Retazos de vida imperfectos 07: “La sorpresa de Tomás”.

 

Tomás carraspeó con persistencia.

Ernesto, su padre, seguía escribiendo. Estaba acabando las últimas frases de su próxima novela.

– ¡¡Bien!! – gritó exultante Ernesto al acabar el capítulo.

– Ejem. – volvió a la carga Tomás. – Grrrr, grrrr, ejem.

Arturo los miraba divertido desde la puerta.

– Papá.

Ernesto no le hizo ni caso.

– ¡¡Papá!! – dijo casi gritando.

– ¿Eh?

Ernesto dio un salto. Estaba tan concentrado que no se había percatado de nada.

– ¿Qué pasa Tomás? Me has asustado. ¿Estás enfermo?

Se acerco a él asustado. En un momento se dio cuenta que su hijo pequeño estaba angustiado. Tenía la frente perlada de gotas de sudor y su tez estaba pálida. Le puso la mano en la frente y le abrazó.

– ¿Estás bien mi vida? ¿La gripe? ¿Has soñado con la maga mala?

– Tengo que decirte algo. – tragó una saliva de la que no disponía.

Ernesto se separó de su hijo para poder verlo.

– Mira que eres dramático, enano. Suelta lo que sea, que a papá le va a dar un algo. – apuntó Arturo.

– Tranquilo, Tomás. ¿qué ha pasado? – matizó Ernesto.

– Pues que… ejem, tengo novia. – estas dos últimas palabras fueron casi un susurro.

Arturo estuvo tentado de soltar una carcajada. Ernesto levantó una ceja y no se atrevió a respirar.

– ¡Dí algo! – apremió Tomás. – y tú, no te rías imbécil – le espetó a su hermano – que ya te vale contigo y tus rollos.

– Oye, enano, déjame en paz que no me he metido contigo. Todavía.

– ¡Papá! – Tomás volvió su atención a Ernesto. – Perdóname, ya sé que pensabas que lo mío con Ricardo iba en serio, pero… Valentina… es que me he enamorado.

– ¡Ah! ¿Valentina?

– ¡¡Dí algo!! Joder, ya sabía que te iba a decepcionar. No debería habértelo contado. Debería haber fingido estar con un chico.

– Pero que dices, Tomás, si te quiero y te querré siempre, ya lo sabes. Me da igual que estés con un chico o con una chica. Solo que me he sorprendido. Pensaba que te gustaba Ricardo o en todo caso, Guillermo.

– O Manú – apuntó Arturo. “O Eduardo, o Luis, o Hugo…” pensó, aunque no lo dijo en voz alta.

Arturo seguía intentando controlar una carcajada so amenaza de su padre de partirle las piernas en cuanto se quedaran solos. Ernesto a Arturo: mirada de “te la estás jugando”.

Ernesto se levantó y dio un abrazo a Tomás. Hizo un gesto a Arturo que se acercó corriendo y se abrazó a los dos.

– Sé que no os cae bien Valentina… – Tomás miró alternativamente a su padre y a su hermano.

Ni Ernesto ni Arturo se atrevieron a negar lo evidente. Siempre les había caído como una patada en los testículos: era antipática, chula, muy engreída.

– Lo importante es que tú estés bien, a gusto. Si os queréis pues no hay nada más que hablar. Tienes casi 17 años. No te he dicho con 12 lo que debías hacer, no te lo voy a decir ahora. Otro abrazo de los tres.

– Papá, tengo que decirte otra cosa. – Tomás se mordió el labio de abajo.

– Dispara. – Ernesto estaba expectante.

– Pero no te enfades.

– No hombre no.

– Vamos a tener un niño.

– ¿Eh?

– Valentina está embarazada de mí.

Arturo estuvo listo para agarrar a su padre antes de que llegara al suelo. Ernesto había perdido el conocimiento.

Flores y libros.

Flores y libros.

Hoy es el día de las flores y los libros.

En realidad hoy es el día de muchas cosas.

Es San Jorge, el Día de Aragón.

Es el día de los Comuneros, o sea el Día de Castilla y León.

Es el aniversario de Cervantes y de Shakespeare.

Es el día del libro.

Es Sant Jordi.

Como puedo tener el día de fiesta, que lo tengo por eso del Día de Castilla y León, como luego iré a comprar unos libros como corresponde, pues voy a celebrar fotográficamente lo de los libros y las flores de Sant Jordi.

Empiezo por las flores.

Esta, para ti.

El chico de la foto es Patricio Sauc, modelo, bailarín, actor.

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Esta otra flor es para ti, amigo.

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Esta otra flor, querido, es para ti.

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Hola, hacía tiempo que no nos veíamos. Ten esta flor. Por los viejos tiempos.

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Ten esta flor, y perdóname.

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Y para ti, esta última.

El modelo es Simone Nobili.

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Como no sé que libros os apetece leer ahora, os pongo todos estos, para que elijáis.

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Retazos de vida imperfectos 06. “Lo sabía”.

 Mauro se había quedado desencajado. Felipe, sentado enfrente de él en el “Tómate otra” no se atrevía a mirarlo.

– ¿Y cómo ha sido?

