Justin tuvo suerte. 3ª parte.

 Si había algo que indignaba a Peter era el maltrato. Y eso tenía toda la pinta de ser un caso de ello.

Cuando él era niño, algunos de sus amigos del colegio, en el pueblo, llegaban con las mejillas coloradas a clase, después de que sus padres los castigaran como era debido, según ellos. Los padres de Peter en cambio, nunca le habían puesto la mano encima ni a él ni a su hermano. Eso siempre le había producido mucha aprehensión. Sobre todo después de que su amigo Junior muriera en extrañas circunstancias.

Fue un todo un acontecimiento en el pueblo. Todos hablaban del sucedido pero nadie comentaba las causas de ese accidente tan inverosímil. Pero una vez escuchó una conversación entre su padre y su madre en la que decían que seguro que lo había matado su padre a golpes. “No me creo nada eso de que se cayó por la noche al barranco,” decía su madre, impotente y triste.

No pudo dormir en una semana. Siempre su amigo Junior en su cabeza, mirándole, pidiéndole ayuda. “Por favor”, le imploraba lloroso en sus sueños.

Al cabo de un tiempo, la cosa se olvidó. Pero Peter nunca pudo mirar a la cara a los padres de su amigo Junior. Al principio incluso no podía evitar echarse a temblar al cruzarse con ellos.

“El entrenador sabe algo”, pensó Peter. “Por eso lo de echarle un ojo”. “Por eso todas esas frases enigmáticas”.

El martes cuando lo llevó al entrenamiento, intentó hablar con él. Pero se hizo el esquivo. Se lo debía oler.

Al volver a casa, le ofreció a Justin ducharse en su casa.

– Si quieres quedarte a dormir, ya sabes que tienes la habitación del otro día. Es toda para ti.

– No gracias, me esperan en casa.

Sin darse cuenta, le puso la mano en el hombro. El chico puso una mueca de dolor en un primer momento, pero enseguida controló. Peter apartó lentamente la mano intentando aparentar naturalidad y suspiró.

No sabía que hacer. ¿Denunciarlo?

Pero si lo hacía, a lo mejor en un primer momento era peor para Justin. ¿Y qué solución le buscaba? Entrarían en juego los servicios sociales o los jueces. ¿Podía ofrecerle quedarse con él? ¿Aceptaría? ¿Y los padres? ¿Estaría dispuesto Justin a denunciarlos? Suponiendo que fueran los padres. ¿Y si Justin ocultaba alguna relación distinta? Le venía a la cabeza lo de los comentarios de los vecinos sobre el chico y que era un bala perdida. “A lo mejor es porque saben que le zurran en casa y pensarán que es por ser un bandido”. “·A lo mejor hay algo por ahí que la gente sabe, pero que no dice en voz alta, como en el pueblo. Todos como el entrenador, tirando la piedra y escondiendo la mano”. “O todo son paranoias tuyas, Peter”. No, las marcas que había visto, no eran paranoias.

Y lo más importante. ¿Cómo hablarlo con él sin que se pusiera a la defensiva? ¿Y si fuera algo que le gustaba?

No hombre no. Hasta ese extremo no. Y menos con 16. ¿O sí? A lo mejor se metía en un lío gordo del que no podría salir tan fácil. Mejor dejarlo estar y echarle una mano en lo que pudiera, sin meterse en líos.

Ese era otro tema importante. ¿Quería él meterse en esos líos? No tenía madera de héroe. No le gustaban las confrontaciones. Ese tema sonaba a discusiones, juzgados y peleas. Y pudiera ser que no solo verbales.

– ¿Quieres que comamos una hamburguesa?

– Jo, no tengo pasta, no me gusta que pagues siempre.

– Eso no es cierto, no pago siempre. Por cierto ¿ya has leído “Los tres mosqueteros”? Fue el libro que elegiste entre los que te propuse ¿no?

Por la cara que puso, supo que ni lo había abierto.

– Bueno, pospondremos el partido de tenis. Y mira que me empezaba a apetecer. Como no has cumplido tu parte del trato… – picó Peter.

– Te juro que lo empiezo a leer esta misma noche. Me muero por jugar contigo un tenis. No me puedes hacer eso.

– Es una promesa. Que se te caiga la nariz si no lo cumples.

– ¿Perdona?

Peter se empezó a reír con ganas. Justin había puesto un gesto de indignación al sentirse tratado como un niño pequeño.

– Que suspicaz.

– No sé de que va todo esto.

