía. Ella sabía que no era amor lo que me unió a ella al principio. Era necesidad, era una escusa para huir del miedo, del oprobio, de la vergüenza. Ella en cambio, era todo amor, desde que me miró directamente a los ojos en aquella cafetería, al lado de su amiga Carmela. Allí me sonrió por primera vez. Allí pensé que sería una buena opción.

Y lo fue.

Día a día me fue conquistando. Sin mariposas, sin fuegos artificiales. Con paciencia. Cuanta tuvo conmigo cuando me despertaba por las noches, asustado, lloroso, sudoroso.

Ella sabía, pero callaba. Me acariciaba la cabellera empapada de sudor y me sonreía.

Se acercó Borja. Mi hijo mayor. Se sentó a mi lado. Es igual a su madre. Tiene su misma sonrisa, él sabe, lo sé. Sabe lo que la he amado. A mi manera. Parco en gestos. Lo sabe. Todo. Sabe lo que estoy sufriendo. Lo que he sufrido toda mi vida. Me pasa la mano por la espalda, despacio. Me coge la mano. Me la aprieta, como hacía ella. Me da un beso en la mejilla. Ella también lo hacía. Sonrío. Se me escapa una lágrima.

Ahora lo sé. No pude amarla más. Lástima que ya sea tarde para ser yo quien apriete su mano, quien la bese en los labios, en la mejilla, cada instante.

Saúl se sentó al otro lado. Saúl es nuestro segundo hijo. Es igual a mí. Repartimos los genes. Lo hicimos bien.

Íbamos al parque los sábados. Los niños corrían con Rusty, el perro que teníamos por entonces. Corríamos, jugábamos con la pelota. Llegaba un momento en que me hacía el cansado y me sentaba en un banco. Me quedaba como mirando al infinito. Pero en realidad lo mira a él, que acababa de llegar con su esposa. Se sentaban en otro banco, un poco distante, pero no demasiado. Abrían un libro cada uno y leían al calor del sol. Ella leía. Él me miraba de soslayo.

Yo lo miraba a él. JJ. Él me miraba a mí. Nada más que mirarnos. Nada más.

Que hubiera pasado si nuestros tiempos fueran los de ahora. Si no hubiéramos sido unos cobardes. Recuerdo que cuando nos conocimos, lo nuestro sí tuvo fuegos artificiales. Lo nuestro sí llenó nuestros estómagos de mariposas. Sí hubo drama. Mucho. Y mucho amor.

Pero su padre intuyó algo. El mío también. Mucho drama.

Nos separaron. Éramos jóvenes y cobardes.

Un día, muchos años más tarde, por casualidad, nos vimos en el parque. Sábado a las 12. Y todos los sábados, tácitamente, nos veíamos allí. Él con su mujer, yo con la mía, con mis hijos, mi perro. Él con los suyos. Nos mirábamos sin decir nada. Sin un gesto de reconocimiento. Con apocamiento. ¿Con miedo? Era el momento de pensar qué hubiera sido de nosotros, de nuestra historia, si nos hubiéramos fugado.

Debo confesar que cada sábado, sentía una corriente eléctrica recorriendo mi cuerpo. No apartaba de él su mirada. Y él no la apartaba de mí. Estoicos. Sin una mínima señal que hiciera pensar a nadie que nos conocíamos. Llegaba un momento en que su mujer, o la mía, nos sacaban de nuestra nube particular. Plegábamos velas y partíamos hacia nuestras vidas.

Saúl se levanta con gesto decidido. Se aleja. Ni siquiera lo miro. Me estoy emocionando.

Pensé en abandonarlo todo y buscar a JJ. Fugarnos. Recuperar el tiempo perdido. Pero no. No. Abandonar a Elvira, a los niños. No. Esas veces debí poner nombre a lo que sentía por mi mujer. Amor. Debí poner nombre a lo que sentía por mis hijos: Amor. Perder amores por recuperar otro. No era una opción. Aunque entonces solo llamaba amor a JJ.

Estaba con la cabeza gacha. Llorando. Ahora sí. Me saltaba la duda: ¿Se sintió amada? No se lo demostré lo suficiente, lo sé. Soy tan… miserable. Ella que me salvó la vida. Me la salvó. Ella y mis hijos.