– Se puso en medio de la autovía. Iba borracho – contestó lacónico Felipe, sin levantar la vista.

Se quedaron en silencio. Mauro cogió con las dos manos su taza de café y pegó un trago. Intentó posarla en el platillo con una sola mano, pero el temblor irrefrenable de su brazo derecho, le aconsejaron volver a coger la taza con las dos.

– ¿Cuándo ha sido? – inquirió a Felipe sin atreverse a mirarlo.

– Hace algo más de un mes.

– ¿Más de un mes? Pero si… – iba a decir que lo había visto hacía un par se semanas, pero se dio cuenta que no era cierto. Que eso solo era una disculpa que se quería poner, una más. Hacía mucho tiempo que no lo veía, ni hablaba, ni sabía nada de Elías. – ¿Por qué no me lo has dicho antes? – ahora sí enfrentó la mirada de su amigo.

– Qué más da. Ya no podías hacer nada. – aunque la verdadera razón es que ninguno del grupo de amigos se atrevía a hacerlo.

Mauro quiso enfadarse con Felipe. Quiso sacar su ira, su desesperación y hacerlas descansar sobre los hombros de su amigo. Estuvo a punto de hacerlo, pero pensó que sería injusto con él.

– No podrías haber hecho nada, Mauro – le dijo suavemente Felipe, apretándole el brazo suavemente.

“¿No podía o no me vino bien?” “No tuve cojones”.

Mauro conocía bien a Elías y sabía que algo pasaba. Habían sido pareja no hacía tanto y una buena pareja, forjada casi desde la infancia. Pero esas cosas que no puedes controlar, el amor, la lujuria, la pasión, la atracción de lo nuevo o la monotonía de lo ya conocido, vete tú a saber qué, lanzaron a Elías en brazos de aquel tal Ovidio. Y desde ese momento, Elías cambió. Se apartó de todos, empezó a adelgazar, perdió la luz en sus ojos, la sonrisa en sus labios. Él decía “Estoy guay, Ovidio es un hacha, me quiere mucho”, pero… Mauro que siguió teniendo contacto con él varios meses, sabía que mentía. Pero todavía estaba dolido con él por dejarlo. Porque Mauro lo amaba con todo su alma. Y porque pensó que si decía algo, la gente creería que era por despecho. Pero lo sabía.

– Tenía marcas por todo el cuerpo. Parece que Ovidio le…

– ¿Para que me lo dices, Felipe? – estalló Mauro – ¿Para qué me dices eso? ¿Ahora? Recuerda que lo hablamos todos un día. Os lo avisé. Y os reísteis de mí. ¿Ahora me lo dices? ¿Ahora me dices que ese cabrón le pegaba día sí y día no? ¿Qué lo tenía cogido por los huevos? ¿Qué lo humillaba como el miserable que es?

– Cálmate Mauro. Estabas dolido entonces, lo amabas y pensamos…

– Vale. Pues pensasteis. Y ahora pensáis que es guay para mí que me coma los mocos cada noche pensando que no debía haberme callado, que debería haber hecho algo. Joder, tío, está muerto. ¡Iba borracho! Dices. ¡Iba borracho! Lo dices tan normal ¿Tan poco lo conocíais que no sabéis que no bebía nada, nada, nada? Nunca le ha gustado, ni cuando a causa de eso era el raro de toda la ciudad. “El único adolescente de 16 que bebe coca-cola estando de botellón”. Ese era Elías. Iba borracho, dices…

– Él parecía feliz – se disculpó Felipe.

– ¿Parecía? Pero de qué me hablas, Felipe. ¿Estabais ciegos? ¿No lo conocíais? No, no lo conocíais.

– Tú lo conocías mejor que nadie.

Mauro recapacitó durante unos segundos la última afirmación de Felipe.

– En eso tienes razón. – admitió pesaroso.

Mauro asentía con la cabeza, pausado, creciendo en intensidad. La culpa empezó a aprisionar sus pulmones haciéndole difícil respirar. Su corazón empezó a latir desbocado. Felipe lo miraba y empezaba a asustarse. Se levantó y se acercó a él agarrándole del hombro, intentando que se relajara. Pero Mauro se zafó del intento de consuelo y se levantó de un salto enfilando la puerta de la calle sin siquiera coger sus cosas.

Corrió un rato sin saber a donde. ¿Dónde podría esconderse de su culpa? “Lo sabía, lo sabía, lo sabía.” “Lo sentía y miré para otro lado”.

Llegó exhausto a la casa de los padres de Elías. No lo había previsto, pero acabó allí. Y mecánicamente se sentó en el banco en donde, desde niños, pasaban horas y horas hablando o jugando a la consola. O descansaban después de jugar un partido de fútbol con los del barrio o comentaban la película que acababan de ver en el cine. Allí fue su primer beso, sus confidencias, su amor, sus dudas, allí se dijeron todas esas cosas. Incluso allí se metieron mano, una noche con luna llena, a las tantas, después de la fiesta de cumpleaños de su amiga Desiré.

Se acurrucó en su esquina del banco y se hizo un ovillo, y lloró mientras sus entrañas se desgarraban en un dolor insoportable.