– Un poco de sentido del humor, viejo.

– Vale, vale, metí la pata. No estoy acostumbrado a las bromas. A veces no las pillo a la primera. Sorry.

– Vamos al lío. A jugar ese partido.

Jugar, no jugaron demasiado. Primero porque Peter se lo tomó con calma, que hacía mucho que no hacía deporte. Luego, porque entre las risas de Justin cuando lo vio con su chándal de hacía quince años, que le estaba un poco demasiado justo, y descolorido por el paso del tiempo. Y las zapatillas un poco desgastadas. Un adefesio, vamos.

– Pero que birria – dijo señalando las zapatillas con el dedo y levantando éste poco a poco recorriendo el chándal.

Empezaron a jugar y los primeros golpes de Peter fueron desastrosos. Cada golpe que daba debían salir de la pista a por la pelota, porque la había lanzado al cielo.

Pero enseguida empezó a atinar un poco más, a controlar su fuerza y sus movimientos y consiguieron dar algunos golpes seguidos. Peter hablaba mucho para interrumpir el juego y disimular que enseguida se quedaba sin aire.

– Tienes que dejar de fumar – le recriminaba Justin.

– Sí papá.

– Y correr un poco todos los días. Cuando me lleves a entrenar, podrías correr con nosotros.

– Una leche, que vuestro entrenador tiene mala baba. Y no quiero que se partan la caja, como decís vosotros, todos tus compañeros. Y menos tú que te veo con ganas de reírte de mí.

– Huy, no me das ninguna pena. Na, que no. Corres con nosotros.

– Ya, como que no os oigo hablar y como os reís de todos. Y sois crueles. Yo soy muy sensible. De correr con vosotros, nada de nada.

Al final echaron un set. Justin lo ganó sin esforzarse mucho, pero hubo un par de tantos casi al final en los que Peter le hizo correr de lo lindo. Ya estaba recuperando las sensaciones antiguas.

– Tío, debías jugar bien. – dijo en una de esas veces que Peter lo llevó de lado a lado de la pista.

Cuando ganó Justin el set que echaron, levantó las manos y corrió por la pista para celebrar la victoria.

– Pero que payaso eres – le dijo Peter, que no paraba de reírse.

– Vamos a tomar un Acuarius, anda. Que veo que te desintegras.

– Si no he sudado nada.

– Anda, no te me pongas chulito, que ha habido un par de jugadas que te las he hecho pelear bien.

– No ha sido para tanto.

– Pero si tenías la lengua fuera, “pofesional”.

– Ya, no le des a las drogas duras que te hacen delirar.

Tomaron el acuarius y se fueron a casa. Peter no quiso hacerle pasar al chico por el trago de decirle que no se iba a duchar en el club. En casa se ducharon por turnos. Primero lo hizo Justin y luego Peter. Cuando este salió del baño, se encontró una merienda improvisada en la mesa de la sala de estar. Se quedó mirando las viandas, sorprendido.

– ¿Te molesta que…?

– No, no, no, que va. Está bien. No sabía que le dabas a la cocina.

– Na, si no he hecho nada.

– Pero si has hecho hasta creps. Yo no tengo ni idea de hacerlos.

– Mi abuela me enseñó. Está tirado.

Una sombra oscureció los ojos de Justin. Peter quiso acercarse y consolarlo, pero no se atrevió. Cuidaba mucho de no tener contacto físico con él.

Fue una velada agradable. Y Justin se fue a su casa haciendo la firme promesa de ponerse a leer en cuanto llegara a casa.

Fer y David: La historia. 19ª parte.

A David se le va la vista… bueno, bueno. David… está caliente. David… David quiere a Fer pero… no sé, es que hay tanto chico guapo por ahí… siempre eso de “Lo que me estaré perdiendo”.

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¿Con qué miembro de nuestro cuerpo pensamos?

Justin tuvo suerte. 2ª parte.

 El sábado siguiente fueron a lavar el coche. Luego, Peter le llevó a jugar su partido de fútbol. Vio el partido incluso se emocionó cuando Justin marcó un gol. “Ha sido una jugada alucinante”, pensó para sí para justificarse esa congoja que le entró. Un padre allí al lado, le felicitó: “Tu chico juega de maravilla”. Se quedó sin saber que decir. “¿Cómo es posible que la gente ya se haya quedado con que he traído a Justin?” “Alucino con lo cotilla que es la gente”.

