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Unos gifs de Vogue.

Eryck Laframboise, Chris Winters, Gene Fodorenko, Caleb Trent, Brian Blank, Daniel Bederov, Jae Yoo, Miles McMillen, Carlos Santolalla, Corey Baptiste and Oleg Antosik.

Estos son los modelos de este editorial de Vogue Hommes Japan, una revista digital para iPad. Una revista que por cierto, ha desaparecido.

Y es una pena. Porque por cosas como esta, debería seguir.

El estilismo es de Nicola Formichetti y el fotógrafo es Pierre Bebusschere.




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Me había decidido a hacer algo de limpieza en casa. Limpieza del tipo “vamos a tirar cosas”. Ya tenía un par de bolsones enormes de ropa vieja e inservible y de trastos varios. Otra caja de móviles obsoletos, cargadores de mil clases, GPS modelo año de la polca, máquinas de fotos de ¡¡1 megapixel! y otros útiles inservibles que iba a llevar al Punto Limpio. Pero ya estaba cansado. Y no había hecho más que empezar. Y es que a mí, estas cosas… empiezo con mucho empeño, pero éste me dura un suspiro, quizás dos. Oscurecía y era el momento de sentarse a leer un rato o de ver la televisión sin criterio.

Miré lo que me faltaba de revisar desde mi atalaya allí en el suelo, y se me vino el mundo encima. Montañas y cordilleras de cosas amenazaban con caer sobre mí. Me entró miedo. Definitivamente iba a ser “Para otro día”. Suspiré y me levanté como pude, que me había quedado varado en el suelo. Las piernas estaban que no me querían responder, las rodillas se negaban a estirarse. Si ya lo digo yo que estos ejercicios no son buenos.

Pensé en dejar las bolsas para tirarlas otro día, pero corría el riesgo de que se quedaran ahí, en una esquina, durante meses. Así que hice un esfuerzo, cogí un abrigo, que hacía rasca, y para el contenedor de basura. Sin pensarlo mucho.

Abrí la puerta. La escalera estaba a oscuras. Encendí la luz del descansillo y casi me da un pasmo. De pronto, ahí, apoyado en la barandilla, como salido directamente del averno, apareció un hombre joven con una mochila al hombro. Estuve a punto de cerrar de golpe la puerta y coger el móvil para llamar a la policía. Lo primero que se me ocurrió es que era un ladrón que venía a por mis cosas, y no precisamente a por la basura que iba a tirar. Cuando casi tenía la puerta cerrada, lo reconocí.

– ¡Isidro!

Él sonrió tímidamente. No se había movido casi de donde estaba. Miraba de refilón, como para no hacer daño. Estaba apoyado en la barandilla de la escalera. Parecía un poco triste, desanimado. Como un derrotado antes de iniciar la batalla. Pero sonreía. Tímidamente.

– ¿Qué haces ahí? ¡Qué susto me has dado, cabrón!

Sonrió con más intensidad, pero no decía nada.

– Pasa, hombre, no te quedes ahí.

Hacía ya cuatro meses de aquel día que habíamos hablado en el mercado medieval. Me contó que dormía en la furgoneta para ahorrarse el hostal para que su hermano pudiera estudiar en la Universidad. Le ofrecí que se viniera a casa a dormir, pero evidentemente, no lo hizo. Ya casi me había olvidado de él. Eso no era cierto del todo, porque me seguía gustando y muchas noches seguía ocupando mi imaginario de sueños imposibles. Peleas al despertarnos, juegos a todas horas, besos todavía más frecuentes y mis manos paseándose por los rincones secretos de su cuerpo. Amor del prohibido para diabéticos. Pero ya era solo eso, un sueño irrealizable y ya había dejado de pertenecer a la clase de “Sueños obsesivo-compusivos y diarios”. Y eso que por una vez en la vida, al menos había estudiado la posibilidad de que se convirtiera en un sueño vivido. Lo había buscado, habíamos hablado y… hasta luego.

– Pasa y siéntate. Perdona el barullo, estaba tirando cosas.

– Si quieres te ayudo a tirar esas bolsas – se ofreció. Creo que para él fue una escusa para tener una forma de justificarse. Y yo pues no vi inconveniente en allanarle el camino.

– Venga, vamos. Coge esa y así me ahorras un viaje.

Dejó la mochila apoyada en el aparador de la entrada y salimos.

No hablamos mucho camino del contenedor. Me fijé que ya no tenía la cresta de color azul ¿O era verde? Se había dejado crecer el pelo por los laterales. Y me pareció que había adelgazado un poco. Seguía teniendo esa mirada tímida y esquiva que tanto me gustaba. Y esa luz en los ojos que era capaz de derrumbar todas las murallas de la tierra. Al menos con las mías había sido muy eficaz.

– Casi no te conozco vestido del siglo XXI.

– Pues tengo las calzas en la furgo, si quieres… – puso cara de niño travieso.

Nos reímos nerviosos. No le dije nada, pero a lo mejor, como elemento morboso, sería interesante. “¿morboso?”, pensé para mis adentros. Ya volvía a soñar despierto. Me empezaba a asustar el resultado de esa visita inesperada. ¿Y si a su marcha, fuera cuando fuera, me provocaba el despertar de la obsesión que tuve por él?

De vuelta a casa nos sentamos en el salón. Le pregunté por su hermano.

– No recuerdo su nombre…

– Saúl.

