Diario de un hombre sin nada que contar. 41ª entrada.

Tatojimmy se retrasa. Eso me da ánimos.

Me creo está cansado. O enfermo.

Me he saltado lo de Antonio, mi hijo.

Vuelvo a ello.

Pasó antes de volver Elvira y al drama de los chicos.

Le preparé una encerrona.

Mi hijo anunció que se casaba. En verano. Con Adela.

El tema me reconcomió. Yo creía que era gay.

Luis lo atestigua con experiencias en la cama.

Mente abierta, me digo a veces. Puede ser bisexual. Puede ser que siendo gay se enamore de una chica. Open mind.

Mi hijo no tiene mente abierta. Es cuadriculado.

Le llamé varias veces para allanar. Un fin de semana le dije que iba a visitarlo. Los chicos se quedaron con Didac. Son mayores, pero prefiero un cierto orden.

Le dije a Luis que fuera conmigo. Dijo no.

Insistí. Dijo no.

Volví a insistir, un sábado en la cama.

Dijo no.

No me gustan los dramas. Antonio es buen tío.

Por eso, le contesté.

Dijo no.

Volví a la carga. Al final dijo sí.

Allá fuimos.

Luis nervioso. Yo nervioso.

Quedé en una cafetería del centro. Es de las pocas que conozco en la ciudad donde vive ahora mi hijo. Luis se sentó en otra mesa.

Antonio llegó tarde.

Yo iba a darle un beso y un abrazo. Él me tendió la mano. Me quedé descolocado. Le di la mano.

No es su culpa. No le he besado desde que era pequeño. Menos un abrazo. Ahora, con Oriol y Pol, he cambiado. Les beso. Les abrazo. Ellos a mí. Ya no tengo miedo. Maté las semillas de mis progenitores. Las semillas del odio y del miedo. Oriol y Pol las mataron, de hecho. Ver lo que los intolerantes han hecho en López y su mujer, me ha hecho pisotear la tierra en donde ellos lanzaron su semilla de infelicidad.

Para mis hijos, mi determinación llegó tarde. Es difícil que eso cambie. Ellos lo tienen marcado a fuego. Un padre ausente, aparentemente despreocupado. Distante. Eso es lo que he sido con ellos.

Nos sentamos.

Fue difícil hablar. Al final rompimos el hielo. De todas formas, aquello no fluía.

Decidí meterme en harina.

¿Por qué? Pregunté.

Porque nos amamos, me dijo indignado.

Eres gay.

Debí ser más suave en mi afirmación. Le indignó. Se levantó echando fuego.

Yo no soy de esos maricas, como tú. Lo sé todo. Los abuelos me contaron.

¿Los abuelos?

Otra grieta en mi determinación de apartar a mis padres de mi familia. Teresa me dijo luego que no sabía nada.

Fue en los campamentos de verano. Ellos le visitaban. Le comieron la cabeza.

Pero has estado con hombres.

Mentira, me dijo con la mirada cargada de odio.

Has estado con hombres.

Mentira, volvió a afirmar, no tan rotundo. Veía mi determinación. Imagino que se temió que sabía algo.

Hola Anto, dijo Luis detrás de mí.

Antonio se levantó y salió corriendo.

Luis amagó con salir detrás de él. Se lo impedí.

Estaba seguro que volvería. Tardaría un rato. Volvería.

Tardó un rato.

Volvió.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 40ª entrada.

Caí enfermo.

Ansiedad. Gripe. El virus más famoso: el estomacal. Limpieza. Arriba y abajo. Hecho polvo. Los chicos de viaje con el colegio. Solo en casa.

Solo.

Cuando estás enfermo es cuando notas más la soledad.

Un desastre.

Adelgacé esa semana 5 kilos.

Dídac venía a traerme Acuarius para beber. Ponía su mano en mi frente.

Tienes fiebre, decía.

Me quedo, ordenó.

Se quedó un par de noches. En silencio. Trabajaba mientras me miraba de reojo. Estaba preocupado, se lo noté. No dijo nada. No dije nada.

No tenía ganas de nada. Ni de fútbol. De tele. De libros.

Me llamó Luis. Se había enterado. Se preocupó por mí.

Teresa llamó.

Los chicos a cada rato un wasap. Quería volver a cuidarme.

Yo con ganas de nada.