El entrenador cambió a Justin casi al final. Había hecho un gran encuentro. Los aficionados aplaudían al chaval. Y éste, cuando iba a sentarse en la caseta, señaló a Peter y aplaudió. Y todo el mundo pudo ver como le decía: “gracias”.

Peter se quedó traspuesto. “Ahora sí que me ha acongojado el jodido”. “El puto vecino de los cojones”.

Escuchaba los comentarios de la gente alabando el gesto de Justin de dedicarle el partido a su padre. Y empezaba a sentirse a disgusto con la situación. “¿Nunca ha venido su padre a verlo para que nadie lo conozca?”.

– Vamos a ir unos cuantos del equipo a comer unas pizzas – le comentó el padre de un compañero de Justin. – ¿Os apuntáis?

Justin acababa de salir de los vestuarios y se puso a su lado, apoyándose con las manos en su hombro. Sin ducharse, como la vez anterior. Parecía feliz.

– Peter, ¿te importa que vayamos? Hoy tengo pasta. Pago yo, que te debo la cena del otro día.

– Huy Peter, que forma más rara de llamar a tu padre.

– No es mi padre, es un amigo de la familia – dijo muy seguro, y a Peter le pareció que incluso había un tono de orgullo. Sonrió un poco confuso. No se atrevió a contradecir al chico. Tampoco sabía que decir. Y tampoco podía matizar lo dicho. Era la mejor versión de su relación. Al menos a él no se le ocurría nada mejor. Era una forma de zanjar el tema de que la gente lo confundiera con su padre. Siguió con la sonrisa.

Se juntaron diez jugadores del equipo, el entrenador y los correspondientes padres. Estuvieron a gusto y los chicos se lo pasaron en grande. Bromeaban y recreaban una y otra vez las mejores jugadas del partido “Y viste el número 4, que cerdo”. “Y el caño que le hiciste al 7, joder que caño”. “Jus, joder, que golazo. Ni el Messi lo hubiera hecho mejor”. El entrenador se acercó a Peter que miraba todo, apartado un poco del grupo, participando si alguien se acercaba o le pasaba una cerveza, o el bol de panchitos para que cogiera.

– Te quería dar las gracias.

Peter lo miró asombrado. “Hoy es el día de los agradecimientos”.

– ¿Por qué?

– Porque has conseguido que Justin se sienta bien. Estaba preocupado por él.

– Yo solo lo he traído. Nada más. Es un vecino. No he hecho nada.

– Tu eras el tío de Kike y Fede Quiñones ¿Verdad?

– Sí. Lo sigo siendo, que conste.

– Eran buenos chicos.

– Pero malos futbolistas.

Rieron.

– Justin es bueno.

– Sí lo es. No sabía que jugaba así de bien. En realidad hasta hace cuatro días, no sabía ni que jugaba al fútbol.

– Sus padres no se lo ponen fácil.

A Peter le sonó muy enigmático. Le sonó a que decía mucho menos de lo que quería, pero dejando claro que el tema era complicado. Tirando la piedra y escondiendo la mano, que se suele decir. O como si pensara que Peter estaba al cabo de la calle y supiera de qué hablaba.

– No sé mucho de ellos. Casi ni sé quienes son y eso que viven enfrente. No coincidimos. Si se presentan aquí, no los reconocería.

– Ojalá puedas seguir echándole un ojo. He llegado a pensar que lo perdíamos.

“¿Perder? ¿Qué quería decir con eso?” Otra vez el enigma. Peter iba a pedir explicaciones, pero el tiempo en que tardó en asimilar e intentar comprender lo que le había querido decir el entrenador, éste se apartó para hablar con los padres de los otros chicos.

– ¿Te aburres? ¿Quieres que nos abramos?

Justin se había acercado a él sin que se diera cuenta.

– ¡Ah, no, no! Estoy muy a gusto con la pizza y con la cerveza. Y lo estás pasando bien.

– Gracias – le dijo con una mueca. La segunda vez que lo decía, tercera si contaba la del campo de fútbol, y ya sonaba más natural. “Decididamente es el día de los agradecimientos”.

Volvieron a casa en silencio. Justin apoyó la cabeza en la ventanilla y cerró los ojos. Peter de vez en cuando lo miraba. Veía en su rostro una pátina de felicidad que nunca antes había percibido. “Cómo cambia eso su cara; parece mucho más atractivo. Ahora seguro que las vecinas no dicen que es un chico malo”.

– ¿Estás bien? – preguntó en un momento, por romper el silencio tan duradero.

