Feeds:
Entradas
Comentarios

Claroscuros.

Era una noche oscura del mes de enero, cerca ya de las once. Volvía en coche a casa después de salir de trabajar. Tenía la radio puesta aunque apenas le hacía caso. Solo era un ruido de fondo para poder soportar el silencio.

Casi no había gente por la calle. Era una noche especialmente desapacible. Mucho aire, ráfagas de nieve, frío. Cuando llegó a la rotonda, el semáforo se puso rojo; justo cuando llegó.

Frenó. Recostó su cabeza en el asiento. Durante unos segundos fue consciente de la música que sonaba en la radio. Una banda sonora, aunque no sabía cual era.

Por el retrovisor, vio unos faros que se acercaban. Un taxi paró detrás. Llevaba la luz verde de estar libre. Sorpresivamente y en un movimiento brusco, dio marcha atrás unos metros para tener espacio y sobrepasarle. “Irá con prisa”. A su altura, le hizo un gesto con el dedo índice y vio en sus labios una imprecación inesperada: “Hijo de Puta”. Y pasó el semáforo en rojo a toda prisa.

Observo las calles que desembocaban en la rotonda. La verdad es que no había nadie. Pero el semáforo estaba rojo. ¿Y a qué venía lo del dedo índice? ¿Y lo del saludo? Miró otra vez el semáforo: seguía rojo.

Al final se puso verde. Ahora sí. Arrancó, despacio. Siguió conduciendo despacio, recostado en el asiento, escuchando la música de la radio. Unos metros adelante, al girar a la izquierda para tomar la c/ Santa Clara, sin pretenderlo, alcanzó al taxista que estaba parado en una esquina, quizás esperando. Frenó suavemente y se paró detrás. Lo más probable es que su intención fuera pedirle explicaciones de su gesto. “A lo mejor me he quedado adormilado unos segundos y se me ha pasado la secuencia”. Pero en su cabeza se repetía en bucle esa cara inyectada en odio gritando en silencio: ¡Hijo de Puta! Y con el dedo índice apuntando al cielo.

Tocó la ventanilla del taxista. Sonrió. Éste le puso cara de hastío. Tenía una mueca desagradable, como de asco. Arrugó la nariz como si percibiera un olor nauseabundo.

Hacía frío. Era una noche especialmente desagradable. Ráfagas de viento y nieve. Viento frío, muy frío.

Vio la tarjeta del taxi. El hombre se llamaba Víctor Izquierdo.

- ¡Buenas noches! – Saludó con mucha amabilidad el hombre, a la vez que se subía los cuellos del abrigo y se cerraba la bufanda.

El taxista arrugó los morros y emitió una especie de gruñido neardental. Quizás sería la influencia del Museo de la Evolución que estaba al lado.

El hombre se quedó observando. Poco a poco la expresión del taxista Víctor Izquierdo fue cambiando de la hosquedad al terror. En medio, un momento de incredulidad. Supo lo que iba a pasar antes de que el hombre que estaba de pie junto a su coche, fuera consciente de ello.

Sacó un bolígrafo que llevaba en el bolsillo de la camisa y con un movimiento rápido y preciso, se lo clavó en la yugular.

El rostro del taxista mudó a una expresión de sorpresa. ¿Por qué? Parecía preguntar. Aunque a lo mejor era resignación ante lo inevitable.

Cogió un montón de pañuelos de la caja que llevaba el taxista en el salpicadero y presionó la herida. Sacó entonces el bolígrafo y lo guardó en una bolsa de plástico que había sacado del bolsillo del abrigo. Junto al bolígrafo reconvertido para la ocasión en escalpelo, guardó la tarjeta del taxista. Devolvió la bolsa al bolsillo del abrigo después de haberla cerrado con cuidado.

Dio al botón para que se cerrara la ventanilla. El taxista parecía mirarlo con ojos de sorpresa y con la boca abierta. Parecía mirarlo porque era ya una mirada carente de vida alguna. Hacía algunos minutos que el taxista Víctor Izquierdo había muerto.