Solo.

Pesaba la soledad. Pero no quería a nadie. Me molestaban hasta las charlas de mis vecinos que escuchaba nítidamente por el silencio de mi casa.

Eduardo, mi compañero de trabajo y aquel proyecto de pareja, no dijo nada.

El viernes me recuperé un poco. Volvieron los chicos. Me prepararon un consomé para cenar. Y una tortilla francesa.

Me sentó bien.

Me hicieron sentir bien.

De coña, dijo Pol que me había puesto malo porque se habían ido ellos.

Negué hasta cinco veces.

¿Y si tienen razón?

Anda que, a cualquiera que le cuente que tengo más conexión con estos chicos que con mis propios hijos.

Una cosa tengo que agradecerles: que espantaran a Eduardo.

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Néstor G.

Diario de un hombre sin nada que contar. 39ª entrada.

Fue muy fuerte.

Elvira se quitó la máscara. Me recordó a la mala de Cachorro, aquella película de hace unos años. No quiere que cuide a sus hijos, por si se contagian. Por si me da por …

No son tus hijos, nos dijo en la comida.

Los chicos se indignaron.

Yo la miré incrédulo.

No te conozco Elvira.

Es el novio que tiene, me dijo luego Teresa.

Yo con la sensación de que todo eran pamplinas, comedia. No me la podía quitar del cuerpo.

Elvira insistió en llevarse a los chicos.

Soy la madre y punto, dijo taxativa.

También eras su madre cuando te fuiste, hace unos meses.

Oriol no dejaba de teclear en el móvil.

Pol la miraba con odio.

Didac intentaba razonar con ella.

No eres así, Elvira, le oí que le decía. Y no es justo con Néstor.

Pero…

Nada. Elvira, nada. Alguien te ha comido la cabeza. No eres justa con tus hijos, son lo importante.

De repente, apareció Mariano Pontes. Es un viejo amigo, y parece que su hija es amiga de Oriol. Nos saludamos. Yo ojiplático, con miedo a preguntar la razón de aparecer allí.

Mariano es abogado.

Nos pidió hablar con Elvira a solas. Oriol me dijo con la mirada que nos fuéramos. Y nos fuimos.

Le pregunté, pero no me dijo nada.

Su hermano no le preguntó. Están juntos en sea lo que sea.

Nos hemos ido los cuatro a pasear. Reíamos y bromeamos. No hablamos nada de lo que pasaba. Los chicos estaban tensos.

Oriol recibió un mensaje.

Podemos volver. Lo dijo suspirando. Aliviado.

¿Qué pasa? Pregunté.

Ahora. Mejor Mariano.

Mariano no dijo nada. Elvira dijo muy enfadada, muy tensa, muy todo, que los niños se quedaban, de momento. Yo, con la sensación de que el enfado, y demás pamplinas, era comedia. Sus ojos reían.

Esto no va a quedar así, me dijo mirándome a los ojos, con gesto de odio, mirada triunfante. Los ojos la delataban.

Me enfadé. No sé si por la comedia que me imaginaba, o por su pretendido asco y odio.

No me toques los cojones, Elvira. No sé de que vas. No sé de que va esto. Arregla tu vida sin estropear la de los demás, dije.

Mariano me hizo una seña para que no dijera nada.

Elvira se fue del restaurante, en ese momento solo abierto para nosotros.

Pregunté. Al final no sabía lo que había pasado.

Oriol me pidió ayuda para quedarse. Y se ha he prestado.

Pregunté más.

Mejor no sepas. Si pasa algo, te digo.

No era el momento, pero no me conformaba con eso.

Lo celebramos.

La nueva familia unida.

Luego he pensado que, podía haber sido todo una artimaña de Elvira para que me quedara con los niños. Estaba claro que la estorbaban. Ahora, parecía que ella había intentado recuperarlos. Ellos habían dicho que no, y yo me los había quedado de buena gana. Había luchado por ellos, incluso.

Y mi mujer ha sido cómplice.

Me siento un monigote.

Me la han dado. Lo percibo. Sabían como atacarme.

Menos mal que el Madrid sigue adelante. A pesar de Zidane. En lugar de BBC, ALM: Asensio, Lucas Vázquez y Morata. Modric no está bien: Kovacic. James está bien. Isco también. Hay alternativas.

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Néstor G.