– Mejor que nunca – contestó Justin sin apenas abrir los ojos, pero sonriendo. “Sí, definitivamente se le nota que está feliz”.

Al salir del ascensor, se despidieron hasta el martes. Ese día Justin tenía entrenamiento y Peter lo llevaría.

– ¿De verdad que no te importa?

– ¡Claro que no! – ya se había olvidado esa promesa que se hizo el primer día en que no se convertiría en una costumbre.

Peter abrió su casa. Le hizo un gesto de despedida a Justin con la mano y cerró la puerta. Fue directo a su sillón preferido, se quitó los zapatos ahí mismo y puso la tele. Estaba cansado. No estaba acostumbrado a ese trajín. Y tenía hambre, que al final no había comido casi. Las pizzas las devoraron en un santiamén los chicos. No pudo ni probarlas.

En un momento de silencio de la tele, escuchó pequeños golpes en la puerta. Se acercó un poco asustado, había oído que habían robado en algunas casas, incluso con los dueños dentro. Se acercó cauteloso, con el teléfono en la mano dispuesto a llamar a la policía. Miró por la mirilla y vio a Justin.

– Hola, cuanto tiempo – dijo bromeando mientras abría la puerta.

– Me he olvidado las llaves. Mis padres están de cena y volverán tarde – Justin miraba de refilón a Peter esperando. No se atrevía a enfrentar su mirada directamente. Por si le decía que no.

– Pasa, pasa. – dijo apartándose, no muy convencido. La casa estaba muy desordenada y le daba un poco de vergüenza.

– ¿No te molesto?

– Que me vas a molestar, hombre. – ya se mostró más seguro. – solo que está todo manga por hombro.

Justin dejó la bolsa de deporte en el suelo y se quitó las zapatillas.

– Para no mancharte la casa.

Entraron al salón y Peter echó una ojeada. “Pues sí que tiene libros, sí”. Muchas baldas y todas repletas de libros y en los rincones, había montañas de más libros.

– Ahí tienes el cuarto de baño. Dúchate mientras preparo algo de cenar.

– No, no te preocupes. De verdad, no hace falta. No quiero molestar.

– Dúchate anda, no voy a mirarte desnudo, tranquilo.

Lo dijo en broma, pero para su sorpresa, vio como esa afirmación parecía tranquilizar a Justin. Peter no supo interpretar la actitud del joven. Algunas de las posibles justificaciones que se le ocurrieron no le gustaron mucho. De hecho, le hicieron sentirse incómodo. Pensó en cortar toda relación con él, en mil cosas. “¿Qué se habrá pensado?”. Hasta meditó echarlo de casa en ese momento. “Estás paranoico, Peter, joder”.

– Te acerco unas toallas – ofreció en un tono que a él mismo le pareció un poco descortés, seco.

Se las llevó y cerró la puerta, más bruscamente de lo que hubiera querido. “Relájate, Peter, que será una tontería”.

Fue a la cocina y se puso a hacer unas tortillas. Calentó leche y puso un par de tazones de Nesquik. Sacó un poco de jamón york abrió una lata de paté y otra de atún en escabeche y lo puso todo en la mesa de la sala de estar. Tostó algunas rebanadas de pan de molde y sacó la mantequilla y mermelada.

– He preparado algo de cenar – le dijo al verlo aparecer ya cambiado. Comprobó que se había puesto una camiseta suya que tenía colgada en el baño.

– No has comido casi Pizza. No me extraña que tengas hambre.

– Pero si no me habéis dejado. – Peter se obligó a emplear su mejor tono de broma, aunque su cabeza seguía dándole vueltas al tema – Ni catarla. Parecíais todos niños de Somalia, que no habíais comido en la vida.

– Exagerao.

– Lo que yo te diga.

Bromeaba pero no, no estaba a gusto. “Será una tontería, seguro”. “Pero me jode”.

– Sabes, tengo hambre. Me molan las tortillas y el Cola cao.

– Es Nesquik – Peter se puso en tensión. Pocas bromas con el Nesquik.

– No todo iba a ser perfecto – hizo una mueca de broma.

– Perdóname, pero si eres de Cola-Cao, ahora mismo rompemos nuestra amistad y tendré que pedirte amablemente con un trabuco apuntándote al entrecejo que abandones mi casa inmediatamente.

– Es causa para ello sí. Yo debería irme sin más, sin despedirme siquiera y no volverte a mirar a la cara. No entiendo como puede gustarte el Nesquik.

