La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 6ª parte.

– Ya han pasado dos meses – dijo Ramiro a modo de saludo entrando en la habitación de Jorge – Y no te he dado la patada.

– No queda nada, lo noto. Tienes ganas de estrangularme – contestó Jorge levantándose de la cama, en donde estaba tirado pensando en esto y aquello.

– Eso es cierto.

– ¿Ves?

– Pero es que eres un pesado.

– No me queda nada. Y luego caeré en la depresión porque me he acostumbrado a la casa, a mi habitación nueva, al chofeur.

– Juanma está casado.

– Lo digo por follar. No me quiero casar con él.

– ¿Quieres follar? ¿Con Juanma?

– Joder, que martirio. No.

– Dos meses y sin follar. Eso es una novedad en ambos.

– Eso es que no te gusto.

– Eso es que decías que no querías y te he respetado sin intentar convencerte.

– A lo mejor mentía y quería que me convencieras.

– Reconoces que mientes.

– A veces.

– Me quieres. Está claro.

– No.

– Ahora también mientes.

– No.

– Nos casamos el mes que viene.

– Una mierda.

– Mis tres mosqueteros lo están preparando.

– Esos se lo montan juntos.

– Todos según tú, se lo montan. Pero te va a dar igual, nos casamos.

– Es que todos se lo suelen montar.

– Tú y yo no nos lo montamos.

– Es que no te gusto.

– Me gustas.

– No.

– Desnúdate.

– ¡¡Qué dices!!

– Pues follaremos como en la edad media, sin desnudarnos.

– ¡¡Qué dices!! ¡¡Alucinas!!

– Es que no veo otra solución.

– Me largo, me estás volviendo loco.

– Desnúdate y follamos.

– Desnúdate tú, no te jode.

Ramiro empezó a sacarse el jersey.

– ¡¡Para!! ¡¡Stop!! ¡¡Detente!!

– Has dicho que me desnude.

– Es que no estoy preparado.

– Tienes 25 años. Y has follado con intensidad desde los 16. Por decirlo suavemente.

– ¿Quién te ha contado eso?

– Carlitos.

– Qué traidor el capullo.

– No te gusto. Es eso.

– ¿Ves? No me gustas, es la respuesta.

– Pero si estás caliente

Jorge se levantó de la butaca en donde se había sentado un segundo antes, de un salto y se dio la vuelta para ocultarse.

– No me mires el paquete.

– No te lo he mirado.

– Y entonces… joder, que bobo. Otra vez he caído.

– Te lo haces, que te conozco. Me voy a quitar los pantalones. Como no miras, te informo.

– ¡¡No!!

– Ven y desnúdame tú.

– ¡¡No!! Alucinas.

Ramiro se acercó por la espalda y le puso la mano en el hombro.

– Joder, que susto.

– Ya estoy en pelotas.

– No, no, no, déjame – y empezó a correr hacia el pasillo con los ojos cerrados – No quiero verte.

Y vio tan poco que se estampó contra el quicio de la puerta, cayendo de culo cual largo es.

– ¡¡Joder!!

– ¿Te has echo daño?

– ¡Déjame! Todo es por tu culpa.

– Se te va a poner el ojo morado.

– Que se ponga. Así seré la bestia.

– Y yo el bello.

– Eso. Eso. Necesitas otro bello.

– Tú.

– No. Soy el monstruo.

– De las galletas.

– ¿Estoy gordo? – Jorge se palpó sus carnes.

– No lo sé. Me da igual.

– Mientes. Lo sabes. Estoy gordo.

Ramiro suspiró desesperado.

– No lo estás. Si no tienes carne. No se te puede ni pellizcar.

– ¿Ves? No te gusto.

Ramiro tiró de él, lo levantó del suelo, y pegó sus labios a los de Jorge. Éste luchó 0,0 para separarse. Ojos cerrados, boca abierta, su lengua sin control dentro de la boca de Ramiro, la de éste, dentro de la boca de Jorge.

– ¡Ay madre! – exclamó Jorge en un descanso.

– ¡Ay madre! – suspiró Ramiro en el mismo descanso.

Volvieron al tema. Las manos de Jorge recorrían el cuerpo de Ramiro que efectivamente estaba casi desnudo. Solo los calzoncillos estaban y por poco tiempo, porque las manos incontrolables de Jorge se los quitaron en un decir ¡¡Ayyyyyyyyyyyyy!!

