Chicos en calzoncillos – Toma 24.

Tenía olvidada la colección de calzoncillos.

Pero como todo buen coleccionista, al final siempre se retoma.

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Además, ahora que lo pienso, con las ofertas del Black Friday, a lo mejor esto os da alguna idea para renovar vuestro cajón de calzoncillos.

Pincha y disfruta. de todos los calzoncillos de “el rincón de tatojimmy”.

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Se ha matado.

El otro día, la muerte se acercó a mi puerta. Mientras en México celebraban con algarabía y máscaras el día de la muerte, yo me rompía por dentro.

Quisiera ser de otra forma. Quisiera que mi cultura, mi mundo, me llevara por otros derroteros. Que no me pesara el alma. Quisiera poder reírme y alegrarme porque mi persona querida ha encontrado la paz y está con Dios, tal y como proclamaban sus creencias. Quisiera tener ánimo para organizar la fiesta que decía que quería en lugar de un velatorio lleno de plañideras y amigos con los ojos llorosos. Quisiera ir a una tienda cualquiera y comprar unas máscaras y regalárselas a todos sus amigos, sus parientes: “bailemos y celebremos que Hugo esté donde ha querido”.

No me sale.

Rosa acaba de llegar. Nos abrazamos. Lloramos cada uno en el hombro del otro. No lo vimos llegar. No nos dimos cuenta de nada. No. Éramos sus cercanos, desde el Instituto. Nos íbamos de vacaciones juntos, tonteábamos entre nosotros. Íbamos al cine, a beber a los pies del castillo. Éramos una familia a parte de nuestras familias, que a su vez, formaban una familia todos juntos. Sus hermanos eran los míos, los de Rosa, los de Hugo.

Sus padres, los míos, nos miraban impotentes, sin entender muy bien lo que pasaba.

Y aún así, no lo vimos venir.

Adolfo, su hermano “el pequeño”, está roto. La de veces que nos partimos la cara por él. El más pequeño de nuestra familia, alto, delgado, guapo y un broncas. Siempre estaba en peleas. La ira le embargaba casi permanentemente desde los 12. “NO sabe quién es, por eso es así”, lo disculpaba Hugo. “¿Lo sabemos alguno?” Le contestaba Rosa. Y salíamos los tres corriendo, tras recibir la perdida de Adolfo pidiendo auxilio.

Seguimos juntos todos. Aunque a ratos estábamos lejos. Como ahora él, en Nueva York, con Bea, su mujer. Rosa en Málaga. Yo en Burgos. Con Adolfo y Pablo, sus hermanos. Con Elvira, la hermana de Rosa. Con Julia, mi hermana.

Un wasap.

Algo increíble.

“Se ha matado”.

– Él quería que bailáramos con máscaras en su entierro, ¿Recuerdas? – Adolfo me miraba suplicante mientras me tendía una de payaso y otra de una calavera.

Miré a Rosa, que se encogió de hombros mientras se secaba los ojos. Miré a todos, que habían ido llegando sin darme cuenta.

– De acuerdo – dije al final.

Adolfo se acercó a mi y me abrazó, fuerte. Me dio un beso en la mejilla y me susurró un “te quiero” que hizo que mi cuerpo se estremeciera.

No recuerdo mucho de la fiesta. Del velatorio, del tanatorio. Retazos de música, las máscaras rodeándome. En una creí ver los rasgos de Hugo, riéndose, feliz. Solo espero que allí donde esté, lo sea de verdad.

Yo aquí, no podré quitarme la congoja en mucho tiempo. Quizás no lo consiga nunca. Y sé que a Rosa le pasará igual.

Y a Adolfo.

Y a los demás.

¿Me esperarás? (3ª parte)

Me lo dijo un día del mes de octubre en que llovía a mares y yo volvía precisamente del Mercadona, empapado, con la bolsa de la compra chorreando y echando pestes sobre mi tontería de irme sin paraguas al grito de: solo son doscientos metros y cuatro gotas.