– Pruébalo, que eso es que no lo has probado bien. Mira que bien disuelto está. Prueba y verás que sabor a chocolate. – él mismo tomó su tazón y me pegó un buen trago – ¡¡Delicioso!! – exclamó con los ojos en éxtasis.

– Mola el Cola-cao. Sabe guay. Ni comparación.

– Anda, anda, ya que me has mangado la camiseta, póntela al derecho – su discrepancia sobre el tema del Nesquik le empujaba a sacar fallos.

– ¿Has visto? Perece que me he puesto faldas. Perdona, la he visto allí y no tenía otra cosa que ponerme limpia.

– Te está un poco grande. ¡No te estarás metiendo con mi talla! – le amenazó de broma con el dedo apuntando al entrecejo, como el trabuco que había citado antes. – Póntela bien anda. Ya que no te gusta el Nesquik…

– Vale. Aunque te advierto que está de moda llevarlas al revés. ¡Mola el Cola-cao! – picó Justin.

Ante el amago de Peter de tirarle a la cabeza un libro de más de 1000 páginas que tenía a su lado, Justin se levantó de la silla y volvió al baño a ponerse bien la camiseta, cerrando cuidadosamente la puerta. Aunque quedó entreabierta.

Esto ya le pareció un poco exagerado a Peter. Empezaba a mosquearse de verdad. Debía romper toda esta amistad. No estaba dispuesto a esas suspicacias. Al levantar la mirada, a través de un juego entre el espejo del pasillo y el del baño, por la rendija de la puerta que había quedado abierta, lo vio.

Casi se mareó. Tuvo que agarrarse al mueble más cercano para no caerse.

Vio la espalda de Justin absolutamente llena de cardenales, incluso algunos bultos que le parecieron ampollas. Multitud de cintazos la surcaban en todas direcciones. Y algunas de ellas, pensó, no debían tener más de un par de días. También el pecho parecía haber sufrido cierto castigo, aunque de menor intensidad y constancia.

Cerró los ojos y luchó por controlar la respiración. Debía dominarse y que Justin no se diera cuenta de que había descubierto uno de sus secretos. “Así que es eso”.

– ¿Así mejor? – dijo el joven vecino apareciendo de nuevo con la camiseta al derecho, abriendo los brazos y girando sobre sí mismo, como si se estuviera probando en una tienda y preguntara la opinión de Peter.

– ¡Dónde va a parar! – exclamó exageradamente Peter para esconder sus emociones – Vamos a comer, que se queda frío.

– ¡Hum! Que bueno. Esta tortilla está guay.

Justin tuvo suerte. 1ª parte.

La cosa fue como sigue.

Peter tenía 35 años al principio de esta historia. O eso decía. Alguna lengua viperina decía que se quitaba un par de años “como poco”. Alguna ex-pareja despechada, seguro. Vivía solo. No siempre había sido así. Había tenido varias parejas, pero la cosa no cuajó. El amor se esfumó, o la convivencia acabó por matarlo. “Cosas que pasan”, se decía cuando la nostalgia le embargaba.

Era un hombre educado, muy sonriente con los vecinos, con el kioskero, con los del banco, con los del bar, “Qué buen café te ha salido hoy, Gerardo”. Sonrisa fácil y cautivadora. Pasado de kilos y no muy alto, pero se mantenía ágil. Canas y calvicie se repartían su testa. Muchos amigos, mucha vida social. En el cuarto piso tenía su casa. En la letra B.

Peter se llamaba Pedro, pero desde pequeño le llamaba todo el mundo Peter. Y a él le gustaba y se solía presentar así. “Llámame Peter, todos me llaman así”.

A Justin le llamaban Justin, con la J anglosajona. Jus le llamaba su abuela, con la J española, que no gustaba de su nombre, pero sí mucho de su nieto. Su abuela tuvo un accidente hace un par de meses y murió. Justin tenía 16 años. Bien desarrollado, casi metro ochenta, con mucho fútbol en sus botas. Un poco (bastante) seco en el trato con desconocidos, y tampoco muy efusivo con los conocidos. Y más desde que su abuela murió. Algo se rompió dentro de él, algo cambió, todo un poco.

Justin vivía en el cuarto. En la letra D, en concreto. Enfrente de Peter. Acababa de mudarse con la familia.