– ¡Ay madre! – exclamó con más intensidad Jorge al notar el miembro de Ramiro pegado a su paquete, todavía dentro de los pantalones y de los calzoncillos “¿Por qué me habré puesto calzoncillos hoy?”, se preguntaba desesperado Jorge.

– Joder, me voy a tener que desnudar yo, Ramiro. Es que no pones de tu parte.

– Ahora las prisas.

– Joder. Mírame.

– No te veo, tienes mucha ropa. Pero te siento.

– ¡¡Quítamela!! Les he visto más diligentes.

– ¿Cuantos?

– Da igual.

– ¿100?

– O así.

– ¿200?

– No los he contado.

– ¿300?

– Algo así.

– ¿350?

– 439, así ya estás contento.

– ¡Joder!

– Tú me ganas.

– Eso no lo sabes.

– Pero Óscar sí.

– Luego lo despido, por irse de la lengua.

– Trabaja bien la lengua.

– ¿Lo has hecho con él?

Ramiro se separó bruscamente de Jorge.

– ¡¡No!! – Jorge abrió los brazos.

– ¿Entonces?

– Loca, el del banco.

– ¡¡Ah!! – Ramiro se quedó aturdido. – ¿Se lo han montado?

Jorge asintió despacio.

– ¿Y por qué le has preguntado a Óscar?

– ¿Y por qué le has preguntado a mi hermano?

– Por si eras virgen. Como no querías hacerlo…

– ¿Quién ha dicho que no quería hacerlo?

– Joder, otra vez no.

– Si te pone caliente.

– Me pones caliente tú.

– Y estas discusiones.

– No me desesperes.

– Si te pone caliente.

– O te desnudas ahora mismo, o llamo a Óscar para que lo haga.

– ¿Óscar?

– Es cinturón negro de judo. Te hace una llave y te desnuda en un plis plas.

– ¿Esas son sus funciones de secretario?

– Y otras muchas.

– ¡Qué fuerte!

Jorge fue a decir algo más, pero Ramiro se había cansado y se había pegado de nuevo a él. Su lengua volvia a invadir la boca de Jorge y su miembro volvía a palpitar junto al de Jorge, todavía aprisionado entre sus pantalones.

– Desnúdate de una puta vez.

– Desnúdame tú.

Ramiro empujó a Jorge sobre la cama. Le quitó las zapatillas, los calcetines…

– ¡¡No!! Me da vergüenza. No mires.

– ¿Cómo?

– Que…

Ramiro no le dejó acabar. Cogió el mando y apagó las luces. Apretó otro botón y se bajaron las persianas.

– ¿Contento?

– Joder, que prisas. Si con cerrar un poco los ojos… ¡¡¡aggggggggggg!!

– Por si te arrepientes.

– ¡¡Cuidado!! que tiras lo que hay en los bolsillos.

– Me la pela.

– Joder, que me rompes los calzoncillos.

– Me la pela.

– Joder, que vocabulario. Que eres un millonrio de esos, un empresario de postín, con una imagen y demás. Los niños…

– Me la pela. Y como no te calles te juro que te amordazo.

– Agggggggg, joder. Que estoy muy…

– ¿Duro? Agggggggg…

– Aggggggg, sigue.

– Aggggggggg, por Dios.

– Agggggg, hostia puta.

– Agggggggggg, sigue.

– Agggggggg, la madre que te parió.

– Agggggggg, agggggggggg, agggggggggggggg, aggggggggg

– ¡Aggggg! Calla.

– Agggggggggg, no me da la gana.

– Agggggg

– Lamento molestaros, pero está en el hall…

– ¡¡Fuera!! – gritaron al unísono Jorge y Ramiro.

– Pero es que… – insistía Óscar.

Dos objetos volaron hacia la sombra de Óscar recortada sobre la puerta. Los dos le dieron de lleno.

– Si queríais que os dejara, haberlo dicho, no hace falta ponerse violento… vale, vale, me voy por donde he venido.

Y cerró la puerta justo antes de que impactara en ella una figura de cristal de Murano que alguno de los dos había lanzado contra él.

– Matías – le dijo a su ayudante que lo esperaba parapetado detrás de una esquina del pasillo, por si acaso – dile al Presidente de la Comunidad Autónoma que Ramiro está indispuesto. Que le llamará. Que lamenta no poder bajar a saludarlo.

– Ok. ¡qué marrones me da, jodido! Desde que no follamos…

– Calla, calla, no me hagas hablar. Eso te pasa por ponerme los cuernos cuando éramos la mejor pareja al Oeste del Missisippi.