Despacio, sin mirar a ningún lado, volvió a su coche. Se acomodó en el asiento del conductor, se desabrochó el abrigo, se puso el cinturón de seguridad y subió un par de puntos el volumen de la radio. Arrancó despacio y después de mirar por si venía alguien, se incorporó a la circulación.

Al sobrepasar al taxista, tuvo la impresión de ver un destello en uno de sus ojos. “El reflejo de alguna farola”, pensó.

Llegó a casa cuando su mujer salía de la habitación de los niños.

- Se acaban de dormir. ¿Qué tal el día, César? – preguntó a la vez que le daba un beso en la mejilla. – Pareces muy cansado.

- Bien, todo perfecto. – contestó devolviendo el beso a su mujer y acariciando su mejilla. – voy a dar un beso a los niños.

- Ten cuidado, no los despiertes. Estaban muy guerreros y no hacían más que preguntar por ti.

Entró de puntillas. Primero fue a la cama de Lorién. Lo observo durante unos segundos antes de agacharse y darle un beso en la mejilla. Estaba grande para los 6 años que tenía. Eran tan decidido, tan movido, y tan listo… Luego fue a la cama de Álex. El mayor. 8 años. Más tímido que su hermano, más observador, un poco más reservado. Casi ni lo rozó con sus labios. Álex había dormido muy mal desde que era un bebé. Si lo despertaba no conseguiría que se durmiera otra vez.

Fue al cuarto de estar. Cogió la llave que llevaba colgando del cuello y abrió un cajón. Estaba lleno de bolsas de plástico como la que iba a guardar ahora, la del taxista. En casi todas las bolsas había un bolígrafo o un cuchillo normal, y en todas un documento de identidad. Cerró de nuevo el cajón y devolvió la llave a su cuello.

En la cocina, se acercó a su mujer por detrás y la besó en la oreja. Ella sonrió complacida.

- No seas juguetón – dijo haciendo pucheros. – estás muy cansado. Deberías ir a dormir.

- Para esto no estoy cansado – contestó César siguiendo el tono insinuante de su mujer.

Ella se separó de su abrazo y lo enfrentó rodeando su cuello con los brazos y dándole repetidos besos en los labios.

- A mí también me apetece. ¿Sabes? Hoy, en el trabajo, he soñado con hacer el amor contigo.

- ¡Ah! ¿sí? ¿Delante de tu jefe con sueños libidinosos?

- Bobo. Ha sido hablando con un cliente. Es plasta de cuidado. Pero yo he encontrado un pasatiempo… hummmmm. Si ese idiota hubiera sabido en lo que estaba pensando mientras él hablaba y hablaba… y bla, bla, bla, bla…

Se besaron y se abrazaron.

- ¿Cenamos primero? – dijo con voz sugerente.

- No sé yo – contestó dubitativo César.

Al final se sentaron a cenar antes.

- Tienes un poco de sangre ahí, en la cara.

- El grano ese, me ha explotado.

Su mujer se levantó y se sentó a horcajadas sobre sus piernas. Cogió una servilleta y la humedeció con su propia saliva.

- Mira que te lo avisé. No me dejaste explotártelo. Déjame que te limpie. Al menos no te ha manchado la camisa.

Y le pasó la servilleta por la mancha hasta eliminarla.

Siguieron cenando. Una cena trufada de besos, caricias y juegos. No tardaron mucho en ir a su habitación y hacer el amor, como casi todas las noches. Con delicadeza, con pasión, con mucho amor. Y ternura.

Y brasileño.

1,88 m.

Pelo castaño, ojos marrones.

Rey me envió el otro día unas fotos suyas y no he podido resistirme el sacarlo. y queda bien porque si no recuerdo mal,uno de los últimos  modelos que ha protagonizado mis  posts de chicos guapos hace unas semanas, fue   Francisco Lachowski,  compatriota y amigo.

No digo más, es mejor mirar las fotos. Así, si alguien puede y quiere darnos algunos datos de este modelo, le dejamos campo para ello.