– Es cierto, Saúl. Tengo un amigo que se llama así, no sé como me he olvidado. Lo quiero mucho, además.

– Pero no te has olvidado de mi nombre.

Sonreí como un bobo. No puedo negarlo. Pero callé, no iba a decirle así de primeras, sin conocer sus intenciones, que lo imaginaba en mi cama, desnudo, apuntándome con su miembro duro y pasándose la lengua de forma libidinosa por sus labios. Borré esa idea, empezaba a tener problemas de excitación.

– Pero cuéntame que haces por aquí, como has venido, ¿Hay algún mercado por aquí cerca? ¿O solo has venido a pasar unos días conmigo? Eso estaría bien para elevar mi ego.

– Dentro de unos días, en Palencia. En un pueblo.

– Vaya, no lo has hecho por mí – dije un poco decepcionado.

– Pero he venido unos días antes para verte. – y me guiñó un ojo. Yo suspiré para mis adentros lleno de dicha y felicidad. Y de algo más, aunque no diré nada al respecto que me da vergüenza. Ya he dicho bastante unas líneas más arriba.

Pero a la vez, una duda me rondaba. ¿Y si quería quedarse en casa esos días de espera? Por un lado me gustaba la idea, por otro… me aterraba. Era complicado lidiar con un sueño que pensaba que no se iba a cumplir, y la realidad resultante de que ocurriera. Y esas comparaciones, por mi experiencia, siempre solían resultar favorables a los sueños.

Bajó la mirada y en un susurro me dijo:

– Como me dijiste que podía quedarme aquí…

Sonreí de forma abierta y sincera. ¡Fuera dudas!

– Pues habrá que cenar un poco. No te he preguntado, a lo mejor quieres ducharte o algo así. ¿Cuando has llegado? No me has contado nada…

– Ayer.

Me había levantado para ir a preparar la cena. Me paré en seco y me volví a mirarlo.

– ¿Ayer?

Se encogió de hombros.

– ¿Y dónde has estado? – se me ocurrió de repente una idea – ¿Has estado todo el dia y la noche en la furgoneta? Pero ¿Por qué no me has llamado? ¿Por qué…? ¿Has comido algo? Pero si hace un frío de narices.

Me callé. Me di cuenta que lo estaba aturullando.

– No me atrevía. Pensaba que ya no te acordarías de mí. Vine muy decidido pero al llegar me entró el miedo.

Me senté a su lado y le puse la mano en la rodilla.

– Pues no ha pasado nada, me he acordado perfectamente de ti, así que has perdido un día. Si hasta sueño contigo muchas noches – me arrepentí de haber hecho ese comentario de inmediato.

Al sentarme a su lado, sentí de repente frío. Es de esas veces que sientes cuando alguien viene de la calle y tú estás en un sitio calentito, y parece que el frío emana de esa persona. Hasta que pasa un buen rato no desaparece esa sensación. Incluso sentí que la pierna le temblaba un poco. Tenía el frío dentro de él.

– Vamos al baño. ¡Estás helado! Dúchate con agua caliente y así entrarás en calor. Mira que eres…

– No sabía si te acordarías de mí y si dijiste aquello de verdad de que me quedara aquí y me apetecía… – se había arrepentido de lo que iba a decir.

– Pues ya ves que sí. Me acuerdo y me apeteces. – no me sonó bien lo que había dicho. – Bueno, me apetece que te quedes. – maticé.

Lo guié hacia el baño. Saqué las toallas para él. Me quedé mirándolo un minuto antes de irme. Seguía estando conturbado. No se me ocurría nada para que se sintiera cómodo.

– ¿Puedo hacer algo por ti, para que te sientas cómodo? – decidí que lo mejor era preguntar. – Te noto inquieto.

No me contestó. Solo se quedó mirándome. Parecía pedirme algo, pero no acertaba a saber el qué. Decidí dejarle solo, a su aire. Me di la vuelta para ir a la cocina y preparar algo de cenar. Se me ocurrió que a lo mejor le gustaría un caldo caliente, aunque fuera de pastilla, o un café o una infusión. ¿Tenía infusiones? Era buena pregunta.

Me volví de nuevo y ahí seguía sin moverse. Parecía tan temeroso… al final se me ocurrió que podía darle un abrazo y eso hice. Me pegué a él y lo abracé, apretándolo contra mi cuerpo. Estuve un buen rato abrazándolo. Le obligué a recostar su cabeza en mi hombro y la rodeé con mis brazos. Al final él tambien me rodeo con sus brazos por la cintura. Y me apretó fuerte. Solté entonces los míos y separé la cabeza unos centímetros de la suya. Puse mis manos en sus mejillas, miré sus ojos avellana y le di un beso en los labios. Me separé para ver el efecto. Sus ojos se iluminaron un poco más y su sonrisa fue más clara y sincera.

Ahora sí, empezó a desnudarse y yo me fui a la cocina. Se me había olvidado preguntarle lo del café o la infusión, pero me arriesgué y puse la cafetera con café descafeinado. Hice una tortilla de patata y freí unas salchichas. Y saqué lo que quedaba de un arroz con leche que había hecho el día anterior. Suerte que no me lo había comido todo… no suelo hacer postres por eso, porque no paro hasta que los acabo. Y ya que me pongo, pues hago bastante. Con lo cual, me trapiño una cantidad destinada a ocho personas en un santiamén.