No me alegró. Ya tenía callo. Pasaba del tema. El de Japón no había dado señales de vida y sabía a ciencia cierta que había vuelto. No dijo ni mú. Así que Rodrigo haría igual, pensé. Me dijo la vecina el piso en que vivía, que ya se había informado. Parecía esperar que me iba a ir corriendo a buscarlo, dejándole la bolsa de la compra a su cuidado en el portal.

No lo hice. Me quedé mirando mis zapatos de entretiempo echados a perder y me metí en el ascensor, jurando por la lluvia y demás.

Pero ¡Oh, sorpresa! Ahí, en la puerta de mi piso me esperaba. Sentado en el suelo, con esas zapatillas rojas que no me gustaban una mierda. Al salir del ascensor me lo tope, casi me trastabillo con él. No lo vi..

Me paré en seco. Curiosa expresión ahora que lo pienso, porque estaba empapado. Él también traía una bolsa de la compra.

Volvemos al principio, pensé.

No dijimos nada en un rato. Yo estaba enfadado. Él expectante. No sé por qué lo del enfado. Él me dijo una cosa y la había cumplido. Me dijo que volvería. No me dijo cuando. No me dio explicaciones y yo acepté. Pero estaba enfadado. Quizás porque en ese momento me di cuenta que no había dejado de pensar en él ni un solo día. En sueños, despierto. Hasta cuando me enrollaba con otro, en algún momento, aparecía él. Eso es lo que me enfadaba, que pensara en él sin tener nada con él. Sin saber si me podía ofrecer algo, cuando eso sí lo tenía claro todo el mundo, siempre había andado con chicas despampanantes. De repente, ante mi invitación de hacía ocho meses o más, que había perdido la cuenta, se había convertido en homosexual y se había enamorado de un hombre que, en serio, no tenía nada de especial. No tengo nada de especial. Si hubiera sido algo despampanante o si me hubiera comportado como un ser excepcionalmente especial e interesante aquel día, quizás… pero no, fui muy soso, nada del otro mundo.

Todo esto y más cosas estuve pensando a toda máquina en los dos o tres minutos que estuvimos así, mirándonos son decir nada. Él tampoco se movió del sitio.

Al final, me decidí a hablar.

– Has vuelto.

Fue una decisión difícil, sí. Una frase muy interesante y meditada. Algo rompedor que hizo que se deshiciera flasheado por el amor y el deseo hacia mí.

– ¿Me has esperado? – dijo él al cabo de un rato de silencio.

Era una pregunta sencilla, pero complicada. No le había sido fiel, si esa era la pregunta. Y me hubiera entregado a dos personas, si éstas no hubieran dicho que no. No veía la necesidad de entrar en detalles. Tampoco me apetecía mentir miserablemente. Así que como respuesta, me encogí de hombros. Tampoco sabía lo que él esperaba del reencuentro. ¿Esperaba amor? O una relación de amistad bonita, de echar la siesta juntos, siesta literal, no siesta en sentido figurado de “noslomontamosdeguayygritamosdeplacertodalatarde”.

– No he lavado el coche – se me ocurrió la gracia. Fue un buen puntazo ¿a qué sí? Rodrigo sonrió.

Tampoco me ponía cachondo. Rodrigo no… pensando en él no me ponía a cien como lo hacían otros. Pero esa sonrisa después de mi broma… esa sonrisa valía una vida.

– Estás empapado – dijo en un momento dado.

– Entra en casa. Me cambiaré de ropa.

Tras ocho meses de espera, la casa estaba más desordenada que nunca. No tuve un pensamiento al respecto, incluso me reí para mis adentros recordando lo asustado que estaba la primera vez que Rodrigo entró en mi piso. Me quité los zapatos nada más entrar, apartándolos de una patada a una esquina, al lado del paragüero. Me quité el abrigo que lo tiré sobre una butaca en el salón, para que se secara. Y me fui al baño a secarme el pelo y a quitarme los pantalones que pesaban el doble por el agua que llevaban en la parte baja de la pernera.