Gabriel Burger.

jimmy020914-Gabriel Burger16 jimmy020914-Gabriel Burger01 jimmy020914-Gabriel Burger02 jimmy020914-Gabriel Burger03 jimmy020914-Gabriel Burger04 jimmy020914-Gabriel Burger05 jimmy020914-Gabriel Burger06 jimmy020914-Gabriel Burger07 jimmy020914-Gabriel Burger08 jimmy020914-Gabriel Burger09 jimmy020914-Gabriel Burger10 jimmy020914-Gabriel Burger11 jimmy020914-Gabriel Burger12 jimmy020914-Gabriel Burger13 jimmy020914-Gabriel Burger14 jimmy020914-Gabriel Burger15

Miró un momento por la ventana antes de sentarse en la butaca. Miró pero no vio nada. Cerró los ojos un momento para coger aire y suspiró.

Ya en la butaca, buscó una manta ligera para echársela por encima. La casa estaba fresca. Puso los pies sobre otra butaca que había puesto de medio lado y entrelazó los dedos de las manos sobre su regazo.

Volvió a suspirar.

Miró un segundo el reloj: solo media hora de paz antes de volver al rugido de la vida, para escapar de las desdichas de un mundo que andaba cojo hacía años, y que no parecía recuperar el resuello. Cansado de luchar contra los elementos, cansado de bregar con las desdichas que asolaban una y otra vez su mente, cuando descansaba.

Volvió a suspirar.

Buscaba un sueño reparador. Corto, pero imprescindible para seguir la vida. Pero sin buscarlo, en su imaginario, aparecieron unas curvas turbadoras. Eran las de un cuerpo estimulante, pero sin cuerpo y sin alma. Sintió un escalofrío provocado por la turgencia de esa piel sin tacto. De ese calor sin temperatura. Sus dedos sentían, aunque seguían entrelazados en su regazo, quietos, apretados. Sintió el sabor de su boca, en la suya, cerrada, apretada. Sintió la humedad de su saliva en sus pezones. Sintió un mordisco en uno de sus muslos, sin saber a ciencia cierta cual de ellos.

Abrió los ojos y miró a su alrededor. Miró hacia la ventana que le había servido hacía unos minutos de mirador. No vio nada, salvo unas nubes negras que habían oscurecido el mediodía.

Quiso despegarse del desasosiego de ese cuerpo invisible, pero perceptible. Quiso pensar que lo había conseguido y cerró de nuevo sus ojos, buscando paz y serenidad. Pero apenas habían pasado unos segundos y volvió a advertir que sus manos recorrían de nuevo, las curvas de ese cuerpo inexistente: los muslos, los tobillos, los hombros, el pecho; los labios, la nariz, el culo, sus orejas. Volvió a sentir el calor de esa piel, su mirada posada en la suya, unos ojos azules, o verdes, o marrones, vete tú a saber, que lo taladraban con amor y deseo.

¿Deseo? ¿Amor?

Sintió su cuerpo palpitar. Desapareció la modorra y la desesperanza cubrió su ánimo.

- ¿Dónde estás? – preguntó.

- ¿Cómo te llamas? – preguntó.

- ¿Cómo es tu cuerpo? – preguntó.

- ¡Déjame verte! – pidió.

- Por favor – suplicó.

- ¡Déjame tocarte! – pidió.

- ¡Déjame besarte! – pidió.

- Por favor.

- ¿Dónde estás? – reiteró.

Estuvo atento, expectante, pero no recibió respuesta.

El tiempo había pasado. Se levantó cansinamente camino de sus zapatos, de su abrigo. Fue al servicio y cogió un peine. Lo utilizó sin mirarse, de memoria. Por no ver su amargura, su tristeza.

Suspiró.

Cogió su bandolera y salió de casa.

El cielo estaba negro. Las primeras gotas se estampaban contra el suelo. Se subió el cuello del abrigo, escondió la cabeza todo lo que pudo, y se lanzó a vivir. Esa tarde, la vida sería más llevadera que el imaginario que ese día le había tocado sentir.

Era un consuelo. O no. Era lo que había.

Todo un año con ese hombre en la cabeza. Todo un año esperando; esperando el día en que el Mercado Medieval volviera a ocupar las calles del centro de Burgos. Todo un año soñando cada noche con él, con el hombre del mercado, con sus ropajes medievales, sus sandalias romanas, sus piernas al aire, que hizo buen tiempo, su sonrisa tímida, su mirada hipnotizante… al menos así lo recordaba. De tanto soñar con él, posiblemente la idea que se fue haciendo en mi cabeza distara mucho de la realidad. No sé para que nos empeñamos a veces en vivir la realidad, con los bonitos sueños que construimos en nuestra mente.