Sentí que Saúl se había vuelto a acercar. Sentí que venía con alguien. Pensé que no estaba capacitado en ese momento para ver a nadie, así, tan de cerca. Debí decir algo al respecto, como que mejor más tarde, que perdonara. Todo entre estertores de dolor. Me dolía tanto en ese momento que ella pudiera haberse sentido poco querida… con lo que la amaba.

– Ella lo sabía. Que la amabas.

Sentí un click en mi cabeza. Esa voz era conocida. Sonaba distinta. El tono. Los años. Pero la cadencia de sus palabras era igual. Levanté la vista y lo vi. Hacía años que no nos habíamos cruzado. No sabía como gestionar la situación. Me sentía como si traicionara a Elvira. Miré a mis hijos que me sonreían. Joder. Saúl también tiene la sonrisa de su madre.

– Ella nos pidió que lo buscáramos.

No pude contenerme. Me sumí en un mar de lágrimas. Nunca he llorado así. Me costaba respirar. Me ahogaba. JJ se arrodilló y me abrazó. Mis hijos se sentaron a mi lado y me rodearon con sus brazos. Éramos casi una piña. Con los ojos cerrados me la imaginé mirándonos. Sonriendo. Parecía decirme que todo estaba bien.

Y quizás sea así: todos mis amores juntos. Ella prendida con chinchetas en mi corazón. Ellos, abrazándome fuerte.

Diario de un hombre sin nada que contar. 37ª entrada.

Estoy retrasado contando. Sigo el mismo ritmo que cuando no pasaba nada. Ahora pasan cosas.

Tengo dos chicos en casa. Eso es mucho.

Su madre dice que se los lleva, pero no está claro.

Los chicos no quieren irse.

Yo no sé lo que quiero.

Con Eduardo, solo trabajo. El otro día me dijo de ir a tomar algo. Me disculpé. Es mejor así.

El otro día se hizo el encontradizo con los chicos. No le hicieron mucho caso. Se han dado cuenta de todo. Ya no les cae bien.

No sé de que va Eduardo. Parece que quiere recular, sin saber cómo.

Mi Madrid gana. A pesar de Zidane. Viva Morata.

Me gusta Morata.

He leído que quieren venderlo. Me quito de aficionado.

Alucinaría si un día aparece en mi puerta. Estaría bien. Morata.

Teresa llama casi todos los días. Me apremia con lo de mi hijo Antonio. Aprovecharé que Oriol y Pol se van de viaje con el colegio la semana que viene. Una semana. Por el inglés. Les vendrá bien para irse a Canadá con su madre.

López no dice ni palabra.

Lo fui a buscar. No lo saben los chicos. Ha pedido el traslado en el trabajo. Le dije cuatro burradas. Me callé otras tantas. No reaccionó. Me miró como si fuera un fantasma. Me dio tanta pena que lo abracé. Lo está pasando mal. Lo de irse Elvira, ha despertado la semilla del mal que tenía abonada dentro de él por su familia. Imagino que será eso. No quiere hablar. Cada uno sale como puede. Mi vida, mis sensaciones al respecto, no son las suyas, es evidente. Empezamos igual. Todo empezó con nosotros besándonos y nuestros padres pillándonos.

Acabo de volver a hablar con Teresa. Me dice que Elvira no tiene prisa por los niños. Para el curso que viene, dice. Ella piensa que no hablamos, me lo dice en confianza.

Pues los niños como dice ella, necesitan a su madre, la dije.

Teresa no contestó. Pensaría que mis hijos necesitan a su padre. Es incongruente: no cuidé de mis hijos, y ahora cuido de los de los demás. Mi escusa es que mis hijos estaban cuidados, y los de López, no. Pero es una disculpa.

Eduardo también ha pedido el traslado. No me lo ha dicho él. El de personal del banco me llamó el otro día. Por eso de proponer tomar algo. Me lo querría contar. Y yo que pensaba que quería volver.

Quedaré con Luis mañana. Los chicos salen. Yo salgo.