Cuando estaba dándole la última vuelta a la tortilla apareció en la puerta de la cocina. Vestía solo la toalla que le había dado en la cintura.

– Te vas a quedar helado.

– Es que…

No le dejé seguir. Intuí que no traía más ropa, más que la de trabajo. Fui a mis armarios y saqué algunas prendas mías, cómodas y anchas. Ancha era fácil, él es mucho más liviano que yo. Pero sobre todo calientes. Hacía buena temperatura en casa, pero con el frío que había pasado, no quería que después de entrar en reacción se volviera a quedar helado. “Y si me coge una pulmonía en la primera visita, menudo éxito”.

Se la acerqué para que se la pusiera y me concentré otra vez en la cena.

– Para mañana ya prepararé algo más preparado. ¡huy! Qué redundante me ha salido la frase.

– Si quieres cocino yo, no lo hago mal.

– ¿A sí? A, pues estupendo. – y le miré con la mejor de mis sonrisas. Y eso me permitió ver como se acercaba a mí, decidido, pero yo diría que era una decisión tomada por impulso, de esas “bajo la cabeza y que sea lo que Dios quiera”, y como se pegaba a mi cuerpo y como pegó sus labios a los míos. Y conseguí no cerrar los ojos para disfrutar del momento. Él si lo había hecho. Pero al final, cuando se separó de mí, los abrió con temor, para comprobar mi reacción.

No era capaz de pensar con lucidez en ese momento. Por un lado me gustaba, era mi sueño en el último año. Podía decir que en ese momento era feliz. Ese chico me había encandilado y soñaba con él desde casi año y medio antes. Pero por otro lado, mi inseguridad me atacó y pensé: “este chico no puede ver en mí a alguien interesante”. Y después de todo aquella comedia que intentó interpretar hacía unos meses en nuestro reencuentro con la finalidad de mandarme a zurcir calzoncillos, no llegaba a comprender el cambio tan radical. Eso sí, se lo había pensado cinco meses para presentarse en mi puerta y besarme bajo la luz del fluorescente de la cocina. Si hubiera sido en mi sueño, en lugar de fluorescente habría luna llena. O cuando menos un Led de esos modernos, con intensidad graduable.

Pero era darle vueltas a lo tonto. No me iba a atrever a preguntarle, por si la magia se disipaba. Aunque quizás hubiera debido hacerlo. Decidí que lo mejor era dejarme llevar y abrazarlo de nuevo y besarle mientras mis manos recorrían su cuerpo. No era un cuerpo de revista, pero a mí particularmente me encantaba. Tenía curvas, tenía chicha, tenía la piel suave, no tenía demasiado pelo y parecía dulce. Unas piernas poderosas y unos pies bonitos. Unos ojos luminosos y expresivos y una sonrisa desarmante. Era como Dios hecho hombre. Mi Dios.

– Te mentí el otro día.

Sumido en mis cavilaciones, no me había dado cuenta de que él quería hablar. Lo decían sus ojos.

– ¿Sí?

– Hace dos años, cuando me compraste las cariocas, que quedan bien en el pasillo, por cierto, pues me gustaste. Fue así algo sorprendente. Normalmente no me molan los hombres como tú. Y aunque me mole un chico, me suelo cortar, la gente en el mercado no es de los que van al orgullo y menos en mi pueblo. Ya solo de no tener novia, me acribillan a preguntas y murmuran cuando paso. “Joder que soy joven, dejad que viva antes de casarme”, bromeo cuando se ponen plastas, pero tío, es una mierda. Así que si me llegan a ver fijarme en el culo de Hugo, un chico que me mola desde siempre, se me cae el pelo. Pues que me gustaste, pero que me asusté. Y me acuerdo que me sacaste unas fotos de cerca y que te puse caras, porque estaba Guillermo mirando. Y Pedro, que son los dos más “macho-man”. Y me asusté y tal. Ya me dijeron que por que no te había partido las piernas, que se notaba que perdías aceite. Yo les dije que se les iba la cabeza, pero no me dejaron de dar el coñazo toda la feria. Otro día te vi que pasabas, pero me hice el despistado, como si no te conociera. Pero mientras estaba agachado, pues te vi alejarte. Ibas cabizbajo. Yo pensé que a lo mejor era porque no te había dicho nada, y me puse contento. Pero luego pensé que era una tontería porque no te iba a ver en la vida. Pero me moló mucho que me sacaras fotos, no suelo gustar a la gente y ver que a ti sí, me hizo sentirme guay.

Me quedé con la boca abierta con su confesión. Estaba… no sabía que decir.

– Joder, Manuel, soñé contigo casi todas las noches. Es cierto, no me pongas esa cara de sorpresa. No te rías de mí…

– No, por favor, no me río. Sigue, por favor.

– Pues eso, no hay nada más. Que cuando te acercaste este año, pues me diste una alegría grande. Y me puse de los nervios. Me temblaba el cuerpo y me puse a cien. Pero otra vez me acojoné con Hugo y Guillermo y el resto de la gente. Te acuerdas que se acercaron mientras me sacabas fotos desde lejos. Luis es distinto, porque el también es gay, pero tiene novio y no lo dice tampoco. Pero él es de los actores y ahí es un poco distinto, son más abiertos. Aún así no dice nada y eso que su novio es también del grupo. Pues eso, que me alegré la hostia y que me puse como un bobo, pero es que me habían estado dando el coñazo con que me iban a llevar de putas y eso me sacaba de quicio, y apareciste tú y me alegraste, pero a la vez me sentí mal porque no podía estar contigo y conocerte y…. y luego charlamos y tal, bueno, hablé yo que te solté una charla de aburrir, y me dijiste de quedarme en tu casa, pero me acojoné, porque sabes, pensé que a lo mejor el sueño, al convertirse en realidad…

– …Se iba a convertir en una mierda. – acabé yo la frase.