– Aggggggggg, sigue.

– Agggggg, dale.

– Agggggggg, joder.

– Agggggggg, la madre que te parió.

– Agggggggggggggggggggg – gritaron a la vez Ramiro y Jorge.

– Eso es coordinación – murmuró Óscar sacando el móvil del bolsillo. – ¿Pero todavía estás aquí, Matías? Dale, vete a lo que te he dicho – marcó un número en el móvil – Fito, llama a Manu, tenemos que empezar a preparar la boda. – escuchó lo que le decía su amigo – No creo que tarden más de un par de meses.

– ¡¡¡Agggggggggggggggggggggggggggg!! ¡Aggg! ¡¡Ayyyyyyyyyyyyy!!

– Corrijo, echale por si acaso un mes. ¡¡Ufffff!! Sí, eran ellos.

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El amor hecho fotografía.

El amor hecho fotografía.

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¿Hay algo más bonito que el amor?

¿Hay algo que decir después de estas imágenes?

Dos hombres y un beso. Dos hombres y una caricia, una mirada llena de deseos.

Un hombre recostado suavemente sobre su hombre.

Es amor. Amor sin apellidos. Cariño.

Cuéntame una historia de amor.

O dime que historia de amor quieres que te cuente.

La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 5ª parte.

– Ya han pasado tres días y no te he dado la patada, como decías.

Jorge levantó la mirada del libro que leía en su cuarto.

– ¿Quién te ha dejado entrar?

– Tu padre.

– Que servicial. Está frotándose las manos por ver si te me llevas y de paso, te llevas a mi hermano Carlitos, al que también odia. El del banco le dijo que te molaba ver a dos hermanos follarse a cuatro patas ladrando como perros.

– Hostias, no se me había ocurrido. ¡¡Carlitos!!

– ¿Qué haces? – Jorge se incorporó de un salto.

– Llamar a tu hermano para proponerlo. El del banco tiene razón debe ser un espectáculo. Ladra un poco, guau, guau.

– ¿Estás loco?

– ¿Sí?

– Carlitos, soy Ramiro – le tendió la mano.

– ¿El del riñón forrao que quiere ligarse a mi hermano? Mi padre está expectante, nervioso en el hall rezando a la virgen del Carmen por ver si es hoy cuando te lo llevas vestido de princesa, con sus labios pitados de rojo pasión y los ojos pintados de morado.

– ¡Ah!

– Lo de los ojos me lo he inventado.

– ¡Ah!

– Vete, anda, que no pasa nada – dijo Jorge.

– Sí, quería proponerte. – contradijo Ramiro.

– ¡Ramiro! Por favor. No querías proponer nada.

– Si lo ha dicho el del banco, habrá que hacerlo. Quería proponerte, Carlitos…

– Ramiro, joder, como te pasas.

– Tú me dices que el del banco, como si fuera no sé…

– El del banco nos quiere embargar.

– Di, guau, guau – a Carlitos.

– ¿Guau?

– No, guau.

– ¡¡Guau!!

– No, guau.

– Guau.

– Jorge, dí guau.

– Vete a tomar… – se contuvo.

– ¿Amor del tuyo?

– Vete a la mierda.

– Ahora enseguida. Di guau, Jorge.

– Dilo, coño, que me estoy meando – apremió Carlos.

– Guau – y no pudo evitar ponerse rojo.

– Y ahora montároslo.

– Me voy al servicio.

En la puerta se dio la vuelta y les dijo:

– Hacéis buena pareja, tú estás igual de ido que mi hermano. Me pido bailar en el convite vestido de Dalia blanca.

Y cerró la puerta.

– Cierro por si queréis montároslo. – gritó alejándose. – Guau, guau.

– ¡Qué lástima! Lo que hubiera dado por veros retozando al ritmo de guau, guau, para dar la razón al subdirector, ese gilipollas.

– Vayámonos. Estás medio loco.

– Y tú.

– Una mierda. Yo no pido que se lo monten dos hermanos, a uno de los cuales quieres conquistar.

Me has dicho que si te casas conmigo, deberé aceptar a tu hermano.

– Yo no he dicho eso.

– Me has dicho…

– He dicho que mi padre lo querría.

– Así que cuando le pida tu mano…

– Que bobadas, pedir mi mano. – atajó Jorge.

– Es tradición.

– Una mierda. Yo me caso con quien quiera.

– ¿Quieres casarte conmigo?

– ¡¡No!!

