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Por River Viiperi siempre he sentido un cariño especial. Es un hombre alegre, muy gestual, de esos que parece que si te encuentras con él en tu camino, va a mejorar tu humor.

Abandonó o cambió al menos su relación con las redes sociales durante un tiempo. Antes era muy común verlo, por ejemplo,  haciendo vídeos divertidos con otros amigos modelos. Quizás la vida y su sobre-exposición a raíz de su relación con Paris Hilton, le haya dado tantos disgustos que ha decidido a medir más lo que muestra al público. En alguna entrevista que le he visto, le he notado un cambio de actitud, parece el mismo por una parte, pero por otra, se muestra como a la defensiva. Él piensa que su relación con la Hilton le ha beneficiado. Evidentemente habrá conocido a mucha gente de un determinado ambiente, poderosa, que de otra forma no lo hubiera podido hacer nunca. Pero esas personas le recibían por Paris Hilton, no por él. Ahora que ya no está con ella, esas puertas me imagino que volverán a estar como siempre. Pero en cambio, yo creo que su carrera, tengo la impresión, de que no está tan lanzada como antes. Ojalá sea solo una impresión y siga viento en popa, trabajando mucho y bien.

Pero esté con quién esté, – siempre que no esté conmigo, claro, y él se lo pierde ;) –  quedan sus trabajos. No tengo muy actualizada su carpeta, pero algo habrá que hacer al respecto. De momento, os dejo algunas fotos más de sus cosas, de sus trabajos, que tenía guardadas en reserva.

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River Viiperi, sexy.

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Pincha aquí para ver todas las fotos y todos los vídeos que han salido en este blog de River Viiperi.

Preguntan su nombre.

Su nombre no importa. Nadie lo conoce ni a nadie interesa. El último que lo supo se perdió en algún camino a la izquierda, según miras hacia el sol. No hace falta un nombre para hablar del tiempo en el ascensor, o para pedir la carne en el supermercado. “Una barra de pan, tostada, por favor, que esa parece de goma”; “¿Le parece bien ésta, señor?”.

Señor.

El del 10º.

- Es un poco callado. ¿No?

Y la mujer se encogía de hombros.

- ¿Y sabes como se llama? He mirado en el buzón y no pone nada.

Y la mujer se encogía de hombros.

- Pues es atractivo.

Y la mujer suspiró y puso los ojos en blanco.

El del 10º escuchaba detrás. Apuraba su cigarrillo antes de entrar en el portal. Ahora apuraba la conversación de las vecinas para ir al ascensor y subir a su casa. No quería importunar, ni causar incomodidad. Sobre todo no quería que en el fragor del comentario a una de ellas se le ocurriera preguntar. No quería preguntas que no le apetecía responder.

Y no le apetecía responder a nada.

No recuerda cuando empezó a obviar las preguntas y evitar las respuestas. No recuerda cuando la gente le dejó de importar, de interesar. No recuerda el nombre de su último amigo, como tampoco recuerda nadie su nombre. Como nadie conoce su esencia, lo que es, o qué siente, lo que piensa. Ni siquiera su último amigo lo hizo.

- No parece mayor ¿verdad?

Y la mujer se encogía de hombros.

- ¿Unos 50?

- Yo creo que menos. – afirmó sin encoger los hombros.

El del 10º se encogía de hombros.

- Antes vivía en el 3º.

- ¡Ahh!

Antes vivía en el 3º. En esa época, todavía había alguien que recordaba su nombre. Todavía no había dejado a su último amigo a causa de la última decepción con la gente, con el mundo. No era un problema de la gente o del Universo: era un problema de él. Era consciente. No echaba la culpa al resto de la humanidad, ni siquiera a los posibles alienígenas que despertaran la vida en la Tierra, según algunos estudiosos de los temas paranormales. Era él, lo sabía, y por eso se fue al 10º. Desde allí no podía distinguir a las personas allí abajo. Eran casi hormiguitas. Sapos, por el tamaño. Allí estaba casi por encima de las copas de los árboles, en comunión con las águilas y los halcones. A la luz de los relámpagos en las tormentas y hablando con la Luna de tú a tú, sin nada de por medio. Escuchando música clásica y leyendo historias de personas a las que no tendría que tratar nunca.