Hace un año. Solo fueron diez minutos, más algunos otros mirando desde una distancia prudencial. Fui a sacar fotos y de repente, al principio de una de las hileras de puestos, en el Espoloncillo, allí estaba él, bailando un diábolo. Saqué algunas fotos y luego me acerqué para comprar algunas cariocas multicolores para adornar el pasillo de mi casa. Ahí tuve mis diez minutos. Y solo fueron diez porque no se me ocurrió nada para alargarlo.

Me fui luego como en una nube. Era consciente de que era una historia imposible, que nuestros destinos no se juntarían. Por inconvenientes prácticos y porque no había sentido yo ninguna conexión. Él tenía el interruptor apagado. No sería posible ni una historia que aspirara a durar una eternidad, ni siquiera una historia de una noche de pasión. Siquiera de plática distendida y jovial. Y aún así, aún siendo consciente del interruptor apagado, de la imposibilidad del asunto, su cara de incomodidad cuando le dije si le podía sacar fotos de cerca, se me clavó en el corazón. Y ha sido un año de pensar, soñar, sentir con él y por él. Jodidos asuntos los referidos al amor. Él, él, él, siempre él. Amor u obsesión, no sé.

El mercado se había instalado la tarde anterior. Ya había llegado el momento. Esa noche fui incapaz de cerrar un ojo. La tensión, los nervios, la esperanza en algunos momentos, el desaliento en la mayor parte de ellos. Un millón de sensaciones contradictorias inundaron mis entrañas impidiendo mi descanso.

“Encima me presentaré con ojeras, que mierda”.

Ese sábado, salió el sol. Levanté la persiana y miré por la ventana. Respiré profundo, como si hubiera pasado una eternidad desde la última vez que introduje aire en mis pulmones. Quería que me reviviera, que ese aire fresco, vivificante, sacara de mi interior esa especie de globo que me oprimía por dentro. “¿A qué viene estos nervios?” me preguntaba una y otra vez. No lo sabía, pero ahí estaba. Era un sueño, algo imposible, pero… Volví a inspirar profundamente, abrí los ojos y disfruté del brillo de las hojas de los árboles enfrente de mi casa, verdes todavía, aunque con los tonos ocres iniciando la conquista.

Miré el reloj, el tiempo corría. Desayuné frugalmente y me senté a escribir unas líneas en el relato que me quedó pendiente la noche anterior. Me vestí con especial cuidado y me fui a la calle, con una ligera sensación de ir a conquistar el mundo. El mundo era, en este caso, un chico con ropajes medievales.

Pero está claro que el espíritu de Hernán Cortés, o de Napoleón, no habita dentro de mí. A los pocos pasos de mi casa, mi determinación se quebró. El miedo me atenazaba las piernas y unas irrefrenables ganas de echar a correr en dirección contraria se apoderaban de mi ánimo. Tuve cinco minutos cómicos de darme la vuelta no menos de cinco veces. “Me voy”; “No, adelante”; “Esto es una chuminada, me largo”; “No jodas, al menos disfrutemos de la vista”; ¡Qué hostias, me largo”. Pero al final el mercado medieval me rodeo por todas partes y seguí adelante, mirando con fingido interés todos los puestos y lo que vendían, pero en realidad buscando lo único que me importaba: él.

Casi lo había recorrido entero y empezaba a desesperar. Cuando llegué al lugar en dónde el año anterior había estado su puesto, el corazón me empezó a latir más deprisa. Pero no, no estaba allí. Una nube tapó el sol en mi entendimiento y los hombros se me doblaron hacia delante por el peso de la decepción. Prácticamente no quedaba nada por recorrer, así que posiblemente significara que este año no había venido. En su lugar, había una señora que decía leer el futuro. Una señora arrugada y con el ceño fruncido, con un perenne enfado en su rostro. El futuro que leyera esa “bruja” debía anunciar irremisiblemente desgracias horripilantes. A lo mejor era una señal, pensé. Y era mejor dejarlo.