– Todavía.

– No, para siempre.

– Mientes.

– No.

– Sí.

– Eres insufrible.

– Lo dicen tus ojos, estás enamorado de mí.

– Otra bobada.

– Da igual, acabarás reconociéndolo.

– Una mierda.

– Que nos vamos, has dicho. Nos vamos, digo yo también, que he venido a buscarte. Me lías y se me olvidan las cosas.

– Yo no he dicho nada de irnos. ¿O sí? Me vuelves loco. Además, estoy sin vestir.

– Me da igual – mintió – ¡Vamos! Esta casa no me gusta.

– A mi tampoco.

– Vamos, está el chofeur esperando.

– ¿Con la limusina?

– Algo así.

– Tengo que cambiarme.

Pero Ramiro lo cogió de la mano y tiró de él.

– Que voy descalzo.

No le hizo ni caso.

– Que estoy en calzoncillos.

Ni caso.

– Hasta luego – se despidió Ramiro de Carlitos que volvía del baño.

– Guau – respondió socarronamente Carlos.

El chofeur estaba esperando con la puerta de la limusina abierta.

– ¡Que voy en calzoncillos!

– ¿Están rotos?

– Joder, no se te puede decir nada. Solo desgastados.

– ¡Calla! Ahí tienes para cambiarte.

– Joder, no quiero… – se quedó mirando un momento el perchero con un montón de ropa – joder, mola esta ropa. ¿Cómo has sabido lo que me gusta?

– Carlos.

– ¿Carlos? ¿Ese Carlos? – señalaba hacia su casa.

– Sí.

– Pero… ¡Qué cabrones, os habéis hecho los desconocidos y habéis maquinado a mis espaldas. Se va a enterar Carlitos, ahora mismo le mando un wasap.

– Quedamos ayer y me dijo. Y luego nos fuimos de compras.

– ¿Qué más te dijo? – preguntó expectante dejando a medio escribir el wasap prometido.

– Que me querías, que lo notaba.

– Ese es bobo. Le voy a poner a caldo.

– Y que eres buena gente.

– Que mono.

– Y que te quiere mucho.

– Yo también a él.

– Y que estás muy triste, por esto y aquello.

– Que gilipollas, que le va a él el ir contando mierda sobre mí.

– No es mierda.

– Yo no estoy triste.

– Depre.

– Una mierda.

– Cámbiate, que llegamos tarde. Y deja el móvil.

– Ahora, espera que le digo… ¡No me quites el móvil, capullo!

– Vístete, que llegamos tarde.

– ¿A donde? Y devuélveme el móvil.

– A una comida de trabajo. Y cuando te vistas, te doy el móvil.

– Pero si no tengo ni puta idea.

– Da igual. Tu fíjate en la gente y sonríe a todo el mundo. Eso hace un camarero.

– Ufff. Que corte. ¿Y cómo me vas a presentar? ¡No conozco a nadie!

– Como mi novio.

– Una mierda.

– ¿Mi marido?

– Joder. No lo soy.

– ¿Novio sí eres?

– Ya me entiendes.

– Mi prometido, entonces.

– ¡¡No lo soy!!

– Es cuestión de semanas.

– Ya estamos. Me vas a echar a los tres días.

– Ya han pasado.

– Otros tres.

– Como quieras. Cámbiate o te sacaré en calzoncillos.

– Pero si ni me has dejado ducharme.

– Así cuando te pongas al lado de Enrique, el del club de tenis, levantas el sobaco y se quedará contento.

Jorge se olió el sobaco asustado.

– ¡No me huele!

– Una lastima. Otra decepción para Enrique después de que no le saliera el negociete ese ni pudiera tirarse a Jimena, la deseada.

– Joder, como te pasas.

– Vamos.

– Pero no sé que ponerme.

– Lo que más te guste.

– Esta camiseta, esta chaqueta, estos pantalones.

– Y esos calzoncillos.

– Joder, que me vas a ver desnudo.

– Ya va siendo hora.

– ¿No ves? Solo sexo. Todo se reduce a eso.

– Pero no te he tocado un pelo en tres días.

– Fíjate tres días, como los noviazgos de antes – le salió su mejor tono sarcástico.

– Ahora no se lleva.

– Es cierto, no se lleva ni un noviazgo de un día. Ayer me llamó Camilo, un amiguete y me contó que se ha echado novia, una tal Olimpia, a la que ha conocido el martes. Follaron y el miércoles eran novios.