Al final se decidió. Aunque había intentado alargar el cigarrillo lo máximo posible, ya no daba más de sí. Se sentía ridículo escuchando a las señoras especular sobre él y esperando a que acabaran. Cogió del suelo las bolsas de la compra y entró en el portal, con aire resuelto. Puso una media sonrisa en su cara y comprobó lo que se temía: la incomodidad que había producido en sus vecinas por pillarlas hablando de él.

- Buenas tardes – pulsó el botón del ascensor – ¿subirán conmigo o seguirán… – pensó en decir alguna maldad como: “haciéndome un traje”, “metiéndose en la vida de los demás”, “Siendo unas putas cotillas de mierda”; al final se contuvo – en amena charla?

Las dos mujeres lo miraban con la boca abierta. “Pues sí que es guapo”; “No, Maruja se equivoca, es más joven”; “Y ¿Cómo se llamará?”.

- Estaba pensando que… – el del 10º entró en el ascensor.

- ¿Suben? – repitió con su media sonrisa sin dar a entender que había escuchado el intento de conversación de las mujeres.

Estas se miraron. Una de ellas indicó a la otra con la cabeza que subiera con él.

- Pregúntale su nombre, Tina. – susurró.

- Esto… no quisiera importunarle, pero… no he podido escuchar su nombre.

El del 10º sonrió y fue a responder, pero en ese momento se cerraron las puertas del ascensor y si dijo su nombre o no, las mujeres no lo supieron nunca.

- Pues no es tan mayor como has dicho antes. Ni los 40.

- Anda que eres tú, no te enteras de la misa a la media. 60 tiene, seguro.

- Subamos y hagámosle una visita.

- No, ni se te ocurra. Me contó Angelines que un día subió y ni siquiera le abrió la puerta.

- Yo tampoco abro la puerta a nadie.

Y mujer se encogió de hombros.

El del 10º llegó a su piso. Abrió la puerta y dejó las bolsas de la compra encima de la mesa de la cocina. Cogió un cenicero y encendió un cigarrillo de camino a la galería. Abrió la ventana y dejó que el aire le diera en la cara, aunque todavía era un poco frío. Cogió el mando del equipo de música.

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Bernardino Valle Chinestra – Symphonic Suite ‘Canaria’

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Cerró los ojos y se olvidó de todos.

 

Un corto lleno de color y esperanza. O como a veces, cuando nos destruyen nuestras ilusiones o quieren hacernos sentir mal, hay que saber que hay otra gente igual que nosotros, distinta a los cánones establecidos, que nos puede hacer revivir y concebir nuevas ilusiones.

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Espero que os haya gustado.

Alfonsina y el mar.

Aimée se agarraba al brazo de Baptiste. Caminaban parsimoniosamente por los aledaños de la Plaza de la Bastilla. Estaban de vacaciones, en París.

Paseaban despacio, disfrutaban del aire y de la luz de París, esa que dicen que es tan especial. Miraban todo con mucha atención, despacio y abiertos y sonreían mucho. Caminaban sin rumbo, alejándose del orden y la simetría. Decidieron seguir por una bocacalle de la Plaza de la Bastilla. Y allí les llamó la atención una tienda escondida, pequeña, de aire vintage, “de hippies de esos”, y que vendía ropa artesana; por la puerta entreabierta, se escapaba una canción.

Aimée agarró más fuerte el brazo de Baptiste, y lo miró con los ojos muy abiertos.