Me miré en el espejo un segundo. Me vi enfadado. Muy enfadado. Por la lluvia, por mí, por mi vida, por Rodrigo. Por esperarlo. Por que no había venido hasta ahora. O porque había venido y ahora, me asustaba lo que pudiera pasar. Hacía tanto tiempo que no tenía a nadie a mi lado. Tanto tiempo. ¿Sabría vivir con alguien? Otra estupidez, pensé al cabo de unos segundos. No sé si va a vivir conmigo, no sé si quiere algo conmigo. No sé nada.

Me sequé el pelo y salí del baño. Como un basilisco. Fui a su encuentro. Iba a decirle cuatro frescas, a poner los puntos sobre las íes. A machacarlo y a echarlo de casa. No quería que me mareara. Estaba mosqueado, mojado. Me sentía ridículo. Ridículo por esperarlo, por soñar con él. Por hacerme ilusiones. Por no saber lo que quería en la vida.

Rodrigo había colocado mi compra. Había encendido el horno y preparaba una dorada para meterla. Con sus patatitas, sus verduritas. Se había descalzado. Me asomé a la entrada y vi colocadas sus deportivas junto a mis zapatos de entretiempo destrozados por el agua. Los dos pares bien alineados.

– ¿Tienes algo de vino blanco? Para el pescado.

– ¿Eh?

Le había oído pero apenas había procesado lo que me había dicho.

– Vino blanco, para el pescado.

– ¡Ah!

En eso llegó un mensaje al wasap. El tío lerdo de Japón diciéndome que había vuelto y que si nos veíamos. Casi estampo el teléfono contra el suelo. “Vete a la mierda”, escribí. Pero no lo mandé.

– Sabes cocinar.

Una afirmación tonta, sobre todo dado mi enfado y mis ganas de echar a ese chico de mi casa a patadas. Pero estaba descalzo, pensé para mí, cogerá frío.

A veces que bobadas pensamos en momentos idiotas.

– Cuatro cosas – contestó sonriendo de medio lado y mirándome con cara de cordero degollado.

Lo observé mientras se movía en la cocina. Por primera vez desde que me lo había encontrado en el suelo sentado, me fijé en él. La del primero tenía razón: estaba en los huesos. Parecía que habían pasado cuatro o cinco años en lugar de ocho escasos meses. Ahora me parecían escasos. Sus ojos estaba apagados, no con el brillo que los había visto siempre. Sus labios parecían agrietados, secos. El pelo lo llevaba corto, como casi siempre, pero ahora lo llevaba sin lustre, sin gracia, cortado a maquinilla, adelante y atrás, punto. Seguía enfadado, pero ya no me salía lanzarle ninguna invectiva, mucho menos largarlo de casa, aunque le dejara coger las deportivas.

– Que número usas – le pregunté sin ninguna entonación, sin gracia, tono monocorde.

Me miró y sonrió. Podría haberse hecho el interesante y preguntar ¿Número de qué? ¿De qué hablas? No te comprendo. ¿Eres un marciano?

– 43.

– Si llego a saberlo te compro unas. Por si no lo sabes, esas no me gustan nada.

Yo todo digno, apoyado en la jamba de la puerta de la cocina.

– Pero no sabía tu número.

Seguí ahí, sin moverme. El me miraba de soslayo, mientras seguía haciendo cosas en la cocina. Me miraba de tapadillo y me sonreía. Era bonita esa combinación de sonrisa y esa mirada furtiva. Y eso que seguía siendo la sonrisa más triste que he visto en mi vida.

– Lo has pasado mal, cariño.

Creí durante un instante que solo lo había pensado. Pero al ver la cara de él, comprendí que lo había expresado en voz alta. “Lo has pasado mal, cariño”. ¿Cariño? No había bebido alcohol desde Nochevieja, así que la excusa de que estaba borracho, estaba descartada. ¿Cariño? ¿Es mi cariño? Pensé unos segundos después.