– ¿Lo ves? Ya somos más tradicionales que Olimpia y Camilo.

– Me da palo que me veas desnudo.

– Joder, ya miro para otro lado.

– Pasa adelante, mientras me cambio. No me fío.

– ¿Alucinas?

– Joder. ¡¡Hazlo o no me cambio!!

– ¡Mojigato!

– Yo también te quiero.

– ¿Lo ves? Ya lo reconoces.

– Es una forma de hablar.

– Claro, lo que yo decía.

– Es para decirte que te largues, joder.

– Vale, vale. Esto no lo he hecho por nadie.

– Así intimas con el chofeur.

– Ya he intimado muchas veces con él.

– ¿Te lo has montado con él? ¡¡Qué fuerte!!

– Apresúrate.

Ramiro se pasó al asiento del copiloto. Bajó la ventanilla de separación.

– Me parece que éste sí, Ramiro.

– Querido Juanma, ¿Porque me dijiste que no hace tantos años? Hubiéramos sido felices tú y yo. Fuiste mi primer elegido.

– ¿Porque estaba comprometido con mi Rosa?

– Me rompiste el corazón.

– Pero ya se te ha restaurado.

– ¿Te gusta?

– Sí, es peleón. Te va a costar conquistarlo.

– ¿Merece la pena, crees?

– Me cae bien.

– Ains. Entre tú y yo, ya lo tengo en el bote, y él lo sabe.

– Pero es peleón.

– Ya hemos llegado. Mira cuanta gente. Van a alucinar, saliendo yo del asiento de delante. Le abriré la puerta, para dar que hablar. No hace falta que salgas.

– Ya tenemos titulares de la prensa mañana.

– ¿Estás preparado? -gritó Ramiro por el intercomunicador.

– Joder, que susto. Casí.

– Que sea ya, que hemos llegado y es tarde – le apremió. – Nos esperan.

– Joder, que tensión.

– Súbete la bragueta.

– ¿Me estás mirando? ¿Hay cámaras?

– No, pero es que se te suele olvidar.

– Joder. ¡Qué corte!

– Le va a dar un ataque. – murmuró el chofeur señalando hacia atrás.

– Va a ser divertido.

La limusina se paró delante de la puerta del restaurante. Una nube de fotógrafos, periodistas y algunos curiosos, les rodearon inmediatamente. Ramiro salió sonriendo del asiento de delante, dejando boquiabiertos a todos.

– Unas declaraciones.

– No hay comentarios.

– Pero…

– No hay comentarios.

Abrió la puerta y le tendió la mano.

– ¡Vamos!

– Como si fuera un príncipe. – bromeó Jorge – ¡¡Hostias!! – en ese momento acababa de darse cuenta de la maraña de fotógrafos que había a su alrededor.

– La mano de Jorge se cerró sobre la de Ramiro. Éste sonrió y le devolvió el apretón.

– Sonríe.

– Esta no te la perdono – murmuró sin dejar de sonreír.

– Sonríe.

– Ya lo hago.

Y Jorge sonrió. Y caminó agarrado de la mano de Ramiro, el millonetis. Como si fueran novios. Pero como estaba tan nervioso por la de fotografías que le estaban sacando, ni se dio cuenta.

Luego le dolería la cabeza, cuando su hermano Carlos le mandó todos los enlaces de las fotografías que la prensa había colgado en sus medios.

¡¡Ramiro el millonetis y su nueva pareja!!

¡¡¿Quién es el que ha robado el corazón al soltero de oro?!! Seguiremos informando.

¡¡¡Exclusiva!!

Youth. Canta Troye Sivan.

.

What if…
What if we run away?
What if…
What if we left today?
What if we said goodbye to safe and sound?
What if…
What if we’re hard to find?
What if…
What if we lost our minds?
What if we left them fall behind
And they’re never found?

And when the lights start flashing like a photo booth
And the stars exploding
We’ll be fireproof

My youth
My youth is yours
Tripping on skies, sipping waterfalls
My youth
My youth is yours
Runaway now and forevermore
My youth
My youth is yours
A truth so loud you can’t ignore
My youth, my youth, my youth
My youth is yours

What if…?
What if we start to drive?
What if…?
What if we close our eyes?
What if…?
Speeding through red lights into paradise
Because we’ve no time for getting old
Mortal body, timeless souls
Cross your fingers, here we go

And when the lights start flashing like a photo booth
And the stars exploding
We’ll be fireproof

My youth
My youth is yours
Tripping on skies, sipping waterfalls
My youth
My youth is yours
Runaway now and forevermore
My youth
My youth is yours
A truth so loud you can’t ignore
My youth, my youth, my youth
My youth is yours
(bis)

 

Traducción:

¿Qué pasa si..?
¿Qué pasa si escapamos?
¿Qué pasa si..?
¿Qué pasa si nos marchamos hoy?
¿Qué pasa si decimos adiós a estar sanos y salvos?
¿Qué pasa si..?
¿Qué pasa si somos difíciles de encontrar?
¿Qué pasa si..?
¿Qué pasa si perdemos la cabeza?
¿Qué pasa si les dejamos atrás
y nunca les encuentran?