– ¡Exacto! Sí, eso, pero además pensé que si me conocías pues ya no te gustaría, porque soy muy pánfilo y aburrido. Y no tengo nada así interesante que contar, soy muy callado, sí eso es, o simple, o… no acierto con lo que quiero decir… y soy feo y gordo, no le suelo gustar a nadie. Y sentir que te gusto, pues me hace sentir guay. No me suele ocurrir.

– A mí me gustas – reiteré innecesariamente.

– Pero ya me has visto, estoy gordo.

– No lo estás y de todas formas me gustas así, con carne que pellizcar. Además, has adelgazado desde octubre.

– Si, bueno, no quería…

Iba a bromear con la posibilidad de que se hubiera puesto a régimen para venir a verme, pero lo descarté, porque pensé que a lo mejor le hacía sentir incómodo. Me estaba diciendo cosas que le habría costado mucho decidirse. Y no quería romper el encanto. Solo faltaba un marco más acorde con el momento de las declaraciones. Pensé si debía decirle yo algo también, o darle un beso, o tirarle sobre el lavavajillas y follar como unos posesos el resto de la noche.

– El caso es que estás aquí, y que tu sueño y el mío parecen que por una vez, se han hecho realidad.

– ¿Tú también…?

– ¿Por qué crees que fui al mercado a buscarte? Hubo algo en ti, desde que te vi, que me hizo perder la razón. Durante semanas fui incapaz casi de trabajar pensando en ti, y en poder verte otra vez, y en imaginar historias contigo y conmigo de protagonista, y escribirlas en mi blog… algunas de ellas las escribí.

– ¿A si? Me da miedo leerlas…

– Pues no te las enseño.

– Sí, sí, las leeré si tu quieres – noté como se había tomado a pecho mi afirmación última que había hecho en broma. Pero él estaba muy centrado en lo que quería decir… y no captaba las sutilezas de la ironía.

– ¿Hace cuanto no comes? – cambié de tema, más que nada porque la tortilla se estaba enfriando, y me gusta más calentita.

– Una semana.

Disimulé pero me dieron ganas de llevarme las manos a la cabeza. No dije nada más. Le obligué a sentarse y añadí a lo que había preparado una lata de paté que tenía por ahí olvidada. Fui al congelador para sacar algún filete, pero Isidro no me dejó. “Así vale, de verdad”.

Fue una cena agradable. Para ser un chico callado, hablaba mucho. Pero eso me gustaba. Así podía mirarlo, seguir el movimiento de sus labios, fijarme en la expresión de sus ojos. Hubo varias veces que hubiera jurado que parecían indicar que de alguna forma, Isidro, el mago de los palos del diablo, se había enamorado de mí. Un flechazo como el que sentí yo al verlo.

Nunca he sido muy crédulo con la posibilidad de los flechazos. Y menos de que acabe todo bien. Esa noche, fue muy bonita. Cenamos, y luego nos fuimos a la cama. Le estaba preparando una en otra habitación, pero él me dijo que quería dormir conmigo. Lo dijo mirando al suelo, con carita de niño bueno. Al final nos fuimos a la mía, los dos. E hicimos el amor. No fue la mejor noche de sexo de mi vida. No nos acoplábamos, estábamos nerviosos, nuestros sueños pesaban demasiado en la realidad que estábamos construyendo beso a beso, caricia a caricia. Pero solo con la posibilidad que tuve de acariciar ese cuerpo, de besarlo, de recorrerlo con mi lengua, centímetro a centímetro, de mirarle a los ojos… fui un hombre feliz.

Luego cuando acabamos y estábamos los dos desnudos, descansando mirando al techo, él apoyó su cabeza en mi pecho, y casi al instante, se quedó profundamente dormido. Eso fue algo estupendo para mí, me hizo sentir como… una explosion de dicha en mi cuerpo. Era algo físico pero también algo emocional, espiritual. Tenerlo ahí, abrazado, sobre mi pecho, desnudo; y velar su sueño. Lo besé en la coronilla y sentí como murmuraba algo que no entendí, pero casi me recordó al ronroneo de los gatos. Se movió un poco y rodeó mi cintura con sus brazos.

Por una vez en mi vida, un sueño se habia hecho realidad, y, encima, la realidad había resultado mejor que el propio sueño.

Estiré el brazo para llegar al interruptor de la lámpara de la mesilla. Le eché una última mirada antes de apagar la luz. Al acomodarme para dormirme yo también, se me escapó un beso en su frente. Y al cerrar los ojos y recordar mis sueños, no eché de menos la luna, ni una música suave de fondo. Estaba todo tan bien, me sentía tan dichoso…

El Adri se encela.

La hostia puta.