Paró. Aunque me había mirado un instante, rápidamente fijó la vista en la pared enfrente suya. Noté como tensó su cuerpo. Noté como segundos después lo relajaba del todo. Temí durante un instante que iba a caerse al suelo, desplomado. Incluso me acerqué de un salto extendiendo las manos hacia delante. Me paré en seco al ver como se giraba y se enfrentaba a mí. Estaba desolado. Aprovechando que había extendido mis brazos para cogerlo al vuelo en caso de desmayo, lo rodeé con ellos por el hombro y lo acerqué a mí. Lo pegué a mi cuerpo. Obligué a que acomodara su cabeza sobre mi hombro. Tuvo que inclinarse un poco, es más alto que yo. No opuso resistencia y noté como se abandonaba. Me rodeó con sus brazos. Y poco a poco, fue apretándose más a mí, hasta casi hacerme daño.

Me moría de la curiosidad pero… no me atreví a preguntar.

Estuvimos así un buen rato. El pitido del horno anunciando que había llegado a la temperatura requerida, nos hizo volver en sí. Durante ese abrazo pensé muchas cosas. Muchas. Muchas repetidas, ya meditadas un ciento de veces. Algunas nuevas. Preguntas, me hice un ciento. Y sobre todo la certeza de que en toda mi vida me había encontrado tan a gusto como en ese abrazo.

– Dale, acaba con la cena. Yo preparo la mesa.

Cenamos despacio. No hablamos mucho. Hubo un momento, en el postre, que él puso sus pies desnudos sobre los míos. Estaban helados. Me dio un escalofrío. Pero no hice nada para que los quitara. En realidad me sentía bien. Al principio, él no comía demasiado. Era una cena ligera, un pescado al horno con verduras y una ensalada de las de toda la vida, lechuga, tomate y cuatro trozos de atún en lata. Al final me hice el enfadado y le amenacé con hacerle el avioncito.

Comió. Yo comí más. Él lo necesitaba y yo no. Las contradicciones de la vida.

– ¿No preguntas?

Lo dijo en el postre, un flan de Pascual, que no había nada más. Yogures, pero me parecía un momento importante y un flan tiene más empaque como postre. Ahora que hablo de yogures, me apetece levantarme a comerme uno. Que cosas. Voy a dejar de escribir de comida, porque si no me va a acabar apeteciendo todo lo que nombre. Y eso no es buena idea para mi línea ya de por sí muy curva.

No supe que responder en un principio. No estuve seguro de responder algo o dejar que la pregunta muriera de inanición. Luego barajé muchas respuestas. Si me hubiera pillado apenas un par de horas antes, le hubiera echado los perros, los ojos se me hubieran inyectado de ira y le hubiera echado la bronca. Ahora… después de la cena, el abrazo y de verle y sentirle llorar, eso estaba descartado. Pero por otra parte seguía sin saber que esperar de eso que estábamos viviendo.

– No sé que esperas de mí.

Fui cauto, lo reconozco. Era lo mejor. Y no quise entrar en su vida sin una invitación clara.

– No lo sé – contestó demasiado rápido. – Tengo miedo.

Clavó su mirada en mis ojos. Su forma de mirar no era directa. Quiero decir, no ponía la cabeza recta, los ojos hacia delante. La cosa no era así. Los ojos si miraban adelante, pero su cabeza, siempre solía estar girada a un lado. De medio lado.

– No sé que preguntar. No sé la confianza que me quieres dar. No sé lo que quieres escuchar, ni siquiera sé lo que quieres, para yo saber lo que espero y lo que siento.

Estudié su reacción a mis palabras. Se quedó pensativo. Hubiera jurado que no se había planteado antes lo que estaba haciendo allí, en mi casa, frente a mí, con sus pies desnudos sobre los míos, también desnudos. Era una forma de estar en contacto muy íntima, aunque parezca una bobada. Ninguno nos atrevíamos a apartarlos. Y eso me hizo creer que él sentía algo por mí, aunque no me hacía idea de que era.