Y cuando las luces comienzan a destellar como en un fotomatón,
y las estrellas exploten,
nosotros seremos incombustibles.

Mi juventud,
mi juventud es tuya.
Enfadándome con los cielos, sorbiendo cataratas
Mi juventud,
mi juventud es tuya.
Desbocada, ahora y siempre.
Mi juventud,
mi juventud es tuya.
Una verdad tan ruidosa que no puedes ignorar,
mi juventud, mi juventud, mi juventud,
mi juventud es tuya.

¿Qué pasa si..?
¿Qué pasa si empezamos a conducir?
¿Qué pasa si..?
¿Qué pasa si cerramos los ojos?
¿Qué pasa si..?
A toda velocidad cruzando semáforos en rojo hacia el paraíso,
porque no tenemos tiempo de hacernos mayores,
cuerpo mortal, almas intemporales.
Cruza los dedos, allá vamos.

Y cuando las luces comiencen a destellar como en un fotomatón,
y las estrellas exploten,
nosotros seremos incombustibles.

Mi juventud,
mi juventud es tuya.
Enfadándome con los cielos, sorbiendo cataratas
Mi juventud,
mi juventud es tuya.
Fugitiva, ahora y siempre.
Mi juventud,
mi juventud es tuya.
Una verdad tan ruidosa que no puedes ignorar,
mi juventud, mi juventud, mi juventud,
mi juventud es tuya.
(bis)

La historia de como se conocieron Ramiro el millonetis y Jorge el camarero. 4ª parte.

Llegó un momento en que Ramiro cogió la mano de Jorge el camarero y le dijo.

– Vamos al piso de arriba. Tengo todo preparado en el mirador para que cenemos.

Ahí Jorge definitivamente se puso nervioso. Apartó la mano como si le hubiera dado un calambrazo del 15. Las piernas empezaron a temblarle y los labios, y los brazos. La boca se le quedó seca, seca, pero seca. Se devanó los sesos para buscar una excusa, pero la cabeza también le temblaba. No encontró ninguna que lo convenciera. Más que nada porque en el fondo, quería subir. No, no quería subir. Sí, quería subir. No. Sí pero no. O al revés. Miró al salón en busca de una margarita para deshojarla y decidir si “subo, no subo, subo, no subo. “Si es un viejo”, pero “Está guay”, pero “Me lo he pasado bien esta noche” pero “Es un ricachón de esos”, pero “Es interesante”, pero “No tengo nada en común”, pero “No me mola”, aunque a lo mejor… “Si me molaría”. “Me río. Lo paso bien”. Pero “¡Qué dices, alucinas!”.

Pero…

“Me ha perseguido”

“Me ha comprado”

“Le gusto, joder que le gusto”

“No tengo nada en común”.

“¿Qué dirán mis amigos”

“Si no tengo amigos, bueno alguno.

“¿Y qué dirá mi madre?”

“A mi madre no le va a gustar”.

“En realidad a mi madre le da igual”

“¿Y qué dirán sus amigos?”

“¡Y qué dirán sus padres!”

“¿Tiene padres?” “¡Qué fuerte! no me atrevo a preguntar”

“Joder que corte”.

“Joder que a lo mejor es cierto y solo quiere follar”.

“Joder, que casi prefiero la opción de Solo follar

“Voto por solo follar”

“¿Y si follamos? Me voy y ya está”.

“Seguro que luego me da boleta”.

“Seguro que dentro de tres días se ha cansado de mí”.

“Tiene algo con el secretario ese, fijo”.

“El Óscar ese me suena de algo”.