Al menos la bruja con el entrecejo tenso, me sirvió para reírme para mis adentros.

Paseé sin rumbo, pensando ya en irme a otros menesteres o en comprarme un dulce pretendidamente artesanos pero que rezumaban industria por todos los lados. Y en estas estaba cuando, al final de los tenderetes, frente a la catedral, en una esquina con poco glamour y poco vistosa, lo encontré.

Otra vez el corazón galopando. Otra vez las piernas que me empezaban a fallar. Otra vez sentí unas ganas increíbles de salir corriendo y alejarme. Quizás ahora podría olvidar, o no. Pero aunque todo esto se me pasó por la cabeza, allí me quedé, mirándolo. Observando como se movía. Sus gerstos, sus muecas. Se había teñido el pelo y se había dejado una cresta. No era muy alta. Parecía un indio de las películas, con una carretera de pelo en medio y los laterales rapados. Manejaba los juegos que vendía, para atraer a la gente. Jugaba con los niños que se acercaban. Con ellos no parecía tan tímido. Les explicaba como se bailaba las cariocas y como se jugaban con los palos del diablo. Y hacía volar el diábolo, alto, muy alto. “Hala”, exclamaban algunos infantes. Les sonreía y bromeaba con ellos. Tenía una bonita sonrisa.

Por detrás del tenderete, aparecieron otros chicos que debían venir de otros puestos. Su actitud cambió. Se convirtió de repente en alguien brusco, desapegado. Dejó de jugar con los niños, como si súbitamente, le hubieran dejado de gustar. Incluso parecía que le molestaban. De repente parecía que el mercado se la traía al pairo, como si lo hiciera por obligación. Rieron todos con fuerza, bromas y tomaduras de pelo. Saqué la cámara de fotos y tiré algunas desde donde estaba. Él de repente, me vio de reojo. Creía que no me iba a recordar pero… sí, lo hizo. Se puso nervioso, como aquella primera vez cuando le dije que le iba a sacar fotos de cerca. Apartó la mirada rápidamente y siguió con su comedia, más exagerada, sin duda, dedicada a mí.

Ese chico, ese que veía ahora, ya no me interesaba. Ya no era dulce ni educado. Ya no le gustaba vestir como hace 4 siglos. Ya no jugaba con los niños a gusto. Comedia, pura comedia. O drama, puro drama. El de su miedo a no encajar. Se acercó una señora con sus hijos. Apenas la hizo caso para decirle los precios. Sus amigos vigilaban desde detrás. Uno de ellos, miró el reloj. Dio un codazo al que estaba a su lado y salieron corriendo.

El vendedor de juguetes los siguió con la vista. Otro señor se acercó al puesto. De nuevo parecía disfrutar con lo que hacía. Volvió su timidez, su interés por vender, se le veía a gusto. Aunque de reojo, noté como seguía pendiente de mí.

“Ayudo a mi madre”. Eso es lo que me contó el año pasado. “Ella está en otra feria en Cuenca”.

Unos niños se asomaron por detrás. Él los vio por el rabillo del ojo. Sonrió pícaro haciéndose el despistado. En un momento dado, se dio la vuelta de improviso y los niños salieron corriendo, riendo, perseguidos por el vendedor de juguetes.

- No les dejes que te molesten – dijo su madre cuando llegaron corriendo a esconderse detrás de ella.

- Si no me molestan – dijo él sonriendo.

La madre se encogió de hombros.

- No les des confianza, luego se desmadran.- insistió ella en tono indiferente, como si fuera una funcionaria de la maternidad.

Ahora fue el vendedor de juguetes el que se encogió de hombros.