La hostia sin darle al teclado en este puto blog. El Jaime está de morros por el tema. Tenía en el coco la jodida idea de que le diera a las teclas así como cada semana o así. Y la leche, es que es jodido darle al coco y luego ahí a las teclas. Y buscar los palabros como el Jaime le mola, y no decir cosas así de tacos y palabros malsonantes, como dice el fisno de él. Que me fijo la hostia, que fliparíais se me oís hace unos tiempos. La hostia puta. Ni cuatro palabros sabía.

Ahora pues son cinco, pero molan. Y si me pongo así echándole un par, hasta seis palabros en un zas que te follo.

El pesao del Jaime ya ayer se me puso de morros total, con los brazos así apoyaos en la cintura cara de no follar conmigo para los restos, y eso no, es un puto chantaje de esos pero me tiene cogido por los cojones. Y es que casi tres meses sin darle un puto post al pobre. Ya me vale, soy lo peor.

Pues que la última que largué, fue aquella de la Nocheviaje, la jodida de ella. Y lo del pavo aquel de veintipocos pero podrido de pasta el pavo.

Pues que el pavo se quedó con mi number de móvil y me volvió a llamar el jodio. Para toda la puta noche. Y el tío, con la pasta que tiene, pues que resulta que me regatea el precio, joder. La madre que lo parió. Eso me pasa por bobo y por gili. Me ven cara de panilis, me lo dice el Richard. Joder, hablando del Richard, el otro día le pilló su viejo por la rua y le dio de leches hasta dejarle pal arrastre. Si no es por la Puri que estaba con el ojo en la ventana, le deja tarao. El viejo le había dado a la priba cosa fisna. Estaba mamao a full. Y el jodido Richard le tuvieron que llevar al hospi con la ambulancia y tal.

Fuimos el Jaime y yo mismo a verle y tal. Estaba así como con la cara de repelús, toda hinchada y de mil colores, te juro que parecía la puta bandera de los gays. Joder, con el viejo del Richard. Luego, para runing delante de la pasma, no estaba mamao, el jodio, que debió correr con un campeón, el jodio . Pero ya le cogerán dellos huevos y juro que si le pillo, seré yo el que le de una patada en los huevos tan fuerte que se los saco por las orejas. No te jode.

Pues que el Jaime estuvo guay con el Richard. A mi se me quedó la cara de susto y tal, pero él se puso delante y tal para que my friend no me viera la jeta y se acercó como si nada, y le plantó dos besos como si fuera el Pablo Rivero ese, el actor de la tele. Y daba repelús el pavo, joder. Pero el Jaime controló la cara y tal, que luego al salir le dio bajón y tal, pero estando con él, joder, le dio leche de fuerzas que parecía luego que se había tomao un Red bull de esos, que hasta sonreía y tal. Y es que el Jaime le dio así como caricias y tal en la cara, joder y yo, porque el Richard está así de jodido, pero yo juraría que se le puso dura. Le conozco al jodido y sé que se le pone dura con na. Pues así se cosca de las cosas y no se parte la caja cuando cuento que me corro con el Jaime sin tocarme la polla. Perdón, zipote, que así le mola más al Jaime.

Pues que me puse celoso. Y que sí y tal, que mola que le diera vida al Richard, pero que me encelé. No podía quitarme del coco la polla del Richard a full con las garatusas de las narices. Y le monté la bulla al Jaime en casa. El Ricardo está bueno el jodido y es guapo y tal. Y no me mola ná que el Jaime le pase así la mano por la jeta, con caricias y esas mierdas y que se empalme el otro y que luego se la casque pensando en el Jaime. Joder, pa alguien al que le molo, no, joder.

El Jaime que está así vigilante, que le ha molado lo de garatusa. Que guay que no se cosque del palabro. Es que lo decía el Jacinto, aquel pavo del que estuve pillao y que la palmó. Que bobo era entonces. Me daba palo que la peña supiera de mi rollo con aquel tío. Porque no era así de guapo y de follable, como diría aquel. No cambio al Jaime ni por el Allen King ese, el del porno, que parece que le mola a to Dios. Y bueno, está un rato el pavo.

Que me enrollo.

Pues que al final nos peleamos y tal. Me puse muy casnino, sí y casi… joder, es que quiero al Jaime y no quiero que me deje por el Richard o por otro y tal. Putos celos y tal, que el Jaime solo le hizo un par de caricias para que se animara y tal. Ya os largué que el colega en la puta vida le habían dado así una caricia de guay. La peña es muy sosa y tal. Son como muy secos y eso. Joder, me contó el Jaime que hay gente que da abrazos por la calle. De gratis y tal, pero a la gente que pasa, como para darles así ánimos. La hostia, le voy a decir al Jaime que haga un relataco así de dos que se molan cuando se abrazan en la puta calle, uno con un cartelón de esos de “vendo abrazos”. La hostia puta, ya como el Jaime, pensando en relatos. Pero yo lo hago para que los escriba él, que a mi me da cosa.

Me dio fuerte con los putos celos. Es que no pude, joder. Y cuando el Richard fue a casa a quedarse unos días y tal, al salir del puto hospital, pues que le miraba al Jaime con cara de querer, y el Jaime le daba así garatusas. Y joder, que se me subía la sangre a la cabeza y que los puños se cerraban y tal y que me salían ganas de tirar algo por la puta ventana, joder. O de partirle la jeta de nuevo, como su viejo. Y ya cuando una tarde, estaba yo así como medio tonto en el sofá, haciendo tiempo para una chapa que tenía a poco, pues al ir el Jaime al cuarto del Richard, el jodido se quitó las sábanas y tenía la polla mirando al cielo, y dura la jodida. Estuve a un tris de joderle la jeta de una patada. Pero yo callado y sin respirar, que me di la neura de las dudas y joder, quería que el Jaime… vamos que quería pillar al Jaime con la polla del Richar en la mano. Pero el Jaime sonrió y dijo así como: ¡Bonito pene! Joder, eso de pene baja el calentón en un zas. Y le acercó un paquete de pañuelos. “Así te limpias y tal”, que luego te quedas pegajoso.