Loca dice que es majo, que no le ha metido mano. “Es un tío guay, Jorge. Te lo digo yo. En el banco me trata guay.” “Nunca me ha tocado un pelo, pero siempre hace un aparte conmigo, para que no me despidan. Y hace que me besa pero en realidad me cuenta un chiste al oído. Y luego me da una propina del copón y todo esto lo hace cada vez que va. Y cada semana llama al banco para pedir que me acerque a su empresa para un servicio especial. Y ya paso la mañana allí, con la gente, aprendiendo la leche de cosas.” “Y tiene un secretario que me pone y es muy simpático conmigo; me trae un sándwich a media mañana y una pepsi-cola”. “Es la leche de majo”.

“¿Leche? ¿Será una indirecta que quiere decir, pero no dice? ¿Me estará mintiendo el Loc?”

– Es un hombre guay – repite Loca.

“Joder”.

“Ramiro el guay”, pensó Jorge jocoso. “¿Y si le ha pagado para que diga lo de guay?” “Las propinas esas, fijo”

Jorge no quiso creerle. “No, no, no, no”. Estaba por pensar mal de Ramiro. Y pensaba mal de Ramiro todo lo que podía y algo más.

– Y tengo tu disfraz.

– ¿Y tú el tuyo?

– Yo no me disfrazo.

– Eso no es así.

– Corrijo: ya estoy disfrazado.

– Eso es un esmoquin.

– Ya.

– Eso no es un disfraz.

– Es un punto de vista. Para mí es un disfraz.

– Pues ya estoy disfrazado.

– Es cierto: de camarero.

– Pues eso, no hace falta que me disfrace.

– Vale. Te pido que te cambies de disfraz.

– ¿De orangután como tu secretario?

– No hombre.

– Te hace ojitos el Óscar ese.

– ¿Estás celoso?

– ¿Yo?

– Lo pareces.

– ¿Tendría motivos para estarlo, si es que estuviera celoso? Que no es el caso, no te creas, que te pones así estupendo y no. No estoy celoso. Para nada.

– ¿Lo estás?

– No contestas a mi pregunta.

– No sé lo que estás preguntando.

– Si te lo montas con el Óscar.

– No me lo monto con Óscar.

– ¿Nunca lo has hecho con él?

– ¿El qué?

– No te hagas el tonto.

– No he follado con él. Por eso es mi secretario.

– ¿Y hecho el amor?

– No por Dios, nunca ha sido candidato a tal cosa.

– ¿Quién ha sido candidato?

– Mucha gente.

– ¡Y no te ha gustado nadie! – exclamó un Jorge alucinado.

– Nadie pasó la prueba. Miento, alguno sí, pero estaba comprometido – se acordó de Adri el actor porno. Alguno más hubo, pero ya no los recordaba.

– ¿Haces un examen?

– El examen es pasar rato juntos, hacer cosas.

– ¿De ricos o de pobres?

– No sé, hacer cosas. ¿qué más da?

– ¿Tenemos que hacer cosas?

– Eso hacen las personas que se quieren conocer.

– Sí. pero yo no puedo hacer cosas de ricos.

– ¿De ricos? ¿Qué es hacer cosas de ricos?

– Pues ir al club de moda a jugar un paddel, o al gimnasio de a 500 euros la semana a hacer carrera en la cinta, o a la Ópera, o a cenar en un restaurante de a 400 euros el cubierto. O ir a pasar la noche a París en tu avión privado.

– Si pago yo, lo puedes hacer.

– Pero ese no es mi mundo, no estaría cómodo.

– Te harías enseguida.

– Eso sería comprarme.

– Ya estamos otra vez.

– Y luego no soy el elegido, y no sabría vivir sin esos lujos. A eso se acostumbra uno enseguida.

– ¿Y si lo eres?

– Eso está por ver.

– Tienes papeletas.

– ¿Cuantos tuvieron papeletas antes que yo? ¿50?

Ramiro hizo un gesto con la frente.

– ¿100?

– ¿200?

– ¿Más?

– No los he contado.

– 321 – contestó a sus espaldas Óscar.

– ¿Y tú porque no te callas? – le espetó enfadado a su secretario.

– Ramiro, te pido permiso para irme.

– Vete antes de que te dé una patada en los cojones, idiota.

– Siempre dices que hay que ir con la verdad en el amor.

Óscar iba a seguir con la explicación, pero una copa de champán que salió volando de la mano de Ramiro le hizo echarse a correr camino de la puerta de salida.

– ¿Seguro que no habéis follado?

– Que manía con el follar.

– Mucha confianza.

– Todos los que trabajan conmigo tiene mucha confianza.