Peter y Justin se solían cruzar a menudo. Peter lo saludaba y Justin lo agradecía, aunque no decía nada, incluso a veces le salía una sonrisa en respuesta. Alguna vez incluso, que Peter estaba más apagado que de costumbre, era él el que le preguntaba en el ascensor por el día, o hacía un comentario sobre que hacía que no lo veía. O el tiempo, la lluvia, el sol, o el frío que hace por la mañana temprano.

De ahí no pasaban. Saludos protocolarios y educación.

A Justin le caía bien Peter. Y a éste le caía bien aquel. Alguna vez se sorprendió de algún comentario de los vecinos sobre que el chico era un bala perdida y muy mal educado.

– Conmigo es muy simpático – replicaba él con cara de póker, porque no entendía los comentarios de la gente. “Pues parece un buen chico”, se decía para sí.

Un día que amenazaba lluvia, Justin estaba esperando en la calle a que le viniera a buscar su padre para llevarle al partido. Vestido ya de corto, que era tarde. Hasta las botas llevaba puestas y eso que era un incordio andar con ellas por la acera. Parecía un caballo recién herrado. Era tarde ya. Muy tarde. Era tarde, que no llegaba, que no iba a poder jugar, otra vez. Era tarde, en definitiva. Y él estaba inquieto, nervioso. No paraba de moverse en la acera. Arriba y abajo. Soltaba la bolsa de deporte y la volvía a coger. Y empezaba de nuevo.

Llamó a su padre. Estaba en una reunión, dijo.

– ¡Pero si me has dicho…! – se quejó desesperado, mirando el reloj.

Daba igual. Le había dicho pero la respuesta era no. No iba a ir a buscarlo.

“Búscate la vida”.

Le dieron ganas de tirar el teléfono contra el suelo. Se veía ya fuera del equipo. Era la tercera vez que no llegaría a tiempo al partido.

Peter llegaba en ese momento a casa, con ganas de meterse en la ducha y olvidarse del mundo en las siguientes horas. No había sido un buen día en el trabajo. Tampoco lo había sido en la vida. Llevaba un par de meses tonteando con uno, y hoy, le había dicho que “no estaba preparado para una relación seria; es mi culpa, Peter, es mi culpa”. Hoy no le salía esa sonrisa por la que todos lo conocían. Acabaría el libro que estaba leyendo. Una copa. Buena música. Quizás otra copa antes de cenar. ¿Cenar? Ya vería. No tenía ganas de ponerse ni siquiera un bocadillo de jamón.

Se cruzó con Justin. Lo saludó más parco que otros días. No le salía ser afable. Justin no estaba para contrarrestar como otras veces la apatía de su vecino, “el simpático”. “Me echan del equipo, fijo, joder”. Peter siguió su camino; pero al llegar al portal y sacar la llave para abrir, tuvo un impulso y volvió la cabeza. “Este chico está desesperado. ¿Qué le habrá pasado?” Volvió sobre sus pasos y preguntó.

– ¿Te pasa algo? ¿Estás bien?

Justin le contó rabioso, por impulso. Casi en ese momento se arrepintió. No le gustaba contar las miserias de su vida a nadie, menos a un vecino que era muy majo, pero que solo saludaba en la escalera o si se lo encontraba en la calle. No había pasado con él nunca del capítulo del tiempo o del fastidio de la Navidad. Ni estaba en sus planes hacerlo.

Peter le dedicó unas palabras de ánimo. Palabras estándar y vacías. “Le habrá surgido algo a tu padre”; “Seguro que el entrenador no te lo tiene en cuenta” y algunas más. Se dio la vuelta y enfiló de nuevo hacia el portal. De nuevo se paró y se volvió.

– Te llevo. – no preguntó, afirmó. No admitía mucha réplica, la verdad.

“¿Por qué lo he hecho tan rotundo?”, se preguntó de inmediato estudiando la reacción del chaval, que iba de la incredulidad a la estupefacción, pasando por la negación.

– No… no te molestes, no…

“Aunque bien mirado, me podía salvar el culo.” No, no, que corte ir con el vecino”.

– Te llevo. Tengo el coche ahí. Corre. – persistió en el tono seguro, ya no podía rectificar. Empezó a caminar con garbo camino del coche. – Apresúrate.

– Si no llegaremos a tiempo. Es súper tarde.

– Vamos a ver. – se paró de repente y se volvió para encarar al chico. – Si no llegamos a tiempo te invito a una hamburguesa y te desahogas poniendo a parir a quien te de la gana. No tienes nada que perder. Estás en el barro. Lo que pase será para bien. Y por cierto, ha empezado a llover, que si quieres llegar ya empapado al campo… para ver el partido desde el córner, pues tú mismo.