Me acerqué al puesto. Fue un impulso poco meditado. Noté como el vendedor se ponía nervioso nada más verme caminar hacia él. Quizás me recuerda porque insistí en sacarle unas fotos de cerca el año anterior. No le hizo mucha gracia, aunque no puso impedimentos. Los gestos que puso mientras le sacaba fotos, fueron en realidad un impedimento suficiente ya que todas las instantáneas resultaron un desastre. Al llegar al puesto, el vendedor me miró con cara de pocos amigos. No se si pensaría que me iba a lanzar sobre él y meterle mano allí mismo. O a lo mejor temía que sus amigos aparecieran de nuevo. Aunque intenté quitarle importancia, me sentí molesto por esa actitud. Y sin meditarlo mínimamente, me salió un exabrupto:

- ¿Por qué no dejas de hacer el payaso y te comportas como eres de verdad, sin seguirles la corriente a esos imbéciles de antes? ¿De qué tienes miedo?

Se lo escupí, casi. Estaba enfadado por su actitud y por el asco con que me observaba. Tuve claro que me había equivocado totalmente.

El vendedor me miró con altanería. Decidí que debía terminar con todo ese globo de mis sueños con él. Todo se había desecho como un azucarillo en un vaso de agua.

- Tú qué sabrás – contestó con todo el desprecio del mundo.

- Sé que te gusta estar en el puesto. Sé que te gusta jugar con los niños, porque has cuidado de tu hermano pequeño y eso siempre te ha hecho feliz. Sé que ayudas a tu madre porque la quieres. Sé que echas de menos a tu hermano, que estará posiblemente con tu madre, en otro mercado medieval. Hay que aprovechar la temporada. Lo sé porque lo llevas escrito en la cara, para el que sepa y quiera leer en ella.

- Tú no sabes una mierda – lo dijo con los ojos inyectados en sangre, con asco en la mirada.

Me fijé entonces que en un lateral, estaba uno de los chicos que había estado antes. Atendía a la escena con atención. Clavé mis ojos en él, escrutándole. En pocos segundos vi que era otro que fingía lo que no era. No les diría nada al resto de la panda, aunque tampoco defendería al chico de los juegos si el resto se metían con él. Él tendría su propia guerra de fingimientos y no quería arriesgarse a ser descubierto.

Volví de nuevo mi atención al vendedor de juegos. Cuanto odio en su mirada. Parecía imposible que el mismo chico al que saqué fotos el año anterior, con esa cara dulce, ahora lo mirara con ese odio y ese asco.

- Tú mismo. Tú vivirás tu vida, a mí me la suda. Tú serás feliz o un desgraciado. Yo creía que te merecías ser feliz, pero veo que a lo mejor me equivoqué. Que te merecías que soñara contigo, pero eso sí, fue un error mayúsculo. Un año de sueños tirados. No pasa nada, estoy acostumbrado. Perdona por las molestias. Adiós.

Me giré y me fui. Guardé la cámara de fotos. Saqué el paquete de tabaco y se encendí un cigarrillo. Las manos me temblaban de la rabia. Y por qué no, de decepción. Es duro cuando los sueños de chocan contra la realidad.

Ya no me interesaba sacar fotos del mercado medieval. Solo sentarme un rato en una cafetería, sacar un libro de la bandolera y leer un rato mientras apuraba un café e intentaba que el mal humor se diluyera en el ambiente del siglo XVI y pudiera encarar el XXI con algo de serenidad el resto de la jornada.

- ¡Eh! ¡Oye!

Tardé en darme cuenta que a lo mejor me llamaban a mi. Me giré y vi al chico que venía corriendo entre la gente. Me paré a esperarlo con un rictus de mal humor en mi jeta. No esperaba nada agradable de ese nuevo encuentro. “Ahora vendrá a insultarme o algo peor”, pensé mientras tensaba los músculos.

- Me llamo Isidro. – dijo en cuanto llegó a mi lado.

- Manuel – contesté mecánicamente.

Nos dimos la mano ceremoniosamente. El vendedor alargó lo que pudo su apretón. Noté como su dedo pulgar acariciaba suavemente la parte de mi mano que tocaba. Todavía no se me había pasado el enfado, así que no hice mucho caso de ese gesto que a todas luces parecía conciliador.

- Si… – el chico balbucía – tomas un café… te invito.

Me miraba con ojos suplicantes. Pensó en decir algo más, era evidente por los gestos que hacía con las cejas, pero no parecía decidirse.

- Es que…

- Vamos, allí parece que hay una mesa. – señalé una cafetería en el otro lado de la calle.

Pero Isidro no se movía. Parecía que lo que quería decir le atenazaban las piernas.