Joder, que puto lider el Jaime.

Aunque el jodido pues que luego me sacó la lengua al pasar y eso que yo casi ni respiraba, como dormido. Eso me jodió porque el jodido de mi coco le dio por pensar de new. ¿Y si el Jaime no se la comió porque sabía que yo estaba al loro?

Me fui a hacer la chapa que salio una mierda. Menos mal que el pavo era de los que le gustan meterla y punto, sin mucho más de nada. Así que le apreté como le gusta y se corrió en un plis. La guita, y hasta más ver.

Fui en un plis a casa. ¡ahora los pillo y les jodo!

Pero solo pillé al Jaime en el sofá. Fui a la choza del Richard y había volao.

– Se ha ido a casa de Puri – me soltó el Jaime a mi espalda. – No dejas de vigilar y de estar celoso, así no se puede estar.

– Pero el Richard, joder, que quiere tema contigo, joder, que…

– ¿Y qué? Tu acabas de venir de follar con un cliente. ¿tengo que sentirme celoso?

– Pero no es lo mismo.

– ¿No? Pues yo creo que sí. Yo podía ser también un chapero como tú.

– Pero tú no eres un chapero, hostias.

Joder, me entraron ganas de llorar. Joder. El Jaime me miraba así como serio y tal. Y me cagué por la pata abajo, me vino al coco la idea de que el Jaime me iba a dar puerta o que había follao con el Richard.

Di un portazo y me las piré. La hostia. Me dio un flas, la hostia.

Me lloré la hostia, hasta quedarme seco. Corría por la puta calle, y el frío que hacía, la hostia. El jodido mundo en mi puta cabeza se vino abajo, joder. Todo putos escombros. Me imaginé al Jaime con veinte pavos dandoles caricias, y tal, y… yo esperando turno en el salón, comiéndome los mocos.

Me tiré en un puto banco y me acurruqué. Joder. Es jodido después de que no te quiera nadie que alguien te mole, le moles y luego te largue. Un mogollón en mi coco, joder.

El Jaime tardó en encontrarme, pero al final, lo hizo. Se sentó en el banco y me acarició las piernas.

– Eres bobo, Adri. Bobo. ¡Vamos!

Y se puso de pie y me cogió del brazo y tiró de mi. Y me apretó contra él. Y me dio calor y así, que estaba con la tiritona y me empezó a besar ahí, en la jodida calle. Primero en las mejillas y luego en los labios. Y yo lloraba, joder, y mi coco estaba como una jodida regadera y la puta de mierda de la vida.

En el portal y tal, se paró y me cogió la cabeza con sus manos, y la sujetó para que lo mirara y tal, y muy serio, me dijo:

– Te amo, Adri.

Y así en ese tono de medio susurro, insinuante, joder, que flas. Y para que quieres más, yo de nuevo a llorar como una mujer de esas que pagaban para que llorara en los putos entierros. Eso me lo contaba también el Jacinto.

Y joder, el tío me apretó contra él, y joder, de repente sentí su mano fría que se colaba en mis gayumbos. Y joder, buscó mi polla que hostias, crecía como nunca, y eso que la puta mano estaba fría y fría. Y me apretaba contra él, y su mano fría y fría la jodida, ya en mi polla, y me besó el cabrón, y yo con las manos en alto como un pelele, los ojos pa Cuenca y la madre que me parió que me corrí en un plis.

Joder. En la puta vida.

– ¿Subimos a casa? – me preguntó el jodido partiéndose la caja, pero de mutis, que parecía una estátua de esas pero le conozco como si le hubiera parido y lo sé, que me fijo mucho.

– Jodido, al menos podías darme un jodido pañuelo.

– Una mierda. Castigado sin pañuelo.

¡Qué jodido cabrón! Porque el gilipuertas de él no me dejó cambiarme. Me hizo estar así hasta irnos a la piltra.

– Para que te acuerdes de la paja de este día. Y de lo bobo que eres a veces.

Vaya que si me acuerdo.

Pero la hostia puta, mi coco me sigue… joder, me he convertido en en puto celoso de mierda. Joder.

Es super tardísimo, tengo una chapa del copón en na. Y no he contao lo del cliente ese de pasta. La hostia. Me he liao con lo del Richard. Al Richard fijo que no le quiero ver ni en pintura. Ni al Timi, que es su primaco. Que les peten.

Y ya. Que tengo que trabajing en un plis. Y me acaban de llamar para otra chapa después.

A follar, que me pagan por ello. Y le tengo que comprar un ragalo al Jaime por su cumple.

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Para mí lo es, desde luego. Simon Nessman es un hombre con una presencia apabullante. Tiene algo que llena la pantalla, ya se trate de fotos o de vídeo. Posiblemente es el modelo del que más fotos hay en este blog.

Vemos algunos vídeos.