No muy convencido, pero Justin aceptó. Corrieron. Trote cochinero de Peter, que los kilos se notan y ruido de caballos corriendo por la acera, gracias a los tacos de las botas de fútbol del joven. Conducción a lo Carlos Sáinz, chirriar de ruedas, Justin agarrado a dónde podía y con los ojos muy abiertos.

“¿Será este el último día de mi vida?” se preguntaba un aterrado Justin, aunque en el fondo le molaba el tema, que miraba el reloj y parecía que llegaría a tiempo.

Al final lo consiguieron: llegaron a tiempo. Justos, pero llegaron. Y como ya iba vestido, ningún problema, derecho al campo. Calentamiento. Mirada seria del entrenador desde la banda. Y llovía, vaya que si llovía. “Pero a los chicos les gusta eso de rebozarse en el barro”, pensó Peter mientras sonreía y recordaba a sus sobrinos y la cara de su madre cuando los devolvía a casa de barro hasta las orejas. “Se acabó lo del fútbol”, decía furiosa mirando al tío de sus vástagos. Pero ni éstos ni aquél, hacían ni caso.

Peter se iba a ir a casa, Justin le había asegurado que alguien lo llevaría de vuelta. No le pareció muy sincero, pero tampoco le prestó mucha atención. Su cupo de buenas obras del día, ya estaba sobradamente cubierto. “Debería haber sido Boy Scout”, pensó para sí. Pero al final tuvo un impulso y se quedó a ver el partido. “Al menos la primera parte”, se dijo. Recordaba cuando iba con sus sobrinos a ver sus partidos. Además era el mismo equipo, las mismas instalaciones. Se puso en un lugar apartado, para fumar a gusto y no dar mal ejemplo a los deportistas. Todavía se acordaba de que el entrenador del equipo de entonces le echó una buena reprimenda por el tema. Por lo del ejemplo, educar a los chicos y los buenos ejemplos que “debemos dar los que tenemos responsabilidades educacionales.” Peter en aquel entonces se quedó con la boca abierta con el discursito. Cuando quiso reaccionar y decirle al entrenador que él no tenía ninguna “obligación educacional”, éste se había dado media vuelta y le estaba montando el número a uno de sus ayudantes. Para sorpresa de Peter, ese ayudante del entrenador de entonces, era hoy el coach.

Justin salió de titular a pesar del retraso y de su miedo a que le echaran del equipo; y en cuanto lo vio jugar, no le extrañó: era bueno. Muy bueno. Tenía una visión de juego muy inteligente, con la suficiente técnica para poner la pelota al otro lado del terreno abriendo el campo de juego, situando la pelota a los pies del extremo correspondiente o en la cabeza del delantero centro. Abriendo el campo, jugando con los espacios vacíos. Corría muy bien con la pelota, aunque prefería que la pelota corriera por él. “Es listo”.

En el descanso, entró en el bar a tomarse una cerveza con limón antes de irse. “Con la primera parte, ya ha sido suficiente”. Le había gustado la experiencia. Pensó en decirle al chico que le llamara otro día si no había nadie que lo pudiera llevar a jugar. Así tenía la excusa para ver otro partido. “El próximo día que lo vea en la escalera, se lo digo”.

Ya se iba cuando entraron unos viejos amigos de aquella época en que acompañaba a sus sobrinos. Hacía tanto tiempo que no se veían que se quedaron hablando en el bar hasta bastante después de acabar el partido. Cerveza va, cerveza viene, unas patatas fritas para pasar la espuma. “Recuerdas aquel día…” “Lo que nos reímos”.

Peter se despidió de ellos y cogió el coche. “Menos mal que he cambiado a sin alcohol”, pensó al sentarse al volante. Aunque se notó esa euforia característica de haberse bebido medio barril de cerveza con todo su alcohol. Arrancó y salió de las instalaciones deportivas. Cuando iba a incorporarse a la carretera, lo vio sentado sobre su bolsa deportiva. Miraba el móvil. Parecía cansado, pero sobre todo, resignado.

– ¿Subes? – le invitó poniéndose a su altura y bajando la ventanilla.

– Estoy esperando a… – pero no se le ocurrió nadie que decir.

– Justin, sube anda. Estás agotado, empapado y lleno de barro. No te veo con fuerzas de ir andando hasta casa y no creo que pare nadie para llevarte. Va a empezar a llover en cualquier momento.

– Te voy a manchar el coche.