Aimée, en realidad, miraba todo con los ojos muy abiertos. Los ojos ilusionados de una niña de 71 años. Una niña que nunca había podido ir a París, ni subir a la torre Eiffel, ni pasear por los Campos Elíseos. Ella soñaba de pequeña con ir allí y entrar en las tiendas de moda, y saludar a Coco Chanel y besarse con Jean Paul Gaultier, y salir a comer con Paco Rabanne. Su madre se desesperaba cuando a los 10 años la pillaba en su habitación con las revistas de moda atrasadas, las que la peluquera le guardaba. “La de veces que le he dicho a Chantale que no le de esas revistas”.

Pero sí la madre de Aimée las tiraba, ella aguardaba pacientemente al mes siguiente y volvía a la peluquería del barrio en las afueras de Lyon en dónde vivían. Chantale le tenía preparadas ya las revistas del mes antarior. Ella las guardaba en su cartera y al llegar a casa las escondía mejor. Y si su madre las volvía a encontrar, al mes siguiente volvía y procuraba cambiar de escondite.

Pero la vida, Mon Dieu, no trascurre por donde los sueños de una niña de diez años marca.

Podría haber sido una nueva Coco, o un nuevo Armani, o un compañero de viaje para Karl Lagerfeld. No llegó nunca a París, aunque sí se dedicó a la moda, haciendo arreglos en Chez Rosa. Y para ser sinceros, tampoco se le daba excesivamente bien.

Pero se sacaba unos francos que le venían bien a la familia. Eso dejaba a su madre satisfecha.

En algún momento tuvo ganas de estudiar después del colegio, pero su padre se opuso radicalmente. Eso no era para las mujeres.

Tuvo muchos novios. Bueno, era guapa, era natural. Pero todos acababan por dejarla. Quizás ese aire soñador, o esa distancia que ponía entre ellos y ella. Ninguno la hizo feliz, y mira que sus padres hacían lo posible por llevar a casa a los mejores partidos de la comarca. Los mejores partidos que estuvieran a su nivel, claro. Lo del nivel en aquella época era importante.

Su padre estaba desesperado. Quería colocar a la niña. Pero no. No pudo ser. Ni su madre ni su padre lo vieron.

Cuando murieron, fue entonces, cuando apareció Baptiste. “¡Qué hombre!” le dijo su amiga Natalie. “Es el hombre más apuesto que he visto en mi vida”. Aimée disimuló para evitar que su amiga le diera la matraca con ese hombre. Hombre, porque ya por aquel entonces tenía sus treinta y. Además, Aimée pensó que seguramente estaba casado, aunque no le veía el anillo en el dedo. “No se lo pondrá por la circulación”, pensó para sus adentros, para no hacerse ilusiones.

Ese hombre paseaba todas las tardes con Monsieur Charron, el bibliotecario del pueblo. Se las daba de erudito, pero todos sabían que le faltaba mucho para poder ser considerado así, fuera de los límites del barrio. Ni siquiera en Lyon, pasaría de ser un hombre culto, pero sin más. Y todas las tardes, Aimée paseaba por la calle Mayor del barrio, sola o acompañada, cada día de una amiga distinta. Incluso de su hermano Charles. O de su cuñada Marguerite, la mujer de su otro hermano, Jean-Jaques.

Pero un día, una tarde del mes de octubre en la que había salido el sol y la temperatura se había templado, que los días anteriores había empezaba a refrescar, entró en el café “Bologne” a tomar un té con pastas. No le apetecía pasearse de nuevo, porque no veía avances. Se miraban, alguna vez ella se había atrevido a sonreírle, pero nada más. Él no dio ningún paso para conocerla, para presentarse, y ella, como hacían antiguamente según había visto en las películas, dejó caer el pañuelo al suelo, para que el diligente Athos, o quizás su compañero D’Artagnan, se agacharan galantes a recogerlo.

Baptiste o no vio el pañuelo, o le dolían los riñones y no podía agacharse. O ella no le importaba nada. Es que así, con los paseos, llevaban 11 meses y 17 días. Con sol, con nieve, con lluvia. Arriba y abajo de la calle Mayor.