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Y para acabar, un making off de un anuncio que ya colgué hace tiempo, en este post.

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Para leer la 1ª parte, pincha aquí.

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 Pero ayer… ayer… volvimos a encontrarnos en el garaje. Esta vez le vi trasteando en su coche. Pensé en acercarme a saludarlo e interesarme por cómo estaba, pero al final me arrepentí. Le saludé desde mi plaza sin mucho entusiasmo y sin hacer nada por que me saludara a la vez. Un “por si me ve, quedo bien y punto”. Como no esperaba respuesta, seguí hacia la puerta que comunicaba el garaje con mi portal.

– ¡Jaime!

Ya tenía la llave metida en la cerradura cuando me llamó. La saqué despacio y me volví más despacio. Puse mi mejor sonrisa y mi mejor cara de estar estupendo. En realidad estaba cansado hasta decir basta y no me apetecía jugar una partida del “¿Pero qué me estás diciendo que no te entiendo?”. Quizás si fuéramos al beso directamente, a lo mejor…

– Te ibas sin hablar conmigo.

Se me quitó la sonrisa y no pude evitar poner un careto de “no me lo puedo creer, lo que estoy oyendo”.

– Rodrigo, no me has mirado a la cara desde aquel día. Han pasado ya casi dos meses. No entiendo nada y hasta hoy no dabas la impresión de tener ningún interés en darme una explicación. Ni explicación ni nada.

– Solo mes y medio.

– Lo que sea. Pero no me has vuelto casi ni a saludar. – insistí.

– ¿Te sigo gustando?

– Y dale con el gustar. Rodrigo, me gustas. ¿Ya estás satisfecho? Pero no me gusta tu forma de actuar. No la entiendo. No se que querías el otro día, ni siquiera si querías algo. Menos sé si te fuiste contento o te sirvió de algo.

– ¿Cogiste las bombillas?

Me volvió a desconcertar. Parecía una conversación de bobos. Yo hablaba del tiempo y él de las Fallas. Pensé en mandarle a la mierda, pero la educación me pudo y pensé que tampoco pasaba nada por darle las gracias. Y eso hice. “Gracias Rodrigo, fuiste muy amable y tal, y bla, bla, bla, y las cambié todas, parece la playa de tanta luz, y bla, bla, bla.”

– ¿Sabes cuando me fijé en ti por primera vez?

Me quedé mudo y expectante esperando la respuesta. Estaba claro que llevaba un guión en la cabeza y lo iba a seguir a rajatabla, dijera lo que dijera yo. Hice un pequeño gesto con los hombros y las manos para indicarle que siguiera.

– En el autobús. Un día de nieve, hace varios años.

– ¿El día que saliste trastabillando del autobús, que casi te esmoñas y que corriste como alma que lleva el diablo?

Bajó la mirada y sus pómulos se tiñeron de rojo.

– ¿Te fijaste en mí? Creía que no me habías visto.

– Y el día que fuiste a tirar algunas cosas de tu cuarto, que te ayudé a tener la tapa abierta del contenedor. Y muchos más días en el autobús, y un día enfrente del Telepizza que estabas con un montón de amigos, todos presumiendo de coches.

– Te seguí un par de veces hasta el trabajo.

Me lo quedé mirando fijamente. No dejaba de sorprenderme.

– Me gustó tu beso.

No dije nada. Me quedé impertérrito, a la espera. Sin prisas.

– ¿No dices nada?

– No sé que decir – pensé que ser sincero era lo mejor. – No estoy seguro de que esto no sea un sueño o una broma.

Bajó el capó de su coche y se acercó a mí.

– Es fácil para ti, todo lo has tenido claro desde el principio – ya estaba a mi lado – Yo no lo he tenido claro.

– ¿Ahora lo tienes? – pregunté.

– No.

– ¿No qué? – pregunté.

Puso cara de no entender la pregunta.

– ¿No estás seguro de lo que te gusta, de lo que sientes, de lo que quieres?

– No estoy seguro de nada.

– ¿Y por qué yo?

– Me mirabas.

– Te mira mucha gente.

– Me gusta como lo haces tú. – dudó unos segundos antes de continuar – Me… gustas.

Y luego, cogió carrerilla y me dijo:

– Te quiero.

Y sin dejarme decir nada, pegó sus labios a los míos, e inició un intento un poco burdo de abrazarme.

– ¿Por qué no me abrazas bien? ¿Por qué miras por el rabillo del ojo a los lados?

– Es que no… es la primera vez…

– Has tenido novias. Las has abr…

– Pero no es lo mismo – me interrumpió.

Estaba nervioso. Quizás esos dos meses de distancia era lo que había tardado en acumular las energías para tener esa conversación. Al otro lado del garaje, se oyó una puerta. Alguien había entrado a buscar su coche. Empezó a mirar con disimulo en esa dirección. Sus brazos se tensaron y las piernas entraron en un movimiento continuo y espasmódico. Levanté mi mano y la apoyé en su mejilla. La acaricié con mi dedo pulgar mientras atraía sus ojos hacia los míos.

– Estamos hablando, tranquilo.

– No, si me da igual.