- Que … – su voz sonaba nerviosa – que no se como lo has hecho, joder, pero que tienes razón. Ya está. Y que perdona.

- Vamos anda – le puse la mano en la espalda y lo empujé con suavidad hacia la cafetería. – Me gustaba más el pelo que llevabas el año pasado.

Sonrió.

- A mí también.

Nos reímos juntos. Un matrimonio por nuestra derecha, señaló la misma mesa a la que nos dirigíamos. Así que hicimos un pequeño sprint para cogerla. Vino un camarero y pedimos.

- ¿Y el puesto?

- Se ha quedado Luis, un colega de los guays. Es de los de recreación. Hasta el desfile no hay problema.

Isidro contó sus cosas. Su hermano se llama Saúl.

- Tiene 14 tacos y es un pavo real. Se lleva a las chicas de calle.

Lo decía con orgullo mal disimulado.

- Si saco el móvil seguro tengo 20 wasaps de él. Está en el pueblo, con mis tíos. Las clases, ya sabes.

- ¿Y tus clases?

- Lo dejé a los 16. Mi madre necesitaba un cable.

Siguió contando sus cosas. Hablaba por los codos. Se le notaba cómodo. Me miraba con esa cara que se pone cuando estás liberado por haber encontrado a alguien con el que hablar sin tapujos. Tenía una mirada limpia. Pensé que sentía envidia de su hermano. Si lo miraba de esa forma, debía ser el chico más feliz del universo.

- Me hubiera gustado estudiar Arquitectura – dijo de repente con un velo en los ojos. – Pero mi padre se fue y todo se acabó. Al menos mi hermano estudiará. Le mola la Historia. Dice que para contarla luego por los pueblos con mi madre y conmigo. Estoy ahorrando. Duermo en la furgoneta para no pagar un hostal. Así me queda más para su carrera.

- Vente a casa, tengo una cama libre.

Me salió sin pensar. Me arrepentí al momento. Por un lado, siendo sinceros, no lo conocía de nada. Podía ser un ladronzuelo o algo peor. Por otro, pensé que lo ponía en un compromiso. Él lo vio así, porque de repente su cháchara se detuvo en seco. Tenía las mismas dudas que habían asomado en mi cabeza.

- Apunta mi teléfono y me dices. – ya no podía retroceder sin parecer descortés. Total, pensé, no parecía muy dispuesto a aceptar la invitación.

Justo cuando acabó de hacerlo, su amigo Luis le llamó para recordarle que debía irse al desfile.

- Me abro.

Y sin decir nada más, salió corriendo.

Me quedé mirando como se alejaba. Sus sandalias estilo romanas no le permitían ir muy deprisa. El numeroso público que empezaba a inundar el mercado, tampoco ayudaba. Sonreí. Era una sonrisa triste, resignada. Intuía que esa historia era todo el recorrido que podía tener. Saqué el libro y para desesperación del dueño de la cafetería que esperaba que me levantara para ocupar la mesa con nuevos clientes, me puse a leer. Aunque no leí casi nada, porque mis sueños de que Isidro decidiera llamarlo me ocupaban la mente.

Al final me levanté y me alejé del mercado. La melancolía se instaló en mi ánimo. Pero al menos, había conocido la historia de Isidro. Al menos, tenía una historia que escribir. Es un consuelo, pensé. Pero pequeño.

Aquí traigo otro puñado de trabajos de Sergio Carvajal, como os prometí la primera vez que lo saqué en el blog.

rincon230215-sergio carvajal01 rincon230215-sergio carvajal02 rincon230215-sergio carvajal03 rincon230215-sergio carvajal04 rincon230215-sergio carvajal05 rincon230215-sergio carvajal06 rincon230215-sergio carvajal07 rincon230215-sergio carvajal08 rincon230215-sergio carvajal09 rincon230215-sergio carvajal10 rincon230215-sergio carvajal11 rincon230215-sergio carvajal12 rincon230215-sergio carvajal13 rincon230215-sergio carvajal14 rincon230215-sergio carvajal15

Para ver todas las fotos de Sergio Carvajal, pincha aquí.

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 102 seguidores