– No me lo creo. Eres un millonetis del copón. Mira este casoplón. No puedes ser un hombre guay con tus trabajadores, además. Eso sería injusto con el reparto de cualidades del destino.

– Siempre pones en duda lo que digo. Esto empieza a ser un suplicio.

– ¿Ves? No tengo tantas papeletas. Te saco de quicio. Me abro.

– Una patada, sí te estás ganando.

– Nadie me aguanta.

– Otra vez el papel de víctima. Es el papel que has elegido.

– A lo mejor es que lo soy. Una víctima inaguantable.

– ¿Quién te ha tratado mal?

– Todos. En el colegio se reían de mí, mi padre me desprecia, mis hermanos igual, tengo pocos amigos de verdad. Y pocos colegas, que es lo peor. No le gusto a nadie.

– No me lo creo.

– Es verdad.

– Te haces la víctima. Conozco a muchos que se lo hacen. Presumen de ser incomprendidos y esa misma incomprensión les da derecho a fastidiar a los demás. Y tú has decidido fastidiarme a mí esta noche.

– Yo conozco a algunos así también, pero no es mi caso.

– ¿No?

– Me la suda ser querido o no.

– Eso no es cierto. Hablas y se te nota dolido.

– Conmigo mismo.

– Nos estamos poniendo serios.

– Es lo que hay, debes probar la mercancía antes de comprarla.

– Y dale.

– Es una forma de hablar, no te enfades.

– No me enfado.

– Vale.

– ¿Subimos?

– ¿Has visto a esos? Ese se está despelotando. Alucina vecina.

– Es una riña de parejas. Uno se ha dado cuenta de que el otro está fingiendo.

– ¿Y por eso se desnuda?

– Para mostrarse tal y como es.

– ¿Se quieren?

– No lo sé.

– ¿Y por qué finge?

– Porque le da miedo mostrarse como es por si no le gusta.

– Tiene miedo a quedarse solo.

– O le quiere tanto que no quiere perderlo.

– Tiene miedo a quedarse solo. No lo quiere de verdad. Lo noto en su mirada.

– Pero no se lo digas.

– No les conozco.

– Les conocerás, son mis amigos.

– ¿Los dos?

– Uno más que el otro.

– Eres amigo del estafado.

– Sí. Aunque el estafado tampoco quiere al otro.

– ¿Subimos?

– Pareces enfadado.

– Esta conversación me ha recordado algunas cosas que no me gustan.

– ¿Sobre la soledad?

– Digamos que sobre mi vida.

– ¿En soledad?

– En soledad.

– Vamos.

– Sí, vamos será mejor. Aunque deberías despedirte de los invitados.

– Que se encarguen tus camareros.

– Les digo y nos vamos.

– Has cambiado de actitud.

– He cambiado mi yo combativo por mi yo triste. No valgo la pena, Ramiro. Tú mereces alguien mejor.

– Si me gustas, no habrá alguien mejor.

– Yo no soy especial.

– Deja que yo lo decida. Eso es algo subjetivo.

– Yo soy objetivo conmigo.

– Y además, luego debes tú enamorarte de mí. Esto no es solo en un sentido.

– ¿Y si me engaño para no quedarme solo, como esos amigos tuyos?

– Eres joven para tener miedo a quedarte solo.

– Me siento viejo.

– No lo eres.

Jorge se quedó mirando a Bernardo y Jonatan. Bernardo estaba sentado y Jonatan ya estaba desnudo delante suyo, con los brazos abiertos. En sus labios pudo ver dibujadas las palabras “te quiero”. No lo podía escuchar desde donde estaba, pero sabía que no estaba acostumbrado a decirlo y lo había dicho mal. No, no lo quería. Estaba seguro. Tenía miedo. Por eso estaba con él.

Ramiro lo cogió de la mano y tiró de él. Jorge al principio se resistió, pero enseguida se dejó hacer. Siguió a Ramiro sin ver ni oír.

Estaba triste. Quizás la continua batalla dialéctica con Ramiro le había cansado.

Cuando subían por la escalera, vio a D. Enrique, el que pagó el convite del Club de Tenis. Y leyó en su mirada el desprecio que le causaba Ramiro y el todavía mayor desprecio que le causaba él. Y a quien le quería oír le decía:

– Seguro que al camarero ese le huelen los pies y los sobacos.

Jorge disimuladamente se olió el sobaco. “¿Y si fuera verdad que le olían?” Pero quedó tranquilo: al menos una parte de la afirmación, era mentira. La otra, la comprobaría en casa.