Había salido la parte de Rodrigo que estaba por encima de todo y de todos. Esa parte que la da el dinero y la belleza. Bajé la mano y me quedé mirándolo. Quizás todavía le faltaban otros dos meses de coger algunas más de fuerzas. De nuevo, me invadió el cansancio. Estaba perdiendo un tiempo precioso para descansar y relajarme en casa. No me parecía que eso fuera a llegar a ninguna parte en ningún sentido. Bajé la cabeza y empecé a caminar hacia la puerta de mi portal. Ya estaba en el pasillo que llevaba al ascensor. Me di la vuelta para despedirme de Rodrigo. Me miraba abatido, derrotado. Nunca le había visto así, vulnerable, desolado.

– Vamos – le indiqué – tengo otra habitación cuya lámpara tiene bombillas fundidas. Así puedes comprármelas y de paso, las pones.

En ese momento, arrancó un coche en el garaje. Sonaba cerca, así que nos tenía que haber visto hablar. Él debió pensar lo mismo, porque apareció un leve halo de preocupación.

– Vamos – le apremié.

Dudó. Pero al final se unió a mí. Entró en el pasillo y yo cerré la puerta. Y sin dejar que me girara para ir al ascensor, me rodeo con sus brazos y me besó. Y esta vez, me apretó contra su cuerpo. Me apretó tanto que casi me deja sin respiración. Porque su boca parecía insaciable, su lengua no dejaba de buscar la mía, sus labios masajeaban los míos una y otra vez. Y me apretaba. Empecé a acariciar su espalda mientras seguíamos besándonos. Sin buscarlo, una de mis manos acabó sobre uno de los lados de su culo. Él, al notarlo, lo tensó, lo cual por un lado me excitó, y por otro, me llevó a pensar que Rodrigo todavía tenía muchas cosas que avanzar para estar bien consigo mismo. Yo creo que él de alguna forma intuyó algo de lo que se pasaba por mi cabeza, porque redobló la intensidad de sus besos y volvió a relajar los músculos del culo.

Conseguí detener ese beso que empezaba a parecer eterno. No es que no me gustara, pero quizás sería bueno que buscáramos el interruptor de la luz, porque llevábamos tanto tiempo besándonos que se había apagado la luz. Cuando logré encontrarlo, vi una gesto en él más relajado, más decidido. Y también vi sus labios y esa zona de la cara, roja e irritada. Me sonreí porque me acordé que no me había afeitado en cuatro días anteriores. Fui a decir algo gracioso de mi barba y lo de rascar, pero Rodrigo se me adelantó.

– Me gusta tu barba.

Y sonrió. Y era una de estas sonrisas por las que me había llamado la atención al encontrármelo por el barrio. Le pasé la mano alrededor de la boca y se la acaricié.

– Pero si te he dejado todo irritado.

Él me imitó y me acarició el mentón y las mejillas.

– Tú también estás rojo.

Cuando pasó su dedo gordo cerca de la boca la abrí y lo aprisioné con mis labios. Nos miramos y sonreímos.

– Está rico tu dedo – bromeé con su dedo todavía en la boca, aprisionándolo suavemente con los dientes para dejar libre los labios y articular más o menos mis palabras.

Se volvió a apagar la luz. Sacó su dedo de mi boca y lo volvió a sustituir con la suya. Y así estuvimos un rato más. Hacía tiempo que no besaba de esa forma. Y lo echaba de menos. Él parecía estar a gusto también. No lo parecía, lo estaba. Pero en algún momento debíamos cambiar de ubicación. El sótano de mi casa es un lugar frío y ni el calor de los besos o de la pasión podía luchar contra ello durante toda la noche. Así que cuando logré pulsar otra vez el interruptor de la luz, fue un buen momento para seguir caminando hacia el ascensor.

– Me han dicho que te gusta escribir – me confió rodeándome la cintura con su brazo y apretándome contra él. La verdad es que su espinazo había ganado mucha flexibilidad en los últimos minutos.

– ¿Y quién te ha dicho eso? – pregunté extrañado, porque esa afición mía es un pequeño secreto que pocos conocen.

– ¡Ahhhhh! – se hacía el interesante el cabrón. – me lo tienes que contar todo.

– Y tú me tienes que contar de tus novias y de los coches y de esos amigos guays que tienes.

– ¿Ya me vas a poner los cuernos?

– Hombre depende de si están más buenos que tú. Y de lo simpáticos que sean y de lo bien que besen y de si me compran bombillas.

– Todos están más buenos. Pero yo beso mejor y solo yo compro bombillas.

– Bien; entonces no debes temer nada. – me reí con ganas.

– Tenemos muchas cosas que contarnos.

Busqué nuevamente sus ojos. Y vi que lo decía de verdad. Quería conocerme. Eso merecía un beso, y a ello me puse. Y ello duró el viaje en el ascensor y un buen rato a la puerta de mi casa.

Hoy vamos a ir a dar un paseo. Luego comeremos en un restaurante y quizás, por la tarde, vayamos al cine. Es un buen plan. Es un plan para acompañar a lo que verdaderamente nos vamos a dedicar que es a hablar y a conocernos. Y comprobar que lo que vimos por fuera y nos atrajo, se ve corroborado por lo que llevamos cada uno dentro. Y que eso nos gusta también y que podemos combinarnos. Y luego podamos decir “te quiero” con fundamento. Y luego decir “te amo” con más fundamento. Y celebrar el próximo San Valentín como dos tontos enamorados, con mucho azúcar. Y las Navidades, y los cumpleaños, y los aniversarios, y la fecha de estreno de nuestra canción, y de la del perro, y la de…

 

 

 

 

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