– Da igual.

– No da igual, es nuevo. Estoy lleno de barro. Y mojado, como has dicho tú mismo.

– Hacemos una cosa, hoy lo manchas y el sábado que viene me ayudas a limpiarlo. ¿Hace? – de todas formas tenía pensado ir a lavarlo. Así le ayudaba, que siempre es más agradable lavar el coche con alguien, y más si está ágil.

Justin sonrió.

– Me parece justo. “Todo por no ir a pata a casa, qué pereza”.

Hablaron del partido. Luego Peter le contó lo del encuentro con sus viejos amigos. Pero una vez que se giró para mirarlo, lo vio dormido.

– No me escuchas – le dijo en broma, muy bajito.

Justin lo escuchó a pesar del poco volumen que empleó Peter y reaccionó incorporándose de un salto y disculpándose.

– ¡Qué sensible, joder! Si no me he oído ni yo. Parece que duermes con un ojo abierto, como si estuvieras en guerra. Duerme anda. ¿Por qué no te has duchado?

Justin iba a contarle una mentira como que no había agua caliente o que se le había olvidado la toalla. Pero prefirió callarse. Simplemente se encogió de hombros.

Llegaron a su edificio. Justin se quitó las botas de fútbol y andaba descalzo por el descansillo camino de su piso.

– Es para no despertar a mis padres al entrar en casa – se disculpó anque nadie se lo había pedido.

– Pero si es pronto. ¿Ya duermen?

Justin volvió a encogerse de hombros a modo de contestación.

– Gracias – dijo en cambio Justin. Le había costado decirlo, que no tenía costumbre. No le salió nada natural. Pero le había gustado la experiencia. Le gustó la sonrisa de su vecino al oírle. “Es buen tío”, pensó. “Ojala la peña fuera toda así”.

Peter con la llave metida en la cerradura de su casa, tuvo una idea.

– Jus, no sé… a lo mejor… ¿Te apetece esa hamburguesa de la que hablamos antes? Tengo hambre y no me apetece prepararme nada. Pero me da pereza ir solo al burguer.

– No tengo dinero.

– Puedo invitar hoy. Es porque me hagas compañía.

Dudó un rato, Peter tuvo que insistir. Al final aceptó. “La verdad es que tengo hambre”.

Hablaron. De esto y aquello. Del colegio, del trabajo, del fútbol, de los libros “A mi no me gusta nada, no he leído un libro en mi vida”.

– No me fastidies. Hubiera jurado que te gustaba. – Peter estaba absolutamente sorprendido “Qué corte, estaba convencido de que le gustaba leer; fíate de las apariencias, que ojo tienes Peter”.

– En mi casa no hay un solo libro – abundó Justin en el tema.

– ¿Ni uno? No me lo puedo creer – estaba verdaderamente sorprendido.

– Ni uno. Los del cole, los únicos.

– La mía está llena. Por todos lados. Incluso en el suelo.

– Si no me gusta. No me llama. Paso.

– A lo mejor si lo intentas…

– ¿Y tu juegas al fútbol? – cambió de tema.

– Huy, no. Soy muy torpe. Jugaba al tenis de joven. No se me daba mal.

– Yo también juego al tenis. Hagamos una cosa. Yo leo un libro y tú juegas un partido de tenis conmigo. A ver si es verdad que sabes hacerlo. Que no me creo nada. – sonó un poco burlón, sobre todo por la mirada al cuerpo de Peter (relleno y sin glamour) que le lanzó.

Peter sonrió. Le hizo gracia la propuesta. Por un lado estaba un poco asombrado de como iba la noche, no entraba en sus planes tener un amigo de 16. Pero por otro, debía reconocer que estaba a gusto. Y se lo estaba pasando bien. Pero un favor al vecino, lo de llevarlo al partido, no debía convertirse en algo habitual. No se veía en ese papel. “Padre suplente, que pereza”. “Por mis sobrinos, vale, pero por el vecino…” Por otro lado, que sí, se lo estaba pasando bien. Algunas veces había intentado empezar a jugar otra vez al tenis, pero no había encontrado la excusa, ni con quien. Ahora tenía las dos cosas.

– Vale. Pero ten piedad de mí en la pista, que no he jugado en muchos años.

– Y estás muy gordo. – se burló Justin. – Y fumas que te he visto en el campo, escondido.

– Y tú muy delgado – se defendió Peter. – Estás en los huesos.

– Estoy perfecto para el fútbol. – zanjó el tema.