Pero esa tarde, en el café, sonó esta canción.

Alfonsina y el mar – JULIO MAZZIOTTI al piano.

Y ella, se emocionó.

Se levantó y le dijo al camarero que si podía ponerla otra vez. El hombre se acercó al tocadiscos y presto, se dispuso a levantar la aguja y ponerla de nuevo en el corte de Alfonsina y el mar. Aimée se puso al lado del tocadiscos y miraba como giraba y giraba y como sonaba el piano y como las notas viajaban y le llenaban de gozo, de tristeza, de melancolía, y de alegría, y otra vez de melancolía.

Una lágrima se escapó. Se giró para volver a su mesa a coger el pañuelo que había dejado en su bolso, y enjuagarse esa primera lágrima y la segunda, que pugnaba por escaparse.

Pero no llegó a su destino, porque ese hombre con el que había compartido paseos durante 11 meses y 17 días, había entrado en el café al escuchar la canción que se escapaba por la ventana abierta, y estaba unos pasos detrás de ella.

Ella se dio un susto al chocar, y él, estuvo rápido en evitar males mayores como que se cayera o que se torciera el tobillo “Ya se sabe, los tacones son traicioneros”.

Se miraron. No, no descubrieron nada nuevo, llevaban mirándose 11 meses y 17 días. No es verdad, sí vieron algo distinto: Que se querían.

Resulta que él paseaba también por la calle Mayor, por verla a ella. Pero era muy tímido y no se atrevía a decirla nada, por más que su amigo el bibliotecario le insistía y le amenazara con dejar de ser su carabina.

Ahora, allí, en París, con Aimée agarrada del brazo de su marido Baptiste, paseaban despacio, disfrutaban del aire y de la luz de París, esa que dicen que es tan especial. Y de una tienda escondida, de ropa artesana, salía esa canción. Esa canción que les convirtió a los pocos meses en matrimonio.

- ¿Te acuerdas? – le dice Aimée.

Él sonríe. La coge de la mano y la empuja a separarse de él.

- ¿Bailamos amor?

- ¿Aquí? – contesta con los ojos muy abiertos, con la cara de una niña de 10 años el día de Navidad abriendo los regalos que ha dejado Papa Noël. – Con lo tímido que tú eres, Baptiste.

Él la agarró de las dos manos, las enlazó con las suyas, las puso sobre su pecho y empezó a moverse al ritmo de la música.

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Alfonsina y el mar – Mercedes Sosa.

- Qué feliz soy, Baptiste. En París, contigo, bailando y con esa canción.

- Te quiero – le dijo en confidencia Baptiste.

- Bobo, ya lo sé. – y le dio un pequeño golpe con su mano en el pecho.

Seguía siendo la niña de diez años.

Sergio Carvajal, modelo.

Hacía tiempo que no os presentaba a un modelo nuevo.

Hoy toca.

Se llama Sergio Carvajal. O Sergi Carvajal. Él no es nuevo, ya lleva dos años pateando las pasarelas y los estudios del mundo. Empezó en esto de la moda a través de su Facebook. Alguien vio fotos suyas y le propuso una sesión de fotos.

Nació un el 27 de noviembre de 1993, en Tarragona, aunque luego se fue a vivir a Barcelona. 1,80 de estatura, con pelo castaño y ojos marrones. Y con unos labios muy sensuales. Él es muy sensual en general.

Una de sus aficiones es la fotografía. Afición o más que eso. Podéis encontrar muchas fotos firmadas por él como fotógrafo. Y me parece que tiene algo que decir en ese campo. Un día espero poder traeros sus trabajos como fotógrafo. De momento, disfrutaremos de él como modelo.

 

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Una entrevista para conocerlo mejor y para escuchar su voz.

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Y volverá, seguro. Volverá a aparecer por aquí. Sergio Carvajal.

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